David Berkowitz

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David Berkowitz

El hijo de Sam

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Berkowitz afirmó que el perro de su vecino estaba poseído por el demonio y que éste le había ordenado cometer los asesinatos
  • Número de víctimas: 6
  • Periodo de actividad: 1976 - 1977
  • Fecha de detención: 10 de agosto de 1977
  • Fecha de nacimiento: 1 de junio de 1953
  • Perfil de las víctimas: 5 mujeres jóvenes y 1 hombre
  • Método de matar: Arma de fuego calibre 44
  • Localización: Nueva York, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Condenado a 365 años de prisión en 1978
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David Berkowitz

Última actualización: 13 de marzo de 2015

El asesino del revólver calibre 44 que aterrorizó a la ciudad de Nueva York. Mataba mujeres a las que elegía al azar «siguiendo las órdenes de una voz de seis mil años, que recibía a través de un perro».

El primer ataque

Los asesinatos comenzaron una noche de verano. El 29 de julio de 1976, dos chicas jóvenes, Donna Lauria, de 18 años, y Jody Valente, de 19, estaban despidiéndose en la calle cuando un hombre joven se les acercó, metió la mano en una bolsa de papel marrón, sacó un revólver y sin mediar palabra comenzó a disparar. Donna solo pudo decir «¿pero qué quiere ese tipo?», y entonces una bala le alcanzó en la parte derecha del cuello. La chica levantó la mano para protegerse la cara, pero otra bala le atravesó el codo. Un tercer proyectil impactó en la cadera de Jody.

El padre de Donna, que salía de casa en esos momentos, escuchó los disparos y salió corriendo. Rápidamente trasladó a su hija y a su amiga al hospital, pero Donna murió en el trayecto.

La primera hipótesis de la policía fue que el ataque estaba en relación con la Mafia, ya que la zona donde vivían los Lauria, el norte del Bronx, es un área predominantemente italiana. Parecía ser un caso de asesinato a sueldo que había salido mal; un caso de equivocación de víctima. La investigación reveló que el arma del crimen era un revólver Charter Arms Bulldog del calibre 44, un arma de tambor de cinco disparos. De cerca puede hacer un gran agujero en una puerta, pero tiene mucho retroceso, y a más de cinco metros resulta un arma muy poco certera.

El segundo tiroteo

El segundo ataque se produjo en un lugar tan alejado del primero que nadie pensó que tuvieran conexión alguna. El 23 de octubre, tres meses después del asesinato de Donna Lauria, una pareja de jóvenes salía de un bar en la zona adinerada de Queens. Se montaron en un coche y condujeron hasta algún sitio donde pudieran estar solos. El coche pertenecía a Rosemary Keenan, una estudiante de 18 años y su acompañante era Carl Denaro, un vendedor de discos de 20 años.

Carl tenía pelo largo que le llegaba hasta los hombros y estaba sentado en el asiento del copiloto. Por ello, la persona que se acercó sigilosamente hasta el Volkswagen rojo pensó que era una chica. Esta vez llevaba el revólver del calibre 44 enfundado en el cinturón. Lo sacó y disparó cinco veces a través de la ventanilla. Pero, el retroceso le estropeó la puntería; sólo una de las balas alcanzó la parte trasera del cráneo de Carl, sin llegar a penetrar en la cabeza. En el hospital le pusieron una placa de metal y en dos meses se recuperó totalmente de la herida.

El tercer asalto

El siguiente tiroteo también tuvo lugar en Queens. El 27 de noviembre de 1976, alrededor de la medianoche, dos escolares, Joanne Lomino, de 18 años, y su compañera de clase Donna DeMasi, de 16, estaban sentadas en los escalones del portal de la casa de Joanne, en la calle 262.

De pronto, un desconocido se les acercó y dijo: «¿decidme, cómo se llega a…?»; antes de terminar la frase sacó un revólver de la cintura y disparó sobre ellas. Donna sufrió una herida en el cuello, de poca gravedad, pero Joanne fue menos afortunada, ya que la bala que le atravesó la columna le obligaría a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.

Esta vez la policía barajó la posibilidad de que se tratase del mismo hombre que había asesinado a Donna Lauria y herido a Jody Valente. Pero parecía improbable, porque tanto Joanne Lomino como Donna DeMasi dijeron que la persona que les asaltó tenía el pelo largo y rubio. Sin embargo, Jody Valente estaba totalmente segura de que el pistolero del Bronx tenía el pelo negro y rizado.

Continúan los ataques

Dos meses después, el 29 de enero de 1977, una joven pareja fue a ver la película «Rocky» a un cine de Queens y al terminar se dirigieron al coche dando un paseo. Eran John Diel, de 30 años y Christine Freund, de 26. Nada mas entrar en el automóvil, la ventanilla del asiento derecho voló por los aires y un estruendo ensordecedor inundó el vehículo. Pocos minutos después, la chica fallecía en el hospital de Saint John, víctima de una herida de bala en la cabeza.

Fue entonces cuando los expertos en balística establecieron que la bala que había segado la vida de Christine había sido disparada con un revólver calibre 44 Bulldog. Un arma idéntica en los cuatro tiroteos. Sin embargo, las descripciones de los atacantes diferían tanto entre si, que aún nadie pensaba en un mismo asesino.

El siguiente ataque ocurrió seis semanas más tarde, el 8 de marzo de 1977. Ese día una estudiante armenia, Virginia Voskerichian, regresaba a su casa en Exeter Street. Eran las siete y media de la tarde cuando, de improviso y en plena calle, un hombre joven la encañonó en la cabeza con una pistola. La muchacha intentó protegerse con los libros, pero la bala los atravesó, penetrando por la zona del labio superior y alcanzando el cerebro. Virginia falleció en el acto.

