El crimen de Don Benito

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El crimen de Don Benito
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Intento de violación
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 19 de junio de 1902
  • Perfil de las víctimas: Catalina Barragán, de 58 años, y su hija Inés María Calderón Barragán, de 18
  • Método de matar: Acuchillamiento
  • Localización: Don Benito, Badajoz, España
  • Estado: Carlos García Paredes y Ramón Martín de Castejón fueron ejecutados en el garrote vil el 5 de abril de 1905. El sereno Pedro Cidoncha fue condenado a cadena perpetua
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El crimen de Don Benito

Teinteresa.es

La triste habanera comenzaba con un dramático verso, “lenguas infames quisieron mancharte…”. Desagarradora, la escribió el joven de Don Benito (Badajoz) Saturio Guzmán a su enamorada, Inés María Calderón Barragán, años después de su muerte, que se produjo durante uno de los crímenes más atroces de la crónica negra española.

Inés María vivía en Don Benito (Badajoz) con su madre, Catalina Barragán, viuda desde hacía años. Tenía un hermano, pero estaba en Sevilla haciendo el servicio militar. Su casa era modesta. Un pequeño zaguán, dos dormitorios y la cocina. Además, tenían una pequeña habitación que alquilaban a un médico oculista, Carlos Suárez, para que pasara su consulta.

Madre e hija se ganaban la vida cosiendo y planchando para las mujeres del pueblo. Eran buenas, y los vecinos las querían. Inés María era dulce y, además, muy guapa. A sus 18 años, levantaba pasiones entre los jóvenes. Pero no era una joven fácil. Levaba meses rechazando a ‘don Carlos’, Carlos García de Paredes, uno de los caciques del pueblo.

Un hombre éste del que todo el pueblo recelaba. A sus 32 años, era soltero, chulo, aficionado a la bebida y las mujeres y déspota. Irritado por las negativas de Inés María, don Carlos había decidido que si no podía ser suya por las buenas, lo sería por las malas. Así que aquella noche del 19 de julio de 1902, junto a su compañero de juergas, Ramón Martín de Castejón, y ayudado por el sereno Pedro Cidoncha, Carlos accede a la vivienda de Catalina e Inés María.

Las paredes llenas de sangre

De la sangría que dentro de la vivienda se produjo dieron fe los restos de sangre que había en las paredes y en los suelos. Un espectáculo dantesco que descubrió a la mañana siguiente la lechera, Pancha, al entrar en la vivienda, extrañada de que nadie le abriera la puerta. Halló el cadáver de Catalina, en el suelo, en medio de un inmenso charco de sangre. Estaba en el zaguán.

Los agentes de la Guardia Civil que acudieron a la casa no tardaron en encontrar el cadáver de la joven Inés María. Estaba en un dormitorio, tendida en el suelo, con la cabeza debajo de la cama. Su camisón, completamente ensangrentado, estaba subido hasta la cintura, y la joven tenía las manos protegiendo sus muslos, en lo que los forenses advirtieron como la típica postura de quien se defiende ante un ataque sexual.

Catalina había sido golpeada repetidas veces en la cabeza. Inés María recibió un total de 21 puñaladas en un festín sangriento que no dejó indiferente a nadie. Y es que el pueblo quedó conmocionado por unos crímenes tan espeluznantes. Dos personas fueron detenidas de inmediato: el médico y Saturio Guzmán. Nada, ni siquiera el ‘tercer grado’ que incluía astillas clavadas en las uñas, les hizo confesar los crímenes.

Un testigo, al mes y medio de los hechos

Pero a los 44 días, el caso dio un giro espectacular. Un joven confesó haber visto, con total claridad ya que aquella noche había luna llena, a Carlos y a Ramón, ayudados por el sereno, acceder al interior de la vivienda. Tal y como publicaba la edición del ABC durante el juicio, este testigo advirtió cómo el sereno llamaba a la puerta de Catalina, pero ésta le dijo: “Es inútil, no abro a nadie”.

Pero el sereno la engañó diciéndole que el médico necesitaba su maletín y que le había enviado a buscarlo. En ese momento, Catalina le abrió, y el sereno le pidió un vaso de agua. Aprovechando el momento en que la mujer se dio la vuelta, el sereno hizo una señal a los dos asesinos, que esperaban escondidos, y estos entraron dentro.

Y ABC relata: “La joven Inés, aterrorizada por lo que había oído, se había levantado de la cama, cerrando las puertas de la alcoba con una débil aldabilla. Los salteadores abrieron fácilmente, entablándose una violenta lucha entre la joven, que defendía su honra, y aquellos desalmados, que se entregaron a todo género de violencia, pero la heroica joven, herida y todo, logró desasirse de sus verdugos y refugiarse en otra habitación, metiéndose debajo de una cama. Los dos monstruos la persiguieron y la sacaron de su escondrijo, arrastrándola por los pies e infiriéndola veintiuna heridas, todas ellas en la cabeza, de las que la pobre joven murió”.

