El crimen de Velate

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  • Clasificación: Asesinato por encargo
  • Características: Parricidio
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 29 de abril de 1973
  • Perfil de las víctimas: María del Pilar Cano Peralta, de 38 años
  • Método de matar: Golpes con una barra de hierro
  • Localización: Puerto de Velate, Navarra, España
  • Estado: Jaime Balet Herrero y Juan Midón Leyva fueron condenados a pena de muerte el 2 de octubre de 1977, pero sus penas fueron conmutadas por las de cadena perpetua. Peter Johann Simeth fue juzgado en Alemania y condenado a cadena perpetua el 7 de junio de 1980
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El crimen de Velate

Francisco Pérez Abellán

El burgués gentilhombre. El descubrimiento de una pasión arrebatadora. La muerte como el mejor de los negocios. Uno de los contratados se niega a cumplir su parte. El instigador repite su plan. El crimen por encargo más chapucero de la historia española.

Pilar Cano Peralta, esposa de Jaime Balet Herrero, de treinta y cinco años, delegado de Tráfico del Ayuntamiento de Zaragoza, concejal por el tercio sindical, fue asesinada la noche del 29 de abril de 1973 en un desvío de la vieja carretera del Puerto de Velate, en Pamplona.

Murió por la ambición sin límites de un hombre aparentemente brillante, representante de la burguesía, que tenía una importante empresa en sus manos y que estaba enamorado de otra. Al criminal no sólo le movía el amor, sino el deseo de apoderarse de la fortuna de su víctima.

Sobre las diez y media, el coche Seat 1500 que conducía Balet y en el que viajaba su esposa penetraba en un recodo oscuro con el pretexto de descansar del largo viaje de ida y vuelta a Biarritz realizado por la pareja en el mismo día. La mujer se había resistido hasta el final a hacer este desplazamiento, que tenía por objeto disfrutar de apenas una hora de juego en el casino, tal vez porque tenía un mal presentimiento.

Pocos minutos después de haber detenido el vehículo una sombra armada con una barra de hierro se aproximó al coche. Era un súbdito alemán, Peter Simeth, contratado por el marido para matar a la mujer. Seguramente ayudado por el instigador, al que le quedarían sospechosas marcas de uñas en la cara, Simeth acabó con la vida de Pilar Cano de cuatro golpes que le aplastaron el cráneo, muy probablemente fuera del coche.

Acto seguido introdujeron el cadáver en la parte delantera del automóvil que conducido con gran frialdad por el marido y seguido por el sicario autor material del crimen en otro vehículo -un Morris de color rojo- cedido a propósito por Juan Mídón, también implicado, descendió el puerto hasta cerca de las ventas de Arraiz.

En ese lugar que les pareció a propósito, el alemán Simeth para dar apariencia de un asalto a lo que no era sino un crimen por encargo, golpeó a Balet en la cara con la barra de hierro, esta vez recubierto de gamuza, y huyó llevándose el bolso de la muerta. No sería el primer fallo del crimen, pero en su huida dejó olvidadas las joyas que llevaba puestas la víctima, casi medio millón de pesetas, y otras trescientas mil pesetas en metálico en el coche. Si se trataba de simular un asalto, los errores cometidos eran de bulto.

También resultó pésimo el traslado del cuerpo desde el lugar de los hechos hasta un punto de la carretera más adecuado para llevar a cabo la segunda parte de la tragicomedia. Todo este trajín levantaría sospechas que acabarían descubriendo al parricida.

El crimen se había planeado dos meses atrás en el entonces bar polinesio Kon-Tíki de Madrid, según afirmaría el fiscal de la causa. El 8 de febrero, Jaime Balet se reunía con otro español, su cómplice, Juan Midón, y le adelantaba el plan y parte del dinero prometido por eliminar a su esposa -7.000 dólares, unas 417.500 pesetas de entonces-. En el crimen iba a intervenir en un principio el también súbdito alemán Helmunt Pach que acabaría negándose a tomar parte.

Pero, ¿qué llevó al rico y afortunado Balet, triunfador en los negocios y en la política, con un fabuloso futuro por delante, a eliminar a su mujer?

Dos años y pico antes de reunirse para preparar el crimen, a finales de 1970, Balet había perdido totalmente la cabeza por la secretaria de su padre en la Papelera Saica, la empresa familiar de los Balet, Ana Álava Causave, de dieciocho años, con la que había establecido relaciones íntimas.

Tras muchos meses de llevar una doble vida, que además tenía que conjugar con la representación pública de su cargo, Jaime había decidido separarse de Pilar Cano, pero se encontró con una negativa sin fisuras por parte de ella. Pilar seguía estando muy enamorada de su marido. Además, una vez planteada la imposibilidad de separarse sin montar una tragedia, pesó en el ánimo del parricida la idea de no perder la enorme fortuna de la esposa, hija de unos ricos terratenientes de Los Monegros. El matrimonio Balet tenía cuatro hijos y una sólida posición económica. Si la esposa desaparecía en algo parecido a un accidente, el marido se quedaría con todo y libre para contraer nuevas nupcias con la que era su amante.

Así las cosas, Balet encargó a Juan Midón que le librara de su mujer, lo que este emprendió con cierta calma. Transcurrido un mes de la entrevista en Madrid, Midón y Pach, con los que Balet tenía oscuros negocios de tráfico de divisas, se desplazan a Barcelona para conseguir un pasaporte falso. Allí entran en contacto con el cuarto implicado y finalmente autor material del asesinato, Peter Simeth. Con él viajan de Barcelona a Zaragoza. Ya en la capital aragonesa, Midón plantea a Simeth en presencia de Pach que el trabajo para el que le reclutan consiste en «dejar libre a Balet». Entre todos determinan que tratarán de fingir un atentado etarra y fijan una fecha para realizarlo: el domingo 15 de abril. Desde el principio el lugar será un recodo de la vieja carretera de Velate a la vuelta de un viaje relámpago a Biarritz.

Con la intención de cuidar todos los detalles acuerdan coincidir dos días antes del fijado en un restaurante de Zaragoza para que los asesinos conozcan de cerca a su víctima. Cumpliendo lo acordado, al entrar los alemanes, Balet se puso de pie para que se viera sin lugar a dudas a su esposa, produciéndose un hecho tan extraño que seria recordado por Pach al ser detenido: no podía explicarse cómo Pilar Cano, sin conocerle de nada, le miró fijamente con una expresión de pánico en la cara. Esa alarmante visión le haría desistir de participar en el crimen.

El día 15, según lo planeado, a la vuelta de Biarritz, Balet paró en el desvío señalado de la carretera semiabandonada del puerto de Velate, a 28 kilómetros de Pamplona, y esperó. Pero su espera fue en vano porque los asesinos no aparecieron con lo que tuvo que reemprender la vuelta a casa y dar explicaciones a su mujer.

Pasados dos días fue a buscar a Pach y a Simeth al Hostal Oroel, donde se hospedaban, y les echó en cara no haber cumplido su parte del plan. Fue entonces cuando Pach le comunicó que no pensaba seguir adelante. Este personaje de ideología nazi, devoto de Hitler, participante en actos de exaltación de la memoria del dictador, dio muestras de un extraño brote de humanidad volviéndose atrás impresionado por aquella mirada de víctima aterrada que le había dirigido Pilar Cano en el restaurante.

Pero pese a esa imprevista renuncia, Balet no desistió y consiguió convencer a Peter Simeth para que lo hiciera él solo. Efectivamente, de aquella conversación quedó fijado un nuevo plazo para la muerte: sería el 29 de abril. Y esta vez el ejecutor no detendría su brazo.

No era casualidad que el concejal hubiera elegido asesinos a sueldo de nacionalidad alemana. Balet tenía una larga relación con Alemania. Allí, a Munich, había trasladado a su querida, Ana Álava, mientras se resolvía el espinoso asunto de su esposa. Para que no le faltara de nada le abrió cuentas bancarias y realizaba frecuentes viajes para pasar con ella unas horas.

Mientras llevaba esta vida oculta, Jaime mantenía la apariencia de hombre ordenado y muy religioso como correspondía a un personaje sobresaliente de la burguesía franquista mejor situada, engañando a sus amistades con su asistencia a misa diaria en Santa Engracia.

En el juicio celebrado en 1977 en Pamplona, se puso de relieve que Balet se casó únicamente por intereses, sin estar enamorado, y que descubrió una pasión incontrolable al conocer a la secretaria Ana Álava que se proponía ser algo más en la vida que la amante de un concejal. Quería ocupar el papel de la esposa. Cosa que no era posible mientras Pilar Cano estuviera viva.

