Denise Labbé

Los amantes de Vendôme

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Instigada por su amante, con quien mantenía una relación perversa, mató a su hija como muestra suprema de su amor por él
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 8 de noviembre de 1954
  • Fecha de detención: 8 de noviembre de 1954
  • Fecha de nacimiento: 17 de marzo de 1926
  • Perfil de las víctimas: Su hija Catherine, de 2 años
  • Método de matar: Ahogamiento
  • Localización: Vendôme, Loir y Cher, Francia
  • Estado: Condenada a cadena perpetua el 6 de junio de 1956
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Denise Labbé – Hay amores que matan

Isabel Pisano

6 de septiembre de 2011

Mi novela Denise (Ediciones B) lleva el nombre de la mujer que, en el valle del Loira en los años 50, fue la protagonista de esta terrible historia. Siempre he culpado de todas mis desgracias a las perversas hormonas. He leído mucho sobre casos de perversión sexual en la Historia y no encontré nada igual a lo que me golpeó por primera vez en París, aquel día de lluvia torrencial que impedía mis paseos matinales: el juicio a «Los diabólicos de Blois».

Llamó mi atención la imagen de una joven de belleza sobrenatural y de riguroso luto, Denise Labbé, que había confesado el asesinato de Cathie, su hija, a instancias de su examante Jacques Algarron. Atractivo, con una expresión de frialdad sobrecogedora, había sido el inductor del crimen. En un in crescendo de sus relaciones sexuales, fue pidiendo más y más cosas. Las primeras atentaban contra los principios morales y la religión de Denise. La compartía con otros hombres y mujeres, la sometía a ritos sadomasoquistas dolorosos y crueles inspirado en su escuálido maestro, el Marqués de Sade, que sin lugar a dudas habría sido misógino.

Pero, ¿cómo se justifica la «obediencia debida» de Denise a ese verdugo miserable y frustrado? ¿Fueron los demonios los que cegaron a Denise y armaron su mano con el odio hasta acabar con la vida de la inocente, indefensa, Cathie? Sí, eran ellos, un ejército infernal salido de las profundidades del averno porque, ¿qué otra cosa es la pasión cuando se adueña del cuerpo de alguien, acallando la piedad ante un ser inerme, cegando al amor más grande que una mujer pueda alentar?

Cuando la pasión entra en el cuerpo de alguien se adueña de todo lo demás, los sentimientos, los recuerdos, los deberes, las leyes naturales y pisotea todo como búfalos en estampida. Solo se escucha un latido: dos palmos más abajo del corazón. Más tarde Denise despertó, pero los dados estaban echados. Nada ni nadie puede cambiar la cifra que, inexorablemente, han compuesto. Tenía toda la vida que le quedaba para expiar su culpa, si no se la cortaba de cuajo la guillotina. La decisión la tomarían los miembros del jurado en el sereno valle del Loira.


Denise Labbé

Colin Wilson y Patricia Pitman – La enciclopedia del crimen

Secretaria francesa de 29 años, convicta en 1955 de la muerte de su hija Carolina, de dos y medio.

«Cathy» vino al mundo como resultado de un affair entre Denise Labbé y un joven doctor que la abandonó poco después de nacer la niña.

Denise, a pesar de sus tendencias ninfomaníacas, parecía una madre amante; al no poder atender debidamente a su hija a causa de su trabajo, la envió a Agly, localidad cercana a París, al cuidado de un ama de cría, Mme. Laurent.

En mayo de 1954 conoció en el Café Glacier de Rennes a un joven oficial llamado Jacques Algarron, de quien se enamoró locamente. Algarron, cuatro años más joven que Denise, combinaba su atractivo físico con una inteligencia excepcional; experto matemático, admiraba desmedidamente los trabajos del filósofo alemán Nietzsche, con cuyas ideas se identificaba, especialmente con las relativas a la teoría del «Ubermensch» o «superhombre», a partir de la cual elaboró su propio concepto de una «superpareja» unida (en su opinión) por un común desprecio por los valores establecidos.

El atractivo oficial adivinó en Denise la compañera ideal. (Las relaciones que mantuvieron Denise y Algarron ofrecen una gran semejanza con un caso ocurrido treinta años antes en Chicago, del que fueron actores dos estudiantes «superhombres», Leopold y Loeb.)

El oficial exigía de Denise una completa sumisión, que ésta no dudaba ni por un momento en negarle; se había enamorado de tal forma que su entendimiento había quedado completamente ofuscado, sometiéndose voluntariamente a las mayores indignidades. Esto era lo que Algarron buscaba precisamente, no sólo para llevar a la práctica su teoría de la «superpareja», sino para satisfacer sus inclinaciones sádicas en las relaciones sexuales. (Denise Labbé dijo más tarde refiriéndose a unas vacaciones que había pasado con su amante: «Me sentía hasta orgullosa de mostrar mis cicatrices en la playa…»)

Tres meses después de conocerse, Algarron se expresaba así en un taxi:

«Para llegar a formar la pareja ideal y alcanzar la única forma real de cohabitación…. un hombre y una mujer deben ser capaces de cometer, el uno para el otro, cualquier acción, hasta matar a un taxista.»