El juicio encontró culpables a don Carlos, a Ramón (en el pueblo se decía que de joven había pretendido a Catalina), y al sereno; este último fue condenado a cadena perpetua. Los dos primeros, al garrote vil. Carlos se vino abajo en el momento de enfrentarse a su verdugo, tanto que se cuenta que dejó de controlar sus esfínteres. Ramón, por su parte, murió en el tercer intento; tenía el cuello muy grueso.


El crimen de Don Benito

Francisco Pérez Abellán

Dos mujeres honradas. El pueblo se subleva por el crimen. Detención de sospechosos sin pruebas solventes. Aparición del único testigo. Los inocentes salen en libertad. Identificado el segundo criminal. Condenas a muerte. El verdugo convierte a un asesino en víctima.

La localidad extremeña de Don Benito, que por entonces tenía 20.000 habitantes, fue durante muchísimos años la ciudad del crimen. Allí se produjo un hecho horroroso que catalizó todas las tensiones de la época. Lo que no parecía en principio más allá de un deplorable suceso se convirtió en un importante problema político debido a la indignación del pueblo.

Las muertes ocurrieron el 19 de junio de 1902 en una casa situada en la calle Padre Cortés, cerca de la esquina con la de Valdivia. Se trataba de una vivienda modesta con un comedor-sala de estar y dos pequeños dormitorios. La lechera que iba repartiendo su mercancía llamó reiteradas veces sin obtener respuesta. Nada más entrar se encontró con la tragedia.

En el suelo yace el cadáver de Catalina Barragán, de alrededor de sesenta años en medio de un charco de sangre. La lechera, espantada por el hallazgo sale en busca de ayuda. Al regresar con la Guardia Civil se descubre la verdadera dimensión del drama: en el segundo dormitorio encuentran muerta a la hija, Inés María Calderón Barragán, una joven de unos dieciocho años muy atractiva. Su cuerpo estaba con la cabeza debajo de la cama, las ropas en desorden y las manos entre los muslos en la actitud característica de una mujer que se defiende de un ataque sexual. Le habían dado veintiuna puñaladas.

En el lugar había muchas señales de violencia y sangre en las paredes. La madre también había sido apuñalada y tenía la cabeza destrozada a golpes. En la inspección ocular los agentes anotaron como datos de interés los restos esparcidos por el suelo de una copa de loza y un maletín médico caído a los pies del primer cadáver, en el zaguán.

Las asesinadas, privadas de los hombres de la casa, el padre que había muerto recientemente, y el hermano, que se encontraba cumpliendo el servicio militar en Sevilla, se procuraban lo necesario para salir adelante cosiendo y planchando para fuera y con el alquiler de una de las estancias al médico oculista de la vecina Villanueva de la Serena que atendía allí a sus pacientes cuando giraba visita.

Las sospechas se dirigen inmediatamente hacia el oculista, Carlos Suárez, de quien alguien protegido por el anonimato deja dicho que miraba con deseo a la hermosa Inés María. Detenido, en lo que será uno de los errores mayúsculos de la historia del crimen, la actividad policías se encamina de nuevo erróneamente hacía un enamorado que tenía la virtuosa asesinada: un mozo llamado Saturio Guzmán que también es detenido.

En aquellos tiempos era frecuente la aplicación del «tercer grado» a los sospechosos. Siempre, eso sí, que no tuvieran una posición social relevante. Un criado, un sereno y hasta un modesto médico de los ojos que trabajara en un pueblo, podían ser objeto de malos tratos. Incluso se les podía introducir astíllas en las uñas de manos y pies. Pero aunque a los detenidos se les hubiera torturado hasta la muerte jamás se habría aclarado el doble crimen de Don Benito.

El malestar creado por el doble asesinato y los nervios y presiones del Gobierno, que temía un levantamiento popular dado el grado de indignación creado por el suceso, hizo que los investigadores se precipitaran. Habrían seguido por un camino equivocado si no hubiera acudido en su socorro el clamor popular. En las calles resonaba una acusación: «Ha sido el García Paredes.»

Todas las indagaciones se dirigieron hacia las personas que habían mostrado interés por la joven Inés, una preciosidad de criatura, la encarnación de la decencia y la moralidad, según sus vecinos, que murió por defender su virtud. Pero, ¿quién era García Paredes? ¿Por qué el pueblo le acusaba?

