El caso de la cabeza cortada

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El caso de la cabeza cortada
  • Clasificación: Crimen sin resolver
  • Características: Solamente se encontró la cabeza de un hombre
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 5 de mayo de 1955
  • Perfil de las víctimas: Nunca se pudo identificar a quien pertenecía la cabeza
  • Localización: Las Palmas de Gran Canaria, España
  • Estado: Nunca se supo ni quién fue la víctima ni quién el criminal
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El caso de la cabeza cortada

José María de Vega

Cuando en las cercanías de Las Palmas de Gran Canaria la perrita de un agricultor descubrió una cabeza humana semienterrada junto a un árbol, un sentimiento de horror conmovió a todo el archipiélago de las Afortunadas y llegó hasta la Península envuelto el macabro hallazgo en el lógico ambiente de misterio.

Decidí desplazarme personalmente a Canarias, superando el costoso sacrificio económico que ello representaba para nuestro periódico. En efecto, los precios de los billetes de avión entre Madrid y aquellas provincias, tan españolas como las peninsulares eran y siguen siendo prohibitivos. A pesar de ello, ateniéndome única y exclusivamente al interés de nuestros lectores volé hasta Las Palmas. En aquellos tiempos se tardaban seis horas en el viaje que ahora, con los modernos reactores, lleva tan sólo dos y media.

En Las Palmas, la gentileza del comisario-jefe de Policía don José González de la Torre, brillante Investigador, que sin dejar escapar una palabra que pudiera ni rozar de lejos el secreto sumarial me atendió con toda cortesía, y la habilidad profesional de Hernández Gil, un veterano fotógrafo de Prensa, facilitaron grandemente mi tarea informativa, que a primera vista me parecía erizada de dificultades. En pocas horas me enteré de lo ocurrido hasta el momento.

A pocos kilómetros de la capital canaria, hacia el norte de la isla se extienden unos pueblecitos minúsculos -San Lorenzo, Siete Puertas, San Roque, Tamaraceite, Almatriche- que pueden considerarse más bien barrios extremos que lugares independientes. Unas docenas de agricultores viven en paz y orden en los diseminados caseríos, entregadas al trabajo en el campo, lejos del bullicio de la gran urbe que ya en aquellos años era la ciudad de Las Palmas.

Fueron los habitantes de San Lorenzo los que en la noche del 4 al 5 de mayo de 1955 oyeron unas voces que impetraban auxilio en la soledad de los campos. No debe atribuirse enteramente a falta de humanidad que aquellos buenos labriegos no acudieran a donde las voces pedían socorro. En las tinieblas de la noche, en el interior de una casa aislada, puede más el temor de lo que pueda acontecer fuera que cualquier otra consideración. Por otra parte, los gritos dejaron pronto de escucharse y todo volvió a quedar sumido en el mayor silencio.

Ya eran las cinco de la madrugada del día 5 cuando un campesino, Antonio Martel Moreno, que tenía a su cargo la vigilancia del reparto de aguas entre los distintos propietarios de la Comunidad de Regantes de la comarca, salió a cumplir con su obligación. Cuando llegó a un lugar que denominaban presa del Pintor, en el término municipal de Siete Puertas, observó unas manchas en el suelo, que al hacerse más claras pudo ver que eran de sangre. Al principio no se alarmó mucho, ya que pensó que cualquier vecino podía haber matado alguna cabra; fue cuando, subiendo un poco más por aquel sendero y cerca de un pequeño estanque que allí hay, vio una media dentadura evidentemente humana, y de ella, una boina y unas gafas para miope. Ya no le cupo duda de que aquel lugar había sido escenario de un hecho criminal.

Pronto empezó a actuar, con su diligencia acostumbrada, la Guardia Civil. Rastrearon todos los alrededores, ayudados por los vecinos y por los perros de éstos. Uno de dichos vecinos, Roque Moreno, primo precisamente de Antonio Martel, tenía una perrita pequeña, negra, de raza indefinida. Fue esta perra, llamada “Chona”, la que en la mañana del domingo 8 de mayo, tres días después del primer hallazgo, empezó a escarbar en la tierra al pie de un árbol, y saltó de allí llevando entre sus dientes algo horrible: la cabeza de un hombre.

Pronto los forenses determinaron que aquella cabeza pertenecía un individuo de algo más de mediana edad, que usaba dentadura postiza. La mitad superior de ella correspondía a la encontrada en los alrededores del lugar del hallazgo. Pero consultados los no muchos odontólogos que ejercían en Las Palmas, ninguno reconoció haber sido el autor de aquel arreglo dental.

Por tanto, ninguna pista existía para el grupo de Investigación Criminal de la isla, que a las órdenes del inspector-jefe señor Núñez Redondo y constituido por los inspectores señores García Salvatierra, Mesa y Navarrete y el subinspector señor Tranque, fue encargado por el comisario González de la Torre de las pesquisas pertinentes.

Lo primero, como es natural, era identificar el propietario de la cabeza que encontrara la perra “Chona”. Nadie había denunciado desaparición alguna en los últimos meses en el ámbito isleño. Unicamente…

Habíamos olvidado decir que, junto a la dentadura, las gafas y la boina, había aparecido en los alrededores de San Lorenzo la mitad de un gemelo para camisa que tenía grabada la inicial H. Y precisamente un sujeto, cliente asiduo de los bares y tabernas de la capital canaria, hombre de dudosos antecedentes, separado de su esposa y de sus tres hijos y que se gastaba en bebida todo el dinero que le mandaban sus parientes, había desaparecido de los lugares que habitualmente frecuentaba. Este individuo se llamaba Antonio Huerta, llevaba gafas, usaba boina y más de una vez cuantos le conocían le habían visto quitarse y ponerse la mitad superior de la dentadura.