El 29 de agosto de 1954 el oficial preguntaba a Denise si estaría dispuesta a matar a su hija Cathy como prueba de su absoluta subordinación a él y su teoría; Denise se mostró dispuesta a hacerlo, pero sus vacilaciones (debidas a su amor maternal o a cobardía) llevaron a Algarron a pronunciar una serie de ultimátums, amenazándole finalmente con romper sus relaciones si no llevaba a cabo su proyecto.

Mientras, su amante se decidía siguió enviándola largas y apasionadas cartas en las que aludía frecuentemente a simbolismos sexuales:

«… pienso en ti y al hacerlo parte de mi ventana una simple línea geométrica; es un árbol poderoso, temblando en un cielo de tormenta, que se levanta de sus raíces hundidas en la estremecida tierra de la vida misma como si surgiese del abismo de las cumbres. El viento mueve sus hojas a lo largo de su espalda de la misma forma que tus párpados se vuelven azules cuando mis dedos recorren el tierno surco de tu espalda femenina desde los húmedos muslos hasta la nuca diáfana. El verde se torna azulado y el negro se tiñe de savia cuando el erecto tronco del árbol se estremece ante la posesión del relámpago de locura que brilla en los ojos de su amante. Espero de ti más que lo imposible, y tú lo sabes. Si tu sangre fuese tan fuerte como la mía, te elevaría sobre ti misma convirtiéndote en la mujer apropiada de la “Pareja” que intento crear…»

A fines de septiembre, horrorizada ante la idea de perder a su amante (aunque el 21 de aquel mes había escrito que sentía una «voluptuosa sensación» en el curso de sus discusiones), Denise intentó arrojar a su hija desde la ventana de un piso alto, pero en el último momento le fallaron las fuerzas.

Una semana después la tiraba a un canal, pero acto seguido pedía ayuda para rescatarla. Sin embargo, el 30 de septiembre pareció decidida definitivamente a cometer el crimen, escribiendo a Algarron en aquella fecha:

«… Catherine no se separa de mí un momento; puedo asegurarte que no va a ser nada fácil… Si no fuera por nuestro gran amor renunciaría a la idea… ¿Será mi amor por ti más fuerte que el miedo? ¿Triunfará el bien sobre el mal? Mi mayor deseo es llegar a ser pronto tu esposa…»

Su amante replicó:

«Tu soledad me responde… desde las profundidades de tu espíritu y lee en mis ojos la fuerza y el deseo. La creación de nuestra “pareja” significará la culminación de mi vida… Tú arriesgas tu corazón, Denise, pero yo arriesgo mi razón. Pero ni tu inteligencia ni mi corazón pueden negarse por mucho tiempo.»

El 16 de octubre Denise Labbé intentó de nuevo asesinar a Cathy arrojándola al río que corría junto al jardín de Mme. Laurent, pero otra vez fue rescatada la niña, ahora por varios vecinos que acudieron al oír sus gritos.

Tres días más tarde, Denise sufría una hemorragia (consecuencia de un aborto) y era conducida al hospital, donde Algarron la visitó para comunicarle que rompería sus relaciones si no se decidía a realizar el plan establecido.

El lunes 8 de noviembre su amante tiraba otra vez a su hija a un estanque, esta vez con éxito. Cuando Algarron recibió la noticia (según testimonio de Denise) exclamó: «Estoy desilusionado; ahora me doy cuenta de que aquello no significaba nada para mí.»

Mientras tanto, Mme. Laurent, en vista de los repetidos accidentes, concibió sospechas en torno a la muerte de Cathy y acudió a la policía. Las investigaciones revelaron que la niña no había podido caer por sí misma en el estanque porque el borde de éste era demasiado alto.

Denise, siguiendo el consejo de su cuñado, el abogado Jean Dusser, se presentó entonces a la policía afirmando que la niña había caído de sus brazos al agua por accidente y que en el momento en que se precipitaba a salvarla había tenido una alucinación (veía los ojos de su amante) que la hizo caer desvanecida.

La policía no creyó en sus palabras y la arrestó, acusándola de asesinato; dos meses más tarde, el 24 de enero de 1955, se le imputaban también otros tres cargos, es decir los tres intentos de asesinato. Denise se defendió acusando a su instigador: «Soy la amante de Jacques Algarron, teniente de la Academia de Artillería de Chalons-sur-Marne. Él fue quien me obligó a matar a mi hija para probarle que le amaba…»

Algarron fue arrestado; al comunicarle la afirmación de Denise, contestó: «Debe estar completamente loca.» Mientras esperaba el juicio repitió estas mismas palabras infinitas veces en su celda, decorada, significativamente, con las fotografías de dos hijos que había tenido con otras tantas amantes.

