Dennis Nilsen

El asesino de Muswell Hill

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Necrofilia
  • Número de víctimas: 15
  • Periodo de actividad: 1978 - 1983
  • Fecha de detención: 9 de febrero de 1983
  • Fecha de nacimiento: 23 de noviembre de 1945
  • Perfil de las víctimas: Chicos jóvenes
  • Método de matar: Estrangulación con ligadura
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Condenado a cadena perpetua en 1983
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Dennis Nilsen

Brian Lane – Los carniceros

Desmembrar un cadáver

El jueves 3 de febrero de 1983 los ocupantes de los pisos del número 23 de Cranley Gardens, en el tranquilo suburbio de Muswell Hills, norte de Londres, descubrieron que sus lavabos no funcionaban correctamente.

La avería ya había logrado derrotar al fontanero local con anterioridad, y la tarde del martes siguiente éste recibió ayuda en la persona de Mike Cattran, de la firma Dino-Rod’s.

El primer trabajo de Cattran fue inspeccionar la fosa séptica que había junto a la casa. Ese tipo de inspecciones nunca resultaban agradables, pero aun así, cuando hubo quitado la tapa Cattran tuvo que admitir que en toda su vida profesional jamás había olido una pestilencia tan increíble. El fontanero dirigió el haz luminoso de su linterna hacia el fondo del agujero, tres metros y medio más abajo, y se llevó la desagradable sorpresa de ver una capa de un líquido blanquecino de apariencia viscosa salpicado por manchitas de algo horriblemente parecido a la sangre. El hombre de Dino-Rod’s bajó al agujero, en contra de lo que le aconsejaban todos sus instintos, y cuando llegó al fondo descubrió trozos de carne putrefacto, algunos de ellos con cabellos aún adheridos a la piel.

La policía realizó una inspección completa de la fosa al día siguiente y encontró más fragmentos de carne y huesos, que fueron extraídos de ella e identificados rápidamente como humanos por los patólogos. Estaba claro que el inspector jefe de detectives Peter Jay tenía un asesinato que resolver.

Entre los residentes del número 23 estaba Dennis Nilsen -«Des», como prefería que le llamaran-, de 37 años, que ocupaba el ático. Cuando Nilsen volvió a casa de su trabajo en el Centro de Empleo de la calle Denmark la tarde del miércoles 8 de febrero, fue recibido por un trío de detectives. Nilsen expresó cierta sorpresa ante el hecho de que la policía se Ínteresara por algo tan mundano como unos desagües atascados, y cuando se le habló de 108 restos que se habían encontrado en la fosa séptica exclamó: «Dios santo, qué horror.»

Y en ese instante el inspector Jay se dejó guiar por una corazonada y replicó con estas palabras: «No me haga perder el tiempo. ¿Dónde está el resto del cadáver?»

Para gran sorpresa del detective, Nilsen respondió sin perder la calma: «Dentro de dos bolsas de plástico en el arrnario. Venga, se lo enseñaré.»

Cuando iban de camino a la comisaría, el detective inspector McCusker se volvió hacia Nilsen en el asiento trasero del coche y, como sin darle importancia, le preguntó si estaban hablando de un cadáver o de dos. Dennis Nilsen alzó los ojos.

-Quince o dieciséis desde 1978: tres en Cranley Gardens y unos trece en mi dirección anterior de la Avenida Melrose, Cricklewood.

Y así empezó la extraordinaria historia del asesino múltiple más prolífico de Gran Bretaña.

Nunca hubo ninguna duda de que Dennis Nilsen era culpable -dictó 30 horas de confesión increíblemente detallada a lo largo de once dias-, pero seguía existiendo la cuestión de cuán culpable era o, mejor dicho, de lo responsable que se le podía llegar a considerar.

Al principio, y después de haber consultado con el abogado Ronald Moss, Nilsen decidió declararse culpable. Aparte de ahorrarle mucho tiempo al tribunal y una gran cantidad de dinero a los contribuyentes, declararse culpable habría sido un acto de misericordia hacia las familias de las víctimas y al mundo en general, librándoles de tener que escuchar los peores excesos de Nilsen en la sala del tribunal.

Pero cuando el caso llegó al Tribunal Número Uno del Old Bailey el 24 de octubre de 1983, Dennis Nilsen había abandonado a su primer representante legal para sustituirlo por el señor Ralph Haeems, el pintoresco campeón de los desheredados, quien le aconsejó que cambiara su alegación inicial por la de «responsabilidad disminuida» debida a un trastomo mental.

El señor Ivan Lawrence abrió su defensa de Nilsen declarando que no tenía intención de probar que su cliente estaba loco, sino que en el momento de cada crimen sufría una anormalidad mental tan grande que era incapaz de formarse el propósito definido de asesinar.

El doctor James MacKeith del Hospital Real de Belén prestó testimonio afirmando que Nilsen tenía graves dificultades para expresar sus emociones y exhibía síntomas de conducta inadaptada. El doctor afirmó que dicha combinación era «letal». El señor Alan Green, acusador de la Corona, se opuso con gran firmeza a esa conclusión; Green recordó al tribunal la forma cuidadosamente calculada en que Nilsen había matado a sus víctimas y dispuesto de sus cuerpos, así como la astucia con que había intentado convencer de su locura contando mentiras de lo más obvio. En otras palabras, según él Nilsen era «un actor condenadamente bueno». Al final el doctor MacKeith no quiso describir la responsabilidad del acusado con la palabra «disminuida», dado que se trataba de una definición legal y no médica.

El segundo psiquiatra llamado como testigo por la defensa, el doctor Patrick Gallwey, intentó que el tribunal aceptara lo que llamó «Yo falso del tipo encontrado en el desorden de personalidad narcisista pseudonormal», pero no tuvo mucho éxito. El concepto resultaba tan incómodo de utilizar como el nombre, y abreviarlo a «Síndrome del yo falso» no aclaró mucho las cosas.

Cuando la defensa hubo terminado de exponer su caso, la Corona, tal y como es costumbre en las alegaciones de «responsabilidad disrninuida», obtuvo penniso para hacer subir al estrado de los testigos a su propio psiquiatra «refutador» para que contradijera el testimonio experto prestado por Gallwey y MacKeith. El doctor Paul Bowden empezó declarándose incapaz de encontrar ninguna anormalidad mental tal y como era descrita en el Acta de Homicidios (El Acta de Homicidios de 1957 dice: “Una persona que mata o toma parte en el asesinato de otra no será acusada de asesinato si sufría una anormalidad mental (tanto si es resultado de un desarrollo detenido o retrasado como si es fruto de cualquier causa inherente o inducida por enfermedad o lesión) capaz de alterar sustancialmente su responsabilidad mental por las omisiones y actos cometidos en el asesinato o en su participación”), y siguió diciendo que, en su opinión, Dennis Nilsen sencillamente quería matar personas, lo cual era lamentable, desde luego, pero no tenía ninguna excusa en el aspecto psicológico: «Según mi experiencia, la inmensa mayoría de asesinos consideran a sus víctimas como objetos, pues de lo contrario les sería imposible matarlas.»

En cuanto al magistrado, el señor Croom-Johnson, su resumen de las evidencias médicas dejó bien claro que para él Nilsen no estaba loco, sino que era un asesino de la peor especie: «Existen personas malvadas que cometen actos malvados. El asesinato es uno de ellos». El juez también añadió que «el tener defectos morales no excusa a Nilsen. Una naturaleza desagradable no debe identificarse con un desarrollo mental detenido o retrasado.»

Así pues, y aunque el testimonio de los psiquiatras mantuvo ocupado al tribunal durante casi toda una semana, el debate terminó de una forma tan confusa y carente de una resolución clara como había empezado. La tarea de decidir si el acusado estaba cuerdo o no acabó recayendo sobre los miembros del jurado. Después de 24 horas de deliberación el jurado decidió que Dennis Nilsen estaba cuerdo y era culpable de seis asesinatos y dos intentos de asesinato: la decisión fue tomada por mayoría de 10 votos afirmativos contra 2 negativos.

Nilsen fue sentenciado a cadena perpetua, y el juez Croom-Johnson recomendó que su estancia en la cárcel no fuese inferior a 25 años. Nilsen acepta esta sentencia y la verdad es que no espera ser liberado. En 1984 fue transferido de Wormwood Scrubs a la prisión de Wakefield, Yorkshire, donde sigue en el día de hoy.

Posdata

Desde que las noticias sobre el caso Nilsen ocuparon las primeras páginas de la prensa mundial en febrero de 1983 se han escrito millones de palabras sobre Dennis Nilsen. Las que muestran más profundidad y comprensión se encuentran en la excelente y varias veces galardonada Killing for Company de Brian Masters (Cape, Londres, 1985).

Masters entró en contacto con Nilsen cuando éste se hallaba en la prisión de Brixton y le pidió su cooperación para escribir un estudio sobre el caso. Nilsen accedió, y entre los dos acabó desarrollándose lo que Masters describió como «una confianza que nos permitió hablar sobre su pasado y sus crímenes con la más completa franqueza imaginable.»

Nilsen resultó ser no sólo un hombre inteligente y sensible que sabía expresarse con gran claridad, sino que también demostró ser capaz de examinarse a sí mismo de una forma muy intensa. Durante su estancia en prisión ha producido la asombrosa cifra de 50 volúmenes de su diario, en los que se observa a sí mismo y a sus crímenes recordando y describiendo detalles con una aterradora claridad. Leerlo nos impulsa a aceptar la opinión del doctor Bowen y de Alan Green: la meticulosidad con que cometió los crímenes y dispuso de los cuerpos hace bastante difícil sostener una alegación de responsabilidad disminuida:

Llené un cuenco con agua, cogí un cuchillo de cocina, unos cuantos pañuelos de papel y varias bolsas de plástico. Tuve que tomarme un par de copas antes de poder empezar a ocuparme del cadáver. Le quité la chaqueta y la ropa interior. Separé la cabeza del cuerpo con el cuchillo. Apenas brotó sangre. Puse la cabeza en el fregadero de la cocina, la lavé y la metí en una bolsa de la compra. Después le corté las manos y los pies. Los lavé en el fregadero y los sequé…


Dennis Nilsen

Última actualización: 16 de marzo de 2015

El asesino múltiple más infame de Inglaterra era un tímido y retraído funcionario del Estado que vivía una vida tranquila en un barrio del norte de Londres. ¿Qué hizo que este hombre, desesperadamente solo, cometiera crímenes tan espantosos que harán que probablemente nunca vuelva a ser libre?

LA DETENCIÓN – Pesadilla en el barrio

Una tarde de invierno de 1983, un descubrimiento casual en los desagües de una casa del norte de Londres puso fin a cinco años de asesinatos. ¿Quiénes habían sido asesinados y cómo? A estas preguntas sólo podía responder el asesino.

Los desagües de Cranley Gardens número 23 habían estado obstruidos durante cinco días cuando Dynorod mandó a un miembro de su equipo, Michael Cattran, a investigar. Llegó a la casa en Musweh Hill, un barrio del norte de Londres, a las 6.15 de la tarde, el martes 8 de febrero de 1983.

Jim Allcock, uno de los inquilinos de la casa, le dejó entran Cattran se dio cuenta rápidamente de que el problema estaba fuera de la casa, por eso él y Allcock se dirigieron hacia la alcantarilla y levantaron la cubierta del pozo de inspección que conducía a la misma. Había una bajada de aproximadamente 364 metros con travesaños de hierro. Allcock encendió una linterna mientras Cattran descendía.

En el fondo encontró un grueso «puré» pegajoso hecho de aproximadamente cuarenta trozos de una sustancia blanco-grisácea. El olor era nauseabundo. Al seguir avanzando, caía más de la cañería que salía de la casa. Cattran dijo a los inquilinos que los desagües tendrían que ser examinados de nuevo a la luz del día. Cuando llamó a su jefe le dijo que pensaba que la sustancia podría ser carne humana.

A las 9.15 de la mañana siguiente Cattran volvió a la casa con su jefe y fueron directamente al pozo de inspección. Para su asombro, el «puré» había desaparecido totalmente. Sabía que por mucha cantidad de agua de lluvia que hubiera caído no podría haberlo desalojado y también notó que la llave de la cubierta del pozo apuntaba en una dirección diferente.

