El caso de Jaycee Dugard

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Jaycee Dugard
  • Clasificación: Secuestro
  • Características: Dugard fue secuestrada en la calle cuando tenía 11 años por un pederasta con la ayuda de su esposa. Fue liberada después de 18 años y haber engendrado dos niñas en su cautiverio
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 1991 - 2009
  • Fecha de nacimiento: 3 de mayo de 1980
  • Perfil de las víctimas: Jaycee Lee Dugard, de 11 años
  • Localización: South Lake Tahoe, Estados Unidos (California)
  • Estado: El 2 de junio de 2011, Phillip Garrido fue condenado a 431 años de prisión; su esposa Nancy Garrido recibió una condena de 36 años
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El caso de Jaycee Dugard

Última actualización: 26 de octubre de 2015

El secuestro de Jaycee Lee Dugard tuvo lugar el 10 de junio de 1991, en South Lake Tahoe, California. Dugard tenía 11 años cuando fue secuestrada en la calle mientras caminaba desde su casa a la parada del autobús escolar. Pese a todos los esfuerzos de la Policía nunca se consiguió una pista fiable.

Jaycee Dugard permaneció desaparecida durante más de 18 años, hasta que el 24 y 25 de agosto del 2009, el delincuente sexual convicto Phillip Craig Garrido visitó el campus de la Universidad de Berkeley en compañía de dos niñas.

Su comportamiento inusual provocó una investigación que llevó a su traer a las niñas a una oficina de libertad condicional el 26 de agosto, acompañado por una joven que luego fue identificado como Dugard.

Phillip Garrido, de 58 años, y su esposa Nancy Garrido, de 54 años, de Antioch, California, fueron detenidos por secuestro y otros cargos. El 28 de abril de 2011, se declararon culpables del secuestro de Dugard y asalto sexual.

Los oficiales de policía creen que Dugard estuvo secuestrada en una caseta en el jardín trasero de la casa de los Garrido durante 18 años. Durante este tiempo, Dugard tuvo dos hijas que tenían 11 y 15 años en el momento de su liberación.

El 2 de junio de 2011, Phillip Garrido fue condenado a 431 años de prisión; su esposa Nancy Garrido recibió una condena de 36 años.


¿Por qué calló Jaycee?

Yolanda Monge – Elpais.com

6 de septiembre de 2009

El silencio y las contradicciones se acumulan en el caso de la niña de California. ¿Qué ocurrió realmente? EL PAÍS recorre el lugar del secuestro.

Los perros levantan nubes de polvo al olfatear el seco patio trasero en la búsqueda de restos de cadáveres humanos mientras los agentes del FBI rompen el precinto policial y se llevan una destartalada furgoneta amarilla, propiedad del monstruo, que podría aportar alguna prueba sobre qué pasó hace 18 años. Los vecinos miran. Los que tiene más presencia de ánimo o anhelan la fama salen a la calle y tratan de explicar su versión de los hechos. Los que no tienen palabras sólo corren tímidamente las cortinas y observan -ya no están ciegos- como testigos mudos. Todo es muy sórdido. Lo que sucedió y cómo sucedió.

Porque nadie vio ni oyó nunca nada. Ni un lamento, ni un grito, ni un gemido -de placer o de dolor-. Nada. A pesar de que una niña de 14 años paría junto a las frágiles alambradas de sus casas su primera hija fruto de sistemáticas violaciones.

Tampoco nadie supo nada del nacimiento de la segunda niña. Silencio absoluto. Jamás nadie percibió una discusión, un alboroto, un llanto ni, por supuesto, una risa en el número 1554 de la avenida Walnut, en Antioch, a menos de una hora en coche al este de San Francisco (California).

Ni Jack, el que vive en el 1540 -debido a sus dos piernas amputadas, a veces era asistido por el secuestrador y pedófilo-; ni el señor Confetti, del 1528; ni los Deitricks, del 1523; ni los vecinos del 1537, ni los del 1559, ni tampoco los del 1503… Ninguno supo del horror en el que vivía Jaycee Dugard, raptada en 1991 con 11 años a la puerta de su casa en South Lake Tahoe (sur de California), ante la mirada perpleja e impotente de su padrastro, y recluida y violada durante casi dos décadas por Phillip Garrido y su mujer Nancy -58 y 54 años respectivamente-.