En una de las cartas dirigidas por el criminal enamorado a su amante, meses antes del crimen, Balet con cierta cursilería plasma gráficamente lo que ambos pretendían: «Ahora me doy cuenta de que lo que yo quería de ti no es la cama. Lo que quiero es que vivas conmigo en Zaragoza y con mis hijos y con mis padres en mi casa. Quiero cogerte en mis brazos, subirte la escalera, sentarte en un sillón, traerte las zapatillas y el cenicero, un vaso de leche caliente y encender para ti la televisión.»

Las tórridas cartas quizá eran una respuesta a los celos que le daba ella con un estudiante de medicina alemán y con otro yugoslavo. Balet planeó el crimen como si se tratara de uno de sus negocios y pecó de exceso de confianza y de un gran desprecio por su esposa -«Pili no tiene más culpa que la de su limitado cerebro»-.

«No temo mi ruptura con ella -le escribe a Ana-, siento por ella únicamente compasión y odio y pienso que nuestros hijos sienten lo mismo que yo.»

Los investigadores empezaron a tirar del hilo de las sospechas y se encontraron con la declaración de Pach que fue detenido en Alemania y que culpaba a Balet. También se encontró con la espontánea colaboración de Ana Álava con la justicia a la que envió cartas y documentos entre otras cosas con la noticia del aborto que se tuvo que practicar en Offenbach. En una de las cartas, Balet remitía a Ana un recorte de periódico con el anuncio de una película en la que un hombre mataba de un hachazo a su mujer.

Para terminar de desmontar la versión de Balet apareció una pareja de novios que había visto el coche de Midón conducido por Simeth en los alrededores de la escena del crimen.

Jaime Balet y Juan Midón fueron condenados a muerte el 2 de octubre de 1977, pero sus penas fueron conmutadas por las de cadena perpetua. Simeth cumple condena en Alemania por haber violado y asesinado a una joven. El crimen de Velate fue el asesinato por encargo más chapucero de la historia criminal española.


Comienza en Pamplona la vista del «crimen de Velate»

El País

20 de septiembre de 1977

En la Sala de lo Criminal de la Audiencia Territorial de Pamplona comenzó ayer la primera parte de la vista del proceso llamado «crimen de Velate», en el que el fiscal y la acusación privada solicitan pena de muerte para Jaime Balet y Juan Midón como presuntos autores de un delito de homicidio con los agravantes de premeditación, alevosía, precio, nocturnidad, parentesco y desprecio por el sexo.

Este proceso, considerado como el más largo de la historia en el Estado español (comenzó el 29 de abril de 1973) tiene un sumario de más de 600 folios y su vista durará varios días. Ayer la sala estuvo completamente llena durante las cinco horas que duró la sesión, y se tuvieron que habilitar varios bancos, así como un equipo de megafonía. Lo que hace cuatro años y medio se denominó «el crimen de Velate» es una de las historias más confusas de los últimos años. El 29 de abril de 1973 Jaime Balet Cano, [Herrero] industrial zaragozano. ex teniente de alcalde de su ciudad, de treinta y ocho años, se desplaza a Biarritz con su esposa, Pilar Cano Peralta con quien tenía cuatro hijos, para jugar a la ruleta en el casino de Bellevue.

En el casino, el señor Balet ganó 180.000 pesetas, y después de cenar decidió volver a Zaragoza para poder estar trabajando el lunes. Después de haber atravesado la cima del puerto de Velate, Balet, sintiendo sueño, decidió, hacia las diez de la noche, parar el coche en un descampado que antes era un tramo de la carretera vieja, a unos veinticinco kilómetros de Pamplona.

Lo que sucedió a partir de ese momento no se puede determinar. Aproximadamente a las 12.45, Jaime Balet, con la cara ensangrentada, hace señas, desde el borde de la carretera, a un Seat-600 conducido por Paco Elizalde para que pare. El conductor del coche para y se baja. Balet, muy excitado, y con un pañuelo lleno de sangre apretándolo contra la nariz, le dice: «Nos han atacado. Han matado a mi mujer. Nos han atacado, han matado a mi mujer.»

Jaime Balet es llevado por el conductor del seiscientos hasta la comandancia de la Guardia Civil de Olagüe, en donde presta declaración y se le conduce, posteriormente, a la clínica universitaria de Pamplona. Allí le aprecian una fuerte conmoción cerebral, así como la fractura del tabique de la nariz.

El cadáver de su esposa era enterrado dos días antes y en el informe del forense se señalaba que había fallecido, hacia las once de la noche del día 29, como consecuencia de «una rotura de la bóveda craneal producida por algún instrumento contundente». El 12 de mayo, sorprendentemente, el Juzgado de Instrucción número 3 de Pamplona dicta auto de procesamiento contra Jaime Balet Cano [Herrero] y Juan Midón, un amigo de la infancia de aquél, ingresando el primero en la prisión de Pamplona y el segundo en la comisaría de Zaragoza.

Según la hipótesis del fiscal que figura en el sumario, Jaime Balet, que mantenía relaciones íntimas con una señorita llamada Ana Álava, había decidido asesinar a su esposa para arreglar definitivamente su situación sentimental. Para eso, se pone en contacto con Juan Midón, un amigo de la infancia procesado varias veces por estafa, entregándole un dinero -al parecer, 7.000 dólares- para que se encargue de todo. Por su parte, Midón, y según el fiscal, habría contratado a los dos alemanes, Pachet y Simeth, para que prepararar el asesinato en uno de los viajes de Balet y su esposa a Biarritz. Incluso, según el ministerio fiscal, el crimen se habría preparado minuciosamente unas semanas antes del día 29.

Desde el 29 de abril de 1973 hasta ayer, 19 de septiembre de 1977, ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, Jaime Balet durante el interrogatorio a que fue sometido ayer por el fiscal y la acusación privada mantuvo las mismas tesis que en anteriores declaraciones. Afirmó haber sostenido relaciones íntimas con Ana Álava, aunque los últimos meses pensaba abandonarla. Insistió en que no pagó a Midón los 7.000 dólares para que preparara el asesinato de su esposa, sino para que consiguiera cheques de viajes que necesitaba para hacer frente a unos pagos de su empresa. Afirmó conocer a Pachet, que le fue presentado en una ocasión en la cafetería Kon Tiki, de Madrid sin que volviera a verle. Negó rotundamente que estuviera en su ánimo contratar a nadie para matar a su esposa, señalando que paró en el descampado del puerto de Velate por casualidad y no premeditadamente, ya que tenía sueño. Durante todo el interrogatorio Jaime Balet, que estuvo esposado, se mostró muy contundente en sus afirmaciones reconociendo solamente que en la noche del 29 de abril de 1973 fue asaltado por un desconocido que asesinó a su mujer y le golpeó a él robándole las 180.000 pesetas ganadas en Biarritz.


La defensa revela presuntas irregularidades de la acusación privada

Fermín Goñi – El País

22 de septiembre de 1977

Como los dos días anteriores, continuó ayer la vista del proceso seguido contra Jaime Balet y Juan Midón, culpados en el llamado «crimen de Velate», en el que fue asesinada la mujer del primero, Pilar Cano Peralta, de 38 años. Durante la sesión de ayer se interrogó, tanto por parte del ministerio fiscal y la acusación privada como por la defensa y el tribunal, a quince personas entre testigos y peritos, durante las cinco horas que duró la vista, que continuará hoy a las 10.30 de la mañana.

El médico forense, doctor Del Campo, a preguntas del ministerio fiscal, precisó que practicó la autopsia de Pilar Cano al día siguiente de fallecer, pudiendo observar que tenía un hematoma en la cara exterior del tercio medio del brazo izquierdo, producido por un objeto contundente, al intentar Pilar Cano defenderse del ataque de que fue objeto, así como una fractura de la cavidad craneal. Indicó que los golpes de la cabeza estaban producidos por un objeto contundente lanzado con extraordinaria brutalidad. Al ser preguntado por el presidente del tribunal, señor Vitriain, sobre si era preciso, en el supuesto de que los asesinos fueran con el objeto de robar, continuar los golpes hasta dejar a la fallecida en el estado en que se encontró, contestó que evidentemente no. «La posibilidad más verosímil es que fuera sacada del coche para ser asesinada», matizó. Por su parte, el siquiatra González Martínez, que había atendido a Balet varias veces antes del crimen, indicó que en un examen realizado a éste, por instancias de la Guardia Civil, afirmó que Balet era un sicópata con algunos trastornos en su personalidad, en contraposición con la tesis sostenida por el forense Del Campo, que, al ser interrogado por el fiscal, afirmó que Balet «tenía un gran nivel intelectual, afectividad y una gran capacidad para valorar cualquier situación en la que se encuentra, por lo que no parece adecuado afirmar que sea un sicópata». El doctor González explicó que a finales de abril Balet se entrevistó con él y mostró el deseo de reconstruir su matrimonio, abandonando a Ana Álava.