Carlos García de Paredes era un caciquillo soltero, alto, estirado, fanfarrón, borrachín, sin oficio ni beneficio, final de especie de señoritos extremeños cuando Extremadura era un desierto cultural olvidado por Madrid. Tenía treinta y dos años, el rostro apepinado, gastaba imponente mostacho y distraía sus ocios con el juego. En los meses previos al asesinato había estado asediando hasta producirle pesadillas a la hermosa Inés que siempre le había rechazado. Pero Paredes, al que llamaban «don Carlos», sobre todo por las propiedades e influencias de su familia, era alguien muy importante en el pueblo.

Es posible que eso pesara en la autoridad que tardó en decidirse a interrogarle. No obstante su comportamiento y su pasado -se le suponía autor del apaleamiento de un sereno, de la violación de una deficiente y de haber propinado una puñalada a su madre-, le habían granjeado la enemistad de los dombenitenses que por primera vez en mucho tiempo tenían la oportunidad de acusar a un cacique. Así que el clamor en su contra no cesaba, aunque él se sintiera a salvo, protegido por el poder de los Paredes.

Al final los agentes no tuvieron más remedio que ocuparse de él. El día 3 de julio de 1902, eran cinco los sospechosos detenidos: García de Paredes, su criado Juan Rando, al que se acusaba de haber querido limpiar las manchas de sangre encontradas en un traje de su señorito, el médico Carlos Suárez que además de la prueba circunstancial del maletín que le acusaba vivía en el pueblo rival, Villanueva, a 5 kilómetros de Don Benito, lo que remarcaba su sino de principal sospechoso; el enamorado de Inés, Saturio Guzmán, y el sereno Pedro Cidoncha. Todos negaban su participación en el crimen y proclamaban su inocencia.

A los cuarenta y cuatro días de haber sido hallados los cadáveres, el 1 de septiembre, sin que desde entonces hubiera descendido un ápice la tremenda presión popular que exigía justicia con la velada amenaza de amotinarse, se presentó un testigo sorpresa. Uno que dijo haberlo visto todo.

No se sabe si había tardado tanto tiempo en aparecer por temor, porque su madre estaba delicada de salud, como dijo, o porque en un principio no le había conmovido la recompensa de quinientas pesetas, con la que si no se era muy exigente se podía comprar hasta una finca en aquella época.

El caso es que el joven labrador Tomás Benito Alonso Camacho afirmó ante el juez haber visto a los asesinos, que eran dos, penetrar en la casa de Catalina Barragán. Pasada la una de la madrugada de aquella noche aciaga, Tomás Benito regresaba a su casa por la calle Valdivia cuando se fijó en que delante de él marchaba el sereno Pedro Cidoncha que se encontró con dos hombres y después de convenir algo entre los tres se dirigieron a la calle Padre Cortés donde se pararon delante de la casa de la viuda. Tomás siguió su camino y saludó al pasar pero los otros ni le contestaron. El comportamiento le pareció tan extraño que le picó la curiosidad y se puso a observar oculto tras un carro de esteras.

Desde allí pudo ver cómo doña Catalina se resistía a abrir la puerta y cómo el sereno la convencía diciéndole que el recado que traía era urgente. Al parecer, el sereno le había solicitado el maletín del médico porque, según le dijo, don Carlos lo reclamaba. Cuando finalmente la mujer abrió la puerta, el sereno le pidió un poco de agua y aprovechó que iba a buscarla para hacer una señal con el farol a los que estaban escondidos en la esquina que sin hacer ruido se metieron en la vivienda. El sereno cerró la puerta tras ellos y siguió tranquilamente su ronda.

Había buena luna y Tomás pudo ver claramente la cara de los tres hombres. Enfrentado a una cuerda de presos, reconoce sin ninguna duda a Carlos García de Paredes como el que primero se coló en la casa y también al sereno Cidoncha.

Su testimonio deja en libertad a dos inocentes: Saturio Guzmán y el médico Carlos Suárez. El médico quedó muy afectado y no volvió a ser el mismo de antes del suceso. Saturio nunca pudo olvidar a Inés a quien, pasados los años, le dedicó una habanera muy sentida que empezaba: «Lenguas infames quisieron mancharte … »

El testigo precisa que el otro presunto asesino era un hombre maduro, gordo y con el pelo blanco. Cuando se le pone delante a un cincuentón, de buena posición económica y cierta mala fama, Ramón Martín de Castejón, de quien se sabe que mantiene buena amistad con Paredes, pese a ser mucho mayor que él, le reconoce como el acompañante del presunto asesino.