Una culpa no reconocida se ha instalado de forma incómoda en los vecinos de los Garrido, ahora llamados “los monstruos”.

“¿Cómo lo íbamos a saber?”, dice Kathy Russo, hija del señor Confetti y dedicada en cuerpo y alma a atender a la prensa en nombre de su anciano padre -94 años-. “Garrido sabía bien lo que hacía, por eso instaló esas altas vallas y su casa es de las pocas que tiene frondosos árboles”. Russo ha colgado un cartel en la puerta de su casa con su número de teléfono móvil. Es la accesibilidad personificada. “No nos queremos esconder, queremos contar que no sabíamos nada”, explica esta mujer en la sesentena, que vomitó cuando supo quien era su vecino.

“No sé qué me puso más enferma”, prosigue Russo, quien invita amable a acceder a la sombra del porche de la casa debido a que por su cara comienzan a caer gruesas gotas de sudor fruto del sofocante calor. “Si saber que Phil había hecho todas esas cosas que dicen que ha hecho -la señora Russo sigue en estado de negación -¡Y pensar que teníamos nuestras fiestas familiares justo al lado de donde esta chica sufrió tanto!- o pensar que Nancy fue cómplice de todo”. Sólo tras unos segundos, Russo se da una respuesta: “Ella es mucho peor que él, ¿cómo puede una mujer ayudar a violar a otra mujer?”, se pregunta. “Ella es el verdadero monstruo”, concluye.

¿Por qué Nancy Garrido no hizo nunca nada? ¿Por qué no denunció lo que sucedía cuando su esposo fue recluido varios meses en la penitenciaría por violar su libertad condicional en 1993? ¿Por qué esta mujer, enfermera de profesión, cuidadora de ancianos, no advirtió sobre la tragedia a las autoridades?

Tampoco levantó la voz la madre de Garrido, Patricia Franzen, 88 años, que, enferma y postrada en la cama, ha convivido con la pareja hasta su detención. Helen Boyer, 78 años y amiga de Franzen desde hace “más años de los que puedo recordar” -acaba confesando que 30- nunca sospechó nada. “Nancy sólo era
un poco ermitaña”, dice.

Lavado de cerebro; síndrome de Estocolmo -cuando las víctimas sienten compasión e incluso lealtad hacia sus captores-; negación absoluta de la personalidad y necesidad animal máxima de supervivencia en un medio hostil en el que la propia vida -y en el caso de Jaycee, la de sus dos hijas de 11 y 15 años-, estaba amenazada son algunas de las explicaciones que los expertos manejan para intentar comprender por qué Nancy Garrido calló -por determinar está si participó- ante la bacanal de abusos y por qué Jaycee -hoy 29 años- nunca intentó huir a pesar de tener acceso a medios como el teléfono, Internet y correo electrónico.

La esposa de Garrido se ha declarado inocente de los 29 cargos que se le imputan -los mismos que a su marido, entre ellos secuestro y violación- y a través de su abogado se ha definido como “una víctima” del hombre que la psiquiatría define como un “sociópata”.

Jaycee Dugard está junto a sus hijas -Starlet y Angel- reunida con su familia materna en un hotel sin identificar del condado de Contra Costa. “Hola mamá”, le dijo Jaycee por teléfono a quien le dio la vida cuando recuperó la libertad. “Soy yo, Jaycee, y tengo bebés”.

“Nos ha reconocido a todos, sabe perfectamente quienes somos y está tranquila”, declaró en rueda de prensa Lisa Dugard, tía de las niñas, en la sede del FBI de Los Ángeles. “Estamos impresionados cómo con tan pocos medios Jaycee ha podido educar tan bien a las niñas, que son capaces de reconocer las constelaciones en el cielo”, dijo. Su salud es buena, informan desde la oficina del sheriff. Nunca han pisado una escuela o la consulta de un médico.

