El crimen del rol

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Crimen del rol
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Dos amigos cometieron un asesinato como parte de un juego de rol
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 30 de abril de 1994
  • Fecha de detención: 5 de junio de 1994
  • Fecha de nacimiento: Javier Rosado: 1973 / Félix Martínez: 1976
  • Perfil de las víctimas: Carlos Moreno Fernández, de 52 años
  • Método de matar: Apuñalamiento
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Javier Rosado fue condenado a 42 años y 2 meses de prisión y Félix Martínez a 12 años y 9 meses, el 18 de febrero de 1997
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EL DIARIO DEL CRIMEN


Crimen del rol

Última actualización: 15 de marzo de 2016

Se conoce como crimen del rol al asesinato de Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años. En la madrugada del 30 de abril de 1994, Carlos Moreno fue asesinado en Madrid en una parada de autobús de la calle Bacares del barrio de Manoteras.

Aunque en principio se pensó en un robo, las investigaciones policiales llevaron a la detención de dos jóvenes: Javier Rosado y Félix Martínez Reséndiz, que en realidad habían seguido las instrucciones de un macabro juego inventado por el propio Rosado, el de buscar a alguien de determinadas características para asesinarle. Los medios de comunicación se apropiaron del caso, generando una preocupación generalizada y una avalancha masiva de críticas contra los juegos de rol.

El propio suceso, bautizado como «el crimen del rol», dio inicio a una tendencia periodística por relacionar todo lo concerniente a estos juegos con patologías criminales.

Las asociaciones de jugadores de rol culparon entonces a los medios de comunicación de haber desprestigiado sus actividades debido a su ignorancia inconsciente o deliberada de estos temas y el poco interés por realizar una investigación seria y objetiva de los mismos, a menudo prefiriendo exagerar los hechos y utilizando fuentes no contrastadas o simples rumores.

Posteriormente otros sucesos, como asesinatos, profanaciones o vandalismo ritual, serían relacionados con los juegos de rol, de forma sistemática por desconocimiento o por simple sensacionalismo.

Los hechos

Javier Rosado, estudiante de Química de 21 años y cabecilla e inductor del crimen, había creado un juego llamado Razas y convenció a su amigo Félix Martínez, estudiante de COU de 17 años, de salir en busca de una víctima a la que asesinar antes de las cuatro y media de la madrugada.

En principio decidieron buscar a una mujer, pero tras varias elecciones infructuosas se decidieron por Carlos Moreno, un hombre de 52 años. En principio se acercaron a él y le pidieron todo su dinero, como excusa para sacar los cuchillos que llevaban y registrarle. Carlos se resistió con todas sus fuerzas, forcejeando con los dos jóvenes e insultándoles, pero éstos se limitaron a apuñalarlo y lo empujaron hacia un parque cercano donde lo mataron.

A pesar de haber tomado algunas precauciones para evitar ser descubiertos, finalmente la policía, tras descartar el móvil del robo, y utilizando un trozo de guante de látex encontrado en el lugar del asesinato terminó arrestando a los dos jóvenes, que fueron puestos a disposición judicial y trasladados a los juzgados de la Plaza de Castilla.

La policía obtuvo una orden de registro y al acceder al dormitorio de Javier Rosado se encontraron con una biblioteca de más de 3.000 volúmenes de temas dispares como manuales de ocultismo, obras del Marqués de Sade y Adolf Hitler, revistas sobre temas paranormales, quince cuchillos y lo que llamó la atención de la prensa y encendió la popularidad del suceso, abundantes manuales de rol.

El 18 de febrero de 1997 Javier Rosado fue sentenciado a 42 años y 2 meses, por asesinato, robo y conspiración para el asesinato; su cómplice, Félix Martínez, fue sentenciado a 12 años y 9 meses de reclusión menor por los mismos delitos. Los condenados también fueron sentenciados a pagar una indemnización de 25 millones de pesetas a la familia de la víctima.

Repercusiones

La noticia se extendió entre los medios de comunicación como un reguero de pólvora. Un artículo denominado «Una Necrosis similar», escrito por Rafael Torres y publicado por el periódico El Mundo el 9 de junio de 1994, afirmaba que estos juegos producían «necrosis fulminantes en los tejidos de la cabeza y del corazón, aparte de desprecio por la realidad e ignorancia», afirmando además que promovían la psicopatía.

No se tomaron en cuenta las declaraciones del propio Javier Rosado en las que declaraba no tener interés por el juego de rol: «El rol me repugna. Sólo he jugado a Razas. Es un juego inventado por mí, en el que no interviene el azar. Por eso se juega sin dados. Es un juego de estrategia. El tiempo no existe, el acto carece de importancia, eso da igual, la persona carece de importancia».

