D. B. Cooper
  • Clasificación: Secuestro
  • Características: Un hombre con traje negro secuestró un avión, logró un rescate de 200.000 dólares y huyó saltando en paracaídas a 3.000 metros de altitud
  • Número de víctimas: Ninguna
  • Periodo de actividad: 24 de noviembre de 1971
  • Fecha de nacimiento: Desconocida
  • Localización: En el aire, Estados Unidos (Washington)
  • Estado: Nunca ha sido detenido. Es el único caso de piratería aérea sin resolver en los Estados Unidos
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La leyenda de D. B. Cooper

Bárbara Celis – El País – D. B. Cooper

25 de noviembre de 2007

El 24 de noviembre de 1971, un hombre en traje negro secuestró un avión, logró un rescate de 200.000 dólares y huyó saltando en paracaídas a 3.000 metros de altitud sobre el Estado de Washington. Desde entonces, su identidad se ha convertido en una leyenda. Ahora, el FBI, tras investigar a más de mil sospechosos, tiene nuevas pistas.

En Ariel, un pequeño pueblo del Estado de Washington situado entre pinares y ríos embravecidos, no sólo se comió pavo el pasado jueves como obliga el rito del Día de Acción de Gracias. En este lugar y en estas fechas es tradición brindar en la taberna del pueblo a la salud de un hombre que quizá aún esté vivo o quizá ya esté muerto, pero que, al margen de su propia suerte, se instaló en la leyenda en 1971 para jamás abandonarla.

En Ariel quieren creer que D. B. Cooper, el misterioso pasajero que el 24 de noviembre de aquel año secuestró un avión en Portland (Oregón), pidió un rescate de 200.000 dólares y se esfumó sin dejar rastro tras saltar en paracaídas con el botín sobre el Estado de Washington, sigue vivo. Nunca se encontró su cadáver. Tampoco el dinero. Ni el paracaídas.

Por eso, cada año, decenas de admiradores de este personaje misterioso peregrinan a la Taberna de Ariel a celebrar su hazaña durante los llamados días de D. B. Cooper. Es el único caso sin resolver de la historia de los secuestros aéreos. Y uno de los crímenes más célebres y celebrados de Estados Unidos.

Múltiples sospechosos

D. B. Cooper ha tenido cientos de aspirantes a interpretarle en la vida real. Pero a los más de mil sospechosos que han pasado por el tamiz del FBI se ha unido este año, de la mano del detective neoyorquino Skipp Porteous, de la agencia Sherlock Investigations, un nuevo nombre: Kenny Christiansen.

Amante del bourbon con soda, ex militar, ex paracaidista, ex azafato de vuelo y vecino del Estado de Washington hasta su muerte en 1994, Kenny Christiansen es, según su hermano Lyle Christiansen, D. B. Cooper, el hombre atento y reservado que secuestró un Boeing 727 luciendo una madreperla en el ojal de su elegante traje negro.

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Billete usado por D. B. Cooper.

Para entender la complejidad del caso hay que viajar en el tiempo y regresar a aquel 24 de noviembre de 1971. Un hombre de mediana edad, alto, frente ancha, orejas de soplillo, abrigo y corbata negros y traje impecable compra un billete en Portland bajo el nombre de Dan Cooper -un error periodístico le añadiría una B al nombre unas horas después, cincelándolo así en la historia- .

Va a tomar el vuelo 305 de Northwest Orient Airlines con destino a Seattle. Se sienta en la última fila de aquel avión en el que viajan 36 pasajeros y seis tripulantes y pide un bourbon con soda. Al despegar le entrega a la azafata una nota.

Florence Schaffner, de 23 años, se la guarda en el bolsillo sin prestar atención: según contó más tarde, los pasajeros le hacían proposiciones sexuales constantemente, así que pensó que ésta sería una más. Pero Cooper reacciona de inmediato: «Señorita, mire la nota. Tengo una bomba».

200.000 dólares y cuatro paracaídas

En el papel, el hombre de la madreperla en el ojal le informa de que está secuestrando el avión, le indica que lleva una bomba en el maletín y le pide que se siente a su lado para recibir instrucciones. «Quiero que, cuando aterricemos en Seattle, me entreguen 200.000 dólares. También quiero cuatro paracaídas. Recarguen combustible en cuanto aterricemos y no hagan tonterías o hago explotar esto».

Mientras la azafata se acerca hasta la cabina para informar al piloto de la situación, D. B. Cooper esconde su rostro tras unas gafas oscuras que utilizará hasta saltar del avión.

«Los otros pasajeros apenas le recuerdan, porque el piloto nunca les comunicó que el avión había sido secuestrado. Se les dijo que había problemas mecánicos y que por eso iban a tardar más en aterrizar. De ahí que la identificación siempre haya sido difícil», explica a EL PAÍS Skipp Porteous en entrevista telefónica.

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El avión secuestrado por D. B. Cooper.

El retrato robot que se hizo de Cooper se apoyaba sobre todo en las declaraciones de la azafata Schaffner. «Y ella ha dicho que la foto de Kenny Christiansen es la que más se parece al secuestrador de todas las que le han enseñado a lo largo de los años», relata orgulloso. «Pero el FBI no se ha preocupado de buscar a las otras azafatas para mostrársela. Ésa es una de las cosas que aún tengo que hacer», continúa.

Cinco kilos en billetes

Aquella noche de lluvia, D. B Cooper saboreó tranquilamente su bourbon mientras esperaba el aterrizaje con aire de perfecto caballero. Cuando finalmente el avión llegó a Seattle, los pasajeros desembarcaron sin el menor rasguño y ajenos a la realidad del secuestro. D. B. Cooper no se inmutó. Esperó a que le entregaran los 200.000 dólares en billetes de 20 y los paracaídas. Negoció la salida de dos azafatas y se quedó con una tercera, Tina Mucklow, la que hoy busca Porteous.

Hecha la transacción, ordenó al piloto que se dirigiera hacia Reno (Nevada). Le dio órdenes concretas respecto a qué altura volar, a qué velocidad y cómo colocar las alas del avión, y le especificó que no sellaran la puerta de atrás.

El Boeing 727 era el único modelo con unas escalerillas que permitían utilizar esa puerta para saltar y, evidentemente, el secuestrador conocía esos detalles. D. B. Cooper repartió los cinco kilos que pesaba el dinero por todo su cuerpo, invitó a la azafata a encerrarse en la cabina con el piloto y se quedó solo.