Han pasado casi dos décadas desde que Jaycee fue apartada de los suyos y recluida en un espacio mísero y cochambroso. El patio trasero de los Garrido encerraba otro patio trasero, el formado por un barracón insonorizado, una tienda de campaña amenazada por los jirones y decenas de plásticos azules tratando de formar cobertizos. Cajoneras atestadas de ropa sucia; bolsas y más bolsas de basura; sillas de tijera polvorientas y descoloridas; estanterías desvencijadas, en una de las cuales hay botes de maquillaje y varios cepillos del pelo; estanterías con libros, entre ellos Ángeles: los agentes secretos de Dios, del reverendo Billy Graham, y, como burla irónica, Un asunto de familia; pinturas de colores y cuentos de Scooby Doo; una lámpara de mesilla a la que llega la electricidad a través de un cable de extensión desde el interior de la casa; una rudimentaria ducha al aire libre; en el tronco de un árbol está clavado un cartel que dice “Bienvenidos”.

Ese es el paisaje en el que han crecido las hijas de Phillip y Jaycee. Unas niñas a las que ha habido que explicarles que el padre que creían tener fue el violador de su madre. “Para estas pequeñas su padre sigue siendo su padre”, cuenta la psicóloga experta en secuestro de niños JoAnn Behrman-Lippert. “No importa lo que haya pasado, Garrido sigue siendo el único padre que han conocido”. “Su captor es a la vez su única y conocida relación”, expone en el diario The New York Times el doctor Douglas Goldsmith, un experto en este tipo de casos. No hay blancos y negros. La historia está plagada de grises. “Va a ser muy difícil que logren separar al violador del padre”, prosigue. “No sólo hay una víctima”, explica en referencia a Jaycee. “Hay tres”, puntualiza Goldsmith al citar a las dos hijas.

Hace casi 20 años que Phillip Garrido, el monstruo, salió de compras, como explica Curtis Sliwa, fundador del grupo Ángeles Guardianes, dedicado a combatir el crimen en EE UU. “Buscaba niñas y no paró hasta que encontró a Jaycee”, relata uno de los policías que entonces se encargó del caso. Ahora se ha sabido que un día antes de que Jaycee fuera secuestrada, Garrido intentó llevarse a la pequeña. Aquel día se salvó por estar con un grupo de amigos, pero no al día siguiente.

El historial criminal de Garrido se asemeja en grosor a una guía telefónica y se remonta a la década de los setenta. Su primera víctima conocida fue su primera esposa, su novia del instituto. Christine Murphy lleva marcada la cara con una cicatriz recuerdo de una de las muchas palizas a las que fue sometida. “En una ocasión intentó sacarme los ojos con un imperdible”.

Murphy sólo descansó y se sintió libre del acoso cuando Garrido fue encerrado por violar y secuestrar a una mujer en 1972. Katie Callaway Hall estuvo en poder de Garrido ocho largas horas en un contenedor en el desierto de Nevada. “Llegué a pensar que estaba muerta”, ha relatado la mujer en la CNN. El lugar fue definido por los investigadores como “un palacio del sexo”, lleno de utensilios para el placer sexual, alfombras rojas en las paredes y un colchón en el suelo. “Pero a mí sólo me tuvo ocho horas, a la pequeña la ha tenido 18 años”.

Hall fue liberada por la policía y Garrido condenado a 50 años de cárcel. Las leyes de entonces hicieron posible que quedara en libertad condicional tras cumplir diez años de pena. Hoy hubiera sido distinto. “¿Cómo puede ser posible algo así?”, clama desde su programa en CNN Jane Velez-Mitchell. “¿Cómo pudo ocurrir?”, se pregunta también Leland Lufty, el fiscal que puso tras las rejas a Garrido. “Basta con mirar su historial, sus delitos, para saber que acabaría haciendo algo como lo que ha hecho”.

Garrido cometió otra violación en 1972, en esta ocasión su presa tenía 14 años. Pero la joven nunca quiso declarar y se archivó el caso. Otras diez violaciones y asesinatos pueden llevar el sello de Garrido. Por eso los perros rastreadores de cadáveres olfatean cada milímetro de la casa en la avenida Walnut. Los sabuesos han encontrado un hueso pero pasará tiempo hasta saber si es humano.