Sin embargo, Denise Labbé insistía en su acusación y escribía a Mme. Laurent:

«Créame, si Jacques no me hubiese ordenado matar a mi hija, jamás se me hubiese ocurrido la idea. Ahora niega todo, pero hubo un tiempo en que llegó a indicarme el día y la hora en que Cathy debía morir. Bastante peso tengo ya sobre mi conciencia como para inventar una historia así. Por favor, créame.»

El proceso comenzó el 30 de mayo de 1956 bajo la presidencia del juez Mr. Lecoq; Mr. Simon defendía a Denise Labbé y Mr. Floriot a Algarron. Este, interrogado por el juez sobre su idea de la «superpareja», respondió: «Aludí a ella en algunas cartas…. pero mientras yo permanecía en lo abstracto ella quería crear algo concreto.»

Floriot hizo subir a la tribuna de testigos varias antiguas amantes de Algarron para demostrar la falsedad de las acusaciones de sadismo que se habían hecho contra su cliente; sin embargo, el resultado fue contrario a sus deseos, pues Therése G. afirmó: «… un día me dijo que dos personas que se amasen deberían hacerse sufrir la una a la otra. Yo le contesté: Perdona, pero soy normal. Nunca más volvió a mencionar el tema.» Madame Laurent, por su parte, a quien no impresionaron las protestas de Algarron, le insultó desde la tribuna: «¡Salvaje! ¡Salvaje!»

Denise Labbé se declaró culpable del crimen. El fiscal, Francisque Gay, pidió para ella sentencia de muerte y cadena perpetua para Algarron. El jurado, después de deliberar durante tres días, declaró a Denise culpable con atenuantes y a Algarron responsable de haber provocado el delito; la primera fue condenada a cadena perpetua y el segundo a veinte años de trabajos forzados.

Al descender de la tribuna de testigos, Denise Labbé, todavía capaz de coqueterías, dejó caer un guante a los pies de su antiguo amante.


Denise Labbé y Jacques Algarron: “Los Amantes Demoníacos”

Escritoconsangre1.blogspot.com

«Que el hombre tema a la mujer cuando ama. Entonces ella es capaz de realizar cualquier sacrificio, y todo lo demás resulta sin valor».

Friedrich Nietzsche

Denise Labbé nació el 17 de marzo de 1926 en el pueblecito de Melesse, cerca de Rennes (Francia). Tenía un hermanastro llamado Antonin Dusser. Denise tuvo una niñez difícil. Cuando tenía catorce años, su padre se suicidó lanzándose al canal de Melesse. Denise tuvo que dejar de estudiar y ponerse a trabajar.

Trabajó como empleada y como costurera en una fábrica, en un puesto que su tía le consiguió. Pero le pagaban muy mal e intentó mejorar su posición asistiendo a clases nocturnas. Finalmente, consiguió colocarse de secretaria en Rennes.

Denise se entregó de lleno a la ajetreada ciudad universitaria y tuvo varios amoríos. La aventura más duradera la vivió con un joven médico. La pareja hizo vida en común hasta que él se presentó voluntario para irse a Indochina. Denise estaba embarazada y durante la ausencia de su amante nació su hija Catherine.

Para evitar el escándalo, la joven consiguió un puesto de secretaria en la oficina del Instituto Nacional de Estadística de París, yéndose a vivir allí. El día del parto, su madre la visitó en el hospital y decidió quedarse con ella para cuidar de la pequeña.

Catherine era una niña rubia y de ojos azules como su madre; todo se había encauzado y parecía en orden. Sin embargo, tras la vuelta del padre, Denise se negó a casarse. El médico se había dado a la bebida y la joven, extremadamente ambiciosa y pasional, estaba más decidida que nunca a  mejorar su posición social.

Jacques Algarron nace el 26 de enero de 1930 en París (Francia). Era cuatro años más joven que Denise y su pasado familiar era poco común. Era el hijo ilegítimo de un militar, un Mayor de 70 años de edad y de su amante de 30 años, y tenía dos hermanastros.

Jacques siempre tuvo muy presente su innoble origen. Su vergüenza aumentó cuando condenaron a su hermano por colaboracionista con los nazis al final de la Segunda Guerra Mundial. Quizá fuera este hecho el que le decidió a alistarse y a estudiar en la Academia Militar de Saint-Cyr, precisamente en el momento en que los problemas de Indochina convertían de nuevo a la profesión militar en una peligrosa ocupación.

