Daniel Camargo Barbosa

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Daniel Camargo

El sádico del Chanquito

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador
  • Número de víctimas: 71 - 151
  • Periodo de actividad: 1974 / 1984 - 1986
  • Fecha de detención: 26 de febrero de 1986
  • Fecha de nacimiento: 22 de enero de 1930
  • Perfil de las víctimas: Niñas y mujeres jóvenes
  • Método de matar: Estrangulación - Apuñalamiento
  • Localización: Varias, Colombia, Ecuador
  • Estado: Condenado a 16 años de prisión (la máxima pena posible en Ecuador) el 14 de febrero de 1988. Asesinado en prisión el 13 de noviembre de 1994
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Daniel Camargo

Última actualización: 5 de abril de 2016

Daniel Camargo Barbosa (Andes colombianos, 22 de enero de 1930 – Quito, 13 de noviembre de 1994) fue un violador y asesino en serie colombiano.

Primeros años

Daniel Camargo nació en algún lugar de los Andes colombianos. Cuando no había cumplido ni un año de edad, su madre murió. Su padre se casó con otra mujer, que tuvo problemas de infertilidad. Eso le provocó problemas mentales en la mujer que cayeron en el pequeño Daniel. De hecho, vistió de niña al joven y lo obligaba a ir al colegio vestido de esta manera.

A pesar de esta humillación, Daniel se destacó por ser un gran estudiante en el colegio León XIII de Bogotá. Sin embargo, su deseo de seguir estudiando se vio truncado cuando se vio obligado a dejar la escuela para ayudar económicamente a su familia.

Entrada en el mundo de la delincuencia

En 1960, Camargo se casaría con Alcira Castillo. Había dejado atrás los problemas que vivió en su familia natal. Sin embargo, su feliz matrimonio se acabó desmoronando cuando, en 1967, sorprendió a su mujer con otro hombre. En ese momento, el odio por las mujeres fue el motor vital de Camargo. Según confesaría años más tarde, consideraba al sexo femenino como las culpables de todos los males que le habían acontecido en su vida.

Eso provocó que a partir de entonces, Camargo, junto a su nueva compañera sentimental, comenzara a violar a jovencitas vírgenes a base de narcotizarlas previamente. Pero la policía consiguió detenerlo en 1968 e imponerle una pena de cinco años. A su salida, Camargo volvió a las andadas y volvió a ingresar en prisión, esta vez con una pena de 25 años en la isla penitenciaria de Gorgona.

De los 25 años iniciales, Camargo tan sólo cumplió diez ya que consiguió escapar en 1984 pasó 3 días a la deriva sin agua y sin comida. Y logró llegar a orillas de Ecuador. En un país nuevo y donde no tenía antecedentes penales, Camargo empezó a cometer con total impunidad sus crímenes. Sus víctimas fueron principalmente chicas jóvenes y vírgenes.

Durante quince meses, la población ecuatoriana vivió aterrorizada por la presencia de un asesino, que despedazaba a sus víctimas. La policía no encontraba pistas ya que el asesino era extremadamente cuidadoso en sus crímenes. Se calcula que entre 71 y 150 jóvenes fueron asesinadas por sus manos.

Existe una investigación detallada de sus asesinatos en el libro Los Monstruos en Colombia si Existen del antropólogo Esteban Cruz Niño, en ella se copia parte de su diario personal y se establece que hablaba perfectamente inglés y portugués.

El final de las psicopatías de Camargo llegaría en 1986. Una inspección rutinaria de la policía ecuatoriana detuvo a un hombre de aspecto harapiento. Para sorpresa de los miembros del cuerpo de seguridad, descubrieron que, en la maleta que portaba, había numerosas prendas de ropa manchadas en sangre. En el interrogatorio posterior, Camargo confesó 71 víctimas.

Después de un juicio sumarísimo, Camargo fue condenado a 16 años de cárcel y en prisión compartió patio con otro asesino serial prominente, Pedro Alonso López, llamado el Monstruo de Los Andes, quien se presume asesinó a más de 300 jovencitas.

Fallecimiento

Camargo cumplió parte de esta condena ya que fue asesinado por otro recluso, Giovanny Arcesio Noguera Jaramillo, en el Centro de Rehabilitación de Varones N° 2 de Quito, el 13 de noviembre de 1994. Su asesino resultó ser el sobrino de una de sus víctimas.

Fue sepultado en la fosa número 798 de la necrópolis «El Batán», de Quito.


«El sádico del Chanquito»

José Comas – El País

7 de febrero de 1988

Daniel Camargo, colombiano, cumplirá 16 años de cárcel en Ecuador por violar y asesinar a más de 70 muchachas.

Un tribunal de Guayaquil se dispone estos días a condenar a la máxima pena posible en Ecuador -16 años de reclusión mayor- a Daniel Camargo Barbosa, un colombiano de 58 años que confesé haber violado y asesinado a 71 niñas y mujeres jóvenes.

La carrera criminal de Camargo no se agota con los asesinatos cometidos en Ecuador entre diciembre de 1984 y febrero de 1986. Después de su detención en Quito se descubrió que en Colombia se le conocía como el sádico del Chanquito o el monstruo de los manglares. Se le atribuyen en Colombia 80 violaciones y asesinatos de niñas. Allí consiguió la fuga, considerada imposible, de la isla de Gorgona. EL PAÍS habló con él en la cárcel de Guayaquil.

La penitenciaría modelo de Guayaquil está situada a 17 kilómetros del centro de la ciudad, en la vía A Daule, donde Camargo violaba y asesinaba a sus víctimas. En los bosques cercanos aparecieron los llamados cementerios de Camargo con los restos óseos de sus víctimas. El calor del trópico y las aves de rapiña reducían en pocos días los cadáveres a puros huesos.

El psiquiatra Óscar Bonilla ha seguido de cerca el caso Camargo y se atribuye el éxito de haber diseñado un retrato-robot psicológico del asesino, que sirvió para su identificación. El coronel Holguer Santana, del Servicio de Investigación Criminal de Guayaquil, investigó el caso y ahora está irritado por el protagonismo del psiquiatra, «que quiere robarse para él la película». Bonilla ha escrito un libro titulado Camargo, con el subtítulo Saga criminal del violador y asesino de 151 mujeres.

La pesadilla empezó en Ecuador el 18 de diciembre de 1984. Una niña de nueve años desapareció en la ciudad de Quevedo, provincia de Los Ríos, entre la sierra y la costa del Pacífico. Al día siguiente desapareció una niña de diez años. Siguió una serie de crímenes en Guayaquil, donde sucesivamente aparecían cementerios con 54 niñas y mujeres violadas y asesinadas.

Un grupo de violadores sádicos, que actuaba en la zona, despistó durante mucho tiempo a la policía, que buscaba una banda y estaba lejos de sospechar que el autor de los crímenes podía ser un hombrecillo de 1,65 de estatura y 55 años de edad, que actuaba en solitario.

Nadie podía imaginar que una persona tan poco atractiva como Camargo fuese capaz de seducir a chicas jóvenes, llevarlas a bosques solitarios de las afueras de Guayaquil, violarlas y asesinarlas. Dos policías detuvieron a Camargo en Quito el 26 de febrero de 1986. Le sorprendieron con na bolsa donde llevaba las ropas ensangrentadas de su última víctima, una niña de ocho años.

Los interrogatorios descubrieron a una persona con una inteligencia superior a la normal, las pruebas dieron un coeficiente de 116, y una cultura insólita en un ser marginal, sin vivienda fija. Camargo dormía todas las noches en el parque de Guayaquil y vivía de la reventa de bolígrafos por las calles de la ciudad. A veces mejoraba sus ingresos con la venta de las ropas en buen uso y las pequeñas joyas que quitaba a sus víctimas, que abandonaba completamente desnudas entre los matorrales.