Phillip Garrido estaba registrado como un convicto sexual en el Estado de California. Debido a ello pudo haber sonado la alarma en el caso Dugard. Karan Walker vive tres casas más abajo de la de Garrido y supo por internet que su vecino era un pedófilo. “No supe qué hacer”, explica, a pesar de confesar que en una ocasión vio a su vecino con “una niñita rubia” de la mano.

En otra ocasión, la libertad de Jaycee y sus hijas estuvo más cerca, pero no lo suficiente. Alguien denunció a la policía haber visto crías viviendo en tiendas de campaña en el jardín. Un agente se personó en casa de Garrido y sin llegar a subir los dos escalones de franquean la entrada le pregunto si era cierto. “Por supuesto que no”, diría Garrido. Y la policía se marchó. “No nos lo perdonaremos nunca”, asegura el sheriff del condado de Contra Costa, Warren Rupf. Dieron media vuelta y se marcharon.

Hasta el pasado 26 de agosto. Cuando una agente del campus de la Universidad de California en Berkeley sospechó de un hombre que hacía proselitismo junto a dos niñas sin mirada. Estaban muy pálidas, vestidas como de otra época, parecían robots, explicó a la prensa la agente Campbell, que introdujo el nombre de Garrido en la base de datos del FBI y desenmarañó el caso. En pocas horas se desmoronaba la falsa vida construida en 18 años.

El fanático religioso que decía tener una máquina que leía sus pensamientos, hablar con los ángeles y conversar con Dios; el mal cantante enganchado al LSD que grabó CDs cuyas letras ahora parecen anunciar lo sucedido; Phil, el asqueroso, como tildaban sus vecinos al hombre que todos evitaban porque sabían que algo no iba bien; el violador y el pedófilo que robó la infancia de al menos una niña y ha engendrado otras dos con su víctima, no se inmutó cuando se le leyeron los cargos en la cárcel de El Dorado. Su mujer lloró e intento esconder su cara entre las manos. “Alguien debería de pegarle un tiro y acabar con todo esto”, dice resolutivo uno de los silentes vecinos de la Avenida Walnut. “Que guarden una bala para ella”, sugiere otro. Así el caso quedaría cerrado. Sin más preguntas incómodas.

Una chica educada y amable

Los pocos que reconocen haber visto a Jaycee cuentan que era educada y amable. Se presentaba como Alissa, hija de Garrido, y ayudaba en el negocio familiar -Printing for Less- que consistía en realizar desde casa trabajos de impresión. “Nunca tuve la sensación de que sufriera ningún abuso, yo siempre creí que era la hija de Phillip”, explica Janice Gomes, quien encargó tarjetas de visita y folletos en la empresa de Garrido. “En una ocasión tuve que quejarme porque había errores en los textos y Alissa fue muy atenta, dijo que lo sentía y lo solucionó rápidamente”, dice Gomes. Eso sí, ella nunca accedió a la casa, se apresura a decir la clienta.

“Phillip cerraba siempre la puerta a sus espaldas cuando salía a entregar los pedidos”. Aunque las puertas se abrían a veces, como hace apenas unas semanas, cuando Angel y Starlet asistieron a casa de unos vecinos para celebrar una fiesta infantil de cumpleaños. “Quién lo iba a decir…”, reflexiona la madre de una niña. “Parecían chicas normales, les encantaba Hanna Montana, como a mis hijas”.


Jaycee Dugard recuerda

David Alandete – Elpais.com

31 de julio de 2011

Fue raptada de niña y violada durante 18 años por un pederasta con la ayuda de su esposa. La liberaron tras haber engendrado dos niñas en su cautiverio. Ahora cuenta su historia.

Jaycee Lee Dugard desapareció el 10 de junio de 1991, cuando tenía solo 11 años, en el camino de su casa a la escuela, en California. Algunos testigos vieron cómo dos desconocidos la raptaban en un coche.

