El caso Cecilia Giubileo

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Cecilia Giubileo
  • Clasificación: Desaparición
  • Características: Una doctora desaparece sin dejar rastro en una colonia neuropsiquiátrica
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 17 de junio de 1985
  • Fecha de nacimiento: 1946
  • Perfil de las víctimas: Cecilia Enriqueta Giubileo, de 39 años
  • Localización: Luján, Buenos Aires, Argentina
  • Estado: Caso sin resolver
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El caso Cecilia Giubileo

Wikipedia

Cecilia Enriqueta Giubileo (1946 – ¿1985?) es / fue una médica argentina cuya desaparición, en el otoño de 1985, constituye uno de los mayores misterios de la historia policial argentina.

La madrugada del 17 de junio de 1985, Cecilia Giubileo, una médica de 39 años, desapareció sin dejar rastros mientras cumplía guardia en la colonia neurosiquiátrica Montes de Oca, en Torres, localidad del Partido de Luján, en la provincia de Buenos Aires, a 80 km al oeste de la ciudad de Buenos Aires. Este caso mantuvo en vilo a la opinión pública durante el invierno-primavera de 1985.

La colonia Montes de Oca

A 70 kilómetros al oeste de Buenos Aires se encuentra la populosa ciudad de Luján. Y 10 kilómetros hacia el norte, por la Ruta Provincial 192 (ex Ruta Nacional 192) se llega a la pequeña localidad de Open Door. El poblado tomó su nombre de la colonia neuropsiquiátrica en torno a la cual se desarrolló, a principios del siglo XX. La colonia neuropsiquiátrica Open Door, para enfermos mentales de escasos recursos (luego rebautizada «Hospital Interzonal Psiquiátrico Colonia Dr. Domingo Cabred» en honor a su fundador), ocupa un predio de 600 hectáreas.

Algunos kilómetros más al norte, también sobre la Ruta Provincial 192, se alza el pequeño poblado de Torres. Allí se encuentra un anexo de la colonia Open Door: la colonia Montes de Oca, un predio de 270 hectáreas, el escenario de los hechos.

A finales del siglo XIX, los enfermos mentales, especialmente los provenientes de familias de escasos recursos, yacían arrumbados en hospitales públicos escasamente preparados para albergarlos, cuando no directamente en cárceles o prisiones. Se los trataba con agresivas medicaciones, sangrías, duchas frías, aislamiento. La reducción a servidumbre era una frecuente manera de otorgarles un lugar en la sociedad.

José Ingenieros nos transmite en su obra La locura en la Argentina la situación en que vivían los enfermos mentales sometidos a los «encierros en las cárceles, a los desencantamientos, a las palizas o las sangrías… desde la época colonial hasta gran parte del siglo XIX, permanecían encadenados entre sus propias deyecciones, amansados a fuerza de ayunos, de palos y de duchas y aun de ataques degradantes en grupos para probar si fingían, o entregados por su conducta menos agitada y mucho más tolerable, como sirvientes perpetuos, cuando no como bufones, a familias adineradas».

Durante el transcurso del siglo XIX, desde las cárceles del Cabildo hasta los Cuadros de Dementes de los hospitales generales, el panorama siguió siendo desolador, especialmente por el hacinamiento y la falta de atención psiquiátrica.

En 1915, a instancias del doctor Domingo Cabred, se creó la Colonia Neuropsiquiátrica Open Door, un asilo para enfermos mentales de régimen abierto. Los internos tenían libertad para circular libremente por el extenso predio, incluso para entrar y salir de él («open door» significa «de libre acceso» o más precisamente «puerta abierta» en español). Los propios pacientes mantenían Open Door funcionando, realizando trabajos de albañilería, carpintería, jardinería, trabajando en la huerta, criando animales de granja, generando ellos mismos una parte de los recursos económicos necesarios para el mantenimiento de la colonia. Y dando los primeros pasos para su recuperación y eventual reinserción en la sociedad.

La doctora Giubileo

Cecilia Enriqueta Giubileo nació en la localidad de General Pinto, provincia de Buenos Aires, en 1946, en el seno de una familia de excelente posición económica. Allí vivía con su padre, quien murió en 1979, su madre Maria Lanzetti de Giubileo y sus tres hermanos varones, Raúl, Rubén y Jorge.

Estudió Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, durante los años sesenta, época en la que militó en la izquierda como integrante de la Juventud Católica Argentina. En aquella época, Cecilia Giubileo conoció a Pablo Chabrol, músico. Se casaron en 1972 y viajaron a España, radicándose en Gijón. El matrimonio duró poco. Cecilia Giubileo regresó a Argentina, retomó sus estudios, y en 1973 obtuvo su diploma de médica.

