Covadonga Sobrino Álvarez

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Covadonga Sobrino

La descuartizadora de León

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Descuartizamiento - Mutilación
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 3 de mayo de 1975
  • Fecha de detención: 30 de mayo de 1975
  • Fecha de nacimiento: 1934
  • Perfil de las víctimas: Su amante Carlos Fernández Guisarda, 28
  • Método de matar: Golpes con un hacha
  • Localización: León, España
  • Estado: Condenada a 21 años de prisión en 1976
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Covadonga Sobrino – La descuartizadora de León

Francisco Pérez Abellán – LibertadDigital.com

25 de noviembre de 2005

Una de las mujeres más frías de la historia del crimen, auténtico parangón de mujer-témpano, es la llamada “descuartizadora de León”, Covadonga Sobrino, que mató de siete hachazos al hombre con el que mantenía relaciones.

Francisco Villar Rubio, jubilado de la construcción, entonces de 65 años, estaba buscando caracoles en La Pinilla, en la cuneta de la carretera de León a Caboalles, cuando se topó con una bolsa de plástico. La levantó porque en este tipo de desperdicios suelen agarrarse los caracoles. El peso de la bolsa y su peculiar forma le llamaron la atención.

Al abrirla, un denso olor le golpeó el rostro. Al principio pensó que había encontrado un animal muerto, pero enseguida se dio cuenta de que se trataba de la mitad de un hombre. Francisco había hecho la guerra, donde vio muchos cadáveres, pero aquello era muy distinto. Se trataba de las caderas y las extremidades inferiores de un cuerpo limpiamente seccionado por la cintura. El descubrimiento le estremeció.

Los restos humanos encontrados daban la impresión de haber estado mucho tiempo en agua, donde quedaron desangrados. Las ropas que los acompañaban estaban húmedas. Los restos no tenían marca o defecto físico que pudiera ofrecer una pista para su identificación. A la altura de las rodillas podían observarse profundos cortes –seguramente hachazos–, inferidos con la intención de acomodar los huesos en las bolsas, que de otra manera no habrían cabido.

A modo de envoltorio de caderas y extremidades había un pantalón gris perla de tergal, con los bajos vueltos, unos calzoncillos de algodón y unos calcetines. La relación de objetos que sirvieron de base a las primeras investigaciones se cerraba con un cinturón de cuero marrón con una hebilla grande, seccionado en un punto de dentro afuera.

La inspección forense indicó que los restos pertenecían a un hombre de entre 20 y 25 años, de una estatura aproximada de 170 centímetros y de 80 a 90 kilos de peso. Los expertos fijaron el momento del fallecimiento entre siete y diez días antes del hallazgo.

Tras el descubrimiento de la bolsa se realizaron diversas acciones de rastreo por parte de la Guardia Civil, a las que se unieron voluntariamente numerosos vecinos de los pueblos de la zona, en busca de la parte superior del cadáver. Sin ella era prácticamente imposible identificar el cuerpo, a no ser que alguien pudiera reconocer la ropa o el cinturón.

El trabajo de indagación fue muy intenso: se investigó en hoteles y pensiones, por si hubiera algún equipaje abandonado o una maleta sin dueño. Fueron revisados los archivos de desaparecidos y las fichas de ingreso en los psiquiátricos. Con los datos recogidos, los encargados de las investigaciones trazaron todo tipo de conjeturas. Según algunas, el crimen se cometió en una casa o lugar cerrado, pero con vecinos en las inmediaciones o circunstancias que hicieran posible el descubrimiento del cuerpo. De ahí que éste fuera troceado.

Cinco días después de que Francisco Villar hubiera dado con aquella bolsa se localizó la parte superior. En otra carretera leonesa, la de Vegacervera, en el kilómetro 5,500 del término municipal de Villamanín. También en una cuneta, y también envuelta en sacas de plástico.

Se trataba de la cabeza, el tórax y los brazos. La cabeza, que se encontró junto al tórax, del que se apreciaban los huesos con muy pocas tiras de carne, estaba desfigurada por el proceso de descomposición. Presentaba las facciones parcialmente momificadas, aunque bastante irreconocibles. Los brazos no aparecían enteros: el izquierdo estaba descarnado, con las puntas de los dedos cortadas, y el derecho sólo se conservaba hasta el codo. La desaparición de parte de los restos se atribuyó a las alimañas que descubrieron el cadáver antes que el vecino del pueblecito de Valle de Vegacervera que dio aviso a la Guardia Civil.

En el cráneo podían contarse siete hachazos, todos ellos mortales de necesidad, porque habían causado profundas heridas que provocaron la fractura de los huesos, con salida de masa encefálica.

En el lugar no había anillos, ni papeles, ni reloj. Ningún objeto que pudiera ayudar a saber quién era aquel hombre, excepto un jersey de color gris con un caballo de ajedrez sobre la parte izquierda del bolsillo. Pero se trataba de una prenda corriente que no tenía ninguna señal especial.

La boca del cadáver estaba abierta, y sus rasgos momificados presentaban una expresión indescriptible, de terror, como si se hubiera quedado acartonado el último gesto que hizo su propietario, que posiblemente vio cómo le llegaba la muerte.

A pesar de los escasos indicios y del rostro deformado, el Instituto Armado consiguió en muy poco tiempo saber quién era la víctima. Se trataba de un joven de 28 años, Carlos Fernández Guisiraga, soltero, soldador, de carácter violento y vida irregular, que carecía de domicilio conocido y que tenía un tatuaje con sus iniciales en el brazo derecho, precisamente una de las partes del cuerpo que no habían sido halladas.

El reconocimiento del cadáver llevó a la inmediata detención de la presunta asesina, una mujer con la que Carlos Fernández mantenía una estrecha relación: Covadonga Sobrino Álvarez, de 42 años, propietaria del bar Ayi, situado en la localidad de El Portillo.

La reconstrucción policial de los hechos estableció que el crimen sucedió la noche del 3 de mayo de 1975, y que durante el trágico suceso estuvo presente un sobrino de Covadonga de 15 años. Aquella tarde Covadonga y Carlos comenzaron una larga discusión, que habría de acabar en una pelea y, después, en el terrible golpe de hacha que arrojó al hombre al suelo.

Todo sucedió en las dependencias del bar dedicadas a vivienda. Las palabras crispadas que cruzaron la presunta culpable y la víctima se refirieron en un momento dado al sobrino de Covadonga, quien, con su presencia, interfería en las relaciones que mantenía la pareja, por lo que Carlos, muy exaltado, se dirigió hacia él amenazante. Cuando la mujer pensó que su sobrino podía sufrir daño empuñó un hacha pequeña, muy afilada, que utilizaba normalmente para las tareas del bar, y golpeó a Carlos ciega de ira. El hombre cayó al suelo con estertores de muerte. Aunque estaba muy mal herido, llegó a murmurar: “Te mato”; pero ella le continuó golpeando, seguramente ya sin poder parar, imprimiendo a su brazo una fuerza tremenda.

