El caso de la mano cortada

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El caso de la mano cortada
  • Clasificación: Profanación de cadáver
  • Características: Margarita Ruiz de Lihory, que usaba los títulos de Marquesa de Villasante y Baronesa de Alcahalí, mutiló el cadáver de su hija. Le amputó la mano derecha, le sacó los dos ojos y le cortó la punta de la lengua
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 19 de enero de 1954
  • Fecha de detención: 30 de enero de 1954
  • Perfil de las víctimas: Margarita Shelly Ruiz de Lihory, de 42 años
  • Método de matar: Muerte natural (hemorragia cerebral)
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: La Audiencia de Madrid condenó el 15 de mayo de 1964 a Margarita Ruíz de Lihory a 6 meses de arresto mayor y 5.000 pesetas de multa, y a su amante José María Bassols, a 3 meses de arresto mayor y 2.000 pesetas de multa, como autores de un delito de profanación de cadáveres y otro contra la salud pública, con la agravante de parentesco respecto a la procesada
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La patología del rito: el caso de la mano cortada

José Antonio García-Andrade – Lo que me contaron los muertos

El culto por la muerte tiene su más genuina representación, por lo excepcional y exagerado, en Margarita Ruiz de Lihory, cuya historia portentosa hoy día no tendría importancia, pero sí en la época en que se dio.

No está bien fijada la fecha de su nacimiento, pero fue a finales del siglo XIX. Se casó a los diecisiete años y tuvo cuatro hijos del matrimonio, hasta que a mediados de la veintena se separó del marido, porque no quería estar «perdonando toda la vida» la infidelidad del esposo y «servirle de coneja, que me hiciera un hijo al año o me contagiara algo».

Su carácter abierto, dinámico e inteligente la llevó como periodista y corresponsal de guerra a Marruecos, donde llegó a entrevistar al sultán y al famoso Abd-El-Krim, personaje que se sublevó contra España, produciendo graves quebraderos de cabeza al gobierno de la época. Luego marchó a Cuba y a México, donde fue agasajada por su presidente, y a Estados Unidos, recorriendo casi toda América, dando conferencias, escribiendo y ganando mucho dinero, ya que hizo una cuantiosa fortuna en los cinco años que duró su estancia en el Nuevo Continente. Después de esta etapa regresó a España, donde al poco tiempo se instauró la República. Entonces aceptó ser vocal del Patronato Nacional de Menores y de la Junta de Protección a la Mujer, y presentó un reglamento para organizar la agrupación femenina del Partido Republicano Conservador.

Durante la Guerra Civil pasó malos momentos, que no le impidieron contraer nuevo matrimonio en Barcelona con un hombre que se divorció de su mujer por amor a Margarita.

De los cuatro hijos, la tercera era una mujer, Margot, con la que estaba especialmente vinculada la madre. Enfermó gravemente la hija y durante meses, hasta su muerte, fue atendida con ejemplar dedicación por la madre, refiriendo varios testigos las escenas de dolor de Margarita durante la agonía de Margot.

A la muerte de la hija, la madre fue acusada de mutilar el cadáver, al que le faltaban los ojos, la lengua y una mano, hechos que siempre negó Margarita, la cual se indignó además porque la mano de la hija apareció en un cántaro de leche, «cuando donde debía estar era en una urna de oro y perlas». Sí se encontró conservada la sangre de la hija en un frasco procedente de la agonía, durante la cual se le practicó una sangría con objeto de aligerar su corazón de la insuficiencia que padecía. También conservaba la madre el fonendoscopio del médico que asistió durante la enfermedad a su hija.

Se hallaron también como «reliquias» el apéndice de uno de los hijos operado varios años antes, el traje que llevaba el hijo menor cuando fue detenido por la Policía republicana durante la guerra y varios perros disecados, a los que era muy aficionada, habiendo practicado incluso técnicas de taxidermista.

Esta mujer puede ser considerada como una de las pioneras del movimiento feminista en España, ya que a su vida, activa y azarosa para una mujer de aquellos años, se unió su participación en la política de entonces dentro del partido de su amigo Miguel Maura, que fuera ministro de la Gobernación. Su actitud ritualista con respecto a la muerte se expresó a través de las reliquias, ya que el psiquiatra que la estudió, Velasco Escassi, no encontró en ella trastornos mentales ni alteraciones necrofílicas, sino únicamente un carácter coleccionista de reliquias. Estas adquirieron en ella un gran contenido simbólico, ya que junto a las «reliquias» referidas se encontraron pelos del pubis, que refiere Margarita, cortados por la propia Margot unos días antes de la muerte, cuando tuvo su última menstruación, que le formó unos «burujos».

La reliquia supone un resto o residuo de algo, cargado de emocionado recuerdo, en conexión con contenidos sociohistóricos, a veces relacionados con aspectos necromaníacos; los recuerdos del ser querido no siempre se hallan plenos de emociones eróticas, sino simplemente amorosas, sin complacencia con la muerte, de lo cual entendían mucho nuestros románticos decimonónicos.

La tendencia a la reliquia, la patología y el culto a los muertos pueden formar parte de un conflicto a veces difícil de desentrañar, en el que el rito se mezcla de forma confusa y muchas veces apasionada.


El caso de la mano cortada

José María de Vega – Quince años junto al crimen

Fue el suceso más sensacional de los últimos veinte años. Cuando los diarios publicaron las primeras informaciones, necesariamente breves, tenía ya El Caso todos sus redactores en la calle.

A poco de salir nuestro semanario, se agotó rápidamente, a pesar de su amplia tirada. Hubo que hacer una segunda edición, que se disputaban las gentes. Colas ante los quioscos, pero preferentemente de señoras con sombrero, o que tenían su coche aparcado en la esquina.

Un avispado vendedor de Tetuán de las Victorias se hizo con unos cientos de ejemplares y los llevó en la camioneta al vecino pueblo de Fuencarral. Allí los vendió a duro –El Caso valía entonces dos pesetas- y tuvo que hacer varios viajes hasta que no le quedó uno. Incluso esos ejemplares deteriorados, con alguna página rota, fueron arrebatados de las manos de los vendedores.

La cosa empezó cuando don Luis Shelly Ruiz de Lihory se presentó, el 30 de enero de 1954, en el Juzgado de guardia, que era aquel día el número 14 de los de Instrucción de Madrid. Manifestó que el 19 de ese mismo mes había fallecido en casa de la madre, en la calle de la Princesa, número 72, su hermana Margarita.

La señorita Shelly, que trabajaba en Albacete, en el Instituto Nacional de Previsión, adquirió una grave dolencia pulmonar en agosto del año anterior, y su madre, doña Margarita Ruiz de Lihory, que usaba en los membretes de sus cartas los títulos de Marquesa de Villasante y Baronesa de Alcahalí, fue a buscarla para traerla a la calle de la Princesa, donde la visitaron los mejores especialistas de Madrid, sin que, desgraciadamente, pudieran hacer nada por ella.

Murió, como ya hemos dicho, el 19 de enero. Fueron avisados los tres hermanos, Luis, Juan y José María, quienes, por llevarse mal con la madre, vivían separados de ella. Cuando quisieron pasar la noche en una habitación próxima a aquella en la que se encontraba el cadáver, su madre se lo impidió, mandando que les hicieran las camas al otro extremo de la casa.

Al día siguiente, 20 de enero, llegaron de Albacete numerosos amigos de Margot Shelly, que era muy popular en aquella población. Pasaron algunas cosas raras. Ni los amigos -entre los que se encontraba el novio de Margot- ni los hermanos fueron autorizados para ver el cadáver, encerrado ya dentro del ataúd, donde había de permanecer toda aquella noche, velado tan sólo por doña Margarita y don José María Bassols, un abogado barcelonés de gran prestigio con él que aquélla, viuda desde hacía muchos años, se había casado en segundas nupcias durante la República.

Volvieron otra vez los hermanos a dormir en la habitación más alejada de la casa. Al día siguiente, después del funeral de «corpore in sepulto», tenía lugar el entierro en la sacramental de San Isidro. Hubo un incidente en la necrópolis donde el novio de Margot insultó a doña Margarita.

Y el día 30, como dejamos dicho, Luis Shelly Ruiz de Lihory se presentaba en el Juzgado de guardia para expresar su sospecha de que su madre -según él algo trastornada- hubiese cometido alguna profanación en el cadáver de su hermana. Alguien había visto una garrafa grande de alcohol y un paquete de algodón sobre una mesa. Y doña Margarita había dicho:

-Cuando la niña tenía los ojos…

Ante esta formal denuncia, el juez dictó un mandamiento de registro en la casa de la calle de la Princesa. Le tocó cumplimentar esta diligencia al grupo de la Brigada de Investigación Criminal que mandaba el inspector-jefe señor Fernández Rivas, y que integraban los inspectores Alcocer, Gallego, Ruiz, Barroso, Ojeda y Ares.

No tuvieron ninguna dificultad en el registro. Doña Margarita y el señor Bassols les acompañaron en su recorrido por el piso.

Piso extraño aquel. Buenos muebles. Un mayordomo y una criada constituían el servicio. Lo primero que vieron los inspectores fue una sopera que contenía las cabezas disecadas de dos perros. Al parecer, habían sido los favoritos de doña Margarita, que no quería separarse de los animales.

Pero lo más estremecedor fue cuando, en un armario, descubrieron una lechera de plástico, y dentro de ella, flotando sobre un líquido que era indudablemente alcohol, una mano humana.

Doña Margarita no mostró mucha sorpresa. Únicamente dijo:

-Esa es alguna faena de mi hijo Luis, que quiere vengarse de mí.

Doña Margarita, el señor Bassols y los dos criados, juntamente con los macabros hallazgos, fueron presentados en el Juzgado. A los dos criados se les puso en libertad, mientras el juez ordenaba la exhumación del cadáver de Margarita Shelly Ruiz de Lihory en la sacramental de San Isidro.

Dos días después se efectuó la diligencia. Era una mañana muy fría de febrero. Con el Juzgado, doña Margarita y el señor Bassols, y algunos periodistas y fotógrafos, que poco pudieron hacer.

Dos horas duró el trabajo de los médicos. Al terminar, quedó comprobado que la mano hallada en la lechera de plástico pertenecía efectivamente a la que fue en vida Margot Shelly.

Desde el cementerio, doña Margarita y el señor Bassols pasaron al Instituto Psiquiátrico anejo a la prisión de Carabanchel, donde quedaron sometidos a observación por los facultativos especializados de aquel centro. Pasados unos días fueron procesados por un delito de profanación de cadáveres y otro contra la salud pública, y puestos en libertad bajo fianza.

Ya dijimos que el número de El Caso se agotó rápidamente, a pesar de que la severa censura de Prensa no permitió que publicáramos en portada una fotografía de la lechera de plástico que había contenido la mano de Margot y que se hizo tristemente famosa. Para ilustrar de alguna manera aquella primera página, Eugenio Suárez, sobre la misma platina del taller, trazó unas letras gruesas e irregulares: «El misterio de la mano cortada».

Fascinante personalidad la de doña Margarita Ruiz de Lihory. Pertenecía a la nobleza valenciana. Usaba sus títulos Villasante y Alcahalí, con discutible derecho, puesto que una hermana suya, mayor, ciega, podía ejercitar la correspondiente acción ante el Ministerio de Justicia. El hecho fue que ambos títulos -Villasante y Alcahalí- no fueron reivindicados cuando se produjeron los acontecimientos que estamos narrando ni lo han sido todavía.