El asesino no seducía a sus víctimas, las persuadía con sus dotes de vendedor y su inteligencia. El éxito de Camargo era la selección de niñas indefensas o jóvenes de clase baja en busca de trabajo. Camargo se aproximaba, y con técnica de cuentero les explicaba que tenía que entregar una fuerte cantidad de dinero, que mostraba, a un pastor protestante que tenía una fábrica en las afueras. Ofrecía a las chicas una cantidad si le acompañaban para mostrarle el camino, que desconocía por ser extranjero, e insinuaba la posibilidad de conseguirles un empleo en la fábrica del pastor.

Cazador de vírgenes

Nadie sospechaba de un hombre mayor que acompañaba a una niña o una jovencita que podía ser su nieta. Camargo se introducía en el bosque, en busca de un atajo hacia la fábrica, y marchaba delante para no despertar sospechas en sus víctimas. Si la chica desconfiaba y se echaba atrás, Camargo no le impedía marcharse.

La ficha criminológica de Camargo en Colombia registra una primera condena por «violencia carnal» el 10 de abril de 1964. Enamorado de una mujer, Camargo descubrió que no era virgen y se obsesionó con la idea de poseer a chicas que no hubieran perdido la virginidad. De acuerdo con su compañera, ella se dedicaba a la captura de niñas, a las que narcotizaba, para que Camargo las violara. Todavía no era un asesino.

El psiquiatra Bonilla dice que Camargo, tras su captura y la de su compañera, como cómplice de las violaciones, decidió en la cárcel que no dejaría en el futuro viva a ni una sola de las violadas.

El 3 de mayo de 1974 Camargo fue detenido en Barranquilla (Colombia) cuando estaba a punto de enterrar a una niña de nueve años que había violado y asesinado. Condenado a 30 años de cárcel, luego reducidos a 25, fue internado en la isla de Gorgona el 24 de diciembre de 1977.

De esa isla volcánica de 28 kilómetros cuadrados, situada en la costa del Pacífico de Colombia, no se había fugado nadie. Camargo lo consiguió en una canoa, tras estudiar las variaciones de las corrientes, en noviembre de 1984. Las autoridades le dieron por muerto y la Prensa publicó que el monstruo había sido pasto de los tiburones. Poco después Camargo apareció en Ecuador, donde inició una nueva carrera de violaciones y asesinatos.

En la cárcel de Guayaquil, Camargo ocupa un antiguo taller de mecánica y está vigilado permanentemente, para evitar que sea asesinado. Tiene un mosquitero sobre el camastro. Un gatito negro duerme sobre una mesa. En la pared, un letrero borroso advierte: «Cristo viene, prepárate». Miles de moscas revolotean bajo un sol implacable. Camargo se siente un poco enfermo, con dolor de cabeza.

El preso habla con tono docente. Con otra indumentaria y en otro entorno podría pasar por un cura o un profesor de bachillerato.

Rememora Camargo el «cuadro general» que, según él, determinó su conducta. «A mi madrastra no le gustan los niños, pero le encantan las niñas. La prueba es que ella consentía hasta el extremo a mi hermana. Ella tiene que haber sufrido algún trauma en su niñez, que hizo que no le gustaran los niños. Cuando ella me ponía vestidos de mujer, pienso yo que lo que estaba tratando era convertirme en una mujer. Puede ser que no me odiara, puede ser que me amara, pero no me podía amar como un niño».

Odio, venganza

Dice Camargo que el cúmulo de resentimientos que acumuló después se convirtió en odio. El odio, junto con otros resentimientos, produjo el deseo de venganza.

Reconoce Camargo que el odio «aquí está y lo estoy combatiendo, pero solito no se puede. Se necesita la ayuda de los profesionales para combatirlo, el esfuerzo del paciente y la acción consciente y científica del profesional». El asesino admite que la sociedad tiene derecho a defenderse en su caso, pero «eso no justifica que (la sociedad) haga caso omiso de esos casos y diga: ‘Como lo hizo, es culpable, y que se le condene a 16 años y listo’.»

Después de múltiples resistencias, Camargo explica que llegó a la violación «por no encontrar virgen a mi prometida, con la que me iba a casar. Yo no fui capaz de dejarla, porque estaba locamente enamorado. Había momentos en que yo decía ‘Sí, yo la dejo’, pero otros no era capaz, porque realmente estaba enamorado. Esto dio por resultado que, como yo no había tenido experiencias con mujeres vírgenes, y al mismo tiempo era incapaz de dejar a, esa muchacha…, yo acepté como lo más correcto que ella me ayudara a conseguir unas chicas que estuvieran vírgenes».


Daniel Camargo Barbosa – «La Bestia de los Manglares»

Asesinosenseriebios.blogspot.com

Daniel Camargo Barbosa nació el 22 de enero de 1930. Medía 170 cm. y era de tez trigueña.

Daniel Camargo nació en algún lugar de los Andes colombianos. Cuando no había cumplido ni un año de edad, su madre murió. Su padre se casó con otra mujer, que tuvo problemas de infertilidad. Eso le provocó problemas mentales en la mujer que cayeron en el pequeño Daniel. De hecho, vistió de niña al joven y lo obligaba a ir al colegio vestido de esta manera. A pesar de esta humillación, Daniel se destacó por ser un gran estudiante en el colegio León XIII de Bogotá. Sin embargo, su deseo de seguir estudiando se vio truncado cuando se vio obligado a dejar la escuela para ayudar económicamente a su familia.

Sus víctimas fueron principalmente chicas jóvenes y vírgenes. Durante quince meses, la población ecuatoriana vivió aterrorizada por la presencia de una asesino, que despedazaba a sus víctimas. La policía no encontraba pistas ya que el asesino era extremadamente cuidadoso en sus crímenes. Se empezó a hablar de «La Bestia de Los Andes». Se calcula que entre 71 y 150 jóvenes fueron asesinadas por sus manos.

Su primera detención se produjo en Bogotá, el 24 de mayo de 1958, por hurto.

El 26 de febrero de 1986 fue detenido en Quito luego de que unos minutos antes asesinara a la niña Elizabeth Telpes, de 9 años de edad. Un patrullero de Interpol lo abordó a la altura de la avenida Los Granados por despertar sospechas. Fue llevado a una oficina de seguridad política y a medio día trasladado a Guayaquil para su identificación.

Fue sentenciado a 16 años de reclusión mayor. Había cumplido ocho y había recibido rebajas por buena conducta. Le restaban dos años de prisión antes de salir libre.

Cumplió su condena en los penales de Guayaquil y Quito. Hasta el domingo había salido bien librado porque, según dijo alguna vez a la prensa, «yo controlo a los penados con sutil inteligencia».

Solo en Ecuador fue el responsable de 71 casos de muerte y violación de niñas y adolescentes de Guayaquil, Quito, Ambato, Machala, Nobol, Quevedo y Ventanas, Ademas se cree que asesino a 80 niñas y mujeres en Colombia.

Allá por el año de 1964, el 10 de abril, fue arrestado y condenado por la violación y muerte de 11 mujeres.

En diciembre de 1969 se evadió de la cárcel de seguridad de la Isla de la Gorgona utilizando una embarcación improvisada.

En el 73 fue detenido en Brasil por indocumentado. Allí se registró con un nombre falso. Debido a una tardanza en el envío de los récords criminales de Camargo desde Colombia éste fue deportado y puesto en libertad con su falsa identidad.

Cuando se produjo su detención en Quito dijo llamarse Manuel Solís Bulgarín.