En 1974 entró a trabajar en el Hospital Interzonal Colonia Dr. Domingo Cabred, y se radicó en Luján, a 80 km de Buenos Aires. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres.

La desaparición

La noche del 16 de junio de 1985 la doctora Cecilia Giubileo llegó a la colonia Montes de Oca alrededor de las 21:30 h. Conduciendo su Renault 6 verde claro se dirigió hasta el edificio de la Dirección y Administración. Firmó el libro de entrada y añadió su número de matrícula. Eran las 21:48 h. Los médicos de guardia permanecían en uno de los edificios del predio, llamado Casa Médica, hasta que eran requeridos desde alguno de los pabellones de la colonia. Normalmente, otros dos médicos completaban la guardia. Por diversos motivos, no hubo otros médicos aquella noche.

Esa noche, la doctora Cecilia Giubileo recetó un antifebril a un paciente con bronquitis y fiebre alta. Luego firmó un acta de defunción para los familiares de una interna fallecida por la tarde, quienes habían venido a retirar el cuerpo.

Poco después, un paciente llamado Miguel Cano, con el que la doctora tenía confianza, llegó desde el Pabellón 7 requiriendo su presencia (aquella noche el conmutador telefónico de la colonia no funcionaba). Ambos recorrieron a pie los 500 metros que separaban la Casa Médica, del Pabellón 7. Los senderos estaban bien iluminados, con luces de mercurio. Cumplida la diligencia, Miguel Cano la acompañó de regreso a la Casa Médica. Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato, fueron las palabras con las que la doctora despidió al interno.

Pasada la medianoche, un enfermero de apellido Novello se cruzó con la doctora Cecilia Giubileo, quién le dijo que venía del pabellón 7 donde había atendido una urticaria gigante. Sus últimos pasos conocidos fueron una charla con otro enfermero y un breve entredicho con la supervisora Nélida Ojuez. Pidió tres cigarrillos para acompañar la velada leyendo, y se retiró a su habitación.

La colonia se despertó al día siguiente, lunes 17 de junio, bajo el mismo manto de neblina de la tarde anterior. Seguía el mal tiempo. Fueron a buscar a la doctora Cecilia Giubileo, pero el dormitorio estaba vacío y la cama sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron sus zapatos marrones con puntera beige. No estaban ni su cartera ni un pequeño bolso que siempre portaba. En el estacionamiento aún estaba el Renault 6 verde claro.

Dos días después, Beatriz Ehlinger, amiga personal de la doctora Cecilia Giubileo, hizo la denuncia policial por averiguación de paradero. El director de la institución, Florencio Eliseo Sánchez, no denunció la desaparición. En cambio, inició a la doctora Cecilia Giubileo un sumario administrativo por abandono de la guardia.

La investigación

La colonia Montes de Oca fue invadida por policías con perros, abogados, periodistas, fotógrafos. Sabuesos adiestrados buscaron en cada centímetro del predio de 270 hectáreas. La policía se internó en túneles, sótanos y altillos abandonados. Se abrieron dos pabellones clausurados, pero no se encontró rastro alguno de la doctora Cecilia Giubileo.

El doctor Marcelo Parrilli, abogado contratado por la familia Giubileo, propuso drenar la inmensa ciénaga del predio, en la que no era infrecuente hallar el cuerpo de algún interno desaparecido. Pero no se hizo, ya que no había fondos para el drenaje. El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Nadie había visto nada. También los pacientes, aquellos lo suficientemente lúcidos para poder expresarse con coherencia, fueron interrogados.

Miguel Cano, el paciente que había ido a buscar a la doctora por un caso de urticaria y la había dejado de vuelta en la Casa Médica, decía haber visto, mientras regresaba al Pabellón 7, el furgón funerario que se llevaba el cuerpo de la paciente fallecida esa noche. Pero también, declaraba, había visto un automóvil negro, con las ventanillas delanteras y traseras cerradas, avanzando hacia la Casa Médica. Sin embargo, la agencia funeraria no sabía nada de ese coche.

Días después, una interna fue encontrada desnuda en una casilla rural, donde había sido violada y abandonada por un grupo de personas. Aseguró haber visto a la doctora atada y golpeada. No se encontró ninguna prueba que respaldara la afirmación de la mujer.

Otro hecho llamativo fue que la doctora había cargado el tanque de su Renault 6 el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron ese lunes por la mañana frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta.