Lo cierto es que Margarita Ruiz de Lihory fue una figura estelar en la sociedad madrileña de los años veinte. Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro, fino escritor, trazó en nuestras páginas una rápida semblanza de «Margarita Alcahalí», como se la llamaba en aquellos dorados años. Doña Margarita se hizo abogado, profesión infrecuente para las mujeres en aquella época. Después se hizo periodista -oficio todavía más raro para el sexo femenino- y se marchó a la guerra de África de corresponsal de varios diarios españoles. Allí trató a la flor y nata del Ejército español. Luego anduvo por América dando conferencias. Cuando volvió a España, participó en una sociedad femenina, secesionista del cursi Lyceum Club.

Como digo, era una mujer de extraordinaria personalidad. Yo la conocí en septiembre de aquel mismo año de 1954. Fue así:

La atención de toda España, desde el mes de febrero, estaba puesta en doña Margarita. Todo el mundo sabía que tenía pisos en Madrid -el de la calle de la Princesa y un hotelito de la Ciudad Lineal, donde mantenía un ejército de perros, justamente al lado del que posee, con el mismo propósito canófilo, la Marquesa de Mora, madre de la Reina Fabiola de Bélgica-, dos en Barcelona; y una finca en Albacete.

Fue justamente en esta última donde se produjo el descubrimiento, a finales del verano del 54 de varias armas de guerra. Salió a relucir otra vez el nombre de doña Margarita, inevitablemente unido a la fantástica historia de la mano cortada. Doña Margarita envió una carta a los periódicos rechazando toda culpabilidad en aquel alijo -en efecto, luego se demostró que la finca había estado ocupada durante nuestra guerra por las Brigadas Internacionales-, y entonces solicité una entrevista con ella.

El piso tercero derecha de Princesa, 72, estaba, efectivamente, amueblado con un gusto señorial, anticuado quizá para aquella época. Doña Margarita me recibió en un pequeño gabinete, que presidía un altarcito con un retrato de Margot Shelly y varias Vírgenes y Santos, con lamparillas encendidas. Sus sesenta y siete años conservaban el reflejo de una belleza exquisita, de unas facciones que habían hecho furor en el Madrid de los años veinte. Negó desde el primer momento su culpabilidad. Me dijo vehemente:

-¿Usted no comprende, amigo Vega, que yo, como abogado, para ser absuelta, no tenía sino confesar una mutilación que hubiera constituido un acto de cariño a mi hija? Usted habrá leído…

En efecto, por aquellos días se había publicado una sentencia del Tribunal Supremo que absolvía a una viuda que, con el fin de conservar el anillo de bodas de su difunto marido, había cortado el dedo de éste.

-¿Entonces…?

-Mi hijo Luis lo ha fraguado todo. Es un estafador, reclamado por varios Juzgados, y yo estaba ya harta de pagar sus fianzas. Se ha querido vengar así.

Doña Margarita habla normalmente, sin exaltarse. No me reprocha que El Caso fuera el principal portavoz de la opinión pública volcada hacia esta casa de Princesa donde estamos ahora; donde apareció, seis meses atrás, en una lechera de plástico la mano de Margot.

Pero ¿era culpable doña Margarita? El Tribunal Supremo, al cabo de once años, dijo que sí y la condenó a una simbólica pena de arresto.

Pero, ¿era culpable? Mi vocación jurídica me obliga a respetar la sentencia del más alto e inapelable Tribunal del reino. Pero siempre me quedará el recuerdo de aquella voz reposada, llena de dignidad que me decía entre los muebles antiguos de Princesa 72, frente al altarcito donde, se veneraba la imagen de Margot:

-Todo esto ha sido cosa de mi hijo Luis.


El enigmático caso de la mano cortada

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Introducción

En el siglo XX, en la década de los cincuenta, un macabro suceso conmovió a la opinión pública española y muy especialmente a la de Albacete y Madrid, ya que los hechos se produjeron a caballo entre estas dos ciudades. La verdad sobre el enigmático caso de la mano cortada nunca fue desvelada del todo porque su protagonista, Margarita Ruiz de Lihory, Marquesa de Villasante, quiso llevarse el secreto a la tumba y lo consiguió.

Recuerdo con claridad aquellos hechos, pues yo era un niño y vivía en una casa vecina a la de la Marquesa. Desde el patio de vecinos se veía una pequeña ventana del servicio por donde de vez en cuando se dejaba ver la sirvienta en sus quehaceres. A partir de cierta fecha, los niños y nuestras madres comenzamos a tener miedo, pues por la ventana se veían a veces dos extrañas figuras de hombre nada comunes y que causaban cierto estremecimiento.

Por la tarde solíamos salir a jugar a la calle Mayor, frente a la casa de la Marquesa, pero a partir de ver aquellas figuras, los mayores nos prohibieron jugar después del anochecer por el temor a aquellos hombres.

De todas formas frecuentemente desobedecíamos y entonces, ya bastante después de anochecer, veíamos salir de la casa a aquellos hombres totalmente vestidos de negro y con la cara semioculta, bien con bufandas negras, bien con sombreros negros y en el mal tiempo con ambas prendas a la vez, como si no quisieran ser reconocidos. Entonces parábamos nuestros juegos y los observábamos con curiosidad y temor, eso sí, desde lejos, pero nunca nos atrevimos a seguirlos, pues su camino conducía a una calle que entonces estaba poco o nada iluminada.

Cuando se desencadenaron los hechos de este relato, como niños curiosos que éramos, estuvimos varios días observando los movimientos de los registros, junto a multitud de personas mayores. Lo que si recuerdo es que el mayor movimiento de registros se desarrolló en el patio, que tenía una entrada independiente por el callejón de San José. Tanto la puerta principal como la del patio fueron precintadas, pero todos pudimos ver que a la mañana siguiente al precinto, la puerta del patio en el que estaban los sótanos a los que se alude en el relato, había sido abierta y los precintos estaban rotos. La casa tenía otro semisótano, cerca de la puerta principal, pero este estaba alquilado a una empresa dedicada a los plátanos. Este sótano estaba alejado unos 80 metros de aquellos a los que se alude en este relato.

Los personajes

Margarita Ruiz de Lihory era cualquier cosa menos común y corriente; bella, rubia, alta e inteligente. Educada en Francia, a los 18 años terminó la carrera de derecho, tocaba el piano, escribía crónicas periodísticas, pintaba, practicaba el tiro al blanco etc. Además, era una mujer muy liberal, demasiado para la época (los primeros años 20, más o menos), tenía numerosos amantes, fumaba en público…

Durante la guerra con Marruecos fue espía de Primo de Rivera, llegando a ser amante de Ab-el-Krim. Pasó algún tiempo en Marruecos, y se dice que allí aprendió magia negra magrebí de la secta satánica-islámica de los Yezidi. Se casó con un valenciano de origen irlandés, Ricardo Shelly, con el que tuvo dos hijos; Margot y Luis. Durante la guerra civil desempeñó un papel fundamental entre Inglaterra y España, a favor del «bando nacional». Volvió a África para realizar ciertas misiones y se llegó a comentar que estaba muy cercana al general Franco. En el «lado oscuro» de la marquesa Ruiz de Lihory estaba su afición por la magia negra, las vísceras y el sexo «sin medida».

Por la época que nos ocupa vivía con su compañero sentimental, José María Bassols, a caballo entre sus palacetes de Madrid, en la calle Princesa y en Albacete, Calle Mayor, 58. (Se demolió la casa y en su solar se construyó un nuevo edificio, cuyos locales son hoy la Consejería de Industria del Gobierno autonómico de Castilla la Mancha, en cuyos locales se han producido extraños sucesos y se han grabado psicofonías)… Con Bassols tuvo dos hijos más. Curiosamente, la familia de Bassols poseía la mayor colección de España de libros de ocultismo hacia finales del siglo XIX.

Margot, al contrario que su madre, era una chica muy piadosa, que entregaba la mayor parte de su tiempo libre a realizar obras de caridad y que trabajaba en un centro oficial, viviendo de forma sencilla en un apartamento. Tuvo muchos roces con su madre, que fue lo que la llevó a marcharse a vivir fuera del palacio. Margot tenía un novio, de apellido Panadero, que murió unos años después en extrañas circunstancias. Se le relacionó con un agente de la CÍA en España, un tal David Cook.

Los hombres de negro

Entre 1952 y 1954 residen en su casona de Albacete dos médicos o biólogos o veterinarios o científicos o no se sabe qué… Ambos con pasaporte canadiense falso. Parece que se llamaban: George Framrenberg y Schmidt. Estos nombres deberían de ser falsos también, pues tras una búsqueda que llevaron a cabo posteriormente en las páginas del Holocausto nazi y en la fundación Simon Wiesenthal no aparecen como buscados.

Años después salió la teoría de que estos dos elementos eran científicos nazis escondidos en España para huir de los juicios de Nüremberg, y que estaban realizando algún siniestro experimento, de los que nunca se halló ninguna referencia. Se llegó a especular que los supuestos «médicos nórdicos», que habían habitado la casa de Albacete, estaban vinculados con el asunto de los ovnis. Para otros investigadores, los pretendidos médicos que habrían sido llamados por la Marquesa una vez que Margot enfermó, no sólo no eran nórdicos, sino que habían pertenecido al Reich y habían utilizado la casa de la Marquesa para realizar experimentos de diversa índole. En dicho palacete vivían: la Marquesa, D. José María Bassols, un mayordomo y estos dos hombres.

Los hechos

Sólo los más viejos recordarán este inquietante suceso ya clásico de la crónica negra española. Un caso espeluznante y macabro en que confluyen los caminos de la investigación policial con la ufología.

En enero de 1954 Margot Shelly Ruiz de Lihory que llevaba una vida sencilla y trabajaba en un organismo oficial de Albacete y vivía en un apartamento, enferma gravemente de una rara enfermedad que algunos diagnosticaron como una variante de leucemia. Ante la gravedad de la enfermedad, su madre decide trasladar a Margot a Madrid, a la casa que la Marquesa tenía en la Calle Princesa.

El día 19 de enero de 1954 Margot fallece, parece ser que a causa de la leucemia, y a partir de ahí se abre la «caja de los truenos». Tras el fallecimiento, Margarita se encierra dos días con el cadáver de su hija Margot, no dejando entrar a nadie a verlo.

Los hermanos habían mostrado gran empeño en velar el cadáver de Margot, derecho que les había sido negado por la Marquesa, quien se había encerrado en la habitación de su hija junto con su compañero sentimental, José María Bassols. Cuando consiguieron acceder a la estancia, el cadáver había sido depositado en un ataúd que, por orden de la Marquesa, se mantuvo cerrado.

El velatorio se realiza con la caja cerrada, sobre la cual hay un portarretratos. La foto es del cadáver de Margot y de su madre, pareciendo Margot como dormida sobre la cama. Margot es enterrada el día 21 o 22 de enero de 1954.

El 27/01/1954, Luis, el hermano mayor de Margot, se presenta en Madrid ante la comisaría de policía, y no sale de allí hasta que no les convence de que su madre le «ha hecho algo horrible al cadáver de su hermana», además, considera que ha habido algo oscuro en la muerte.

Tanto insiste que el día 28/01/1954 el juez Aguado autoriza el registro de la casa, siendo dirigido por el mismísimo juez. Allí encuentran un auténtico museo de los horrores, pues toda la casa está llena de tarros con vísceras de animales. En un armario encuentran un frasco lleno de alcohol, y allí, flotando, está la mano derecha de Margot.