El lugar de su muerte, Forest Hills, no quedaba lejos de donde había sido tiroteada Christine Freund seis meses antes. El día después del asesinato la policía comprobó que las estriaciones del proyectil eran similares a las de la bala que se disparó sobre la otra víctima.

Aunque las descripciones del criminal no concordaran, lo que sí era seguro es que la misma arma había sido empleada para disparar al menos contra siete personas, y que el «asesino del 44» elegía sus víctimas al azar.

El primer mensaje

Ante la lógica alarma, la policía decidió crear un grupo especial, el llamado «Grupo Omega», que no consiguió devolver la confianza a la población de Nueva York. Y es que nueve meses después del primer asesinato, el desconocido criminal continuaba paseándose tranquilamente por las calles y además, ahora, a su deseo de sangre iba a unir un anhelo de publicidad.

Al mismo tiempo que la policía decidía la creación del equipo especial, el hombre que estaban buscando se dedicaba a escribirles una carta. Fue redactada a lo largo de dos días, escrita en letras mayúsculas y «enviada» a la policía de una forma muy especial.

El 16 de abril de 1977, a las tres de la madrugada, otra joven pareja iba a recibir la visita del misterioso pistolero. Habían aparcado el coche al lado de una valla metálica en la zona del Bronx. Valentina Suriani, de 18 años, estaba sentada en las rodillas de su novio, Alexander Esau, de 20 años.

El largo beso de buenas noches fue interrumpido por las balas que destrozaron la ventanilla delantera. Los dos proyectiles penetraron en el cráneo de Valentina matándola en el acto. Las dos balas siguientes alcanzaron a Alexander en la cabeza cuando intentaba inclinarse hacia la puerta. Moriría al cabo de dos horas.

Uno de los primeros policías que llegaron al escenario del crimen observó algo a cierta distancia del coche, en medio de la calle: un sobre blanco. Estaba allí a propósito, en un sitio donde era imposible que hubiera pasado desapercibido, y su destinatario era el capitán de policía Joe Borelli.

La carta Borelli

La carta decía lo siguiente:

«Estimado Capitán Joseph Borelli:

«Estoy profundamente dolido por llamarme odiador de mujeres. No lo soy. Pero soy un monstruo. Soy el “Hijo de Sam”. Soy un niño pequeño.»

«Cuando el padre Sam se emborracha se vuelve perverso. Golpea a su familia. Algunas veces me ata en la parte trasera de la casa. Otras me encierra en el garaje. Sam adora beber sangre.»

«”Sal fuera y mata”, me ordena padre Sam.»

«Detrás de nuestra casa hay algunos restos. En su mayor parte jóvenes -violadas y atrozmente asesinadas- su sangre vaciada -solo quedan algunos huesos.»

«Papá Sam me mantiene encerrado también en la buhardilla. Yo no puedo salir de allí pero estoy atento a la ventana de la buhardilla y vigilo el mundo desde allí.»

«Me siento como un extraño. Estoy en una longitud de onda diferente de la de los demás, programado para matar.»

«Sin embargo, para pararme deberá matarme. Atención a toda la Policía: ¡disparadme primero, disparar a matar o sino quitaros de mi camino o moriréis!»

«Papá Sam es viejo ahora. Necesita sangre para preservar su juventud. Tiene demasiados ataques de corazón. “Ugh, me grita, hazlos daño, hijito”.»

«Yo echo de menos sobre todo a mi hermosa princesa. Ella está descansando en nuestra casa de mujeres. Pero la veré pronto.»

«Soy el “Monstruo” -Belcebú-.»

«Me encanta cazar. Merodeando por las calles buscando carne hermosa y fresca. Las mujeres de Queens son las más hermosas de todas. Debe ser el agua que beben. Vivo para cazar, mi vida. Sangre para papá.»

«Sr. Borelli, señor, no quiero matar a nadie más. No quiero, pero es necesario, “honrarás a tu padre”.»

«Quiero hacer el amor con el mundo. Quiero a la gente. Pero no tengo sitio en la Tierra. Devolvedme a la época de los bárbaros.»

«A la gente de Queens, os quiero. Y quiero desearos a todos una feliz Pascua. Que el poder bendito de Dios os acompañe en esta vida y la próxima.»

«Y de momento os digo adiós y buenas noches.»

«POLICÍA: Dejadme obsesionaros con estas palabras: ¡Volveré! ¡Volveré! ¡¡Interpretarlo como bang, bang, bang, bang, bang, ugh!! »

«Suyo en el asesinato. Sr. Monstruo»

La carta no aclaró prácticamente nada, salvo que el asesino del 44 estaba loco o pretendía que le creyeran loco. Creía que su padre, Sam, era un vampiro que le ordenaba matar, y decía que tenía la intención de matar a más.

La carta Breslin

Por el momento, la carta «Borelli» se mantuvo en secreto. El único que consiguió verla fue un periodista llamado Jimmy Breslin, quien publicó algunos párrafos en su columna del Daily News.

Esto quizá explique por qué el asesino envió el 30 de mayo una carta dirigida al periodista Breslin desde un buzón de Englewood, New Jersey. Era un texto contradictorio, tan críptico y aparentemente incoherente como la carta «Borelli».

«Hola desde las rendijas de las aceras de la ciudad de Nueva York y junto a las hormigas que residen en esas grietas y se alimentan de sangre seca de la muerte que ha quedado entre las grietas.»

«Hola desde los arroyos de la ciudad de Nueva York, que están rellenos de mierda de perro, vómitos, vino podrido, orina, y sangre.»

«Hola desde las alcantarillas de la ciudad de Nueva York, las que se tragan estas exquisiteces cuando son arrastradas hasta allí por los camiones de la limpieza.»