Por su parte, el teniente de la Guardia Civil Emilio Franco, explicó que Simech, el presunto autor material de la muerte según el fiscal, estuvo en el hostal Ventas de Ulzama, a escasos kilómetros del lugar del crimen, en la noche de autos, durante unas dos horas, tomándose nueve copas de ponche, ya que fue identificado, al serle mostradas unas fotografías, por la dueña del hostal. Los peritos, ingenieros industriales A. Fernández y J. Ayesa, reconocieron haber analizado una barra de hierro hueca, con la que se supone que fue golpeada Pilar Cano, así como otras de parecidas características encontrada [encontradas] en el coche de Juan Midón, llegando a la conclusión de que podrían haber formado parte de una misma barra metálica.

El médico de Ulzama, Antonio Irigoyen Atorrasagasti, indicó que la noche de autos estuvo, después de cometido el crimen y ser conocido por la policía, unas tres horas con Balet en la carretera junto al cadáver de Pilar Cano, precisando que Balet se encontraba «muy entero» y que no se quejaba del golpe recibido en la nariz. calificado por Irigoyen como «poco importante». Por su parte, el teniente coronel del Ejército Ricardo Peciña, cuñado del procesado Juan Midón, indicó que conoció al alemán Bacht en compañía de su cuñado, habiendo cenado los dos una vez en su casa por indicación suya. Precisó que cinco o seis días después del asesinato de Pilar Cano, Bacht fue a su casa, a las siete de la mañana, preguntando por Midón.

La sorpresa de la mañana vino con el testigo, propuesto por J. Saldaña, defensor de Midón, Eduardo Blánquez, investigador privado de Zaragoza. Según explicó a la sala, fue requerido en diciembre de 1975, por la defensa de Midón, para grabar una conversación entre unos individuos, llamados Blanco y Moreno, al que no identificó, que dijeron ser amigos de Midón.

Según Blázquez, los dos individuos afirmaron que una tercera persona, un tal Suárez Montoya, después de haber declarado en relación «del crimen de Velate», había comprado varios vehículos, manejaba dinero, al parecer entregado por la acusación privada, siendo de condición pobre. Los dos individuos afirmaron que la acusación privada les había ofrecido dinero y prebendas si hacían alguna declaración comprometiendo a Midón o Balet. Igualmente indicaron que por ser amigos de Midón preferían ponerse en contacto con su defensor.

Ante esta sorprendente declaración, el fiscal preguntó a Blánquez si él no sabía que era un intento de estafa o chantaje, respondiendo éste que él estaba realizando un trabajo por encargo de Saldaña. Ante esta respuesta el fiscal solicitó que, a tenor del artículo 332 del Código Penal, se extrajera el testimonio de Blázquez, remitiéndolo al juzgado de guardia, para que se comprobara si éste podía haber incurrido en delito al ocultar a la policía los hechos anteriores.

El último testigo, Lorenzo Cano Peralta, hermano de la fallecida, que a la vez ejerce la acusación privada, indicó que sus relaciones con Balet eran de tipo familiar, pero no muy buenas. A preguntas del abogado Aizpun, de la acusación particular, se ratificó en una declaración anterior en la que calificaba a Jaime Balet de «cínico».


Dos penas de muertes, sentencia del «crimen de Velate»

Fermín Goñi – Elpais.com

2 de octubre de 1977

Los sucesivos indultos podrían reducirlas a ocho años de cárcel.

A las dos de la tarde de ayer se hacía pública en la Audiencia Territorial de Pamplona la sentencia relativa a la causa 16, rollo 67/1973, más conocido por «el crimen de Velate».

La Audiencia condenaba a muerte a Jaime Balet Herrero y a Juan Midón Leyva, el primero como autor de un delito de parricidio y el segundo como autor de un delito de asesinato. En ningún caso las penas capitales podrán aplicarse a los inculpados, ya que estos se beneficiarán de los indultos del 25 de noviembre de 1975 (por el que se les conmuta la pena de muerte) y del también indulto del 14 de marzo de 1977 por el que se les reduce, en una cuarta parte, las penas que les hayan quedado aplicación del indulto anterior.

Con la aplicación de estos indultos, el descuento de los años de condena que ya han cumplido y las aplicaciones progresivas de reducción de penas, medios jurídicos consultados por El País han calculado que sólo les quedaría por cumplir una condena de unos ocho años de cárcel. Fermín Goñi informa del final del sumario más largo de la historia judicial española.

El «crimen de Velate» ya tiene su dos culpables. En la sentencia -veintiséis folios, seis resultandos y siete considerandos- el tribunal encargado de dictar el veredicto, presidido por el letrado Pedro J. Vitriain Esparza, considera que los dos inculpados, Balet y Midón, se pusieron en contacto el 8 de febrero de 1973 en la cafetería Kon Tiki de Madrid, a la que acudieron también el alemán Hans Helmuth Bacht y Fausto Preysler, cuñado del cantante Julio Iglesias.

Allí, en un aparte, Balet señaló a Midón que necesitaba de su colaboración y de la de Bacht, para lo cual le indicó que se pasara al día siguiente por otra cafetería, «Bronco», haciéndose pasar por Jesús Sánchez y allí le entregaría cierta cantidad de dinero. Midón lo hizo así y recibió un sobre que contenía 7.000 dólares (417.550 pesetas al cambio de entonces), junto con una nota en la que Balet le especificaba que 3.000 eran para él y 4.000 para Bacht.

Igualmente, el tribunal considera probado que Balet, un mes después de la primera entrega, volvió a dar 10.000 dólares (596.500 pesetas) a Juan Midón para que entre él y Bacht fueran preparando un negocio consistente en «un accidente que debería sufrir la mujer de Jaime Balet».

En un viaje efectuado por Midón y Bacht a Barcelona, ambos conocen a Johan Peter Simeth, «de pésima conducta moral», a quien Bacht le propone hacerse cargo del «negocio» de Balet.

El 31 de marzo de 1973, los tres regresan a Zaragoza, para preparar «el accidente», instalándose en el hostal Oroel. Mientras, Jaime Balet se ha sometido a un tratamiento de cura de sueño en Tarragona y a su salida, el 24 de marzo, se dirige a la consulta del siquiatra González Martínez, a quien solicita un certificado médico que le sirva, para fundamentar su petición de nulidad de matrimonio con Pilar Cano, que sería asesinada un mes después en Velate.

En aquellos días Jaime Balet habla con sus padres y les comunica su decisión de separarse [de] su esposa e irse a vivir con su amante, Ana Álava, a quien ha enviado a Alemania y en donde la ha visitado en repetidas ocasiones. Por indicación de Balet, Bacht acompañado de Midián, acude a un restaurante de Zaragoza para que conozca a Pilar Cano, esposa de Balet. Ante la indecisión de Bacht para tomar parte en el crimen Midón le insiste diciendo: «Medítalo. Jaime dice que esto puede representar una gran cantidad de dinero.» Al parecer, Bacht no quería tomar parte en el asesinato y por eso puso en contacto a Midón con Simeth.

Los días 7 y 8 de abril de 1973, el matrimonio Balet-Cano viaja a Biarritz, resultando probado que los dos alemanes y Midón también efectuaron el mismo viaje para volver a ver la cara de Pilar Cano. Idéntico viaje se realiza, por parte de los Balet-Cano, el fin de semana siguiente. Ya entonces Bacht ha desistido de participar en los hechos, por lo que Balet le cita el día 16 de abril y le increpa diciéndole que «no puedo estar yendo y viniendo a Biarritz». Sin embargo, al día siguiente, Bacht decide desentenderse de todo y se marcha a Madrid, por lo que Midón y Simeth acuerdan que el asesinato se efectúe el 29 de abril, domingo, a la vuelta de Jaime Balet y Pilar Cano de un viaje a Biarritz.

Ese día, Helmut Simeth, con un Morris propiedad de Midón, se dirige desde Zaragoza hasta el lugar exacto del puerto de Velate en donde ha de asesinar a la mujer de Balet. En un hostal cercano consume unas nueve copas de ponche, va una vez al lugar del crimen para ver si había llegado Balet, se encuentra con un Seat 600 en el que estaba una pareja de novios que, al ser enfocados por su linterna, optaron por abandonar el sitio.

Sobre las 10.30 de la noche, Simeth vuelve al lugar y se encuentra con Balet y su mujer, Pilar Cano, paseando junto a su coche. Con una barra de hierro asesta varios golpes a Pilar, «contando con la pasividad de Jaime», que le ocasionan la muerte en unos treinta minutos. Entre Balet y Simeth colocan a la asesinada en el coche, descienden unos dos kilómetros, en dirección a Pamplona, y vuelven a aparcarlo en un lugar apartado.