El juez Carlos Gallaso, el primer investigador, no había ordenado precintar la zona ni había dictado medida alguna para preservar pruebas. A escasas horas de la desaparición de Cecilia Giubileo, su habitación en la Casa Médica, donde dormía y pasaba las horas de descanso, fue íntegramente modificada. Un grupo de albañiles pintó las paredes, se cambiaron los muebles de lugar, las pertenencias de la doctora fueron retiradas. Para cuando Beatriz Ehlinger radicó la denuncia sobre la desaparición de su amiga, ya era tarde: algunas evidencias se habían borrado para siempre por obra de la remodelación.

Semanas después, el departamento de la médica, bajo custodia judicial, fue encontrado revuelto y varios de los allegados a Cecilia Giubileo recibieron amenazas anónimas.

En noviembre, una cinta de mala calidad llegó a una comisaría de Luján. En ella, alguien que se presentaba como Cecilia Giubileo pedía que no la buscaran más, que se hallaba en un hermoso lugar, donde había encontrado la paz que tanto había buscado. Se aseguró que se había exiliado en un pueblo limítrofe entre Ecuador y Colombia, que había ingresado en un monasterio, que se había unido a una secta religiosa, que practicaba ciencias esotéricas.

Mientras se peritaba la autenticidad del material, una parapsicóloga decía ver un cuerpo en el fondo de un tanque de agua, idéntico al de la colonia. El tanque fue revisado. Sólo hallaron un gato muerto.

Las hipótesis

Múltiples hipótesis fueron consideradas y sucesivamente descartadas:

1. Algún paciente de la colonia la había atacado. No había la menor señal de que ello hubiera ocurrido. Y de haber sucedido, ¿era plausible que un enfermo mental planeara un crimen con tanta perfección? La hipótesis fue descartada rápidamente.

2. Había sido secuestrada para pedir un rescate. En su casa de la calle Humberto I, Cecilia Giubileo guardaba 3.000 dólares, sus ahorros, en una caja de Maizena. Pero nadie había pedido rescate.

3. Un drama pasional. Pero nada pudo encontrarse que pudiera conducir a explicación alguna. Todos los involucrados e involucradas soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.

4. La hipótesis política. ¿Tenía que ver el tenebroso pasado del país, aún reciente, con la desaparición de la doctora Giubileo? Cecilia había militado en la izquierda en su época de estudiante universitaria. Aunque su ex-marido Pablo Chabrol no registraba antecedentes políticos, dos de sus hermanos habían militado en el ERP. Y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El ex-suegro de Cecilia Giubileo, Pablo Pedro Chabrol, había molestado a los militares con incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos. Había sido detenido y castigado. Pero la hipótesis política no prosperó. No pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Cecilia Giubileo.

Presente

Conforme comenzaron a espaciarse las novedades, el caso Cecilia Giubileo fue perdiendo espacio en los medios.

Veinticinco años después de los acontecimientos, Francisco Merino, novio de Cecilia Giubileo durante ocho años y luego amigo y confidente, recuerda las veces que ella le decía que «el trato a los enfermos mentales es desastroso». Y recuerda la última vez que habló con ella, una semana antes de su desaparición: «Allí me contó que en la colonia habían empezado a perseguirla porque quería denunciar algunas irregularidades. Me dio a entender que a los muchachos les sacaban las córneas y luego los mataban en una caldera. También hablaba de órganos. Estaba muy asustada. Veníamos de la dictadura y yo le dije que no se involucrara en líos, que vivamos tranquilos porque hay organizaciones con las que es muy difícil meterse y al que jode, lo matan.»

Hoy, Merino es camarista de la localidad de San Francisco y se arrepiente de no haberse presentado en aquel momento a declarar. «Lo había pasado muy mal durante el Proceso y sentí mucho miedo de hacerlo», se excusa.

Para Julio Acedo, ex compañero de Cecilia Giubileo y actual referente gremial de ATE Luján, la hipótesis de la red de tráfico de órganos no cierra en absoluto. «Un órgano no es una caja de chicles que se compra en un kiosco. Para un óbito orgánico hacen falta un lugar personalizado, personal especializado y compatibilidad genética. En ningún pabellón de la colonia se puede hablar de órganos, porque sería para tirarlo a los chanchos.»

Marcelo Parrilli, el abogado contratado por la familia de Cecilia Giubileo, coincide, pero sólo parcialmente: «En la colonia no había capacidad quirúrgica, ni médica, ni farmacológica, ni higiénica como para hacer absolutamente nada. Es estúpido decir que había tráfico de órganos ahí. En todo caso, era más probable que hubiera tráfico de personas. Tranquilamente podías llevarte un tipo y, al mejor estilo desarmadero de Warnes, sacarle los órganos adonde a vos se te ocurriera sin que nadie se enterase, ya que cualquier chacarero debía tener más control sobre sus gallinas que el que tenía la colonia sobre sus internos».

Televisión

El ciclo televisivo Sin condena, emitido por Canal 9, llevó el caso a la ficción, en un episodio protagonizado por Silvina Rada.