«No entiendo porqué no me escuchan un rato cuando me fui a dormir. No, más bien, estoy todavía aquí. Como un espíritu vagando en la noche. Sediento, hambriento, parando a descansar lo menos posible; ansioso de complacer a Sam.»

«Sam está sediento como un chaval. No me deja parar de matar hasta que él consiga llenarse de sangre. Escúcheme Jim, ¿recuerda lo que ocurrió el 29 de julio? Se puede olvidar de mí cuando quiera porque yo no busco publicidad. Sin embargo, no debe olvidar a Donna Lauria y no puede dejar que la gente la olvide. Ella era una chica muy dulce.»

«No sabiendo lo que nos traerá el futuro, diría hasta luego y nos veremos en el próximo trabajo. ¿O debería decir que veréis mi artesanía en el próximo asalto? Recordad a la señorita Lauria. Gracias.»

«En su sangre y desde el arroyo.»

«”La creación de Sam. 44″»

«Aquí hay algunos nombres para ayudaros a seguir adelante. Envíeselos al Inspector para uso del Centro Nacional del Información del Crimen (NCIC). Ellos tienen todo en su computadora, todo. Ellos tienen la posibilidad de descubrir algunos otros crímenes. A lo mejor pudieron crear asociaciones.»

«Duque de la Muerte. Malvado Rey Malvado. Los veintidós Discípulos del Infierno. Y finalmente, John Wheaties, violador y asesino por asfixia de jovencitas.»

«Posdata. Drive on, pensad en positivo, soltad las culatas, golpead con los nudillos los ataúdes, etc.»

«El hijo de Sam»

El detalle más interesante de la carta «Breslin» era que el asesino había enumerado una extraña lista de nombres, sugiriendo que quizá fueran una ayuda para la investigación policial: «El Malvado Rey Malvado», «Los Veintidós Discípulos del Infierno», y «John Wheaties», a quien se refería como violador y asesino por asfixia de chicas jóvenes.

Desgraciadamente, estas dos cartas sirvieron de poco a la policía; si los desvaríos de la carta constituían una especie de código, nadie poseía la llave para descifrarlo. El único efecto que tuvieron las cartas es que la prensa se inventó un mote para el asesino del 44, el «hijo de Sam». Y el nuevo nombre se popularizó rápidamente.

Cuatro semanas después de haber enviado la última carta, el asesino volvió a actuar. El 25 de junio, una escolar de 17 años del Bronx, Judy Plácido, se encontraba en el interior de un coche con su amigo Salvatore Lupo, cuando la ventanilla del vehículo explotó bajo el impacto de las balas. Fueron cinco los disparos y aunque tres de las balas alcanzaron a la pareja, afortunadamente consiguieron salvar la vida.

En el hospital, Salvatore fue tratado de las heridas producidas por la bala en su muñeca y por un trozo de cristal en la pierna. Judy, increíblemente, no había sufrido heridas de gravedad. Ninguno de los dos había podido ver claramente al pistolero.

El último asesinato

Un año después del primer crimen, el Hijo de Sam seguía en libertad. Todo la información que el equipo Omega tenía eran vagas descripciones de testigos y una carta del asesino diciendo que volvería a matar… pronto.

La noche del 31 de julio de 1977, el asesino cumplió su promesa. Hacia las dos menos cuarto de la madrugada, Stacy Moskowitz, de 20 años, y Bobby Violante aparcaron su coche en Shore Parkway, justo enfrente de una pista de deportes al aire libre, una zona que era una especie de «rinconcito íntimo» para parejas de amantes. Minutos después, los besos de la pareja fueron interrumpidos por el estrépito de varios disparos. Bobby ni siquiera llegó a oírlos, ya que el impacto de dos balas en su cara le había reventado los oídos. Lo único que notaba eran como su novia, aún en sus brazos, se movía bruscamente, como si tuviera espasmos.

A pocos metros de distancia, Tommy Zaino había sido testigo de toda la escena a través del espejo retrovisor de su automóvil. Había visto al hombre, un sujeto regordete de pelo liso y rubio, y cómo se aproximó al vehículo, sacó un revólver, se agachó, y disparó cuatro veces por la ventanilla bajada. Inmediatamente, Zaino supo lo que estaba pasando. Su novia le preguntó, «¿Qué ha sido eso?» Pero él le gritó: «Baja la cabeza, creo que es el Hijo de Sam…» Momentos después, el pistolero escapaba corriendo del parque. Eran exactamente las 2,35 de la madrugada.

Stacy Moskowitz murió 38 horas más tarde en el hospital, ya que un disparo le había atravesado el cerebro. Bobby Violante sobrevivió, consiguió recuperar el oído, pero las lesiones provocadas por los disparos le dejaron ciego.

Contradicciones

Esta vez, ocho personas oyeron los disparos y telefonearon a la policía y, por lo menos, los investigadores tenían un testigo y una descripción clara del asesino. Tommy Zaino le había visto muy bien gracias a la luna llena y a la farola que iluminaba la calle.

Pero el detective John Falotico en seguida se dio cuenta de los problemas que presentaba su declaración. Jody Valente, la superviviente del primer ataque, había dicho que el hombre tenía pelo negro y rizado. Donna DeMasi y Joanne Lomino, las dos escolares tiroteadas en el portal, declararon que tenía pelo largo y rubio. Por lo tanto, o los pistoleros eran dos, o se trataba de uno que llevaba una peluca rubia.

De hecho, cuando se produjeron los disparos sobre Stacy y Bobby, había muchos testigos en el parque. Varias personas habían visto un Volkswagen amarillo aparcado a la entrada del campo de deportes. A una muchacha montada en una bicicleta la siguió un coche pequeño y amarillo y hasta llegar a casa la muchacha pedaleó frenéticamente.