Allí Simeth propinó unos leves golpes a Balet, como ya habían convenido, con un tubo de plomo forrado con gamuza, que le produjeron heridas de escasa importancia, y Balet tiene que simular la pérdida de conocimiento. Después de cometido el crimen, Simeth huye a Zaragoza llevándose el bolso de Pilar Cano, que contenía unas 180.000 pesetas.

En base a estos hechos, que el tribunal considera probados, relativos a los artículos 405 y 406 del Código Penal, se condena a muerte a Juan Midón y Jaime Balet, así como al pago, conjunto y solidariamente, de un millón de pesetas a cada uno de los cuatro hijos de la asesinada y 250.000 pesetas, por el «pretium doloris», al padre y madre de Pilar Cano. Igualmente, Balet deberá ampliar su fianza de 850.000 pesetas a cinco millones de pesetas para asegurar sus responsabilidades civiles.

Por otra parte, en la sentencia se acuerda que se deduzcan los testimonios de Midón -relativos a malos tratos de la Guardia Civil durante los primeros días de su detención-, así como los de Eduardo Blanquer y Santiago Suárez -en relación con la supuesta compra de testimonios por parte de la acusación privada- para que el juzgado de instrucción incoe las correspondientes diligencias que esclarezcan los hechos. Se ha sabido que los defensores de Midón y Balet recurrirán contra el fallo de la Audiencia de Pamplona ante el Tribunal Supremo.


Cadena perpetua para el autor del asesinato y seis años para su cómplice

Julio Sierra – El País

25 de junio de 1980

La sala primera de lo criminal del Tribunal Superior de Munich (República Federal de Alemania) dictó ayer sentencia en el caso Balet Herrero, conocido en la RFA como «el proceso de la muerte por encargo» y en España como el «crimen de Velate». El tribunal ha condenado al principal acusado, el mecánico Peter Simeth, a la pena de cadena perpetua efectiva, como autor de un delito de asesinato, y al conserje Helmut Pacht, cómplice, del primero, a seis años de prisión.

El fiscal había solicitado para Simeth cadena perpetua (quince años por término medio) y nueve años para su cómplice. El defensor solicitó para el primero la libre absolución y para el segundo una pena menor. El Fiscal inició el viernes pasado el último acto del proceso, atribuyendo a Peter Simeth haber asesinado el 29 de abril de 1973 a la esposa del industrial aragonés Jaime Balet Herrero, por encargo de éste, en un parador del puerto de Velate. Este proceso, uno de los más espectaculares en este país en los últimos años, ha requerido el traslado a España de una comisión investigadora que durante los últimos meses ha reunido la información necesaria para el desarrollo de la causa. El español Jaime Balet Herrero, condenado a muerte en España por el mismo crimen y conmutada esta pena por la de treinta años de reclusión mayor, no ha prestado una colaboración estimable en esta tarea.

Los hechos preliminares de este asesinato se remontan a 1970. Balet Herrero se enamoró de la secretaria de su padre y decidió matar a su mujer, con la que había contraído matrimonio en 1958. Al no atreverse a cometer el acto por sí mismo, el industrial contrató los servicios de un delincuente común, que le puso en comunicación con el alemán Pacht, sujeto bien conocido por la justicia de la RFA. En febrero de 1973, el alemán recibió 4.000 dólares y una cantidad no especificada de pesetas como pago de su acción. Pero tampoco se atrevió a asesinar a la mujer y pasó el encargo a su cómplice Simeth, al que había conocido en Barcelona. Este aceptó y se fijó para el 15 de abril la comisión del delito. El lugar elegido, la playa de Biarritz, no fue precisamente el más propicio y la acción fracasó. El 29 siguiente, de regreso de Biarritz, el matrimonio Balet se detuvo, camino de Zaragoza, su lugar de residencia, en un tranquilo descampado en el alto de Velate, al margen de la carretera, no lejos de un parador. En ese momento apareció en el lugar Simeth, que asesinó a su víctima con un tubo de hierro.

Dos horas después, Balet detenía un coche y contaba que había sido asaltado y su mujer asesinada. Simeth apareció al día siguiente en Tenerife. Aunque faltan pruebas contundentes en este caso, el fiscal considera que los indicios son suficientes para resolver el asunto. Entre estos indicios se apunta el repentino bienestar económico de los dos implicados alemanes. El defensor califica de dudosos los argumentos del fiscal y atribuye a la publicación en la Prensa de fotos de Pacht el haber influido falsamente en la identificación. Pacht cumplía ya condena por delitos menores.

El 2 de octubre de 1977 se hacía pública en la Audiencia Territorial de Pamplona la sentencia relativa al famoso «crimen de Velate», un asunto no carente de connotaciones políticas que había interesado vivamente a la opinión pública. El sumarlo, iniciado en mayo de 1973, cuando Jaime Balet y Juan Midón son arrestados, fue el más largo por delito de sangre de toda la historia penal española. Simultáneamente se empezaba a instruir en la República Federal de Alemania proceso contra Peter Simeth y Helmut Pacht, autor y supuesto implicado en el crimen.

La audiencia condenaba a Balet y Midón a sendas penas de muerte, al primero como autor de un delito de parricidio y al segundo de asesinato; pero en ninguno de los dos casos se cumpliría la pena capital, ya que por el indulto de 25 de noviembre de 1975 se les conmutaría la última pena y por el de 14 de marzo de 1977 se les reducía notablemente la pena de prisión. La sentencia de la Audiencia Territorial de Pamplona fue recurrida ante el Tribunal Supremo y confirmada enteramente por el alto organismo el 17 de mayo de 1979.

Recientemente se ha hecho pública la noticia de que Jaime Balet gozaba del régimen de prisión abierta en el centro psiquiátrico penitenciario de Madrid.


El chapucero crimen de Velate

Margarita Landi

Fue éste que voy a comentar ampliamente uno de los lamente sucesos en los que más he trabajado, investigando por mi cuenta y hasta colaborando, en lo posible, con las autoridades.

Se produjo el domingo 29 de abril de 1973, a las once de la noche, ya en la bajada de ese hermoso puerto de montaña navarro que es Velate, a veintinueve kilómetros de Pamplona, en un tramo sin salida de la antigua carretera que quedó apartado al trazarse en línea recta la nueva calzada, donde don Jaime Balet Herrero había detenido su coche para «descabezar un sueño». Debía conocer muy bien el lugar, pues no es fácil verlo de pasada y más conduciendo de noche.

Le acompañaba su esposa, doña María del Pilar Cano Peralta, y regresaban de pasar el fin de semana en Biarritz, adonde acudían con frecuencia para jugar en el casino. Habían tenido suerte; habían ganado unas doscientas mil pesetas y querían llegar de madrugada a Zaragoza, donde residían, pero al sentir una peligrosa somnolencia él estimó conveniente aparcar allí para, después de unos minutos de descanso, continuar el viaje completamente despejado. Subieron los cristales no porque temieran nada, sino porque hacía algo de frío. Como el coche era amplio y cómodo, pronto durmieron plácidamente… Pero hacia las once de la noche…

De pronto la mujer gritó: su puerta se había abierto y un hombre la agarraba por un brazo para hacerla salir. El marido se despertó sobresaltado, pero no pudo hacer nada, «porque fue golpeado brutalmente en la cara y perdió el sentido». Una hora después aproximadamente, junto a su coche aparcado en el arcén y a unos dos kilómetros más abajo del lugar en que fuera atacado, agitaba un pañuelo ensangrentado para hacer detenerse a un Seat 600 en el que viajaban unos jóvenes que habían cenado en el hostal de Ulzama, que se encuentra en la zona más alta de Velate. Les dijo que les habían atracado y su mujer estaba muerta en el coche. La habían matado.

Pararon a otro coche para pedir que avisaran a la Guardia Civil del cercano puesto de Olagüe. Poco después darían comienzo las investigaciones que habrían de llegar a terribles conclusiones. Aquellos cuatro jóvenes no podían sospechar lo que había ocurrido en realidad: no hubo tal sino un asesinato por encargo.

Yo llegué a Velate pocos días después; hablé con el comandante del puesto, un sargento afable que estaba muy impresionado por el suceso, y me dijo sólo lo que podía decir sin incurrir en una falta a su obligada discreción; hablé con el propietario del hostal, que conocía a los jóvenes del utilitario, y con los empleados de la gasolinera que está enfrente del hostal, que me dijeron dónde podría encontrar a los jóvenes: en un pueblo, Larrainzar, perteneciente al partido judicial de Arraiz, en el valle de Ulzama. Allí fui en su busca y me hablaron de lo que vieron, oyeron y sintieron aquella noche.