Inmediatamente son detenidos la Marquesa y su marido, Bassols, y es ordenada la exhumación del cadáver.

En la misma habitación donde había estado el cadáver, Luis había encontrado un cuchillo y una tabla de partir carne, las tijeras y las pinzas que su madre empleaba para tratar a los animales, dado que su madre los diseccionaba una vez muertos cortándoles la lengua, extirpándoles el corazón y arrancándoles el pellejo, que después conservaba. En alguna ocasión, decapitaba a sus animales conservando también sus cabezas y por tanto, lo relacionaba todo con el caso de su hermana.

El examen del cuerpo de Margot revelaría que, además de la mano, le había sido amputada parte de la lengua, le habían cortado el vello público y le habían extraído los ojos. Tras un nuevo registro, los agentes descubrieron los miembros que faltaban y restos de vísceras animales.

A pesar de que los siniestros hallazgos habían sido encontrados en su casa de Madrid, lo cierto es que en su mansión albaceteña, sita en la calle Mayor, 58, se habían gestado algunos de los misterios que siempre envolvieron este caso.

Los niños de la zona nos referíamos a esta mansión como la «casa de los fantasmas». En sus sótanos del callejón de San José, parece que se realizaban extrañas prácticas. Algunos testigos afirman que allí había un laboratorio subterráneo e incluso que había restos que parecían humanos.

El cuadro que se encuentran allí no debió ser nada agradable. Toda la casa estaba llena de vísceras de animales, especialmente el sótano, donde se dice que la Marquesa practicaba la magia negra. La leyenda apunta a que la mano fue encontrada en una lechera, de esas de aluminio que se dejaban en la puerta al lechero.

Todos estos hechos fueron tratados con «guante de seda», ya que la prensa, presuntamente, recibió instrucciones para que no se hablara demasiado de la profanación del cadáver, y ni mucho menos de la extraña presencia de los médicos nórdicos.

Años después saltó a luz que estos dos nazis eran en realidad extraterrestres del planeta Ummo. Las cartas de Ummo en que se habla de este caso son: Carta fechada el 6 de agosto de 1971, recibida en Barcelona. Carta número 731 fechada el 19-03-87, recibida en Barcelona por el Sr. Juan Domínguez, y el día 22 de marzo por el Sr. Farriols.

Parece ser que estas cartas no fueron escritas por el autor de la mayoría de «cartas ummnitas» el Sr. Jordán Peña. Según estas cartas, esta gente estaba haciendo algún tipo de investigación sobre virus, en los sótanos del palacete albaceteño y que por un accidente, Margot se había expuesto, contaminándosele la palma de la mano derecha y algunas mucosas y órganos, como parte de la lengua y los ojos. El vello púbico parece que tenía como destino algún ritual a los que tan aficionada era la Marquesa.

En su declaración, la noble señora insiste en que los restos de su hija los conservaba como reliquias ya que su hija era una santa, por la que sentía devoción. No explicó nunca el porqué esos órganos parecen haber sido extraídos por profesionales.

Conclusión

Los marqueses ingresaron inmediatamente en un psiquiátrico. Sea como fuere, el caso es que Margarita Ruiz de Lihory y su compañero José María Bassols fueron condenados por delito de profanación de cadáver y atentado contra la salud pública. Sin embargo, siempre se negaron a declarar el objeto de su macabro proceder.

Pese a la fortuna que poseía, la Marquesa falleció en su casa de Albacete el 15 de mayo de 1968 en la más completa miseria, tanto que dormía en el suelo, sobre un mísero colchón. Sus restos mortales descansan junto a su secreto, en el cementerio de Nuestra Señora de los Llanos de Albacete, llevándose el secreto a la tumba.

Los supuestos científicos huyen hacia la ciudad de Bandon en Canadá. De allí pasan a Buenos Aires, volviendo después a Europa, a Hilversum. Después vuelven a España y se instalan en el Levante español, donde se dedican a los análisis geológicos.

El 27 de marzo de 1969, el caso es recuperado nada menos que por los extraterrestres de UMMO: «Nuestra primera residencia en España fue escogida en una población recoleta, Albacete. Una dama amante de los animales prestó asilo a mis dos hermanos, que pudieron durante su forzoso encierro, realizar las primeras experiencias psicofisiológicas con mamíferos de la Tierra hasta que ciertos rumores surgidos entre los habitantes vecinos hicieron aconsejable el traslado».

El CESID tenía un expediente abierto sobre el caso. Es evidente que los dos médicos de aspecto nórdico también podían ser agentes de las SS que habrían huido con un arma química y que según De la Rosa, autor de un libro sobre el caso, «de haberse utilizado, esa arma podría haber matado a tanta gente como la bomba atómica».

Se han publicado muchos más detalles impresionantes, sobre todo en El Caso de aquellos días, en cuya publicación apareció finalmente una nota entre sus paginas centrales y en una cuartilla (aun lo recuerdo, pues por aquellos días mi padre lo compraba para saber algo de aquella extraña vecina), en la que se ponía en conocimiento de los lectores, que dejaban de publicar a causa de las amenazas que habían recibido, cosa que también parece que ocurrió (por dos hombres vestidos de negro) en algún otro periódico que años después intentó recuperar el caso. Sin embargo, en ocasiones posteriores se ha publicado extensamente, tanto en la prensa local de Albacete, como en libros, y no tengo noticias de ningún tipo de cortapisa o dificultad para ello. Y es que han pasado tantos años…


El caso de la mano cortada

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Pocos sucesos han suscitado tanta atención como el llamado caso de la mano cortada, ocurrido en un piso de la madrileña calle de la Princesa a principios de 1954.

Varios factores contribuyeron a aumentar el misterio de la mutilación del cadáver de la joven Margot Shelly, de 36 años. Sobre todo el hecho de que quien llevó a cabo tal acción fue su propia madre, Margarita Ruiz de Lihory, una aristócrata cuya vida no tenía nada que envidiar a la de la famosa espía Mata Hari. ¿Por qué la Marquesa de Villasante le cortó la mano a su hija? Se dijo que fue un acto de brujería o de locura irrefrenable. Más tarde, entre las explicaciones que se buscaron o se inventaron se incluyeron extrañas y dudosas conexiones con nazis y extraterrestres procedentes de un lejano planeta llamado Ummo.

El caso de la mano cortada, como pasó a ser llamado a partir de su publicación en las primeras planas de los periódicos de la época especialmente El Caso, provocó una verdadera conmoción social. La aparición de una pálida mano femenina flotando en alcohol dentro de una lechera provocó un rechazo inmediato hacia aquellos recipientes: miles de ellos aparecieron tirados por las calles de Madrid. Todo a causa de la impactante fotografía divulgada por los periódicos y de la escalofriante historia asociada a ella.

La mutilación no se limitó a la mano: los agentes judiciales que registraron el piso de calle de la Princesa encontraron sobre una repisa del cuarto de baño los globos oculares y la lengua de la desgraciada Margot Shelly, quien supuestamente había muerto a causa de una larga, penosa y desconocida enfermedad.

La sentencia condenatoria de Margarita Ruiz de Lihory rezaba textualmente (ABC, 16 mayo de 1964): «Por conformidad del fiscal y la defensa, ratificada por los procesados, se declaró probado que la fallecida, una hija de la procesada, ésta, horas antes de efectuarse el entierro, y en unión del otro procesado [José María Bassols], mutilaron el cadáver separando del mismo la mano derecha, extirpándole los ojos y cortándole el tercio anterior de la lengua, y guardaron todo ello en diversos recipientes en su propio domicilio, donde también conserva gran numero de cabezas y vísceras de perros y pájaros. Tales hechos los realizaron con el fin de conservar aquellos miembros como un recuerdo». La Audiencia de Madrid condenó a la Marquesa y a su amante (Bassols) como autores de un delito de profanación de cadáveres y otro contra la salud pública, con la agravante de parentesco respecto a la procesada. Pero las penas fueron menores, tan sólo debieron pagar multas.

La Marquesa se defendió argumentando que las mutilaciones fueron resultado de la adoración que sentía por Margot. Durante el juicio afirmó que su hija «era una santa y quise conservar partes de su cuerpo como reliquias. ¿Acaso los católicos no veneran con respeto la lengua de san Antonio en Padua, el brazo de san Vicente Ferrer en Valencia o el famoso brazo de santa Teresa?». Pero nadie se lo creyó y el misterio persistió.

¿Cuáles fueron realmente las motivaciones que llevaron a la Marquesa de Villasante a mutilar el cadáver de su propia hija? La clave del secreto puede estar en el palacete que la aristocrata poseía en la calle Mayor de la ciudad Albacete. Según su mayordomo, Andres Gómez Honrubia, allí sucedían cosas muy extrañas. Este confidente afirmó que el palacete era el «cuartel general» de la Marquesa, donde estaba el «cuarto del moro», un sótano al cual se descendía a través de una trampilla de hierro que sólo podía levantarse entre dos personas. «En él permanecía muchas horas; no sé exactamente lo que hacía allí, pero sí sé que con frecuencia subía con una palidez cadavérica», contó al periódico Levante en febrero de 1954.

La Marquesa criaba en sus domicilios de Madrid, Valencia, Barcelona y Albacete a unos 80 perros, 20 gatos y otros animales. Una de las perras llevaba un collar de oro. Otra tuvo un parto sobre una cama de matrimonio. Pese a estas excentricidades, la aristócrata mantenía a la mayoría de los animales en pésimas condiciones higiénicas y alimentarias. Muchos estaban enfermos y esqueléticos. A veces el hambre era tal que se comían los cadáveres de sus semejantes. Cuando alguno de los animales moría, Margarita Ruiz tenía la morbosa costumbre de fotografiarse junto al cadáver. Después los disecaba o experimentaba con ellos. La policía halló algunas cabezas de perro en soperas de plata. La singular mujer proporcionaba escasa comida a sus criados y odiaba a los pobres. «Jamás se le ha visto dar una limosna», dijo su mayordomo.

Magia negra

Según la periodista y escritora Rosa Villada, Margarita Ruiz realizaba rituales de magia negra aprendidos entre los bereberes del Magreb. «Ella fue una espía doble y amante de un líder revolucionario magrebí. Seguramente hizo prácticas de magia de tipo necrófilo, de modo ritual y que luego siguió practicando en España», afirma Villada.

El investigador Fernando Rosillo ha averiguado que la mujer se licenció en Derecho, estudió piano, fue periodista y pintó retratos de personajes ilustres al pastel. En su polifacética vida también escribió guiones para radio, protagonizó una película y ejerció de espía en la guerra de Marruecos, logrando conquistar al temido Abd-el-Krim. «Además -afirma Rosillo- se jactaba de mantener buenas relaciones con Franco y algunos de sus allegados, a quienes tenía por amantes».

Se rumoreaba que la Marquesa de Villasante realizaba orgías y resolvía temas políticos en su alcoba. Entre gemidos de amor y risas sarcásticas de personajes importantes, los animales aullaban desesperados olfateando las pieles de sus congéneres sujetas a las paredes de alguna habitación prohibida de aquella escalofriante mansión.