En 18 años, nadie certificó su muerte, pero su madre y su hermana comprendieron que la esperanza de encontrar a la joven se iba disipando. Según datos del Gobierno, cada año más de 110 niños norteamericanos son raptados por personas que abusan de ellos o, en ocasiones, los asesinan. Jaycee se convirtió en una estadística.

Pero el 26 de agosto de 2009 su madre, Terry, recibió una llamada en el trabajo. Había soñado miles de veces con aquel momento pero no lo supo anticipar: “Mamá soy yo, estoy bien”. Con los gritos de Terry en su oficina (“¡Es mi hija, la han encontrado!”) se cerraban 18 años de esclavitud sexual, de miserias mal entendidas, que la joven Jaycee ha relatado en un libro de reciente publicación en Estados Unidos, titulado Una vida robada.

¿Cómo es posible que una joven pase casi dos décadas en el patio trasero de una casa sin tratar de escapar ni llamar la atención de nadie, ni siquiera de los agentes de policía que controlaban la libertad condicional de su captor? Puede haber muchas respuestas: la habilidad de su secuestrador para esconderla entre basura, vallas y tiendas de campaña; la complicidad de la mujer de este, o la negligencia de las autoridades, por ejemplo. Pero la principal razón en este caso fue la candidez de Jaycee, que tenía 11 años cuando fue raptada. Había vivido hasta entonces una vida tranquila con su madre, su hermana y su padrastro, a quien temía y con quien no se llevaba bien.

Aquella mañana de junio de 1991 Jaycee fue raptada cuando iba a la parada de autobús para ir a la escuela, en South Lake Tahoe. En el camino, Jaycee se vio rodeada por un coche con dos ocupantes. Eran el violador condenado Phillip Garrido y su mujer Nancy, de 60 y 56 años, respectivamente. El hombre la acorraló y la paralizó con una pistola de electrochoque. Se la llevó a su casa en Antioch, a 270 kilómetros del hogar de Jaycee. La tuvo durante semanas esposada, sin vestirla, sin dejarle duchar. “Lo único que podía hacer era esperar a que mi madre viniera y me salvara”, recuerda.

Jaycee perdió cuenta de los días y las noches, sola. No sabía qué hacía en aquella habitación. Phillip se limitaba a traerle comida y desaparecer, hasta que un día se quedó un poco más. “¿Has visto alguna vez a un hombre desnudo?”. Le mostró el pene. “Pienso que este hombre está loco. ¡Es el hombre más raro y extraño del mundo! No quiero tocarle sus partes íntimas, pero el hombre insiste, así que lo sujeto en mi mano. Es blando y más blanco que la piel de alrededor. Me dice que pare y me ordena que entre en la ducha”. Allí le afeitó el sobaco y la entrepierna.

Algo tan grotesco fue la primera experiencia sexual de Jaycee, que desde entonces se convertiría en un juguete sexual a merced de Phillip Garrido, sin llegar a comprender si lo que le pasaba era normal o no. Un día el captor le dijo que comenzarían a tener “carreras”. En esas “carreras”, Phillip se drogaba, con metanfetamina y marihuana, y violaba a la niña horas y horas. Le explicó que tenía un problema sexual y que la única forma de ayudarle, y evitar que atacara a otras niñas, era ofrecerse sin reparos. La ataba a la pared. La hacía disfrazarse de prostituta. La obligaba a ver películas pornográficas. Era una esclava sexual.

Jaycee relata el terror que le provocó la primera violación. “Me dijo que sería rápido y que sería mejor si no me resistía, porque entonces se tendría que poner agresivo. No entiendo nada de esto. Me abre las piernas con fuerza… Me siento como si me fueran a dividir en dos, de tanto estirarme. Creo que eso me va a perforar el estómago. ¿Por qué hace esto? ¿Es normal? Intento distraerme. Intento cerrar las piernas. Pero él me las sujeta y las abre aun más”. Así perdió la virginidad Jaycee, que inmediatamente se puso a sangrar. “Estaba aterrorizaba. ¿Me estaba muriendo? ¿Por qué tanta sangre?”

