El crimen de los marqueses de Urquijo

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El crimen de los marqueses de Urquijo
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Polémica investigación policial y judicial - Ha sido uno de los hechos delictivos con mayor seguimiento mediático en la historia de España
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1 de agosto de 1980
  • Fecha de detención: 8 de abril de 1981
  • Perfil de las víctimas: María Lourdes de Urquijo y Morenés, Marquesa de Urquijo, de 45 años, y su marido Manuel de la Sierra y Torres, de 55
  • Método de matar: Arma de fuego (pistola calibre 22)
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Rafael Escobedo Alday fue condenado a 53 años de cárcel el 7 de julio de 1983. Fue hallado muerto en prisión el 27 de julio de 1988. Mauricio López-Roberts y Melgar, marqués de Torrehermosa, fue condenado a diez años de prisión por encubrimiento en febrero de 1990
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El crimen de los marqueses de Urquijo

Francisco Pérez Abellán

Aquella madrugada del 1 de agosto de 1980 quedará para la historia. Habían estado esperando a que fuera noche cerrada. Eran cuatro. Llegaron en dos coches. Rápidamente se dividieron el trabajo. Uno de los dos de más edad, quedaría de vigilancia mientras los otros saltaban la verja. Si le veían no sospecharían nada.

Consultaron sus relojes que marcaban las tres y media de la mañana. Sabían que no había peligro alguno. Se dirigieron a la parte de atrás para simular el asalto. Tenían estudiado entrar por la parte acristalada de la piscina. El que llevaba la bolsa con los utensilios la depositó en el suelo. Dentro había un soplete, un martillo, una linterna y un rollo de esparadrapo. El más alto y delgado sacó el martillo cubierto de tira adhesiva y dibujó un triángulo con esparadrapo en la superficie del cristal. Luego golpeó rápido justo en el centro. Los trozos de cristal quedaron unidos por el esparadrapo. Entraron apartando la puerta rota.

Los tres hombres convertidos en sombras, que se mueven rápida y silenciosamente, se encuentran la cristalera interior abierta por lo que pasan al interior de la vivienda. El joven moreno que sostiene la pistola la acaricia con nerviosismo. Es del calibre 22 y está cargada con balas de alta velocidad, marca Wínchester, Long Rífle, para tiradores exigentes.

Van muy bien de tiempo y, según lo previsto, se encuentran ante una puerta de madera maciza, cerrada, que les corta el paso a la planta baja de la lujosa mansión. Dos de los intrusos, el de mayor edad y el joven alto que parece un extraño pájaro, se turnan con el soplete. Mientras, el tercero desprende el esparadrapo y borra las posibles huellas para lo que guarda por unos instantes la pistola en la cintura.

En unos minutos logran un agujero suficiente para que el joven delgado que tiene un perfil de ave introduzca su brazo. Sabe que al otro lado está puesta la llave en la cerradura y que bastará con girarla para superar el último obstáculo que los separa de su objetivo. La puerta quemada se abre con un chasquido y los tres la cruzan sin detenerse en la siguiente puerta que no está cerrada.

Ya en el hall de la planta baja se guían con la linterna muy cerca del suelo para que no los delate el resplandor y se encaminan sin ruido hacia la escalera de acceso a la planta superior donde están los dormitorios. El joven que empuña la pistola aprovecha para asegurar el tubo del silenciador a la vez que se empareja con el hombre de mayor edad que le dirige una mirada cómplice.

Van derechos al dormitorio principal, donde descansa Manuel de la Sierra y Torres, de cincuenta y cinco años, marqués de Urquijo, quien ocupa la ancha cama solo y duerme plácidamente, seguramente pensando que dentro de unas horas estará en su casa veraniega de Sotogrande, Cádiz.

Pero los asesinos están en su casa para quitarle de golpe todos sus sueños. El que empuña la pistola se dirige a la cabecera de la cama y le apunta detrás de la oreja derecha. Apenas un segundo después suena un ruido amortiguado y el marqués muere sin despertarse. Su asesino se deja llevar por un odio escondido y se arroja sobre él apretándole el cuello. En su garganta quedan raspaduras y hematomas del brutal trato hasta que el acompañante de más edad consigue desprenderlo de las manos como garras de su asesino.

En ese forcejeo entre los criminales, la pistola que está preparada como arma de precisión en la que el gatillo queda «al pelo», suelta otro tiro que se incrusta en un armario. El revuelo de la habitación despierta a la marquesa, María Lourdes Urquijo Morenés, que duerme en un cuarto vestidor habilitado como dormitorio.

La marquesa padece una enfermedad que le provoca trastornos de lenguaje y motricidad. Oficialmente ha abandonado la cama conyugal para no molestar a su esposo cuando se queda leyendo por la noche. El ruido en la alcoba la ha sacado de su sueño ligero y difícil. Se ha incorporado en su cama y llama a su esposo.

El asesino de mayor edad, sin formular palabra, le arrebata el arma al otro y a la tenue luz de la mesilla de la marquesa le dispara mientras no se inquieta por la mirada de reconocimiento y sorpresa de la mujer que abre la boca, justo por donde le entra la bala zumbando. Un instante después recibe otro balazo, esta vez en la yugular, como el tiro de gracia que se les da a los animales de caza mayor. Un tiro que hace que se derrumbe muerta manchando de sangre las paredes.

Los dos asesinos se marchan sin llevarse nada. No registran los muebles y ni siquiera se entretienen en revisar la cartera con el dinero y la documentación que queda abandonada sobre la mesilla del marqués. Abajo se reúnen con el tercer hombre que se parece a un ave y, en la calle, con el encargado de vigilar para que nadie les moleste.

La huida de la romería de asesinos que ha hollado la paz y llevado la muerte a la casa del Camino Viejo de Húmera, 27, de Somosaguas (Madrid) es tan rápida y eficaz como su llegada, perdiéndose en las sombras de una noche quieta y calurosa. Para las sospechas policiales serían cinco los asesinos. Los cuatro que fueron a la casa la noche del crimen y el cerebro o inductor.

Los personajes de este drama, uno de los más conocidos, pero también de los más misteriosos de la historia criminal española son:

Los hijos y herederos. -Miriam y Juan de la Sierra, que entonces tenían veinticuatro y veintidós años de edad respectivamente. Su padre era muy severo y les daba el dinero con cuentagotas. Con Miriam estaba especialmente disgustado por el matrimonio de esta que se llevó a cabo contra su voluntad. Y según parece fue una fuerte discusión con su madre lo que hizo que Juan fuera obligado por su padre a desplazarse a estudiar a Londres, donde aparentemente se encontraba el día de los asesinatos.

El yerno. -Rafael (Rafi) Escobedo Alday, casado con Miriam, que tenía veintiséis años, odiaba a su suegro al que hacía responsable del fracaso de su matrimonio.

El administrador. -Diego Martínez Herrera, de cincuenta y dos años, que estaba al servicio del marqués desde mucho antes de que este conquistara título y fortuna con su boda.

El consuegro. -Míguel Escobedo Gómez-Martín, padre de Rafael y gran aficionado a las armas de fuego.

El mayordomo. -Tradicional culpable en las novelas policíacas, pero fuera de toda sospecha en este crimen. Vicente Díaz Romero, que tenía entonces treinta y siete años, llevaba siete meses al servicio de los marqueses. Gracias a él se conocieron muchos detalles sobre las difíciles relaciones de padres e hijos en la familia Urquijo.

El Americano. -Richard Dennis Rew, que entonces tenía 41 años, estaba divorciado y tenía dos hijos, era la pareja sentimental de Miriam de la Sierra que se había separado de Rafi.

El amigo. -Javier Anastasio de Espona, compañero del alma de Rafael Escobedo desde la infancia, estuvo cenando con él y luego tomando copas la noche del crimen. Cuando este fue detenido y acusado formalmente del asesinato de sus suegros hizo un viaje relámpago a Londres que aún hoy resulta inexplicable a no ser que fuera pura y simplemente una huida abortada.

El marqués de Torrehermosa. -Mauricio López Roberts, marqués de Torrehermosa, que trabajó con Escobedo y con Miriam en Golden, una empresa de venta piramidal, afirmaba sentirse una especie de «padre adoptivo de Escobedo».

Prácticamente desde las primeras horas, la policía tuvo muy claro quién era el principal sospechoso del crimen de los marqueses: Rafael Escobedo Alday, quien odiaba a su suegro, que primero se opuso a su boda y luego le retiró su ayuda económica amenazando con desheredar a su hija. Desde luego, Escobedo tenía un móvil. Aunque esto aparecía tan claro, el sospechoso no fue detenido y acusado hasta pasados ocho meses del doble crimen.

Y la detención se debió a un elemento extraño a la investigación oficial. Fue un policía que estudiaba Derecho, José Romero Tamaral, quien siguió a Escobedo a una finca de Moncalvillo de Huete (Cuenca) donde recogió unos casquillos que se demostró que habían sido disparados con la misma arma que mató a los marqueses.

Las pesquisas de este policía permitieron acusar al amigo de Rafi, Javier Anastasio, como coautor, y a Mauricio López Roberts, en calidad de encubridor del crimen. Por medio, y tirando del hilo de a quién beneficiaba económicamente la muerte de los marqueses, los hijos, Juan y Míriam, tuvieron que padecer el peso de la sospecha, aunque nunca fueron formalmente acusados ni se encontró ninguna prueba contra ellos.

Los esfuerzos policiales y la investigación periodística permitieron saber con bastante aproximación cómo se produjo el crimen, pero han pasado los años sin que pueda determinarse quiénes acompañaban a Rafael Escobedo aquella madrugada y cuál fue verdaderamente el móvil.

Rafi Escobedo fue juzgado a finales de junio de 1983 y la sentencia que se conoció el 7 de julio le condenó como autor de dos asesinatos a cincuenta y tres años, cuatro meses y dos días de reclusión.

En octubre de ese mismo año se abrió un segundo sumario en el que fueron procesados Javier Anastasio y Mauricio López Roberts.

En diciembre de 1987, Anastasio, tras cumplir el tiempo máximo en prisión preventiva, aprovechó que fue puesto en libertad para fugarse a un país de Sudamérica.

Unos meses más tarde, el 27 de julio de 1988, Rafi Escobedo, que se encontraba cumpliendo condena en el penal de El Dueso (Santoña), apareció misteriosamente ahorcado en su celda.

En febrero de 1990, López Roberts fue juzgado y condenado a una pena de diez años como encubridor. Pese a todo lo avanzado, en lo sustancial, el crimen de los Urquijo sigue siendo un enigma.


El crimen de los marqueses de Urquijo

P. Martínez Calpe – 12 grandes crímenes de la historia judicial española

Esta historia sangrienta tuvo lugar la noche del 31 de julio de 1980 y desde entonces es raro el día -estamos en agosto de 1983- que no aparece alguna noticia en los periódicos o revistas relacionada con el crimen que también se llamó de Somosaguas, por el lugar próximo a Madrid en que tuvo lugar.

Los marqueses de Urquijo, tan adinerados como tacaños, según sus propios hijos, fueron sorprendidos en la cama por alguien que conocía perfectamente el chalet y muertos a tiros. Un certero disparo en la cabeza concluyó con la vida del marqués de Urquijo, don Manuel de la Sierra, que se quedó en la cama sosteniendo un antifaz negro, única defensa contra la claridad, para poder dormir más tiempo. La muerte le haría dormir con largueza.

Doña Lourdes Urquijo, la señora marquesa, debió escuchar los disparos -el que mató a su esposo o el que se estrelló contra el armario- y se incorporó. Dormía en una habitación contigua.

-¿Quién anda ahí? -se supone que preguntó.

El asesino se acercó a ella y sin vacilar le descerrajó un tiro en la boca, seguido de otro disparo que le atravesó el cuello y la cabeza, matándola también en el acto. La justicia podría alegar alevosía, premeditación, desprecio de sexo, pero jamás ensañamiento.

Ahora bien. Se ha dicho que el asesino conocía perfectamente el chalet de Somosaguas, ya que penetró por la puerta de la piscina, forzando la cerradura con un soplete y luego rompió un cristal para lo que utilizó un esparadrapo, a fin de que el cristal no cayera y se hiciera añicos. Una vez hecho eso, el asesino subió a las habitaciones de los marqueses y cometió el doble crimen.

Pero hay otra versión, y es de que no se trataba únicamente de un asesino, sino que podían ser varios, dos o tres a lo sumo. Si fue así, el modo de introducirse en la mansión fue el mismo: forzaron la cerradura de la puerta de la piscina, rompieron el cristal usando el esparadrapo y luego subieron por la escalera y entraron en las habitaciones de los marqueses.

Naturalmente, la Policía intervino al día siguiente y pronto se empezaron a hacer conjeturas.

A las 9,10 del 1 de agosto, en la cocina del chalet estaban desayunando la cocinera, llamada Florentina Dishmey Barret, de origen dominicano, el chófer, llamado Antonio Chapinal, y una doncella. A todos les extrañaba la tardanza de los marqueses en pedir su desayuno, cosa que solían hacer en la cama siempre antes de las nueve.

Antonio Chapinal exclamó entonces: -¡Anda, la puerta de la cocina está rota!

-No bromees; siempre estás bromeando.

Pero en la puerta de la piscina encontraron un cristal roto así como cenizas.

Florentina Dishmey exclamó entonces de forma impensada:

-O han secuestrado a los marqueses o los han matado.

Esta frase, según aclararía después la cocinera, obedecía a la tensión reinante, no sólo en la familia de los Urqujio, sino en el resto del país, donde proliferaban las muertes y los secuestros debido a la tensa situación política y económica. Fue una frase sin razonamiento lógico, sin pensar, espontánea, pero que resultaría profético y por ello sería analizada y estudiada como si la cocinera hubiera sabido previamente lo sucedido.

Lo primero que se hizo fue avisar a un guarda jurado que vigilaba en las inmediaciones, llamado Ángel López Navarro, quien penetró en el edificio pistola en mano y subió hasta las habitaciones de los marqueses. Se encontró un casquillo de arma de fuego en el suelo y al marqués muerto en su lecho. Inmediatamente exclamó:

-Han secuestrado a la señora marquesa.

Ángel López ignoraba que los marqueses no duermen juntos. Y al ver sólo a don Manuel de la Sierra, muerto, temió que su esposa hubiera sido secuestrada. Al poco encontraron el cadáver de doña Lourdes en la habitación contigua y se apresuraron a avisar a la Policía.

Efectivamente, la Brigada de Investigación Criminal se presentó en el lugar del crimen, pero antes lo habían hecho los reporteros de «El Caso», que hubieron de esperar a que alguien les facilitara alguna información.

Se ha dicho con frecuencia que un crimen tiene lugar en el instante en que el asesino lo realiza. Pero la realidad del delito es privilegio de la Prensa. Mientras está investigándose por la Policía, la gente desconoce los hechos, no hay crimen. Pero en cuanto la Prensa suelta la noticia, el crimen se hace público, puede llegar a ser famoso o a olvidarse en veinticuatro horas.

Y el crimen de los marqueses de Urquijo tenía tema más que suficiente para popularizarse, extenderse como reguero de pólvora inflamada y gozaba de todos los ingredientes de la novela negra, pasional, siniestra y de personajes de alcurnia, ya que no es lo mismo matar a un vagabundo bajo un puente, con una piedra o de un navajazo, que asesinar con una pistola del calibre 22 a un marqués en su lecho.

Y «El Caso» empezó a distribuir información en ediciones especiales y la afición a este tipo de lectura hizo el resto. Aparecieron personajes sospechosos hasta en América y Londres. Se dijo que allí había más agua turbia que en las inundaciones de Valencia y que, probablemente, todos eran culpables, incluyéndose a los dos hijos, al extraño yerno, que estaba a punto de separarse legalmente, o al nuevo amigo de la hija, un americano que más parecía esto que lo otro. Y el servicio, y el mayordomo, y el administrador y… ¡Hasta la ETA!

Se dijo todo lo que se pudo. Y se seguirá diciendo, porque un caso de dominio público como aquél dará que hablar durante tiempo. Pero hemos de ser conscientes de lo que decimos y atenernos a los hechos, al menos a los que fueron juzgados y condenados, aunque aludamos también a comentarios, dichos y diretes de cierta Prensa, cuyas consecuencias se verán en su día ante los tribunales, porque, por su parte, la revista «Interviú» salió después de la sentencia diciendo que los culpables eran otros. Y de todo eso hablaremos a su debido tiempo.

La investigación se inició desde el principio en el supuesto de que el asesino era alguien que conocía muy bien el chalet y que, naturalmente, debería tener motivos suficientes para llevar a cabo tal monstruosidad. Y casi instintivamente, todos los pensamientos se dirigieron hacia el mismo individuo: Rafael Escobedo Alday, alias «Rafi», el yerno al que no querían los marqueses de Urquijo, un muchacho con cara de buen chico, que estudió la carrera de Derecho y no pasó del segundo curso, y que era amigo íntimo -¡cuidado con esta intimidez, que se interpretó de muchos modos! – de Juan de la Sierra, el hermano de su esposa, Miriam.

«Rafi» y Miriam se casaron, ante mil invitados, el 25 de junio de 1978, pero el marqués de Urquijo amenazó a su hija con desheredarla si se casaba con él. Hubo sus más y sus menos y, finalmente, el marqués accedió a la boda.

Aquel matrimonio duró poco. Miriam y «Rafi» se separaron en marzo de 1980, y el tiempo que duró no fue, precisamente, un idilio. Parece ser que Rafael Escobedo esperaba mucho de su riquísimo suegro, pero no fue así. A «Rafi» le gustaba más el alterne y las francachelas qué la seriedad y el trabajo.

Y Miriam no tardó en encontrar un consuelo a su matrimonio roto en el americano Richard Dennis Rew, alías «Dick», un individuo capaz de vender lo que sea, desde detergente a cacerolas, y que fue el que verdaderamente supo sacar provecho a los negocios de Miriam.

Casualmente, el día 31 de julio de 1980, fecha en que fueron asesinados los marqueses, Miriam de la Sierra, llevando consigo al hijo de «Dick», el americano, estuvo comiendo con sus padres en el chalet de Somosaguas. Ella y «Rafi» tramitaban la nulidad del matrimonio, con el apoyo de su padre, don Manuel de la Sierra, quien, por supuesto, ignoraba que su hija se había buscado un amante yanqui, ex profesor de literatura de la Universidad de Washington, y metido a hombre de negocios, cuyo nombre era Richard Dennis, un tipo alto, rubio y apuesto, al que conoció cuando trabajaba con «Rafi» en la multinacional de cosméticos «Golden».

Miriam recordaría más tarde que «Rafi» le había dicho pocos días antes:

-Pronto te acordarás de mí. Voy a hundir a tus padres. Tengo un plan y esta vez va en serio.

¿Qué mejor sospechoso, pues, que el juerguista «Rafi»?.

Precisamente, la noche de autos, dijo haber estado con unos amigos, «tomando copas». Dijo que había comido en el «buffet» de El Corte inglés, con su buen amigo Javier Anastasio, un fotógrafo profesional que frecuentaba casi desde la infancia.

Rafael Escobedo contó a la Policía que después de comer, fue a casa de Anastasio, donde durmió la siesta. Pero a las siete de la tarde, ambos salieron de casa de Javier y se dirigieron al «pub» «Chascarrillo». Posteriormente, en compañía ya de otro amigo llamado Juan José Hernández, se fueron a cenar al restaurante «El Espejo».

Siguiendo los pasos de la noche del 31 de julio, «Rafi» Escobedo declaró que, después de cenar, a eso de las doce de la noche, se dirigieron los tres amigos a un «pub», llamado «El Moro», en donde Juan José Hernández se despidió, quedando sólo «Rafi» y Javier Anastasio en el «pub» hasta las dos de la madrugada. Y de allí, en un «600» o un «Seat-1430», porque, Rafi» no fue capaz de recordarlo, se fueron a casa de Escobedo, tardando en llegar unos tres cuartos de hora.

Esto fue lo que contó «Rafi» Escobedo y el médico forense, al día siguiente, dictaminó que la rigidez cadavérica de los marqueses de Urquijo impedía precisar con certeza la hora de su muerte.

Por lo tanto, Rafael Escobedo, solo o acompañado, pudo dirigirse a Somosaguas, penetrar en el chalet de sus suegros y matarlos. Pudo hacerlo. Pero, ¿lo hizo?

Veamos otro aspecto de la cuestión. Aproximadamente a las once y media de la noche del día 31 de julio, los marqueses de Urquijo dijeron que se retiraban a descansar. Y fue en aquel instante cuando el mayordomo, Vicente Díaz Romero, un sujeto afeminado y de actitud confusa, pidió permiso inesperado para ir a su casa de Talavera aquella misma noche, alegando que volvería por la mañana.

Otro personaje importante era el administrador, don Diego Martínez Herrera, que tenía su despacho en el chalet de los marqueses y en el que se dedicaba a otros negocios que no eran la administración de la finca, y que, además, no parecía apreciar mucho a «Rafi» Escobedo. Pues bien, el administrador, en cuanto acabó su trabajo en el chalet, se marchó a Sotogrande. Es por esta razón que en la casa sólo quedó la cocinera negra, Florentina Dishmey y un perro que tenía fama de manso y dormilón. El chófer, Antonio Chapinal y la doncella, llegaron al chalet alrededor de las ocho y media de la mañana.

Hay otro detalle curioso. Al parecer, nadie tocó los cadáveres hasta las 11,30, hora en que llegó el juez. La Policía llegó a eso de las diez y media. Y, sin embargo, cuando los dos cadáveres fueron trasladados al Instituto Anatómico Forense, alguien los había lavado cuidadosamente, haciendo desaparecer las manchas de pólvora. Éste fue otro de los misterios que nadie pudo aclarar. ¿Se hizo para que los cuerpos presentaran un mejor aspecto durante el funeral o para borrar deliberadamente huellas que podían conducir a la posible aclaración de los hechos, especialmente si se estimaba la distancia desde la que se efectuaron los disparos?

Cuando se buscó a «Rafi» Escobedo, para preguntarle qué sabía de la muerte de sus suegros, aparentó no saber absolutamente nada y dijo haber dormido en su casa y a la mañana siguiente, sin saber nada del crimen, se fue a una oficina de empleo de la calle del General Pardiñas.

Fue la propia Miriam de la Sierra la que contó a la madre de «Rafi» por teléfono lo de los asesinatos, pero en aquel momento Rafael Escobedo no estaba en su casa. Posteriormente, al enterarse, se trasladó al chalet de Somosaguas.

Los inspectores Romero y Cordero, encargados del caso, se pusieron de acuerdo para, en primer lugar, encontrar el arma del crimen. Y cuando se efectuaron las primeras pruebas balísticas, las sospechas se acentuaron sobre «Rafi», cuyo padre, el abogado Miguel Escobedo, poseía registrada en la Guardia Civil, una pistola «Star F», de calibre 22, coincidente con el tipo de arma utilizado para matar a los marqueses.

Se requirió a don Miguel Escobedo, pidiéndose que mostrase su pistola y no supo dar contestación acertada alegando que no estaba seguro de si la había vendido o se la quitaron. La extraña desaparición de un arma con características similares a la del crimen no causó buena impresión en la Policía, y fue por esta causa que el día 8 de abril de 1981 el inspector Romero efectuó un registro en el campo de tiro que la familia Escobedo tenía en su finca de Montalvillo (Cuenca), donde se recogieron nada menos que 215 casquillos de calibre 22.

Al mismo tiempo, el inspector Romero detuvo a «Rafi» Escobedo y lo trasladó a la Dirección General de Seguridad. El joven Escobedo había pasado los tres últimos meses cuidando cerdos en la finca de su padre.

Una vez en la Dirección General de Seguridad, donde «Rafi» fue encerrado en sus sótanos, se le sometió a interrogatorio. Y aquí es donde no llegamos a comprender todo cuanto se ha dicho acerca de los interrogatorios del detenido, porque, honestamente, no vemos que tenga pies ni cabeza, sino que más bien parece un burdo juego de dimes y diretes, y si «tú me dices quién es el criminal, yo dejo en libertad a tu padre» o bobadas por el estilo.

Dijo «Rafi» Escobedo durante el juicio que fue desnudado y obligado a hacer flexiones. Luego, a través de un cristal polarizado, le mostraron a su padre, esposado, sin corbata y entre dos agentes, y que fue entonces cuando «Rafi» se desmoronó, confesando haber matado a los marqueses.

Se dice que declaró la ejecución del crimen acompañado de tres personas más, de las que no quiso hablar. Y, sin embargo, en una cuartilla, a puño y letra, escribió: «Yo soy responsable de la muerte de los marqueses de Urquijo, mis suegros.» Seguía la fecha, 9 de abril de 1981, y su firma.

Pero hay otra declaración que redactan los inspectores Romero y Cordero. Se trata de un borrador con la declaración completa de Rafael Escobedo Alday, el cual la firma el día 10. Después, y en presencia ya de su abogado, don José María Stampa Braun, realizó «Rafi» otra declaración en el juzgado.

Sin embargo, en esta última declaración ante el juez deja sin contestar dos cuestiones de la máxima importancia. Dijo no saber dónde estaba el arma homicida ni quiso denunciar a los que le habían acompañado. Piénsese en los matices que esto conlleva, puesto que las palabras se tergiversan con sólo darles un leve giro. Y lo que dijo la Prensa, tendenciosa casi siempre, debió ser que no tenía el arma -por haberla perdido, escondido o arrojado a cualquier parte- y que actuó solo sin ayuda de nadie. Pero que «alguien podía haber sido advertido o estar al corriente», como si hubiese pedido consejo previo.

Y siendo tan íntimo amigo como era de Juan de la Sierra, ¿no pudo cambiar impresiones sobre lo que ocurriría en caso de que los marqueses murieran asesinados? «¡Daría cualquier cosa si eso sucediera! », aseguran que dijo el heredero del marqués de Urquijo. Pero eso ni está probado siquiera, y mucho nos tememos que no se pruebe jamás. Pero la revista «Interviú» implicó públicamente al hijo, Juan de la Sierra, al administrador, Diego Martínez Herrera y al padre de «Rafi», Miguel Escobedo.

Según esa revista, «Rafi» Escobedo, su padre y un tal Mauricio López Robert Melgar, penetraron en las habitaciones donde dormían los marqueses de Urquijo, la noche del 1 de agosto de 1980, y dieron muerte al matrimonio. Abajo, en un salón, aguardaban el Administrador de la familia, Diego Martínez Herrera, y Javier Anastasio, amigo de «Rafi».

Añade la revista en cuestión que Juan de la Sierra, el primogénito de los marqueses, también estaba enterado de la operación. Dicha publicación señaló que el día 31 de julio, «Rafi» habló por teléfono con su cuñado Juan de la Sierra, el cual estaba en Londres realizando un cursillo de Banca. «Rafi» y Juan solían frecuentar ambientes homosexuales y estos hábitos son los que habían provocado el rompimiento matrimonial entre «Rafi» y Miriam, la hermana de Juan. Los trapos, como vemos, van apareciendo cada vez más sucios.

Durante la llamada telefónica, «Rafi» informa a Juan de que «todo sucederá esta noche». Y así fue, sin que sepamos si la versión de «Interviú» -contra la que Juan y Miriam de la Sierra presentaron poco después una querella por calumnias e injurias- es la verdadera o no.

Después veremos, por la sentencia, que la versión de la mencionada revista no descartaba la posibilidad de que la realización del crimen hubiera sido llevado a cabo por «una o varias personas». Por lo tanto, hasta el momento, aunque sólo sea como hipótesis -aunque «Interviú» asegura poseer declaraciones juradas de que los hechos ocurrieron como ellos lo cuentan -cualquier conjetura es buena-. Lo malo es que estas conjeturas o acusaciones abiertas causan daño y pueden llevar ante los tribunales a gentes inocentes.

Después de cenar y tomar unas copas, Javier Anastasio llevó a «Rafi» al chalet de los marqueses de Urquijo a la urbanización madrileña de Somosaguas. Era Javier quien conducía el vehículo. Una vez allí, ante la entrada, se reunieron con Miguel Escobedo, el padre de «Rafi», y Maurico López Robert, el cual lleva consigo una pistola «Star 200 Olimpic», a la que se le había adaptado un silenciador.

Penetraron en la vivienda y el grupo se dividió. Rafael, su padre y Mauricio subieron hacia los dormitorios. Fue Mauricio quien disparó contra el marqués, y en su nerviosismo el arma se vuelve a disparar, destrozando el armario. Fue este ruido el que despertó a la marquesa. Y los asaltantes, pasando a la otra habitación, vuelven a disparar dos veces, liquidando a la mujer.

Aquí parece ser que sólo se pretendía eliminar al marqués para que sus hijos pudieran heredar. Era público y notorio que Juan de la Sierra, dada la tacañería de su padre, no significaba apenas nada en la vida social madrileña. Y también se sabía que las desavenencias entre el marqués de Urquijo y sus herederos venían de muy lejos.

Pero la versión de «Interviú» apareció después de la sentencia y todo el mundo ha supuesto que la finalidad no es otra que seguir «explotando» el caso, porque un «filón» de este tipo no debería agotarse nunca. A mayor confusión, revuelo, escándalo y nombres de prestigio, mayores ganancias, puesto que la finalidad de la reiterada revista consiste en obtener beneficios, aunque para ello se hayan de pagar cifras de escándalo.

Aquí no descubrimos nada. Hemos fisgado en toda clase de periódicos y revistas y hemos tratado de ordenar un poco el caos informativo que nos inunda.

¿Qué ocurrió después de la muerte de los marqueses, y antes de que fuese detenido «Rafi» Escobedo? Bueno, eso queríamos saber. Naturalmente, Juan de la Sierra regresó de Londres y se hizo cargo de la herencia, aparentando una seriedad que, por supuesto, no debía de sentir, ya que, prácticamente de la nada, pasaba a poseer una incalculable fortuna.

Sabemos que su hermana Miríam, lo primero que hizo con su herencia, fue comprarle un «Porsche» a Dick, el americano, y luego se compró un chalet en La Moraleja, por el que pagó veinte millones de pesetas. Pero sus relaciones con su amante empezaron a sesgarse, ya que intervino otra mujer, Helena de Gregorio, con la que montaron una cadena de tiendas dedicadas a la venta de bisutería y jabones para la limpieza.

Sin embargo, si hemos de creer a cierto periódico, Richard Dennis es un lince para los negocios. La cadena de tiendas «Schock», creada por él, después de haber efectuado un cursillo de ventas en Canadá, ha sido un magnífico negocio, en el que también trabaja el administrador, señor Diego Martínez Herrera, quien ha continuado como administrador de la familia.

La vida, pues, continuó hasta que, llegado el momento, se inició el juicio oral en la Audiencia Provincial de Madrid, que estuvo presidida por don Bienvenido Guevara Sánchez, y el tribunal por don Francisco Troncoso Suárez, don Alberto de Amunátegui y Pavía, don Virgilio Martín Rodríguez y don Álvaro Núñez Maturana.

El Ministerio fiscal estuvo a cargo de don José Antonio Zarzalejos y la defensa, como dejamos dicho, la llevó el abogado don José Mª Stampa Braun, del Colegio de Abogados de Madrid, del que es vicepresidente, criminalista y catedrático de Derecho Penal, y hombre que, con ingeniosidad, oficio y habilidad, atacó a los testigos del fiscal, discutió incesantemente con el juez, peritos e inspectores de Policía… ¡Pero no pudo impedir que la sentencia que recayó sobre su defendido fuese de 53 años de reclusión!

Aquí, con la verdad por delante, hemos de decir que el juicio fue una especie de espectáculo público, parodia exhibicionista y televisiva que se prolongó innecesariamente, ya que para presentar los cargos y realizar la defensa, con una jornada o dos hubiera sido más que suficiente, y allí se realizaron moratorias, interrupciones y salidas de tono -como la desaparición de los 215 casquillos de calibre 22 incautados en Montalvillo, Cuenca- y la declaración firmada de Rafael Escobedo Alday, que desaparecieron misteriosamente del juzgado de instrucción.

Y mientras, por TVE, tanto testigos como defensor, cada día efectuaban declaraciones, arrimando el pan a la magra, «chupando imagen», como se dice y promocionándose, que todo vende. ¡Qué lejos este juicio del Consejo de Guerra del Instituto de Cartografía, donde se juzgaron a varios generales por el golpe del 23-F, y que, según nos ha perjurado un experto, no se vertió ni la décima parte de tinta que la vertida en el asesinato de los marqueses de Urquijo!

Y de todo esto habló el fiscal, señor Zarzalejos, cuando se refirió al «juicio de la calle, el de las gentes, donde se conjetura, se apuesta, se dicen cosas según los sentimientos de cada uno». Y se refirió también, como hemos hecho nosotros ya, al «juicio de los medios de comunicación, que con absoluta buena fe no han sabido reflejar este juicio con exactitud».

Pero mencionó dos juicios más y se refirió al que entendía la sala, de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Madrid, terminando por aludir al cuarto juicio… «El proceso de la verdad real -como dijo José Antonio Zarzalejos-. Y quizás ese juicio quede limitado a Dios.»

No todo sería retórica y filosofía en el Ministerio fiscal. Aportó también datos, diciendo que el asesinato de los marqueses de Urquijo se produjo de madrugada, probablemente entre las dos y media y las tres y media, y no anteriormente, como se había deducido por la temperatura rectal de los cadáveres.

Explicó, además, el fiscal, que tampoco se utilizó un paño caliente para romper los cristales de la puerta de la piscina, sino que se utilizó esparadrapo. Además, mencionó una o dos veces que «una o más personas pudieron haber participado en el asesinato», para aludir luego a otros posibles cómplices, diciendo:

-Quizá se estén riendo para sus adentros, porque creen que están esquivando la acción de la justicia.

Se quejó también de no haber podido interrogar a otros testigos, expuso que en el caso de los marqueses de Urquijo existían muchas presiones soterradas e intereses que pesaban considerablemente y luego pasó a suponer que, probablemente, se utilizó un silenciador en el arma del crimen.

-Rechazo -añadió después- los argumentos exculpatorios de Rafael Escobedo, puesto que nadie puede creer que alguien pueda culparse de una cosa así sólo porque haya visto a su padre esposado en una dependencia policial.