Margot, la feucha

Se decía que Margot, fruto de la relación de Margarita Ruiz con un valenciano de origen irlandés la pareja tuvo otros tres hijos, era «feúcha, pasilarga y distraída», y que jamás había encontrado novio. Aun así, era la preferida de la Marquesa. Por otro lado se comentaba que, al contrario de lo que decía la excéntrica mujer, ésta no se llevaba demasiado bien con su hija, muy religiosa y recatada.

Según una vecina de Albacete, Caridad Díaz, que conoció a Margot Shelly, era una mujer «muy buena» que atendía de forma desinteresada a los enfermos albaceteños. El marido de Caridad, Abundio Díaz Verdú, conoció a la Marquesa de Villasante porque le alquiló uno de los sótanos del palacete para la maduración de plátanos y otras frutas. «Parecía una mujer muy educada y cordial. Pero se decía que compraba penicilina, algo muy caro en aquella época, para suministrársela a sus animales», recuerda Abundio Díaz.

Hoy todavía existen dudas sobre la mutilación de Margot. Los informes médicos dijeron que aquello había sido obra de un experto cirujano. «Es una obra maestra, una operación perfecta», dijo un ayudante de los médicos forenses tras la exhumación del cadáver. ¿Tendría Margarita suficientes conocimientos médicos para llevar a cabo tan perfectas extirpaciones? La extracción de los ojos, por ejemplo, se había realizado con suma exquisitez, cortando los tejidos de la periferia y del nervio óptico. También se dedujo que para extraerle la lengua fue preciso que intervinieran al menos dos personas: una que mantuviera la boca abierta mientras la otra cortaba la lengua con precisión.

Los hombres del espacio visitan Albacete

En 1969 el caso de la mano cortada se mezcló con otra historia no menos misteriosa. El sacerdote y ufólogo Enrique López Guerrero, de Mairena del Alcor (Sevilla), recibió una carta supuestamente dictada por los habitantes del planeta Ummo a un mecanógrafo de la Tierra. Decía literalmente: «Nuestra residencia en España fue escogida en una población recoleta: Albacete. Una dama amante de los animales prestó asilo a mis dos hermanos, que, durante su forzoso encierro, pudieron realizar las primeras experiencias psicofisiológicas con mamíferos en la Tierra».

En una carta posterior, fechada del 6 de agosto de 1971, se anunciaba que, tras experimentar con un virus extraterrestre de alto riesgo, éste había escapado al control de los ummitas (supuestos habitantes del planeta Ummo) y había infectado accidentalmente a Margot Shelly: «(…) hasta seis focos víricos se localizaron en el cuerpo de la enferma, todos ellos suficientemente profundos para no temer su irradiación exterior pero presentando la dificultad inherente a su localización. Las zonas afectadas se localizaban en globos oculares, tejido epitelial de la lengua y dermis palmar».

Para los más crédulos aquellos renglones eran la prueba de que los hombres rubios y altos que habían frecuentado la casa albaceteña de Margarita eran, en realidad, ummitas y no alemanes nazis.

En febrero de 1968, casi tres meses antes de la muerte de la Marquesa, la entonces adolescente Rosa Villada y un grupo de amigas decidieron entrar clandestinamente en la casa precintada de la ya depauperada ex espía. «Estaba todo cubierto con sábanas. Lo que más nos llamó la atención fue la gran cantidad de libros y de imágenes religiosas». Las chicas llegaron a una sala que poseía una lámpara semejante a las de los quirófanos y un armario con instrumental quirúrgico, amén de una suerte de camilla, «todo como en los consultorios médicos». La periodista también recuerda haber visto algo verdaderamente siniestro: pieles de perros colgadas de la pared.

El impacto de la mutilación de Margot Shelly se ha perpetuado en el tiempo y aún hoy el tema es tabú entre la población de Albacete. Ya no existe la casa de la Marquesa de Villasante en la calle Mayor; en su lugar se erigió el moderno edificio de la Consejería de Industria de Castilla La Mancha. Allí, Fernando Rosillo y un grupo de investigadores de lo paranormal registraron una serie de psicofonías que parecen confirmar la mala fama del antiguo «solar maldito» y del «cuarto del moro», donde los «médicos nórdicos» realizaban experimentos con los perros de la Marquesa y, quizá, con seres humanos.


El increíble caso de la «Mano Cortada»

Manuel Carballal

Centro Simon Wiesenthal para América Latina
C/ Maipú. Buenos Aires (Argentina)
04:00 PM

Sergio Windder, representante para Latinoamérica de la famosa asociación cazanazis fundada por Simon Wiesenthal, me recibió con cierta desconfianza. Mis escuetas explicaciones telefónicas despertaron su recelo, a la par que su curiosidad.

Además, acudí al Centro Wiesenthal a través de la Embajada de Israel en Buenos Aires, con lo cual Windder no tuvo más remedio que recibirme.

Tras unos minutos de conversación irrelevante, el coordinador del Centro Wiesenthal terminó por confesarme que la curiosidad le corroía. Se moría por saber a que me refería al decirle, en nuestra primera conversación telefónica, que me encontraba en Argentina siguiendo la pista de oficiales nazis huidos de Europa a través de España, «especialmente 2 SS que fueron tomados por extraterrestres durante 30 años».

Debo confesar que había dejado conscientemente la miel en los labios de Windder para asegurarme de que me recibiese. El Centro Wiesenthal había colaborado estrechamente con el Mossad en la localización y extradición de numerosos oficiales del Reich huidos a Argentina, Uruguay, Venezuela, etc, tras la derrota de Alemania, y sin duda era el mejor lugar para seguir la pista de los «médicos nórdicos» involucrados en el insólito caso de La Mano Cortada.

Pero tal vez debería empezar por el principio…

Un expediente del CESID sobre La Mano Cortada

Mientras llenaba el depósito de gasolina en aquella remota estación andaluza, y volvía a consultar la guía de carreteras, repasaba los últimos acontecimientos. En realidad este viaje hacia Sevilla había tenido un prefacio unos meses atrás, cuando me reuní con Josep Guijarro en Barcelona, para mantener una conversación pendiente desde hacía nueve meses. El actual director de Karma-7 y yo habíamos coincidido en un congreso catalán sobre parapsicología, y mientras intercambiábamos datos relativos a mi investigación en torno a los informes del CESID sobre fenómenos anómalos, dejó caer un comentario inquietante, en relación a cierto Comisario de policía, colaborador del CESID, quien le había permitido ver una lista de ufólogos españoles que estaban siendo vigilados por La Casa. Mi nombre, según afirmaba Josep, aparecía en esa lista junto con los de Juan José Benítez, Javier Sierra o el mismo Guijarro, entre otros.

Cuando nos reunimos, en una céntrica cafetería de la calle Muntaner, vecina a la tienda de ilusionismo «Magicus», me facilitó algunas nuevas pistas sobre el CESID y los fenómenos extraños, en función a lo que el citado comisario le había revelando confidencialmente. «Ha prometido -me dijo Josep- facilitarme un expediente español muy pronto». Como es lógico, interrogué al popular ufólogo sobre el contenido de dicho expediente: «Se trata del Caso de la Mano Cortada». Fruncí el entrecejo y le contesté que yo tenía en mi archivo los documentos judiciales y policiales sobre ese caso hacía dos o tres años, ¿pero que interés podría tener ese caso para el servicio secreto español?.

Cuando me despedí de Josep ya me había propuesto firmemente atacar el «caso de la mano cortada» en cuanto tuviese tiempo y dinero. Y a pesar de no sobrarme ni lo uno ni lo otro, ese momento había llegado. Por eso me había ido al otro extremo del país. Y allí estaba ahora, en un pequeño y entrañable pueblecillo sevillano.

Siempre es un placer estrechar la mano de D. Enrique López Guerrero. Cura párroco en la población andaluza de Mairena del Alcor, Don Enrique es uno de esos personajes entrañables que todo investigador de campo va encontrándose en su frenética persecución de respuestas al misterio. De no ser por el susto -el coche que había alquilado en Sevilla se salió de la carretera, girando como un trompo, a la entrada misma del pueblo- la visita a Mairena habría sido perfecta.

Don Enrique, era una de las piezas clave en el misterio que ahora pretendía desentrañar. El 17 de septiembre de 1968 el cura había escandalizado a la sociedad española con unas declaraciones que dieron la vuelta al mundo. El titular del ABC era contundente: «Según un sacerdote sevillano en España reside una colonia de seres extraterrestres». No voy a explicarle al lector lo que significaba, en tiempos de Franco, que un cura afirmase que existían extraterrestres viviendo en España…. En sus polémicas declaraciones al ABC Don Enrique López Guerrero se refería a los «ummitas», un grupo de supuestos alienígenas que pretendían haber llegado a la Tierra en 1950, y que desde hacía años venían remitiendo cartas -y algunas llamadas telefónicas- a un grupo de ciudadanos españoles.

Tanto sus declaraciones, como el voluminoso libro que publicaría más tarde – Mirando a la Lejanía del Universo (Plaza y Janés, Barcelona 1978)-, con más de 600 páginas de información sobre UMMO, asombraron a todo el país.

Y fue precisamente en una carta que los autodenominados extraterrestres dirigieron al «cura de Mairena», el 27 de marzo de 1969, donde por primera vez se citaba en textos ummitas la «conexión Albacete». En dicha carta, los supuestos expedicionarios de UMMO escribían, entre otras cosas: «Nuestra primera residencia en España fue escogida en una población recoleta, Albacete. Una dama amante de los animales prestó asilo a mis dos hermanos, que pudieron durante su forzoso encierro, realizar las primeras experiencias psicofisiológicas con mamíferos de TIERRA hasta que ciertos rumores surgidos entre los habitantes vecinos hicieron aconsejable el traslado».

En años sucesivos, y en sucesivas misivas, los supuestos ummitas citaron repetidamente su hipotética presencia en Albacete. En una carta, fechada el 6 de agosto de 1971 en Barcelona, detallaban como habían elegido dicha ciudad para sus experimentos, y como habían seleccionado a una determinada mujer como su improvisada colaboradora: «La fuente de datos de esta última era un dossier, copia de otro original, correspondiente a un archivo del Deuxième Bureau Francés (primitivo servicio secreto francés precursor del SDECE, “La Piscina”) donde se esquematizaban los servicios prestados como agente de la Quinta Columna Nacionalista Española…»

En dicha carta ummita se afirmaba que dos «agentes de UMMO» habían vivido, durante dos años, en la mansión de una tal Margarita Ruiz de Lihory, Marquesa de Villasante, realizando experimentos biológicos con sus numerosos animales. Debido a su aspecto -los ummitas aseguran en sus cartas ser altos, rubios y de aspecto nórdico- decían haberse hecho pasar por médicos extranjeros para poder realizar sus experimentos.

Según tan pintoresca fuente, hacia 1953 un virus que los ummitas habrían traído del espacio exterior, escapó a su control, afectando a varios animales y a la hija de la hipotética Marquesa, una supuesta joven de nombre Margot. «Hasta seis focos virales -escribían los autodenominados alienígenas- se localizaron en el cuerpo de la enferma, todos ellos suficientemente profundos para no temer su irradiación exterior, pero en cambio presentando la dificultad inherente a su localización; al no poder ser destruidos a distancia. Las zonas afectadas se ubicaban en globos oculares, tejido epitelial de la lengua y dermis palmar».