Phillip manipuló a Jaycee para aparecer como un salvador ante ella, su única defensa contra un mundo en el que su familia la había olvidado y en el que solo habitaban pederastas y violadores. Lo supo hacer magistralmente: dándole alimento y agua; dándole, después de semanas, un cepillo de dientes; regalándole juegos y mascotas; siendo la única persona con la que hablaba. Era captor y protector, dueño y salvador. “Me parecía que tenía una respuesta a todo”, dice Jaycee. “Yo era como un conejillo que se dejaba consolar por un león”.

Pronto, Nancy, la esposa de Phillip, entraría en el mundo de Jaycee. Primero, como una presencia amenazante, celosa de la llegada de la nueva concubina. Luego como una falsa cómplice, cuando Phillip dejó de violar a Jaycee con tanta frecuencia.

Los dos embarazos de la niña provocaron un progresivo descenso en la frecuencia de las violaciones. La primera hija nació en agosto de 1994, cuando su madre tenía 14 años. Hasta entonces, Jaycee no había sabido cómo se engendraban los niños. Sólo vio su vientre crecer. Pensó que estaba enferma. Hasta que sus captores le dijeron que tendría un bebé. Ambos la asistieron en el parto, dentro de la jaula que era su casa. Alumbraría otra niña en noviembre de 1997.

Después de más de casi dos décadas como una esclava, Jaycee se acostumbró a no cuestionar el mundo. Dependía de los Garrido y a la vez les detestaba secretamente. Phillip era el padre de sus hijas. “Se me manipuló para que pensara que el mundo exterior era un sitio terrible, y que el único lugar seguro para mis niñas era quedarme allí, con su padre”, recuerda. Colaboró con sus captores para evitar ser vista por los agentes de policía que pasaban regularmente por la casa para controlar a Phillip. Llegó a conocer a la madre de su carcelero, Pat, a quien le dijo que era una vecina, de visita. Comenzó a salir a ferias, a la playa, de compras, a hacerse la manicura.

Jaycee no dijo nada a nadie ni trató de escapar porque durante lustros no había hablado con nadie más que con los dos depredadores. “No tenía una voz propia y no le grité al mundo que era yo, que era Jaycee, aunque lo anhelara”, asegura. De hecho, en casi dos décadas de tortura, Jaycee perdió su nombre. Philip le ordenó que no lo escribiera, por si alguien la descubría. Pasados algunos años, ya con sus dos hijas, queriendo olvidar quién había sido, pidió a los captores que la llamaran Allissa.

Phillip, su violador, se confió con los años. Salía a la calle con ella. Llevaba a sus dos pequeñas hijas en breves excursiones. Le llegaron a acompañar a una reunión que mantuvo con policías de la Universidad de California en Berkeley, a quienes pidió que le autorizaran una conferencia en el campus. Esos agentes sabían que había sido condenado por violación.

Alertados por la presencia de dos niñas tan pequeñas con un pederasta, avisaron a la oficina de libertad condicional en Concorde, que le citó en sus oficinas al día siguiente. Phillip llevó allí a Jaycee. Le pidió que dijera que era una amiga que había huido con sus dos hijas de un marido abusador y se estaba alojando con él. Pensaba que así la policía dejaría de rondarle.

Ella, al principio, mintió, para proteger a Phillip. Pero su nerviosismo y la poca diferencia de edad con sus propias hijas hicieron sospechar a los agentes. Los Garrido fueron arrestados y condenados. Él a 436 años de cárcel y ella, a 36.

Antes, cuando los agentes le preguntaron a la víctima su nombre, esta no pudo pronunciarlo, después de dos décadas callándolo. Tuvo que escribirlo en un papel: Jaycee Lee Dugard. Entonces comenzó su regreso a casa.


