Edward Gein

El carnicero de Plainfield

  • Clasificación: Homicida
  • Características: Necrofilia
  • Número de víctimas: 2 +
  • Periodo de actividad: 1954 / 1957
  • Fecha de detención: 17 de noviembre de 1957
  • Fecha de nacimiento: 27 de agosto de 1906
  • Perfil de las víctimas: Mujeres
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Plainfield, Estados Unidos (Wisconsin)
  • Estado: Murió el 26 de junio de 1984 en el Instituto de Salud Mental de Mendota
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Ed Gein

Brian Lane – Los carniceros

Ninguna parte de su adiestramiento había preparado al ayudante del sheriff para lo que estaba viendo ahora. La experiencia le decía que mantener el orden en el pueblecito de Plainfield, en pleno corazón de las tierras ganaderas de Wisconsin, resultaba muy fácil siempre que mantuvieras la cabeza gacha y te llevaras bien con tus vecinos, y eso era lo que estaba intentando hacer ese día, el 16 de noviembre de 1957.

Los parientes de Bemice Worden, la viuda de cincuenta y ocho años propietaria del almacén de ultramarinos local, habían informado al sheriff de su desaparición, y la desaparición de Bemice era una de las mayores emociones que había conocido toda la historia de Plainfield. El ayudante debía llevar a cabo su trabajo de la forma más efectiva posible y, al mismo tiempo, debía intentar que la respetable superficie de la vida pueblerina no se viera turbada por un número excesivo de ondulaciones. El hijo de la señora Worden le había dado una pista. Había visto cómo la camioneta de Ed Gein se detenía dos veces ante el almacén de la viuda el día en que desapareció, y ésa era la razón de que el ayudante del sheriff hubiera acudido a la granja Gein.

Ed había trabajado la granja con su hermano y su madre, una mujer muy dominante que había ejercido un control absoluto sobre las vidas de sus hijos. Su hermano Henry murió en 1944, y su madre murió al año siguiente. Perder la autoritaria «guía» de su madre hizo que Gein acabara encerrándose en sí mismo: se convirtió en un recluso y dejó que la granja fuese de mal en peor. En resumen, y por usar las mismas palabras que sus vecinos, Ed se había vuelto «un poco raro». Los habitantes de Plainfield no tardarían en descubrir hasta dónde llegaba esa rareza.

Era la segunda visita del ayudante a la granja Gein aquel gélido día de noviembre. Unas horas antes se presentó allí, vio que Ed no estaba en casa y se marchó. Cuando volvió a llamar a la puerta de la granja siguió sin obtener respuesta y, con la curiosidad instintiva que distingue a quienes han optado por su profesión, el ayudante del sheriff decidió echar un vistazo dentro del cobertizo. Allí empezó el horror.

El cuerpo sin cabeza colgaba de las vigas del cobertizo suspendido por los tobillos. Bernice Worden ya no era una persona desaparecida.

Después de la muerte de la señora Gein, Ed empezó a desenterrar cadáveres de cementerios aislados, cadáveres que se llevaba a casa para examinarlos y usarlos en actos de necrofilia y, según sus propias declaraciones, para consumir su carne. Como legado de su canibalismo, Gein tenía una colección de órganos humanos tan numerosa que la nevera parecía un matadero. Posteriormente, los pasajes de su confesión voluntaria en los que hablaba extáticamente del placer sexual que obtenía envolviendo su cuerpo desnudo con la piel de sus víctimas, causarían una auténtica sensación.

Los patólogos estimaron que los restos pertenecían a quince cadáveres distintos.

Y entre todos aquellos horribles recuerdos del crimen, la necrofilia y la antropofagia destacaba la «habitación de mamá», conservada devotamente como un altar en medio de la carnicería. La puerta había permanecido cerrada con llave desde el día de su muerte. Un hecho que no escapó a la atención de los psicólogos era el de que las dos mujeres a las que Gein había asesinado -la señora Worden y Mary Hogan- tenían un fuerte parecido con la señora Gein.

Las autoridades consideraron que Edward Gein no estaba en condiciones de ser sometido a juicio, lo que no sorprenderá a nadie, y Gein acabó internado en el Hospital Central del Estado de Waupon, donde trabajó como albañil, carpintero y celador del hospital. En 1978 fue trasladado al Instituto de Salud Mental Mendota, donde murió el 26 de junio de 1984 a los 77 años de edad, después de haber sido siempre un prisionero modelo.

Posdata

Se dice que Robert Bloch basó su estremecedora novela Psicosis en la historia de Ed Gein, aunque cualquier persona que conozca la novela y el caso real quizá tenga dificultades para identificar al travestido esquizofrénico Norman Bates con el granjero pervertido de Plainfield. En 1960 Alfred Hitchcock transformó la novela de Bloch en una obra maestra del cine gótico. El crítico del New York Times que comentó la película quizá estuviera pensando en los agentes de policía que registraron la granja Gein, pues su advertencia era: «Más vale que tengan un estómago resistente y vayan preparados para recibir un par de sorpresas muy desagradables.»


Ed Gein

Última actualización: 13 de marzo de 2015

Cuando su madre y hermano murieron, Gein quedó completamente solo. Pero, además, no sabía absolutamente nada sobre el sexo o las mujeres. La señora Gein, fanática religiosa, puritana y posesiva, no había preparado a su hijo superviviente para la vida sexual ni, por otro lado, para ningún tipo de vida social normal. En soledad, el granjero desarrolló un interés enfermizo por la anatomía humana y especialmente femenina. Añoraba a su familia y su curiosidad por el sexo, por los cuerpos humanos y por el enigma de la vida y la muerte, se unieron para decidirle a darse varios paseos por el cementerio local. De allí sacaba la materia prima para sus obras de arte, además de órganos internos y partes de los cadáveres que quizá llegaba a devorar.

Aunque como asesino en serie, no fue, ni mucho menos, de los más prolíficos, Ed Gein se convirtió pronto en un personaje popular porque, un poco como en el caso de Albert Fish, lo que más llamaba la morbosa atención del público eran los detalles macabros, perversos y de matiz claramente sexual. El canibalismo, el fetichismo, los orgasmos que Gein alcanzaba cubriendo su cuerpo con la piel curtida de los muertos, el que tuviera la habitación de su madre perfectamente conservada y sin tocar, cerrada con llave desde el día de la muerte de ésta. Se rumoreó incluso que había robado el cuerpo de la señora Gein para tenerla siempre con él, pero no parece que fuera cierto. El respeto maternal que le imponía era superior a sus necesidades necrófilas. Por otro lado -lamento decepcionar a muchos fans-, Ed Gein no era un psicópata, sino un psicótico que sufría alucinaciones y crisis de demencia que no podía evitar. Uno de esos escasos psicóticos que asesinan en serie en lugar de hacerlo de golpe y porrazo. En cualquier caso, el jurado no tuvo dudas al respecto. Edward Gein fue internado primero en el Hospital Central del Estado, en Waupon, y trasladado después, en 1978, al Instituto de Salud Mental de Mendota. Unos años antes, en 1974, un intento de que fuera puesto en libertad fue rechazado por las autoridades. Murió en 1984, en el departamento geriátrico del Instituto de Mendota, tras haber sido un prisionero modelo durante toda su vida. Había destacado, especialmente, como albañil y carpintero experto. Pero sus materiales en el hospital eran muy distintos a los que usaba en la vieja granja de Wisconsin.

Muy poco después del juicio y detención del granjero asesino en 1957, Robert Bloch, un popular escritor de cuentos de horror y humor negro fascinado por personajes como Jack el Destripador, publicaba su novela Psycho, en 1959. Aunque su asesino era un joven travestido que vivía en un motel de carretera, las similitudes con el caso Gein eran claras y voluntarias: la madre posesiva, que el psicópata guarda disecada en el sótano; la afición del asesino a disecar animales; sus alucinaciones esquizofrénicas durante las que se convierte en su propia madre equivalentes a las voces que oía a veces el auténtico Gein y, sobre todo, la naturaleza sexual de sus crímenes, dejaban poco lugar a dudas. El propio Bloch admitió siempre haberse inspirado en el caso para su novela y, cuando un año después, en 1960, Alfred Hitchcock la convirtió en el primer gran éxito del cine de terror que contaba con un psychokiller como protagonista, haciendo de Norman Bates el primer nombre con peso específico en la galería de asesinos en serie cinematográficos, se había alcanzado ya el inevitable punto de fusión y confusión entre arte y realidad, entre crimen y cultura pop. Ed Gein, gracias a Psicosis y a los talentos de Bloch y Alfred Hitchcock, se convirtió en Norman Bates, y su reinado de terror pasó de la triste realidad de un granjero loco de Wisconsin, al brillo siempre glamouroso, hasta en el horror, de Hollywood y sus estrellas. Por otro lado, Ed Gein no dejaría nunca ya de ser fuente de inspiración para el cine de terror: La matanza de Texas, Deranged, Three on a Meathook, incluso El silencio de los corderos, son todos films que han tomado uno u otro aspecto macabro de la historia de Ed Gein para sus ficciones cinematográficas.