Al practicarse el registro en su casa se descubre un par de pantalones que conservan rastros de manchas de sangre que no han cedido a pesar de haber sido lavadas varías veces. Y se sabe también que en otro tiempo Castejón pretendió a la viuda asesinada.

Los acusados fueron sometidos a un largo juicio. El 18 de noviembre de 1903 recibieron Paredes y Castejón dos penas de muerte. El sereno fue condenado a cadena perpetua y el criado de Paredes puesto en libertad sin cargos.

Después de varios intentos humanitarios de salvar la vida a los condenados, las ejecuciones se cumplieron en Don Benito el 5 de abril de 1905.

El verdugo de Cáceres, designado para darles muerte en el garrote vil, que tenía una experiencia de quince ejecuciones cumplidas, hizo con Paredes, que llegó tan mal al patíbulo que le fallaron los esfínteres y manchó los pantalones, su trabajo sin contratiempo; pero cuando le tocó el turno a Castejón se encontró con que éste tenía el cuello muy grueso por un padecimiento de bocio y falló con él hasta tres veces, mientras el reo se revolvía, se quejaba y le insultaba. El verdugo, con su torpeza, hizo de un asesino una víctima.

Éste, con todos sus ingredientes, es el crimen que Pío Baroja no escribió porque según cuenta en sus memorias: «Para dramatizar el crimen de Don Benito me faltaban nervios.»


El crimen de Don Benito

Martín Olmos – Elcorreo.com

El dinero lo compra casi todo, compra las voluntades de los hombres, que suelen salir baratas, y compra las honras de algunas mujeres, pero las de otras no y esas hay que ganárselas con caricias, versos y claveles (o con gambas y vermú, como sostenía Cela) o cogerlas a la violenta si se tiene poca vergüenza. El dinero compra también la ley, pero no siempre, y a veces la justicia, que la pintan ciega, no repara en el bulto de la alforja y reparte sin mirar y el que la hace la paga, sea un príncipe o un mendigo.

En Extremadura cantan las chicharras en los olivares para entretener a los vareadores y luego en invierno se lamentan. En Extremadura, como en todos los sitios, a los pobres les toca hincarla, en invierno y en verano, y no tienen tiempo para cantar, y los ricos, como en todos los sitios, piensan que de su capa pueden hacer un sayo así reviente el vecino.

En Don Benito, en la comarca de las Vegas Altas, en la provincia de Badajoz, había una mujer que tenía una hija hermosa y ninguna de las dos tenía la honra al postor, y había unos señoritos que pensaron que sus durones de plata servían para librarse del garrote y que el cuello se lo partiesen a otro.

Recién había empezado el siglo del cambalache, casi estaba sin desenvolver, Alfonso XIII estrenó la corona y se encontró con las huelgas de Barcelona y con que los soldados tenían que recaudar las contribuciones poniendo la mano dura. En París Georges Méliés metió un cohete en el ojo derecho de la luna y en Madrid se matriculó el primer coche del país, que pertenecía al marqués de Bolaños.

Y en Don Benito, en junio de 1902, picaba la calor. Carlos García de Paredes era un señorito repeinón, alto, gandul y chuleta, que andaba feudaleando por el pueblo como si lo hubiera levantado él, cuando lo único que era capaz de levantar por su fuero era un naipe del mármol del velador para ver de qué pintaba la timba. Como era alto, flaco y maulón, y porque solo servía de figura, los aldeanos le decían por detrás el Caramancho, que es el tronco despuntado que clavan los pastores en la tierra para que les haga de percha para colgar la bota, pero por delante le trataban de don Carlos por los duros de la familia.

Don Carlos tenía treinta y dos años, gastaba bigote fanfarrón y mal perder, tenía el beber bronco y la mano larga, le iba el vino de Matanegra, que soplaba por azumbres, y no había trabajado en su vida. Don Carlos se tenía de guapo y señor pero no era más que un paria de quinta que vivía a la sombra de la familia, vago por oficio y convencimiento, pensando que su apellido hablaba alto y daba por hecha su hombría. Vergüenza no tenía ni la más elemental y una vez le metió una paliza a un sereno porque le miró torcido, otra le dio una puñalada a su madre porque le pidió inventario de la billetera y otra se divirtió yaciendo en un pajar con una moza subnormal.

Y como Dios los cría y ellos se juntan, andaba en juergas del brazo de Ramón Martín de Castejón, un cincuentón de posibles que lucía mala prensa y la bolsa por delante, el grito en la tasca y la estatura moral de un agujero. La pareja hacía las suyas en Don Benito y el paisanaje a callar, iban de ronda con la voz alta, a base de cartera jactanciosa, poco tacto y chulería larga.