Cattran metió la mano en una cañería y sacó algunos pedazos de carne y cuatro pequeños huesos. Fiona Bridges, otra inquilina, les dijo que ella y Jim Allcock habían oído pisadas durante la noche y sospecharon que el hombre del piso del ático había estado en el pozo. Decidieron llamar a la policía.

El detective jefe, inspector Peter Jay, llegó a las 11 de la mañana. Inmediatamente llevó lo que parecían restos humanos al depósito de cadáveres de Hornsey para conocer su opinión, y luego al hospital de Charing Cross para ser examinados por David Bowen, catedrático de medicina forense en la Universidad de Londres y especialista en patología. Bowen confirmó que la carne era tejido humano, probablemente del cuello, y que los huesos eran de la mano de un hombre.

Peter Jay pronto descubrió que el ocupante del piso del ático era Dennis Andrew Nilsen, un director ejecutivo de la Oficina de Empleo de Kentish Town. Vivía solo en el piso con una perra mestiza llamada Bleep y raramente hablaba con los otros inquilinos.

Nilsen salió a trabajar a las 8.30 esa mañana, después de sacar a Bleep de paseo. Jay volvió a la casa con el detective inspector McCusker y el detective policía Butler, y esperaron a que Nilsen volviese a casa.

A las 5,40 de la tarde, Dennis Nilsen regresó a casa. Peter Jay se presentó a sí mismo diciendo que había venido por el asunto de los desagües. Nilsen contestó que era extraño que la policía se interesara en desagües y le preguntó si los otros dos hombres eran inspectores de Sanidad. Jay dijo que eran inspectores de policía.

Los cuatro hombres subieron al piso de Nilsen y entraron en la habitación del fonfo, donde Jay reveló que los desagües contenían restos humanos. “¡Cielo Santo!” -exclamó Nilsen- “¡qué horror!”. El inspector jefe le dijo que dejase de lamentarse y le preguntó: “¿Dónde está el resto del cuerpo?”

Hubo una pequeña pausa antes de que Nilsen contestase: «en dos bolsas de plástico en el armario de la otra habitación. Se lo mostraré.» En la habitación Nfisen le señaló el armario ofreciendo sus llaves. El olor abrumador era confirmación suficiente. Jay declinó abrir el armario justo en ese momento, pero preguntó si había algo más. «Es una larga historia» -replicó. «Se remonta a mucho tiempo atrás. Les diré todo. Quiero desahogarme, no aquí, sino en la comisaría.»

Peter Jay le leyó sus derechos y le arrestó como sospechoso de asesinato. Quiénes habían sido asesinados, nadie lo sabía con exactitud.

Jay y McCusker llevaron a Nilsen en coche a la comisaría de Homsey. McCusker se sentó cerca de él en la parte de atrás del coche. Los dos policías tenían una sospecha que les preocupaba. McCusker fue el primero en preguntar: «¿Estamos hablando de un cuerpo o de dos?».

«Quince o dieciséis» -dijo Nilsen-, «desde 1978».

En la habitación de la comisaría de Hornsey, Jay estuvo brusco. «Vamos a aclarar esto», dijo, «¿nos está diciendo que desde 1978 usted ha matado a dieciséis personas?».

«Sí», contestó el detenido. «Tres en Cranley Gardens y unos trece en mi anterior dirección, Melrose Avenue, 195, Cricklewood”. No mostraba ninguna emoción mientras hablaba.

Aquella tarde el detective superintendente Chambers acompañó a Peter Jay y al profesor Bowen al piso de Nilsen, donde abrieron el armario y sacaron dos grandes bolsas de plástico. Las llevaron al depósito de cadáveres de Homsey donde Bowen las abrió y realizó un examen de su contenido.

En una de las bolsas encontró cuatro más pequeñas. La primera contenía el lado izquierdo del pecho de un hombre, incluyendo el brazo. La segunda el lado derecho del pecho y un brazo. La tercera un torso sin brazos, piernas y cabeza. Y la cuarta una mezcla de desechos humanos. Las bolsas habían estado, evidentemente, cerradas por algún tiempo, y el hedor que desprendían apenas era soportable.

En la segunda bolsa negra, Bowen descubrió dos cabezas y otro torso, con los brazos unidos a él, pero sin las manos. Una cabeza tenía la carne consumida, la otra retenía bastante de la carne y algo de pelo detrás, aunque el de delante y los labios habían desaparecido. Había sido recientemente sometida a «un calor húmedo». De hecho, aunque la policía no lo sabía aún, Nilsen había cortado la cabeza del cuerpo sólo cuatro s antes y la había puesto a hervir en una cazuela sobre un hornillo de la cocina.

La cabeza había pertenecido a Stephen Sinclair, un joven drogadicto y proscrito social que Nilsen había conocido el 26 de enero de 1983, y había matado esa misma tarde. Identificó a su víctima en los primeros momentos de una conversación con la policía que iba a durar un total de 30 horas a lo largo de los siguientes días. Les dijo que el piso contenía los restos de tres hombres. Al segundo lo llamaba John «el Guardia», y al tercero no le dio nombre.

Nilsen sugirió a la policía que mirase dentro del armario en la esquina de su habitación principal y debajo de un cajón en el baño. El baño contenía las piernas y la pelvis de Sinclair. En el armario había otro torso, un cráneo, huesos y bolas de naftafina y ambientadores. Con todos estos restos humanos era posible para la Policía comenzar la siniestra tarea de ensamblar los pedazos de Stephen Sinclair en el depósito de cadáveres.

El once de febrero, Nilsen fue con Jay y Chambers al 195 de Melrose Avenue. Señaló un área del jardín donde podrían encontrar restos humanos. Había vivido en el bajo desde lW6 a 1981 y durante los últimos tres años, dijo, que allí había matado a unos doce o trece hombres.

Los cadáveres habían sido cortados en pedazos y quemados en grandes hogueras. Un equipo especial de investigadores de la Policía acordonó el jardín y comenzó la laboriosa tarea de buscar en la tierra pistas de personas que habían desaparecido aparentemente sin dejar rastro.

Encontraron gran cantidad de cenizas humanas y bastantes fragmentos de huesos como para permitir a los científicos forenses declarar que al menos ocho personas, probablemente más, yacían en la parte más superficial del suelo en un jardín de Londres. La policía dependía enteramente del amable deseo de Nilsen de cooperar si querían acusarle antes de que pasaran las cuarenta y ocho horas establecidas legalmente.

Sinclair fue identificado por las huellas dactilares -ya que sus huellas habían sido tomadas por la policía con anterioridad por delitos menores. Fue por este asesinato por el que Nilsen fue acusado inicialmente a las 5,40 de la tarde del once de febrero, habiendo aceptado la representación de un abogado.

Ronald Moss accedió a tener a Nilsen como cliente. El defendido apareció ante los magistrados en Highgate a la mañana siguiente y fue obligado a llevar vigilancia policial durante tres días.

En el transcurso del interrogatorio el acusado indicó que no podía identificar a la mayoría de sus víctimas. Todos ellos eran puntales de sus fantasías más que personas, y no estaba interesado ni en quiénes eran, tú de dónde venían.

Sólo hubo una historia en particular que hizo a Moss y a los oficiales de policía sentirse francamente mal. Nilsen había estrangulado a un hombre joven tres veces pero aun así su cuerpo frágil se aferraba a la vida. Entonces le intentó ahogar en el cuarto de baño, lo sumergió en la bañera llena hasta rebosar y lo mantuvo debajo del agua. El hombre hizo un esfuerzo por levantarse y suplicó clemencia, pero Nilsen le empujó de nuevo. Después le llevó de vuelta a la habitación y encendió un cigarrillo. Bleep, su perro, empezó a lamer las piernas del hombre joven y el asesino se dio cuenta de que un fino hilo de vida todavía le protegía.

Este hombre podría haber sido “despachado” en segundos, pero en cambio Nilsen le frotó las piernas para reactivar su circulación. Le cubrió con sábanas y efectivamente le devolvió la vida por un día y medio más.

La policía dudaba de que pudiera haber algo de verdad en tal historia, pero siguieron la pista, y ésta les condujo a un hombre llamado Carl Stottor. Sin revelar la causa, la Policía le hizo recordar un incidente de hacía dos años, cuando había encontrado a Dennis Nilsen en un pub de Camden Town. Stottor contó una historia que corroboraba enteramente lo que ellos habían oído del propio detenido.

El relato despiadado de Nilsen dio pruebas suficientes a la policía para identificar a diversas víctimas. Fue entonces acusado de seis cargos de asesinato y de tres asesinatos frustrados y llevado a juicio. Roland Moss, su abogado, le hizo una pregunta según era conducido a la prisión de Brixton: “¿Por qué?”.

La pregunta le desarmó. “Estoy esperando a que tú me lo digas”. Esta clase de respuesta era típica de Nilsen. En ciertos momentos, a lo largo de la investigación, y en el juicio subsiguiente, apareció turbado por sus propios actos a lo largo de los años.

*****

El interrogatorio

El detective jefe superintendente Chambers y el detective jefe inspector Jay debían decidir el tipo de interrogatorio que usarían con Nilsen. El era virtualmente su única fuente de información y era crucial para ellos hacerle hablar sobre sus crímenes y conseguir que identificara las víctimas.

La elección estaba entre un método de ataque firme o bien en una aproximación relajada y benévola. La larga carrera militar de Nilsen podría hacerle respetar la autoridad, pero pensaron que podría resistirse ante la coacción. Decidieron ser más familiares. Y de tal forma el interrogatorio comenzó entre bromas, cigarrillos y tazas de café. Continuó durante treinta horas repartidas en once días.

A lo largo del interrogatorio, Nilsen se mostró muy hábil desviándose de las preguntas diseñadas para demostrar la premeditación.

De todas formas, cooperó plenamente, y a decir verdad, no pareció en ningún momento que le desagradara.

*****

PRIMEROS PASOS – Semillas de desesperación

Nilsen creció en la fría y salvaje costa del noroeste de Escocia. Después de la muerte de su abuelo al que adoraba, Nilsen se hizo un solitario, viviendo en un mundo en el que la fantasía y la realidad se mezclaban.

Un día frío de otoño, en la pequeña ciudad costera de Fraserburgh en el noroeste de Escocia, Betty Whyte dio a luz a su segundo hijo, Dennis Andrew Nilsen. Era el 23 de noviembre de 1945. El padre, Olaf Magnus Nilsen, era un soldado noruego que llegó a Escocia después de la invasión alemana de su pafs en 1940. Conoció a Betty Whyte, una chica guapa del lugar, a la salida de un café, y se casó con ella en 1942.

El matrimonio no fue un éxito y los Nilsen nunca fundaron juntos un hogar. Betty continuó viviendo con sus padres, Andrew y Lily Whyte, en cuya modesta casa crecieron sus tres hijos. Dennis apenas veía a su padre, que raramente iba a visitarles. Unos pocos años después el matrimonio terminó en divorcio.

Dennis creció con su madre, su hermano mayor y su hermana pequeña, pero la influencia más fuerte era la de sus severos, estrictos y cariñosos abuelos. Eran pescadores descendientes de varias generaciones de marineros. Estas familias de los pueblos pescadores de Aberdeenshire eran fatalistas en cuanto a su visión del mundo; la mayoría había perdido a algún miembro de la familia en el mar.

Las familias estaban también profundamente emparentadas. Después de siglos de matrimonios entre los miembros de la misma comunidad, había frecuentes casos de inestabilidad mental. Algunos de los antepasados de Dennis Nilsen, por el lado de su madre, sufrieron problemas mentales y hubo casos de suicidio.

Dennis Nilsen también heredó el orgulloso radicalismo de estas gentes, su franca discutidora naturaleza y su testaruda independencia. Sus dos abuelos eran piadosos. Su abuela no cocinaba el día del Señor, por lo que todas las cenas de los domingos tenían que ser preparadas el día anterior. No aprobaba la radio ni ninguna otra diversión. El abuelo Andrew nunca bebía alcohol y nunca fue al cine: consideraba estas cosas como tentaciones diabólicas para desviar las almas del buen camino.