Una esteticista y su novio, que estaban sentados a la entrada del parque, habían oído los disparos y visto a un hombre corriendo. Llevaba una cazadora vaquera y lo que les pareció ser una peluca barata de nylon. Se metió en un coche de color claro y desapareció. Ella le comentó a su novio: «Parece como si acabara de atracar un banco.»

Una niñera oyó los disparos y se asomó a la ventana con el tiempo justo para ver cómo se alejaba un automóvil amarillo. Quién lo conducía lo hacía tan rápido y descuidadamente que casi chocó con otro vehículo en el primer cruce; el conductor gritó un taco obsceno por la ventanilla. El otro conductor se sintió tan ofendido que persiguió al Volkswagen a lo largo de varias manzanas antes de perderlo. Dijo que la persona que estaba al volante tenía pelo castaño liso.

La testigo clave

Estando así las cosas, la testigo más importante decidió salir de su anonimato. Se trataba de Cacilia Davis, una viuda de 49 años de edad.

La noche del tiroteo sobre Moskowitz la señora Davis volvía de una cena con un amigo. Poco después de las dos de la madrugada se encontraban charlando en su coche en la puerta del apartamento, a dos edificios de distancia del parque, donde permanecieron hablando durante algunos minutos. Por ello se fijó en un coche de color amarillo pálido aparcado al lado de una boca de agua para bomberos. (Esto es un delito en la mayoría de las ciudades norteamericanas.)

Mientras Cacilia miraba, un joven de pelo negro se dirigió al coche amarillo, un Ford Galaxie, y cogió con visible irritación una multa de tráfico del parabrisas, que dos agentes de tráfico habían colocado allí unos minutos antes. Instantes después, el Ford Galaxie abandonó el lugar a toda velocidad

La señora Davis se despidió de su amigo, entró en el apartamento, recogió a su perro y volvió a salir para pasear a su mascota antes de acostarse. En el parque, se fijó en tres coches aparcados, el de Bobby Violante, el de Tommy Zaino y una furgoneta Volkswagen.

Al volver vio a un hombre pelo oscuro vestido con una cazadora vaquera caminando por la calle, aún lejos de los coches. La miró fijamente, con odio, y la puso nerviosa. Aceleró el paso para volver al apartamento. El hombre caminaba con el brazo derecho pegado al costado y completamente recto, como si llevase algo al nivel de la manga. También notó que era muy parecido al que había visto antes en el Ford Galaxie.

La multa de aparcamiento

Cacilia se asustó tanto que decidió no acudir a la Policía por miedo a las posibles represalias del asesino. Sin embargo, el martes 2 de agosto, dos días después del tiroteo, la testigo comentó lo ocurrido con dos amigos íntimos y éstos le convencieron para que llamara a la Policía.

El detective Joseph Strano visitó a la señora Cacilia Davis y le tomó declaración. Estaba especialmente interesado por el hombre joven que la miró fijamente, y menos en el Ford Galaxie amarillo y su conductor, ya que el tiroteo se había producido después de que ella abandonara el parque, a las dos y treinta y tres minutos de la madrugada y el Galaxie había desaparecido de la zona unos 15 minutos antes de que Cacilia Davis saliera del parque. Además, Tommy Zaino había descrito al criminal como un hombre de pelo liso y rubio, mientras que el conductor del Ford lo tenía corto y oscuro.

Lo que verdaderamente llamó la atención de los investigadores fue el detalle de la multa. Era importante averiguar si la noche del crimen se habían puesto o no multas. Si efectivamente se habían puesto, probaría que la señora Davis estuvo en la zona a la hora en cuestión; y que su descripción del hombre de mirada terrorífica había que tomarla en serio.

El 9 agosto, diez días después del tiroteo, fueron localizadas las multas de aquella noche.

Tres de los cuatro coches sancionados fueron eliminados rápidamente por no ser del tipo Ford Galaxie. El cuarto, número de matrícula 561-XLB, estaba registrado a nombre de un tal David Berkowitz, que vivía en Pine Street 35, en Yonkers.

Vecino conflictivo

La policía comenzó a indagar por el vecindario y averiguó que Berkowitz había protagonizado numerosos incidentes con varias familias del barrio.

La familia de Sam Carr, que vivía en el 316 de Warburton Avenue, había sido una de ellas. Según contaron a la policía, estaban convencidos que el 27 de abril de ese mismo año, David Berkowitz había penetrado en el patio trasero de su casa e hirió de un disparo a su perro, un labrador negro al que llamaban «Harvey».

Sam Carr también estaba seguro que había sido Berkowitz quien en octubre del año anterior había lanzado un coctel molotov a través de la ventana de su casa. Afortunadamente, los Carr consiguieron apagar el fuego antes de que produjera graves daños. Asimismo, acusaban a Berkowitz de enviarles cartas anónimas, acusándoles de ser practicantes de cultos satánicos.

Sam Carr había denunciado todos estos hechos a la policía de la zona, pero cuando le preguntaron si tenía alguna prueba concreta hubo de admitir que no la tenía. La policía le explicó que sin pruebas no podía hacer nada.

Otro de los vecinos de David también se había quejado de recibir cartas anónimas. Era un agente de policía del condado, Craig Glassman, quien vivía justo debajo del apartamento de Berkowitz. El 6 de agosto de 1977, una semana después de los sucesos «Moskowitz», alguien incendió un montón de basura frente a la puerta de Glassman. Apagó el fuego antes de que causase mayores daños y notificó el incidente a la policía.

También les enseñó dos cartas anónimas que le habían enviado recientemente. El autor parecía pensar que su vecino era un espía que estaba contratado por Sam Carr. Por eso vivía en su bloque de apartamentos. Acusaba a Glassman y a los Carr de formar parte de un grupo satánico destinado a capturarle. El policía que estudió la carta reconoció inmediatamente la escritura: era la del hombre que había estado investigando, David Berkowitz.