¿Y por qué no?, preguntamos nosotros, que observamos los hechos «a posterior¡» y desde una perspectiva privilegiada, sin premuras ni distorsiones. Supongamos por un momento, que, efectivamente, hubo un complot o conjura para asesinar al marqués. Y supongamos que, como denunció el mayordomo, don Miguel Escobedo, por las razones que sean, y las hemos de sospechar puramente económicas, estaba mezclado en el complot. Pero supongamos también que antes de su ejecución, los conjurados eligieron a «Rafi» como «responsable», en el caso que se descubriera la verdad. Allí, en el joven Escobedo, debía terminar la conspiración. Fue un pacto y él debía cumplirlo. Es una hipótesis que se ve confirmada cuando le muestran a su padre esposado entre dos guardias en la Dirección General de Seguridad. Y es entonces cuando firma la cuartilla declarándose único responsable….

¡Pero no autor del asesinato!

Fijémonos bien en esto. Hubo varias declaraciones, alguna de las cuales desapareció luego. Y, naturalmente si «Rafi» fue elegido como «responsable», se le cargó con el mochuelo y asunto concluido.

Tal vez, las cosas no fueron así y «Rafi» tuvo el valor suficiente -para eso se había preparado con su amigo Anastasio, tomando copas- para entrar en el chalet y matar a sus suegros. De este modo ayudaba a su amigo Juan de la Sierra, a su propia mujer y se ayudaba a sí mismo, porque aún era un miembro de la familia, aunque el divorcio o la separación estuviese en trámite.

El ministerio fiscal, sin embargo, no pensaba como nosotros. Para él no hubo acuerdo con la Policía, a cambio de que pusieran en libertad a don Miguel Escobedo. Y, por otra parte estudió la posibilidad de modificar sus conclusiones provisionales, cambiando la calificación de asesinato por la de homicidio a cambio de la confesión de culpabilidad del acusado.

-Ahora voy a referirme al estado mental del acusado, que posee una conducta plenamente imputable, inmadurez, personalidad débil, agresividad moderada, etc. Pero todos los peritos coinciden básicamente en señalar que no padece enfermedad psíquica alguna.

El señor Zarzalejos se extendió entonces en el motivo del doble asesinato que para él fue la frustración, que algunos eliminan gracias a la superación de sí mismos mientras que otros, recorriendo a torcidas veredas, llegan a incurrir en el crimen.

-Los tuve en la mano -dijo-, y ya no servían para nada. Por esos casquillos jamás habría acusado a Escobedo ni a nadie.

Tomó entonces la palabra el abogado defensor don José Mª Stampa Braun, que basó toda su intervención en la falta de pruebas, haciendo un resumen amplio y exhaustivo de cómo se habían realizado las pruebas balísticas. Luego, dirigiéndose al tribunal habló de su defendido en estos términos:

-Rafael Escobedo, en una situación de absoluta prepotencia por parte de la Policía, es capaz, según su estructura física y mental, de verificar la declaración que realizó en principio, declarándose culpable de los dos asesinatos. Hay que hacer constar que mi defendido estuvo al menos dos días en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, hasta que los inspectores consiguieran que se «derrumbase».

Siguiendo con este tema, el señor Stampa Braun realzó que jamás se hace escribir una declaración manuscrita a alguien que se hace responsable de los hechos. Y añadió:

-¡Pero esa prueba ha desaparecido! ¿Dónde está? ¿Quién la hizo desaparecer y por qué? Lo que ocurre es que la Policía pretende «amarrar» ese derrumbamiento provocado. Además, no es normal tampoco que alguien, después de matar a dos personas, vaya a las pocas horas a una oficina de empleo y haga un «test».

Don José Mª Stampa Braun se aferró a la escena del padre esposado y visto por «Rafi» a través de unos cristales polarizados, mientras la Policía le estaba diciendo que harían lo mismo con su madre y toda su familia. Y destacó lo que, poco después, «Rafi» preguntó a su primo Miguel Segmon Escobedo, que le asistió en la Dirección General de Seguridad, en calidad de abogado:

-Primo, ¿no van a cumplir lo que me han prometido en la Dirección General de Seguridad?

El abogado defensor señaló que no se podía utilizar esta declaración de Rafael Escobedo para condenarle nada menos que a sesenta años de cárcel.

Hagamos un «receso» para aclarar al lector esta parte. Miguel Segmon Escobedo, primo de Rafael, acudió a la Dirección General de Seguridad cuando supo que su pariente había sido detenido, en su calidad de abogado en ejercicio. Y dijo en aquel entonces que «Rafi» estaba totalmente agotado. Y resultaba inaudito, ya que ante una pregunta importante, «Rafi» dijo al juez que quería hacer una consulta privada y en vez de hacérsela al abogado, se dirigió al inspector Cordero, con el que habló a solas durante media hora.

Y Miguel Segmon comprendería la razón de tal actitud, cuando, firmada la declaración, «Rafi» le preguntó: «¿Tú crees que la Policía cumplirá lo que me ha prometido?» «¿Y qué, te ha prometido?» «Que no se meterán con mis padres si me declaro culpable.»

El abogado defensor, don José Mª Stampa Braun dejó flotando en la sala este diálogo, para que cada uno recogiera su auténtico significado y pasó a otra cuestión básica, o sea al hecho insólito de que la cocinera no oyera ningún ruido en la noche de autos, cuando durante la vista se había declarado que en el chalet de los Urquijo, un vaso que se rompiera en el piso superior se oía perfectamente en el inferior.

-Y es singular que la señora marquesa, con los oídos tapados para dormir mejor, oyera los disparos hechos contra su marido por una pistola provista de silenciador. Si quieren que les dé mi opinión, ni siquiera puede afirmarse que los marqueses fueran asesinados en su domicilio, ya que cabe suponer que fueran trasladados allí después de cometido el crimen. Por lo tanto, o la cocinera miente o no es cierto que la marquesa se despertase.

Luego, el señor Stampa Braun se mostró intrigado por la falta de investigación llevada a cabo acerca del cargo de Juan de la Sierra, el hijo de los marqueses de Urquijo, como consejero del Banco Urquijo o su relación con la Embajada norteamericana.

-Creo que tiene que haber una enorme duda sobre la culpabilidad de Rafael Escobedo. He pensado incluso en cambiar las conclusiones para presentarlo como encubridor, pero no lo he hecho porque me lo impide mi conciencia.

El abogado defensor concluyó pidiendo la absolución de su defendido.

Podríamos ahondar en la cuestión que se suscitó durante el juicio acerca del informe pericial de balística, y sobre el que se extendieron las partes, recurriendo a peritos imparciales cuya buena gestión no sirvió absolutamente para nada. Creemos que fue una treta de la defensa, al amparo de la desaparición de los casquillos, para complicar las cosas, enredar o confundir, porque todo ello podía beneficiarle. Pero no fue así. Las discusiones peregrinas sobre las diferencias angulares de los casquillos no llevó a ninguna parte, salvo a que a los marqueses de Urquijo los pudieron matar con cualquier tipo de arma del calibre 22. Y para llegar a esto no hacía falta dar tantas vueltas, ya que lo que estaba en juego era si se habían empleado dos pistolas o sólo una. ¿Y qué más da?

El día 9 de julio de 1983, cuando ya se conocía la sentencia, la Dirección General de la Policía, en una nota de Prensa, expresó su repulsa e indignación por las afirmaciones hechas durante el juicio por el asesinato de los marqueses de Urquijo referente a que la Policía había manipulado las pruebas.

La Policía dijo que estas afirmaciones se habían hecho tanto en la sala de vistas como fuera de la misma, y una de ellas hacía referencia a que el procesado, Rafael Escobedo, había sido sometido a presiones psíquicas. Y a este respecto, la Policía se reservaba el derecho de llevar a cabo las acciones legales pertinentes.

La Dirección General de la Policía señaló, además, que no quería entrar en polémicas, pero sí puntualizar que le llenan de orgullo las manifestaciones efectuadas por el fiscal encargado del caso en el transcurso de la vista, señalando que no ha tenido en toda su vida profesional un sumario más complejo, mejor elaborado y en el que más se respeten las personas que con él se relacionan.

La nota termina señalando que de los más de ochocientos folios de que consta el sumario, buena parte son informes policiales en los que se da cuenta de las investigaciones efectuadas, y que la Policía española conoce que la única forma de mostrar la implicación de una persona en determinado delito es mediante la aportación de pruebas, descartando cualquier tipo de tesis sin respaldar.

También don José María Stampa Braun habría de manifestarse una vez conocida la sentencia, por la que a su defendido le fue impuesta la condena de 53 años de cárcel. Y en esta ocasión fue Félix Pujol, redactor de La Vanguardia, quien le entrevistó en «su lujoso despacho, de una lujosa calle madrileña». Lo primero que dijo el vicepresidente del Colegio de Abogados de Madrid fue: «No sé si es cierto lo que dice un semanario respecto a cómo ocurrieron los hechos. Yo insisto en que Rafael Escobedo no es el autor material de los hechos, el autor directo, principal. No sé sí está implicado en tina especie de conspiración. Eso es lo que habría que averiguar.» Esto fue lo que manifestó José María Stampa Braun al redactor de La Vanguardia. Pero no se quedó ahí. Habló del caso, que estaba pendiente del recurso de casación, y que tenía intención de presentar el lunes, día 18, puesto que disponía de cinco días después de conocer formalmente la sentencia. Y preguntó:

-¿Que si estoy convencido de que voy a ganar el recurso? Voy a intentarlo, debo intentarlo. Estoy convencido de que me asiste la razón y voy a luchar por ella hasta el final. Y ello, pese a que, posiblemente, no cobraré ni un duro por esta defensa. Porque hay otras motivaciones que las económicas. Rafael Escobedo es nieto de un decano del Colegio de Abogados y yo a los abogados no les cobro.

»No puedo decirle gran cosa sobre la sentencia, porque nosotros sólo podemos respetarla y recurrirla. Pero si tuviera que resumir todo lo que ha pasado le diría que es delirante, y que se ha llegado a unos resultados o conclusiones meramente formales. No se sabe nada de lo que realmente pasó.

José Mª Stampa se lamentó ante Félix Pujol de que todas las respuestas a las múltiples preguntas que se hacía la gente se quedaron en el olvido.

-Y eso, desde el punto de vista de la satisfacción social, me parece muy grave. La gente exige unos procedimientos judiciales distintos a los que se están desarrollando hasta ahora. Hay una abierta necesidad de modificar la Administración de Justicia y eso me parece lo más positivo de la expectación que ha despertado el juicio.

El abogado de «Rafi» Escobedo puso como ejemplo la pérdida de los casquillos que se consideraban pruebas fundamentales y que según un funcionario fueron entregados a una persona desconocida que se presentó en el juzgado, reclamándolos.

-Eso no está comprobado -dijo-. Yo creo que un día aparecerán, porque estimo que no se los ha llevado nadie: se han perdido en el juzgado. No creo que nadie tuviera interés en que se perdiesen. En cambio, la declaración autógrafa ya me parece una motivación más comedida el que haya desaparecido. ¿Por qué? Porque es insólito que se tomen ese tipo de declaraciones autógrafas y porque ello hubiera permitido un examen del estado anímico de la persona que estaba haciendo la declaración.

»El hecho de que la propia sentencia reconozca la posibilidad de que hubo otros autores ya representa para mí una terrible duda. Y no sé cómo se puede compaginar el enjuiciamiento de alguien con estas dudas. Pido que tengan una gran serenidad de conciencia los que han hecho esta sentencia.

Y el periodista lo declara abiertamente, sin titubeos: José Mª Stampa Braun está convencido de que con el sistema de jurado Rafael Escobedo estaría hoy en la calle.

-El jurado es una Institución muy seria y la absolución por presunción de inocencia es un derecho constitucional.

Aquí nos gustaría volver a repetir las palabras que el Ministerio Fiscal, representado por don José Antonio Zarzalejos, dijo cuando presentó sus conclusiones provisionales:

-Lo único que lamentaría es que por un error humano resultara que un inocente tuviera que cumplir una larga condena. Pero más sentiría que un culpable quedara en libertad.

Las tesis de ambos juristas no pueden ser más contrarias. El defensor estaba convencido de que un jurado declararía inocente a su defendido, mientras que el fiscal afirma que es preferible que un inocente vaya a prisión antes de que un asesino quede en libertad. Y no es que sea cuestión de criterios, sino de principios.

José Mª Stampa, a pregunta del entrevistador de si era seguro que se había juzgado sólo a Rafael Escobedo, -respondió-

-Seguro, porque no se puede juzgar a otros sin estar procesados previamente. Y lo digo sin ironía, pero en la calle ha habido otro juicio paralelo en el que la gente ha dejado volar la imaginación en función de lo que ¡intuitivamente percibe! Y la gente intuye que el tema es mucho más complicado que la simplicidad de la sentencia, y se da cuenta de que concentrar todo este asunto en una persona, cuya participación cuando menos es dudosísima, resulta defraudante. Ahora, lo que más me interesa es presentar el recurso y esperar a que se anule la sentencia para poder practicar las pruebas -aunque no se practicaron entonces, como las grafológicas, balística, etcétera.

»No creo que la Policía presente una querella contra mí. Ellos saben que en un juicio se pueden hacer las alegaciones que uno quiera.

Y al comentársela que la Policía ha asegurado que seguirá investigando el caso, replicó vivamente: -¡Eso es lo que deben hacer! Si hay dudas sobre un hecho, deben seguir investigando.

Pasó luego a comentar el estado anímico de su defendido y dijo:

-Es normal en una persona en sus circunstancias. Pero está muy esperanzado. Es un hombre con muy buen temple en este sentido. Quiere recurrir y seguir adelante. Y sigue teniendo mucha confianza en mí, pese a lo que algunos hayan dicho en contra. Vamos a ir hasta el final. Vamos a acudir a todos los instrumentos legales de que disponemos.

La entrevista derivó después de esto hacia las cuestiones personales, afectos y desafectos de algunos de los participantes, los rencores, resentimientos y los deseos de protagonismo de unos y otros. Y como ya no encontramos nada más que pueda ser interesante para la exposición que aquí nos hemos propuesto, consideramos más conveniente pasar a ocuparnos de la sentencia en sí, que se dictó y difundió el día 7 de julio de 1983.

Primero. – Considerando probado y así se declara: que Rafael Escobedo Alday, mayor de edad y sin antecedentes penales, perteneciente a una familia acomodada y culta, estudió y aprobó el bachillerato, estudiando también tres años de licenciatura de Derecho, de los que aprobó dos, el procesado, repetimos, con la oposición de su suegro contrajo matrimonio con Miriam de la Sierra, a pesar de lo cual el recién casado estuvo viviendo una temporada en casa de sus suegros, don Manuel de la Sierra y doña María Lourdes Urquijo Morenés, informándose de la estructura de la vivienda, división de la misma y costumbres de sus habitantes, marchándose luego a un piso regalado a su esposa por una abuela, sin que el citado suegro a pesar de su situación económica desahogada le ayudara ni en los momentos de agobio económico, que llegaron a obligarle a empeñar la pulsera de pedida, por lo que el procesado comenzó a dirigir palabras ofensivas contra su suegro como «cerdo, rácano, cretino», enfriándose las relaciones hasta el punto de que no se dirigían la palabra y cuando con ocasión de la demanda de nulidad de matrimonio alentada y financiada por el repetido suegro, el procesado se sintió manipulado, llegando en una discusión con su esposa a formular amenazas el 28 de julio de 1980, diciendo: «Te vas a acordar de mí; voy a hundir a tus padres. Esta vez va en serio»; por lo que por esta causa, y probablemente por otros motivos no determinados, decidió darles muerte, adquiriendo el día 30 siguiente esparadrapo y un soplete, y con estos elementos, además de otros como un martillo, una linterna y un arma, en la madrugada del día 1 de agosto de 1980 por sí solo o en unión de otros fue al domicilio de las víctimas y rompiendo el cristal de la puerta de la piscina, usando el esparadrapo para evitar la caída de los cristales y practicando con un soplete un agujero en otra puerta, marchó directamente al cuarto donde dormía su suegro, alumbrándose con una linterna en la oscuridad, a quien, con un arma del calibre 22, le disparó mientras dormía un tiro en la nuca hallándose tumbada la víctima sobre el lado izquierdo, recibiendo el disparo de derecha a izquierda, de atrás adelante y de arriba abajo, lesionándose centros vitales cerebrales, lo que le produjo instantáneamente la muerte sin ningún reflejo de defensa, escapándosele otro disparo inmediatamente después de la muerte al tropezar por accidente con una silla, lo que despertó a su suegra que dormía en la habitación contigua, quien, encendiendo la luz dijo: «¿Quién hay ahí?», por lo que, en el acto, antes de que pudiera descubrirlo, entró en la habitación dándole un tiro en la boca e inmediatamente otro en el cuello, efectuándose este disparo de delante atrás, de derecha a izquierda y de abajo arriba, por lo que la bala llegó a la cavidad craneal rompiendo las vértebras, el agujero occipital y destruyendo además del tronco cerebral parte del hemisferio cerebral izquierdo, que le produjo la muerte instantánea. En la casa no falta nada ni se ha movido mueble alguno fuera de la silla mencionada ni aparece huella alguna en las habitaciones restantes.

Segundo. – Resultando que el Ministerio Fiscal, en sus conclusiones definitivas, calificó los hechos procesales como constitutivos de dos delitos de asesinato, comprendidos en el artículo 406-1. del Código Penal y reputando responsable de los mismos en concepto de autor al procesado Rafael Escobedo Alday con la concurrencia en ambos delitos de las circunstancias agravantes de premeditación, nocturnidad y morada del ofendido, solicitó la imposición de la pena de treinta años de reclusión mayor por cada uno de ellos, con las accesorias correspondientes y pago de costas con abono de la prisión preventiva, debiendo indemnizar en diez millones de pesetas a cada una de las víctimas en favor y a partes iguales de los hijos de los fallecidos.

Tercero. – Resultando que la representación del procesado Rafael Escobedo Alday en sus conclusiones también definitivas, después de efectuar la descripción de los hechos que consideró oportunos, estimó que en los mismos no había participado su representado, por lo que solicitó su libre absolución.

Se declaró autor.

Primero. – Considerando que los hechos que se declaran probados son legalmente constitutivos de dos delitos de asesinato comprendidos en el artículo 406, circunstancia 1. del Código Penal ya que con «animus necandi» se produjeran las muertes disparando con un arma de fuego a personas que se encontraban en la cama, una durmiendo y otra que se acababa de despertar por los disparos anteriores, lo que hace palpable la existencia de alevosía, ya que se emplearon medios, modos y formas en la ejecución, que tendían directamente a asegurarla sin riesgos para la persona del autor, que se juzga, que procediera de la defensa que pudieran hace los ofendidos, por lo que claramente existe, repetirnos, la alevosía que actúa de característica concreción del delito de asesinato de que ha sido acusado el procesado en esta causa por el Ministerio Fiscal, ya que independientemente de la coincidencia de los casquillos, el procesado de cultura superior a la normal se declaró autor ante la Policía asistido de letrado, confesión ratificada y ampliada en el juzgado, ante el señor juez, señor fiscal y en parte ante su letrado primo suyo en la que dio detalles sobre al ejecución de los hechos como el apagar la luz del cuarto de su suegra y el de la utilización del esparadrapo en el cristal de la piscina, punto este último que era desconocido hasta entonces en la instrucción sumarial, sin que después de personarse un letrado defensor el día 15 de abril se haya desmentido tal confesión hasta pasados setenta y nueve días, aunque el escrito pidiendo nueva declaración se presentara a los setenta y un días.

Segundo. – Considerando que de dichos delitos es responsable criminalmente en concepto de autor el procesado Rafael Escobedo Alday, por la participación directa, material y voluntaria que tuvo en su ejecución.

Tercero. – Considerando que en la realización de dichos delitos concurren las circunstancias modificativas de la responsabilidad agravantes 6.º y 16.º, obrar con premeditación conocida y ejecutar el hecho en la morada de los ofendidos, ya que el hecho se preparó y decidió con antelación e indudablemente incluía la posibilidad de matar a otras personas además del suegro si fuese necesario y la agravante de morada por realizarse los hechos en la morada de los ofendidos, sin que sea de apreciar la agravante de nocturnidad, por haberse tenido en cuenta en la circunstancia específica o característica de concreción de la alevosía, por ello de conformidad con las reglas del artículo 61 procede imponerle la pena en su grado máximo en la extensión que luego se dirá.

Cuarto. – Considerando que las costas procesales vienen impuestas legalmente a todo responsable de delito que lo es también civilmente.

Vistos, además de los citados, los preceptos legales pertinentes del Código Penal y Ley de Enjuiciamiento Criminal,

Fallamos: Que debemos condenar y condenamos al procesado Rafael Escobedo Alday, como responsable en concepto de autor de dos delitos de asesinato con la concurrencia de las circunstancias agravantes de premeditación y nocturnidad a la pena de veintiséis años, ocho meses y un día de reclusión mayor por cada uno de los delitos con la limitación establecida en el artículo 70 del Código Penal, con su accesoria de inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena, al pago de las costas y de la indemnización de veinte millones de pesetas a favor de los hijos de los fallecidos.

Para el cumplimiento de las penas se le abona todo el tiempo de prisión provisional sufrida por esta causa.

Y devuélvase al Juzgado instructor el testimonio de la pieza de responsabilidad civil para que la tramite con arreglo a derecho.

Así por esta sentencia de la que se llevará certificación al rollo de la sala, la pronunciamos, mandamos y firmamos. La sentencia, que lleva el número 215, está firmada por don Bienvenido Guevara Suárez, don Francisco Troncoso Suárez, don Alberto de Amunátegui y Pavía, don Virgilio Martín Rodríguez y don Álvaro Núñez Maturana.»

Ya hemos visto que con la sentencia no terminó el «affaire». Inmediatamente de conocerse la condena, salieron a la palestra los que no habían dicho «todo lo que sabían». Y habló el mayordomo, Vicente Díaz Romero quien acusó al nuevo marqués de Urquijo, Juan de la Sierra, de complicidad con su amigo «Rafi».

La Nueva Gaceta Ilustrada reveló las sorprendentes y «exclusivas» declaraciones de Carlos Escobedo, hermano de «Rafi», del administrador y del mayordomo, tratando de aportar más leña al fuego y vender algunas miles de revistas más. Confiemos que lo hayan logrado.

Y en la cárcel de Carabanchel, también «Rafi» Escobedo hizo unas declaraciones para TVE, después de una huelga de hambre que no tenía sentido ni justificación, porque si fueron otros los que le eligieron como «chivo expiatorio», sus razones tendrían para ello.

¿Más? Naturalmente. Querellas, difamaciones, palabras vejatorias, amenazas y declaraciones a manta. Pero la verdad… ¡Ah, ésa es como la misma vida; se va diluyendo, se distancia, se aleja, se difumina y acaba por confundirse con los descoloridos matices del tiempo! ¿Qué es la verdad? ¿De quién es la verdad? ¿Para qué es…?

Hay unos hechos: dos seres asesinados. Mejor dicho, muertos. La Vida es la Verdad, sigue discurriendo por su proceso histórico, aquí importante, allá insignificante, y va dejando sueños, quimeras, aspiraciones, codicias y perversidades. Pero, ¡no pasa nada! La Vida sigue con nuevos seres -¡que parecen siempre los mismos!-, que se repiten como hemos ido viendo desde el siglo pasado hasta casi el final de éste. Seres que murieron, seres que mataron… Higinia Balaguer, los jugadores del «Huerto del Francés», el capitán Sánchez, José María Jarabo Pérez-Morris y tantos otros.

Y la justicia, con sus ancestrales métodos, tratando de adaptarse a los tiempos, a las corrientes, pero incurriendo en los mismos conceptos de siempre: «Dura lex, sed lex», como si con latines se pudiera arreglar al hombre, el protagonista de todas las historias bellas y malignas que se puedan conocer.

A nosotros poco nos queda ya que decir, salvo que hemos tratado de ser todo lo honestos y sinceros que nos ha permitido el material de donde hemos recogido los datos que ha podido ser tendencioso o no. Pero no podíamos cambiar unos hechos que sólo se explican por sí mismos, sin adornos líricos o retóricas. Y, pese a ello, siempre hemos tenido la peregrina idea de quitarle hierro al asunto para que la verdad no sea tan cruel o despiadada. Los hechos escuetos, no obstante, son siempre la materia prima literaria del relato al que hay que matizar, pulir, adornar y hasta colorear. No se cambia nada, pero no parece tan morboso.

Por otra parte, está la cuestión de si este caso es más famoso que aquél, o viceversa. Esto es cuestión de apreciaciones y lo que hemos hecho ha sido una elección, expuesta por orden cronológico, con la esperanza de que al lector le interese esta parte de nuestra historia sórdida y aprenda cómo actuaban los que no se andaban por las ramas. Una bagatela.

Aquí hemos descrito a los asesinos y a sus víctimas. Sólo confiamos haber acertado en nuestro planteamiento y esperamos el éxito que merece nuestro trabajo. Por lo demás, gracias por habernos aguantado hasta aquí, prueba de que, a fin de cuentas, no lo hemos hecho tan mal, puesto que éste es el fin.


El oscuro crimen de los Urquijo

Juan Madrid

Once años han transcurrido desde el 1 de agosto de 1980 en que aparecieron asesinados en su casa de Somosaguas, (Madrid), los marqueses de Urquijo. Un oscuro crimen en el que quien fue condenado como único culpable por la Justicia, Rafael Escobedo, que acabó con su vida en la cárcel de El Dueso en 1988, de un modo no menos oscuro.

Víctimas

Manuel de la Sierra y Torres, marqués consorte de Urquijo, cincuenta y cuatro años. Apareció postrado en su cama con un disparo en la nuca. El arma era una pistola del calibre 22.

María Lourdes Urquijo Morenés, cuarenta y cinco años, ostentaba el título de marquesa de Urquijo. Fue la segunda víctima. Recibió un primer disparo en la boca y fue rematada por otro en el cuello, en dirección ascendente, que le destrozó el cerebro. Fue asesinada con la misma pistola con que mataron a su marido.

Protagonistas

Rafael Escobedo Alday: condenado en 1983 a cincuenta y tres años de cárcel como autor «solo, o en compañía de otros» del asesinato de los marqueses. Tenía veintiséis años cuando se cometió el crimen. En 1988 apareció misteriosamente muerto en el penal de El Dueso. Aunque lo encontraron ahorcado, había cianuro en sus pulmones.

Javier Anastasio de Espona: amigo íntimo de Rafi Escobedo y Juan de la Sierra. Treinta y seis años. Considerado coautor del crimen. Huido de la Justicia tras cumplir el máximo de prisión provisional, se marchó de España con documentación falsa y vive en Brasil.

Miguel Escobedo Gómez Martín: padre de Rafi. Especialista en armas, es el propietario de la pistola Haig Standard, calibre 22, con que presumiblemente fueron asesinados los marqueses.

Richard Dennis Rew: el americano. Nacido en Seattle, USA, tiene cuarenta y ocho años. Entonces era amante de Myriam de la Sierra. Hoy están casados.

Mauricio López-Roberts Melgar: Marqués de Torrehermosa. Cuarenta y ocho años. Procesado como encubridor de Javier Anastasio. Amigo personal de Rafi Escobedo. Fue condenado y está en la cárcel.

Diego Martínez Herrera: el administrador. Cincuenta y nueve años. Manejaba todos los asuntos de la casa Urquijo: compras, negocios y todo tipo de movimientos económicos de la familia Urquijo.

Juan de la Sierra Urquijo: sexto marqués tras el asesinato de su padre. Treinta y tres años. La herencia le facilitó un nuevo tren de vida, coches y viajes al extranjero para reconducir los negocios del asesinado marqués en Panamá.

Miriam de la Sierra Urquijo: treinta y cinco años. Hija de los marqueses. Se casó con Rafi Escobedo en 1978. Al poco tiempo se separó de él por incompatibilidad de caracteres. Comenzó a relacionarse con Richard Dennis casi al mismo tiempo.

Basándose en los hechos reales que rodearon al asesinato de los marqueses de Urquijo, el 1 de agosto de 1980, Juan Madrid ha elaborado un relato policial donde se explican todas las tramas y todas las incógnitas de este crimen.

*****

Un hombre bajo, vestido con una cazadora azul de plástico y pantalones vaqueros, entró en la cafetería del Hotel Eurobuilding de Madrid y se dirigió sin titubear hacia una mesa situada en el fondo donde se sentaba otro hombre. Este era ancho de hombros, de cabeza grande y de ademanes y gestos educados. Vestía un traje de verano de lino blanco y no parecía sudar.

El de la cazadora azul se sentó a su lado. Sudaba copiosamente. El sudor le resbalaba mejillas abajo hasta el cuello.

-¿Otra vez con la cazadora? -le dijo el hombre del traje blanco- ¿Es que no tiene calor? La verdad es que no le comprendo. Estamos a cuarenta grados.

-No se preocupe por eso. ¿Ha traído el dinero?

-Por supuesto – contestó- ¿Y usted, me ha traído más cosas?

El de la cazadora azul metió la mano en el bolsillo interior y sacó un sobre abultado que abrió. Había varias hojas escritas a máquina y ciclostiladas, cosidas con una grapa.

-La declaración de Escobedo a la policía -dijo- completa.

El hombre del traje blanco suspiró. -¿Cuánto?

-Aún me tiene que pagar lo que le di antes -manifestó el de la cazadora – ¿Qué le ha parecido?

Se encogió de hombros.

-Eso no importa. Le he traído el dinero.

Colocó sobre la mesa, con suavidad, un talón bancario emitido al portador. La cifra era de ciento cincuenta mil pesetas.

-Le dije que no quería cheques -el de la cazadora miró el cheque por arriba y por abajo y luego se lo guardó en el bolsillo interior de la cazadora- pero me fío de usted.

-Podrá hacerlo efectivo dentro de media hora, si quiere. No me gusta andar con tanto dinero encima.

El de la cazadora hizo un gesto con la mano, quitándole importancia al hecho.

-A Rafi Escobedo le gustaban mucho los trajes blancos, de lino. Se solía remangar las mangas de la chaqueta y no se afeitaba durante dos o tres días. Así parecía más viril. El sueño de su vida era ser un tipo duro y displicente, como el Sonny Croket de Miami Blues. Sin embargo, siempre fue blando e inestable y muy influenciable. Pura mantequilla.

-¿Es verdad todo lo que me ha dado sobre el asesinato de los marqueses? -preguntó el hombre del traje blanco-. Hay cosas realmente increíbles.

-Escuche – dijo el de la cazadora-. Aquella noche del 31 de julio de 1980, Rafi Escobedo tenía veintiséis años y su amigo Javier Anastasio, veinticuatro. Fueron a comer al buffet de El Corte Inglés, porque le habían dicho que por seiscientas pesetas se podían poner ciegos de comida. Gastaban bastante dinero, pero era el de sus padres. Ninguno de los dos tenía trabajo fijo. Rafi no había terminado Derecho y Javier Anastasio decía ser fotógrafo porque una vez hizo un reportaje sobre Filipinas. Eran típicos señoritos venidos a menos.

-¿Y después?

-Después fueron a la casa de los Anastasio, su familia se acababa de marchar de vacaciones. Llegaron sobre las cuatro y salieron alrededor de las siete. Probablemente durmieron la siesta juntos, en la misma cama. No era la primera vez -el del traje blanco puso cara de asombro-. Está todo en el sumario 133/81 Especial y en 101/83 Especial.

-Continúe.

-Bien, a las siete acudieron a un pub del barrio de Salamanca llamado El Chascarrillo, donde tomaron ron con limón, gin-tonics y «benjamines» de champán. Allí había varios amigos comunes, como José Juan Hernández Valverde, el Sastre. Rafi se tiró toda la tarde hablando de sus próximos proyectos, como el de montar un pub. Parece que pensaba que iba a tener un golpe de suerte y conseguir dinero. Más tarde cenaron en el restaurante El Espejo y regresaron de nuevo a El Chascarrillo. A las doce y medía El Sastre los abandonó y continuaron la juerga en un local llamado Mil Noches y más familiarmente, El Moro. Aproximadamente a las dos de la madrugada, Javier Anastasio condujo a su amigo hasta la casa de los Escobedo, en el Paseo de la Castellana, 77. Anastasio conducía un Seat 1430, tipo ranchera, matrícula M-0801-AS, propiedad de una tía suya.

-Tiene usted una excelente memoria.

-Es mi profesión -el hombre de la cazadora azul, sonrió-. Rafi subió a su casa y llamó al timbre y despertó a su hermano. Declaró durante el juicio que se quedó en su casa durmiendo, sin embargo, Rafi cogió una bolsa de deportes en la que había un soplete con bombona de butano, un martillo, linterna, esparadrapo y una pistola Star del calibre 22, de su padre, con silenciador y bajó de nuevo a la calle donde lo esperaba Anastasio en el coche. De ese modo pensaba tener una bonita coartada, que casi consiguió. Veinte minutos más tarde llegaban a Somosaguas, no lejos del chalet número 27 en la calle Camino Viejo de Húmera.

-¿Quién estaba en ese momento en el chalet? -preguntó el hombre del traje blanco.

-El marqués consorte de Urquijo, Manuel de la Sierra, su mujer María Lourdes Urquijo y la cocinera dominicana, Florentina Dishmey. Bueno, y el perro, un caniche medio ciego y viejo llamado Boli.

-No, no me refiero a esa gente. Le pregunto por los asesinos que había dentro. ¿Quiénes eran?

-Esa es la gran respuesta, amigo -dijo el de la cazadora azul-. La respuesta del millón de pesetas.

-¿Y Anastasio?

En 1983, ante el juez declaró que se fue a su casa directamente. No sabía lo que iba a hacer Rafi a aquellas horas en el chalet, aunque no lo consideró anormal. Después de separarse Rafi de su mujer, Miriam de la Sierra, se seguía viendo con su cuñado Juan. Anastasio declaró que unos días más tarde que Rafi le entregó la bolsa de deportes con los utensilios y la pistola y le pidió que los hiciera desaparecer. Cosa que hizo. La pistola la tiró al pantano de San Juan, envuelta en trapos.

-Eso fue lo que él declaró, ¿no?, pero pudo haber entrado con Rafi al chalet, junto a los demás asesinos.

