El crimen del capitán Sánchez

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El crimen del capitán Sánchez
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Incesto - Robo - Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 24 de abril de 1913
  • Perfil de las víctimas: Rodrigo García Jalón, de 50 años
  • Método de matar: Golpes con un martillo
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: El capitán Sánchez fue fusilado el 3 de noviembre de 1913. Su hija María Luisa fue condenada a veinte años de prisión. Murió doce años después
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El crimen del capitán Sánchez

Francisco Pérez Abellán

De repente, Rodrigo García Jalón, viudo rico, con una fortuna de noventa mil pesetas en títulos, mujeriego, pasada la cincuentena pero todavía de buen ver, presumido y alhajado, jugador de los de tralla, se hizo humo en los ambientes que frecuentaba. En su casa le echaron en seguida de menos porque aunque acostumbraba a pasar alguna noche fuera, o a improvisar un viaje, esta vez se había dejado en el cajón de su gabinete la cédula de identificación, el kilométrico del ferrocarril y el revólver que solía acompañarle en sus desplazamientos fuera de Madrid.

Era el 25 de abril de 1913, sólo unas fechas después de que Sancho Alegre disparara su pistola contra Alfonso XIII, atentado del que su majestad resultó ileso. La capital del reino era un hervidero de funcionarios cesantes, caballeros desocupados, proletarios hacendosos, coches de punto, simones y berlinas de alquiler, tranvías y unos centenares de vehículos automóviles. Un Madrid de cabezas cubiertas con bombín, hongo, chistera, jipi o gorra menestral. En total una colmena de 750.000 almas en la que el hueco repentino de un desaparecido había creado una corriente de desasosiego.

De pronto empezaron a pasar cosas llamativamente extrañas. La tarde de aquel mismo día, una joven de curvas ampulosas, embutida en un traje de levita, se atrevió, después de un leve titubeo, a entrar en el Círculo de Bellas Artes, catedral del juego, situado en el Palacio de la Equitativa, a sabiendas de que las mujeres tenían el acceso prohibido, con la intención de cambiar por dinero una ficha de juego de cinco mil pesetas, cantidad muy elevada para la época, por lo que la llevaba nerviosamente apretada en la mano.

Acompañada por Antoñito, el botones, cruzó los salones del Círculo recreando las miradas de los socios agradablemente sorprendidos por una rotunda hembra. No obstante su indudable atractivo, no hubo manera de que el cajero accediera a sus deseos. Tenía este la orden de cambiar fichas sólo a los socios y en especial aquella de tanto valor, que imaginó a quién pertenecía -al fin y al cabo no circulaban tantas de cinco mil-, hacerlo exclusivamente si al canje venía el propietario en persona.

Al seguirla hasta la calle, Antoñito pudo ver a la salida cómo la joven iba a reunirse con un cuarentón alto, de mostacho con puntas retorcidas en arco, mirada desafiante y porte lleno de arrogancia que vestía una americana larga y unos pantalones oscuros, ambas prendas muy desgastadas por el uso. Remataba su cabeza con un sombrero hongo. La pareja se perdió entre la abigarrada fauna humana de la calle Sevilla.

El último día que vieron en el Círculo al desaparecido Rodrigo García Jalón iba vestido como para una cita galante: terno gris, camisa verde con rayas rojas, corbata de seda, flexible de alas anchas e impermeable. Se despidió cambiando cinco billetes de mil por una ficha de juego roja con la cifra en dorado, con la justificación de que al sitio al que iba no quería llevar dinero. La ficha representaba la protección de sus caudales. Intentar cambiarla no fue el único error del capitán Sánchez.

La desaparición de un viudo adinerado llegó pronto a oídos de un avispado reportero de sucesos predestinado para la noticia sensacional. Era este de la plantilla de El Imparcial, uno de los rotativos más populares del momento. Se llamaba Francisco Serrano Anguita. Era sevillano, de veinticinco años, y era tal su predestinación para la noticia que años después, cuando decidió casarse, tomó para su viaje nupcial el tren 92 con salida de Madrid a las 20,20 con destino Málaga-Sevilla donde viajaba la exclusiva. Al llegar a la estación de Córdoba se descubrió que habían robado el furgón correo y asesinado brutalmente a dos ambulantes, componiendo lo que el periodista titularía para la historia como «El crimen del Expreso de Andalucía». Así hizo compatible su luna de miel con una espléndida crónica.

Puede decirse que Serrano Anguita estaba verdaderamente casado con la noticia. Con ese privilegio adelantó la información sobre el misterio del hombre desaparecido el 2 de mayo, ocho días después de producirse, con referencias a la misteriosa joven que había intentado cambiar la ficha en el Círculo y por la que al parecer bebía los vientos el desaparecido, que no era otra que la conocida como «la hija del capitán».

La policía ya estaba tras su pista y la había identificado como María Luisa Sánchez Noguerol, de veinte años, nacida en La Coruña, planchadora, hija primogénita de Manuel Sánchez López, capitán de la reserva destinado en la Escuela Superior de Guerra, a la sazón en la plaza Conde de Miranda.

La policía dispuso en seguida de informes sobre la conducta sospechosa del padre, de quien conocía que era jugador y que estaba sin blanca, y hasta que entre padre e hija había una relación incestuosa. La joven había empezado a los catorce años a tener trato con los hombres y se rumoreaba que había dado a luz dos hijos, ahora muertos, de su propio padre.

Pese a los minuciosos informes, el asunto no se presentaba nada fácil. La hipótesis con la que trabajaban los investigadores era que Jalón, dada su desmedida afición por las mujeres y su predilección por la moza de rotundas carnes llamada la «hija del capitán», pudo ser atraído por esta tal vez al propio domicilio familiar con un propósito criminal. Allí, el enorme edificio de la Escuela de Guerra se prestaba con sus cuadras, sótanos y cuartos olvidados a la ocultación de un delito de la mayor gravedad.

Pero no fue hasta el 20 de mayo, gracias a una sacrificada investigación por el alcantarillado de Madrid, cuando avanzó la investigación, encontrándose justo en el lugar del desagüe del domicilio del capitán Sánchez López restos que podrían pertenecer a un cuerpo humano.

Por este hallazgo se corrió la especie de que el cadáver del desaparecido, menos los desperdicios rescatados, había ido a parar a los peroles del rancho de la tropa. De la creencia popular lo recoge Ramón del Valle-Inclán en sus esperpentos: «Lo nacional es dárselo (el cadáver) a la tropa en un rancho extraordinario, como hizo mi antiguo compañero el capitán Sánchez.»

Pero no fue hasta la madrugada del 22 de mayo cuando se encontraron en la vivienda hábilmente emparedados los objetos del crimen: ropa -entre esta una camisa verde con rayas rojas-, un martillo, un hacha, un machete y restos humanos que nadie dudó que pertenecían a Jalón. Con esto en su poder, el juez volvió a interrogar al capitán y a su hija que hasta entonces lo habían negado todo. Volvieron a negar, pero de lo dicho en una confusa declaración por María Luisa y de otros indicios hallados pudo recomponerse lo sucedido.