Un cliente entró en el bar mientras se desencadenaba la tragedia. Covadonga, recuperando la frialdad que le haría famosa, mandó a su sobrino para que le atendiera. Ella, entre tanto, limpiaba las huellas del crimen y trasladaba el cuerpo hasta la bodega. También se deshizo de los documentos de la víctima. Acto seguido ordenó a su sobrino que fuera a acostarse, y alternó con los clientes hasta pasadas las tres de la mañana. Nadie la notó diferente aquella noche, con el cuerpo aún caliente de Carlos en la bodega. Cuando cerró el bar, bajó al lugar donde había dejado el cadáver y procedió a descuartizarlo.

La mañana del domingo 4, Covadonga llevó a su sobrino a jugar un partido de fútbol en su automóvil, un Renault Gordini. Cuando le dejó en el campo, se marchó a terminar su tarea: colocó, ayudada con el arma homicida y un cuchillo de ancha hoja, las dos partes del cadáver en unos sacos de plástico. Cuando el muchacho terminó su compromiso deportivo, Covadonga fue a recogerlo y le dijo: “Vamos a dar un paseo”.

En la parte de atrás del vehículo, encima del asiento y no en el portamaletas, iba el cuerpo de Carlos, en las dos sacas. La mujer llevó a su sobrino a dar varias vueltas, siempre por caminos vecinales, buscando lugares apropiados para deshacerse del cadáver.

Covadonga Sobrino confesó su crimen con una desconcertante frialdad. Cuando los agentes le enseñaron las fotos de la cabeza del cadáver, ella, sin demostrar emociones ni soltar una lágrima, se limitó a señalar el parietal derecho y decir: “Sí, éste fue el primer hachazo”. Al hacerle reparar los agentes en que aquellos golpes necesitaban de mucha fuerza, ella les habló de su musculoso bíceps y les invitó a comprobarlo: “Toquen, toquen, verán qué fuerte es mi brazo”.


Covadonga Sobrino

Margarita Landi

Un cadáver partido en dos

El más oscuro misterio rodeaba cuanto se refería al macabro hallazgo hecho por un jubilado leonés cuando se afanaba en la búsqueda de caracoles, aprovechando la soleada tarde, que, tras varias Jornadas de lluvia pasadas, prometían una buena cosecha de los sabrosos moluscos gasterópodos, tan aficionados a sacar los cuernos y todo su cuerpecito para recibir las cálidas caricias del astro rey.

Misterio y horror, ya que, por lo que no se veía, fácil era imaginar las escenas aterradoras que necesariamente se habrían producido con posterioridad al crimen, por sabría Dios quién o quiénes, en la persona de un hombre joven, desconocido por el momento, pero cuya identidad habría de ser revelada por la Policía o la Guardia Civil, fuerzas que desde el primer momento se pusieron a trabajar en la que prometía ser una larga, laboriosa y apasionante investigación.

Aquel era el día 15 de mayo, festividad de San Isidro Labrador, de 1975, un año que fue, desgraciadamente, pródigo en espantosos y espectaculares sucesos, siendo uno de ellos el del cortijo sevillano de Los Galindos, aún sin esclarecer.

Francisco Villar Rubio fue el hombre a quien por azares del destino le «tocó la china» en este caso. Tenía entonces sesenta y cinco años y, después de haber trabajado mucho tiempo en el gremio de la construcción gozaba ya de su bien merecido descanso, aunque se aburría bastante, como le suele ocurrir a casi todos los jubilados, principalmente cuando lo son de fecha reciente.

Al señor Villar, casado y padre de familia, con dieciséis nietos y tres biznietos, no le faltaba compañía «pero ¡eso de no tener nada que hacer … ! ». Sí, eso de no tener una ocupación fija es lo que aflige a quien cumplida la edad reglamentaria, se ve libre de obligaciones laborales.

Este jubilado era muy aficionado a pasear; un buen caminante que se recorría cada día buenos trechos de carreteras y . caminos por los alrededores del barrio de La Pinilla, su barrio, saliendo de León hacia Villablino. No hacía mucho tiempo que la prensa de toda España se había ocupado de él a causa también de un sorprendente hallazgo, aunque aquel fue agradable: se había encontrado durante sus largos paseos por el campo una seta de nada menos unos de 5 kilos- La noticia, él y la seta gigante ganaron varias jornadas de popularidad.

-Lo de ahora ha sido bien diferente -me dijo el señor Villar cuando fui a visitarle, con un fotógrafo, para que nos hablara de lo que le pasó el día de San Isidro-. ¡Menudo susto me llevé…¡ Aquello de la seta tuvo su gracia y no me importaba salir en los periódicos pero ahora.… Vamos, que ahora no se me va el susto del cuerpo. Yo comprendo que ustedes los periodistas no tienen más remedio, que venir en busca, pero es que cada vez que tengo que ir a ese sitio y repetir lo que vi, se me revuelve el estómago.

Pese a todo, como era una persona amable y servicial, nos acompañó hasta el lugar en que ya, «por jamás de los jamases», volvería a buscar caracoles. ¡Faltaría más! El lugar estaba exactamente en el kilómetro 4,400 de la carretera C-823, a menos de 1 metro del borde de la calzada, a la izquierda («según se va hacia Villablino»), por lo que se suponía que quien o quienes arrojaran allí ese despojo humano debían ir en coche circulando en dirección a León. Y esto fue lo que nos explicó nuestro acompañante:

-Había cogido ya bastantes caracoles cuando llegué aquí y vi el saco en la cuneta… Pensé que sería un gocho muerto… A veces hay gentes a quienes se les muere un cerdo y lo tiran por ahí, cosa que debiera ser castigada y prohibida, pero… Bueno, eso, que yo creí que era un gocho y levanté el saco para mirar si había más caracoles debajo de él, cosa que suele ocurrir. ¡Entonces fue cuando vi la pierna del hombre y un calcetín… ! Menudo susto me llevé. Como el saco era de plástico transparente, inmediatamente me di cuenta de que dentro había restos humanos.

Eran entonces como las cinco y media de la tarde, y como el sol brillaba en las alturas, el asustado vecino de La Pinilla pudo ver en seguida a un hombre que regaba un prado cercano, y no muy allá, a otro. Les avisó y ambos acudieron para comprobar que era cierto lo que en principio casi no habían podido creer.

Uno de aquellos campesinos, Máximo García González (que de nada conocía a Francisco, pues no era vecino de La Pinilla, sino de Villabalter, localidad cercana al lugar del macabro hallazgo), dejó su trabajo de siega para quedarse junto al asustado señor Villar, mientras que el otro se encaminaba a dicha localidad para dar cuenta al presidente de la junta de vecinos, Tomás Fernández, quien a su vez se encargó de avisar a la Guardia Civil de la demarcación, cuya casa cuartel se encuentra en Trobajo.

Con la rapidez característica en las fuerzas de la Benemérita, se personaron en el lugar que les había sido indicado, el sargento comandante del puesto, un cabo y un número, tras haber dado el oportuno aviso a la autoridad judicial, quien poco después también hacía acto de presencia, con el forense, quien procedió a examinar el contenido del siniestro envoltorio. Se trataba, en efecto, de un saco de plástico transparente, dentro del cual había otro de malla de rafia, cuya trama no era tupida. De ahí que desde fuera se hubieran podido ver los restos humanos.