Dennis Nilsen pasó su infancia en una atmósfera de fundamentalismo religioso. Era retraído, hosco e intratable. Se encerró en un intenso mundo privado en el que nadie podía penetrar, excepto su abuelo.

Andrew Whyte era el héroe de Nilsen. Le contaba al niño cuentos sobre las olas del mar, le Hevaba sobre sus hombros a dar largos paseos por la playa y volvían a casa cuando se dormía en sus brazos. Cuando el abuelo regresaba del mar toda la familia sabía que volvía a casa para estar con Dennis.

Andrew tuvo un ataque al corazón en el mar en 1951. Trajeron su cuerpo en un tren a Fraserburgh y de allí a la casa de la familia, donde le pusieron en un ataúd sobre la mesa del comedor. A Dennis no le advirtieron que su abuelo estaba muerto. Le dijeron que «entrase y viera al abuelo», y a los dieciséis años tuvo la primera visión de un cadáver. Desde ese momento, las imágenes de muerte y amor se fusionaron en su mente. Quería estar con su abuelo. Quería estar muerto.

El chico se retiró aún más al secreto mundo de su imaginación. Tenía pocos amigos y no se consideraba digno de tener los que tenía. Al llegar a la pubertad se dio cuenta de que le atraían los chicos, y pensó que esto aún lo marcaba más como un ser diferente.

Dejó la escuela a los 15 años y fue directamente al ejército, donde se alistó en el cuerpo de abastecimientos. Aprendió a utilizar un cuchillo de trinchar y a descuartizar reses. La vida en el ejército le llevó al Oriente Medio y Europa, siempre en abastecimientos, y se convirtió en un compañero divertido y distinto, aunque nunca en un amigo íntimo. Había un soldado a quien él admiraba en particular. Nilsen le persuadió para que posara para fotografías en el campo tumbado como si hubiera caído en una batalla.

Nilsen dejó el ejército después de 11 años, por oposición al tratamiento que el gobierno británico daba a los irlandeses y se unió a la policía. Cumplió bien sus deberes como oficial de policía y al parecer, eso le gustaba, pero su vida privada se iba desintegrando gradualmente en locas fantasías. Su obsesión con la idea de la muerte asumió manifestaciones extrañas. Pretendía ser él mismo un cadáver, tumbado frente a un espejo, e intentaba simular la muerte poniéndose azul en los labios y haciendo que los ojos parecieran inyectados en sangre, y cubría su piel blanca con polvos de talco.

Mientras se trató de fantasías privadas, estuvo a salvo, pero las presiones internas para hacer real la experiencia de la muerte, crecían.

Después de dos años en la policía, Nilsen entró en la Administración Pública, donde entrevistaba a los aspirantes a los puestos de trabajo en la oficina de empleo de Charing Cross Road, en el West End de Londres. Se reconoció mucho su trabajo, pues siempre estaba del lado del empleado y consideraba la posición del patrón como inherentemente explotadora. Pronto destacó como secretario del sindicato de los funcionarios. Hizo piquetes frecuentemente y estaba muy decepcionado por la aparente apatía de sus colegas.

Por las tardes iba sólo a pubs del Soho y Camden Town para encontrar un hombre con quien conversar. Estaba solo y ansiaba compañía. Quería público para sus ideas políticas, cada vez más radicales, y alguien, con quien compartir una copa.

Nilsen no prosperó fácilmente, pues era discutidor y no se comprometía pero finalmente se le hizo director ejecutivo y se mudó a Kentish Town. Sus colegas no se adherían a sus principios sindicalistas tan apasionados. Era un trabajador meticuloso y con frecuencia los días libres volvía a la oficina con su perro. Según sus compañeros, podía tener mal genio y ser hiriente y sarcástico, pero a menudo era dócil, generoso y amable. Todo el mundo estaba de acuerdo, sin embargo, en que era reservado y excéntrico.

Nilsen deseaba la seguridad de una compañía duradera. Una tarde, en 1975, conoció a un hombre joven, David Gallichan, a la salida de un pub, y al día siguiente decidieron instalarse juntos. Ambos se mudaron al piso con jardín de Melrose Avenue n.9 195, y con un perro y un gato formaron algo parecido a un grupo familiar que duró dos años.

Durante sus años en el colegio, Nilsen n o tuvo relaciones de ninguna clase. En la escuela Strichen se mantenía apartado de los demás. Desarrolló una obsesión por un chico de la clase de su hermana que era hijo de un pastor local. No se atrevía a acercársele y sólo le miraba en el recreo y trataba de estar cerca de él. No habló con él nunca. Túvo otra obsesión por un chico, Pierre Duval, que no era sino un dibujo del libro que Nilsen utilizaba para las lecciones de francés. Era el comienzo de una enfermedad que le llevaría a la cárcel.

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El incidente de Aden

A los 21 años, Nilsen estuvo muy cerca de una muerte violenta, pero las cosas cambiaron en el último momento. Había sido destinado a Aden, donde el ejército británico estaba implicado en una guerra defensiva contra terroristas árabes. Los riesgos para los soldados que dejaban el cuartel durante la noche podían ser muy grandes.

Una noche Nilsen regresaba a la base bebido, en la parte trasera de un taxi local. Se durmió y se despertó encerrado, desnudo, en el maletero del coche. Decidió hacerse el muerto y esperó hasta que el conductor empezó a maltratarlo y sacarlo del maletero, entonces le golpeó tres veces en la cabeza con un gato.

Aunque el árabe podía no haber muerto, el incidente tuvo un efecto duradero para Nilsen. «A la mañana siguiente estaba lleno de horror por lo que me había pasado. Después tenía pesadillas de haber sido raptado, torturado y mutilado.»

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Cuerpo de abastecimiento del Ejército

Nilsen se alistó en el Ejército a los 15 años y pasó los tres primeros años, de 1961 a 1964, en Aldershot, como soldado entrenador. Luego describiría estos años como los más felices de su vida. Pasados los exámenes, se unió al cuerpo de abastecimientos y fue destinado a Osnabruck en Alemania, donde empezó a beber.

Después de un corto período en Noruega fue destinado a Aden, en Oriente Medio, donde los ingleses estaban metidos en una guerra antiterrorista. Hacia 1969 le enviaron a Berlín con los Highlanders, allí tenía la misión del abastecimiento para la comida de los oficiales.

Doce meses después se encontró responsable de la cocina para los mandos de la Guardia Real de la Reina en Balmoral, Escocia. En 1971, se unió a los 242 Signals en las islas Shetland.

Después de más de once años de servicio en el Ejército, Nilsen decidió irse. Estaba desencantado con el papel jugado por el Ejército en el Norte de Irlanda después de las muertes del «Domingo Sangriento» en 1972 y finalizó su carrera militar con 27 años habiendo alcanzado el rango de cabo y una condecoración.

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El guardia Q287

En 1972 Nilsen se incorporó a la Escuela metropolitana de adiestramiento de Policía de Londres. Después de realizar un curso intensivo de 16 semanas fue destinado a la comisaría de Willesden Green con el rango de Guardia Policía Q287.

Desarrolló sus funciones sin incidentes, hizo algunos arrestos y se acostumbró a dar testimonio en juicios. Pero su corazón no estaba en el trabajo. El cuerpo de Policía carecía de la camaradería que había encontrado en el Ejército y a menudo se sentía solo y aislado. Era también infeliz por el modo agresivo con que algunos de sus colegas trataban a los sospechosos, pues los aspectos autoritarios del trabajo no iban bien con sus ideas izquierdistas.

Parte de su adiestramiento incluía una visita al depósito de cadáveres, donde los guardias recientemente graduados se iniciaban en el horrible hábito de ver muertos. Los cadáveres parcialmente disecados fascinaron a Nilsen.

Apenas un año después dejó la Policía, cosa que sorprendió a sus colegas que le veían como un buen trabajador que disfrutaba con el oficio. Durante una ronda había encendido su linterna sobre un coche aparcado y descubierto a dos hombres “comportándose indecentemente”. No pudo arrestarlos y decidió dimitir.

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COMIENZAN LOS ASESINATOS – Una obsesión fatal

Después de pasar una solitaria Navidad, Nilsen salió la víspera de Año Nuevo en busca de compañía. El chico irlandés que conoció en el pub iba a quedarse con Nilsen fuera cual fuera el precio.

Dennis Nilsen se despertó el día de Año Nuevo de 1979 y encontró al adolescente irlandés que había conocido la noche anterior durmiendo.

Se habían conocido en un pub y luego volvieron a Melrose Avenue donde había visto llegar el Año Nuevo juntos, bebiendo hasta quedar inconscientes. Nilsen tenía miedo de que cuando el chico se despertara le dejase, y él quería que se quedase. Las ropas del chico estaban en el suelo con la corbata del propio Nilsen. Vio la corbata y supo lo que tenía que hacer.

Montándose a horcajadas sobre el chico, en la cama, puso la corbata alrededor de su cuello y apretó fuertemente. Inmediatamente el chico despertó y comenzaron a luchar rodando por el suelo. Nilsen apretaba con fuerza. Después de aproximadamente un minuto, el cuerpo del chico estaba débil pero aun respiraba intermitentemente. Nilsen fue a la cocina y llenó un cubo con agua. Metió la cabeza del chico en el cubo hasta que se ahogó.

Nilsen llenó la bañera y llevó el cuerpo al baño para limpiarlo. Pasó largo tiempo secándolo para asegurarse de que quedara sin manchas, y vistió el cuerpo con calzoncillos limpios y calcetines. Durante un tiempo se acostó en la cama agarrado al cadáver, luego lo colocó en el suelo y se puso a dormir.

Al día siguiente quería ocultar el cuerpo bajo las baldosas del suelo, pero el rigor mortis había comenzado y estaba rígido. Lo cogió otra vez y decidió esperar a que los miembros estuviesen más flojos después de que el rigor mortis hubiera pasado. Sacó el perro a pasear y se fue a trabajar.

Cuando el cadáver pudo ser ya manejado, Nilsen lo limpió otra vez. Esperaba ser arrestado en cualquier momento y se quedó sorprendido al ver que nadie llamaba a su puerta. No parecía que nadie echase de menos a la persona cuya vida había arrebatado.

La experiencia, aunque satisfizo las ahora necesidades dominantes de su fantasía, también lo asustó y estaba determinado a que no volviese a ocurrir. Decidió dejar de beber. Después de una semana viviendo con el cadáver, Nilsen lo ocultó bajo el suelo. El cuerpo permaneció allí casi ocho meses.

Pasó casi un año antes del segundo crimen, y la víctima iba a ser la única cuya desaparición tuvo eco en la prensa. Kenneth Ockendon era un turista canadiense de vacaciones en Inglaterra para visitar a la familia. Se alojaba en un hotel barato cerca de la estación de King’s Cross.

El 3 de diciembre de 1979 conoció a Nilsen en un pub del Soho y empezaron a charlar pagando cada uno una ronda de cerveza. Como Nilsen había dejado el trabajo esa tarde, fueron a dar una vuelta por Londres y sacaron fotos. Ockendon aceptó ir al piso de Nilsen a comer algo. Pararon en una taberna, compartieron la cuenta, y volvieron a Melrose Avenue donde se sentaron frente al televisor. Comieron jamón, huevos y patatas, y bebieron ron, whisky y cerveza.

Al ir pasando la tarde, Nilsen se iba dando cuenta de que Ockendon se iría y volvería a Canadá pronto. Sus sentimientos de una inminente deserción eran similares a los que había tenido cuando había matado al chico irlandés. Sabía que iba a matar a Ken Ockendon para conservarlo.

Era de noche, tarde, y habían bebido los dos grandes cantidades de ron. Ockendon estaba oyendo música por los auriculares. Nilsen no recuerda haber puesto el cable de los auriculares alrededor del cuello de Ockendon, pero sí recuerda haberle arrastrado y haber forcejeado en el suelo porque él también quería oír la música.