-Sí, pudo hacerlo y yo, particularmente, creo que lo hizo. Pero eso no es lo importante.

-¿No? ¿Qué es lo importante entonces para usted?

-Lea la declaración que efectúa Rafi Escobedo en abril de 1981.

El hombre del traje blanco comenzó a leer los papeles fotografiados, pero el de la cazadora azul lo interrumpió.

-Me apetece tomar algo, hace mucho calor, ¿verdad?

El hombre del traje blanco llamó al camarero chascando los dedos. Acudió y le pidió horchata fría. El de la cazadora azul de plástico se decidió por champán helado y unos cuantos canapés para picar. Cuando el camarero le preguntó de qué quería los canapés, el hombre de la cazadora respondió que de caviar.

El del traje blanco le dijo al camarero que lo incluyera todo en la cuenta de su habitación.

Luego preguntó:

-¿Porqué es importante la declaración de Rafi Escobedo?

-El mismo Rafi Escobedo ha manifestado muchas veces que él se derrotó ante los policías al ver a su padre detenido. ¿Puedo comprender eso? ¿De qué tiene miedo al ver a su padre supuestamente detenido?

-Volvamos al chalet de los marqueses de Urquijo la madrugada del 1 de agosto de 1980. ¿Cuánta gente había dentro aquella noche?

-Déjeme decirle antes otra cosa -el hombre del traje blanco se adelantó en su silla-. La familia Urquijo se llevaba fatal. La violencia, las discusiones y los malos modos era lo que imperaba entre los miembros de aquella familia. Manuel de la Sierra, marqués consorte de Urquijo, era un tacaño. Sus hijos Juanito y Miriam eran llamados por sus amigos aristócratas, «los pobres». Su padre apenas si les daba dinero para sus gastos. Pero hay otra cosa, el tacaño marqués de Urquijo estaba arruinando a la familia. Entre 1973 y 1980 – continuó el de la cazadora- las acciones del Banco Urquijo no hacían otra cosa que descender en la Bolsa.

El marqués se negaba a vender, quizás pensando que si vendía desaparecería también su puesto de consejero en el banco. Entre esos años, la pérdida de capital alcanzó una cantidad cercana a los mil millones de pesetas. ¿Qué le parece? Y todo eso lo tendría que saber el administrador del marqués, Diego Martínez Herrera, y los hijos.

El de la cazadora azul hizo una pausa cuando llegó el camarero con los canapés, el champán y la horchata fría.

Cuatro meses después del asesinato de los marqueses de Urquijo, Rafi Escobedo se retira a la finca familiar de San Bartolomé, en Moncalvillos de Huete (Cuenca). Allí se dedica a cuidar cerdos y a efectuar prácticas de tiro.

Varios inspectores del Grupo V de la Policía Judicial, conducidos por el inspector José Romero Tamaral, acuden a la finca el 7 de abril de 1981 y comienzan a recoger casquillos enterrados y semienterrados, diseminados por la finca y en sus cercanías.

Algunos de esos casquillos han sido percutidos por la misma arma, una pistola del 22, que ha asesinado a los marqueses. Así lo atestiguan las pruebas balísticas efectuadas en el laboratorio de la policía por uno de los mejores especialistas en el tema, Francisco Ovando.

El experto es tajante. Los cuatro casquillos encontrados en el lugar del crimen poseen marcas y señales que coinciden con algunos de los casquillos encontrados en Moncalvillos de Huete. Rafi Escobedo es detenido al día siguiente, 8 de abril de 1981.

La policía llevaba ya ocho meses buscando el arma homicida, una pistola del 22. Precisamente, Miguel Escobedo, padre de Rafi, era un especialista en armas y tenía varias, algunas ilegales. Una de ellas, del 22, la había dejado prestada, o vendida, (tuvo contradicciones en sus declaraciones) y no se acordaba quién la tenía.

A las diez de la noche la policía deja que Rafi vea a su padre esposado a través de un espejo polarizado. La policía le amenaza diciéndole que van a detener a su padre. Rafi se derrumba y confiesa. Siempre aludirá a que se efectuó un pacto entre él y el policía Romero Tamaral: a cambio de dejar en paz a su padre, él confesaría.

Esta es la confesión de Rafi, tal como obra en el sumario:

«… en la noche del 31 de julio al 1 de agosto del pasado año, tras haber estado tomando unas copas y cenando con unos amigos, uno de ellos, Javier Anastasio, le llevó a su casa en coche y serían las tres de la mañana.

Tras subir a su piso y recoger una pistola, un rollo de esparadrapo, un martillo, una linterna, un soplete de butano, armas e instrumentos que tenía en su casa desde el día anterior ya preparados, cogió el coche de su padre y con él se trasladó a la zona de Somosaguas, donde se encuentra el chalet de sus suegros.

Que estacionó el coche en el descampado que hay en el margen derecho de la carretera que sube al chalet, y entró por la puerta de la verja de cristal que solía utilizar, cuando vivía en la casa, para salir al jardín.

Que tras adherir unos esparadrapos al cristal, lo golpeó con el martillo, introdujo la mano derecha y abrió la puerta, pasando al recinto de la piscina. Que la puerta interior de este recinto la encontró abierta, llegando hasta el salón contiguo.

Que para penetrar en el hall, donde se encuentra la escalera por la que se accede al piso superior donde están los dormitorios, hay que abrir una puerta de madera. Que, utilizando el soplete, hizo en esta puerta un boquete por el que pudo introducir la mano y abrirla, girando la llave, que se encontraba puesta, por la parte interior.

Que a continuación recorrió el camino hasta el dormitorio de su suegro y, aproximándose a él, le disparó en la cabeza y trató de salir precipitadamente de la habitación, por lo que tropezó en una silla y se le escapó un disparo.

Que aunque trató de huir se despertó su suegra dijo: “¿Quién hay?”, o algo así, y para evitar ser reconocido tuvo que darle muerte, disparándole una primera vez cuando se encontraba ella sentada ya en la cama y una segunda vez para asegurar su muerte.

Que, tras ello, salió corriendo y tomó el vehículo de su padre, marchándose a su domicilio.

A la mañana siguiente se despertó temprano y se ausentó de casa para un asunto del seguro de desempleo.

Preguntado si utilizó silenciador en la pistola, dice que sí.

Preguntado si utilizó guantes, manifiesta que sí.

Preguntado sobre el paradero de la pistola que empleó en la comisión de los hechos narrados, manifiesta: Que desconoce el actual paradero de ese arma.

Preguntado nuevamente para que aclare qué hizo con el arma mencionada, o a quién la entregó tras la comisión de los hechos, dice: Que no puede contestar a eso.

Preguntado también sobre el paradero del soplete, la linterna, el martillo y demás efectos empleados, así como la procedencia de dichos efectos, dice: Que ignora dónde pueden encontrarse y respecto a la procedencia de dichos efectos: el soplete lo había adquirido en una tienda y el martillo, linterna y demás efectos los había cogido de su casa.

Preguntado con qué fin preparó y adquirió estos efectos, dice: Que para asuntos suyos.

Preguntado finalmente qué hizo, tras la comisión de los hechos, con los repetidos efectos utilizados, dice: Que no puede contestar a eso.

Y no teniendo el funcionario instrucción ninguna pregunta que formular, ni el declarante nada más que agregar a lo expuesto, una vez leída la presente, la halla conforme y firma en unión del letrado presente y de instructor, de lo que como secretario, certifico.»

El hombre del traje blanco se asomó al balcón y contempló las luces y el ruido de la calle. El calor no había disminuido apenas, pero era un calor seco y eso ayudaba.

Sonrió en la oscuridad.

El soplete, el martillo, la rotura de cristales… toda esa pequeña parafernalia no engañaría a nadie. Los asesinos querían dar a entender que el crimen lo había cometido alguien ajeno a la casa, alguien que no podría nunca coger llaves y hacer duplicados. Un truco viejo y malo.

Se limpió el sudor que le corría por el rostro y movió la cabeza como si aquello le divirtiese.

En aquel chalet había dos equipos. Uno representaba el teatro de romper cristales y de utilizar sopletes para abrir puertas de madera, y el otro mataba a los marqueses con balas del 22 con las puntas cruzadas. Allí dentro tendría que haber un mínimo de cuatro personas. Quizás cinco.

Uno de ellos estaría de guardia frente a la habitación de la única mujer del servicio que quedaba, la cocinera dominicana que salvó la vida al no despertarse o al no querer salir.

Suspiró.

El ser humano no era muy original matando.

Y él sabía bastante de eso.

La oficina del hombre de la cazadora azul se encontraba en la calle Leganitos y consistía en un recibidor con una secretaria mal vestida y en su propio despacho.

La cazadora azul se encontraba sobre el respaldo de la silla y el hombre mostraba unos brazos flacos y pálidos.

Bebieron café aguado, frío, y el hombre del traje blanco de lino escuchó con atención lo que le decía el otro:

-…hablaron de un atentado de ETA, de forma vaga, eso sí. Nunca son tan tontos, por supuesto. A mi entender, el eslabón falló por el lado más débil, por Rafi Escobedo… Pero hay más, quizás algo que usted aún no sepa. El mismo día 8 de abril, cuando Rafi es detenido, el administrador de los marqueses, Diego Martínez Herrera acude a la agencia de viajes Helmar S.A. y pide un billete a Londres para el día siguiente, a cobrar a la empresa Shock S.A., cuyos propietarios son Miriam de la Sierra y su amante americano Richard Dennis. Ellos negaron siempre que tuvieran algo que ver con ese viaje. Jamás y, fíjese bien, jamás Diego Martínez Herrera ha podido justificar la causa de ese viaje precipitado el mismo día que Rafi es detenido. Durante el juicio dijo que había ido como intermediario para vender los hoteles Ritz y Palace, pero eso era falso y tan burdo que mueve a risa.

El hombre del traje blanco no movió un músculo. Aquello, evidentemente, no le producía ninguna risa.

-Hay más. Javier Anastasio también viajó a Londres, vía Lisboa, el mismo día. El pretexto, según declaró en su día, fue ver a su novia azafata.

-¿Me está hablando en serio?

-Por supuesto. Y todavía hay más. Un compañero mío… quiero decir, un antiguo compañero, acude después a la filial del Banco Urquijo en Londres y pide comprobar la entrada o salida de dinero durante esos días de la cuenta de la familia. Se lo niegan. Aparte del secreto bancario, la sociedad es mixta y hay súbditos británicos. Hace falta una rogatoria de las autoridades españolas. Rogatoria que los jueces desestiman, aduciendo que no hace falta. Ya tienen culpable: Rafi Escobedo.

-¿Alguien sacó dinero de la cuenta familiar del Banco Urquijo?

-Mi compañero averiguó, extraoficialmente, claro, que habían sacado dinero.

Ahora, el hombre vestido de blanco sonrió.

-Estuvisteis muy cerca.

-Sí, muy cerca. Casi rozándolo con los dedos. Sobre todo José Romero Tamaral, entonces estudiante de Derecho e inspector de segunda.

-¿Qué más se sabe sobre el administrador?

-Sabíamos bastante, entonces. Ahora creo que vive en Cádiz, dedicado a los negocios. ¿Sabe que el tacaño marqués le pagaba cincuenta mil pesetas al mes? -el de blanco negó con la cabeza- ¿Y qué era, además de administrador, casi criado del marqués? ¿Y que lo trataba de forma despectiva? ¿Y que entre el servicio se sospechaba que lo iban a despedir?

-Curioso.

-Y más curioso todavía. El día en que aparecieron muertos los marqueses, después de los preliminares judiciales y antes de llevarlos a la autopsia, como es preceptivo, el administrador en unión de la enfermera de la marquesa, lavan los cadáveres y los peinan y los ponen guapos. Resultado, la autopsia resulta incompleta.

El hombre vestido de blanco comenzó a reírse de nuevo. Primero se le agitó el corpachón, después fueron carcajadas casi alegres, como si le hubiesen contado un chiste.

-¿Y no viaja nadie más? ¿Nadie desaparece? -el hombre del traje blanco se calmó-. Cada vez estoy más seguro de que dentro de ese chalet había cuatro personas, una de ellas mujer. Quizás cinco.

-No cabe duda que Rafi Escobedo estuvo dentro. Javier Anastasio está procesado en el verano de 1983 como coautor del asesinato. En 1987 huyó del país, aprovechando unas vacaciones carcelarias, y ahora se encuentra en Brasil. Ya tenemos a dos que estuvieron dentro del chalet aquella madrugada de julio a agosto de 1980. Faltan dos personas más. Un hombre y una mujer.

-No es difícil -dijo el hombre del traje blanco con voz fatigada-. Tenemos el móvil, tenemos el cerebro inductor y a cada uno de los asesinos. ¿Por qué no se los detuvo?

El otro tuvo un gesto de desagrado que no pasó inadvertido para el hombre del traje blanco.

-Lo sabíamos desde los primeros días de la investigación, se lo prometo. Pero no pudimos hacer nada.

-Comprendo. ¿Investigaron la amistad entre Rafi Escobedo y Juanito de la Sierra?

– Con todo detalle, pero déjeme decirle algo antes. Los casquillos que son entregados en el Juzgado, como prueba, desaparecen, son robados. La pistola, que es encontrada en el Pantano de San Juan por un bañista, desaparece del Ayuntamiento de Pelayos de la Presa y nadie sabe dónde está. Pero hay más, el mismo día en que son asesinados los marqueses, Diego Martínez Herrera y Juanito de la Sierra, abren la caja de caudales del difunto marqués y queman papeles y documentos. Nos avisa el mayordomo y nos personamos en Somosaguas. Efectivamente, han quemado papeles, la caja fuerte está vacía, pero nos responden que eran papeles sin importancia. De igual manera, Juanito de la Sierra echa a la basura catorce casquillos del 22 que había en la casa. El mayordomo coge algunos y los lleva a la policía, pero estos casquillos se pierden también inexplicablemente. Cuando le preguntamos al nuevo marqués de Urquijo sobre estos casquillos, tampoco negó su existencia, sólo que no tenían importancia.

-¿Es cierto que Juan y Rafi viajaron a los Alpes a esquiar en diciembre de 1980?

-Sí, durante una excursión organizada por el hermano de Rafi. Pero antes, lo hicieron a Segovia. En realidad, Rafi y Juan eran muy amigos y el primero entraba y salía de la casa con gran facilidad. Todo el servicio de la mansión Urquijo sabe que dormía allí y que frecuentemente en la misma cama. Hasta los primeros días de abril de 1981, Juan de la Sierra y Miriam no empiezan a recordar que Rafi odiaba a los marqueses. Hasta entonces era un buen chico.

-Bien, hablemos ahora de la herencia -el hombre del traje blanco sacó un pequeño cuaderno y un bolígrafo y se dispuso a esperar.

El otro se sentía visiblemente satisfecho.

-Apunte -dijo-. El patrimonio de una de las más importantes familias aristocráticas financieras del país, ascendía a 83.295.094 millones de pesetas, lo que no deja de ser una burla, ¿no cree? A cada hermano le tocó la mitad. Como partidas más llamativas de ese patrimonio destacan cuarenta y siete millones ingresados en la cuenta del marqués en el Banco Urquijo, y las 69.517 acciones de ese banco, valoradas en 94 millones de pesetas, con lo que ya, de momento, las cuentas no salen. A todo esto hay que añadir gran número de inmuebles en Madrid, Tarragona y Llodio (Alava); los chalets de Somosaguas y de Sotogrande (Cádiz) y una flotilla compuesta por un Mercedes, tres Seat y una motocicleta de gran cilindrada.

-Inaudito.

-¿Verdad? Pero fíjese… el chalé de Somosaguas, con casi mil metros cuadrados de edificaciones y siete mil metros de jardín, aparece valorado en catorce millones de pesetas. Todos los muebles del chalet y enseres, son valorados en 600.000 pesetas. Y sigue la burla, el chalet de Sotogrande, de casi cuatro mil metros cuadrados de jardín, es valorado en ocho millones de pesetas… Y, por supuesto, faltan las conexiones internacionales… El marqués viajaba a Argentina, Singapur, Londres, Colombia y Panamá… El marqués fue director general de la Sociedad Aseguradora Mundial de Panamá S.A., vinculada al Banco Exterior de España. Su hijo, Juan de la Sierra, ya marqués de Urquijo, dejó esa compañía en junio de 1984 y vendió todas sus acciones.

-Sobre las actividades de la familia en el extranjero, nosotros sabemos bastante -dijo el hombre del traje blanco, y sonrió.

-Lo sé, discúlpeme… Pero si hubiésemos sabido con certeza lo de la cuenta de la familia Urquijo en Londres… lo único que sabemos es que se retiró dinero, pero no cuánto ni quién. Por otra parte, en noviembre de 1980, un poco antes de la participación de la herencia, Diego Martínez Herrera, Miriam de la Sierra y su hermano Juan van a Londres, ¿a qué? ¿Quizás a recoger el dinero de la cuenta? ¿De vacaciones?

-Una típica investigación policial mal hecha -dijo el hombre del traje blanco-. Obsesionados con el móvil del odio a los marqueses de un pobre tipo inestable, contradictorio y necesitado de afecto.

-Quizás… pero eso fue al principio. Le he traído esto… el informe policial de un amigo, que entrega al juez Román Puerta y que es desestimado. Observe la fecha.

El hombre del traje blanco lo hizo. La fecha era 23 de marzo de 1982. Y estaba recogido en el sumario 101/83 Especial.

«José Romero Tamaral, funcionario del Cuerpo Superior de Policía, titular del carnet profesional 11.150, adscrito a este Juzgado en relación con Sumario 101183 Especial, tiene el honor de participar a VI, lo siguiente:

Considerando importante destacar en este punto de la investigación lo que tienen manifestado los herederos de las víctimas y su administrador, a quienes Rafael Escobedo inculpa directamente en sus últimas declaraciones, se procedió a efectuar un examen retrospectivo de las de aquéllos, siendo objeto del presente informe las prestadas por Miriam, Juan y Diego en el Juzgado de Navalcarnero a los diez días de cometidos los crímenes.

Iniciando, pues, el análisis que la simple lectura de tales declaraciones sugiere, se advierte que, salvo matices, son idénticas en su contenido esencial, pues en ellas los tres refieren: que desconocen los motivos por los que se dio muerte a los marqueses, que éstos carecían de enemigos y de significación política, que no ejercían cargos ejecutivos en ninguna empresa, que no tenían problemas con el servicio, que el marqués estaba intranquilo por motivos de salud y unas supuestas amenazas de la organización terrorista ETA.

Recibidas, como cabe suponer, por separado y sin merma alguna de la espontaneidad, la primera afirmación que cabe hacer es que evidencian ser declaraciones preacordadas.

Incidiendo luego sobre el contenido de las respectivas actas, se observa:

1- Que los declarantes son personas a las que cabe suponerles, en principio, un gran interés en que prospere la investigación y, por su parte, sus declaraciones no tendrían otro sentido que aportar datos de interés a la misma.

Veamos, entonces, qué es lo que aportan: Miriam, el hecho de que unos convecinos hubiesen disparado sobre unas ratas; Miriam, Juan y Diego, las ya aludidas amenazas de ETA, con la particularidad de que difieren en la fuente de conocimiento de tales amenazas, que para Juan y Miriam es el difunto, padre de ambos, mientras que para Diego lo es el cura párroco de Llodio, quien hizo advertencias al difunto dos años atrás, según sus propias y respectivas aseveraciones. Diego, que el día 31 de se había marchado a las 7 de la tarde del chalet y que por la noche, hacia las 11.30 horas, dice que le llamó el marqués para decirle que comprara cuatro cartones de tabaco Winston blandos y también que no había pagado al ebanista; que después se puso la marquesa para comunicarle que al día siguiente por la mañana llevarían unas alfombras desde el chalet a las oficinas de Miriam.

2- Que hay una proximidad en el tiempo, por lo que los declarantes deben tener muy presente el hostil ambiente familiar y la problemática en torno al matrimonio de la heredera con Escobedo y las amenazas de éste para con las víctimas proferidas ante ella tres o cuatro días ante de los crímenes, esto es, trece o catorce ante de las declaraciones.

Nada de esto expresan los tres declarantes que, antes bien, tratan de restarle importancia, llegando Miriam a decir: “Que después la manifestante consiguió que las relaciones fueran más cordiales a raíz del matrimonio”, como consta en su declaración. Tan cordiales que ahora se sabe cómo terminaron. Y Juan, en la suya, que: “Rafael, aunque buen chico, no quería trabajar ni estudiar, ni tenía carrera”.

Nada sospechoso en suma. Todo lo cual permite hacer una segunda afirmación: silencian deliberadamente extremos de gravedad e importancia.

Las “aportaciones” referidas en el punto 1.- Susceptibles de comprobación lo han sido y el resultado de ésta viene a demostrar que los disparos contra las ratas por unos convecinos, que es dudoso que Miriam oyera esto de boca del vigilante jurado al que alude y que no concedió importancia alguna al asunto del que cabe decir que como aporte a la investigación es algo impropio, el hecho en sí y lo que sugiere, de una persona de mediana inteligencia y sin que menester sea referirse a la de la declarante, se ve claro que no es de la del caso; en lo que concierne a las supuestas amenazas terroristas, se ignora si el difunto marqués dijo, o no, a sus herederos que existieran, pues no es comprobable, pero en cuanto a las advertencias del cura párroco de Llodio, en que las concreta el administrador, queda claro que no existieron tales advertencias ni, por ende, las amenazas a la vista de lo que informa la Comisaría Provincial de Vitoria, de la que se recabaron gestiones telefónicas.

Y en cuanto la supuesta llamada a las 11.30 horas, que Diego Martínez Herrera declaró haber recibido del finado marqués para, según él, encargarle la compra de unos cartones tabaco Winston y recordarle que pagara ebanista, la comprobación efectuada alcanza a demostrar que al ebanista no se adeudaba nada, y, por tanto, nada había que abonarle. Eso al menos al ebanista que como tal se le conocía en el chalet y que siempre, antes y después de los crímenes, hizo todos cuantos trabajos de su especialidad se le requirieron.

Cabe hacer otras consideraciones respecto de la misma llamada, tales como que no es razonable en absoluto que el extinto marqués le encargase a tales horas tabaco, si había de verle por la mañana como el declarante pretende aparentar y, a la postre, que sepa, tampoco cumplió el encargo; que tampoco lo es el que el marqués lo llamase a las 11 horas si como declaró Florentina, la sirvienta dominicana (véase folio 9 del Sumario 133/81) los marqueses cenaron sobre las diez y como a las once menos cuarto se subieron a acostar, y el administrador había estado hasta las siete de la tarde como él mismo declara. Y que en sucesivas declaraciones insiste, de modo espontáneo, en el hecho de la llamada como si fuera algo esencial pero ya en alguna posterior cambia el orden, diciendo que primero habló con la marquesa y luego con el marqués y añade contenidos a la presunta conversación telefónica. Por todo ello es claro […] que al declarar su existencia pretende hacer creer que estaba en Madrid con conocimiento del marqués y alejar toda sospecha sobre su prevista ausencia.

En la medida que no es razonable que herederos y administrador ocultasen lo grave e importante y dieran lo vano, lo fútil y lo falso, siendo ajenos a los crímenes, cabe afirmar, como conclusión, que no lo son y su propósito era desorientar la investigación, lo que, al parecer, consiguieron a lo largo de ocho meses.

Con los fines de comprobación ya dichos se han recibido, entre otras, dos actas de declaración de sendos vigilantes jurados de la empresa de Transportes Blindados, que tenían contratado el servicio de seguridad para ocho chalets de Somosaguas con el Banco Urquijo siendo aquéllos propiedad de personalidades de éste y entre los cuales se encontraba el de las víctimas y escenario de los hechos que se investigan.

De tales declaraciones y de las demás gestiones practicadas, merece resaltar, a juicio del informante:

a) Que Diego Martínez Herrera se interesaba por la identidad y movimiento de los vigilantes jurados más que ninguna otra persona en la colonia, antes de los asesinatos. El contrato cubría vigilancia a los chalets protegidos día y noche, con rondas periódicas de una hora efectuadas por dos vigilantes para detectar cualquier anomalía exterior del edificio. Tras los crímenes no se formuló ni una mera queja verbal por los herederos ni por el administrador a la vista de la ineficacia de los servicios contratados que ni impidieron los graves hechos ni nada útil a la investigación en la noche de autos.

b) Que al parecer Diego Martínez Herrera posee una pistola de pequeño tamaño 7,65, de la que se ignora si es poseída lícitamente o no.

c) Que Juan y Diego, tras la muerte de los marqueses, adquirieron y legalizaron sendos revólveres calibre 38 con los que han estado practicando en la galería de tiro de Transportes Blindados, en fecha 18-11-1980. Cabe preguntarse para qué, si ya poseían antes armas de fuego, pues según consta en el Sumario 133/81, había dos pistolas, tres escopetas y un rifle en el chalé, armas que actualmente figuran a nombre de Juan de la Sierra y que se detallan en relación que se adjunta. Sólo aparentar necesidad de defenderse, simular, pudo llevarles a adquirir revólveres y hacer prácticas de tiro con ellos.

d) Un hecho nuevo para las actividades sumariales: el hallazgo en un cubo de basura del chalé y a los tres o cuatro días de los luctuosos hechos, de una docena, aproximadamente, de casquillos del calibre 22, que había arrojado allí Juan de la Sierra.

Del hallazgo de los mismos conocía el actuante, informado verbalmente por Vicente Díaz Romero y un periodista de El Caso, si bien no existía constancia documental de su existencia.

El informante ignora la procedencia y destino que se haya dado a tales casquillos pero, desde luego, está claro que son la evidencia del uso de un arma del calibre 22 y que arrojarlos a la basura en fechas tan próximas a los crímenes no parece sino tratar de hacer desaparecer algo relacionado con ellos, habida cuenta de que Rafael Escobedo dijo haber vendido el arma a Juan de la Sierra antes de la consumación de los hechos, lo que pese a ser desmentido por éste no está aún clarificado, y más tratándose del propio heredero -licenciado en Derecho-, quien, según parece, los arrojó allí.

No menos extraño resulta que si entregados a la policía, como tiene oído actuante de distintas personas, ni siquiera extendiera un acta reflejando su recepción ni se remitieran al Laboratorio de Balística Forense -por donde nunca pasaron- a efectos de la oportuna pericia, como el más inexperto funcionario se le alcanza.

De este hecho, doblemente extraño y difícil de explicar no queda, por el momento, sino afirmar que está claro que tales casquillos no son de la pistola detonadora Rohn 8 mm que tan presurosamente aportó el heredero ante las acusaciones de Rafael Escobedo y de la que, curiosamente, el informante no conocía ni su existencia -también esto se hurtó a la investigación- ni qué grato recuerdo motivaría a su adquiriente para conservarla tan fácilmente localizable.

El hombre del traje blanco hizo una pausa en la lectura del informe policial y volvió a repasar la fecha: marzo de 1982 y volvió a suspirar. Si el juez no hubiera desestimado esa línea de actuación, el caso Urquijo hubiera podido dar un vuelco espectacular.»

Consultó papeles un buen rato hasta que encontró lo que quería.

«Después del entierro de los marqueses, las asistentas de la mansión, con permiso de la policía, limpiaron de sangre los dormitorios de los marqueses. Una de las mujeres encontró a los pies de la cama un lazo negro, de mujer, que entregó al mayordomo, Vicente Díaz Romero.

Este llamó al inspector, Luis Aguirre Duro, jefe del Grupo IX de la Policía Judicial, que encabezaba las investigaciones por aquel entonces. En presencia de Miriam de la Sierra, le tendió el lazo y le dijo:

-Mire lo que hemos encontrado, señor inspector.

Miriam tomó el lazo y contestó. -Es de mi madre.

-¿Cómo lo sabe usted, señorita Miriam? -le preguntó el mayordomo-. Usted no estuvo allí la noche en que ocurrió.

Miriam ha negado siempre la existencia de ese lazo, e, incluso , de aquella conversación.»

El hombre del traje blanco continuó buscando entre los papeles.

Encontró otro, más curioso todavía.

«El mayordomo, Vicente Díaz Romero, llevó los casquillos encontrados a las dependencias policiales, entregándoselos a Luis Aguirre Duro, el jefe del Grupo IX. Pero antes le entregó uno al redactor jefe de El Caso, Carlos Aguilera, que lo perdió, según manifestó al policía José Romero Tamaral, autor del informe al juez.

El inspector Aguirre le dijo que tales casquillos no servían, eran del calibre 7,65. Sin embargo, ése era el calibre de la pistola que poseía el administrador.

Pero los casquillos eran del calibre 22, o posteriormente admitió Juan de la Sierra en una entrevista televisiva, en 1988.

-Eran unos casquillos del 22 -dijo Juan de la Sierra- que yo guardaba desde tenía once o doce años. Un día en el campo los recogí, junto con mi amigo Enrique de la Cierva, de una persona que hacía prácticas de tiro. Era la típica cosa que recuerda un niño.»

El hombre del traje blanco se echó hacia atrás en la silla. Se le había hecho, otra de noche repasando los papeles y documentos del caso Urquijo. ¿Por qué Juan de la Sierra no le dijo eso al inspector José Romero Tamaral en 1982?

¿Por qué esperó a 1988 para decirlo?

El hombre del traje blanco se levantó de silla y paseó por la habitación. Quizás ahora comprendía cómo el inspector José Tamaral abandonó la policía y se dedicó a la abogacía. Era comprensible. De pronto se detuvo. Había habido otra negligencia policial que se le había pasado.

Volvió a los papeles y se puso a buscar. Por fin lo encontró.

Era una fotocopia del libro de Mauricio López-Roberts, titulado Las malas compañías, página 277, que tiene un párrafo de la edición final y que dice así: «A mediados de septiembre de 1981 Mauricio López-Roberts se persona voluntariamente a ver al inspector Cayetano Cordero (jefe del Grupo V de la Policía Judicial, añadido a la investigación) en la Dirección General de Seguridad. El reloj de la Puerta del Sol acababa de dar, como el poema de Lorca, las cinco en punto la tarde. Mauricio y Javier Anastasio habían estado hablando días antes del que nos está volviendo locos. Estaban hartos, Javier estaba caliente pero todavía no quería reventar. Mauricio, en cambio, reventó y aprovechó el momento psicológico de Anastasio, inundado de indecisión, para acercarse a las dependencias policiales y permanecer cuatro horas y media dialogando con el mencionado inspector.

Hizo las mismas declaraciones que posteriormente haría en el juzgado de Plaza Castilla, sólo que en esta primera ocasión le fueron rotas y devueltas por las manos de Cayetano Cordero, quien alegó que iba a resultar sumamente difícil demostrar los hechos que en ellas se contenían y que, además, vista la honestidad del comportamiento voluntario de López-Roberts, era mejor romperlas para no meterlo en un lío. Las declaraciones aludidas que Mauricio guarda pegadas con celo, le fueron reembolsadas unos diez días después.»

Mauricio López-Roberts, marqués de Torrehermosa, con estudios de perito agrónomo sin terminar y de Veterinaria, experto en armas, fue amigo de Rafi Escobedo, Anastasio y conocido de Juan de la Sierra. Contaba cuarenta y seis años -recordó el hombre del traje blanco- y fue involucrado en la fabricación y distribución de silenciadores que, al parecer, distribuía para los grupos de extrema derecha y parapoliciales durante la transición.

El 7 de octubre de 1983, Mauricio Lopez-Roberts declara lo siguiente en el juzgado de Plaza de Castilla:

«…por razón de su amistad con Rafael Escobedo tuvo algunas confidencias del mismo sobre la muerte de sus suegros, manifestándole en alguna ocasión que cuando los matamos, sin que dijera quiénes fueron, salvo que le comentó que había estado Javier Anastasio con ellos, y que Javier se había quemado en un brazo el día de autos, que a la suegra la habían matado por error y que al dispararle al cuello cuando tenía la cabeza girada, surgió un chorro de sangre; que en la comisión de los hechos utilizaron una pistola propiedad del padre de Rafael; que la pistola envuelta en trapos la tiró en el pantano de San Juan; el declarante deduce que el autor de los disparos no precisaba ser ningún experto en armas. Sobre las otras personas, sólo sabe lo que le dijo Rafael, que habían estado él y Javier y que eran cuatro personas.»

El 13 de octubre de 1983, José Romero Tamaral detuvo a Javier Anastasio como coautor del crimen de los Urquijo, en el mismo sumario en el que aparece Mauricio López-Roberts como encubridor.

Este juicio nunca se llegó a celebrar. El 30 de diciembre de 1987, Javier Anastasio consigue unas vacaciones de la cárcel por las fiestas navideñas y sale del país. En estos momentos se encuentra en Brasil.

El 27 de julio de 1988, Rafael Escobedo se suicidó en la celda número cuatro de Penal de El Dueso, en circunstancias más que extrañas.

El hombre del traje blanco continuó leyendo el informe que el policía José Romero Tamaral envió al juez Román Puerta en marzo de 1982.

«e) La relación de Juan de la Sierra con Javier Anastasio y con otros amigos, en especial con Rafael Escobedo, así como las visitas nocturnas de éste son cosas distintas de lo que aquél viene pretendiendo aparentar.

f) Ángel López Navarro (guarda jurado de la urbanización) abunda en la prevista ausencia de Diego Martínez Herrera, que sorprendió también al chófer de la familia Antonio Chapinal, al verlo acudir por la mañana del 1 de agosto de 1980.»

El hombre del traje blanco se detuvo. Diego Martínez Herrera tenía que ir al chalet de Sotogrande (Cádiz) precediendo a los marqueses. Y, sin embargo, no fue. Se personó en Somosaguas, en la mañana del crimen al ser llamado por el servicio.