La tragedia comenzó en 1954, durante la celebración del Primero de Mayo en Rennes, donde Denise conoció a Jacques Algarron en el baile del Café Glacier.

Los dos jóvenes tenían un pasado muy diferente. Denise era una madre soltera que luchaba por sacar adelante a su hijita, Cathy. Las fiestas de mayo le dieron la oportunidad de volver a encontrarse con viejos amigos. Jacques Algarron era un hombre culto, arrogante y seguro de sí mismo. Aún estudiaba en la Academia Militar Saint-Cyr y daba la impresión de tener una prometedora carrera militar por delante.

La pareja bailó dos piezas y quedaron citados para el siguiente fin de semana. Entretanto, Algarron le escribió una curiosa carta a Denise, donde le decía fríamente que tenía intención de convertirla en su amante. Fue la primera de una larga serie de misivas que vendrían a constituir la columna vertebral de su extraña relación.

Todo salió según lo previsto y terminaron siendo amantes. Formaban una pareja explosiva y sexual. Ambos habían tenido muchas relaciones amorosas con anterioridad; de hecho, Algarron era padre de dos hijos ilegítimos; pero sus actitudes emocionales eran radicalmente opuestas. Denise se mostraba sumisa y Jacques llevaba la batuta.

Desde la primera vez que ella y el oficial hicieron el amor la muchacha comprendió que nunca antes había vivido nada similar en cuanto al despertar de los sentidos. Los maestros de Jacques en el placer eran, entre otros, Pierre Chordelos de Laclos y el Marqués de Sade.

El cadete de Saint-Cyr le pegaba mientras tenían sexo duro y siempre la dejaba marcada con mordiscos, lo que a ella parecía gustarle mucho. Al final de una de sus cartas, Denise escribió: «Los arañazos de mi espalda están empezando a sanar, como desesperadamente tuve la ocasión de comprobar esta mañana».

Algarron era un sádico sexual y un manipulador. En su comportamiento hacia Denise existía una inequívoca vena de despiadada crueldad. En un principio, tomó la forma de la humillación. Jacques le exigía que tuviese sexo con otros hombres para que, acto seguido, le suplicara perdón.

Denise respondió a la perfección. En una carta le decía: «Ahora que te he sido infiel sólo me puedo sentir disgustada y molesta conmigo misma». Pero esto era demasiado fácil. Algarron se cansó pronto de este juego de infidelidades y se le ocurrió un pasatiempo de carácter más brutal y destructivo.

El 7 de agosto, el mismo día en que se graduó como oficial del ejército, inició la segunda fase. Mientras viajaban en un taxi hacia la estación de Rennes, Jacques comentó que los verdaderos amantes deben ser capaces de llegar hasta el último extremo para demostrar su amor, incluso hasta a matar a alguien. «¿Quizás al taxista?», inquirió. Esto iba claramente más allá del límite de la dominación sexual.

Algarron había desarrollado extrañas convicciones sobre la forma que debía adoptar una relación amorosa, en la cual las emociones no bastaban. Según él, una verdadera unión debía reposar sobre una firme base filosófica e intelectual.

Sus ideas estaban parcialmente inspiradas en la obra del filósofo alemán Friedrich Nietzsche y en una enrevesada interpretación de los comportamientos liberales que estaban de moda en los cafés de París por aquella época. Sobre todo se apoyaba en el concepto nietzscheano del «Superhombre», un ser capaz de llevar a cabo cualquier acto gracias a la fuerza de voluntad. La idea que Jacques tenía de las mujeres también estaba calcada del pensamiento del filósofo. «El verdadero hombre busca dos cosas: el peligro y el juego. Por eso desea a las mujeres, dado que son el juguete más peligroso», citaba.

Nietzsche enfatizaba la idea de que la responsabilidad del varón residía en el mando. «La alegría del hombre es: yo quiero. La alegría de la mujer es: él quiere». El papel de la mujer se limitaba al mero sometimiento. «El hombre definitivo no tiene nada que temer, excepto a la mujer definitiva. Que el hombre tema a la mujer cuando ama. Entonces ella es capaz de realizar cualquier sacrificio, y todo lo demás resulta sin valor».

Algarron lo tomó literalmente.

Las palabras de Nietzsche parecían acuñadas para describir la actitud del joven oficial hacia Denise. Matar a un taxista era una ocurrencia poco afortunada; pero él no perdió el tiempo: en seguida encontró una alternativa más adecuada. Se le ocurrió cuando Denise le comunicó que estaba embarazada de él. Al fin y al cabo, no tenía ningún deseo de ser padre por tercera vez. Él la veía más como a una ayudante que como una amante; de manera que le dijo que abortara y Denise accedió sin rechistar.