El 3 de mayo de 1974 Camargo fue detenido en Barranquilla (Colombia) cuando estaba a punto de enterrar a una niña de nueve años que había violado y asesinado. Condenado a 30 años de cárcel, luego reducidos a 25, fue internado en la isla de Gorgona el 24 de diciembre de 1977. De esa isla volcánica de 28 kilómetros cuadrados, situada en la costa del Pacífico de Colombia, no se había fugado nadie. Camargo lo consiguió en una canoa, tras estudiar las variaciones de las corrientes, en noviembre de 1984. Las autoridades le dieron por muerto y la Prensa publicó que el monstruo había sido pasto de los tiburones. Poco después Camargo apareció en Ecuador, donde inició una nueva carrera de violaciones y
asesinatos.

La ola de muertes en Ecuador se registró entre diciembre de 1984 y febrero del 1986. La mayor parte de víctimas aparecieron en la vía Perimetral y en la vía a Nobol, así como en la avenida Los Granados, en Guayaquil y Quito, respectivamente, de donde fueron oriundas la mayor parte de víctimas.

Camargo fue identificado por María Alexandra Vélez, una chica guayaquileña que se salvó de morir. El 31 de mayo de 1986 se declaró como único culpable de los delitos y negó tener cómplices.

Daniel Camargo era un indigente que se había establecido en Guayaquil, cargaba bultos en un mercado público, dormía en unas bancas del lugar y apenas se mantenía con 40 sucres diarios a punta de seco de chivo y cola. A sus víctimas hacía creer que era un pastor evangélico extranjero que buscaba supuestas direcciones. En esas circunstancias las amenazaba con cuchillo o tijeras, las ultrajaba y las degollaba.

Una de las víctimas era una chica experta en kárate. Otras fueron universitarias, colegiales, escolares y trabajadoras domésticas.

En abril de 1986, el asesino colaboró en la identificación de las víctimas de Guayas y El Oro. Muchas fueron encontradas en osamentas hasta en los más insospechados parajes. Sabía la ubicación exacta con nombre y apellido de las muertas. Conservó una prenda de cada una y hasta admitió haberse enamorado de alguna de ellas. En mayo hizo lo propio en Quito con una frialdad conmovedora.

El 13 de noviembre de 1994 fue asesinado por Giovanny Arcesio Noguera Jaramillo en el Centro de Rehabilitación de Varones de Quito.


Daniel Camargo causa dolor 30 años después

Eluniverso.com

31 de mayo de 2015

Los primeros cadáveres desnudos aparecieron a mediados de enero de 1985. Algunos tenían señales de estrangulamiento y heridas de puñal, otros se hallaron en estado de descomposición o sin piel, osamentas dispersas en las entonces áreas boscosas y desoladas de Colinas de los Ceibos y, principalmente, en el tramo del km 8 al 24 de la vía a Daule, en Guayaquil.

Hace treinta años, la ciudad se preparaba para la visita del papa Juan Pablo II al país, del 29 de enero al 1 de febrero. Las autoridades y la Iglesia se concentraban en la agenda religiosa del papa, mientras las primeras noticias de la desaparición de niñas y jóvenes mujeres alteraban la paz en los hogares.

Desde el centro de Guayaquil emergía silenciosamente un violador y asesino en serie que luego de su detención en Quito, el 26 de febrero de 1986, confesó la muerte de 71 mujeres en el país y con ello provocó heridas que siguen abiertas entre decenas de familiares de víctimas.

Se trataba del colombiano Daniel Camargo Barbosa, de 55 años, quien había llegado al Ecuador el 5 de diciembre de 1984, tras escapar en canoa de la cárcel de máxima seguridad de la isla Gorgona, al oeste de la costa de ese país, donde había cumplido 10 de los 25 años de sentencia por la violación y muerte de una niña.

«Rapto de menor se investiga», «Se busca a sádicos por asesinato», «Un monstruo está operando en la ciudad» se leía en las páginas de los periódicos de la época y agencias extranjeras de noticias daban cuenta de macabros hallazgos de grupos de hasta 23 cadáveres en la vía a Daule.

La conformación de un escuadrón volante se anunciaba en julio de 1985, durante el gobierno de León Febres-Cordero, y las autoridades dotaban de escopetas y cartuchos a la Policía para dar seguridad. Varias denuncias daban cuenta de raptos hechos en carros lujosos, mientras la Defensa Civil, organismo encargado de brindar atención en caso de desastres, pedía que los planteles elaboraran planes de evacuación y el entonces Servicio de Investigación Criminal (SIC) sugería a las jóvenes «vestir con recato para disminuir la tentación de raptos y violaciones».

«Había una conmoción en toda la ciudad y el país, de diez escuelas nocturnas nueve habían cerrado clases», recuerda Édgar Salazar Vera, el juez que tomó la declaración de Camargo y lo procesó por los delitos de secuestro, violación y asesinato.

En los catorce meses que Camargo estuvo libre en el país victimó a mujeres de entre 18 y 22 años, según confesó a las autoridades, a quienes guió hasta donde había abandonado los cuerpos. A todas las persuadía de que lo acompañaran a entregar dinero a un pastor evangélico que tenía una empresa de plásticos en la vía a Daule.

Su aspecto envejecido, de estatura mediana, delgado, su voz pausada y con la Biblia en las manos, despertaba confianza en las jóvenes. «Parecía un señor indefenso, muy tranquilo, calmado; insistía (que lo acompañara), pero no por la fuerza, inspiraba lástima», dice María Alexandra Vélez, quien estuvo a punto de seguirlo. Cuando lo detuvieron, vio su imagen en televisión y acudió a presentar su acusación en una declaración judicial.

Camargo recibió una sentencia de 16 años de prisión, la máxima pena hace treinta años, en medio de la indignación de familiares como Abraham Calvache, cuya hermana fue una de las víctimas del violador.

«La sentencia fue irrisoria, no había el sistema acumulativo de penas ni la pena máxima de 26 años», lamenta Calvache, entonces representante de más de un centenar de familiares de jóvenes violadas por Camargo.

Actualmente, el delito de violación en el país se castiga con prisión de 19 a 22 años, y si se produce la muerte, la pena llega a 26 años, según el Código Orgánico Integral Penal, dado en el 2014. La acumulación de penas tiene un máximo de 40 años.

Pese a las sanciones, no ha disminuido el número de violaciones. Según la rendición de cuentas del Ministerio de Coordinación de Seguridad, hubo un aumento leve en el 2014.

No obstante, el presidente del Consejo de la Judicatura, Gustavo Jalkh, asegura que un caso como el de Camargo no puede volver a ocurrir en el país. «Eso fue parte también de un sistema judicial indolente, ahora se investigan las desapariciones».

El año pasado se reportaron 4.592 personas desaparecidas. Según datos del Ministerio del Interior, el 91% de los casos se resolvió, mientras que 116 personas aparecieron sin vida.

En Ecuador no hay cadena perpetua ni pena de muerte. Pero sí, explica Jalkh, el Código Penal contempla medidas de seguridad posteriores al cumplimiento de la pena para monitorear perfiles peligrosos para la sociedad, como el seguimiento regular y el sometimiento a tratamiento psicológico y clínico.

De los 16 años de la sentencia, Camargo cumplió 14, pues la justicia le redujo dos por buena conducta. Cuando estaba a menos de seis meses de recuperar su libertad fue asesinado en la celda 14 del pabellón B del penal García Moreno, a donde había pedido que lo trasladaran por su seguridad. «A pesar de todo, no merezco la muerte», le había dicho el asesino al juez Édgar Salazar un día antes de rendir su declaración en Guayaquil.

Su muerte, sin embargo, no desapareció la estela de dolor entre quienes perdieron a sus familiares o estuvieron a punto de convertirse en víctimas. Treinta años después, Beice Espinoza, por ejemplo, recuerda el hecho como si hubiera sido reciente. Su voz se quiebra, suda profusamente y los ojos se enrojecen mientras narra con exactitud los diálogos que tuvo con el violador cuando buscaba internarla en el km 24 de la vía a Daule.