-Cuando vimos a ese hombre llamándonos con el pañuelo, paré mi coche -explicó uno de los muchachos-; vimos que estaba herido en la cara y sangraba por la nariz. Nos dijo: «Nos han atracado… Mi mujer está muerta en el coche, la han matado. A mí me golpearon y perdí el conocimiento, y hace unos minutos me he “despertado” ahí entre los árboles, a unos quince metros de la carretera. Las luces de los coches me han orientado y he salido con la ayuda de una linterna que me han dejado en un bolsillo, con las llaves de mi coche que encontré aquí sobre el arcén.»

-Nos acercamos al coche y vimos a la señora en el asiento derecho, donde él la había puesto, ya que la encontró, según dijo, caída delante -añadió otro de los amigos-; tenía una gran herida en la cabeza y sangraba un poco…

Quienes me informaban eran los hermanos Francisco y Vicente Elizalde y un amigo, Juan José Valcarlos; los tres estaban muy impresionados, tanto por haber visto aquel cadáver como por la asombrosa serenidad del marido, que comentó:

-Traíamos unas ciento ochenta mil pesetas, parte de ellas en francos… El domingo pasado tuvimos suerte y hoy también ganamos en el casino.

La tranquilidad con que hablaba aquel señor que acababa de vivir tal tragedia les sorprendió. Mientras les contaba con detalles su parada para dormir y el asalto, se afanaba en rebuscar dentro del coche los fajos de billetes que llevaban en la guantera, en el bolsillo de la puerta izquierda y luego en el de la derecha, junto al cadáver de su esposa.

Al ver tanto dinero le dijeron que cómo no se lo habían quitado los atracadores, y él respondió que «no debieron registrarlo», pero que sí debían haber cogido el bolso en el que su mujer llevaba las joyas.

Al recibir el aviso, la Guardia Civil dio cuenta de lo ocurrido al juzgado de Larrainzar, y el titular pronto se personó en el lugar indicado acompañado del médico, el secretario y el veterinario del mismo pueblo; ya allí comenzaron las diligencias encaminadas a la investigación de lo ocurrido.

Tuve la suerte de hablar con los tres acompañantes del juez (quien no estaba en el pueblo cuando llegué). El médico me dijo:

-Tenía la cabeza destrozada. Le habían dado por lo menos ocho golpes con una barra de hierro, que luego ha sido encontrada cerca del charco de sangre, en donde se habían detenido para dormir. Los golpes se dieron con mucha fuerza y cualquiera de ellos hubiera bastado para matarla… Sí, quien la atacó tiene, sin duda, una fuerza extraordinaria, pues fracturó por varios sitios la bóveda craneana y rompió incluso la unión superior de los parietales que es durísima. Tenía desgarrado el cuero cabelludo. Casi podría asegurar que quien hizo eso no estaba dispuesto a que su víctima escapara con vida.

-La pobre señora luchó desesperadamente con su agresor, -comentó el secretario-. Tengo entendido que en la autopsia se le apreció la señal de un fuerte golpe en el brazo izquierdo, una mano fracturada; en el lugar de los hechos encontraron varios botones de la blusa que llevaba puesta, una peluca que le debieron arrancar y el tacón de un zapato que se partió hacia atrás, como si ella se hubiera resistido al «tirón de su atacante» afianzando su pie sobre la tierra. Si va usted al lugar del suceso podrá ver aún la señal de ese tacón bien marcada.

-A mí lo que más me sorprendió fue la serenidad que mostró el marido en todo momento -advirtió el veterinario-. El se ofreció a conducir su coche, con el cadáver al lado, hasta el cementerio y lo hizo, siguiendo al vehículo que iba el señor juez, ¡fue admirable!… Ni por un momento se puso nervioso ni se mostró abatido… Ni siquiera cuando la cogió en sus brazos para depositarla en el ataúd, y quitó de su dedo la valiosa sortija de brillantes que llevaba, dejándole la alianza de oro. Luego, al ir a quitarle los pendientes, también valiosos, notó que faltaba uno y lo buscó afanosamente hasta encontrarlo enredado en los ensangrentados cabellos.

Aunque Balet había dicho que no «aparecía el bolso de su mujer en el que llevaba sus joyas», no parecía que fuera cierto, pues cuando posteriormente tuve ocasión de hablar en el hotel Meisonave de Pamplona con Carmina Balet Herrero, me dijo que su cuñada no llevaba joyas en el bolso, «porque sería absurdo llevarlas en cantidad para un simple fin de semana en Biarritz». Al comentar esto con una de las personas que entrevisté, le oí decir: «Ese bolso está en el Ebro… Y creo que en él no llevaba nada de valor.»

En este caso había demasiados coches. Me enteré de que a las diez de aquella noche trágica, una pareja de novios, vecinos del valle de Ulzama, concretamente de Iraizoz, que bajaban el puerto de Velate en dirección a su pueblo en el utilitario del novio, decidieron aparcar un rato en el tramo sin salida que luego habría de ser el escenario del crimen, sin darse cuenta de que allí estaba ya «alguien».

Poco después de detenerse, un hombre se acercó al coche, enfocándolo con una linterna para examinar detenidamente a sus ocupantes; luego rodeó el pequeño automóvil para mirar su matrícula por delante y por detrás, lo que asustó a la pareja y les hizo salir de allí cuanto antes; al ponerse en marcha observaron que otro vehículo, de mayor tamaño y con matrícula de Zaragoza, salía detrás del suyo, y pensaron que les seguía por la carretera, pero al entrar a la bifurcación que conduce a Iraizoz se adentraron en ella y el otro pasó de largo.

Nada dijeron sobre lo ocurrido al llegar a sus casas, pero a la mañana siguiente, al saber que allí se había cometido un crimen, lo comentaron, sospechando que el hombre de la linterna pudiera estar implicado en él. Pensaron que debía estar esperando allí a otro coche con determinadas personas dentro, y de ahí el detenido examen que hizo de ellos. Yo hablé con el novio en un maizal de Iraizoz y me lo contó.

Tal detalle hizo sospechar a los investigadores que quien (o quienes) se hallaba en aquel lugar sabía que el señor Balet iba a detenerse allí para «descabezar un sueño». ¿Quién se lo habría dicho?… ¿Quizás el mismo señor Balet?. Fue la primera sospecha grave sobre el esposo de la interfecta.

Se dio la circunstancia de que un hermano del joven Juan José Valcarlos (uno de los tres que iban en el utilitario y atendieron a Balet) se dirigía en su coche hacia el hostal del alto de Velate y vio cómo un Seat 1500 blanco se adentraba en la zona que luego se denominaría del crimen, seguido de otro, también blanco -cuya marca y modelo resultaría luego una buena pista- que se detenía inmediatamente detrás del primero. Esto parecía corroborar lo que había dicho el presunto asaltado sobre «haber temido que le siguieran a la salida del casino, por lo que había dado un rodeo en su coche para despistar a quien tal vez quisiera robarles…».

Pero también daba pie para pensar: «¿Cómo es posible que unos simples ladrones (o uno) persigan desde Blarritz a un matrimonio español hasta cerca de Pamplona?»… ¿Vale la pena cruzar la frontera y recorrer unos ochenta kilómetros para luego llevarse un bolso de señora? ¿Confiaban en que sus futuras víctimas se detuvieran en un lugar conveniente para dar el golpe? ¿Por qué se ensañaron en la mujer, limitándose a darle un golpe en la cara al marido? ¿Quién y por qué le puso una linterna en el bolsillo de su anorak al señor Balet, las llaves de su coche y su cartera al alcance de la mano? ¿Por qué trasladaron el Seat 1500 del señor Balet a dos kilómetros de distancia, llevando dentro a él inconsciente y a su esposa muerta? ¿Por qué dejaron el cadáver sobre el arcén y a él lo llevaron en brazos a quince metros depositándole en el suelo?

Muchas interrogantes se alzaron y todas ellas inclinaban a sospechar que en el caso había un trasfondo siniestro en el que tenía un importante papel el propio señor Balet, a quien habían internado en la Clínica Universitaria de Pamplona a primeras horas del lunes con «contusión cerebral y un ligero hematoma en el vértice nasal», por lo que sería sometido a observación cuarenta y ocho horas.

Se dedujo que la contusión era obra de alguien que se encontraba en el asiento trasero de su automóvil y en cuanto al golpe recibido en la nariz, debió aplicársela en el lugar en que él volvió en sí, ya que allí apareció un charquito de sangre (formado por goteo) que, curiosamente, no llegó a manchar la pechera de su camisa, debido tal vez a que él, «herido», se hallaba de pie.

Tampoco se manchó de barro o de tierra las ropas, sólo en las rodillas quizá porque en esa postura le dejaron sus agresores. En la manga derecha del anorak sí tenía una mancha de sangre con gravilla, lo que se explicaba al saber que él había recogido el cuerpo sin vida de su mujer, que estaba en el arcén, para depositarlo en el asiento de su coche, antes de agitar el pañuelo ante el utilitario que ocupaban los que habrían de auxiliarle.

