El crimen de Suevos

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Crimen de Suevos
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Asesinato - Bernardo del Río junto a su criado, Manuel Folgar, mató a su esposa a pedradas
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 18 de marzo de 1920
  • Fecha de detención: El mismo día
  • Perfil de las víctimas: Carmen Fernández Martínez, Rita, esposa de Bernardo del Río, de menor categoría social que su marido y madre de dos hijos
  • Método de matar: Pedradas en la cabeza
  • Localización: Arteixo, A Coruña, España
  • Estado: El 3 de febrero de 1922, Bernardo del Río y Manuel Folgar son condenados a 14 años, 8 meses y 1 día de reclusión
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Enmascarados para matar (El crimen de Suevos)

Carlos Fernández
15 de noviembre de 2017

La simulación de un asalto es un recurso común de los criminales, especialmente cuando éstos van en pareja o número superior, pues pueden ser testigos de su propia coartada. Un triángulo no menos clásico que el marido-esposa-amante es el marido-criado-esposa. Tal sucedió en un crimen famoso ocurrido en la Galicia de comienzos de la década de los veinte que tuvo por escenario la parroquia de Suevos, del término municipal de Arteixo (A Coruña) y por protagonistas a un matrimonio de alcurnia y su respectivo criado, llamado Folgar, o «el hosco Folgar», como decían los cronistas de sucesos de la época para acentuar más su desgracia.

Don Bernardo del Río Buch, 38 años, era un prestigioso ingeniero industrial de A Coruña. Hijo del bizarro teniente coronel del Ejército don Bernardo del Río y de doña Avelina Buch, señora de grandes virtudes, a quien su hijo debía el acrecentamiento de su fortuna a la vez que la carrera de ingeniero, la cual había estudiado en Barcelona y completado en Alemania.

El ingeniero se había casado en 1915 con doña Carmen Fernández Martínez, a la que llamaban Rita y que era de menor categoría social que aquél (su padre había sido portero de la Delegación de Hacienda), con la que había tenido dos hijos de 4 y 2 años respectivamente.

El señor Del Río había ejercido su carrera en A Coruña, estando destinado en el catastro, cargo al que renunció al morir su madre, trasladándose a vivir con su anciano tío y su suegro, Antonio Fernández, al pazo que el primero tenía en el lugar de Suevos.

Tras unos primeros años de felicidad, las desavenencias comenzaron en el matrimonio Del Río. En Suevos las opiniones eran varias. Unos decían que la esposa tenía un carácter irascible e incluso violento, próximo a la locura, por lo que su marido había iniciado un expediente para incapacitarla. Pero según otros, el culpable era don Bernardo, que tenía una facilidad desmedida para el enamoramiento de toda joven que le cayese a mano.

El servicio del pazo lo constituían una vieja cocinera, una criada o doncella llamada Julia y el criado Manuel Folgar y Folgar. Era este un joven alto, huraño, hijo de soltera y mal encarado, «el hosco Folgar», a decir de la prensa, que añadiría jocosamente: «Era Folgar una especie de “Rubio” de La malquerida».

En los últimos tiempos, los disgustos en el matrimonio habían aumentado. A causa de ellos, doña Rita había huido del pazo en dos ocasiones, viniendo a A Coruña a refugiarse en casa de una amiga suya de la infancia, que estaba casada y vivía en una calle del Ensanche.

La última vez que huyó de Suevos había sido a finales de 1920. Había sostenido una fuerte riña con su esposo y temiendo más que a éste a su criado Folgar, a quien suponía capaz de matarla, no se detuvo doña Rita ni aun a vestirse debidamente y aun en zapatillas y con la ropa de casa que tenía puesta, salió despavorida con rumbo a A Coruña. Recogida en su domicilio por su íntima amiga, ésta y su esposo terciaron en el caso y lograron convencerla para que volviese al pazo de Suevos si no a pedir perdón o a ampararse con su marido, sí al menos a cuidar de sus hijos pequeños.

Con el incremento de las desavenencias conyugales, Rita comenzó a sufrir ataques de histerismo.

Don Bernardo administraba desde el pazo su fortuna, consistente en su mayoría en tierras y casas en Arteixo y Carballo. También tenía una casa en la calle de la Florida y otra en Riego del Agua, San Nicolás y Panaderas de A Coruña.

De asalto a asesinato

El jueves 18 de marzo por la tarde el matrimonio Del Río había estado visitando al alcalde de Arteixo, Toribio Salvadores, y a los vecinos del mismo pueblo José Borrazás, Leandro Veiga, viuda de Mardones y su hija Josefa. Como era el santo de su hija al día siguiente, la viuda de Mardones obsequió a los Del Río con galletas, dulces y unas copas de jerez. Cuando se despidieron, les entregó unos dulces para que obsequiasen con ellos a sus hijitos.