Don Carlos, aparte de otras querencias, le cogió capricho a Inés María Calderón, la hija de la viuda Catalina Barragán y la moza más guapa de la comarca, y le llevaba haciendo un tiempo un cortejo torpe y altanero que no le estaba criando fruto.

Las dos mujeres vivían en una casa humilde de la calle Padre Cortés y no andaban sobradas de horas para admitir lisonjas de un gañán, y menos si eran zafias, porque rendían la jornada en la labor, planchando lo de fuera y cosiendo al encargo para adecentar la despensa.

Completaban los ingresos poniendo a pensión una habitación que solía usar el doctor Carlos Suárez, el oculista de Villanueva de la Serena, cuando pasaba consultas en Don Benito. Las dos mujeres vivían sin hombre porque el padre había muerto y el hermano estaba de quinto en Sevilla, cumpliendo la instrucción, y se daba la circunstancia de que a Catalina Barragán la pretendió en tiempos el garufa Castejón, pero había recogido calabazas y ahora animaba a su consorte a conquistar, al precio que saliese, a la hija de la que no quiso ser su hembra. Y que así quedase todo entre compadres.

Y tanto le dio la tabarra don Carlos a la moza Inés que ésta empezó a soñarle en pesadillas que alargaron sus noches y acabó por no salir, los atardeceres, a la fresca para no encontrarle a la vuelta de la timba. Don Carlos pensaba que el ejercicio de la virtud no criaba billetes y solo servía para adornar las vidas de los santos y como los nones de la joven le traían ofendido decidió tomar la plaza por las bravas, dando por hecho que sus apellidos eran inmunes.

La noche del 19 de junio fue de pitarra soltera y de juramentos de tasca y don Carlos le dijo al compadre Castejón que a él no le negaba la entrada una moza con hambre y el otro le hizo el coro y le asintió que así se habla, valiente, y se fueron torcidos, curdas y asesinos a la calle Padre Cortés, bravos de vinacho y llevando la ventaja, contra dos mujeres solas, de la noche y el puñal.

Así de hombrones comparecieron ante la luna don Carlos y don Ramón Martín la noche del 19, la de San Gervasio, que hasta las chicharras se quedaron mudas por no hacerles el acompañamiento. Por el camino se encontraron con el sereno Pedro Cidoncha, que por cagón o por servil, o por una propina de real, les hizo de caballo de Troya. El Cidoncha tocó la puerta de la viuda Catalina y fingió que el doctor Suárez le había mandado el recado de recoger su maletín. Cuando Catalina fue a por él, el sereno hizo una señal con el farol y los dos jaquetones se metieron a asesinar. A la viuda la mataron a palos y cuchilladas, en la misma puerta, y a la joven le intentaron robar la virtud y como no se dejó la metieron veinte puñaladas de despecho.

A punto estuvieron de pagar los que no debían y detuvieron al doctor Suárez, por tenerle cerca, y a un campesino que se bebía los vientos por Inés pero la luna buena hizo su trabajo la noche del 19 y alumbró a los asesinos para que un testigo los señalase.

No les valieron los duros esta vez y al sereno Cidoncha le dieron perpetua y a los señoritos el garrote y mal supieron morir. Para el oficio se llamó al verdugo de Cáceres, que llevaba cumplidas quince ejecuciones. A Don Carlos, que paseaba tan juncal, se le aflojó el vientre al llegar al palo y se fue al infierno hecho un cristo. No se sabe cómo llevó los calzones al matadero Castejón, ni la conciencia, pero el cuello no lo llevaba para el evento porque padecía un bocio que se lo tenía hinchado como un odre y el verdugo se las vio justas para calzarle el collar y no murió hasta la tercera. Al garrote hay que ir en condiciones, con el cuello fino y ganas de morir con seriedad y no a montar la bulla, enredar y alargar el trance para que los voceros vendan más garrapiñadas.


El crimen de Don Benito

Félix Maocho – Felixmaocho.wordpress.com

18 de abril de 2012

A principios del siglo XX en 1902 hubo un crimen en Don Benito, un pueblo de Extremadura que catalizó todas las tensiones de la época. Relatos los hechos tal como los recoge el ABC del día 20 Noviembre de 1903 en su crónica de la vista de la causa en Don Benito un año después de ocurridos los hechos.