Tres días después del suceso, Balet pudo salir de la clínica para acudir al juzgado a puntualizar algunos detalles ante el juez instructor y, ya dado de alta, se instaló en el hotel Maisonave, donde su hermana y su cuñado me dijeron:

-Se ha recuperado muy bien de sus heridas, pero psicológicamente está deshecho. Tiene muchos deseos de volver a su casa y ver a sus cuatro hijos. Él no puede recordar nada, porque nada presenció, como ya ha declarado a las autoridades.

Luego supimos que se encontraba muy deprimido, por lo que se llegó a pensar en ingresarle en un centro psiquiátrico, pues así lo había precisado en fecha relativamente reciente por padecer una fuerte depresión.

El fotógrafo y yo nos trasladamos a Zaragoza, donde habían nacido y tenían su residencia los cónyuges. Toda la población estaba conmovida. María del Pilar Cano y Jaime Balet, ambos de treinta y nueve años, pertenecían a dos familias muy conocidas y estimadas, de alto nivel social y acaudalada posición económica. Allí supimos que el esposo había sido concejal, teniente de alcalde y delegado de Tráfico; que era profesor mercantil y que había ocupado cargos directivos en algunas empresas familiares. Sus cuatro hijos, dos niños y dos niñas, tenían entonces entre doce y ocho años.

La mayoría de sus amigos y conocidos nos informaron de que ambos eran simpáticos, buenos, alegres, encantadores; pero también hubo quienes hablaron de que «recientemente habían pasado una temporada algo distanciados».

Nosotros ya sabíamos que Balet había comentado con las personas que le atendieron aquella trágica noche: «Hace poco más de un mes que habíamos hecho las paces.»

Nos comentaron que a la infortunada señora de Balet la habían enterrado en Monegrillo, pequeña localidad que se encuentra a cuarenta y cuatro kilómetros de Zaragoza, en la que su familia tenía la casa solariega, el martes 1 de mayo, y que el ataúd se había depositado en el panteón familiar, único existente entonces en el diminuto cementerio. Nosotros fuimos a Monegrillo, naturalmente, y nada más llegar nos enteramos de algo conmovedor.

A primeras horas de aquella misma mañana, un niño de doce años, Jaime Balet Cano, se enteraba en Zaragoza de que su madre iba a ser enterrada en Monegrillo. Se había tratado de ocultar a los hijos la inmensa tragedia, pero la supieron y Jaime tuvo enormes deseos de acudir allí, sintió que tenía derecho a rendir ese último homenaje a su madre y, desatendiendo los consejos de su ama y de sus hermanos, escapó de su casa, tomó un taxi y le pidió al conductor que le llevara a Monegrillo. El ama había salido tras él para evitarlo, pero al no poderle disuadir le acompañó.

El pequeño Jaime llegó tarde; ya se había efectuado el sepelio, ya salían los albañiles que habían cubierto el nicho que la cobija en el panteón; pidió el niño que le abrieran la puerta y lo hicieron. Allí quedó él, fija la mirada en esa endeble pared que le separaba del ser más querido. Una patética escena que para siempre habrá quedado grabada en su memoria.

Hablamos con el ama de llaves de la casa solariega, que se llamaba Humildad y había visto nacer a «la señorita Pili», y nos dijo, con los ojos arrasados en lágrimas: «Cuando se recibió en esta casa la noticia creíamos que habían sufrido un accidente de automóvil… ¡Como al señor Balet le gusta correr!… Y esa manía de ir a jugar… ¿Por qué?, ¿es que no tiene bastante dinero ya?»

Recordaban en Monegrillo que la señora Balet había estado allí el jueves anterior, «como si hubiera tenido un presentimiento y quisiera despedirse de nosotros». Había comentado con una amiga que estaba cansada de viajar, que no quería hacer ese último viaje, porque estaba muy ocupada preparando la primera comunión de su hija menor, pero su esposo acabó convenciéndola. Para los vecinos de aquel pueblecito no cabía duda de que Pili seguía tan enamorada de su marido como el día que se casó.

Después de esta peregrinación al lugar del que era oriunda la víctima, volvimos a Velate, al lugar del crimen; todavía estaban allí las piedras que cercaban la tierra empapada en sangre de la pobre señora de Balet y los dos siniestros surcos hechos por los tacones de sus zapatos, uno de los cuales se partió hacia atrás cuando ella se resistía con todas sus fuerzas a ser apartada del coche, mientras, al parecer, la empujaban al interior de éste. También vimos aún señalizado el lugar en que se encontró la barra de hierro utilizada como arma asesina, que medía veinticinco centímetros por cuatro.

Aquel día sacamos varias fotografías de la gran explanada destinada a aparcamiento que existe al lado del hostal de Ulzama, separado por la carretera de una gasolinera que permanece de servicio toda la noche. En tal explanada podía haber aparcado su coche el señor Balet, si no quería descansar en el hostal, en vez de arriesgarse a hacerlo en el lugar oculto y solitario en que lo hizo.

En Pamplona, al preguntar en el hotel por el señor Balet, nos informaron de que -como se presentía- había ingresado en el hospital psiquiátrico a petición propia, ya que padecía una fuerte depresión que había ido en aumento a medida que se repetían los interrogatorios. De aquella asombrosa tranquilidad que había mostrado durante los tres días siguientes al crimen ya no quedaba nada; había ido decayendo por momentos y empeoró el saber que un amigo, Juan Midón Leyva, antiguo compañero de estudios, había sido interrogado. El mismo día que Balet se recluyó en el centro psiquiátrico fue procesado Midón, y algo más tarde lo serían también dos alemanes, aunque en rebeldía, ya que no estaban en España, Helmuth Hans Pachert y Peter Simeth.

El cerco se iba cerrando. Midón resultó ser un sujeto que se hacia pasar por abogado cuando sólo había cursado tres años de Derecho y que estaba reclamado por varios juzgados por asuntos monetarios. Sobre él nos informaron, en un nuevo viaje que hicimos a Zaragoza, quienes le conocían bien. Decían que Midón había cometido frecuentemente falsedad, falsificación, engaños, estafas… Por todo ello, se consideraba que a Jaime Balet podía perjudicarle su amistad y no se comprendía cómo se dejaba ver en su compañía infinidad de veces.

Fue en esa segunda visita a la capital aragonesa cuando nos enteramos de muchos detalles interesantes, pues en casos como aquél, sabiendo que eran muchas las personas interrogadas, cuatro procesamientos, que había un par de mujeres mezcladas y tres extranjeros por lo menos y no contando con información oficial, es lógico que proliferen las fantasías.

Se nos dijo que «en este asunto hay una mujer muy amiga de Balet y el matrimonio se lleva mal, pero como hay cuatro hijos…». No hice mucho caso, ya que en Monegrillo se aseguraba que los cónyuges estaban muy enamorados, que él siempre quería viajar con su mujer y cuando no lo hacía le traía buenos regalos, pero resultó que esto no era cierto y lo otro sí.

No una mujer, sino dos, fueron interrogadas por el juez instructor largamente. Una era Ana Álava y otra una amiga suya, ambas internadas en una clínica psiquiátrica de Elizondo, a cincuenta y seis kilómetros de Pamplona. Ana, conocida por «la Alemana», llevaba dos meses en dicho centro disfrutando de régimen abierto: podía salir a voluntad, recibir visitas y utilizar el teléfono. Era secretaria ejecutiva del padre de Balet y luego se supo que el hijo se había enamorado perdidamente de ella.

Cuando estuve en aquella clínica, su director me dijo que estaba allí para hacer un estudio de su personalidad, de algunos aspectos conflictivos y aplicarle un tratamiento que duraría un par de meses. En cuanto a los motivos del juez para interrogarla, se limitó a decir que: «Le interesa conocer sus movimientos en sentido general. Creo que ella no tiene nada que ver en los hechos y puedo asegurar que la noche del 29 de abril estaba aquí.»

Era lo más natural que esa noche no saliera, ya que su amigo Balet viajaba con su esposa, que era la única mujer que se necesitaba en el puerto de Velate, la que había sido condenada a muerte. Como luego se sabría, Ana sí había tenido que ver, ¡y mucho!, en los hechos.

Se conocía ya que los dos alemanes buscados por la Interpol habían pasado mes y medio en Zaragoza, hospedados en el hotel Oreal, y que habían desaparecido a raíz del asesinato. Tanto Helmuth como Simeth habían residido antes en Madrid, se les había visto varias veces con Midón y éste, incluso, se hospedaba con ellos en el mismo hotel. A los tres se les había visto con Balet en el bar del Parque de Zaragoza.