Jaycee Dugard relata en un libro su secuestro de casi dos décadas

Carlos Benito – Diariovasco.com

8 de agosto de 2011

El 3 de mayo de 1993, día en el que cumplía trece años, la niña Jaycee Lee Dugard empezó a escribir un diario sobre su nueva gatita, Eclipse, con una caligrafía redondeada que se ajusta disciplinadamente a las rayas del papel. «¡Estoy tan feliz de tenerla! Me costó todo el día elegir el nombre de Eclipse. Lo elegí porque, cuando hay eclipse total, se vuelve oscuro y no puedes ver la luna, y también Eclipse desaparece cuando está en la oscuridad», explicaba. «Eclipse es muy especial para mí porque está siempre conmigo y puedo hablar con ella», apuntó días después. «Si pudiese pedir un deseo, sería entender a Eclipse y que ella me entendiera a mí», concluye otra de sus anotaciones, junto a un corazón dibujado.

Es el diario inocente, tierno, un poco absurdo a veces, de una muchacha soñadora que recorre el último tramo de la infancia. Y sirve también como doloroso contraste para entender la pesadilla que estaba viviendo la desventurada Jaycee, una realidad donde esa inocencia y esa ternura se habían convertido en alimento para monstruos.

Hay que remontarse dos años más, al 10 de junio de 1991. Esa es la fecha inevitable en la que arranca ‘A Stolen Life’ (‘Una vida robada’), el libro de memorias que Jaycee acaba de publicar en la editorial Simon & Schuster.

Entonces tenía once años y vivía con su familia en Tahoe (California), y justo aquel día se levantó un poco enfadada porque su madre había olvidado darle un beso antes de marcharse a trabajar. Se preparó el desayuno, echó un vistazo a su hermanita de dieciocho meses, buscó en vano a su irritante padrastro y salió de casa para coger el autobús de la escuela.

El recorrido hasta la parada era muy corto, pero no hace falta mucho tiempo para trastocar una vida: a su lado se detuvo un coche ocupado por una pareja, el hombre salió con una porra eléctrica y Jaycee acabó en el asiento trasero cubierta por una manta. «No entiendo lo que está pasando. Quiero irme a casa. Quiero volver a mi cama. Quiero jugar con mi hermana. Quiero estar con mi mamá. Quiero que el tiempo retroceda y me dé una segunda oportunidad», escribe, reconstruyendo sus sensaciones de aquel momento.

Jaycee había caído en las garras de Phillip y Nancy Garrido. Él era consumidor de ‘cristal’, una variedad de metanfetamina, y tenía afición a aparcar delante de los institutos para masturbarse mirando a las alumnas. Estaba en libertad condicional tras haber cumplido once años por secuestrar y violar a una chica.

Durante su estancia en la cárcel se había casado con Nancy Bocanegra, que solía acudir a la prisión para visitar a su tío: era una compañera ideal para él, siempre dispuesta a salir con una cámara para grabar a niñas. Incluso solía retarlas a demostrar cuánto podían separar las piernas.

Cuando llegaron a la casa del matrimonio, en Antioch, lo primero que hizo Phillip fue desnudarse delante de Jaycee y obligarla a tocarle los genitales. Después, afeitó las axilas y el pubis de la niña y la encerró esposada y sin ropa, solo con una toalla, en un cuarto oscuro del patio trasero de la casa.

«Yo no tenía ni idea de lo que iba a ocurrirme. Lo que este hombre tenía planeado era para mí como un idioma extranjero. Mi única referencia sobre el sexo era lo que había visto en la tele o en las películas, que luego reproducía cuando jugaba con las Barbies: Barbie y Ken tumbados en la cama, el uno junto al otro. Eso pensaba yo que era el sexo».

Aquel primer día escuchó por primera vez el sonido que iba a marcar su cautiverio: «Hoy, si cierro los ojos y hago memoria, todavía puedo oír aquel cerrojo», relata. Tardaría un poco más en descubrir algo más acerca del sexo, ya que Phillip demoró una semana la consumación de lo que denominaba sus «fantasías». Fue un acto brutal sobre el hatillo de mantas sucias que servía de lecho a la niña, tras el que le ofreció un batido como recompensa. «Aquella violación fue el primero de muchos y frecuentes encuentros. No recuerdo si venía todos los días para tener sexo conmigo, todo lo que sé es que sucedió más veces de las que soy capaz de contar».

Esa era su versión del sexo convencional, pero había una variante más sofisticada, en forma de largos maratones durante los que Phillip se ponía hasta arriba de metanfetamina y marihuana.