Nadie sabe lo que pensó en aquel momento, cuando abrió la puerta del avión y se enfrentó al frío y a la fuerte tormenta que arreciaba fuera. A sus pies, a más de 3.000 metros de distancia, el Estado de Washington y sus montañas escarpadas, sus glaciares y sus bosques infestados de osos esperaban para devorarle. O quizá no. Ése es el misterio.

¿Sobrevivió al salto en paracaídas?

«D. B. Cooper era mi hermano Kenny y sí sobrevivió». Lyle Christiansen contactó en febrero los servicios de la agencia de Porteous para que le hiciera llegar a la escritora, directora de cine y guionista Nora Ephron la carta en la que detallaba cómo había llegado a la conclusión de que su hermano era el secuestrador desaparecido y en la que le proponía que escribiera el guión para una película.

Porteous entregó la carta, que Ephron ninguneó y, al no obtener respuesta, Christiansen insistió. Su tenacidad provocó la curiosidad de este peculiar detective, que iba para cura y cambió los hábitos por investigar lo mundano.

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La tripulación del avión secuestrado durante una rueda de prensa.

«Cuando le empecé a pedir datos y a contrastarlos, entendí que estaba ante el caso más importante de mi vida. Hay demasiadas coincidencias», confiesa Porteous, quien, tras tres décadas de profesión, aún aspira a los 15 minutos de fama de que hablaba Andy Warhol.

«Kenny Christiansen se compró una casa en Bonney Lake, en el Estado de Washington, apenas un año después del secuestro con dinero en metálico. Trabajó como mecánico y como jefe de cabina para la compañía Northwest Airline, lo que explicaría su conocimiento del avión secuestrado. Sin embargo, cubría rutas de larga distancia, lo que explicaría que aquella tripulación no le conociera. Y lo más importante, había sido paracaidista en el Ejército e incluso había hecho paracaidismo de riesgo para sacarse dinero extra».

Esto fue lo que le dijo Lyle Christiansen a Porteous cuando comenzó a describir a su hermano, un tipo «diferente, solitario y reservado, fascinado con el recuerdo infantil de fajos de billetes de 20 dólares», al que apenas se le conocían amigos y que jamás se casó.

Pero, además, en su lecho de muerte, Kenny quiso hacerle una confesión a Lyle: «Hay algo que deberías saber, pero no te lo puedo decir». La realidad es que Kenny Christiansen era homosexual, algo que nunca comunicó oficialmente a su hermano. «Quizá fuera eso lo que le quiso decir, ya que vivieron una época en que no era fácil salir del armario. Pero quizá su secreto fuera otro…», sugiere Porteous, quien también cuenta que Kenny le legó su casa a uno de sus compañeros sentimentales.

El criminal más buscado de Estados Unidos

El misterio que ha rodeado la identidad de D. B. Cooper y que pesa sobre el FBI desde hace 36 años ha alimentado sin cesar el imaginario colectivo en torno al que llegó a ser el criminal más buscado de Estados Unidos.

«Fue un increíble triunfo en la batalla del hombre contra la máquina. Un solo individuo contra la tecnología, las grandes empresas, el sistema. Por eso se le retrata como un curioso Robin Hood, que toma de los ricos, o al menos del poder. Da igual si se lo da a los pobres o no», reflexionaba durante el 25º aniversario del secuestro el sociólogo Otto Larsen, de la Universidad de Washington.

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Los restos encontrados de las instrucciones de las puertas.

En Ariel, un vecino llamado Richard Purdy escribió tras el secuestro la primera de las muchas canciones sobre el caso, titulada He Story of D. B. Cooper, en la que ya se le mitificaba. En el Estado de Washington aparecieron en 1972 las primeras camisetas con la pregunta «D. B. Cooper, ¿dónde estás?».

Hoy, su retrato robot es un icono pop que incluso decora ceniceros que se venden online. Hasta la zona se acercaron cientos de cazarrecompensas en busca de un cuerpo y miles de dólares que algunos persiguieron feroces en las turbias aguas de un lago local ayudados de un submarino.

Pero lo único que apareció fueron 5.800 dólares en descomposición junto al río Columbia en 1980. Se escribieron libros, novelas y, por supuesto, Hollywood trató de explotar el potencial dramático de la historia con una película, Un millón de dólares en el aire, que, aunque tenía actores de calidad, como Robert Duvall, se perdió en la bruma de la mediocridad.

En cuanto a los sospechosos, los ha habido de toda índole. Desde John List, un asesino en serie, hasta Richard McCoy Jr., uno de los cuatro hombres que secuestraron aviones al estilo D. B. Cooper unos meses después. McCoy fue arrestado a los pocos días de escapar de un avión en Denver (Colorado) con medio millón en su paracaídas, pero el FBI nunca pudo probar que también fuera D. B. Cooper.

Después hubo gente como Max Ghunter, quien en su libro D. B. Cooper, what really happened? (¿Qué ocurrió en realidad?) afirmaba haber mantenido correspondencia con el secuestrador durante 10 años. Y una mujer, Jo Weber, que en 2000 denunció que su marido, Duane Weber, le dijo antes de morir que era el secuestrador desaparecido. Hubo quien incluso dio entrevistas bajo ese nombre.

Pero ningún sospechoso cambió la tesis principal de la investigación del FBI, que aún sostiene que D. B. Cooper falleció al saltar del avión. «He visto y oído de todo, y nadie ha podido probar que sobreviviera», afirma Ralph Himmelsbach, el agente retirado que más años ha trabajado en el caso. No obstante, la agencia abrió hace un mes los archivos del caso con la esperanza de poder llegar a cerrarlo algún día.

Sospechosos descartados

El FBI también ha descartado a Kenny Christiansen porque no ve parecido físico con el secuestrador, que en teoría era más corpulento y con otro color de ojos. «Pero hay fotos en que sí son idénticos. Tampoco parecen cuadrar las pruebas de ADN, pero yo cuestiono el tipo de evidencias que recogió en su momento el FBI, así que ahora todo depende de pruebas circunstanciales. Además, el FBI jamás admitiría que yo tengo razón. Después de los millones que se han gastado, nunca dejarían que les robara el caso», clama Porteous.

«Tengo que averiguar dónde estaba Kenny Christiansen aquel 24 de noviembre. Necesito encontrar a alguien a quien le hubiera confesado su identidad y tengo que conseguir los archivos de Max Ghunter para contrastarlos. El secuestrador le escribió una carta. Ahí podría haber una importante prueba de ADN».

Mientras todo eso ocurre, este fin de semana se habrán vuelto a reunir en Ariel, como cada año desde 1971, quienes no quieren creer en la muerte de su Robin Hood. Carl Steinwachs, un vecino local, explicaba hace 25 años en The New York Times las razones de aquella comunidad para resistirse a enterrar a D. B. Cooper.