Y Abraham Calvache reclama las memorias de Camargo «para buscar ahí la verdad que dé luz a otras víctimas no identificadas». Aún le duele. Intenta ser fuerte, respira hondo y para no llorar se queda en silencio.

Beice Espinoza: «Le dije suélteme, hasta aquí yo lo acompaño»

Beice Espinoza Vera acompañó durante tres horas y media a Daniel Camargo Barbosa. Juntos abordaron dos buses y se arriesgó a forcejear con él para escapar de un lugar desolado en el km 24 de la vía a Daule, adonde la llevó con el engaño de entregarle dinero a un pastor evangélico en una fábrica de plásticos.

Eran las dos de la tarde de un viernes de enero de 1986. Beice, de entonces 24 años, salía del mercado central de Guayaquil, antes había asistido a una misa en la iglesia San Francisco. «Un señor viejito, sucio, con doble camisa, cargaba unas botas pesadas, me preguntó dónde queda el Tenis Club, le dije que se vaya largo por la 9 de Octubre, me dijo: ‘No, me han dicho que por aquí roban’».

Beice, quien era entonces maestra voluntaria, leía la Biblia y participaba de actividades de beneficencia, decidió ayudarlo. «Me llevó por la calle Aguirre y Tungurahua, me dijo que lo espere, que lo acompañe al parque Guayaquil, que ahí cogemos un carro, unos azulitos, me insistió, entonces le acompañé en la Pascualeña, porque me dijo que iba al km 14 y medio, le dije que hasta ahí conocía».

Se bajaron a la entrada de Pascuales. Camargo caminaba adelante.

Abordaron otro bus, un carro pequeño de color azul. Por un camino desde el que se podía ver a lo lejos una cancha de golf, recuerda Beice, le dijo que no, que hasta ahí lo podía acompañar. «Quería llevarme hacia una lomita, le dije por ahí no es, yo no camino por ahí, me dan miedo las culebras. Entonces, me cogió del brazo duro, le dije déjeme, suélteme, me vino un frío en los pies, le dije no, señor, yo hasta aquí lo acompaño, me voy». Eran las cinco y media de la tarde cuando Beice se pudo soltar y, sin zapatos, alejarse corriendo. A la distancia miraba a Camargo rascarse la cabeza.

Semanas después lo reconoció en televisión y con su madre acudió a poner la denuncia. La Policía se lo puso enfrente para que lo identificara. «Él todavía quiso darme la mano, saludarme. Todavía tiene el cinismo de saludarme después que quiso subirme a esa loma. No, yo no le hice nada, me dijo».

Un año después, Beice se casó. Actualmente tiene dos hijos y vive en la Prosperina. «Dios estuvo ahí, siempre conmigo, no me abandonó. Camargo no me persiguió, se quedó tranquilo. Dios, eres tan milagroso, por ti estoy viva», agradece.

Abraham Calvache: «Encontramos solo osamentas, nada de piel»

Abraham Calvache Molina trabajaba en Nueva York cuando el 19 de diciembre de 1985 recibió una llamada de su madre: «Hijo, vente, Priscila no aparece».

«Esperemos hasta Navidad», sugirió Abraham, pero su madre le insistió tanto que él no tuvo opción. «Regresé a Ecuador con $ 1.400 en los bolsillos… Que aparecía un cadáver en Ambato, Quevedo, Babahoyo, allá estábamos viendo si era el nuestro, agoté todos mis recursos ahorrados», recuerda hoy Abraham desde un espacio de su casa en la cooperativa Balerio Estacio, en el norte de Guayaquil.

Daniel Camargo Barbosa fue detenido en febrero de 1986. Abraham, entonces vicepresidente de la Asociación de familiares de jóvenes y niños desaparecidos en el caso Camargo, pidió al entonces jefe del Servicio de Investigación Criminal, Hólguer Santana, tener una entrevista con el acusado.

En presencia de Abraham, Camargo relató con detalles lo que pasó con Carmen Priscila, de 19 años: «La conocí por las calles contiguas al parque Victoria, iba vestida con jean, el color de la blusa no la recuerdo ni el de los zapatos. Cuando iba por el mercado Central, la abordé y la persuadí para que me acompañara a entregar el dinero. Ella aceptó y caminamos hasta el Malecón Simón Bolívar y tomamos el autobús número 9 al parque Guayaquil. En dicho parque buscamos la iglesia, pero por supuesto no la encontramos, porque no existía.

Le dije que el pastor era de Estados Unidos y que se llamaba George Wilches…, entramos en el bosque y le dije: «Señorita, yo no vine a entregar ningún dinero, yo la traje a usted porque la vi y me gustó, y deseo hacer el amor con usted. No trate de correr ni de gritar porque estoy armado».

Tras la entrevista, Camargo señaló el sitio donde se hallaban los restos de Carmen Priscila, lugar al que más tarde acudió Abraham junto a varios amigos y parientes.

«En una ladera, en un área de 30 metros, encontramos solo osamentas, nada de piel», recuerda Abraham, y se quiebra. «Siempre que me tocan este tema termino llorando, es como si viviera la experiencia…, lo más triste es llevar un recuerdo de esta naturaleza el resto de la vida, es denigrante. Cómo serían las noches de mi madre si las mías, que soy hombre, eran amargas, tristes, me acostaba llorando, me levantaba llorando, no dormía…, todavía no termino de recuperarme».

María Alexandra Vélez: «No era plan de Dios que vaya con Camargo»

Cuando detuvieron a Daniel Camargo Barbosa, a María Alexandra Vélez le llegó una notificación judicial para que acuda a rendir la declaración que permita identificarlo como el mismo hombre que una tarde de febrero de 1986 se le acercó a pedirle que lo acompañara a entregarle dinero al pastor de una iglesia evangélica. Entonces, ella tenía 20 años, estaba recién casada y trabajaba en la Editorial Planeta, ubicada en el edificio Induauto, av. Quito y 9 de Octubre.

«Cuando regresaba de mi hora de almuerzo, no sé ni dónde ni cómo, yo ya tenía enfrente mío a este señor, me dijo: niña, necesito que me ayude, tengo que entregar un dinero a una iglesia que están construyendo en la Ferroviaria, necesito que usted me acompañe», recuerda.

Aunque ella le recomendaba tomar un taxi o pedirle ayuda a un vigilante o un policía, Camargo seguía insistiendo. «Él quería a toda costa que yo lo lleve; le dije que no, que recién había entrado a trabajar, que no podía faltar, pero me dijo que no me preocupe, que me pagaba el día, él por todos los medios quería que yo lo acompañe», cuenta María Alexandra la semana pasada detrás de su negocio familiar de ropa deportiva en el centro de Milagro.

La apariencia de Camargo le inspiró lástima, dice. Vestía ropa muy sencilla, un bolso pequeño y llevaba una Biblia en la mano. Ella pensó en ayudarlo.

«En ese momento, pasó una compañera y me dijo vamos, vamos, yo tomé sus palabras como «cuidado, no hables con extraños», eso me haló un poquito más, entonces le dije: Sabe qué, le voy a decir al conserje que él lo acompañe, se lo presenté y le dije que le dé para la colita, que él lo iba a llevar», recuerda claramente.

Cinco minutos después llegó el conserje. Camargo había rechazado su ayuda. «Quince días después vi en las noticias que habían detenido a Camargo, ahí lo reconocí, fue un shock», dice María Alexandra, hoy madre de tres hijos profesionales.

«No estaba en los planes de Dios que vaya ese día con Camargo. Estoy agradecida con Dios», dice ella mientras mira a su familia. Al mismo tiempo aconseja a las jóvenes: «Les digo a las chicas que tengan cuidado con las personas que hablen, muchos se pintan como ovejas y no lo son, que sean un poquito más cuidadosas».