Pude saber que Midón llevó a reparar su coche a un taller de la calle Espronceda de Madrid, acompañado de uno de los alemanes, y como ya se habían publicado sus fotografías en la prensa, fui a preguntar si era cierto; uno de los mecánicos me dijo:

-Sí, estuvieron aquí… A mí me llamó la atención el aspecto brutal del alemán, se lo comenté a Midón, y él dijo: «¿Este?… Por veinte mil duros es capaz de matar a cualquiera.»

Por otra parte, supe que Midón tenía en su coche, un Morris, una linterna grande, la misma, al parecer, que se usó para examinar y asustar a la pareja de novios de Velate.

En otro viaje que hice a Navarra, al pasar ante el puesto de la Guardia Civil de Olagüe, entré a saludar al sargento y éste me dijo que el juez instructor le había encargado que si yo «aparecía por allí, me dijera que deseaba hablar conmigo, que fuera a verle al juzgado», y fui. Me sorprendió diciéndome:

-Tenía interés en verla, porque quiero que me diga de dónde saca usted la información, porque está publicando cosas que pertenecen al secreto del sumario.

-Pues no crea usted que me la da la Guardia Civil o la Policía le respondí-. Verá usted, señor juez … Yo «saco» la información de donde usted: de los testigos… Lo que pasa es que a usted se los traen aquí y yo tengo que ir a buscarlos, al caserío, al maizal, al hostal, a la gasolinera, vamos, que voy como de cotilleo y, como esas personas no están obligadas a guardar secreto, pues me cuentan lo que vieron e incluso lo que han oído en el cuartel, en la comisaría y en el juzgado… Además, hay otras personas que saben cosas, pero no quieren declarar ante las autoridades y me las dicen a mí.

-¿Pero qué es lo que han podido «oír» en este juzgado? -preguntó.

-Le pondré un ejemplo: usted le dijo a un testigo que si Balet le había comentado que al despertar en el monte, a quince metros de la carretera, había encontrado cerca de su mano las llaves de su coche; él no sabía nada de eso. Luego, no creyó que debía guardarlo en secreto y me lo dijo a mí después de esta entrevista quedé convencida de que la información que yo estaba dando en mi revista era acertada, así como otra buena parte que me reservaba, precisamente por respeto al secreto del sumario.

Volvimos de nuevo al psiquiátrico de Elizondo, cuando ya sabíamos que los gastos de la señorita Ana Álava eran costeados por el señor Balet, con el que salía para viajar por el extranjero y por la península frecuentemente. Allí no se nos dio más información que la prohibición expresa que existía de que fuera entrevistada, personal o telefónicamente, por periodistas.

Y nos fuimos a Zaragoza otra vez, donde pudimos saber que lo que se suponía sobre una banda de mafiosos iba a quedar reducido a una simple cuestión íntima. Se decía que Jaime Balet, enamorado perdidamente de otra mujer, pretendía separarse de su esposa y ella se negaba, porque sabía lo que tal situación perjudicaría a sus hijos; no podía olvidar lo que había sufrido cuando sus propios padres se separaron siendo aún una niña. Además, María del Pilar Cano quería a su marido tanto como cuando se casó con él.

Advertimos que iba tomando cuerpo la sospecha de que estábamos ante un asesinato cuidadosamente planeado, pero descuidadamente realizado; una chapuza, en fin, que la meritoria labor de investigación de la Guardia Civil (3ª Compañía) de Navarra llegaría a poner en claro.

Y, !cómo no!… Tuvimos que ir a Pamplona, donde había novedades: Balet, que había estado en el sanatorio psiquiátrico, pero saliendo y entrando a voluntad, hizo una de estas salidas para acudir al juzgado, a fin de puntualizar algunos aspectos de sus anteriores declaraciones; pero ya no regresó a dicho centro, porque el juez ordenó su inmediato ingreso en prisión junto con su amigo Juan Midón Leyva.

Durante diez días pudieron departir tranquilamente, hasta que una disposición judicial determinó que se les mantuviera incomunicados, con lo que ambos se vieron privados de noticias sobre el desarrollo de los largos interrogatorios.

Se nos filtró la noticia de que Midón tenía una coartada, por la cual se había llegado a la conclusión de que no pudo estar la noche de autos en el lugar del crimen y que, por tanto, no era «el hombre de la linterna» que asustó a los ya famosos novios de Iraizoz.

Por otra parte, había dicho que su coche Morris estaba en un taller de reparaciones y que tal vez lo había sacado sin su consentimiento uno de los dos alemanes que con tanto interés buscaba la Interpol por Alemania y Holanda. Alguien nos había dicho que Midón había tenido una violenta discusión con un alemán al que acusaba de haberle cogido las llaves del coche mientras dormía. Y debía ser verdad, porque tanto la marca, como el color y las dos primeras cifras de la matrícula de ese coche coincidían con el que llevaba el «hombre de la linterna».

El 31 de julio tres meses después de someterse el asesinato, la Policía alemana, a requerimiento de la Comisaría General de Investigación Criminal, detuvo en Munich a Peter Johann Simeth de veintisiete años, por existir indicios racionales de que él y su compatriota Helmuth Hans Pachert, de su misma edad, eran los autores materiales del crimen y estaban muy relacionados con Balet y Midón.

Un querido y eficiente compañero de redacción, Seferi, se desplazó a Biarritz y logró conseguir en el casino varias fotocopias de las fichas que se extienden a todos los clientes, en las que se evidencia que Helmuth había coincidido los sábados 7 y 14 de abril con el matrimonio Balet; igualmente se enteró de que no se les había visto juntos ni un momento, ya que, al parecer, lo que se pretendía era que el alemán conociera a la mujer que tenía que matar. También había fichas a nombre de Ana Álava Causapé, que había ido otros sábados con Balet.

Los investigadores llegaron a la conclusión de que el crimen cometido en el puerto de Velate era un brutal asesinato por encargo. Luego se sabría que Balet había pagado por ello un millón de pesetas y que su complace, Midón, acompañó a Helmuth a comprar una barra de hierro de iguales características a la empleada para golpear bárbaramente a María del Pilar Cano. Se supo también que, durante los preparativos, Midón usaba el nombre falso de Juan Porta Amat.

Transcurrieron algo más de cuatro años hasta que se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Pamplona Tribunal compuesto por cinco magistrados, ya que tanto el Ministerio Fiscal como los acusadores privados solicitaban para los dos procesados, Balet y Midón, la pena de muerte. El primero era inculpado de un delito de parricidio con las agravantes de alevosía, premeditación, precio, nocturnidad, desprecio de sexo y parentesco; el segundo por asesinato con las agravantes de alevosía, nocturnidad, desprecio de sexo, precio y premeditación.

En el caso de que les fuera conmutada la pena, se pedía la prohibición de volver a Zaragoza en treinta años y la privación de la patria potestad a Balet sobre sus hijos, a los que tendría que indemnizar con un millón de pesetas a cada uno y a los padres de la víctima con doscientas cincuenta mil pesetas. Los defensores pedían la libre absolución, naturalmente.

A las diez y media de la mañana del lunes 19 de septiembre de 1977 comenzó la vista de la causa, con gran afluencia de público. Jaime Balet, notablemente envejecido y delgado, vestía un ajado traje gris oscuro y estaba algo constipado. Como no permitieron que se les quitaran las esposas, ambos acusados tuvieron que permanecer con las manos a la espalda; Balet cruzó las piernas y, de cuando en cuando, se limpiaba la nariz con la rodilla, en el pantalón. En una ocasión pidió que le dieran un vaso de agua para tomar un tranquilizante y le fue denegado.

El fiscal jefe de la Audiencia comenzó su informe diciendo que se iba a «juzgar uno de los más graves, repugnantes y tristes crímenes que recuerda la historia de los crímenes españoles. Dos de los autores comparecen aquí y otros dos serán juzgados en Munich, en virtud del principio de no extradición mantenido por Alemania. Aquí ha habido lujuria y soberbia, un apetito desordenado de los más sucios deleites. Los hechos son una infracción gravísima al no matarás y una falta de amor al prójimo. Yo no quiero que sea contemplado con morbosidad este relato, sino que quienes escuchen saquen una provechosa lección de moral, porque estas tragedias nos pueden alcanzar a todos, a mí el primero, si no observamos los mandamientos de la Ley de Dios, los cristianos; las leyes naturales, los ateos u hombres de bien».

Después, el fiscal, don Ricardo Querol, dijo que a veces se acusaba a la «Prensa de sensacionalismo, olvidándose que con mucha frecuencia cumple una importante función social y, a veces, da en la diana, como lo ha hecho el semanario El Caso con el título de su serial sobre Velate: «Asesinato por encargo».