Sus argumentos sobre la hazaña del héroe son tan actuales como entonces: «Todo el mundo intenta ganarse el pan, pero todo está en contra del hombre corriente. Mira a los políticos: ganan las elecciones y enseguida roban dinero. Como las grandes empresas. D. B. Cooper fue un hombre corriente que hizo lo mismo pero abiertamente, no como las multinacionales y los políticos que lo hacen a escondidas. Tuvo que pensarlo, planearlo y ejecutarlo. Yo creo que lo consiguió. Es un héroe y odiaría descubrir que murió en el intento».


D. B. Cooper, el secuestrador de aviones que se esfumó en paracaídas

Javier Elio – El Español 

24 de noviembre de 2017

Durante 45 años el FBI ha tratado de averiguar la identidad y el paradero del hombre que secuestró un avión y saltó con un rescate de 200.000 dólares.

A las 20:13 del 24 de noviembre de 1971, en el sudoeste del estado de Washington, Dan Cooper, que había estado sentado en el asiento 18 C antes de secuestrar el vuelo 305 de Northwest Orient, abrió la puerta trasera y saltó en paracaídas desde una altura de 3000 metros con los 200.000 dólares que había pedido como rescate. Nunca más ha sido visto.

DB Cooper es uno de los más importantes misterios de la criminología americana, el único caso de piratería aérea que no ha sido resuelto y uno de los pocos del mundo. No se sabe quién era y no se sabe qué ocurrió con él. Lo único que ha reaparecido de aquel episodio son 5880 dólares que un niño encontró al borde de un río años después y cuyos números de serie coinciden con los entregados al secuestrador.

«Será mejor que lea esa nota, señorita”

La tripulación del Boeing 727-100 que debía cubrir la ruta entre Portland y Seattle –un vuelo de apenas media hora-describe a DB Cooper como una persona afable y educada. Unos 45 años y alrededor de 1,80 de altura.

Poco después del despegue, a las 14:50, este pasajero se levantó y se acercó a Florence Schaffner, una azafata que se encontraba sentada en un asiento plegable cerca de la cola del avión para entregarle una nota. Ella pensó que le estaba dando su número de teléfono. Al verlo, él se inclinó sobre ella y le dijo «señorita, será mejor que lea lo que pone en esa nota. Tengo una bomba».

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Algunos de los billetes encontrados.

En la nota, cuyo contenido exacto se desconoce porque Cooper la recuperó más tarde, explicaba que tenía una bomba y reclamaba un rescate de 200.000 dólares y dos sets de paracaídas –un paracaídas principal y el respectivo de emergencias-, que se le debían entregar en el aeropuerto de Seattle-Tacoma.

Cuando el piloto informó de la situación, el FBI y la aerolínea decidieron colaborar con el secuestrador. Schaffner volvió a sentarse con Cooper con la misión de averiguar si realmente tenía una bomba. Logró que le mostrase fugazmente el contenido del maletín, suficiente como para poder ver una serie de cables y dos cilindros rojos junto a una gran batería.

Liberación de los rehenes

El avión pasó varias horas sobrevolando el área de Seattle mientras Cooper se tomó dos bourbon que pagó, además de ofrecer a Schaffner que se quedase el cambio. A las 5:39, después de que se informase a Cooper que sus paracaídas y 10.000 billetes de 20 dólares -en números no consecutivos- le estaban esperando, el avión tomó tierra en el aeropuerto de Seattle-Tacoma.

Cooper ordenó que se bajasen todas las ventanillas para evitar la acción de francotiradores mientras el avión estaba en tierra repostando. Cuando el jefe de operaciones de Nortwest Orient, Al Lee, le entregó el dinero y los paracaídas, Cooper permitió que los 42 pasajeros y dos azafatas, incluyendo Schaffner, abandonasen la nave. También pidió comida para los miembros de la tripulación que retuvo.

Nuevo despegue y desaparición

Cooper quiso poner rumbo a México DF, pero ordenó que el avión permaneciese a 3000 metros de altitud, muy por debajo de la velocidad de crucero, y a una velocidad baja de 320 km/h. Además, ordenó que la cabina permaneciese sin presurizar para evitar una explosión cuando abriese la puerta.

Sin embargo, el avión solo podría recorrer 1600 kilómetros en esas condiciones, por lo que secuestrador y tripulación decidieron poner rumbo a Reno, en Nevada.

A las 19:40 el avión despegó de nuevo, esta vez con un caza Lockheed T-33 siguiéndole. Cooper ordenó a la azafata que permanecía a bordo, Tina Mucklow, que fuese a la cabina con el resto de la tripulación y se quedasen allí, con la puerta cerrada.

Una luz roja se encendió en la cabina a las 20.00, indicando que la escalera trasera del avión estaba abierta. Nunca antes alguien había tratado de saltar en paracaídas desde un avión comercial, y la noche y una tormenta reducían la visibilidad.

La tripulación preguntó a través del sistema interno de comunicación si necesitaba ayuda. «No», contestó Cooper. Esa sería lo último que se sabría de él. A las 20.13 la cola del avión dio un brusco movimiento hacia arriba, lo suficiente para que el piloto tuviera que realizar correcciones. La tormenta impidió al piloto del caza ver el salto.

El avión aterrizó en Reno a las 22.15, todavía con la escalera trasera desplegada y sin rastro de Cooper a bordo.

El FBI cree que no sobrevivió al salto

46 años después, la identidad de DB Cooper es un misterio –las siglas DB vienen, en realidad, de un error de comunicación entre las autoridades y la prensa después de que estos interrogasen a una persona con ese nombre que, en realidad, nunca fue considerado sospechoso-.

Durante años, la zona se registró, pero se encontraron pocos rastros del secuestrador.

En 1978 un cazador encontró al norte del Lago Merwin unas instrucciones para abrir las compuertas de un 727, que los investigadores concluyeron pertenecía al avión secuestrado.

En 1981, Brian Ingram de ocho años, encontró al borde del río Columbia dos paquetes de 100 billetes semidestruidos de 20 dólares y otro de 90. Se trata de la única parte del rescate que se ha recuperado. En 2008, 15 de estos billetes se vendieron en una subasta por un total de 37.000 dólares.

El FBI siempre ha creído que Cooper no sobrevivió al salto. La investigación concluyó que no había revisado adecuadamente los paracaídas –uno de los que le entregaron era de prácticas y no pareció darse cuenta- y creen que ningún experto hubiera saltado en aquellas condiciones.