Ed Gein

Última actualización: 13 de marzo de 2015

En 1958, un hombre aparentemente inofensivo, asesino de dos mujeres y profanador de tumbas, fue recluido en el manicomio del Estado de Wisconsin.

Sus espeluznantes crímenes conmocionaron América, y proporcionaron a Hitchcock las bases para su ya clásica película de terror, Psicosis.

DESAPARECIDA – «El manitas»

En 1954, la conocida propietaria del bar de una pequeña ciudad desapareció sin dejar rastro. Un extraño individuo del lugar dijo que él sabía donde estaba.

La región central de Wisconsin, camino del Oeste americano, es tan plana y monótona que incluso la guía oficial del Estado dice de ella que es «anodina». Tal y como dicen los lugareños, es «el gran corazón muerto» del Estado, donde granjas aisladas y pueblos pequeños se diseminan a lo largo de desiertas extensiones de tierra. En los años cincuenta la única forma que tenían los granjeros de ganarse la vida era bien cultivando centeno en terrenos arenosos y pedregosos, o bien con unas pocas cabezas de ganado. Cazar y beber cerveza les hacía olvidar el sacrificio de la lucha diaria.

En 1954, en la ciudad de Plainfleld, un conjunto de tiendas y casas de madera, había un bar donde las gentes se reunían a beber llamado «La taberna de Hogan». La propietaria de este antro, Mary Hogan, una mujer de mediana edad, metida en carnes y divorciada dos veces, resultaba un personaje con un pasado más que dudoso.

Algunos decían que estaba relacionada con la Mafia; otros, que había sido una conocida Madame en Chicago y que con el dinero que ganó de esa forma había comprado el negocio. Fuese cierto o no, Mary Hogan producía gran impacto entre los granjeros del lugar, gente muy religiosa y conservadora. Mientras que los hombres se sentían atraídos por el ambiente del local, entre las mujeres existía un rechazo total.

En la tarde del 8 de diciembre de 1954, un frío día de invierno, un granjero del lugar llamado Seymour Lester entró en la taberna a echar un trago. Aunque estaba abierta e iluminada, no había nadie. Empezó a sospechar algo raro al ver que, a pesar de sus llamadas, nadie salía a atenderle. Fue entonces cuando vio una gran mancha de sangre en la puerta que daba a la habitación trasera. Sospechando que algo raro ocurría, salió corriendo a pedir ayuda. El sheriff Harold S. Thompson llegó al instante acompañado de sus ayudantes.

Comprobaron que el lugar estaba vacío y encontraron el coche de Mary Hogan aparcado detrás de la casa, en su sitio habitual. Había un gran reguero de sangre que, ya seca, cubría las tablas de madera del suelo. Parecía que algo había sido arrastrado por ahí. Junto a esto había un cartucho del calibre 32.

Siguiendo el rastro de sangre a través de la puerta trasera llegaron a la zona del aparcamiento de los clientes, donde el sheriff vio unas huellas recientes de un camión que reconoció como las de una furgoneta de reparto. Era evidente: alguien, seguramente Mary Hogan, había sido asesinada y el cuerpo había sido arrastrado hasta un coche que esperaba fuera.

No había ninguna señal de lucha, y no parecía haber ningún motivo para tal crimen. La caja registradora estaba llena y no faltaba nada. Thompson pidió ayuda al laboratorio de investigación criminal del Estado que estaba en Madison, a treinta y siete kilómetros. Pero los exámenes forenses tan sólo confirmaron las conclusiones a las que el sheriff había llegado sobre la forma en que se había cometido el asesinato y no arrojaron ninguna luz sobre el caso. Tampoco lo hicieron las investigaciones que realizaron en Chicago y en las granjas de Pine-Grove y sus alrededores. Mary Hogan había desaparecido.

Las noticias sobre este misterio se propagaron con rapidez y a medida que pasaban las semanas sin que las autoridades encontraran nada nuevo, la pregunta: «¿Qué le pasó a Mary Hogan?», surgía en todas las conversaciones. Aproximadamente un mes después de la desaparición, una conversación de este tipo tenía lugar entre un respetable propietario de un aserradero en Plainfield, Elmo Ueeck, y un hombre pequeño y tímido, «un manitas» que había sido avisado para reparar unas vallas. Su nombre era Edward Gein.

Gein residía desde los siete años en una granja que estaba a tres kilómetros de Plainfield. Rodeado de bosques, campos y pantanos, Gein vivía solo en una casa de madera de dos pisos con forma de L. Se trataba de una persona tímida y retraída. Tras la muerte de su madre en 1945, recibió un subsidio del Gobierno de los Estados Unidos a cambio de dejar la tierra en barbecho. A medida que la tierra se volvía improductiva, Gein empezó a hacer toda clase de trabajos a los vecinos de Plainfleld para ganarse así la vida.

Fue su habilidad en este tipo de trabajos lo que hizo que este hombre pequeño, de complexión débil, y mediana edad, un soltero de pelo rubio y ojos azules, empezase a ser conocido entre las gentes del lugar.

Estas le reconocían como un hombre cumplidor, trabajador y fiable, pero pensaban que era un poco excéntrico.

A pesar de que le conocía desde hacía muchos años, Ueeck no se llevaba muy bien con Gein. Encontraba extremadamente difícil hablar con él. A veces éste escondía la mirada con nerviosismo y comenzaba a reír sin razón como un desequilibrado y en otras ocasiones salía con algún comentario tan extraño e inoportuno que dejaba a la otra persona sin habla.

En esta ocasión, sin embargo, Ueeck no pudo resistir la tentación de provocar a Gein con el asunto de Mary Hogan. A Eddie le ponía enfermo que se hicieran bromas sobre las mujeres, pero el propietario del aserradero le había visto varias veces en la taberna de Hogan sentado solo al fondo del bar, con una jarra de cerveza. Y él y sus amigos se habían dado cuenta de que lo único que hacía era sentarse y quedarse mirando a la propietaria absorto de sus pensamientos y suponían que estaba enamorado, lo cual daba lugar a ciertas bromas.

Ueeck empezó por sugerir que si Gein le hubiera hablado a Mary Hogan de sus intenciones con más claridad, probablemente ella en ese mismo momento estaría en su granja cocinando la cena y esperando a que volviera en vez de haber desaparecido presumiblemente asesinada. Más tarde recordó que «Eddie había puesto los ojos en blanco y había movido la nariz como un perro olfateando su presa», mientras se balanceaba y echaba una de sus conocidas sonrisas.

«No ha desaparecido», dijo Gein después de unos segundos. «Ahora mismo está en la granja.»

Ueeck se encogió de hombros ante lo que parecía ser otro de sus inusuales y bastante patéticos golpes de humor. Y a pesar de que Gein lo repitió varias veces a distintos residentes de Plainfield en las semanas que siguieron, ni uno de ellos le tomó en serio. Era, después de todo, el tipo de comentario que se esperaba de él.

Desaparecidos

Antes del caso Gein hubo ciertas desapariciones inexplicables en Plainfield y sus alrededores.

En mayo de 1947, Georgia Weclder, de ocho años, desapareció en Jefferson después de que un vecino la llevara en coche a su casa. Nunca más se la volvió a ver.

En noviembre de 1962, un granjero llamado Victor “Bunk” Travis desapareció junto con su amigo Ray Burgess de Milwaukee, cuando iban a la caza del ciervo. No se les volvió a ver.

Un año después, Evelyn Hartley, de quince años, desapareció cuando cuidaba los niños de un vecino. La policía encontró señales de pelea y manchas de sangre fuera de la casa. Después de una intensa búsqueda se encontraron algunas ropas manchadas de sangre cerca de una autopista. Sin embargo, nunca encontraron el cuerpo.

La casa encantada

Cuando se produjo la desaparición de Mary Hogan, empezaron a circular rumores entre los niños de Plainfield en el sentido de que la granja de Gein estaba “encantada”. Esos rumores los originó su propio primo, Bob Hill, que decía que en una visita a la granja le había enseñado tres cabezas reducidas. Gein le dijo que se las enviaba un amigo que luchó en Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial.

Pronto los niños se obsesionaron con las historias de “la casa encantada” de Eddie. Sus padres consideraron estos rumores como “cosas de niños”, el producto de una macabra imaginación infantil.

PRIMEROS PASOS – Una infancia desgraciada

La infancia de Gein es la historia de un espíritu inocente reprimido por las exageraciones de una madre que no le quería. A pesar de ello, dependía tanto de ella que cuando murió, el chico fue incapaz de aceptarlo y cerró su habitación convirtiéndola en un santuario. Atrapado por el fantasma de una mecedora, fue siempre incapaz de mantener una relación sana con una mujer.

Augusta Gein dio a luz a su segundo hijo el 27 de agosto de 1906. Había deseado que fuera una niña, la austera educación luterana que había recibido y su matrimonio con un borracho, George Gein, desarrollaron en ella un profundo aborrecimiento hacia los hombres. En 1902 había nacido Henry, el primer fruto de esta unión sin amor. Augusta se prometió a sí misma que su hijo Edward Theodore no sería nunca como esos hombres lascivos y ateos que veía a su alrededor. Desde el primer momento, la vida de Eddie estuvo totalmente dominada por su madre.

