El crimen de Campo de Artillería

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El crimen de Campo de Artillería
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Despecho - Ricardo López González, zapatero de 70 años, asesinó a una viuda rica por no ceder a sus pretensiones
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 11 de septiembre de 1912
  • Fecha de detención: El día del crimen
  • Perfil de las víctimas: Josefa Rosende, una ex tocinera adinerada de 65 años, habladora y simpática, del Campo de Artillería de A Coruña, viuda por dos veces y adinerada
  • Método de matar: Dos disparos con un revólver Lefaucheux 12 mm, uno de ellos mortal, y posteriormente 14 puñaladas, una de ellas también mortal
  • Localización: A Coruña, Galicia, España
  • Estado: Ricardo López González falleció el 4 de octubre de 1912 en un hospital coruñés en el que había sido internado tras el crimen
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Asesinato por despecho en el campo de artillería (El crimen de CAMPO DE ARTILLERÍA)

Carlos Fernández

10 de noviembre de 2017

Casi siempre que se habla de crímenes pasionales hay unos protagonistas jóvenes, bien sea individualmente, en pareja o el clásico triángulo marido-mujer-amante. Se da por sentado que la juventud es la edad más propensa a que la pasión amorosa derive en violencia, tanto si se descubre una tercera persona que pretende a la amada, como si ésta es la que se niega al requerimiento amoroso. Pero la crónica de sucesos enseña que muchas veces son los amores seniles los causantes de crímenes pasionales tan o más violentos que los protagonizados por jóvenes. Tal sucedió con el ocurrido en A Coruña en 1912 en el Campo de Artillería. He aquí su historia.

Josefa Rosende Veira, 65 años de edad, natural de Bergondo, era una popular tocinera de la plaza de abastos de A Coruña. Hacía un año que se había retirado de su puesto, en el cual había servido largo tiempo. Josefa estaba viuda y por partida doble. Su primer esposo fue José López Moreda y el segundo Manuel Golpe, portero de la Audiencia Territorial.

De su primer matrimonio tuvo un hijo que trabajó de comerciante en Buenos Aires y en septiembre de 1912 estaba en A Coruña pasando el verano con su madre, alojándose en una casa de la Plaza de Santa Catalina. Del segundo matrimonio tuvo otro hijo y además un hijastro que lo había tenido de un anterior matrimonio.

Desde que en 1908 Josefa enviudó por segunda vez, vivía sola en la casa número 1 del Campo de Artillería. Estaba bien de dinero, pues era propietaria de las casas 2 al 10 de la calle de la Independencia. Eran casas estas con piso bajo, principal y buhardilla, y algunas de ellas estaban alquiladas.

Josefa era muy comunicativa, tanto que a veces degeneraba en cotilla, pero si lo juzgamos con severidad, pocas vecinas del Campo de Artillería no lo eran. Su predilección eran los guardias, a los que creía enterados de toda la vida y milagros del vecindario.

Ricardo López González, 70 años, de estatura baja, anchos hombros, barba entrecana, ojos negros y penetrantes, de oficio zapatero, tuvo un pequeño taller en una calle del Barrio de Hércules y desde hacía meses había alquilado un modesto arcón en el Campo de la Leña y allí trabajaba cuando le placía, más bien poco, porque hacía una vida muy desordenada. Ricardo, que había nacido en Lugo, también estaba viudo, y por dos veces, siendo su principal debilidad la bebida. Hacía no mucho había estado en el hospital haciendo una cura de desintoxicación.

Ricardo López había arrendado una buhardilla en una casa contigua al depósito de aguas de Monte Alto, en el número 5 de la calle del Tren, aunque no siempre dormía en ella. Era remiso en el pago del alquiler, no muy elevado ciertamente, y el dueño lo había amenazado varias veces. Su segunda esposa, María Rodríguez, que fue maestra de la Fábrica de Tabacos, había fallecido hacía año y medio. La pareja había tenido numerosos problemas, que desembocaron en una separación judicial. Producida ésta, Ricardo siguió persiguiendo a su mujer, a la que amenazaba física y moralmente.