De Arteixo salieron en carruaje conducido por su criado Folgar, minutos antes de las nueve y media de la noche. Aproximadamente una hora y media después, el criado acudió pidiendo socorro a unos vecinos distantes 300 metros del pazo de sus señores, diciendo que éstos habían sido atacados por unos enmascarados y que la señora estaba malherida y el señor maniatado.

Los primeros vecinos que llegaron al lugar del asalto vieron a doña Rita moribunda, aunque con la fuerza suficiente para pronunciar dos enigmáticas palabras: «Mi marido…», que a los vecinos les pareció un recuerdo de despedida postrera.

Pronto comentaron aquellos lo raro que resultaba que los enmascarados no hubiesen robado a doña Rita las alhajas que llevaba en las orejas y en los dedos, así como que el criado no presentase el más leve golpe o arañazo.

Posteriormente se comentó también que resultaba extraño que el señor Del Río no hubiese podido levantarse y correr en auxilio de su esposa durante la hora en que maniatado permaneció en tierra a cuarenta pasos de aquélla.

Personado en el lugar de los hechos el juez de instrucción, señor Núñez de Cepeda, ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado a la iglesia de Suevos para efectuar la autopsia.

Otro dato sospechoso de la inspección ocular que el señor juez practicó en el pazo de Suevos, fue encontrar un rollo de cuerda, igual al que los enmascarados habían usado para aprisionar las muñecas de don Bernardo.

Las manchas de sangre en unas ropas del criado Folgar encontradas en su casa fue lo que determinó el encarcelamiento del mismo, al que siguió poco después el del propio señor Del Río. El hecho causa una gran conmoción en A Coruña, en donde la familia era muy conocida.

«Una cuadrilla de enmascarados comete un alevoso crimen en Suevos. Tragedia en la noche», titula en primera a dos columnas el sábado 20 La Voz de Galicia, añadiendo:

«De los seis facinerosos enmascarados nada se sabe. Parece que los atacados han manifestado que aquellos llevaban cubierta la cabeza con trozos de saco y que algunos, por lo menos, hablaban castellano».

El crimen de Suevos

El crimen de Suevos: los restos del pazo, tal como se encuentran hoy día.

 

En la tarde del sábado 20 se efectúa la autopsia al cadáver de la víctima. Antes estuvo expuesto en el atrio de la iglesia de Suevos en donde se dijeron unos responsos.

Practicó la autopsia el médico señor Villardefrancos, acompañado del titular de Arteixo, señor La Riega.

Se le aprecian a la víctima nueve heridas, todas en la cabeza. Tres de ellas están calificadas de mortales de necesidad. Una en el parietal izquierdo, otra en el occipital y otra en la nariz con la fractura de los huesos de la misma y del maxilar superior.

Todas fueron producidas por piedras halladas en el lugar del suceso, suponiéndose que la víctima recibió el primer golpe en el occipital por la espalda, cayendo entonces sin conocimiento y ya tendida así en el suelo consumaron el asesinato golpeándole la cabeza con piedras hasta que murió.

Para que no se moviese mientras de forma tan cruel le daban muerte, la sujetaron sin duda por los brazos, puesto que en el izquierdo se advertirán las huellas de haber sido aprisionada. Tras la autopsia, Carmen (Rita) Fernández fue enterrada en el cementerio de Suevos, acompañada de un enorme gentío.

Llevadas al Laboratorio las ropas de Folgar, se comprueba que las manchas del pantalón de pana son de sangre. Crece cada vez más la tesis del asesinato por el sirviente. Sin embargo, la actitud del señor Del Río, que se niega a hablar en extenso de los hechos, y no hace más que llorar, no permiten avanzar la investigación. Siguen declarando testigos, entre ellos el tío y el consuegro del señor Del Río, pero poco aportan a la investigación.

El lunes 22 de marzo, es interrogado el señor Del Río por espacio de dos horas por el juez, señor Núñez Cepeda y el fiscal-jefe de la Audiencia, señor Delgado. Niega haberse puesto de acuerdo con el criado para matar a su esposa, de la que dijo era muy celosa, teniendo con ella frecuentes riñas en el transcurso de las cuales ella le pegó. Insistió en la escena de los enmascarados, que eran cinco. Cuando se veía más apurado por el interrogatorio, se echaba las manos a la cabeza y comenzaba a llorar. El criado Folgar mantiene parecida actitud e indica que los enmascarados eran seis.

Pero la endeble historia de los enmascarados se desploma. Eran tantas las contradicciones que no cuadraban en cabeza sensata el cómo cinco o seis encapuchados asaltan al matrimonio, matan a pedradas la esposa, atan al marido sin lastimarle lo más mínimo, no se llevan ni dinero ni joyas y se marchan tan tranquilos.

El martes 23 es el día del desenlace. A primera hora de la mañana el director de la cárcel del Parrote llama al juez, señor Núñez Cepeda, comunicándole que el preso señor Del Río, que sigue incomunicado, quiere verle con urgencia tras haber pasado una terrible noche de insomnio.