Jalón y la hija del capitán se habían conocido meses antes en el café de San Sebastián y se encontraron de nuevo a principios de abril en la calle de la Montera, aprovechando Jalón, conocedor de la mala situación en la que estaba la familia y lleno de pasión, para ofrecerse como protector a María Luisa así como brindarle alojamiento en su casa a ella y a sus cinco hermanos. El 24 de abril de 1913, con el fin de obtener la conformidad del padre, quedaron en el domicilio familiar donde no había nadie porque los niños salieron al campo con el tío abuelo que los cuidaba.

Se sentó Jalón en el asiento que le ofreció María Luisa de espaldas a la puerta, y ella frente a él. Comenzó entonces el seductor una larga charla galante. Embebido en el efecto que creía causar con sus palabras no se apercibió de que a sus espaldas se entreabría sigilosamente la puerta por la que apareció la figura amenazante del capitán con los ojos enfebrecidos y el ánimo resuelto. En la mano empuñaba un martillo que brilló un instante por encima de su cabeza y sin transición descargó el golpe brutal en el cráneo del desprevenido visitante. El segundo golpe, quizá más fuerte que el primero, acabó de asegurar la muerte provocando el estallido craneal. Sin perder un momento, Sánchez registró el cadáver; pero sólo encontró veinte duros, algo de calderilla y la ficha de juego.

Arrastró el cuerpo hasta una artesa donde cortó la ropa todavía esperanzado por si encontraba entre los pliegues algo de más valor, y cuando se persuadió de la inutilidad de su esfuerzo, con un hacha comenzó a despiezarlo. Luego ordenó que la hija pusiera a hervir una sartén llena de aceite para disimular los olores.

Al rato se alzó en una terrible figura sosteniendo la cabeza del descuartizado cogida por el cabello para arrojarla al fuego del hogar. Siguió la separación de las manos y el cuarteamiento en despojos. Las partes blandas fueron arrojadas por el sumidero del retrete, y la osamenta, con pingajos adheridos, por el hueco entre dos muros del piso superior. Padre e hija se dedicaron a la tarea de limpiar los rastros.

Aún cometió otro error el capitán. Necesitado de dinero para el juego Manuel Sánchez pignoró en el 41 de la calle Barquillo un reloj de oro con leontina, un dije y dos anillos fácilmente identificables.

Con tal cúmulo de pruebas, el farruco y fanfarrón Manuel Sánchez López, nacido en la provincia de La Coruña el 1 de noviembre de 1870, héroe de Peralejo, episodio de la guerra de Cuba, con antecedentes familiares de locura, sospechoso de las desapariciones de la jaquetona rubia Luz Carbonell, viuda de Brieva, y del cándido Juan María Pérez Sánchez, «tío Luis», además de la de Jalón, fue condenado a muerte por un consejo de guerra por robo con homicidio, y su hija a veinte años de prisión.

El capitán, que siempre se declaró inocente, fue fusilado al amanecer el 3 de noviembre de 1913 y enterrado en Carabanchel Bajo. Su hija, después de mucho tiempo perdida en la locura, en la que rememoraba la muerte a martillazos de su maduro pretendiente, murió doce años después.


El crimen del capitán Sánchez

Francisco Hernández Castanedo – Madrid Tremebundo

¿Cuál puede y debe ser la colaboración de la prensa en el establecimiento de un hecho criminal? Sobre ello existe, de antiguo, una gran polémica que continuará desarrollándose, supongo, durante mucho tiempo. Los policías, por la general, se manifiestan opuestos a tal colaboración, alegando que el afán noticioso de los periodistas, forzosamente indiscreto, puede poner en peligro el preciso secreto de la investigación policial y su resultado fructuoso. Y, la verdad sea dicha, es que tal alegación la apoyan con fehacientes testimonios.

Sin embargo, los partidarios de la antedicha colaboración también tienen en sus manos buenas bazas para defenderla y un bien nutrido dossier para justificar su posición. Por ejemplo, este caso del capitán Sánchez, esclarecido sin duda alguna, con la muy eficaz colaboración investigadora de un chico de la prensa.

Policías y periodistas: gente que se pasa la vida, por ahí, preguntando. Bueno, a similitud, hasta cierto punto, de trabajo, ¿por qué no la colaboración inteligente y discreta?

En fin, caso del capitán Sánchez, que provocaría la gran sensación popular en el Madrid del año 1913. Y sobre el que investigaría, con claras dotes sherlockholmianas, el magnífico periodista madrileño Francisco Serrano Anguita, con el tiempo nombrado «cronista oficial» de la Villa del Oso y del Madroño.

Desaparición de un hombre

En la correspondiente comisaría de distrito de Madrid, comparece en el segundo día del mes de mayo de 1913, y ante el inspector de guardia, un hombre de edad madura.

-Usted dirá, caballero.

-Vengo a denunciar la desaparición de un hermano mío, Rodrigo García Jalón.

-¿Se llama usted?

-Joaquín; por supuesto, García Jalón también.

-Por supuesto. Continúe, se lo ruego. ¿cuándo fue la fecha de la desaparición?

-El 20 del mes pasado; he podido averiguar que a primeras horas de la tarde de ese día mi hermano estuvo un momento en el Círculo de Bellas Artes. Última noticia que he tenido de él.

-¿Edad del desaparecido?

-Cincuenta años.

-¿Profesión, estado?

-Bueno, en realidad vivía de sus rentas, aunque también se ocupaba en negocios de distintas clases; incluso, a veces, teatrales.

-¿Por qué dice usted vivía y se ocupaba, tiempos pretéritos?

-Tengo un mal presentimiento, inspector.

-¿Basado en algo racional? Permítame decirle que habiéndose ausentado su hermano el 20 del pasado mes no se apresuró usted mucho a denunciar la desaparición.

-Ya, pero es que Rodrigo, que vive sólo con su hijo, viaja frecuentemente.

-Bien, ¿qué pensó usted, primero, cuando empezó a preocuparle la ausencia de su hermano?

-Que andaba por ahí corriendo la gandaya, como dicen por tierras charras, con alguna torda. Le gustan mucho las mujeres.

-¿Sabe si su hermano llevaba mucho dinero?

-Seguro que sí; nunca sale de casa con menos de seis mil o siete mil pesetas en la cartera.

-Respetable cantidad, si señor.

-Como es muy aficionado al juego…

-¿Sabe de alguna enemistad que tuviera él?

-Ninguna; descarte eso.

Todavía se consignan más puntualizaciones en la comparecencia, que, más tarde, al ser leída por el propio director general de Seguridad, Méndez Alanís, determinaría el nombramiento de los inspectores Escudero y Maqueda para la oportuna investigación.

Dos chicos listos

Sí, dos chicos listos, uno, Antonio, botones del Círculo de Bellas Artes, y el otro, el chico de la prensa, Francisco Serrano Anguita, que también firmaría en los papeles con el seudónimo de Tartarín. Gracias a ambos la policía vería allanado el casi siempre abrupto camino de la investigación.

Tartarín capta el primer rumor confuso sobre la desaparición de don Rodrigo García Jalón, a los cuatro o cinco días del esfumamiento de éste, en el mismo Círculo de Bellas Artes. Y en seguida, con notable olfato periodístico, se ocupa de meter las narices en el asunto. Así sabrá, preguntando al citado botones y en la sala de recreos del Círculo, que en la tarde del 20 de abril, el señor Jalón había cambiado cinco mil pesetas por una ficha de juego de equivalente valor, advirtiendo en el acto del trueque que sólo reintegrasen su importe presentándola él, personalmente.

