Earle Nelson

El Asesino Gorila

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador - Necrofilia - Mutilación
  • Número de víctimas: 22 - 25
  • Periodo de actividad: 1926 - 1927
  • Fecha de detención: 10 de junio de 1927
  • Fecha de nacimiento: 12 de mayo de 1897
  • Perfil de las víctimas: Clara Newman, 60 / Laura E. Beale, 60 / Lillian St Mary, 63 / Anna Russell, 58 / Mary Nesbit, 52 / Beatrice Withers, 35 / Virginia Grant, 59 / Mabel Fluke, ? / Blanche Myers, 48 / Wilhelmina Edmunds, 56 / Florence Monks, ? / Elizabeth Beard, 49 / Bonnie Pace, 23 / Germania Harpin, 28 / El bebé de 8 meses de Germania Harpin / Mary McConnell, 60 / Jenny Randolph, 35 / Minnie May, 53 / Mrs Atorthy, ? / Mary Sietsema, 27 / Lola Cowan, 14 / Emily Paterson, ?
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Varias, Canadá, Estados Unidos (California), Estados Unidos (Illinois), Estados Unidos (Nueva York), Estados Unidos (Oregón), Estados Unidos (Pensilvania), Estados Unidos (Washington)
  • Estado: Ejecutado en la horca en Winnipeg el 13 de enero de 1928
Leer más

Earle Nelson

Última actualización: 1 de mayo de 2015

Este vagabundo acostumbrado a citar versículos de la Biblia mató a muchas propietarias de pensiones. Después de matarlas las tiraba debajo de su cama antes de irse a dormir. Se le conoce por haber cometido 22 asesinatos y es sospechoso de al menos 3 más. Fue detenido y ahorcado en Canadá el 13 de Enero de 1928.

Criminal sexual americano nacido el 12 de mayo de 1897.

Nueve meses después de venir al mundo, moría su madre, de 20 años, a consecuencia de una enfermedad venérea que la había contagiado su esposo. Una fotografía de Nelson a los tres años muestra un niño de boca entreabierta y expresión vaga, claramente anormal.

A los diez era «sosegado y morboso»; por entonces sufrió un accidente: un coche le atropelló causándole una herida en la sien; durante seis días permaneció inconsciente con conmoción cerebral. Desde aquel momento sufría periódicamente fuertes jaquecas y mareos. Hasta el fin de su vida los dolores de cabeza eran tan violentos que no podía permanecer de pie.

Creció al cargo de una tía llamada Mrs. Lilian Fabian, que más tarde declaró ante el tribunal que Nelson, cuando niño, tenía la costumbre de andar a gatas por los suelos y levantar pesadas sillas sosteniéndolas entre sus dientes y que posteriormente adquirió la costumbre de hablar utilizando continuamente expresiones groseras.

El 21 de mayo de 1918 fue acusado de haber asaltado a un niño en un sótano al que había acudido en busca de unas herramientas («Esta era otra de sus costumbres, meterse en todos los sótanos»). Durante el juicio se reveló que había sido eximido del servicio militar por deficiencia mental. Como consecuencia, fue internado en un manicomio.

En los seis meses siguientes escapó tres veces del asilo; tras su tercera huida, ocurrida en diciembre de 1918, estuvo en libertad dos años y medio sin que pudiera ser capturado.

En 1919 contrajo matrimonio. Recluido de nuevo, volvió a escapar en noviembre de 1923. Desde esta fecha hasta 1926 se sabe poco de sus movimientos y de si cometió algún crimen, pero sí con seguridad que entre febrero de 1926 y el día de su captura final fue autor de veintidós asesinatos.

En San Francisco, a fines de febrero de 1926, un muchacho descubrió en un desván el cuerpo estrangulado y asaltado sexualmente de su tía Clara Newman, de 60 años, que pocos días antes de morir había pegado un cartel en su ventana: «Se alquilan habitaciones».

El 2 de marzo fue hallado en las mismas circunstancias el cadáver de Mrs. Laura E. Beale, de San José, también de 60 años. Los periódicos bautizaron al misterioso asesino con el nombre de «el estrangulador negro».