El 29 de agosto, Jacques Algarron hizo estallar la bomba. La pareja estaba cenando en un restaurante de París, cuando él se inclinó sobre la mesa y le preguntó si estaba preparada para matar a su hija Cathy, alegando que esa sería una muestra suprema de su amor por él. A Denise esta sugerencia le pareció una más de las extravagantes bromas intelectuales de su novio y le respondió sin dudarlo: «Sí». Pero pronto se dio cuenta de que Jacques hablaba muy en serio.

La empezó a presionar amenazando con abandonarla si no realizaba el supremo sacrificio. Denise se negó insistentemente, pero al mismo tiempo le había dado su palabra, y no podía soportar la idea de perderlo. Estaba obsesionada con él. Algarron había escogido con mucho cuidado el sacrificio que iba a solicitar.

Madame Laurent, la niñera que se ocupaba de Cathy mientras su madre iba al trabajo, testificaría poco después: «Puedo jurar que Denise amaba a su hija. Cathy tenía toda su ropita bordada a mano por su madre. Es una cosa que he visto pocas veces. Era una verdadera madre, hasta el día en que ese hombre la volvió loca».

Jacques Algarron basaba su filosofía amorosa en el concepto de la «pareja extraordinaria». En sus cartas a Denise, le insistía una y otra vez en que deseaba crear una unión muy especial con ella, una unión que trascendiera la realidad vulgar, y que sólo se podía conseguir si ambos estaban dispuestos a realizar sacrificios el uno por el otro.

En su pedante estilo, afirmaba: «Para crear la pareja extraordinaria, la única forma de cohabitación que yo puedo tolerar, un hombre y una mujer deben ser capaces de realizar cualquier acto por el otro». Si el amor de Denise era verdadero, entonces ofrendaría lo que más amaba en el mundo: la vida de su hija.

Poco a poco, el chantaje y las amenazas de Algarron surtieron efecto y Denise capituló.

El 22 de septiembre, en un momento de arrebato, Denise cogió a su hija de dos años de edad y la sostuvo en el vacío desde el balcón del segundo piso de la casa de su madre. Pero inmediatamente la abrazó metiéndola en el cuarto, pero el mortífero mecanismo de su mente ya había empezado a funcionar.

A los pocos días, tiró a la bebé a un canal desde un puente. Pero los remordimientos pudieron de nuevo con Denise y presa del pánico se puso a gritar pidiendo ayuda. Un esclusero se lanzó al agua y salvó a la criatura. Jacques la rechazó sin piedad por haber fallado en los dos intentos. Aquello hacía planear una oscura sombra de duda sobre el verdadero valor de su amor por él.

La duda de Denise se podría haber prolongado aún un cierto tiempo, pero ocurrió algo que la sumió en la más completa desorientación. El 5 de octubre, Denise abortó en Rennes. La operación se realizó de forma descuidada, deprisa y corriendo.

La mujer estaba aún sin duda bajo los efectos secundarios del procedimiento, cuando intentó ahogar a su hija por tercera vez. De nuevo se detuvo a tiempo. Después, medio enloquecida, huyó a París en busca de Jacques.

Nada más volver a Rennes sufrió una hemorragia y la tuvieron que operar urgentemente. Algarron la visitó en el hospital y repitió su exigencia: Cathy debía morir si querían crear la «pareja extraordinaria». A estas alturas, tanto Madame Laurent como la madre de Denise empezaron a sospechar.

Fue hasta el 8 de noviembre, mientras pasaba unos días con su hermana en Vendôme, cuando Denise encontró otra oportunidad para atentar contra su hija y cumplir los deseos de su amante.

La hermana y la madre de Denise habían salido de compras y ella cogió a la bebé, la llevó al patio y sumergió su cabeza en un profundo lavadero metálico lleno de lejía, usado para la ropa. La niña se debatía con desesperación, la lejía le quemó los ojos y la piel, además de lesionarle los pulmones.

Denise comenzó a llorar mientras seguía sosteniéndola bajo el agua, hasta que la pequeña se quedó quieta. Estaba muerta. Aún lo dejó allí un poco más para asegurarse. Una vez completado el crimen mandó una postal a su amante donde sólo escribió: «Catherine ha muerto. Espero verte pronto».

Es curioso que el asesinato de la niña Catherine Labbé presentase tantas semejanzas con los sacrificios de infantes realizados en ciertos rituales satanistas, aunque en este caso no hubiera ninguna conexión directa con ellos. Los asesinatos rituales siempre suponen especiales dificultades a la hora de ser juzgados, ya que no se puede aplicar ninguno de los motivos considerados normales para matar.

El pretexto para este ejercicio de poder era de poca importancia; lo que era necesario resaltar fue que Algarron solía utilizar un vocabulario propio de los asesinatos rituales.