La detención

Estaban buscando un hombre con pelo liso y rubio que conducía un coche amarillo y la Policía de Yonkers informó que Berkowitz no encajaba en la descripción. Hasta el mediodía del miércoles 10 de agosto de 1977 los detectives Ed Zigo y John Longo no fueron enviados a Yonkers para comprobar el asunto.

Zigo reconoció el Ford Galaxie de Berkowitz aparcado fuera del edificio y echó un vistazo por la ventanilla. En el asiento de atrás había una bolsa y por la abertura asomaba el cañón de un rifle. En principio no era nada ilegal ya que en Nueva York los rifles no requieren ni tan siquiera licencia de armas, pero a pesar de todo el policía forzó la puerta y comprobó que se trataba de un arma de guerra, un fusil de asalto Commando Mark III.

Seguidamente Zigo miró en la guantera. Allí había un sobre dirigido al inspector Timothy Dowd, el jefe del equipo Omega. Contenía una carta con una amenaza: un tiroteo en la zona de Long Island. Corrió hasta el teléfono más cercano. «Creo que le tenemos», le dijo al sargento James Shea, del equipo Omega.

Seis horas después David Berkowitz, un sujeto de aspecto torpe y pelo oscuro, salió del bloque de apartamentos en Pine Street 35 y subió al Ford Galaxie.

Instantes después una persona dio unos golpecitos en el cristal de la ventanilla del conductor, y el asesino se topó con el cañón de una pistola frente a sus narices. «No respires», le gritó el inspector. «¡Policía!» Berkowitz, aparentemente tranquilo, le devolvió una sonrisa.

El detective John Falotico abrió la puerta opuesta apuntando con su revólver al detenido y ordenándole que saliera del coche. Este se bajó y apoyó ambas manos sobre el techo del vehículo. «¿Quién eres?», preguntó Falotico.

Berkowitz volvió su cara de niño y miró al detective: «Soy Sam…», respondió.

Los intentos con cuchillo

En el One Police Plaza, se confesó culpable de todos y cada uno de los crímenes del «Hijo de Sam». También admitió ser el autor de las cartas. Explicó que su vecino le había ordenado cometer los asesinatos, su vecino el señor Carr. Las órdenes se las transmitía Harvey, el perro endemoniado de Sam. Cuando salía de caza por las calles le acompañaban voces demoníacas que le decían lo que tenía que hacer. El detenido estuvo tan bien dispuesto y amable que el interrogatorio sólo duró media hora.

De acuerdo con la confesión que hizo Berkowitz el día de su detención, sus primeros intentos de asesinato habrían tenido lugar en la Nochebuena de 1975.

Hacia las 7 de la tarde de ese día condujo hasta Co-op City, una zona que conocía bien, puesto que había vivido allí con su padre adoptivo. Recorrió en coche el Boulevard hasta que vio a una mujer joven de aspecto mexicano. Berkowitz aparcó su coche y la siguió. Le pinchó con un cuchillo en la espalda, pero la mujer, en vez de gritar, se dio la vuelta, le miró y sólo lanzó un gemido mientras intentaba agarrarle por las muñecas. Berkowitz dio media vuelta y echó a correr.

De camino a casa se puso a perseguir a una adolescente de 15 años, Michelle Forman. La alcanzó y comenzó a acuchillarla en la espalda y en la cabeza. La joven lanzó un grito desgarrador y cayó sobre la acera retorciéndose de dolor. De nuevo huyó corriendo. La chica consiguió llegar al vestíbulo de la casa en la que vivía con sus padres; después perdió la consciencia. Una de las puñaladas había alcanzado el pulmón, pero aparte de esto las demás heridas no revestían gravedad. Michelle pasó siete días en el hospital. La otra víctima nunca denunció el ataque y no ha podido ser identificada.

El poco éxito que tuvo con el cuchillo movió a Berkowitz a conseguir una pistola. En Houston, Texas, un amigo, Billy Dan Parker, compró por cuenta suya un revólver Bulldog, calibre 44, por 130 dólares. Sería el arma con la que se iban a cometer los asesinatos del «Hijo de Sam».

Hijo ilegítimo y adoptado

Richard David Berkowitz fue un hijo ilegítimo cuya madre decidió darlo en adopción. Su madre Betty Broder, hija de un matrimonio judío, se había casado con un italo-americano llamado Tony Falco, a la edad de 19 años. El marido la abandonó seis años más tarde por otra mujer. En 1947 comenzó un romance con un hombre casado, Joseph Kleinman, que se dedicaba al negocio inmobiliario. Al decirle que estaba embarazada, él contestó que si quería que se siguiesen viendo debía deshacerse del crío.

David nació el 1 de junio de 1953 y fue adoptado inmediatamente por un matrimonio judío, Nathan y Pearl Berkowitz; quienes no podían tener niños.

Su madre adoptiva murió de cáncer cuando sólo tenía 14 años. En 1969, él y su padre se mudaron a la Co-op City del Bronx, una zona supuestamente de clase media.

David tuvo fama de niño de ser un mocoso consentido que se metía con todo el mundo, a pesar de que en la escuela era tímido y sus compañeros le hostigaban. Era grande y fuerte, y un excelente jugador de béisbol, pero prefería jugar con niños más pequeños que él. Uno de sus amigos recuerda que David le propuso una vez unirse a un «club de odiadores de mujeres».

Una de las posibles claves del comportamiento psicótico de Berkowitz fue su frustración amorosa. Siempre tuvo dificultades para interesar a las chicas.