El misterio Giubileo

Juan Ignacio Provéndola – Pagina12.com.ar

13 de junio de 2010

Es uno de los mayores enigmas de la historia policial argentina. El 16 de junio de 1985, la doctora Cecilia Giubileo tomó su guardia en el hospital psiquiátrico de Luján y nunca más se la vio. Hubo todo tipo de hipótesis, la mayoría absurdas. Salió a la luz la terrible situación de los enfermos mentales internados en esos institutos.

Estaba llena de barro. Los pies, las manos, la cara. Se estaba hundiendo en esa ciénaga pestilente que ocupaba casi veinte de las 266 hectáreas de la Colonia Montes de Oca. Mientras más se esforzaba por salir, más profundo calaba en el inmenso lodazal. Muchos la miraban, pero nadie hacía nada para rescatarla. Quería pedir ayuda, quería gritar antes de que su boca empezara a tragar tierra. De golpe, Cecilia Giubileo se incorpora y la pesadilla por fin acaba. Se había quedado a dormir en lo de su abuela adoptiva, quien la encontró transpirada y palpitante. Nunca imaginó que, esa noche, su nieta del corazón se iba a convertir en el más inexpugnable de los misterios que concibió la historia policial argentina.

Aquel domingo 16 de junio de 1985, la médica Cecilia Giubileo tomó su guardia en la Colonia Montes de Oca, un hospital psiquiátrico para mil enfermos mentales de ambos sexos en Torres, Luján. Su ficha personal indicaba que lo había hecho a las 21.15. Firmó un acta de defunción, recetó un antifebril, charló con algunos internos y acudió a atender de urgencia una urticaria en un pabellón, cuando ya se había retirado a la casa la médica del lugar.

Un paciente con el que tenía confianza la acompañó a campear los 500 metros de oscuridad que la separaban de su albergue ocasional. Había pedido tres cigarrillos para acompañar la vela leyendo, así ninguna emergencia la encontraba dormida. La medianoche se estaba imponiendo y no volvieron a solicitarla hasta el sol del lunes. La casa médica estaba cerrada con llave. Adentro, ya no había nadie.

En la colonia, rápidamente, le iniciaron un sumario interno por abandono de trabajo y aseguraron que Cecilia Giubileo se había retirado por sus propios medios y bajo su voluntad. Difícil saberlo: la hoja de registro del lunes en cuestión fue arrancada y su Renault 6 permanecía en el mismo lugar donde ella lo había dejado estacionado. Por diversos motivos, no hubo otros médicos de guardia esa noche.

Todas las camas (incluso la de Cecilia Giubileo) amanecieron prolijamente tendidas. Los únicos testigos de la quietud inquietante fueron dos zapatos de mujer que desde la mesa de luz vieron, mudos e impotentes, cómo un grupo de albañiles pintaba paredes y corría cosas de lugar. Cuando su amiga personal Beatriz Ehlinger hizo la denuncia policial por averiguación de paradero dos días después, ya era tarde: algunas evidencias se habían borrado para siempre por obra de la inesperada remodelación.

«Esa demora complicó el caso de entrada, porque dificultó luego la recolección de pruebas en el último lugar donde se la vio», dice el ex abogado de la familia Giubileo y actual diputado, Marcelo Parrilli. «El caso se manejó burocráticamente –explica–, esperando que las pruebas llegaran al mostrador. No hubo una ofensiva investigadora. La policía caracterizó que ella se había ido por su propia voluntad y eso evitó haber podido recoger de entrada pruebas que a lo mejor existieron, a lo mejor no, nunca se pudo saber.»

El caso estalló en los medios. Entonces, bajo las órdenes del juez penal del Departamento Judicial de Mercedes, Carlos Galloso, comenzaron a trabajar en la causa la Delegación de Inteligencia y la Brigada de Investigaciones de la misma ciudad, la División Antisecuestros del Puente 12, la División Homicidios y Delitos Graves de Banfield y efectivos policiales de Luján.

La paz rural de un pueblo de 1500 personas sucumbió ante la invasión de policías, fiscales, ovejeros adiestrados y helicópteros que rastrillaban gran parte de las 266 hectáreas de la colonia, escudriñando salones, pastizales, bosques, construcciones abandonadas, pozos ciegos e incluso túneles subterráneos que habían sido concebidos a principios del siglo XX para distribuir calefacción entre los pabellones.

Ante el secreto de sumario, teorías de todo tipo pretendieron calmar la sed de información. Desde la colonia seguían sosteniendo que se había retirado por sus propios medios. Algunos hablaron de una secta en Colombia, otros de un inesperado escape frente al conflicto pasional con una compañera de trabajo.