Del Río, tumbado sobre la cama, está pálido y descompuesto. Nada más ver al juez le dice:

–Basta de martirios. ¡Voy a decir la verdad y nada más que la verdad!

Tras un breve resumen de las penalidades pasadas en su matrimonio por la, según él, enfermedad de su mujer, comenzó a relatar los hechos de la noche de autos. Dijo que a la vuelta de Arteixo, doña Rita, que había estado comedida toda la tarde, se volvió irascible, comenzando a insultarle. Hasta cerca de la taberna de Benjamín, en Bordeiras, no cesó el altercado. Cuando el carruaje se detuvo para apearse los viajeros, la calma parecía renacer.

Allí, en una especie de cuadra, quedó el carruaje y a pie, seguidos del criado, emprendieron la subida de la cuesta. En la oscuridad renació la riña. La mujer comenzó a insultar al criado, y éste le dijo:

–Mire señora, conmigo non se meta.

Ella replicó airada, insultando más al criado.

La agresión

Entonces, Folgar, agachándose rápidamente, cogió una piedra grande y la estrelló contra doña Rita. Esta cayó de bruces, pero seguía gritando. Intervino entonces el amo, interponiéndose entre el criado y su esposa para tratar de contener a aquél. Folgar le asió bruscamente y lo tiró también al suelo.

Tras una pausa, el ingeniero cree recordar que Folgar le dijo:

–¡Estamos perdidos! ¡Qué hice! ¡Hay que rematarla!

El estaba en el suelo, medio aturdido, y cree que el criado consumó su obra salvaje. Luego intentó hacer fuego contra el Folgar con una pistola que llevaba, pero aquél se lo impidió.

Y fue entonces cuando, dominados por un pánico indescriptible, trataron rápidos de buscar una salida a la tragedia.

–Déjeme hacer –le dijo Folgar–. Yo le ato a usted las manos y aquí se queda. Corro a pedir auxilio y digo que nos asaltaron unos ladrones, que le robaron a usted, que la mataron a ella…

Del Río se hallaba tan agotado después de esta confesión, que le fue imposible seguir. Lo único que dijo es que se practicase un reconocimiento en el número 21 de la calle de la Florida de A Coruña en donde él acostumbraba a alojarse cuando venía a la capital herculina. A continuación, el juez se fue a interrogar al criado Manuel Folgar. Le dijo aquél:

–Basta ya de invenciones. Tu amo ya nos ha dicho la verdad de todo. Fuiste tú quien mató a doña Rita.

Y Folgar, sin inmutarse, contestó:

–Esta ben. Xa que o señorito o di.
–¿Pero usted lo afirma o lo niega?
–Si está ahí posto será verdad ¿non?

El misterio del crimen del monte de Suevos estaba aclarado y el auto de procesamiento contra Bernardo del Río y Manuel Folgar, dictado. Al día siguiente se levantaba la incomunicación a los dos detenidos, aunque continuaban en celdas distintas.

El 13 de abril de 1921 se celebra en la sala de la Audiencia coruñesa el juicio. «Parricidio y asesinato», titulan los periódicos. Preside el Tribunal D. José Vicites, al que acompañan los magistrados Granados y Sanz. Representa al Ministerio Fiscal Luis Pomares y actúan de defensores Gerardo Abad Conde, ex alcalde de A Coruña, por Manuel Folgar, y Barriobero, por Bernardo del Río. Ante una sala abarrotada de público comienza a declarar ante el fiscal el criado Folgar.

Manifiesta –como cabía esperar– que la noche de autos había bebido mucho vino en Arteixo y que iba mareado cuando llevó a sus amos a Suevos. Señala que doña Rita le insultó, pues tras haber dado él un palo al caballo, le dijo:

–Folgar. Tan bueno eres tú como el animal.

Luego continuó insultándole y él tenía miedo, pues su ama llevaba a veces una navaja. Le exasperó de tal manera que, sin ánimo de herirla, tuvo que arrojarle una piedra y luego huyó, llamándole de seguido el dueño para que volviese y urdiendo la historia ya citada de asalto de los encapuchados. Respecto a la lesión que tenía su amo, desconoce quién se la causó. Añade que su amo no le mandó matar a doña Rita ni le ofreció nada a cambio.

Dice también que doña Rita insultaba mucho a su padre, que el miércoles de Carnaval al pobre anciano se le ocurrió plantar un árbol en la finca y le llamó «viejo piojoso». Este quiso castigarla armado con una hoz y él tuvo que sujetarle.

Declaró luego que nadie quería entrar al servicio de la señora, pues tenía un carácter irascible y que ningún criado quería ir allí. Él estaba porque le pagaban 60 pesetas al mes. Incide en que estaba borracho aquella noche y que no sabía lo que hacía.

Declara a continuación el señor Del Río. Dice que si él hubiese querido matar a su mujer no hubiese precisado de ayuda.