Desatados los dos sacos, vieron que «aquello» era medio cuerpo de hombre (o poco menos), pues había sido separado del otro medio por las caderas mediante un limpio y preciso corte de sierra. Lamentablemente, por lo que a la identificación del interfecto se refiere, la parte del cuerpo seccionado que contenían los sacos eran la inferior, parte en la que nada había que pudiera ayudar a los investigadores, a no ser que algún familiar, amigo o compañero de trabajo identificara alguna o todas las prendas que llevaban aquellos pobres miembros, ya putrefactos y cubiertos por un enjambre de gusanos de buen tamaño.

-Le habían serrado de las caderas para abajo -me dijo uno de los testigos. Bueno, y para arriba: pero cualquiera sabe dónde estará la otra mitad, si es que la han tirado también entera, porque, a lo mejor, vaya usted a saber si la han cortado en varios trozos. La cabeza, las manos, los brazos… pueden haber sido tirados por distintos lugares.

Esta idea de un mayor descuartizamiento se inspiraba en el hecho de haber sido rotas a golpes de hacha las rodillas del cadáver, a fin de que pudiera entrar ese medio cuerpo en el saco de rafia. Por ello se llegó a pensar que quizá se utilizó la sierra mecánica para el corte transversal y el hacha para descuartizar los miembros menores.

Tanto la Guardia Civil, que actuó en los primeros momentos, como los funcionarios de la policía gubernativa que integraban la Brigada de Investigación Criminal de León, dirigidos por su inspector jefe, Enrique Gordón, no dejaron un palmo por examinar en aquellos terrenos, secundados por numerosos vecinos que, la verdad, se sentían muy alarmados pensando que quienes fueron capaces de cometer tan monstruoso crimen andaban sueltos, e intentaban ayudar en lo posible a las autoridades.

Por otra parte, los forenses trataban por todos los medios a su alcance de que aquellos miembros putrefactos aportasen algún dato valioso para su identificación. En consecuencia, la policía, mientras indagaba en otras direcciones, estaba pendiente de nuevos informes forenses. La teoría que hacía referencia al corte por sierra mecánica podía acertarse sin lugar a dudas, dado, como queda dicho, a la limpieza y precisión del corte en tejidos y huesos (sólo la columna vertebral), que de haber sido cortados con serrucho presentarían desgarros y astillamientos muy notables.

Se dijo que, al parecer, el cadáver debió ser sumergido en agua para que se desangrara, de ahí la humedad en que se hallaron los restos y las ropas que vestía, así como la escasa cantidad de sangre que las manchaba. No obstante, cabía señalar que la humedad también podía atribuirse al hecho de haber estado contenido en dos sacos de plástico (ya que la ralla también era sintética), sin porosidad, exudando humores orgánicos durante varios días debido a su natural proceso de descomposición. No es lo mismo el estado de humedad en que pueden hallarse unos restos sin cubrir, expuestos al sol o a la lluvia, encerrados en un armario, enterrados o metidos en plásticos. Sobre todos estos detalles trabajaron minuciosamente con el valioso asesoramiento de los médicos forenses.

Ya a partir de los primeros momentos se tuvo conocimiento de las más elementales características físicas del hombre asesinado. Se trataba de un varón de edad comprendida entre los veinte y los veinticinco años, cuya estatura aproximada debía ser de 1,70 y de peso algo superior a lo que correspondía a su estatura, unos 80 ó 90 kilos; su piel era blanca, sin cicatrices, sin lunares, sin tatuajes, sin nada, en fin, que pudiera servir como pista para que alguien le reconociera; con una cantidad de vello normal y con aspecto de no dedicarse a trabajos duros, por lo que se suponía que pudiera tratarse de un estudiante, un oficinista, un empleado de banca, un ejecutivo, tal vez, o un viajante, pero casi quedaba descarta da la posibilidad de que fuera un obrero, cuyas manos y pies pudieran mostrar las señales propias de duros esfuerzos manuales o corporales.

Aparte de todo esto, la investigación comenzada con tan pocos elementos de juicio contaba con los siguientes datos: la sección del cuerpo humano hallado en la comarcal 623 vestía pantalón de tergal fino, con vueltas en los bajos, color gris perla; este pantalón, aparte del recuadro de seda que garantizaba la homologación del tejido, llevaba otra etiqueta de seda con la marca de fábrica: «Minos. Alta confección. España». Sujeto a las trablillas de la prenda había un el cinturón de cuero negro, de moderno diseño, como repujado en el centro de la correa, con dibujo de estrella y con una hebilla de metal blanco de 7 centímetros de ancho por 6 de alto. En el anverso de la hebilla se podía leer: «Elche (España) J. S. S., número 55-A-40.

Como prendas interiores no se hallaron más que un slip blanco de algodón, de buena clase, y los calcetines en buen estado tal vez nuevos, pero sucios a causa de la descomposición del cadáver, por lo que fueron lavados para facilitar su observación más detallada. Eran de color verde grisáceo, con dibujos circulares, a tono con el color del pantalón, en uno de cuyos bolsillos, por cierto, se encontró un pañuelo sin ninguna inicial, que pudo ser blanco o color marfil (así lo vimos nosotros, tras haber sido lavado también), en el que nos llamó la atención un detalle: las orillas estaban cosidas a mano. Total, por tales detalles, nos inclinamos a creer que el interfecto era persona a la que le gustaba vestir bien y tenía medios económicos para permitírselo.

Los funcionarios de la Policía leonesa, de cuya eficiencia ya habíamos tenido abundantes pruebas, supieron pronto que la marca Minos que presentaba aquel pantalón era totalmente desconocida en los comercios del ramo de la capital de León, y lo mismo ocurría con el cinturón (que, por cierto, estaba cortado por la parte de atrás), lo que hacía suponer que la víctima de tan misterioso suceso no residía habitualmente en esta ciudad, puesto que compraba sus prendas de vestir fuera de ella.

Debo decir también que los pies del muerto no tenían zapatos, sólo los calcetines ya indicados, en los que no pudo ser advertida marca alguna. Parecía extraño que los supuestos asesinos-descuartizadores le quitaran los zapatos; tal vez fuera porque abultaban mucho; quizá le gustaron a uno y decidió ponérselos él, como hemos visto en algunas películas del Oeste americano.

La marca del pantalón de tergal, fibra poliester lana, desconocida en León, supuso un nuevo motivo de ligero desaliento en los infatigables investigadores, pero pronto recibieron el tan deseado informe sobre el lugar de fabricación: la prenda había salido de la industria Confecciones Porto, sita en Padrón (La Coruña), cuya producción se distribuía para su venta por la zona norte del país, principalmente en Galicia y Asturias.

Otra pieza del siniestro puzzle que había caído en las manos de los componentes de la BIC leonesa era el saco de rafia sintética que contenía el medio cadáver y que se hallaba dentro del otro plástico transparente. Parecía como si fuera a presentar serias dificultades para conocer su procedencia; las hubo, pero se vencieron, y así se pudo saber que se trataba de un saco de los empleados para contener nueces, fruto importado por nuestro país de los Estados Unidos y que se consumía preferentemente en Gijón y Valladolid.