En el banco, informaron que su cuenta no había registrado movimientos, mientras que la policía encontró en su departamento de Luján una caja de maicena con cuatro mil dólares. El Renault 6, en tanto, permanecía bajo custodia policial. Los que se preguntaban adónde podría ir sin dinero ni vehículo comenzaron a poner la ñata contra el vidrio de la colonia.

El ingreso principal estaba fiscalizado por un guardia que movía la barrera a su arbitrio, siempre y cuando el sueño no lo sorprendiera desparramado en su silla. El inmenso cerco perimetral que encerraba a la colonia ofrecía accesos alternativos en aquellos límites alejados del casco central a los cuales se podía llegar fácilmente desde infrecuentados caminos de tierra.

Aunque su condición de insano viciaba de nulidad toda declaración, el paciente que acompañó a Cecilia Giubileo a la casa médica aquella noche dijo que, mientras regresaba a su pabellón, observó cómo un auto negro avanzaba hacia donde moraba la médica. Una interna, en tanto, fue encontrada desnuda días más tarde en una casilla rural, donde había sido violada y abandonada por un grupo de personas. Aseguraba haber visto a la doctora atada y golpeada, pero no se encontró ninguna prueba.

Semanas después encontraron el departamento de la médica revuelto. Al poco tiempo apareció allí la cartera que tenía la noche final. En ambas oportunidades, la vivienda estaba bajo custodia judicial. La colonia comenzó a recibir algunas visitas sospechosas por las noches y varios de los allegados a Cecilia Giubileo confesaron haber sufrido amenazas anónimas. Entre tanta verborrea, el silencio se hizo oír. ¿Qué es lo que no se podía decir?

Los rumores fueron imprecisos pero igualmente espeluznantes: a falta de información oficial, se impuso la idea de que la médica estaba investigando una supuesta red de tráfico de órganos, córneas y sangre que operaba clandestinamente con los internos, muchos de los cuales eran depositados por familias pobres que jamás los reclamaban o directamente eran derivados desde otros lugares del país sin mayor datos y erraban en la soledad rumbo a una muerte lenta como ignotos NN. Incluso, se dijo que había acopiado frondosos biblioratos que la volvían una persona peligrosa para ciertos intereses espurios.

Un grupo de 40 empleados de Montes de Oca salió a contraatacar a través de un comunicado difundido por el Ministerio de Salud y Acción Social, en el cual dudaban de la buena fe de quienes colocaban a Cecilia Giubileo como la «investigadora de hechos delictuosos sólo existentes en la mente de quien los inventó».

En el Juzgado de Mercedes hicieron saber su fastidio. Muchos estaban más preocupados por anotarse declaraciones estruendosas en los medios que, luego, no se animaban a sustentar en el estrado. Pero el policial negro recargó sus tintas cuando el misticismo comenzó a tomar la posta en noviembre de 1985.

Aunque en principio lo desmintieron, una cinta de mala calidad llegó a una comisaría de Luján. En ella, alguien se presentaba como Cecilia Giubileo y pedía que no la buscaran más porque estaba bien, rodeada de amigos y con la paz que tanto había buscado. Mientras se peritaba infructuosamente el material, una parapsicóloga decía ver un cuerpo en el fondo de un tanque de agua idéntico al de la colonia. Los diestros especialistas que se encargaron de la tarea hallaron un gato muerto.

Parrilli propuso algo más real y también más difícil: drenar la inmensa ciénaga que, de tanto en tanto, escupía algún interno sin vida. «Si supuestamente la mataron en la colonia y querían ocultar su cuerpo, ése era el lugar ideal. Dijeron que no había fondos para el drenaje. Una barbaridad, como también es una barbaridad que exista una ciénaga en un lugar donde hay desplazamiento de gente, más aún en un instituto de salud mental», sostiene el abogado.

Para 1986, la investigación ya estaba en terapia intensiva. «Obtener datos fue muy difícil porque, en general, la gente de la colonia no hablaba», recuerda Parrilli. «Había muchos problemas de corrupción interna, de todo tipo, y se mantenía una suerte de equilibrio biológico en el cual “si me mandás al frente a mí, yo te mando al frente a vos, yo robé esto pero vos aquello, yo le pegué a este interno y vos a aquél, yo violé a esta interna y vos a la otra, cosas así”.»

Y no sólo eso: «Algunos empleados también estaban trastornados. Te daban datos según el humor con el que los agarrabas y, de esa forma, no tenías un punto de referencia en el cual hacer pie. En ese marco fue difícil establecer si las cosas sucedieron por un delito, falta de recursos, desidia, imprudencia o porque alguien quiso que ocurrieran de determinada forma. Todo era posible. Lo más “prolijo” es que la hayan matado esa misma noche y la hayan tirado en la ciénaga. Pero ¿por qué? ¿Quién? ¿Cómo? Imposible saberlo. Nunca pudimos encontrar nada».