También refiere la llegada de Diego Martínez Herrera al chalet acompañado de un mecánico -no del chófer- vistiendo camisa negra y con vendajes en un brazo, los rumores de su despido que existían en chalet; la quema de documentos y en especial de pasaportes de los difuntos (a través de los cuales se podrían conocer los países visitados y localizar, tal vez, actividades mercantiles); el incremento de su poder en el chalet, con los hijos y la utilización por el repetido administrador de un vehículo de la casa, el Seat 128 (este automóvil, de matrícula M-3959-BY, color azul, propiedad de Miriam de la Sierra, fue puesto a la venta por el propio administrador en el “Taller Coiduras”, propiedad de Emilio Coidur sito en la calle Divina Pastora, 31, de Fuencarral insertándose anuncios en el diario Ya de fecha 12 y 13 de julio de 1981, en los que se facilitaba el teléfono: 766 02 90.

g) Respecto al viaje realizado por Diego Herrera a Londres, en términos de precipitada fuga, y que hizo a cargo de la entidad Shock, se ha consultado a personas que trabajaron para Miriam y Richard, las cuales desmienten a estos manifestándose en el sentido de que jamás cargaron a Shock el importe de viajes particulares, por razones de trabajo, y a descontar de su nómina puesto que, entre otras circunstancias no había nómina, se cobraba por recibo y la situación económica de la empresa era bastante precaria. No obstante, por temor, eludieron prestar declaración escrita.

h) Por gestiones solicitadas al Grupo de Policía Judicial de la Comisaría de la Línea (Cádiz) se ha tenido conocimiento de que el tan repetido administrador viajó a Sotogrande el 3 de agosto de 1980 para despedir a los guardeses del chalet de esa urbanización, propiedad de los marqueses difuntos. Los guardeses son, según los informes, un matrimonio de escasa inteligencia por razones de edad y problemas psíquicos, cuyo testimonio es de escaso valor a los fines de la investigación, si bien parece cierto, como manifiestan, que fueron despedidos injustificadamente diciéndoseles que iban a cerrar e1 chalet, pues a mediados del mismo mes se contrató a nuevos guardeses.

Se ignora, por otra parte, el medio por el que se desplazó a la indicada urbanización en la provincia de Cádiz, en la aludida fecha, y el que había de utilizar en el desplazamiento en que debió preceder a los marqueses. No obstante, se advierte un hecho contradictorio respecto a ello: en el acta de declaración prestada en fecha 11-5-81 en la Regional de Policía Judicial, Diego Martínez Herrera dijo que tendría que ir “en el tren”, según puede leerse en el párrafo cuarto del folio dos de la expresa declaración (que obra al folio 289 del Sumario 133/81) y el mismo folio vuelto, que fue a “una agencia de viajes para contratar los servicios de “coche-cama y autoexpress”. Siendo esto así, claro que no iba a utilizar el coche propio. Y, sin embargo, lo llevó previamente al taller “Ferpe”, sito en la Estación de Pozuelo Alarcón, especialista en Seat, en fecha 30 de julio y lo recogió en la mañana del día de autos.

Sólo una avería de importancia y urgente justificaría lo último, habida cuenta de que no iba a usarlo. Pero examinando la orden de reparación cuya xerocopia se adjunta y que facilitaron el propio taller mecánico así como información complementaria, resulta que lo llevó para “Revisión general del coche. Aceite. Filtros” cuando marcaba el contador de su vehículo Seat 127 M-9701-CJ exactamente 42.711 km, con fecha de entrada en taller, “30-7-80” y de salida “31- 7-80”, pero avisado el propietario por teléfono, lo recogió la mañana del día 1 de agosto de 1980.

Aquí no se ve mayor utilidad, en consecuencia, que evidenciar que su coche no pudo ser utilizado la noche de autos, de una parte, y, de otra, ocultar el incumplimiento de su salida para Sotogrande según le encomendara el marqués y que ya no podría desmentir.

Tras lo expuesto sólo resta añadir que se une Nota Informativa “Sobre la posible implicación de Juan de la Sierra Urquijo en la muerte de sus padres, los señores marqueses de Urquijo” que se emitió en fecha 23 de marzo de 1982 y que examinada por V.I. y por el Ministerio Fiscal se ordenó al actuante, dado lo inconsistente de la misma -meras sospechas- reservar para mejor ocasión. Y entendiendo el actuante que pudiera servir ahora para contrastar las antiguas sospechas, confirmadas unas, acrecentadas otras y soslayadas también algunas de ellas a la luz de lo que hoy se conoce y, ante todo, evidenciar que las recientes declaraciones de Rafael Escobedo bien pudiera ser mezcla de verdad y falsedad, que las personas que inculpa ahora, antes protegía, ya fueron objeto de atención la investigación, sin que hayan dejado de serlo y que la misma ha sido unidireccional en resultados pese a las ingentes averiguaciones practicadas que siempre conducen a las mismas personas.

Y, significar, por último, que las mayores trabas a la investigación surgen, aparte de enorme dificultad de prueba que la autoría moral en los hechos delictivos entraña -y en esa categoría encajarían las expresiones reveladas por Escobedo al sacerdote Galera, de… “me han utilizado”…- de las querellas por calumnias y por injurias de herederos y administrador, que más preocupados de lavados de imagen en hilarantes apariciones en la televisión o lucrativas en revistas, nunca aportaron un ápice a la investigación, y que por el ejercicio de aquellas acciones enmudecen a testigos, caso de Vicente Díaz Romero, procesado y en libertad condicional bajo fianza de medio millón de pesetas, intimidan a los que pudieran ser testigos y alertan, en general, contra cualquier vocación de justicia, del señorío del poder y del dinero.»

Unos golpes sonaron en la puerta de la habitación y el hombre del traje blanco se puso tenso.

-¿Quién? -preguntó.

-Telegrama para usted -dijo una voz. El hombre del traje blanco consultó la hora en su reloj de pulsera y sonrió con un mueca. De la funda sobaquera que no le deformaba la chaqueta de lino, extrajo una Beretta Parabelum, negra y reluciente.

-Enseguida voy -gritó, dirigiéndose hacia la puerta.


¿Quiénes mataron a los marqueses de Urquijo?

Mariano Sánchez Soler – Los crímenes de la democracia

Introducción: Bisagra de sangre

En 1980, enterraron los restos del rey Alfonso XIII en El Escorial, los autores de la matanza de Atocha fueron condenados a quinientos años de cárcel, el ejército guatemalteco asaltó la embajada española en aquel país matando a 37 personas, los camiones españoles cargados de fruta eran volcados en la frontera francesa y el País Vasco vivía una nueva oleada de violencia veraniega.

Pero la auténtica convulsión, el estallido popular, llegó con la muerte violenta de los marqueses de Urquijo, unos nobles de vida gris y apellidos bancarios. Mientras la olimpiada de Moscú discurría boicoteada por Estados Unidos, María Lourdes Urquijo Morenés y Manuel de la Sierra Torres fueron asesinados en sus propios lechos durante la madrugada del primero de agosto. La tinta y la sangre han discurrido parejas desde entonces, sin que el misterio haya sido resuelto.

Desde 1975, los nobles y los ricos -siempre vinculados al poder- habían saltado a la opinión pública para protagonizar bodas, bautizos y comuniones; rituales realizados impunemente en una atmósfera inalcanzable para las masas populares, que ni siquiera podían erigirse en convidados de piedra. También, en raras ocasiones, empresarios y banqueros de élite servían para ser secuestrados por ETA o los GRAPO.

Ahora, el insólito crimen despertaba nuevas pasiones, mostraba a dos Grandes de España muertos en sus camas, y ponía a los ojos del mundo los muebles, la piscina cubierta, sus relaciones íntimas… Más en el deseo popular que en la realidad, un entramado de oscuros intereses era destilado por los protagonistas -todos sospechosos- de tan luctuoso suceso. Juan, Myriam, Rafi, Dick el americano, el mayordomo amanerado, el administrador omnipresente, la cocinera negra… Y con ellos, relaciones matrimoniales truncadas, amancebamientos mal vistos por la moral oficial, ventas de perfumes multinacionales, juergas homosexuales en el lugar del crimen, el poder de la gran banca, cazadores por doquier, negocios sucios, personas de alcurnia portándose como barriobajeros… Y dos cadáveres ejecutados con frialdad profesional.

El caso Urquijo ha sido el crimen del siglo porque los señoritos -habría que ponerlo con mayúsculas-, por primera vez en la historia de España, han sido expuestos en una vitrina, destripados sin miramientos y, cómo no, juzgados por los tribunales del cuarto de estar, de las peluquerías y las oficinas.

Sin ninguna significación política, el crimen de los marqueses de Urquijo es el quicio, la bisagra de una puerta criminal que se abrió en 1975, cuando la política se manchaba casi siempre de sangre, y que se cierra diez años después con la hegemonía del crimen pasional, en una cama de adulterios, parricidios, incestos y herencias por cobrar.

El asesinato de los Urquijo significa quizás un extraño meridiano (una buena materia de estudio para sociólogos e historiadores de la cultura de masas) que, en cualquier caso, deja patente el odio ancestral que sobrevive en nuestro subconsciente ante personajes que han sido, a lo largo de los siglos, dueños de vidas y haciendas. Por eso, un jurado popular habría absuelto a Rafael Escobedo, al endeble Rafi, y hubiera afilado sus uñas hacia los herederos.

Como escribió Conan Doyle: «Amigo Watson, el criminal es aquél a quien beneficia el crimen.» También lo dice el Derecho Romano, que es mucho más antiguo. Y Escobedo ha sido, hasta su muerte polémica, el gran oficiante de un curioso carnaval; el verdugo y la víctima postrera del caso Urquijo. ¿Mató Rafi a sus suegros, los marqueses de Urquijo? ¿Quiénes le acompañaron aquella noche en el lugar del crimen? ¿Quién disparó? ¿A quién beneficia la muerte? ¿Por qué fueron asesinados? Los hechos, no obstante, ocurrieron como relato con el máximo detalle en las páginas siguientes. Aquí está toda la verdad del caso Urquijo. Pasen y lean.

Noche de licántropos

El jueves 31 de julio de 1980, Rafael Escobedo Alday, de 26 años, almorzó con su íntimo amigo Javier Anastasio de Espona, dos años menor que él. Fueron al buffet de El Corte Inglés porque les habían asegurado que por seiscientas pesetas podrían comer cuanto quisieran. Ninguno de los dos se dedicaba a nada especial. Rafi había abandonado la carrera de Derecho y Anastasio decía ser fotógrafo porque había vendido un reportaje sobre Filipinas a una revista. Pasadas las cuatro de la tarde, ambos se marcharon a la casa de Anastasio, en la calle madrileña de José Abascal. La familia de Javier había salido ese día de vacaciones y el amplio piso estaba vacío. Oyeron música, charlaron un rato y durmieron juntos la siesta.

A las siete de la tarde, los dos jóvenes, a bordo de un Seat 1430 tipo ranchera, matrícula M-0801-AS, emprendieron su última juerga de verano. En El Chascarrillo, un pub del barrio de Salamanca, Rafi hablaba sin parar, estaba muy animado y explicaba a su amigo sus proyectos más inmediatos entre los que destacaba su intención de montar un bar. Allí se les unió José Juan Hernández Valverde, el Sastre, que también conocía al hijo de los marqueses de Urquijo, Juan de la Sierra, un joven apocado de 22 años que aquel día se encontraba en Londres. Según algunos testimonios, en la relación de los cuatro no faltaban ciertas dosis de sexo.

Tomaron gin-tonics, algunos «benjamines» de champán y cenaron en el restaurante El Espejo. Después, de nuevo en El Chascarrillo, prosiguieron las copas rodeados de otras compañías ocasionales como José Ramón Horta.

A las doce y media, Hernández Valverde dejó solos a Rafi y Anastasio, que estuvieron en el pub Mil Noches, también llamado El Moro, hasta las dos de la madrugada aproximadamente, cuando Javier Anastasio aparcó el Seat 1430 ranchera, que le había prestado una tía suya, frente al domicilio de los padres de Rafael, en el paseo de la Castellana, número 77, donde Escobedo vivía desde que, en diciembre último, se separara definitivamente de su mujer, Myriam de la Sierra Urquijo. (Todos los testimonios de Rafael Escobedo Alday y de Javier Anastasio coinciden hasta este punto, tanto en el sumario 133/81 ESPECIAL, como en el 101/83 ESPECIAL.)

Lo que después ocurrió ya forma parte del «rompecabezas» Urquijo, un puzzle en el que las piezas siguen sin encajar tras casi una década.

Escobedo pulsó el timbre del portal. No tenía llaves y todos dormían en la casa. Su hermano Alberto, de 23 años, le abrió la puerta semidormido. «Después de oír el telefonillo y el timbre -declaró (23 de mayo de 1981, recogida en el folio 270 del sumario 133/81)-, abrí a mi hermano Rafael; eran pasadas las dos y media. Le regañé, lógicamente, por haberme despertado y vi cómo Rafael se iba a su cuarto y comenzaba a desnudarse.»

Sin embargo, el yerno de los marqueses de Urquijo, sigilosamente, cogió una bolsa de deporte que contenía un soplete con bombona de butano, un martillo, esparadrapo y una pistola Star del calibre 22 que su padre, el abogado Miguel Escobedo Gómez-Martín, poseía sin licencia. Supuestamente, el día anterior Rafi lo tenía preparado todo; incluso había comprado los utensilios en unos grandes almacenes.

En menos de veinte minutos, por unas calles y carreteras sin tráfico, el coche de Anastasio llegó hasta Somosaguas, la zona residencial más lujosa de Madrid, junto al pulmón de la Casa de Campo. Aparcó el vehículo en las inmediaciones del chalé número 27 del Camino Viejo de Húmera. Las confesiones de Javier así lo afirman.

Ernesto Anastasio, padre del «transportista», ha relatado la conversación mantenida entre su hijo y Escobedo: «Rafi le dijo a Javier que iba a Somosaguas porque había quedado allí con Juan. Mi hijo insistió. “Pero si Juan está en Londres”. Y Rafi añadió: “No, no, he quedado con Juan”.» Otro testimonio de Escobedo abunda en este sentido: «Me estaban esperando dentro del chalé -dijo a la Policía al ser detenido-. Eran tres, y entre ellos una mujer pero no os diré sus nombres.»

Sobre las tres de la madrugada, Escobedo, quizás acompañado por Anastasio y «presumiblemente en compañía de otras personas, penetró en el chalé; tras romper la puerta de cristal de la piscina cubierta y abrir un agujero en otra puerta, ésta de madera, utilizando para ello un soplete con bombona de butano» . Para que el cristal no cayera al suelo hecho añicos colocaron un trozo de esparadrapo que impidió el crack de los vidrios al romperse. El caniche Boli, medio ciego y tonto, no ladró. Cuando fundieron la madera de la puerta no les importó dejar cenizas y tres huellas que jamás fueron descifradas.

Los asesinos lo tenían todo muy bien pensado y conocían las dos plantas del chalé a la perfección, con sus habitaciones y sus recovecos. La única persona de la servidumbre que dormía aquella noche allí era la cocinera de raza negra Florentina Dishmey Barrett, cuya habitación estaba situada justo debajo de la ocupada por la marquesa.

Una vez dentro de la casa, «solo o en unión de otros, Rafi marchó directamente al cuarto donde dormía su suegro, alumbrándole en la oscuridad con una linterna, a quien disparó mientras dormía un tiro en la nuca.» Los asesinos conocían las costumbres de Manuel de la Sierra. Sabían que por padecer insomnio, taponaba sus oídos con aislantes acústicos de gran potencia, como los usados por los obreros en las grandes fábricas. También solía cubrirse los ojos con un antifaz como el que, en aquel instante, llevaba en la mano. Una huella de pólvora de tres centímetros chamuscó la nuca de Manuel de la Sierra. Su muerte fue instantánea. Pero un nuevo disparo accidental se alojó en el interior de un armario, a unos sesenta centímetros del suelo. Quizá los asesinos chocaron entre sí por la oscuridad, o no vieron la silla que solía estar junto a la cama interrumpiendo el paso. El ruido, sin duda, despertó a María Lourdes Urquijo, de sueño ligero, que dormía en la habitación contigua.

-¿Quién anda ahí? -fueron sus últimas palabras. (Confesión judicial de Rafael Escobedo, 9 de abril de 1981).

El pistolero abrió la puerta interior y, desde una distancia inferior a diez centímetros, le disparó un proyectil que le entró por la boca, rompiendo un diente, porque los labios de la marquesa estaban cerrados. El tiro no fue mortal de necesidad al no lesionar centros vitales. «Cuando recibió el impacto, la víctima debió sobresaltarse e incorporarse, momento en que recibió el segundo disparo, casi acto seguido y a cañón tocante; es decir, aplicando la boca del arma sobre el cuello de la víctima, lo que hizo que el disparo se efectuase de delante a atrás, de derecha a izquierda y de abajo a arriba, razón por la que el proyectil llegó desde el cuello a la cavidad craneal, rompiendo las vértebras, el agujero occipital, destruyendo el tronco cerebral y parte del hemisferio cerebral izquierdo, produciendo la muerte inmediata». Las salpicaduras de sangre tintaron la pared y un gran reguero se extendió por el suelo. Mientras la marquesa tragaba su propia sangre, había recibido el tiro de gracia, ejecutado de una manera técnica, y quedó desplomada en el lecho.

María Lourdes, que tenía la luz encendida, tampoco pudo accionar la alarma, cuyo botón se encontraba junto a la ventana, oculto por unas cortinas de color verde. Este dispositivo antirrobos iluminaba el jardín del chalé y hacía sonar una sirena audible a varios kilómetros. Los pulsadores estaban distribuidos por toda la casa.

La misma pistola del calibre 22 asesinó a los marqueses. Los proyectiles, que carecían de camisa, habían sido previamente estriados para que produjeran en las víctimas unas mayores lesiones óseas. «Estos disparos hablan del ánimo frío y profesionalizado del agresor o agresores, con auténtico ánimo homicida, ya que los disparos se produjeron hacía la cabeza de ambas víctimas y en situación de indefensión y sorpresa».

Nadie vio marcharse a los asesinos, pero dejaron su rastro. En el suelo, cuatro casquillos de bala -uno más de los que vio la comisión judicial de Navalcarnero en su primera inspección ocular- se esparcían despreocupadamente sin que ninguno de los agresores se molestara en llevárselos. El primero de ellos se encontraba en el pasillo de la habitación del marqués, otros dos daban la impresión de haber sido arrinconados con el pie; el cuarto estaba sobre la sábana que cubría a María Lourdes Urquijo.

Excepto la silla, todo se mantenía intacto y en su sitio: los intrusos no habían tocado las joyas ni el dinero; tampoco habían puesto sus dedos, quizás enguantados, sobre la abundante pinacoteca de los Urquijo ni sobre los documentos guardados en la caja fuerte. «El hecho se preparó y decidió con antelación, e indudablemente incluía la posibilidad de matar a otras personas, además del suegro, si fuera preciso.» (Sentencia número 215 de la Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Madrid, de 7 de julio de 1983).

Ningún ruido extraño, nada sospechoso. La calma reinaba en aquella calurosa noche de verano. El vigilante jurado Antonio Serrano no detectó nada anormal; recuerda que tres coches pasaron por el Camino Viejo de Húmera, pero ninguno se detuvo. Los guardas que custodiaban aquella zona de chalés no pudieron hacer su trabajo en las horas que rodean al crimen porque, según investigaciones policiales, se les estropeó el coche y tuvieron problemas con el embrague. Todas las condiciones estaban dadas para que los asesinos no hallaran tropiezos. Un cúmulo de supuestas coincidencias facilitaban el sangriento complot.

Aquella noche de licántropos, además de los marqueses asesinados, solo seis personas conocían que el chalé estaba prácticamente vacío: la cocinera Florentina Dishmey; el chófer Antonio Chapinal Canalejo, al servicio de los Urquijo desde 1971; el mayordomo Vicente Díaz Romero y su mujer, Sagrario; Myriam de la Sierra, que había comido aquel día con sus padres en Somosaguas y sabía que los criados se iban inesperadamente de viaje; y el administrador Diego Martínez Herrera, que -según sus propias palabras (Primera declaración de 11 de agosto de 1980, folio 51 del Sumario)- a las once y media de aquella noche criminal recibió una llamada telefónica del marqués «para decirle que comprara cuatro cartones de tabaco Winston blandos y que no había pagado al ebanista; que después se puso la marquesa al teléfono para comunicarle que al día siguiente llevarían unas alfombras desde el chalé a la oficina donde trabajaba su hija Myriam y que se pusiera en contacto con ella para decírselo».

Con todo, la ausencia de servidumbre pudo ser una coincidencia porque el doble asesinato podría haberse consumado con los sirvientes dentro. La pistola poseía silenciador y los asaltantes conocían muy bien el camino.

Casi cuarenta y ocho horas después de los crímenes, ocurrió uno de los pocos hechos probados y reconocidos por sus autores: Javier Anastasio de Espona se encargó de hacer desaparecer los utensilios empleados. Montado en el coche de su tía, Javier enfiló la carretera que conduce al pueblo de San Martín de Valdeiglesias. En el trayecto, pieza por pieza, Anastasio arrojó a la cuneta el esparadrapo, el martillo… La pistola Star acabó hundiéndose en el pantano de San Juan y, aunque fue recuperada y depositada en el ayuntamiento de Pelayos de la Presa, desapareció tan inexplicablemente como las demás pruebas materiales del crimen.

Levantamiento de cadáveres excelentes

Durante la madrugada del viernes 1 de agosto de 1980, el chalé número 27 del Camino Viejo de Húmera se convirtió en el «lugar del crimen». La única persona viva que durmió aquella noche allí, la cocinera dominicana Florentina Dishmey, no oyó «nada en absoluto» durante toda la noche. No escuchó los disparos y, sin embargo, pudo percibir antes de acostarse que el marqués de Urquijo telefoneaba a alguien al notar la marca del teléfono en el supletorio de la cocina. Eran las once y media.

Nueve horas más tarde, la cocinera se levantó y preparó el desayuno para el servicio. Le sorprendió no ver a la marquesa María Lourdes, Marieta, haciendo footing como acostumbraba todas las mañanas. A las nueve y diez, Florentina, el chófer Antonio Chapinal y la asistenta Paula Concejal Díaz desayunaron como siempre. Los marqueses no daban señales de vida; se extrañaron. Solían servirles el desayuno a las diez y resultaba insólita semejante calma.

Cuando Paula quiso airear los salones, encontró la puerta que comunica con la piscina abierta y quemada. Asustada, halló también la puerta cristalera de la piscina con un agujero grande y vidrios rotos en el suelo. Corrió hacía el chófer Antonio, un hombre de ademanes bruscos, quien al comprobarlo exclamó:

-¡Anda, la puerta que da a la piscina está rota!

-No bromees -respondió la cocinera con su cadencioso acento latinoamericano-, siempre estás bromeando.

-A los marqueses, o los han raptado o los han matado -dijo el chófer tomando en sus manos el teléfono interior. Los patrones no respondieron a sus llamadas.

Antonio Chapinal no lo pensó dos veces. Avisó al guarda jurado Ángel López Navarro, quien, acompañado de su compañero Antonio Serrano, se acercó desde el chalé de enfrente. Comenzaron a registrar la casa. López Navarro subió, pistola en mano, hasta las habitaciones de los marqueses en el primer piso; le seguía Antonio Chapinal con la porra del guarda en la mano. El vigilante llamó a la puerta y, ante la falta de respuesta, decidió entrar en la habitación del marqués. Encendió la luz, vio el primer casquillo de bala en el pasillo, se acercó a Manuel de la Sierra, le tomó el pulso y volvió a salir. Eran las nueve y veinticinco.

-¡Han matado al marqués y secuestrado a la marquesa! -gritó.

-¡La marquesa duerme en la otra habitación! -respondió el chófer.

Cuando Ángel López Navarro entró de nuevo y llegó hasta el cuarto de María Lourdes, encontró un casquillo en el suelo, otro sobre la cama y a la marquesa muerta en medio de un gran charco de sangre. A simple vista, la habitación estaba en perfecto orden, no habían robado nada.

Los teléfonos estallaron en la mansión de los Urquijo. A las nueve y media, el inspector Felipe del Campo, de guardia en la comisaría de Pozuelo de Alarcón, recibió un aviso que registró con el número 603: «El guarda de la finca de los Marqueses de Urquijo dice que han sido encontrados en sus dormitorios respectivos y en las camas, los cuerpos de sus señores, al parecer asesinados, sin más datos.» El comisario Francisco Sánchez Méndez, en la policía desde 1943, y el subcomisario Antonio Herrero Rivera, con casi treinta años en el cuerpo, se desplazaron inmediatamente al lugar del crimen.

El subcomisario Herrero dirigió las primeras diligencias, realizó una inspección ocular e interrogó a las personas del servicio. Ante la gravedad del hallazgo, la Brigada Regional de Policía Judicial de Madrid envió al grupo IX, de Homicidios, con el inspector de primera Luis Aguirre Duro, de 35 años, al frente. El Gabinete Central de Identificación tardó un poco más en llegar. La Comisaría de Pozuelo de Alarcón dejó paso a los hombres del comisario Emilio Ballesteros.

A las diez de la mañana, el juez de Navalcarnero, Dámaso Ruiz-Jarabo, perteneciente a una famosa familia de juristas, llegó al chalé y, en cuanto compareció el fiscal, realizó la primera diligencia de levantamiento de cadáveres e inspección ocular:

«En Pozuelo de Alarcón, sobre las once horas y quince minutos, se constituyó el señor juez de Instrucción de Navalcarnero, con mi asistencia y la del médico de Pozuelo de Alarcón, don Manuel Valderrama Carrasco, en el domicilio de los Señores Marqueses de Urquijo, sito en esta villa, Camino Viejo de Húmera, número 27, Somosaguas, con el fin de llevar a cabo las diligencias acordadas y, una vez dentro de la vivienda, es conducida la comisión judicial por el Comisario jefe de Policía de Móstoles al dormitorio grande donde, y, sobre la cama, es hallado el cuerpo de un hombre que está en posición decúbito prono inclinado ligeramente hacia el lado izquierdo en postura relajada, y dada orden al Médico para su reconocimiento, previo juramento que presta en legal forma, dice: que es cadáver y el mismo presenta herida de arma de fuego con orificio de entrada en región occipital derecha, sin orificio de salida; presenta síntomas de rigidez cadavérica avanzada.

»Seguidamente se constituyó en el otro dormitorio pequeño, donde se observa, encima de la cama, el cuerpo de una mujer, también en posición decúbito prono y, dada orden al médico para su reconocimiento, se efectúa e informa que es cadáver y presenta dos heridas de arma de fuego con orificios de entrada, uno en región lateral derecha del cuello y el otro en mitad izquierda del labio superior, sin orificios de salida ninguno de los dos disparos. Ambos orificios presentan pigmentación tatuada de pólvora.

»Por Su Señoría se dispone el levantamiento de los cadáveres y su traslado al Depósito Municipal de esta villa, lo que se efectúa seguidamente.

»Acto seguido se procede a practicar reconocimiento e inspección del lugar, observándose: Que la habitación donde es hallado el cuerpo del hombre, la misma estaba intacta sin señales de violencia en muebles y ropas. Es hallado un casquillo de bala; y en la habitación donde está el cuerpo de la señora se encontraron dos casquillos de bala, uno encima de la sábana y otro en el suelo, -casquillos que se entregan a la Policía judicial para su investigación y dictamen-. Los cuerpos de los cadáveres se hallaban cubiertos por los pijamas de dormir y camisón respectivamente, y tapados con la sábana superior de la cama. Se da orden a la Policía Judicial para que procedan a recoger huellas y demás fotografías para identificación de posible autor o autores, manifestándose por los mismos que lo harán rápidamente, lo que así se verifica.

»Los cadáveres son identificados como Don Manuel de la Sierra Torres, nacido el 21 de diciembre de 1925, natural de Barcelona, banquero y vecino de Pozuelo de Alarcón, hijo de Manuel y Mercedes; y como Doña María Lourdes Urquijo y Morenés, hija de Juan Manuel y María Teresa, casada con el anterior; nacida en Madrid el día 29 de junio de 1935.

»Acto seguido se procede a hacer un detenido reconocimiento de la vivienda, observándose en la planta baja que en una cristalera que da a una piscina cubierta se encuentra su cristal roto con un orificio suficiente para introducir la mano; cristal que al parecer fue roto apoyando algún paño de tela para amortiguar los ruidos; yendo desde dicha puerta por la piscina cubierta, se pasa a otra habitación donde aparece la puerta que comunica con la vivienda en sí, quemada en su mitad a la altura de los pestillos o cerradura con un hueco por el que cabe una mano; hueco que al parecer se ha efectuado con soplete o aparato similar. Toda la casa, o sea los objetos y enseres, están en completo orden, no hallándose nada más digno de constar, se da la presente por terminada, que firma Su Señoría y demás asistentes, doy fe.»

La comisión judicial se había quedado corta. No había visto el cuarto casquillo, ni el proyectil incrustado en el armario.

Aquella mañana, en el hervidero de policías y familiares, sin embargo, ocurrieron muchas cosas dignas de mención.

A las diez, y vestido con una camisa negra -color muy apropiado para el caluroso ferragosto- llegó el administrador Diego Martínez Herrera, (Diego Martínez Herrera, 57 años, casado. Manejaba todos los asuntos de la familia Urquijo. Trabajaba en un banco hasta que Manuel de la Sierra se casó con María Lourdes Urquijo y se lo trajo a trabajar para él. Sueldo oficial de 50.000 pesetas mensuales. Albacea del testamento. Hombre nervioso, gris y discreto, pero de carácter explosivo. En la actualidad se ha retirado a vivir a Barbate), que inmediatamente se puso al servicio del inspector Aguirre y citó a Rafael Escobedo y Richard Dennis Rew, (Richard Dennis Rew, El americano, 46 años. Nacido en Seattle, Estados Unidos. Licenciado en Literatura, máster de Periodismo y Magisterio. Dio clases en la universidad de Washington y fue entrenador de fútbol americano. Director para España de la multinacional de cosmética Golden. Casado y con dos hijos, se divorció después de iniciar sus relaciones sexuales con Myriam de la Sierra, al mes de que ésta se hubiera casado con Rafi. Hoy comparte negocio (empresa Shock, S.A., de bisutería), matrimonio, un hijo y fortuna con la heredera de los Urquijo), amante de Myriam, como posibles sospechosos.

El administrador fue, además, la única persona ajena a los funcionarios que estuvo en la habitación de sus patronos mientras se realizaban las indagaciones y las pruebas periciales. Martínez Herrera acompañaba al médico de Pozuelo cuando, por orden del juez, a las trece horas, se tomó la temperatura rectal a los cadáveres. Este dictamen imprescindible para definir la hora de la muerte se hizo con un atraso de casi cuatro horas.

Cuando se marchó el doctor Valderrama, Diego demostró que seguía siendo el hombre para todo: secretario, consuelo, administrador, practicante y persona de confianza de la familia Urquijo. Sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, Martínez Herrera lavó y amortajó los cadáveres de los marqueses ayudado por la enfermera Ana Igelmo, que obedeció sus órdenes tajantes. Pusieron algodones en las fosas nasales de la marquesa, desnudaron los cuerpos y los cubrieron con sábanas a modo de sayal para que estuvieran más presentables a los ojos de las dos abuelas, María Teresa Morenés Carvajal y Mercedes Torres Canals.

Así explicaría su conducta el administrador:

-Nadie me dijo que esto no podía hacerse, lo hice por caridad. Yo solo lavé las caras de mis jefes.

En los rostros, evidentemente, estaban las huellas de los disparos; el rastro del crimen. Cuando los restos de los marqueses de Urquijo llegaron al Instituto Anatómico Forense de Madrid, los doctores que practicaron las autopsias escribieron: «Ambos cadáveres ingresaron sin ropas y lavados, por lo que no se pudo realizar en ellos el estudio de los vestidos, manchas de sangre, pruebas de parafina ni posibles estigmas de ahumados.»

Diego tapaba con un esparadrapo un rasguño en la mano que, según explicó tiempo después, le había hecho un perro caniche. La Policía recordó entonces que, para abrir el pestillo de la puerta de la piscina, había que pasar una mano pequeña por el agujero realizado.

El rompecabezas Urquijo perdió sus principales piezas durante aquellas primeras horas después del crimen. El juez encargado del caso no se preocupó de precintar la caja fuerte del chalé y Diego Martínez Herrera, el único que conocía la combinación, se apresuró a quemar documentos sin pedir autorización judicial.

Una vez interrogado, el administrador tuvo que reconocer que había prendido fuego al contenido de la caja «porque el marqués [muerto] así se lo había indicado». Cuando el heredero Juan de la Sierra (Juan de la Sierra Urquijo, 30 años, sexto marqués de Urquijo. Licenciado en Derecho, pero no ejerce. Antes de morir sus padres, cuando tenía 22 años, le llamaban, junto a su hermana, «el pobre». La herencia ha cambiado su tren de vida, no ha seguido la carrera bancaria de sus progenitores. Habla con un hilo de voz que él aduce a una otitis que padece desde pequeño. Frágil, de modales tímidos y ojos vidriosos.) regresó de Londres por la tarde, sin que en el aeropuerto de Gatwick le sellaran el pasaporte, estuvo de acuerdo en la destrucción de papeles y participó en la operación. Para colmo, la Policía descubrió que en el chalé se habían quemado documentos porque una persona anónima hizo llegar a los investigadores varios trozos de papel que el chófer había incinerado junto a la verja por orden expresa del heredero. Juan de la Sierra llegó a manifestar:

-Eran papeles sin importancia.

Desde las doce, Myriam de la Sierra (Myriam de la Sierra Urquijo, 32 años. Estudió Arte y Decoración, estudios de Enseñanza Media. Se casó con Rafael Escobedo a los 22 años, el 25 de junio de 1978, en régimen de separación de bienes. Sigue técnicas de autocontrol y le gusta la psicología.) estaba en el chalé y, en compañía de sus dos abuelas, había visto el tremendo espectáculo de sus padres asesinados tal como les encontraron por la mañana. La primera persona ajena a la familia que se personó en el lugar del crimen fue el embajador de Estados Unidos, Terence Todman. También estuvieron Mahmud Abdelkafaar, embajador de Egipto, Enrique de la Mata Gorostizaga, exministro y entonces presidente de la Cruz Roja Internacional, y el barón de Gotor, José María Martínez-Bordiu, hermano mayor del marqués de Villaverde. Desde un primer momento, Jaime Carvajal y Urquijo, primo de la marquesa asesinada y presidente del Banco Urquijo -hoy lo es de Ford España- ofició como portavoz de la familia.