La situación llegó a un extremo que una hermana de María tenía que ir a esperarla diariamente a la Fábrica de Tabacos para prevenir cualquier intento de agresión. No obstante, una noche salió Ricardo al encuentro de las dos mujeres y les apuntó cierto tiempo con un revólver, produciéndose un escándalo en la Plaza de la Palloza.

Ricardo tenía dos hijos emigrantes en Cuba y uno de ellos le mandaba regularmente 75 pesetas mensuales. Otra hija estaba recluida en un manicomio. Ricardo comenzó a verse con Josefa en la planta baja de la casa en donde vivía esta última y en la que había un ultramarinos propiedad de Tomás Pozuelo. Charlaban y de vez en cuando tomaban una copa. La fama de adinerada de Josefa pronto hizo mella en el gastador y arruinado Ricardo, que comenzó a piropear a la vieja. Al principio se dejó querer, pero luego lo pensó mejor y un día que aquél estaba rondando la casa y se hizo el encontradizo, salió Josefa y le espetó:

Vaite de ahí. En non te quero a ti pra nada, asqueroso. Nin a ti, nin a naide. ¡Non faltaba máis!

Sin embargo, otro día, Josefa estuvo de bromas con él, y le invitó a una buena jarra de cerveza. Ricardo se sentía humillado por aquella mujer tan «churrasqueira» y comenzó a germinar en su mente la idea de matarla.

A las siete de la mañana del 11 de septiembre de 1912, abrió Josefa el portal de su vivienda en el Campo de Artillería después de haber hecho limpieza en las habitaciones. Fue a lanzar a la calle el contenido del cubo de la basura, original procedimiento de trasplante de desperdicios, cuando el guardia municipal Ricardo Camino la paró, diciendo:

–Espere doña Josefa, que aún no pasó el carro de la basura.
–Nada. Pues ahí queda eso. Cuando los basureros pasen, que la recojan, que para eso están. Hoy supongo que no me pondrá usted ninguna multa.
–Hoy no, pero ándese con cuidado, que hay que mantener limpia A Coruña.

Tras ello, la señora Josefa subió al primer piso de su vivienda. Poco después subió un hombre. Era Ricardo López. Fue cerrando tras de sí las puertas por donde pasaba, siendo la última de ellas la de la propia habitación de Josefa, cogiendo a esta desprevenida.

¿Qué ocurrió en aquella habitación? ¿Suplicó Ricardo a Josefa que accediera a sus pretensiones de matrimonio? ¿Discutieron violentamente? ¿Le rogó Josefa que abandonase la casa o avisaba a la policía?

No se sabe ciertamente, aunque se supone que la escena desarrollada entre ambos duró poco tiempo.

Por lo que se ha podido suponer, Ricardo sacó de la chaqueta un revólver, un enorme Lefaucheux del calibre 12, que había exhibido últimamente a varios convecinos, y efectuó dos disparos casi seguidos contra Josefa. Esta huyó aterrorizada hacia la ventana, rompiendo con una mano un cristal mientras gritaba:

–¡Tomás! ¡Auxilio, que me matan!

Una vecina de la casa de enfrente, Andrea Regueiro, que se encontraba en la tienda, salió a la calle y pudo ver a Ricardo que empuñando un cuchillo lo descargaba varias veces en la espalda de Josefa. Manchas de sangre de ésta llegaron hasta la calle. Poco después, Ricardo huyó a la buhardilla de la casa.

El crimen de Campo de Artillería

Un revólver Lefaucheux del calibre 12, como el usado por Ricardo López González en el Crimen de Campo de Artillería.

 Conmoción en el vecindario

La conmoción en el vecindario al conocerse el hecho fue grande. Tomás el inquilino del primer piso de la casa número 4, estaba todavía en la cama y al oír los disparos salió a la calle en pijama, igual que hizo Manuel Fernández, guardia municipal que vivía en la casa número 6. Dirá este último que al asomarse a la ventana todavía pudo ver a Ricardo golpeando a Josefa.

También acudió Camino, el municipal que acababa de hablar con la víctima hacía unos minutos. Al igual que una pareja de seguridad y dos serenos, Domingo Gayoso y Manuel Rey, que acababan de terminar el servicio. Pero poco iba a poder hacerse por Josefa.