El perro Bleep estaba ladrando frenéticamente en la cocina. Nilsen desenredó los auriculares del cuello de su amigo, se los puso y escuchó discos mientras se servía otra bebida.

Después cargó el cadáver sobre sus hombros y lo llevó al cuarto de baño para lavarlo y secarlo. Luego lo colocó a su lado en la cama y se puso a dormir.

Al despertarse a la mañana siguiente guardó el cuerpo en un armario y se fue a trabajar. Cuando llegó al piso esa tarde, cogió el cadáver otra vez y lo sentó en una silla de la cocina mientras lo vestía con calcetines limpios, calzoncillos y camiseta. Hizo algunas fotos con una cámara Polaroid poniendo el cuerpo en varias posiciones, y luego lo puso junto a él en la cama mientras se, echaba para ver la televisión.

En las dos semanas siguientes, Nilsen se sentaba regularmente frente al televisor con el cuerpo de Ockendon en una butaca próxima a él. Luego le quitaba la ropa, lo envolvía en cortinas y lo ocultaba bajo las baldosas durante la noche.

La desaparición del turista canadiense fue objeto de las noticias durante varios días.

Nilsen pensó que debería haber varias personas que podían haberles visto juntos en el pub, en Trafalgar Square, o en la taberna. Esperó a que llamasen a la puerta, le interrogasen, y probablemente le arrestasen. Pero nada sucedió.

Después de esto, la incidencia de los crímenes de Nilsen se hizo más frecuente. Durante los siguientes veinte meses en que fue inquilino del bajo de Melrose Avenue número 195, otros diez hombres murieron, a veces dos en el mismo mes. El asesinato se había convertido en un hábito, un placer ya no atemperado por inhibición o frenado por el miedo a ser descubierto. Parecía que la gente podía atravesar la puerta principal de Nilsen y no volver a salir jamás sin que nadie lo notara. Cuerpos acumulados en el bajo mientras los vecinos vivían, sin sospechar nada, en los pisos de arriba.

Hubo más conocidos casuales que fueron al piso de Nilsen y no fueron atacados, que gente que murió allí. Era imposible predecir qué podía poner en movimiento un impulso asesino, aunque el encuentro que conducía a uno, casi siempre, ocurría en un pub, y especialmente en uno frecuentado por jóvenes homosexuales solteros, solitarios y sin hogar.

Nilsen empezaba a entablar conversación con alguno, le invitaba a beber, ofrecía consejo y buena compañía. Tenía una larga experiencia de vida en Londres y algunos de los hombres que él conocía vagabundeaban sin objeto alguno en una ciudad extraña. Iban gustosamente al piso de Nilsen a tomar algo.

El modo de matarles siempre era el estrangulamiento, ordinariamente con una corbata. Se llevaba a cabo cuando la víctima estaba bebida y somnolienta o cuando ya estaba dormida. A veces lo completaba ahogándoles.

Martyn Duffey era el típico joven sin rumbo que puede ser fácilmente atrapado por un hombre como Dennis Nilsen. Venía de Merseyside; había estado en tratamiento y en una escuela para desadaptados. Se había escapado frecuentemente de casa y había hecho auto-stop hasta Londres, sólo para descubrir que no tenía a dónde ir. Los asistentes sociales lo rescataron y pagaron su billete de regreso.

Duffey había tratado de establecerse haciendo un curso de hostelería, pero después de haber sido interrogado por la policía por no haber pagado un ticket de tren, volvió a rebelarse. Dejó su casa otra vez anunciando su intención de vivir en New Brighton, Merseyside.

Después de aparecer en Londres otra vez, Duffey dornúa en las estaciones. Conoció a Dennis Nilsen poco antes de su diecisiete cumpleaños: su compartida experiencia en cocina probablemente les dio algo de que hablar. Duffey se fue con Nilsen, bebió dos latas de cerveza y se arrastró hasta la cama.

En la oscuridad, Nilsen se sentó a horcajadas sobre Duffey y lo estranguló. Quedó inconsciente pero aún vivo. Nilsen lo llevó a la cocina, llenó el fregadero con agua y sumergió la cabeza del chico unos cuatro minutos. Luego lo arrastró hasta el cuarto de baño, lavó el cadáver y lo volvió a llevar al dormitorio. Nilsen declaró tras su detención que lo guardó también en el armario, pero que dos días después lo encontró hinchado y lo ocultó bajo las baldosas.

Billy Sutherland tenía 27 años cuando conoció a Nilsen en un pub cerca de Picadilly Circus. Procedía de Edimburgo, llevaba varios tatuajes y había estado en la cárcel y en reformatorios. Tenía una novia y un hijo en Escocia, pero en Londres vivía al día.

A pesar de todo, Sutherland siempre mantuvo el contacto con su madre, y fue ella la que alertó a la policía y al Ejército de Salvación cuando este contacto cesó de forma fulminante.

Sutherland fue una de las pocas víctimas cuya desaparición fue denunciada, pero la larga Esta de más de cuarenta personas desaparecidas hicieron que ésta, una desaparición más, nunca condujera a Dennis Nilsen. Tal vez hubiera podido escapar de su destino de haber tenido un lugar para vivir, ya que fue un huésped no invitado en casa de Nilsen.

Los dos hombres pasaron la tarde de bar en bar, y acabaron cerca de Trafalgar Square. Entonces Nilsen, cansado de andar, dijo que se iba a casa. Se dirigió a la estación de metro de Leicester Square y compró un billete. Al darse la vuelta, vio a Sutherland detrás de él. Sutherland le dijo que no tenía dónde ir, por lo que Nilsen compró otro billete y le llevó a la Avenida Melrose.

Sutherland murió porque era un estorbo. Nilsen no tenía recuerdo especial de haberle matado, sólo recordaba el estrangulamiento frente a frente y que a la mañana siguiente había un cadáver. La muerte de Malcolm Barlow fue aún más casual. Tenía 24 años y estaba completamente solo. Sus padres habían muerto, no tenía amigos y había pasado buena parte de su vida bajo cuidados o en hospitales para enfermos mentales.

Barlow padecía de epilepsia y era en todos los sentidos un joven difícil y desagradecido. Recorrió todo el país viviendo en hostales o con cualquiera que le recogiera por la calle.

El 17 de septiembre de 1981, estaba tirado en la acera de la Avenida Melrose, la espalda contra la pared del jardín, cuando Nilsen salía de su casa, pocos metros más allá, camino del trabajo. Al pasar por donde se hallaba el hombre le preguntó si se encontraba bien. Barlow contestó que eran las pastillas que estaba tomando y que le fallaban las piernas. Nilsen le aconsejó que fuera a un hospital y ayudándole le llevó al piso y le hizo una taza de café. Dejándole allí con el perro, Nilsen se acercó a una cabina y llamó a una ambulancia. Llegó en diez minutos y se llevó a Barlow al hospital Park Royal.

Barlow salió del hospital al día siguiente y firmó en la Oficina Local (DHSS Office). A continuación volvió a la Avenida Melrose y espero en las escaleras de la casa a que Nilsen volviera del trabajo. Cuando Nilsen le vio, se sorprendió: «Suponía que estabas en el hospital», dijo. Cuando Barlow le contestó que ya se encontraba bien, Nilsen le invitó a pasar.

Nilsen preparó una comida para Barlow y se sentó con él a ver la televisión. Nilsen se sirvió una copa. Barlow pidió a su vez otra, pero Nilsen le dijo que no debería mezclar alcohol con pastillas. Barlow insistió en que un par de copitas no le harían ningún daño, así que Nilsen cedió. «Es cosa tuya», dijo. Barlow tomó dos de ron con coca-cola y se durmió profundamente en el sofá.

Aproximadamente después de una hora, Nilsen trató de reanimarle, dándole cachetes, pero estaba demasiado atontado para moverse. Nilsen pensó que tendría que llamar a una ambulancia otra vez, pero no le importaba gran cosa. Estranguló a Barlow porque le estorbaba, y después siguió bebiendo hasta que Regó la hora de acostarse.

A la mañana siguiente, no estando de humor para levantar las baldosas donde ya yacían seis cadáveres, puso el cuerpo debajo del fregadero de la cocina y salió a trabajar a la Oficina de Empleo. Barlow fue la última persona que murió en la Avenida de Melrose. «Siento que se las arreglara para encontrarme otra vez», escribió su asesino.

Otras muchas víctimas que precedieron a Malcolm Barlow nunca fueron identificadas. Había un hippie melenudo, un hombre joven demacrado, y un cabeza rapada con las palabras «Cortar aquí» tatuadas alrededor de su cuello.

La muerte de otra de las víctimas sin nombre en 1981 es recordada por Nilsen con escrupuloso detalle: «Estaba retorciéndole el cuello y recuerdo que quería ver más claramente su aspecto. No sentía ninguna resistencia… Me senté en la silla y puse su cuerpo caliente, fláccido y desnudo entre mis brazos. Su cabeza, brazos y piernas colgaban fláccidamente y parecía estar dormido. Al levantarme a la mañana siguiente le dejé sentado en el armario y me fui a trabajar.»

«No volví a pensar en el asunto hasta que volví a casa esa tarde. Me puse los vaqueros, comí y encendí la televisión. Abrí el armario y levanté el cuerpo. Le lavé, le vestí y le senté frente al televisor. Le hablé de la jornada con comentarios irónicos acerca de los programas de la televisión. Recuerdo haberme asustado por tener un control absoluto sobre ese cuerpo tan bello … »

«Estaba fascinado por el misterio de la muerte. Le susurraba porque creía que él todavía estaba realmente allí… Pensaba que él nunca habría sido tan querido antes en su vida…. Después de una semana le metí debajo de las baldosas.»

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Los terrenos de caza de Nilsen

Los pubs de Londres resultaron ser el terreno de caza más eficaz para Nilsen. El Salisbury, en el West End, es donde Nilsen conoció a dos de sus víctimas, un mexicano o filipino no identificado y John Howlett, también Andrew Ho, quien sobrevivió al intento de estrangularle. En el Golden Lion del Soho, Nilsen conoció a otra víctima no identificada, un hombre escocés y a Paul Nobbs, que a duras penas evitó ser estrangulado mientras dormía. El Cricklewood Arms era un local habitual para él y fue aquí donde conoció al joven irlandés que fue su primera víctima. En High Holborn conoció a Ockendon, en el Princess Louise. En Candem Town, Nilsen conoció a Carl Stottor, en el Black Cap.

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El compañero de piso de Nilsen

Cuando Dennis Nilsen se trasladó a un piso de la Avenida Melrose junto a David Gallichan en 1975, estaba alborozado. Por fin había encontrado a alguien con quien compartir su vida. A Gallichan le apodó «Twinkle». Mientras Dennis iba a la oficina, David se encargaba de decorar el piso. Pero la convivencia entre ambos era frágil y Gallichan se trasladó en el verano de 1977. Nilsen entonces se convenció de que no era fácil vivir con él y cada vez más sus pensamientos estaban dominados por un sentimiento de soledad y desesperación.

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Bleep

El único compañero de Nilsen era una perra mestiza blanca y negra con un ojo malo, llamada Bleep. No prestaba atención a los cuerpos muertos del piso y se retiraba al jardín cuando Nilsen mutilaba alguno. Pero podía notar cuándo había todavía algo de vida en su cuerpo. Fue ella quien salvó a Carl Stottor lamiéndole y alertando a Nilsen, quien posteriormente lo revivió.

Al ser arrestado Nilsen, Bleep fue llevada a la comisaría de Hornsey, donde el detenido la podía oír gimotear desde su celda. “Me avergüenzo de que sus últimos días sean tan dolorosos”, escribió. “Ella siempre me ha perdonado todo”. Bleep murió bajo anestesia una semana después.

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Los asesinatos de Cricklewood

Antes de que se trasladara de su casa en la avenida Melrose en septiembre de 1981, Nilsen mató a un total de doce hombres. Ocho de ellos nunca fueron identificados, y se ha perdido cualquier rastro sobre su pasado.

Kenneth Ockendon era un turista canadiense que, a diferencia de las otras víctimas que Nilsen conoció en los pubs londinenses del West End, debía volver a su casa al día siguiente. Fue la única víctima cuya ausencia fue advertida.