Daniel Camargo Barbosa

Emerson Rubio – Extra.ec

Las calles de la capital están teñidas de temor y desconfianza. Ahora las jóvenes son las más vulnerables de la sociedad frente a los bandidos que merodean por la oscuridad, esperando que las doncellas caigan en sus redes.

La muerte de Karina del Pozo conmocionó a Quito, al Ecuador y a toda Sudamérica.

Su estremecedora historia no puede quedar en el olvido. Aún no se conoce quién realmente fue el que provocó la tragedia ocurrida la madrugada del 20 de febrero, pero la marca de miedo está latente en todas las chicas del país.

Karina murió luego de recibir un golpe en la cabeza, posiblemente una piedra fue la herramienta que utilizaron los asesinos de la joven de 20 años.

Su futuro se vio truncado por presuntos violadores, quienes eran allegados a la muchacha.

Pero qué se esconde detrás de estos sujetos, cuál es su mentalidad y por qué tienen esa reacción.

Homero Mena, psicólogo clínico, explicó que la personalidad se fortalece desde que uno es niño.

«Cuando una persona tuvo traumas en su infancia, o fue víctima de violación, es muy probable que en la adolescencia afloren los sentimientos de odio y molestia, y en respuesta a su malestar realice lo mismo», añadió.

El profesional indicó que el papel de los padres es muy importante en el desarrollo mental de los muchachos, pues desde allí se estructura con valores morales acordes a la sociedad.

En el caso de no recibir ninguna condición de comportamiento, los jóvenes van tomando otras tendencias y pueden llegar a cometer cosas inimaginables.

Así como los delincuentes, un violador puede estar de terno y corbata, sin embargo, los impulsos delictivos y criminales salen y se despojan de los prejuicios y es ahí donde pierden los «estribos» para dejarse llevar por la maldad.

Un caso muy sonado que hizo estremecer a todas las mujeres fue la historia de Camargo.

El monstruo de los manglares

El 26 de febrero de 1986, minutos después de violar y asesinar a una niña de 9 años de edad, una patrulla de la Interpol vio a Daniel Camargo Barbosa actuando de manera sospechosa a la altura de la avenida de Los Granados, al norte de la capital.

Lo detuvieron por tener ropa ensangrentada y lo llevaron a la cárcel de Guayaquil, donde permaneció hasta 1989, año en el que lo trasladaron al expenal García Moreno de Quito para que cumpla la pena máxima de 16 años.

María Alexandra Vélez, una chica guayaquileña que se salvó del violador, identificó al sujeto cuando fue llamada a testificar. Aunque no fue complicado condenar al violador ya que él mismo se declaró culpable sin cómplices el 31 de mayo de 1986, admitiendo 71 asesinatos y violaciones y mostrando con espantosa frialdad a la Policía los sitios en que dejó los cadáveres de sus víctimas.

En la cárcel del Litoral, Camargo tuvo que ser vigilado toda su estadía para que los otros presos no lo asesinen. En el expenal compartió la celda con «el Monstruo de los Andes», otro psicópata del que se presume que asesinó a más de 300 personas brutalmente.

El 13 de marzo de 1994 murió Camargo alias «La Bestia de los manglares», apuñalado por Luis Masache Narváez, de 29 años, recluso y familiar de una de las víctimas de Camargo.

Una ola de terror sacudió el Ecuador entre diciembre de 1984 y febrero de 1986.

Los uniformados pensaron que se trataba de una banda de asesinos, pues nadie imaginó que detrás de tremendas atrocidades se encontraba Daniel Camargo Barbosa, un hombre de 50 años, 1.65 de estatura, flaco y de piel morena.

Era un psicópata misógino obsesionado con la virginidad. Se presume que en toda su vida violó y estranguló a 150 mujeres y en su mayoría sus cadáveres eran hallados en las vías Perimetral y Nobol (dos lugares rodeados de manglares), por ello el sobrenombre con el que se lo conocía, «La Bestia de los manglares».

Su infancia

Daniel Camargo Barbosa nació el 22 de enero de 1930 en Colombia. Su madre murió cuando él apenas tenía un año de edad y posteriormente su padre se casó con una mujer infértil, la cual tenía el deseo insatisfecho de tener una hija, por ello el pequeño Camargo era vestido de mujer y de esa manera su madrastra lo obligaba a ir a la escuela y allí sus compañeros se burlaban de él.

Su padre no fue un apoyo para Camargo, ya que era alcohólico, violento y nada afectuoso. Con respecto a su madrastra y sobre los trastornos mentales y de comportamiento que le causó, años después en una entrevista el «Monstruo de los manglares» contó que «a mi madrastra no le gustan los niños, pero le encantan las niñas.»

Por ello Camargo llegó a acumular un inmenso odio, resentimiento y misoginia (odio a las mujeres) que posteriormente le transformarían en un despiadado criminal.

En lo amoroso

Ya de adulto, Camargo conoció a Alcira con la que tuvo dos hijos, a la cual terminó abandonando cuando conoció a Esperanza, una chica de 28 años de la que se había hecho muchas ilusiones llegando incluso a desear casarse con ella.

A partir de este momento Camargo empieza a explotar su lado criminal, no solo porque Esperanza no era virgen sino que, además, sin que hubiera pasado mucho tiempo en su relación la descubrió en la cama con otro.

No cortó su vínculo con Esperanza, sino astutamente la convenció, utilizando la culpabilidad que ella sentía por decepcionarlo, para que ésta le ayudase en su vil plan de conseguir chicas jóvenes vírgenes.

Cinco fueron las violaciones sin muerte que Camargo logró con el medicamento y la ayuda de Esperanza hasta que la quinta víctima, que era apenas una niña, descubrió que había sido violada mientras dormía en el departamento de Camargo e, indignada y asustada, contó lo sucedido, estos fueron denunciados y enviados a distintas prisiones en 1964 en Colombia.

Por los hechos mencionados, el hombre fue detenido durante 8 años. Salió de la cárcel y empezó nuevamente a cometer sus fechorías.

Un día, mientras pasaba frente a una escuela, Camargo vio a una niña de nueve años cuyo aspecto le volvió loco, le «enamoró». Fue su primera violación con muerte.

La policía lo llevó a prisión pero con la condena de 25 años en la isla Gorgona, una especie de versión colombiana de Alcatraz de la cual, hasta la fecha, ningún criminal pudo escapar.

Camargo lo hizo, encontró una barca abandonada y remó por tres días sin agua ni comida hasta llegar a tierra firme.

Con la Biblia en mano

En Guayaquil, Camargo sobrevivía como un indigente que cargaba bultos en un mercado público, ganando apenas un sueldo de 40 sucres diarios (algo menos de un dólar) con esto se mantenía a base de seco de chivo (una comida típica muy económica) y cola.

Además tras cada asesinato vendía bolígrafos, ropa, joyas y otros objetos de sus víctimas.

El sujeto no podía seducir a sus víctimas sino que hábilmente utilizaba la Biblia para engañar.

Las llevaba a lugares inhóspitos y allí abusaba de ellas. Las cortaba en pedazos, incluso les sacaba los órganos para despistar a la Policía y para no dejar huellas, las manos manchadas de sangre se las lavaba con su propia orina.

Perfil de Camargo

Homero Mena, psicólogo clínico, manifestó que Camargo padecía de una psicopatía, la cual se fundamentaba en la falta de afecto, aislamiento y violencia. Además de un trastorno sexual.

Explicó que en la adolescencia estos impulsos de ira y venganza empiezan a surgir, sin embargo en el «Monstruo de los manglares» fue después de haber terminado con su segunda relación.

Por ello se creó un vacío emocional que lo incentivó a cometer terribles atrocidades.

