El crimen del expreso de Andalucía

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El crimen del expreso de Andalucía
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Robo en un tren
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 11 de abril de 1924
  • Perfil de las víctimas: Angel Ors Pérez, 30, y Santos Lozano León, 45 (oficiales ambulantes de correos)
  • Método de matar: Golpes con tenazas de marchamar - Arma de fuego
  • Localización: Toledo, España
  • Estado: Antonio Teruel se suicidó disparándose en la cabeza antes de ser detenido. José María Sánchez Navarrete, Francisco de Dios Piqueras y Honorio Sánchez Molina fueron ejecutados en el garrote vil el 9 de mayo de 1924. José Donday "Pildorita" fue condenado a 20 años de prisión
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El crimen del expreso de Andalucía

Francisco Hernández Castaneda

Un crimen durante la dictadura de Primo de Rivera. -Matar es fácil, y morir, un mal negocio.

Hoy, a sesenta años del doble asesinato ocurrido en el tren expreso de Andalucía, entre las estaciones de Aranjuez y Alcázar de San Juan, cuando se analiza el dispositivo criminal ideado y puesto en práctica por José Mª Sánchez Navarrete, jefe de la cuadrilla autora del hecho parece como si este hombre hubiera trazado dispuesto por imperativo categórico del destino, su propia destrucción y la de sus cómplices.

El modus operandi del atraco al coche correo del Expreso de Andalucía «no podía ser más sencillo, elemental y perfecto», al decir de su forjador: acceso de éste, ex-oficial de correos y de sus dos acompañantes, en la estación de Aranjuez, al vagón estafeta, por amistad del primero con el personal de servicio; luego como testimonio de gratitud de los huéspedes, la apertura de una botella de vino de la que eran portadores, y a esperar a continuación los resultados de la bebida, previamente narcotizada, en los oficiales del coche-correo para después del pesado sueño de éstos proceder al desvalijamiento de cuantos objetos de valor transportase la estafeta móvil. Por último, dado el golpe, descenso de sus ejecutantes en la estación de Alcázar de San Juan, donde serían recogidos para ir a Madrid en el taxi que allí tenía dispuesto otro de los participantes del atraco.

¡Santo dios, y que modus operandi realmente «sencillo, elemental y perfecto», pero para conducir a tres hombres al patíbulo y a un cuarto al suicidio! Partiendo de que Sánchez Navarrete, a lo largo de sus declaraciones, hizo constar que en ningún momento habían pensado matar a los oficiales de correos, sino simplemente narcotizarlos, ¿puede concebirse que el jefe de la cuadrilla de atracadores admitiera la posibilidad de que, luego de salir de su letargo, los empleados de la estafeta móvil no le denunciarían inmediatamente, conociéndole como de sobra le conocían por lo que le dieron acceso al vagón?

Y, aún admitiendo que una de las víctimas, Ángel Ors Pérez, estuviera en complicidad con los asaltantes -como se murmuró mucho por aquel entonces- ¿es que el otro empleado, Santos Lozano León, de conducta intachable a lo largo toda su vida, iba también a silenciar el nombre del jefe de los atracadores, por muy compañero suyo que hubiera.

Otro punto que objetar siguiendo el párrafo anterior: si Sánchez Navarrete pretendía únicamente narcotizar a sus compañeros, para así desvalijar el coche-correo, ¿es que no hubiera dado mucho mejor el golpe actuando él solo? Esperar él solo el tren en Aranjuez, subir él solo al coche correo -menos sospechoso que subir acompañado-, invitar a la botella de vino, lograr luego su objetivo y hacerse con un botín seis veces superior al que había de corresponderle repartiéndolo con los cómplices?

¿También un plan perfecto, figurando entre los que habían de llevarlo a efecto un individuo de una acusada inestabilidad emocional como José Donday, alias «Pildorita», considerado policialmente como esteta?

¿Plan perfecto, asimismo, el de un doble asesinato en cuadrilla? ¿Plan perfecto, igualmente, siendo elemental que la policía habría de suponer en seguida que las víctimas del suceso solo habrían abierto el coche correo a un amigo o a un compañero? ¿Y plan perfecto, que luego de llegar los criminales a Madrid, se fueran alegremente y en grupo a desayunarse con churros en la calle de Toledo, muy cerca del domicilio de Antonio Teruel, el ejecutor material de los dos asesinatos, que presentaba en la cara rastros manifiestos de su lucha con una de las víctimas?

Matar es fácil

Madrid, viernes 11 de abril de 1924. El tren correo número 92 sale a las veinte horas y veinte minutos de la estación de Sevilla y Málaga. En el vagón estafeta, los oficiales ambulantes de correos Santos Lozano León y Ángel Ors Pérez; ambos casados, el primero padre de cinco hijos, y el segundo, de uno.

Detenido el convoy en Aranjuez, José Mª Sánchez Navarrete, ex-oficial de correos de familia acomodada, se acerca al coche postal acompañado por Antonio Teruel, hombre moreno, de treinta y tres años, antiguo croupier y vuelto a su primera ocupación de fabricante de jaulas para pájaros al haber prohibido el juego la dictadura del general Primo de Rivera, recientemente proclamada, y de Francisco Piqueras, otro ex-croupier y delincuente profesional, también hombre joven y agresivo.

Sánchez Navarrete habla con sus compañeros del vagón correo, que le permiten subir al coche con sus dos amigos. Después, nuevamente el tren en marcha, la botella con narcótico y, al decir de los asesinos, ante el fallo del tóxico, la crisis de nervios, sobre todo de Teruel, que en determinado momento se hace con las tenazas de marchamar, atacando con ellas, y por la espalda, a Santos Lozano, a quien mata del primer golpe, volviéndose luego contra Ángel Ors que lucha ferozmente en defensa de su vida, perdiéndola también.

Lo demás, también fue fácil: desvalijamiento escrupuloso de cuantos efectos de valor hay en el vagón, y descenso posterior de éste tan pronto el tren comienza a detenerse en la estación de Alcázar de San Juan. A la salida de la estación, el ambiguo José Donday espera a sus compañeros, con un taxi, para devolverlos a Madrid.

Cuando el empleado local de Correos de la estación de Alcázar se acerca al vagón estafeta del expreso ve que no hay en él luz, circunstancia que atribuye al hecho de que, no habiendo saca que entregar, los funcionarios del vagón van descansando.

Pero el también empleado local de Correos de la estación de Marmolejos, sí que se extraña, cuando el tren llega allí, de que en el vagón estafeta nadie responda a los golpes que él, repetidamente, da en la puerta. Por lo que informa telefónicamente a la próxima estación de Córdoba de la anomalía.

La investigación

En la amanecida del día siguiente, sábado día 12, la policía madrileña, ya alertada sobre la tragedia, entra en acción. La mucha experiencia del que habría de ser uno de los más populares comisarios de policía, Benito Poveda, le dicta encaminar sus pasos y los de sus colaboradores por las inmediaciones de la estación de Atocha.

Ya en las primeras horas de la mañana sabatina, el suceso del expreso de Andalucía se ha difundido singularmente por todo Madrid. La noticia ha causado, desde el primer momento, una extraordinaria expectación. Será la bomba informativa del día y de muchos días más, y el comentario y la comidilla en todo momento y lugar. E idéntica conmoción que en la capital de España se produce en toda la geografía ibérica.