Conozco bien la química –puntualizó el señor ingeniero– y ella me hubiera bastado en forma que no me comprometiera.

Dice que los criados no paraban en casa por la irascibilidad de su mujer y que las noches anteriores a la de autos habían regresado de Arteixo también de madrugada.

Declara que el criado iba delante alumbrando con un farol cuando ocurrió el suceso, se volvió al oír infamar a su madre y lanzó una piedra casi sin dirigirla contra su mujer. Al ver manar tanta sangre, él sufrió un desvanecimiento y al volver en sí fue cuando urdió la fábula de los enmascarados.

A preguntas del fiscal, niega el ingeniero que él tuviese relaciones en A Coruña con una señorita, aunque sí reconoce que su mujer tenía un amante. Contesta a continuación a las preguntas del defensor de Folgar y del suyo propio. Dice que si no se divorció de su mujer fue para evitar el escándalo, pero el caso es que hace dos años no hacían vida marital. Que poco tiempo después de casarse ya se destapó ella por su carácter dominante.

Reconoce asimismo el procesado que, en 1905, estando en Madrid, había padecido una dolencia mental, estando sometido varias veces a tratamiento por el doctor Simarro, y años después por el doctor Garcerán, teniendo desde entonces tendencia a la pereza mental.

Vuelve a preguntar el fiscal:

–¿Tenía todavía vida su esposa?
– Sí señor.
–¿El lugar en el que se cometió el crimen está en despoblado?
–Sí y no. Está entre casas, pero éstas se encuentran a unos 300 metros. Lo recuerdo bien.
–¿No pidió auxilio su esposa?
–Yo estaba desvanecido y nada oí.

Intervienen los peritos médicos

A continuación comparecen los peritos médicos. El señor Del Río abandona la sala «para no impresionarse». Dice el señor Barcia que el ingeniero padece una «epilepsia larvada» y que al sufrirla se queda «pasmado y en éxtasis». Explica los caracteres de esta enfermedad, señalando que los epilépticos sufren pérdida de memoria y que quienes sufren dicha dolencia tienen falta de voluntad para obrar.

De ello se deduce que si el ingeniero cometió el crimen fue bajo un impulso epiléptico y que si no lo cometió lo presencio impasible por encontrarse presa de un espasmo producido por la impresión que el hecho le causó.

El fiscal dice que lo expuesto por el señor Barcia es, más que un informe médico, una opinión personal, añadiendo que el hecho es traído por primera vez a los autos pues en el sumario nada se habló de él, señalando que como es preciso poner todo esto en claro, se suspenda la vista para hacer una información complementaria, a lo que se oponen ambos defensores.

La Sala, después de deliberar, accede a la petición fiscal. El público acoge la determinación con aplausos y se suspende el juicio.

El martes 31 de enero de 1922 comienza de nuevo el suspendido juicio, partiendo de cero. Preside el Tribunal el señor Rancaño, junto con los magistrados Vicites Ocampo y Fernández Bernal. Actúa como fiscal Luis Pomares y defensores los mismos del juicio anterior: Abad Conde y Barriobero.

El Jurado Popular lo preside Manuel Rivas, al que acompañan Ignacio Díaz, Pedro Arcay, Manuel Reboredo, Antonio Molina, Constantino Varcia, Juan López, Andrés Orro, Domingo Viaño, Manuel Barba, Manuel Pardo y Manuel Cordero.

El publico abarrotó la sala y las fuerzas de vigilancia tuvieron que ordenar a varios asistentes que abandonasen la sala pues rebasaban la cabida normal de los bancos.

Tras dar lectura a las conclusiones provisionales por el secretario Pérez Sierra se pasó a las declaraciones de los acusados, que se ratifican en lo dicho en el juicio anterior.

Por la tarde, se realiza el informe médico a cargo del director del manicomio de Conjo, don Juan Barcia, los médicos forenses García Ramos y Villardefrancos y el de la cárcel de A Coruña señor Crespo Fernández.

A preguntas del fiscal, señala el señor Villardefrancos que lo que el procesado Del Río sufre o ha sufrido son ataques neurasténicos, no epilepsia larvada, siendo por lo tanto responsable de sus actos. Con ello se muestra conforme el señor Crespo. El acusado se pone más pálido que un enfermo de tisis.

Habla después el señor Barcia, quien se ratifica en lo dicho en el juicio anterior: epilepsia larvada, durante la cual queda el procesado como sumido en éxtasis. De todo ello se deduce que, si el señor Del Río hubiese cometido el crimen, habría sido bajo un impulso epiléptico y que si no lo cometió, lo presenció impasible al encontrarse presa del espasmo que el hecho le causó.

El doctor García Ramos está de acuerdo con el largo informe del señor Barcia, que duró más de una hora y dejó medio dormidos tanto al Jurado como al público.

Pregunta el defensor, señor Barriobero, si por el hecho de que sea el pulso normal puede determinarse la enfermedad, a lo que el doctor García Ramos opina que sí, pues es un síntoma de desequilibrio mental.