La palabra «sangre» se repetía frecuentemente en sus cartas, en los más extraños contextos. «Si tu sangre es tan fuerte como la mía…», escribió cuando urgía a su amante a cometer el asesinato, para sacrificar a su hija en el altar de su vanidad.

Para Denise el crimen fue un verdadero asesinato pasional. Ella llevaba bastante tiempo intentando perfeccionarse y se sintió muy halagada cuando aquel aparente genio la invitó a compartir un supremo acto de amor.

Para Jacques, toda la palabrería sobre la pasión, el sacrificio y el sufrimiento no pasaba de ser más que un divertimento intelectual; pero para ella se trataba de una realidad terrorífica. «Tú me dijiste que no podía existir el verdadero amor sin sacrificio. Y que el mayor sacrificio de todos era la muerte».

El verdadero motivo de Algarron era el ejercicio del poder. Era consciente de lo atractivo que resultaba para las mujeres; sólo necesitaba la compañera adecuada para que sus malvadas maquinaciones se hicieran realidad.

Una de las testigos indicó de pasada durante su declaración que para Jacques era fundamenta el sufrimiento entre quienes se aman. Desde tiempo atrás, buscaba a la presa adecuada para poner en práctica sus planes: una mujer influenciable, débil, irreflexiva, sumisa, sexual e irreflexiva. Denise era la víctima ideal. Una mujer cuyo comportamiento podía moldear a su antojo.

La reacción de Algarron ante el infanticidio sacudió a Denise como un terremoto. No la alabó, ni le rogó que se casara con él (lo que ella más deseaba), sino que se limitó a decirle: «Encuentro todo este asunto muy desagradable. Ya no significa nada para mí».

Denise no tuvo tiempo de romperse la cabeza intentando encontrar una explicación para la actitud de su amante. La policía ya estaba investigando a fondo. Madame Laurent, la niñera, le pidió a un agente que inspeccionase el lugar del segundo intento de asesinato, el puente desde el que la criatura había resbalado al agua del canal. Resultó que en el sitio del supuesto accidente existía un muro de metro y medio de alto, y era imposible que la caída se hubiera producido por accidente.

La policía citó a Denise para que explicara las circunstancias de la muerte de la niña. En dos declaraciones, insistió en que había visto cómo el bebé caía al barreño. Cuando fue a rescatarla, «se me aparecieron los ojos de mi amante y me cegaron. Después me desmayé». Ante esa descabellada respuesta, fue arrestada inmediatamente.

Durante el mes siguiente, Denise no dijo una sola palabra sobre Algarron. Aguantó estoicamente en la cárcel. Quizás tuviese aún la vana esperanza de que fuera posible la reconciliación. Antonin Dusser, su hermanastro y consejero legal, le advirtió que había visto a Jacques besándose con otra mujer en un club nocturno. Furiosa, Denise pidió hablar con el juez instructor y le contó toda la historia.

Cuando los agentes llegaron, Jacques Algarron no se lo podía creer. Allí, en su guarnición de Chálons-sur-Marne, había dos policías que querían arrestarle. No existía motivo legal alguno. Al fin y al cabo, él no estuvo cerca del lugar del crimen; ni siquiera estuvo cerca de los sitios donde se intentó asesinar previamente a la pequeña Cathy. A pesar de todo fue conducido a la prisión de Blois; la misma cárcel donde se encontraba detenida Denise.

Durante el largo tiempo que transcurrió hasta el inicio del juicio, Algarron demostró ser un prisionero modelo. Se convirtió en el contable de la prisión y profundizó sus estudios de Matemáticas y Filosofía. Como para dar alguna indicación a las autoridades, mantuvo siempre bien visibles en su celda dos fotos de sus hijas ilegítimas.

El juicio comenzó el 30 de mayo de 1956. Las circunstancias no pudieron ser más dramáticas. Un violento vendaval en el exterior del edificio y hizo que tuvieran que cerrar las ventanas para que se pudiera oír a los abogados. Luego, mientras el Secretario del Tribunal leía las acusaciones, se apagaron las luces. Durante varios minutos la sala estuvo sumida en una misteriosa penumbra y de vez en cuando el cegador resplandor de un relámpago iluminaba a los presentes.

El juicio estuvo sin duda alguna a la altura de tan prometedor comienzo. Era un proceso inusual, sobre todo porque no se cuestionaban los hechos que rodeaban el asesinato. Por lo tanto, el trabajo del abogado acusador, Francisque Gay, resultó relativamente fácil.

El juicio de Denise Labbé y Jacques Algarron reunió en una misma sala a tres de las mentes jurídicas más hábiles de Francia para librar una ardua batalla. La verdadera pugna se estableció entre los abogados defensores, al intentar prorratear la responsabilidad de sus clientes.