¿Una aristócrata y espía franquista? ¿virus extraterrestres? ¿Alienígenas infiltrados en la burguesía española de mediados de siglo? ¿experimentos biológicos secretos? Una historia «francamente» increíble que haría palidecer cualquier guión cinematográfico. Pero, como saben hacer muy bien los autores de las cartas ummitas, de los que hablaré más adelante, esta misma misiva terminaba con una provocadora invitación: «Esperamos que algún día confirmen ustedes mismos por sus propios medios nuestro testimonio». Y el reto fue aceptado por un grupo de entusiastas aficionados a los OVNIs que, a finales de los años sesenta seguían con auténtica devoción cada carta ummita que se recibía en España. Y que dedicaron cientos de horas, esfuerzo y dinero a intentar comprobar tales datos. Estaba claro cual sería la siguiente etapa de la investigación. Visitar a otro sevillano extraordinario.

Ignacio Darnaude Rojas-Marcos es otro de esos entrañables «históricos» de la ufología española. Pero sobre todo es el responsable del mayor archivo sobre UMMO compilado en nuestro país. Su «ummo-cat», el catálogo de documentación sobre el affaire UMMO, supera ya las 1000 páginas, y las 5000 referencias -o ummobits- de información sobre tan espinoso tema. Darnaude es la persona más apropiada para introducir a cualquier neófito en el affaire UMMO. Con su proverbial ironía sevillana sabe iniciar al profano en uno de los enigmas más fascinantes de la ufología española. Y con franciscana paciencia me recordó como hacia 1965 un grupo de madrileños, encabezados por Fernando Sesma Manzano, comenzaron a recibir una serie de llamadas telefónicas y cartas, de unos individuos que afirmaban ser astronautas provenientes del planeta UMMO, llegados a La Tierra en 1950, e infiltrados en la sociedad terrestre desde entonces.

Fernando Sesma dirigía unas afamadas tertulias en «La Ballena Alegre», los sótanos del Café Lyon, que se encuentran pared con pared al Palacio de Linares (hoy Casa de América), en la madrileña Plaza de Cibeles. En las pintorescas tertulias de «La Ballena Alegre» se leían pacientemente los mensajes que los ummitas, y otros hipotéticos alienígenas, enviaban a Sesma. Una historia sencillamente absurda -como casi todo el fenómeno OVNI-, sin embargo algunas de sus cartas, como las referentes al «Caso de la Mano Cortada», incluían informaciones verídicas.

«Cuando empezamos a investigar lo que decían los ummitas en sus cartas -me explica Darnaude mientras compartimos un fino de Jerez, en su nutrida biblioteca- nos llevamos una tremenda sorpresa. No se trataba de una fábula, al menos no del todo. Efectivamente en Albacete existió una Marquesa de Villasante llamada Margarita Ruiz de Lihory. Efectivamente fue espía. Efectivamente tuvo una hija, que ciertamente se llamó Margot. Efectivamente en la casa de la Marquesa vivieron dos médicos de aspecto nórdico. Y lo que es más increíble, cuando murió Margot, alguien le amputó una mano, los ojos y la lengua…».

A principios de los setenta Ignacio Darnaude desarrolló una intensísima investigación sobre la supuesta presencia de ummitas en Albacete. Mientras me sumergía literalmente en su archivo, buceando entre miles de documentos, me impregnaba en la emoción que tuvieron que sentir aquellos jóvenes «ummólogos» al descubrir que las afirmaciones de los ummitas tenían fundamento. Hoy, en idéntica proporción crece mi indignación hacia el autor de las cartas ummitas, que habían costado tanto trabajo e ilusión, tiempo y dinero, a infinidad de jóvenes ufólogos españoles y extranjeros. Durante décadas investigadores como Darnaude, J.J. Benítez, Antonio Ribera y otros menos conocidos, dedicaron indescriptibles esfuerzos al caso. Darnaude no dudó incluso en apelar al Tribunal Supremo de Madrid, para solicitar los documentos judiciales sobre el proceso que se desarrolló en la capital española, con motivo de las mutilaciones al cadáver de Margot Shelly, pero sin éxito. En una carta fechada el 16 de marzo de 1974, destinada al magistrado del Tribunal Supremo de Madrid, D. Fernando Díaz-Palos, Ignacio Darnaude echaba mano de las conexiones familiares de los Rojas-Marcos para pedir, como favor personal al citado juez: que examinase el sumario judicial sobre el caso en busca de posibles pistas sobre los dos supuestos médicos ummitas. Probablemente si algún ummólogo de la época hubiese podido acceder a los documentos, a los que nosotros accedimos en los 90, hace mucho que se habrían clarificado algunos aspectos de esta extraordinaria historia…

Con el tiempo el asunto transcendió nuestras fronteras, y desde otros países «ummólogos» extranjeros, como los argentinos Adalverto Ujvarí y Martha González, peregrinaron hasta España en pos de la «pista ummita de Albacete».

En el Albacete de los setenta, docenas de investigadores peinaron la ciudad buscando testimonios que confirmasen la presencia de dos médicos nórdicos en la casa de la Marquesa de Villasante, hacia 1953… y los encontraron. Buscaron ansiosos los restos del laboratorio de los supuestos ummitas en los sótanos de la mansión… y los encontraron. Buscaron avistamientos de OVNIs en los alrededores de Albacete, en la época de los hechos… y los encontraron. Buscaron indicios sobre mutilaciones de animales o restos humanos asociados a la mansión de la Marquesa…. y los encontraron.

Buscaron el misterio, y se toparon con una férrea conspiración de silencio entre todos los contemporáneos de la Marquesa; secretos, secretos y secretos, que reforzaban su convicción de que los extraterrestres habían visitado aquella ciudad española, a mediados de los años cincuenta.

Y mientras se encontraban en plena investigación, una carta remitida el 8 de junio de 1971 desde el Hotel Emperador de Madrid a varios vecinos de la Marquesa, por un tal W. Rumsey, vino a echar más leña al fuego. El tal Rumsey ofrecía una cuantiosa gratificación económica a quien pudiese aportarle alguna información sobre «los dos médicos nórdicos» que supuestamente habrían vivido en la Calle Mayor, nº 58, de Albacete, hacia 1953. ¿Quién da más? Estaba claro, de Sevilla tendría que volver a Madrid. En la capital me aguardaban muchas piezas de tan fascinante puzzle.

José Juan Montejo, licenciado en Derecho y futuro juez -uno de los pocos investigadores que accedió al sumario judicial-, es probablemente el ummólogo que más datos, fechas y nombres retiene en su privilegiada memoria. Ha dedicado años a rastrear hasta la menor pista en todo tipo de archivos y hemerotecas. Con paciencia infinita ha reunido las piezas del rompecabezas, especialmente en lo referente al aspecto legal del caso. Sus pesquisas en la Hemeroteca Nacional, y en el Tribunal Supremo le han permitido reconstruir minuciosamente los avatares legales del proceso judicial motivado por las mutilaciones de Margot Shelly, hija de Margarita Ruiz de Lihory. Lo que mi buen amigo José Juan no sabía, y no he podido revelarle hasta escribir estas líneas, es que otro investigador y compañero mío, sub-teniente de la Guardia Civil, funcionario del CESID, y el autor material del destape de los negocios sucios del Luis Roldán, había accedido también al sumario judicial, pero por otros motivos muy alejados de los ummitas.

Por su parte el Comisario Viqueira Hinojosa, me aportaría algunas pistas sobre las gestiones que realizó en su día la Brigada de Investigación Criminal que investigó el «Caso de la Mano Cortada». Y también me ayudaría la popular periodista Margarita Landi, cronista del semanario que más publicidad dio al tema en su día: El Caso. Pesquisas en el Hotel Emperador, la calle Princesa, la Audiencia Nacional, la Ballena Alegre, etc, terminaron por darme una perspectiva global de los hechos. Después serían Alicante y Barcelona las ciudades visitadas. Y tras esas pesquisas comenzaba a percibir una imagen bastante definida del caso de «La Mano Cortada». Era hora de viajar a Albacete.

La conexión de Albacete

¡Coño, qué frío…! ¡Coño, pero qué frío!. Estoy seguro de que, si en ese momento me hubiesen clavado un alfiler, no habría salido sangre. Tenía la sensación de que se me había congelado hasta la última gota en las venas. Tras cada inspiración expulsaba de mi nariz, que ahora parecía un pimiento morrón, una nube de vapor que terminaba por empañarme las gafas. Llevaba más de una hora esperando, agazapado en aquel portal, a que mi hombre hiciese acto de presencia, y comenzaba a desesperar. Había tenido que colgarme la cámara, con su imponente objetivo de 300 mm, al hombro, porque los dedos de mis manos estaban absolutamente atorados. ¿Como demonios puede hacer tanto frío en Albacete?

Un familiar muy cercano de mi objetivo me había asegurado que esa mañana el Marqués acudiría personalmente a abrir la pequeña tienda de baratijas que mantiene en el número 66 de la calle Ríos Rosas, pero no había sabido precisarme la hora. No obstante me habían advertido que no quería saber nada de periodistas. A pesar de que habían transcurrido más de cuarenta años, la cicatriz permanecía tan abierta como el primer día. Así que tendría que buscar alguna identidad que me permitiese vadear su desconfianza. Aquel familiar del Marqués me había puesto en antecedentes sobre ciertos aspectos del caso que desconocía. «Su madre -me dijo- era el ama de llaves de doña Margarita hasta que murió, y entonces ella lo recogió como un hijo, haciéndolo su sirviente personal. Según me dijo una vez, cuando estalló el escándalo doña Margarita le dijo que si declaraba a su favor, y si le ponía su nombre a una hija, ella le haría un gran regalo…». Y lo cierto es que, con o sin regalo, el Marqués declaró a favor de su señora durante el escandaloso juicio, y continuó declarando en su favor a todo aquel que sobre ella le preguntaba, a lo largo de los últimos cuarenta años. Por esa ejemplar fidelidad a su señora, tanto en vida como después de muerta, lo habían bautizado con el sobrenombre del Marqués.

Volví a sacarme del bolsillo la fotocopia de un artículo publicado en septiembre de 1980 en La Voz de Albacete, en el cual se incluía una foto del Marqués, y traté de imaginar cuanto habría cambiado su imagen en 16 años. Por fortuna el cielo se apiadó de mí y no tardé mucho más en averiguarlo. A pesar de mi congelamiento, y lo empañado de mis gafas, pude ver al hombre de avanzada edad que había doblado la calle y se dirigía directamente a la tienda de «Tuto Saldo». Estaba más calvo que en la foto de La Voz de Albacete, tenía un simpático bigote que no aparecía en la ilustración, y estaba notablemente más «rellenito», pero tenía que ser él. Al fin y al cabo, hasta yo he cambiado en los últimos 16 años.

Oculté la cámara dentro de la chaqueta, repasé la identidad que me había inventado en esta ocasión y crucé la calle dispuesto a interrogar quizás al último testigo vivo del drama que cautivó a la sociedad española a mediados de los años cincuenta.

Cuando diez minutos después me sentaba con Antonio Tornero Moreno, alias el Marqués, ante un chocolate caliente en el bar vecino a su tienda, me sentí Lázaro resucitando en su fría tumba. Aquel amargo rato esperando al Marqués, al borde mismo del congelamiento, había merecido la pena. Durante nuestra conversación me aportaría datos fundamentales para clarificar alguno de los misterios que rodea uno de los casos más fascinantes en la moderna historia de la investigación policial y paranormal; «el caso de la Mano Cortada». Pero comencemos por presentar a los personajes de este drama.