Era aconsejable tomar buena nota de estos detalles, ya que teniendo en cuenta que el saco con su macabro contenido fue hallado en una carretera comarcal que une León con Asturias, pasando por el puerto de Leitariegos, no sería extraño que el crimen se hubiera cometido dentro de los límites del principado. Tampoco sorprendería nada que la otra parte del cuerpo, la que hubiera podido identificar a la víctima, fuera a parar a cualquiera de las simas existentes en el tortuoso puerto de montaña o en uno de los pantanos que se encuentran en la ruta hacia León.

Por si alguien podía aportar algún dato interesante sobre la procedencia del saco, nosotros publicamos un dibujo semejante a la etiqueta que tenía, indicando todas las inscripciones que en idioma inglés figuraban en las fibras, bastante deterioradas, y su procedencia: «Diamond Growers NC Association California».

Hay que decir que en aquel saco cabían todas las cábalas, todas las teorías imaginables, puesto que la investigación había partido de cero; pero había un detalle muy interesante: el macabro «paquete» había sido arrojado a la cuneta por alguien a quien le tenía sin cuidado que se encontrara en seguida, puesto que ni siquiera se había tomado la molestia de cubrirlo con ramas o enterrarlo, aunque fuera poco profundo el hoyo… Tal vez esta forma de actuar se debía precisamente al deseo de que fuera hallada la fehaciente prueba de un asesinato, quizá ya anunciado con anterioridad a ciertas personas, para que supieran que la amenaza se había cumplido, pero sin que la víctima pudiera ser identificada por la Policía, sin que la Justicia pudiera descubrir a los culpables.

Se pensó que podía tratarse de un ajuste de cuentas entre mafiosos, como un aviso para que otras personas se sometieran a las condiciones impuestas por los asesinos, personas que, por su propio bien, ni serían capaces de delatarles… No era más que una teoría, pero valía la pena tenerla en cuenta, porque si se habían deshecho de las partes del cadáver valiosas para la identificación, ¿por qué arriesgarse con el transporte por carretera de ese saco que luego fue tirado casi al borde de una carretera a 4 kilómetros y poco más de León? Parecía que esto sólo podía explicarse de acuerdo con un evidente deseo de publicidad para que alguien, persona o grupo, supiera que a «Fulano se lo han cargado» y temblara pensando quién le seguiría de no rectificar su modo de proceder o cumplir lo pactado.

Debo decir que, como suele ocurrir en esta clase de crímenes horripilantes, abundaban las opiniones de que pudiera tratarse de un delito cometido por motivos homosexuales; pero no parecía ese el caso y pronto se descartó tal teoría. En consecuencia, lo del ajuste de cuentas no resultaba ninguna fantasía.

Lo que verdaderamente merecía una atención especial era la interrogante planteada por el detalle de la separación del cuerpo en dos partes, por medio de una sierra mecánica. Para hacerlo así, los descuartizadores habrían necesitado una especialísima instalación industrial, en cuyo recinto debieron dejar necesariamente numerosas huellas, evidentes muestras de su crimen. Sí; se dijo que el cadáver debió ser desangrado dentro del agua antes de ser partido por la zona de las caderas, pero no se podía olvidar que al ser rajado, serrado, poco más arriba del bajo vientre, saldría todo el paquete intestinal y las principales vísceras, que no se hallaron en la parte que contenían aquellos dos sacos. Todo eso mancha, todo eso huele, todo eso requiere una serie de manipulaciones sumamente peligrosas para quienes deben sentir el mayor interés en no ser descubiertos… ¿Dónde actuaron? ¿Dónde tuvieron escondidos los trozos (dos o más) del cadáver hasta el momento en que pudieron sacarlos para introducirlos en el maletero de un coche y llevárselos lejos? ¿Usaron quizá una furgoneta comercial?

Indudablemente, había una serie de interrogantes en torno a tan misterioso suceso, cuyas respuestas interesaban en gran manera a los investigadores y nosotros las dimos a conocer en El Caso, por si alguien pudiera colaborar con cualquier sugerencia que habría de ser bien recibida.

Se investigaba, naturalmente, por todas partes sobre personas y lugares. Por ejemplo, en las gestiones llevadas a cabo con la intención de determinar la identidad del joven asesinado, se indagó en centros psiquiátricos, en hospitales y hasta en cárceles, lugares de los que pudiera haber salido huyendo, dado de alta o puesto en libertad, un hombre de sus características físicas, de cintura para abajo, claro. También estaban alertadas la Guardia Civil en sus numerosos puestos y los funcionarios de todas las comisarías, por si alguna familia denunciaba la desaparición de uno de sus miembros.

Cabía la posibilidad de que el interfecto hubiera vivido independiente, lejos de su hogar, y no tuviera costumbre de escribir con frecuencia; esto explicaría que nadie le hubiera echado de menos. Y no se podía descartar que se tratase de un marino, ausente durante largas temporadas, que se hubiera comprado al llegar a un puerto del norte, tal vez Gijón, ese pantalón gris veraniego. Se pensaba en aquella hermosa ciudad asturiana, teniendo en cuenta lo que se sabía sobre el saco de nueces que sólo habían sido distribuidas en almacenes y comercios de Gijón y Valladolid, y que la carretera donde se encontraron los restos era la que unía Asturias con León por Leitariegos y Villablino.

Digo todo esto para que se tenga en cuenta el esfuerzo constante que realizaba el grupo de policías de la BIC leonesa, dirigidos por su jefe don Enrique Gordón, contando con la colaboración de todos sus colegas del país, a las órdenes de la Comisaría General de Investigación Criminal, sin descontar el apoyo siempre valioso de las fuerzas de la Benemérita. En consecuencia, todos aquellos que estuvieran implicados en el asesinato del, hasta entonces, desconocido, debían estar seguros de que, a pesar de la nebulosa que lo envolvía, llegarían a ser descubiertos.

Apareció el otro medio cadáver

El 26 de mayo, o sea, once días después de que un jubilado, vecino de la barriada leonesa, encontrara las dos piernas del hombre que había sido serrado a la altura de las caderas, fueron hallados los restos de la parte superior del mismo cuerpo en un lugar a unos 50 kilómetros del anterior, pero dentro de la misma provincia y con buena comunicación viaria para el siniestro «sembrador» de despojos humanos, si era que se trataba de uno solo, aunque se suponía que ese «trabajo» podía haber sido realizado por dos o más criminales, así como que debían haber utilizado dos automóviles para el transporte por separado de las dos mitades.

Cuanto más removíamos en este asunto, más nos afirmábamos en la creencia de que estábamos ante otro caso de ajuste de cuentas y no ante un crimen de tipo pasional (de homosexuales o no) o de un homicidio (involuntario o no) del que su autor quisiera borrar todas las huellas para eludir la acción de la Justicia. Un muerto, ya se sabe, «abulta mucho», y quien más quien menos, cuando se encuentra ante el hecho consumado, trata de deshacerse del cadáver lo más rápidamente posible. El miedo a ser descubierto y detenido suele atrofiar, aunque sea temporalmente, los sentidos del que se ha visto metido en tan peligrosa situación, desterrando escrúpulos físicos y morales; de ahí que con frecuencia nos enteremos de acciones como la que entonces nos ocupaba: el descuartizamiento del difunto, seguido del traslado y escamoteo de restos a lugares de difícil localización y de fácil acceso para los animales que puedan hacerlos desaparecer.