La única chica con la que quedó para salir en toda su vida fue una vecina de Co-op City, Iris Gerhardt. A ella le gustaba su carácter cálido y servicial, y decía de él que «Dave era un chico que haría cualquier cosa por ti». Pero la relación se quedó en lo platónico. Cuando sus amigos empezaron a fumar porros, David se quedó fuera: estaba demasiado inhibido para participar. «Yo quería ayudar a la gente a ser importante», dijo. Como tantos otros asesinos múltiples, estaba poseído por la necesidad de ejercer algún poder sobre el resto de la gente.

En el aspecto sexual, David mantuvo una única relación sexual en su vida. Fue con una prostituta cuando estaba destinado en Corea.

Conversión al Baptismo

Al volverse a casar su padre en 1971, David se sintió rechazado. Como no se llevaba bien con su nueva madrastra, en verano de ese mismo año decidió alistarse en el ejército y hacerse baptista para extender sus creencias por el mundo.

Berkowitz estuvo destinado tres años en Corea y cuando regresó en 1974, las relaciones con su padre se volvieron insoportables, fundamentalmente porque David no paraba de criticar el judaísmo y alardeaba continuamente respecto a su nueva fe religiosa. La vida en Co-op City se volvió tan desagradable para él que muy pronto se trasladó a su nuevo apartamento en el 2151 de Barnes Avenue, en el Bronx.

La soledad le impulsó a buscar a sus verdaderos padres. El Registro de Nacimientos indicaba que su verdadero nombre era el de Richard Falco, de Brooklyn. Gracias a una vieja guía telefónica consiguió dar con la dirección de su madre y su hermana mayor. Les escribió una postal y a los pocos días ella le telefoneó.

Fue un reencuentro emocionante. También conoció a su hermana Roslyn, que en aquel momento tenía 37 años, y pronto se convirtió en un huésped bienvenido en la casa que compartía con su marido y sus hijos. David había encontrado una «familia» y parecía ser completamente feliz.

Sin embargo, durante los primeros meses de 1976 las visitas de David se fueron espaciando cada vez más. A su hermana le preocupaban los dolores de cabeza de los que se quejaba David. En abril se trasladó a Pine Street, en Yonkers. Tres meses después, Berkowitz asesinaba a Donna Lauria.

Investigación periodística

Para la policía parecía que el caso del Hijo de Sam estaba cerrado, puesto que Berkowitz había confesado actuar en solitario. Pero si esto era así, las pruebas contra él se contradecían en muchos puntos.

El testigo del último ataque, Tommy Zaino, describió al asesino como un hombre con pelo liso y rubio. Berkowitz lo tenía corto y oscuro. La señora Cacilia Davis, quien le identificó como el hombre que había visto cerca de su bloque de apartamentos, se cruzó con Berkowitz cuando se alejaba del escenario del crimen minutos antes de que se oyeran los disparos en el parque. Y aún quedaba el hombre de pelo rubio que se metió en el Volkswagen amarillo. Además, aunque Berkowitz hubiese llevado una peluca en alguno de los ataques, era mucho más alto que la descripción hecha por testigos del hombre de pelo rubio.

Esta anomalías llamaron la atención a un joven periodista de investigación, Maury Terry. Este había nacido en Yonkers; por lo tanto, estudió los asesinatos del Hijo de Sam con ávido interés. Por lo que él podía deducir era totalmente imposible que Berkowitz hubiera podido disparar sobre Stacy Moskowitz y Bobby Violante a menos que Zaino y la señora Davis estuviesen equivocados. Terry se entrevistó con los dos, y ambos confirmaron sus declaraciones.

El periodista habló con todos los testigos y todos confirmaron sus primeras declaraciones. Era como si en realidad hubieran existido dos hombres; como si Berkowitz hubiera tenido un cómplice culpable del tiroteo sobre Stacy Moskowitz y Bobby Violante. Claro, que también podían estar equivocados los testigos. Sin embargo, cuanto más indagaba, más se convencía de que Berkowitz no podía haberlo hecho solo.

¿Cultos satánicos?

No cabía ninguna duda de que Berkowitz era el hombre que había matado a Donna Lauria, la primera víctima, ya que la descripción de Jody Valente lo dejaba bien claro. Sin embargo, David no tenía nada que ver con el hippy de pelo rubio o el sujeto de la cazadora de cuero que había sido visto disparando sobre las dos escolares en las escaleras de su casa.

Y aún quedaba otro oscuro enigma. Tras ser detenido, Berkowitz manifestó que nunca había visto a Sam Carr, el hombre cuyo «perro endemoniado» le ordenó que cometiese los asesinatos. Sam Carr, a pesar de que podía ver la casa de Berkowitz desde su piso, le dijo igualmente a la policía que nunca había visto a David Berkowitz. Sin embargo, sin ningún motivo conocido, Berkowitz estaba tan obsesionado con Sam Carr que incluso eligió denominarse a sí mismo el «Hijo de Sam».

De hecho, Sam Carr tenía dos hijos, John y Michael; ambos odiaban a su padre. Cuando el periodista averiguó que el sobrenombre de John Carr era «Wheaties», recordó dónde lo había visto antes: en la carta que el Hijo de Sam envió al periodista Jimmy Breslin. «John Wheaties, violador y asesino por asfixia de chicas jóvenes…»

Evidentemente John era un testigo que podría esclarecer algo más este enmarañado asunto. El deseo de entrevistarlo se hizo tanto más urgente desde el momento en que Terry averiguó que el aspecto de John era «hippy» y que tenía pelo liso y rubio.

Fue en este momento en el que Terry supo algo que le hizo estremecerse. Berkowitz parecía sufrir una obsesión con los perros, sobre todo pastores alemanes. En Walden, Nueva York, a sólo una hora en coche desde Yonkers, se habían encontrado 85 pastores alemanes y dobermans despellejados. Todos durante el año de los crímenes del Hijo de Sam.