A pesar del artículo de Rafael Torres y de otros artículos de diferentes autores, hubo otros investigadores como el periodista Carlos Berbell y el criminalista Salvador Ortega que excluyeron la responsabilidad de los juegos de rol en el crimen, defendiendo la hipótesis de que Javier Rosado era un asesino frío y sin remordimientos ni conciencia, que no había sido influido por ningún otro factor.

Por otra parte, tanto la familia de Carlos Moreno como el Tribunal Supremo rechazaron la hipótesis del juego de rol para enmascarar la psicopatía de los asesinos.

En última instancia de los detenidos sólo uno muy ocasionalmente había jugado a rol, mientras que el inductor, Rosado, declaró que sólo había jugado una partida en su vida y renegado de ello.

La muerte de Carlos Moreno no estaba vinculada al rol, sino que fue consecuencia de las ansias de matar de Javier Rosado, una persona arrogante y sin escrúpulos y de la fragilidad de voluntad de su mayor adulador, Félix Martínez, que le obedecía en todo lo que preparaba.

La sentencia STS 632/98 del 25 de junio de 1998 quitó cualquier atisbo de culpa sobre los juegos de rol, imputando a Javier Rosado la responsabilidad de escenificar deliberadamente en la realidad un plan para dar muerte a una persona.

A Javier se le condenó a 42 años y 2 meses de prisión, con 28 años de reclusión mayor por asesinato, 4 años, dos meses y un día de prisión menor por el delito de robo y diez años y un día por el delito de conspiración para el asesinato. A Félix Martínez, por el atenuante de su minoría de edad en el momento del suceso, se le condenó a 12 años y un día de reclusión menor por asesinato.

El abogado de Javier Rosado interpuso un recurso de casación que fue desestimado. El asesino ha disfrutado de varios permisos puntuales para asistir a varios exámenes académicos y en el año 2007 solicitó un tercer grado que se le denegó, aunque por exigencias del código penal, se le concedió en marzo de 2008.

Por lo que se refiere a Félix Martínez, desde que cumplió su condena en España y fuera rehabilitado, buscó trabajo en Alemania, procurando aislarse de la atención de los medios de comunicación.

Aunque a pesar de las pruebas aportadas las ideas de la influencia de los juegos de rol en el crimen perdían peso por sí mismas, transcurrieron casi cinco años desde el asesinato hasta la sentencia del Tribunal Supremo, en el que varios medios de comunicación emprendieron su particular cruzada contra este tipo de juegos.

Asimismo, varios directores de cine trataron de aprovechar el fenómeno mediático de los juegos de rol para crear varias películas donde se utilizaban los tópicos sensacionalistas, como Nadie conoce a nadie, de Mateo Gil, o Jugar a matar, de Isidro Ortiz. Esta última fue realizada para la televisión y se inspira directamente del caso de Javier Rosado y Félix Martínez.


El crimen de rol

Francisco Pérez Abellán

Cruzando la frontera de la ficción. Unas normas que obliga a matar. El «Rolmaster», señor de voluntades. La víctima debía ser una mujer pero se acabó el tiempo. Un relato estremecedor. Los Jugadores tratan de captar nuevos adeptos. Una llamada revela el gran secreto.

Odiaba los días que salía tan cansado de trabajar. Tenía una sensación difusa de que la vida se le escapaba. Caminaba con prisa para llegar a la parada del autobús. Carlos Moreno Fernández, de cincuenta y dos años, empleado de una empresa de limpiezas, deseaba aquella madrugada más que nunca llegar a casa.

No se sentía seguro. Era final de mes y llevaba dinero encima. En sus bolsillos tenía más de sesenta mil pesetas y por tanto se mostraba receloso. Sentía la angustia de cada madrugada en la que tenía que atravesar las calles solitarias a una hora incierta, cercana al amanecer. Era consciente de que el peligro de que le pasara algo aumentaba con dinero en el bolsillo.

Carlos Moreno enfiló la calle de Bacares hacía la marquesina de la parada de los autobuses 7 y 129. Contaba con una argucia secreta: el grueso del dinero estaba disimulado en uno de los bolsillos y tenía una pequeña cantidad preparada por si aparecían los siempre posibles asaltantes.

Al y fin y al cabo, él era un simple trabajador. Posiblemente si alguna vez llegaba la ocasión, los atracadores se dieran por satisfechos con el señuelo que les tenía preparado, mientras conseguía salvar los billetes escondidos, que rozó con su mano para asegurarse de que seguían allí.