Los expertos en balística no acabaron su trabajo hasta las dos y media de la tarde. Entre ellos se encontraba el inspector de segunda Francisco Javier Roig Sánchez, de 26 años, amigo personal de Juan de la Sierra, a quien conocía por frecuentar el Club Hípico de Somosaguas y coincidir en la facultad de Derecho. Roig tuvo una intervención destacada en la resolución del caso.

Aquel día estuvieron casi todos en el escenario del crimen: Rafael Escobedo repartiendo pésames; el mayordomo Vicente Díaz Romero, que regresó inmediatamente de su viaje; Myriam y Dick el americano, que interrumpió sus negocios de Oviedo; también estuvo Mauricio López-Roberts, Marqués de Torrehermosa.

El sábado 2 de agosto, más de trescientas personas distinguidas acompañaron hasta el cementerio de San Justo a tan excelentísimos cadáveres. Desde las cinco de la tarde, pudo verse, entre otros, al expresidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, al exministro del Opus Dei, Gregorio López Bravo, y a los políticos Antonio Garrigues Walker y Joaquín Satústregui. También estaban, como casi siempre ocurre, los asesinos.

El eclipse de una familia

Manuel de la Sierra Torres quizá vio en Rafael Escobedo la caricatura de sí mismo. Como él, Escobedo se había casado con una rica heredera; también venía de una familia de clase media acomodada y estaba dispuesto a vivir de administrar el dinero ajeno. El marqués consorte de Urquijo tenía 55 años cuando le asesinaron. En su historial podía presumir de un perfecto dominio del inglés y de haber fomentado los cursos en España para norteamericanos a través de Cultura Hispánica.

Su boda con María Lourdes Urquijo y Morenés, que poseía la fortuna, fue un enlace de conveniencia. El 12 de diciembre de 1954 tuvo lugar la ceremonia, en la que don Juan de Borbón y doña María de las Mercedes, condes de Barcelona, fueron los padrinos. El embajador norteamericano, Lodge, el director para España de la FAO, Roy Rubotto, y Alfredo Sánchez Bella, director de Cultura Hispánica y destacado miembro del Opus Dei, firmaron como testigos.

Desde ese momento, Manuel de la Sierra, abogado e ingeniero por la Universidad Católica de Washington, se dedicó a vender el patrimonio de los Urquijo en Llodio. En la última declaración de Hacienda hecha pública en este país, en 1977, el marqués consorte declaró un patrimonio de doscientos millones de pesetas. Casi el triple de lo que declararían sus hijos al repartiese la herencia tres años después.

María Lourdes Urquijo Morenés era la hija única del auténtico marqués de Urquijo. Había nacido en Madrid, pero, como su marido, tenía raíces catalanas. Contaba 45 años cuando fue asesinada. Era una mujer frágil, tímida, miembro activo del Opus Dei (entidad a la que entregaba generosos donativos), religiosa hasta la médula y con trastornos psicomotrices desde la infancia; sufría frecuentes dolores de cabeza, cojera y necesitaba ciertos tratamientos psiquiátricos. Tras su boda, recibió un trato distante de su marido, un hombre preocupado tan sólo en gobernar la fortuna de los Urquijo.

¿Quién podía querer matarlos? Como figura pública y financiera, Manuel de la Sierra era un segundón que en 1976 defendió la figura de Adolfo Suárez al liderazgo de la derecha. Como banquero, no le daban demasiado juego en el Banco Urquijo, donde le situaban en la dirección de empresas filiales como Urquijo Leassing y Servicios Financieros, Cefisa, Galerías Preciados o Seguros La Estrella. En el terreno personal era tacaño pero educado y de modales exquisitos. En los últimos meses su carácter se había ensombrecido por la súbita bajada de las acciones del Banco Urquijo y por un herpes que padecía. Su única fobia conocida se llamaba Rafael Escobedo Alday, el yerno. Primero, se opuso a que Myriam se casara con él, incluso la amenazó públicamente con desheredarla si lo hacía. Después financió la nulidad matrimonial y los trámites de divorcio, tras permitir que el matrimonio naufragara estrangulado por la precariedad económica. El difunto marqués jamás les ayudó.

María Lourdes Urquijo y su marido eran el último eslabón de una familia que había conseguido la nobleza por medio de las altas finanzas. Aunque de origen humilde, el mundo financiero les trajo la dignidad y el título. El primer marqués fue Estanislao Urquijo y Landaluce, nacido en la primera mitad del siglo XIX en la aldea alavesa de Murga. Se hizo rico invirtiendo en la Bolsa de Madrid y en empresas navieras y de ferrocarriles; ingresó en la Banca Rotschild y edificó el palacio de Llodio. Al morir sin descendencia directa, le sucedió su sobrino Juan Manuel Urquijo y Urrutia. El segundo marqués compró acciones de navieras y siderúrgias del País Vasco, especialmente de Altos Hornos de Vizcaya y Unión Eléctrica Española. Fundó la Banca Urquijo y Arenzana en 1908, que en 1918 se convertiría en la Banca Urquijo S.A., al mismo tiempo que a su marquesado se le otorgaba la Grandeza de España. Fue senador y diputado por Álava.

El rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia fueron los padrinos de la boda del tercer marqués de Urquijo, Estanislao de Urquijo y Ussía. Los reyes solían pasar temporadas en el Palacio de Llodio, en cuyo pueblo todavía se recuerda que las fiestas eran tan fastuosas que incluso llegaron a provocar nieve artificial en pleno agosto.

El cuarto marques de Urquijo, Juan Manuel Urquijo y Landecho -padre de la asesinada María Lourdes-, heredó el título tras dilucidarse, mediante dictamen médico, sí él era el mayor o su hermano gemelo, Luis. Aunque a Juan Manuel le correspondieron los honores, no heredó la habilidad financiera de sus antepasados. Era un personaje llano, afable y aficionado a la bebida, al que siempre veían con un puro en los labios, haciendo fotos y cultivando flores.

Su hermano Luis, marqués de Bolarque, se dedicó a los negocios familiares; fue embajador de España en Alemania durante el franquismo y Consejero delegado del Banco Urquijo. En 1944, el impulso financiero impuesto por Luis de Urquijo desembocó en un pacto de mutua colaboración con el Banco Hispano Americano. En 1963, el Urquijo era uno de los más grandes Bancos españoles. En el momento del crimen esta entidad bancaria ocupaba el noveno lugar en el ranking de la Banca española, con unos recursos de 150.939 millones de pesetas. Jaime Carvajal y Urquijo era el Presidente del Consejo de Administración, del que Manuel de la Sierra era un simple vocal.

El sexto marqués, Juan de la Sierra, abandonó la carrera bancaria de sus antepasados y tiene negocios en Barcelona de promociones y editorial. Myriam vende bisutería. Toda una versión doméstica del ocaso de los dioses, pero con un crimen salvaje en el acto final.

La investigación con vaselina

Los técnicos del Gabinete Central de Identificación y varios inspectores de la Brigada Regional de Policía Judicial de Madrid realizaron una minuciosa inspección ocular. Lo fotografiaron todo: los cadáveres en sus más insignificantes detalles, el cristal de la puerta de la piscina, fragmentos de la madera a la que habían aplicado el soplete, cuatro casquillos del calibre 22 y el fragmento de una impresión digital con huellas sospechosas. La Policía pudo determinar, casi de inmediato, que todos los disparos habían sido realizados con una sola arma y que la munición era muy corriente. Durante el caluroso agosto de 1980, la Brigada realizó hasta once inspecciones en el lugar del crimen para poder comprobar si los ruidos de los asesinos pudieron ser escuchados por la cocinera y por el perro, que dormía cerca de la habitación de Florentina. La conclusión fue que las detonaciones no se escuchaban desde la habitación de la sirvienta.

Los investigadores caminaban sobre ascuas. Para colmo, las cuatro huellas reveladas con polvos magnéticos negros, que correspondían a una mano derecha, tampoco dieron ningún resultado. Cotejadas con los tres millones de huellas recogidas en el Negociado de Lofoscopia, tuvieron que ser archivadas como anónimas. Las cuatro vainas del 22 Long Rifle, fabricadas por la Western Cartridge Co, de East Alton-Illinois (Estados Unidos), habían sido percutidas por la misma arma, pero se desconocía si ésta era un rifle o una pistola.

Sólo quedaban los sospechosos, el círculo próximo a los marqueses, aquellas personas que pudieran albergar algún motivo para querer su muerte. La comprobación de las coartadas fue realizada con vaselina y guante blanco. Se lo creyeron todo.

El primer sospechoso, desde los días que sucedieron al crimen, fue Rafael Escobedo Alday, cuya esposa, Myriam de la Sierra, estaba tramitando la nulidad matrimonial. A muy corta distancia estaba Richard Dennis Rew, el amante de Myriam, con quien había montado la empresa Shock, de bisutería.

Los inspectores interrogaron a Rafi y concluyeron: «Preguntado sobre lo realizado el día de autos, se pudo saber que había estado cenando con unos amigos, posteriormente tomó unas copas, retirándose a descansar a su domicilio sobre las 2.30 horas. Comprobada la veracidad de sus declaraciones, fueron realizadas las oportunas gestiones para determinar si en el Archivo de Armas de la Guardia Civil tenía registrada algún arma del calibre 22».

El despiste de la Policía tenía una explicación: siguiendo la autopsia pensaban que el crimen se había realizado a las seis de la mañana, casi tres horas más tarde de su momento real. Pero buscando, los investigadores habían llegado hasta el padre de Rafi, el abogado Miguel Escobedo Gómez-Martín, quien poseía legalmente un rifle y una pistola del 22, además de tres pistolas ilegales que meses más tarde serían descubiertas.

Funcionarios del Grupo IX encontraron en casa de los Escobedo un soplete con una pequeña bombona de gas, diversas armas y, en el coche del padre de Rafi, un trozo de cristal que la Policía relacionó con la cristalera del chalé, aunque el peritaje del Gabinete de Identificación concluyó que ese trozo de cristal no correspondía a la puerta fracturada. El soplete tampoco podía saberse si había sido usado en Somosaguas.

Richard Dennis Rew tenía una coartada perfecta y llena de testigos. Su viaje de trabajo a Oviedo fue contundente. El mayordomo Vicente Díaz Romero y su mujer Sagrario Blanco estuvieron en Talavera y en Trujillo, pudiendo demostrarlo con numerosos testigos. Myriam de la Sierra Urquijo abandonó el chalé de sus padres a las seis de la tarde del 31 de julio acompañada por el hijo de Richard Dennis Rew, con quien cenó aquella noche y llevó al colegio de verano al día siguiente por la mañana. Myriam durmió en su piso. Juan de la Sierra se encontraba en Londres realizando un curso de perfeccionamiento en el Banco Urquijo, coartada que no era preciso cuestionar.

Diego Martínez Herrera y Javier Anastasio, que ni siquiera fue molestado, no se hallaban entre los sospechosos.

Los inspectores encargados del caso, dirigidos por Luis Aguirre, interrogaron a Carlos Escobedo Alday, hermano de Rafi; a Jaime Carvajal y Urquijo, presidente del Banco Urquijo y primo de Marieta. A Jaime Urquijo Chacón, familiar de los asesinados, que en alguna ocasión utilizó indebidamente el título de marqués de Urquijo. Un total de cincuenta personas fueron investigadas en Madrid, varias en Zamora y otras tantas en Llodio.

El 11 de septiembre de 1980, cuarenta días después de los crímenes, el comisario Ballesteros, jefe de la Brigada Regional de Policía judicial, firmaba un extenso informe de veintitrés páginas lleno de gestiones y datos burocráticos, pero sin ningún resultado positivo. El esclarecimiento del hecho resultaba tan inalcanzable como una quimera. Las conclusiones de la Policía incluían errores como el pensar que una sola persona había perpetrado el asesinato, que los marqueses habían muerto «a las seis de la mañana del día 31 de julio» (¿un día antes?), y que, para romper el cristal de la puerta de la piscina, «a fin de amortiguar el golpe, utiliza un paño».

Desde el primer momento, el grupo IX revoloteó muy cerca de la verdad; casi la tuvo en la punta de sus dedos, pero inexplicablemente se alejó hasta perderla. Quizá los árboles de buscar un culpable entre la servidumbre les impidió ver el bosque. ¿En qué había fallado la investigación desarrollada por el inspector Aguirre Duro? Quizás en su blandura sumisa, al tratar a sospechosos de alta cuna con un respeto de lacayos. Aguirre demostró, de algún modo, que también en el mundo del crimen hay clases.
Por negligencia o error, el inspector jefe del grupo IX posibilitó la pérdida de dos pruebas fundamentales para la total resolución del crimen: el lazo y los casquillos.

Después del entierro de los marqueses, las asistentas, siguiendo las instrucciones del mayordomo y con el permiso de la Policía, limpiaron de sangre la habitación de María Lourdes Urquijo. Una de las mujeres entregó al mayordomo Vicente Díaz Romero un lazo negro que encontró a los pies de la cama. Vicente llamó al inspector Aguirre con la intención de entregarle el lazo. Había extendido la mano hacia el policía diciendo:

-Mire lo que hemos…

Cuando Myriam detuvo el movimiento del mayordomo, tomó el lazo y dijo: -No, no, no hace falta que hagan nada. El lazo era de mi madre.

-Bueno -masculló Vicente Díaz-, señorita Myriam, ¿cómo sabe usted que ese lazo lo llevaba puesto su madre si no estuvo allí la noche en que murió?

Myriam ha negado repetidamente la existencia de ese lazo.

El segundo episodio es la desaparición de varios casquillos del calibre 22 que Juan de la Sierra tiró a la basura después del crimen. Uno de los empleados de los Urquijo los recogió del cubo y se los entregó al inspector Aguirre. Esos casquillos jamás llegaron al Gabinete Central de Identificación, se perdieron en el grupo IX de la Brigada Regional de Policía Judicial. La explicación del inspector Aguirre resulta sorprendente:

-Eran del calibre 7,65, no servían.

De ese calibre era la pistola que poseía el administrador y sobre la que no se hizo investigación alguna, pero los casquillos que Juan arrojó a la basura eran del 22, según el heredero reconoció en una entrevista televisiva en 1988.

-Eran unos casquillos del 22 -dijo Juan de la Sierra- que yo guardaba desde que tenía once o doce años. Un día en el campo los recogí, junto con mi amigo Enrique de la Cierva, de una persona que hacía prácticas de tiro. Era la típica cosa que guarda un niño.

¿Por qué se deshizo tan precipitadamente de ellos si no tenía nada que ocultar?

En diciembre de 1980 la investigación policial estaba en un callejón sin salida. Francisco Javier Roig telefoneó a Juan de la Sierra y le dijo:

-Lleva cuidado, que te están investigando.

Para su desgracia, el teléfono de Juan estaba intervenido y la conversación fue grabada por la Policía. Pero esta cinta desapareció.

Por aquellas fechas, Roig le hizo a Juan de la Sierra una propuesta:

-Tengo un compañero que estudia conmigo en la facultad, es inspector de la Policía judicial y es muy bueno, acaba de descubrir un crimen importante. ¿Qué te parece si nos ponemos a investigar juntos?

Juan y el inspector de segunda José Romero Tamaral, de 33 años, con apenas seis de experiencia en la Policía, se citaron en la cafetería Galaxia, hablaron. Después, el comisario Gabriel García Gallego, de 56 años, jefe superior de Policía de Madrid, autorizó a Romero para que investigara por su cuenta. Así entró en el caso Urquijo el grupo V de la Judicial y su jefe, el inspector de primera Cayetano Cordero Montero, un hombre de la promoción de Aguirre, idéntica antigüedad, y que había ingresado el mismo día en la Policía. Tenía, además, otro punto en común con el jefe del grupo IX: él también era hombre de confianza del comisario Ballesteros y no estaba dispuesto a que un recién llegado como Romero le robara el protagonismo.

Al olor del dinero

El 23 de diciembre de 1980, Myriam, Juan de la Sierra y el omnipresente Diego Martínez Herrera se personaron en el Protocolo de Operaciones Testamentarias. El psiquiatra millonario Juan Antonio Vallejo-Nájera Botas, vecino de los Urquijo en Sotogrande y partidor de la herencia nombrado por el difunto marqués, confirió a Martínez Herrera su representación en tales actividades, mientras Myriam y Juan ponían en manos del administrador y de Eduardo González Biurrun, director de la Asesoría jurídica del Banco Urquijo, toda la operación «con poder tan amplio y bastante como en Derecho se requiere y sea necesario».

Seis días antes, el Cuaderno particional de la herencia Urquijo repartía en dos mitades la fortuna. A cada uno de los herederos, tras el pago de impuestos y deudas le correspondía la sorprendente cifra de 41.647.547 pesetas. Tan irrisoria era la tasación legal de todos los bienes, propiedades rústicas y dinero poseídos por los marqueses en el momento de ser asesinados, que provoca hilaridad.

El patrimonio total de una de las aristocracias financieras más importantes de España ascendía a 83.295.094 pesetas con cincuenta céntimos. Como partidas más llamativas de esta burla financiera destacan los 47 millones de pesetas ingresadas en la oficina principal del Banco Urquijo en Madrid, las 69.517 acciones de ese banco valoradas en 94 millones de pesetas, gran número de inmuebles en Madrid, Tarragona y Llodio (Álava), los chalés de Somosaguas y de Sotogrande (Cádiz), una flotilla compuesta por un Mercedes, tres Seat y una motocicleta de gran cilindrada marca BMW, así como gran numero de acciones desperdigadas en empresas eléctricas y de exportación.

Las cifras no deben engañar a simple vista. Existen detalles elocuentes. Por ejemplo, el chalé de la urbanización elitista de Somosaguas, con casi mil metros cuadrados de edificación, dos plantas y sótanos, sobre una parcela de siete mil metros cuadrados, está valorado en catorce millones de pesetas. Todos los muebles contenidos en el chalé, de madera noble, labrados y de gran suntuosidad ascienden a 600.000 pesetas. El chalé de Sotogrande, en una parcela de 3.899 metros cuadrados y dos plantas, está valorado en ocho millones de pesetas.

Tales cantidades resultan casi grotescas si las comparamos con el precio real de estas propiedades puestas a la venta. El 20 de julio de 1982, el heredero Juan de la Sierra recurrió a la inmobiliaria Onsein para vender el chalé del crimen. Pedía en principio trescientos millones de pesetas, pero tenía tanta prisa que, ante la ausencia de compradores fiables, bajó el precio a 150 millones de pesetas. Hoy el chalé de Somosaguas vale, con la especulación inmobiliaria de los últimos tiempos, cuatro veces más. Juan no ha conseguido venderlo, pero de vez en cuando lo alquila para que las productoras de cine rueden películas y spots publicitarios. También, durante un mes y medio, fue el hogar madrileño de la actriz norteamericana Jane Seymour, quien pagó en dólares.

El chalé de Sotogrande, el Siroco, la gran «aportación» de Manuel de la Sierra al patrimonio familiar, ha corrido mejor suerte. La Financiera Sotogrande consiguió venderlo casi inmediatamente por treinta millones de pesetas (de 1982). Tampoco el piso de la calle Orense número 14, 6º A, en el que convivía el matrimonio Escobedo-Myriam, pertenece ya a los herederos. Fue vendido en 1981 por una cifra superior a los cinco millones de pesetas.

La herencia convirtió a Juan de la Sierra, «el pobre» -como le apodaba la aristocracia de Somosaguas-, en el sexto marqués de Urquijo (publicado en el Boletín Oficial del Estado, el 27 de abril de 1981) y pasó, de cobrar veinticinco mil pesetas mensuales, a ser -como su hermana- el beneficiario de una cuantiosa fortuna que podría estimarse en varios miles de millones entre activos y pasivos, aunque el sumario 133/81 Especial desvela un dato esclarecedor: la baja de la cotización en bolsa del Banco Urquijo estaba lanzando al marqués asesinado a una desenfrenada y ruinosa operación financiera de venta.

La investigación policías realizada en Llodio, afirma que «al morir los padres de Marieta, el Marqués asesinado se dio mucha prisa para vender casi todas las propiedades, y los más diversos enseres que habrá en el palacio. Como quiera que estas operaciones consideraba que serían mal vistas por la gente del lugar, para la negociación usaba a su administrador Diego Martínez Herrera. Todas estas operaciones ascienden a DOSCIENTOS CUATRO MILLONES DOSCIENTAS OCHENTA Y NUEVE MIL OCHOCIENTAS PESETAS (204.289.800), sin añadir el dinero obtenido por la venta de enseres.

»Esta cifra no es la realmente percibida por los Marqueses, puesto que en las gestiones realizadas se ha podido demostrar que, para evitarse el pago de derechos reales que llevan consigo las citadas ventas ante Notario, se consignaba por cada operación una cantidad más pequeña que la percibida por el marqués, salvo en determinados casos en que los compradores, por miedo a que en una expropiación por el ayuntamiento se indemnizaría de acuerdo a la cantidad consignada, no se prestaban a falsear dichas operaciones.

»La causa de la celeridad de Manuel de la Sierra en vender estas propiedades fue debida a que solamente pertenecían a Marieta como bienes aportados por ella, pero al venderlos él, los transformaba en gananciales ya que, en caso de fallecimiento de la Marquesa, tendría problemas de herencia.»

No es lógico, además, que si Myriam de la Sierra recibió sólo cuarenta y un millones de pesetas como herencia, dilapidara la mitad de su fortuna como lo hizo.

Inmediatamente se compró un chalé en La Moraleja, por el que pagó al contado veinte millones de pesetas, y un lujoso Porsche para su entonces amante, y futuro marido, Richard Dennis Rew, el americano. Este despilfarro hubiera supuesto gastar de golpe más de la mitad de su fortuna.

En el cuaderno particional de la herencia Urquijo existen más incógnitas. En él no está consignado todo el capital familiar. Faltan los negocios extranjeros de Manuel de la Sierra, quien, aunque no tenía un papel ejecutivo en el Banco Urquijo para España, sí lo tenía en las operaciones internacionales, para las que el difunto marqués se trasladaba a Singapur, Argentina, Londres, Colombia, Panamá…

La Sociedad Aseguradora Mundial de Panamá S.A., vinculada al Banco Exterior de España, tuvo a De la Sierra Torres entre sus directores principales desde 1977, según documentos del Ministerio de Hacienda panameño a los que he tenido acceso durante la redacción de este libro. De la Sierra se trasladaba puntualmente a todas las juntas generales de accionistas de la Aseguradora, cuyo capital social ascendía a un millón de dólares norteamericanos. Como explica el acta de una reunión celebrada el 28 de abril de 1977, «el Señor Manuel de la Sierra tomó la palabra y recordó que él es parte importante del banco Urquijo y que deseaba lo mejor para todos».

Manuel de la Sierra asistió a su última junta en la ciudad de Panamá cuatro meses antes de ser asesinado. En la siguiente reunión, del 8 de junio de 1981, los accionistas, reunidos como siempre en la capital panameña, guardaron «un minuto de silencio por la memoria del marqués», según el acta. Ese día, allí se encontraba Juan Manuel de la Sierra Urquijo, que ocupó el puesto de su padre como director general. Como un poder en la sombra, en ese viaje le acompañó el administrador Diego Martínez Herrera, que orientó al sexto marqués en todo cuanto debía hacer y decir. El administrador de los Urquijo, con el sueldo duplicado, seguía estando en todas las salsas.

Juan de la Sierra Urquijo, que ya había recibido su parte de la herencia, abandonó la Aseguradora el 9 de julio de 1984 y dejó de ser accionista según la escritura número 8276. Vendió todas sus acciones, sin que se puedan determinar los millones recibidos, siempre en el extranjero.

Éste no es el único asunto financiero no aclarado en el caso Urquijo. En el sumario 133/81, el juez Luis Román Puerta pidió al Banco Urquijo-Hispano de Londres que contestara si existía una cuenta bancaria a nombre de los Urquijo y si Juan, Myriam, el administrador o Javier Anastasio habían hecho uso de ella. La petición fue denegada por vía Interpol aduciendo que sería precisa una comisión rogatoria. El banco se negó a facilitar los datos y nunca más se supo.

El enigma está en que los pasaportes de Myriam, Richard Dennis, Juan y Diego Martínez Herrera coinciden en los sellos. Todos estuvieron en Londres del 3 al 7 de noviembre de 1980, cuarenta días antes de que se hiciera pública la herencia. ¿Qué fueron a hacer a la capital británica? ¿Posiblemente a recoger el dinero allí depositado?

La búsqueda infructuosa de un móvil económico para el doble asesinato parte del axioma: ¿a quién beneficia el crimen? Según el sumario contra Rafael Escobedo, el criminal planificó su frío asesinato por una endeble venganza personal, pero el caso Urquijo siempre ha olido a dinero; sin él no se explica casi nada de lo ocurrido. Como afirma el abogado Antonio García-Pablos, defensor del cómplice Anastasio:

-En la investigación no se ha seguido la línea de las drogas, ni el tema de la homosexualidad; no se ha indagado en los intereses financieros. La Policía pensaba que el Banco Urquijo y el Hispano Americano jamás se fusionarían después de la muerte del marqués y, sin embargo, lo hicieron. Yo no digo que en el crimen haya un fin financiero, pero sí que a su alrededor aparecen unos intereses. El puesto del marqués, que tenía el paquete principal de acciones del Banco Urquijo tras haber vendido las fincas de su mujer en Llodio, queda vacante con su muerte, pero no lo ocupan sus herederos.

De hecho, la propia Policía judicial en el informe ya citado en estas páginas, afirmaba:

«Se recibe una llamada telefónica anónima en la que se relaciona el asesinato del Marqués de Urquijo con la posible absorción del Banco Urquijo por parte del Hispano Americano, cuyas gestiones previas ya se estaban realizando, pasando (el marqués asesinado) a ocupar el cargo de vicepresidente del Consejo de Administración del Banco Hispano Americano, cosa que realizaría al engrosar el 30 por 100 de acciones que tiene el Banco Hispano Americano, con las provenientes de los marqueses.

»El resto de la familia estaba en contra de la absorción. Las gestiones practicadas en relación con este comunicado dieron como resultado conocer que, en el año 1973, existieron unas conversaciones entre el Banco Hispano Americano y el Banco Urquijo, tendentes a la fusión de ambos bancos, llegándose a la conclusión de que la citada fusión era imposible, dado el carácter completamente distinto de tales bancos y de las actividades tan opuestas (?) a que se dedicaban cada uno de ellos, dejándose estas conversaciones en suspenso y no habiéndose realizado desde dicha fecha ninguna otra reunión para conseguir la fusión. Se descartó, por lo tanto, el hecho de que ésta fuera el motivo del asesinato, ya que el marqués nunca expresó su conformidad o disconformidad con tal fusión, pues no dependía de él llegar a decidir sobre ella. Tales conversaciones no se han vuelto a reanudar, ya que los dos bancos, de común acuerdo, decidieron la no fusión.

El Banco Hispano Americano «absorbió» al Banco Urquijo, comprando casi la totalidad de las acciones. El 11 de abril de 1985 consiguió «sanearlo» al obtener 50.600 millones de pesetas aportados por los siete grandes de la banca privada, el Fondo de Garantía de Depósitos y el Banco de España. Lo que, en un principio pudo ser una fusión, se convirtió, después del crimen, en una venta por derribo y el sexto marqués de Urquijo, Juan de la Sierra, no ocupó el puesto de su padre en el consejo de administración. El asesinado Manuel de la Sierra había sido el único marqués de Urquijo en la historia de la familia que no había detentado la presidencia del Banco. Esta circunstancia quizá le obsesionó fatalmente.

El despiste financiero de la Brigada Regional de Policía Judicial fue enmendado cuatro años más tarde por el tenaz inspector Romero, quien, junto al inspector Héctor Moreno, elaboró un informe fechado el 17 de julio de 1984, sobre la vertiente bancaria del caso Urquijo:

«En conversación mantenida con Diego Martínez Herrera -escriben los policías-, acerca del tema de las fundaciones del marquesado de Urquijo, y de la repercusión económica que la dotación de ellas pudiera tener en la herencia de Myriam y Juan de la Sierra Urquijo, el citado administrador restó importancia al asunto, diciendo que el marqués no pensaba restringir la herencia de sus hijos mediante ninguna donación; pero lo que se supuso una fuerte pérdida económica al patrimonio familiar fue la obstinación del señor marqués en mantener un elevado número de acciones en el Banco Urquijo contra la opinión de todo el mundo, pues cualquiera podía prever la vertiginosa caída del valor de las acciones, como así ocurrió y supuso una verdadera ruina para su familia; pues llegó a perder unos mil millones de pesetas, y todo ello por su pretensión de mantenerse como consejero en el Banco.

»Informados los actuantes de este extremo por el señor Martínez Herrera, y teniendo en cuenta que todas las acciones a que se alude eran propiedad de Doña María Lourdes Urquijo, o producto de la venta de bienes de la misma cuyo importe líquido fue reinvirtiendo el señor Marqués, ya como bienes gananciales, en las dichas acciones, se estimó procedente realizar la oportuna constatación de tales hechos, en consideración a la posible trascendencia que pudiera tener en los asesinatos un perjuicio económico de esa magnitud y que, curiosamente, hasta dicha conversación, no había resaltado ninguna persona de entre las allegadas a las víctimas, ni era conocido en la investigación.

»La comprobación del hecho aludido se realizó a través de las gestiones practicadas en la Bolsa de Madrid, obteniéndose el correspondiente certificado que refleja las cotizaciones máximas, mínimas y medias de las acciones del Banco Urquijo, desde el año 1966 al 1983, ambos inclusive, apreciándose una caída vertical de la cotización, especialmente en los últimos años que precedieron a los asesinatos, esto es, desde 1 973 a 1980.

»Puestas en relación estas cotizaciones con el número de acciones poseídas por los marqueses de Urquijo, a la vista del testamento de los mismos que obra en el sumario, puede -efectivamente- apreciarse una pérdida económica en el patrimonio familiar próxima a los mil millones de pesetas que refirió el señor Martínez Herrera y, como dijo, por la obstinación del señor marqués.

»Es de resaltar que cuanto antecede, sobradamente conocido por el citado administrador desde hace tiempo, no haya sido expresado por el mismo en su última declaración ante el juzgado, y sí a los actuantes de modo informal, ignorándose la finalidad y motivación de tales revelaciones.»

La actitud y los silencios de Diego desataron las sospechas de los dos inspectores, quienes concluyen:

1º. Que no es del todo infundado que Diego Martínez Herrera se creyese despedido.

2º. La escasa compensación económica del administrador, pese a la extensa actividad, no siempre agradable, que desarrollaba en su trabajo.

3º. Su gran dedicación al servicio del marqués, hasta incluso hacer de enfermero personal.

4º. El desconocimiento de los hijos de las víctimas en lo referente a las cuentas y bienes de sus padres.

5º. El exclusivo manejo de los mismos bienes y cuentas por el administrador.

6º. Que resulta dudosa en extremo la presencia del señor Herrera en el chalé, el día de autos (mañana del 1 de agosto de 1980), cuando es de suponer que debía estar ausente.

7º. Que es cierta la obstinación del señor marqués en mantener el paquete mayoritario de acciones, y la finalidad perseguida con ello pudo ser desconocida y mal interpretada como una postura de egoísmo personal.

Dios guarde a VI. muchos años. Ilmo. Sr. Magistrado juez instructor del sumario 101/83 Especial. Juzgado de Instrucción número 14 de Madrid.

Juan y Rafi en los Alpes

Juan de la Sierra y Rafael Escobedo se vieron en numerosas ocasiones después del 1 de agosto de 1980. Todos los testimonios recogidos en declaraciones de prensa y en el sumario así lo demuestran. Quienes vivían y trabajaban en el chalé de Somosaguas fueron testigos mudos de las juergas, encuentros íntimos y peticiones de dinero de que Juan era objeto por Rafi. El mayordomo Vicente Díaz siguió trabajando para los Urquijo durante siete meses tras el crimen hasta que decidió marcharse porque, según sus palabras, «había más implicados que podían estar dentro del chalé.»

-El señorito Juan y el señorito Rafi -declaró el mayordomo- vivían juntos, cuando nadie les veía, antes y después de los asesinatos. Rafi le pedía dinero a Juan; discutían mucho después de que murieran los señores marqueses. No se puede hacer ni una idea de la movida que había en el chalé. El caso Urquijo parece una farsa, una comedia. Ha habido, hay y habrá mucho camuflaje. Un día Rafi entró en el chalé para llevarse un esmoquin por la misma puerta que habían entrado los asesinos. Herrera, el administrador, le amenazó para que no entrara por el mismo sitio. Le dijo: «O te vas o te mato.» A Rafi un día le pregunté si estaba implicado en los asesinatos y él me dijo: «No me va a ocurrir nada, no pasa nada.»

Durante el último trimestre de 1980, Escobedo y Juan de la Sierra se vieron, al menos, en nueve o diez ocasiones, algunas de ellas sin testigos, en las que -según Juan- Rafi sólo hablaba de Myriam. Sin embargo, con el tiempo se descubrieron algunas cuestiones inéditas: Juan había comprado una pistola al hermano de Rafael; además entregó a Rafi 175.000 pesetas para que desempeñara la pulsera de pedida de Myriam. Aunque negó la asiduidad de Escobedo en el chalé, Juan tuvo que reconocer:

-Niego absolutamente que haya dormido nunca solo con Rafael. Admito que Rafael ha dormido una sola noche en el chalé, que también lo hicieron otras personas.

Realmente, Rafi durmió otras dos veces al menos en el lugar del crimen entre septiembre y diciembre de 1980. En una de ellas «como tenía frío, entró a medianoche en la habitación de Juan y durmieron el sexto marqués en una cama y Escobedo con su amigo Javier García en otra». Los dos amigos también viajaron primero a Segovia y, ya en diciembre, a los Alpes donde pasaron una semana esquiando en una excursión organizada por Alberto Escobedo.

-Rafi y yo vivimos las aventuras normales -ha declarado Juan siempre que se le ha preguntado-, ir a tomar alguna copa por ahí… Dejamos de ser amigos en el momento en que la Policía me dijo que pensaba que Rafi era uno de los partícipes en el asesinato de mis padres. Rafi traicionó mi amistad, se traicionó a sí mismo, a su familia, a mí hermana, a todo el mundo. Pero ¿Cuándo acabó tal amistad? Juan de la Sierra, a instancias del inspector Romero, hizo memoria el 2 de abril de 1981 y recordó que Rafi «dijo en varias ocasiones que iba a hacerle algo a mi hermana o a las personas a quien ella estimaba, mis padres o amigos».