Según el relato del fiscal, los hechos son los siguientes:

En la noche del 18 al 19 del mes de Junio del año de 1902, Carlos García de Paredes, que desde hacía tiempo venía persiguiendo y requiriendo de ilícitos amores á la señorita Inés María Calderón, aunque sin resultado, reuniéndose con Ramón Martín de Castejón, que sentía iguales deseos por la misma, los cuales ya se habían comunicado en vanas conferencias que habían tenido, así como el propósito de realizarlos violentamente, decidieron, buscando de propósito esta noche y hora, llevarlos definitivamente á cabo, acordando emplear en su ejecución cuantos medios estuvieran á su alcance, por muy extremos y violentos que éstos fueran; y dirigiéndose al efecto á la calle de Padre Cortés, se avistaron con el sereno Pedro Cidoncha, que prestaba servicios en aquel distrito, y participándole su pensamiento, les ofreció su cooperación, alejándose de aquel sitio donde estaba, con objeto de que aquellos llamaran en la casa. núm. 23, y así practicándolo en la puerta de la misma el Castejón, como amigo íntimo de la familia, y pretextando que iba por la caja-botiquín del médico D. Carlos Suárez, que en una de las habitaciones tenía doña Catalina Barragán; pero aquélla se negó á darla, y ante esta contrariedad, acudieron de nuevo al sereno para que llamara, y éste se prestó á ello, retirándose entonces y escondiéndose el Paredes y el Castejón en uno de los ángulos ó rincones que hace la calle.

El sereno se acercó y llamó á la puerta ya indicada, contestando desde dentro doña Catalina:

– «He dicho que mi puerta no se abre, y no abro-»

A lo cual contestó aquél:

– «Abra Vd., señora. Catalina, que soy el sereno, y eso es muy preciso.

Persuadida de que era el sereno acopió la caja y abriendo la puerta de la casa se la entregó.

En esta situación, Cidoncha, el sereno, buscando un medio para alejarla, le pidió un poco de agua, y retirándose doña Catalina al interior de la casa para traerla, aprovechando estos momentos de estar solo, hizo señas á Paredes y Castejón para que se aproximaran y entraran.

Dentro del zaguán ya éstos, volvió doña Catalina con el agua en una copa de barro. El Paredes y el Castejón, súbitamente y con abuso de superioridad, por ser dos ellos y sólo ella, se abalanzaron sobre la misma, causándola con un instrumento cortopunzante varias heridas, cuatro mortales de necesidad, falleciendo instantáneamente.

Desembarazados ya de este obstáculo, se dirigieron Paredes y Castejón á una de las habitaciones interiores de la casa donde con su madre dormía Inés, y encontrándola cerrada con una aldaba por dentro, abrieron las puertas violentamente, y dirigiéndose á ella, que se hallaba ligeramente vestida en traje de cama, comenzaron á solicitarla sin resultado, infiriéndola varias lesiones en la, frente y otros sitios para amedrentarla, no consiguiendo sus propósitos, á pesar de los esfuerzos materiales que para ello hicieron.

Maltratada y así herida la joven Inés, se dirigió precipitadamente á una habitación inmediata, escondiéndose bajo una cama que en ella había; perseguida y acosada por aquéllos, la sacaron y arrastraron dé la misma, y continuando en su sangrienta labor, la infirieron nuevamente otras varias heridas hasta él número de veintiuna, y falleciendo á los pocos momentos como consecuencia de tanto martirio.

Un feo crimen perpetrado por el típico señorito, ante el “desprecio” de una mujer de procedencia más humilde.Lo que en principio pareció un feo caso de violencia machista se convirtió pronto en un importante problema político debido a la indignación del pueblo. Las muertes ocurrieron el 19 de julio de 1902, en una casa situada en la calle Padre Cortés, una vivienda modesta, ocupada por una viuda, cuyo marido había muerto hacía poco y su hijo se encontraba cumpliendo el servicio militar en Sevilla y con una hija, que salían adelante cosiendo y planchando, y alquilando una de las habitaciones a un médico oculista de la vecina Villanueva de la Serena, que atendía allí a sus pacientes.

Lo descubrió una lechera que después de llamar reiteradas veces sin obtener respuesta, entró en la vivienda, pues la puerta estaba abierta, para encontrarse con el cadáver de la madre, Catalina Barragán, de cerca de 60 años, en medio de un charco de sangre.

La lechera, corre a avisar a la Guardia Civil que descubre muerta en el segundo dormitorio a la hija, Inés María Calderón Barragán, una joven de unos 18 años según los gustos de la época muy atractiva. Se encontraba sobre la cama con la cabeza colgando hacia el suelo, las ropas en desorden y las manos entre los muslos, en la actitud característica de una mujer que se defiende de un ataque sexual. Le habían dado veintiuna puñaladas.

En el lugar había múltiples señales de violencia, y sangre por las paredes. La madre había sido apuñalada, y tenía la cabeza destrozada a golpes. Durante la inspección ocular los agentes encontraron en el suelo un vaso de loza y un maletín médico caído a los pies del primer cadáver, en el zaguán.

