Charles Whitman

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Charles Whitman
  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: Parricidio - Tiroteo
  • Número de víctimas: 15 + 1
  • Periodo de actividad: 1 de agosto de 1966
  • Fecha de nacimiento: 24 de junio de 1941
  • Perfil de las víctimas: Su madre, Margaret Whitman (43 años) / Su esposa, Kathy Whitman (23) / Edna Townsley (47) / Mark Gabour (16) / Marguerite Lamport (45) / Paul Sonntag (18) / Claudia Rutt (18) / Roy Dell Schmidt (29) / Thomas Aquinas Ashton (22) / Thomas Eckmann (18) / Baby Boy Wilson (no nacido) / Thomas Karr (24) / Karen Griffith (17) / Doctor Robert Boyer (32) / Harry Walchuk (39) / Billy Speed (22)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Austin, Estados Unidos (Texas)
  • Estado: Murió el mismo día de los hechos durante el enfrentamiento con la policía
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Charles Whitman

Última actualización: 25 de marzo de 2015

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo pero no podía evitarlo. El impulso de matar era demasiado fuerte. Subió a una torre y disparó contra treinta personas.

MAL CUERPO – Cariños que matan

Charles Whitman estaba felizmente casado. Pero a sus veinticinco años también tenía problemas, ya que sabía que era un enfermo a punto de hacer algo terrible. Para proteger a su esposa y a su madre de la vergüenza que les causaría su comportamiento no le quedaba otro camino: tendrían que ser las primeras en morir.

La tarde del 31 de julio de 1966, Charles Whitman se encontraba taciturno en su domicilio de la calle Jewel 906, en Austin, Texas, cuando sin pensárselo mucho se sentó ante la máquina de escribir:

«No sé lo que me impulsa a redactar esta carta. He visitado al psiquiatra. He sentido miedo y también impulsos violentos. He sufrido espantosos dolores de cabeza. Tras mi muerte deseo que se me realice una autopsia para comprobar si existe algún daño cerebral.»

Acto seguido lanzó un tremendo ataque vituperando a su padre, un hombre al que odiaba con «pasión mortal». Sus padres acababan de separarse; su madre había decidido que ya no aguantaba el violento modo de ser de su esposo.

Charles llevó a su madre a Austin y, desde entonces, su padre le telefoneaba a intervalos regulares para persuadirle de que llevase a su madre a casa.

Después empezó a escribir sobre su mujer, Kathy, de cuánto la quería y de su intención de «matarla a su vuelta del trabajo, porque no quiero que tenga que aguantar la vergüenza que mis actos, sin duda alguna, le van a causar … »

Tuvo que interrumpir la carta a las 7,30 de la tarde. Larry Fuess, un amigo ingeniero y su mujer, le hicieron una visita sorpresa.

Charlaron amigablemente durante un par de horas. Todo parecía de lo más normal. Whitman daba la impresión de estar relajado, a gusto… Fuess declaró más tarde que echó de menos algunos de sus tics nerviosos. «Es como si le hubieran quitado un tremendo peso de encima.»

Sus amigos se fueron y Whitman anotó la interrupción y terminó la carta: «No merece la pena vivir.»

Era la hora de recoger a Kathy del trabajo. Su esposa era maestra y además ganaba un sobresueldo durante el verano haciendo de telefonista.

Dejó a Kathy en casa, cogió una pistola y se encaminó hacia el apartamento de su madre en el 1515 de la calle Guadalupe.

Ella abrió la puerta y su hijo hizo ademán de agarrarla con violencia y le rompió los dedos al pillárselos con la puerta. Charles cerró y siguió un breve forcejeo. Después la apuñaló varias veces en el pecho, hasta que la mujer cayó al suelo y él le disparó un tiro en la nuca.