La aparición del dinero encontrado por Ingram pareció reforzar esa teoría, arrastrados por la corriente, pero ninguna explicación se ha encontrado a por qué faltaban 10 dólares de uno de los paquetes.

Los números de serie de los billetes entregados a Cooper fueron publicados y se ofrecieron altas recompensas, tanto de las autoridades como de la aerolínea. Sin embargo, ninguno se ha recuperado.

Posibles sospechosos

Pese a que el FBI pensó que no había sobrevivido al salto, tuvo varios sospechosos. Theodore Mayfield, un veterano de las fuerzas especiales, John List, un veterano de la Guerra de Corea que asesinó a su madre, a su mujer y a sus tres hijas o Richard Lepsy, un hombre de 33 años desaparecido en 1969.

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Duane Weber y el retrato robot de D. B. Cooper.

Duane L. Weber murió el 28 de marzo de 1995. Poco antes de morir le confesó a su mujer que él era DB Cooper. La mujer recordó que una vez, durante una pesadilla, su marido había hablado de saltar desde un avión.

Además, tenía una lesión de rodilla que se había realizado en un salto desde un una aeronave, ella pensaba que durante su experiencia en la II Guerra Mundial y su caligrafía era muy parecida a la de DB Cooper.

Además, durante un viaje a Seattle visitaron el río Columbia y su marido prestó especial atención a la zona en la que había aparecido el dinero unos meses antes. Sin embargo, sus huellas no coincidieron con las encontradas en el avión.

En 2003, Lyle Christiansen vio un documental sobre Cooper y sospechó que su hermano fallecido podía ser el secuestrador misterioso. Había servido en el ejército durante la II Guerra Mundial como paracaidista y había trabajado para Northwest Orient.

Tenía 45 años cuando ocurrió el secuestro, aunque era algo más bajo y delgado que el retrato robot. Fumaba, le gustaba el bourbon y era zurdo, como Cooper. Pocos meses después del secuestro, Christiansen compró una casa con dinero en metálico y poco antes de morir de cáncer en 1994 le dijo a su hermana «hay algo que tendrías que saber pero que no te puedo contar».

Cuando murió, encontraron 200.000 dólares en distintas cuentas bancarias. Además, Schaffner aseguró que de todos los sospechosos, era el que más se parecía a Cooper. El FBI nunca lo consideró un sospechoso principal por la altura y porque su competencia con el paracaídas era mayor de la que ellos consideraban tenía el secuestrador, además de la falta de pruebas incriminatorias.

El 12 de julio de 2016 el FBI anunció que cerraba el caso por falta de pruebas.


D. B. Cooper

Wikipedia

D. B. Cooper es el nombre atribuido a un hombre que secuestró un avión Boeing 727 en los Estados Unidos el 24 de noviembre de 1971, recibió un rescate de US$200 000 y saltó en paracaídas desde la aeronave.

El nombre que el secuestrador usó para abordar el avión fue Dan Cooper. Sin embargo, las iniciales «D. B.» se asociaron permanentemente con el secuestrador debido a un error de comunicación con la prensa, que tuvo conocimiento de que poco después del secuestro el FBI había interrogado a un hombre de Portland llamado D. B. Cooper, quien nunca fue considerado un sospechoso importante.

La forma en la que Cooper escapó de la justicia así como la incertidumbre sobre su paradero continúan intrigando al público. El caso de Cooper, cuyo código es «Norjak» en el FBI, es el único caso de piratería aérea sin resolver en los Estados Unidos y es uno de los pocos de ese tipo que quedan sin resolver en todo el mundo junto al vuelo 653 de Malaysia Airlines.

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Uno de los paracaídas de emergencia se encontró abierto en el avión con la cubierta cortada, por lo que se cree que Cooper lo usó para asegurar la bolsa del dinero.

A pesar del gran número de pistas que se han encontrado con el paso de los años, no se ha encontrado evidencia concluyente sobre la identidad del secuestrador y su paradero. Existen múltiples teorías de lo que pudo haber sucedido tras el salto, pero el FBI cree que Cooper no sobrevivió.

A finales de 1978, cerca del área donde se cree que aterrizó el secuestrador, se descubrió un cartel en el que había indicaciones para abrir las compuertas traseras de un Boeing 727. Asimismo, en febrero de 1980, en las orillas del río Columbia, un niño de ocho años encontró $5 880 en billetes de 20 que resultaron ser parte del rescate pagado. El resto del dinero no ha sido recuperado.

En octubre de 2007, el FBI declaró que había obtenido un perfil parcial del ADN de Cooper a partir de la corbata que había dejado en el avión. En diciembre de ese mismo año, la agencia reabrió el caso publicando nueva información y varios retratos que nunca antes habían sido mostrados al público con el objetivo de tratar de obtener nuevas pruebas que llevaran a su identificación.

En la rueda de prensa, el FBI reiteró que cree que Cooper murió tras el salto, pero que continuaban investigando su identidad. El 12 de julio de 2016, la agencia anunció que daba por terminada la investigación activa en el caso para enfocarse en casos más prioritarios.

Secuestro

El miércoles 24 de noviembre de 1971, un día antes del día de Acción de Gracias en Estados Unidos, un pasajero que viajaba bajo el nombre de Dan Cooper abordó un Boeing 727-100 en el vuelo 305 (número de registro de la FAA N467US) de Northwest Orient (posteriormente Northwest Airlines) que partía del Aeropuerto Internacional de Portland con destino a Seattle, Washington.

Dan Cooper fue descrito como un hombre de unos 45 años, con una altura entre 1,78 y 1,83 metros que ese día llevaba una gabardina negra, mocasines, traje oscuro, camisa blanca, corbata negra, gafas de sol oscuras y un alfiler de corbata hecho de madreperla.

Se sentó en la parte trasera del avión en el asiento 18C y después de que la nave despegara, le entregó una nota a la azafata Florence Schaffner, que se encontraba sentada en un asiento plegable cerca de la salida trasera, justo a la derecha del asiento de Cooper.

Ella pensó que se trataba de su número de teléfono, por lo que guardó la nota en su bolsillo sin leer su contenido. Sin embargo, Cooper se le acercó y le dijo: «Señorita, mejor lea lo que hay en esa nota. Tengo una bomba». En el mensaje estaba escrito: «Tengo una bomba en mi maletín. La usaré si es necesario. Quiero que se siente junto a mí».