El 10 de junio, una tal Mrs. Lilian St. Mary, de 63 años, fue estrangulada, violada y su cuerpo escondido bajo su cama. El hecho tuvo lugar en San Francisco. Dos semanas después, en Santa Bárbara fue hallado el cadáver de Mrs. George Russell en las mismas condiciones. Dos meses más tarde, Mrs. Mary Nesbit, de Oakland, California, fue estrangulada y violada igualmente.

La policía cometió algunos errores. El 19 de octubre fue descubierto el cadáver de una divorciada de 35 años encerrado en un baúl; la policía atribuyó la muerte a suicidio. Al día siguiente apareció el cuerpo estrangulado de Mrs. Virginia Grant, de 59 años, junto al horno de la cocina de una casa que intentaba alquilar. Su abrigo y algunas joyas habían desaparecido. Esta vez se atribuyó su fallecimiento a causas naturales.

El 21 de octubre, una tal Mrs. Mable Fluke, que como otras víctimas del criminal había puesto un anuncio para alquilar su casa, fue hallada estrangulada en el desván con una bufanda atada fuertemente alrededor del cuello. La policía decidió al fin que, probablemente, se trataba de un asesinato.

Nelson volvió a San Francisco y el 18 de noviembre estrangulaba y violaba a una mujer de 56 años, Mrs. Wílliam Edmunds. Seis días más tarde mataba a su décima víctima, Mrs. Florence Monks, en Seattle. Poco después se trasladaba a Oregon City, donde estranguló a Mrs. Blanche Myers, de 48, cuyo cuerpo fue hallado bajo la cama de una habitación que pretendía alquilar.

La policía decidió utilizar como pista para descubrir la identidad del asesino las joyas que éste había robado a sus víctimas. Tres ancianas que regentaban una pensión de South Portland declararon que un huésped que había dejado su establecimiento el día de la muerte de Mrs. Myers les había vendido poco antes algunas alhajas; éstas resultaron ser las robadas a mistress Monks. La policía de Portland ofreció una recompensa de 2.500 dólares por una información que condujera a la captura del asesino.

Nelson se había trasladado mientras tanto a Council Bluffs, en Iowa, donde estranguló y violó a una mujer de 49 años, Mrs. John E. Beard, dos días antes de Navidad. Cometido el crimen, se dirigió a Kansas City, donde llevó a cabo otros tres asesinatos más: el de Mrs. Bonnie Pace, de 23 años, y el de Mrs. Germania Harpin, de 28, y su hijo de ocho meses, teniendo lugar este último el 27 de diciembre.

Pasaron cuatro meses antes de que «el asesino gorila» (éste era el nombre con que se le conocía ahora) volviese a ocupar las primeras páginas de los periódicos. El 27 de abril de 1927 estranguló a Mrs. Mary McConnell, de 60 años, en Filadelfia.

Desde esta fecha en adelante los crímenes se sucedieron cada vez con más frecuencia. El 30 de mayo estranguló en Buffalo a Mrs. Jenny Randolph, de 35 años. Dos días después cometió en Detroit un doble asesinato, el de Mrs, Minnie May, de 53 años, y su huésped Mrs. Atorthy. El 3 de junio mató y violó en Chicago a Mrs. Mary Sietsema.

Nelson decidió entonces cruzar la frontera del Canadá; este fue su mayor error. El 8 de junio llegó por carretera a Winnipeg, donde vendió todas sus ropas y adquirió un traje nuevo para evitar su identificación. Hecho esto, alquiló una habitación en casa de Mrs. Catherine Hill, en el número 133 de Smith Street, pagando un dólar de depósito y explicando que trabajaba como albañil en un edificio en construcción de St. Boniface, al otro lado del río. Necesitaba un alojamiento retirado y tranquilo porque «era hombre religioso y de altos ideales». Mrs. Hill quedó agradablemente impresionada por su nuevo huésped, aunque le desagradó el hecho de que nunca la mirase directamente a la cara.

Aquel mismo día Nelson asesinó a la hija de 14 años de un matrimonio alojado también en casa de Mrs. Hill, Lola Cowan. Las circunstancias del crimen fueron tan horribles que la policía las guardó en secreto. El cuerpo fue descubierto cuatro días después bajo la cama de un dormitorio desalquilado.