Martyn Duffey era del condado de Mersey. Con un agitado historial psiquiátrico. Había llegado a Londres haciendo auto-stop cuando tenía quince años. Un año más tarde conoció a Nilsen.

William Sutherland, un asiduo bebedor procedente de Edimburgo, ostentaba el récord de delitos menores. Conoció a Nilsen en un pub cercano a Piccadilly Circus y le siguió a su casa.

Malcolm Barlow era un huerfano que había pasado la mayor parte de su vida bajo tratamiento o en hospitales especiales. Fue descubierto por Nilsen tirado en la acera de la avenida Melrose.

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Cranley Gardens 23

En la tarde del 9 de febrero de 1983, los detectives Chambers y Jay fueron a Cranley Gardens acompañados por el profesor Bowen, especialista en patología. Las fotografías de la policía muestran el piso tal y como lo encontraron, con todas sus horripilantes pruebas.

La puerta principal del número 23 de Crardey Gardens se abrió para mostrar dos tramos de escaleras. En lo alto del segundo tramo la policía encontró una puerta en el ático que comunicaba con el piso de Nilsen. La cocina, que consistía en una cocinilla y un fregadero, estaba absolutamente llena de grasa, y también de grasa humana. Detrás de la cocina estaba el baño.

Dos cadáveres habían sido descuartizados en el baño, y las extremidades inferiores de Stephen Sinclair fueron halladas rígidas debajo. A la derecha, sobre la calle, estaba la sala de estar, con dos sillones, una alfombra raída, un aparador en una esquina y un ropero. El aparador tenía vísceras y cráneos cubiertos con periódicos y una vieja cortina. En el ropero se encontraban dos bolsas negras con más vísceras y órganos internos. La habitación del fondo es el dormitorio de Nilsen.

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ELIMINACIÓN – Buscando el momento y el lugar

Cuando Nilsen abandonó su piso y se trasladó a Muswell Hill, creyó que comenzaba una nueva vida, sin muertes. Pero si todos los rastros de sus pasados asesinatos habían quedado atrás, no ocurría lo mismo con la necesidad de matar.

Compartir el piso con varios cadáveres no importaba a Nilsen. Sólo se convirtió en un problema cuando no hubo espacio libre para un nuevo cadáver. Su primera víctima fue incinerada en una hoguera en el jardín de Melrose Avenue, después de haber estado bajo el suelo siete meses y medio.

A finales de 1980 había acumulado otros seis cadáveres. Algunos yacían bajo las baldosas y otros habían sido troceados y metidos en maletas que había guardado en el cobertizo del jardín. Nilsen levantó las baldosas, dejó los cadáveres en el suelo de la cocina y después de un par de bebidas fuertes empezó la tarea de descuartizar los cadáveres y colocar los trozos en bolsas.

Los órganos internos fueron los más fáciles de hacer desaparecer. Nilsen los esparció por la tierra entre dos cercados a un lado del jardín y en menos de dos días habían desaparecido, comidos por las moscas, las ratas y los pájaros.

A principios de diciembre de 1980, Nilsen encendió una hoguera enorme y fue echando trozos de los cadáveres, envueltos en pedazos de alfombra. Un viejo neumático de un coche fue colocado en lo alto para disimular el olor de la carne humana quemada. El fuego ardió durante todo el día y Nilsen siguió alimentándolo de vez en cuando. Los niños del lugar se reunieron alrededor para ver la cremación.

Nilsen tuvo que encender una hoguera más en Melrose Avenue antes de irse a su nuevo apartamento y comenzar una nueva vida, en el número 23 de Cranley Gardens a finales de 1981. Pensó que el traslado era un buen augurio para el futuro, al estar el piso en el ático de la casa no podría fácilmente seguir asesinando a gente si no había baldosas donde colocarlos ni jardín donde quemarlos.

Poco después del traslado Nilsen rescató a un hombre joven que estaba a punto de ser detenido por la policía en el West End de Londres. Se lo llevó a casa, le alimentó, le dio una cama donde dormir esa noche, y le despidió por la mañana. Dijo que se había sentido «alborozado» de que nada hubiera ido mal, e incluso mantuvo varios encuentros antes de reanudar su anterior carrera criminal.

El primero en morir en Crardey Gardens fue John Howlett. Nilsen se refería a él como John el guardia, un hombre con quien se había encontrado una vez antes y que se le acercó en un pub para recordarle aquel encuentro. Nilsen le estranguló con una correa, pero Howlett opuso tal resistencia que el asesinato duró mucho y tuvo que rematarlo ahogándole.

Nilsen se fue a la cama completamente exhausto y admitió que había pensado que Howlett «podría haberlo conseguido». «Después durante una semana tuve las huellas de sus dedos en mi cuello».

Graham Allen murió cuando comía una tortilla preparada por Nilsen, que no recordaba haberlo asesinado, pero admitió que debió hacerlo. Stephen Sinclair fue la última víctima, cuyo cadáver Nilsen estuvo descuartizando la semana antes de su arresto, aunque probablemente la carne humana que obstruyó los canales de desagüe de la casa era la de Graham Allen.

Sinclair era otro vagabundo: un punky, un drogadicto, un suicida en potencia y un pobre criminal. Vagaba por las calles de Londres buscando la oportunidad de encontrar lo suficiente para sobrevivir otro día. Nilsen le conoció la tarde del 26 de enero de 1983.

Dennis Nilsen sintió pena por Sinclair, así que le compró una hamburguesa en MacDonald y se lo llevó a su casa. El informe que escribió sobre la muerte de Sinclair es el más vívido y desconcertante de todos.

Sinclair se desplomó en una silla, completamente debilitado por el alcohol y las drogas. Nilsen fue a por un trozo de cuerda a la cocina, pero no era lo suficientemente larga, así que buscó la última corbata que le quedaba y la ató a la cuerda. Le dijo a Bleep que se fuera a la otra habitación. «Mirando atrás, creo que ella sabía lo que iba a suceder», escribió. «Incluso se había resignado a ello».

«Yo estaba tranquilo. Yo nunca he pensado en la moralidad. Esto era algo que tenía que hacer.. consideraba todo ese potencia¡, toda esa belleza y todo ese dolor que es su vida. Tengo que matarle. Terminará pronto… No me sentí mal. No me sentía perverso. Me acerqué a él. Quité la corbata. Levanté una de sus muñecas y la dejé caer. Su brazo fláccido volvió a caer sobre su regazo. Abrí uno de sus ojos y no había ningún reflejo. Estaba profundamente inconsciente. Cogí la atadura y la coloqué alrededor de su cuello. Me arrodillé a un lado de la silla y me puse frente a la pared. Cogí los dos lados sueltos de la atadura y tiré con fuerza. El dejó de respirar. Sus manos lentamente alcanzaron el cuello mientras yo seguía apretando. Sus piernas se estiraron violentamente. Le tuve así durante un par de minutos. Se quedó fláccido. Dejé de apretar y quité la cuerda y la corbata. Había dejado de respirar. Le hablé. “Stephen, eso no dolió nada. Ahora nada puede hacerte daño”. Deslicé mis dedos a través de su decolorado pelo rubio. Su cara parecía tener paz. Estaba muerto.»

Dos semanas más tarde, la policía logró encontrar el cuerpo desmembrado de Stephen Sinclair en el apartamento que habitaba Dennis Nilsen.

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Vagabundos

Tres hombres murieron en Cranley Gardens. Todos fueron identificados: John Howlett, a quien sus padres habían echado de casa a los trece años, era conocido como “John el guardia” y había conocido a Nilsen anteriormente.

Graham Allen, de Glasgow, era conocido como “el hombre de la tortilla”.

Stephen Sinclair, la última víctima de Nilsen, era un punk y drogadicto habitual de Perth, Escocia.

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El trabajo de Nilsen

Desde 1974 hasta su arresto en 1983, Nilsen trabajó para el Ministerio de Trabajo como funcionario. Primero fue destinado a la Ofician de Empleo en Denmark Street, cerca de Leicester Square. Su tarea consistía en buscar trabajo a obreros no cualificados en hostelería y abastecimientos.

El activismo sindicalista de Nilsen le ayudó a promocionarse, pero nunca llegó a ser un líder. Finalmente, su experiencia hizo inevitable su promoción, y en 1982 fue destinado a la Oficina de Empleo de Kentish Town, como director ejecutivo con las responsabilidades de un supervisor. Su afición por el trabajo, incluso después de muchas horas, asombraba a sus colegas que estaban agradecidos por su comportamiento generoso y apreciaban su sentido del humor. No sabían, claro está, que por aquel tiempo ya había eliminado a trece hombres.

El día de su arresto volvió al trabajo llevando la bufanda azul y blanca que había pertenecido a Stephen Sinclair, su última víctima. Al marcharse dijo a sus compañeros que a la mañana siguiente estaría muerto o en prisión. Pensaron que estaba bromeando.

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Jóvenes sin hogar

La mayoría de las víctimas de Nilsen provenían de un submundo londinense de gente joven sin hogar, cuya pobreza les hacía vulnerables a las proposiciones amistosas de Nilsen.

Los jóvenes sin hogar de Londres están atrapados en un círculo viciosos del cual es difícil escapar. Los patronos no emplearan nuevos trabajadores a menos que prueben tener una dirección en Londres, y sin ingresos una persona joven no se puede permitir pagar la renta que piden por adelantado los caseros. Sin una dirección no pueden conseguir trabajo y sin trabajo no pueden vivir en ningún lado.

La identidad de todas las víctimas de Nilsen nunca se sabrá. Pertenecían a una población cambiante de hombres jóvenes que se encontraban en Londres sin lugar donde vivir. Algunos simplemente buscaban el refugio de una casa para quedarse cuando aceptaban la hospitalidad de Nilsen. Otros, totalmente desesperados, ofrecían sexo a cambio de la seguridad de una cama.

Los asesinatos coincidieron con un alarmante incremento del número de jóvenes londinenses sin hogar. La tradicional población de vagabundos y mendigos estaba siendo rápidamente eclipsada por una nueva subclase de vagabundos adolescentes.

Su número aumentó durante los anos 80 y hacia 1988 había 50.000 adolescentes en Londres que no tenían hogar. La gran mayoría de los jóvenes sin hogar no tienen la alternativa de regresar a sus casas aunque lo deseen. El 40 por 100 de estos jóvenes han pasado su infancia en centros asistenciales. A la edad de 16 ó 18 años ya no son aceptados y tienen que hacerse su propia vida. Otro 40 por 100 ha sido arrojado de su propia casa y no tiene dónde ir. Muy a menudo se convierten en el blanco fácil de los depredadores.

Londres es una de las capitales más caras del mundo. El coste de los alojamientos es prohibitivo para la gente sin empleo. Al principio de los años ochenta los caseros cobraban 35 libras a la semana por una cama en un dormitorio de mala calidad, atestado, sucio y carente de medidas contra incendios.

Los albergues públicos cobraban 25 libras a la semana por una estrecha cama en un dormitorio que llegaba a albergar hasta 70.

Las autoridades locales ofrecen poco consuelo en cuanto a alojamiento.

Incluso encontrar empleo a veces no es suficiente. El salario medio para trabajadores no cualificados puede ser mínimo y los estafadores de empleos ocasionales ofrecerán a la gente desesperada trabajos como lavar cacharros y platos por una miseria. A menudo la suma no será suficiente como para permitir a los jóvenes alojarse en Londres.

Varios albergues de caridad proporcionan también refugio a los que no tienen hogar. Pero mientras que el número de éstos ha crecido, el número de camas de los albergues disponibles ha disminuido. Hay 13.500 en total, tratando de abastecer a todos los que no tienen hogar en Londres, tanto jóvenes como viejos.

Quienes no tienen suerte forman el grupo visible más doloroso de jóvenes sin hogar de Londres. Duermen en cualquier sitio que puedan: en bancos de los parques, estaciones, en las puertas de las tiendas y bajo puentes de ferrocarril.

Marginados por la sociedad, muchos jóvenes dan la espalda a la autoridad y a los valores de la convivencia.