«La desaparición fue un tema personal y extrahospitalario», sostiene Julio Acedo, contemporáneo de Giubileo en Montes de Oca y Open Door, quien reproduce una sospecha compartida con varios ex compañeros: «Yo creo que está viva y no sé si en el país».

A Francisco Merino, confidente de Cecilia Giubileo en sus últimos tiempos, le sorprendió el repentino silencio de su familia cuando la causa naufragaba invariablemente: «Tiempo después, vi a uno de sus hermanos y me dijo “yo no sé nada”. No sé qué habrán pensado o si a lo mejor estaban amenazados».

Por falta de pruebas o desidia investigativa, la carátula de la causa se mantuvo invariable por «búsqueda de paradero». En 1995, un periódico de la localidad bonaerense de Colón dijo que en la laguna de Pearson se habían encontrado huesos femeninos que podrían haber pertenecido a Giubileo. Otro enigma indescifrable: la falta de presupuesto impidió las pericias y los exámenes genéticos.

Más de mil personas habían engrosado un expediente de 700 páginas sobre el que ninguno de los jueces que desfilaron por el Juzgado 2 de Mercedes pudo pronunciarse antes de que la prescripción, en 2000, lo archivara definitivamente. Para la estadística, Cecilia Giubileo es apenas una de las 25 personas que en Luján desaparecen anualmente sin dejar rastros. El mismo número de años que, el miércoles, se cumplirán desde su desaparición. Tendría 54 años y toda una vida por delante, de la que sólo quedó un inmenso misterio inalterable al paso del tiempo.


Nadie quiere hablar del fantasma de la doctora Giubileo

Cecilia Di Lodovico – 24con.com

21 de junio de 2010

A 25 años de su enigmática desaparición, aún se preguntan qué pasó aquella nefasta noche que literalmente se borró del planeta.

El otoño oscureció los frondosos árboles que daban la bienvenida al lúgubre escenario y la humedad nocturna desató una niebla temible sobre los pabellones de la Colonia. Lejos, muy lejos del resto de los mortales, los «expulsados» fueron depositados fuera de la vista del buen gusto y las buenas costumbres.

Como todas las noches, esa noche, algunos pacientes deambularon por los caminos de tierra como zombis desorientados. Entre ellos, la doctora caminó desde el pabellón siete, rumbo a la Casa Médica; hubo quien la divisó en su breve recorrida y hasta quien habló con ella, pero, inevitablemente, se perdió en la penumbra y nadie volvió a saber de su paradero. Sencillamente, se esfumó.

Sucedió 25 años atrás, un 16 de junio de 1985, pero la postal se congela en un tiempo que se confunde porque, desde entonces, Montes de Oca –ubicada en Torres, Luján- está atada a un pasado eterno y a una condena que pesa sobre el neuropsiquiátrico, sobre sus pacientes y trabajadores.

Cecilia Giubileo (39) desapareció súbitamente y nunca se encontró su cadáver o se supo con certeza si su destino fue la muerte. Sólo se sabe que nunca llegó a su destino: en la casa médica se encontraron sus pertenencias y su Renault 6 continuó estacionado en el mismo lugar en que su dueña lo había dejado.

Tanto misterio y tantas preguntas sin respuestas dispararon las más disparatadas hipótesis que, sin embargo, dieron luz a las atrocidades que se cometían en ese pueblo de locos. Y, si bien nada se pudo demostrar en cuanto al supuesto tráfico de órganos, sangre y córneas, el director de ese entonces, Florencio Elías Sánchez, resultó detenido por mal desempeño de su función y murió en la cárcel. Tuvo tiempo de escribir sus memorias, El desnudo de la inocencia, un libro al que le dedicó un capítulo entero al caso Cecilia Giubileo.

El mito dice que se suicidó, pero su deceso habría sido fruto de una afección pulmonar. Hasta el último aliento, reclamó su inocencia.

En ese entonces, el diputado porteño Marcelo Parrilli, buceó en la causa tratando de hallar la solución al enigma. No lo logró y aún se siente frustrado: «No entendí nunca porque la familia no quiso seguir investigando», dice defraudado y critica la investigación: «La principal desventaja fue que la denuncia se hizo cuatro días más tarde y hubo algunas fallas en la causa, por ejemplo, nunca se vació la ciénaga», reveló a 24CON.