Esta lucha enfrentó a dos de los más famosos abogados de Francia, René Floriot, defensor de Jacques Algarron, y Maurice Garçon, defensor de Denise. Este último fue una elección especialmente interesante, ya que se trataba de un miembro de la Academia Francesa de la Lengua y se había hecho un nombre en los círculos literarios gracias a sus investigaciones en temas de Brujería y Demonología. Nunca se habló de estos asuntos durante el procedimiento; pero todo el mundo se daba cuenta de que su relevancia en el caso era más que evidente.

La primera jugada de Maurice Garçon fue muy hábil. Solicitó que su cliente fuera separada de Algarron y se sentara en una silla cerca de él. El juez lo consintió. Entonces Floriot inquirió sarcásticamente a su homólogo si creía que Jacques iba a hipnotizar a Denise desde el otro lado del banquillo.

Por momentos, el juicio de Denise Labbé se parecía más a un debate literario que a un proceso. En su defensa, Maurice Garçon criticó las costumbres en boga: «Se ha convertido en cosa de moda despreciar las obligaciones y mofarse de los valores familiares para justificar y exaltar unas costumbres inmorales, para inventar personalidades retorcidas que pueden cometer un crimen gratuitamente, sin motivo alguno».

En esos años de posguerra, los escritores franceses de primera fila eran Jean Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir. El mundo literario aún seguía dominado por el existencialismo. Uno de los postulados de esta idea filosófica era que el hombre no debía sentirse atado por la moralidad burguesa o la religión. En cambio, debía crearse a sí mismo mediante la acción.

Al iniciarse el procedimiento, las personalidades contrapuestas de ambos acusados se pusieron de manifiesto. Denise vestía un traje oscuro de falda y chaqueta y agarraba nerviosamente en sus manos un pañuelo blanco mientras hablaba. Su discurso era vacilante y su voz tímida y apocada. Cada vez que Jacques hacía algún comentario desde el banquillo de los acusados, rompía a llorar.

Él, por contraste, se mostraba seguro de sí mismo. Tanto, que rayaba en la insolencia. Siempre tenía la respuesta adecuada a cualquiera de las preguntas que se le hicieran.

Denise fue interrogada en primer lugar y explicó ante el tribunal la filosofía de Algarron. «Quería que nuestra unión progresara de sufrimiento en sufrimiento hasta formar la “pareja perfecta”». La respuesta de Jacques en tono burlón fue: «Sí, yo había expresado tales pensamientos. Pero sólo se trataba de conceptos abstractos. Nunca pretendí que los tomara en serio».

Según él, su único crimen consistía en no haberse dado cuenta de que una persona tan burda e irreflexiva como Denise se lo podía tomar al pie de la letra. Al preguntarle si estaba intentando ponerla a prueba, se mantuvo firme: «No había nada que probar. Ella buscaba su propio placer y yo el mío».

Pero entró en un terreno más movedizo cuando le preguntaron por qué no había hecho nada para impedir el crimen después del primer atentado de Denise contra su hija. Respondió que creía que sólo estaba fingiendo. No podía creer que estuviera intentando cometer un acto tan monstruoso. Además, añadió, «ella siempre estaba haciendo veladas insinuaciones de deshacerse de su hija. Una vez dijo que iba a dejarla abandonada en un bosque». «¡Eso es mentira!», gritó la acusada, impelida por una fuerza surgida de la nada.

Siguió una acalorada discusión antes de que el juez consiguiera apaciguar a la pareja. Sin embargo, el jurado se sintió impresionado al ver cómo la apagada Denise recobraba repentinamente las fuerzas para contrarrestar las declaraciones de Jacques. Nadie dudaba de que ella había matado a su hija. ¿Pero quién era el verdadero culpable? Jacques Algarron exigió repetidas veces que la acusación le explicara por qué motivo se le estaba juzgando.

De hecho, si Denise no hubiera confesado su crimen, los abogados se hubieran encontrado ante la dificultad de conseguir convencer a un jurado de que una madre podía cometer tan abominable acto. Durante el juicio, el fiscal acusó a Algarron: «Denise Labbé fue su conejillo de Indias. Y usted experimentó a placer con ella. No fue una operación con bisturí y escalpelo, sino ejecutada con el cerebro; con la única finalidad de disfrutar de un orgasmo intelectual».

Los demás testigos no aportaron mucho a la causa. Las cartas jugaron un papel muy importante durante el juicio, al igual que durante la relación entre Jacques y Denise. Algarron había tenido cuidado de destruir la mayoría de las cartas de su amante, pero algunas sobrevivieron.

Entre éstas, la más dañina para su causa fue una escrita el 30 de septiembre. Labbé la escribió unos días después del fallido intento de asesinato de su bebé en el canal, cuando sentía que sus movimientos estaban siendo observados muy de cerca por su familia. Contenía la única referencia directa a su hija en toda la correspondencia: «Mi madre siempre está con Catherine. Te puedo asegurar que no va a ser fácil».