El adolescente que le contó a Terry la historia sobre el parque, añadió que era el lugar en el que una secta adoradora del demonio celebraba sus rituales. El lugar era idóneo: bosques tupidos y aislados. Terry ya había estado siguiendo algunas «pistas satánicas» extraídas de las cartas del Hijo de Sam; lo último parecía confirmar que Berkowitz había tomado parte en los rituales sangrientos de algún tipo de culto satánico.

El extraño suicidio

El periodista se obsesionó más que nunca intentando encontrar al huidizo John Wheaties Carr. Finalmente, en octubre del año 1978, conoció su paradero. Pero era demasiado tarde: Carr estaba muerto. Le habían encontrado muerto de un disparo en un pequeño pueblo de North Dakota llamado Minot. El veredicto final fue suicidio; se había disparado un tiro en la boca con un rifle en el dormitorio de una amiga suya. Sin embargo, la policía de Minot parecía más inclinada a considerar que se trataba de un asesinato.

Al lado de su cuerpo se habían escrito torpemente con su propia sangre unas cuantas letras que sugerían lo siguiente: SSNYC. Algo difícil de entender, ya que un hombre que se dispara en la cabeza con un rifle muere inmediatamente. Según la versión de la policía de Minot, lo más probable es que «el asesino o asesinos» le hubieran golpeado violentamente, que John habría caído al suelo y escrito las letras con su sangre, y que los criminales habrían vuelto después de salir a por la escopeta, y le dispararon en la boca. Las letras sugerían inequívocamente un mensaje: «Son of Sam. New York City» (Hijo de Sam. Ciudad de Nueva York).

Cuando Terry supo que en la mano de Carr se habían escrito los números 666 con sangre, ya no tuvo ninguna duda de que se trataba de algún tipo de culto satánico. Los números 666 profetizan la Bestia en la Revelación.

Las pesquisas de la policía de Minot también sacaron a la luz que John Carr mantenía contactos con un grupo ocultista, y que conocía a David Berkowitz. Su amiga y novia declaró que al ver las imágenes del arresto del Hijo de Sam por la televisión, Carr exclamó: «¡Oh, mierda!»

Se reabre el caso

Las investigaciones periodísticas fueron tomadas ahora más en serio. El fiscal de Queens, impresionado por los resultados, reabrió el caso, comprobándose que Berkowitz, el «monstruo loco», no era en absoluto un «solitario». Tenía un grupo de conocidos sorprendentemente grande.

En 1975, un año antes de que empezaran los asesinatos, Berkowitz había ocupado un apartamento en Barnes Avenue, en el Bronx. Una noche, mientras daba un paseo, empezó a charlar con un joven drogadicto que estaba obsesionado con las ciencias ocultas. Era Michael Carr, el hermano de John. Invitó a David a una reunión en el edificio. Entre los invitados también había miembros de una secta satánica -Los Veintidós Discípulos del Infierno- a la que David se refería en su carta a Breslin. Esta era supuestamente la razón por la que Berkowitz se había trasladado a Yonkers a menos de 180 metros de la casa de los Carr.

Michael se convirtió en el centro de la investigación. El problema era encontrarle. Una vez más, los investigadores llegaron demasiado tarde. A primera hora del 4 de octubre de 1979 el coche de Michael Carr se estrelló contra una farola a 120 kilómetros por hora, cuando conducía hacia Manhattan. No había marcas de frenada y esto convenció a su hermana de que se trataba de un asesinato. Daba la impresión de que le habían obligado a salirse de la carretera, o de que habían disparado a una de sus ruedas.

Carta desde la cárcel

En este momento el más inesperado de los testigos se decidió a contar lo que sabía. Poco después de la muerte de Michael, y de que el fiscal Santucci reabriera el caso, David Berkowitz escribió una carta a un predicador de California:

«En realidad no sé cómo empezar esta carta, pero hubo un tiempo en que fui miembro de una secta secreta. Prometí mantener el secreto o enfrentarme a la muerte, y por ello no puedo dar su nombre… Esta secta se componía de una mezcla de prácticas satánicas que incluían las enseñanzas de Aleister Crowley y Eliphaz Levi. Sus pretensiones eran (y lo son aún hoy) sanguinarias… Esa gente no se detendrá ante nada, incluido el asesinato.»

Como casi todas las cartas que el acusado escribió desde la prisión, ésta parece la de un hombre perfectamente cuerdo.

Pero quizá la más significante y siniestra observación de las cartas de Berkowitz era la siguiente: «Llame a la oficina del sheriff de Santa Clara (California)… Por favor, pregunte al sheriff.. qué le ocurrió a Arliss /sic/ Perry».

La respuesta era que el 13 de octubre de 1974, una chica llamada Arliss Perry había sido horriblemente asesinada en la iglesia de la Universidad de Stanford. Le habían golpeado brutalmente, asfixiado y pinchado con un pico para hielo detrás de la oreja, hasta desangrarla totalmente.

Las investigaciones demostraron que Berkowitz sabía muchos detalles de este poco aireado crimen, detalles que jamás se habían publicado en la prensa.

Tres asesinos

Las nuevas pruebas indicaban que David Berkowitz sólo había cometido tres de los asesinatos del Hijo de Sam, los de Donna Lauria, Alexander Esau y Valentina Suriani. El criminal vestido con cazadora vaquera que había disparado sobre las dos escolares, era un miembro femenino de la secta. El asesino de Stacy Moskowitz era John Carr, e incluso el crimen había sido filmado con cámara de vídeo para hacer una película «ritual». Por ello el asesino escogió un coche bien iluminado, bajo una farola, y no el de Tommy Zaino, situado en un rincón oscuro.

Donna Lauria fue asesinada porque sabía cosas de la secta, y Christine Freund porque había molestado a uno de sus miembros.