Pocos días más tarde, el botones abordaría, emocionado, al periodista para decirle:

-¿Sabe usted que ayer se presentó aquí una gachí de bandera, intentando cobrar una ficha de juego de cinco mil pesetas, la misma ficha que le dieron al señor Jalón, y que al ver que no se la querían cambiar estaba dispuesta a dejarla por quinientas pesetas? Cosa que tampoco consiguió.

A instancias de Tartarín, el muchacho describiría más ampliamente a la desconocida:

-Pues yo diría que como de unos veinticinco años; guapa, como para parar un tren. Morena, con unos ojazos así de grandes y un mostrador y un trasero que no vea usted. Algo chanchi, vamos.

Y dos o tres días después, nueva confidencia del vivo botones al periodista:

-¡Ayer vi a la gachí de la ficha de las cinco mil leandras! ¡Y no vea usted lo que hice! Olvidándome de que había salido del Círculo para un mandao de uno de los socios, me largué tras el monumento, poniéndome con el meneíto de sus caderas que ¡pa qué! y siguiéndola hasta que la vi colarse en la Escuela Superior de Guerra.

Pesquisas periodísticas y policiales

Tartarín se afincaría en las inmediaciones del mencionado edificio castrense. Pronto, entre convidada y convidada a los soldados destinados en el centro, hizo acopio de datos facilitados por éstos: la «gachí de bandera», María Luisa, hija mayor del capitán Manuel Sánchez López de conserjes de la Escuela, residenciado en ésta, con la primogénita, otra hija llamada Manoli y tres hijos, niños, amén del padrino de María Luisa.

En cuanto al capitán Sánchez, que alcanzara los galones de sargento en la guerra de Cuba, muchas cosas que anotar: que tenía cincuenta años, que era viudo, que malvivía debido a su pasión por el juego, que le gustaban mucho las mujeres y que amaba apasionadamente a su hija Manoli.

Después, el periodista, tal vez escribiera lo siguiente en sus cuartillas: «Hoy me han contado algo verdaderamente horrible, y mucho me temo que la información sea fidedigna: que María Luisa es la amante de su padre y que de esta unión tuvo un hijo que murió pronto. También otros confidentes me han asegurado que María Luisa recibe en su habitación a hombres, con autorización del padre. Partiendo de lo de la ficha de juego ¿sería Jalón uno de esos visitantes?»

Los inspectores Maqueda y Escudero, a su tiempo, se presentarían en el Círculo de Bellas Artes, siguiendo la pista de Jalón, recibiendo las informaciones ya recogidas allí por Tartarín. Lo que motivaría el primer interrogatorio a Sánchez y su hija. Negativas rotundas de ambos sobre su conocimiento de Rodrigo García Jalón. María Luisa niega aún más tenazmente haberse presentado en el Círculo de Bellas Artes con el propósito de cambiar la ficha de juego. Sin embargo, se efectúa un registro en el domicilio de los sospechosos, que resulta infructuoso por completo. No obstante, padre e hija pasarán a la cárcel.

Mientras, Tartarín, en su puesto de mando de los mostradores de las tabernas vecinas a la Escuela de Guerra, capta nuevos detalles, tal vez, significativos, entre ellos, el de que el asistente del capitán Sánchez está harto de arrojar cubos de agua al inodoro del piso de éste y el de que, también en dicho piso, el asistente ha tenido que levantar parte de una pared, que se había venido abajo.

Posteriormente, un anónimo remitido al periodista llama la atención de éste sobre el reciente tapiado, aventurando la más macabra hipótesis sobre su motivación. Contacto, entonces, del chico de la prensa con los agentes encargados de la investigación. Nuevo registro, a medianoche, en la casa de Sánchez, dirigido por el propio director general de Seguridad.

Ahora, sí: resultado fructuoso a más no poder. En el fondo de la atarjea de desagüe del inodoro del cuarto del sospechoso, restos humanos. Pero es en la llamada «habitación de los trastos», al tirar la parte de pared recientemente levantada, cuando se descubre el cadáver, troceado, del desaparecido Rodrigo García Jalón.

Acto seguido, declaración, por separado, de los principales sospechosos: en la cárcel de mujeres, el juez, Martínez Enríquez, presionará en vano sobre María Luisa. Una y otra vez, la misma respuesta femenina: ella no sabe quién es Jalón. Hasta que la autoridad judicial informa a la presa del hallazgo macabro.

-Bien veo que no me queda más remedio que hablar -dirá la mujer cuando se ha repuesto de su pavor-. Mi padre es el asesino. Verá usted: conocí a Jalón en el tren, yendo yo de viaje. Bueno, intimamos pronto, hasta que Rodrigo me pidió que me fuera a vivir con él. Le repliqué que tendría que decírselo a mi padre. Así que la tarde del 20 de abril nos citamos en el café San Luis y, juntos, nos encaminamos a casa. Estando los dos ya en mi habitación, aparecieron, de pronto, tres enmascarados, uno de los cuales me pareció mi padre, y golpearon salvajemente a mi amigo. Después me desmayé, y ya no recuerdo nada de lo que siguió.

Manuel Sánchez, ante el juez, acusaría a María Luisa del crimen, insistiendo sobre la propia inocencia.

Nuevos interrogatorios a los detenidos y nuevas versiones, que fuerzan a la detención de la otra hija de Sánchez y del padrino de María Luisa, aunque pronto se reconocería la inocencia de ambos.

En funciones, el juzgado militar, dada la personalidad castrense del principal sospechoso.

Durante el juicio, Sánchez es identificado como el individuo que vendió en una joyería las alhajas propiedad del asesinado, así como también se verifica la presencia de María Luisa en el Círculo de Bellas Artes para cambiar la ficha de juego. Y como las demás pruebas del crimen son abrumadoras, Manuel Sánchez es condenado a ser pasado por las armas, como causante del asesinato de Rodrigo García Jalón con la complicidad de María Luisa.

Esta tiene por sentencia cadena perpetua, que concluiría con la muerte, en la cárcel, de la «gachí de bandera».

El juicio, que empezó el 15 de septiembre de 1913, fue presidido por el general don Antonio Tovar, actuando el señor Rivadulla como fiscal y como defensor de Manuel Sánchez el abogado y político Serrano Batanero, y de María Luisa, el señor Cabrera.


El caso de «El Gran Jugador»

P. Martínez Calpe – 12 grandes crímenes de la historia judicial española

Los hechos que vamos a narrar a continuación saltaron a la crónica negra con matices horripilantes por sus connotaciones peculiaridades, denigrantes, repelentes y monstruosas, además de la extraña personalidad del autor, cuyo nombre daremos a su debido tiempo para conservar un poco el suspense requerido en estos hechos macabros.

El suceso tuvo lugar en Madrid, en abril de 1913. Por aquel tiempo, cuando ya en Europa se gestaba la Gran Guerra, la burguesía madrileña solía acudir a las casas de juego y eran muchos los que lo hacían en el casino del Círculo de Bellas Artes, donde se apostaba fuerte en las mesas de juego. Cada noche, el dinero veleidoso e inconstante, cambiaba de manos a través de las fichas de colores, en cuyo centro iba señalado su importe.