Floriot intentó defender a su cliente alegando que la frase no significaba nada en absoluto para Algarron, pero no consiguió convencer al jurado. Una frase cerca del final de la carta confirmaba las malvadas intenciones de Denise: «¿Será mi amor por ti mayor que el miedo? ¿Triunfará el demonio sobre Dios?»

El golpe maestro del abogado Floriot fue hacer subir al estrado a cinco amantes de Algarron para confirmar que era un compañero completamente normal en temas amorosos. Entre las testigos estaba la madre de una de sus hijas ilegítimas, la cual declaró que su examante era muy cariñoso con los niños, que los adoraba.

Hay que destacar, sin embargo, que la mayoría de estas mujeres eran más sofisticadas que Denise. Jacques las había conocido en bares de moda de París y todas ellas estaban acostumbradas a las ideas intelectuales que circulaban por esos ambientes. Asimismo, todas coincidieron en que hablaba demasiado, pero sólo una admitió que mencionara la necesidad del sufrimiento entre los verdaderos amantes. Como la chica no había mostrado el más mínimo interés por el tema, él no volvió a tocarlo.

La impresión ampliamente favorable a que dio lugar el testimonio de estas mujeres fue contrarrestada por las declaraciones de la niñera, Madame Laurent. Declaró a la Corte que Denise siempre había sido una madre dedicada en cuerpo y alma a su hijita hasta que Algarron entró en su vida. «Al principio odiaba a Denise por lo que había hecho; pero ahora lo comprendo todo y la perdono».

Garçon le sacó buen partido en su alocución final a esta contradicción. Esa madre de carácter intachable contrastaba extraordinariamente con la monstruosidad del crimen. Insistió en su laboriosidad, en su esfuerzo por asistir a clases nocturnas, en su disposición a pasar privaciones para atender a su hija y, sobre todo, en su sencillez. Prácticamente, la hizo ver como una campesina ignorante, aunque de buen corazón. Llegado a este punto, Garçon jugó su mejor baza y leyó una de las largas y abstrusas cartas de Algarron al jurado.

Fue una jugada inteligente. El jurado estaba compuesto por siete granjeros de la zona de Blois y conforme se complicaban los tortuosos vericuetos filosóficos de Jacques, se quedaban cada vez más perplejos. Nada mejor para ilustrar la confusión que debió sentir Denise Labbé.

El jurado tardó tres horas en llegar a un veredicto unánime. Consideraron a ambos acusados culpables, con circunstancias atenuantes en el caso de Labbé. Denise fue condenada por asesinar a su hija y Algarron, por complicidad en el crimen. Ella fue sentenciada a cadena perpetua y él a veinte años de trabajos forzados. La madre de Denise Labbé y su tía abandonaron la sala del juicio de Blois profundamente turbadas por el veredicto de culpabilidad.

El caso Labbé puso de manifiesto algunas de las diferencias entre el sistema legal francés y los de otros países europeos. En principio, Denise fue detenida en virtud del artículo 63 del Código Penal francés por «no asistir a una persona en peligro», algo que no constituye un delito en Gran Bretaña, aunque en España esa conducta sí es considerada delictiva. Acto seguido, el grueso de la acusación hubo de ser concretada por el juez instructor gracias a sus amplios poderes de investigación. Mucho antes del juicio, Denise se había enfrentado ante el juez con Algarron, llegando a producirse una situación muy tensa. Asimismo, se había procedido a la reconstrucción de los hechos in situ.

El caso de Labbé se vio ante un juez, dos magistrados ayudantes y un jurado de siete personas. El juez cargó con el grueso de los interrogatorios, mientras que los derechos de pregunta de los abogados estaban estrictamente limitados.

En teoría, la amplitud de poderes de que gozaban los magistrados hacían innecesaria la intervención de los abogados; Floriot comentaría al respecto que las restricciones legales en el interrogatorio de los testigos eran uno de las grandes problemas del sistema judicial francés. En otros países de Europa y en Estados Unidos, no había límite para el interrogatorio de testigos por parte del fiscal, acusados y defensores.

La pareja fue apodada por la prensa «Los Amantes Demoníacos», aunque los medios dejaban traslucir una cierta simpatía por la influenciable Denise, a pesar de su crimen. El caso Labbé provocó violentas discusiones tras la publicación oficial del veredicto. Jean Cocteau, una de las figuras intelectuales señeras de su tiempo, lo llamó «El Juicio del Siglo». Infinidad de escritores se interesaron por el resultado del proceso y los detalles del caso. Tal como señaló François Mauriac: «Si este veredicto creara un precedente, no habría razón alguna para quedarse tan tranquilo y no acusar al escritor que pudiera haber inspirado a este hombre».

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