Fue la primera señal para cercar a Escobedo.

Myriam, el mismo día y también ante los inspectores Cordero y Romero, declaró la frase que le había dicho Rafi antes del crimen: «Te vas a acordar de mí, voy a hundir a tus padres y esta vez va en serio.» ¿Fue entonces, espoleado por Romero, cuando Juan rompió con Rafael?

El propio policía que Juan había metido en el caso llegó, en marzo de 1982, a elaborar un informe «sobre la posible implicación de Juan de la Sierra en la muerte de sus padres». Con él, un tremendo efecto de boomerang golpeaba al sexto marqués de Urquijo. Los cuatro primeros apartados del informe de Romero (que no fue aceptado por el juez instructor del caso, Luis Román Puerta) sacan al aire la intensa intimidad de Juan con su cuñado:

«1. Relación y trato frecuente de Juan de la Sierra con su cuñado Rafael Escobedo:

»a) Rafael Escobedo, en su declaración prestada ante el juzgado de Navalcarnero, manifestó haber estado en el chalé de los señores marqueses veinte días antes de la muerte de los mismos, para despedir a su cuñado Juan, que se marchaba a Londres.

»b) Miguel Escobedo, padre de Rafael, en su declaración prestada ante la Policía en fecha 14 abril 1981, habló voluntaria e inopinadamente, ya que se le interrogaba sobre la posesión de armas calibre 22, de que su hijo había mantenido conferencias telefónicas con su cuñado, mientras éste se encontraba en Londres -párrafo 5.0, folio de dicha declaración- Por su parte, Juan de la Sierra admite haber mantenido esas conversaciones telefónicas, desde Londres, con Rafael, pero dice que versaron sobre motivos intrascendentes.

»c) Vicente Díaz Romero, exmayordomo de los señores marqueses, afirma que Juan de la Sierra, que mantenía una estrecha relación con Rafael, traía a éste a dormir al chalé, acostándole en su alcoba, contra la voluntad de sus padres y de su hermana, de la que ya estaba separado y continuó haciendo esto incluso después de muertos sus padres. También ordenó al servicio que se le facilitasen coches de la casa siempre que los pidiera.

»2. Exigencias de cantidades a Juan de la Sierra:

»a) Diego Martínez Herrera, administrador de los finados señores marqueses, en el párrafo cuarto, folio dos vuelto, de su declaración, diligencias de la Brigada Regional de Policía Judicial, número 4.578/5º., fecha 29 de mayo 1981, habla de que un mes después de la muerte de los marqueses Rafael pidió a Juan cuatro millones de pesetas, que éste no se atrevió a negar personalmente, y por ello le solicitó que le acompañase a una entrevista con Rafael y se opusiera a la entrega de dicha cantidad.

»b) Vicente dice que, efectivamente, Rafael pidió a Juan cuatro millones de pesetas, pero que no sólo los pedía, los exigía en insistentes llamadas telefónicas a Juan, hablándole en una de ellas de que se iba a suicidar y que dejaría una carta explicando los motivos. Añade Vicente que en otra ocasión le decía Rafael a Juan: “si yo tengo treinta años, tú tienes otros treinta” lo cual pudo oír por encontrarse limpiando junto al señorito Juan, y hablarle a éste, Rafael, a voces. Hay otro hecho que dice Vicente haber observado, y que ratifica su esposa, y es que, tras acudir Juan a una cita con Rafael, regresó al chalé con la camisa rota y sin botones, camisa que tanto él como su esposa recuerdan, principalmente su esposa que tuvo que coserla.

»c) El administrador, igualmente, manifestó, en su declaración ya citada, párrafos último del folio dos vuelto y primero y segundo del folio tres, que el llamado Mauricio López-Roberts y Melgar pidió a Juan, primeramente, seis millones de pesetas, so pretexto de unos negocios que le parecieron infundados y sin justificación alguna, pues tuvo que intervenir, también a petición de Juan, para negar una y otra vez esas cantidades. Es de resaltar aquí la estrecha amistad del citado Mauricio y de su esposa Marita, Aurora María Derqui Barranco, con Rafael, y la existencia del conocido rumor de que el referido Mauricio tuviera una carta.

»3. Lo manifestado por el procesado Rafael Escobedo:

»a) Tras haber prestado declaración Rafael Escobedo en el Grupo V de la Brigada Regional de Policía judicial, y hallándose custodiado en el mismo por varios funcionarios, preguntó a éstos si una cinta de casete grabada serviría como prueba, dando a entender que poseía una cinta de una conversación mantenida con determinada persona y referida a la implicación de dicha persona en los asesinatos, por si creyese oportuno aportarla en alguna ocasión.

»b) En una de las visitas que el funcionario que suscribe efectuó al procesado, en la prisión de Carabanchel, y conversando con el mismo afablemente, surgió el comentario de la existencia de acusación particular en su contra. Al oír aquello, reaccionó en forma airada, y tras interrumpir bruscamente la conversación se marchó hacia la puerta, y desde ella, en tono amenazador, dijo. “Si tienes ocasión y ves a mi cuñado, dile que como me toque un pelo se va a acordar de mí” marchándose a continuación, sin más, para el interior de la galería.

»c) En los calabozos de los juzgados dijo también al que suscribe, ante las reiteradas solicitudes de que contase toda la verdad de los hechos y hallándose muy excitado: “Sólo te voy a decir una cosa: un hijo, por naturaleza, ama a sus padres, pero cuando ese amor se convierte en odio y en un gran odio, dime cómo hay que llamara estos padres.”

»4. Ulterior conducta de Juan de la Sierra:

»Según Vicente Díaz Romero, con posterioridad a la detención de Rafael, Javier Anastasio ha estado en el chalé, con Juan de la Sierra, y recuerda precisamente que una noche tuvo que servir la cena a ambos, unas tortillas que le pidió el señorito Juan, y a una pareja de jóvenes, chico y chica, que les acompañaban. Que dicha cena la sirvió en la discoteca del chalé, donde tenían puesta la música a gran volumen, y que Juan de la Sierra no podía ignorar que Javier Anastasio era íntimo amigo de Rafael, ya que viviendo los marqueses y en su ausencia, también les sirvió comidas a todos ellos, incluido Rafael.»

«¡Ya ha confesado, al fin!», exclamó el inspector

  • El registro de San Bartolomé. Rafi detenido

En enero de 1981, Rafi se retiró a la finca San Bartolomé, de Moncalvillo de Huete (Cuenca), donde pasó tres meses cuidando cerdos, alejado del mundanal ruido, pero armándolo, ya que sus constantes prácticas de tiro espantaban las ovejas de un pastor llamado Leocadio Muñoz, que pregonaba a los cuatro vientos los constantes disparos que realizaban allí. Este indicio, casi de comedia, fue seguido por la Policía, después de meses perdidos en pistas diversas, de las que sólo se descartaba el robo y la política. Varios inspectores del grupo V de la Brigada Regional de Policía judicial, conducidos por el inspector Romero, se trasladaron a la finca con la esperanza de encontrar la pistola del crimen. Les acompañaba el juez de la zona y dos testigos del pueblo.

Escobedo llevaba el pelo largo, vestía ropa campera y había engordado notablemente. Era el 7 de abril de 1981 cuando les recibió con una sonrisa. La Policía comenzó el registro y Rafi comentó con sorna:

-¿Qué buscan? ¿Una pistola o algo así?

-Algo así -le contestó Romero.

Al no encontrar nada, los policías se trasladaron al campo de tiro y recogieron 215 casquillos en una bolsa de plástico, de los cuales muchos eran del calibre 22. Allí estaba el inspector Roig como experto en balística. Rafi permaneció sentado en una piedra, sin inmutarse, mientras los inspectores ayudados de bolígrafos, con los dedos y usando palos, arrancaban los casquillos de la tierra y de la diana. En la casa, sólo habían encontrado el dibujo garabateado de una pistola, lleno de anotaciones hechas por puño y letra de su padre, Miguel Escobedo.

Cuando Rafi vio alejarse a los policías no debió preocuparse lo más mínimo, por eso su sorpresa fue mayúscula cuando al día siguiente, el 8 de abril, era conducido a los sótanos de la Dirección General de Seguridad como principal sospechoso del asesinato de los marqueses. Los vecinos de Moncalvillo no seguirían escuchando los disparos de aquel niño de ciudad.

Antes del interrogatorio, Rafi esperó varias horas en la celda. Como precalentamiento -según denunció Escobedo más tarde-, fue obligado a desnudarse y realizar flexiones ante la mirada de un policía, provocando las risas y comentarios de todos cuantos pasaban por allí. Después le ordenaban que se vistiera y al cabo de unos minutos le mandaban desnudarse de nuevo, hacer flexiones y soportar las burlas. El débil carácter de Escobedo se estaba tronchando como un fino arbusto. Aunque nadie le ponía una mano encima ni le golpeaban -y no se puede argumentar malos tratos físicos-, Rafi estaba sufriendo un duro castigo psicológico. El verse sucio, sin afeitar, con aspecto de delincuente, colaboraba a su paulatino desmoronamiento. Luego, aunque le dejaron fumar y beber coca-colas, comenzó un duro interrogatorio dirigido por los inspectores José Romero y Cayetano Cordero, que se turnaban en sus papeles de bueno y de malo. Rafael Escobedo se mantuvo lo suficientemente entero como para repetir que él no había matado a los marqueses, hasta que un nuevo factor alteró su actitud.

A las diez de la noche de aquel 8 de abril, su padre, Miguel Escobedo Gómez Martín, fue detenido y pasó la noche en un calabozo que el abogado no dudó en calificar como «mazmorra». A la mañana siguiente, Miguel Escobedo, sin chaqueta y con la corbata desabrochada, fue objeto de un hecho singular: durante varios minutos le pusieron las esposas y, entre dos policías nacionales, le ordenaron que se mantuviera de pie ante un rectángulo en la pared que el letrado reconoció como un cristal polarizado, de esos por los que se puede mirar a alguien sin ser visto. Miguel Escobedo se extrañó por los malos modos empleados. Pasado un rato, le soltaron las esposas y se mostraron amables.

De repente, se organizó un tumulto, un gran murmullo tras el que apareció el inspector Cordero, excitado y contento, exclamando:

-¡Ya ha confesado, al fin!

En su mano agitaba la cuartilla manuscrita por Rafi en la que podía leerse: «Yo soy culpable de la muerte de mis suegros, los marqueses de Urquijo.» Y firmaba: «Rafael Escobedo.»

  • La confesión «pactada»

Los policías habían querido amarrar la confesión. Tras meses de tribulaciones, era su gran éxito.

Miguel Escobedo, después de la visita del presidente del Colegio de Abogados, Antonio Pedrol Rius, salió aquel mismo día en libertad, pero sabiendo que su hijo había confesado. ¿Por qué? La débil personalidad de Rafi había recibido el puntillazo cuando le mostraron tras aquel cristal polarizado a su padre esposado y con un aspecto lamentable. La Policía le amenazó con que detendrían también a su madre y a otros miembros de su familia si no confesaba la verdad. Acusarían a sus padres del doble crimen. Entonces nació lo que Rafi ha definido constantemente como «el pacto».

Según Rafi Escobedo, los inspectores Cordero y Romero le garantizaron que si se declaraba autor de los asesinatos dejarían en paz a su familia y quedarían fuera de toda sospecha. Escobedo aceptó. Tras la escueta confesión, los dos inspectores comenzaron a redactar el borrador que daría lugar a la confesión definitiva.

«En la noche del treinta y uno de julio al uno de agosto del pasado año, tras haber estado tomando unas copas y cenando con unos amigos, uno de ellos, llamado Javier ANASTASIO, le llevó a casa en su coche, y serían sobre las tres horas de la madrugada.

»Tras subir a su piso y recoger una pistola, un rollo de esparadrapo, un martillo, una linterna, un soplete de butano, arma e instrumentos que tenía en su casa desde el día anterior ya preparados, cogió el coche de su padre y con él se trasladó a la zona de Somosaguas, donde se encuentra el chalé de sus suegros.

»Que estacionó el coche en el descampado que hay en el margen derecho de la carretera que sube al chalé, y entró por la puerta de la verja que rodea la casa y, por la parte derecha de la misma, se dirigió hasta la puerta de cristal que solía utilizar, cuando vivía en la casa, para salir al jardín.

»Que, tras adherir unos esparadrapos al cristal, lo golpeó con el martillo, introdujo la mano derecha y abrió la puerta, pasando al recinto de la piscina. Que la puerta interior de este recinto la encontró abierta, llegando basta el salón contiguo.

»Que para penetrar en el hall, donde se encuentra la escalera por la que se accede al piso superior donde están los dormitorios, tuvo que abrir una puerta de madera. Que, utilizando el soplete, hizo en esta puerta un boquete por el que pudo introducir la mano y abrirla, girando la llave, que se encontraba puesta, por la parte interior.

»Que a continuación recorrió el camino hasta el dormitorio de su suegro y, aproximándose a él, le disparó en la cabeza y trató de salir precipitadamente de la habitación, por lo que tropezó en una silla y se le escapó un disparo.

»Que, aunque trató de huir, se despertó su suegra y dijo: “Quién hay?” o algo así, y para evitar ser reconocido tuvo que darle muerte, disparándole una primera vez cuando se encontraba ella sentada ya en la cama, y una segunda vez para asegurar su muerte.

»Que, tras ello, salió corriendo y tomó el vehículo de su padre, marchándose a su domicilio.

»A la mañana siguiente se despertó temprano y se ausentó de casa para ir a un asunto del seguro de desempleo.

»Preguntado si utilizó silenciador en la pistola, dice que sí.

»Preguntado sí utilizó guantes, manifiesta que sí.

»Preguntado sobre el paradero de la pistola que empleó en la comisión de los hechos narrados, manifiesta: -Que desconoce el actual paradero de ese arma.

»Preguntado nuevamente para que aclare qué hizo con el arma mencionada, o a quién la entregó tras la comisión de los hechos, dice: -Que no puede contestar a eso.

»Preguntado también sobre el paradero del soplete, el martillo, la linterna y demás efectos empleados, así como la procedencia de dichos efectos, dice: -Que ignora dónde pueden encontrarse y respecto a la procedencia, el soplete lo había adquirido en una tienda y el martillo, linterna y demás efectos los había cogido de su casa.

»Preguntado con qué fin preparó y adquirió estos efectos dice: -Que para asuntos suyos.

»Preguntado finalmente qué hizo, tras la comisión de los hechos, con los repetidos efectos utilizados, dice: -Que no puede contestar a eso.

»Y no teniendo el funcionario Instructor ninguna otra pregunta que formular, ni el declarante nada más que agregar a lo expuesto, una vez leída la presente, la halla conforme, y firma en unión del letrado presente y del Instructor, de lo que como Secretario CERTIFICO.

Escobedo volvió a firmar. Según los inspectores Cordero y Romero, Rafi se derrumbó moralmente, comenzó a llorar y, en aquella noche del 9 de abril, exclamó:

-¡Sí, los maté, lo hice! ¡Hay más gente, pero no quiero decir más!

Después de confesar, el yerno de los marqueses de Urquijo comentó a los policías nacionales que le custodiaban:

-En el chalé me esperaban tres personas y una de ellas era una mujer.

Cuando llegó el abogado Stampa Braun, la confesión estaba prácticamente finalizada. Al verle aparecer, Rafi se incorporó muy nervioso y exclamó:

-¡Esto no se puede tocar!

Stampa comentó escandalizado:

-¡Menos mal que no existe la pena de muerte!

  • Dos viajes inesperados

La detención de Rafi provocó una verdadera estampida. El mismo día que ingresó en la Dirección General de Seguridad, el administrador Diego Martínez Herrera decidió viajar precipitadamente a Londres. Sacó un billete de avión, que cargó a la cuenta de Shock S.A. -la empresa de Myriam-, en su agencia de viajes habitual, obligando al botones de la agencia a llevárselo hasta el chalé fuera incluso de sus horas de trabajo. Herrera aceptó aterrizar en un aeropuerto que nunca usaba, por encontrarse a hora y media de Londres, con tal de tomar el primer avión. Mucha prisa tenía, porque en otras ocasiones había atrasado su viaje unas horas con tal de no usar ese aeropuerto.

La explicación dada al juez por Diego Martínez Herrera, tal como recoge el sumario, es sorprendente:

-El día ocho de abril por la mañana paseaba por la calle Cedaceros y me encontré con Murcia, director del Banco de Europa, quien paseando me propuso un negocio: que viajara a Londres para intentar vender los hoteles Ritz y Palace a una empresa inglesa.

Era un negocio tan importantísimo que cuando regresó de Londres, el día 10 de abril, después de que Rafi firmara su confesión, no supo explicarle a la Policía el motivo de su viaje. Se le había olvidado, según sus propias palabras. Claro, que el dueño de ambos hoteles, Enrique Masó, ya había hecho el negocio por su cuenta y desconocía las gestiones de Martínez Herrera. También se fue a Londres el mismo día Javier Anastasio de Espona -que sería procesado como cómplice del crimen en el segundo sumario del caso Urquijo-.

Al saber la detención de Rafi, intentó verle para hablar con él en la Dirección General de Seguridad; al no conseguirlo, optó por viajar a Londres en el primer avión de aquel día.

-Fui a ver a mi novia que es azafata- se justificó Anastasio.

En realidad, su novia Patricia Landa Moya, por entonces, trabajaba en Lisboa y Javier Anastasio lo sabía. En la capital británica permaneció hasta el día 12, en que su hermano Ernesto y su novia tuvieron que ir a por él para que regresara. Rafael Escobedo no había implicado a nadie más en el caso Urquijo. Estaba a salvo. ¿Qué hicieron realmente Diego Martínez Herrera y Javier Anastasio en Londres, ciudad donde Juan de la Sierra estuvo mientras sus padres eran asesinados?

El inspector Romero Tamaral, investigador del caso, elaboró tres informes sobre la fiebre viajera de los sospechosos. Fechados en abril de 1981 y marzo de 1982, estos son algunos de sus descubrimientos más sorprendentes:

«Al tratar de buscar una explicación al viaje de Javier Anastasio, dada la evidente falsedad del fin argüido, se intentó determinar si cualquier otra persona, relacionada con las víctimas, pudo haber realizado algún viaje coincidente en fechas y lugar con el de referencia.

»En este sentido, se solicitó el pasaporte a los hijos de las víctimas, Juan y Myriam de la Sierra, al súbdito norteamericano Richard Dennis Rew y al administrador Diego Martínez Herrera.

»En el pasaporte de Myriam no figura viaje alguno realizado en las fechas 9, 10 y 11 de abril de 1981, así como tampoco en el de su amante Richard Dennis.

»Diego Martínez Herrera entregó el último pasaporte de Juan de la Sierra, que, por renovación reciente, está prácticamente en blanco y, en cuanto al anterior, vigente en las fechas en que se realiza el viaje de Javier Anastasio, dijo que se encontraba en Panamá, donde Juan de la Sierra lo había dejado con el fin de que le preparasen cierta documentación [la venta de la Aseguradora]. Habiendo sido recibido ya dicho documento [8 de abril de 1981], se aprecia que Juan de la Sierra no realizó ningún viaje en el mes de abril de 1981, en el que sí lo hicieron Javier Anastasio Espona y Diego Martínez Herrera, coincidiendo ambos el día diez de ese mes y año en la ciudad de Londres.

»El señor Herrera entregó su pasaporte, observándose que había realizado un viaje Londres-Madrid-Londres, en los días 9 y 10 de abril de 1981, según los sellos de tránsito que figuran en el documento. Dado que Javier Anastasio y Diego Martínez Herrera coincidieron en Londres durante la fecha del 10 de abril de 1981, se hizo necesario comprobar si el viaje del citado administrador es subsiguiente a la detención de Rafael Escobedo Alday, y demás circunstancias.

»A tal efecto, el funcionario firmante se personó en la agencia de viajes Helmar S.A., donde el jefe de la misma, Javier Carrasco Valenzuela, al que se le solicitó declaración, explicó que el señor Herrera solicitó el viaje con cierta premura el día 8 de abril. Como el viaje en cuestión fue cargado a la cuenta de Shock, S.A. (empresa dedicada a la venta de bisutería que posee Myriam de la Sierra juntamente con Richard Dennis Rew), tal como figura en facturas y declaró el jefe de la agencia de viajes, se citó nuevamente a Myriam y a Richard.

»Éstos manifestaron que tal viaje no le fue ordenado por ellos a Herrera, que ignoran el motivo por el cual se haría y que, en cuanto a su importe, le fue descontado de su sueldo, extremo que pueden acreditar, y que así suelen hacerlo con cualquier empleado suyo que realice un viaje por motivos particulares.

»Preguntado en distintas ocasiones sobre el motivo del viaje, Diego Martínez Herrera aseguró haberlo realizado por fines particulares, pero dijo QUE NO RECUERDA A QUÉ FUE A LONDRES.

»Que no recuerde la finalidad del viaje el señor Herrera, habiendo tenido ya más de una semana para hacer memoria y consultar notas es de muy dudosa credibilidad, ya que el citado administrador es un hombre de reconocida agilidad mental avispado en los negocios y, dada su profesión, no se explica su ignorancia acerca de la finalidad de un viaje, por importe de cincuenta mil pesetas y 3.109 pesetas, según facturas adjuntas. Además, no eran fechas idóneas para ausentarse de Madrid, justamente a raíz de la detención de Rafael Escobedo, como resultado de unas investigaciones cuya marcha conocía, pues podía ser necesitado para cualquier declaración.

»Así pues, comparativamente, los viajes realizados por Javier Anastasio y Diego Martínez Herrera, son:

»El primero, tras visitar a su amigo Rafael en las dependencias de la Brigada Regional de Policía judicial, en las últimas horas del día 9 de abril, sale de Madrid, por Barajas, llegando a Lisboa antes de las veinticuatro horas del mismo día nueve. Transcurridas unas horas, y ya en la madrugada del día diez, toma el avión en Lisboa, volando hasta Londres, donde llega a primeras horas del mismo día. Permanece en Londres todo el día diez, y regresa el día once, habiendo ido a buscarle su hermano y su novia.

»El segundo, sale el día 9 de Madrid, sobre las nueve horas, y permanece en Londres el mismo día 9 y el día 10, regresando a Madrid, a últimas horas de la tarde de ese día 10 de abril de 1981.

»Se significa que, tal como afirma y declara el jefe de la agencia, el administrador Diego Martínez Herrera solicitó el viaje a últimas horas de la mañana o en la tarde del mismo día 8 de abril, con lo que resulta ser inmediatamente posterior a conocerse la detención de Rafael Escobedo. Y a este respecto es conveniente resaltar que el jefe de la agencia dijo verbalmente al que suscribe que recordaba perfectamente que ese viaje lo encargó Martínez Herrera en la tarde del día ocho de abril de 1981, por la circunstancia de que el botones, al serle encomendada la solicitud del billete, protestó porque le tenía toda la tarde parado y a última hora le hacía salir a la calle. La detención de Rafael Escobedo se produjo en la mañana del día ocho de abril de 1981, comunicándosele preceptivamente a sus familiares a primera hora de la tarde de ese día.

»Se significa, finalmente, que el citado señor Herrera muestra una gran alteración nerviosa desde que se le solicitó el pasaporte, según comunicó personal y telefónicamente Myriam de la Sierra al que suscribe, y que de su estancia en Londres solo se conoce lo que figura en la factura del hotel Mayfair, en cuanto a habitación ocupada, gastos, llamadas telefónicas y demás precisiones del viaje en las xerocopias que se adjuntan.»

  • La declaración en el juzgado

Los expertos en balística habían demostrado que la misma pistola disparó uno de los casquillos encontrados en la finca San Bartolomé y otro de los hallados en el chalé del crimen. Pero seguía faltando el arma. Rafael Escobedo compareció ante el juez de instrucción número 16 de Madrid, Luis Serrano de Pablo. Allí estaba el fiscal José Antonio Zarzalejos y el secretario del juzgado escribiéndolo todo, pero faltaba el defensor, José María Stampa Braun, al que no habían avisado. Todavía vestido con ropas camperas y sin afeitar, Rafi fue afirmando y negando cuantas preguntas le hizo el juez. Estaba tranquilo. Decidió que no necesitaba un letrado, ni aunque fuera de oficio, como le propusieron. Rafi escuchó su declaración policial en silencio, relajado, aunque aturdido tras dos días en los calabozos.

-¿Puede usted matizar la declaración que hizo ante la Policía? -inquirió el juez Serrano de Pablo.

-Visto el comportamiento de mis suegros -respondió Escobedo-, que hacían víctimas de sus malas formas a todas las personas, y no sólo a las que les trataban íntimamente, pues hacían polvo a la gente, decidí quitarle la vida a mi suegro porque era el más culpable. Por eso, el día anterior compré el esparadrapo y el soplete. El día treinta y uno de julio hice más o menos lo siguiente: comí en El Corte Inglés y de allí me fui a casa de mi amigo Javier Anastasio, que vive en la calle José Abascal, 34, y después de echarme la siesta en una de las habitaciones y estar charlando con Javier durante gran parte de la tarde, nos fuimos al Chascarrillo sobre las siete y media u ocho de la tarde, donde tomé lo de siempre: dos o tres copas de ron con limón. Luego nos marchamos a cenar al Espejo, que está en el Paseo de Recoletos donde estuvimos hasta las doce de la noche aproximadamente.

-¿Quiénes cenaron?

-Javier Anastasio, José Juan Hernández y yo.

-Prosiga.

-Alrededor de las doce nos fuimos del Espejo y volvimos al Chascarrillo, donde estuvimos un rato hasta irnos al Moro, al Bar Mil Noches, donde tomé varias copas.

-¿Cuántas?

-No sé, varias. Todas de ron con limón. Bueno, recuerdo que también bebí champán, al que me invitaron mis amigos. Después me llevó Javier a mi casa.

-¿A qué hora?

-No lo sé, quizá sobre las tres o tres y media.

El primo de Rafi, Miguel Segimón Escobedo, abogado en ejercicio, llegó al juzgado, Rafael estuvo de acuerdo en que le asistiera en la declaración.

-¿Ha matado usted a los marqueses de Urquijo? -inquirió el juez.

Escobedo, que hasta ese momento había mantenido una actitud ejemplar, dijo:

-Disculpe, señor juez, ¿puedo hacer una consulta en privado?

El juez Serrano de Pablo no tuvo inconveniente.

-Hable si lo desea con su abogado.

-No -respondió Rafi-, la consulta quiero hacerla con el inspector de Policía, señor Cordero.

Al letrado Segimón le pareció inaudito. El juez entonces ordenó una pausa de media hora y Rafi se entrevistó a solas con el inspector Cayetano Cordero mientras se aseaba en el cuarto de baño. Después, confesó de plano. Segimón no salía de su asombro cuando su primo le preguntó desvalido:

-¿Tú crees que la Policía cumplirá lo que ha prometido? ¿Qué dejarán en paz a mis padres?

Miguel Segimón no supo qué contestar. Era un convidado de piedra en la confesión de Rafi, apenas entendía lo que estaba pasando.

Escobedo prosiguió su relato a requerimiento del juez Serrano:

-En casa de mis padres recogí el soplete, el esparadrapo y el martillo que guardaba en mi habitación.

-¿También la pistola?

-Sobre la pistola no quiero hacer ninguna declaración; solo le diré que no la saqué de mi casa y que nada más la tuve en mi poder durante dos o tres horas.

-Si no la sacó de su casa, ¿se acercó a recogerla en algún sitio?, ¿se la pidió a alguien?

-No quiero hacer ninguna declaración sobre esto.

-¿La tiró en algún sitio o se la devolvió a alguna persona?

-No quiero contestar, solo quiero decir que no la he robado ni la he sacado de mi casa.

-Prosiga entonces.

-A los quince minutos de estar en mi casa, le quité las llaves del coche a mi padre, bajé a la calle, cogí el coche y me dirigí completamente solo al chalé de mis suegros. Entré en el chalé como ya he declarado a la Policía y maté a…

-¿Encendió la luz de la habitación de su suegro?

-No. Todo lo hice con la linterna.

-¿Por qué fue a la habitación de su suegra?

-Porque la escuché decir «¿quién hay ahí?» o una cosa por el estilo, y me di cuenta de que si no iba me podía descubrir. Vi que había encendido la luz y disparé prácticamente desde los pies de la cama.

-¿Ella le reconoció?

-Todo fue tan rápido que no puedo saberlo.

-¿Había disparado antes con el arma que llevaba aquella noche?

-Sí -dijo con seguridad, pero inmediatamente rectificó-: No, no la había utilizado nunca.

-¿Está usted seguro?

-Me he confundido al contestar, no había usado nunca esa pistola.

-¿Qué hizo después de realizar los hechos?

-Volví sobre mis pasos, recogí los utensilios que había dejado en el pasillo, el esparadrapo, el soplete, el martillo… volví al coche y regresé a casa.

-¿A qué hora?

-Sería más o menos las cinco de la madrugada.

-¿Cómo entró en su casa si, según declaró, no tenía llaves?

-Las había cogido antes. Entré en casa de mis padres y me fui a dormir a mi cuarto hasta las ocho y media que me despertó mi madre porque tenía que arreglar unos asuntos en la Oficina de Empleo.

-¿Hizo alguna parada al regresar en el coche a su domicilio?

-No.

-Entonces, llevó la pistola y los otros utensilios a su domicilio.

-No, sobre eso no quiero hacer ninguna declaración.

-¿Cómo explica -tomó la palabra el fiscal Zarzalejos- que en el campo de tiro de la finca de Cuenca se haya encontrado algún casquillo que ha sido también disparado por la misma pistola?

-No me lo puedo explicar.

-¿Qué relaciones ha tenido con sus padres hasta ahora? -siguió preguntando el fiscal.

-Las normales de cualquier hijo de familia; he discutido algunas veces, pero sin mayor trascendencia. Sólo una vez, cuando me eché una novia que no le agradaba a mis padres, me marché de casa por unos días.

El interrogatorio del fiscal Zarzalejos discurrió por terrenos en los que trataba de vislumbrar la personalidad del detenido. La confesión judicial había sido impecable, pero tanto Stampa como Segimón coincidieron al afirmar que, de no mediar un «pacto» con los inspectores y un estado psíquico de agotamiento, Rafael Escobedo jamás se habría declarado culpable ni firmado aquel papel, la única prueba que le condujo a la cárcel y quién sabe si a la muerte. Setenta días más tarde, en su segunda declaración judicial, Rafi se proclamó inocente del crimen y se desdijo, una tras otra, de todas sus afirmaciones.

-¿Cómo sabe que la habitación de su suegra tenía apagada la luz? -preguntó Adolfo de Miguel, acusador particular en representación de Juan de la Sierra.

-No hace falta verlo -respondió Escobedo- ni que te lo diga alguien; es fácil suponer que quien la mató apagó la luz después. Tampoco es verdad lo que dije en mi anterior declaración de que compré el esparadrapo, el martillo…

Su rectificación había llegado demasiado tarde.

Cordero rompe una prueba

«Después de 250 días, unas 6.830 horas de investigación ininterrumpida -anunció con alegría el comisario García Gallego el 11 de abril de 1981-, anteayer encontramos lo que buscábamos. Ha sido detenido Rafael Escobedo Alday, terminado en y griega, como presunto autor del asesinato de los marqueses de Urquijo.» Este premio público lo recibieron Luis Aguirre y José Romero, sentados a ambos lados del jefe superior de Policía de Madrid. A la hora de apuntarse el tanto y salir en la foto, todos fueron candidatos, pero los resultados, como en una película americana, los había traído casi en exclusiva el policía-estudiante José Romero Tamaral. El jefe del grupo V, Cayetano Cordero Montero, instruyó las diligencias policiales y Romero, auténtico artífice de la detención y el hallazgo de las pruebas, ofició de secretario.

Junto a la historia del lazo negro, los casquillos perdidos en la basura y la huella en el cristal a la que no se le encontraba dueño (a pesar de que sus rasgos coincidían en parte con los de un miembro del círculo de amistades íntimas de Juan y Rafi), otra nueva «singularidad» sacudió la investigación. El protagonista fue Mauricio López-Roberts (Mauricio López-Roberts y Melgar, marqués de Torrehermosa. 46 años. Estudios de Perito Agrónomo y Veterinaria sin terminar. Experto cetrero, conocedor de armas y domador de lobos. Colaborador del malogrado Félix Rodríguez de la Fuente en el programa televisivo Planeta azul. Separado y con tres hijos, procesado como encubridor del crimen en el sumario 101/83 Especial), quien en la página 277 de su libro Las malas compañías, en el capítulo titulado «Clímax que pulveriza la apelación», incluyó este párrafo que luego fue eliminado de la edición final, y por lo tanto permanece inédito:

«A mediados de septiembre de 1981, cinco meses después de la detención de Rafi, Mauricio López-Roberts se persona voluntariamente a ver al inspector Cayetano Cordero en la Dirección General de Seguridad. El reloj de la Puerta del Sol acababa de dar, como en el poema de Lorca, las cinco en punto de la tarde. Mauricio y Javier Anastasio (José Romero Tamaral detuvo a Javier Anastasio el domingo 13 de octubre de 1983. Está procesado como coautor del crimen de los Urquijo en el mismo sumario -el segundo del caso- que Mauricio López-Roberts. Anastasio, de 32 años, sin oficio, huido de la justicia española desde el 30 de diciembre de 1987, se encuentra en paradero desconocido. Apenas fue molestado por la policía durante la instrucción del primer sumario contra Escobedo. Vive posiblemente en Filipinas con documentación falsa), habían estado hablando días antes del asunto que nos está volviendo locos. Estaban hartos, Javier estaba caliente, pero todavía no quería reventar. Mauricio, en cambio, reventó y aprovechó el momento psicológico de Anastasio, inundado de indecisión, para acercarse a las dependencias policiales y permanecer cuatro horas y media dialogando con el mencionado inspector.

»Hizo las mismas declaraciones que posteriormente haría en el juzgado de Plaza de Castilla, sólo que en esta primera ocasión le fueron rotas y devueltas por las manos de Cayetano Cordero, quien alegó que iba a resultar sumamente difícil demostrar los hechos que en ellas se contenían y que, además, vista la honestidad del comportamiento voluntario de López-Roberts, era mejor romperlas para no meterlo en un lío. Las declaraciones aludidas, que Mauricio guarda pegadas con celo, le fueron reembolsadas unos diez días después.»

