El crimen de Níjar

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Crimen-Nijar
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Intereses económicos - El poeta, dramaturgo y prosista español Federico García Lorca se inspiró en este caso para escribir su obra «Bodas de sangre»
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 22 de julio de 1928
  • Perfil de las víctimas: Francisco Montes Cañadas, de 23 años, primo de Francisca Cañadas Morales, con quien intentó fugarse la noche de bodas de ésta
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Níjar, Almería, España
  • Estado: José Pérez Pino, marido de Carmen Cañadas Morales, fue condenado a 7 años de prisión. Carmen Cañadas pasó unos meses en la cárcel por intentar estrangular a su hermana
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El luto sigue en Níjar

Ángeles García – El País

21 de julio de 1985

Todo ocurrió el 22 de julio de 1928 en el Campo de Níjar, en la provincia de Almería. Ya de madrugada, horas antes de que se celebrara la boda, la novia, Francisca Cañada Morales, dejó plantado a su novio, Casimiro Pérez Morales, y huyó con su primo Francisco Montes Cañada a lomos de una mula. En el camino de la Serrata, cuando habían avanzado unos ocho kilómetros, Francisco Montes cayó muerto a tiros. A ella intentaron estrangularla y consiguió salvarse haciéndose la muerta. En 1933, Federico García Lorca publicaba Bodas de sangre. En la famosa tragedia lorquiana, Francisca es la novia; Casimiro, el novio, y Francisco Montes es Leonardo.

Los novios, hoy ya ancianos y enfermos, no volvieron a verse nunca más, pese a vivir a unos 25 kilómetros de distancia: él, con 82 años, en el pueblo pesquero de San José, y ella, de 81, en El Hualix, los terrenos heredados de su padre.

Aunque Lorca respetó el esquema del drama real, del que tuvo conocimiento por los periódicos, existen algunas diferencias entre el suceso y su obra. Mientras que en Bodas de sangre la fuga se produce después de la boda, en la historia real faltan todavía unas horas para la ceremonia, que tendría que celebrarse en la localidad próxima de Fernán Pérez a las tres de la madrugada del día 23. Mientras que Leonardo era un hombre casado, Francisco Montes era soltero, si bien tenía novia. En la obra de Lorca, el novio y Leonardo mueren a causa de mutuos navajazos; mientras que en el crimen de Níjar sólo muere el primo de Paquita con tres balazos en la cabeza disparados por Francisco Pérez Pino, hermano de Casimiro, casado con Carmen, hermana de la novia.

La auténtica protagonista del drama, Francisca Cañada Morales, conocida como Paquita la Coja, es una mujer sobre la que se fueron acumulando reveses desde su infancia. Paquita vivía en 1928 en el cortijo de El Fraile, en el que su padre era medianero (el encargado del cultivo de la tierra -trigo, esparto-, que repartía beneficios con el propietario). La madre había muerto 12 años atrás y Paquita tenía tres hermanas y dos hermanos.

Pese a que algunas versiones afirman que la cojera de Paquita fue consecuencia de una poliomielitis, según ha contado su hermana Consuelo al equipo que prepara el Atlas etnográfico del Campo de Níjar, financiado por la Diputación de Almería, la cojera de Paquita ocurrió «cuando siendo niña de cuna el padre le dio un crujido en el culo y le sacó el hueso de la cadera». La niña Paquita tenía entonces pocos meses y lloraba desconsoladamente en la cuna. El padre, para acabar con el llanto, le dio en el culo repetidas veces. La cojera, ya irreversible, se descubrió cuando la cría intentó dar sus primeros pasos y los médicos no pudieron recuperar la pierna de la niña. Paquita quedaba inútil para trabajar en el campo e impedida para desarrollar una vida normal.

Este hecho produjo un fuerte sentimiento de culpa en el padre, Francisco Cañadas, conocido en la zona como el tío Frasco; más aún teniendo en cuenta que en aquellos años un defecto fisico suponía la inutilidad total para el que lo sufría. Paquita, a diferencia de sus hermanas y de las otras chicas de la comarca, en lugar de dedicarse a las duras faenas del campo, aprendió a bordar, a coser y a hacer encajes, actividades que entonces estaban reservadas para las mujeres de un cierto nivel económico. El padre decidió que para ella serían las tierras de El Hualix -el cortijo en el que ahora vive con una sobrina- y que la dotaría con 3.500 pesetas.

De la novia protagonista de Bodas de sangre, el padre en la ficción también destaca esas mismas cualidades manuales de su hija al hablar con la madre del novio: «Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma con los dientes».

Fea y coja

Sobre el aspecto físico de Paquita, en el romance que después de suceso creó la gente de la comarca se dice que era una mujer fea y coja, pero parece que esa fealdad desmesurada de la que hablan los vecinos es más producto de los malos ojos con que se vio el plantón que dio a Casimiro que de su auténtica presencia física. Por la descripción de la gente del lugar se sabe que Paquita, al igual que sus hermanas, era una mujer alta y delgada, morena, de facciones grandes y con los dientes grandes y un poco salidos hacia fuera.

Un vecino de El Hualix, José Arrada, describe a Paquita y a su hermana Carmen como dos mujeres feísimas, a las que ha visto pasar por el camino siempre de luto. José Arrada, mientras trabaja con los abonos, sonríe cuando se refiere a la escasa gracia física de Paquita y su hermana. «Ya digo, parece que hubo interés en la boda, pero que no fue una disputa por una mujer guapa».

El único sí que pronunció Casimiro en la entrevista mantenida con este periódico fue para confirmar la fealdad atribuida a la que fue su novia en el romance que canta el suceso del crimen de Níjar.

Fea o no, todos hablan de ella como de una mujer bastante independiente para la época. El hecho de no tener que trabajar hasta caer fisicamente agotada en las tareas del campo y de tener todo su tiempo para reflexionar aguja en mano también tuvo que influir en un carácter considerado como demasiado liberal por aquel entonces. La tía María, de 69 años, sobrina de la mujer con la que pasados los años se uniría Casimiro, cuenta ahora que Paquita, acompañada de una moza de la casa, se subía en la mula y sola se iba a los bailes, «estando ya apalabrá con Casimiro y cuando éste guardaba luto por su madre. Luego no volvió a salir nunca, ni jamás dio que hablar, pero antes iba de un lado para otro».

Fuera de estas salidas a los bailes, nadie recuerda que Paquita tuviera novio a lo largo de su juventud, ni tampoco nadie se atreve a confirmar que mantuviera encuentros con su primo Francisco Montes Cañada fuera de las tradicionales reuniones familiares.

Boda por interés

Las tierras que poseía el tío Frasco y que heredaría Paquita eran en aquella época un signo de riqueza. Aunque los hermanos de Paquita se aguantaron con que ésta fuera la beneficiaria, una de sus hermanas, Carmen, parece que no tuvo la resignación del resto de la familia. Carmen y su marido, Francisco Pérez Pino, habitaban con sus dos hijos pequeños una de las casitas del cortijo El Jabonero, hoy desaparecido, situado en la carretera de Almería a Níjar. Con ellos vivía Casimiro, un hombre al que todos describen como una gran persona, humilde y un poco inocente. Consuelo, hermana de Carmen y Paquita la Coja, dice que Carmen animó a Casimiro para que se casara con su hermana Paquita, «que va a tener mucho dinero». Con la mediación de Carmen, Casimiro y Paquita se hacen novios. Y Carmen empieza ya a hacer planes para trasladarse al cortijo de El Fraile, el más rico de toda la comarca y en el que se iba a instalar el nuevo matrimonio.

Todos recuerdan que Paquita nunca mostró el menor entusiasmo por su novio. Nadie le vio un detalle de afecto, al contrario, según avanzaba la fecha de la boda, se la veía cada vez más triste y nerviosa.

Pero al margen de los planes de Carmen para participar de la herencia de su hermana, en el cortijo de Los Pipaces vivía una tía de la novia, la madre de Francisco Montes, que pensó que su hijo podría hacer una buena boda casándose con La Coja. A diferencia de la obra de García Lorca, en la que la familia de Leonardo es conocida por su violencia, la gente del Campo de Níjar habla de Francisco Montes como de un muchacho noble, muy guapo, sin demasiada personalidad y muy atado a las faldas y deseos de su madre.

Así las cosas, llegó el día 22 de julio, la víspera de la boda. Casi toda la gente de los cortijos de la comarca había sido invitada. En aquellos años, la celebración de la boda duraba dos días. Los invitados salieron de sus casas, montados en las mulas, al atardecer del día anterior. Pese a que las distancias no son largas, el camino es muy duro, y el calor brutal de la comarca, en la que es dificil cobijarse a la sombra de un árbol, obliga a hacer el viaje cuando el sol deja de apretar.

Desde por la mañana, en el cortijo de El Fraile, rodeado del paisaje casi lunar al que Lorca atribuye un papel decisivo en Bodas de sangre, comenzaron los preparativos para el festejo: se mataron chotos y se prepararon buñuelos para los invitados.

En Los Pipaces, la anciana madre de Paco Montes, que se había negado a asistir a la boda de su sobrina, preparaba también buñuelos, los dulces de harina y miel con los que tradicionalmente se celebraban las bodas. Mientras, en la casa del primo, la madre hacía lo mismo. La tía María recuerda que una vecina entró en la casa y dijo a la madre de Paco Montes: «Chiquilla, ¿qué haces a estas horas?», «Pues mira, que me ha dado la idea de hacer estos buñuelillos, porque no voy a estar de boda ni mucho menos, y además puede que esa boda se celebre aquí». A la vecina, extrañada por la respuesta, le faltó tiempo para contar lo ocurrido a Carmen, la hermana de La Coja. Consuelo, la hermana de ambas, añade que la vieja llegó aún más lejos, asegurando que su hijo se iba a llevar a la novia a su casa esa misma noche.

Las grandes estancias y patios del cortijo de El Fraile se fueron llenando de invitados a lo largo de la tarde del día 22. Carmen, su marido y sus dos hijos, uno de pecho, decidieron hacer el viaje por la noche. Mientras, los invitados comen, beben y cantan, y, no muy tarde, deciden retirarse a dormir. La novia es de los primeros en retirarse; ella y Casimiro tendrán que madrugar para confesar antes de la boda. Casimiro cogió una estera y se fue a dormir con otros invitados a uno de los corrales. A Paco Montes le vieron que entraba y salía de los corrales a la casa, pero nadie dio muestras de pensar en nada raro.

Llegan los invitados

Avanzada la noche, llegaron al cortijo Carmen y su marido. La gente recuerda que entraron preguntando por la novia y que, después de beber y comer, Carmen insistió en que despertaran a La Coja para que saliera de su habitación. Ahí empezó el desconcierto, porque nadie la encontraba por ninguna parte. No obstante, la desazón de La Coja ante una boda no querida por ella debía ser tal que su hermana Consuelo, al no encontrarla, temió que se hubiera suicidado lanzándose a un pozo o se hubiera ahorcado. Carmen, haciendo alarde de una gran sangre fría, llegó a bromear diciendo que la buscaran en la chimenea, que «a lo mejor se ha escondido ahí». Cuando comprueban que también falta el primo, se da la alarma para ir a buscarlos. Ya a esas alturas, empezaron a desatarse las lenguas, y cuentan que más de uno sugirió que fueran a buscarla a la casa de su primo.