Un día, al efectuarse el arqueo de las fichas, se echó a faltar una de quinientas pesetas, cantidad que en aquellos felices tiempos, era una cifra bastante considerable. Aquello significaba, lisa y llanamente, que alguno de los socios no se había preocupado de cambiar la ficha en la caja. Así de simple.

Se pudo constatar que los socios que pudieran haberse quedado con la ficha no eran muchos; diez o doce a lo sumo. Por lo cual, el encargado del Casino se cuidó de preguntar entre ellos, por si alguno se había olvidado de la ficha, la cual, con mucho gusto, se la cambiarían por dinero constante y sonante. La contrariedad fue que nadie parecía tener la ficha perdida. Faltaba únicamente dirigirse a don Rodrigo García Jalón, socio de la entidad, y que, casualmente, no aparecía por allí desde el día siguiente al que se echó en falta la reiterada pieza de 500 pesetas.

Al parecer, sólo aquel socio podía haberse quedado con la ficha de juego. Y fue por esto que se decidió averiguar por qué el socio no había vuelto y si, efectivamente, tenía en su poder la ficha de marras. Se recurrió al teléfono y se llamó a la pensión en donde estaba alojado el señor García Jalón. Y la sorpresa fue grande cuando les contestaron que estaban muy preocupados por la desaparición del huésped, al que no veían desde hacía varios días y no sabían que hubiera salido de viaje, ya que, en caso afirmativo, les habría advertido.

El misterio de la ficha de juego no hacía más que acentuarse. La ficha de quinientas pesetas había desaparecido, pero el que, probablemente podía poseerla, también se había esfumado sin dejar el menor rastro.

Como no se conocían parientes de García Jalón, ni sus amigos tampoco sabían dónde encontrarlo, se optó por el camino más fácil: dejar que el tiempo decidiera por sí mismo. La pérdida de una ficha era un beneficio para el Círculo, y lo que más se lamentaba era la pérdida de un socio que, seguramente, aparecería el día menos pensado.

Se supuso que García Jalón debió emprender un viaje imprevisto, a cualquier parte, por motivos familiares o de otro tipo. Nadie tenía derecho a inmiscuirse en su vida, no estaba casado ni se le conocían parientes. Así, para efectos sociales se decidió que el problema se solucionase por sí solo y asunto concluido.

Pero, algún tiempo después, como cosa de un mes y medio, una señorita de agradable aspecto se dirigió al portero de Bellas Artes y preguntó:

-¿Pueden cambiarme una ficha del club que me regaló un pariente? Si me hace ese favor le daré una propina.

El portero contestó:

-No puedo abandonar mi puesto. Pero si me deja usted la ficha, puede volver mañana y le daré su importe.

-Bueno… Yo pensé que usted podría pagármela. Le daría veinticinco pesetas por el favor.

-Lo siento. No llevo ese dinero encima y el casino se encuentra en el piso alto.  Pero no tema. Vuelva usted mañana y tendrá su dinero.

La joven accedió y entregó la ficha al portero, para marcharse por donde había venido. No había en aquello nada anormal, después de todo. Si un socio había regalado la ficha a la señorita nadie podía reprochárselo, puesto que cada uno hace con su dinero lo que más le conviene.

Pero cuando el portero fue a cobrar la ficha de manera tan poco usual, el inspector de Investigación y Vigilancia, don Jenaro Martínez, se interesó por el asunto y montó un servicio discreto para cuando volviera la señorita a cobrar el dinero de la inquietante ficha.

Y así sucedió. La señorita recogió su dinero, dio una propina generosa al portero y se marchó, ignorando que la seguían dos agentes de Policía. De aquel modo se supo que dicha señorita se llamaba Luisa Sánchez Noguerol, y que vivía con su padre, el capitán de Infantería de la escala de reserva, don Manuel Sánchez López.

Sin llamar la atención, se indagó discretamente y se averiguó que Luisa Sánchez Noguerol había sido vista anteriormente acompañando al desaparecido Rodrigo García Jalón, con la que, al parecer, mantenía relaciones sentimentales.

El inspector Jenaro Martínez, cuyo olfato de sabueso fino era como el de un zorro, optó por informar a su superior, el comisario jefe de la Brigada Criminal, quien, ante el poco claro aspecto del caso, temió cometer un error, y ordenó realizar una información discreta, pero intensa, a fin de obtener datos de la familia Sánchez.

Inmediatamente salieron los malos antecedentes del capitán Sánchez, debido a lo cual hubo de pedir el pase a la reserva.

Puede que toda la información hubiera estado basada en los comentarios de las vecinas, las habladurías y en los chismes. Sin embargo, como no parecía existir desperdicio en cuanto a lo malo que se hablaba de aquella extraña familia, la Policía decidió intervenir de lleno.

Se había sabido, por ejemplo, por vecinas y tenderas del barrio, que Luisa solía salir con distintos hombres. Pero el más insistente parloteo era de que se entendía, con su propio padre. Y hubo hasta quien susurró que la muerte de la madre de Luisa había sido extraña, ya que se fue al cementerio sin haber estado nunca enferma.

Por todo esto, aquel mismo día, un grupo de agentes, provistos de una orden de registro, se presentaron en el piso de la familia Sánchez.

Inmediatamente se inició el registro y los interrogatorios, naturalmente, por separado, del padre y la hija, a la cual, de sopetón, le preguntaron:

-¿Conoce usted a un tal Rodrigo García Jalón?

-Sí, naturalmente. He salido con él algunas tardes, me invitaba a merendar o íbamos al cine.

-¿Fue usted la que hace unos días cambió una ficha de quinientas pesetas en el Bellas Artes?

-Sí, claro. Fue un regalo de… Bueno, no tengo por qué decirlo.

-En eso se equivoca. Tiene usted que contarlo todo y procure que todo esté bien claro, de lo contrario lo lamentará. Esa ficha, ¿se la dio el señor Rodrigo García Jalón?

Luisa Sánchez empezó a perder la compostura, se enojó, se puso a llorar y dijo que no hablaría nada más, a menos que estuviese presente su padre. Los agentes de la autoridad, como es lógico, no se lo permitieron, porque el padre estaba siendo interrogado en otro aposento y la conversación fue así, más o menos:

-Dígame, capitán, ¿era usted sabedor de las relaciones que existían entre su hija Luisa y el señor Rodrigo García Jalón?

-Pues sí. Las conocía y no era partidario de ellas. En varias ocasiones dije a Luisa que no quería verla con ese hombre. Pero, ¿a qué viene todo esto? ¿Qué es lo que sucede? ¿De qué acusan a mi hija?

-Paciencia, capitán Sánchez. Dígame, ¿estuvo aquí el señor García Jalón hace cosa de un mes y medio?

-Sí, efectivamente. Quiso hablar conmigo acerca de mi oposición a sus relaciones con mi hija. Sostuvimos una desagradable entrevista. Luego, se marchó y no le he vuelto a ver.

-¿Y qué puede decirnos usted acerca de una ficha de juego del Bellas Artes, cuyo valor es de quinientas pesetas?

-No sé de qué me habla.