Al defensor de Del Río le viene como maná caído del cielo esta deducción de los médicos, convertida en un atenuante más demostrable que la supuesta borrachera del criado Folgar. No es de esa opinión el fiscal, que pregunta al doctor Barcia:

–¿Cree usted que el señor Del Río es imbécil o loco?
–No señor.
–¿Pueden afirmar los señores peritos que don Bernardo del Río, al ocurrir el suceso, se hallaba bajo los efectos de la epilepsia?
–Asegurarlo, no, con muchas probabilidades, sí –replicaron los doctores Barcia y García Ramos.
–Como medida de higiene social ¿creen los peritos que el señor Del Río declarada su inculpabilidad, debiera ser recluido perpetuamente en una casa de salud?
–No señor, pues los epilépticos no suelen ejercer actos de acometividad, salvo contados casos, y el señor Del Río no es, además, impetuoso.

Tras un informe sobre la autopsia, termina la sesión.

El miércoles 1 de febrero, con la misma expectación y público, se celebraría segunda sesión.

Tras el informe de los peritos químicos sobre las manchas de la ropa de Folgar, que son de sangre, comienza el desfile de testigos.

Declara el primero el alcalde de Suevos, Francisco Fuentes López, quien fue de los primeros en llegar al lugar de los hechos, llamado por el criado Folgar. Pronto se dio cuenta –dice– de que aquello de los encapuchados era una patraña, aunque luego rectifica y dice únicamente: «En non vio os encapuchados».

Mujer correcta y prudente

Comparece después Benjamín González Sánchez. Dice que era buen amigo de don Bernardo y de su esposa, a la que consideraba una mujer «correcta y prudente». Agrega que cuando fue al lugar del crimen lo hizo acompañado de varios mozos del lugar y que disparó en el camino varios tiros al aire, pero que no vio a nadie.

Dice también que no vio en la tarde anterior en el pueblo que Folgar bebiese copa alguna.

Manuel Alvedro, otro vecino, manifiesta que le pareció oír a la víctima decir «mi marido» cuando estaba malherida, que no tenía piedras sobre la cabeza, pero sí cerca de ella y que era una buena señora. También asegura que Folgar no estaba embriagado ni le vio beber en el pueblo de noche.

Seguidamente iba a comparecer el testigo Antonio Lafuente, que está haciendo el servicio militar en el Regimiento de Ingenieros de Oviedo. Se encuentra en la sala vestido de uniforme, pero como no tiene permiso escrito de sus jefes, según el presidente de la Sala no puede testificar. Cosas de jurisdicciones.

Gertrudis Gómez Sabio, de 40 años, soltera, antigua cocinera de los Del Río, comienza haciendo reír al auditorio cuando asegura no haber sido procesada anteriormente «excepto por la gloria divina». Gertrudis, vivaracha y zumbona, sigue haciendo reír al auditorio cuando explica:

–En casa de don Bernardo serví en paz y en gracia de Dios Nuestro Señor hasta que en cualquier hora el señor me cogió manía y porque le aconsejaba bien llegó a desafiarme de muerte, lo mismo que a mi señorita. Mire usted. Yo lo declaro todo, porque yo no vendo mi declaración, aunque quisieron comprármela.
–¿Quién ha querido comprar su declaración?
–Ay, señorito. Unas personas que me pararon en el camino, pero yo seguí el mío sin hacer caso. Así es que como estoy amenazada de muerte, si me pasa algo la culpa será de don Bernardo.
–Diga usted lo que observó mientras sirvió en casa del señor Del Río.
–Bueno, hubo una noche que oímos ruidos afuera y don Bernardo se levantó, pistola en mano. La señora le dijo: «Un día van a venir unos enmascarados y no vamos a saber quién nos mató». A ello contestó don Bernardo: «Si vienen los enmascarados, tú serás la única víctima, pues los demás saldremos con vida». Yo le dije que por qué iba a morirse la pobre señorita y él me dijo: «Pues ten cuidado, no vaya a ser que también te mueras tú».

Añadió la habladora Gertrudis que en el pazo ya no había paz desde que don Bernardo conoció a la vecina, «la maestra», que era la que mangoneaba todo. Un día se lo dijo al señor y éste la mandó a paseo. A preguntas del señor Barriobero, dice Gertrudis que don Bernardo conversaba con la maestra largos ratos «hablando de cosas raras». Un día vio horrorizada como doña Rita era obligada a llevarle el desayuno.

Añade que la maestra se vino luego a vivir a A Coruña, adonde acudía a verla don Bernardo, reuniéndose ambos en una casa que tenía éste en la calle de la Florida.

Contestando al señor Abad Conde, dice Gertrudis que no conoce al Folgar, pero que «todo el mundo» dice que «es capaz de matar a medio Suevos». Luego manifiesta que don Bernardo prohibía a todos sus criados ir a misa, menos a ella porque «a mí nadie me prohíbe nada».

Testimonio esperado es el que presta Antonio Padilla, vecino de A Coruña y empleado en una casa comercial, que junto con su mujer fueron muy amigos de la víctima. Afirma que un verano se presentó Rita en su casa en un estado lamentable diciendo que no quería seguir siendo «rata puntada» de su marido. Un día en el comedor le tuvo que tirar el plato en la cara y el procesado la amenazó de muerte. Otra vez la amenaza había sido del señorito y del criado. Añade que escribió a don Bernardo y que éste le contestó en tono violento, diciéndole que su mujer estaba loca y que tenía muchos testigos de ello, pero Padilla rompió la carta y no tiene más prueba de ella que su palabra.

Reconoce el testigo que doña Rita empleaba un lenguaje aldeano, feo y desusado y que su esposo le había reprendido por ello, a lo cual aquella replicaba que «era costumbre en los pueblos». Recuerda que un día don Bernardo cortejó a una criada y doña Rita se incomodó a lo que aquel respondió con una paliza. «Le pegó –dice– como quien bate lana.»

No sabe si fue Folgar quien mató a Rita, pero le consta que la víctima le tenía por «un gavillero indeseable».

Abad Conde dice que lo declarado por Padilla en el sumario difiere de lo que está diciendo ahora, contra lo que el testigo se revuelve y le dice:

–A mí no me confunde ni me envuelve el señor defensor.

Se origina un violento incidente entre ambos que obliga a suspender la sesión por varios minutos.

Comparece a continuación la esposa de Padilla, Carmen González, que refiere más o menos lo que su marido, agregando que la pobre víctima tenía el cuerpo lleno de golpes y cardenales que le propinaba el ingeniero. Que ella era una especie de hermana mayor de Rita, a la que utilizaba aquélla como «paño de lágrimas».

En la sesión de la tarde comparece Federico Barbeito, director del Hospital de A Coruña, quien asistió a los dos partos de doña Rita y asegura no haber visto nunca los golpes que se dice le dio el esposo al dar a luz. Añade que la víctima era de un carácter huraño y raro y que en los días que le asistió no le oyó ni el metal de la voz.

Declaran luego José Martínez Alvedro, José Martínez Zas, José Calvelo Mantiñán, Manuel Rey Mañana, Manuel Calvelo y Fernando Palleiro, quienes dicen que Folgar «tenía buena fama», que doña Rita maltrataba e insultaba a su esposo, que un día aquél quiso matarla con una pistola y que don Bernardo nunca impidió a sus criados ir a misa.

Don Luis Buch, tío del procesado señor Del Río, lo mismo que sus primos Manuel y Jacobo, dicen no saber nada contra Folgar y contra su deudo y que no han llevado recado alguno de las personas interesadas en el proceso.

Julia y Manuela Corral, antiguas sirvientas de la víctima, dicen que ésta las maltrataba y que tenía un genio intolerable.

Nuevas declaraciones

La sesión del 2 de febrero comienza con el testimonio de Juan Alvedro Martínez, vecino de Pastoriza. Este declara que cuando llegó en la noche del 18 de marzo al lugar del crimen, la señora ya estaba muerta. «En realidad –añade– no pude comprobar si estaba muerta, porque hacía mucho frío».

No comparece el padre de la víctima, Antonio Fernández, al que se le impone una multa de 50 pesetas. Leída una declaración, dice que el matrimonio Del Río se llevaba muy bien y que no tenía ningún disgusto, pero en otra posterior se retracta y manifiesta que su hija maltrataba a don Bernardo con frases groseras.

Comparece a continuación José Borrazás, anciano labrador, vecino de Arteixo, en cuya casa estuvo el matrimonio el día del crimen, que no aporta nada nuevo, al igual que otros vecinos, como Leandro Veiga, Manuela Pita y Emilio Alvedro. Este último, al menos, confirma que al encontrar a don Bernardo la noche del crimen, tenía las manos atadas, pero no las piernas.

Terminada la prueba testifical, se da lectura a la prueba documental aducida por el fiscal y las defensas, que tiene poco interés y que el público, encima, no deja oír con sus murmullos y siseos.

En la sesión de la tarde se leen las conclusiones definitivas.

Para el fiscal, el hecho constituye un delito de parricidio cometido en despoblado por Bernardo del Río y para Folgar el de asesinato, penados ambos en el artículo 417 del Código Penal, con las agravantes de alevosía y premeditación, abuso de superioridad y nocturnidad para Folgar.

El defensor Barriobero establece que don Bernardo padece degeneración fisica, acusada por trastornos mentales que padeció durante sus estudios, de los cuales los doctores Simarro y Garcerán le tuvieron a su cuidado. Por convenio lo casaron con doña Rita atendiendo a su deficiente estado de salud y doña Carmen contrajo con él matrimonio aconsejada por su amiga Carmen González de Padilla.

Vivieron en paz hasta que doña Rita dio a luz, sufriendo entonces accesos de melancolía e irritabilidad. Pudo el mando reducirla en una casa de salud, pero no lo hizo. El día de autos, después de visitar a sus amigos, se recrudeció su irritabilidad e injurió a Folgar. Este le lanzó una piedra con objeto de amedrentarla. A don Bernardo le dio un síncope y al caer doña Carmen sobre el muro, le cayeron encima varias piedras grandes ocasionándole las lesiones que presentaba el cadáver y que le causaron la muerte.

El señor Abad Conde repite lo dicho por Barriobero y añade que, al lanzar Folgar la piedra sin intención de causar un mal tan grave, le causó la herida en la frente que hubiera curado, de no surgir el desmoronamiento del muro, en treinta días.

Ambos dicen que los hechos constituyen un delito de lesiones graves en relación con el apartado 4 del artículo 331 del Código Penal, del cual son culpable Folgar por acción y Del Río por omisión, con la circunstancia atenuante de embriaguez en favor de Folgar.

A continuación, interviene el fiscal señor Pomares. Dice que no hay testigos presenciales del hecho, pero que hay una prueba indiciaria más que suficiente. Resultando cuando menos sospechoso que al lanzar Folgar la piedra a doña Rita ésta se produzca en la caída al suelo ocho heridas mortales mientras a don Bernardo le acomete un síncope.

Ocurrió, sin embargo, que Folgar tiró la piedra, no una sino varias y machacó la cabeza de la infeliz, pues de los testigos que han desfilado nadie dijo que las piedras se hubiesen conjurado para dar muerte a doña Rita a pesar de que las defensas lo intentaron. Dice que la carta citada de que doña Rita mantenía relaciones con su profesor de piano no era cierta, pues no la escribió la víctima.

Volviendo hacia el Jurado, dice:

–Se os va a presentar a un don Bernardo dominado por su mujer, con enfermedades mentales que determinan casi una exención de responsabilidad porque sufrió un síncope y debéis fijaros que tiene señales en un pie y en las orejas, esto nada tiene que ver con sus sentimientos y facultades mentales y era preciso demostrar que tenía inteligencia obtusa, lo cual no pudo demostrarse pues el médico de la cárcel os dijo que desde que entró en aquel establecimiento, a pesar de la responsabilidad que pesa sobre él y de cuantos disgustos lleva sufridos, no experimentó el menor síncope o desvanecimiento.

–De Folgar –dice el fiscal– nada se dice en contra más que se encontraba borracho, pero el vino que tomó no basta, porque además nadie asegura su embriaguez. ¿Cuál es el móvil? Ni lo sé ni me hace falta, pues basta saber que los procesados estaban previamente de acuerdo y fijarse en el resultado de la confabulación.

Tras citar los agravantes del hecho: abuso de superioridad, nocturnidad, despoblado… dice al Jurado Popular:

–Vosotros no sois ni el público que en la calle espera más o menos impaciente, ni sois los defensores, sois los juzgadores y tenéis la obligación de hacer justicia, para no pasar entre vuestros conciudadanos con la vista baja, sino con la frente alta, pudiendo decir: somos los jurados que hemos dictado ese veredicto.

El señor Barriobero dice que hay dos sumarios: uno forjado en las cocinas de aldea (protesta entre el público con pinta de aldeano) y otro hecho por el Juzgado y pidió que se sepa separar el uno del otro, pues el fiscal –añade– separa su vista del que está sobre la mesa y se fija en el otro y por eso no retiró la acusación contra don Bernardo del Río.

Señala a doña Rita como una enferma irascible, que una vez huyó de casa dejando sin amamantar a su hijita, para no volver más. Refuta a la confabulación de amo y criado y dice que de la prueba sólo tres testigos dijeron algo digno de ser tenido en cuenta.

Relata el hecho como cree que ocurrió, disculpando que don Bernardo no hubiese acudido a socorrer a su esposa porque quedó paralítico; estudia el análisis de dos manchas y las dificultades que hay para saber si es humana y concluye diciendo que la prueba es ineficaz pues no se apeló a los adelantos de la ciencia para conocer tales extremos.

Concluye estudiando las preguntas que se harán al Jurado y explicando el significado jurídico de la nocturnidad, la alevosía y la superioridad, aconsejando al Jurado que no contribuya con una torpe actuación a que naufraguen las libertades y a que se hunda la justicia, única que se salvó después de la guerra.

El viernes 3 comienza la sesión con la intervención del señor Abad Conde, defensor de Folgar. El ex alcalde coruñés, con su habitual oratoria florida y decimonónica –o dieciochesca– comienza diciendo que el Código Penal actual data de 1870 y que no se ha hecho modificación alguna, como si los tiempos y costumbres parecieran inmutables.

Se pregunta don Gerardo:

–Es indudable que doña Carmen Fernández fue muerta. Mas ¿cómo murió?

–Se han establecido tendencias y criterios, mas ninguno ha sido fijo.

Habla de la amistad que tuvo con don Bernardo, con el que estudió el bachillerato, recordando que era maltratado por sus compañeros debido a su estado de semiidiota, especialmente en la sección de Letras, donde su torpeza era proverbial, añadiendo:

–Cuando todos recibíamos el título de bachiller, él era conducido a un manicomio para ser conducido a tratamiento.

No niega el hecho, en absoluto, pero como su colega Barriobero, discrepa del fiscal en la medida. Refiriéndose a un suceso ocurrido en un lugar cercano a A Coruña, por consecuencia del que resultó muerta una joven, dice que la justicia defendía al autor del hecho, por la presión que ejerció un diario local cuyo lema debiera ser «verdad y justicia», censurando el que se trate de extraviar a la opinión. Termina pidiendo al tribunal administre recta y cumplida justicia.

En la sesión de tarde, el señor Rancaño hace un resumen del sumario. Su comienzo es agresivo:

–Señores del Jurado. Se habló aquí de dos sumarios. Aquí no hay derechas ni izquierdas, ni liberales ni conservadores, ni clericales ni anticlericales, ni avanzados ni retrógrados. Aquí sólo hay Justicia.

Critica a los procesados.

–Los procesados han negado primero tener participación en la muerte y luego han asegurado lo contrario.

Habla luego de la comedia de los descarados. El instinto de conservación –según dijo el defensor– les dictó esta conducta.

Sobre la atenuante de no haber querido producir daño, recuerda un caso ocurrido en una audiencia española donde el defensor de un hombre que había degollado a un niño, propuso la atenuante de que no había querido producir daño tan grave y el Jurado lo estimó así porque «en vuestra conciencia nadie puede mandar».

Concluyó el señor Rancaño pidiendo al Jurado que cumpla con su deber y explicando por qué es parricida Del Río y no lo es Folgar; las circunstancias que determinan la existencia o inexistencia de las cuatro agravantes que se aprecian por el Ministerio Fiscal; las que rodean las tesis sostenidas por los defensas y al alcance de las preguntas que habrá de contener el veredicto a fin de conseguir que no haya contradicciones al contestar.

El veredicto

El Jurado delibera durante dos horas y cuarto. Al final, en medio de una gran expectación, el presidente. de aquel emite su veredicto. Son 12 preguntas.

A la primera, sobre si don Bernardo del Río es culpable, de acuerdo con otra persona, para matar a su mujer, golpeándola con piedras en la noche del 18 de marzo de 1920: Sí.

A la segunda, en los mismos términos, sobre Manuel Folgar: Sí.

Las restantes fueron contestadas con un no. Destacan la novena, negando que era sitio solitario el lugar del crimen, y la doce, considerando que Manuel Folgar no estaba embriagado en el momento de cometer el asesinato.

Tras la lectura del veredicto, varias personas de entre el público se levantan gritando «¡Justicia! ¡Justicia!», «¡Hay que condenar!». Del Río baja la cabeza, pálido y sudoroso; Folgar tiene la cara entre las manos y parece que está llorando.

El fiscal y los defensores piden la revisión de la causa, pero el Tribunal no accede a ello. El fiscal señor Pomares pide entonces que se condene tanto al señor Del Río como a Folgar a la pena de 17 años y cuatro meses de prisión y el abono de 10.000 pesetas de indemnización. Barriobero pide 12 años para don Bernardo y Abad Conde lo mismo para Folgar.

La Sala se retira a deliberar. Invierte otra hora en dictar sentencia. Son ya las once y cuarto de la noche. El público no abandona la Audiencia. La tensión se contiene. Y por fin aparece el señor Rancaño con la sentencia que es muy larga –tiene 12 folios–. Leída en absoluto silencio, dice en su parte fundamental:

«Fallamos: Que en virtud del artículo 419 del Código penal debemos condenar y condenamos a cada uno de los dos acusados, don Bernardo del Río y Manuel Folgar, a la pena de 14 años, 8 meses y 1 día de reclusión temporal, accesorias: inhabilitación de todo cargo público y derecho de sufragio durante la condena, pago de costas por mitad e indemnización de 10.000 pesetas a los familiares de la víctima».

El veredicto es objeto de numerosos y acalorados comentarios, mayormente negativos, pues se esperaba una pena mayor. El reportero de La Voz de Galicia escribe:

«Hay hechos ante cuya magnitud se subleva la conciencia ciudadana cuando aprecia que la verdad es atropellada y la justicia escarnecida».

Pronto se corrió el rumor de que varios miembros del Jurado Popular habían recibido dádivas, pero nada pudo demostrarse.

Se acababa así el crimen del monte de Suevos del que, aparte la falta de doña Rita Fernández, que ya no podía ser recuperada, había tenido dos víctimas claras: las de los hijos, una niña y un niño, de 4 y 3 años respectivamente, del matrimonio Del Río, que se habían quedado, casi al mismo tiempo, sin madre ni padre.

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