Pues bien, en aquel caso concreto observamos numerosos detalles que señalaban insistentemente en dirección al delito organizado, a la banda de delincuentes que son capaces de matar a testigos peligrosos o a compinches molestos y de ensañarse con los cadáveres, no tanto por sádico placer como por conseguir borrar pruebas y despistar a los investigadores en todas sus gestiones encaminadas a la plena identificación de ese cadáver y a la de sus asesinos.

A lo largo del relato que voy a hacer sobre el segundo hallazgo macabro en las bellas tierras maragatas, iré señalando los detalles apuntados anteriormente. Explicaré cómo y quien descubrió el tronco, la cabeza, un brazo y poco más del joven desconocido, al que por todos los medios posibles trataban de hacer «hablar» los expertos en investigación criminal. Porque, no lo olvidemos, las víctimas de manos asesinas pueden, en muchas ocasiones, aportar detalles de suma importancia, a veces con tanta claridad como si hablaran, señalando las razones y condiciones de su muerte.

Fue a un vecino de Valle de Vegacervera, localidad situada en las estribaciones de la sierra del Gato, a quien le cupo la mala suerte de encontrarse los pobres restos humanos al borde de la carretera que une a su pueblo con la nacional 630, que se dirige a Asturias por el puerto de Pajares. El vecino se llamaba (o se seguirá llamando) Victoriano Alonso Huerta, tenía entonces cuarenta y cinco años, estaba casado y desde hacía algún tiempo jubilado, a causa de una silicosis adquirida en su oficio de minero, por lo que vivía con ayuda de su pensión y haciendo tareas campesinas, cuidando sus vacas y sus tierras, pasando más tiempo en los prados que en su domicilio.

Pese a que logré conseguir fotografías del cadáver, no las publicamos: son demasiado impresionantes. Lo digo a fin de que quien esto lea pueda hacerse una idea del sobresalto que se llevó Victoriano cuando vio «aquello» que sus perros habían arrastrado desde una profunda cuneta hasta casi el firme de la calzada. Y «aquello» era una cabeza de hombre, en avanzadísimo estado de descomposición, unida aún por un buen trozo de columna vertebral a uno de sus grupos de costillas dorsales; un brazo entero, pero descarnado, que conservaba la mano… ¡Ah!, pero esa mano, que hubiera podido ser valiosa para los investigadores, carecía de falanges en los dedos meñique, anular y corazón, de todo el índice y de todo el pulgar, que alguien cortó por su basa hasta llegar a la muñeca. Tales mutilaciones debieron hacerse utilizando un hacha de hoja pequeña, la misma tal vez que hirió siete veces la cabeza de la víctima.

Siete cortes, de los cuales varios fueron mortales, no muy anchos y poco profundos, producidos por un arma de pocas dimensiones, podían apreciarse en la zona occipital, en la bóveda craneana, sobre la sien derecha, en la rente (más bien al lado izquierdo, sobre la ceja), en la mejilla izquierda (sobre la mandíbula inferior) y otra en el mentón con inclinación hacia arriba y a la derecha.

Faltaba el antebrazo y la mano derecha, tal vez cortados y tirados por cualquier otro lugar, ya que no parecían haber sido arrancados por los animales que se cebaron en el cadáver, porque no había el menor rastro por los alrededores de esos huesos, sobre todo los del antebrazo. Esto daba pie para hacerse una pregunta: ¿Tendría aquel muchacho un tatuaje, quizá, en el antebrazo desaparecido?

En cuanto al rostro… ¿qué podría decir sobre el rostro que ahora mismo contemplo en la fotografía del muerto que tengo sobre la mesa? Tal vez, alguien muy allegado al interfecto (madre, novia, esposa o amigos muy íntimos) hubiera podido reconocer algunos de sus rasgos: las cejas, el puente nasal o la frente, de la que quedaron líneas de heridas, siendo la parte menos hinchada por la putrefacción; pero la verdad es que ¡era tan poco lo que podía examinarse, a efectos de un reconocimiento, de lo que debió ser un hombre joven y hasta atractivo! Su pelo era negro y no largo. Sobre el cráneo aún conservaba algunos mechones, pero allí donde había estado la cabeza apoyada durante mulos días se encontró casi todo el resto de su cabellera; no llevaba melena, sino un peinado normal.

Un niqui de punto de fibra acrílica, color gris beige, que había sido desgarrado por las alimañas, conservaba en buen estado el lado izquierdo, cuyo bolsillo estaba adornado por una pieza de ajedrez: el caballo. Podía ser una pista, ya que quizá alguien pudiera recordar haber visto este detalle en el cuerpo de su amigo, compañero de trabajo, vecino, etc., del que nada supiera desde hacía aproximadamente un mes.

Debo advertir que todo cuanto he dicho sobre lo que fue hallado en el kilómetro 5,500 de la carretera, peligrosa por cierto que parte de La Vid hacia Vegacervera, no fue apreciado inmediatamente por el ex minero Victoriano Alonso Huerta, ya que él harta tarea tuvo con tragarse el susto y buscar quien se ocupara de dar aviso a la Guardia Civil en el puesto de Santa Lucía, desde el cual se desplazaron de inmediato el comandante del mismo y un par de números, y poco después el brigada jefe de línea de Villamanín, así como la autoridad judicial que ordenaría el levantamiento del cadáver mutilado y su traslado al cementerio de Vegacervera, donde le sería practicada la autopsia, para que fuera enterrado a la mayor brevedad, pues su estado no permitía una espera más larga.

Según pude saber durante mi visita al lugar originario de esta estremecedora noticia, los primeros días del mes de mayo (tal vez el día 6) se tenía conocimiento de que en uno de los extremos de una atarjea natural, que sirve de paso a las aguas de lluvia caídas por la ladera del monte, por debajo de la calzada, había un envoltorio que contenía un cuerpo muerto. Lo explicaré:

El día 11 pasaba por aquel lugar un matrimonio en compañía de un pequeño nieto. El niño dijo: «Mira, abuelita, ahí abajo hay una cabra muerta ..»

-Niño, ¿y tú cómo lo sabes? -preguntó ella.

-Los niños lo han dicho en la escuela hace varios días.

La señora se asomó al lugar indicado por el chiquillo y vio el envoltorio. Apartando las ramas de un árbol que dificultaban el paso, se aventuró a acercarse, ayudándose con una larga vara, una rama fuerte de las que tantas veces hemos podido ver en manos de las campesinas que cuidan su ganado en los prados. El plástico estaba ligeramente roto por un extremo y la mujer introdujo la vara en un intento de ver lo que había allí dentro, mientras el marido, desde la carretera, gritaba:

-Deja eso; no lo toques con la vara, que vas a llevar una infección al establo.

-Esto es un cerdo… Se le ven las tripas -dijo la esposa-. Debe ser el que se le murió hace unos días a tu hermana.