Al estar cerrada la puerta de la casa, el tendero trajo un hacha y poco después se accedió al piso. La víctima, que vestía de negro, estaba tendida de cúbito supino, con los brazos abiertos y en semiflexión, así como las piernas. Los pies llegaban hasta la ventana. Se le apreciaba una herida de arma de fuego en el lado izquierdo del cuello, cerca de la oreja, presentando en el antebrazo del mismo un corte superficial, así corno varias cuchilladas en la espalda. Entre las ropas le fue hallada una bala aplastada y llena de cal, que se supone que rebotó en la pared. El revólver estaba encima de una mesa, y en el suelo, cerca del cuerpo, una gorra de visera, que se supone pertenecía a Ricardo.

Ricardo seguía oculto en la buhardilla y a por él subieron los guardias de seguridad, entre ellos Rogelio González y Antonio Nogales. Ricardo, que parecía enloquecido, se lanzó al tejado, encaramándose hasta una ventanilla que le da acceso. Estuvo a punto de resbalar, debido a la humedad de las tejas, y caer a la calle, pero se rehízo cuando un guardia se asomó al tejado y, empuñando un revólver, le gritó:

–¡Ríndete o disparo!

El asesino, con las manos en jarras, permaneció unos segundos contemplando a sus perseguidores y a la gente que se había arremolinado en la calle. De improviso, en rápido movimiento, se adelantó hacia el alero del tejado, se tiró de espaldas hacia la calle, tropezando en unos cables de alumbrado eléctrico y cayendo de bruces en el arroyo.

Quedó inmóvil y se le creyó muerto, pero al acercarse los guardias se pudo comprobar que todavía respiraba.

Inmediatamente fue conducido al hospital, donde los doctores Villardefrancos y Domínguez apreciaron que tenía fracturada la pierna izquierda a la altura del muslo, presentando además una fuerte contusión en el brazo derecho y otra en la ceja izquierda. La fractura es tan grave que se decide amputarle la pierna, para lo cual se le cloroformiza.

Diligencias y autopsia

Se presenta en el lugar del crimen el juez de Instrucción, señor Infanzón Lanza, acudiendo también el médico forense, señor García Ramos. El cadáver queda en la vivienda a petición de la familia de la víctima, destacando entre estos sus cuñados Francisco Carro, viudo y vecino de la calle de Independencia, y otro que es panadero y reside en el barrio de Monelos. Se ha avisado también a una hermana de Josefa que vive en Monforte.

Entre los testimonios recogidos destaca el de la vecina Andrea Regueiro, que dice que al salir de su casa a las seis y cuarto de la mañana encontró al Ricardo rondando la casa de la víctima. Le dio los «buenos días» y aquél contestó malhumorado con un bufido. Fue varias veces Andrea a por agua a la fuente del Campo de la Leña y de nuevo se tropezó con Ricardo, de lo que se deduce que ya tenía premeditado el crimen y estaba esperando a que Josefa abriese la puerta de su casa.

Los periódicos citan muy especialmente en sus necrológicas al hijo de la víctima, D. José López Rosende, «acaudalado comerciante de Buenos Aires recién llegado a A Coruña con su familia y que con tan doloroso acontecimiento ha visto amargado el placer de encontrarse con los sayos».

A las nueve de la mañana del día 12 se efectúa en el anfiteatro del cementerio la autopsia del cadáver que lleva a cargo el médico municipal Eduardo Berdiño y el forense García Ramos, auxiliados por el practicante señor Vegas. Al ser desnudado el pecho del cadáver se comprueba que lo tiene acribillado a cuchilladas. Desde la cintura hasta el cuello se pueden contar catorce puñaladas, siendo tres de ellas inferidas en el antebrazo derecho, mientras ninguna lo fue en la espalda. Una de las puñaladas le fue asestada en la parte anterior del pecho y mide dos centímetros y medio de extensión, siendo mortal de necesidad.

La bala del disparo que entró por el lado izquierdo del cuello se dirigió posteriormente hacia abajo, penetrando en la cavidad torácica, choca contra la tercera costilla izquierda y, sin fracturarla, cambia de dirección hacia el lado opuesto y penetra en el corazón, siendo, también, mortal de necesidad. Otra de las de los tres disparos hechos por el asesino pasó rozando el brazo izquierdo de la víctima.