Biografía de la Mata-Hari española

Esto es lo único en lo que todos coinciden: Dª Margarita Ruiz de Lihory y de la Bastida, Marquesa de Villasante, Baronesa de Alcahalí, Duquesa de Valdeáguilas y Vizcondesa de la Mosquera, era una mujer excepcional. Como preámbulo baste decir que según el Diccionario de Apellidos Heráldicos de Julio Atienza, el título de Villasante (Marquesado) fue concedido el 26 de mayo de 1761 (Real despacho del 15 de marzo de 1763), con el Vizcondado previo de Bustorcirio, a don Pedro Tejeiro de Valcarce y Vozmediano, Villamarín y Enríquez. Desde 1942 es VII Marquesa la Baronesa de Alcahalí y Mosquera. Respecto a este último título (Barón de Alcahalí y Mosquera), fue fundado el vínculo y mayorazgo, previa facultad real de don Felipe III, el 1 de noviembre de 1616, por Ximén Pérez Ruiz de Lihory y Pertunes y de la Bastida, VII Marquesa de Villasante.

Respecto a Margarita Ruiz de Lihory, era la menor de dos hijas de Dª Soledad Resines de la Bastida y de D. José María Ruiz de Lihory, barón de Alcahalí, quien había adquirido cierto relieve político durante los primeros años del reinado de Alfonso XII, llegando a ostentar el título de Gobernador Civil de Mallorca, reincidente Concejal de Valencia y hasta diputado a las Cortes españolas en 1904. Don José María Ruiz de Lihory, vinculado a los círculos masónicos de Valencia, fue autor de un libro titulado Los endemoniados de Balsa, y probablemente contagió a Margarita su curiosidad por las cuestiones espiritistas y esotéricas tan en boga en la época.

Su fecha de nacimiento no está muy clara. Según la declaración de la susodicha, incluida en los informes judiciales, Dª Margarita nació en 1893, pero según sus hijos vino al mundo en 1885, y en 1892 según afirmaría su segundo esposo. Finalmente se consideró 1888 como la más probable fecha de nacimiento.

Con sólo 17 años la joven Margarita se casó por primera vez, convirtiéndose así en Sra. de Shelly. Su marido, Ricardo Shelly (quien fallecería en 1941), era un notable valenciano de ascendencia irlandesa, empleado de la empresa norteamericana de seguros «La Equitativa», a quien daría cuatro hijos. Tres varones primero; José María, Juan y Luis, y una hembra después; la frágil Margot.

Margarita de Shelly Ruiz de Lihory había recibido una notable formación académica. Acabó Derecho en solo dos cursos, obteniendo una brillantísimas notas. Y además había estudiado Medicina (2 años en Valencia) e idiomas.

Mientras las mujeres de su época mataban las horas estudiando el Catecismo de Ripalda, o haciendo ganchillo entre taza y taza de té, la indómita Margarita predicaba un rebelde feminismo, y aseguraba que «la mujer no debe ser instrumento más que de sí misma. Debe buscar su placer, y no el placer del hombre; debe buscar su realización en la vida activa y no solo en el matrimonio. Debe participar activamente en la política, en el trabajo, en la lucha».

Con este temperamento no es de extrañar que el mismísimo Miguel Primo de Rivera, a quien conoció muy «íntimamente» cuando ocupaba el rango de Capitán General de Valencia, requiriese sus servicios como espía. En aquellos tiempos existía tan solo un primitivo servicio secreto español, que funcionaba precisamente en el norte de África, el Círculo-30. Su área de actuación era básicamente el Riff, y de aquel contexto surgiría, muchos años después, el segundo Director General del CESID en la democracia: General Gerardo Mariñas.

En aquellos tiempos en que las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos atravesaban momentos difíciles, Margarita fue reclutada como «agente secreto» con una difícil misión. Oculta bajo un disfraz de moro tendría que atravesar las líneas marroquíes para llegar hasta el Sultán con un mensaje del dictador español. Y lo hizo. No en una sino en varias ocasiones.

Sus aventuras como espía en Marruecos terminaron convirtiéndola en amante del rebelde rifeño Abd-el-Krim, a quien había conocido en el hotel Alhambra de Granada. Según ciertos informes oficiales, Abd-el-Krim pudo ocupar en 1925 la zona de Marruecos custodiada por los franceses gracias a los servicios prestados por doña Margarita. Hasta el día de su muerte la Marquesa conservó una tobillera y un anillo que le regaló el rebelde por aquellos años, en cuyo reverso podía leerse: «Paz en nuestra separación». *

* El prestigioso espiólogo D. Pastor Petit dedica un epígrafe de su obra Diccionario Enciclopédico del Espionaje (Complutense, 1996), pag. 17, a Abd el Krim y su relación con servicios secretos ingleses y soviéticos, así como a su proverbial crueldad con los prisioneros.

Durante sus estancias en Marruecos la Marquesa entablaría una gran amistad con uno de sus contactos en la zona, un prometedor militar que más tarde jugaría un importante papel en este drama; Francisco Franco Bahamonde. Margarita fue uno de los pocos españoles que se atrevía a tutear al Caudillo, a quien se dice que salvó la vida al advertirle de un atentado que le habían preparado los rebeldes rifeños.

Por sus méritos militares fue nombrada Capitán Honorario de las tropas españolas en África. Antonio Tornero Moreno me comentaba durante una de nuestras entrevistas, una anécdota que la Marquesa gustaba de recordar durante sus reuniones sociales. «Doña Margarita -me explicaba el Marqués – tenía que pasar revista a las tropas con frecuencia, y yo le oí contar muchas veces como en una ocasión, mientras pasaba revista a una compañía, se le soltaron las bragas y se le cayeron falda abajo. La Marquesa, que era muy pícara, contaba que dudó un momento que hacer, pero sin mirar siguiera al suelo se las sacudió y las dejó caer por las piernas sin detenerse en su revista a las tropas. Contaba entre risas que después todos los soldados se enzarzaron en una lucha terrible por hacerse con sus bragas. ¡Dios, que mujer!».

Con sus hijos al cuidado de su madre, debido a sus continuos viajes y misiones, doña Margarita de Shelly terminaría cogiendo la corresponsalía en Marruecos del diario La Correspondencia de España y de otros periódicos de Madrid. Con solo veinte años se convirtió en la primera mujer del mundo que ostentaba una corresponsalía de prensa en un país extranjero.

Entre 1919 y 1923 sus crónicas de guerra y sus fotografías emocionaron a miles de lectores. Y poco más tarde cruzaría el océano para triunfar también en el continente americano, donde desarrolló sus habilidades como pintora y conferenciante feminista entre 1923 y 1928.

En Cuba fue reclamada para retratar al presidente Machado, en México al presidente Obregón y en Estados Unidos al presidente Coolidge. Aunque algunos se muestran escépticos con la autoría de dichos cuadros… De cualquier forma, en una de sus visitas a Estados Unidos, su amigo personal Henry Ford le regaló un collar de perlas con el que aparecería fotografiada en el New York Times.

De regreso a Europa, tras la muerte de su abuela Micaela, que era quien hasta entonces cuidaba a los cuatro hijos de la Marquesa, Dª Margarita pasó algún tiempo en España, para luego establecerse en París durante cinco años. En ese tiempo establece estrecha amistad con la alta sociedad francesa.

Por fin, establecida definitivamente en España, y a medio camino entre sus casas de Madrid, Barcelona y Albacete, la Marquesa de Villasante ampliaría sus horizontes artísticos y profesionales. Alguno de sus cuadros fue adquirido por la mismísima Reina de España SSMM Doña Victoria Eugenia, pero el mundo de la pintura ya se le había quedado pequeño, y se dejó seducir por el cine, un campo en el que la introdujo su buen amigo Vicente Blasco Ibáñez. Guionizó y produjo varias películas, e incluso hay quien afirma que interpretó una: Dos amores. Uno de sus hijos también trabajaba como extra de cine, y al parecer aportó un buen pico a la producción de Los 4 Jinetes del Apocalipsis.

Y fue precisamente la seducción una de las herramientas que mejor utilizó durante toda su vida esta «Mata-Hari española». Descrita como mujer de extraordinaria belleza, fue elegida Reina de las Fiestas en Valencia. Además de con Abd-El-Krim se le suponen amoríos con Primo de Rivera, con el presidente de la Generalitat de Catalunya Lluis Companys y con el jefe de la Checa de Tamarita Serafín Iriarte Echegarría. Además se la suponía amante del Ministro de la Gobernación Miguel Maura, quien le dio cargos en el Patronato Nacional de Menores y en la Junta de Protección de la Mujer -de hecho co-organizó la agrupación femenina del Partido Conservador-, y del General Manuel Silvestre, que según algunos estudiosos era el verdadero padre de Margot.

De vuelta en España Dª Margarita continuó desarrollando misiones de espionaje. Según algunas fuentes llegó a espiar a Unamuno por orden de Primo de Rivera, y mantuvo su trabajo como informadora, aunque con menor intensidad, hasta la Segunda Guerra Mundial.

Años después de su retorno a España la Marquesa entabló relaciones con José María Bassols-Iglesias. Segundo hijo de nueve hermanos, Bassols había terminado la carrera de Derecho a los 18 años con excelentes calificaciones. Durante años Bassols dirigió un próspero bufete en la Ciudad Condal, casándose a los 32 años y teniendo cuatro hijos de ese matrimonio. Pero en 1937, y siendo uno de sus abogados en Barcelona, José María Bassols conoció a la Marquesa, de la que se enamoró apasionadamente. Tanto que se divorció de su esposa, para posteriormente contraer matrimonio civil con la Marquesa. Matrimonio que fue declarado nulo, pero que no impidió que Bassols y la Marquesa viviesen como marido y mujer durante el resto de sus vidas. Por cierto, la familia Bassols era propietaria de una de las mayores bibliotecas sobre espiritismo de la Cataluña de principios de siglo.

Pintora, bailarina, periodista, espía, pianista, actriz, abogado… parece evidente que la marquesa Margarita Ruiz de Lihory, fue una mujer excepcional, al igual que su madre doña Soledad Resines de la Bastida, y su abuela, Doña Micaela de la Bastida y Teijeiro, lo habían sido antes, aunque no a tan altos niveles de audacia y popularidad.

Un cadáver mutilado

Siendo la Marquesa de Villasante una mujer tan popular en su época, no es de extrañar que los medios de comunicación se cebasen en el caso en cuanto estalló el escándalo. Y eso ocurría exactamente en la tarde del sábado 30 de enero de 1954. Un joven llamado Luis Shelly se presentó en el Juzgado de Instrucción número 14 de Madrid, donde interpuso una denuncia contra su propia madre, la marquesa Margarita Shelly Ruiz de Lihory.

Según el acta de «COMPARECENCIA Y DENUNCIA» que obra en mi poder, el joven Luis Shelly afirmaba: «Que su madre doña Margarita Ruiz de Lihory Resino, que habita en el domicilio antes indicado, de unos 67 años, tiene la costumbre o monomanía de tener siempre gran número de animales en casa y fuera del domicilio, a veces hasta en número de cuarenta, algunas veces más.»

Según afirmaba Luis Shelly, su madre, viuda de sesenta y siete años de edad, con domicilio en la calle Princesa número 72, 3º Dcha., sentía un amor desmedido por los animales, manteniendo en dicho domicilio a 17 perros, 3 gatos, 10 o 12 canarios y 2 tórtolas. Pero lo grave, según afirmaba el denunciante, es que cuando sus animales morían procedía personalmente a su disección, «cortándoles la lengua, sacándoles el corazón y arrancándoles el pellejo…».