Ella llevaba sola el negocio familiar, una frutería en La Crosse, Wisconsin. Su marido se pasaba el día dejándose todo el dinero en los bares del lugar. Ella era partidaria de imponer una disciplina muy dura. Castigaba a sus hijos y era incapaz de ofrecerles el consuelo o el amor de una madre.

En 1913, los Gein comenzaron una nueva vida como granjeros. Después de pasar un año en una granja de vacas a unos veinticuatro kilómetros de La Crosse, finalmente la familia se instaló en un pequeño rancho aislado a las afueras de la ciudad de Plainfleld.

En los primeros dieciséis años de su vida, el único contacto de Gein con la realidad fue el colegio. Pero tan pronto como Eddie encontraba un amigo, su madre se oponía a esta nueva amistad. Todo el mundo suponía ante sus ojos una amenaza para la pureza moral de su hijo. Continuamente citaba las Escrituras recordándole que los hombres eran todos unos pecadores.

Gein dejó de tener contacto con otros niños. Más adelante los que le conocieron le recordaban como un hombre tímido y débil.

También sentía aversión por la sangre y las matanzas, cosas habituales en una comunidad rural donde la caza y la ganadería eran la forma habitual de ganarse la vida. Sin embargo, devoraba los cómics de terror y los libros sobre violencia. Era el único tema que le motivaba a hablar. Aunque a menudo la conversación llegaba a su fin en cuanto hacía uno de sus macabros comentarios.

El padre de Gein murió en 1940. A mediados de los cuarenta el negocio de la familia empezó a ir mal y Eddie y Henry tuvieron que buscar otro trabajo para llevar más dinero a casa. Gein admiraba a su hermano, pero su relación empezó a hacerse más tensa cuando éste le sugirió que esa dependencia respecto a su madre podía ser perjudicial.

En la primavera de 1944, Henry murió en extrañas circunstancias. Él y Eddie habían estado intentando apagar un fuego cerca de su granja cuando se separaron. Sin embargo, Eddie supo conducir a un grupo de hombres exactamente al lugar donde su hermano yacía muerto. Aunque tenía un golpe en la cabeza, se certificó muerte por asfixia.

Poco después de este doloroso suceso, Augusta Gein sufrió un ataque al corazón. Durante doce meses Eddie la cuidó con amor intentando que se restableciese, pero pocas semanas después, en diciembre de 1945, murió.

Con treinta y nueve años, Gein estaba solo en un mundo que apenas comprendía. En cinco años, se refugió en otro, un mundo en el que la frialdad, la violencia y la represión que había sufrido en su infancia se retorcían de forma atroz en su mente.

Bebida y religión

El padre de Ed Gein, George, se quedó huérfano en 1879 cundo sólo tenía cinco años. Fue educado por sus severos y devotos abuelos en una granja cerca de La Crosse. Cuando cumplió veinte años se marchó a la ciudad, donde cambiaba constantemente de trabajo. Empezó a beber y en 1899 se casó.

No era una pareja afortunada. Augusta Gein, que procedía de una estricta familia de inmigrantes alemanes, era una mujer austera y fanáticamente religiosa. Pronto empezó a despreciar a su débil y borracho marido. George reaccionó encerrándose en sí mismo, aunque, a veces, cuando ella le pinchaba, se emborrachaba y le pegaba mientras Eddie y su hermano Henry le miraban sin poder hacer nada.

Después de sufrir estos ataques, Augusta se ponía de rodillas y rezaba. Sus oraciones fueron escuchadas. En 1940 George murió, inválido, a la edad de sesenta y seis años.

EL ASESINATO – Temporada de caza

Tres años después de la desaparición de Mary Hogan, el día en que comenzaba la caza anual del ciervo en Wisconsin, Ed Gein iba de cacería por su cuenta. Su presa no era un ciervo. La víctima era una ciudadana de Plainfield.

Al igual que Mary Hogan, Bernice Worden era una mujer de negocios muy competente, regordeta y de constitución fuerte, de unos cincuenta años. A diferencia de la propietaria del bar, era una devota metodista que disfrutaba de una reputación intachable entre los ciudadanos de Plainfleld.

Bemice se había encargado, como única propietaria, de la ferretería de Worden tras la muerte de su marido en 1931. En los años siguientes, ayudada por su hijo Frank, lo convirtió en un negocio próspero, al que todos los granjeros de la zona acudían a comprar los recambios necesarios para la maquinaria agrícola. En 1956, fue propuesta por el periódico local para el premio de Plainfleld al «ciudadano de la semana», como ciudadana modélica y pequeña empresaria. Bernice Worden en las extrañas ocasiones en las que no estaba trabajando pasaba el tiempo con sus nietos, a los que adoraba.

La mañana del sábado 16 de noviembre de 1957, como todos los días, abrió la tienda. Era el primer día de la temporada de caza del ciervo en Wisconsin, y la mayoría de los hombres de Plainfield, incluyendo a su hijo Frank, habían salido ya hacia los bosques de los alrededores. El resto de la ciudad estaba desierto y la mayoría de las tiendas cerradas, pero Bernice Worden había decidido abrir la suya pensando que podría llegar gente a comprar provisiones.

Poco después de las ocho y media de la mañana, Ed Gein hizo su aparición en la ferretería llevando una jarra de vidrio vacía. Como todos los ciudadanos de Plainfleld, Bernice le tenía por un bobalicón, pero últimamente la había estado molestando, preguntándole sobre los más insignificantes detalles y sin comprar nada. La noche anterior había estado en la tienda para preguntarle el precio de un anticongelante. Luego se quedó ahí parado durante algunos segundos sonriendo estúpidamente antes de desaparecer en la oscuridad.

Pocas semanas antes, Bernice se había quedado muy sorprendida cuando Gein llegó a la tienda y la invitó a ir con él a patinar sobre hielo. Se lo propuso medio en serio medio en broma, dando la sensación de estar muy nervioso. Ella simplemente rechazó la invitación. Sin embargo, se había quedado algo preocupada; le contó el incidente a su hijo y añadió que desde entonces había visto a Gein observándola desde su furgoneta o desde el otro lado de la calle.

Lo que ocurrió con Worden el 16 de noviembre sólo se puede reconstruir con los confusos recuerdos de Gein. Además de Bernice y Gein no había ni un alma a la vista. Parece ser que la señora Worden le llenó la jarra, volvió al mostrador y le hizo la factura. El hombre pagó y se marchó, volviendo poco tiempo después.

Cogió un rifle de caza que estaba expuesto en una esquina y le contó a la señora Worden que estaba pensando cambiar su vieja arma del calibre 22 por una más moderna que pudiera disparar diversos tipos de bala. Ella le dijo que la que tenía en sus manos era una buena compra y continuó con su trabajo.

Cuando se dio la vuelta, Gein sacó una bala de su bolsillo y cargó el rifle mientras simulaba examinarlo. Unos segundos después apuntó y disparó.

Entre las 8,45 y las 9,30 de esa misma mañana, Bemard Muschinski, el encargado de la gasolinera situada un poco más abajo en la acera de enfrente del almacén, vio que el camión de reparto de la señora Worden salía del garaje de detrás del edificio dirigiéndose calle abajo, pero no le dio importancia. Pocas horas después, al pasar por delante de la tienda, le extrañó ver las luces encendidas. La puerta delantera estaba cerrada y dio por hecho que la propietaria había olvidado apagarlas.

El siguiente en ver a Gein fue el dueño del aserradero, Elmo Ueeck. Había cazado un ciervo en las tierras de éste y se disponía a salir apresuradamente de la propiedad con la pieza atada a la parte delantera del coche. Ueeck se sobresaltó al ver el automóvil de Gein que ruidosamente se dirigía hacia él; estaba seguro de que incluso Eddie protestaría por esta caza furtiva en sus tierras. Pero cuando se cruzaron le saludó amistosamente. Posteriormente, Ueeck recordó que Gein conducía más aprisa que de costumbre.

Más tarde, al mediodía, el dueño del aserradero sintió remordimientos y volvió a la granja de Gein para darle una explicación y pedir disculpas. Le encontró quitando las cadenas de las ruedas de su coche, algo que le extrañó, ya que todavía había nieve en la carretera. El propietario de la granja estuvo amable y no le dio ninguna importancia al asunto del ciervo.

Por la tarde, éste recibió otra visita, sus vecinos Bob Hill, un amigo de la juventud, y su hermana Darlene fueron a preguntarle si podía acercarles al pueblo para comprar una nueva batería para el coche. Gein salió a recibirles; tenía las manos manchadas de sangre y les dijo que había estado despedazando un ciervo. Esto le extrañó a Bob Hill, ya que a su amigo siempre le había desagradado este tipo de cosas y más de una vez comentó que se mareaba al ver sangre. Pero Gein dijo que estaría encantado de poder ayudarles y después de volver a la casa para lavarse, cogió el coche y les llevó a la ciudad.