En la autopsia se han invertido dos horas y media. Terminada la misma, la familia de la víctima amortaja de nuevo el cadáver y le da sepultura en el mismo cementerio de San Amaro.

El asesinato de Josefa es tema obligado de las conversaciones de la apacible ciudad coruñesa. Entre los comentarios del hecho se hace historia de cuanto se relacionaba con la vida del asesino y de su víctima. Algunos aseguran que la relación entre ambos era íntima, especialmente cuando Ricardo había vivido algún tiempo como inquilino en la buhardilla de la casa que habitaba Josefa. Los vecinos dicen que la víctima nunca había mostrado atención por el zapatero, y que siempre fue éste quien «llevó la iniciativa». Se habla de que una vez, aquél manifestó: «Ista muller toléame e un día vou a furala».

Pero, en líneas generales, se tenía a Ricardo como un elemento huraño y poco comunicativo con sus vecinos, excepto en los últimos tiempos cuando bebía más vino del acostumbrado. Un vecino recuerda que un día, estando borracho, Ricardo intentó poner una mano en el hombro de Josefa, cuando estaba comprando en el ultramarinos de enfrente de la casa y la mujer le sacudió un paraguazo.

Continúa el día 12 y siguientes el desfile de testigos ante el juez instructor. El guardia municipal, Manuel Barrios, cuya vivienda está próxima a la casa del crimen, relató que el día 12 se acababa de retirar a su vivienda tras efectuar la jornada nocturna, cuando al oír los disparos salió precipitadamente de su domicilio y vio a un grupo de personas en el lugar del suceso, hablando entre ellos que el zapatero Ricardo había asesinado a la señora Josefa. Subió entonces a la buhardilla acompañado de otras personas para detener al asesino. Al hallar la puerta cerrada por dentro, la abrió de un golpe y al intimar a Ricardo que se entregase, éste se tiró al vacío. Fue Barrios quien encontró en la buhardilla un cuchillo de zapatero ensangrentado, entregándolo al juez.

Otro testigo, Antonio Nogales, declaró lo ya reseñado anteriormente en orden a que a las 6 y cuarto de la mañana del día 11 ya había visto a Ricardo rondar la casa de la víctima, viéndole posteriormente golpear en el piso a la señora Josefa mientras ésta pedía auxilio angustiada. Declararon también Rogelio Gómez García, Rodolfo Alba, Antonio García González y Tomás Pozuelo Fernández, habitantes todos de casas contiguas al crimen y que se ratificaron en lo dicho en los primeros momentos.

Pero la declaración más importante del día la protagoniza el asesino cuando el juez se presenta en el hospital acompañado del escribano y, al comprobar una ligera mejoría en su estado, se decide a interrogarlo.

La fiebre le había remitido bastante a Ricardo López y, aunque con voz entrecortada y lengua estropajosa, quejándose siempre de fuertes dolores en la zona de amputación de la pierna, comienza a hablar. Empieza diciendo que hace año y medio o dos años que tenía relaciones con la víctima, aunque por los datos que aportó todo hacía suponer que aquéllas no pasaban de una simple amistad. Tiene a continuación una insinuación maliciosa, que cuantos conocían a la víctima rechazaron, cual era la de que Josefa le había prometido casarse, y al pasar las semanas sin decidirse, comenzó él a sospechar de que tenía otro amante, por lo que se sintió muy ofendido.

Habla a continuación de dos sujetos misteriosos, de los cuales señaló que «andaban a voltas con ela», añadiendo que le daba mucha rabia, tanta, que estuvo gran parte de la noche esperando encontrar a alguno de ellos para matarlo.

–Pero ¿quiénes son? –le preguntó el juez.
–Eso queda para mí.
–Pero ¿dónde viven?
–Viven… Por aquí abajo.

Y quería señalar con ello unas casas próximas al hospital.

–¿Usted los vio? ¿Usted los conoce? ¿No es todo esto una impostura?
–Ya hablaremos de eso.

Este deseo de Ricardo de inventar «segundos» y «terceros» hombres que intervinieron en el crimen va a ser norma casi obligada de muchos procesados en la historia del crimen en Galicia (véase, sin ir más lejos, el crimen del Procurador en Lugo, el crimen de Ordenes o el de Mera), así como también la treta de obnubilación súbita, no recordando nada de los hechos que se juzgan.