A las seis de la tarde del jueves 9 de junio, cuando William Patterson regresó a su casa del trabajo, encontró que su mujer estaba ausente. Esperó hasta las 10 de la noche y, después de acostar a sus hijos, telefoneó a la policía; al poco rato descubrió que la cerradura de una maleta donde guardaba cierta cantidad de dinero había sido forzada. Decidió rezar mientras esperaba noticias de la policía; cuando se arrodilló para hacerlo descubrió bajo la cama el cadáver golpeado y violado de su esposa. El forense manifestó que la muerte había tenido lugar a las 11 de aquella mañana.

Nelson se dirigió, tras cometer este crimen, a una tienda de ropas de segunda mano, donde vendió algunos trajes que había robado en casa de los Patterson, y después a una barbería, donde el peluquero descubrió sangre seca en su pelo. Más tarde subió a un autobús, en el que trabó conversación con un huterita de la colonia de Pigeon Lake llamado Hofer.

Nelson se mostró muy interesado en conocer las creencias de la secta y ambos se enzarzaron en una larga discusión sobre religión, durante la cual el criminal afirmó ser un buen católico, aunque reconoció beber demasiado algunas veces. Aquel mismo día, en las afueras de la ciudad subió al coche de un desconocido que se ofreció a llevarle hasta el centro, manteniendo con él una discusión sobre la secta de los mennonitas.

El sábado 11 de junio alquiló una habitación en la pensión de una tal Mrs. Rowe; durante algunos minutos permaneció con ésta a solas en la habitación, pero, aparentemente, en aquella ocasión no sintió deseo alguno de cometer un crimen. Este deseo le asaltó pocas horas después, cuando atacó a una muchacha al salir de su nuevo alojamiento. Mrs. Rowe se interpuso y la muchacha pudo huir.

Al día siguiente acudió a un ropavejero para cambiar su sombrero; el dueño del establecimiento concibió algunas sospechas y le hizo varias preguntas. Nelson se asustó y huyó de Winnipeg a toda prisa, abandonando el traje que había comprado.

Un hombre llamado Isadore Silverman, a quien paró en la carretera, se ofreció a llevarle hasta Boissevain; se hicieron amigos y permanecieron por tres noches en el mismo hotel, compartiendo la última la misma habitación.

Al otro día se separaron y Nelson se dirigió a Wapoka, donde caería en manos de la policía. En la oficina de Correos de esta ciudad fue reconocido por un empleado, Leslie Morgan, que le denunció inmediatamente; fue arrestado en la carretera de Wapoka a Bannerman.

Fue recluido en la prisión de Kíllamey, de donde escapó aquella misma noche abriendo la cerradura con una lima de uñas. El distrito entero se movilizó ante la voz de alarma y Nelson, después de haber robado un traje, fue capturado a las doce horas de su -huida.

Fue juzgado en Winnipeg el 1 de noviembre de 1927 acusado de la muerte de Mrs. Patterson; el proceso se prolongó durante cuatro días. Nelson apareció bien vestido y permaneció tranquilo y sereno.

Sólo declararon dos testigos: su tía y su esposa (se había casado en 1911). Esta dijo haber vivido con el acusado durante seis meses solamente; Nelson se mostraba celoso constantemente y no parecía sentir responsabilidad alguna por sus actos, aunque en una ocasión había dado su sangre para una transfusión necesaria para salvarla la vida.

El abogado defensor intentó probar la deficiencia mental del acusado, pero el testimonio de los dos testigos le dificultó la empresa. Sin embargo, era evidente que Nelson era anormal, con especial propensión a sufrir manias persecutorias. Cuando su esposa estaba enferma en el hospital solía negarse a marchar después de la llora de visita, afirmando que aquélla tenía relaciones amorosas con los doctores.

En una ocasión compró un rosario e intentó convencer a su mujer de que su cara era exacta a la de Cristo. A menudo olvidaba lo que estaba haciendo y su mirada quedaba perdida en el espacio. Un día se presentó en el colegio donde trabajaba su esposa vestido de «smoking» para preguntarle si quería acompañarle inmediatamente a un baile; Mrs. Nelson encontró la sugerencia algo extraña, puesto que eran las 12 del mediodía.