-¡Qué va!, mujer, el de mi hermana era más pequeño, seguramente es el que se le murió a otra de las vecinas ¿no te acuerdas? ¡Vaya un sitio que fue a buscar para tirarlo! Debieran haberlo enterrado…

Y siguieron su marcha a buen paso, sin querer hacer más indagaciones, porque «aquello olía muy mal». Es muy posible que, de haber sentido algo más de curiosidad, de haber abierto por completo aquel «bulto», la identificación del muerto hubiera sido posible. Pero como sabían que en el pueblo habían fallecido dos cerdos, ¿cómo iban a pensar que lo que allí había era medio cuerpo humano?

Fueron pasando los días, y el que hacía once los perros de Victorino sacaron los restos, dándole a él un gran susto y poniendo de manifiesto que se había cometido un crimen atroz. Mientras, habían sido descubiertos por otro jubilado, en las cercanías de León, los miembros inferiores de aquel infortunado desconocido.

Había cierta semejanza en la forma de esconder los restos humanos; en ambos casos se utilizaron sacos que anteriormente contenían géneros comestibles. Si en el primero se metieron las piernas en uno de rafia sintética y éste a su vez en uno de plástico transparente, en el segundo fue introducida la parte superior del cuerpo en un saco de azúcar procedente de una fábrica de Burgos; luego, este saco se metió en otro de plástico transparente y, por último, los dos fueron envueltos en un gran trozo de plástico, que bien pudiera haber servido de cortina de baño en alguna casa, pues era del tipo que se emplea para eso, de color verde, con dibujo floreado en el mismo color, pero destacando por su diferente brillo o relieve.

En los once días transcurridos desde aquel domingo 11 hasta el jueves 22, el siniestro paquete fue rasgado por mil sitios y su contenido sirvió de alimento a Dios sabría cuántos animales, aparte de los grandes gusanos blancos que aún pude ver yo en aquella tierra rezumante de humores orgánicos.

Se podía pensar que alguien en aquel misterioso crimen debía tener estrecha relación con un establecimiento de comestibles. Los sacos podían haber sido de otra clase; de cemento, de abono, de carbón, por ejemplo, ya que las medidas tenían que ser distintas. El que contenía las piernas tenía una capacidad para 25 kilos, mientras que el del tronco, los brazos y la cabeza era de 65. Dada su talla 46, no había duda de que se trataba de un hombre corpulento, como se dijo ante las dimensiones de las piernas y las caderas halladas anteriormente. En ambos casos, fueron precisos unos cuantos tajos de hacha para poder introducir en los sacos la carga.

No doy estos detalles por gusto, no; no es agradable en algo así, pero lo creo preciso para llegar a una conclusión, y es la siguiente: por el tamaño de las heridas se pensaba que el hacha utilizada era pequeña; por el corte «limpio» que separó el tronco de las caderas se suponía que se habría empleado una sierra mecánica… Pero, no sé por qué, la sierra podía ser de las que se usan para cortar jamones y el hacha una de las que se valen los carniceros o los comerciantes del ramo de comestibles, donde también cuentan con sacos de nueces y de azúcar, naturalmente.

Por otra parte, flotaba en el aire de todo aquel asunto una interrogante digna de destacar: ¿Se habría efectuado el transporte de esos restos en uno o en dos coches? Personalmente estuve en los dos lugares y podía asegurar que si lo primero que se tiró fue la parte superior del cadáver, que era la que quedó más oculta a fin de dificultar la identificación, la zona era ideal para deshacerse del otro «paquete». La carreterita que parte de La Vid, en la N-630 de León a Gijón), es estrecha y tortuosa por demás, bordea constantemente profundos precipicios, en cuyo fondo pudieran haber des,7, parecido para siempre. No obstante, el gran envoltorio é. plástico verde fue arrojado a la cuneta, aunque me inclinaba a creer (considerando su profundidad y la conveniente atarjea existente bajo la carretera) que sin detenerse demasiado.

Si tenemos en cuenta que quien lleva en el portaequipajes de su coche o en el interior de una furgoneta un cadáver partido en dos no debe sentirse muy tranquilo, Comprenderemos que lo más lógico es desprenderse de tan comprometedora carga lo antes posible. Por ello no me parecía normal que el tal individuo, tras arrojar una de las partes, se largara a otro punto de otra carretera, a 50 kilómetros de distancia, para tirar la otra parte en un lugar que quedaba muy a la vista de cualquiera. En consecuencia, me inclinaba a pensar que del lugar en que se cometió el crimen y se hicieron los dos paquetes partieron dos vehículos, repartiéndose la carga y tomando distintas rutas, pues tampoco parecía muy probable que quien ha cometido tamaño crimen se lleve la mitad del cadáver, dejando el resto a la espera de su regreso para emprender un segundo viaje.

Ahora voy a referirme a un extraño accidente del que el fotógrafo y yo nos enteramos cuando nos hallábamos hablando del suceso que había conmovido a toda la Maragateria, parados en la carretera, cerca del lugar del segundo hallazgo de restos, que habría de quedar marcado para siempre con un signo de terror. Un coche que llegaba por esa carretera se detuvo ante nosotros y el conductor, tras Preguntar si «pasaba algo», se apeó y se unió al grupo. El hombre tenía en el alma un hondo dolor, causado por la reciente muerte de un hijo, un «muchachote de veintinueve anos, ya casado y padre de dos criaturas».

Con la natural emoción, el recién llegado, Manuel Viñuela Bueno, propietario del coche, un Seat 1430 con el que se ganaba la vida por la comarca, comentó lo ocurrido a su hijo:

-No lo comprendo; no hay quien pueda hacerme comprender que mi hijo se haya matado en su coche saliéndose de la carretera. Sabía conducir desde los catorce años, porque siempre ha tenido coches y a él le gustaba. Ha llevado hasta un camión de butano y ahora trabajaba con un camión de hormigón. Cinco días antes habíamos comprado un Simca 1200 y en ese se ha matado ¡incomprensiblemente!

Ese accidente se produjo la madrugada del 5 al 6 de mayo, cuando Angel Manuel Viñuela González se dirigía por la peligrosa carretera desde La Vid a Coladilla, donde su esposa ejercía como maestra nacional, recorrido que había hecho innumerables veces. Algo había en tal accidente que despertaba la sospecha de que pudiera estar relacionado con el caso que nos ocupaba, debido a que varios vecinos de la zona recordaban haber oído pasar un coche a gran velocidad, en dirección a La Vid, sobre las tres de aquella misma madrugada. Puesto que la calzada, muy estrecha, bordea precipicios, cabía suponer que los conductores tienden a circular por el centro. Angel Manuel se despeñó subiendo una cuesta, de modo que pudiera haber sido rozado o simplemente obligado a salirse de la carretera por el otro coche que encontró en dirección contraria y que pudo ser precisamente aquel en que habían llevado el medio cuerpo del hombre asesinado.

El día 6 resultaba ser una fecha muy apropiada para pensar que había sido aquella madrugada cuando el «paquete» fue arrojado a la profunda cuneta, ya que, según dijo el forense que realizó la autopsia de las piernas encontradas cerca de León el 15 de mayo, la muerte pudiera haberse producido de siete a diez días antes o, por lo menos, ése era el tiempo que debían llevar dentro de los sacos. Así podíamos suponer que el conductor del coche desconocido, tras arrojar su comprometedora carga del mismo, arrancó veloz, suponiendo que no encontrarla ningún otro vehículo; pero de pronto se halló frente al Simca del señor Viñuela hijo, quien sin poderlo evitar se salió de la calzada y, dando vueltas de campana, fue a morir en el fondo del valle, mientras el causante del accidente seguía su marcha sin preocuparse por su suerte, sin pensar siquiera en avisar para alguien fuera a auxiliarle. Era mediodía cuando se tuvo noticia del accidente.