En aquellas sesiones vestía a la niña con ropa especial y la obligaba a masturbarle, a hacerle felaciones o a bailar desnuda sobre él, mientras cambiaba el canal de la tele en busca de «cualquier cosa en la que apareciese una chica joven en pantalón corto» o miraba sus ‘collages’, composiciones en las que pegaba penes sobre fotos de revistas. También solía atar a Jaycee a unos ganchos atornillados a la pared, hasta conseguir «la postura perfecta», la filmaba en vídeo durante las relaciones sexuales e insistía en que quería verla copular con uno de sus dóberman.

Así era la vida cotidiana de la muchacha del primer párrafo, la que escribía con buena letra sobre su afectuosa gatita. Eclipse fue uno de los regalos de Phillip, una de las herramientas que utilizó en su sistemática manipulación.

Aquella niña apartada por la fuerza de su familia, enclaustrada, sucia, comida por las hormigas que se colaban desde el patio y privada de toda comodidad era un material cómodo, como plastilina que la siniestra pareja fue modelando a base de pequeñas mejoras y muestras de supuesto afecto.

Al poco tiempo, Jaycee buscaba la aprobación de sus secuestradores y temía el mundo exterior, ese que –según le decían– estaba plagado de pederastas y violadores.

Al lavado de cerebro se sumó un vínculo más complejo: en agosto de 1994, a los 14 años, Jaycee dio a luz a una niña; en 1997, a los 17, tuvo la segunda.

En la última fase de su cautiverio, los pesados cerrojos de metal se volvieron ya superfluos: resultaba mucho más efectivo el bloqueo que paralizaba a Jaycee y le impedía escapar, aun cuando se le presentaron múltiples ocasiones para ello. La primera excursión ‘en familia’ tuvo como destino la feria veraniega del Festival del Maíz, y Jaycee se evoca montada en un tiovivo: «Recuerdo que, mientras la atracción daba vueltas, yo pensaba que ojalá fuese libre como la gente que veía allí. Libre para andar por ahí y ser yo. Pero no lo era».

Romper el conjuro

Si todo terminó, en 2009, fue gracias al creciente desvarío de Phillip Garrido, que decía oír voces de ángeles y acudió al FBI y al campus de Berkeley para exponer sus teorías sobre religión, esquizofrenia y poder mental. Su comportamiento despertó sospechas y dio lugar a una investigación, en la que acabó confesando que había secuestrado a Jaycee hacía «algunos» años.

El libro recoge la conversación definitiva de la víctima con una oficial de policía. «Me volvió a preguntar cómo me llamaba y cuántos años tenía cuando me raptaron. Me sentí como si hubiese estado esperando la pregunta correcta y dije que entonces tenía 11 y que ahora tenía 29. Se quedó impactada. Preguntó otra vez por mi nombre. Le dije que no podía decirlo. No es que quisiera poner dificultades. Le dije que no lo había dicho en dieciocho años y que lo escribiría. Y eso hice. Temblorosa, escribí en un papelito las letras de mi nombre: Jaycee Lee Dugard. Fue como romper un conjuro maligno».

Por fin pudo cobrarse el beso que le debía su madre y reencontrarse con aquel bebé que dejó dormido en casa, transformado en una hermana de 19 años.

Sus memorias –en las que elude cuestiones espinosas, como aclarar si sus hijas fueron sometidas también a abusos– se han convertido en el gran éxito editorial del verano en Estados Unidos, con 175.000 ejemplares vendidos en un solo día. Las ha escrito para que «todo el mundo» conozca el bárbaro comportamiento de Phillip y Nancy Garrido, que cumplen condenas respectivas de 441 y 36 años de cárcel: «Él es responsable de haber robado mi vida, la vida que debería haber tenido con mi familia», afirma Jaycee, aunque también puntualiza que no siente odio por sus secuestradores. «No creo en el odio. Supone desperdiciar demasiado tiempo».

 


VÍDEO: WICKED ATTRACTION – THE JAYCEE DUGARD STORY (INGLÉS)


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