Cuando los inspectores cotejaron las dos declaraciones, como es habitual en ellos, volvieron sobre la carga, dirigiéndose al padre, por ser el que les pareció más «maduro».

-Es inútil que siga usted fingiendo, capitán. Su hija Luisa lo ha confesado todo. ¿Dónde está el cadáver?

El capitán Sánchez, desmoronado, sólo acertó a decir, gimiendo:

-Aquí.

-¿Aquí? ¿Dónde? ¡Indíquemelo usted!

Sánchez guió al inspector a un pasillo en donde antes hubo un armario empotrado, pero que ahora estaba oculto por un revestimiento de tela y papel. El hedor que se percibía en aquel lugar era nauseabundo y cuando el inspector golpeó la pared comprendió que allí había algo oculto y que ya no se podía ocultar por más tiempo.

No era necesario que el capitán Sánchez siguiera afirmando. Allí dentro había un cadáver en descomposición y fue preciso recurrir a los bomberos para abrir el armario, en cuyo interior se encontraron efectivamente los restos mortales, en descomposición, del cadáver descuartizado de Rodrigo García Jalón.

Mientras, los inspectores habían interrogado otra vez al capitán Sánchez, ya que existían numerosos puntos por aclarar.

Y el más importante era: ¿Quién había matado a la víctima? ¿El padre o la hija?

-Fui yo -confesó el padre-. Mi hija no tomó parte alguna en la muerte. No se encontraba en el salón, con nosotros. Tuve un arrebato irreprimible y no lo pude evitar.

-Pero, ¿cómo lo mató? ¿Qué arma utilizó?

-Él estaba de espaldas y yo le di con un martillo en la cabeza.

De aquel modo, padre e hija fueron conducidos a la cárcel, para ser juzgados, puesto que existían indicios (más que suficientes de criminalidad, tanto en el padre como en la hija, la cual era cómplice, como mínimo, del padre.

Al instruirse el sumario por la muerte de Rodrigo García Jalón, empezaron a surgir diversos delitos, puesto que además del asesinato estaba el robo de cuanto llevaba encima, y otro no menos repugnante como era el incesto, admitido por padre e hija y que duraba ya bastante tiempo, desde que Luisa tenía diez años, en que fue violada por su padre, y, según él, desde que Luisa tenía quince, cuando ya estaba harta de ir con hombres. Esta notable contradicción no pudo aclararse.

Tampoco se pudo aclarar de modo incuestionable cómo murió realmente Rodrigo García Jalón, si lo mató el padre o fue la hija. Tampoco se pudo averiguar cómo fue descuartizado la víctima y quién fue el autor de la incineración que se pretendió realizar con los despojos y quién los escondió en el armario.

El juez que instruyó el sumario, don José María González Bernard, auxiliado por el secretario, don Ernesto Villanueva, hubo de actuar con extremada cautela durante los interrogatorios, porque padre e hija parecían haberse puesto de acuerdo en que todo recayera sobre el padre, cuando muchos aspectos de los hechos revelaban que la hija podía ser más culpable que su progenitor. Primero estaba el hecho de quién hizo subir a la víctima al piso de los Sánchez: ¿el padre o la hija? También cabía la posibilidad de que Rodrigo García Jalón hubiera acudido por cuenta propia, o bien invitado por el capitán o por Luisa. Estas cuestiones, que al profano, le pueden parecer baladíes, tienen mucha importancia cuando se trata de establecer los agravantes o atenuantes, ya que pueden concurrir la premeditación y la alevosía. En caso contrario, si fue algo espontáneo, con arrebato, la pena debe ser menor.

Lo singular del caso fue que, como Manuel Sánchez López era capitán de Infantería de la escala de reserva, al mando del batallón de tropa de la Escuela Militar, el proceso debía celebrarse por lo militar y el juicio tenía que ser un Consejo de Guerra.

El tribunal estuvo compuesto por seis generales, uno en el cargo de presidente y los otros cinco, como vocales. El asesor fue un coronel del cuerpo jurídico militar, que estaba sentado a la izquierda del presidente.

El Ministerio Fiscal fue un teniente coronel jurídico, y como defensores, de Manuel Sánchez López lo fue don José Serrano Batanero, y de Luisa Sánchez Noguerol, lo fue don Miguel Cabrera Rivera.

Ambos defensores eran hábiles y prestigiosos abogados del Colegio de Madrid, con experiencia, oficio y probados en lizas jurídicas de orden civil, por lo que, tal vez, pudieron haber estado algo cohibidos ante tan brillantes uniformes, espadas y condecoraciones.

Sin embargo, los defensores sabían muy bien cómo dirigirse al tribunal y conocían las estrellas de gorras y bocamangas, para poder distinguir un general de un coronel, aunque no estuvieran, precisamente en su elemento.

Había, no obstante, una diferencia entre un juicio civil y un Consejo de Guerra, y era que el abogado defensor no podía pronunciar su alegato sin necesidad de leerlo, puesto que era obligado presentarlo por escrito y no apartarse un ápice del texto, que luego figuraría en sumario. Y todos sabemos que un buen abogado defensor basa su defensa en muchos aspectos y, generalmente, ha de improvisar para aprovechar un efecto psicológico que se ha producido durante la vista.

Durante la vista de un Consejo de Guerra no se puede improvisar. Previamente se ha leído el abogado defensor el sumario y su alegato debe ser por escrito, el cual debe leer y asunto concluido.

El juicio se inició, por tanto, con el interrogatorio del presidente a los acusados, quien se enteró de los nombres y cargos. Luego, el fiscal empezó preguntando a Manuel Sánchez:

-¿Quién fue de ustedes dos el que atrajo a Rodrigo García Jalón al domicilio donde vivían ustedes?

Fue el padre de Luisa quien respondió diciendo que no lo atrajo nadie, puesto que fue él mismo el que se presentó sin ser llamado. Pero Manuel Sánchez López tenía otros hijos, además de Luisa. Y el día de autos, los otros habían salido. Y ahí fue donde el fiscal se aferró, resaltando que hubieran salido los otros no Luisa. A lo que el procesado respondió que fue la casualidad.

Cuando el fiscal pidió al procesado que explicara lo que sucedió el día de autos, Manuel Sánchez L6pez respondió:

-No me acuerdo de nada. Sé que discutí con aquel hombre, nos golpeamos mutuamente y él resultó muerto.

El fiscal recurrió entonces al sumario, donde constaba la declaración que Manuel Sánchez hizo ante los agentes de la Policía, y resaltó la frase de que «estando García Jalón de espaldas, le dio en la cabeza con un martillo, causándole la muerte en el acto».

-Yo no declaré eso. La Policía me obligó a declarar lo que le convino. Dije a todo que sí después de llevar tres días detenido en la Brigada Criminal.

El fiscal resultó agresivo y tenaz, al decir:

-Todo eso puede ser cierto, pero el caso es que el muerto presentaba una herida en la parte posterior de la cabeza, tal y como usted explicó en su primera declaración. De ahí resulta que, estando con usted a solas, si el señor Rodrigo García Jalón fue la víctima, no pudo serlo de una pelea normal, con arrebato. Aquel hombre murió de un martillazo que alguien le asestó por detrás.

-Repito que hubo discusión y pelea y no me acuerdo de ningún otro detalle.