Difundido desde el primer instante el dato de que el dinero robado de los sobres del coche correo ha de presentar en los billetes las clásicas perforaciones que hace el servicio, pronto comparece ante la policía Miguel Pedrero que, en síntesis, declarará:

«Estaba yo, a primeras horas de la noche del pasado viernes, de punto en la estación de Atocha cuando se me acercó un tío joven, bien portado y con aire así, vamos de los de la otra acera, para preguntarme si le podía llevar inmediatamente a la estación de Aranjuez. Le dije que sí y para allá que tiramos; luego, en Aranjuez, mi cliente me pidió que siguiéramos hasta Alcázar de San Juan. Llegados a la estación de este pueblo, recogimos en ella a los tres amigos que, por lo visto, el hombrín iba buscando, para en seguida tirar hacia Madrid, adonde llegamos casi amaneciendo. No, no creo que pudiera identificar a los tres tipos que recogimos en Alcázar, pero seguro que al que me alquiló en Atocha, sí. Por cierto, que el viaje importó 210 pesetas, dándome, además, 90 de propina: esos tres billetes de cien con pinchacitos en medio que ahí tienen ustedes. Y en cuanto a lo tocante de la larga propina, no me extrañó mucho porque parecían gente de tronío.»

La indagatoria callejera de la policía daría pronto buenos resultados; el churrero que en la madrugada del sábado sirviera a los cuatro hombres, «uno con señales de haber recibido en la jeta más tortas que churros se iba a comer el grupo», identificó a éste como «alguien del barrio», viviendo posiblemente en la misma Toledo, donde el industrial tenía instalado su modesto negocio.

Preguntando, preguntando -virtud ésta de la paciencia que tantos éxitos da a todas las policías del mundo-, los investigadores localizaron a dos serenos de la citada calle de Toledo, Constantino Fernández y Elíseo García, el último de los cuales aseguró haber visto con su compañero, en la madrugada del 12 de abril, llegar a su casa, en el número 105 de la anteriormente citada calle, en compañía de otro hombre, al Antonio Teruel y que, sí, aunque traía la cara «hecha unos zorros», no les extrañó conociendo como conocían las andanzas, nada limpias, del vecino.

Suicidio y detenciones

No esperó, en su domicilio, Antonio Teruel la ya por él presentida e inmediata presencia y visita de la policía. Después de escribir una carta de despedida a la esposa, Carmen Atienza, reiterándola su amor hacia ella, volvió a tomar la pluma para, en la funda de dos cajetillas de tabacos, confesarse autor de los dos crímenes cometidos en el expreso de Andalucía. A continuación se suicidaría disparándose un tiro en la cabeza.

Carmen Atienza también confesaría enseguida: sí, Antonio había pasado la noche del viernes fuera, regresando a casa en la madrugada del sábado, acompañado de Francisco Piqueras, amigo del marido, con quien, según le había dicho éste, andaba en un muy importante negocio en combina, o en colaboración con un tal Honorio Sánchez, dueño de una pensión enclavada en la calle de las Infantas, o por sus alrededores, y con un señor muy principal que debía ser el que organizaba todo.

Por el hilo se saca el ovillo: Honorio Sánchez Molina sería detenido en su finca de Daimiel. Quedaría así identificado el señor principal, José María Sánchez Navarrete, a cuya detención subsiguiente se procedería en su domicilio de Madrid.

Francisco Piqueras, que había tomado el tren en Puertollano, camino de Badajoz, para desde Portugal escapar a Hispanoamérica, fue reconocido por un empleado del ferrocarril, denunciado y detenido en Almorchón, no encontrándole encima ningún dinero del respetable botín -unas doscientas mil pesetas- que le había proporcionado el atraco por «habérselo dejado todo a Antonio Teruel», determinación inexplicable en un individuo que haría de precisar de mucho efectivo para lograr la fuga.

José Donday, alias «Pildorita», escapado a París, se presentaba espontáneamente en la Embajada española de la capital francesa, declarando que él había sido cómplice en el robo, pero en modo alguno de los crímenes.

Juicio y sentencia

Constituido el tribunal militar que, en juicio sumarísimo, habría de juzgar a los detenidos en los primeros días de mayo, pronto dictó sentencia: última pena, con ejecución en garrote, para José María Sánchez Navarrete, Francisco Piqueras y Honorio Sánchez Molina, aunque este último hubiera sido sólo encubridor de los crímenes; veinte años de reclusión para Donday, y libre absolución para Carmen Atienza, la viuda de Teruel, y para la hermana y la criada de Sánchez Molina, acusadas, en principio, de encubridoras.

Quedó establecido en el juicio, por las declaraciones de los detenidos, que el móvil del atraco fue el robo y las deudas de juego de Sánchez Navarrete.

El día 9 de mayo de 1924, el padre de Navarrete, luego de haber suplicado en vano clemencia para su hijo al general Primo de Rivera, quién rechazó la posibilidad de conmutar la sentencia dictada por un tribunal militar, se cumplía ésta. De los tres condenados, sólo Piqueras marchó de cara a la muerte; Sánchez Molina acusó una angustia infinita y José María Sánchez Navarrete, después de pedir, sin conseguirlo, una pastilla anestésico que le adormeciera, tuvo que ser casi materialmente conducido al garrote.


El crimen del expreso de Andalucía

Francisco Pérez Abellán

Un tren que transporta fuertes cantidades de alhajas y dinero. La ambición de un oficial de Correos. La muerte de los dos empleados. Los cinco miembros de la banda. José Donday, «Pildorita», les devuelve a Madrid. Tres condenas y tres ejecuciones en el palo.

El crimen del Expreso de Andalucía fue muy famoso en su época. El impacto que provocó en una sociedad aparentemente acostumbrada al orden y sometida a la dictadura de Primo de Rivera hizo que se empezaran a cantar coplas de ciego, se generara una novela y al menos una importante película. En la actualidad, en el Museo de Cera de la plaza de Colón de Madrid se conserva una cuidada reconstrucción del mismo.

El hecho consistió en el asalto y robo del coche correo en el que viajaba toda la correspondencia privilegiada, certificados y pliegos de valores para las capitales andaluzas y norte de África, así como despachos precintados del extranjero llegados de la frontera francesa, vía Hendaya, con destino a Gibraltar y Tánger. Cualquiera que conociera el servicio podía imaginarse que en dinero y valores se transportaba mucho más de un millón de pesetas, cantidad muy jugosa en aquellos tiempos.

Los encargados del coche-correo eran aquel día, 11 de abril de 1924, el oficial primero Santos Lozano León, de cuarenta y cinco años, y Ángel Ors Pérez, de treinta. Lozano era de estatura normal, amable y cumplidor. Tenía a su cargo el servicio Madrid-Cádíz. Y Ors, alto, fornido, un auténtico atleta de carácter extrovertido, estaba al frente del servicio Madrid-Málaga. Estaba previsto que viajaban en el mismo coche hasta Córdoba, donde se separarían para continuar sus rutas, pero aquel viaje, por muchas razones, se saldría de lo previsto.

En la estación de Aranjuez, a la llegada del Expreso, tres hombres se acercan al coche-correo por el lado contrarío al de los andenes. Aunque nada haga sospecharlo se disponen a desvalijar el tren.

Uno de ellos, el que parece llevar la iniciativa, es José Sánchez Navarrete, de treinta y tres años, elegante y estirado, de profesión oficial de Correos, por lo que conoce bien las costumbres de sus compañeros que van al cargo de los envíos del Expreso. Está acompañado por Antonio Teruel López, treinta y cinco años, tez morena y bigote, y por Francisco de Dios Piqueras, de treinta y cuatro años, de complexión recia, al que la sífilis le ha dejado una nube de nata en la pupila del ojo izquierdo. Estos dos son ocasionales jugadores de ventaja, sin profesión conocida.

Navarrete da unas voces llamando a Lozano. Lo hace en voz alta para que se le oiga bien. Cuando el ambulante de Correos le responde le pregunta por su compañero Ors. Avisado este, del que habría de sospecharse una posible participación en el plan inicial del robo, consigue que les dejen subir al coche. Lo hacen entrando por la ventana, porque la puerta del vagón de ese lado del tren no se abre. Poco después el convoy se pone en marcha y pasa un buen rato hasta que los ladrones se deciden a actuar, después de Castillejo, camino de Alcázar de San Juan.