-Yo estaba en Villamanín -nos dijo Manuel- haciendo un servicio con autoridades de León y se lo vinieron a decir a la Guardia Civil. Cuando lo oí me dio como un salto el corazón, pero a aquella hora, pensé, no podía ser mi hijo. De pronto, me llamó el brigada y le dije: «¡Vaya, que se ha matado mi chaval!, ¿no?» «Pues sí -me dijo él-, no te lo puedo negar. Lo siento.» Ahora, después de saber lo que han encontrado y la fecha en que suponen que tiraron «eso» y que oyeron el coche aquel…, bueno, ahora así ya comprendo por qué se mató mi hijo, ¡pero me cuesta un trabajo…¡

Ni que decir tiene que sobre aquel accidente, un tanto extraño también, se llevaron a cabo intensas pesquisas por los investigadores encargados de este apasionante caso, en el que a lo largo de muchas jornadas trabajaron sin descanso, ininterrumpidamente, hasta llegar a perfilar por fin, en forma definitiva, la personalidad de la víctima, como no podía ser menos. Tras atender todas las sugerencias que hacían muchas personas que decían recordar a alguien que tenía un cinturón como el que vieron en las fotografías publicadas en la prensa de toda España, que conocían a un muchacho que tenía una cicatriz o un tatuaje en el brazo derecho, buscaron afanosamente a quienes les eran indicados, hasta encontrarlos a todos con vida. Pero no se desanimaron: era preciso continuar la búsqueda hasta que los datos coincidieran en alguien cuyo paradero fuera ignorado.

Al fin lograron saber que desde hacía algunos días nada se sabía de Carlos Fernández Guisarda, de veintiocho años de edad, soltero, alto, fuerte, que tenía tatuado en su brazo derecho una especie de paracaídas y debajo de él sus iniciales, una C y una F; nadie le había visto por los lugares que habitualmente frecuentaba. Ya con estos datos, una rápida investigación permitió a los investigadores conocer que Carlos, que había sido un excelente mecánico-ajustador, se había encaminado por malos derroteros, abandonando años atrás su oficio, aseándose de su familia honrada y dándose al trato con mujeres, al juego y a la bebida. Había sido visto por última vez el 3 de mayo en el bar Cortijo Susi, de la calle de López Castrillón (León), propiedad de su hermano Jesús, de donde se marchó mediada la tarde con rumbo desconocido. Fueron interrogadas algunas personas de su círculo, y así supieron quienes llevaban a cabo la investigación que, desde hacía varios años, Carlos mantenía relaciones íntimas con la propietaria del bar-restaurante Ayi, situado en la subida del Portillo, a unos 5 kilómetros de León en dirección a Madrid, y desde entonces había mejorado notablemente su forma de vestir y disponía de abundante dinero para sus gastos personales.

En posesión de tan importantes informes, los integrantes del grupo del Servicio de Información de la Guardia Civil de León procedieron a la detención de la propietaria del citado bar-restaurante, Covadonga Sobrino Alvarez, de cuarenta y un años, soltera, industrial, natural de Valporquero (León). Esto ocurrió el 30 de mayo, veintisiete días después de haber matado a Carlos, crimen del que se confesó autora al ser de ten ida y se ratificó después ante el titular del juzgado de Instrucción de la capital leonesa.

Entonces, Covadonga era una mujer de ánimo resuelto, más bien gruesa y de mediana estatura, de fortaleza física varonil, que escondía la mirada tras unas gafas oscuras, tal vez para ocultar su gran frialdad. Llevaba con mano férrea el timón de su negocio, que por permanecer abierto toda la noche era punto donde recelaban trasnochadores impenitentes, camareros y otros profesionales al terminar su trabajo nocturno y, mezclados con ellos algún que otro individuo o pareja non sancta para tomar la última copa, aunque sus estómagos estuvieran ya bien cargados con los vapores del alcohol, lo que inevitablemente producía frecuentes altercados entre la clientela, a los que ella ponía rápido final expulsando «por la fuerza» a los gamberros o empuñando un gran cuchillo que para estas ocasiones guardaba bajo el mostrador, al alcance de su mano.

Desde hacía varios meses vivía con Covadonga un pariente, Tomás Sobrino Tardío, de quince años de edad (aunque por su estatura y fortaleza más bien parecía un hombre hecho y derecho), que le ayudaba en las faenas propias del negocio y que también tomó, al parecer, parte activa, al menos en la ocultación de los restos de la víctimas que desde hacía unos cuatro años mantenía relaciones íntimas con aquélla y vivía a su costa.

Fueron varias las versiones que obtuvimos sobre la declaración prestada por la detenida ante la Guardia Civil y en el juzgado, aunque en el fondo todas coincidían; sólo había alguna diferencia en las causas que originaron el crimen y el posterior descuartizamiento del cuerpo. Se dijo que el 3 de mayo, sobre las ocho de la tarde, llegó Carlos al bar Ayi y, al encontrarse con Covadonga, inició una fuerte discusión porque ella, que en ese momento leía una novela, no prestó demasiada atención a lo que él le decía, por lo que enfurecido, se la arrebató y tiró al suelo; también se dijo que fue Covadonga la que tiró al suelo un paquete de detergente que Carlos portaba bajo el brazo cuando entró a verla en su habitación. Esta fue la versión que la autora del crimen dio en sus declaraciones sobre los hechos, añadiendo que, al oír las voces, su sobrino Tomás intentó apaciguar los ánimos, por lo que Carlos dirigió sus amenazas contra él; que el muchacho se fue hacia la cocina, seguido por Carlos, en vista de lo cual ella tomó un hacha que tenía en lugar próximo a la cocina y golpeó con ella en el parietal derecho a su amante, que cayó fulminado al suelo, en donde le asestó otros seis hachazos.

Pero el caso es que lo de la fuerte discusión por el «asunto de la novela» y la fenomenal bronca por lo del paquete de detergente no acababa de convencer a los leoneses, y en seguida se lanzó al aire una tercera versión que parecía más convincente: se dijo que, cuando a las ocho de aquella tarde entró Carlos en la habitación de Covadonga, la encontró en la cama con su sobrino, y que eso fue lo que motivó la violenta escena que acabó en tragedia, que el sobrino nada hizo por impedir. Sea como fuere, lo cierto es que tras presenciar la mortal agresión, Tomás abandonó la cocina y sin dejar traslucir nada de lo ocurrido, salió al bar para atender a un tempranero cliente (eran aproximadamente las once de la noche), mientras Covadonga arrastraba el cadáver hasta la bodega-espensa, procediendo después a un minucioso lavado del suelo, muebles y paredes, salpicados con la sangre de la víctima, para luego quemar su documentación y el pantalón, que también quedó ensangrentado. Después, tranquilamente, fue al bar, dijo a su sobrino que fuera a acostarse y atendió normalmente a sus clientes, hasta que se marchó el último grupo, casi a las seis de la madrugada.