Los invitados iniciaron la búsqueda en medio de la noche, y cerca del cortijo, a un kilómetro de distancia aproximadamente, encontraron a la novia. Llevaba las ropas destrozadas y el cuello ensangrentado. Entre sollozos dijo que unos enmascarados habían matado a tiros a su primo y que a ella habían intentado estrangularla, que se había salvado haciéndose la muerta. Al primo le encontraron muerto en la Serrata, a unos 8 kilómetros del cortijo del que huían, en dirección a Los Pipaces.

Como sospechosos de haber cometido el asesinato fueron detenidos Paquita y su padre, el tío Frasco. Los dos permanecieron presos en Níjar durante tres días, bebiendo agua como único alimento. La posibilidad de que Casimiro hubiera participado estuvo siempre descartada, porque en todo momento había estado acompañado por los invitados a la frustrada boda. Paquita no llegó a acusar a nadie durante los interrogatorios, pese a que, según se narra en los diarios de la época, sí reconoció las voces de los que a poco acaban con su vida.

Los culpables no aparecían, y padre e hija seguían presos en Níjar, hasta que Carmen y su marido, Francisco Pérez Pino, se presentaron voluntariamente y se declararon culpables, si bien José declaró que «él no apretó el gatillo del arma, pero que tenía quien lo hiciera, que él no tenía revólver y que habían llevado a otro del que no podían decir el nombre, porque le matarían a él y a su familia». Pérez Pino, al que rápidamente apodaron el Criminal, pasó siete años en la cárcel, de donde salió para morir poco después a consecuencia del tifus. Su mujer, Carmen, estuvo presa 15 meses.

Según se dijo en las sesiones del juicio, cuando Carmen, avisada por la vecina, supo que su hermana Paquita iba a cambiar de planes, decidió buscarla y sorprenderla en su huida. En la búsqueda, los fugitivos fueron sorprendidos escondidos tras unas de las escasas palmeras que hay en el recorrido, y allí se perpetró el crimen. Pese a la sentencia que condenó a Pérez Pino y a su mujer, la gente siguió hablando y especulando. Unos dijeron que fue Carmen la que disparó y la misma que intentó estrangular a su hermana sin participación del marido; otros, que fue un extraño personaje que huyó después al extranjero. «La gente se hartó de hablar y hablar, y todavía hoy siguen cuchicheando», dice la vieja María.

Tragedia familiar

El primo, Francisco Montes Cañada, fue enterrado en el cementerio de Níjar, y durante años no faltaron flores junto a la sepultura. Tampoco faltaron flores en el lugar en el que cayó muerto, en la Cañada Honda, y que estuvo hasta hace poco señalado con un montón de piedrecitas y una cruz de palo.

La tragedia marcó desde entonces la vida de estas familias. Paquita la Coja dejó el cortijo de El Fraile y se fue a vivir con una sobrina a una casita de El Hualix, las tierras heredadas de su padre y ambicionadas por todos. A escasos metros de ella vivió hasta su muerte, ocurrida hace cuatro años, su hermana Carmen, a quien ninguno de la familia volvió a dirigir la palabra casi hasta el final de su vida. La única vez que Paquita y Carmen volvieron a verse ocurrió una vez que Paquita cayó enferma en cama. Pese a la oposición de la sobrina que la cuida, Carmen logró entrar en la habitación de la enferma y allí, sobre la cama, pidió perdón a su hermana. Ésta respondió que la perdonaba, pero que no quería tener trato con ella.

Paquita la Coja ha hecho a lo largo de estos 57 años la misma vida. Encerrada en su casa, sólo ha mantenido breves conversaciones, nunca referidas al suceso, con su sobrina Paquita, que es la persona que la ha cuidado durante todo este tiempo. Los vecinos del cortijo sólo la han visto salir a algún funeral, al que llegaba, rezaba y se volvía a su casa. La casa en la que vive es una típica construcción de la zona con 11 habitaciones blancas. Salvo Paquita (la sobrina), su marido y algún nieto de éstos, nadie más ha visto últimamente a Paquita. Para garantizar su tranquilidad, ocupa una casita pegada al edificio central, con el que se comunica por un pequeño pasillo.

Su reducido entorno siempre ha protegido su silencio, y más ahora, que hace meses que no se mueve de la cama.

La sobrina que siempre la ha cuidado es una mujer acostumbrada a trabajar en el campo y cuyo físico se aproxima al que dan de La Coja cuando era joven. Las mismas facciones grandes y dientes de conejo característicos de la tía los tiene la sobrina, e incluso una nieta de ésta que también lleva el mismo nombre.

El padre de la novia, el tío Frasco, dejó de vivir en el cortijo de El Fraile, y poco después se casó con una mujer de 22 años, con la que tuvo dos hijos. Son muchas las versiones que aseguran que él estaba enterado de la fuga de su hija y que incluso la ayudó a subir a la mula. Sin embargo, después del suceso tampoco mantuvo muchos contactos con Paquita.

Tristeza y soledad

A unos 25 kilómetros de distancia de El Hualix vive Casimiro Pérez Pino, el frustrado novio que nunca volvió a encontrarse con Paquita. Casimiro vive con Josefa Segura, la mujer a la que se unió muchos años después de la tragedia, en una casita blanca a las afueras del pueblecito costero de San José, muy cerca del cabo de Gata. Casimiro y Josefa tienen dos hijos.

Casimiro cuenta en la actualidad 82 años. Siguió trabajando en el campo, y ahora, cuando recibe a los visitantes con los que no contaba y que interrumpen su silencio, dice que está malo, que tiene una úlcera en el estómago. Está sentado en una silla de mimbre bajo el porche de la vivienda. Lleva unas gafas negras para protegerse de la luz y sus dos brazos están apoyados sobre una garrota de madera.

El anciano Casimiro tiene un aspecto totalmente bonachón. Las arrugas que dibujan su cara son de trazo triste. A través de las oscuras gafas se ven unos ojos que miran hacia el infinito. Su gesto grave no se altera para nada. Solamente en un momento de la conversación responde con un monosílabo afirmativo. El resto del tiempo, su contestación es un reiterativo y casi inaudibe no.

No quiere hablar de lo que le ocurrió en El Fraile. No quiere comentar nada. «Ya está todo dicho». Dice no conocer ni Bodas de sangre ni al poeta granadino, si bien poco después dice que la versión teatral es falsa. Del romance popular en el que se canta el suceso, es su mujer la que aprovecha las largas pausas de su marido para decir que una vez las compraron y que se las leyeron. Al volver a oírlas, mientras que a su mujer se le pone piel de gallina en los brazos, él traga saliva visiblemente emocionado, hasta que en un momento dice: «¡Basta! Ya he oído bastante.»

Josefa Segura, mujer dicharachera y simpática, mira al marido con un profundo respeto y pide que no se hable más del asunto. Casi escondiéndose de la mirada del marido, dice que éste nunca ha querido referirse al tema, ni siquiera con ella, que se le deje seguir en silencio.

Si bien Casimiro no ha vuelto a encontrarse con Paquita, Josefa Segura ha narrado que una vez se la encontró en el campo. Cuando ella iba con su hija subida en una mula, una mujer que arrastraba una pierna -ellas no se conocían- la pidió que le permitiera cargar sobre el animal un bulto que llevaba. Josefa ha contado que la mujer le miraba la niña como con envidia y que cruzaron pocas palabras en el trayecto.

Sin embargo, otros vecinos de la zona dicen que, de ser cierto el suceso, ocurriría al revés, ya que Paquita, en sus escasas salidas de El Hualix, siempre iba sobre su mula y que jamás nadie la ha visto andando por los campos. La misma tía María, claramente partidaria del novio, dice que a La Coja nunca volvió a vérsela ni en bailes ni en parte alguna, y que nadie tuvo que decir nada de su comportamiento.

A poca distancia de la vivienda de Casimiro, cerca de la entrada de San José, viven los que iban a ser los padrinos de la boda: María Jiménez Pérez y Juan Andrés Segura Molina. Ella es sobrina de Casimiro y quiere que sea su tío el único que hable de lo ocurrido, «porque los huesos de los muertos ya se los han comido los gusanos y no hay que remover todo esto. Bastante daño nos hizo a todos».

Del mismo daño y sufrimiento habla la tía María, una mujer enlutada, como la mayor parte de las viejas de la comarca, con duras huellas del trabajo del campo en el rostro y en las manos. «Perdieron todos, hasta los hijos, que nadie los quería. Yo lo que digo es que eso pasa muchas veces. Entonces y ahora se ha plantao a hombres y a mujeres ya con los muebles de la casa. Pero ella tenía que haberlo hecho antes y no esperar hasta unas horas antes, con todos los invitados en la casa. A todos los familiares se les consideró como si tuvieran la peste. La ruina cayó sobre todos». Cincuenta y siete años después, el luto por el suceso sigue tiñendo el Campo de Níjar.


La novia de «Bodas de sangre» falleció en Níjar

Antonio Torres – El País

10 de julio de 1987

La verdadera novia de Bodas de sangre, Francisca Cañadas Morales, que contaba 84 años de edad, falleció en la madrugada de ayer en Níjar (Almería), población donde en 1928 ocurrió el crimen de Níjar, que inspiró a Federico García Lorca para escribir varios años después su obra. Según explicó ayer Joaquín Gutiérrez, sacerdote de Níjar, la causa del fallecimiento de Francisca Cañadas fue una arteriosclerosis cerebral, debida a lo avanzado de su edad.

El llamado crimen de Níjar ocurrió el 24 de julio de 1928. En la madrugada de ese día, horas antes de que se celebrara la boda, Francisca Cañadas Morales dejó plantado a su novio, Casimiro Pérez Morales, y huyó a lomos de una mula con su primo, Francisco Montes Cañadas. A unos ocho kilómetros, Montes cayó muerto a tiros, mientras que a Francisca intentaron estrangularla, pudiendo salvarse al simular que estaba muerta. Desde aquel día, la familia ha pensado que Francisca había cometido una ofensa irreparable a toda la población. La mentalidad de entonces ha alcanzado hasta el último día de su vida. Periodistas y escritores de todo el mundo han desfilado durante el último medio siglo en busca de algún testimonio de Francisca Cañadas, conocida por el sobrenombre de La Coja, con resultados infructuosos. Hablar con esta mujer suponía enfrentarse a hijos y nietos, quienes celosamente la han tenido apartada. Las evasivas más absurdas se han producido ante periodistas venidos, desde Estados Unidos o Canadá. El paso del tiempo había dejado el vigor de una mujer ilusionada por su boda en un cuerpo reducido y consumido por un silencio voluntario o, quien sabe, si obligado por la tradición de un pueblo, Níjar, muy sensibilizado por el amor y la sangre. No obstante, el sacerdote afirmó que «Francisca ha sido una mujer piadosa y una catequista que celebraba oraciones diariamente».