En vista del caso que le hizo el jefe del grupo V, el marqués de Torrehermosa decidió guardar silencio hasta su declaración judicial del 7 de octubre de 1983, que abrió el segundo sumario del caso Urquijo y procesó a Javier Anastasio como cómplice de Rafi y a él mismo como encubridor del crimen.

«Por razón de su amistad con Rafael Escobedo -dice el acta de declaración-, tuvo algunas confidencias del mismo sobre la muerte de sus suegros, manifestándole en alguna ocasión que “cuando les matamos” sin que le dijera quiénes fueron, salvo que le comentó que había ido Javier Anastasio entre ellos, que Javier se había quemado en un brazo el día de autos; que a la suegra la habían matado por error y que al dispararle al cuello cuando tenía la cabeza girada, surtió un chorro de sangre; que en la comisión de los hechos utilizaron una pistola propiedad del padre de Rafael; que la pistola envuelta en trapos la tiró en el pantano de San Juan; el declarante deduce que el autor de los disparos no precisaba ser ningún experto en armas. Sobre las otras personas, sólo sabe lo que le dijo Rafael, que habían estado él y Javier, y que eran cuatro personas.

Si el inspector Cordero hubiera hecho caso a Mauricio López-Roberts, el juicio contra Rafael Escobedo Alday, a principios del verano de 1983, habría discurrido por unos derroteros más transparentes. Pero claro, para el policía instructor los hechos narrados por Mauricio López-Roberts en 1981 «eran muy difíciles de demostrar».

Solo en el banquillo de los acusados

El martes 21 de junio de 1983, la sala tercera de la Audiencia Provincial de Madrid fue el escenario de una singular puesta en escena. El juicio contra Rafael Escobedo comenzó en medio de un tumultuoso retraso de media hora. El ambiente era plenamente popular: señoras maduras vestidas de luto, parados, cincuentonas abanicándose, quinceañeras, hombres con el rostro quemado por el sol, trajes y zapatillas apretándose en los incómodos bancos sin respaldo. El mismo lugar donde habían sido juzgados los autores de la matanza de Atocha y donde Joseph L. Mankiewicz rodó una escena de La condesa descalza, con Ava Gardner.

El presidente del tribunal, Bienvenido Guevara, tocó la campanita y ordenó silencio. A la derecha, el fiscal José Antonio Zarzalejos, de 63 años, ordenaba sus apuntes. Frente a él, arropado por sus dos ayudantes, José María Stampa Braun, criminalista prestigioso. Los cinco jueces, sentados entre el defensor y el fiscal, dictaminarían a tenor de aquel duelo.

-¡Entre el acusado! -ordenó el juez Guevara.

Rafael Escobedo Alday, de 29 años, escoltado por dos guardias civiles, salió por la puerta que conduce al recinto desde los calabozos. Miró de reojo la sala. Estaba llena. En pie, vistiendo un impecable traje gris, bien peinado, más flaco que en las fotografías, observó al tribunal. Sus muñecas estaban esposadas y, a pesar de la solicitud del defensor, el juez Guevara no aceptó quitárselas durante toda la vista, dada -según sus propias palabras- «la excepcionalidad del delincuente».

Stampa rompió el fuego haciendo que constara en acta la «extraña desaparición» de la única prueba material que existía contra Escobedo: alguien había robado los 215 casquillos de bala «supuestamente» encontrados en la finca San Bartolomé, las cuatro vainas del calibre 22 halladas en las habitaciones de los marqueses y las cuatro balas de plomo extraídas de los cadáveres y el armario.

El fiscal Zarzalejos no se opuso a la petición de Stampa y, con calma, comenzó su interrogatorio de Rafi. Nuevamente en pie, mirando al tribunal, erguido y con voz segura, Escobedo respondió a las preguntas del fiscal durante más de dos horas. Minuciosamente, contó su vida desde su boda con Myriam, el 25 de junio de 1978, hasta el día en que se confesó autor de la muerte de los marqueses.

-Vivíamos con más lujo que cualquier matrimonio joven en esa situación-afirmó.

-¿De dónde salía el dinero? -inquirió Zarzalejos.

-De nuestro trabajo en Golden.

-Pero usted no trabajaba en nada cuando se casó, y ahora tampoco.

-Ahora… en la cárcel…

Las risas que surgieron en la sala tenían un sentido: hasta ser juzgado, Rafi había esperado veintisiete meses encerrado en la séptima galería de Carabanchel.

El fiscal cambió de tema:

-En muchas ocasiones ha culpado a su suegro de su fracaso matrimonial. Lo dice Myriam y algunos de sus amigos.

-No influyó en nada. Myriam y yo nos separamos por desavenencias matrimoniales. Una discusión fue la chispa.

-Sin embargo -insistió Zarzalejos-, en alguna discusión usted llamó al marqués: «cerdo», «rácano» y «cretino».

-Son palabras que se dicen mucho. No es demasiado trascendente pronunciar esas palabras. Debí usar ese vocabulario de manera accidental.

-No es trascendente -remató el fiscal.

-Mire, durante mi noviazgo, mis suegros daban a Myriam y a Juan un trato nada apropiado entre padres e hijos. Entre ellos la violencia se daba por las dos partes. Desde el prisma de mi noviazgo, veía que el marqués era muy duro, muy drástico con sus hijos.

Escobedo negó todas las veces que pudo cualquier mala relación con Manuel de la Sierra. Afirmó incluso que el marqués no había visto con malos ojos su boda.

-Yo no me casé por dinero. El matrimonio se hizo con separación de bienes. En ningún momento he tenido nada que reprochar al marqués de Urquijo.

Rafi calificó de «fantasioso» la frase que, según Myriam, dijo a su esposa en medio de una discusión tres días antes de los asesinatos: «…voy a hundir a tus padres…».

-El americano es quien trajo los problemas. Mi suegro respetaba mi vida. Dejé el trabajo en Golden tras una discusión con Dick por motivos laborales, desconocía entonces las relaciones amorosas entre él y mi mujer.

Rafi negó toda participación en el crimen. Tras cenar e ir de copas con su amigo Javier Anastasio, durmió en casa de sus padres desde las dos y media de la madrugada.

-¡Lo que usted hizo al llegar a su casa -exclamó el fiscal señalándole con el dedo acusador- fue recoger la pistola, el soplete, el martillo y la cinta adhesiva para ir a Somosaguas y asesinar a los marqueses!

-Eso no es cierto -respondió Rafi, sosegado-. Estuve durmiendo y por la mañana me fui a la Oficina de Empleo.

Por aquellos meses, golpeado por la separación de Myriam, Rafi atravesaba un mal momento; bebía demasiado alcohol y consumía las drogas que caían en sus manos. Su estado era tal que decidió tratarse por el psicólogo Julián Zamora, quien había enviado al juez instructor del sumario un informe sobre la personalidad de Escobedo, que destacaba: «Viene a la consulta aquejado de angustia y depresión. Infantilismo, que -a mi entender- se genera en un ambiente familiar negativo y castrador, y en una carencia afectiva básica. Masoquismo, con una actitud de dependencia muy fuerte, especialmente hacia su mujer. Personalidad influenciable. Se deja manipular por las personas que ejercen sobre él una determinada influencia. Actitud vital altamente obsesiva. Se ve en la idea reiterativa del sentimiento de frustración por la ruptura amorosa con su mujer, y la relación de dependencia hacia ella, que no puede superar ni aun después de la ruptura. Cansancio vital con ideas de suicidio. Lo único que le salva es la relación positiva y afectiva con amigos.»

José María Stampa Braun calificó la confesión firmada por Escobedo como «prefabricada».

-Cuando llegué a defender a Rafael Escobedo, él me dijo: «¡Esto no se puede tocar!» ¡Y no se podía tocar porque todo estaba pactado con el inspector Cordero! ¿No es así?

Rafi narró con detalle el trato que recibió en la Dirección General de Seguridad. «Menos palizas, todo», dijo. Su relato era tan minucioso que el juez Guevara, interrumpiéndole, le increpó:

-¡No siga usted contándonos la comedia, cíñase a los hechos!

-¡Si el señor presidente -intervino Stampa- no deja expresarse libremente a mi defendido, tendré que abandonar la sala! ¡Señor, lo que estamos tratando aquí no es una comedia, en todo caso será un drama!

-Señor letrado -respondió Guevara, conciliador-, comedia y drama forman parte del mismo género literario. No había en mis palabras ningún ánimo peyorativo para su cliente. El acusado tiene absoluta libertad para manifestarse, y este tribunal no está limitando el derecho de la defensa.

El enfrentamiento entre Stampa y el juez, tras este incidente, volvió a cobrar fuerza por la tarde, cuando el abogado comenzó a redactar un escrito pidiendo, por segunda vez, la anulación del juicio en base a la desaparición de los 215 casquillos y la insuficiente prueba balística practicada. Negado el aplazamiento, el abogado Stampa redactó la solicitud a viva voz, dictando un texto durante más de media hora que era «un auténtico estudio sobre balística».

-… la geometría del arma -dictaba Stampa- es distinta y está determinada por la relación angular entre el percutor y el tope inyector o…

-Señor letrado -intervino el juez-, lo que está usted haciendo no es una solicitud, es un informe…

-¡Señor presidente -protestó Stampa airado- si no puedo realizar la defensa adecuada, si no puedo alegar como considero correcto, renunciaré a la defensa y abandonaré la sala! ¡Dejo de ser abogado!

El público rompió en aplausos.

-Desalojen la sala -dijo Guevara, agitando la campanilla-. Que salgan todos, menos la primera fila y los periodistas.

En varios minutos, la Guardia Civil dejó el recinto vacío mientras algunas personas hacían un amago de resistencia. Desde las seis cuarenta de aquella tarde hasta las nueve de la noche, sólo quedamos los cronistas y las esposas de los magistrados del tribunal, que ocupaban los asientos con pupitre reservados a la prensa mientras nosotros escribíamos poniendo el bloc sobre nuestras rodillas.

Y Stampa continuó:

-…el informe balístico combina fotos como las de esas personas que en las ferias se hacen fotografías con distinto traje del que llevan. Se había solicitado un informe balísitico para demostrar que los dos casquillos analizados, el de Moncalvillo y el de los marqueses de Urquijo, son distintos, y esa prueba no se ha realizado.

El primer testigo llamado a declarar fue el inspector de primera Cayetano Cordero. Con palabras efusivas y gesticulando, Cordero explicó:

-Comenzamos a sospechar porque el padre de Rafael Escobedo tenía una pistola registrada en la Guía General de la Guardia Civil, una Star F del calibre 22. Le preguntamos dónde estaba y no nos dio una respuesta satisfactoria.

-¿Ustedes le presentaron a su padre esposado, mientras coincidían los dos detenidos en la Dirección General de Seguridad?- preguntó el fiscal Zarzalejos.

-La Policía no le presentó a su padre -respondió el inspector -, pero pudo haberlo visto en algún momento, por casualidad.

Cayetano Cordero explicó que los hijos de los marqueses, Juan y Myriam, «tenían indicios».

-Dos funcionarios se quedaron por la noche con Escobedo; estaba derrumbado, había firmado la confesión y lloró después de hacerlo. A estos funcionarios que le custodiaban les dijo que habían más personas pero que no podía decir quiénes, y que le estaban esperando en el chalé. A la mañana siguiente lo negó.

-¿Y cómo desaparecieron los casquillos? – preguntó Stampa.

-No lo sé. Los casquillos los entregamos en el juzgado 16.

-¿Tienen un justificante de esa entrega?

-No nos dieron recibo. No hay ninguna norma que obligue a ello.

-O sea, que ustedes dieron las pruebas del caso Urquijo, ¡hala!, ¡metidas en una bolsa y sin justificante!

-Sí señor.

-Ustedes funcionan con buena fe por lo que veo; y además mandan a este tribunal un informe balístico sin las balas.

Stampa se ensañó con el inspector Cordero hasta que Guevara intervino pacificando:

-Tenga en cuenta el señor letrado de la defensa que el inspector es un funcionario, no la institución de la Policía. Él no puede saber y ser responsable de todo. Pero, para aclarar quién miente, si su defendido o el testigo, vamos a realizar un careo. ¡Levántese el acusado, pónganse frente a frente!

El abogado protestó argumentando que, al estar su cliente esposado, el careo lo realizaría en inferioridad de condiciones con respecto al policía. El juez Guevara no aceptó que a Rafi se le quitaran las esposas porque era ya muy tarde.

Enfrentándose, a pocos metros el uno del otro, el tribunal pretendía saber si, durante la confesión judicial del 10 de abril de 1981, en una entrevista privada que solicitó Escobedo para hablar con Cordero, ambos trataron de «ultimar el pacto» o fue simplemente «una entrevista de amistad», como dijo el policía mientras negaba, de forma tajante, que la confesión de Rafi fuera producto de un «pacto secreto» para librar a su familia. El careo tuvo su violencia.

-¿Cómo dice -comenzó Escobedo- que me entrevisté con usted porque estaba en un callejón sin salida, si el juez no me estaba forzando y me trataba con caballerosidad?

-¡Tú mientes -exclamó Cordero-, sigues mintiendo!

-No discutan, dialoguen -intervino Guevara.

-¡Estabas acorralado! -dijo Cordero.

-¿Acorralado? ¡Si ya había aceptado firmar mi confesión!

-¡Hablaste conmigo porque me tenías confianza!

-¿Confianza yo? ¿Cuándo he comido con usted?

-¡Le está llamando de tú y no de usted! -intervino Stampa gritando-. ¡Aquí se está representando el clásico papel de superioridad del policía sobre el detenido! ¡Escobedo está en inferioridad de condiciones!

Cuando el juez, acallando el tumulto de voces leguleyos, dio por terminada la sesión hasta la mañana siguiente, José María Stampa cerró su portafolios satisfecho. Estaba demostrando los puntos oscuros, había pedido en tres ocasiones la suspensión del juicio y la desaparición de los casquillos daba un nuevo argumento para que la defensa saliera victoriosa. Sus enfrentamientos con el tribunal, su énfasis en contraste con la meticulosidad tranquila y científica del fiscal Zarzalejos, no eran más que el brioso comienzo de una carrera. Adornos.

Aquel día Stampa comprobó que el tribunal no estaba dispuesto a suspender el juicio; comprendió que, pasara lo que pasara, la vista contra Escobedo proseguiría hasta el fin. Tras la fórmula técnica aducida por el fiscal: «No existe ninguna causa mediata o inmediata que justifique la anulación», o por Bienvenido Guevara: «Eso ya consta en el sumario», se escondía la principal amenaza para conseguir la libertad de Rafael Escobedo. De todos modos, era preciso poner al tribunal contra las cuerdas, demostrar la falta de pruebas, la incompetencia de los policías que investigaron y la coacción como medio para conseguir una confesión de culpabilidad.

Rafi salió de la sala entero, casi contento porque en el asalto había ganado por puntos. Pero el primer round no era el combate. Él se había declarado culpable ante un juez y eso era muy grave; suficiente para que un tribunal le condene en España. Aquel día, con su declaración pública de inocencia y sus buenas maneras, Rafi salió ganando. Pero ya no hablaría más en las siete sesiones que duraría el juicio; todo su papel en este «drama» consistiría en entrar, salir, mirar de reojo a la gente, saludar a hurtadillas y levantarse, con las esposas puestas, para ser reconocido por el testigo de turno.

Sólo tres momentos estelares volvieron a poner el juicio al rojo vivo.

El primero lo protagonizó José Romero Tamaral.

-Oiga -preguntó Stampa-, ¿qué ocurrió con la primera confesión manuscrita de Rafael Escobedo, en la que escribió de su puño y letra que mató a sus suegros?

-Se tiró -respondió Romero-, era una cuartilla sin valor; una vez hecho el primer borrador de la declaración, aquella confesión no servía para nada.

Stampa manifestó su estupor: la única confesión autógrafa de Rafi, capaz de demostrar en un estudio grafológico el estado de ánimo del acusado, la Policía «la hacía desaparecer».

-A Escobedo le tratamos muy bien, le dimos siete coca-colas y todo el tabaco rubio que quiso.

La nueva bomba estalló cuando Romero, que hablaba a gran velocidad y gritando porque el tribunal le había pedido que alzara la voz -Bienvenido Guevara padecía una destacada sordera-, aportó un nuevo dato sobre la desaparición de los casquillos.

-Un día, el secretario del juzgado número 14 me dijo que se habían presentado seis personas diciendo que eran inspectores de Policía y le preguntaron sobre el paradero de los casquillos del caso Urquijo. El que hablaba era un hombre bajito y grueso. Eran suplantadores y pudieron llevarse los casquillos que estaban en el juzgado número 16, hace cuatro meses.

-Reitero mi petición -dijo Stampa- de que el juicio debe ser suspendido ante la inesperada revelación del inspector Romero. ¿Qué ha podido pasar con las piezas de convicción?

Ante la negativa, Stampa prosiguió el interrogatorio de Romero afilando sus preguntas:

-Oiga, ustedes en la Policía han debido investigar mucho, ¿verdad?

-Sí.

-Sin embargo, el despacho de Manuel de la Sierra estuvo cerrado durante seis meses esperando la visita de la Policía, que no fue.

-En esos primeros meses, yo no estaba todavía en el caso.

-Tampoco hicieron la prueba de si la mano de Escobedo cabía en el hueco de la puerta de la piscina. ¿Y dónde está la confesión manuscrita?

-¡No lo sé!

-¿No sabe quién puede tenerla? ¿Si la Policía o el Arzobispado?

El juez Guevara interrumpió el interrogatorio y concedió un descanso de diez minutos. Stampa bajó del estrado y exclamó:

-¡Es una vergüenza la parcialidad del tribunal!

El interrogatorio de Myriam también tuvo su perla:

-¿Es cierto, según afirma la Policía -inquirió Stampa-, que usted tiene otro amante, además de Richard Dennis, un estudiante llamado Ignacio Zaldúa?

-No es cierto -respondió Myriam, malhumorada-. Ignacio Zaldúa es un amigo con el que salí varias veces mientras Richard estuvo en Estados Unidos. ¡No es mi amante! ¡Además, tampoco es estudiante, tiene cuarenta años y es químico!

-Pues sí que andaba encaminada la investigación policial -dijo Stampa con socarronería.

Y el de Juan de la Sierra:

-Usted, con Rafael Escobedo -interrogó el fiscal-, tenía una amistad… íntima, no digo que amorosa: íntima.

-Sí.

-La Policía afirma que usted y su hermana le dieron evidencias de que Escobedo podría ser el asesino.

-No lo sé.

Juan hablaba con hilo de voz tan débil, que el juez Guevara, con un potente vozarrón de sargento chusquero, dijo:

-¡Se ha ido el sonido! ¡Hable usted más alto, hombre!

-No puedo.

-¿Es que usted no ha hecho la mili o no ha ido a un campo de fútbol?

La tez rojiza de Juan de la Sierra se puso como un semáforo en prohibido el paso. Stampa interrogó cuando la luz natural comenzaba a escasear en la sala.

-En el agujero hecho en el cristal de la puerta de la piscina -preguntó-, ¿usted sabe si cabía una mano normal?

-Una mano pequeña sí. Mi mano pudo entrar, lo comprobé con la Policía delante.

-¿Y tomaron nota de que su mano cabía?

-No.

-¿Sabe usted si ha intervenido Rafael Escobedo en la muerte de sus padres?

-Evidentemente no lo sé, ni sé de nadie que haya podido intervenir.

-¿Cree que Rafael podía tener un motivo serio para matar a sus padres?

-Pienso que no.

Todo marchaba bien para Stampa hasta que entabló el duelo balística con Francisco de Paula Ovando, en la sesión del miércoles, 23 de junio. El abogado defensor quiso dejar en la sala la rara sensación de que el informe había sido manipulado. El inspector Francisco de Paula Ovando, jefe del Gabinete de Balística, se mostró indignado:

-Me parece improcedente que un letrado con la experiencia del señor Stampa pregunte por qué se ha fotografiado una sola vaina o casquillo, y no las cuatro encontradas en el lugar del crimen. En el famoso caso Atocha, por ejemplo, donde el señor Stampa formaba parte de la acusación particular, se presentó un informe pericial nuestro. Eran cinco asesinatos en vez de dos; se había recuperado una de las armas y había unas diecisiete vainas y diez balas. Se fotografió una sola vaina y una sola bala y, desde luego, el informe se dio por correcto.

Los hechos probados del caso tenían tantos puntos oscuros, que el fiscal Zarzalejos, al pedir la máxima pena para Escobedo, concluyó:

-Quizás en estos momentos, otros implicados en los asesinatos se estén riendo al ver que se han librado de la justicia.

La pistola en el pantano y un informe polémico del inspector Romero Tamaral

El inspector Romero detuvo a Javier Anastasio de Espona el 13 de octubre de 1983, tres meses después de que Rafi fuera condenado a 53 años de prisión como autor del doble asesinato.

El policía siguió investigando hasta el verano de 1987, en que el segundo sumario del caso Urquijo se dio por cerrado y los dos nuevos procesados, Anastasio y Mauricio, esperaban el día del juicio. En diciembre de aquel año, Javier, que había cumplido tres años de prisión preventiva, se fugó al extranjero y la vista oral del caso fue aplazada hasta nueva fecha. Sólo el encubridor López-Roberts se sentará en el banquillo, pero los protagonistas de este drama criminal tendrán que declarar como testigos. De nuevo saldrán al estrado Myriam, Juan, el administrador, el Americano… Todos, casi una década más viejos.

La detención de Anastasio trajo consigo el último escándalo: la historia de la pistola y el pantano de San Juan. Merece la pena detenerse en ella porque es una de las claves del segundo sumario y la llave que cierra el primero. En diciembre de 1980, mientras Juan y Rafi esquiaban en los Alpes y se repartía la herencia Urquijo, unos niños que jugaban en la orilla del pantano de San Juan, encontraron la pistola del crimen. El caudal del pantano había descendido, y la pistola quedó en la superficie. El padre de los niños, un comerciante de Fuenlabrada con chalé en Pelayos de la Presa, la entregó aquella misma tarde en el ayuntamiento de ese municipio. El recaudador Guillermo Manso la guardó en un cajón.

Pasaron tres años. En octubre de 1983, el comerciante leyó en los periódicos que los buceadores de la Policía rastreaban el pantano de San Juan en busca de la pistola del crimen, una Star F del calibre 22, que Javier Anastasio había arrojado al agua. La numeración del arma empezaba por el «21», un número al que el hombre apostaba en la lotería. Se trataba de la misma pistola. Inmediatamente el comerciante denunció el hallazgo a la Guardia Civil. La Benemérita se trasladó al ayuntamiento e hizo el atestado, pero no dijo nada a nadie. La Star ha «volado» del cajón donde fue guardada, ¿para qué menearlo? Sin embargo, una filtración desde el seno de la Guardia Civil puso en conocimiento del inspector Romero las pesquisas. La rivalidad entre los dos cuerpos policiales había entorpecido, una vez más, la marcha de una investigación criminal, como ha ocurrido en numerosas ocasiones con el tráfico de drogas.

Una mano negra, anónima y quién sabe con qué intereses, ha vuelto a «perder» las pruebas del caso Urquijo. La pistola jamás se recuperó. Desde entonces, la Policía ha investigado a los funcionarios del ayuntamiento de Pelayos de la Presa y ha centrado sus sospechas sobre Ángel García Lanzano, incriminado en un informe policial y cuyo teléfono ha sido intervenido legalmente. Al menos, ya se puede establecer que la pistola del crimen es la Star F, con número de fabricación 219.444, propiedad de Miguel Escobedo Gómez-Martín, el padre de Rafi.

Recogido en el sumario 101/83 Especial, José Romero ha elaborado un informe que desvela nuevos aspectos del caso Urquijo hasta ahora desconocidos; data del 23 de marzo de 1982 y, por sus afirmaciones, Romero estuvo a punto de ser expedientado por el juez instructor Luis Román Puerta. No gusta que un policía hable del señorío del poder y del dinero capaz de aplacar a la justicia. Romero concluye que Juan, Myriam y el administrador Diego Martínez Herrera «no son ajenos» al asesinato de los marqueses de Urquijo. He aquí su texto íntegro:

«José Romero Tamaral, funcionario del Cuerpo Superior de Policía, titular del carnet profesional número 11.150, adscrito a este Juzgado en relación con el Sumario 101/83 ESPECIAL, tiene el honor de participar a V.I., lo siguiente:

»Considerando importante destacar en este punto de la investigación lo que tienen manifestado los herederos de las víctimas y su administrador, a quienes Rafael Escobedo inculpa directamente en sus últimas declaraciones, se procedió a efectuar un examen retrospectivo de las de aquéllos; siendo objeto del presente informe las prestadas por Myriam, Juan y Diego en el Juzgado de Navalcarnero a los DIEZ días de cometidos los crímenes.

»Iniciando, pues, el análisis que la simple lectura de tales declaraciones sugiere, se advierte que, salvo matices, son idénticas en su contenido esencia; pues en ellas los tres refieren: que desconocen los motivos por los que se dio muerte a los marqueses; que éstos carecían de enemigos y de significación política; que no ejercían cargos ejecutivos en ninguna empresa; que no tenían problemas con el servicio; que el Marqués estaba intranquilo por motivos de salud y unas supuestas amenazas de la organización terrorista ETA.

»Recibidas, como cabe suponer, por separado y sin merma alguna de la espontaneidad, la primera afirmación que cabe hacer es que evidencian ser declaraciones preacordadas.

»Incidiendo luego sobre el contenido de las respectivas actas, se observa:

»1. Que los declarantes son personas a las que cabe suponerles, en principio, un gran interés en que prospere la investigación, y por su parte, sus declaraciones no tendrían otro sentido que aportar datos de interés a la misma.

»Veamos, entonces, qué es lo que aportan; Myriam, el hecho de que unos convecinos hubiesen disparado sobre unas ratas; Myriam, Juan y Diego, las ya aludidas amenazas de ETA, con la particularidad de que difieren en la fuente de conocimiento de tales amenazas, que para Juan y Myriam es el difunto, padre de ambos, mientras que para Diego lo es el cura párroco de Llodio, quien le hizo advertencias al respecto dos años atrás, según sus propias y respectivas aseveraciones. Y Diego, que el día 31 de julio se había marchado a las 7 de la tarde del chalé y que por la noche, hacia las 11.30 horas le llamó el Marqués para decirle que le comprara cuatro cartones de tabaco Winston blandos y también que no había pagado al ebanista; que después se puso la marquesa para comunicarle que al día siguiente por la mañana llevarían unas alfombras desde el chalé a la oficina de Myriam.

»2. Que hay una proximidad en el tiempo, por lo que los declarantes deben tener muy presente el hostil ambiente familiar y la problemática en torno al matrimonio de la heredera con Escobedo y las amenazas de éste para con las víctimas proferidas ante ella tres o cuatro días antes de los crímenes, esto es, trece o catorce antes de las declaraciones.

»Nada de esto expresan los tres declarantes que, antes bien, tratan de restarle importancia, llegando Myriam a decir. “Que después la manifestante consiguió que las relaciones fueran más cordiales a raíz del matrimonio”, como consta en su declaración. Tan cordiales que ahora se sabe cómo terminaron. Y Juan, en la suya, que: “Rafael, aunque buen chico, no quería trabajar ni estudiar, ni tenía carrera.” Nada sospechoso en suma. Todo lo cual permite hacer una segunda afirmación: silencian deliberadamente extremos de gravedad e importancia.

»Las “aportaciones” referidas en el punto 1. susceptibles de comprobación lo han sido y el resultado de ésta viene a demostrar -en lo que se refiere a los disparos contra las ratas por unos convecinos-, que es dudoso que Myriam oyera esto de boca del vigilante jurado al que alude y quien no concedió importancia alguna al asunto, del que cabe decir que como aporte a la investigación es algo impropio, el hecho en sí y lo que sugiere, de una persona de mediana inteligencia y sin que menester sea referirse a la declarante se ve claro que no es de la del caso; en lo que concierne a las supuestas amenazas terroristas, se ignora si el difunto Marqués dijo, o no, a sus herederos que existieron, pues no es comprobable, pero en cuanto a las advertencias del cura párroco de Llodio, en que las concreta el administrador, queda claro que no existieron tales advertencias ni, por ende, las amenazas a la vista de lo que informa la Comisaría Provincial de Vitoria, de la que se recabaron gestiones telefónicamente. Y en cuanto a la supuesta llamada a las 23.30 horas, que Diego Martínez Herrera declaró haber recibido del finado Marqués para, según dijo, encargarle la compra de unos cartones de tabaco Winston y recordarle que pagara al ebanista, la comprobación efectuada alcanza a demostrar que al ebanista no se le adeudaba nada y, por tanto, nada había que abonarle. Eso al menos al ebanista que como tal se conocía en el chalé y que siempre, antes y después de los crímenes, hizo todos cuantos trabajos de su especialidad se le requirieron.

»Cabe hacer otras consideraciones respecto de la misma llamada, tales como que no es razonable en absoluto que el extinto Marqués le encargase a tales horas tabaco, si había de verle por la mañana como el declarante pretende aparentar y, a la postre, que se sepa, tampoco cumplió el encargo; que tampoco lo es el que el Marqués le llamase a tales horas si como declaró Florentina, la sirvienta dominicana (véase el folio 9 del Sumario 133/81), los Marqueses cenaron sobre las 10 y como a las once menos cuarto se subieron a acostar, y el administrador había estado hasta las siete de la tarde como él mismo declara. Y que en sucesivas declaraciones insiste, de modo espontáneo, en el hecho de la llamada como si fuera algo esencial, pero ya en alguna posterior cambia el orden, diciendo que primero habló con la Marquesa y luego con el Marqués y añade otros contenidos a la presunta conversación telefónica. Por todo ello es claro que ésta no existió y que al declarar su existencia pretende hacer creer que estaba en Madrid con conocimiento del Marqués y alejar toda sospecha sobre su prevista ausencia.

»En la medida que no es razonable que herederos y administrador ocultasen lo grave e importante y dijeran lo vano, lo fútil y lo falso, siendo ajenos a los crímenes, cabe afirmar como conclusión, que no lo son y que su propósito era desorientar la investigación, lo que al parecer, consiguieron a lo largo de ocho meses.

»Con los fines de comprobación ya dichos se han recibido, entre otras, dos actas de declaración de sendos vigilantes jurados de la empresa Transportes Blindados, que tenía contratado el servicio de seguridad para ocho chalés de Somosaguas con el Banco Urquijo, siendo aquéllos propiedad de personalidades de éste y entre los cuales se encontraba el de las víctimas y escenario de los hechos que se investigan.

»De tales declaraciones y de las demás gestiones practicadas, merece resaltar, a juicio del informante.

»a) Que Diego Martínez Herrera se interesaba por la identidad y movimientos de los vigilantes jurados más que ninguna otra persona en la colonia, antes de los asesinatos. El contrato cubría vigilancia a los chalés, protegidos día y noche, con rondas periódicas de una hora efectuadas por dos vigilantes en vehículo dotado de teléfono e incluso la presencia dentro del patio de los vigilantes para detectar cualquier anormalidad exterior del edificio. Tras los crímenes no se formuló ni una mera queja verbal por los herederos ni por el administrador a la vista de la ineficacia de los servicios contratados que ni impidieron los graves hechos ni advirtieron nada útil a la investigación en la noche de autos.

»b) Que al parecer Diego Martínez Herrera posee una pistola de pequeño tamaño y calibre 6,35 o 7,65 de la que se ignora si es poseída lícitamente o no.

»c) Que Juan y Diego, tras la muerte de los Marqueses, adquieren y legalizan sendos revólveres calibre 38 con los que han estado practicando en la galería de tiro de Transportes Blindados, en fecha 18-11-1980. Cabe preguntarse para qué, si ya poseían antes armas de fuego, pues, según consta en el Sumario 133/81, había dos pistolas, tres escopetas y un rifle, armas que actualmente figuran a nombre de Juan de la Sierra y que se detallan en relación que se adjunta. Sólo aparentar necesidad de defenderse, simular, pudo llevarles a adquirir tales revólveres y hacer prácticas con ellos.

»d) Un hecho nuevo para las actuaciones sumariales: el hallazgo en un cubo de basura del chalé y a los tres o cuatro días de los luctuosos hechos, de una docena, aproximadamente, de casquillos del calibre 22, que había arrojado allí Juan de la Sierra.

»Del hallazgo de los mismos conocía el actuante informado verbalmente por Vicente Díaz Romero y por un periodista del semanario El Caso, si bien no existía constancia documental de su existencia.

»El informante ignora la procedencia y destino que se haya dado a tales casquillos pero, desde luego, está claro que son la evidencia del uso de un arma calibre 22 y que arrojarlos al cubo de la basura en fechas tan próximas a los crímenes no parece sino tratar de hacer desaparecer algo relacionado con ellos, habida cuenta de que Rafael Escobedo dijo haber vendido el arma a Juan de la Sierra antes de la consumación de los hechos, lo que pese a ser desmentido por éste no está aún clarificado, y más tratándose del propio heredero -licenciado en Derecho-, quien, según parece, los arrojó allí.

»No menos extraño resulta que si entregados a la Policía, como tiene oído el actuante de distintas personas, ni siquiera se extendiera un acta reflejando su recepción, ni se remitieran al Laboratorio de Balística Forense -por donde nunca pasaron- a efectos de la oportuna pericia, como al más inexperto funcionario se le alcanza.

»De este hecho doblemente extraño y difícil de explicar no queda, por el momento, sino afirmar que está claro que no son tales casquillos de la pistola detonadora ROHN de 8 mm. que tan presurosamente aportó el heredero ante las acusaciones de Rafael Escobedo y de la que, curiosamente, el informante no conocía ni su existencia -también esto se hurtó a la investigación-, ni qué grato recuerdo motivaría a su adquirente para conservarla tan fácilmente localizable.

»e) La relación de Juan de la Sierra con Javier Anastasio y con otros amigos, en especial con Rafael Escobedo, así como las visitas nocturnas de éste son cosa distinta de lo que aquél viene pretendiendo aparentar.