Levantó el cadáver, lo acostó en la cama y lo tapó con las mantas como si estuviera durmiendo plácidamente. Al lado del cuerpo dejó una nota atacando a su padre: «Quiero a mi madre con toda mi alma». Antes de abandonar el pisito arregló las alfombras para ocultar las manchas de sangre.

En la calle Jewel añadió otra línea a la carta: «12,30 de la noche. Madre muerta.»

Dejó pasar un rato, entró en el dormitorio y apuñaló a su mujer, mientras dormía, tres veces en el pecho con un cuchillo de caza. Más tarde terminó la misiva con: «3,00 de la mañana. Madre y esposa, muertas.»

A las nueve de la mañana Charles condujo hasta una ferretería cercana y compró una carabina 30 M-1 de segunda mano y varios cientos de cartuchos. A las 9,30 estaba en una de las tiendas de Sears Roebuck comprando una escopeta de doce disparos, y finalmente se pasó por una tienda de máquinas y herramientas, donde alquiló un pequeño carrito plegable de tres ruedas.

Trasladó las compras a la calle Jewel y en el garaje recortó el cañón de la escopeta y aserró la culata. Mientras se ocupaba en este menester llegó el cartero y charlaron un rato.

El cartero sabía que lo que Charles Whitman hacía estaba penado por la ley, pero no se le ocurrió llamar a la policía. Más tarde confesó que nunca se lo ha perdonado.

Al fin todo el equipo estaba dispuesto. Charles colocó las armas en una maleta metálica que había llenado con otros artículos necesarios para pasar una larga temporada fuera de casa. Cubrió los rifles y las pistolas -siete en total- con una sábana y cerró la maleta. Se puso un par de monos grises encima de los vaqueros, metió el equipaje en el maletero de su Chevrolet Impala y arrancó.

Su punto de destino se divisaba desde toda la ciudad: era la torre de granito blanco que coronaba el edificio de administración de la Universidad de Texas. La torre superaba con mucho la altura del resto de los inmuebles de la ciudad. Desde allí se dominaban los alrededores.

Las víctimas: las dos señoras Whitman

  • Margaret Whitman: 44 años, regordeta, encanecida y afeada por las gafas. Parecía más mayor de la edad que tenía. Era una mujer tímida y educada que había trabajado como cajera de una cafetería desde su llegada a Austin.
  • Kathleen Whitman: 23 años, hija de un plantador de arroz. Desde que se graduó en la universidad de Texas en 1964 trabajó de profesora de enseñanza media. Se casó con Charles Whitman en agosto de 1962.

Supervivencia

Whitman metió en la maleta los víveres suficientes para aguantar un asedio. Aun así, la mayoría de las cosas que empaquetó eran más aptas para la supervivencia en el campo que en lo alto de una torre.

Aparte de las armas -las escopetas, tres rifles, tres pistolas, tres cuchillos de montaña y mil cartuchos-, llevaba doce latas de comida, seis paquetes de pasas, un termo de café, cinta adhesiva, aceite especial para encender fuego, cerillas, un martillo, una llave inglesa y un destornillador, una radio, tapones para los oídos, un compás, once litros de agua y once de gasolina, una linterna, un reloj, papel higiénico, pinzas de colgar la ropa, unas gafas de sol, y lo más extraño de todo: desodorante en spray y un antídoto para mordeduras de serpiente.

PUNTO DE MIRA – En la cima del mundo

Whitman estaba hipnotizado por la torre. Desde allí arriba dominaba el campus y podía apuntar las armas a quien quisiera. Las personas parecían insignificantes hormigas fáciles de matar.

Aquel día fatídico de agosto de 1966, Charles Whitman poseía una voluntad de hierro y una fuerza demoníaca. Decidió matar a tanta gente como le fuera posible. Subió en ascensor a lo alto de la torre, cargó la pesada maleta a la espalda y trepó por las escaleras los dos últimos pisos hasta el mirador. En aquella maleta llevaba las armas, comida y bebida. Había sido entrenado como francotirador en el Ejército y su puntería era excelente. Empezó a disparar de forma despiadada sobre la gente que paseaba por el campus y continuó apuntando sin misericordia.