El novio real

El entierro de la novia del crimen de Níjar, previsto para las 19.30 horas de ayer, sirvió para que en la población planeara de nuevo la figura del novio real, Casimiro Pérez, de 87 años, que reside en un barrio de Níjar. Desde el día de la boda Casimiro no ha dirigido palabra alguna a Francisca. En octubre de 1985, durante una conversación de este informador con Casimiro Pérez, éste rechazó ver una foto de Francisca. Pérez vive en la actualidad con Josefa Segura, con la que contrajo matrimonio tras el desengaño amoroso, en una casita baja, situada a escasos metros del mar, en la barriada pesquera y turística de San José. En el cementerio de Níjar, cualquier entierro tiene que encontrarse, a la fuerza, ante la tumba de otro testigo, muerto a cartuchazos durante el día de la boda. Se trata, sin duda, del joven Francisco Montes, que se fugó con su prima Francisca horas antes de que ésta contrajese matrimonio con Casimiro Pérez que desde ayer es el único protagonista real vivo de aquella tragedia, inmortalizada por Federico García Lorca en su obra Bodas de sangre.


Bodas de sangre, la verdadera historia

La Revista de EL MUNDO

La novia se encerró en vida a purgar su culpa. El novio plantado volvió a casarse y pretendió olvidar amparado en una vida normal. Tres tiros acabaron con la vida del amante, primo hermano de la novia. Han pasado 70 años y los testigos de la tragedia real que inspiró las Bodas de Sangre de Federico García Lorca siguen guardando silencio. Sin embargo, la historia sigue viva entre los campos de Níjar en Almería.

«Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes» (La Novia, Acto II Bodas de Sangre).

Cuando Francisca Cañada cruzó el umbral de aquella puerta, poco podía imaginar que la boda de la que estaba huyendo escribiría con sangre su historia en las páginas de la literatura española. Y aún menos que, 70 años más tarde, el silencio seguiría cubriendo con su manto oscuro la memoria de aquella tragedia. Estaba muy lejos de saber que la huida que había emprendido la llevaría a protagonizar una de las obras cumbre del teatro español del siglo XX. Las Bodas de Sangre no son sino la recreación de la fuga de Paca Cañada con el hombre que amaba, en vísperas de su boda con otro. El amor y la traición, la tradición y el instinto, el honor y la muerte se conjugaron aquella noche sin luna.

Corría el caluroso verano de 1928. Durante una de sus estancias estivales en su casa de la Huerta de San Vicente, Federico García Lorca descubrió en las páginas de sucesos de El Defensor de Granada la crónica de una tragedia ocurrida dos días atrás en el campo de Níjar (Almería). Poco después, desde la Residencia de Estudiantes, telefoneaba a Margarita Xirgu para comentarle que ya tenía argumento para un nuevo drama. El diario contaba la historia de una mujer de 20 años, Francisca Cañada Morales, que, horas antes de celebrar su boda, se fugó con su primo, Francisco Montes Cañada, diez años mayor que ella, de quien siempre estuvo enamorada. En un cruce de caminos y agazapada detrás de unas palmas, la muerte se abalanzó sobre ellos. Paco Montes recibió tres tiros fatales. Paca Cañada sobrevivió de milagro a las manos de mujer que la intentaron estrangular.

«Las veleidades de una mujer, provocan el desarrollo de una sangrienta tragedia que cuesta la vida a un hombre», titulaba en portada el Diario de Almería dos días después de la noche de autos. Y procedía a explicar los rocambolescos detalles de un crimen que viene a constatar, de nuevo, que la realidad va casi siempre más allá de lo que alcanza la imaginación de los hombres.

En aquella época y según las costumbres nupciales de los campos de Níjar, las bodas se celebraban de madrugada. La de Francisca Cañada con Casimiro Pérez Pino, un joven de la comarca sin más patrimonio que su carácter noble y recto y sus brazos para trabajar, habría de celebrarse a las tres de la mañana en la iglesia de Fernán Pérez, una pedanía cercana al cortijo donde vivía la novia. Tal y como mandaba la tradición, ella vestiría un traje oscuro y corto y los invitados comerían buñuelos, garbanzos tostados y, en el caso que nos ocupa, dos borregos sacrificados para la ocasión.

García Lorca dibujó una novia hermosa y heredera de una pingüe fortuna. Pero Paquita Cañada no era ni una cosa ni la otra. Alta, huesuda, desgarbada y coja, tal vez hoy fuera atractiva, pero no respondía a los cánones de belleza de la época. Una paliza propinada por su propio padre la dejó inválida cuando contaba tres años de edad. «Tenía celos de su hermana menor y lloraba mucho. El padre se hartó, le pegó un crujío y la zancó. Guapa no era, tenía los dientes como salidos hacia fuera… pero era una mujer muy primorosa para sus labores», cuenta María Josefa Salinas, de cerca de ochenta años y vecina durante décadas de la familia.

Madre: «Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una sábana puesta al sol».
Padre: «Qué te digo de la mía. Hace migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma con los dientes» (Bodas de Sangre, acto I).

Francisco Cañada, el padre de la novia, le dejó en herencia cuanto tenía: 3.500 pesetas, un cortijo y tierras de labor en El Hualix, a unos cinco kilómetros de Níjar. Era la única forma de mostrar a su hija atractiva a los ojos de un futuro pretendiente. Según el romance popular que aún circula por la comarca, fueron Carmen Cañada, hermana mayor de Francisca, y su marido José Pérez Pino, quienes apañaron la boda con Casimiro Pérez Pino. Dos hermanos para dos hermanas. Y así la herencia quedaría en casa:

«Mi cuñada es coja y fea
su padre la tié dotada
te vas a casar con ella
que el dinero no se vaya»

Pero nadie tuvo en cuenta los sentimientos de Francisca Cañada, quien hacía tiempo se bebía los vientos por Paco Montes, su primo hermano, apuesto, guapo y sin novia conocida. «Dicen que ella lo quería, pero que él no le hacía caso. Bromas entre primos, pero nada más. Pero las mujeres somos unos pellejos y aquella noche convenció a mi tío para que se la llevara», relata Rafaela Montes, sobrina de Francisco, quien tenía seis años cuando ocurrió todo. Rafaela sigue ocupando la casa familiar en la cortijada de Los Montes, sabe que un tal García Lorca escribió un libro que ella desconoce y todavía llora al recordar unos hechos que siguen pesando sobre la historia de su familia.

Paca Cañada vivía con varias de sus hermanas en el Cortijo del Fraile, donde su padre, ya viudo, trabajaba como aparcero. La hacienda era una enorme casa de labor. Contaba con varias viviendas menores, ocupadas por labradores, un patio central, numerosos corrales y establos, una pequeña capilla y hasta un osario en el que descansaban los restos de la ascendencia del propietario. El cortijo pertenecía a los Acosta, dueños de buena parte de las tierras que rodean al núcleo urbano de San José, en el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar. Hoy el silencio se ha apoderado de sus muros en ruinas tanto como de la memoria de quienes podrían dar fe de los hechos que allí acontecieron.

El escenario en el que Federico García Lorca sitúa sus Bodas es una casa-cueva típicamente granadina, en lo que pudo ser una maniobra intencionada por parte del autor para preservar la identidad de los protagonistas reales. Los personajes describen un hermoso paisaje de viñedos, cerezos y nogales, con un río que cruza el valle. Sin embargo, el levante almeriense de principios de siglo sobrevivía a la miseria merced a una pobre agricultura de subsistencia, al espejismo de su industria minera y a la cultura del esparto. La adaptación a un medio hostil, atacado sin piedad por los vientos y las sequías, había endurecido las costumbres de sus gentes. Colinas peladas y lunares sembradas de guijarros amarillos. Pequeños cultivos de cereal, grandes extensiones de pitacos, rebaños de cabras, alguna palmera… éste era el paisaje que rodeaba el Cortijo del Fraile. Un paisaje que permanece intacto, con su palmera, sus colinas amarillas y peladas y su magnífico aljibe. Sólo la abandonada mina de oro se ha comido a dentelladas la ladera norte del Cerro Cinto.

Entre los invitados a la ceremonia, no podían faltar los principales beneficiarios de aquellas nupcias, Carmen Cañada y José Pérez, quienes se pusieron en camino junto a dos de sus hijos pequeños. El novio, quien, hasta entonces, vivía con ellos en el cortijo El Jabonero, había salido antes para atender los preparativos de la boda. Todos se reunirían en El Fraile para acompañar a la pareja. Pero la hermana mayor ya percibía algo raro en el ambiente. Alguien había visto a la madre de su primo Paco Montes haciendo buñuelos en su propia casa. «Es que esa boda de hoy puede que se celebre aquí», comentó a una vecina. Hay quien piensa que no sólo la boda sino también la fuga había sido apañada de antemano. Las malas lenguas aseguran que el padre de la novia había acordado con su hermana (madre de Paco Montes) la huida de sus hijos. Casimiro, el novio, era honrado pero pobre; Paco Montes -Leonardo en la obra de Lorca- por contra, heredaría las tierras de su padre y, además, haría cualquier cosa que le pidiera su madre. «Eso es mentira. Nadie sabía que se iban a escapar. Se han dicho muchas cosas, pero no son verdad», ataja la sobrina de los Montes y añade: «Antes de ir a la boda, Paco, que en paz descanse, estaba con mi padre, que era su hermano, trillando una palva y le preguntó ¿vienes al Fraile?, porque si tú no vas, yo tampoco voy. Mi padre se llevó a mi hermana, que tenía 15 o 16 años, la subió en la mula, y los tres se fueron a la boda».

Cuando llegaron al cortijo, el novio se había echado a descansar un rato en una de las habitaciones. Entre el bullicio de los invitados, Paca Cañada buscó el momento para hablar a solas a su primo. Tal y como cuenta el romance, en palabras de la novia:

«Pues mi primo no quería,
no sólo a mí, ni a mi nombre.
Lo invitamos a la boda
pudimos hablar.
Le dije hazme feliz
me dijo vente conmigo
le dije llena de gozo
en la calle espérame.
Salí y me monté en su mulo
empezamos a correr».

No llegaron lejos. Al notar la ausencia de la novia, los invitados sospecharon algo. Vieron cómo Paquita, mujer despierta e independiente para la época, se había ido marchitando a medida que se acercaba el casamiento. Una de las hermanas pensó que se había tirado a un pozo. Pero la falta del primo y de su mula despejaron la incógnita.

Cuando Carmen Cañada y José Pérez les fueron a esperar, agazapados tras unas palmas, en aquel cruce de caminos, ya los habían declarado culpables. Había que vengar el honor del novio y el ultraje de la familia. Y estos delitos se pagaban demasiado caros.

A unos ocho kilómetros del Cortijo del Fraile, en el camino de la Serrata hay un muro sin sentido, con una cruz de cal pintada sobre las piedras. En el suelo, unos ripios sueltos parecen señalar algo. Ahí murió Paco Montes. Tres disparos de su propia arma le segaron la vida. En la pelea, Carmen agarró a su hermana por el cuello hasta darla por muerta. José Pérez, hermano del novio plantado, arrebató la escopeta a Paco Montes y le pegó tres tiros. Cuentan las crónicas que, cuando ella despertó, pedía a gritos que también le dieran un tiro de gracia. El muro se ha formado a golpe de plegarias. Los caminantes hacen un alto, rezan y arrojan una piedra al suelo.

Leonardo: (abrazándola)
¡Como quieras
si nos separan, será
porque esté muerto!
Novia: Y yo muerta
(Bodas de Sangre. Acto Tercero)

«Mi padre encontró a su propio hermano muerto en el suelo. Mi hermana, que iba con él, pilló un pasmo en la sangre que la dejó mala para siempre. Después, en mi casa nunca nadie se ha referido más a ese asunto», sentencia Josefa Montes. Y, de nuevo, se sumerge en su silencio de años.

También en el silencio ha vivido Joaquín Pérez Cañada, hijo de los autores del crimen. «Yo tenía unos ocho años, y claro que estaba allí, en el cortijo, pero no sé nada. Mi padre era un hombre muy recto, de los de antes… Hizo lo que hizo y se lo llevaron a la cárcel de Cartagena. Después de unos años volvieron al Fraile y estuvieron viviendo y trabajando allí», cuenta con dificultad este hombre aquejado de problemas respiratorios y, probablemente, herido también por la soledad del Hualix, el paraje donde habita. «La coja ha vivido en ese cortijo de enfrente hasta que se murió, pero yo no me he cruzado nunca con ella. Ni mi madre tampoco. Nunca volvieron a hablarse». Es lo único que puede o que quiere decir. «Los que sabían se han muerto y se han llevado el secreto a la tumba. ¿Quién mató a Paco Montes?… cualquiera sabe… Yo sé muchas cosas más, pero no las voy a contar».

Tras la muerte de Paco Montes detuvieron a Francisca Cañada y a su padre. Pero la novia no delató a su hermana ni a su cuñado. Al principio, declaró que habían sido asaltados por un enmascarado. Poco después, los autores del crimen fueron a entregarse. A José Pérez lo condenaron a siete años de cárcel, de los que cumplió tres. Probablemente fue amnistiado con la República. Carmen Cañada fue encarcelada pero salió pronto.

Casimiro Pérez, el novio, no volvió a ver a Paquita Cañada. Se casó con otra mujer y se fue a trabajar a San José, donde murió en 1990 a los 92 años. Su hija María ratifica, una vez más, la teoría del silencio. «Mi padre no volvió a mencionar ese asunto. Por eso yo tampoco quiero hablar. Si él no lo ha contado, cómo voy yo a faltarle ahora que está muerto… Sólo puedo decirles que hemos vivido una vida tranquila y que las relaciones con mis primos son buenas. Aquello pasó, para qué removerlo más». Francisca Cañada Morales, Paca la Coja, se encerró en vida en el cortijo que su padre le dejó en herencia y se convirtió en leyenda. Los niños de Níjar se acercaban con miedo para verla. Probablemente murió sin saber que su vida había inspirado la obra de un gran poeta.

El 8 de marzo de 1933 se estrenó en Madrid Bodas de Sangre. Dos años antes, la periodista almeriense Carmen de Burgos, Colombine, había publicado Puñal de Claveles, inspirado en los mismos hechos. Colombine presenta un relato con una lectura casi feminista y un final feliz.

Eso es la literatura. La realidad ha sido mucho más feroz: aún hoy en los campos desolados de esta comarca almeriense, una mujer capaz de romper las normas y decidir sobre su propio destino está, por lo general, condenada al destierro, a la desesperación o a la locura. Y casos recientes en Níjar así lo atestiguan.

Pero esta es otra historia.


La historia real del crimen de Níjar, contada por la familia

Marta Rodríguez – Lavozdealmeria.es

9 de junio de 2015

Tenía cuatro o cinco años cuando conoció a aquella anciana vestida de luto de pies a cabeza. Lejos de darle miedo, se sintió atraída por un aura de bondad que todavía hoy, casi medio siglo después, la llena de emoción. La calidez de su rostro contrastaba con la mirada triste de quien no ha tenido una vida feliz.

Josefina Góngora era la niña que observaba y Francisca Cañadas -su tía abuela, conocida como Paca «la coja»-, esa anciana de mirada pesarosa. Su aciaga historia ha pasado a la posteridad como el crimen de Níjar, un suceso ocurrido en los años veinte del siglo pasado en el Cortijo del Fraile, en pleno corazón del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar.

Basándose en la noticia que publicó la prensa de la época, Federico García Lorca y Carmen de Burgos inmortalizaron esta tragedia en Bodas de sangrePuñal de claveles, respectivamente. Sin embargo, nadie hasta ahora había contado la verdad sobre lo que pasó aquella tarde de julio de 1928. Ningún miembro de la familia había dado su versión acerca de lo que aconteció tras aquella huida a caballo por el camino de tierra que va de Rodalquilar a Los Albaricoques.

Cansada de leer cosas que «no son verdad» y con la imagen de Francisca Cañadas grabada a fuego en la memoria, Josefina Góngora (Almería, 1964) ha relatado en un libro el crimen de Níjar tal y como se lo han contado desde siempre en su casa. «Es una cosa que siempre he querido hacer. Paquita era tía abuela mía y en mi familia siempre escuchaba hablar de la historia y de cómo era ella. Se han dicho cosas muy injustas, como que era un poco libertina y la malilla de la película y yo tenía en mente hacerle un homenaje porque fue todo lo contrario. Yo la conocí y me impresionó mucho», explica la autora a La Voz.

Amor y traición en el Cortijo del Fraile (Círculo Rojo, 2014) es un homenaje a una mujer cuyo único crimen fue enamorarse de la persona equivocada: su primo hermano Francisco Montes. «Era un amor correspondido. De hecho, desde niños decían que eran novios, aunque aquello era un tabú por el parentesco. Pero se querían de un modo inocente y en secreto, él cogía el caballo e iba a verla y ella lo recibía con toda su ilusión», apunta.

Consciente de que era un amor imposible, Paquita se hizo a la idea de quedarse soltera. Pero su familia, temerosa de que la herencia cayera en malas manos, organizó un matrimonio por conveniencia con el cuñado de su hermana. «Ella no estaba enamorada de Casimiro, el otro muchacho, y se sentía derrotaica. Cuando Francisco se enteró de que la casaban, le echó valentía y se presentó en el cortijo con el caballo. Y le dijo a su tío Frasco: “Quiero a Paquita y me la voy a llevar”. Y se fueron», señala.

A Josefina Góngora le habría encantado haber podido escribir otro desenlace para esta huida, pero en este caso el final feliz se queda para la ficción. Las malas lenguas de la zona empezaron a hablar y Francisco Montes acabó abatido a tiros en un cruce, mientras Paquita resultó muerta en vida. Tenía veinte años y no murió hasta 68 después. Casi siete décadas vestida de negro. Con el tiempo detenido y la única compañía de sus sobrinas. Estigmatizada por la sociedad.

«Vivió solica de forma humilde, pegada al calor de sus sobrinas y con mucha humildad. Nunca pudo volver al Cortijo del Fraile, decía: “En mi tierra amada de sangre derramada”. Al fallecer en los ochenta, el cura dijo que había vivido como una santa, como una mártir y es verdad».

«Ya no se sabe lo que sucedió en verdad»

«Puede que Puñal de claveles y Bodas de sangre se hayan mezclado con la historia real del crimen de Níjar y también con lo que se ha publicado en Internet. Ya no se sabe ni lo que pasó en verdad, por eso he querido contarlo». Josefina Góngora reflexiona de esta forma acerca de cómo las ficciones de Carmen de Burgos, Colombine, y Federico García Lorca, inspiradas en el suceso, se han confundido con el tiempo con la realidad. Y precisamente ahí surge la razón de ser de su libro Amor y traición en el Cortijo del Fraile.

Lectora empedernida desde la infancia, la autora ha buceado durante años tanto en la obra de teatro del poeta y dramaturgo granadino como en la novela de la periodista y escritora almeriense. «García Lorca hizo su gran obra de teatro inspirándose en el suceso y creó una historia muy bonita. Y Carmen de Burgos igual. Pero ninguna es el crimen real, no se había publicado hasta ahora», insiste.

Miedo inicial

Josefina Góngora siempre tuvo en la cabeza la idea de escribir un libro sobre esta historia que marcó de por vida a su familia, pero tenía miedo de la acogida de sus seres queridos. «Después de ir a Círculo Rojo con mis dos hijos, me arrepentí porque temía que cayese mal en la familia, pero lo he tratado todo con mucha sensibilidad centrándome en la parte bonita y por ahora mis primos, los que la han leído, la ven bien», confiesa.

A su padre, sobrino directo de Francisca Cañadas -Paquita «la coja»-, se lo está leyendo poco a poco, pues tiene casi 90 años y se emociona.

La ayuda de su hija

«En un mes la tenía escrita. Yo la veía trabajando y la dejé que siguiera. Luego fui la primera en leerla y me sorprendió porque siempre decía que no podía y está genial. Entonces empecé a alentarla para ir a una editorial y publicarla. Fuimos a Círculo Rojo y nos atendió una chica muy simpática que nos acogió con los brazos abiertos», indica Irene, su hija, que la ha ayudado en la corrección y la acompaña a sus primeras entrevistas.

Su próxima obra estará formada por poemas inspirados en los sentimientos y las vivencias de Paquita Cañadas.

Pena por el estado ruinoso del cortijo

Don Francisco Cañadas, bisabuelo de Josefina Góngora y padre de Paca «la coja», llevaba el Cortijo del Fraile en régimen de aparcería en los años en que perteneció a la familia Acosta. Una etapa en la que esta propiedad que entonces tenía más de 700 hectáreas vivió su momento de máximo esplendor. «Fue el que mejor lo llevó de todos, sacaba muchísimo dinero. Nunca volvió a vivir tanto esplendor. Tras el crimen, mi bisabuelo rehizo su vida y el cortijo pasó a otra gente», cuenta Góngora.

De ahí que su padre, que tiene casi 90 años, y toda su familia estén viviendo con tanta pena la decadencia y la ruina del inmueble, declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por la Junta de Andalucía en 2010. «Llevamos con mucha pena todo el proceso, hemos pedido por activa y por pasiva que lo arreglen. Mi padre, que vivió allí, quiere que lo lleve, pero me da pena que vea tanto el cortijo como la palmera, que se está cayendo afectada por el picudo rojo con lo linda que era. Tiene la ilusión de ver todo antes de morirse», añade en declaraciones a La Voz.

Construido por los frailes dominicos en el siglo XVIII, en 1836, como consecuencia de las leyes de desamortización de las propiedades de las órdenes religiosas, fue confiscado por el estado y, tras subasta, pasó a manos privadas. Hoy pertenece a la empresa Agrícola Mar Menor.


Biografía de Federico García Lorca

Cervantesvirtual.com

Una vida, en breve

Federico García Lorca, uno de los poetas más insignes de nuestra época, nació en Fuente Vaqueros, un pueblo andaluz de la vega granadina, el 5 de junio de 1898 -el año en que España perdió sus colonias. Su madre, Vicenta Lorca Romero, había sido durante un tiempo maestra de escuela, y su padre, Federico García Rodríguez, poseía terrenos en la vega, donde se cultivaba remolacha y tabaco. En 1909, cuando Federico tenía once años, toda la familia -sus padres, su hermano Francisco, él mismo, sus hermanas Conchita e Isabel- se estableció en la ciudad de Granada, aunque seguiría pasando los veranos en el campo, en Asquerosa (hoy, Valderrubio), donde Federico escribió gran parte de su obra.

Más tarde, aun después de haber viajado mucho y haber vivido durante largos períodos en Madrid, Federico recordaría cómo afectaba a su obra el ambiente rural de la vega: «Amo a la tierra. Me siento ligado a ella en todas mis emociones. Mis más lejanos recuerdos de niño tienen sabor de tierra. Los bichos de la tierra, los animales, las gentes campesinas, tienen sugestiones que llegan a muy pocos. Yo las capto ahora con el mismo espíritu de mis años infantiles. De lo contrario, no hubiera podido escribir Bodas de sangre

En sus poemas y en sus dramas se revela como agudo observador del habla, de la música y de las costumbres de la sociedad rural española. Una de las peculiaridades de su obra es cómo ese ambiente, descrito con exactitud, llega a convertirse en un espacio imaginario donde se da expresión a todas las inquietudes más profundas del corazón humano: el deseo, el amor y la muerte, el misterio de la identidad y el milagro de la creación artística.

Primeros pasos: Fuente Vaqueros

El traslado de la familia del campo a la ciudad afectó profundamente a Federico. En 1916 o 1917, cuando empezaba a interesarse por la literatura, redactó un largo ensayo autobiográfico en el que evocaba Fuente Vaqueros, «aquel pueblecito muy callado y oloroso» de la vega de Granada. «El pueblo está rodeado de chopos que se ríen, cantan y son palacios de pájaros y de sus sauces y zarzales que en el verano dan frutos dulces y peligrosos de coger. Al aproximarse hay gran olor de hinojos y apio silvestre que vive en las acequias besando al agua. En verano el olor es de paja que en las noches, con la luna, las estrellas, y los rosales en flor, forma una esencia divina que hace pensar en el espíritu que la formó».

En estas páginas autobiográficas intentó captar sus experiencias en la escuela, los juegos con los amigos, el ambiente de su casa y su asombro ante las desigualdades sociales; como recordó en una entrevista: «Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, ser un niño rico en el pueblo, un mandón». Como resultado de su nueva vida en Granada experimentó una sensación de ruptura con aquel pasado en el campo y, desde el umbral de la adolescencia, exclamó: «Hoy de niño campesino me he convertido en señorito de ciudad […] Los niños de mi escuela son hoy trabajadores del campo y cuando me ven casi no se atreven a tocarme con sus manazas sucias y de piedra por el trabajo. ¿Por qué no corréis a estrechar mi mano con fuerza? ¿Creéis que la ciudad me ha cambiado? No… Vuestras manos son más sanas que las mías. Vuestros corazones son más puros que el mío. Vuestras almas de sufrimiento y de trabajo son más altas que mi alma. Yo soy el que debiera estar cohibido ante vuestra grandeza y humildad. Estrechad, estrechad mi mano pecadora para que se santifique entre las vuestras de trabajo y castidad».

Los viajes de estudios

Durante su adolescencia, Federico García Lorca sintió más afinidad por la música que por la literatura. De niño le fascinó el teatro, pero estudió también piano, tomando clases con Antonio Segura Mesa, ferviente admirador de Verdi. Su primer asombro artístico surgió no de sus lecturas sino del repertorio para piano de Beethoven, Chopin, Debussy y otros. Como músico, no como escritor novel, lo conocían sus compañeros de la Universidad de Granada, donde se matriculó, en el otoño de 1914, en un curso de acceso a las carreras de Filosofía y Letras y de Derecho.

El ambiente intelectual que rodeaba al joven estudiante era de una riqueza sorprendente para una ciudad provinciana. En la tertulia llamada «El Rinconcillo», del animado café Alameda, García Lorca se reunía con frecuencia con un grupo de jóvenes de talento que llegarían a ocupar puestos importantes en el mundo de las artes, la diplomacia, la educación y la cultura. En la Universidad, dos profesores le abrieron camino: Fernando de los Ríos, profesor de Derecho Político Comparado y futuro adalid del socialismo español, y Martín Domínguez Berrueta, titular de Teoría de la Literatura y de las Artes.

Con Domínguez Berrueta hicieron Federico y sus compañeros una serie de viajes de estudios a Baeza, Úbeda, Córdoba y Ronda (junio de 1916); a Castilla, León y Galicia (otoño del mismo año); otra vez a Baeza (primavera de 1917); y un último viaje a Burgos (verano y otoño de 1917). Estos viajes pusieron a Federico en contacto con otras regiones de España y ayudaron a despertar su vocación como escritor. Fruto de ello sería su primer libro de prosa, Impresiones y paisajes, publicado en 1918 en edición no venal costeada por el padre del poeta. No se trata de un simple diario de sus excursiones, sino de una pequeña antología de sus mejores páginas en prosa. El joven poeta discurre sobre temas políticos -la decadencia y el porvenir de España, sus inquietudes religiosas, la vida monacal- y sus intereses estéticos, como eran el canto gregoriano, la escultura renacentista y barroca, los jardines o la canción popular.

Con la publicación de Impresiones y paisajes y la muerte de su profesor de música al año siguiente, el aprendiz de músico entró, en palabras suyas, «en el reino de la Poesía y acabé de ungirme de amor hacia todas las cosas». En el otoño de 1918 confesaría: «Me siento lleno de poesía, poesía fuerte, llana, fantástica, religiosa, mala, honda, canalla, mística. ¡Todo, todo! ¡Quiero ser todas las cosas!»

Madrid

Primavera de 1919. Varios miembros de «El Rinconcillo» se habían trasladado ya a la capital y, en marzo de ese mismo año, José Mora Guarnido escribía a Federico desde Madrid: «Debías venir aquí; dile a tu padre en mi nombre que te haría, mandándote aquí, más favor que con haberte traído al mundo».

Fue Fernando de los Ríos quien, al fin, tuvo que convencer a los padres del poeta para que le dejaran salir de Granada y seguir con sus estudios en la Residencia de Estudiantes de Madrid, dirigida por Alberto Jiménez Fraud. Así pasó Federico a formar parte de una institución que pretendía ser, en palabras de su director, un «hogar espiritual donde se fragüe y depure, en corazones jóvenes, el sentimiento profundo de amor a la España que se está haciendo, a la que dentro de poco tendremos que hacer con nuestras manos».

Fundada a semejanza de los colleges de Oxford y Cambridge, la Residencia de Estudiantes representaba, en aquel entonces, un punto de contacto importantísimo entre las culturas española y extranjera. Aquel hervidero intelectual supuso un excelente caldo de cultivo para el desarrollo del poeta. Su vida en «la Colina de los Chopos» le dio una nueva visión de la responsabilidad del artista frente a la sociedad y reforzó su amor por la cultura, desde la clásica a la popular española. Así, entre 1919 y 1926, Federico conoció a muchos de los más importantes escritores e intelectuales del país. En la Residencia se hizo amigo de Luis Buñuel, de Rafael Alberti o de Salvador Dalí. Además, gracias a la muy activa política cultural de Jiménez Fraud, pasaron por allí numerosos conferenciantes, científicos, músicos y escritores extranjeros: Claudel, Valéry, Cendrars, Max Jacob, Marinetti, Madame Curie, H.G. Wells, Le Corbusier, Chesterton, Wanda Landowska, Ravel, Milhaud, Poulenc…

Los dos primeros años de Federico en la capital (1919-1921) constituyeron una época de intenso trabajo. Sus caminatas por la ciudad, sus visitas a Toledo con Pepín Bello, Buñuel y Dalí, sus encuentros con directores teatrales -como Eduardo Marquina o Gregorio Martínez Sierra- y con la vaguardia -los ultraístas, Ramón Gómez de la Serna o el creacionista Vicente Huidobro-, aún le dejaron tiempo para terminar y publicar su Libro de poemas, componer las primeras Suites, estrenar El maleficio de la mariposa -que fue un fenomenal fracaso- y elaborar otras piezas teatrales. No perdió tampoco la oportunidad de conocer a Juan Ramón Jiménez, a quien acudió con una carta de presentación de Fernando de los Ríos en 1919: «Ahí va ese muchacho lleno de anhelos románticos: recíbalo usted con amor, que lo merece; es uno de los jóvenes en que hemos puesto más esperanzas» -y a la que respondió Juan Ramón de esta manera: «Su poeta vino y me hizo una excelentísima impresión. Me parece que tiene un gran temperamento y la virtud esencial, a mi juicio, en arte: entusiasmo».

Con aquella visita se inició una amistad duradera, y la correspondencia de Lorca deja claro que Juan Ramón -generoso mentor de todos los poetas jóvenes de aquel entonces- tuvo una influencia decisiva en su visión del quehacer poético. Durante los siguientes dos años ayudó a Federico a publicar algunos de sus versos en revistas de prestigio, como España, La Pluma o Índice, y le convenció para que editara su Libro de poemas en la imprenta de Gabriel García Maroto, en vez de hacerlo en una editora comercial más grande, para que Federico tuviera la oportunidad de cuidar, él mismo, de todos los aspectos de la edición.

Libro de poemas contiene versos seleccionados, con la ayuda de su hermano Francisco, de todo lo que había escrito desde 1918. Algunos de ellos giran alrededor de la fe religiosa, tema al que había dedicado cientos de páginas en prosa y en verso. Otros tratan del anhelo del poeta de unirse con la naturaleza o de recuperar una infancia perdida. En versos que recuerdan al primer Juan Ramón Jiménez, a Rubén Darío y a poetas menores del modernismo hispánico, el poeta lamenta que la razón y la retórica hayan reemplazado la fe poética que poseía como niño.

Cuando se publicó este libro, en mayo de 1921, Federico ya se había entregado a otros proyectos y volvió a Granada ilusionado con la composición de sus Suites. El entusiasmo señalado por Juan Ramón le llevaba hacia el estudio del folclore: títeres, cante jondo, la canción popular. Estaba a punto de conocer a Manuel de Falla.

Granada y Manuel de Falla

Falla se había trasladado a Granada a mediados de septiembre de 1920, y en el verano de 1921 se instaló en el carmen de Santa Engracia, próximo a la Alhambra, donde Federico le visitó con frecuencia. El poeta se sintió pronto íntimamente ligado al compositor al compartir con él su amor por la música, los títeres, el cante jondo…

Entre los primeros en dar al compositor la bienvenida a Granada en 1920 estuvo el grupo de jóvenes amigos que se reunía en el café Alameda de la plaza del Campillo, y que formaba la ya citada tertulia de «El Rinconcillo». José Mora Guarnido explicaba así el nombre dado a la tertulia: «En el fondo del café Alameda, detrás del tabladillo en donde actuaba un permanente quinteto de piano e instrumentos de cuerda, había un amplio rincón donde cabían dos o tres mesas con confortables divanes contra la pared, y en aquel rincón […] plantaron su sede nocturna» un grupo de intelectuales granadinos: los dos hermanos Lorca, los periodistas Melchor Fernández Almagro, José Mora Guarnido y Constantino Ruiz Carnero, los futuros poetas o críticos José Fernández Montesinos, Miguel Pizarro y José Navarro Pardo, y los pintores Manuel Ángeles Ortiz, Ismael González de la Serna o Hermenegildo Lanz, entre otros.

La vida granadina de Federico a partir de 1920 o 1921 giró, pues, alrededor de esos dos focos culturales: Falla y los integrantes de «El Rinconcillo». Estos últimos intentaban dar nuevo brío a la vida cultural de la ciudad, defendiendo aquella parte del patrimonio artístico que pudiera orientar a las nuevas generaciones en su rebelión contra el «costumbrismo» y el «color local», y asustando a la «Beocia burguesa», en palabras de Mora. Algunos de los proyectos apenas transcendieron el ámbito local, como, por ejemplo, la colocación de azulejos conmemorativos en honor a los «viajeros europeos ilustres» que habían contribuido al conocimiento de Granada en el extranjero. Otros, sin embargo, tuvieron repercusión en el resto de España y Europa, especialmente el Primer Concurso de Cante Jondo, celebrado en junio de 1922.

Promovido por Falla, Lorca e Ignacio Zuloaga, y apoyado por el Ayuntamiento de Granada, aquel concurso tenía varios objetivos: marcar la diferencia entre el cante jondo -de orígenes antiquísimos, según Lorca y Falla- y el cante flamenco -creación, según ellos, más reciente-; ganar respeto para el cante jondo como arte; preservarlo de la adulteración musical y de la amenaza de los cafés cantantes y la ópera flamenca; premiar a los cantaores no profesionales, y demostrar la influencia que habían tenido el cante, el baile y el toque jondos no sólo en la música española, sino también en la francesa y la rusa. El concurso fue un atrevido intento de conectar el arte musical de Andalucía con el arte «universal». La fórmula estética de Falla -«de lo local a lo universal» -iba a fijarse para siempre en el corazón de su joven discípulo.

Meses antes del concurso Federico pronunció, para educar al público granadino, una de las conferencias que más revelan sobre su propios principios estéticos «Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado cante jondo»; texto que revisaría años después al leerla en Argentina, Uruguay y en varias ciudades españolas.

Otro fruto de su interés por el cante jondo fue su segundo libro de versos, Poema del cante jondo, escrito en 1921 y publicado una década más tarde. En este libro, como en sus Suites, Lorca explora las posibilidades de la secuencia de poemas cortos. Sin llegar al pastiche, se inspira en la brevedad, intensidad y concentración temática de las coplas del cante jondo, que habían sido para él toda una revelación artística: «Causa extrañeza y maravilla cómo el anónimo poeta del pueblo extracta en tres o cuatro versos toda la rara complejidad de los más altos momentos sentimentales en la vida del hombre».

El poeta acariciaba la idea de crear con el compositor gaditano un teatro ambulante, Los Títeres de Cachiporra, que sería comparable, en su tratamiento estilizado del folclore, a los Ballets Russes de Diaghilev, con los que Falla había colaborado. En casa del poeta ofrecieron ambos, a sus familiares y amigos, un espectáculo inolvidable de títeres en la festividad de los Reyes Magos de 1923, en el que, con Falla al piano, estrenó Federico La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón y se interpretó -«por primera vez en España», según Federico- La historia del soldado de Igor Stravinski. Fiesta en que se reunían, pues, lo tradicional (La niña… se basaba en un viejo cuento andaluz) y las corrientes musicales más modernas.

La amistad de Falla seguiría orientando a Federico García Lorca a la hora de reconciliar las nuevas corrientes estéticas con las formas populares. En 1923, Falla y Lorca estaban colaborando en una opereta lírica, Lola, la comedianta, nunca terminada, y al año siguiente el compositor ayudó a Federico a dar la bienvenida al poeta Juan Ramón Jiménez, quien visitó a la familia García Lorca durante el mes de julio de 1924.

Cadaqués y Salvador Dalí

En abril de 1925, desde la Residencia de Estudiantes, Federico anunció a sus padres que había recibido una invitación para pasar la Semana Santa en Cadaqués con su amigo Salvador Dalí: «Dalí me invita espléndidamente. He recibido una carta de su padre, notario de Figueras, y de su hermana (una muchacha de esas que ya es volverse loco de guapas) invitándome también, porque a mí me daba vergüenza de presentarme de huésped en su casa. Pero son una clase de familia distinta a lo general y acostumbrada a vida social, pues esto de invitar gente a su casa se hace en todo el mundo menos en España. Dalí tiene empeño en que trabaje esta semana santa en su casa de Cadaqués y lo conseguirá, pues me hace ilusión salir unos días a pleno mar y trabajar y ya sabéis vosotros cómo el campo y el silencio dan a mi cabeza todas las ideas que tengo».

Fue el primer viaje de Federico a Cataluña, y aquella visita y una segunda estancia más larga, entre mayo y julio de 1927, dejaron una huella profunda en la vida y obra de ambos.

Dalí había ingresado en 1922 en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y vivía en la Residencia, donde había trabado amistad con el poeta granadino. Durante cinco años, desde 1923 hasta 1928, los mundos artísticos de Dalí y de Federico se compenetraron hasta tal punto que Mario Hernández ha hablado, con razón, de un período daliniano en la obra del poeta, y Santos Torroella, de una época lorquiana en la del pintor. Fruto de esta amistad, que se convirtió en pasión amorosa, fue la «Oda a Salvador Dalí», que Federico publicó en abril de 1926 en Revista de Occidente, poema «didáctico» -así lo llama- en que canta «…un pensamiento / que nos une en las horas oscuras y doradas».

En sus discusiones en Madrid y Cadaqués, y en un riquísimo epistolario que se ha conservado sólo en parte, los dos amigos abordaban cuestiones estéticas de hondo interés para ambos. Juntos exploraron la pintura y la poesía contemporáneas y el arte del pasado. Cuando Federico preparaba su tragedia Mariana Pineda, en la que intentaba captar la historia de la heroína granadina en bellas «estampas» románticas, le pidió a Dalí que diseñara el decorado para su estreno en Barcelona (1927). Otros proyectos se quedaron en pura conversación, como el Libro de los putrefactos, una serie de dibujos satíricos de Dalí que iba a incluir un prólogo, jamás escrito, de Federico.

Dalí alentó al granadino en su esfuerzo por comprender la pintura moderna (véase su conferencia «Sketch de la nueva pintura») y lo animó como dibujante, reseñando su primera exposición, en el verano de 1927, en las Galeries Dalmau de Barcelona.; Y fue Federico, sin duda, quien más animó a Dalí como escritor. En 1928, la granadina Gallo -revista literaria impulsada por Lorca y dirigida por su hermano Francisco- publicó las traducciones al español del «San Sebastián» de Dalí -un ensayo, en forma de narración, en que expone su estética de la «santa objetividad»- y del «Manifiesto antiartístico catalán», firmado por Dalí, Sebastià Gasch y Lluis Montanyà.

La estética de Dalí le sirvió a Federico como estímulo cuando empezaba a cultivar, a partir de 1927, una poesía de «evasión», en la que se daba menos importancia a la metáfora que a lo que Federico llamó -sirviéndose de la expresión de Dalí- el «hecho poético»: la imagen que pretende «evadirse» de cualquier explicación racional (véase su conferencia «Imaginación, inspiración, evasión»).

De la mano de Dalí pudo adquirir Federico un conocimiento más profundo del arte popular y culto de Cataluña, región por la que sentiría siempre gran afecto. Si el ingreso en la Residencia de Estudiantes le había permitido trascender las limitaciones del medio granadino, los viajes a Cataluña le revelaron las limitaciones del mundo cultural de Madrid.

Viaje a Luis de Góngora

Mientras Federico descubría el mundo cultural de Cataluña, los poetas españoles estaban a punto de rescatar y celebrar a un poeta barroco cuya estética -originalidad de la metáfora, esplendor sintáctico y léxico- les impresionaba hondamente. Luis de Góngora y Argote (1561-1627) dejó huella en la poesía de García Lorca -por ejemplo, en «La sirena y el carabinero» y en algunos de los romances gitanos-, y la celebración de su tricentenario sirvió para aunar a los poetas españoles en lo que algunos de ellos empezaron a llamar una «generación». Los amigos de Lorca -Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre- se conocen hoy en día como integrantes de aquella Generación del 27.

El cri de guerre inicial lo lanzó Gerardo Diego en un ensayo titulado «Escorzo de Góngora». Desde Valladolid, en febrero de 1924, Jorge Guillén acusa recibo de ese ensayo y de este nuevo «contemporáneo»: «Aunque esto de las generaciones es casi un mito, y casi una tontería, sin embargo, siento cada día más vivamente la convivencia con mis verdaderos contemporáneos. Sí, creo en la contemporaneidad de los espíritus. Leyendo, atisbando su Góngora, me siento tan aludido que ¿cómo no expresarlo, cómo no sacar esta alusión a evidencia amistosa?» Correspondencia. Pedro Salinas, Gerardo Diego, Jorge Guillén (1920-1983), ed. José Luis Bernal, pp. 47-48.]

Dos años más tarde, Lorca envió a Guillén las primicias de un hermoso ensayo suyo leído como conferencia en febrero de 1926: «La imagen poética de don Luis de Góngora», donde expresaba la imponderable grandeza del poeta cordobés. Según Lorca, Góngora armonizaba mundos diversos gracias a su uso de la mitología, dominó como nadie el mecanismo de la metáfora y de la inspiración, y su lenguaje cayó sobre la lengua española como un rocío vivificador. Otros poetas amigos, desde Rafael Alberti hasta Gerardo Diego, Guillén o Dámaso Alonso, pusieron en marcha una campaña de homenaje y divulgación en torno a la figura y obra de Góngora, campaña que, en efecto, marca un fenómeno «generacional» (se abstienen Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez…) y que culmina con el viaje de sus promotores a Sevilla.

En diciembre de 1927, en el Ateneo de aquella ciudad, el grupo formado por el propio Lorca, Alberti, Cernuda, José Bergamín, Juan Chabás, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Mauricio Bacarisse, comunicó a un público entusiasta una nueva visión no sólo de Góngora sino de su propio arte frente al de las generaciones anteriores. En la más sustanciosa y sabia de esas intervenciones, Dámaso Alonso pidió una «completa revisión de los valores de la literatura pretérita». Expuso un nuevo enfoque de la literatura española, arguyendo que al lado del realismo y del «vulgarismo» asociados habitualmente con las letras españolas había una corriente de aristocrático idealismo ejemplificado por la obra de don Luis y por la de los poetas modernos que se agrupaban en torno a él.

El viaje en tren de Madrid a Sevilla fue narrado graciosamente por Jorge Guillén en una serie de cartas a su mujer, Germaine Cahen (editadas por Biruté Ciplijauskaité): «Es absurdo» -escribe Guillén-. «Ni antes, ni después de ahora volveré a contemplar todo un departamento de un vagón, lleno de estos animales llamados poetas.»

Los actos oficiales -dos veladas literarias y un banquete en la venta de Antequera- fueron conmemorados en la prensa sevillana de aquel entonces. Años después, Dámaso Alonso, Luis Cernuda y Rafael Alberti recordarían con nostalgia otros pormenores de la celebración: una juerga en Pino Montano -el cortijo del torero Ignacio Sánchez Mejías, que había costeado la excursión-, la travesía nocturna del Guadalquivir, el primer encuentro de Cernuda y García Lorca…

Entre 1924 y 1927, pues, puede decirse que Federico García Lorca llegó a su madurez como poeta, atento al arte del pasado y formando parte de uno de los grupos poéticos, en palabras suyas, «más importantes de Europa, por no decir el más importante de todos».

Un poeta en Nueva York

El éxito crítico de Canciones (1927) y el éxito popular de Primer romancero gitano, publicado en julio de 1928, dejó descontento a Federico García Lorca, que, en cartas a sus amigos en el verano de 1928, confesaba estar atravesando una gran crisis sentimental, «una de las crisis más hondas de mi vida». [Cartas a Sebastià Gasch y a José Antonio Rubio Sacristán, agosto de 1928]. «Estoy convaleciente de una gran batalla y necesito poner en orden mi corazón. Ahora sólo siento una grandísima inquietud. Es una inquietud de vivir, que parece que mañana me van a quitar la vida» [A Rafael Martínez Nadal, agosto de 1928].

Esta crisis debió de agravarse en septiembre, cuando el poeta recibió en Granada una durísima carta de Dalí sobre el Romancero gitano, en la que argüía el pintor catalán que gran parte de la obra estaba «ligada en absoluto a las normas de la poesía antigua, incapaz de emocionarnos», y que el libro pecaba de «costumbrismo» y «moviéndose dentro de la ilustración y de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas».

La crisis de García Lorca había sido provocada por varias circunstancias vitales. Por una parte, con el éxito popular del Romancero surgió la imagen pública -que pervive todavía en algunas partes- de un Lorca costumbrista, cantor de los gitanos, ligado temáticamente al folclore andaluz. El mismo poeta se había quejado de esa imagen antes de que saliera el Romancero, e incluso antes de la publicación de Canciones, en una carta a Jorge Guillén de principios de enero de 1927: «Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me va echando cadenas».

Por otra parte, mientras Dalí y Luis Buñuel criticaban duramente su obra, Lorca se separó de Emilio Aladrén, un joven escultor con el que había mantenido una fuerte relación afectiva.

A pesar de sus preocupaciones y de un «horrible verano de sentimientos», el poeta no dejó de trabajar intensamente, y se entregó a proyectos nuevos muy distintos al Romancero. En Granada se rodeaba de un grupo de amigos jóvenes y editó los dos únicos números de la citada revista Gallo. Envió al crítico de arte Sebastià Gasch algunos de sus mejores dibujos y dos poemas en prosa «Nadadora sumergida…» y «Suicidio en Alejandría» -que respondían a su «nueva manera espiritualista: emoción pura descarnada, desligada del control lógico». Exploró en una de sus mejores conferencias el mundo de las nanas infantiles, y explicó su nueva teoría de la «evasión» poética. Durante el invierno de 1928 se propuso estrenar su «aleluya erótica» Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, intento frustrado por los censores del régimen de Primo de Rivera.

Aun en medio de estos proyectos, debió de quedar claro para Lorca que necesitaba desvincularse durante cierto tiempo del ambiente andaluz y de su círculo madrileño de amigos. En la primavera de 1929, Fernando de los Ríos, antiguo maestro de Federico y amigo de su familia, propuso que el joven poeta le acompañara a Nueva York, donde tendría la oportunidad de aprender inglés, de vivir por primera vez en el extranjero y, quizás, de renovar su obra. Se embarcaron en el Olympic -buque hermano del Titanic- y arribaron el 26 de junio.

La estancia en Nueva York fue, en palabras del propio poeta, «una de las experiencias más útiles de mi vida». Los nueve meses que pasó -entre junio de 1929 y marzo de 1930- en Nueva York y Vermont y luego en Cuba hasta junio de ese año cambiaron su visión de sí mismo y de su arte.

Fue ésta su primera visita al extranjero; su primer encuentro con la diversidad religiosa y racial; su primer contacto con las grandes masas urbanas y con un mundo mecanizado. Casi podría decirse que su viaje a Nueva York representó su descubrimiento de la modernidad. Allí exploró el teatro en lengua inglesa, paseó por el barrio de Harlem con la novelista negra Nella Larsen, escuchó jazz y blues, conoció el cine sonoro, leyó a Walt Whitman y a T. S. Eliot, y se dedicó a escribir uno de sus libros más importantes, el que se publicó, cuatro años después de su muerte, con el título de Poeta en Nueva York.

Pocos críticos y biógrafos han escrito sobre la vida de Lorca en Nueva York sin insistir en que allí se sintió deprimido y aislado. Tal es, desde luego, el sentimiento que desprenden sus poemas. Pero existe también una serie de cartas encantadoras a su familia donde presentaba una imagen muy diferente. Estas cartas, con su visión más risueña de la «ciudad más atrevida y más moderna del mundo», hacen imposible una lectura autobiográfica de Poeta en Nueva York y nos recuerdan que uno de los logros más admirables de esta obra consiste en la creación de un protagonista trágico, la «voz» de los poemas, que tiene propiedades, como dijo un crítico, de «Prometeo, profeta y sacerdote». Sin duda, ese protagonista se relaciona con la «persona» creada por Walt Whitman, a quien dedicó Lorca una «Oda» en su libro.

Una tercera visión de la ciudad -aparte de la epistolar y la poética- la ofreció Lorca al volver a España, en una conferencia-recital titulada «Un poeta en Nueva York».

Del conjunto de estos tres textos -conferencia, cartas, y, sobre todo, el libro de poemas- surge una visión penetrante y memorable no sólo de la civilización norteamericana, sino de la soledad y la angustia del hombre moderno.

La Habana

En marzo de 1930, Lorca salió de Nueva York en tren con rumbo a Miami, donde se embarcó para Cuba. Antes de su llegada, su visión de la isla era, según él mismo reconoció, puramente pintoresca; al pensar en el paisaje cubano y en el tono poético de la isla, recordaba las deliciosas litografías de las cajas de habanos que había visto de niño.

En La Habana, Lorca experimentó una sensación de libertad y de alivio. Dejando atrás la ciudad de los rascacielos -«Nueva York de cieno. / Nueva York de alambre y muerte»- llegó a «la América con raíces, la América de Dios, la América española», como la llamaría en una conferencia. Después del período neoyorquino, tuvo en La Habana su primer contacto con un país extranjero de habla española.

Entre el 7 de marzo y el 12 de junio de 1930 (fechas de su estancia en Cuba) vivió unos días intensos y alegres. Dio una serie de conferencias, con enorme éxito, en la Institución Hispano-Cubana de Cultura. Exploró la cultura y la música afrocubanas y compuso un son basado en los ritmos de los negros. Conversó sobre la música y el folclore con el matrimonio Antonio Quevedo y María Muñoz -amigos de Manuel de Falla, editores de la revista Musicalia, y fundadores del Conservatorio de Música Bach-. Trabajó en su drama homoerótico El público y gozó de amistades nuevas y antiguas. Coincidió en La Habana con los españoles Adolfo Salazar y Gabriel García Maroto, y se reunió de nuevo con otro amigo entrañable de sus primeros años madrileños: el escritor y diplomático José María Chacón y Calvo. Paseó por las calles de La Habana con el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón y juntos visitaron el famoso Teatro Alhambra, donde se representaban espectáculos satíricos: escenario «vivo, esperpento de la sensualidad habanera saturada de alegría y de humor, de indignación popular». Conoció también a los hermanos Loynaz -Dulce María, Flor, Enrique y Carlos Manuel- en su «casa encantada» del barrio del Vedado.

Período sensual, risueño, pues, en la vida de Federico, quien escribió a sus padres: «Esta isla es un paraíso. Cuba. Si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba».

Volvió a España en el Manuel Arnús, sintiéndose renovado, hablando de la reforma del teatro español y listo para participar en proyectos culturales como La Barraca.

Itinerario cultural de la República: La Barraca

Con la proclamación de la II República en abril de 1931, Federico García Lorca empezó a colaborar con entusiasmo en varios proyectos culturales que pretendían fomentar un mayor intercambio entre la cultura de las ciudades y la de los pueblos.

Bajo los auspicios de los comités de cooperación intelectual, fundados por Arturo de Soria y Espinosa, Federico García Lorca dio una serie de conferencias en distintas partes del país. En Sevilla, Salamanca o Santiago de Compostela habló del cante jondo y leyó los poemas que había escrito en Nueva York. «Se trataba -escribe Ian Gibson- de fundar comités en todas las grandes ciudades; promover el intercambio de ideas; invitar a destacados conferenciantes; procurar unir a todos aquellos jóvenes intelectuales que compartiesen el amor a los principios de libertad y de progreso social; fomentar la solidaridad» [Federico García Lorca, vol. II, p. 172]. Y para Lorca, la conferencia o la lectura de sus poemas era una manera de forjar lo que él llamaba «una maravillosa cadena de solidaridad espiritual».

La aportación más importante de Federico García Lorca a la política cultural de la República fue, sin duda, la organización del teatro universitario La Barraca, grupo que dirigió junto con Eduardo Ugarte y que, a partir del verano de 1932, representó obras del teatro clásico español en diversos pueblos de España. Durante su estancia en Nueva York, mientras vivió en la Universidad de Columbia, Federico había tenido la oportunidad de observar una vigorosa tradición de teatro no profesional; de ahí, quizás, proviene la idea de dar un nuevo impulso al teatro universitario que había florecido en España siglos antes.

La historia comienza en noviembre de 1931, según su amigo, el diplomático Carlos Morla Lynch: «Muy entrada la noche irrumpe Federico en la tertulia con impetuosidades de ventarrón… Se trata de una idea nueva que ha surgido, con la violencia de una erupción, en su espíritu en constante efervescencia. Concepción seductora de vastas proporciones: construir una barraca -con capacidad para 400 personas-, con el fin de “salvar al teatro español” y de ponerlo al alcance del pueblo. Se darán, en el galpón, obras de Calderón de la Barca, de Lope de Vega, comedias de Cervantes… Resurrección de la farándula ambulante de los tiempos pasados… Aquí Federico se encumbra a las nubes. -Llevaremos -dice- La Barraca a todas las regiones de España; iremos a París, a América…, al Japón…» [En España con Federico García Lorca, pp. 12-128]

Dos aspectos de la experiencia de Federico García Lorca con La Barraca fueron decisivos para su carrera como dramaturgo: le permitió aprender el oficio de director de escena y le expuso a un público nuevo, ajeno a la «burguesía frívola y materializada» de Madrid. En sus viajes por el campo soñó con representar el teatro clásico ante «el pueblo más pueblo», un público «con camisa de esparto frente a Hamlet, frente a las obras de Esquilo, frente a todo lo grande». Estaba convencido de que «lo burgués está acabando con lo dramático del teatro español… está echando abajo uno de los dos grandes bloques que hay en la literatura dramática de todos los pueblos: el teatro español». Esta nueva visión del público debió de afectar profundamente el alcance que intentó dar a su propio teatro durante los últimos años de su vida.

Buenos Aires y Montevideo

En el verano de 1933, mientras Federico hacía una gira con La Barraca, la compañía de Lola Membrives estrenó en Buenos Aires Bodas de sangre. Tal fue el éxito de la tragedia lorquiana que Membrives y su marido, el empresario Juan Reforzo, le invitaron a Buenos Aires, donde dirigió una nueva producción y leyó una serie de conferencias sobre el arte español en la sociedad Amigos del Arte.

Durante los seis meses que pasó en Buenos Aires y Montevideo (entre octubre de 1933 y marzo de 1934), Lorca dirigió no sólo Bodas de sangre, sino también Mariana Pineda, La zapatera prodigiosa, el Retablillo de don Cristóbal y, aprovechando su experiencia con La Barraca, una adaptación de La dama boba, de Lope de Vega. En cartas a su familia, expresó su asombro por el éxito de estas obras y por su creciente popularidad entre el público bonaerense: «Buenos Aires tiene tres millones de habitantes pero tantas, tantas fotografías han salido en estos grandes diarios que soy popular y me conocen por las calles».

Un periodista de aquella época aludió a lo mismo: «García Lorca en la terraza. García Lorca en el piano. García Lorca entre telones. García Lorca en una peña. García Lorca recitando. García Lorca poniéndose la corbata. García Lorca aprendiendo a cebar mate. García Lorca firmando una foto. Y a todo esto, en medio de todo esto, como consecuencia fisiológica de todo esto, García Lorca mirándose las manos, golpeándose la frente, escondiéndose por aquí, huyendo por allá, sin saber el pobre muchacho qué hacer ni dónde meterse para esquivar los golpes del asalto del periodista, del fotógrafo, del dibujante, del empresario, del admirador».

En enero de 1934, el mismo periodista bonaerense había seguido a Federico a Montevideo, con la esperanza de entrevistarle. Éste se sentía «secuestrado», primero por la sociedad porteña y luego por Lola Membrives, que le había encerrado en un cuarto de hotel de aquella ciudad para que a marchas forzadas terminara Yerma, la obra que le había prometido para la siguiente temporada. Al final, el periodista lo encontró, con paso «leve, fugaz», intentando esquivar a otras personas, en un túnel debajo del hotel donde se alojaba:

«¡Por favor…! No me pida usted que cante.
No, señor.
No me pida que recite.
No, señor.
No me pida que toque el piano
No, señor.
No me pida que le lea los dos actos que creo que he terminado de mi nuevo drama Yerma.
No, señor.
Ni un trocito de mi camiseta de marinero.
No, señor.
Y sobre todo, ¡por lo que más quiera!, no me pida que le escriba un pensamiento…»

Su estancia triunfal en Buenos Aires y Montevideo constituyó una revelación: el joven dramaturgo se dio cuenta de que su obra podía interesar a un vasto público fuera de España; de que podía hacer carrera en el teatro, y de que, como dramaturgo, no se quedaría nunca a merced de los empresarios madrileños. Bodas de sangre alcanzó más de ciento cincuenta representaciones en Buenos Aires. Gracias a ello, Federico García Lorca logró, por fin, su independencia económica. Como el viaje a Cuba en 1930, el viaje a Argentina le deparó una serie de amistades nuevas, entre ellas: los poetas Pablo Neruda, Juana de Ibarbourou y Ricardo Molinari; el escritor mexicano Salvador Novo, y el crítico Pablo Suero.

Últimos años

Cuando Federico García Lorca volvió de Buenos Aires, en abril de 1934, contaba 36 años y le quedaban poco más de dos de vida. Vivió ese tiempo de manera intensísima: terminó nuevas obras (Yerma, Doña Rosita la Soltera, La casa de Bernarda Alba y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías); revisó libros ya escritos (Poeta en Nueva York, Diván del Tamarit y Suites); hizo una larga visita a Barcelona para dirigir sus obras, leer sus poemas y dar alguna conferencia, y meditó con ilusión sobre proyectos futuros, que iban desde una versión musicalizada de sus Títeres de Cachiporra a dramas sobre temas sexuales, sociales y religiosos.

Entre 1934 y 1936 dirigió sus esfuerzos, en gran medida, a la renovación del teatro español, con su propia obra y a través de La Barraca y de la organización de clubes teatrales -como el Anfistora, fundado por Pura Maortua de Ucelay- y agrupaciones que debían estrenar obras, clásicas o modernas, que hubieran sido ignoradas por el teatro comercial. Con gran vehemencia reclamó una «vuelta a la tragedia» y al teatro de contenidos sociales candentes.

En sus entrevistas y declaraciones de 1934 a 1936, insistió Lorca, más que nunca, en la responsabilidad social del artista, especialmente en la del dramaturgo, pues éste podía «poner en evidencia morales viejas o equivocadas». Se entregó, como siempre, a la creación poética, pero su poesía «se levanta de la página» y, desde el escenario, llega a un público más amplio. En una velada en el Teatro Español, en que Margarita Xirgu ofreció a los actores de Madrid una representación especial de Yerma, salió al escenario Federico para defender su visión del teatro de «acción social»: «Yo no hablo esta noche como autor ni como poeta, ni como estudiante sencillo del rico panorama de la vida del hombre, sino como ardiente apasionado del teatro y de su acción social. El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la educación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad de un pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar a una nación entera. El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equivocadas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y el sentimiento del hombre».

Mientras pronunciaba Federico estas palabras, Yerma era atacada por la prensa de derechas como obra «inmoral» y «pornográfica». No se apocó Lorca. Insistió en la autoridad oral y estética que debían compartir el dramaturgo y los actores y esperaba «luchar para seguir conservando la independencia que me salva… Para calumnias, horrores y sambenitos que empiecen a colgar sobre mi cuerpo, tengo una lluvia de risas de campesino para mi uso particular».

El ambiente de Madrid, en estos dos años, se había vuelto cada vez más intolerante y violento: España parecía irremediablemente abocada a una guerra civil.

La muerte

En mayo de 1936 un periódico madrileño publicaba una brevísima nota sobre los proyectos de Federico García Lorca. El poeta estaba a punto de cumplir 38 años. Casi había terminado su «drama de la sexualidad andaluza», La casa de Bernarda Alba. Llevaba «muy adelantada» una comedia sobre temas políticos -la llamada Comedia sin título o El sueño de la vida– y estaba trabajando en una obra nueva titulada Los sueños de mi prima Aurelia, elegía de su niñez en la vega de Granada. Planeaba otro viaje a América, esta vez a México, donde esperaba reunirse con Margarita Xirgu. Estaba, pues, rebosante de proyectos, con la sensación de que en el teatro no era más que un «novel»: «Yo no he alcanzado un plano de madurez aún… Me considero todavía un auténtico novel. Estoy aprendiendo a manejarme en mi oficio… Hay que ascender por peldaños… Lo contrario es pedir a mi naturaleza y a mi desarrollo espiritual y mental lo que ningún autor da hasta mucho más tarde… Mi obra apenas está comenzada».

La situación política en Madrid, y en toda España, se había vuelto insostenible. Se hablaba de la posibilidad de un golpe miliar y en las calles de la capital se vivieron numerosos actos de violencia, desde la quema de iglesias hasta los asesinatos políticos.

Aunque Federico García Lorca detestaba la política partidaria y resistió la presión de sus amigos para que se hiciera miembro del Partido Comunista, era conocido como liberal y sufrió con frecuencia las arremetidas de los conservadores por su amistad con Margarita Xirgu o con el ministro socialista Fernando de los Ríos. La popularidad de Lorca y sus numerosas declaraciones a la prensa sobre la injusticia social, le convirtieron en un personaje antipático e incómodo para la derecha: «El mundo está detenido ante el hambre que asola a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena, y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico dice: “¡Oh, qué barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted el lirio que florece en la orilla”. Y el pobre reza: “Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre”. Natural. El día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la gran revolución. ¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?» [Entrevista en La Voz, Madrid, 7 de abril de 1936].

Intuyendo que el país estaba al borde de la guerra, Lorca decidió marcharse a Granada para reunirse con su familia. El día 14 de julio llegó a la Huerta de San Vicente y cuatro días más tarde celebró con ellos la festividad de San Federico.

El 17 de julio estalló en Marruecos la sublevación militar contra la República, y desde Canarias, Francisco Franco proclamó el Alzamiento Nacional. Para el día 20, el centro de Granada estaba en manos de las fuerzas falangistas. Durante la revuelta, el cuñado de Federico, Manuel Fernández-Montesinos, marido de su hermana Concha y alcalde de la ciudad, fue arrestado en su despacho del Ayuntamiento; al cabo de un mes fue fusilado a mano de los rebeldes.

Dándose cuenta de que sería peligroso quedarse en la Huerta de San Vicente, Federico sopesó, con su familia, varias alternativas: intentar llegar a la zona republicana; instalarse en casa de su amigo Manuel de Falla, cuyo renombre internacional parecía ofrecerle protección, o alojarse en casa de la familia Rosales, en el centro de la ciudad. Esta última opción fue la que escogió Lorca, pues tenía una relación de confianza con dos de los hermanos del poeta Luis Rosales, que eran destacados falangistas.

La tarde del 16 de agosto de 1936, Lorca fue detenido en casa de los Rosales por Ramón Ruiz Alonso, un ex diputado de la CEDA, derechista fanático, que sentía un profundo odio por Fernando de los Ríos y por el poeta mismo. Según Ian Gibson, biógrafo de Federico, se sabe que esta detención «fue una operación de envergadura. Se rodeó de guardias y policías la manzana donde estaba ubicada la casa de los Rosales, y hasta se apostaron hombres armados en los tejados colindantes para impedir que por aquella vía tan inverosímil pudiera escaparse la víctima» [Federico García Lorca, vol. II, p. 469]

Lorca fue trasladado al Gobierno Civil de Granada, donde quedó bajo la custodia del gobernador, el comandante José Valdés Guzmán. Entre los cargos contra el poeta -según una supuesta denuncia, hoy perdida y firmada por Ruiz Alonso- figuraban el «ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y ser homosexual» [Federico García Lorca, vol. II, p. 476]. Fueron infructuosos los varios intentos de salvar al poeta por parte de los Rosales y, más tarde, por Manuel de Falla. Según Gibson, «hay indicios de que, antes de dar la orden de matar a Lorca, Valdés se puso en contacto con el general Queipo de Llano, jefe supremo de los sublevados de Andalucía».

Sea como fuere, el poeta fue llevado al pueblo de Víznar junto con otros detenidos. Después de pasar la noche en una cárcel improvisada, lo trasladaron en un camión hasta un lugar en la carretera entre Víznar y Alfacar, donde lo fusilaron antes del amanecer.

Aunque no se ha podido fijar con certeza la fecha de su muerte, Gibson supone que ocurrió en la madrugada del 18 de agosto de 1936. En documentos oficiales expedidos en Granada puede leerse que Federico García Lorca «falleció en el mes de agosto de 1936 a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra.»

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