Cuando Gein y sus vecinos volvieron a la frutería de los Hill, estaba oscureciendo y la madre de Bob, Irene, le invitó a cenar. Él aceptó de buena gana sin sospechar que sería la última comida que tomaría antes de ser arrestado.

Poco antes, al atardecer, Frank, el hijo de Bernice Worden se pasó por la gasolinera de Plainfleld, cercana al negocio familiar, después de un fallido día de caza. Quedó muy sorprendido cuando el encargado le dijo que, por la mañana temprano, había visto salir el camión de reparto. Frank esperaba aun encontrar a su madre detrás del mostrador y a punto de cerrar. Los dos hombres comprobaron lo que Muschinski había visto esa mañana, que la puerta estaba cerrada, pero las luces continuaban encendidas, y Worden, que había olvidado su llave, tuvo que volver a su casa para coger una.

Entre otras cosas, Frank Worden era el ayudante del sheriff y, al igual que su madre, una persona tranquila y fiable. Pero cuando abrió la puerta de la tienda y entró, apenas pudo controlarse. La caja registradora que había sido arrancada del mostrador había desaparecido y al fondo de la tienda había un gran charco de sangre.

Frank llamó al sheriff del condado, Art Schley, en Wautoma, a siete kilómetros de allí, y continuó buscando a su madre. Cuando un cuarto de hora más tarde llegaron el sheriff y uno de sus ayudantes, ya tenía una idea de lo que había pasado.

«Ha sido él», les dijo Worden confidencialmente.

«¿Quién?», preguntaron.

«Ed Gein», contestó.

Frank Worden no perdió el tiempo mientras esperaba a Schley y su ayudante. Reprodujo mentalmente la conversación que tuvo con su madre sobre Gein, cómo la había estado mirando, su invitación para salir con él y más recientemente, la noche anterior, cuando entró en la tienda para preguntarle el precio de un anticongelante. También recordó que éste le había preguntado si pensaba ir de caza al día siguiente. ¿Podría ser que el asesino se hubiera estado asegurando de que no había moros en la costa?

Le ratificó su sospecha el libro de contabilidad que encontró junto al charco de sangre, en el que estaba apuntada una venta de anticongelante fechada el 17 de noviembre. El comprador había sido Ed Gein. El sheriff Schley avisó por radio para que le detuvieran y le interrogaran.

Gein, mientras tanto, estaba acabando de cenar con los Hill cuando un vecino irrumpió en la casa con las noticias de la desaparición de Bernice Worden. El único comentario de Eddie fue: «Debe tratarse de alguien con mucha sangre fría.»

Irene Hill recordó más tarde que había bromeado con él diciendo: «¿Cómo te las arreglas para estar siempre por medio cuando alguien desaparece?» Gein simplemente se encogió de hombros y se rió.

Bob le sugirió que debían ir a la ciudad para ver qué pasaba. Gein aceptó de buena gana y los dos hombres salieron al patio cubierto de nieve para coger el coche. En ese momento, el oficial de policía Dan Chase y su ayudante Poke Spees llegaban a la casa de los Hill para detener a Gein.

Los dos agentes habían ido pocos minutos antes a la casa del presunto homicida y la encontraron vacía. Sabían que Bob era uno de los pocos amigos de Ed y pensaron que lo más lógico era buscarle en la tienda de los Hill. El oficial Chase cruzó el patio sonriente y golpeó en la ventanilla del coche de Gein cuando ya se iban.

Le ordenó que bajara del automóvil y le escoltó hasta el coche patrulla para ser interrogado. El policía le preguntó dónde había estado todo el día y qué había hecho. El detenido se lo contó y Chase le pidió que lo repitiera de nuevo, lo que evidenció grandes incoherencias entre las dos versiones. El oficial se mostró extrañado.

«Alguien me ha incriminado» -dijo Gein.

«¿Respecto a qué?» -preguntó Chase.

«Bueno, sobre la señora Worden» -contestó.

«Qué pasa con la señora Worden.»

«Está muerta, ¿no?» -respondió Ed.

«¿Muerta? -exclamó el policía- ¿Cómo sabes que está muerta?»

«Lo oí -dijo Gein-. Me lo dijeron ahí dentro.»

Tan pronto como el sheriff Schley oyó por radio que el principal sospechoso había sido arrestado, se dirigió a la granja de Gein con el capitán Lloyd Schoephoerster de la oficina del sheriff del condado vecino de Green Lake.

La puerta trasera de la cocina cedió con facilidad. Encendiendo sus linternas, los dos hombres pasaron dentro. Art Schley sintió que algo le rozaba en el hombro, y volviéndose instintivamente a ver qué era lanzó un grito de horror.

Ahí, delante de sus ojos, colgando del techo, se hallaba el cuerpo decapitado de una mujer, con un profundo agujero en donde se suponía debía estar el estómago. El sheriff pensó inmediatamente que el cuerpo había sido atado y después despellejado como si se hubiera tratado de un animal.

DEBATE ABIERTO – Fantasías criminales

Las lecturas favoritas de Gein eran las historias que se recreaban en el sexo y la violencia sadomasoquista. En su caso hay claros indicios de los efectos perniciosos derivados de tales lecturas.

Cuando la policía irrumpió en la granja, entre todo aquel horror que les salía al encuentro, también encontraron un montón de revistas pornográficas y libros de terror. Era evidente que todo eso había cobrado vida en el dantesco salón de la casa de Gein. Si esa clase de «literatura» no había sido, directamente al menos, la culpable de dar rienda suelta a sus perversiones, con ellas ahora la policía tenía pruebas suficientes sobre qué clase de fantasías albergaba su mente enferma.

Para empezar, encontraron cajas llenas de cómics con títulos como «Historias de las criptas», 0 «El Panteón del terror» y algunos otros sobre «verdaderas» historias de detectives con ilustraciones de los asesinatos a todo color. Hallaron también revistas pornográficas, incluyendo la War criminals, que contenía ilustraciones de una mujer, bastante ligera de ropa, que azotaba con un látigo a un hombre al que había hecho su prisionero.

En las estanterías se encontraban libros que daban cuenta de las atrocidades cometidas por los nazis; entre ellos estaba el de Irma Grese, una joven oficial de las SS que disfrutaba con el trabajo de conducir a las cámaras de gas a mujeres y niños víctimas de los campos de concentración alemanes. También había libros de aventuras sobre tribus de caníbales y técnicas para reducir cabezas humanas, así como sobre las proezas cometidas por Burke y Hare, dos profanadores de tumbas en el Edimburgo del Siglo XIX.

Sin embargo, el hallazgo más relevante no se encontraba entre todos estos libros y revistas. Sobre las estanterías también había gruesos volúmenes de anatomía. Dentro de uno de estos tomos encontraron un recorte de periódico que detallaba la historia de una persona que se había sometido a una operación de cambio de sexo en los Estados Unidos.

Gein estaba influenciado por estas lecturas, pero no podía imaginar que, después de su condena, su caso iba a servir de inspiración a varios escritores y directores de cine, como la película de Hitchcock Psicosis basada en la novela de Robert Bloch. Otras cintas han tratado este tema mucho más explícitamente.

En 1977, la película dirigida por Tobe Hooper, La matanza de Texas, provocó la protesta generalizada del público, por las perversiones sexuales y la violencia que se mostraban en la pantalla grande. Esta fue el preámbulo de la llegada de las películas de terror, una serie de filmes que ofrecían violencia gratuita, y en las que el guión y los personajes quedaban al margen, en aras de la sed de sangre de unos asesinos sin piedad.

Sed de sangre, Los Carniceros, La Masacre de Meatcleaver, y El Asesino eran películas que se suponía estaban basadas en la historia del «carnicero de Plainfield». Desde finales de los años setenta se han rodado muchas cintas de este estilo, la mayoría de las cuales pueden verse en vídeo y están al alcance de todos los públicos.

El autor de «Psicosis»

Robert Bloch, autor de la novela «Psicosis» sobre la cual Alfred Hitchcock basó la película del mismo nombre, residía, en la época del caso Gein, en la ciudad de Weyauwega, a menos de quince kilómetros al este de Plainfield. Cuando empezaron a llegar noticias sobre los horrendos hallazgos de la granja, Bloch se dio cuenta de que había una historia verdadera mucho más horrible y repugnante que cualquier obra de ficción con la que se hubiera encontrado. La idea de que un hombre pudiera llegar a cometer tales atrocidades por la influencia de una madre hace tiempo muerta, alertó su imaginación y empezó el libro.

Pero lo que más le intrigaba era el hecho de que «un asesino macabro con impulsos perversos pudiera surgir abiertamente en una pequeña comunidad rural, donde todo el mundo se enorgullecía de saber lo que hacían los demás». Después de Ed Gein y de «Psicosís», el medio-oeste americano nunca volvió a ser lo mismo.