Las vidas de estos jóvenes comienzan a girar en tomo a las drogas y la prostitución. Este es el Londres que Nilsen explotó.

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Personas desaparecidas

Es fácil para la gente sin hogar desaparecer en Londres. Una vez que han perdido el contacto con sus padres y parientes, su paradero es difícil de fijar. Si no establecen alguna conexión una organización estatal o caritativa, sus nombres no se encuentran en ninguna parte, y a todos los efectos dejan de existir.

Un hombre joven que se inscribe para conseguir un subsidio en el Ministerio de Seguridad Social, por ejemplo, permanecerá en sus listas en tanto en cuanto continúe pidiéndolo. Una vez que deja de hacerlo, el Ministerio no inicia investigaciones para descubrir que le ha pasado.

Puede estar también en la lista de un médico local, pero si se muda de un distrito a otro, no estará mucho tiempo en ella.

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Chicos de alquiler

Uno de los efectos más crueles de la ausencia de un hogar ha sido el crecimiento del comercio de los chicos de alquiler. La necesidad de dinero significa que muchos son corruptibles, están preparados para aceptar ofertas de sexo por parte de hombres mayores.

Algunos son atraídos a este mundo por adultos que primero les ofrecen amistad y luego les introducen en el mundo de la droga y de la prostitución homosexual. Un ejemplo típico de esto fue revelado en un juicio que duró trece semanas en Old Bailey y que finalizó en febrero de 1989. Cuatro hombres, incluyendo un abogado, fueron acusados de ofrecer chicos hasta de 10 años para una red de prostitución.

Otros jóvenes actúan por su cuenta como chicos de alquiler. Saben los riesgos que corren. Existe siempre la posibilidad de la violencia por parte de los «clientes», pero, incluso si son atacados, son extremadamente reacios a ir a la policía.

El segundo riesgo es, a la larga, mucho más espantoso: la predisposición casi cierta a coger el virus del SIDA.

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EL JUICIO – El testimonio de los supervivientes

La sala guardaba silencio mientras el fiscal informaba al jurado de los quince asesinatos. Algunos de ellos, incrédulos, se cubrían las caras con las manos. Era el comienzo de dos semanas largas y horripilantes.

Nilsen fue detenido y enviado a la prisión de Brixton en el sur de Londres. El era un preso de categoría A, de máxima seguridad, lo cual quería decir que tenía que pasar casi 24 horas al día confinado en su celda con sólo media hora para ejercicios vigilados.

Se quejó de su situación. Según su punto de vista había cooperado con la policía y debería, pues, gozar de mejor trato.

Se le castigó durante 56 días por asaltar a los funcionarios de la prisión porque no habían vaciado su cubo de agua sucia. A veces caía en una gran depresión, pero su amistad con otro recluso, David Martin, elevó su moral y le ayudó a pasar los días y los meses que esperaba en prisión preventiva.

El juicio de Dennis Andrew Nilsen al que se acusaba de seis delitos de asesinato y dos de asesinato en grado de tentativa comenzó en el Tribunal número 1 de Old Bailey el 24 de octubre de 1983, ante el magistrado Señor Croom-Johnson. No se discutía que Nilsen había asesinado. Lo que se iba a cuestionar en el juicio era el estado mental de Nilsen durante los asesinatos.

Allan Green, el fiscal, sostuvo que Nilsen había asesinado con plena conciencia y deliberación y era, por tanto, culpable de asesinato. Ivan Lawrence, la defensa, dijo que Nilsen sufría de tal anormalidad mental que se podía reducir sustancialmente la responsabilidad de sus actos, por lo tanto, debería acusársele sólo de homicidio sin premeditación.

El fiscal y la defensa estaban de acuerdo en que Nilsen sufría alguna anormalidad mental. Pero mientras la defensa afirmaba que era importante y que interfería en su responsabilidad, el fiscal mantenía que no era lo suficientemente importante como para interferir de este modo. Al final, el jurado tenía que decidir qué peso dar a la palabra «importante» tal y como lo requería la Ley inglesa de homicidio de 1957

Originariamente, Nilsen había intentado ahorrarles todo esto confesándose culpable. El juicio podría así haber terminado en un día. Las pruebas de la policía que iban a horrorizar a los miembros del jurado no hubieran sido oídas nunca, y a los parientes de las víctimas de Nilsen se les hubiera ahorrado el conocimiento detallado de cómo sus hijos y hermanos habían muerto.

Cuando Nilsen cambió de abogado se le aconsejó que cambiara también su alegato. Después de considerar las pruebas, su abogado, Ralph Haeems, pensó que era un caso de «responsabilidad disminuida» debido a un desorden mental. Esto significaba que todas las pruebas sobre el estado mental de Nilsen debían ser oídas.

El señor Allan Green alivió al jurado prometiéndole que no se le enseñarían fotografías tomadas en el piso de Cranley Gardens después del arresto de Nilsen y en el depósito de cadáveres de Homsey. Green también dijo de antemano que no mantendría que los asesinatos tuvieran motivación homosexual. Era una coincidencia que algunas víctimas hubieran conocido a su asesino en pubs frecuentados por homosexuales. El señor Green dio mucha importancia a la confesión de Nilsen, llevando al jurado a través de quince asesinatos y deteniéndose en la muerte de John el guardia, que calificó de «espeluznante». También se aseguró de que el jurado sintiera horror ante la idea de los basureros sacando miembros de personas entre la basura de la casa.

Tres testigos que Nilsen había intentado asesinar fueron llamados a declarar. Eran Douglas Stewart, que había informado del ataque de Nilsen a la policía, Paul Nobbs y Carl Stottor. El testimonio de Stewart pasó con rapidez, pero cuando Paul Nobbs subió al estado la atmósfera cambió dramáticamente.

Aquí estaba un estudiante joven de Universidad, nervioso pero preciso, que explicó cómo había sido rescatado por Nilsen de los requerimientos no deseados de otro hombre, cómo habían ido a la librería Foyle’s juntos y luego a Cranley Gardens.

Durante el interrogatorio Nobbs reveló que fue él quien se acercó a Nilsen y no al revés, por lo tanto Nilsen no podía ser descrito como un «cazador».

Nilsen era Genuinamente un compañero amistoso y servicial. No le obligó a beber, no le impidió llamar dos veces por teléfono a su madre para decirle donde estaba. No le acosó sexualmente y no se mostró violento. Nobbs durmió en Cranley Gardens y se despertó a las dos de la mañana con un agudo dolor de cabeza. Se acostó de nuevo y se volvió a levantar a las seis de la mañana. Entonces se miró en el espejo. Sus ojos estaban completamente inyectados en sangre, no veía el blanco de sus ojos. Había una señal roja alrededor de su cuello, y se sintió dolorido y mareado. Nilsen le dijo que se le veía fatal y que debería ir al médico. Se despidieron como amigos.

Más tarde, le dijeron a Paul Nobbs en el hospital que había sido estrangulado. Tuvo que aceptar que su atacante había sido Nilsen, pero no avisó a la policía. Temía que no le creyeran y que la policía se mostrase indiferente ante lo que ellos verían como una disputa entre homosexuales. Prestando testimonio con voz tranquila Nobbs dejó claro que él no había dicho ni hecho nada para provocar un ataque, y que el comportamiento de Nilsen a la mañana siguiente no dio muestras de que algo desagradable hubiera ocurrido. Estuvo de acuerdo en el interrogatorio en que el ataque debió tener lugar antes de las dos de la mañana, y que además había estado durmiendo sin ningún problema durante otras cuatro horas, cuando pudo haber sido fácilmente asesinado sin piedad.

La defensa utilizó el testimonio de Nobbs para ilustrar cómo Nilsen podía comportarse perfectamente de una manera normal durante un minuto y estar dominado por impulsos asesinos un minuto más tarde. En otras palabras, Nilsen era un enfermo.

El siguiente testigo, Carl Stottor, contó una historia increíble con voz apagada, que apunta a la misma conclusión: Nilsen era impredecible.

Stottor explicó cómo se había sentido mal y con ganas de suicidarse con motivo de una ruptura sentimental cuando conoció a Nilsen en un pub en Camden Town. Nilsen le había reconfortado, intentó animarle y le dijo que no debía pensar en el suicidio a su edad. «Parecía una persona muy agradable, muy amable hablando conmigo cuando yo estaba tan deprimido», declaró Carl Stottor.

Se fueron a la casa de Cranley Gardens. Cuando se le preguntó lo que recordaba de los incidentes de esa noche, contó su espeluznante historia: «Me levanté porque sentía algo alrededor del cuello. Me dolía la cabeza terriblemente y no podía respirar bien, y me pregunté qué sería eso.»

«Sentí su mano tirando de la cremallera del saco de dormir por detrás de mi cuello. Estaba diciendo con una voz susurrante: “estate quieto, estate quieto”. Pensé que quizás estaba tratando de ayudarme a salir del saco de dormir porque pensaba que me había quedado atrapado por culpa de la cremallera de la que me había prevenido. Entonces me desmayé.»

Stottor se interrumpió luchando por controlar la emoción que el dolor del recuerdo en ese sitio público le había provocado. El tribunal estaba tan silencioso que se podía oír el vuelo de una mosca. El juez dejó que descansara y continuó. «La presión aumentaba. Me dolía muchísimo la cabeza y no podía respirar. Recuerdo vagamente oír correr el agua. Después fui arrastrado y sentí mucho frío. Noté que estaba en el agua y que él estaba intentando ahogarme. Siguió hundiéndome en el agua. La tercera vez que recobré la consciencia le dije: «¡Ya no más, por favor, ya no más!, pero volvió a sumergirme otra vez. Creí que me moría. Creí que me estaba asesinando y que yo me moría. Pensé “te estás ahogando. Esto es lo que se siente al morir”. Poco a poco me fui relajando y me desmayé. No podía luchar más».

Carl Stottor se desmayó y volvió en sí. Se quedó asombrado al sentir que el perro le lamía la cara mientras él estaba tumbado en el sofá, y Nilsen le frotaba las piernas para hacerle entrar en calor. Tenía una fea señal alrededor del cuello y rotos los vasos sanguíneos de su cara. Nilsen le acompañó a la estación del metro y le deseó suerte.

Este testimonio mostró de nuevo que Nilsen se comportaba de forma normal antes y después del ataque y que había «salvado» a Carl Stottor, a quien fácilmente podía haber asesinado al estar tan exhausto después del intento de estrangularle. El abogado defensor se basaba, en el mejor de los casos, en la incapacidad mental de Nilsen, y en el peor, en una cierta posesión diabólica y falta de control de sus propios actos. «¿Estaba el acusado tranquilo y creía después de lo ocurrido que él no había hecho nada que hubiera podido dañarle?». «Sí», contestó Stottor. “Qué raro es eso», musitó el Fiscal al sentarse.

El detective jefe inspector Jay prestó testimonio sobre el comportamiento de Nilsen durante la confesión y dijo que había sido tranquilo y con afán de cooperación. Estuvo de acuerdo en que era bastante extraño, en un hombre acusado de tales crímenes atroces, el estar tan deseoso de dar información a la policía.

También admitió que hubo momentos de humor, que la policía consideró como un respiro necesario ante el catálogo de horrores que se les había venido encima. Por ejemplo, cuando un guardia le dijo que tirara el cigarrillo por el water, Nilson contestó: “la última vez que hice eso me arrestaron».

El detective jefe superintendente Chambers pasó toda una tarde y la mañana siguiente leyendo en voz alta la transcripción de la confesión del acusado en la comisaría de Hornsey. La terrible descripción de las decapitaciones, los descuartizamientos y los cadáveres quemados, con una voz inalterada, como ajena a lo que allí se iba relatando, estremeció a toda la sala.

Una mujer del jurado pareció que se iba a desmayar, otra hundía repetidamente la cabeza entre las manos. Una tercera lloraba, a lágrima viva, mientras miraba al acusado en el banquillo, con verdadero odio. Era para Nilsen el momento de la más cruda desnudez y, sin embargo, se pasó el tiempo corrigiendo la copia de su transcripción para asegurarse de que no hubiera ningún error.