-¿Y qué sabe usted de la ficha de 500 pesetas del Círculo de Bellas Artes?

-No sé nada en absoluto.

-¿Y qué hizo usted con todo lo que llevaba encima el señor Rodrigo García Jalón?

-Una vez muerto a raíz de la discusión, decidí hacer desaparecer el cadáver. Aproveché lo que encontré en sus bolsillos.

Luego, el fiscal lanzó otra pregunta «personal».

-¿Es cierto que mantiene usted relaciones íntimas con su hija Luisa?

-Sí.

-¿Desde cuándo?

-Desde que cumplió los quince años.

-Ella ha dicho que fue desde que cumplió los diez. Pero, dígame usted, ¿cómo, cuándo y por quiénes se iniciaron las maniobras para hacer desaparecer el cadáver?

-Fue cosa mía. Traté de borrar las huellas de la muerte. Y en eso me ayudó mi hija. Empecé al día siguiente, pero todo salió mal.

Por su parte, el interrogatorio de Luisa fue así:

-Nombre, edad, estado y oficio, por favor.

-Luisa Sánchez Noguerol, veinte años, soltera y sin oficio ni profesión determinada.

-¿Sostenía relaciones con su padre?

-Sí.

-¿Llamó usted al señor Rodrigo García Jalón para que acudiera a su casa el día de autos?

-No.

-¿Sabe si lo llamó su padre?

-No lo creo. Al menos, no lo sé.

-Explique usted lo que sucedió el día de autos.

-No sé lo que sucedió. Yo no estaba presente.

-Pues explique cómo se enteró de lo ocurrido.

-Me llamó mi padre. Rodrigo García Jalón estaba tendido en el suelo. Me arrodillé a su lado y comprobé que estaba muerto. Miré a mi padre y le pregunté: «¿Por qué has hecho esto?» No respondió a mi pregunta, pero dijo: «Hay que esconderlo de momento. Luego pensaremos lo que podemos hacer.» Le contesté diciéndole que no quería saber nada, pero él me amenazó con el martillo, como ya declaré en el sumario, y no tuve más remedio que obedecerle. Así pues, le ayudé a ocultar el cuerpo. Luego, intentamos, sin éxito, algunas cosas para hacerlo desaparecer. Mi papel fue siempre de ayudante, secundario.

-¿Cobró usted la ficha de 500 pesetas en la portería del Círculo de Bellas Artes?

-Sí.

-¿Quién se la había dado?

-Me la dio mi padre para que fuera a cobrarla. Mejor dicho, me acompañó hasta muy cerca del casino, donde nos separamos. Yo intenté cobrarla, como ya he declarado.

La defensa se limitó a subrayar todo lo que podía favorecer a sus patrocinados, muy poco en favor de Manuel Sánchez López, y en la obligación de ayudar a su hija, especialmente ante la amenaza de éste, respecto a Luisa.

Pasó luego el fiscal a su informe, en el que relató los hechos sucintamente y calificó el delito de Manuel Sánchez como de asesinato, según el artículo 412 del Código Penal ordinario, estimando el agravante de alevosía, sin que quedase probado el de premeditación. Por todo ello, pidió la pena de muerte, amparándose en el artículo 178 del Código de Justicia Militar, y la degradación militar, como pena accesoria, y por el incesto, previsto en el artículo 439 del Código Penal ordinario, la pena de seis silos de prisión menor, y costas.

A Luisa la consideró cómplice de un delito de asesinato y estimó la aplicación de lo dispuesto en el artículo 53 del Código Penal, solicitando la aplicación de la pena en un grado inferior, o sea la de 30 años de reclusión.

El fiscal terminó diciendo:

«En resumen, Sánchez y su hija, los dos o uno solo, atrajeron a García Jalón a su casa, y allí le quitaron el reloj, la cartera, el dinero, la ropa… ¡Y le quitaron también la vida! Y medio muerto, agonizando, lo emparedaron y más tarde lo hicieron trozos, lo quemaron y ocultaron definitivamente sus restos. El fiscal se limita a pedir que se aplique la ley a los autores de estos hechos, de estos repugnantes delitos, en los grados que dejo dichos, por proceder así en justicia. He terminado.»

En defensa de Manuel Sánchez López, informó don José Serrano Batanero, el cual no tuvo más remedio que defender acusando a la hija de su propio defendido. Y de su informe, brillante y lúcido, pero excesivamente extenso, hemos entresacado unos párrafos, que transcribimos a continuación:

«La manera cómo el señor Jalón fue muerto aparece totalmente envuelta en el más profundo misterio, ya que no podemos dar absoluta credibilidad a cuanto nos ha dicho Luisa; mas aceptando que los hechos relativos a la muerte, despojo y descuartizamiento del cadáver ocurrieron como ella narra, y prescindiendo de que en la macabra operación interviniesen ambos procesados o la realizase solamente mi patrocinado, como asegura la procesada, humanamente pensando y colocados en la situación de quienes en un momento determinado se encuentran, como resultante de una escena altamente trágica, con un cadáver cuya presencia les pone en inminente riesgo de que se descubra el hecho que acaban de realizar, es lógico, es instintivo y es natural, aunque parezca duro, que por rudimentario espíritu de conservación se trate por cuantos medios sugiera la mente, en aquellos instantes fatal e indefectiblemente perturbada, de hacer desaparecer lo que constituye riesgo inminente de una delación, y nada tiene de extraño que, careciendo de medios para hacer desaparecer íntegro el cuerpo de Jalón, Luisa o Sánchez, Sánchez o Luisa, o los dos, intentasen la cremación, disociación y aun el pulverizamiento, si les hubiese sido posible, del cadáver.»

En otra parte de la defensa, don José Serrano Batanero, expuso:

«Probado, hasta la saciedad, aparece en el sumario que mi defendido sentía por su hija una pasión insana, un amor inconcebible entre seres normales, puesto que no era el santo amor del padre a la hija, sino la fatal, invencible y avasalladora atracción del hombre hacia la mujer, o quizá más bien del macho enardecido hacia la hembra codiciada. Probado está, y no por las solas manifestaciones de Luisa, de las que yo me permitiría dudar, sino por los asertos de otros testigos, entre ellos el asistente Bernabé, y por las significativas y delatoras inscripciones de nacimiento de los hijos habidos por Luisa, que ésta, desde época que no consta cuál fuere, mantenía con su padre relaciones incestuosas.»

Y en otro punto de la defensa, se dijo:

«Indudable es que Luisa, sabiendo que el 24, como jueves, sus hermanos habían de salir, y que su padre, según costumbre, había de salir también, citó a Jalón para en su casa tener una entrevista amorosa y tal vez en ésta convencerle a que la llevase a vivir con él; y en esta opinión mía abunda también el fiscal, al decirnos, como habéis oído en su informe «yo me inclino a creer resueltamente que la cita de Luisa fue puramente amorosa»; Jalón fue llamado por Manolita, a quien así, según ella afirma, se lo ordenó Luisa; subió Jalón y Luisa, suponiendo ausente a su padre, pues manifiesta que momentos antes le dijo que iba a salir, no es aventurado pensar que estimulando los lúbricos apetitos de Jalón prestarse a las caricias de éste, y Sánchez, que dentro de casa y acosado por los celos de que se sentía poseído diérase cuenta de lo que en su propia habitación estaba acaeciendo, proveyérase de lo primero que encontrara, que si fue martillo lo mismo pudo ser un cuchillo u otra arma cualquiera, y enloquecido, exacerbado, arrebatado, obcecado, y fuera de sí, no como hombre que agrede, sino como fiera celosa que acomete sin mirar cómo, sin ver en dónde y sin reparar a qué, dio a Jalón el golpe o golpes, a consecuencia de los cuales falleciera; ¿y quién duda que si Sánchez, sin realizar las operaciones que no es concebible, pudiese realizar ni realizara solo, necesarias para hacer desaparecer el cadáver, se hubiese presentado al juez militar de guardia, manifestándole que, en defensa de su honra ultrajada en su propia casa, acababa de matar a un hombre, todos los que hoy le miran con horror le hubiesen admirado y aplaudido como a dechado de honor y dignidad?