Fue declarado culpable y ahorcado en Winnipeg el 13 de enero de 1928. Cuando estaba con la soga al cuello dijo a los espectadores, “soy inocente frente a Dios y a los hombres. Perdono a aquellos que se han equivocado conmigo y pido perdón a los que haya podido injuriar. Dios es misericordioso”.

Hay algunos indicios que hacen suponer que las víctimas de Nelson fueron más de veintidós; por ejemplo, pudo cometer un triple asesinato ocurrido en Newark en 1926, en el que resultaron muertas por estrangulamiento Mrs. Rose Valentine y Mrs. Margaret Stanton; Mrs. Laura Tidor, que acudió en ayuda de aquéllas, falleció a consecuencia de un disparo.

Varías fotografías de Nelson muestran una cara simiesca de frente huidiza labios abultados y mirada extrañamente inexpresivo.

Basado en el libro de L. C. Douthwaite «Mass Murder», John Long, 1928.


Earle Nelson – El monstruo

Última actualización: 1 de mayo de 2015

Earle Nelson nació en 1898 y existe evidencia de que sus padres padecieron alguna enfermedad venérea. El niño era muy peculiar, ya que no aprendió a caminar sino hasta dos años después del periodo normal. Tenía una frente recesiva y brazos largos y poderosos. Sus ojos estaban tan hundidos que daba la impresión de parpadear con recelo frente al mundo. Cuando gateaba más bien parecía un primate que una criatura humana, pero creció y sus tempranas peculiaridades fueron olvidadas casi totalmente por su madre y uno o dos amigos de la familia que lo conocieron en esa época.

En 1926 Earle cometió, o se creyó subsecuentemente que cometió, una serie de asesinatos en San Francisco y después, en ese mismo año, no menos de otros tres asesinatos cometidos en tres días consecutivos, también se le atribuyeron. Los asesinatos tenían la misma marca de violencia y bestialidad. En algunos casos los cuerpos fueron mutilados horriblemente, y en otros muchos las manos y los pies de las víctimas habían sido acomodados en forma muy macabra. La prensa estaba en ascuas ante el horror de estos asesinatos, pero las autoridades continuaron considerándolos como si no tuvieran ninguna conexión uno con otro, y la intercomunicación aun entre las policías de San Francisco y San José ni siquiera existía.

La policía en esta época era tan corrupta que los Estados Unidos se habían convertido en un paraíso de asesinos y un refugio en el que un degenerado despiadado y diabólico como Earle Nelson podía satisfacer su pasión secreta.

Mientras sucedía todo esto, Earle Nelson se las arregló para mantener cuando menos la apariencia exterior de ser un miembro normal de la sociedad. Era, decía él, profundamente religioso y algunos psiquiatras llegaron a pensar que el causante de estas extrañas muertes sexuales consideraba a sus víctimas como sacrificios, que en su mente estaban ligados con la antigua concepción pagana y cristiana de sacrificios para propiciar a los dioses.

Posiblemente el asesino también experimentaba un avasallador sentido de vergüenza y culpabilidad, y las mujeres eran consideradas objetos de sacrificio como expiación por sus pecados o crímenes. Con toda certeza era evidente que el mismo asesino era víctima de una horrible compulsión, y que con todas estas posibles pistas en mente, y tomando en cuenta el patrón claro y marcado de todos aquellos asesinatos, hubiera sido posible dar concepción de su existencia y solamente tenía una ambición: matar, matar, matar.

En este punto Nelson decidió que estaba ya hastiado de matar a mujeres compatriotas, o que, a pesar de la lamentable laxitud de la policía en los Estados Unidos, empezaban a manifestar indignación por aquellos crímenes y, por lo tanto, ya su situación era muy comprometida. La prensa había decidido ligar los asesinatos y añadieron un toque dramático llamando al autor de los mismos “EL GORILA ASESINO”.

El apodo no dejaba de tener su significación pues los gorilas tienen unos brazos muy largos y fuertes, y Earle Nelson se distinguía precisamente por tener esas características, que le habían sido muy útiles para dominar rápidamente a sus víctimas para que no tuvieran oportunidad de escapar o aun de gritar.