EL DESCUBRIMIENTO – La casa de los horrores

Para la policía encargada de la investigación del caso, la granja de Gein era una mezcla de pocilga, carnicería y catacumba; algo así como la guarida de alguien al que difícilmente se podía calificar de ser humano.

Los dos policías necesitaron varios minutos para recuperarse del shock y del horror que acababan de presenciar. Finalmente, Schoephoerster consiguió acercarse al coche y pedir ayuda por radio. A continuación, dándose ánimos mutuamente, los dos hombres decidieron entrar de nuevo en la casa.

El cadáver colgaba de un gancho por el tobillo, y con un alambre le habían sujetado el otro pie a una polea. Habían rajado el cuerpo desde el pecho hasta la base del abdomen, y las tripas brillaban como si las hubieran lavado y limpiado. Estaba decapitado.

Schley sólo había visto una cosa igual en un matadero. Quien quiera que fuera, el sheriff no tenía duda de que se trataba de Berrúce Worden; había sido asesinada y su cadáver dispuesto como si se tratara de una pieza de carne.

Además, seguía siendo difícil de creer que un ser humano pudiera vivir en tales condiciones. Por todas partes se veían montañas de basura y desperdicios entre sucios muebles y utensilios de cocina, junto con ropas harapientas. Cajas de cartón, latas vacías y herramientas oxidadas cubrían el suelo; parecía la guarida de un animal, llena de inmundicia y excrementos.

Con la débil luz de sus linternas, Schley y Schoephoerster descubrieron una serie de revistas de detectives y cómics de terror apiladas en cajas y tiradas por el suelo; un fregadero lleno de arena; chicle pegado en las tazas; una dentadura postiza sobre el mantel. El causante de este terrorífico espectáculo se hacía evidente que era una persona enferma.

Poco tiempo después, la granja quedó rodeada por coches de la policía. Para empezar, rastrearon la casa con la ayuda de linternas y lámparas de petróleo y luego trajeron un generador. Una vez que la casa quedó suficientemente iluminada se puso de manifiesto todo el horror que allí se escondía. Había varios cráneos esparcidos por la cocina, algunos intactos, otros cortados por la mitad y empleados como cuencos. Dos de ellos se utilizaban para equilibrar las patas de la mugrienta cama en la que dormía Gein. Una inspección más detenida reveló que una de las sillas de la cocina estaba hecha con trozos de piel humana. Había también otras cosas horripilantes, pantallas de lámpara, papeleras, un tambor, un brazalete, la funda de un cuchillo afilado, todas ellas «adornadas» con restos humanos.

Pero todavía quedaban cosas peores. Encontraron cajas que contenían restos humanos, cada uno de los cuales, pertenecientes a diferentes cuerpos sin identificar, estaban separados con la habilidad y precisión de un cirujano. También contenían una especie de chaleco hecho con la piel de la parte superior del cuerpo de una mujer, con un cordón que caía por la espalda, y varios pares de «polainas» hechas también con piel humana.

Pero, para los policías que tuvieron que hacer este trabajo de rastreo, lo más horroroso de todo fue descubrir una colección de máscaras mortuorias, se trataba de verdaderas «cabezas reducidas» del tipo que describen las historias más crudas sobre el canibalismo tribal. Había nueve máscaras, cada una con el rostro y el cuero cabelludo de la víctima en cuestión y mantenían el pelo intacto.

Cuatro de estas máscaras estaban colgadas en la pared que rodeaba la cama de Gein, como testigos mudos de sus excentricidades y fantasías nocturnas. Encontraron las otras máscaras metidas en bolsas, en viejas cajas de cartón y en sacos esparcidos allí y en la cocina. A algunas de ellas se les había aplicado aceite para mantener la piel suave, e incluso una mostraba restos de lápiz de labios. Otra, que aunque reducida pudo ser identificada por uno de los policías allí presentes, era la de Mary Hogan, la propietaria del bar que había desaparecido tres años antes.

Ante todos estos atroces descubrimientos, los agentes, expertos forenses y detectives que se encontraban presentes, quedaron mudos. La palidez de sus rostros reflejaba todo el horror del que estaban siendo testigos. Muchos de ellos eran expertos policías con una larga carrera en el servicio; policías que habían presenciado todo tipo de crímenes horribles, pero que, sin embargo, no estaban preparados para afrontar lo que tenían delante: una casa llena de cadáveres, huesos y otros restos humanos. Incluso en el aire helado de una noche de noviembre en Wisconsin, el hedor era absolutamente insoportable. Encontraron el corazón de Bernice Worden dentro de una bolsa de plástico frente a la estufa de la cocina, y sus entrañas, todavía calientes, envueltas en un viejo traje. Pero la policía siguió buscando firmemente, determinada a encontrar las pruebas que aún le faltaban: la cabeza del cadáver que colgaba del gancho.

Detrás de la cocina y del cuartucho en el que dormía Gein se hallaba la planta baja de la casa. La puerta estaba bien tapada, pero lograron quitar los tablones necesarios para poder entrar en la habitación principal.

A la luz de las linternas vieron una habitación perfectamente ordenada y normal, en la que lo único que destacaba era la enorme cantidad de polvo que cubría los muebles y los adornos situados sobre la chimenea. Era un auténtico mausoleo, una tumba que Gein había cerrado y abandonado dejándola tal y como estaba el día en que murió su madre, hacía doce años.

De vuelta a la cocina, el patólogo que estaba intentando identificar los restos de los cadáveres, vio de repente cómo de una vieja bolsa de comida que se hallaba entre la basura en una esquina de la habitación, salía vapor. Cogió la bolsa y al vaciarla encontró lo que todo el mundo había estado buscando.

La cabeza de Bernice Worden estaba cubierta de suciedad; tenía sangre coagulada alrededor de las fosas nasales, pero por lo demás estaba intacta. La expresión de su cara reflejaba tranquilidad, pero los dos policías se quedaron estupefactos al ver que de las dos orejas colgaban dos ganchos unidos entre sí por una cuerda. Era evidente que Gein había intentado colgar en la pared la cabeza de la mujer, junto a los otros trofeos cadavéricos de su habitación.

El rastreo de la granja terminó al anochecer. Descolgaron el cadáver de Bernice Worden y lo pusieron junto con los otros restos humanos encontrados que depositaron en bolsas de plástico. Enviaron las bolsas a la Funeraria de Plainfield a fin de que se realizara el debido examen postmortem. Ninguno de los allí presentes sabía a cuántas personas pertenecían las cabezas y los restos humanos encontrados en ese espantoso lugar, pero estaba claro que, además de Mary Hogan y Bernice Worden había habido muchas más víctimas.

El trabajo de la policía no había acabado: aún existía un interrogante pendiente cuando abandonaron la granja esa noche: ¿A quiénes pertenecían los demás cadáveres?

Un recuerdo imborrable

Uno de los primeros y más inquietantes recuerdos de Gein sobre su infancia era cuando miraba fijamente a través de la puerta del matadero de la tienda de sus padres en La Crosse. Miraba hipnotizado cómo su padre sostenía un cerdo atado mientras su madre, con gran habilidad, le abría la tripa de un navajazo y le sacaba las entrañas con un largo y afilado cuchillo.

Muchas veces, a lo largo de su vida, Gein diría que esta matanza le producía náuseas y que ver sangre le hacía sentirse como si se fuera a desmayar. Incluso cuando la policía le interrogó años después, pudo recordar el incidente de La Crosse con todo lujo de detalles. Veía que su madre llevaba «un delantal largo de cuero salpicado de sangre y barro».

Chistes macabros

Igual que muchos otros crímenes y catástrofes, el caso Gein dio lugar a algún que otro chiste macabro. Se les conocía en Wisconsin como “geiners” (por ejemplo: ¿por qué Eddie ponía tan fuerte la calefacción en su casa? Para que a los muebles no se les pusiera la carne de gallina).

Aunque los habitantes de Plainfield encontraban tales chistes profundamente ofensivos y deprimentes, un psiquiatra llamado George Arndt llegó a la conclusión de que ese humor negro desempeñaba una función necesaria. En un informe científico titulado “Reacciones comunitarias ante un acontecimiento aterrador”, decía que los “geiners” y los chistes similares eran modos que tenía la sociedad de enfrentarse con lo inconcebible, y por esta razón debían ser tolerados.

LA EXHUMACIÓN – Desenterrador de cadáveres

Gein se confesó culpable de una larga serie de crímenes diabólicos. Además de asesinar había desenterrado cadáveres que utilizaba con fines inimaginables. Bajo la nieve, en el cementerio de Plainfield, la policía pudo constatar que las tumbas habían sido profanadas.

Mientras que todas estas investigaciones tenían lugar en su granja, Edward Gein esperaba tranquilamente en la prisión del Estado de Wautoma custodiado por los dos policías que le habían arrestado, Chase y Spees. A las 2,30 de la madrugada del sábado 17 de noviembre, el sheriff Shley regresó del horrible escenario del crimen.