Tras cerrar su establecimiento, procedió a seccionar el cadáver en dos partes con la ayuda de una sierra para cortar partiendo a hachazos las rodillas y los codos a fin de poder introducir los restos en los sacos que luego serian hallados. Según dijo, en esa operación tan sólo tardó una hora. Al día siguiente domingo ayudada por su sobrino Tomás, cargó los sacos en el asiento trasero de su Renault Gordini y «salieron a dar un paseo», arrojando el primer envoltorio -el que contenía el tronco, cabeza y extremidades superiores- cerca de Vegacervera (serían las cinco de la tarde de aquel domingo) y el otro -con las extremidades inferiores- a unos 4 kilómetros de León, cerca de las doce de la noche.

En su declaración, Covadonga negó rotundamente que le hubiera cortado y ocultado o destruido el brazo derecho y los dedos de la mano izquierda, alegando que «se lo comerían las alimañas» (lo que no podía ser cierto, pues aparte de haber hecho desaparecer así el tatuaje y las huellas dactilares, las «alimañas» tendrían que haber sido sumamente cuidadosas para no producir el menor desgarro en tales mutilaciones); afirmó que tiraron los zapatos cerca del pueblo de Felmin y el hacha tras el Matadero Municipal de León, sin referirse para nada al cuchillo que también dijo haber empleado. No se mostró arrepentida de lo que había hecho -«Lo volvería a hacer otra vez»- y, cuando le fueron enseñadas las fotografías de los restos, se mostró imperturbable, señalando una de las heridas de la cabeza (la del parietal derecho) como la del primer hachazo, jactándose de su fortaleza e invitando a sus interrogadores a que tocaran el brazo para que pudieran comprobar la dureza de su musculatura. ¡Increíble!

De todo lo declarado por la bravía Covadonga surgían no pocas preguntas; la primera, ésta: ¿Qué ocurrió en realidad? Resultaban muy dudosas las motivaciones y circunstancias que rodeaban los hechos y se desprendían de las versiones que circulaban por León, a las que me he referido anteriormente. En principio no se comprendía cómo una discusión que se inició a las ocho de la tarde por motivos tan nimios como el tirar una novela o un paquete de detergente al suelo se prolongase hasta las once de la noche, culminando en una muerte tan espantosa. ¿No entró en esas tres horas ningún cliente en el bar? Por otra parte, si Carlos se dirigió directamente a la habitación de Covadonga -cosa natural habida cuenta de las relaciones que les unían-, ¿qué hacía en ella Tomás? ¿Sería éste el motivo que originó la discusión?

Se dijo que Covadonga quemó la documentación y el pantalón de Carlos porque estaban manchados de sangre: ¿De quién era entonces el que cubría sus piernas en el primer envoltorio? ¿Por qué no quemó también el niqui que llevaba en su torso y que debía estar mucho más manchado, ya que le golpeó la cabeza? ¿Y el slip? ¿Y los calcetines? Según nos informaron testigos que vieron esas prendas, ninguna de ellas mostraba la mínima mancha de sangre, lo que nos indujo a pensar en dos alternativas: o Carlos estaba totalmente desnudo cuando le mató, o la agresora le desnudó cuando decidió que le descuartizaría, operación para la que tendría que desangrarlo previamente introduciéndole en agua en alguna bañera, pila o similar, donde permanecería hasta la hora en que ella cerró el bar.

Sólo después de haber desangrado el cadáver pudo trocearlo sin manchar de sangre la bodega-despensa, pero, ¿qué hizo con las vísceras, el paquete intestinal y otros órganos internos? ¿Qué hizo con el antebrazo derecho y los dedos de la mano izquierda? ¿Faltaría por encontrar otro macabro envoltorio? ¿Lo quemó? ¿Lo enterró? Estas eran las preguntas, cuyas respuestas esperábamos obtener en día más o menos lejano, cuando la autora del crimen fuera juzgada.

Al regresar a Madrid alcanzamos una caravana de coches, entre ellos un furgón de la Policía Armada y un coche patrulla de la BIC, que paraban ante el bar Ayi. Eran la autoridad judicial y los funcionarios de la Brigada de Investigación Criminal que llevaban a Covadonga y a Tomás para reconstituir el crimen. Nosotros tuvimos que limitarnos a deambular por los alrededores mientras obteníamos algunas fotografías. Pudimos ver cómo Tomás entraba en el bar y sacaba, uno después de otro, bien sujetos por fuertes correas, dos hermosos perros pastor alemán que materialmente le arrastraron hasta un canalillo de agua donde saciaron su sed de tres días. Horas antes, cuando nos habíamos acercado al lugar, oímos sus estremecedores aullidos. Tomás (que volvió a parecernos más un hombre que un niño) los entregó a los perreros municipales.

Año y medio después, durante los días 3 y 4 de noviembre de 1976, se celebró en León el juicio por la causa seguida contra Covadonga Sobrino Alvarez, acusada de ser la presunta autora de la muerte de su amante Carlos Fernández Guisarda. Durante la vista, que precisó cuatro sesiones de mañana y tarde en la Audiencia Provincial de León, y tras el detallado informe que sobre los hechos pronunció el ministerio fiscal, la procesada contestó a las preguntas que le fueron formuladas con su habitual tranquilidad, argumentando que el día del crimen Carlos le había exigido la entrega de diez mil pesetas, mostrándose violento cuando ella se las negó, hasta el extremo de querer agredirla a ella y a su sobrino.

Añadió que poco más tarde, y ante las amenazas incesantes de su amante, ella cogió el hacha con la que le dio siete golpes hasta acabar con su vida; y continuó su relato confirmando la declaración que había prestado cuando fue detenida, a la que ya me he referido anteriormente.

El fiscal basándose en los informes forenses, dijo que Carlos estaba acostado cuando recibió los golpes del hacha, estableciendo que tanto si la víctima estaba acostada o si había sido golpeada estando de pie, el acto constituía un delito de asesinato.

El abogado defensor, estimando que la procesada estaba afectada por un «síndrome oligofrénico congénito» de grado leve, y alegando también debilidad mental, legítima defensa incompleta, provocación por parte de la víctima y arrebato u obcecación, calificó el hecho como homicidio.

Tanto el fiscal como el acusador privado y el abogado defensor elevaron a definitivas sus conclusiones; el fiscal solicitó una condena de veinticinco años y trescientas mil pesetas de indemnización; el acusador privado, veinticinco años y quinientas mil pesetas y, el defensor, cuatro años, dos meses y un día de prisión menor. La causa quedó vista para sentencia.

Covadonga Sobrino Alvarez fue condenada a una pena de veinte a treinta años de reclusión mayor, que posteriormente sería fijada en veintiuno, de los que cumplió algunos menos, pues tengo entendido que desde hace bastante tiempo esta libre y, al parecer, vive felizmente en Barcelona.

Sólo me queda decir que, durante el juicio, hubo testimonios favorables a la acusada, debido a la mala opinión que ciertos testigos tenían sobre la censurable conducta del hombre que la maltrataba y vivía a su costa, sin privarse de ningún capricho. En fin, que una vez más se podría pensar que no siempre el bueno es el muerto.

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