El gorila asesino no debió cruzar nunca la frontera hacia Canadá. Desde el día en que puso los pies en el Dominio, su suerte se había consumado, pero aun así se las arregló para perpetrar algunos crímenes horribles antes de que se le capturara.

En Winnipeg, Earle Nelson consiguió alojamiento con una señora de apellido Hill y pidió un cuarto retirado “pues soy muy religioso y necesito estar solo y en paz para meditar”. La señora Hill consideró aquello corno una actitud admirable y le proporcionó justo el cuarto que había pedido Nelson. Pero no todo el tiempo el huésped se dedicaba a la meditación y a los santos pensamientos y a la oración, pues al día siguiente estranguló una vez más en circunstancias de horror indescriptible, a la pequeña de catorce años de edad Lola Cowan, cuyos padres también se hospedaban con la señora Hill.

Tres días después violó y estranguló a Mona Patterson, cuyo cuerpo fue descubierto atado debajo de la cama por su esposo cuando regresó del trabajo. Earle Nelson había empezado un rastro de asesinatos en Canadá similar a la terrible secuencia de crímenes que había perpetrado en los Estados Unidos. Sin embargo, este fue su último asesinato, pues las autoridades canadienses inmediatamente establecieron una relación entre el hecho de que los asesinatos del gorila habían cesado en los Estados Unidos con la comisión de tipos similares de violaciones y asesinatos en Canadá. En seguida se pusieron a buscar al gorila americano que recientemente había cruzado la frontera.

Earle Nelson andaba escaso de dinero para entonces y tuvo que pedir “aventones” a los conductores de carros y carretas de caballos. Así pasó dos días en compañía del agente viajero Isadore Hickman. Un hombre llamado Leslie Morgan pensó que había reconocido a Nelson por unas fotografías publicadas en los Estados Unidos, las cuales fueron enviadas inmediatamente a Winnipeg.

Earle fue arrestado en el camino cerca de Killarney y alojado en la cárcel local, pero esa misma noche escapó y al día siguiente se puso en movimiento la cacería de aquel hombre. Los policías montados también participaron y toda la población se dedicó a tratar de capturar al Gorila. Fue tan grande el terror que inspiró este hombre terrible que todos los hogares creyeron era su sagrado deber salir en defensa de las familias, ayudando a la policía.

Nelson fue recapturado en las veinticuatro horas siguientes y cuando ya estaba rodeado por la policía, se les enfrentó desafiante, con sus largos brazos colgándole hasta las rodillas, lanzando obscenidades en contra de los policías. Pero estaba desarmado y cuatro guardianes del orden lo dominaron. El Gorila estaba enjaulado.

Earle Nelson fue consignado por la muerte de Mona Petterson y, aunque el público estaba horrorizado e indignado por sus crímenes, se le juzgó de manera escrupulosamente equitativa.

El juicio duró una semana y, contrario a lo que se esperaba, el Gorila se presentó inmaculado, bien vestido, y aparentemente en calma, sosegado y perfectamente normal. Era casi imposible creer que este prisionero tan calmado haya sido el hombre que había matado a tantas mujeres en circunstancias tan horribles. Pero las pruebas se iban acumulando -un barbero le lavó algo de sangre qué le había quedado en el cabello- y hubo testigos que identificaron al reo en forma muy estrecha y clara, en su relación con aquel asesinato, como para seguir teniendo dudas.

Por parte de la defensa prestaron su testimonio la madre y una tía de Earle Nelson, y toda su declaración tenía como fin hacer notar el patrón de conducta de Earle desde su infancia, ya que la defensa había optado por la locura en un desesperado intento por salvarlo de la horca. Estas pruebas fueron realmente el punto más importante del juicio. El público ya había condenado a Earle Nelson, pero entonces se presentó una cuestión de la mayor gravedad tanto para el juez como para el jurado. ¿Sabía Earle Nelson lo que estaba haciendo, o si lo sabía era capaz de distinguir entre el bien y el mal? ¿Estaba legalmente loco? Había también otro punto: ¿Sufría Nelson de una compulsión tan obsesiva y avasalladora que era incapaz de resistir la tentación de violar y asesinar? Sin embargo, este era un terreno muy peligroso y se había ya reconocido como una consideración muy relevante en juicios por asesinato en esa época.