El experto comentó que su conflicto de personalidad por no ser una persona agradable a la vista de todos, lo conllevó a utilizar artimañas para convencer a las niñas a que lo siguieran.

Era un hombre solitario, ya que por el rechazo que sentía de la sociedad no tenía una autoestima equilibrada, por tanto su cuadro de autoimagen y autoconcepto variaban creando en el sujeto un patrón mental que lo motivaba a abusar sexualmente de las mujeres.

Mena indicó que Camargo luego de haber asesinado por primera vez empezó a sentir placer, por ello primero las violaba y se satisfacía sexualmente, pero al matarlas complementaba su sistema emocional.

«Es importante hacer un contraste, por ejemplo Juan Fernando Hermosa fue otro de los grandes asesinos del Ecuador, pero su perfil es diferente al de Camargo, ya que Hermosa buscaba ser un líder, ser reconocido por los miembros delincuenciales, mientras que el violador pretendía pasar por desapercibido y continuar haciendo de las suyas», señaló el psicólogo.

Agregó que la personalidad se forma en los primeros años de vida, y si Camargo no tuvo un modelo de padre ejemplar, todos sus defectos se vuelcan a su soledad.

Respecto a la pedofilia (gusto por los niños) se faculta en base a experiencias de abuso, y el hombre sufrió desde pequeño la burla de sus compañeros y el maltrato de su padre.


Daniel Camargo – La Bestia de los Manglares

Asesinos-en-serie.com

Daniel Camargo conocido como la Bestia de los Manglares era un pequeño hombrecillo, delgado y cincuentón que tras su frágil aspecto escondía un cruel violador y asesino de niñas y mujeres. Tras ser detenido confesó 71 crímenes.

Entre diciembre de 1984 y febrero de 1986 una ola de terror sacudió Ecuador. Los cadáveres, desnudos y usualmente desmembrados a machetazos, aparecían en lugares solitarios, apartados y boscosos. Según las investigaciones, todas las víctimas eran chicas jóvenes, muchas de ellas vírgenes y algunas tenían tan sólo ocho o nueve años.

Nadie imaginó que detrás de semejantes atrocidades se escondía Daniel Camargo Barbosa, un hombrecillo cincuentón, flaco y de piel morena, un psicópata misógino obsesionado con la virginidad, un individuo que, con apenas 1,65 de estatura, había conseguido violar y estrangular a 71 víctimas en el tiempo que estuvo en Ecuador y, según se presume, a unas 150 en la totalidad de su trayectoria criminal. Sus víctimas, por aparecer en su mayoría en las vías Perimetral y Nobol (dos lugares rodeados de manglares), le dieron a este asesino en serie el sobrenombre de «La Bestia de Los Manglares».

Los orígenes de la bestia

Daniel Camargo Barbosa nació un 22 de enero de 1930 en algún lugar de los Andes Colombianos (no se conoce con certeza su procedencia exacta). Antes de cumplir un año su madre murió y, posteriormente, su padre se casó con una mujer que tenía problemas de fertilidad y un obsesivo e insatisfecho deseo de tener una hija, deseo que, al no poder cumplirse, le ocasionó trastornos mentales y un comportamiento anómalo del cual el pequeño Camargo fue víctima.

Así, su madre lo vestía de mujer frecuentemente, lo obligaba a ir de esa forma al colegio (donde todos se burlaban de él) y a veces lo castigaba atrozmente clavándole alfileres. Su padre no fue de manera alguna un refugio para Camargo: era alcohólico, violento y nada afectuoso, su mayor y casi único interés era el dinero y, como figura paterna, era muy distante, despótico y severo. Las pocas veces que trataba con su hijo solía ser para propinarle brutales palizas ayudado por el tío del niño.

Con respecto a la conducta de su madre y el daño que le ocasionó, años después Camargo nos diría lo siguiente: «A mi madrastra no le gustan los niños, pero le encantan las niñas. La prueba es que ella consentía hasta el extremo a mi hermana. Ella tiene que haber sufrido algún trauma en su niñez, que hizo que no le gustaran los niños. Cuando ella me ponía vestidos de mujer, pienso yo que lo que estaba tratando era convertirme en una mujer. Puede ser que no me odiara, puede ser que me amara, pero no me podía amar como un niño».

En gran parte por ello, Camargo llegó a acumular el inmenso cúmulo de odio, resentimiento y misoginia (odio a las mujeres) que posteriormente le transformarían en un despiadado criminal.

Pese a todo, Camargo consiguió ser un estudiante destacado en el colegio León XIII de Bogotá, aunque posteriormente tuvo que dejar sus estudios y dedicar sus esfuerzos a ayudar económicamente a su familia; lo cual, según declaraciones de él mismo, habría contribuido a aumentar su amargura y resentimiento.

Ya de adulto, Camargo conoció a una mujer llamada Alcira con la que tuvo dos hijos, a la cual terminó abandonando cuando conoció a Esperanza, una chica de 28 años con la cual se había hecho muchas ilusiones llegando incluso a desear casarse con ella; esto sería el detonante del lado criminal de Camargo, no sólo porque Esperanza no era virgen sino que, además, sin que hubiera pasado mucho tiempo en su relación la descubrió en la cama con otro hombre.

Frustrado, dolido y decepcionado de las mujeres en general, Camargo no hizo lo que alguien normal habría hecho sino que, en vez de cortar definitivamente su vínculo con Esperanza, él astutamente la convenció, utilizando la culpabilidad que ella sentía por decepcionarlo, para que ésta le ayudase en su vil plan de conseguir chicas jóvenes e «inmaculadas».

Sobre eso, en declaraciones posteriores a su detención, Camargo se justificó diciendo que fue: «Por no encontrar virgen a mi prometida, con la que me iba a casar. Yo no fui capaz de dejarla, porque estaba locamente enamorado. Había momentos en que yo decía ‘Sí, yo la dejo’, pero otros no era capaz, porque realmente estaba enamorado. Esto dio por resultado que, como yo no había tenido experiencias con mujeres vírgenes, y al mismo tiempo era incapaz de dejar a, esa muchacha…, yo acepté como lo más correcto que ella me ayudara a conseguir unas chicas que estuvieran vírgenes».

Así Esperanza, a través de engaños, llevaba chicas al apartamento de Camargo, dándoles allí cápsulas de seconal sódico para que se durmieran y Camargo pudiese desflorarlas.

Cinco fueron las violaciones (sin muerte todavía) que Camargo logró con el seconal sódico y la ayuda de Esperanza hasta que la quinta víctima, que era apenas una niña, descubrió que había sido violada mientras dormía en el departamento de Camargo e, indignada y asustada, contó lo sucedido y Camargo y su novia fueron denunciados y enviados a distintas prisiones en 1964.

Todo parecía indicar que Camargo sería sentenciado a sólo tres años, aunque después la causa subió en grado y el nuevo juez, más severo que el anterior, le condenó a ocho años tras las rejas, lo cual destruyó el propósito inicial de Camargo de regenerarse (había jurado regenerarse) y le llenó de rabia y odio hacia la sociedad y su justicia, desencadenando así una profunda y hostil rebeldía interior que junto al hecho de que su quinta víctima hubiese hablado, sería la causante de que Camargo decidiera en la cárcel que en el futuro no dejaría con vida a una sola de sus víctimas, esta era la única forma de evitar que le delataran.

Nace el asesino

Tras ser liberado, Camargo se dedicó a trabajar como vendedor ambulante de pantallas de televisión. Un día, mientras pasaba frente a una escuela, Camargo vio una jovencita de nueve años cuyo aspecto le volvió loco, le «enamoró».