Sin la presencia de un abogado, Gein fue interrogado casi ininterrumpidamente durante las doce horas siguientes. Pero permaneció en silencio. Mientras tanto, el informe de la autopsia inicial realizada a Bernice Worden confirmaba que ésta había muerto como resultado de un disparo de bala del calibre 22.

A la mañana siguiente, lunes 18 de noviembre, Gein rompió su silencio. Declaró que había matado a la señora Worden y después de cargar el cadáver en una furgoneta, lo había llevado a un bosque cercano. Dejó allí la furgoneta, volvió a la ciudad a por su coche y luego había regresado al bosque, donde metió el cadáver en el automóvil y se dirigió a la granja. Allí la ató y la descuartizó.

Todos estos detalles se incluyeron en la declaración del fiscal del distrito, Earl Kileen, y ésta a su vez remitida a la prensa a la mañana siguiente. El fiscal añadió, además, que algunos de los restos humanos encontrados probablemente pertenecían a gente joven, y que, por las mutilaciones que presentaba el cuerpo de la señora Worden, «parecía que se hubiera practicado canibalismo».

En seguida los reporteros acumularon todo tipo de detalles espeluznantes sobre el caso y los mandaron a los periódicos. Las noticias llegaron hasta Chicago. Mientras tanto, el propio Kileen fue a interrogar a Gein, con escaso éxito, ya que declaró que no podía recordar nada sobre el asesinato de Bernice Worden porque en ese momento estaba «aturdido». Más adelante, respondió que pensaba que todo había sido un accidente. «Entonces -le preguntó Kileen- ¿Por qué robaste la caja registradora?» El detenido contestó que quería desmontarla y examinar su mecanismo «para ver cómo funcionaba».

El fiscal quiso saber más detalles sobre lo acaecido con el cadáver. Gein comenzó a describir cómo había atado el cadáver, desangrado en una pila y después enterrado la sangre en un agujero en el suelo.

Cuando Kileen le preguntó si alguna vez había desollado un ciervo, Ed contestó: «Supongo que en ese momento pensaba en eso.»

Luego se le pidió que hiciera una lista completa de todos los cráneos, trozos de piel y otros restos humanos encontrados en su granja. Sin embargo, el acusado, respondió: «Que yo sepa sólo he matado a Bernice Worden». Y, ante el asombro de todos los detectives, comentó que los otros cadáveres los había sacado del cementerio.

Explicó que en los últimos años sentía de vez en cuando la necesidad de profanar tumbas. En muchos casos había conocido a las víctimas en vida y se enteraba de sus muertes leyendo los periódicos. Así que, la misma noche del entierro, se dirigía al cementerio, sacaba el cadáver y rellenaba otra vez la tumba con lo que él llamaba «su pastel de manzana».

Gein confesó que en muchas de estas expediciones nocturnas sentía pánico al acercarse a una tumba, y se volvía a casa. No podía recordar cuántos cadáveres había desenterrado, y una vez más se excusó diciendo que «estaba aturdido». Cuando se le preguntó si alguna vez mantenía algún tipo de relación sexual con los cadáveres robados, algo que estaba en la mente de todos, lo negó con la cabeza y gritó: «¡No, no!» Antes de añadir que «olían muy mal». También negó categóricamente las acusaciones de canibalismo.

El lunes por la tarde, Ed Gein compareció en el juzgado bajo la acusación de robo a mano armada de la caja registradora de la tienda de Worden. La oficina del fiscal del distrito quería posponer los cargos por asesinato hasta que las pruebas forenses finalizaran y el prisionero fuera sometido a un detector de mentiras. Después lo condujeron hasta su granja, donde enseñó a la policía y a un grupo de periodistas que los acompañaban el lugar en donde estaba enterrada la sangre de Bernice Worden.

Esa misma tarde, detectives de La Crosse, su ciudad natal, también le interrogaron sobre la desaparición de una niña de quince años, Evelyn Hartley, ocurrida cuatro años atrás. Los resultados fueron poco concluyentes. Gein también fue interrogado por sheriffs del condado vecino de Portage acerca de Mary Hogan. Ellos ya sabían que se había encontrado su cabeza en la granja. Durante el interrogatorio el acusado se mostró confundido, otras veces callaba, pero finalmente negó conocerla, aunque admitió haber ido a su bar una o dos veces.

Al día siguiente, se le permitió finalmente a la prensa, que para entonces había hecho de la ciudad su lugar de residencia, entrar en la granja de Gein y ver así por sus propios ojos la miseria en la que vivía «el carnicero de Plainfleld».

Aunque ahora conocían la verdad, la imaginación se disparó y toda una serie de historias espeluznantes hizo su aparición en las portadas de los periódicos de todo el país. Algunos sugerían que había, por lo menos, cincuenta cadáveres enterrados en los alrededores de la granja de Gein. Otros decían que proporcionaba carne humana a sus confiados vecinos; y la mayoría relacionó su nombre con todas las desapariciones ocurridas en el Estado de Wisconsin durante los últimos diez años.

Mientras tanto, condujeron al propio Gein al Laboratorio Central del Estado, en Madison, a fin de someterle al detector de mentiras. Durante las nueve horas que duró el interrogatorio, confesó haber llevado puestas las «ropas» que se confeccionaba con piel humana. Confesó también que creía que había matado a Mary Hogan, pero dijo que estaba muy «confundido» y que no podía precisar más detalles. Por lo que respecta a la muerte de Bernice Worden, siguió manteniendo durante el resto de su vida que fue un accidente.

El interrogatorio continuó después con las profanaciones de las tumbas. Si la tierra estaba lo suficientemente blanda, la apartaba con las manos y luego levantaba la tapa del ataúd con una palanca a fin de descubrir el cadáver. Algunas veces sólo les quitaba la cabeza, aserrándoles el cuello y partiéndoles la columna vertebral. En otras ocasiones les arrancaba otras partes del cuerpo. Alguna vez se llevaba el cadáver entero; entonces volvía a colocar el ataúd en su lugar y rellenaba la tumba.

Durante todo el interrogatorio, Gein se mostró tranquilo y dispuesto a cooperar. Describió sus acciones sin aparente remordimiento, y sólo se puso nervioso cuando se le volvió a interrogar sobre las muertes de Mary Hogan y Bernice Worden. Joe Wilimovsky, el hombre encargado de poner en marcha el detector de mentiras, estaba seguro de que todo lo que estaba escuchando era cierto. También él se quedó asombrado por la tranquilidad con que el acusado describía detalladamente la manipulación de los cadáveres.

Finalmente, el fiscal del distrito, Kileen, hizo una declaración en la que decía que Gein sería acusado, «en uno o dos días», de los asesinatos en primer grado de Hogan y Worden, pero que su oficina estaba satisfecha con el hecho de que Edward Gein no hubiera tenido nada que ver con otras desapariciones. Luego informó a los periodistas, para su disgusto, de que el fiscal general del Estado había ordenado que la prensa se mantuviera totalmente al margen del caso.

A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. El jueves 21 de noviembre se permitió de nuevo a la prensa informar sobre el caso, y los periodistas pudieron interrogar a Gein en su celda. Al día siguiente, en la audiencia preliminar, el abogado defensor alegó enajenación mental y el juez envió a Gein al hospital Central del Estado para enfermos mentales, en Waupun, a fin de que se le sometiera a pruebas psicológicas. Ahora el caso se centraba en las profanaciones de tumbas.

Kileen declaró en la audiencia que el acusado le había dado a la policía una lista de las víctimas cuyas tumbas había profanado. Con el permiso de los familiares, las autoridades esperaban poder proceder en la semana siguiente a la exhumación de las tumbas. Una de las personas que figuraban en la lista era una tal Eleanor Adams, que había muerto seis años antes, en 1951.

Pat Danna, el sepulturero del cementerio de Plainfield, insistió en que era imposible que un hombre sólo pudiera hacer lo que Gein había confesado, y que estaba seguro de que ninguna de las tumbas que estaban a su cargo había sido profanada. Entonces cundió la sospecha de que Gein, en sus excursiones nocturnas, había contado con la ayuda de alguien.

El sábado se extendió el rumor de que éste había sido conducido por segunda vez a la granja, para indicar a la policía el lugar en que se hallaban los restos incinerados de Mary Hogan. Excavando en el sitio señalado, encontraron los restos pertenecientes a más de un cadáver, que mandaron a analizar.

El lunes siguiente, la opinión pública exigió que se explicara la procedencia de esos restos humanos, y Kileen ordenó que se abriera la tumba de Eleanor Adams.

Aquel día el cementerio estaba cubierto de hielo, y Danna y su ayudante tuvieron que excavar durante más de una hora. Al ir quitando la arena del féretro se dieron cuenta de que la tapa estaba partida por la mitad. Quitaron las tablas rotas y abrieron el ataúd. Estaba vacío, y junto a la mortaja encontraron una palanca de acero de 30 cm.