La nota también pedía US$200 000 en billetes sin marcar y dos sets de paracaídas (dos paracaídas de espalda y dos paracaídas de emergencia) y explicaba detalladamente cómo se debían entregar estos objetos una vez que el avión aterrizara en el Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma; si no se cumplían sus demandas, haría estallar el avión.

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Un paracaídas similar a los usados por D. B. Cooper.

Cuando la azafata informó a la cabina de vuelo sobre Cooper y sus demandas, el piloto, William Scott, contactó con el control del tráfico aéreo de Seattle-Tacoma, quienes a su vez se pusieron en contacto con la policía de Seattle y el FBI. La agencia se puso en contacto con el presidente de Northwest Orient, Donald Nyrop, quien pidió a Scott que cooperase con el secuestrador.

El piloto ordenó a Schaffner volver a la parte trasera del avión y sentarse junto a Cooper para tratar de averiguar si la bomba era real. Cuando el secuestrador descubrió las intenciones de la azafata, abrió su maletín momentáneamente, lo suficiente para que Schaffner viera varios cilindros rojos, una gran batería y cables, convenciéndose de que la bomba era verdadera. Cooper le ordenó que le dijera al piloto que no aterrizara hasta que el dinero y los paracaídas estuvieran listos en el aeropuerto. Schaffner regresó a la cabina para entregar las instrucciones del secuestrador.

Intercambio de pasajeros

Después de que las demandas fueron comunicadas a las autoridades, el avión empezó a sobrevolar el Puget Sound, un estrecho marítimo cerca de Seattle. Mientras recolectaban el dinero, los agentes del FBI siguieron las instrucciones de usar solo billetes sin marcar, pero decidieron usar billetes impresos principalmente en 1969 y con números de serie empezando con la letra L, emitidos por el Banco de la Reserva Federal de San Francisco.

Asimismo, los agentes pasaron rápidamente los 10 000 billetes de 20 dólares por un dispositivo Recordak para crear una fotografía en microfilm de cada uno y así grabar los números de serie.

Las autoridades inicialmente pretendían usar paracaídas militares de la Base de la Fuerza Aérea McChord, pero Cooper especificó que quería paracaídas civiles que tuvieran cordones de apertura manuales. La policía de Seattle encontró unos ejemplares como los que exigía el secuestrador en una escuela local de paracaidismo.

Mientras tanto, Cooper permaneció sentado en el avión bebiendo un cóctel de bourbon whisky con soda de limón por el que ofreció pagar. Tina Mucklow, una azafata que permaneció junto al secuestrador la mayor parte del tiempo, lo describió como una persona agradable y lo suficientemente considerada para pedir que le dieran comida a la tripulación después del aterrizaje en Seattle.

Sin embargo, los investigadores del FBI afirmaron que el secuestrador era obsceno y que usaba «malas palabras».

A las 17:24, el control de tráfico del aeropuerto le comunicó a Scott que las demandas de Cooper habían sido cumplidas. Entonces el secuestrador permitió al piloto aterrizar. El avión tocó tierra a las 17:39.

Posteriormente, Cooper ordenó a Scott que llevara la aeronave a una sección remota de la pista y que atenuara las luces en la cabina para evitar a los francotiradores de la policía. Asimismo, pidió al control de tráfico que enviara a una persona a entregar los $200 000 y los paracaídas.

La persona elegida, un empleado de Northwest Orient, se acercó hasta el avión y entregó los objetos a la azafata Mucklow a través de las escaleras traseras. Pocos minutos después, Cooper liberó a los 36 pasajeros y a la azafata Schaffner, pero retuvo al piloto Scott, la azafata Mucklow, el primer oficial Bob Rataczak y al ingeniero de vuelo H.E. Anderson.

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Uno de los paracaídas utilizados en su huida por D. B. Cooper.

En ese momento, los agentes del FBI desconocían las intenciones del secuestrador y estaban perplejos por su demanda de cuatro paracaídas. Asimismo, se preguntaban si tendría un cómplice a bordo o si los paracaídas eran para los cuatro miembros de la tripulación que permanecían con él.

Nunca antes había intentado alguien saltar en paracaídas desde un avión comercial secuestrado. Mientras la aeronave era reabastecida, un oficial de la Administración Federal de Aviación que quería explicar al secuestrador las implicaciones legales de la piratería aérea caminó hasta la puerta del avión y pidió permiso a Cooper para abordar el avión, pero este se lo negó al instante.

Una bolsa de vapor en el motor del camión con gasolina retrasó el proceso de reabastecimiento y Cooper empezó a sospechar cuando, después de 15 minutos, no habían acabado. El secuestrador amenazó nuevamente con hacer estallar el avión, por lo que los encargados del abastecimiento aceleraron la tarea hasta completarla.

De vuelta en los aires

Después del reabastecimiento y de una inspección detallada del dinero y los paracaídas, Cooper ordenó a la tripulación despegar nuevamente a las 19:40. También decidió que volaran con rumbo a México, D. F., a una velocidad relativamente baja de 170 nudos (320 km/h), a una altitud de 3 000 m (la altitud normal de crucero es entre 7 600 y 11 000 m), con los trenes de aterrizaje desplegados y con 15 grados de flaps.

Sin embargo, el primer oficial Rataczak le dijo que el avión solo podría volar 1 600 km bajo esas condiciones, por lo que Cooper y la tripulación discutieron otras rutas antes de decidir volar hasta Reno, Nevada, en donde se reabastecerían nuevamente.

También decidieron volar en la ruta Victor 23, una ruta aérea federal que transcurre al oeste de la cordillera de las Cascadas. Asimismo, Cooper ordenó a Scott que dejara la cabina despresurizada, ya que esto evitaría una salida violenta de aire y facilitaría la apertura de cualquier puerta para saltar en paracaídas.

Inmediatamente después del despegue, Cooper pidió a Mucklow, quien había estado sentada junto a él, que volviera a la cabina y que permaneciera allí. Antes de que pasara tras las cortinas que separaban primera clase de clase económica, la azafata vio al secuestrador atando algo a su cintura.

Momentos más tarde, en la cabina, la tripulación observó una luz intermitente indicando que Cooper intentaba abrir la puerta trasera de la aeronave. A través del interfono, Scott le preguntó si había algo que pudieran hacer por él, a lo que el secuestrador respondió: «¡No!».

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D. B. Cooper dejó abandonada en el avión una corbata con un alfiler de madreperla.

La tripulación empezó a notar un cambio de presión en la cabina. Cooper había abierto la puerta trasera y había saltado del avión. Esta fue la última vez que se supo de él.