Decidido a hacerla suya, la llevó con engaños a una zona poco transitada en donde le arrebató la virginidad sin tener piedad de sus lágrimas y, no contento con eso, la estranguló para evitar ser delatado y luego, sin enterrarla, la dejó junto a las pantallas de televisión que llevaba. Fue su primera violación con muerte.

El error de abandonar las pantallas, tras el miedo inicial y huída por su primer asesinato, le costaría caro; ya que, cuando al día siguiente (3 de mayo de 1974) regresó para ver los televisores que dejó y enterrar al cadáver, un agente de la policía sospechando de su comportamiento decidió seguirle e interrogarle, descubriendo finalmente el lugar donde había abandonado el cadáver de la niña. Gracias a la acción policial Camargo fue detenido en Barranquilla ese día.

Ésta vez la justicia colombiana no sería suave con Camargo. El castigo debía ser ejemplar. En efecto, se lo condenó a permanecer 25 años en la prisión de la isla Gorgona, una especie de versión colombiana de Alcatraz de la cual, hasta la fecha, ningún criminal había escapado. Díez años estuvo Camargo en esa isla volcánica de 28 kilómetros cuadrados situada en el Pacífico de Colombia, diez años en los que se entretuvo leyendo a autores del calibre de Nietzche, Freud o Dostoievsky, diez años en que también, preparándose para el gran día, leyó libros de navegación y estudió con detalle las variaciones de las corrientes en torno a la isla.

Cuenta al respecto Juan Antonio Cebrián, en su obra Pasajes del terror: Psicokillers, asesinos sin alma, lo siguiente: «En ese aislado paraje estuvo encerrado diez años, pues lo cierto es que la isla por inhóspita apenas tenía vigilancia y los presos deambulaban a sus anchas por la pequeña extensión insular.

La tarde del 23 de noviembre de 1984 Camargo, en uno de sus paseos, descubrió una pequeña barca abandonada, y no se lo pensó dos veces; empezó a remar con la desesperación del superviviente. Sin alimentos ni agua remó sin descanso durante tres días hasta que divisó las costas continentales. Milagrosamente se había salvado aunque su aspecto y situación anímica daban a entender que sus días estaban contados. Pero Daniel Camargo era inteligente y tenía capacidad para generar recursos que le permitieran seguir adelante.»

Al enterarse de su fuga y desaparición, las autoridades colombianas —firmemente convencidas de que su Gorgona era una prisión de máxima seguridad en que las corrientes y los tiburones hacían las veces de un sistema de guardia secundario— le dieron por muerto y la Prensa se aventuró a publicar que el «monstruo» había sido devorado por los tiburones. Lo habían subestimado y el tiempo se los demostraría.

Fue así que, aprovechando el hecho de que se lo creía muerto, Camargo cruzó a Brasil y, como cuenta Francisco Febres Cordero (periodista ecuatoriano que lo entrevistó): «recorriendo el continente vino a dar por acá, llegó a Quito, durmió una noche en los portales de Santo Domingo y a la mañana siguiente preguntó: «¿No hay un sitio más caliente en este país?, aquí me voy a morir de frío». Así llegó en bus a Guayaquil, el 5 ó 6 de diciembre de 1984. Y allí comenzó su dantesca, horripilante historia…»

Las atroces cifras que le llevaron a la fama

La ola de terror que sacudió a Ecuador inició un 18 de diciembre de 1984 con la desaparición de una niña de nueve años en la ciudad de Quevedo, al día siguiente continuó con la desaparición de otra niña (de diez años) y luego vino desaparición tras desaparición.

Poco a poco los cadáveres de las jóvenes vírgenes fueron apareciendo con huellas de machetazos, cuchilladas, estrangulaciones y signos de violación. Aparecían desnudas, en parajes llenos de vegetación, generalmente en la vía Perimetral, en la vía Nobol y en la Avenida de Los Granados.

Los forenses no podían determinar con exactitud la causa de la muerte y además se sabía que, por la zona de la provincia del Guayas en que operaba Camargo, había una banda de sádicos violadores, de modo que también resultaba difícil la labor policial para determinar al autor.

Sólo después de ser arrestado se supo que los asesinatos con violación sumaban un total de 71, y que los lugares habían abarcado Guayaquil, Quito, Ambato, Machala, Nobol, Quevedo y Ventanas y, sobre todo, que su autor había sido un enclenque cincuentón de apenas 1,65 de estatura. Sus víctimas, normalmente fueron campesinas, colegialas, escolares, universitarias, empleadas domésticas, incluso una de ellas era un experta en karate, eso tampoco la sirvió para defenderse del asesino.

Su modus operanti

En Guayaquil, Camargo sobrevivía como un indigente que cargaba bultos en un mercado público, ganando apenas un sueldo de 40 sucres diarios (algo menos de un dólar) con esto se mantenía a base de seco de chivo (una comida típica muy económica) y cola. Además tras cada asesinato vendía bolígrafos, ropa, joyas y otros objetos de sus víctimas. Aún así su situación económica era tan precaria que debía dormir en el banco de algún parque.

Siendo feo, viejo y pobre como era, Camargo no seducía a sus víctimas sino que hábilmente utilizaba su fealdad y vejez a favor de un sutil método de engaño y persuasión. Él, que casi siempre seleccionaba niñas, púberes y jovencitas de estratos sociales bajos, se acercaba con la Biblia en la mano y les decía que era extranjero, que estaba buscando al pastor George Winchester, a su fábrica e iglesia, que debía entregarle una fuerte suma de dinero a dicho pastor y que les daría una buena cantidad de dinero si le acompañaban y le mostraban el camino.

Incluso, a las que no eran niñas las engañaba diciéndoles que les podía conseguir un buen empleo en la fábrica del pastor, la cual siempre quedaba a las afueras de la ciudad… Así y aprovechando su vejez y aspecto para que nadie (incluyendo las chicas) sospeche de él, Camargo tomaba un bus con la chica y, una vez que el bus se adentraba por parajes solitarios, él les decía que por allí había que bajar.

Llegaba luego el momento crucial, para lo cual él siempre hacía que la chica caminase atrás de él y a una distancia prudencial, de modo que así ella se sintiese confiada. Entonces era cuando él, con la excusa de buscar un atajo, decía que debían adentrarse en el paraje: si la chica se rehusaba, él la dejaba ir y ella se salvaba; si la chica lo seguía, él la llevaría al lugar propicio para violarla y matarla impunemente.

Una vez adentrados en el paraje solitario (en los casos en que le seguían), él se giraba con una mano detrás a modo de quien sostiene un revólver, le decía a la chica que el pastor no existía y que él la había llevado allí para «hacer el amor» y, tras insinuarle que si no cedía usaría el revólver (lo que tenía era un cuchillo), la sometía y la violaba. «Yo optaba por la persuasión antes que por la amenaza», dijo alguna vez Camargo con respecto a su método.

Como consideraba que la violación con muerte era un acto irrepetible y único, Camargo se esforzaba por retener todos los detalles sobre sus víctimas, memorizando siempre sus nombres y, cuando era posible tomaba objetos de su víctima para preservar un «recuerdo”, aunque muchas veces acababa vendiéndolos para sobrevivir.

Finalmente, Camargo solía darle machetazos a los cuerpos, arrancarles los órganos a veces… Todo con el fin de despistar a la Policía, de dejar la menor cantidad posible de huellas. Dijo por ello lo siguiente de sí mismo: «mataba sin dejar huellas. Siempre llevaba una camisa de más, y cuando las manos se me manchaban de sangre, las limpiaba orinando sobre ellas.»

El perfil de un monstruo

Físicamente era flaco, trigueño, pequeño (1,65), con poco pelo y la frente amplia, curva y despejada. Tenía las manos grandes, vestía bien y andaba pulcro dentro de sus limitadas posibilidades. Frecuentemente un cigarrillo adornaba su boca acrecentando esa imagen de frialdad, dureza y sequedad que su rostro y mirada traslucían.