Con esta preocupación llegó hasta la marquesina y se recostó en seguida en el asiento. Había sido una jornada especialmente dura y Carlos estaba notando el paso de los años, ya no era un chaval, y también el exceso de kilos, necesitaba quitar grasa de la cintura, pero ahora lo importante era no dejarse ganar por la modorra, permanecer alerta hasta que llegara el autobús.

Estaba tan cansado que era capaz de quedarse dormido. Ayudaba el buen tiempo, la noche tan agradable que hacía.

Aquella madrugada del 30 de abril de 1994, que parecía tan indicada para echar una cabezadita, posiblemente cerró los ojos durante unos segundos. Antes de dejarse abatir por el sueño había mirado el reloj y eran las cuatro y cuarto de la mañana.

Cuando abrió los ojos de nuevo tuvo la sensación de que había pasado sólo un instante. Se sorprendió al ver lo que le había sobresaltado. Eran dos jóvenes que se acercaban con gesto amenazador. Cuando estuvieron sólo a unos pasos sacaron unos cuchillos enormes.

Carlos no podía apartar la mirada de uno de ellos, pues era una pieza afilada y descomunal que le daba un miedo terrible. Aunque quizá lo que más miedo le daba era la sonrisa del joven. Aquel chico parecía no tener entrañas. Le dijeron que era un atraco, que pusiera las manos a la espalda.

Carlos se movió rápido y les ofreció el señuelo que llevaba preparado. Tres mil pesetas en billetes. Bastante para dos colgados, dos yonquis, dos «lo que sea» que buscan pasta en la madrugada.

Pero aquellos dos no se daban por satisfechos. Insistieron en que pusiera las manos en la espalda. Y cuando inició el movimiento, el del cuchillo descomunal le atrapó las muñecas por detrás. Fue cuando Carlos se dio cuenta de que venían a matarlo.

Sintió cómo el muchacho de más edad -¿tal vez veinte años?- se agachaba para cachearle. Y si hubiera sido sólo eso, se habría dejado hacer, pero notó cómo el chico sólo simulaba que le estaba buscando en los calcetines y los bajos de los pantalones para iniciar desde allí un ataque, subiendo rápido como movido por un resorte y clavándole su cuchillo en el cuello.

Carlos sintió cómo le invadía una oleada de pánico. «Dejadme, hijos de p…», gritó mientras trataba de resistirse. Sus posibilidades de huir eran pocas, pero Carlos se dispuso a luchar por su vida. Sintió cómo la sangre le resbalaba por la garganta.

Apenas le dio tiempo a reparar en ello porque el muchacho más joven le había hundido su arma en el vientre. Notó cómo le pinchaba una, dos veces. Gritó «no, no» y les empujó hasta deshacerse de ellos y empezar a correr.

Durante unos metros tuvo la ilusión de que podría escapar. Pero sintió cómo le agarraban por detrás y otra vez sufrió el cuchillo rasgándole la piel del cuello. Se aferró con desesperación a aquella mano que trataba de degollarle y notó el desgarro de un guante de látex. Carlos se vio empujado hacia el terraplén, detrás de la marquesina de la parada de autobús. «Tíralo hacia el parque», oyó. Carlos se dio cuenta de lo que pretendían: aislarlo para matarle. Se rebeló con todas sus fuerzas.

Uno de los chicos resbaló por el terraplén y se dio un golpe que le dejó fuera de la pelea durante unos segundos. Pero el otro, el del cuchillo descomunal, seguía apuñalándole sin piedad. Carlos sangraba por varias heridas pero se notaba fuerte.

Ninguna de las cuchilladas parecía grave. Intentó sacudirse al chico que tenía encima cuando el otro le sujetó por la espalda. El cuchillo le buscó de nuevo las entrarías. Se agitó, sacudió su cuerpo.

Con la mano izquierda agarró por el pelo a uno de los agresores con tanta desesperación que en sus uñas se quedaron muchos de los cabellos. Gritó de nuevo: «No me matéis» y mordió con rabia la mano del chico mayor que trataba de taponarle la boca.

Pero el otro le atacó otra vez en la garganta. Perdió la conciencia de golpe. Le habían dado veinte puñaladas. Se desangraba por todas las heridas, caído y desparramado. Los agresores le dejaron allí mientras la vida se le escapaba…

El crimen había ocurrido en Madrid, en el barrio de Manoteras. A la mañana siguiente, un empleado de la Empresa Municipal de Transportes, encontró el cadáver y quedó horrorizado por el aspecto lastimoso que presentaba.