Charles Whitman se valió de los conocimientos adquiridos en el Ejército y escogió una posición ventajosa en lo alto de la torre. Esto le proporcionó un amplio campo de tiro (arriba). Asimismo, le valía de parapeto defensivo. Incluso los helicópteros correrían peligro si se acercaban. Armado hasta los dientes y con miles de cartuchos disponibles, empezó a matar. La gente se desplomaba en el suelo, hasta que tres hombres valientes subieron a su atalaya y le dieron muerte.

EL FRANCOTIRADOR – Lluvia mortal

Hacía un día de verano delicioso en Austin. El intenso calor se desplomaba en silencio sobre las anchas praderas del campus universitario. De pronto, se quebró la calma. Las balas empezaron a llover del cielo…

Hacía 98 grados Fahrenheit a la sombra cuando Charles Whitman llegó a la entrada de la torre y le dijo al portero que era un obrero de mantenimiento. Empujó su carrito de tres ruedas hasta los ascensores y apretó el botón del piso veintisiete. Mientras subía desenvolvió dos de los rifles.

Desde dicho piso cuatro tramos de escaleras conducían hasta el mirador, que normalmente estaba abierto y se podía visitar. Edna Townsley, de cincuenta y un años de edad, aguardaba sentada en la mesa de la recepción. Faltaba poco tiempo para que la sustituyese su compañera del turno de tarde. Whitman le sacudió un golpe con la culata y la escondió tras un sofá.

En ese momento dos visitantes bajaron del mirador. La chica sonrió a Charles y éste le devolvió la sonrisa. Después esquivó con su novio una mancha oscura que había justo frente a la mesa de la recepcionista. La sangre de Edna había manchado la alfombra.

Whitman los acompañó hasta los ascensores y acto seguido subió la maleta hasta la sala donde yacía la mujer aturdida. Hacia las doce menos veinte de la mañana un grupo de personas salió del ascensor y empezó a subir las escaleras. Eran M. J. Gabour, el dueño de una gasolinera de Texarkana, en Arkansas, su mujer, Mary, y sus dos hijos adolescentes Mark y Mike. Les acompañaban su hermana, Marguerite, y su esposo, William Lamport.

Los chicos iban delante. Mark abrió la puerta de la sala justo en el momento en que Whitrnan apareció frente a ellos y disparó tres veces con la escopeta. Los chicos y la mujer cayeron escaleras abajo. La señora Lamport y Mark murieron en el acto; Mike Gabour y su madre sufrieron heridas graves.

Los dos hombres rescataron a sus fainiliares ocultándose en una oficina. Whitman atrancó la puerta con muebles y le pegó un tiro en la cabeza a Edna Townsley. Después salió al mirador. La terraza al aire libre estaba rodeada -y protegida- por un parapeto de piedra caliza de cuarenta y cinco centímetros de grosor.

Estaba totalmente solo. A sus pies se extendía el campus de la Universidad de Texas bañado por una luz radiante; praderas de césped, paredes blancas, tejados rojos y el calor. Eran las doce menos cuarto de la mañana y no había mucha gente paseando, ya que las clases no terminaban hasta las doce y veinte.

Whitman escogió el rifle Remington del calibre 35 con mirilla telescópica y se apostó encima del parapeto buscando un objetivo.

La primera bala atravesó la pierna de Alec Hemández, de diecisiete años, un ciclista que en ese momento repartía periódicos por el campus, y tres estudiantes cayeron al suelo sin que nadie supiera lo que estaba ocurriendo. Charles disparaba contra los valientes, los que se atrevían a asomar la cabeza para ver qué demonios estaba pasando.

A las doce menos ocho minutos la policía recibió la primera de una serie de llamadas de ciudadanos histéricos y aterrorizados. Al poco tiempo todos los agentes libres de servicio se encontraban en el campus de la Universidad. 