Inicialmente las sospechas se dirigen hacia el médico Carlos Suárez, quien un testigo anónimo acusa de mirar con deseo a la hermosa Inés María y hacia un enamorado de la joven asesinada, Saturio Guzmán.

Ambos sin mayores pruebas son detenidos en uno de los mayores errores de la actuación de la Guardia Civil. Sin embargo por el pueblo corre la voz que el asesino García de Paredes.

Carlos García de Paredes era el prototipo de un cacique local. Soberbio, estirado, soltero, alto, fanfarrón, sin oficio ni beneficio, el prototipo del “señorito”.

Tenía 32 años, al que no se le conocía más ocupación que el juego de naipes y en los meses previos al asesinato había estado asediando, a la joven asesinada, que siempre le había rechazado.

Pese a su fama de violento, supuesto se le suponía autor del apaleamiento de un sereno, violador de una deficiente e incluso autor de una puñalada a su propia madre, “Don Carlos”, tenía las suficientes influencias y tierras para que la autoridad no le investigara con la misma “atención“, que utilizaba con un médico desconocido y un mozo sin más fortuna que su trabajo.

Todo ello hacía aumentar el clamor de la gente, al que la policía hacia oídos sordos, mientras sometía a los detenidos a rigurosas sesiones de “tercer grados” con el fin de “encontrar un culpable” cuanto antes, pues el Gobierno, que temía un levantamiento popular, dado su grado de indignación, solicitaba “la solución” del caso con toda urgencia.

Así estaban las cosas y así u hubieran seguido posiblemente si 44 días después de los hechos no hubiera aparecido un testigo de lo ocurrido. El 1 de septiembre, se presentó un testigo sorpresa, el joven labrador Tomás Benito Alonso Camacho, que afirmó ante el juez, haber visto a los asesinos, dos, entrar de madrugada de la noche de autos en la casa de Catalina Barragán.

Él regresaba a su casa y vio al sereno Pedro Cidoncha, que se encontró con dos hombres; que después de hablar, se dirigieron a la calle Padre Cortés, donde se pararon delante de la casa de la viuda. Tomás les saludó al pasar y siguió su camino, pero el comportamiento de los tres le pareció extraño y se puso a observar oculto tras un carro de esteras.

Desde vio cómo doña Catalina se resistía a abrir la puerta, y cómo el sereno la convencía diciéndole que era urgente. Cuando finalmente la mujer abrió la puerta el sereno le pidió un poco de agua, y aprovechó que iba a buscarla para hacer una señal con el farol a los que estaban escondidos en la esquina, que sin hacer ruido se metieron en la vivienda. El sereno cerró la puerta tras ellos y siguió tranquilamente su ronda.

Había buena luna, y pudo ver claramente la cara de los tres hombres. En un reconocimiento identifica sin ninguna duda a Carlos García de Paredes como el que primero se coló en la casa, y también al sereno Cidoncha. El testigo indica que el acompañante de “Don Carlos”, era un hombre maduro, gordo y con el pelo blanco.

Cuando se le pone delante a un cincuentón, Ramón Martín de Castejón, amigo de correrías de Paredes, pese a ser mucho mayor, le reconoce. En su casa se encontrarían unos pantalones con manchas de sangre, que no habían salido pese a varios lavados. Se sabe también que, en otros tiempos, Castejón pretendió a la viuda asesinada sin éxito.

Se supo que la joven, herida y todo, logró desasirse de sus verdugos y refugiarse en otra habitación, metiéndose debajo de una cama. Los dos asesinos la persiguieron y la sacaron de su escondrijo, arrastrándola por los pies é infiriéndola veintiuna heridas, todas ellas en la cabeza, de las que murió.

Los asesinos, para burlar la acción de la justicia, saltaron por la ventana para hacer creer que habían entrado por ella, dejando también huellas de sangre.

El testimonio de Camacho pone entre rejas a los asesino a la vez que libra de su horrible encierro a los presunto implicados hasta el momento Saturio Guzmán y el médico Carlos Suárez. El médico queda tan afectado que no volvió a ser el mismo de antes del suceso. Saturio nunca pudo olvidar a Inés, a quien, pasados los años, le dedicó una habanera muy sentida que empezaba: “Lenguas infames quisieron mancharte…”

No se sabe por qué tardó tanto en contarlo, él alegó que su madre estaba delicada de salud, como dijo, pero probablemente fue por miedo al cacique pues había ofrecida una recompensa de 500 pesetas, equivalente al valor de una pequeña finca en su tiempo.

Se detiene finalmente a Carlos García Paredes, su criado Juan Rando (se le acusaba de haber querido limpiar las manchas de sangre encontradas en un traje de su señorito), el sereno Pedro Cidoncha y Ramón Martín de Castejón. Todos negaban su participación en el crimen y proclamaban su inocencia.