El informe de la policía destacó que bajo la pierna izquierda del cadáver fue encontrado un reloj de pulsera que no correspondía al fallecido, que llevaba puesto el suyo. También señalaba que la mano derecha tenía restos de un guante de látex y que entre las uñas de la mano izquierda había cabellos de su asesino o asesinos.

Todos aquellos restos mostraban a las claras la feroz pelea que el muerto había librado por su vida. Pero, ¿qué era aquello? ¿Un simple atraco? ¿Un ajuste de cuentas? El hecho de encontrar en los bolsillos de la víctima sesenta mil pesetas en billetes ponía en duda que el móvil del asesinato hubiera sido el dinero.

Ninguna hipótesis encajaba. La policía reconstruyó los últimos días de la vida de Carlos Moreno e investigó sus relaciones, pero sin conseguir arrojar luz sobre el suceso. La investigación llevaba camino de quedarse estancada, cuando la policía recibió una extraña llamada.

Un joven informó de que un grupo de sus conocidos del barrio de Chamberí eran fanáticos del juego del rol, un entretenimiento de simulación, desarrollado a partir del tradicional «imaginemos que yo soy un…», en el que los jugadores a las órdenes de un «Rolmaster» o director de juego, verdadero señor de voluntades, adoptan papeles diferentes, es decir, «asumen un determinado rol».

Este juego de moda en el momento de someterse el crimen tiene una variedad «en vivo», además de la norma de tablero y dados, que suele transcurrir encima de una mesa. Esa variedad «en vivo» propone desarrollos como el de «Killer» (Asesino) en el que el objetivo es, siempre en la ficción, matar a alguien. El comunicante de la policía afirmó que dos de sus conocidos habían llevado el juego al límite convirtiéndolo en realidad.

Había pasado más de un mes desde el crimen cuando la noche del domingo 5 de julio, los agentes encargados del caso detuvieron a Javier Rosado Calvo, de veinte años, estudiante de tercero de Químicas y a Félix M. R., de diecisiete años, alumno de COU, en la rama de letras, acusados de la muerte del trabajador de la empresa de limpiezas, Carlos Moreno, casado y con tres hijos.

Se supo entonces que este había sido una víctima elegida al azar. Su muerte era contada con todo lujo de detalles en un escalofriante relato escrito por el «Rolmaster», Javier Rosado. Este era un joven obsesionado por el juego de rol, que había llevado su pasión por este entretenimiento, en principio inofensivo, hasta convertirlo en un delirio criminal.

Así había creado el desarrollo «Razas» por el que aquella noche aciaga, según las normas que lo regían, había que matar a una mujer antes de las 4,15 de la madrugada.

Para cumplir su objetivo, Javier y Félix afilaron sus cuchillos, se procuraron unos guantes para no dejar huellas y salieron de cacería pasada la una. Si no conseguían matar a una mujer antes de la hora señalada, el «Rolmaster» del juego «Razas» indicó que entonces la víctima tendría que ser un hombre «con cara de tonto, mayor y gordito».

Primero pasaron gran parte de la noche buscando «una mujer joven y bonita». Eligieron una morena que se escapó impremeditadamente al subirse a un coche y, después, otra joven a la que dejó su novio a unos metros de su casa. Sin saber que huía de la muerte, esta segunda muchacha cerró por unos segundos de ventaja la puerta de su portal.

Entonces se fijaron en una anciana que bajó a tirar la basura y que milagrosamente escapó. De esta forma desecharon hasta siete víctimas consumiendo un tiempo precioso que les hizo atravesar la hora límite del juego. Más allá de las 4,15, la víctima tenía que ser un hombre «mayor y gordito». Al rato encontraron a Carlos Moreno sentado en la parada del autobús esperando al 7 y se abalanzaron sobre él.

Días después, Javier Rosado comentó su hazaña con amigos del barrio con la intención de reclutarlos para el sangriento juego. La muerte del empleado de la contrata de limpiezas le había excitado sobremanera.

Uno de los muchachos que intentó convencer para sus fines, aterrorizado, le contó todo a sus padres que decidieron llamar a la policía. Eso permitió que Javier y Félix fueran detenidos cuando al parecer acababan de iniciar otra partida mortal. Esta vez, sin ninguna excusa, la víctima debía ser una mujer.

En el momento de la detención se dirigían a coger los enormes cuchillos con los guantes de látex en los bolsillos. Pero no había por qué preocuparse: sólo era un juego.

 

Más información en: «Javier ROSADO CALVO»

Documentos

SENTENCIA – HECHOS PROBADOS (25-06-1998)

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