Naturalmente ese «hobby», aunque extraño, no es constitutivo de delito. Pero según afirmaba Luis Shelly, el 19 de enero anterior, a las 12/50, había fallecido en el domicilio materno, su hermana Margot -de 42 años-. Esa noche, según el denunciante, habían encontrado sobre la cama de la fallecida, unas tijeras y unas pinzas de las utilizadas por la Marquesa para sus supuestas disecciones de animales. A tan inquietante descubrimiento vino a sumarse la desazón manifestada por una criada de la Marquesa -Luisa- que habría abordado a Luis Shelly y a sus hermanos José María y Juan, advirtiéndoles sobre el extraño comportamiento de doña Margarita aquella noche: «Me ha pedido la garrafa grande de alcohol y el paquete grande de algodón. Y ha manifestado que quiere quedarse sola con el cadáver esta noche».

A pesar del empeño manifestado por los tres hermanos, en pasar la noche velando el cadáver, la Marquesa había ordenado que durmiesen en el otro extremo de la casa, y había sido ella, y su compañero sentimental José María Bassols, quienes habían pasado toda la noche encerrados en el dormitorio de Margot.

Al día siguiente, ante la inquietud manifestada por los 3 hermanos, Luisa los tranquilizó diciéndoles que la Marquesa tan solo había cortado cabellos de la difunta, como recuerdo. Sin embargo, esa noche se repitió la situación, y los hermanos de Margot fueron obligados a dormir nuevamente en el otro extremo de la casa, mientras la Marquesa y Bassols se encerraban velando el cadáver. En la mañana del día 21, el cuerpo de Margot amaneció encerrado ya en el ataúd. Ataúd que no fue abierto a pesar de las demandas de los hermanos, ni de numerosos amigos y familiares que se desplazaron hasta Princesa 72, para dar el último adiós a la malograda Margot.

Pero creo que lo mejor será que me remita nuevamente a los documentos oficiales. Extraigo del ACTA DE DECLARACION DE LUIS SHELLY RUIZ DE LIHORY, redactada a las 21:00 del 2 de febrero de 1954, algunos párrafos que considero significativos:

«…que el día dieciocho por la noche, del mes de enero último, le comunico la criada LUISA BAYARRI ZARAGOZA, sollozando, que la señorita MARGARITA estaba muy grave y que llamara el que depone el día siguiente sobre las diez horas. Que puntualmente llamó el declarante a la hora indicada a casa de su madre contestándole LUISA que, como el hermano del que declara llamado JUAN, no había llegado aún de Pozuelo, que volviera a llamar a las once horas nuevamente; que insistió en la llamada a la hora indicada diciéndole LUISA que «fuera corriendo», lo cual realizó el deponente sin pérdida de tiempo y que al llegar al casa de su madre penetró en la habitación donde se hallaba la enferma, su hermana MARGARITA, en la que también estaba y sentada en una silla próxima a la cama su madre, la que recibió al declarante con estas palabras «mira LUIS lo que queda de tu pobre hermana»…

«Que en presencia del declarante y en aquel mismo momento, le causó al declarante una impresión muy desagradable el hecho de que cuando a su hermana se le cerraban los ojos, estando aún en vida, su madre se los abría con las manos, diciendo, que de esta manera le causaba la impresión todavía de la estaba mirando…».

»Que con posterioridad a las acciones citadas, que cometió su madre, falleció su hermana MARGARITA, sobre las doce horas, cuarenta y cinco minutos, del indicado día diecinueve de enero último, en el momento que se encontraban solos con la enferma, el declarante y su madre. Que seguidamente se enteraron de la muerte de MARGARITA cuantas personas se hallaban en la casa…»

«…(más tarde) el declarante y su hermano JUAN, salieron de la habitación, quedándose en la misma la difunta, su madre y LUISA, la criada, que fue llamada para proceder a su amortajamiento. Que al principio hicieron un sudario con una sábana, al cabo del cual salió LUISA, diciendo: “Hay que ver, que valor tiene la señora, le ha cortado los pelos de aquí”, señalándose al mismo tiempo que profería esta frase, con las manos, sus partes genitales…».

«Que en uno de los salones de la casa, una vez se hubo marchado PEPE PANADERO, quedó el declarante en unión de su hermano JOSE MARIA, su hermano JUAN, ANTONIO RAMIREZ (médico) y otro facultativo que cree es cubano y que uno de sus apellidos le parece ser LLANO… entrando en aquel momento la sirvienta LUISA BAYARRI, quien dirigiéndose a todos los concurrentes dijo “señoritos, tengan ustedes mucho cuidado, que su madre va a hacer una barbaridad”. Que como todos los presentes mencionados habían visto las cabezas de perro desolladas que había dentro de una sopera con alcohol, en el comedor, comprendieron el alcance que aquellas palabras tenían…

»Que los tres hermanos se quedaron hablando y haciendo comentarios sobre el caso hasta las cinco y media o seis de la madrugada, en que apagaron la luz para descansar. Que tres o cuatro horas después, siendo las nueve o diez de la mañana, del día veinte de enero último, el declarante y sus hermanos se levantaron, yendo los tres a la habitación de la difunta, observando el dicente que su hermana seguía envuelta en la sábana, apreciándose en la parte superior y en el centro el bulto de las manos cruzadas y que tenía los ojos y la boca entreabiertos…

»Que no recuerda el dicente si fue antes o después del Rosario, cuando vino un fotógrafo para retratar a la difunta, sacando varias fotografías con el mayor detalle, ya que hasta incluso se sacó una fotografía a un metro del cadáver y otra de la madre del dicente arrodillada, contemplando el rostro de la difunta.

»Que una vez se hubo terminado el rezo del Santo Rosario, la madre del dicente volvió a repetir que ella se quedaba con el cadáver de su hija, ordenando a los demás que se marcharan, excepto BASSOLS que quedó con ella en la habitación…

»Que sobre las nueve de la mañana del día veintiuno, el declarante y su hermano JOSE MARIA fueron despertados por LUISA, la que con gran vehemencia dijo: “señoritos, se han dormido ustedes demasiado, porque el féretro ya está cerrado”»…

Quiero extraer también del ACTA DE DECLARACION DE DON JOSE MARIA SHELLY RUIZ DE LIHORY, redactada a las 20:00 del dos de febrero de 1954, algunos párrafos complementarios a la declaración de Luis, e incluso enriquecedores para nuestra composición de los hechos:

«Que el declarante conocía la enfermedad de su hermana desde hace algún tiempo, pero no que existiese gravedad inminente. El día diecinueve de enero, sobre las doce de la mañana, fue avisado por el chofer de unos amigos, que viven, al igual que él en Albacete, de que momentos antes habían tenido una conferencia de don ANTONIO RAMIREZ, médico que asistía a la fallecida, por su gran amistad con la familia y había dicho que a la enferma le habían dado la Extremaunción, por lo que el deponente avisó al novio, que también reside en Albacete y se llama JOSE PANADERO, trasladándose ambos a Madrid…

»Que posteriormente ha tenido conocimiento de que su madre le puso un telegrama sobre las dos o una y media de la tarde de aquel día, concebido en los siguientes términos, aproximadamente: “Margot fallecida a las trece horas. Ruégote la máxima discreción para evitarme complicaciones”»…

«Que cuando su madre abrió la puerta de su alcoba, en la que estaba el cadáver de la fallecida, el que habla se sentó en una butaca, al lado de la cama, opuesto a donde estaba el cadáver, observando que este estaba envuelto en una sabana y que a su lado, en la parte más cercana al sillón, había unas tijeras y unas pinzas cromadas, cosa que le extrañó.

«Que sobre las siete y media o las ocho de la mañana siguiente entró en la alcoba en que habían pasado la noche el dicente y Luis sin separarse en ningún momento, ni aún para ir al cuarto de baño, diciéndoles que su madre había cerrado ya el ataúd de su hermana y que “si había algo ya no lo podrían ver”, por lo que se levantaron y fueron a ver a su madre, comprobando que efectivamente el féretro estaba cerrado, dando su madre la explicación de que en la madrugada era tan grande el estado de descomposición que había tenido necesidad de cerrar el ataúd. Después, hablando con el dicente le dijo algo sobre “cuando tenía los ojos” y al ver la extrañeza del declarante, aclaró que quería decir “cuando los tenía abiertos”, ya que había tenido que cerrárselos porque “hasta por ellos echaba sangre”»…

Me permito hacer un paréntesis en la cronología de los hechos para hacer una observación. Esa noche, del 19 al 20 de enero, también se encontraban presentes en la casa varios amigos de la familia, al menos dos de ellos médicos, cuyas declaraciones constan en el sumario judicial. Entre los presentes se encontraban además José Luis Chinea Rodríguez, natural de Puerto Rico, y Ramón Alonso del Llano, médico de nacionalidad cubana. Ambos sudamericanos confundieron durante años a algunos entusiastas ummólogos que creían ver en ellos a los ansiados «médicos ummitas».

Por cierto, a pesar de que en la declaración judicial de Luis Shelly éste afirmase que el médico cubano llamado Llanos estaba presente cuando Luisa mostró su temor a que la Marquesa «hiciese una barbaridad», en la declaración que se tomó -bajo juramento- al citado médico, el cinco de febrero de 1954, este afirmó: «que no tuvo conocimiento de que existiesen en la casa pinzas ni tijeras ni nada en absoluto que le llamara la atención, sin que tampoco sea cierto que ante la presencia del declarante, la criada de la casa hiciera manifestación alguna respecto a que tuviesen cuidado porque la señora Marquesa podía hacer alguna barbaridad, no oyendo tampoco a la criada decir que dicha señora Marquesa le hubiese pedido la garrafa de alcohol ni el paquete de algodón…». Obviamente o mentía el médico cubano, o mentía Luis Shelly, y lo que es más grave, quien mentía lo hizo estando bajo juramento ante el juez. Hoy creo saber quien y porqué mintió en su declaración judicial. Pero antes de revelarlo continuaré exponiendo los hechos ordenadamente.

Al margen de las polémicas, lo cierto es que Margot falleció y en los archivos del semanario Interviú localicé el parte oficial de defunción. A saber:

«MINISTERIO DE JUSTICIA Nº 637641
Registros Civiles
CERTIFICACION LITERAL DE INSCRIPCION DE Defunción
REGISTRO CIVIL DE: Universidad
PROVINCIA DE: Madrid

Número 88… Se inscribe la defunción de doña Margarita Shelly y Ruiz de Lihory, natural de Valencia, de 36 años de edad, domiciliada en la calle Princesa, 72d, de profesión sus labores, hija de Ricardo y Margarita, de estado soltera. Falleció en su domicilio el día 19 de enero de 1954 a las dieciocho horas, a consecuencia de un edema pulmonar, y su cadáver habrá de recibir sepultura en el cementerio de San Isidro…»

A las once de la mañana, del 21 de enero, siempre según la declaración de Luis Shelly, el féretro de Margot salió hacia el cementerio, y más tarde se encontró en la habitación donde había estado el cadáver, una cuchillo muy largo y afilado, y una tabla de partir la carne. Ante tales indicios, Luis Shelly sospechaba que su madre había mutilado el cuerpo de su hermana, y presentaba por consiguiente, la pertinente denuncia ante el Juzgado de Instrucción, el 30 de enero.