Cuando se dieron los primeros avisos, un patrullero, Billy Speed, de veintidós años, circulaba cerca de la Universidad. Cambió de dirección y se unió a sus compañeros. Por un momento se resguardó tras una balaustrada, pero Whitman le alcanzó de lleno y murió en el acto.

A unos noventa metros del agente tiroteado, un electricista se bajó de su camioneta para ver qué estaba ocurriendo. La policía le gritó que volviera a la cabina, pero no le dio tiempo: Whitrnan le colocó un tiro en el pecho.

Paul Sonntag, de dieciocho años, era socorrista, acababa de cobrar su paga semanal y estaba paseando con su novia, Claudia Rutt. De pronto, Claudia se desplomó llevándose las manos al pecho: «¡Ayúdame! ¡Que alguien me ayude!» El sorprendido muchacho se inclinó sobre la chica para ver qué tenía cuando le alcanzó otro disparo. Ambos murieron sobre el césped.

Hary Walchuk, un licenciado de treinta y ocho años, estaba ojeando periódicos en un quiosco cuando Charles le apuntó a la garganta. Se desmoronó sobre un montón de tebeos.

El francotirador no permanecía en un sitio fijo, sino que iba de acá para allá, disparando en todas direcciones. Algunas veces se contentaba con un disparo, otras lanzaba ráfagas. Alcanzó a la mayoría de los transeúntes en los primeros quince minutos, con una puntería mortal. Casi todas las víctimas presentaban impactos alrededor del corazón. También disparó a dos embarazadas; en uno de los casos mató al feto en el vientre de la madre.

Hacia las doce y media, tiradores de élite de la policía habían empezado a hacer fuego indiscriminado sobre la torre. Las balas hacían saltar esquirlas del parapeto de piedra caliza. Pero Whitman se movía como un gato, sin sacar la cabeza más que una fracción de segundo para lanzar una nueva ráfaga.

Un agente intentó abatir al poseso de la torre desde una avioneta durante treinta minutos, pero el acierto del francotirador y las corrientes de aire le impidieron disparar. El jefe de policía de Austin, Robert Miles, decidió no emplear un helicóptero por las mismas razones y ordenó a sus hombres asaltar la torre.

Ramiro Martínez, Houston McCoy y Jerry Day consiguieron llegar hasta la entrada. Allí se toparon con Allen Crum, un empleado de la Universidad que acababa de licenciarse de las Fuerzas Aéreas tras veinte años de servicio.

Crum insistió en acompañar a los policías. Le dieron un rifle y fue nombrado agente. Los cuatro cogieron el ascensor hasta el piso veintiséis y subieron las escaleras hasta donde se encontraban los matrimonios Lamport y Gabour.

El señor Gabour intentó arrebatar una pistola a los oficiales y el agente Day llevó al hombre, visiblemente perturbado, hacia abajo. Los otros tres se abrieron paso hasta la sala de recepción. Con mucho cuidado empujaron la barricada hacia un lado y con una mesa de despacho como escudo, se internaron en la habitación.

Todos reptaron hasta el mirador y, Martínez, armado con una pistola, y McCoy, con una escopeta, avanzaron en una dirección; Crum se adelantó por el lado opuesto.

Allen fue acercándose a la esquina oeste de la terraza y entonces oyó las pisadas del francotirador. Se dirigía hacia él… Apretó el gatillo de la escopeta. El disparo se incrustó en el parapeto arrancando un gran trozo de piedra.

Whitman dio media vuelta y al doblar la esquina se encontró frente a Martínez. El policía disparó, pero el asesino respondió con una andanada salvaje. El agente nunca había empleado su arma impulsado por la furia, pero esta vez vació el cargador de su revólver.