*****

Los abogados

Tan pronto como Nilisen fue acusado de asesinato, se le aconsejó que aceptase un abogado para representarle. Ronald Moss, que ya se había ocupado antes de casos de asesinato, aunque nunca a esa escala, aceptó la tarea.

En los meses previos al juicio, Moss, un hombre alegre de unos 40 años, estuvo bajo una creciente presión por el comportamiento irregular del detenido.

En abril, Nilsen declaró que quería rechazar la ayuda legal y defenderse él mismo. El magistrado se quedó tan asombrado que le preguntó tres veces si entendía las implicaciones de lo que estaba haciendo.

Poco después, Nilsen volvió a solicitar ayuda legal y Moss se reunió con él. Lo mismo ocurrió dos veces más. Nilsen decía que no había perdido su fe en Moss, de hecho le tenía gran consideración, pero se quejaba de su incapacidad para aliviar la situación.

Finalmente, cinco semanas antes del juicio, cuando Moss ya había redactado el escrito para la defensa, Nilsen lo destituyó y eligió a un nuevo y reconocido abogado, Ralph Haeems, para el juicio.

Haeems, un abogado de color antiestablishment, tenía muchos años de experiencia en la defensa de criminales notorios. Nilsen lo eligió por consejo de su compañero de prisión, David Martin (quien se suicidó en Parkhurst en 1984).

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La prensa

La atención que la prensa prestó al caso de Dennis Nilsen no tenía precedentes. Había matado a más gente que cualquier otro asesino en toda la historia criminal británica y además había desempeñado un cargo de confianza pública. Y, sobre todo, no parecía un «monstruo».

No eran sólo los medios de comunicación británicos los que se tomaban un especial interés en esta historia que acababa de desatarse. Durante el interrogatorio en la Comisaría, una televisión japonesa de gran audiencia se situó en la casa de enfrente y desplegó un sofisticado equipo de escucha en las paredes, con el fin de conseguir las primeras revelaciones de Nilsen a la policía.

Durante el juicio de Nilsen, un periodista se entusiasmó tanto que corrió hacia el testigo mientras descendía del estrado con el brío de conseguir una exclusiva. El juez le amenazó con multarle. El periódico The London Standard, ansioso por no perderse la noticia, dedicó la primera página al veredicto y al entorno de Nilsen incluso antes de que el jurado hubiera tomado una decisión. Tuvieron que cancelar todas las ediciones que ya habían enviado a los distribuidores.

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Las armas del crimen

Dennis Nilsen asesinó a sus víctimas estrangulándolas, a veces también ahogándolas. Sus armas eran lo primero que le venía a las manos. Generalmente corbatas. Durante el proceso, Nilsen dijo que había empezado con quince corbatas. Cuando fue detenido sólo tenía una.

Kenneth Ockendon fue estrangulado con el cable de los auriculares mientras escuchaba música. Después de quitar el cable del cuello de Ockendon, Nilsen se los puso. Los auriculares estaban en la lista de objetos presentados al jurado durante el juicio de Nilsen. También estaba la última arma asesina de Nilsen: la corbata atada a un trozo de cuerda con la que estranguló a Stephen Sinclair.

Los dos cuchillos de cocina que usó para descuartizar a las víctimas, junto con una larga tabla de madera de las que se usan en las cocinas, también fueron presentados. Pero lo que más horrorizó al jurado, fue la cazuela donde Nilsen había cocido a fuego lento las cabezas de sus últimas víctimas.

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Enamorado de la muerte

A donde Nilsen fuera, la soledad le acompañaba, hasta que en su desesperación se alió con la muerte.

Si la ley cambia alguna vez sus criterios ante el estado mental de un asesino, el caso Nilsen puede muy bien ser recordado como un punto de inflexión. El eminente psiquiatra Dr. Anthony Storr, entre otros muchos expertos, cree que la gente de su profesión no debería ser llamada para declarar como perito ya sea del lado de la acusación o del de la defensa. Propone que el tribunal simplemente debe encontrar al acusado culpable o no culpable: luego si el veredicto es “culpable”, los psiquiatras podrán ser consultados como asesores independientes para aconsejar al tribunal sobre qué hacer con el acusado.

En el caso de Dennis Nilsen, nunca hubo ninguna duda sobre su culpabilidad. Había confesado casi inmediatamente cuando se enfrentó con la policía, había hablado libremente e incluso había hecho retratos de sus víctimas. ¿Pero estaba loco? Los prolongados debates sobre “desorden mental” o “anormalidad mental”, durante el proceso, habían demostrado poca cosa.

Si demostraron algo, fue que el sistema legal está mal equipado para definir el estado mental de un asesino cuando el sistema depende de las tácticas de confrontación entre la defensa y la acusación. Es bastante fácil para cualquier abogado competente hacer de un perito experto un verdadero tonto. El Dr. Bowden, el perito llamado por la acusación, no salió mejor parado que los doctores Mackeith y Gallwey llamados por la defensa.

Parece razonable creer que cualquier persona capaz de cometer los crímenes que cometió Nilsen está obviamente enfermo. Sin embargo, este punto de vista no ayuda a comprender a fondo lo que ocurría en su mente antes, durante y después de los asesinatos. Para intentar entender esto, es necesario volver a la infancia de Nilsen, y en particular al crítico incidente de la muerte de su adorado abuelo.

A la edad de seis años, la única relación afectiva de Nilsen era la que le unía a su abuelo. En un momento de maduración en su desarrollo mental, el joven Dennis tuvo que enfrentarse con el cadáver de su amado abuelo. Cuesta poco imagina que el amor y la muerte quedaron intrínsecamente ligados en la mente de Nilsen desde ese momento.

Es común entre la gente joven con tendencias homosexuales el creer que ellos son “los únicos así”. En la pequeña y unida comunidad de la que procedía, hubiera sido prácticamente imposible para Nilsen manifestar sus preocupaciones. En el Ejército, donde la homosexualidad es un delito, le hubiera sido todavía más difícil expresar su verdadera personalidad. Durante su estancia en la Administración, su actividad sindicalista le apartó de sus compañeros de trabajo.

La influencia del alcohol también ha de ser tenida en cuenta. El clásico refugio de los solitarios y poco sociables, el alcohol, no sólo desató la lengua de Nilsen: también le volvió lo suficientemente descontrolado como para matar, una vez que su estructura mental había hecho del asesinato una probabilidad.

El amor se había fundido con la muerte en la mente de Nilsen. Era incapaz de hacer amistades. Bebía demasiado. ¿Es esto suficiente para hacer de un hombre un asesino? Nilsen creía que la relación perfecta solo era posible en la muerte. El único modelo que tuvo de una relación perfecta fue la breve y lejana adoración por su abuelo, y eso había terminado traumáticamente para Nilsen con la muerte. Cuando ya había abandonado incluso el intento de relacionarse con la gente de una manera normal, la muerte se había igualado con el amor, no sólo en su mente sino también en la realidad.

Dennis Nilsen no asesinó por los motivos convencionales de un asesino: dinero, sexo, ambición. Casi literalmente Nilsen había asesinado por necesidad de compañía.

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La incapacidad mental y la ley

En caso de asesinato, el atenuante de incapacidad mental debe estar basado en la demostración por parte del defensor de claras señales de enfermedad mental definida. La esquizofrenia en un ejemplo de ello y como tal debe estar apoyada por un informe que en su caso ofrezca un pronóstico. Las alucinaciones (oír la voz de Dios), manías persecutorias o desengaños entran en esta categoría.

En el caso de Nilsen una defensa así resultaba imposible, por lo que sus abogados intentaron reducir la pena por una de homicidio sin premeditación, basándose en la disminución de su responsabilidad.

Los abogados de Nilsen querían dirigir esta defensa un diagnóstico de desorden en la personalidad para convencer al jurado, lo cual dependería casi totalmente de lo que el paciente dijera al psiquiatra.

Esta defensa falló, principalmente, porque Nilsen parecía totalmente capaz de comportarse racionalmente cuando invitaba a sus jóvenes amigos a su casa. Estaba claro que tenía un desorden mental, pero nadie pudo probar que éste apareciera en el momento del asesinato.

Los psiquiatras de la defensa se enfrentaban a una difícil tarea al tratar de introducir este punto, y fueron ridiculizados por el abogado de la acusación.

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Pruebas grafológicas

Cuando nuestro asesor en grafología analizó la escritura de Nilsen se revelaron los siguientes rasgos de su personalidad:

A Variación en la presión de la escritura: irritabilidad y arrebatos temperamentales.

B M y n anchas y poco pronunciadas: mentiroso.

C Rizos muy finos en la zona superior: el individuo objeto de estudio sufre ansiedad y carece de estabilidad emocional.

D Gruesas y marcadas t: naturaleza testaruda y temperamento vicioso en tensión.

E K con forma de bucle: excentricidad y desconfianza.

F L mayúscula con una curva comprimida: inhibición y falta de seguridad en sí mismo.

Esta caligrafía muestra que la persona objeto del estudio tiene una mente retorcida y calculadora que prefiere centrarse en pequeñas áreas a fijarse en el todo. Encuentra dificultad en organizar y objetivar sus pensamientos. Y es confundido fácilmente. Hay también evidencia de una falta absoluta de tolerancia y paciencia, lo que le conduce a actuar impulsivamente. Una imaginación muy desarrollada le causa inquietud interior y confusión emocional.

El sujeto padece de un profundo temor a ser abandonado. Necesita el contacto humano con tal fiereza que sería capaz de llegar al límite para conseguirlo.

Su fuerza física está reprimida ocasionándole un incremento de tensión. Esta energía contenida, junto con la falta de autocontrol conduce a reacciones violentas. Ataques de furia, inestabilidad y nerviosismo resultan evidentes. Se trata de una persona hipersensible a las críticas.

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LA SENTENCIA – Entre rejas

¿Estaba loco o cuerdo? Incluso los psiquiatras en el estrado tuvieron dificultades para explicar las acciones de este hombre. La deliberación duró doce horas antes de que el jurado fuera capaz de pronunciar el veredicto.

El ambiente durante el juicio cambió dramáticamente cuando los psiquiatras fueron llamados a declarar por la defensa para emitir su opinión sobre la cordura o locura de Nilsen. No era la primera vez que el antagonismo y la mutua desconfianza entre abogados y psiquiatras hacía alarde de presencia en un tribunal.

Ivan Lawrence, adjunto a la defensa, había recordado al jurado que no debían dejarse llevar por sentimientos repulsivos, sino que debían considerar seriamente la cuestión que se les planteaba: si Dennis Nilsen era tan anormal mentalmente que era incapaz de formarse una intención premeditada de asesinato, y no podía ser responsable de sus actos.

El doctor MacKeith dijo que Nilsen tenía dificultades para experimentar otra emoción que no fuera la ira y cierta tendencia a atribuir a los otros sentimientos sin comprobar si eran ciertos o no. Nilsen, dijo, mostraba muchos signos de conducta inadaptada, y esa combinación en un hombre era fatal. No trataba a las personas como personas, sino como elementos de su fantasía. Lo que él llamó «despersonalización».

Su oponente, Mr. Green, no fue tan amable. Le dijo a MacKeith que debería hablar con mayor claridad y demostró ante la satisfacción de muchos de los presentes que Nilsen era, contrariamente a lo que MacKeith había dado a entender, astuto, lleno de recursos e inteligente. Mencionó en particular los asesinatos de John el guardia y de Malcolm Barlow. En el último caso, Nilsen había estado meditando durante 20 minutos antes de decidir matar a Barlow, un epiléptico inconsciente que se puso en su camino. MacKeith estuvo de acuerdo en que en este caso no había prueba de «despersonalización».

«Y además», dijo Green,» ¿«dijo usted que su responsabilidad se hallaba disminuida en este momento? Oh, vamos, doctor. Afronte mi pregunta».

La tensión en el tribunal aumentó. Cuando se trata de definir un caso, médicos y abogados tienden a hablar lenguajes diferentes y a definir experiencias en distintos términos. Esto invariablemente conduce a confusión y frustración en ambos bandos. Ocurrió lo mismo con el siguiente testigo, el doctor Gallwey, que describió el estado de Nilsen como «desorden límite». El juez no dudó en reflejar la perplejidad del jurado cuando expresó su impaciencia con esta jerga profesional.