Earle Nelson estaba, como dice el refrán, más loco que una cabra, pero los abogados siempre habían insistido en su estrecha definición de locura, según la habían tomado de un famoso caso sucedido en Inglaterra, de un hombre que había tratado de asesinar a la reina Victoria, y al que se declaró culpable pero no cuerdo.

Según órdenes de la reina se cambió la ley y se formuló la definición legal de locura, que insistía en una falta absoluta de albedrío por parte del acusado. Una pasión degenerada no era reconocida en ningún sentido como una rama especial en la esfera de la inestabilidad mental. Aquellos que la padecieran estaban sujetos, como cualquier otro, a las reglas estrictas respecto a la locura legal.

El tribunal canadiense se encontró, pues, explorando un campo de actividad humana que el Derecho había ignorado hasta entonces o que pretendía que no existía. Las desviaciones y las perversiones sexuales eran consideradas como idiosincrasias privadas que no tenían ninguna relación con el crimen. Estas tomaban distintas formas:

Había el ladrón compulsivo. La relación entre el hurto y el sexo está ahora perfectamente establecida en ciertos casos. Está asimismo el incendiario que obtiene su gozo sexual al contemplar las llamas que él ha provocado y que se muestra pasmosamente indiferente a la suerte de todos los inquilinos del edificio en llamas. Hay también el exhibicionista sexual, siendo el más común la muchacha que siente un imperativo de mostrar sus senos, de los cuales siente un orgullo muy especial, y hay un numeroso grupo de personas que coleccionan fetiches sexuales.

Todos estos son casos de satisfacción sexual que se logra no por el acto sexual en sí, sino por medio de una manifestación simbólica del acto sexual. La exposición indecente es otra forma de simbolismo erótico, en el cual se logra un adecuado equivalente del coito por medio del sencillo acto de mostrar el órgano sexual.

Estos últimos tres ejemplos son, formas de perversión comparativamente inofensivos. El ligar el asesinato al acto sexual es infinitamente más horrible, pero es una variación criminal sobre el mismo tema. Llega el gran momento en que la ira y la bestialidad han llegado a su punto máximo y en que la víctima, en alguna forma, tiene que morir. Ya sea por simple sofocación con una almohada o por estrangulación dolorosa con una cuerda, o como resultado de un ataque brutal y rabioso con una arma, o con las manos, el resultado es siempre el mismo. Inmediatamente que termina se presenta una calma impura. El asesino no experimenta un ápice de compasión y esta es una actitud que distingue al psicópata verdadero.

La cuestión se presentó así: ¿Debería considerarse a personas como Earle Nelson criminales en el sentido convencional y aceptado del término? Este tipo de individuos ciertamente cometen actos horribles y criminales, pero esto tal vez no sea la misma cosa. ¿Deberían entonces considerarse como casos mentales que necesitan tratamiento psicoterapéutico? Debería haber un punto de confluencia aquí entre la Ley que insiste en que todos los hombres están claramente locos o evidentemente cuerdos, y los psicólogos y alienistas que están casi seguros de que la frontera entre la cordura y la locura está a menudo empañada, y que los hombres y las mujeres están a veces cuerdos, a veces locos, siendo en ocasiones capaces de ir de un estado a otro pero tal vez no por su propio albedrío.

Que el sadismo no es un vicio sin raíces normales uno lo puede ver al estudiar casos de lo que KraftEbing llama sujeción sexual. El dominado generalmente aceptará cualquier demanda por parte del socio dominador, pero si hay resistencia entonces la tragedia puede explotar en cualquier momento.

No fue sino hasta que Kraft-Ebing escribió su Psychopathia Sexualis que todo este campo de la depravación sexual salió a la luz pública.

La terrible obsesión de Earle Nelson era de que cuando cometía una violación tenía que matar. Algunos emperadores chinos habían seguido la misma práctica, debido en parte a que se decía que ello realzaba el placer del acto sexual, y parcialmente por razones de discreción política.