Cuenta seguidamente Ricardo que entre el desprecio de Josefa y sus devaneos con otro hombre concibió el propósito de matarla y suicidarse después en holocausto amoroso.

–Para ello –manifiesta– me dejé caer desde lo alto del tejado. Si no tropiezo con los cables de la luz eléctrica, ¡qué lástima!, la caída hubiera sido mortal y ya no estaría padeciendo en este mundo miserable.

Reconocimiento

Reconoció Ricardo como de su pertenencia el cuchillo de empuñadura de madera, la cuchilla de zapatero, el revólver y la gorra de visera que fueron hallados en la casa del crimen.

Negó que hubiese acuchillado a Josefa por la espalda y dijo que sólo hizo dos disparos de revólver porque le falló otro de los tiros. Rechazó también la idea del robo e hizo memoria de que la víctima pedía socorro cuando esgrimía contra ella un arma. Sostuvo que no cerró la puerta y que sólo aseguró el cerrojo cuando subió a la buhardilla.

El médico forense, señor García Ramos, que reconoció anteriormente al asesino, lo había encontrado muy postrado, hablando con gran dificultad y, lo que es más importante para el esclarecimiento de los hechos, desvariando.

Poco a poco, Ricardo López fue mejorando. El temor que se tenía de amputarle la pierna que le quedaba acabó desapareciendo. Su mal pasó a ser más psíquico que físico. Volvió otra vez a complicar a los dos personajes misteriosos que, según él, le incitaron al crimen. Habló también de su rival amoroso. Dijo incluso que había mucho dinero por medio, de que el hijo de la víctima, el acaudalado comerciante D. José López Rosende, podía decir mucho al respecto. De que a la Josefa le había desaparecido una elevada cantidad de dinero que tenía guardado en casa y de que lo había robado su rival amoroso. De que sus dos personajes misteriosos podían aparecer en cualquier momento en el hospital para matarle y que incluso creía que ya estaban dentro disfrazados de enfermeros.

El juez no sabía si atribuir lo que estaba oyendo de labios de Ricardo a una deliberada mala intención, a un perverso ánimo de ensañamiento con la víctima buscando al mismo tiempo un asidero para una futura defensa, o a desvaríos de una imaginación calenturienta.

Ricardo comenzó a perder el apetito, pasándose la mayor parte de las noches en vela pues, decía, podían aparecer para asesinarle los dos personajes misteriosos. Parecía como si quisiese pasar por loco, aunque un día le preguntó a un enfermero si creía que pedirían para él en el juicio la pena de muerte, pues tenía mucho miedo a morir, sobre todo en el garrote.

A primeros de octubre, Ricardo comenzó a sentires mal no sólo mental sino físicamente. Su fiebre, que se había mantenido normal, subió bruscamente. Sentía grandes dolores en el estómago y síntomas de ahogo.

El día 3 entró en período agónico y los médicos no pudieron atajar su mal, falleciendo el día 4 en el Hospital Civil coruñés en el que había sido internado tras el crimen. En la escueta nota inserta en los periódicos al día siguiente se hace, curiosamente, hincapié en que «los médicos no consiguieron que el asesino declarase antes de morir los móviles que le impulsaron a cometer el en». Por lo visto era esto más importante que salvarle la vida. Mucha gente comenzó a preguntarse entonces si había habido algún motivo más que el pasional en la comisión del asesinato.

Se dice también en la nota periodística que los doctores García Ramos y Villardefrancos, auxiliados por el practicante Vegas, practicaron la autopsia al cadáver. Ello parece indicar que no se sabía a ciencia cierta cuál fue la causa real de la muerte de Ricardo. Más inquietante es cuando al día siguiente se publica en los periódicos que se ha efectuado la autopsia, pero no se dice tampoco cuáles fueron las causas de la muerte.

Se cerraba así el caso de este crimen pasional, sin que el asesino hubiese explicado las causas que le indujeron a quitar la vida a Josefa Rosende, una ex tocinera adinerada, habladora y simpática del Campo de Artillería de A Coruña.

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