Lozano estaba trabajando de espaldas al retrete y Ors descansando tumbado en su colchoneta. De improviso, Antonio Teruel que sale del retrete, empuña las pesadas tenazas de marchamar y sin previo aviso descarga un golpe mortal en el cráneo de Lozano, atacándole por detrás. Acto seguido le vuelve a golpear con saña hasta que está seguro de que no se levantará nunca más de la posición en la que lo deja, tendido en decúbito supino con la cabeza hacia la puerta del evacuatorio.

El otro oficial, Ángel Ors, se remueve inquieto en su lecho y está a punto de incorporarse porque el jaleo dentro del coche ha acabado por despertarle, cuando Teruel se sitúa sobre él con las temibles tenazas de marchamar y le descarga un golpetazo en medio de la frente. Alguien con el cráneo menos duro que Ors -el forense descubriría que los huesos de su cabeza tenían un espesor muy superior al normal- habría resultado muerto al instante. Las tenazas rebotan en su hueso frontal y Ors consigue incorporarse y echarle las manos al cuello a su agresor. Teruel se enfrenta entonces a toda la fuerza de un atleta que le pone una resistencia para la que no estaba preparado. En la pelea pierde las tenazas y golpea a su víctima con la culata de su pistola.

El forcejeo habría acabado mal para el asesino si sus cómplices no se hubieran decidido entonces a ayudarle. Entre los tres consiguen sujetar a Ors. Mientras sus compinches le mantienen inmovilizado, Teruel busca su pistola, una vez que la encuentra la apoya en el pecho de Ors pasando su brazo por encima de la cabeza del caído, y acto seguido le dispara. Luego da la vuelta, se sitúa frente al cuerpo y le vuelve a disparar. Esta vez la bala le entra por el labio superior. El segundo oficial de Correos está listo.

Sin pérdida de tiempo, Navarrete, Piqueras y Teruel comienzan a destripar sobres y paquetes. Es tal su precipitación y atolondramiento que se dejan olvidados algunos de los envíos de mayor valor.

El tren se acerca a Alcázar de San Juan, el lugar donde los bandidos tienen establecida la cita para su regreso a Madrid. Han recogido todo el dinero en metálico y joyas que han podido. Son casi las once de la noche. Se preparan para saltar a tierra antes de que el convoy entre en la estación. Apagan los quinqués de trabajo del vagón y el farol de la parte central.

A oscuras, con el botín convenientemente empaquetado aguardan a que el tren atraviese lentamente el paso a nivel de Quero, frente a las bodegas del marqués de Mudela. Siempre por el lado contrario al de los andenes, los tres asesinos descienden y van al encuentro del cuarto miembro de la banda, José Donday, «Pildorita», llamado así por su afición al pastilleo, que les espera con un taxi para llevarles a Madrid.

El tren Expreso, con el coche-correo convertido en carroza fúnebre sigue su viaje sin que nadie repare en lo ocurrido. La pareja de la guardia civil que viaja en el tren no tendrá conciencia de la gravedad de lo ocurrido hasta llegar a Córdoba. Allí se enterará también el periodista de sucesos Francisco Serrano Anguita, recién casado, que con tanto acierto profesional ha elegido este tren para su viaje de luna de miel.

Los asesinos de la banda del Expreso retornan a la capital y recién llegados deciden repartiese el botín, cosa que hacen en el domicilio de Antonio Teruel, en la calle Toledo. Navarrete se encarga de llevarle su parte al quinto miembro del grupo y cerebro del golpe, Honorio Sánchez Molina, hombre de negocios que había sido candidato a concejal con los mauristas.

Los dos brutales asesinatos, una vez descubiertos a la llegada del tren a la estación de Córdoba, provocaron un gran escándalo que evolucionó hacia una delicada situación política. Por ello la policía preparó una gigantesca operación en la que activó a todos sus confidentes.

Dentro de ese despliegue, el sereno de la calle Toledo alertó a los agentes de la extraña actividad de un vecino, Antonio Teruel, que vive en la finca número 105. Dos agentes suben a la casa e interrogan a Carmen Atienza, la esposa del sospechoso. Como la mujer no se muestra convincente con sus respuestas, los policías se la llevan a comisaría.

La casa se queda bajo una discreta vigilancia. Antonio Teruel, que se escondía en un guardillón de la finca, no pudo soportar la detención de su esposa ni el cerco de la policía. Sintiéndose acosado y a punto de ser detenido, resolvió quitarse la vida.

El lunes 21 de abril de 1924, la portera de la finca, sospechando de luces y ruidos en el piso tercero, que debía estar vacío desde que los policías se llevaron a Carmen Atienza, da aviso a los guardias que fuerzan la entrada. En seguida encuentran a Teruel con un tiro en la sien encima de la cama de matrimonio. En los tubos metálicos de la estructura de esa cama que es hueca, los investigadores encuentran escondido parte del botín del robo del tren Expreso.

Una vez relacionado el suicida Teruel con el crimen, surgen nuevas pistas que llevan a los investigadores al resto de los componentes de la banda. En la casa encuentran una papeleta de empeños a nombre de Francisco de Dios Piqueras, y la mujer del suicida, muerto su marido, ya no tiene nada que ocultar a la policía.

El hombre que tuvo la idea de llevar a cabo el asalto al tren, conocedor de las fuertes cantidades de dinero que transportaba, José Sánchez Navarrete, es detenido en la casa de sus padres; Honorio Sánchez Molina, el cerebro del plan, «cae» en la finca en la que reside su padre, en Calzada de Calatrava, Ciudad Real; Piqueras es capturado en Almorchón, cuando intenta escapar en tren a Portugal; y José Donday, «Pildorita», se entrega en la embajada de París donde había huido.

En el reparto sólo tocaron a tres mil y pico pesetas cada uno, dejando el grueso de las alhajas para dividirlas después. Fue poca cosa para el castigo que habría de caerles.

Sometidos a Consejo de Guerra, el juicio empezó el 7 de mayo a las ocho de la mañana. Al concluir, las condenas diferían poco de lo esperado: pena de muerte para José Sánchez Navarrete, Honorio Sánchez Molina y Francisco de Dios Piqueras. Veinte años de prisión para José Donday y absueltas las dos mujeres: la hermana de Honorio, que fuera acusada de guardar parte del botín y la mujer de Teruel, acusada de encubrimiento.

Las penas de muerte fueron ejecutadas en la entonces cárcel Modelo, situada en el distrito madrileño de Moncloa. El primero en morir en el garrote fue Honorio, con poco ánimo y lloroso. Le siguió Piqueras, sin muestra alguna de debilidad. El tercero fue Navarrete, sostenido entre hermanos de la Caridad y llevado prácticamente en volandas hasta el palo. A las 6,30 de la mañana del 9 de mayo, viernes, fue izada bandera negra en el mástil de la Modelo. Los asesinos estaban tan muertos como las víctimas del Expreso.


El crimen del expreso de Andalucía

P. Martínez Calpe

La mecha que hizo estallar el horror y sacudiría a todo el país al extenderse la pavorosa noticia del caso que, posteriormente, se conocería como «El crimen del expreso de Andalucía», se encendió la mañana del día 12 de abril de 1924, cuando el señor Iglesias, juez de Instrucción del distrito de la Izquierda, en Córdoba, recibió un escrito del jefe de estación de esta capital, informándole de los hechos. El comunicado decía así:

«Al llegar a ésta el tren expreso número 82 de hoy, que lo efectuó a las seis horas, hubo necesidad de forzar la entrada del coche correo que venia en este tren, hallándose en el interior los dos ambulantes muertos por mano airada hacía varias horas, según dictamen facultativo, y la correspondencia en desorden con señales de violación, desconociéndose autores y trayecto donde haya podido tener lugar el hecho.

»Lo que comunico a V. S. a los efectos correspondientes.

»Dios guarde a V. S. muchos años.

»Córdoba, a 12 de abril de 1924.»

¡La mecha alcanzó el detonante, se produjo la macabra explosión y la mancha negra del horror se extendió, primero por toda España, y posteriormente, al extranjero!

Cuando todo el mundo estaba pendiente de lo que iba a ocurrir con el Directorio Militar del general Primo de Rivera, recientemente instaurado en la Presidencia del Gobierno, con la guerra de Marruecos en un período de recesión – lo que no era óbice para que se hubiera olvidado el desastre de Annual y que se estuviese preparando el desembarco de Alhucemas-, «El Crimen del Expreso de Andalucía» hizo que se olvidaran muchas cosas primordiales y se centrase el interés en todos los pormenores del suceso que, por las primeras noticias, prometía ser morboso y horripilante.

La primera reconstitución de los hechos efectuada por policías y periodistas y publicada por éstos en la prensa nacional, sin preocuparse mucho, como es habitual. en errores o contradicciones, fue ésta: «El tren de Andalucía se puso en marcha la noche del 11 de abril, exactamente a las ocho y veinte horas, saliendo lentamente de la estación de Atocha, de Madrid. Era el tren expreso número 82, entre cuyas unidades de transporte, como era habitual, figuraba el coche correo para Andalucía, en cuyo interior, cumpliendo con su obligación profesional, estaban los empleados del Servicio Postal, don Santos Lozano Seón y don Ángel Ors Pérez.»

Según era habitual en el servicio de Correos, estos dos funcionarios ambulantes viajarían juntos hasta Córdoba, donde se bifurcaba el servicio: uno seguía en dirección a Cádiz, que atendería el oficial de mayor categoría, o sea don Santos Lozano Seón, y el otro continuaría en dirección a Málaga, atendido por don Ángel Ors Pérez.

En la hoja de ruta se señalaba la recogida y el reparto de correspondencia y efectos postales en las estaciones comprendidas entre Madrid y Alcázar, a partir de donde los empleados de Correos no tenían que ejercer función alguna de recogida o reparto hasta penetrar en la provincia de Córdoba, aunque en esta parte del trayecto el tren sólo se detenía en raras ocasiones.

Se suponía, pues, que los dos empleados itinerantes dispusieron su trabajo, como era habitual en ellos, pensando que, a partir de Alcázar, podrían descansar unas horas.

Por otras informaciones, se supo que la velocidad del tren expreso era ya considerable y todo se desarrollaba con normalidad y calma, sin contratiempo alguno, y las sacas de la correspondencia iban quedando atrás.

Se llegó a Alcázar y se pasó. La siguiente estación donde debía repartiese correspondencia era Marmolejo. Pero allí ocurrió la primera anomalía. El empleado del servicio nocturno se acercó al vagón correo y aguardó a que se abriera la puerta y le entregaran las sacas.

El expreso debía detenerse allí durante casi un minuto. Pero la puerta del vagón correo no se abrió. El empleado de Correos llamó varias veces, golpeando con la mano, sin obtener respuesta. Y cuando quiso asomarse a la reja de la ventanilla, sorprendido y extrañado, el tren empezó a ponerse en marcha y ya no fue posible averiguar nada. Al poco, el convoy se perdió en la noche, engullido por la oscuridad.

Pero el empleado nocturno, preocupado. hizo cursar un telegrama al jefe de la estación de Villar del Río, dándole cuenta de lo sucedido y de no haber recibido el correo por no haberse abierto la puerta. Textualmente, el telegrama decía así: «Pasar expreso correo no entregar correspondencia a pesar fuertes llamadas. Extrañadísimos telegrafiamos.»

Naturalmente, el telegrama llegó antes que el expreso a Villar del Río, en donde el encargado de los servicios postales nocturnos, advertido, llamó reiteradamente al vagón correo, pero sin obtener respuesta alguna.

La primera conjetura fue de que los dos empleados del vagón correo se habrían dormido y, en el peor de los casos, toda la correspondencia de las poblaciones intermedias sería depositada en Córdoba para su posterior reparto, cosa que, aunque no era normal, tampoco era la primera vez que sucedía.

A pesar de esto, se avisó a la próxima estación de parada, que era Montoro. Pero cuando el tren expreso [llegó] allí se repitió la escena de Marmolejo y Villar del Río; nadie contestó a la llamada, y como el convoy férreo no podía esperar, se avisó a la estación de Córdoba, donde la parada era más prolongada, debido al cambio de vía férrea y a la separación de los vagones.

En Córdoba, el delegado de la Administración de Correos, preocupado y sorprendido, al ver la puerta cerrada miró a través de la ventanilla y comprobó, horrorizado, que el interior estaba en completo desorden.

Inmediatamente se requirió a la policía y al jefe de turno, así como al jefe de estación y a cuantas personas con categoría de autoridad se encontró en las inmediaciones, a fin de forzar la puerta del vagón correo.

Y cuando se abrió la puerta un cuadro espantoso y horrible se ofreció a los ojos de todos los presentes. Los dos empleados, don Santos Lozano Seón y don Ángel Ors Pérez, se encontraban tendidos en el suelo y bañados en su propia sangre, muertos, y con evidencias suficientes de haberse sostenido una violenta y encarnizada lucha.

Las cabezas de ambas víctimas estaban aplastadas, pero uno de los cadáveres, además, ofrecía aspecto de haber sido estrangulado con una cuerda, además de haberle disparado al pecho, sin que se pudiera precisar exactamente de cuál de estas heridas había muerto. Además, ambos infortunados ambulantes estaban semicubiertos de cartas, sacas de valores y otros objetos. La caja de caudales del vagón correo se encontraba vacía y se habían roto numerosas cajitas de valores. Había billetes de Banco, confundidos con la correspondencia, todo manchado de sangre, que se mezclaba con décimos de lotería y papel del Estado.

El caos más espantoso reinaba por todas partes, lo que indicaba la crueldad de los asesinos, que debían de ser varios a juzgar por las huellas dejadas.

Se encontraron también casquillos de bala, señales de zapatos ensangrentados sobre cartas y papeles, y en una de las mesas de trabajo estaban aún los restos de una cena sin terminar.

Los médicos forenses que intervinieron estimaron que las muertes de don Santos Lozano Seón y don Ángel Ors Pérez se habían producido unas seis horas antes de su hallazgo.

La prensa informó también acerca de las características de las víctimas. Se dijo, por ejemplo, que Santos Lozano Seón, el jefe de la expedición, estaba casado y tenía cinco hijos. De Ángel Ors Pérez, natural de Alicante, también casado y padre de un hijo.

Una vez efectuada la autopsia, las víctimas fueron enterradas en el cementerio de San Rafael, de Córdoba, aunque los empleados de Correos de Madrid, entre los que se encontraba uno de los asesinos, hicieron una recolecta para que ambos cadáveres fueran trasladados a Madrid, en donde residían sus familiares.

Inspectores de la policía de Córdoba y de Madrid se pusieron a trabajar sobre pistas bastante inseguras y desconcertantes. Lo único esperanzador del caso era que los asaltantes parecían conocer la forma de trabajo en los coches correos. Y este hecho lo captó la policía al darse cuenta de un detalle: las muestras declaradas sin valor no habían sido tocadas. Sólo habían desaparecido los envíos de mayor precio, los valores declarados con dinero y las alhajas de mayor importe. Y esto sólo podía conocerlo alguien que tuviera relación con el trabajo de los empleados ambulantes. Otro detalle significativo era que los asaltantes habían actuado con sangre fría, tranquilos y sobreseguros, puesto que muchas cartas y sobres de valores declarados estaban cortados con tijera en la parte superior.

Así, la investigación se efectuó a partir de la salida de Madrid en todas las estaciones que había recorrido el tren expreso número 82 y fueron interrogados todos los que intervinieron en los servicios prestado en relación con el tren correo. Y en Aranjuez se obtuvo un dato significativo: varios testigos afirmaron haber visto a tres individuos llamar a la puerta del tren correo.

-Era muy oscuro y no pude ver bien sus rostros – dijo uno -. Pero aseguraría que dos de ellos iban cubiertos con boinas, mientras que el tercero llevaba sombrero de ala ancha.

No era mucho, pero la policía, en la mayoría de los casos, se encuentra con mucho menos. Sin embargo, una pista importante surgió al poco tiempo. Un taxista de Madrid, llamado Miguel Pedrero, propietario de su propio vehículo, facilitó a la policía la siguiente información, la cual apareció en toda la prensa nacional:

-En la tarde del viernes, día 11 de abril, un sujeto joven, como de unos veinte años, con voz de señorita, aunque bien pudiera ser un mariquita, cabellos rubios, pómulos hundidos y nariz afilada, me alquiló el taxi para ir a Aranjuez.

»Nos pusimos en marcha y antes de llegar me dio contraorden y me dijo que debíamos continuar hasta Alcázar. Yo así lo hice y al llegar a dicha localidad nos detuvimos cerca de la estación.

»Mi joven pasajero parecía nervioso y miraba continuamente el reloj. Allí estábamos esperando a alguien que debía llegar en el tren. Pero a eso de las nueve de la noche me invitó a cenar en una fonda próxima. Después de cenar, tomamos café y salimos a la calle. Fue al cabo de unos minutos cuando mi pasajero me entregó un billete de cincuenta pesetas y me ordenó que pagase la cuenta de la fonda. Yo así lo hice. Al salir, mi cliente me dijo: “Vámonos. Ya han venido los señores que estábamos esperando.”

»Efectivamente, mientras yo estaba pagando la cena, tres individuos se habían instalado en la parte posterior de mi coche, a los que no pude ver el rostro por encontrarse en la más completa oscuridad.

»Me dijeron que debíamos volver a Madrid, pero me di cuenta de que estábamos sin gasolina. Y así se lo dije a los pasajeros, los cuales se mostraron muy contrariados. No obstante, nos detuvimos en un pueblo cercano y allí compré cuatro bidones de combustible. Uno de los nuevos pasajeros, valenciano o algo así, por su acento, se apeó para ayudarme. Era evidente que le acuciaba el tiempo, ya que aparentaba tener mucha prisa; tanto es así que la gasolina se le cayó fuera del depósito.

»Regresamos a Madrid. Me ordenaron detenerme cerca de la Escuela de Veterinaria. El señor valenciano me pidió la cuenta, que ascendía a doscientas diez pesetas. Aquel hombre me entregó tres billetes de cien y me dijo: “Quédese con el cambio, amigo.” Una vez hecho esto, bajaron los cuatro y se marcharon por la Ronda de Valencia.»

La policía logró recuperar los tres billetes, que Miguel Pedrero guardaba en su casa, y comprobó que estaban perforados, como de haber estado en el interior de un sobre de valores declarados, en los que se solía coser con hilo, cuyos extremos quedaban asegurados con el lacre externo.

La información que había facilitado el taxista era buena, pero no definitoria, ya que no conducía a ninguna parte, salvo a la de que, probablemente, fueron tres los que cometieron el crimen, ayudados por el cómplice afeminado que alquiló el taxi a Miguel Pedrero.

Por otra parte, la policía de Madrid estaba indagando entre los delincuentes habituales de la ciudad y se encontró, como por casualidad, que un conocido «cliente» de la policía, llamado Antonio Teruel, maleante habitual, de veintiséis años, había desaparecido precisamente al día siguiente de someterse el horrible crimen del expreso de Andalucía.

Pero alguien observó que el maleante apareció de nuevo por Madrid, y la policía fue a su casa a interrogarlo. Una simple rutina, si se quiere, pero cuyo resultado fue tan dramático como inesperado.

La policía llamó a su puerta y al no obtener respuesta la violentaron. En el interior de la vivienda encontraron a Antonio Teruel, tendido en la cama, muerto, de un tiro en la sien. Acababa justamente de suicidarse para no caer en manos de la policía.

Antonio Teruel estaba casado y su mujer, Carmen Atienza, fue detenida por la policía y conducida a la Dirección General de Seguridad. En cuanto le dijeron que su marido estaba muerto empezó a soltar «guita» y confesó todo lo que sabía, que no era poco. Fue ella la que proporcionó las pistas de Pepe, «el Coronel», y de un tal Honorio.

A su vez, en el piso de Antonio Teruel, la policía había encontrado joyas, billetes y monedas de oro y plata por un importe total de unas treinta mil pesetas.

Pero la confesión de Carmen Atienza, aunque nada definitiva, sí llevó a la policía a detener a todos los culpables, uno a uno, porque una vez tirado del hilo del ovillo, la madeja no tardó mucho en quedar desenredada.

El primero de los culpables detenido por la policía fue José María Sánchez Navarrete, alias Pepe, «el Coronel», que era hijo, nada menos, que de un teniente coronel de la Guardia Civil. Además, José María Sánchez Navarrete era, lisa y llanamente, empleado de Correos y había servido como ambulante en el expreso de Andalucía y otros recorridos.

Este sujeto era un hombre de costumbres equivocadas. Era un jugador empedernido y en más de una ocasión se le había relacionado con el contrabando de tabaco, «negocio» que realizó aprovechando su puesto de ambulante del vagón correos en la línea Madrid-Málaga. Contaba treinta y seis años, parecía algo afeminado y gozaba de gran simpatía entre sus compañeros de profesión. Como anécdota, se divulgó que había formado parte de la comisión que solicitó al director general de Comunicaciones la devolución de los cuerpos de don Santos Lozano Seón y don Ángel Ors Pérez a fin de que fueran enterrados en Madrid. Asimismo, colaboró en la colecta destinada a recoger fondos para los hijos de las víctimas. José María Sánchez Navarrete contribuyó con cien pesetas… ¡parte del botín obtenido en el tren expreso y que habla costado la vida a sus dos compañeros!

Este sujeto se había visto mezclado ya en varios asuntos sucios, pero no fue expulsado del Cuerpo de Correos gracias a sus excelentes relaciones políticas y por lo que representaba su padre, que todo es preciso hacerlo constar.

La detención se produjo cuando el sospechoso se hallaba en su casa, cenando. Se sorprendió de la intervención de la policía, mostrándose cínicamente altivo y confiado. Cuando se le dijo que se le acusaba formalmente del crimen del expreso de Andalucía, contestó:

– Eso es imposible, puesto que al domingo siguiente al del crimen estuve confesando y comulgando.

(Así lo hemos leído en la prensa de entonces y nos sorprende mucho, porque la confesión no ha sido jamás impedimento para incurrir en el delito. Lo que el criminal quiso decir, tal vez, es que una vez confesado y comulgado, su conciencia estaba tranquila. Él no fue, al parecer, causante de las muertes de sus compañeros de Correos, sino instigador del delito, pero no la mano ejecutora.)

Otro detenido gracias a las declaraciones de Carmen Atienza fue Honorio Sánchez Molina, hijo del administrador de una finca que el marqués de la Concepción tenía en Ciudad Real, y allí se presentó la Guardia Civil a detener al tal Honorio. La detención se realizó sin la menor oposición del acusado, como si éste supiera que iba producirse.

Honorio Sánchez Molina estaba casado, tenía un hijo de dieciocho años y una hija de quince. Era propietario de la fonda «La Internacional», ubicada en el número 1 de la calle de los Infantes. Hasta aquel momento, Sánchez Molina había sido un hombre respetable, cuyo delito consternó a sus amistades y conocidos, porque nadie habría esperado jamás una cosa así de él. Aficionado al Juego – lo que, sin duda, fue causa de su perdición -, había sido candidato maurista, por el distrito de Palacio, y se le conocían acusadas tendencias políticas, aunque fracasó en las últimas elecciones para concejales.

Por otra parte, en el tren correo número 56, ente Puertollano y Mérida, fue detenido el tercer sospechoso, cuyo nombre era Francisco de Dios Piqueras, el cual acababa de obtener pasaporte para Portugal y se dirigía a Lisboa para poner tierra por medio y tratar de desaparecer.

No tuvo suerte y, trasladado a Madrid, negó saber absolutamente nada del asalto al tren de Andalucía. Dijo haber llegado a Madrid en 1916 en busca de trabajo, colocándose en un taller de bisutería. Sin embargo, pronto abandonó su trabajo para dedicarse a una actividad más lucrativa: el juego. Se trataba, pues, de un vividor al que la baraja había puesto en contacto con otros individuos de tan pésima conducta como él. Y de entre jugadores han salido notables delincuentes, ya que los juegos de envite no suelen ser buenos consejeros, especialmente cuando se pierde.

Detenidos los tres principales sospechosos, había otros cómplices de menor cuantía que también estaban encarcelados. Pero los fueron soltando poco a poco, ya que se descubría que su participación en los hechos había sido nula. Quedaron encarcelados, – por supuesto, Carmen Atienza, Antonia Sánchez Molina, hermana de Honorio, porque algo supo y optó por callar, y una mujer llamada Encarnación Muñoz, que era la lavandera de la fonda «La Internacional».

Faltaba, naturalmente, el joven de los cabellos rubios, aspecto afeminado, pómulos hundidos y nariz aguileña, que alquiló el taxi a Miguel Pedrero y que, obviamente, era cómplice importante en la fechoría. Sus señas se publicaron en toda la prensa nacional y extranjera y fue, precisamente, en París, donde apareció el sujeto, que se sentó voluntariamente en la Embajada de España, declarándose coautor del crimen del expreso de Andalucía.

Aquel individuo dijo llamarse José Donday y era un intelectual, efectivamente afeminado, de treinta y un años de edad, aunque aparentaba muchos menos. Las señas coincidían exactamente con la descripción facilitada por la prensa: era delgado, rubio, afeminado, pálido de semblante, y que, por más señas, dijo haber sido desertor del ejército francés.

De París, acompañado por la policía española, que fue a buscarlo a Francia, pasó a Madrid, donde quedó a disposición de la autoridad militar, debido al bando en el que la Dictadura de Miguel Primo de Rivera había declarado el estado de guerra en todo el país al implantarse el Directorio Militar el 13 de septiembre de 1923, y que todavía seguía en vigor. Dicho bando declaraba que todos los asaltos a mano armada y en cuadrilla quedaban asimilados, para efectos procesales y jurídicos, como delitos de guerra.

En la reconstrucción de los hechos y durante los interrogatorios, los acusados se acusaron mutuamente, pretendiendo todos ser inocentes y culpables los demás. En lo que todos estaban de acuerdo fue en que la autoría de las muertes fue cosa de Antonio Teruel, el cual, por descontado, no podía defenderse.

En la reconstrucción de los hechos se divulgaron varias versiones distintas. La de los acusados fue distinta a la de la policía, como lo sería durante el Consejo de Guerra la de los defensores de la del Ministerio Fiscal. Pero habla un dato en el que se hacían fuertes los acusados, y era que el empleado de Correos, muerto durante el asalto, don Ángel Ors Pérez, había estado en complicidad con los criminales y fue él quien les facilitó la entrada en el vagón correo, al llegar éste a Aranjuez. Sin embargo, Ángel Ors jamás asistió a ninguna de las reuniones previas a la comisión del delito.

Por el proceso, el veredicto del Consejo de Guerra y por la versión que dio el abogado de José María Sánchez Navarrete, señor Matilla, a quien su defendido contó, poco antes de subir al cadalso, la verdad de lo sucedido, los hechos que más tarde serían conocidos como el crimen del expreso de Andalucía, ocurrieron así:

Amigos de francachela y juego, José María Sánchez Navarrete y Honorio Sánchez Molina estaban pasando por una situación precaria – hoy día conocida como crisis económica – y se comunicaron sus apuros y dificultades, quizás esperando que uno pudiera ayudar al otro o viceversa. Fue entonces cuando el hijo del teniente coronel de la Guardia Civil, como empleado de Correos que era, habló de las fortunas que pasaban por sus manos en el tren correo de Andalucía.

Parece ser que Navarrete dijo a Sánchez Molina:

– Pero si queremos que ese plan tenga éxito, hemos de contar con la colaboración de mi amigo Ángel Ors, el cual también necesita dinero.

Debió ser un simple comentario sin importancia y mucho menos con intención de realizarlo. Pero la situación económica de ambos, por cuestiones de juego, era cada día más apremiante. Y debió ser por esto que Navarrete y Honorio volvieron a comentar el tema del robo. Así, como jugando a criminales, se fue perfilando el proyecto. Planearon abordar el tren en Aranjuez, contando con la ayuda de Ángel Ors. Pensaron que a Santos Lozano, jefe del vagón correo, podrían darle un narcótico, mezclado con café o coñac, a fin de dormirlo. Una vez hecho esto, se apoderarían del contenido de las sacas, con la ayuda de Ángel Ors, al que también narcotizarían, finalizada la operación a fin de que nadie entrase en sospechas de su complicidad.

Se calculó el tiempo con meticulosidad y decidieron que al llegar a Alcázar descenderían del tren y regresarían a Madrid en un coche que habría alquilado o comprado José Donday, el afeminado.

Se pensó en buscar la colaboración de un delincuente profesional que careciera de escrúpulos. Y fue Honorio Sánchez Molina quien introdujo a Antonio Teruel, al que conocía de otras actividades, así como se buscó la ayuda de Francisco de Dios Piqueras, otro jugador al que Navarrete veía casi todos los días.

José María Sánchez Navarrete conocía también a José Donday a través de las partidas de naipes. Y como para llevar a cabo el plan se necesitaba un automóvil, fue Donday el encargado de conseguirlo, primero tratando de comprar uno a plazos, pero no lo logró por los requisitos que le exigían y que, posteriormente, podían comprometerle. A continuación se dijo a Donday que fuese a Ciudad Real, a fin de alquilar un taxi en aquella ciudad. Pero el rubio afeminado se entretuvo jugando y perdió el dinero que le habían dado, por lo que regresó a Madrid sin coche y sin dinero. Se deshizo en disculpas. Y, por último, acordaron alquilarlo en el propio Madrid.

Así, un viernes, día 11, a las cuatro de la tarde, se reunieron todos en un bar de la glorieta de Atocha. Sólo faltaba Honorio Sánchez Molina. Así pues, estaban José María Sánchez Navarrete, Francisco de Dios Piqueras, Antonio Teruel y José Donday. La primera iniciativa que se tomó, entre todos los reunidos, fue la de que José Donday fuera a contratar los servicios de un taxi. Hubo una improvisación, ya que se requerían dos taxis: uno para Donday y otro para que el trío de ataque se trasladara hasta Aranjuez. Pero se cambió el plan y se acordó que Navarrete, Piqueras y Teruel tomarían el mixto de Córdoba y bajarían en Aranjuez, mientras que Donday tomaría un taxi y los esperaría en Alcázar.

Y cualquiera se podría preguntar: en esta reconstrucción de los hechos, ¿dónde se encontraba Honorio Sánchez Molina? Si recordamos la declaración del taxista Miguel Pedrero, sólo fueron tres los hombres que subieron a su coche en Alcázar, además de José Donday. Y en Aranjuez, los testigos dijeron haber visto junto al vagón correo a tres hombres, dos con boina y uno con sombrero de ala ancha.

En efecto, Honorio Sánchez Molina no debió tomar parte en el asalto, aunque tomó parte en la conspiración y el complot para realizarlo. En esto la justicia no estuvo remisa y lo consideró tan culpable como a los otros, como si hubiese tomado parte activa en el asalto, cosa que, aunque Honorio Sánchez Molina lo negó, ¿por qué no pudo regresar de Alcázar por otro conducto?

Esto sin embargo, no modifica en absoluto los hechos, que, aunque se pretendiera cambiarlos, nadie lo logró.

Parece ser, por tanto, que a las cinco de la tarde de aquel día 11, viernes, salieron de Madrid los tres criminales, José María Sánchez Navarrete, Francisco de Dios Piqueras y Antonio Teruel, tomando el mixto de Córdoba, que los dejó en Aranjuez. Los tres llevaban pases extendidos a favor de los empleados de Correos, por si Santos Lozano Seón se mostraba desconfiado.

Y cuando el expreso de Andalucía, ya noche cerrada, llegó a Aranjuez, se acercaron al vagón correo y preguntaron si estaba allí Ángel Ors Pérez.

El propio Ors contestó afirmativamente. Navarrete le preguntó entonces, si le habían entregado una maleta en Madrid. Ors respondió que no y entonces Navarrete pidió subir al vagón correo con sus dos acompañantes, alegando que el expreso iba abarrotado.

Entraron por la ventanilla, ya que la puerta, al parecer, estaba estropeada. Allí dentro, don Santos Lozano se encontraba trabajando. Ángel Ors no hacía nada puesto que había de cambiar en Córdoba para la expedición hacia Málaga.

José María Sánchez Navarrete y Ángel Ors Pérez cambiaron impresiones en voz baja, haciendo un aparte. Ors le dijo que transportaban pocos valores y que sería mejor dejarlo para otra ocasión. Y así se lo hizo saber Navarrete a Teruel y a Piqueras, los cuales ya habían invitado a una copa de coñac a Santos Lozano y estaban esperando el resultado del narcótico.

José María Sánchez Navarrete también sugirió no realizar el robo debido al escaso valor de las declaraciones que llevaba el furgón. Pero Antonio Teruel estaba impaciente y no quiso esperar. Por eso, penetró en el lavabo y al salir, como Santos Lozano seguía despierto, alevosa y cruelmente, le asestó un martillazo en la cabeza, matándolo en el acto.

El delincuente habitual creyó que este acto movilizaría a sus compañeros, obligándolos a la acción. Y para mayor énfasis, aún asestó otros ocho golpes en el cráneo, destrozado ya, del jefe de la expedición.

Ángel Ors, horrorizado, se puso a gritar. Acusó a su amigo Navarrete de haberse comprometido con asesinos y juró que los denunciaría, porque una cosa era robar y otra asesinar. Se armó entonces una lucha en el interior del vagón y parece ser que, una vez más, fue Antonio Teruel quien disparó contra Ángel Ors.

El asesino que se había suicidado en su casa de Madrid cargó con todas las culpas. Se dijo de él que volvió a disparar contra Ángel Ors, estando ya éste en el suelo. Pero no bastante con esto, con unas cuerdas lo estranguló.

En definitiva, un doble crimen alevoso, cruel, despiadado y cobarde, ya que se suponía que Ángel Ors Pérez era cómplice de los criminales y amigo personal de José «el Coronel».

¿Estuvo Honorio Sánchez Molina en el vagón la noche del crimen, o su participación concluyó con la presentación al grupo de Antonio Teruel?

Se dice que cuando los tres criminales regresaron a Madrid, Donday recibió mil pesetas de cada uno, mientras que Honorio recibió seis mil, así como algunos pagarés.

Una vez en Madrid, los asesinos se reunieron en casa de Antonio Teruel, donde se repartieron parte de lo robado, guardando el resto hasta que el suceso se olvidara.

Y el depositario fue Teruel.

José María Sánchez Navarrete se fue a su casa y se acostó, pero al día siguiente no acudió al trabajo, alegando haber estado jugando con unos amigos, no recordaba dónde.

José Donday desapareció de Madrid, tomando rumbo a París, mientras que Honorio Sánchez Molína siguió con su vida normal, pero se quedó con las seis mil pesetas. Por su parte, después del reparto, Piqueras y Teruel se fueron a una cafetería a desayunar, como si nada hubiera sucedido.

El día 7 de mayo, a las ocho y diez de la mañana, se inició el Consejo de Guerra, en la misma sala donde se había celebrado la causa contra los asesinos de Dato. Presidía el Consejo don José Giraldez Gallego, coronel de Húsares de Pavía.

Como la sala no era de grandes dimensiones y el público la abarrotaba casi totalmente, fue preciso colocar a los cuatro defensores a la derecha del público, mientras a la izquierda se colocaron cuatro taquígrafos. En el centro estaba situado el juez instructor del proceso, señor Moreno Lazárraga.

En presencia del Consejo de Guerra se encontraban todos los procesados, a excepción de José María Sánchez Navarrete, quien se negó a comparecer ante los jueces en señal de protesta por la presencia del público.

Por lo visto, no se consideró necesaria la presencia del acusado y se inició el juicio sin él. En aquellos tiempos bajo el estado de guerra decretado por el Directorio Militar, se hacían cosas peores, como la nota que apareció en el «Diario de Barcelona», siete días antes de iniciarse el Consejo, donde con el subtítulo de «El crimen del expreso de Andalucía», se comunicaba que el veredicto de la Audiencia de Barcelona salía hacia Madrid, acompañado de un sargento de la Guardia Civil y un número del mismo cuerpo.

La noticia, de ser cierta, era bastante tendenciosa, puesto que el Consejo de Guerra aún no se había reunido y mucho menos dictado sentencia. Era como si las tres penas de muerte que pedía el fiscal en el juicio sumarísimo ya estuviesen decretadas.

De cualquier modo, el fiscal, don Ramón Piquer, empezó diciendo que quienes inducen a otros a matar deben ser juzgados de igual modo que los autores directos de un crimen. A continuación se entretuvo en la reconstrucción de los hechos y presentó las pruebas, según él, de que en los acusados Francisco de Dios Piqueras y José María Sánchez Navarrete concurrían los agravantes de premeditación, astucia, nocturnidad y despoblado. Agregó que en Honorio Sánchez Molina y en José Donday existió premeditación en uno y en el otro la premeditación y la nocturnidad. Al final, después de una hábil exposición, el fiscal, señor Ramón Piquer, solicitó la pena de muerte para los procesados Navarrete, Honorio y Piqueras; veinte años de reclusión para José Donday, así como para las tres procesadas, ocho años y un día, como encubridoras.

Los defensores, por supuesto, negaron los agravantes. El de José María Sánchez Navarrete declaró que su defendido no intervino en la lucha con Ángel Ors Pérez.

-No podía existir la astucia -añadió el abogado- por la sencilla razón de que Ángel Ors era también cómplice. ¿Qué astucia puede aducirse, pues? Y por otra parte, si mi defendido no quiso matar, ni llegó a matar siquiera, ¿por qué se va a pedir para él la pena capital?