Le gustaba un tanto el deporte. De joven jugaba fútbol y baloncesto y, cuando estuvo en la prisión de la Gorgona, aprendió a bucear y a jugar ping-pong.

Era inteligente y culto. Las pruebas de los interrogatorios mostraron que tenía un coeficiente intelectual de 116 (el promedio es 100) y la cultura que poseía era casi imposible de encontrar en alguien que dormía en parques y cargaba bultos en el mercado.

El periodista Francisco Febres Cordero (F.F.C) llegó a decir de él lo siguiente: «como todo psicópata, brillante. Tenía una respuesta para todo y podía hablar, con igual soltura, de Dios y del Diablo. Buen lector (su formación literaria parece que la adquirió en la isla prisión Gorgona), citaba a Hesse, Vargas Llosa, García Márquez, Guimaraes Rosa, Nietzche, Sthendal o Freud. Cuando lo capturaron, encontraron en el maletín de mano que portaba, junto con una prenda íntima de la última niña a quien acababa de matar y violar, «Crimen y castigo», de Dostoievky. Además, pintaba, aunque sus cuadros tenían tonos oscuros».

Sexualmente era un trastornado marcado por una machista obsesión por la virginidad y la idea de pureza. Por eso detestaba a las prostitutas y despreciaba a las mujeres (no vírgenes) en general. Cuenta F.F.C. que Camargo nunca buscó saciar sus impulsos en prostitutas ya que: «las odiaba. Le causaban asco. Tenía pavor de las enfermedades venéreas y sus estragos. Él quería mujeres puras, vírgenes. Eso explica porque violó y mató también niñas».

También era un gran sádico, siendo así que, según confesó, él buscaba vírgenes en gran parte «porque ellas lloran», lo cual a Camargo le proporcionaba un enorme placer a la hora del acto carnal.

En lo que respecta a la atracción que le hacía seleccionar a sus víctimas, Camargo era algo complejo ya que además de guiarse por la posible pureza de estas (elegía las que creía vírgenes), obedecía a una cierta atracción emocional, a una atracción orientada a aspectos internos de la víctima que él, al no poder comprender con claridad, situaba vagamente como un «algo» capaz de reflejarse en la mirada y otros aspectos, dice así F.F.C. lo siguiente ante la pregunta de qué veía Camargo en las mujeres antes de violaras:

«Algo, que él mismo no sabía explicar bien. A veces era su forma de mirar, su manera al andar, su pelo. Un «algo» indefinible que le obligaba a pensar: «Tengo que hacerla mía». Él explicaba eso como un «demonio» que tenía dentro de su cerebro».

Emocional y psíquicamente, Camargo era un ser marcado por la rabia, el odio y el rencor, patrones estos que en la dinámica psicológica de su conciencia moral actuaban en conjunción con una baja responsabilidad moral, con una tendencia extrapunitiva según la cual él tendía a ver en los otros la responsabilidad total o parcial de sus conductas.

Muestra de esas actitudes son las siguientes palabras de Camargo. El primer caso es cuando reconoce su odio y dice del odio que: «aquí está y lo estoy combatiendo, pero solito no se puede. Se necesita la ayuda de los profesionales para combatirlo, el esfuerzo del paciente y la acción consciente y científica del profesional»; admitiendo luego que la sociedad tiene derecho a defenderse en su caso, pero que: «eso no justifica que (la sociedad) haga caso omiso de esos casos y diga: ‘Como lo hizo, es culpable, y que se le condene a 16 años y listo’.»

El segundo, cuando en medio de los interrogatorios y asombrado ante la repercusión mediática de sus crímenes, Camargo se justifica diciendo: «Estaba vengándome de muchos años de humillación».

Camargo era también un gran cínico y sinvergüenza que, a través de una cierta arrogancia, manifestaba el aborrecible cinismo con que de cierta manera se vanagloriaba de la oscura fama que sus crímenes le habían dado, dice por eso F.F.C.: «Durante muchos días Marco y yo intentamos hablar con Camargo. La tarea parecía imposible no solo por el cerco policial que le rodeaba sino, además, porque él exigía una fuerte suma de dinero por hablar, pago que nos repugnaba».

O también, para comprender lo descarado que era Camargo, podemos ver estas palabras de Del Castillo, quien durante un tiempo fue psicólogo del asesino: «Era un sinvergüenza. No tuvo reparos en contarme cómo realizó sus crímenes y el lugar en donde enterró a sus víctimas. Camargo era una persona antisocial, que se jactaba de las fechorías que hacía. Era renuente a todo cambio».

A Del Castillo, igual que a F.F.C., Camargo intentó cobrarle. Así, un día llegó con actitud jactanciosa al despacho del psicólogo y le pidió 250.000 sucres para continuar con las consultas: como Del Castillo se negó, Camargo nunca volvió… Finalmente, podemos ver cómo el cinismo de Camargo se conjuga con el sarcasmo en este fragmento de Pasajes del terror: Psicokillers, asesinos sin alma: «En una ocasión la Policía le preguntó por qué había arrancado los pulmones, riñones y corazón de una muchacha, a lo que él respondió fríamente: «Eso es mentira. Como mucho le saqué el corazón porque es el órgano del amor.»

Detención, arresto y muerte

Un 26 de febrero de 1986, minutos después de violar y asesinar a Elizabeth Telpes de 9 años de edad, una patrulla de la Interpol lo vio mostrando un comportamiento sospechoso a la altura de la avenida de Los Granados, una calle de Quito. Cuando los dos policías se bajaron para examinar al sospechoso, lo que hallaron los dejó sorprendidos: allí, en la bolsa de pertenencias de Camargo, estaban las ropas ensangrentadas de quien evidentemente había sido una pequeña e inocente niña.

Inmediatamente lo detuvieron. Posteriormente María Alexandra Vélez, una chica guayaquileña que se salvó del violador, identificó a Camargo cuando fue llamada a testificar. Aunque no sería complicado condenar a Camargo ya que él mismo se declaró culpable sin cómplices un 31 de mayo de 1986, admitiendo 71 asesinatos y violaciones y mostrando con espantosa frialdad a la Policía los sitios en que dejó los cadáveres de sus víctimas.

Después de su detención fue inmediatamente llevado a la cárcel de Guayaquil hasta que en 1989 fue trasladado al Penal García Moreno de Quito para cumplir la máxima pena que existía y aún existe en Ecuador: 16 años, un castigo insignificante para la escalofriante trayectoria criminal de Daniel Camargo Barbosa.

Desde el principio de su encarcelamiento en la cárcel de Guayaquil Camargo tuvo que ser especialmente vigilado para evitar que los otros presos le asesinaran. Finalmente Camargo fue trasladado al Penal García Moreno, donde los primeros días compartió celda con Pedro Alonso López alias «El Monstruo de Los Andes», otro psicópata colombiano del cual se dice que cometió más de 300 asesinatos.

No obstante La Bestia de Los Manglares no duraría muchos años más encarcelado pues el 13 de Noviembre de 1994 moriría asesinado por el recluso Luis Masache Narváez de 29 años (familiar de una víctima de Camargo).

Cuentan que era un tranquilo domingo de visita cuando, estando Camargo sentado en su celda, Luis Masache entró súbita e inesperadamente, lo agarró con violencia del pelo haciéndolo arrodillarse, lo miró y le dijo: «llegó la hora de la venganza». Acto seguido le dio ocho puñaladas. Ya muerto el violador de vírgenes, Narváez bebió cuanto pudo de su sangre (antes de que lo detuvieran) inspirado en la creencia de que así el espíritu maldito de la víctima no lo seguiría. Ese fue el fin de Daniel Camargo Barbosa, cuyos huesos yacen en la fosa 798 del cementerio El Batan.

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