Como verán ustedes, la pista no podía ser más prometedora. Se lanzaron sobre ella los investigadores y se enteraron de que tenía un hermano en Vigo. Una llamada telefónica a éste echó por tierra las ilusiones concebidas.

-¿Mi hermano Antonio? Si; precisamente está aquí. en Vigo, en la cárcel por un pequeño tropiezo que ha tenido.

Había que volver a empezar.

Y se volvió a empezar pero el revés. En lugar de centrarse sobre la víctima, los policías comenzaron por el final: por el posible autor.

El nombre de un sospechoso saltó ante sus ojos. Era un hombre violento y pendenciero, un maleante varias veces condenado por robo y estafa, que se dedicaba preferentemente a timar a las personas que no pudiendo obtener pasaporte para salir de España -el puerto de Las Palmas es la proa para la soñada América-, buscaban el embarque clandestino. Y como el sujeto al que nos referimos se fingía oficial de la Marina mercante y se decía dispuesto a admitirlos en su barco, previa entrega de unos miles de pesetas, “picaban” algunos y le daban el dinero, que se volatilizaba conjuntamente con el supuesto marino. Pocos eran los que denunciaban al estafador, temerosos de que se investigara sobre sus deseos de abandonar España de manera clandestina.

El hombre en cuestión se llamaba Juan Padrón Sánchez. Conocido de sobra por la Policía, lo era también por los clientes asiduos de las tabernas que en abundancia existen en Puerto de La Luz. Y estos clientes le habían visto en los días que precedieron al hallazgo de la cabeza gastando dinero sin cuento, exhibiendo billetes en cantidad que sobrepasaba las diez mil pesetas.

Vivía Juan Padrón en la pensión Torres, de la capital canaria. La dueña y los huéspedes señalaron su ausencia de la casa durante varias noches, así como el haberle visto lavar personalmente una camisa de su propiedad. Un traje azul a rayas que le pertenecía había desaparecido de la pensión.

Con esto era bastante para que la Policía detuviera a Juan Padrón Sánchez. Y cuando se le registró pudo verse que los calcetines tenían unas manchas, indudablemente de sangre.

Tuve la suerte de que la captura de Juan Padrón se produjese al día siguiente de llegar yo a Las Palmas. Acompañado del fotógrafo Hernández Gil pude verle cuando salía de la Comisaría, situada en el mismo edificio del Gobierno Civil Iba esposado entre don inspectores, y su rostro denotaba la mayor tranquilidad. Le seguirnos en nuestro coche hasta el edificio de los Juzgados, donde penetró para quedar a disposición del titular del número 1.

La serenidad no le abandonó en todo el largo interrogatorio, durante el cual se encerró en una terca negativa.

-¿Por qué lavaste tú mismo una camisa y unas prendas de ropa interior?

-Yo no he lavado nada.

-¿Qué hiciste con tu traje azul a rayas?

-Nunca he tenido un traje azul a rayas.

Y así hasta la extenuación.

Pero la biografía de Juan Padrón era tan expresiva, que el juez no vaciló en procesarle y ordenar su prisión sin fianza.

Juan Padrón Sánchez había nacido, sesenta y tres años antes de ocurrir el suceso que relatamos, en Santa Brígida, un pueblecillo situado al norte de la Isla de Gran Canaria. Muy joven aun, “hizo la América”, de donde volvió por los años treinta, sin un céntimo, pero rico en experiencia, según lo que contaba él. A veces se dejaba decir que había participado en las aventuras de los ‘gangsters” de Chicago durante los tiempos legendarios de la ‘ley seca’. Pero lo que él más conocía era la isla de Cuba.

Cuando regresó a su tierra natal se hizo boxeador, ayudado por su fuerte complexión y su recia musculatura. Con el sobrenombre de “el Pollo de la Angostura” -en este barrio de Las Palmas fue donde fijó su residencia- obtuvo resonantes triunfos, que le hicieron popular en el archipiélago. Se casó y tuvo varios hijos, pero pronto abandonó a su familia y se dedicó a llevar la vida aventurera y fértil en hechos delictivos de la que hemos hablado anteriormente.

¿A quién podía corresponder aquella cabeza separada violentamente de un cuerpo humano? Cuando yo abandoné Las Palmas, después de cuatro días de estancia, las conjeturas apuntaban a un maleante llamado Juan Andrés Sánchez Alonso, de cincuenta y tres años, apodado “el Cubano”, que había sido compañero de correrías de Juan Padrón y que había desaparecido un mes antes de los sitios que frecuentaba. La famosa boina y las no menos famosas gafas encontradas en la presa del Pintor fueron reconocidas por una mujer como pertenecientes al desaparecido.

Pero cercano ya el año 56, a Juan Andrés Sánchez le ven paseando tranquilamente por las calles de Santa Cruz de Tenerife. Y entonces surge la pregunta: ¿será él el criminal y no la víctima? Las gafas y la boina, le acusan.

Porque, a todo esto, unos meses antes, en agosto de ese mismo año, el juez había ordenado que Juan Padrón fuera puesto en libertad, ante la falta de pruebas sólidas en que fundamentar una acusación, ya que ni siquiera se sabía con certeza quién era el muerto, y el detenido seguía encerrado en una terca negativa. La Policía detuvo entonces a otro sujeto poco recomendable. Juan Martín, alias “el Capirote”, pero tampoco pudo probársele nada.

En la primavera de 1956, Juan Padrón, “el pollo de la Angostura”, que tenía que presentarse cada quince días en la Audiencia, pues su libertad era provisional, embarcó clandestinamente y se marchó para América.

Y así, “el caso de la cabeza cortada” quedó envuelto definitivamente en el mayor de los misterios. Nunca se supo ni quién fue la víctima ni quién el criminal.

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