»Luisa, cuya compleja psicología demuestran las contradicciones en que en sus declaraciones ha incurrido y las acusaciones de que ha hecho objeto a seres inocentes, sin que le sirva de excusa afirmar que lo hacía por exculpar a su padre, al que, sin embargo, desde el principio acusa; Luisa, que no puede haberse sustraído a las taras morbosas que en su organismo imprime una degeneración congénita y una herencia patológica emanada de su bisabuela histérica y acaso epiléptica; de su madre, alcohólica y probablemente prostituta; de su abuelo, loco; de sus tíos, fallecidos de meningitis tuberculoso, de su padre meningítico, violador primero, incestuoso luego, y, más tarde, os diré y demostraré lo que en definitiva es y fue siempre; Luisa, que a juzgar por sus declaraciones y antecedentes, puede muy bien ser y acaso sea una mitomaníaca; Luisa acusa a su padre y lo acusa con saña insana, y sus acusaciones, que pueden muy bien ser producto del despecho y de la ira, hijas de su odio hacia el hombre, que esclavizándole con amor incestuoso privó luego de la vida al de quien ella esperaba redención, lujo, holgura, comodidades, vida regalada y satisfacciones soñadas y no alcanzadas; Luisa, en este proceso, al declarar se defiende, ¿y puede darse crédito a acusaciones de una mujer sometida al mismo proceso y que en la inculpación de su coprocesado busca, a la vez que satisfacer su odio y afán de venganza, lograr la impunidad que ansía?»

Y en párrafo posterior, la defensa afirmó:

«Mi patrocinado es un psicópata sexual, es un erotómano celoso y es un vesánico perteneciente al grupo de los perseguidos; y es todo esto por la influencia que ejerce en su ser la ineludible presión de la ley de la herencia, la ostensible irregularidad funcional de su cerebro y los estigmas físicos y psíquicos que en él acusan las más simples observaciones y que son entre otros muchos los que como yo podéis apreciar fijándoos en su asimetría facial, en la desproporcionada longitud de sus miembros torácicos, en la anormal configuración de su cráneo, en la viciosa e irregular implantación de su sistema dentario y en la irregular configuración de la ojiva palatina y aun en su propia obstinación en la irracional negativa en que permanece; datos, detalles y razones que me hacen afirmar que Sánchez es un loco a quien no podéis condenar sin infringir el número 1 del artículo 8 del Código Penal, porque los modernos descubrimientos de la frenología, desvaneciendo por completo el antiguo y erróneo concepto de la locura que no se afirmaba sino del hombre absolutamente privado de razón, han venido a patentizar la existencia de locos razonadores que, comportándose como seres normales en muchos actos de la vida, están, sin embargo, sometidos a la insania, que sólo se manifiesta en determinados aspectos de su existencia; aspecto que en mi defendido son el incesto y la obstinación en la negativa respectiva al hecho de autor.»

Hemos de aclarar aquí, en apoyo a la tesis de don José Serrano Batanero, que el aspecto de Manuel Sánchez, ante sus jueces, ya fuese deliberada para inspirar conmiseración, era el retrato moral que de él hacía su defensor. La descripción física y psíquica era notable, más de un antropólogo o un psiquiatra que de un licenciado en Derecho, quien terminaría su informe escrito haciendo un llamamiento al tribunal para que no se cayera, al dictar el fallo, en un lamentable error del que dependía la vida de un hombre y cuyas consecuencias podrían ser imposibles de reparar, puesto que, a su juicio, Manuel Sánchez López no era responsable de sus actos.

Tomó la palabra el defensor de Luisa Sánchez, el letrado don Miguel Cabrera Rivera. Al igual que su compañero que le precedió en la lectura, atacó sin miramientos a Manuel Sánchez, y de su informe, como del anterior, copiamos algunos párrafos:

«… vengo, por tanto, a pedir justicia; pero no temáis, ilustres juzgadores, que fundamente mi alegato con tratadistas, opiniones o sistemas científicos.  Quiero reprimir mis afirmaciones de estudiante y olvidar la maravillosa pléyade de teóricos del Derecho Penal que vi desfilar ante la curiosidad de mi mente en las horas de labor: Lombroso y sus discípulos, con el hombre delincuente; Garófalo estudiando la infracción de los sentimientos de piedad y probidad; Laurent y Lacassagne, Colajanni y Tarde poniendo de relieve la influencia del medio en la etiología del delito; Guillot, Joly, en sus conceptos espiritualistas, reminiscentes de los clásicos de sociología criminal; Salillas con su teoría básica; el eximio sabio Dorado Montero, demoliendo con talento asombroso los viejos cimientos de los sistemas positivos de castigar; todos serían por comentario materia superior a mis fuerzas y objeto más propio del folleto, del libro o de la conferencia que del fin que nos tiene congregados en la solemnidad de este lugar.

»Además que el hacer justicia (lo saben Vuestras Excelencias mejor que yo) no es sino definir del bien y del mal; y basta para ello sentido común y conciencia en el que juzga, y en el que define invocar la realidad para que ésta sea el crisol donde se depuren las últimas verdades, que se llaman siempre pena o absolución. He aquí como la vida y sólo ella, por la virtualidad de los hechos, ha de dar como resultante inconcusa los testimonios de la inocencia de mi defendida; inspirémonos en la idea de lo justo, porque yo rechazo con consciente valentía, solicitar vuestra piedad…»

En otro párrafo, más adelante, don Miguel Cabrera Rivera dijo:

«El fiscal (y luego lo puntualizaré debidamente) confiesa que la pobre Luisa quería y era querida en la vida familiar y que al padrino lo sabía respetar; el acusador reconoce que mi infortunada defendida era caritativa con los extraños; que con los individuos de la Escuela de Guerra jamás traspasó los linderos de la honestidad; el representante de la Ley afirma que la infeliz fue violada por el padre en la tierna edad en que no se podía defender, y que intentó emanciparse del dominio de aquel con el que ya hacía tiempo le repugnaba tener contacto carnal; nos dice también el fiscal que vio en Jalón al liberador de su esclavitud; que hizo bien confesando los hechos del día 24 de abril; que era instrumento que no se podía rebelar; que ella no pensó siquiera que pudiera ser muerto García Jalón; y se lamentó, en fin, de su triste muerte.