El letrado se refiere a un espejo de agua que formaba parte del paisaje de la colonia y al que todos apuntaban puesto que se trataba de un lugar obvio donde ocultar un cadáver. «Buscaron de forma superficial, pero no la drenaron porque no había fondos para hacerlo», remarcó el abogado. Lo mismo sucedió con el hallazgo de restos fósiles en 1995, en Colón. Dijeron que el esqueleto coincidía con las características físicas de Cecilia Giubileo, pero no pudieron someterlo a las pericias por ausencia de presupuesto.

Sin embargo, Parrilli desacreditó las versiones periodistas de la época: «La mayoría de las cosas que se dijeron fueron inventadas por la prensa para mantener el caso en el candelero, no existieron. Los hechos verídicos están todos en el expediente» que, dicho sea de paso, fue archivado en 2000 sin ningún resultado óptimo. Todavía duerme en el Juzgado N° 2 de Mercedes y parece poco probable que alguien pueda despertarlo de su letargo.

Una familia extraña

La cabeza se desprendió del resto del cuerpo putrefacto y rodó hasta los pies de los oficiales de policía. El espantoso fin de la macabra medida era encontrar en alguna tumba de la zona vestigios de la mujer desaparecida. Cinco sepulcros fueron invadidos: el descanso de Ángel Guillén, Andrés Fernando López, Roberto Pace, Abel Silvio Velázquez y Mónica Ruiz fue drásticamente interrumpido por los pesquisas que buscaron sin éxito rastros de la doctora en ataúdes enterrados, tal vez pensando en la tendencia de la dictadura militar de esconder los cuerpos de sus víctimas en cementerios bajo la denominación de NN u otro nombre.

Sucede que Cecilia Giubileo había sido una ferviente militante de izquierda en la Universidad de Córdoba, incluso, participó del «Cordobazo». En las filas de la política, conoció a Pablo Chabrol, con quien se casó en 1972. Los novios decidieron probar suerte en España, pero no resultó y la doctora volvió al país para terminar sus estudios.

Su madre, María Lanzetti, era ultra católica y, según Parrilli, padecía de algunos delirios místicos que había heredado, en menor medida, su única hija mujer. «Ella era una persona solidaria y tímida. Quería ayudar a los demás, pero no tenía el perfil de “subversiva”», detalló el diputado.

A Parrilli tampoco le «cierran» las hipótesis porque nada se pudo comprobar por lo que parece inclinarse hacia los rasgos místicos de Giubileo: «Tal vez, desapareció voluntariamente para unirse a alguna religión o secta, respondiendo a sus impulsos».

Sus hermanos, uno seminarista y el otro dedicado a un campo en Luján, como así también su madre, viuda de un policía, no se entusiasmaron con la búsqueda y dejaron todo como estaba, una reacción que le provocó desconcierto y rechazo a Parrilli.

«La encontramos»

Cuando la pala pegó sobre una caja de plomo, envuelto en concreto y ladrillos, todos en Montes de Oca se quedaron atónitos. «Encontramos a Giubileo», pensaron al unísono pero en silencio autoridades, empleados y pacientes a los pies del monolito que marca el punto donde los fundadores de la colonia colocaron la piedra fundamental hace más de 100 años. Corría octubre de 2008 y el fantasma de la mujer desaparecida continuaba firme. Lo cierto es que, en medio de tareas para trasladar el monolito, se toparon con una «cápsula del tiempo» que Domingo Cabred, ideólogo del sistema de hospitales como Montes de Oca y Open Door, había enterrado con objetos de ese tiempo (noviembre de 1908) para ser descubierto en el centenario.

Jorge Rossetto, actual director del nosocomio, reveló la anécdota a 24CON entre risas. «¡Nos pegamos un susto!», confesó.

Ya no es lo que era

A partir del año 20, las nobles intenciones de Cabred se derrumbaron: edificios derruidos, la falta de personal y la superpoblación de pacientes hicieron de Montes de Oca un verdadero escenario para un cuento de terror. Tras años de abandono y desidia, el caso Cecilia Giubileo trajo luz al lugar y fueron denunciados hechos aberrantes que, sin embargo, continuaron ocurriendo, pero en menor medida.

Y, aunque mucho no se note, algunas cosas cambiaron en el «loquero» de Torres»: «Ya no hay superpoblación y son varios los pacientes que son externados. Hoy no ves gente comiendo de la basura o paseando desnuda como antes», explica Rossetto que mandó a pintar los apagados pabellones con vivos colores. Además, hace unos meses dejó de existir la más terrorífica habitación de Montes de Oca, donde 60 pacientes permanecían encerrados sin ropa y sin ningún tipo de higiene personal. «Había materia fecal en el techo», relata un empleado del lugar como anécdota bestial.