El relato de Luis debió parecer lo suficientemente convincente al juez Aguado, porque inmediatamente emitió una orden de registro, y esa misma noche efectivos de la Brigada de Investigación Criminal se personaron en Princesa 72. Según consta en el «Acta de Entrada y Registro» redactada por los oficiales de policía, en el domicilio de la Marquesa se encontraron objetos muy sospechosos:

«En el dormitorio de doña MARGARITA, que tiene puertas de comunicación con el despacho y vestíbulo, en el armario situado a los pies de la cama y a la izquierda según se entra desde el despacho, se hallan, en el estante inferior y en el rincón de la izquierda, tapados con varios bolsos de señora y carteras de documentos, los siguientes efectos: un hacha pequeña, de las llamadas de carnicero, con mango de madera barnizada, con tres remaches dorados; UNA VASIJA, en forma de cubeta, toda ella de material plástico, la mitad inferior estriada, color blanco, la mitad superior transparente, con tapa color rojo y botón blanco y asa de alambre con manguito color rojo; esta vasija contiene como puede comprobarse por la transparencia de su parte superior UNA MANO DERECHA, al parecer de mujer, seccionada por la muñeca, estando el recipiente lleno de un líquido transparente; UNA TOALLA, de felpa rosa, con manchas, al parecer alguna de sangre; OTRA TOALLA color rosa muy pálido, también manchada y TRES FUNDAS DE ALMOHADA, también con algunas manchas.

»En la habitación destinada a comedor y sobre un aparador aparece una sopera, al parecer de plata, que contiene liquido transparente que parece alcohol, en el que hay dos cabezas al parecer de perro pequeño.

»En el cuarto se encuentran DOS PIELES DE PERRO, ambas color marrón y UN CUBO DE GOMA negra, que contiene un líquido transparente y vísceras, al parecer de perro.

»En este acto se procede a la ocupación de todos los efectos reseñados y consultado telefónicamente el ilustrísimo señor Juez de Instrucción de Guardia, se ordena sean trasladados lo ocupado a los locales del referido Juzgado de Guardia.»

En otro documento policial, redactado en la misma Brigada de Investigación Criminal de la Dirección General de Seguridad, actuando el mismo Inspector don Daniel Ares Martínez como secretario, se detallan las reacciones emocionales de la Marquesa y su compañero sentimental, José María Bassols, durante el registro, tan asépticamente descrito en el acta oficial:

«Que al llegar al domicilio de doña MAGARITA, mostraron a esta y a don JOSE MARIA BASSOLS IGLESIAS el mandamiento de que eran portadores, que fue leído en voz alta por este último, en presencia de los concurrentes, pudiendo observar los actuantes la emoción que embargaba al referido señor Bassols, así como la demudación que experimentaba doña MARGARITA…».

Pero la sangre fría de la Marquesa se vino abajo cuando los policías descubrieron la mano cortada. Nuevamente me remito al documento policial: «cuando, seguidamente fue hallado en el mismo armario, un recipiente de plástico con UNA MANO en su interior, dicha señora sufrió una especie de desvanecimiento, teniendo que sentarse, pero reaccionó en el acto y dirigiéndose al señor BASSOLS decía: “Esto fue el canalla de Luis, que la ha puesto ahí para hacernos chantaje”».

No es de extrañar que ante tales descubrimientos el juez ordenase la detención inmediata de la Marquesa, de José María Bassols, de su doncella Luisa Bayarri y del mayordomo Antonio Tornero, que tras prestar declaración son puestos en libertad al día siguiente, 1 de febrero. El día 2 de febrero son la Marquesa y Bassols los liberados, y para el día 4 de febrero, el juez ordena la exhumación del cadáver de Margot Shelly, lo que se hizo inmediatamente.

El jueves 4 de febrero de 1954 nevaba copiosamente, pero eso no impidió que docenas de periodistas -la noticia de la mano cortada había corrido como la pólvora- se congregasen ante el las puertas del Cementerio de San Isidro, donde reposaban los restos mortales de Margot. A las once de la mañana una comitiva, encabezada por el magistrado D. José María Salcedo Ortega se dirigió al nicho número 304, y procedió a exhumar el féretro de Margot Shelly, que fue trasladado con toda discreción a una de las salas de velatorios del citado camposanto.

José María Bassols, y los hermanos de la fallecida, Juan y José María, se encontraban presentes cuando, en medio de una terrible tensión, los funcionarios de Justicia procedieron a abrir la tapa del ataúd. Para terror de los presentes, al cadáver de Margot además de la mano, le habían cortado el vello púbico, le habían amputado la lengua y la habían arrancado los ojos…

Dejaré que sean los médicos forenses, Dr. Velázquez Amezaga y Dr. Eduardo Blanco García los que relaten los hechos. Copio literalmente algunos párrafos del «INFORME DE AUTOPISA»:

«El rojo cabello estaba cortado en gran proporción y en mechones irregulares, como a tijeretazos. En la cara se notaba contracción asimétrica de la musculatura mímica. Las cuencas orbitarias estaban llenas de algodones que olían como si hubieran estado impregnados de alcohol, y al extraerlos, se encontraron aquellas vacías, sin los globos oculares correspondientes. Abierta la cavidad bucal se apreció que la lengua había sido seccionada con instrumento que dejó limpia la superficie de corte, a unos tres centímetros por detrás de la punta, faltando el segmento anterior. En la flexura del brazo derecho se encontró una incisión lineal, de poco más de un centímetro de longitud, en vías de cicatrización, al parecer por una sangría practicada en vida, y una puntura con equimosis, como de haberle hecho una inyección también en vida. El antebrazo derecho está amputado a nivel del tercio inferior y la superficie de amputación está cubierta por una gasa sujeta con un esparadrapo, y cuando se retiró este apósito se encontró que las partes blandas fueron seccionadas con un instrumento de corte fino, quedando los bordes limpios, y los huesos cúbito y radio fueron en parte cortados limpiamente y en el resto quedaron astillados, como terminados de romper por flexión forzada. Tanto la superficie de amputación en las partes blandas como en la óseas, carecen de reacción vital, prueba de que ha sido causada después de la muerte. Confrontando las superficies de corte del muñón y de la mano -que se ha llevado al cementerio para este estudio- se ha apreciado que se corresponden exactamente, tanto en las partes blandas, como en el corte limpio de los huesos, como en las zonas astilladas, que encajan entre sí de manera perfecta. Medidos los fragmentos de cúbito y radio convenientemente, se encontró la línea de sección a siete y medio centímetros de distancia de a la articulación de estos huesos con la muñeca.

»En el tronco se observaron algunos despegamientos epidérmicos y zonas negruzcas de la piel que corresponden a las de extensión de las livideces cadavéricas y que son fenómenos cadavéricos. El vello del pubis está también cortado de forma irregular.»

«CONSIDERACIONES MEDICO-LEGALES. Los caracteres de la hemorragia cerebral encontrada en la autopsia convienen con los de las hemorragias espontáneas y no corresponden a los de las producidas por traumatismos craneales -que por otra parte no se encontraron huellas de haberse producido-; por lo tanto el diagnóstico médico-legal que se deduce es el de muerte natural y no violenta. Confirman esta deducción la historia clínica de hipertensión arterial que padecía, la hipertrofia y dilatación del ventrículo izquierdo, y la asimetría facial, propia de la hemiplejia. Todas estas alteraciones descritas tienen evidente origen reaccional, como producidas en vida.

»Además se encontraron en el cadáver cortados irregularmente, a mechones, el cabello y el pelo del pubis, como a tijeretazos, y las siguientes mutilaciones:

a) Enucleación de ambos ojos y relleno posterior de las cuencas vacías con algodón en rama, al parecer empapado en alcohol; para esta intervención debe haberse empleado un instrumento de corte fino.

b) Sección de la punta de la lengua, en trozo de unos tres centímetros de longitud antero-posterior, que por la limpieza de la superficie de sección debe haber sido cortada con instrumento semejante.

c) Amputación del tercio distal del antebrazo derecho con la mano correspondiente, que parece haberse hecho en tres tiempos:

1. sección circular de las partes blandas por instrumento de corte;

2. intento de sección de los huesos radio y cúbito por instrumento inciso-contundente que golpeó sobre dichos huesos sin acabar de cortarlos, y

3. terminación de la exéresis por fractura irregular y astillosa de los puentes óseos remanentes, tal vez por flexión forzada del extremo del miembro respectivo.

En todas estas mutilaciones (ojos, lengua y mano) no se encontró ningún signo de reacción vital, lo que demuestra que fueron producidas después del fallecimiento de la persona autopsiada, y por otra parte, en todas se demuestra un carácter intencional, no siendo factible su producción de manera accidental.»

«CONCLUSIONES. De las observaciones hechas se deducen las siguientes:

Primera: Que la muerte fue producida por hemorragia cerebral,

Segunda: Que fue muerte natural y no violenta.

Tercera: Que dicha hemorragia fue determinada por la hipertensión arterial que venía padeciendo.

Cuarta: Que las mutilaciones encontradas en la interfecta deben considerase hechas a propósito, y esto tanto para la enucleación de los ojos como para la sección de la lengua, como para la amputación del antebrazo.

Quinta: Que la extracción de los ojos y la sección de la lengua debieron realizarse con instrumentos inciso-cortantes.

Sexta: Que la amputación del antebrazo ha sido ejecutada por sección de las partes blandas con instrumento de corte fino, y la de los huesos con instrumento cortante-contundente, terminando la acción por rotura astillosa, posiblemente por forzamiento en flexión de los puentes óseos que quedaron sin seccionar.

Séptima: Que en las diversas mutilaciones, es decir, de los ojos, lengua y mano, no se presenta ningún signo de reacción vital, por lo que se deduce que han sido producidas después de la muerte.

»Leída que les fue ratifican en su contenido y firman con S.Sa. ante mí el Secretario; doy fe.»

No es de extrañar que José María Bassols fuese detenido al instante en el mismo cementerio, y la marquesa Ruiz de Lihory una hora después en su domicilio de Princesa, 72.

Como era de esperar de inmediato el Juez ordenó verbalmente un nuevo registro, y a las doce horas de ese mismo día los inspectores Sebastián Fernández Rivas e Isidoro Gallego González se personaron en el domicilio de la Marquesa.

Copio literalmente de su informe: «(los policías se presentan en la citada casa) …para esclarecer si en dicho piso pueden encontrarse los ojos y parte de la lengua del cadáver de la hija de la inquilina… Dado a conocer el objetivo de su presencia, la inquilina manifestó que si estaban en la casa podían encontrarse en el cuarto de baño, donde su hijo Luis se había afeitado al día que se celebró el funeral de “corpore insepulcro”. Practicado un registro en dicho cuarto de baño, fue examinado un pequeño armario de pared, que está a la derecha de la puerta de entrada, en cuyo estante superior se encuentra un vaso de cristal que contiene un líquido transparente, al parecer alcohol y en su interior dos globos que parecen ojos y un trozo, al parecer de lengua…».

¿Escándalo? En cuanto la noticia trascendió a la prensa, el mundo se vino encima para la famosa Marquesa de Villasante. Por las calles de Madrid los niños popularizaron un chascarrillo que todavía recuerdan las personas de cierta edad en la Villa y Corte:

«En la calle de la Princesa, vive una vieja Marquesa
con su hija Margot, a quien la mano cortó.
Moraleja, moraleja, esconde la mano, que viene la vieja.»

 


DOCUMENTOS: UMMITAS EN ALBACETE

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