Los investigadores consiguieron averiguar el nombre del líder de la secta satánica de Nueva York, Roy Alexander Radin, un magnate del «show bussiness» que se trasladó a California en 1982. Pero, como siempre en este caso, lo averiguaron demasiado tarde. Roy Radin fue asesinado en California el viernes 13 de mayo de 1983. Su cuerpo fue abandonado en Death Valley (el Valle de la Muerte), -el antiguo coto ritual de Charles Manson- con una Biblia, cuya inscripción estaba borrada, abierta a su lado.

El suicidio del cartero

El cartero que repartía las cartas en la zona de Pine Street, en Yonkers (el distrito de Berkowitz), era un hombre joven casado llamado Andrew Dupay. En julio, un mes antes de la detención del Hijo de Sam, empezó a «actuar extrañamente». El 20 de septiembre, cinco semanas después de la detención de Berkowitz, él y su mujer estaban bañando a sus dos hijas. Dupay se excusó, bajó al sótano y se suicidó con una pistola. Algunos días antes un vecino le oyó decir que algo que había visto u oído durante su ronda le había atemorizado.

Uno de los informantes de la policía declaró que Dupay conocía a los Carr y a Berkowitz, y que se había suicidado porque unas personas desconocidas amenazaron de muerte a su familia. Esto quizá explique el desconcertante hecho de que el cartero estuviese bañando a sus hijas cuando decidió suicidarse.

Condenado

David Berkowitz fue juzgado en mayo de 1978. Puesto que se había considerado culpable de todos los cargos, lo único que quedaba por dirimir era si Berkowitz sabía o no lo que estaba haciendo.

Según los psiquiatras de la defensa era un esquizofrenico paranoide. Sin embargo, para los peritos de la acusación, David era plenamente consciente de sus actos.

El jurado necesitó tan solo cuarenta y siete minutos para considerar a David Berkowitz culpable y responsable de todas las acusaciones. Fue condenado a 365 años.

Menos de un año después de ser sentenciado, en febrero de 1979, Berkowitz dio una conferencia de prensa en la cárcel de Attica, donde fue enviado a cumplir la condena. Dijo que toda su historia sobre Sam Carr y la posesión demoníaca había sido un engaño, y que su comportamiento violento se debía a las desilusiones que sufrió con las mujeres.

El 10 de julio de 1979, David Berkowitz fue víctima de un ataque con una cuchilla de afeitar en el bloque de celdas Attica, reservado a los prisioneros de alta peligrosidad. Otro recluso le hizo un corte en la garganta desde la parte izquierda hasta la nuca. Necesitó 56 puntos. Si el corte hubiera sido algo más profundo le habría matado. Berkowitz se negó a decir quién lo había hecho. Posteriormente, declaró que el atentado había sido inspirado por la secta secreta con la que había estado mezclado para asegurarse de que cumpliría su voto de silencio. Y de momento, David Berkowitz lo ha cumplido.

Fechas clave

  • 29-07-76 – Asesinato de Donna Lauria. Joddy Valente, herida.
  • 23-10-76 – Carl Denaro, herido.
  • 22-11-76 – Donna DeMasi, herida. Joanne Lomino, queda paralítica.
  • 30-01-77 – Asesinato de Christine Freund.
  • 08-03-77 – Asesinato de Virginia Voskerichian.
  • 20-03-77 – Se crea el Equipo Omega.
  • 17-04-77 – Asesinato de Valentina Suriani y Alexander Esau. El asesino deja una carta.
  • 30-05-77 – El asesino envía una segunda carta al periodista Jimmy Breslin.
  • 26-06-77 – Judith Placido y Sal Lupo, heridos.
  • 31-07-77 – Asesinato de Stacey Moskowitz. Robert Violante queda ciego.
  • 10-08-77 – Detención de David Berkowitz.

David Berkowitz

Última actualización: 13 de marzo de 2015

Familia: Madre ‘Betty Broder’, Padre ‘Joseph Kleinman’, Hermana ‘Roslyn Falco’, Padres adoptivos ‘Nathan & Pearl Berkowitz’.

Residencia (en las fechas de los asesinatos): 25 Pine Street , Yonkers, New York. USA.

Organización: Desorganizado.

Movilidad: Estable

Víctimas: Donna Lauria (Muerta 29 Julio 1976), Christine Freund (Muerta 30 Enero 1977), Virginia Voskerichian (Muerta 8 Marzo 1977), Valentina Suriani & Alexander Esau (Muertos 17 Abril 1977), Stacy Moskowitz (Muerta 31 Julio 1977) (+?).


Víctimas

Última actualización: 13 de marzo de 2015

  • Jueves, 29 de julio de 1976 / 1.10 a.m. / Bronx / Mujer (18) – Muerta, Mujer (19) – Herida / 5 disparos
  • Sábado, 23 de octubre de 1976 / 2.00 a.m. / Queens / Hombre (20) – Herido, Mujer (18) – Ilesa / 5 disparos
  • Sábado, 27 de noviembre de 1976 / 11.55 p.m. / Queens / Mujer (16) – Herida, Mujer (18) – Herida / 5 disparos
  • Domingo, 30 de enero de 1977  / 12.15 a.m. / Queens / Mujer (26) – Muerta, Hombre (30) – Ileso / 3 disparos
  • Martes, 8 de marzo de 1977  / 7.40 p.m. / Queens / Mujer (19) – Muerta / 1 disparo
  • Domingo, 17 de abril de 1977 / 3.00 a.m. / Bronx / Mujer (18) – Muerta, Hombre (20) -Muerto / 4 disparos
  • Domingo, 26 de junio de 1977 / 3.00 a.m. / Queens / Mujer (17) – Herida, Hombre (20) – Herido / 3 disparos
  • Domingo, 31 de julio de 1977  / 2.30 a.m. / Brooklyn / Mujer (20) – Muerta, Hombre (20) – Herido / 3 disparos

 


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