En 1926 el psiquiatra y el psicólogo todavía no eran reconocidos como lo que son actualmente, y el tribunal canadiense estaba impaciente con los intentos que realizaba la defensa para explicar y excusar los asesinatos de Earle Nelson como prueba de una depravación tan apasionada y obsesiva que no tenía control sobre sus actos y era efectivamente incapaz de formar la intención necesaria para constituir el crimen.

La defensa echó mano de evidencia médica pero no se le tuvo en cuenta. Las declaraciones suministradas por la madre y la tía de Nelson en realidad no ayudaron al caso. Ciertamente podían declarar que siempre había sido Earle un poco raro y hasta anormal. Se sentaba durante horas en la oscuridad jugando con un rosario; tenía lapsos mentales en que olvidaba completamente si era de día o de noche. Creía que su rostro se parecía al de Jesucristo y era inmensamente suspicaz, creyendo que la gente estaba tratando constantemente de perjudicarlo en alguna forma. Todo esto es, por supuesto, síntoma bien conocido de una forma de locura o sea el complejo de persecución.

Por otro lado, había muchas pruebas de que había cubierto su rastro en forma muy astuta. En todos los asesinatos que cometió nadie lo vio jamás en el sitio del crimen, ni aparentemente lo vieron abandonar la escena del asesinato.

En mi subconsciente acecha una débil e incómoda sospecha de que el hombre en el muelle de Winnipeg no era el hombre que había sido el asesino más persistente de la década. ¿Podía creerse que este calmado, aparentemente sensato prisionero era el mismo hombre que se había lanzado a una sádica carnicería de violación y asesinato? Sin embargo, la respuesta debe ser afirmativa pues en una loca obsesión el asesino es casi normal fuera de su degeneración.

Si Earle Nelson fuera acusado actualmente en un tribunal británico, ¿cuál sería el resultado del juicio? No dudo que sería declarado demente. Pero en Winnipeg en 1926 le llevó al jurado sólo media hora para declararlo culpable y se le ahorcó en Winnipeg el 13 de enero de 1928.

Ya sea que el veredicto haya sido justo o injusto, cuando menos se acabó con el terror del Gorila y las mujeres pudieron dormir sin sobresaltos.


Earle Nelson – Víctimas

Última actualización: 1 de mayo de 2015

Víctimas conocidas de Earle Nelson:

  • 20 de febrero de 1926 – Clara Newman, 60 – San Francisco
  • 2 de marzo de 1926 – Laura E. Beale, 60 – San Jose
  • 10 de junio de 1926 – Lillian St Mary, 63 – San Francisco
  • 24 de junio de 1926 – Anna Russell, 58 – Santa Barbara
  • 16 de agosto de 1926 – Mary Nesbit, 52 – Oakland
  • 19 de octubre de 1926 – Beatrice Withers, 35 – Portland
  • 20 de octubre de 1926 – Virginia Grant, 59 – Portland
  • 21 de octubre de 1926 – Mabel Fluke, ? – Portland
  • 15 de noviembre de 1926 – Blanche Myers, 48 – Oregon City
  • 18 de noviembre de 1926 – Wilhelmina Edmunds, 56 – San Francisco
  • 24 de noviembre de 1926 – Florence Monks, ? – Seattle
  • 23 de diciembre de 1926 – Elizabeth Beard, 49 – Council Bluffs
  • ?? de diciembre de 1926 – Bonnie Pace, 23 – Kansas City
  • 28 de diciembre de 1926 – Germania Harpin, 28* – Kansas City
  • 27 de abril de 1927 – Mary McConnell, 60 – Filadelfia
  • 30 de mayo de 1927 – Jenny Randolph, 35 – Buffalo
  • 1 de junio de 1927 – Minnie May, 53 – Detroit
  • 1 de junio de 1927 – Mrs Atorthy, ? – Detroit
  • 3 de junio de 1927 – Mary Sietsema, 27 – Chicago
  • 8 de junio de 1927 – Lola Cowan, 14 – Winnipeg
  • 9 de junio de 1927 – Emily Paterson, ? – Winnipeg

* Nelson también estranguló al bebé de 8 meses de Mrs Harpin.

 


MÁS INFORMACIÓN EN INGLÉS


Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR