David Frooms
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Necrofilia - Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 2 de julio de 1972
  • Fecha de nacimiento: 1947
  • Perfil de las víctimas: Sarah Gibson, de 21 años
  • Método de matar: Estrangulación con ligadura
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue condenado a cadena perpetua en 1972
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Como el mismo demonio

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Sarah Gibson tenía 19 años cuando decidió que quería algo más que la vida tranquila y poco exigente de la sociedad del condado que había disfrutado desde que había salido de la escuela.

No tenía necesidad de ganarse la vida. Su padre, el coronel John Gibson, un entrenador de caballos de carreras y antiguo jockey aficionado, hubiera deseado que ella se quedara en casa. Sarah vivía con su padre, con su madre, la señora Mary Gibson, y con dos hermanos, Martin y Simon, quien estudiaba, en Lambourn, Berkshire, un pueblo de establos de entrenamiento. Aunque la cría de caballos y las cabalgatas tenían inevitablemente un papel importante en la escena social – Martin es un jinete de caza bien conocido – Sarah no se sentía muy a gusto sobre los caballos y, tal vez, hasta le aburrían. En lugar de participar en las fiestas nocturnas del condado, Sarah, una chica de cabello rubio, prefería quedarse en casa a ver la televisión.

No hubo ninguna objeción de parte de los padres cuando anunció que quería hacer una carrera propia en el mundo hotelero y despensero. Era loable que quisiera ser productiva y un tanto independiente ganándose la vida. Sarah hizo a un lado las relaciones familiares y comenzó desde la base de la escalera. En noviembre de 1970 dejó su agradable casa para tomar un trabajo bastante insignificante en el Hotel Norfolk – ahora demolido – del West End de Londres. Trabajaba bien, aprendía mucho, disfrutaba la rutina y en su tiempo libre exploraba la metrópoli, con frecuencia satisfecha con sólo caminar y ver las vitrinas de las iluminadas tiendas de las calles Piccadilly y Oxford.

A principios de 1971, Sarah tomó otro empleo y dio con ello un paso arriba en su carrera escogida. En esta ocasión fue como asistente de ama de llaves del Club Automovilístico Real de Pall Mall. Ganaba 360 pesos a la semana y al igual que docenas de los miembros del equipo de trabajadores – 260 en total – vivía ahí mismo. El club tiene un restorán para 200 personas, una alberca y un campo de tiro para los 15 mil miembros que pagan suscripciones de 1,3,50 pesos al año. Además hay 80 habitaciones que únicamente pueden ser utilizadas por los socios hombres, con un costo de 120 pesos por noche.

Un poco después, ese mismo año, la familia Gibson se mudó de Lambourn a una granja restaurada estilo georgiano, en Ham, cerca de Cheltenham, Gloucestershire. Sarah los visitaba regularmente una vez cada dos semanas. Les dijo que estaba muy contenta en su trabajo y que se sentía encantada con la vida bulliciosa de Londres. Disfrutaba su nueva independencia y estaba planeando un viaje de vacaciones a París.

El domingo 2 de julio de 1972, Sarah no trabajó, pero fue vista en el club varias veces durante el día. Cenó en el restorán de los empleados a las 7:00 y aproximadamente a las 7:30 caminó a un salón de bingo que está en la calle Coventry, a unos cientos de metros del club. Fue vista mientras salía del salón de bingo aproximadamente a las 9:30 de la noche, sola. Nadie la vio regresar al club.

Temprano, a la mañana siguiente, una de las sirvientas fue al cuarto de Sarah – el 519, en el quinto piso – para llamarla. Sobre la cama estaba el cuerpo desnudo de Sarah, con sus manos y pies atados con sus mallas y una cuerda. Alrededor del cuello tenía atada su bata color rosa y negro y metidos en la boca un pañuelo y una toalla. Había muerto hacía varias horas.

Claramente se trataba de un asesinato sexual: había sido violada justo antes o inmediatamente después de muerta. Los detectives que investigaban el crimen formularon inicialmente la teoría de que esta chica de 21 años se había encontrado con su asesino en el salón de bingo o camino de regreso al club. Como había pocos signos de lucha en el cuarto se pensó que era posible que conociera al hombre y que hubiera sido tomada por sorpresa en el momento del ataque.

Aunque Sarah era una chica atractiva – un colega la describió como de “cara hermosa y grandes ojos azules” – no se le conocían amigos. Su padre dijo que desconocía cualquier posible asociación romántica y estaba seguro de que Sarah no tenía un novio fijo. Un miembro del personal del club consideró que “ella era una chica despreocupada y feliz a quien le encantaba divertirse”.

Al descubrirse que varios objetos del cuarto de la chica habían sido robados se abrió una nueva línea de investigación. Entre ellos se contaban un relicario de plata con una fotografía de sus padres, una pulsera de oro con un broche en forma de corazón, un reloj de plata, unos aretes de oro con pequeñísimos diamantes, una corona churchill, un encendedor de nácar y un pequeño reloj de viaje.

Un poco después de publicada la lista de la propiedad robada se descubrió que la corona churchill había sido cobrada en el banco Westminster, en Waterloo Place, el 4 de julio. Tres días después fueron vendidos en una tienda de Soho el encendedor y la pulsera por 75 pesos.

El detective superintendente en jefe James Neville, el hombre a cargo de la investigación, se vio frente al problema de decidir si el hombre que había tomado a Sarah era un asesino sexual que había robado las baratijas para poner a la policía sobre una pista falsa o si era un ladrón que violaba y mataba cuando se encontraba a una chica en el cuarto que saqueaba.

El caso tenía otros aspectos misteriosos.

Miembros del personal afirmaban enfáticamente que Sarah Gibson siempre dormía con la puerta abierta porque no soportaba sentirse confinada en un espacio cerrado. Sin embargo, el coronel Gibson estaba igualmente seguro de que ella no se sentía asustada en cuartos pequeños como también de que no sentía miedo en la oscuridad. Mientras estaba en su casa Sarah siempre cerraba la puerta de su recámara.

– Era una chica sensible que nunca parecía asustada por nada – dijo.

Otro problema a ser resuelto era la determinación de la forma como el asesino había entrado al club. ¿Por la puerta principal que siempre estaba custodiada por un portero? ¿por la entrada del personal, cincuenta metros más allá? ¿o por el elevador del equipaje que llevaba a un área del sótano? Nadie vio ningún extraño en el club esa noche, pero tampoco nadie vio a Sarah.

De los ochenta cuartos sólo diecisiete estaban ocupados la noche de! asesinato. Todos los ocupantes fueron interrogados por los detectives y se planeó tomar las huellas digitales de todos los hombres – incluyendo políticos, celebridades de los deportes y nobles – que habían estado ahí desde que Sarah se unió al personal. Aunque las habitaciones para los socios del club llegaban únicamente hasta el cuarto piso hubiera sido bastante fácil para cualquiera deslizarse por las escaleras hasta el quinto piso sin ser observado.

Un nuevo dato puso a la policía sobre una pista fresca. Un portero que había trabajado con Sarah en el hotel Norfolk dijo saber que ella había tenido un novio durante dos años. Este hombre se había quedado en una ocasión en el Norfolk y el portero los había visto juntos en dos ocasiones en el Club Automovilístico Real. Toda comandancia de policía del país recibió el nombre y la descripción de este hombre. Como se creía que tenía vínculos con Irlanda del Norte, la policía de Úlster fue puesta en alerta.

El 7 de julio, el superintendente Neville voló a Belfast y entrevistó a un hombre. El candidato, sin embargo, fue rápidamente eliminado.

Entonces, como ha sucedido con otros muchos casos relacionados con asesinatos sexuales, la policía fue puesta sobre la pista correcta por el mismo culpable.

Una semana después de la muerte de Sarah, Neville recibió una carta muy especial, sin firma, que decía: “Pensé que podría servirles una ayuda en el caso, en vista de que lo están enfocando desde el ángulo equivocado. No me gustó la idea de la ida de Sarah, pero no había nada que hacer. Lo que se puede hacer es impedir que suceda nuevamente. Tuve una sensación muy extraña de poder al quitarle la vida a un cuerpo, si bien Sarah fue un error… Soy una persona solitaria y creo que posiblemente estoy enfermo. En la noche en que murió Sarah no sentí ningún remordimiento, así que apúrense a atraparme. Yo no me voy a entregar para que me encarcelen. Eso me destruirá y yo soy alguien que ama demasiado la vida”.

El corresponsal ofreció “hacer un trato” con la policía. Si le proporcionaban una lista de traficantes de drogas en Inglaterra él se encargaría de “deshacerse de ellos”.

En el momento de llegar la carta había oficiales de la Scotland Yard que cotejaban las huellas digitales encontradas en el cuarto de la chica con las de los archivos del departamento de huellas digitales. Se descubrió que coincidían con las de un hombre llamado David Charles Richard Frooms, de 25 años, sin ocupación ni domicilio fijo. Poco se sabía de sus antecedentes – aparentemente no tenía familia y tenía pocos amigos – excepto que había estado en prisión en varias ocasiones por robos menores, más tarde por robo con violencia y en una ocasión por un asalto indecente a una chica de trece años. Había sido puesto en libertad por su última sentencia apenas seis meses antes de¡ asesinato de Sarah Gibson.

No hubo dudas de que Frooms era el hombre buscado por la policía. Fue detenido y mientras estaba en la comandancia de policía de Cannon Row se le pidió que escribiera algunas palabras. Los expertos en escritura de mano no tuvieron dudas de que se trataba del autor de la carta.

– Me alegro de que me hayan detenido – dijo Frooms -. Yo la maté. La estrangulé con algo que llevaba y con una cuerda azul… La tapé con una cobija y colgué afuera de la puerta un letrero que decía “favor de no molestar”.

Se le preguntó si había tenido relaciones sexuales con la señorita Gibson.

– Cuando ella ya estaba muerta… ¡muerta, muerta, muerta, muerta!

Frooms fue juzgado por asesinato en el Old Bailey en diciembre de 1972. El señor John Mathew, el fiscal, dijo que el acusado se había “comportado como el diablo mismo” al matar a Sarah Gibson. No se sugirió que la hubiera matado de manera accidental o que hubiera una incapacidad mental que disminuyera la responsabilidad o que estuviera borracho o drogado.

– Es muy difícil prever el tipo de defensa que habrá de tener por este cargo de asesinato – agregó el señor Mathew -. Se trató en realidad de un crimen de lo más inmundo.

David Frooms, un joven de cabello largo, rostro pálido y de lentes, se declaró no culpable. Dijo que no recordaba haber matado a la chica o haber tenido la intención de matarla. Admitió que la carta que la policía había recibido estaba escrita por su propia mano pero negó recordar haberla escrito.

Dijo que la noche del 2 de julio intentaba dormir en el parque St James, pero que se fue cuando aparecieron unos policías. Se metió al CAR por una ventana abierta y se puso a buscar algo que comer. En el quinto piso vio una puerta abierta y la luz prendida adentro.

– Me asomé y vi una chica dormida en la cama – dijo -. Llevaba puesto algo como una bata. Sobre una silla estaba una bolsa. La abrí y adentro encontré un monedero café. Ahí había unas monedas de plata que me metí a bolsas distintas para que no hicieran ruido. Cerré la puerta por si alguien andaba por el pasillo. Quería saber si había más dinero en el cuarto.

Frooms dijo que tomó unas mallas y que las puso sobre la boca de la chica para evitar que gritara. Cuando ella abrió los ojos él blandió un cuchillo frente a la chica y le pidió que se estuviera en silencio. Sarah no hizo ningún movimiento ni ningún ruido. Le metió entonces un pañuelo en la boca.

– Le dije que se acostara bocabajo y le amarré las manos con las mallas. Luego la ladeé porque me dio miedo de que se asfixiara. Mascullaba algo que parecía ser la palabra “medias” y entonces yo pensé que podían estar demasiado apretadas, así que se las quité y la amarré con una cuerda azul que estaba sobre el tocador. También le amarré los tobillos con la misma cuerda porque pensé que de otra manera podría saltar de la cama.

Frooms dijo que comenzó a buscar dinero y que encontró algo de joyería en el guardarropas. La siguiente cosa que recordaba era estar a horcajadas sobre la chica en la cama con sus manos en el cuello de ella.

El señor Cyril Salmon hizo una pregunta:

-¿Qué estaba usted haciendo?

– No recuerdo qué estaba haciendo – respondió Frooms -. Supongo que debo haberla estado estrangulando.

Se le preguntó si recordaba haber presionado sus manos alrededor del cuello de la chica.

– No – respondió Frooms.

Agregó que no recordaba haber tenido relaciones sexuales con ella.

– Viendo para atrás – dijo -, únicamente tengo la visión de mis manos alrededor de su cuello. Y esto es algo que descubrí posteriormente.

El señor Salmon pidió un veredicto de homicidio no premeditado. Dijo que no se ponía en duda que Frooms había entrado al club como un intruso y que había robado varios artículos del cuarto de la señorita Gibson. Para que el acusado pudiera ser considerado como culpable el fiscal tendría que probar o que intentaba matar o que intentaba causar serios daños corporales. Frooms sufría de un desorden de la personalidad que no llegaba a ser responsabilidad disminuida.

El juez Forbes se dirigió al jurado y les dijo que de ellos dependía el veredicto de homicidio no premeditado.

– Únicamente un monstruo pudo haber hecho esto – agregó -: estrangular a esta chica antes o después de agredirla sexualmente.

Les informó que a pesar de que Frooms podía ser considerado como un monstruo, de ello no se desprendía que estuviera loco.

En menos de media hora el jurado determinó que el acusado era culpable de asesinato. Frooms fue sentenciado a prisión perpetua.

En Frooms hay una separación entre una personalidad general más bien inadecuada y psicópata y una parte de él, desconocida o poco conocida para él mismo, que tendía hacia el asesinato. Esta parte parece haber entrado en acción cuando rindió a Sarah, inmovilizándola y atándola. De esta manera la tuvo en su poder y sexualmente a su disposición.

Su carta hace suponer que el motivo principal que lo movió fue la posibilidad de privar a otro ser humano de la vida. Frooms admitió que para él eso tenía una gran importancia. El motivo sexual pudo entonces haber tenido una importancia secundaria. El hecho de que haya escrito la carta al detective superintendente en jefe, Neville, es evidencia de una conciencia con ciertas ligas con la normalidad. Estas ligas eran más bien débiles si se piensa que no se entregó.

Posiblemente no recordó haber escrito la carta debido a un reestablecimiento de la grieta. Esto vendría a favorecer lo que él seguramente consideraba como una autopreservación necesaria. Sin conocer su niñez es imposible hacer conjeturas en cuanto a las razones de su tendencia al homicidio.

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