»f) Angel López Navarro abunda en la prevista ausencia de Diego Martínez Herrera, que sorprendió al chófer Antonio Chapinal con su presencia en Somosaguas en la mañana del uno de agosto de 1980.

»También refiere la llegada del mismo al chalé acompañado de un mecánico, no del chófer, vistiendo camisa negra y con vendajes en un brazo; los rumores acerca de su despido que existían en el chalé; la quema de documentos y en especial de pasaportes de los difuntos (a través de estos se podrían conocer los países visitados y localizar, tal vez, actividades mercantiles); el incremento de su poder en el chalé, con los hijos, y la utilización por el repetido administrador de un vehículo de la casa, el Seat 128 (Este automóvil, de matrícula M-3959-BY, color azul, propiedad de Myriam de la Sierra, fue puesto a la venta por el propio administrador en el “Taller Coiduras”, propiedad de Emilio Coiduras, sito en calle Divina Pastora, 31 de Fuencarral, insertándose anuncios en el Diario Ya de fecha 12 (pág. 39) y 13 (pág. 41) de julio de 1984 en los que se facilitaba el teléfono 766 02 90).

»g) Respecto del viaje realizado por Diego Martínez Herrera a Londres, en términos de precipitada fuga, y que hizo a cargo de la entidad Shock, se ha consultado a personas que trabajaron también para Myriam y Richard Dennis Rew, las cuales desmienten a éstos manifestándose en el sentido de que jamás cargaron a Shock el importe de viajes particulares, no por razones de trabajo, y a descontar de su nómina puesto que, entre otras circunstancias, no había nómina, se cobraba por recibo y la situación económica de la empresa era bastante precaria. No obstante, por temor, eludieron prestar declaración escrita.

»h) Que por gestiones solicitadas al Grupo de Policía judicial de la Comisaría de La Línea (Cádiz), se ha tenido conocimiento de que el tan repetido administrador viajó a Sotogrande el día tres de agosto de 1980 para despedir a los guardeses del chalé de esa urbanización propiedad de los difuntos. Tales guardeses son, según los informantes, un matrimonio de escasa inteligencia por razones de edad y problemas síquicos, cuyo testimonio es de escaso valor a los fines de la investigación, si bien parece cierto, como manifiestan, que fueron despedidos injustificadamente diciéndoseles que iban a cerrar el chalé, pues a mediados del mismo mes se contrató a nuevos guardeses.

»Se ignora, por otra parte, el medio por el que se desplazó a la indicada urbanización de la provincia de Cádiz, en la aludida fecha, y el que había de utilizar en el desplazamiento en que debió preceder a los Marqueses. No obstante, se advierte un hecho contradictorio respecto a ello: en el acta de declaración prestada en fecha 11-5-81 en la Brigada Regional de Policía judicial, Diego Martínez Herrera dijo que tendría que ir “en el tren”, según puede leerse en el párrafo cuarto del folio dos de la expresada declaración (que obra al folio 289 del Sumario 133/81), y en el mismo folio vuelto, que fue “a una agencia de viajes para contratar los servicios de coche-cama autoexprés”. Siendo esto así parece claro que no iba a utilizar el coche propio. Y sin embargo le llevó previamente al taller “Ferpe” sito en la Estación de Pozuelo de Alarcón, especialista en Seat, en fecha 30 de julio y le recogió en la mañana del día de autos.

»Sólo una avería de importancia y urgente justificaría lo último habida cuenta de que no iba a usarlo. Pero examinada la “Orden de Reparación”, cuya xerocopia se adjunta y que facilitaron en el propio taller mecánico así como información complementaria, resulta que lo llevó para “Revisión general del coche. Aceite Filtros”, cuando marcaba el contador de su vehículo Seat 127 M-9701-Cj exactamente 42.711 kms., con fecha de entrada en taller “30-7-80”, y de salida «31-7-80», pero, avisado el propietario por teléfono, lo recogió adecuadamente en la mañana del día uno de agosto de mil novecientos ochenta.

»Aquí no se ve mayor utilidad, en consecuencia, que evidenciar que su coche no pudo ser utilizado la noche de autos, de una parte, y, de otra, ocultar el incumplimiento de su salida para Sotogrande según lo que el Marqués le encomendara, y que ya no podría desmentirle.

»Tras lo expuesto sólo resta añadir que se une Nota Informativa “Sobre la posible implicación de Juan de la SIERRA URQUIJO en la muerte de sus padres, los Señores Marqueses de Urquijo”, que se emitió en fecha 23 de marzo de 1982 y que examinada por V.I. y por el Ministerio Fiscal se ordenó al actuante dado la inconsistente de la misma -meras sospechas-, reservar para mejor ocasión. Y entendiendo el actuante que pudiera servir ahora para contrastar las antiguas sospechas, confirmadas unas, acrecentadas otras y soslayadas también algunas de ellas a la luz de lo que hoy se conoce y, ante todo, evidenciar que las recientes declaraciones de Rafael Escobedo bien pudieran ser mezcla de verdad y falsedad, que las personas a quienes inculpa ahora, y antes protegía, ya fueron objeto de atención en la investigación, sin que hayan dejado de serlo, y que la misma ha sido unidireccional en sus resultados pese a las ingentes y diversas averiguaciones practicadas que siempre conducen a las mismas personas.

»Y significar por último, que las mayores trabas a la investigación surgen, aparte de la enorme dificultad de prueba que la autoría moral en los hechos delictivos entraña -y en esa categoría encajarían las expresiones reveladas por Escobedo al sacerdote Galera, de: “me han utilizado”… “me han utilizado”, de las querellas por calumnia y por injuria, de herederos y administrador, que más preocupados de lavados de imagen e brillantes apariciones en televisión o lucrativas en revistas nunca aportaron un ápice a la investigación y que por el ejercicio de aquellas acciones enmudecen a los testigos -caso de Vicente Díaz Romero, procesado y en libertad condicional bajo fianza de medio millón de pesetas-, intimidan a los que pudieran serlo y alertan en general, contra cualquier vocación de justicia, del señorío del poder y el dinero.»

La muerte de Rafi: Cianuro con soga

Penal de El Dueso, Santoña, segunda planta, celda número cuatro. Una comitiva formada por el director de la cárcel, el secretario y varios funcionarios descubren el cuerpo sin vida de Rafael Escobedo Alday. Son las 13.20 horas de un caluroso miércoles, 27 de julio de 1988. La descripción del macabro descubrimiento relata así en la diligencia de levantamiento del cadáver:

«Colgado de la ventana aparece el cuerpo de un hombre mirando al interior de la celda, por consiguiente de espaldas a la calle, que viste chaqueta blanca de punto con vueltas en mangas, un chándal pantalón azul claro, zapatillas azules claras con suelas de goma y cordones blancos; niqui de manga corta color rosa puesto del revés y un slip rojo, portando la muñeca izquierda un reloj en funcionamiento y perfecta hora.»

Las manos de Rafi estaban extendidas y las yemas de sus dedos ligeramente oyadas en el saliente de la pared. En la minuciosa descripción -donde incluso consigna la ropa interior del muerto- destacaba un detalle revelador: «Las puntas de las zapatillas rozan ligeramente la sábana de una de las camas de la celda, situada en parte inferior de la ventana» de cuyo primer barrote horizontal estaba atada la sábana de doce centímetros en cuyo extremo, y rodeado por un nudo, colgaba el cuello de Rafi.

Un primer elemento misterioso saltaba en esta diligencia judicial: si el supuesto suicida se hubiese arrepentido durante su acto mortal, podría haber detenido su inmolación porque sus pies rozaban la cama. Varios meses antes, en una carta dirigida a un amigo suyo, decía: «Morir tampoco es algo que se deba hacer de cualquier forma. A mí me gustaría morir como yo deseo, tranquilamente. Llegar una noche, tomar una pildorita, quedarme dormidito y abandonar esta humanidad insoportable. Me gustaría morirme, pero no colgado de una reja por el pescuezo como si fuera un chorizo.»

El levantamiento del cadáver se realizó sin tomar una precaución importante. A diferencia de como suele hacerse, nadie tomó fotografías del momento en que fue descubierto el ahorcado, de su posición y detalles del cuerpo. El juez José Antonio Alonso Suárez no lo consideró necesario. Esta ausencia de fotografías convierte la descripción antes citada y el dibujo realizado por un funcionario en los únicos e insuficientes documentos con los que podría descubrirse un posible crimen, si lo hubiera.

El cuerpo sin vida de Rafael Escobedo, de 34 años, fue colocado sobre la cama y la forense interina, Gabriela González Pardo, comenzó su examen. Rafi había muerto una hora antes aproximadamente, a las doce y media de la mañana, mientras los demás reclusos estaban en el patio o en los talleres. Se encontraba supuestamente solo en su celda, pero nadie puede corroborarlo. Cualquier recluso puede conseguir una llave, hacer copia y entrar sin ser visto. En las cárceles españolas se han dado muchos casos similares y tal posibilidad está dentro de lo cotidiano.

La forense, inmediatamente, dictaminó, tras comprobar que en el cadáver no había ningún signo externo de violencia, que «parece en un principio que la muerte ha podido producirse por asfixia, por ahorcamiento». Esta hipótesis de trabajo marcó toda la autopsia. Una ambulancia trasladó el cadáver al depósito municipal de Santoña y aquella misma tarde se realizó la disección.

Aunque -según una diligencia judicial- a las catorce horas y ante los reclusos José Manuel López Sevilla y Enrique Chagori, se retiraron de la celda las pertenencias de Rafi, que fueron introducidas en seis cajas de cartón, atadas con cuerdas y llevadas al juzgado, la realidad es que, en cuanto retiraron el cadáver, un grupo de internos entró en la celda buscando algo o quizás -una hipótesis no descartada- con la intención de borrar posibles huellas. Del mismo modo que ocurriera en el famoso crimen de Los Galindos, de 1975, por cuyo «lugar de los hechos» desfiló una romería de curiosos que borraron los indicios del misterio, la celda de Rafi no fue precintada y se convirtió en un lugar de peregrinación para los demás presos.

¿Una nueva chapuza? Desde que el cadáver fue hallado, cuatro jueces distintos, durante tres meses, han heredado la instrucción del sumario. Primero fue José Antonio Alonso Suárez, después le cayó accidentalmente al juez de Laredo, Fernando Andreu Merelles; a partir del primero de octubre a la suplente Mercedes Sancha y, ya por fin, a Fernando Grande Marlasca.

La posibilidad de que Rafi fuera asesinado por otro recluso que le colgó es negada por los funcionarios del penal, uno de los cuales afirma:

-Es muy improbable que existieran copias de las dos llaves con las que se llega a la celda de Escobedo. Son llaves nuevas, hechas hace dos años.

-¿Qué hizo aquel día?

-Tras el desayuno, fue acompañado hasta su celda por un funcionario, que cerró tras de sí las tres cancelas. Escobedo, al contrario que sus compañeros de celda, no acudía después del desayuno a trabajar en sus respectivos destinos, sino que regresaba a su celda. Contaba para ello con permiso del director y del médico, obtenido a raíz del estado de debilidad en que quedó sumido después de su segunda huelga de hambre. Escobedo fue dejado solo en su celda, que quedó cerrada por el funcionario de turno.

Al día siguiente, el informe de autopsia, realizado por un solo forense, aunque lo usual es que los dictámenes los ejecuten varios, apoyó la hipótesis del ahorcamiento. La descripción del cadáver de Rafi no dejaba de tener tintes sombríos: «Pelo castaño, ojos marrones entreabiertos; presenta alrededor del cuello un trozo de sábana con nudo corredizo presionando el cuello. Al retirar dicho trozo de sábana se aprecian señales de fuerte presión alrededor del cuello, sobre todo en el lado izquierdo, presentando la piel aspecto pergaminado.» Y el informe concluye: «De los datos hallados en la autopsia, y pendiente de los resultados de la investigación, la muerte ha sido debida a LA ASFIXIA POR AHORCAMIENTO.»

Oficialmente, Rafi se había suicidado, pero setenta días después de este dictamen, tal afirmación saltó por los aires, rota en pedazos. El Instituto de Toxicología de Madrid, donde habían sido remitidas las vísceras de Escobedo, detectó cianuro en distintas concentraciones. En el estómago (enviado lavado y vacío desde Santoña) fue imposible precisar la cantidad de veneno, pero en los pulmones se detectaron catorce miligramos por kilo. «El pulmón muestra una serie de alteraciones -explica el informe del Instituto de Toxicología- que indican una cierta cronicidad en la adicción a las drogas de abuso.» El estudio decía, además, que la no existencia de congestión y dilatación vascular en el pulmón «sugieren que durante un período de tiempo más o menos largo el individuo no ha estado expuesto a los efectos de la droga».

Según tales conclusiones, Rafael Escobedo no se drogaba en exceso durante el tiempo anterior a su muerte. La alta dosis de cianuro la había ingerido por vía respiratoria inmediatamente antes de morir. Pero ¿qué le mató, el ahorcamiento o el veneno?

Marcos García-Montes, segundo abogado de Escobedo tras la renuncia de Stampa, mantuvo desde el primer momento la duda entre homicidio y suicidio.

«Tras leer la autopsia y el dictamen de Toxicología avancé en la hipótesis de un posible homicidio, que alguien le hubiera ahorcado después de muerto. Como la juez no oyó mis demandas de una nueva autopsia, recurrí a tres forenses de reconocido prestigio.»

José Antonio García-Andrade, decano de los forenses españoles y uno de los que realizó la autopsia de los marqueses de Urquijo, elaboró un informe junto con el especialista de Anatomía Patológica, Mariano Pérez Folguera. Los doctores concluyeron:

«En la autopsia se especifica claramente que no existen signos de violencia, por lo que la suspensión se hizo voluntariamente o sin consciencia de la víctima, lo que supone un suicidio complejo. Es decir, que el suicida utiliza dos sistemas mortales para asegurarse su propósito: el veneno y el ahorcamiento.

»O bien, una vez muerto se le suspende sin ningún tipo de resistencia. No obstante, la parte de signos vitales en el cuello habla más en favor de la segunda hipótesis. En el primer caso, al perder la consciencia la víctima, que es inmediata a la toma del veneno, aunque el fallecimiento tarde como máximo dos o tres minutos, deberían haberse presentados signos vitales de ahorcamiento al quedar aún con vida pero inconsciente, suspendido del lazo, y con la posibilidad además de que, al estar muy próximo a la pared y tener las convulsiones propias de una muerte por cianuro, se golpease las extremidades contra el muro, signos que no se describen. Es decir, al estar suspendido ya no tenía convulsiones.»

Dicho de otro modo: Rafi ya estaba muerto cuando lo colgaron de la sábana. La tesis del homicidio es la defendida por estos prestigiosos expertos, con más de treinta años de experiencia forense, que explican el efecto letal del cianuro encontrado:

«El hallazgo del cianuro, sobre todo a nivel pulmonar, parece muy definitivo teniéndose además en cuenta que la dosis de catorce miligramos por kilo de pulmón es evidente que es una dosis excesivamente elevada como para atribuírsela a fenómenos cadavéricos de descomposición. La no existencia de lesiones cáusticas en la mucosa gástrica y la dosis tan elevada de cianuro en pulmón, induce a pensar que la vía de entrada fue la aérea en forma de inhalación, lo que es habitual en muchos toxicómanos (… ) Ello permite suponer que, una vez esnifado el polvo voluntariamente en la creencia de consumir una papelina de cocaína o heroína, ya no hay retorno y la muerte se produce indefectiblemente.»

Para García-Andrade y Pérez Folguera no hay lesiones vitales en el cuello de Rafi y, por lo tanto, queda sugerido que el cuerpo fue colgado sin vida; tampoco hay signos de ahorcadura en la cabeza. La emisión de semen y la mordedura de lengua se dan en cadáveres que tienen una muerte convulsivo y no solamente en el ahorcamiento. «Si se descarta también la muerte por suspensión -añaden en su informe-, ya que los signos vitales de ahorcadura no aparecen, necesariamente ha de pensarse en una causa de origen tóxico (…), y la importancia de los cianurados en este tipo de muerte.»

¿De dónde salió el cianuro inhalado por Escobedo?

-La muerte de Rafi -en palabras de Antonio García-Pablos, defensor de Javier Anastasio- viene muy bien a quienes temían por la celebración del segundo proceso del caso Urquijo. Creo que existe más de una persona que ha sentido alivio ante su muerte.

¿Suicidio? ¿Asesinato? ¿Fue colgado después de muerto o tomó el cianuro para garantizar el éxito de su decisión? Como en el epílogo provisional de un sainete negro, el protagonista principal ha sido obligado a hacer mutis antes de que bajara el telón definitivamente. Rafael Escobedo es la última víctima del crimen de los Urquijo. Mucho más monstruoso que morir en «el momento justo», como escribiera Canetti, es morir a destiempo.

Conclusión

Los 20 acertijos del sumario:

1. La huella perdida: «En la puerta corredera de madera, que se encontraba quemada en su parte izquierda, y a 1,25 metros del suelo, se han revelado con polvos magnéticos negros un grupo de cuatro huellas lofoscópicas correspondientes posiblemente a la mano derecha, tres de ellas sin valor identificativo y la restante susceptible de tener suficientes puntos característicos para su identificación.» (Informe del Gabinete Central de Identificación del 29 de agosto de 1980 correspondiente a la Inspección Ocular Técnico oficial del chalé del crimen, págs. 85-85.)

-Esta huella archivada por la Policía sigue sin dueño. ¿Ninguno de los implicados y procesados en el caso Urquijo tiene sus características? ¿Es una huella anónima?» Porque en el sumario no obra ninguna diligencia por la cual las huellas de los sospechosos hayan sido cotejadas con este hallazgo. ¿Quizá del asesino? De cualquier modo, alguien que imprimió su huella dactilar en la puerta que los criminales quemaron con un soplete sigue sin ser localizado.

2. ¿Rifle o pistola?: «En cuanto a las cuatro vainas recogidas por el Negociado de Balística Forense, se procedió a su estudio, no pudiéndose determinar si el arma se trata de un rifle o una pistola.» (Informe citado, pág. 86.)

-La Policía jamás pudo definir ni la marca de la pistola. Era un arma del calibre 22. Sólo las declaraciones de Rafael Escobedo y de su padre, Miguel Escobedo Gómez-Martín, pusieron sobre la pista de una HI-Standard, una Star y una Beretta, todas poseídas ilegalmente por el abogado Escobedo y que jamás fueron encontradas ni puestas a disposición policial. Se perdieron, así de fácil. La Star F acabó considerada el arma del crimen.

3. Cadáveres desnudos y con la cara lavada: «Ambos cadáveres [Manuel de la Sierra y María Lourdes Urquijo ingresaron [en el Instituto Anatómico Forense] sin ropas y lavados, por lo que no se pudo realizar el estudio de los vestidos, manchas de sangre, pruebas de parafina o de los posibles estigmas de ahumados.» (Autopsia de los marqueses de Urquijo realizada el 2 de agosto de 1980, pág. 31.)

-El administrador Diego Martínez Herrera ordenó a la enfermera Ana Igelmo lavar los cadáveres y desnudarlos. Esta iniciativa, tomada por Martínez Herrera sin consultar con el juez o la Policía, tuvo graves consecuencias para la investigación. Huellas y pruebas fundamentales quedaron borradas para siempre.

4. Ánimo frío y profesionalizado: «Estos disparos hablan del ánimo frío y profesionalizado del agresor o agresores, con auténtico ánimo homicida, ya que los disparos se produjeron hacia la cabeza de ambas víctimas y en situación de indefensión y sorpresa.» (Conclusión «g» de la autopsia citada, pág. 34.)

-El psiquiatra forense José Antonio García-Andrade, uno de los autores de la autopsia, siempre mantuvo que Rafael Escobedo, por su personalidad quebradiza y débil, carecía del empuje necesario para realizar un asesinato tan frío y calculado. Sólo una persona templada para matar (un cazador, por ejemplo) lo hubiera ejecutado con tal precisión.

5. Myriam, «la desheredada»: «Que su padre llegó a decir a la manifestante que si se casaba con él [Escobedo] la desheredaría.» (Declaración de Myriam de la Sierra. juzgado de Navalcarnero. 11 de agosto de 1980, pág. 41.)

-Jamás se ha podido demostrar que Myriam fuera desheredada por el asesinado Manuel de la Sierra. Jamás se encontraron documentos que lo acreditaran. Sólo existen declaraciones de Mauricio López-Roberts y del propio Rafi, que fueron totalmente desmentidas por los herederos Urquijo. La caja fuerte del chalé apareció vacía tras los asesinatos y se quemaron papeles y documentos durante los días posteriores al crimen.

6. ¿Un perro ladrador?: «Que en el domicilio había un perro mayor pero muy nervioso y que oye bien y ladra cuando escucha algún ruido.» (Declaración del mayordomo Vicente Díaz Romero. juzgado de Navalcarnero, 22 de agosto de 1980, pág. 48.)

-El caniche Boli, según Myriam y Juan de la Sierra, era «viejo y tonto»; no escuchaba nada. Pero si era tan ladrador como asegura el mayordomo, ¿no es posible que conociera a los asesinos y que no ladrara por esa causa?

7. El teléfono de Myriam «intervenido» por la Policía: «Que el motivo de tal intervención con retención de llamada es poder averiguar la procedencia de ciertas llamadas que se vienen recibiendo, y que pudieran tener relación con la muerte de los marqueses.» (Solicitud de intervención telefónica del Comisario jefe de la Brigada Regional de Policía Judicial de Madrid, al juez instructor, el 11 de agosto de 1980, pág. 36 bis.)

-¿Por qué se «pinchó» el teléfono de Myriam si no era sospechosa de la muerte de sus padres? ¿Sólo para detener a la persona que telefoneaba implicándola en el asesinato?

8. El administrador no precisa coartada: «Diego MARTÍNEZ HERRERA, nacido en Madrid el 7-2-32, casado, administrador… que trabajó en un banco, conociendo al marqués D. Manuel de la SIERRA TORRES, quien le hizo dejar el banco y trabajar para él de Administrador, y con el que ha estado unos treinta años, siendo la persona de confianza y la encargada de todos los asuntos del marqués, así como de la selección del servicio y administración y despido del mismo.» (Informe sobre la investigación del crimen realizada por el Comisario Jefe de la Brigada Regional de Policía Judicial de Madrid, 11 de septiembre de 1980, pág. 103.)

-A diferencia de Rafi, Dick, Juan y Myriam de la Sierra, el mayordomo y su mujer, Sagrario, la Policía no comprobó la coartada de Martínez Herrera, se limitó a interrogarle. Fue Herrera quien, en un primer momento, hizo recaer las sospechas policiales sobre Rafael Escobedo y Richard Dennis Rew, el marido y el amante de Myriam respectivamente. ¿Por qué tal deferencia?

9. ¿Uno o más asesinos?: «A juicio de los investigadores, los hechos fueron realizados por una sola persona.» (Informe policial citado. Conclusión, pág. 118.)

-¿Por qué la Policía pensó, un mes después del crimen, que sólo había actuado un asesino? Esta conclusión de los investigadores fue desmontada por el sumario 133/81, por la sentencia que condenó a Escobedo y por la propia realidad. ¿Tan seria fue la investigación de los policías para equivocarse de ese modo?

10. La amenaza crucial: «Que en las frecuentes discusiones sostenidas entre la declarante y su esposo éste le hacía ver que odiaba a su padre el de la declarante [Manuel de la Sierra], a quien insultaba y culpaba del fracaso matrimonial, actitud que culmina en la discusión sostenida tres días antes de ocurrir el luctuoso hecho, en la que “Rafi” dijo a la que declara, estas palabras: “TE VAS A ACORDAR DE MI. VOY A HUNDIR A TUS PADRES, Y ESTA VEZ VA EN SERIO.”» (Declaración policial de Myriam de la Sierra, el 2 de abril de 1981, pág. 183.)

-Myriam recuperó la memoria ocho meses después del crimen y recordó esta amenaza de Rafi, crucial a la hora de dictar sentencia para explicar el endeble móvil criminal de la venganza.

11. Tres versiones de Miguel Escobedo Gómez-Martín sobre sus pistolas:

1. «Que hace años, concretamente en 1940, tuvo una pistola del mismo calibre y un revólver del 22, que vendió poco después. Que la pistola era de marca Star de tiro olímpico y que desde entonces no ha vuelto a saber nada de ella» (22 de agosto de 1980, pág. 47).

2. «Que le regalaron una pistola de tiro de precisión marca HI-Standard del calibre 22, modelo HD, hace año y medio aproximadamente (…) Que notó la falta de dicha pistola unos dos meses antes de producirse el suceso de la muerte violenta sufrida por sus consuegros. Que igualmente tuvo, por aquellas fechas, otra pistola marca Beretta, del mismo calibre, que devolvió a su propietario, persona a la que no quiere nombrar. Que es posible que la pistola HI-Standard del 22 fuera vista por Juan de la Sierra en una de las dos o tres visitas que hizo al domicilio del que declara» (14 de abril de 1981. Declaración policial, pág. 210).

3. «Que por lo que se refiere a la pistola HI-Standard del calibre 22, la misma le fue sustraída, juntamente con otros objetos, en la mudanza que realizó desde La Moraleja hasta su domicilio actual en el mes de diciembre de 1979. Que en cuanto a la pistola Star, modelo F, calibre 22, con número de fabricación 219.444, quiere aclarar que tal arma la vendió a una persona que no puede recordar dado el tiempo transcurrido» (23 de mayo de 1981. Declaración judicial, pág. 209).

-Una de las tres armas fue la utilizada para asesinar a los marqueses de Urquijo. Miguel Escobedo, experto en armas desde la guerra civil, mintió en todas sus declaraciones. Al final dijo que lo hacía para proteger a su hijo Rafi.

12. ¿Quién le llamó primero?: «Que, sobre las once y media de la noche [del crimen] la Señora le llamó a su casa… a continuación se puso el marqués al teléfono para (…) reprocharle que no había dejado dinero para pagar al ebanista, a lo que contestó el declarante que lo podía pagar Vicente, el mayordomo, replicando acto seguido el Señor Marqués que ello no era posible porque el mismo se había marchado a su casa.» (Declaración de Diego Martínez Herrera el 11 de mayo de 1981, ante la Policía, pág. 288.)

-El administrador batió su propio récord de mentiras. El 11 de agosto de 1980, ante el juez de Navalcarnero, declaró que el primero en llamarle fue el marqués y después se puso al teléfono la marquesa. La Policía comprobó que no se debía ninguna factura al ebanista. Y, en sus declaraciones televisivas en noviembre de 1988, Martínez Herrera aseguró que no sabía nada del viaje de Vicente Díaz y su mujer, Sagrario, a Talavera.

13. Los motivos indeterminados de Rafi: «El procesado se sintió manipulado [por la demanda de nulidad matrimonial financiada por el asesinado marqués] llegando en una discusión con su esposa a formular amenazas, el 28 de julio de 1980, por lo que por esta causa y probablemente por otros motivos no determinados decidió darle muerte.» (Sentencia número 215, del 7 de julio de 1983, que condenó a Rafael Escobedo.)

-El móvil de la venganza es tan frágil que la sentencia que condenó a Rafi a 53 años de cárcel tiene que hablar de «motivos indeterminados». ¿Dónde ha quedado el posible móvil económico, financiero? El Caso Urquijo sin dinero no se entiende.

14. Todas las pruebas materiales desaparecieron misteriosamente: [El arma del crimen fue encontrada y entregada] «en el ayuntamiento de Pelayos de la Presa, donde, según parece, ha desaparecido, en circunstancias no esclarecidas.» (Auto de procesamiento del 20 de noviembre de 1983 contra Javier Anastasio de Espona y Mauricio López-Roberts y Melgar. Segundo sumario Urquijo: 101/83 Especial.)

-La pistola jamás apareció. Alguien se la llevó del ayuntamiento donde había sido depositada tras encontrarla en el pantano de San Juan, al descender el nivel del agua. Esta no fue la única prueba desaparecida. En la vista oral del juicio contra Escobedo quedó demostrado que los 215 casquillos y las balas del crimen desaparecieron en marzo de 1983 del juzgado número 14, donde estaban depositadas. Tampoco fue encontrado el papel donde Rafi, de su puño y letra, confesó ser autor del doble asesinato. El juicio se realizó sin pruebas materiales, a pesar de que la Ley de Enjuiciamiento Criminal dice que un juicio no se puede realizar sin «pruebas de convicción».

15. Mauricio amenaza con tirar de la manta: «El declarante marcó el teléfono de Juan de la Sierra y dijo: “o retiras la acusación privada o tiro de la manta”, y fue entonces cuando efectivamente se retiró la acusación privada.» (Declaración judicial de Mauricio López-Roberts, 7 de octubre de 1983, pág. 49 bis.)

-Surtió efecto. Juan de la Sierra retiró la acusación privada contra Rafael Escobedo aduciendo motivos personales del letrado que le representaba, Adolfo de Miguel, ex-magistrado del Tribunal Supremo. Juan de la Sierra niega que este hecho se diera como resultado de esta charla, si bien reconoce que habló con López Roberts sobre el asunto en una charla posterior a esta llamada, en el bar José Luis de la calle Doctor Fleming (Madrid). ¿Iba de farol Mauricio al amenazar al ya sexto marqués de Urquijo?

16. El despido «falso»: «Cree que las personas más beneficiadas por la operación [el crimen] forzosamente eran el administrador -caso de ser cierto lo que se ha comentado en los medios de comunicación, sobre que estaba a punto de ser despedido- y Myriam, que prácticamente estaba desheredada, según le comentó el propio Rafael Escobedo.» (Declaración judicial de Mauricio López-Roberts, 11 de noviembre de 1983, pág. 258.)

-El polémico «despido» del administrador tiene otra versión, facilitada por el propio Diego Martínez Herrera: el asesinado marqués de Urquijo, para ahorrarse las cuotas de la Seguridad Social, pretendía dar de alta a su hombre de confianza en alguna de las empresas filiales del banco Urquijo para que siguiera trabajando a sus órdenes a un costo menor.

17. El hombre del armario: «Según comentó Javier Anastasio a Mauricio, el padre de Rafael Escobedo le había dicho que, el día de autos, una persona había estado todo el día en un armario en el chalé de los marqueses. Concretamente le dijo como comentario: “¡La cantidad de horas que se ha pasado una persona en el armario!”» (Declaración Judicial de Mauricio López-Roberts, 11 de noviembre de 1983, pág. 258.)

-Ese armario, supuesto escondite de uno de los criminales, ¿podría ser el mismo en que se encontró un proyectil incrustado?

18. Los telefonazos de Rafi a Juan: «Preguntado para que diga si recuerda que, durante la tarde o noche del treinta y uno de julio, y primeras horas de la madrugada del uno de agosto [de 1980], es decir, todo el tiempo que estuvo en compañía de su amigo Rafi éste efectuó alguna llamada telefónica, o la recibió, de alguna persona, dice: Que no puede recordar que Rafi hiciera alguna llamada o la recibiese, pero que tampoco lo puede asegurar en ningún sentido, dado que durante esas horas pudo hacer alguna llamada sin que lo advirtiese el que declara.» (Declaración policial de Javier Anastasio, 28 de abril de 1981, págs. 281-282.)

-La Policía quería saber si, horas antes del crimen, Escobedo realizó alguna llamada telefónica preparatoria. Rafi declaró, después de ser condenado, que telefoneó a Juan de la Sierra desde el domicilio de su familia. Miguel Escobedo Gómez-Martín también aseguró que su hijo ponía conferencias a Londres para charlar con Juan. Lo notaba en los recibos de Telefónica. Juan siempre negó estas llamadas. Como casi todo cuanto le relaciona íntimamente con su entonces cuñado.

19. ¿Cuatro asesinos?: «Sobre otras personas posiblemente implicadas e los hechos sólo sabe lo que le dijo Rafael, es decir, que habían estado [en el crimen] Javier y él, y que eran cuatro personas. Acerca de las otras dos personas intervinientes, el declarante tiene sospechas, pero como no pasan de ahí, y carece de toda prueba sobre ello, cree que no debe dar nombres.» (Declaración judicial de Mauricio López-Roberts, 7 de octubre de 1983, pág. 48.)

-Antes de que procesaran a Javier Anastasio, Rafi aseguró -al margen de su confesión policial- que en el crimen le acompañaron tres personas, entre ellas una mujer. Cuando Javier fue detenido, Escobedo habló de otras dos personas que les esperaban en el chalé de los Urquijo. Todo encaja. En 1988, López Roberts hizo públicas sus sospechas. Por medio de la prensa acusó al administrador Diego Martínez Herrera y al padre de Rafi, Miguel Escobedo, de ser los autores de los disparos.

20. Otras personas, otros pistoleros: «JAVIER y RAFAEL en un Seat 1430 blanco, perteneciente a una tía de Javier (…), se dirigieron al chalé de los Marqueses de Urquijo, en Somosaguas, penetrando en él presumiblemente en unión de otras personas, (…) y, a continuación, se dio muerte violenta, con disparo de arma de fuego, a los nombrados marqueses, quedando encargado Javier de deshacerse de la bombona de gas, del soplete, de un martillo y de la pistola utilizada para dar muerte a las víctimas.» (Auto de procesamiento contra Javier Anastasio de Espona y Mauricio López-Roberts Melgar, del 20 de diciembre de 1983.)

-Este indefinido «presumiblemente en unión de otras personas» equivale al famoso «solo o en unión de otros» que acuñó la sentencia condenatoria contra Escobedo. Ni el auto de procesamiento ni la sentencia 215 desvela el punto fundamental del caso Urquijo. «Se dio muerte violenta» a los marqueses, añade el auto. Pero ¿quién dio la muerte? ¿Quién o quiénes apretaron el gatillo, si la administración de Justicia es incapaz de afirmar que fueron Rafael Escobedo o Javier Anastasio? Este es el gran misterio tras ocho años del crimen Urquijo, una complicada trama criminal donde sus protagonistas -sospechosos, implicados, oportunistas y charlatanes- han tejido el relato de suspense real más sorprendente de la democracia. El gran acertijo sigue sin solución: ¿Quiénes mataron a los marqueses de Urquijo?

 


VÍDEO: CHRIS B. CAMPOS – ¿QUIÉN MATÓ A LOS MARQUESES DE URQUIJO?


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