Por su parte, el abogado defensor, don José Lecumberri, que patrocinaba a Balet, afirmó durante su discurso de conclusiones que «el sumario del “Crimen de Velate” se ha mantenido tan secreto durante estos cuatro años que yo, a pesar de ser abogado defensor desde el principio, sólo he podido enterarme de los pormenores de lo sucedido a través de las páginas de El Caso».

El secretario del Tribunal dio lectura a las conclusiones provisionales, dando cuenta de los hechos (que ya quedan relatados), y así nos enteramos de algunos detalles hasta entonces desconocidos, como que Balet conoció a Ana en 1970 y en seguida sintió un deseo obsesivo de convertirla de amante en esposa; que Ana se fue a vivir a Munich, a donde él iba a visitarla con frecuencia y le abrió una cuenta bancaria de tres millones de pesetas.

En enero de 1973 Balet y su esposa viajaron a Torremolinos para ver al psiquiatra, a fin de que les examinara a ambos, con vistas a la preparación de un expediente de nulidad de matrimonio, y entonces se enteró Pilar de que su marido quería separarse de ella.

Posteriormente, Ana regresó de Alemania para celebrar una reunión en Madrid con Balet y su esposa. Para el fiscal, ya en aquellos momentos el acusado albergaba en su mente la idea de eliminar a su mujer, por lo que entró en contacto, el 8 de febrero, con Juan Midón y se entrevistó con él en una cafetería madrileña; en presencia de un amigo de éste, Helmuth Hans, le pidió que preparase lo necesario para eliminar a su esposa y le dijo que al día siguiente fuera a recoger en un bar un sobre que le dejaría a nombre de Juan José Sánchez. Aquel sobre contenía siete mil dólares y una nota que decía: «Tres mil dólares para ti, tres para Helmuth Pachert y mil para gastos».

Midón y Pachert se fueron a Zaragoza y se instalaron en el hotel Oroel; Midón se compró un coche con el que hizo varios viajes, uno de ellos a Barcelona para comprar un pasaporte falso. Allí encontró Pachert a un compatriota, Peter Simeth, quien se encargaría de cometer el asesinato cuando Pachert se negó a hacerlo; volvieron los tres a Zaragoza al mismo hotel y compraron otro coche. El 8 de abril viajaron a Biarritz y entraron en el casino donde se encontraba el matrimonio Balet-Cano, a fin de conocer a la mujer.

Balet pasó un mes en un sanatorio psiquiátrico de Tarragona, sometido a una cura de sueño, y Ana ingresó en otro de Elizondo; ambos estaban deprimidos. Los dos viajaron luego frecuentemente a Francia para asistir al mismo casino.

El 26 de marzo Balet comunicó a su familia su propósito de separarse de Pilar, pero pronto rectificó, trató de hacer las paces viajando con ella y sus hijos al Aaiún, viaje al que siguieron un fin de semana en Biarritz y el último, que lo hicieron el domingo 29, aunque ella no quería ir porque sentía miedo, ya que la vez anterior habían observado que les seguían dos sujetos.

Para que Simeth conociera mejor a su víctima, Midón le había llevado a un restaurante de Zaragoza en el que se hallaba el matrimonio, y decidieron que el último fin de semana sería la fecha. Simeth fue a conocer el lugar elegido y resolvió esperar en la venta de Ulzama a que llegara el momento de actuar, sin pensar que su presencia allí serviría para identificarle como el asesino.

Tras mencionar el incidente de los novios inspeccionados por el «hombre de la linterna», el secretario pasó a describir la escena del crimen: el asesino atacó a la mujer golpeándola brutalmente con una barra de hierro en la cabeza hasta matarla; luego colocaron el cadáver en el suelo, ante el asiento delantero del coche de Balet, y lo dirigieron kilómetro y medio más abajo. El alemán se internó en el bosque con Balet y le golpeó con cuidado, utilizando una barra de plomo envuelta en una bayeta y sujeta con cinta aislante, y le produjo heridas leves en la nariz, ceja, labio, frente y mejilla.

El alemán salió huyendo con el bolso de la víctima, pero le dejó sus valiosas joyas, así como la considerable cantidad de dinero que había en el coche. Balet salió a la una y media de la madrugada a la carretera, haciendo serías con su pañuelo ensangrentado a los coches para que se detuvieran a auxiliarle. La barra de plomo se encontraría en el coche de Midón.

Jaime Balet, puesto en pie, fue interrogado por el fiscal durante más de dos horas y luego por el acusador particular. Declaró sus amores con Ana, sus desavenencias con su esposa y hasta sus intentos de rehacer su matrimonio o deshacerlo, para lo que pidió consejo a un psiquiatra. Habló de sus cartas a Ana, en las que intentaba romper sus relaciones con ella, sin llevarlo a cabo.

En cuanto a su trato con los dos alemanes y todo lo que podía relacionarle con el crimen, se negó a admitirlo. Afirmó que no tenía explicación para lo que había ocurrido en Velate, pero se consideraba inocente. Demostró tener una memoria prodigiosa, pero sus razonamientos para rebatir las acusaciones fueron… demasiado simples. Por ejemplo, al preguntarle cómo siendo él más fuerte los atracadores habían ido a por su mujer, contestó: «Pudieron pensar que ella les había reconocido».

Al referirse el fiscal a lo sorprendente de que si se trataba de un atraco hubieran dejado las joyas que su esposa llevaba puestas -los anillos de brillantes, el reloj de turquesa y los pendientes de perlas-, a lo que anteriormente había declarado que «quizá sería porque ellos temían ser identificados por las joyas, por no perder tiempo tal vez», dijo Balet: «No hay duda de que actuaron con precipitación.» Midón siguió el ejemplo de su amigo, habló mucho pero no dijo nada.

No es posible reflejar aquí todo lo que se dijo en el juicio, pero puedo asegurar que tanto el fiscal como los acusadores particulares «desmenuzaron» prácticamente toda la trama que se había urdido para llevar a cabo un asesinato tan sórdido como chapucero.

Se citó a treinta y siete testigos, algunos de los cuales no se presentaron y otros, unos doce, decidieron a los tres días volver a sus casas, fuera de Pamplona, porque con una dieta de 14,70 pesetas al día no podían pagar su manutención.

Declararon, entre otros, el teniente de la Guardia Civil, Emilio Franco, que era sargento cuando se produjeron los hechos, al que los defensores trataron con bastante dureza; dos doctores -el que practicó la autopsia a Pilar Cano y el que atendió a Balet- que estuvieron de acuerdo en que no podía haber estado sin conocimiento más de un minuto y no dos horas como él trataba de hacer creer; el psiquiatra que le había tratado dijo que Balet era un psicópata activo capaz de actuar contra la Ley, de afectividad inestable, egocéntrico y deseoso de adaptación, y explicó las tensas situaciones vividas por el matrimonio y la amante, que se negaba a vivir con él mientras estuviera casado.

Faltó una testigo, a la que todos deseábamos ver: Ana Álava, que había interpretado un importante papel en la tragedia. Sorprendentemente no se la había citado, pero cuando el fiscal sacó un fajo de cartas, de las cuales leyó varias, que le había enviado a ella su apasionado amante y que le incriminaban, evidentemente, entendimos que las habría entregado a cambio de no comparecer en el juicio.

La mayoría de los allí presentes nos asombramos al sentir cierta compasión por aquel hombre, profundamente enamorado, que sin duda fue inducido por ese amor a cometer un crimen tan atroz, porque su amada no se conformaba con ser sólo su amante y exigía ser su esposa… Y en esos momentos, cuando se pedía para él y su cómplice la pena de muerte, ella le traicionaba entregando al Ministerio público esas cartas tan íntimas y reveladoras. Se ganó el general repudio.

El 1 de octubre de 1977 se hizo pública la sentencia de muerte, conmutada automáticamente en gracia al indulto promulgado el 25 de noviembre de 1975 a raíz de la subida al trono del entonces príncipe de España; tras haber sido aprobada por referéndum la Ley de Reforma Política, se beneficiaron con la reducción de la cuarta parte de sus penas, y como además se les descontaron los cuatro años y cinco meses que permanecieron en prisión preventiva, el señor Balet y el señor Midón saldaron sus cuentas con la justicia hace ya unos cuantos años. Al parecer, el primero se volvió a casar y reside en una ciudad gallega, en la que ha podido rehacer su vida perfectamente.

Sólo queda decir que los dos alemanes fueron juzgados en Alemania y que la sentencia se dictó la última semana de junio de 1980; a Peter Johann Simeth le condenaron a cadena perpetua y a Helmuth Hans Pachert, en su calidad de cómplice, a seis años de prisión.

 


AUDIO: LA VOZ DE LAS SOMBRAS – EL CRIMEN DE VELATE


 

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