Llevados a juicio, el 18 de noviembre de 1903 Paredes y Castejón recibieron dos penas de muerte. El sereno fue condenado a cadena perpetua, y el criado de Paredes quedó en libertad sin cargos. El juicio fue seguido con gran expectacion por la población de Don Benito como nos demuestran el aspecto de la sala y el exterior de los juzgados.

Pasado un tiempo prudencial donde la familia de “Don Carlos” pidió clemencia sin ser escuchada, se dictaron las sentencias de forma definitiva y 5 de abril de 1905, el verdugo de Cáceres, ejecuto mediante garrote vil a Paredes, que en el patíbulo perdió los nervios hasta el punto de orinarse de miedo. Más triste fue el final de Castejón, que debido al bocio que padecía tenía el cuello muy grueso, por lo que fallo el garrote por tres veces , mientras el reo se revolvía, e insultaba a los presentes.

De este suceso se hizo una película en 1988, Jarrapellejos, protagonizada por Antonio Ferrandis, con guión de Felipe Trigo, que se inspiró en este crimen.

También hay una capítulo del programa de televisión La Noche del Crimen llamado “El Crimen de Don Benito” Dirigido por Antonio Drove, con Fernando Delgado, Emma Penella, Gabino Diego.

Como muestra de la impresión que marcó este suceso entre el pueblo recojo dos versiones de una copla que se recoge en diversos romanceros populares, una versión corta y otra más completa de lo que debió ser en principio la misma copla.

Recientemente Don Benito ha tenido el dudoso honor de ver en vuelto su nombre con un crimen, que nada tiene que ver con este, cuando un individuo cometió tres homicidios en un club de alterne de la localidad.

El crimen de Don Benito

Recogido por: Juan Ignacio Pérez

Inés María iba a misa,
a misa con su mamá,
y a la salida de misa
el novio le quiso dar

un beso a Inés María
y ella le dio una guantá.
Y le dice el novio:
“La guantá que me has pegao

me la tienes que pagar.”
Ya ves si se la pagó,
que la mató a puñalás.

(…)

Estaba en su casa
y le decía su mamá:
“Enciérrate, Inés María,
con pestillos y aldabas,
que está aquí Carlos Paredes
y nuestra vida se acaba.”

Los palillos de la silla
los clavaba en la pared
a ver si alguna vecina
la podía favorecer.

Qué malas vecinas eran,
qué mal corazón tenían,
que no pudieron oír
los gritos de Inés María.

Otra versión más extensa recogida por B. Gil en la localidad de Castilblanco (Badajoz) y publicada en Cancionero popular de Extremadura, Diputación Provincial de Badajoz, 1955.

En el pueblo Don Benito
han echado un gran borrón
entre don Carlos Paredes
y el hijo de Castejón.

En la calle de la Virgen,
adonde hace rincón,
estaba Tomás Alonso
cuando el sereno llegó.

El primero fue el sereno,
el que a la puerta tocó
pidiendo una poca de agua,
don Carlos se presentó.

Don Carlos se presentó
con cara de criminal,
qué sustito llevaría Catalina Barrabás.

A los gritos de la madre
salía Inés María
y la dijo: “Enciérrate,
que te matan, hija mía;
pues ya me han matado a mí
estos fieros criminales,
no lo hubieran hecho así
si nos viviera tu padre.”

Al salir de misa de once,
Dos Carlos el criminal,
ha dao un beso a Inés María
y ella le dio una guantá.

-Inés María, te pese,
y mira si le pesó
que a las doce de la noche
a puñaladas murió.

A las doce de la noche
llegó el sereno a la puerta:
-Ábrame usted, Catalina,
siento mucho la molestia.
-¿Qué se le ofrece, sereno,
esta noche por aquí?
-Se me ofrece un vaso de agua
y la caja del bisturí.

-Enciérrate, Inés María,
entre cerrojo y aldaba;
ha entrado Carlos Paredes,
y la vida se me acaba.

-Entrégate, Inés María,
que tu madre ya murió;
el desaire que me has dado,
ahora te degüello yo.

“Doy la mitad del caudal,
decía don Carlos Paredes,
por saber el criminal
que ha matado a estas mujeres”

Fue un día a la Justicia
tan contento y tan gustoso.
Dijo: -Vengo a declarar
un crimen tan horroroso.

Y enseguida le preguntan
que quién son los criminales.
-Carlos Paredes y un viejo
y el sereno de la calle.

 


AUDIO: LA HUELLA DEL CRIMEN – EL CRIMEN DE DON BENITO


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