Los otros defensores negaron asimismo los agravantes y declararon que sus defendidos habían tenido una mínima intervención, especialmente los de Honorio Sánchez Molina y José Donday.

Este último, después de un incidente en el que se apagó la luz de la sala del Consejo y el presidente se negó a suspender la vista, ordenando que se trajeran velas y se encendieran cerillas, pidió la palabra y dijo:

-Ni siquiera pensé que se me tendría como cómplice de un delito del que no tenía el menor conocimiento.

No se habló más. Tras estas palabras de Donday, el presidente dio por terminada la vista.

A las doce de la mañana del día 8 de mayo concluyeron las deliberaciones del Consejo de Guerra y la sentencia se dio a conocer a las tres y media de la tarde. El resultado fue éste: penas de muerte para José María Sánchez Navarrete, Francisco de Dios Piqueras y Honorio Sánchez Molina (cuyo nombre, en realidad era el de Honorio Sánchez y Sánchez de Molina). A José Donday le condenaron a veinte años de cárcel y las mujeres quedaron absueltas.

Inmediatamente después de conocerse la sentencia, se supo que el teniente coronel de la Guardia Civil Sánchez Bernal, padre de Navarrete, solicitó audiencia ante el general Primo de Rivera, pidiendo clemencia para su hijo y rogando que su súplica fuese elevada al trono. La respuesta del dictador fue:

-Puede tener usted la seguridad de que, de haber posibilidad, el Directorio aconsejará clemencia. Pero no le debo ocultar que las circunstancias del delito y el estado de opinión formado pidiendo un castigo ejemplar, hacen de este caso uno de los más difíciles para el ejercicio de la gracia que me solícita.

Los periódicos publicaron estas palabras que, posiblemente, no fuesen las mismas. Pero daba igual. Se hicieron peticiones de clemencia por distintos sitios. Se dijo que a los ruegos del padre de Navarrete se unieron los del patriarca de las Indias, el obispo de Madrid y el alcalde.

Llegó el momento en que los reos hubieron de entrar en capilla y el Directorio Militar seguía estando reunido, estudiando la petición de clemencia. Cuando terminaron las deliberaciones, el general Vallespinosa, portavoz del Directorio, informó a los periodistas con tono muy afectado, diciéndoles:

– La verdad oficial que puedo darles es la de que el Directorio no posee los elementos de juicio indispensables para decidir. En definitiva, señores, les ruego que no me obliguen a decir lo que no quiero, ni debo, ni puedo decir.

Por último, apareció el general Primo de Rivera quien, muy conmovido, declaró a los periodistas:

– Los padres de Navarrete y la familia de Honorio Sánchez me dan mucha pena. Supongo que el general Vallespinosa, y yo repito sus palabras, ya les habrá dicho que es preciso tener compasión de esas familias. Por lo tanto, ruego a la Prensa que no diga nada de nuestra obligada y necesaria decisión.

Aquellas palabras significaban, lisa y llanamente, que no se podía conceder el indulto. El crimen era de unas proporciones tan horrendas y había afectado tanto a la opinión pública que el Directorio, ya impopular de por sí, no quiso aumentar su impopularidad.

De algún modo, en la cárcel donde se encontraban los tres condenados a muerte, debió saberse la resolución del general Primo de Rivera y sus ministros, ya que el juez procedió a dar lectura de la sentencia a los sentenciados, que se encontraban reunidos en la celda de Piqueras. Honorio Sánchez, al oírla, se echó a llorar amargamente, mientras se volvía pálido. Los otros dos parecieron no inmutarse siquiera.

Ninguno de los tres se negó a firmar la sentencia. Poco después, a las nueve en punto, los tres reos entraron en capilla, acompañándoles, como era habitual, cuatro hermanas de la Caridad. La capilla se había dividido para tal ocasión en tres compartimientos y en cada uno había un reclinatorio.

La ejecución se fijó para la mañana del día siguiente a las seis. Y se cumplió tal y como manda la ley. En los periódicos de la época se describieron así los últimos instantes de los condenados por el crimen del expreso de Andalucía:

«A las tres y media de la madrugada los reos recibieron la comunión, cada uno en su celda, y después rezaron acompañados de los capellanes de turno. Alrededor de las cuatro de la mañana, Honorio Sánchez dejó redactado su testamento, que depositó en manos de su abogado defensor. Le rogó entregase a su madre el crucifijo que le regalara el marqués de Portago, y a su mujer el escapulario que llevaba en el pecho. Después de la segunda misa, los reos firmaron el ingreso en la Orden de los Hermanos de la Paz y Caridad (entre los asistentes de esta orden, aquel día figuraban siete grandes de España). A las cinco y media entraron en la prisión celular de Madrid el director general de Seguridad, el furgón de la dirección y cuatro carmelitas que acudían para imponer a los condenados el escapulario de la Virgen del Carmen.

»A la derecha de la capilla donde se hallaban situados los patíbulos, montaba guardia un piquete de Infantería al mando de un teniente. A las cinco cuarenta salió el director de la cárcel, y pocos momentos después el juez instructor, el presidente de la Sala Cuarta de Justicia de la Capitanía General y el capellán de la prisión. Varios hermanos de la Paz y Caridad, en unión de los representantes del pueblo de Madrid y del alcalde, formaban los testigos.

»A las seis se sacó a Honorio Sánchez, llevado en brazos de un sacerdote y de su defensor. Al llegar frente al patíbulo se despidió de todos, besó el crucifijo, cruzó las manos y se sentó en el banquillo. Una vez allí besó las manos de los sacerdotes. (De esta patética escena existe una fotografía, tomada desde la azotea de una casa próxima a la prisión celular, en el momento en que Honorio Sánchez estaba a punto de ser ajusticiado.)

»Había dos verdugos que cumplieron su triste misión. El cadáver quedó cubierto con una sábana y fue reconocido por el médico de la prisión, quien certificó su muerte.

»A las seis y diez minutos, trajeron a Francisco de Dios Piqueras. A su lado derecho le acompañaba un hermano de la Paz y Caridad. Se sentó en el patíbulo del centro. Cumplida la sentencia, le reconoció el doctor de la prisión, el cual certificó su muerte.

»Y a las seis y diecinueve minutos salió José María Sánchez Navarrete, que era conducido casi en vilo por los hermanos de la Paz y Caridad, porque no tenía ánimos para andar. Delante de él iba un sacerdote con un crucifijo en la mano. Se le llevó materialmente suspendido hasta el banquillo. Lo sentaron sus acompañantes y por tercera vez se repitió la terrible maniobra del verdugo. La sentencia quedó ejecutada a las seis y veintitrés minutos. Media hora después, se bajaron los tres cuerpos del patíbulo, y, seguidamente, se celebró una misa de Réquiem que fue oída por el director de la cárcel, las hermanas de la Caridad, empleados de la prisión, hermanos de la Paz y Caridad y algunos otros visitantes.»

Así terminó el proceso sumarísimo motivado por el crimen del expreso de Andalucía, donde no quedó todo tan diáfanamente claro como hubiese querido todo el mundo. Pero los principales culpables no escaparon a la justicia y eso fue importante. Las gentes seguirían hablando de ello durante mucho tiempo, como hacemos aun en nuestros días, puesto que recordar esos hechos, según la moderna criminología, no es malo, aunque no exista ya la pena de muerte, cuya ejemplaridad, como se alardeó desde muchos estrados, no sirvió jamás para nada.

El castigo no ha impedido nunca que se cometan nuevos crímenes, y nuestra relación de hechos famosos lo está demostrando.

 


VÍDEO: LA HUELLA DEL CRIMEN – EL CRIMEN DEL EXPRESO DE ANDALUCÍA


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