Luego, los allí reunidos se dirigieron a otra de las tumbas que figuraba en la lista de Gein. Sólo habían excavado unos pocos metros cuando el sepulturero y su ayudante descubrieron lo que indudablemente eran restos humanos. Abrieron finalmente el ataúd y a nadie le sorprendió encontrarlo vacío. La historia del «Carnicero» se confirmaba. En el caso de la señora Adams había robado el cadáver; en la segunda tumba, aparentemente, sólo se había llevado lo que quería, dejando el resto medio enterrado.

En ese momento, nadie podía imaginar cuántas tumbas fueron profanadas.

El sheriff Schley

El sheriff Art Schley, el hombre que descubrió los espeluznantes secretos de Gein en la granja de Plainfield, sufría de un creciente estrés a medida que el caso se desarrollaba.

La noche en que se halló el cuerpo de Bernice Worden no pudo evitar pegar a Gein en la cárcel del condado. Y cuando regresó a la granja con el detenido, se puso furioso porque tuvo que anular la búsqueda de más pruebas dada la enorme cantidad de reporteros que los seguían y acosaban.

Los problemas entre el sheriff y la prensa llegaron a un punto decisivo cuando Schley trató de limitar el número de periodistas que podían entrevistar al infame «carnicero de Plainfield».

Sólo la intervención del abogado de Gein, William Belter, impidió que éste y los enfurecidos reporteros llegaran a las manos.

Cuando el caso terminó, Schley volvió a ser un simple sheriff de condado. En marzo de 1968, un mes después de haber testificado en el juicio de Gein, murió de un ataque al corazón a la edad de cuarenta y tres años.

La novia de Gein

Después del arresto de Gein, una solterona de Plainfield, de cincuenta años de edad, llamada Adeline Watkins se convirtió en una celebridad de la noche a la mañana por haber dicho que era la novia del asesino. El titular del Milwaukee Journal decía así: «Quiero a ese hombre dulce y amable, aún le quiero, dice la novia del asesino confeso.» La señorita Watkins, decía el reportaje, recibió una proposición de matrimonio por parte de Gein «el último día que pasaron juntos» en febrero de 1955, pero ella le rechazó. En cuanto apareció la historia, la mujer se retractó por completo. Negó incluso haber dicho alguna vez, refiriéndose a Gein, que fuera «dulce».

«Psicosis»

En 1960, dos años después de que la historia de Ed Gein horrorizara al mundo, el maestro del suspense, Alfred Hitchcock, realizó una de sus mejores películas. “Psicosis” cuenta la historia de una mujer que es apuñalada hasta morir mientras tomaba una ducha en un solitario motel. Los principales sospechosos son los propietarios del motel, Norman Bates y su anciana e inválida madre.

Al ir aumentando el clímax de la película se va haciendo claro que Bates y su madre son una sola persona y que él asume su voz, lleva sus ropas y, lo más macabro de todo, continúa cuidando su descompuesto cadáver.

Norman Bates no era el producto de la oscura imaginación de Hitchcook, tampoco del autor Robert Bloch, sobre cuya novela estaba basada la película. Su inspiración fue Edward Gein. Ambos, Gein y Bates, vivían solos en una remota comunidad americana, ambos tenían una apariencia amable y ambos alimentaban una obsesión profundamente arraigada con su madre muerta, que les conducía al asesinato salvaje.

Pocos, si acaso algunos, se dieron cuenta de la conexión entre los dos, porque las hazañas de Gein superaban con creces a las de Bates.

MENTE ASESINA – Doble personalidad

El recuerdo de su madre marcó a Gein para toda su vida. Claramente tenía dos personalidades: una adoraba a su madre y la otra la odiaba profundamente.

El caso de Edward Gein es, desde un punto de vista médico, uno de los más complejos en la historia de la criminología. Voyerismo, fetichismo, travestismo y necrofilia, todos ellos integraban su personalidad.

Sin embargo, a medida que se iba conociendo la verdadera historia se hizo evidente que estas perversiones eran meras manifestaciones de una psicosis profunda, un trastorno mental que tenía sus raíces en la relación anormal que mantenía con su madre.

Cuando los psiquiatras empezaron a considerar las posibles razones de su comportamiento patológico, todos coincidían en que probablemente se hallaban ante un caso de «complejo de Edipo». Suponían que Gein estaba enamorado de su madre y que a raíz de su muerte se obsesionó con la idea de buscar a alguien que la sustituyera.

Fue esto lo que le llevó en un primer momento a mutilar cadáveres con la esperanza de obtener con ello algún tipo de satisfacción.

Los psiquiatras resaltaron el extraordinario parecido entre su madre y las dos mujeres asesinadas (ambas eran mujeres de mediana edad, robustas, trabajadoras y de fuerte personalidad), lo que le condujo a asesinarlas en un último intento de poseerlas.

Sin embargo, los informes psiquiátricos finales señalaban que la teoría del complejo de Edipo no bastaba para explicar su comportamiento, sobre todo a la luz de los más recientes descubrimientos médicos.

Los periódicos publicaron que Edward Gein era un esquizofrénico, un hombre cuya mente se había deteriorado por la confusión creada por sus personalidades en conflicto. La investigación médica sugiere que la esquizofrenia comienza a desarrollarse en la infancia, cuando, ante una situación terrible e insoportable, el niño se crea una nueva o nuevas personalidades con las que poder hacer frente a tal situación. Esto es lo que ocurrió en el caso de Gein, un niño tímido y retraído sometido a la rígida disciplina impuesta por el fanatismo religioso de una madre que no le quería.

De niño, buscaba el amor de su madre, que le era negado una y otra vez. Su madre despreciaba a los hombres y sobre todo a su marido, y él pensaba que si Augusta Gein odiaba a los hombres, entonces también le odiaba a él. Hiciera lo que hiciera, nunca conseguiría agradarla, nunca podría ganarse su amor.

Fue así como en su mente se desarrolló una nueva personalidad que explicaba este lamentable estado de cosas. Había dos Edward; el «Edward dos» nunca sería amado, ni por su madre ni por ninguna otra mujer, porque no era digno de ello. Tan sólo podía adorar a la única persona que toleraba esta indignidad: su madre.

Pero, ¿qué pasaba con el otro Edward, el chico normal y sano cuyo único crimen era buscar un amor que no existía? Ese amor empezó a desvanecerse en el subconsciente de Gein alimentando el odio que sentía hacia la persona que se lo había negado. El «Edward uno» odiaba a su madre.

A medida que transcurrían los años y el chico se iba aislando del mundo, esa adoración ciega y el sentimiento de inadecuación que componían la personalidad del «Edward dos» iban cobrando fuerza con cada reprimenda que recibía de ella. Pero al mismo tiempo, la frustración que sentía su otro yo continuaba hirviendo en su cabeza. Quería amar a las mujeres, sin embargo, no podía evitar identificarlas con su madre, lo cual le impedía mantener una relación normal con ellas.

Tras la muerte de Augusta Gein, su hijo se fue hundiendo en la locura. Sin su madre, razonaba el «Edward dos», ¿Quién quedaba que pudiera quererle? Al mismo tiempo, el «Edward uno» comenzó a tomar fuerza en su subconsciente, sintiendo que había llegado su hora.

Sin otra salida posible para expresar sus deseos de amor, encontró consuelo en el cementerio. En este momento se hallaba fuertemente dominado por su segunda personalidad, así que era «natural» que quisiera buscar a las mujeres que le recordaban a su madre, la única a la que él podía amar. El sexo bien entendido estaba fuera de toda cuestión, así que Gein recurrió al fetichismo y la necrofilia como alternativas a sus necesidades sexuales.

Desgraciadamente, cuando conoció a Mary Hogan y a Bernice Worden, le volvió a inundar el odio provocado por su primera personalidad. Cuanto más se acercaba a ellas, más colérico se volvía. «Estas mujeres son el demonio», se decía a sí mismo, porque una parte de él quería amarlas, pero la otra no podía.

Tal vez no se conozca nunca toda la verdad. Pero sí es cierto que, cuando Edward Gein asesinó a Mary Hogan y a Bernice Worden, verdaderamente a quien estaba asesinando era a su madre.

EL JUICIO – El manicomio

Tras los terribles acontecimientos ocurridos en Plainfield, Gein fue enviado a un hospital para enfermos mentales. Cuando se celebró el juicio, diez años más tarde, Gein fue confinado de por vida en un manicomio, en beneficio suyo y de la sociedad.

El miércoles 27 de noviembre los vecinos de Gein condujeron a la policía hasta un vertedero de su propiedad, a pocos pasos de la granja. Habían visto a Gein por allí muchas veces, pero siempre pensaron que se dedicaba a enterrar basura.

Al excavar allí descubrieron un esqueleto, con un diente de oro, y cuyo cráneo, pensaron, era demasiado grande para ser el de una mujer. Se especuló entonces con la posibilidad de que el cadáver fuera el de Ray Burgess, un granjero del lugar que, algunos años antes, en 1952, había desaparecido, junto con un amigo suyo, cuando ambos iban de caza.

Después de los descubrimientos llevados a cabo durante las dos últimas semanas, la gente de Plainfield estaba convencida de que el monstruo que vivió entre ellos durante tanto tiempo era capaz de cualquier cosa. Sin embargo, los exámenes forenses revelaron que era de una mujer.