»… Se ha leído el informe acusatorio, notable por su confección y en su forma, pero en el fondo sustancialmente revelador de la inculpabilidad de Luisa; que juzgue el Tribunal, que oiga el que quiera oír y entienda el que quiera entender; la justicia no es la habilidad, ni un juego de interpretación legal. La justicia es definir del bien y del mal.»

Y en párrafos siguientes, don Miguel Cabrera añadió:

«Los actos del descuartizamiento y cremación son únicamente los reveladores del terror de la pena; Manuel María Montoa, procesado y condenado por la Audiencia de Sevilla, autor de hechos análogos, al ser preguntado en el juicio oral, con sin igual grafismo contestó: “Corté el cuerpo del muerto para impedir el descubrimiento de mi delito; si hubiera sido un huevo, me lo hubiera sorbido.”

»El cumplimiento del deber tiene frecuentes intervalos de amargura, dejar de ocuparnos de Manuel Sánchez López sería dejar indefensa a la infortunada que en mis esfuerzos confió…

»Se revela en este proceso por sus hechos que proyectan una vida negra como hombre excepcional, y un escalofrío angustioso invade el ánimo cuando nos preguntamos: Manuel Sánchez López, ¿quién es? ¿Quién fue? ¿Cómo vivió?

»Loco o criminal, no se inclinó al bien, y aun así llegó a una esfera social que en su origen no podía pensar; este hombre en la Edad Antigua hubiera acaudillado un ejército invasor; le hubieran hecho los tiempos medios señor feudal, y en la época presente, con medios económicos, instruido y educado, hubiera escalado seguramente los más altos puestos de la jerarquía social; Pudo guiar a los suyos en el bien, pero siguió el camino de la ilegalidad, del mal; refleja en unos pobres niños los estigmas de un sucedido amargo y hace una muerta, en vida, una enterrada en vida, de su hija mayor.

»Jamás he sido colaborador del verdugo, no vengo aquí a acusar, pero séame permitido hacer una afirmación de hombre honrado: Yo niego la paternidad del hombre esfinge, no tuvo padre la triste y desdichada Luisa Sánchez Noguerol…

»Está en la sumaria y en el plenario; Luisa Sánchez es merecedora de algo más que de la convivencia social, es acreedora de una firme reivindicación, porque, se ha dicho por el acusador, jamás se cruzaron por su mente las ideas de robar y de matar, las páginas del libro de su vida han sido escritas por el infortunio; leamos en él.

»Sin duda existían relaciones incestuosas entre los procesados. ¿Por qué no rompió Luisa con ese lazo vergonzoso? También el fiscal le hace justicia; pero interesa puntualizar este elemento del proceso, en esta ocasión única en que puede hacerse público que es bien acreedora mi defendida de la estimación de los demás. ¿A qué edad se dio en Luisa el momento psicológico en que reconoció debía repeler a su padre?

»Desde ese instante ya responsable, ¿consintió los hechos, o intentó sustraerse a la vergonzosa esclavitud?

»Si no existen en mi patrocinada las ideas de matar y de lucrarse, si el fiscal lo reconoce así, ¿cómo puede pedirse la pena gravísima de reclusión perpetua? ¿Dónde está el móvil criminal único que autoriza a castigar?

»¿Qué legislación, qué pueblo del mundo puede en justicia imponer una sanción a quien no tuvo al intervenir en hechos delictivos intención criminal?»

Y refiriéndose a los hechos directos de ejecución, don Miguel Cabrera Rivera expuso:

«Sólo a uno ha podido referirse el fiscal, pero para acusar sienta una afirmación inexacta: la de que Luisa ayudó a su padre a meter en la artesa el cuerpo de García Jalón, todavía vivo.

»Recordad lo leído en los folios 1.027 y 1.049 y apreciaréis el error. Al efectuarse el acto referido no sabemos si Jalón había muerto; lo único que puede asegurarse es que momentos antes se halla próximo a fallecer. ¿Había pasado ya, cuando interviene la procesada, del ser al no ser? Es de suponer que sí; minutos antes lo indica inminentemente su estado, pero si cupiera la duda en vuestro ánimo, invoco por vez primera en este informe que estamos en la obligación de pensar lo favorable al inculpado.

»Pero ha silenciado el representante de la Ley algo íntimamente relacionado con este hecho que Luisa refirió, y es que su padre, para obligarla, la amenazó con un martillo, que si no le ayudaba le haría lo mismo que a García Jalón. También al leer el apuntamiento lo escuchasteis como yo…»

Algo más adelante, añadió otro párrafo significativo:

«Nos inclinamos ante la verdad; es de rigurosa exactitud que Luisa lavó el martillo y los pantalones de su padre por mandato de éste…

»Luisa Sánchez no es responsable, porque ni lógica, ni moral, ni jurídicamente puede hacerse imputación faltando el elemento fundamental para la punibilidad, esto es, la intención. ¿Cómo puede entonces solicitarse una condena faltando en el sujeto que se supone responsable la intención, la voluntariedad criminal?

»Es, pues, indudable la pertinencia de un fallo absolutorio, si ha de cumplirse el artículo primero del Código Penal.

»Sabemos que el homicidio se verifica únicamente por Sánchez, y que cuando tiene lugar no coopera Luisa en modo alguno a su realización.

»Por esto se atiene el fiscal únicamente, para considerar a Luisa Sánchez como autora, a dos supuestas razones. A saber: a que existió concierto de voluntades entre Sánchez López y su hija para defraudar a García Jalón y a que Luisa realizó actos sin cuya ejecución el delito no se hubiera efectuado. Veamos lo erróneo de la argumentación fiscal. ¿Existió el concierto de voluntades?»

Don Miguel Cabrera Rivera terminó su disertación alegando como atenuantes la confesión, la obediencia a su padre y la falta de intención dolosa. Y sus últimas palabras fueron:

«Suplico, pues, no piedad, sino justicia, y pido la libre absolución de mi defendida. Muchas gracias.»

Después de esto, el presidente del Consejo preguntó a los dos procesados si tenían algo que añadir y Sánchez López respondió: «No, señor», mientras que su hija se limitó a sollozar.

El presidente hizo sonar la campanilla y exclamó: «Visto. Despejen.»

Había finalizado el Consejo de Guerra.

La sentencia que se impuso a Manuel Sánchez López fue la de muerte con degradación. La sentencia se cumplió por garrote vil, en la cárcel de Madrid, a los dos meses de ser juzgado.

Luisa Sánchez Noguerol fue condenada a la pena de reclusión perpetua.

Y todo sucedió por una ficha de juego de quinientas pesetas, cuyo cobro puso a los asesinos de un «gran jugador» en manos de la justicia. Y es que los designios de Dios son inexcrutables, pero de la condición humana es preferible no hablar.

Ciertamente, Manuel Sánchez López eligió el peor de los caminos, cegado por los celos. Si hubiese matado a García Jalón y luego se hubiese presentado ante las autoridades, alegando la defensa de su honor o el ultraje de su hija, en vez de hacer lo que hizo, el caso habría sido muy distinto, no de tanto renombre y de menos vuelos, pero habría salvado la vida y la condena, seguramente, hubiera sido mucho más corta que la de muerte por toda la eternidad.

 


VÍDEO: LA HUELLA DEL CRIMEN – EL CRIMEN DEL CAPITÁN SÁNCHEZ


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