El FBI cree que el salto fue realizado a las 20:13 sobre el suroeste del estado de Washington ya que a esta hora las escaleras traseras se sacudieron, posiblemente en el instante en que abandonó la aeronave. En ese momento, el avión estaba volando a través de una tormenta y la nubosidad impedía ver el suelo. Debido a la mala visibilidad, los aviones de caza F-106 que seguían la aeronave no se dieron cuenta del salto del secuestrador.

Inicialmente se creyó que había aterrizado al sureste del área no incorporada de Ariel (Washington), cerca del lago Merwin, 48 km al norte de Portland (Oregón). Teorías posteriores, basadas en varias fuentes tales como el testimonio del piloto de Continental Airlines, Tom Bohan —quien volaba a 1 200 metros sobre el vuelo 305 y 4 minutos detrás del mismo—, ubican la zona del aterrizaje a 32 km al este de ese punto.

Después de dos horas y media del despegue en Seattle, el avión, con la compuerta trasera abierta, aterrizó en Reno a las 22:15. El aeropuerto y la pista fueron rodeados por agentes del FBI y de la policía local. Tras comunicarse con el capitán Scott, se determinó que Cooper había abandonado la aeronave y los agentes abordaron el avión para buscar cualquier evidencia que hubiera dejado, encontrando varias huellas dactilares, una corbata con un alfiler de madreperla, dos de los cuatro paracaídas y ocho colillas de cigarrillos.

Sin embargo, no había rastro del maletín del secuestrador, del dinero, de la bolsa que lo contenía ni de los dos paracaídas restantes. Las personas que habían interactuado con Cooper a bordo del avión y en tierra fueron interrogadas para crear un retrato robot. La mayoría de los testigos proporcionaron la misma descripción, por lo que el FBI estima que el retrato es una representación fiel de Cooper y lo utiliza en todos los pósters en los que se requiere su captura.

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Retratos robot de D. B. Cooper.

Desaparición

Aunque a finales de 1971 y principios del año siguiente se llevaron a cabo diversas búsquedas aéreas y terrestres en un área de 73 km² en donde se creía que Cooper había aterrizado, no se encontró ningún rastro del secuestrador o de su paracaídas.

La velocidad del avión (91 metros por segundo), las diferencias de altitud y la incertidumbre del momento del salto dificultaron la determinación del punto exacto de aterrizaje. Debido a esto, el FBI cree que Cooper no sabía dónde iba a aterrizar, por lo que probablemente no había un cómplice en tierra que lo ayudase a escapar.

Inicialmente, el FBI trabajó junto a los policías de los condados de Clark y Cowlitz, quienes realizaron búsquedas a pie y en helicóptero. Otros patrullaron el Lago Merwin y el Lago Yale en botes.

Pese a que con el paso del tiempo no aparecía ningún tipo de pistas, la llegada del deshielo con la primavera boreal favoreció que se realizara una búsqueda terrestre extensiva, llevada a cabo por el FBI y más de 200 miembros del Ejército de los Estados Unidos que estaban estacionados en Fort Lewis.

La expedición examinó metro por metro del área estimada de aterrizaje durante dieciocho días consecutivos del mes de marzo y por otros dieciocho días en abril de 1972. Después de seis semanas, la búsqueda no rindió ningún resultado, por lo que existe controversia sobre si Cooper aterrizó realmente en esa área y si sobrevivió al salto.

Mientras tanto, el FBI empezó a rastrear los 10 000 billetes de $20 usados para el rescate, dando a conocer los números de serie a bancos, compañías financieras y otros negocios. Asimismo, varias agencias policiales alrededor del mundo, incluyendo Scotland Yard, recibieron información sobre Cooper y los números de serie de los billetes.

Durante los meses que siguieron al secuestro, Northwest Airlines ofreció una recompensa del 15% del dinero que se recuperara hasta un máximo de $25 000, pero la aerolínea retiró la oferta al no aparecer ninguna prueba.

En noviembre de 1973, The Oregon Journal, un periódico de Portland, publicó por primera vez y con permiso del FBI los números de serie y ofreció $1 000 a la primera persona que encontrara uno de los billetes de $20.

Posteriormente, el Seattle Post-Intelligencer ofreció una recompensa de $5 000 por uno de los billetes.

A pesar del interés desatado por estas recompensas, los periódicos nunca recibieron ninguno de los billetes del rescate.

Durante la década que precedió el secuestro, la policía local y el FBI habían resuelto dos crímenes importantes en el noroeste de los Estados Unidos (un robo de banco y una extorsión) rastreando los números de serie de los billetes y en ambos casos las autoridades tardaron solo varias semanas en atrapar a los criminales que habían usado el dinero en un área cercana pocos días después del crimen, circunstancia que no ocurrió en el caso de Cooper.

Con el paso de los años, nuevas evidencias fueron apareciendo. A finales de 1978, un cazador que se encontraba al norte del área estimada de aterrizaje encontró una pancarta con instrucciones para abrir la puerta trasera de un Boeing 727. Después de ser analizada, se determinó que pertenecía a la puerta del avión secuestrado.

El 10 de febrero de 1980, Brian Ingram, un niño de ocho años que estaba de pic-nic con su familia, encontró $5.880 en billetes semidestruidos (un total de 294 billetes de $20 todavía atados en bandas elásticas) aproximadamente a doce metros de la orilla del río Columbia a ocho kilómetros al noroeste de Vancouver (Washington).

Después de comparar los números de serie de estos billetes con los de los billetes entregados a Cooper, se determinó que el dinero encontrado por Ingram era parte del rescate pagado nueve años atrás.

Varios científicos locales reclutados por el FBI declararon que el dinero pudo haber llegado a ese lugar después de que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos dragara varias secciones del río en 1974.

Otros expertos, incluyendo al geólogo Leonard Palmer de la Portland State University, estimaron que el dinero tuvo que haber llegado después de que el dragado hubiera finalizado ya que Ingram encontró los billetes sobre depósitos de arcilla que habían sido sacados del río por la draga.

Varios investigadores e hidrólogos creen que los billetes llegaron al río Columbia a través de uno de sus afluentes, posiblemente el río Washougal, el cual nace en el área donde se cree que aterrizó Cooper.

El descubrimiento de los $5 880 respaldó la teoría del FBI de que Cooper no sobrevivió al salto ya que era improbable que un criminal dejara atrás parte de un botín por el que arriesgó su vida. Las autoridades conservaron los billetes recuperados hasta 1986, cuando un tribunal repartió el dinero entre Ingram, el FBI, Northwest Airlines y su compañía de seguros.

El 13 de junio de 2008, de acuerdo con los deseos de Ingram, la casa de subastas Heritage Auctions vendió 15 de los billetes en Dallas (Texas) a varios compradores por un total de más de $37 000.

Con la excepción del dinero recuperado por Ingram, el resto del rescate continúa desaparecido. Los números de serie de los 9.998 billetes entregados al secuestrador se encuentran en una base de datos que puede ser consultada por el público a través de un motor de búsqueda.

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De izquierda a derecha,  el Capitán William Scott;   el copiloto Robert Rataczak;  auxialiar de vuelo Tina Mucklow; y segundo oficial Harold Anderson durante una conferencia de prensa en Reno, Nevada, tras la llegada del Vuelo 305 al Aeropuerto Internacional de Reno.

Sospechosos

El FBI ha investigado a más de mil sospechosos y descartado a casi todos como el verdadero secuestrador.

La agencia cree que Cooper estaba familiarizado con el área de Seattle, ya que reconoció desde el aire la ciudad de Tacoma (Washington) mientras el avión sobrevolaba el Puget Sound. También había comentado a la asistente de vuelo Mucklow que la Base de la Fuerza Aérea McChord estaba aproximadamente a veinte minutos del Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma.

Aunque inicialmente el FBI creía que Cooper podría haber sido un miembro activo o retirado de la Fuerza Aérea debido a sus conocimientos de aerodinámica y paracaidismo, esta hipótesis fue descartada ya que ningún paracaidista experimentado habría intentado un salto tan arriesgado.

John List

En 1971, el asesino en masa John List fue considerado sospechoso del secuestro, el cual ocurrió solo quince días después de que matara a su familia en Westfield (Nueva Jersey). Su edad, rasgos faciales y complexión física eran similares a los de Cooper.40 El agente del FBI Ralph Himmelsbach declaró que List era un «posible sospechoso» en el caso.

Cooper había solicitado $200 000 como rescate, el mismo monto que List había sustraído de la cuenta bancaria de su madre días antes de los asesinatos. Después de su captura en 1989, List negó vehementemente haber secuestrado el avión. Actualmente, el FBI no lo considera un sospechoso.34 List murió en prisión el 21 de marzo de 2008.

Richard McCoy, Jr.

El 7 de abril de 1972, solo cuatro meses después del secuestro de D. B. Cooper, Richard McCoy, Jr., usando el alias «James Johnson», abordó el vuelo 855 de United Airlines durante una escala en Denver (Colorado) y, después del despegue, le entregó a la asistente de vuelo un sobre con una etiqueta donde se leía «Instrucciones de secuestro», en la que demandaba cuatro paracaídas y $500 000. Asimismo, ordenó al piloto aterrizar en el Aeropuerto Internacional de San Francisco para reabastecer el avión.

El avión secuestrado era un Boeing 727 con escaleras traseras que fueron usadas por McCoy para escapar. El secuestrador portaba una granada ligera y una pistola sin balas. El FBI encontró un mensaje escrito a mano por McCoy así como sus huellas dactilares en una revista que había estado leyendo, las cuales fueron usadas posteriormente para identificarlo.

La policía empezó la investigación después de recibir un aviso del patrullero Robert Van Ieperen, quien era amigo del secuestrador. Al parecer, después del secuestro perpetrado por Cooper, McCoy dijo que Cooper debería haber pedido $500 000 en lugar de $200 000. Cuando se dio el secuestro del vuelo 855, Van Ieperen reportó el comentario al FBI.

El sospechoso estaba casado, tenía dos hijos, trabajaba como maestro en una escuela dominical mormona y estudiaba ciencias policiales en la Universidad Brigham Young. También era veterano de la Guerra de Vietnam, tenía experiencia como piloto de helicóptero y era un avezado paracaidista.

El 9 de abril de 1972, McCoy fue arrestado por el secuestro del vuelo 885 después de que su escritura y huellas dactilares fueron comparadas con las que se encontraron en el avión. El FBI encontró dentro de su casa un overol de paracaidista y una bolsa de lona con $499 970 en efectivo.

Aunque se declaró inocente, fue condenado a 45 años de prisión. Estando encarcelado, fabricó una pistola falsa usando relleno dental que obtuvo gracias a su acceso a la oficina dental de la prisión y escapó junto a un grupo de convictos en agosto de 1974 robando un camión de basura y estrellándolo contra las puertas de la prisión. El FBI logró localizarlo tres meses más tarde en Virginia. McCoy se enfrentó a los agentes del FBI que lo esperaban en su casa y resultó herido de muerte cuando el agente Nicholas O’Hara le disparó con una escopeta.

En 1991, Bernie Rhodes y el ex-agente del FBI Russell Calame publicaron el libro D.B. Cooper: The Real McCoy, en el cual afirmaban que Cooper y McCoy eran en realidad la misma persona debido a las similitudes de sus modi operandi. Asimismo, la corbata que Cooper dejó en el avión era similar a la que usaban los estudiantes de la Universidad Brigham Young y McCoy poseía un alfiler de corbata idéntico al que usó Cooper.

Rhodes y Calame nunca participaron en la investigación del secuestro de Cooper, pero Calame era el jefe de la división del FBI en Utah que investigó y capturó a McCoy en 1972. Los autores dicen que el sospechoso «nunca admitió ni negó que fuera Cooper».

Cuando se le preguntó directamente si era Cooper, el secuestrador respondió: «No quiero hablar sobre eso». El agente del FBI Larry Carr no cree que McCoy fuera Cooper ya que no calzaba con la descripción y además estuvo presente en la cena de Acción de Gracias de su familia en Utah el día después del secuestro original.

Duane Weber

En julio de 2000, U.S. News & World Report publicó un artículo sobre una viuda en Pace (Florida), Jo Weber, quien afirmaba que su esposo, Duane L. Weber (nacido en Ohio en 1924), le había dicho que él era Dan Cooper antes de su muerte el 28 de marzo de 1995.

Jo empezó a sospechar y decidió investigar el pasado de su esposo que había estado en el Ejército durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente estuvo recluido en una prisión cerca del aeropuerto de Portland. Weber declaró que su esposo en una ocasión, mientras tenía una pesadilla, habló sobre saltar de un avión y de dejar sus huellas dactilares en las escaleras traseras. Igualmente, recordaba que poco antes de su muerte Duane le había revelado que una vieja lesión en su rodilla había sido causada por un salto desde un avión.

Weber también narró cómo, durante unas vacaciones en 1979, ambos viajaron a Seattle («un viaje sentimental», de acuerdo con Duane) y visitaron el río Columbia. Recordó que Duane fue a caminar solo por los bancos del río cerca del área en donde Brian Ingram había encontrado los billetes de Cooper unos meses antes.

Jo obtuvo un libro sobre D. B. Cooper de la biblioteca local y descubrió que la escritura del secuestrador era igual a la de su marido. Después de esto, escribió a Ralph Himmelsbach, el agente que estuvo a cargo del caso de Cooper, quien aceptó que parte de la evidencia circunstancial sobre Weber calzaba en el perfil del secuestrador.

Sin embargo, el FBI dejó de investigar a Weber en julio de 1998 debido a la falta de pruebas concluyentes. La agencia comparó las huellas de Weber con las que se encontraron en el avión secuestrado, pero no concordaron. En octubre de 2007, el FBI declaró que una muestra parcial de ADN tomada de la corbata que Cooper dejó en el avión no pertenecía a Weber.

Kenneth Christiansen

En el número del 29 de octubre de 2007, la revista New York publicó una historia sobre Kenneth P. Christiansen, quien había sido identificado por la firma de investigadores Sherlock Investigations como sospechoso en el caso de Cooper.

Christiansen era un ex paracaidista militar, había trabajado en una aerolínea y además había vivido en Washington cerca del sitio del secuestro, por lo que conocía el terreno. También bebía bourbon whisky, fumaba y sus rasgos faciales eran similares a los del retrato robot. Un año después del secuestro, Christiansen había comprado con efectivo una propiedad.

En 2010, Robert Blevins, un escritor de Seattle, y Skipp Porteous, un detective de la agencia privada Sherlock Investigations, publicaron un libro titulado Into The Blast – The True Story of D.B. Cooper, en el que argumentaban que Christiansen era el verdadero D. B. Cooper. Sin embargo, el FBI descartó a Christiansen como sospechoso ya que su complexión, altura, peso y color de ojos no coincidían con las descripciones dadas por los pasajeros del vuelo 305.

William Gossett

El 4 de agosto de 2008, The Canadian Press reportó que un abogado de Spokane (Washington), creía que el dinero del rescate estaba guardado en una caja de seguridad en un banco de Vancouver, Columbia Británica, bajo el nombre de William Gossett, un profesor universitario de Ogden (Utah), quien había muerto en 2003.

El abogado Galen Cook dijo que la apariencia de Gossett coincidía con la de los retratos de Cooper. Supuestamente Gossett había presumido ante sus hijos del secuestro y les mostró la llave de una caja de seguridad. Decía que Gossett confesó el crimen a dos personas (un juez y un abogado) y que su hijo también creía firmemente que su padre era el secuestrador.

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Una réplica del avión secuestrado por D. B. Cooper el 24 de noviembre de 1971.

Repercusiones

Efecto en las aerolíneas

El secuestro provocó que se dieran grandes cambios en la seguridad de los vuelos comerciales, principalmente la adición de detectores de metal en los aeropuertos, nuevas reglas de seguridad de vuelo instauradas por la FAA y modificaciones en el diseño Boeing 727.

Después de tres secuestros similares en 1972, la Administración Federal de Aviación exigió que todos los Boeing 727 estuvieran equipados con un mecanismo conocido como el «Cooper vane», una cuña aerodinámica que impide que las escaleras traseras de un avión sean abiertas durante el vuelo.

Nueva evidencia y esfuerzos recientes del FBI

El 1 de noviembre de 2007, el FBI publicó información sobre una evidencia del caso que no había sido revelada al público anteriormente. La institución exhibió el tiquete aéreo de Cooper, el cual había costado $18,52. También reveló que el secuestrador había solicitado dos paracaídas de espalda y dos paracaídas de emergencia.

Sin embargo, las autoridades le habían entregado inadvertidamente un paracaídas falso que era usado para dar demostraciones en clase. Este paracaídas no se encontró en el avión después del secuestro y algunos piensan que Cooper no se dio cuenta de que no funcionaba. El otro paracaídas de emergencia, que funcionaba adecuadamente, se encontró abierto en el avión con la cubierta cortada, por lo que se cree que Cooper lo usó para asegurar la bolsa del dinero.

El 31 de diciembre de 2007, el FBI publicó un comunicado de prensa en Internet que contenía fotografías inéditas y nueva información del caso, con la intención de encontrar nueva evidencia sobre el secuestro y la identidad de D. B. Cooper. En el comunicado de prensa, el FBI descartó la teoría de que Cooper era un paracaidista experimentado.

Aunque inicialmente habían creído que Cooper debería haber tenido entrenamiento para lograr el secuestro, un análisis detallado de los eventos hizo que el FBI modificara su teoría. Los investigadores comentaron que ningún paracaidista con experiencia intentaría saltar en medio de una tormenta y sin una fuente de luz. Asimismo, los investigadores creen que, aunque Cooper tenía prisa por escapar, un paracaidista experimentado se hubiera detenido a examinar su equipo.

El agente especial Larry Carr propuso la teoría de que D. B. Cooper tomó su nombre de Dan Cooper, un héroe de tiras cómicas francocanadienses, que es miembro de la Real Fuerza Aérea Canadiense y aparece saltando de un avión en la portada de una revista.

Cierre del caso

El 12 de julio de 2016, el FBI anunció que daba por terminada la investigación activa en el caso, mencionando la necesidad de enfocarse en «prioridades más urgentes», pero que en caso de que surja evidencia física específica al caso está debe ser presentada a la agencia.

Fenómeno cultural

El escape sin precedentes de Cooper impactó considerablemente la cultura popular. Se han creado canciones, obras literarias y películas basadas o inspiradas por el famoso secuestrador. Entre las novelas basadas en el secuestro están Free Fall (1990) de J.D. Reed, D.B.: a novel de Elwood Reid y Sasquatch de Roland Smith.

Asimismo, se han filmado varias películas y programas televisivos. En 1981, se estrenó The Pursuit of D. B. Cooper, con Treat Williams como personaje principal y Robert Duvall como el investigador de seguros que lo persigue. Durante la quinta temporada de la serie NewsRadio hubo tres episodios dedicados al misterio detrás del secuestro.

En la serie Prison Break, el personaje Charles Westmoreland (interpretado por Muse Watson), quien inicialmente niega ser D. B. Cooper, admite ser el secuestrador al final de la primera temporada.

La película cómica de 2004 De perdidos al río gira alrededor de un grupo de amigos que van en busca del dinero de Cooper. Igualmente, se han escrito numerosas canciones, incluyendo «D. B. Cooper» de Todd Snider, «The Ballad of D. B. Cooper» de Chuck Brodsky58 y «Bag Full of Money» de Roger McGuinn.

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