El doctor Gallwey intentó explicarlo sugiriendo que Nilsen combinaba síntomas paranoicos y esquizoides, lo que le hacía imposible tratar a las personas como individuos. Para él eran objetos, y sembraban de confusión su mundo privado. También era de crucial importancia reconocer que Nilsen no tenía sentimientos normales.

«No puedo ver cómo puede ser culpable de maldad premeditada si es enteramente incapaz de sentir, cuando los sentimientos son una parte integrante de las intenciones y motivaciones de la persona,» dijo. El magistrado Mr. Croom-Johnson le respondió que estaba traspasando la interpretación de la ley, interpretación que debiera dejarse a otros.

La cuestión esencial, que volvía una y otra vez, bajo el examen realizado por Green, era un punto clave: «El sabía exactamente lo que estaba haciendo». Green lo decía con convicción.

«Dejando a un lado lo emocional, sí,» replicó Gallwey, «pero su condición emocional es vital».

«Usted no discute que él fuera intelectualmente consciente de lo que estaba ocurriendo».

«No».

«El sabía lo que hacía».

«No estoy de acuerdo con eso. La distinción entre la conciencia intelectual y emocional no es una cuestión trivial. Si sus emociones estaban trastornadas, entonces se comportaría como una máquina».

«¿Conocía él la naturaleza y la calidad de sus actos?».

«No. El sólo conocía la naturaleza de sus actos, no su calidad.»

Terminada la defensa, se permitió a la acusación que presentase un perito de «refutación» es decir, un tercer psiquiatra que ofreciera un diagnóstico diferente del de los dos psiquiatras presentados por la defensa. El Dr. Bowden no pudo encontrar prueba de anormalidad tal y como la definía la Ley de 1957 Sugirió, de hecho, que Nilsen simplemente quería matar gente, y dijo que le compadecía, pero que no podía excusarle en términos psiquiátricos.

Curiosamente, fue el único de los tres doctores en decir que él pensaba que Nilsen había mostrado remordimientos, y que una vez delante de él se puso a llorar. Pero en cuanto al asunto central de su responsabilidad, el Dr. Bowden fue inamovible: «en mi experiencia -dijo- la gran mayoría de la gente que asesina tiene que considerar a sus víctimas como objetos, de otra manera no pueden asesinarlos.»

El brutal y claro sentido común del Dr. Bowden tocó la fibra sensible del jurado. Por otra parte, su obstinado rechazo durante el interrogatorio a admitir que hubiera algo raro en Dennis Nilsen les sorprendió por hacer caso omiso de lo que se pensaba que era obvio. Le correspondía al juez desenredar estas conflictivas versiones.

La acusación había insistido en que el acusado sabía exactamente lo que estaba haciendo; la defensa había dicho que él era capaz de saber lo que estaba haciendo. Croom-Johnson tardó cuatro horas en llegar a sus conclusiones.

Guió al jurado a través de los intrincados caminos de la ley y también introdujo algunos cuestionables conceptos propios. «Hay gente pervertida que hace cosas malas», dijo. «Cometer asesinato es una de ellas». Después añadió: «Una mente puede ser perversa sin tener que ser anormal». El concepto de maldad tiene un lugar en la filosofía moral y ha sido debatido por los pensadores durante siglos.

Los médicos nunca tratan el tema del mal pues queda fuera de su alcance. Los aboga dos tienen cuidado de no usar la palabra con demasiada facilidad. Pero en el caso de Nilsen el juez determinó que ayudaría al jurado a tomar una decisión si usaba términos no jurídicos.

Sobre el asunto de la personalidad de Nilsen, el juez fue también muy claro. «No debe haber excusas para Nilsen si tiene defectos morales» dijo. «Una naturaleza perversa no implica necesariamente un desarrollo retardado de la mente».

El juez daba a entender al jurado que, en su opinión, Nilsen era un pervertido y no un loco. El jurado debía, pues, hallarlo culpable de asesinato.

El jurado se retiró a última hora de la mañana del jueves 3 de noviembre de 1983. Al contrario que Croom-Johnson, magistrado, fueron incapaces de llegar a una decisión ese día y pasaron la noche en un hotel.

El viernes, todavía no se ponían de acuerdo sobre el estado mental de Nilsen cuando cometió los asesinatos; por eso el magistrado Croom-Johnson dijo que permitiría una decisión por mayoría.

A las 4.25 de la tarde del 4 de noviembre, después de un juicio que duró más de dos semanas, el jurado pronunció veredicto de culpabilidad en los seis casos de asesinato, por diez votos a dos, y culpable de un intento de asesinato por diez votos a dos. En el segundo caso de intento de asesinato, el del joven Paul Nobbs, pronunciaron un veredicto unánime de culpabilidad.

El juez condenó a Dennis Andrew Nilsen a cadena perpetua con la recomendación de que eso significaría no menos de 25 años. Se llevaron a Nilsen del banquillo con la certeza de que sería muy improbable que fuese alguna vez encarcelado.

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El acta de 1957

El artículo segundo de la Ley de Homicidios de 1957 asegura una eximente por asesinato, incluso si se prueba que el acusado mató efectivamente a la víctima. El acusado puede no ser declarado culpable si «sufriese de tal anormalidad mental que se deteriorase sustancialmente la responsabilidad mental de sus actos».

Corresponde a la defensa más que al juez plantear ese sustancial deterioro de la responsabilidad y probarla. La responsabilidad del acusado no tiene que ser totalmente disminuida, pero debe haber algo más que ligeros problemas mentales. Cuanto más irresponsable parezca el detenido más probabilidades hay de que sea exculpado.

Los médicos tendrán que ser llamados a declarar para dar un testimonio experto, y muy a menudo el testimonio de un doctor se opondrá al de otro. En este caso es tarea del jurado considerar los testimonios y decidir si la capacidad mental del acusado estaba lo suficientemente deteriorada o no. Si están de acuerdo en que sí lo estaba, el veredicto será culpable de homicidio más que de asesinato, y el juez generalmente mandará al acusado a un establecimiento psiquiátrico antes que a prisión.

*****

Brian Masters

El autor del best-seller Killing for company (Asesinando por compañía) describe su relación con Dennis Nilsen.

«Cuando Dennis Nilsen fue arrestado en febrero de 1983, le escribí a la prisión de Brixton sugiriéndole que yo podría escribir un estudio sobre su caso, pero que no lo haría sin su consentimiento. Contestó con una advertencia. Si yo iba a inmiscuirme en los detalles del caso, dijo, lo encontraría extremadamente angustioso. Que tal hombre pudiese entender el significado de «angustia» me intrigó, pues quería decir que poseía una dimensión moral. Le visitaba dos veces a la semana en Brixton mientras estuvo bajo custodia, y se creó una cierta confianza que nos permitió discutir su pasado y los delitos con completa franqueza. De vez en cuando tenía que mirar las fotos de la policía para recordarme a mi mismo lo que este hombre inteligente y divertido había hecho.

Nilsen escribió un diario de la prisión de 50 cuadernos, único en la historia de la psicología criminal por su sinceridad y asombrosa voluntad de examinar los crímenes desde dentro.

Dijo a su abogado que me diera esos diarios y me asignó el copyright. Estuve con él en el juicio y le vi inmediatamente después de su condena. Fue entonces cuando me dijo que tenía que confesarlo todo y admitir que disfrutaba matando.

Le repliqué que eso era obvio, pero que quería saber por qué disfrutaba. “Tendrás que averiguarlo tú”, dijo.»

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Conclusiones

La multitud amenazaba con sus puños el coche de la policía cuando pasaba llevando a Nilsen de Old Bailey hacia Wormwood Scrubs. Después de unas pocas semanas allí, fue trasladado a la prisión de Park Hurst en la isla de Wight. Allí se hizo amigo de otro preso, David Martin, el famoso pistolero.

En el verano de 1984 Nilsen fue trasladado otra vez, esta vez a Wakefield, donde permanece hasta hoy. Trabaja en un torno, haciendo componentes de acero. Aunque nunca ha buscado protección especial, tiene una celda para él solo, que comparte con su periquito, Hamish.

Nilsen puede mezclarse libremente con otros reclusos durante las comidas y durante las horas de actividades. Cuando está en su celda pasa el tiempo oyendo la radio y leyendo. Le gustan sobretodo los libros sobre la historia de Escocia. Generalmente saca dos o tres libros por semana de la bien equipada biblioteca de la prisión. También acude a las conferencias ocasionales que dan los profesores visitantes.

Todavía, como sindicalista que fue, está alerta sobre los abusos de las reglas de la prisión por parte de los guardianes, y se ha hecho impopular entre los sucesivos directores. También presenta quejas regularmente al Ministerio del Interior. Los otros reclusos no le tienen miedo, pues está en un ala donde todos han sido acusados de graves delitos.

Cuando fue encarcelado, el juez recomendó que Nilsen debería estar en la cárcel no menos de 25 años. Es, pues, poco probable que vuelva a ver el mundo exterior antes de los primeros años del siglo XXI. Nilsen no espera ser excarcelado y acepta este castigo.

Nilsen apareció en el tribunal de Knightbridge Crown en junio de 1984. Dijo que había recibido un navajazo de cuatro pulgadas en la mejilla por parte de un compañero de prisión en Wormwood Scrubs.

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Fechas clave

  • 01-01-79 – Asesinato del chico irlandés.
  • 08-79 – Ataque a Andrew Ho.
  • 03-12-79 – Asesinato de Kenneth Ockendon.
  • 05-80 – Asesinato de Martyn Duffey.
  • 07-08-80 – Asesinato de Billy Sutherland.
  • 12-11-80 – Ataque a Douglas Stewart.
  • 12-80 – Cuerpos quemados en una hoguera.
  • 11-80/05-81 – Asesinato de siete víctimas sin nombre.
  • 18-09-81 – Asesinato de Malcolm Barlow, el epiléptico.
  • 10-81 – Nilsen se traslada a Cranley Gardens.
  • 25-11-81 – Ataque a Paul Nobbs.
  • 03-82 – Asesinato de John Howlet.
  • 05-82 – Ataque a Carl Stottor.
  • Finales 1982 – Asesinato de Graham Allen.
  • 26-01-83 – Asesinato de Stephen Sinclair.
  • 08-02-83
    6,15 p.m. Mike Cattran llega a Cranley Gardens nº 23.
  • 09-02-83
    8,30 a.m. Nilsen se va al trabajo.
    9,15 a.m. Mike Cattran vuelve a inspeccionar los desagües y llama a la policía.
    11,00 a.m. Llega el detective jefe inspector Jay.
    3,30 p.m. El profesor Bowen afirma que los restos son humanos.
    5,40 p.m. Nilsen vuelve a casa.
    9,00 p.m. Nilsen es arrestado.
  • 11-02-83 – Nilsen es acusado de asesinato.
  • 12-02-83 – Nilsen puesto bajo custodia durante 7 días en el juzgado de Highgate.
  • 03-83 – Nilsen es trasladado a la prisión de Brixton.
  • 26-05-83 – Nilsen citado ante los tribunales en Old Bailey, Londres.
  • 24-10-83 – El juicio comienza en el tribunal número 1 de Old Bailey.
  • 25-10-83 – Paul Nobbs y Carl Stottor llamados a testificar.
  • 26-10-83 – Psiquiatras interrogados en el tribunal.
  • 03-11-83 – El jurado se retira.
  • 04-11-83 – Nilsen es declarado culpable de 6 asesinatos y de dos intentos de asesinato.
  • 04-11-83 – Nilsen es enviado a Wormwood Scrubs.
  • 03-84 – Trasladado a la prisión de Parkhurst, en la isla de Wight.
  • 06-84 – Nilsen es trasladado a la prisión de Wakefield.

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Bibliografía

  • Dossier Meurtre núm. 5: L’estrangleur á la cravate, Dennis Nilsen (1991).
  • John Lisners: House of Horrors (1983).
  • Brian McConnell y Douglas Bence: The Nilsen File (1983).
  • Brian Masters: Killing for Company (1985).

 


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