Otras cosas también cambiaron: la casa médica, a la que se dirigía Giubileo antes de su desaparición, ya no está destinada al descanso de los profesionales del lugar, sino que en ella reside de forma permanente Bety Ehlinger, amiga personal de Cecilia Giubileo y quien se encargó de hacer la inquietante denuncia por la desaparición. Por otro lado, la enfermera Mabel Tenca, también amiga, tal vez más íntima de la doctora, ya no frecuenta el hospital y descansa en su casa de Luján.

Por otro lado, la ciénaga en la que se pensó que habrían tirado el cuerpo de la cordobesa ya no existe. El sol la secó totalmente.

El altísimo tanque de agua que solía proveer del líquido vital a los habitantes de la colonia no pudo escapar al abandono. El uso de cisternas lo reemplazaron. Testigo mudo de la suerte de Cecilia Giubileo, también fue protagonista del caso cuando, en medio de un gran revuelo, los investigadores encontraron un cadáver flotando en su interior. Una vez más, todos pensaron que el misterio había llegado a su fin. Pero se trataba de un gato muerto.


La Dra. Giubileo

Pablo Ferrazzano – ArchivosPoliciales.blogspot.com

13 de julio de 2009

Otro gran misterio de la historia policial argentina es el caso de la Dra. Cecilia Enriqueta Giubileo, quien desapareció la medianoche del 16 de junio de 1985 y nunca más se supo de ella.

La Dra. Cecilia Giubileo trabajaba desde 1977 en la colonia neuropsiquiátrita Montes de Oca, en Torres, partido de Luján, tenia 39 años.

Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban consignas en las calles de La Docta.

Cecilia Giubileo se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia Giubileo trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad.

En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres. Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su especialidad: «Clínica médica».

La mañana del 17 comenzó como cualquier otra, en el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio? ¿Alguien entró a visitarla?

Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia Giubileo, alarmados, hicieron la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como «búsqueda de paradero». La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: «Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato».

Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora Cecilia Giubileo se había esfumado.

Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo, conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes. Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.

La familia de Cecilia Giubileo, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.

El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes, esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos enfermos? El caso Cecilia Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.

Las conjeturas sobre su desaparición fueron infinitas. Se dijo que había descubierto una red que se dedicaba al tráfico de órganos y que, por eso, la habían secuestrado y asesinado. Que había sido víctima de la venganza de un grupo de tareas de los terribles 70 o de una organización subversiva.

También se aseguró que se había exiliado en un pueblo limítrofe entre Ecuador y Colombia porque se había convertido en miembro de una secta religiosa. Y, por último, que mantenía relaciones con mujeres y practicaba ciencias esotéricas.

Nada de esto se pudo comprobar y el caso terminó impune.

Nunca hubo una sola pista firme para encontrarla. Sí infinidad de preguntas sin responder. El director de la Colonia, Francisco Elías Sánchez, no hizo la denuncia policial por la desaparición de la médica. En cambio, inició un sumario administrativo por el abandono de la guardia.

La Casa Médica fue el último lugar en donde se la vio a Cecilia Giubileo, allí descansaban quienes estaban de guardia. Al otro día de su desaparición (un lunes), en el lugar comenzaron tareas de refacción y pintura de las habitaciones. Muchas pruebas se perdieron para siempre. La hoja del cuaderno donde constaba el último ingreso de la médica a la Colonia fue arrancada. Se robaron una libreta, carpetas y una grabación de la casa de Giubileo. Según sus amigas, eran las pruebas de las sospechosas muertes de los pacientes. Durante la investigación, grupos de encapuchados golpearon e intentaron secuestrar a varios de sus amigos y colegas de la colonia. Entre ellas las enfermeras «Chichita» Realini y Mabel Tenca, las últimas personas que la vieron con vida.

Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.

¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora Cecilia Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.

Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Cecilia Giubileo.

Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían sido visitados por nadie durante el último año, la desorganización, el caos administrativo y la desidia hacían de Open Door un depósito de cobayos.

Las evidencias eran abrumadoras: cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los pacientes solían escaparse. Pero uno de los «huidos» era parapléjico. ¿Por qué la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por quienes nadie protestaría?

Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos.

La conexión de este infierno con la doctora Cecilia Giubileo no tardó en instalarse en la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un turbio mundo ilegal.

Otra gran deuda de la justicia argentina que prescribió en el año 2000 con más dudas que certezas.

 


VÍDEO: CÁMARA DEL CRIMEN – CASO DE LA DOCTORA CECILIA GIUBILEO 1/3

VÍDEO: CÁMARA DEL CRIMEN – CASO DE LA DOCTORA CECILIA GIUBILEO 2/3

VÍDEO: CÁMARA DEL CRIMEN – CASO DE LA DOCTORA CECILIA GIUBILEO 3/3


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