Mientras tanto, el acusado era sometido a exhaustivos exámenes psicológicos en el hospital Central del Estado y por segunda vez al detector de mentiras. Se confirmó que Gein sólo había asesinado a Bernice Worden y a Mary Hogan; y que el resto de los cadáveres mutilados que se encontraron procedían del cementerio. Finalmente, admitió haber robado nueve cadáveres, todos ellos de mujeres de mediana edad.

Una vez más, describió con calma lo que había hecho con estos cadáveres. A menudo se paseaba por la granja vestido con las ropas hechas con piel humana. Esto hizo enmudecer a los que le interrogaban. Sin embargo, no comprendía qué tenía de malo mutilar cuerpos sin vida, y parecía estar muy orgulloso de los conocimientos anatómicos adquiridos con estas actividades.

Entre las pruebas psicológicas que se le aplicaron, estaba el estudio de coeficiente intelectual de Wechsler, que reveló que, en muchos aspectos, era «bastante inteligente», incluso por encima de la media, pero que tenía grandes dificultades para expresarse y comunicarse en otros términos más simples. Junto con esto los psicólogos del Hospital establecieron que Gein padecía un trastorno emocional que le llevaba a comportarse en algunas ocasiones de manera irracional, pasando luego por periodos de más calma durante los que sentía remordimientos.

Descubrieron también que su desarrollo sexual y emocional se había producido muy tardíamente por culpa de la represión ejercida por su madre, y que se creó un mundo de extrañas fantasías, en el que sus sentimientos con respecto a las mujeres se confundían con el dolor que sentía por la muerte de su madre y el temor a transgredir su propio y peculiar código moral. Según Gein, Bernice Worden y Mary Hogan «no eran buenas mujeres». No llegó a decir que merecieran la muerte, pero sí que estaban destinadas a morir de forma violenta y que él no era más que el instrumento para realizarlo.

Con respecto a los cadáveres mutilados, Gein confesó que en una ocasión creyó que podría devolver la vida a su madre mediante el cuerpo de otra mujer; y se sintió muy defraudado cuando su plan fracasó.

También comentó que en los años posteriores a la muerte de su madre había sufrido alucinaciones; hablaba de «extraños olores» que seguía percibiendo incluso en el hospital Central del Estado. Cuando le preguntaron qué tipo de olor era aquél, contestó: «Huele a carne humana.»

El 18 de diciembre, los médicos que le habían examinado se reunieron para revisar el caso, bajo la dirección del Dr. Edward F. Schubert, director del hospital. Concluyeron que Gein estaba loco y que por consiguiente no estaba en condiciones de asistir a un juicio. Decidieron que permaneciera en el hospital hasta Navidades y se enviaron los informes de los psicólogos a la oficina del fiscal general.

Gein compareció ante el juez Bunde la mañana del 6 de enero de 1958 y sentado en el banquillo de los acusados escuchó impasible, comiendo chicle, el testimonio de tres expertos psicólogos entre los que se encontraba Schubert. Después de escucharlos, el juez no dudó en aceptar las recomendaciones de los expertos, y Edward Gein fue internado en el manicomio del Estado por tiempo indefinido.

La decisión levantó una oleada de protestas entre los habitantes de Plainfleld, enfurecidos por el hecho de que el hombre que había convertido su ciudad en una pesadilla no iba a ser juzgado. En un intento de aplacar su furia, el fiscal general, Walter Honeck, escribió una carta en la que decía que el internamiento de Gein no excluía automáticamente la posibilidad de un juicio en el futuro y que se le examinaría con regularidad a fin de comprobar si se producía una mejoría en su estado.

En marzo, cuando parecía que las aguas volvían a su cauce, de nuevo se encresparon los ánimos cuando se anunció que todas las propiedades de Gein iban a ser vendidas en pública subasta y que los posibles compradores podrían visitar la granja previo pago de cincuenta centavos, pago necesario para evitar posibles mirones. En vez de pensar que esto les beneficiaría, los habitantes de Plainfield interpretaron que esta subasta, que tendría lugar el 30 de marzo, Domingo de Ramos, suponía una afrenta a sus convicciones religiosas.

Finalmente, la subasta nunca tuvo lugar. La noche del 20 de marzo, un pueblo entero vio cómo la granja de Gein ardía en llamas, lo que muchos vecinos interpretaron como la manifestación de la justicia divina. Entre los allí reunidos estaba Frank, el hijo de Bernice Worden. Nunca se supo qué o quién provocó el incendio y el único comentario de Gein al respecto fue: «Pues vale.»

Pero la historia del «carnicero» aún no había terminado. En mayo de 1960 unos perros que husmeaban por lo que antes había sido la siniestra granja de Gein, descubrieron un montón de huesos humanos: una pelvis y huesos de manos y piernas. Así pues, tras examinar todos los restos encontrados, la cuenta total de las víctimas de Gein ascendía a quince cadáveres, incluyendo los dos de las víctimas asesinadas, Bernice Worden y Mary Hogan.

En su nuevo «hogar», Gein mejoró y fue un prisionero modelo. Se llevaba bien con sus guardianes y, a diferencia de los otros internos, nunca necesitó sedantes. También demostró tener gran habilidad en los trabajos de artesanía de la prisión, y con el pequeño salario que tenía se compró una radio de onda corta, convirtiéndose en una especie de «radioaficionado».

En enero de 1968, el juez del distrito, Robert Gollmar, recibió una carta de las autoridades del hospital en la que decían que, en su opinión, Gein estaba ahora capacitado par asistir al juicio. A pesar de que Gollmar pensó que dicho juicio sería una pérdida de tiempo y dinero, sentía que era su deber responder a las garantías que el fiscal general, Honeck, había dado a lo habitantes de Plainfield. Por tanto, autorizó los procedimientos necesarios para seguir adelante.

Después de un juicio que duró una larga semana, Gein fue encontrado culpable de asesinato, pero se adujo su locura y se le volvió a internar.

El coche de Gein

En una subasta de las propiedades de Gein, un misterioso postor pagó la exhorbitante suma de setecientos sesenta dólares por su ruinoso coche Ford de 1949. La explicación de esta extraña compra se reveló dos meses más tarde en Seymour, Wisconsin. Los visitantes de la feria anual del condado se encontraron con un cartel que decía: «Vea el coche que transportaba los muertos. Está aquí. El coche de los crímenes de Gein.»

Aquellos lo suficientemente curiosos para pagar veinticinco centavos veían el coche de Gein, ahora limpio, con una falsa mancha de sangre en el asiento de atrás. Este rasgo de ingenio de un tal Bunny Gibbons, esta atracción itinerante, fue pronto prohibida por las autoridades.

Imitando a Gein

En 1979, un año después de que Gein fuese trasladado desde el hoy desaparecido hospital Central del Estado al Instituto Mendota, se produjo un crimen atroz en Milwaukee. Una mujer de 86 años, Helen Lows, fue hallada muerta en su habitación. La habían golpeado hasta matarla y posteriormente le arrancaron los ojos y el cuero cabelludo.

Pocas semanas después, un hombre llamado Pervis Smith fue arrestado por el crimen. En 1974 fue admitido como paciente en el hospital Central del Estado, en Madison.

Smith dijo a la policía que mientras estuvo allí hablaba a menudo sobre asesinatos, mutilaciones y mascarillas mortuorias con su mejor amigo, «el pequeño Eddie Gein».

Fechas clave

  • 17-11-57 – Interrogatorio de Gein en la prisión del condado de Wautoma.
  • 18-11-57 – Gein confiesa el asesinato de Bernice Worden y es acusado de robo a mano armada.
  • 19-11-57 – Se somete a Gein a un examen polígrafo.
  • 21-11-57 – Gein, acusado de los asesinatos de Hogan y Worden.
  • 23-11-57 – Los restos de Mary Hogan son hallados en la granja Gein.
  • 25-11-57 – Exhumación de la tumba de Eleanor Adams
  • 27-11-57 – Se encuentran más restos humanos en la granja de Gein.
  • 18-12-57 – Los médicos del Hospital Central del Estado deciden que Gein no está capacitado para ir a juicio.
  • 6-1-58 – Gein, internado definitivamente en el hospital Central del Estado.
  • 20-3-58 – Arde la granja Gein.
  • 5-60 – Los últimos restos humanos encontrados en la granja de Gein.
  • 14-11-68 – Después de un juicio que dura una larga semana, Gein es encontrado culpable de asesinato, pero se aduce su locura y se le vuelve a internar.

Bibliografía

Última actualización: 13 de marzo de 2015

– M. William Balousek: Wisconsin Crimes of the Century (1991).

– Dossier Meurtre núm. 30: Le Boucher de Plainfield, Edward Gein (1991).

– Gilbert Gallerme: Edward Gein, le Psycho (1993).

– Robert Gollmar: Edward Gein (1981).

– Harold Schechter: Deviant (1989).

– Paul Anthony-Woods: Ed Gein. Psycho! (1992).

 


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