Whitrnan cayó al suelo sin soltar el arma y se revolvió en actitud amenazante. McCoy le disparó dos veces con la escopeta. Pero Whitman se seguía moviendo y no soltaba el rifle. Martínez le quitó la escopeta a su compañero, se acercó al francotirador y le disparó un tiro en la cabeza a bocajarro.

Charles se quedó inmóvil. Era la una y veinte de la tarde.

El asesino fue identificado enseguida y su nombre fue divulgado por la radio. El padre de Whitman llamó a Austin y pidió que la policía echase un vistazo en su casa y en el apartamento de su ex mujer. Allí encontraron los cadáveres y una serie de notas.

La furia mortal de Charles Whitman se había llevado por delante a quince seres humanos, él incluido. Otras treinta personas resultaron heridas: una de ellas fallecería más tarde en el hospital. Muchas quedaron marcadas o inválidas para el resto de sus vidas.

Primeros pasos

Charles Joseph Whitman nació en el mismo año, 1941, en Lake Worth, Florida. Fue el mayor de tres hermanos. Su padre poseía un negocio de fontanería.

Charles era un hijo modelo: guapetón, inteligente y querido por sus amigos; fue boy scout, un buen pianista y monaguillo de la parroquia católica local. La única pega es que su padre era muy estricto con la disciplina, no dudaba en recurrir a la violencia para poner orden en la familia y le inculcó a Charles el deseo de ser el mejor en todo.

Tras graduarse en 1959, el muchacho se alistó en los marines y ganó una beca para estudiar ingeniería en la Universidad de Texas, donde conoció a su futura esposa, Kathy. Tenía por delante una vida feliz, llena de éxitos

La vida no trató con el previsible éxito a Whitman y sus esperanzas se vieron hasta cierto punto frustradas. Se le formó consejo de guerra por dedicarse al juego y al préstamo de dinero, su trabajo académico se resintió y le retiraron la beca.

Se licenció de los marines en diciembre de 1964 y regresó a la Universidad. Estaba impaciente por salir adelante y se sobrecargó de trabajo y clases para sacar el título lo más rápidamente posible. Quería convertirse en agente inmobiliario, y núentras tanto para ganar algún dinero se empleaba en trabajos a tiempo parcial.

En marzo de 1966 sus padres se separaron y él empezó a flaquear bajo la presión de las tensiones familiares. Su carácter empeoró; temía hacer daño a Kathy y estaba decidido a hacer las maletas y abandonar sus estudios y a su mujer, pero sus amigos, y muy especialmente Larry Fuess, le quitaron esa idea de la cabeza. A un psiquiatra de la Universidad le consultó sobre su sentimiento de creciente hostilidad, y de pasada le comentó que tenía «ganas de subirse a una torre con un rifle y empezar a pegar tiros a la gente». Quedaron citados para otra consulta, pero el paciente no volvió.

¿Encefalitis?

La autopsia de Whitman reveló que tenía un pequeño tumor, del tamaño de una nuez, en la parte del cerebro asociada a la respuesta emocional. Los médicos no se pusieron de acuerdo sobre los posibles efectos del tumor. Unos decían que era la causa de sus jaquecas; otros, que le producía una fuerte inestabilidad emocional. El patólogo del Estado mantenía que era benigno y no podía haberle causado dolor o sufrimiento; pero un estudio encargado por el gobernador de Texas dictaminó que era maligno y le hubiese matado en menos de un año. Además, señalaba que había contribuido a la pérdida del autocontrol del asesino.

LAS VÍCTIMAS – Sin aviso, sin piedad

  • Edna Townsley, 51 años, era la recepcionista de la terraza-mirador, vida y con dos hijos.
  • Mark Gabour, 15 años, murió dentro de la torre. Su madre y su hermano sufrieron heridas en la cabeza.
  • Marguerite Lamport, 45 años, de Austin. Había ido a la torre con su familia y su hermano para “hacerles un regalo”.
  • Paul Sonntag, 18 años, era socorrista en una piscina durante el verano. Iba a iniciar sus estudios en la universidad de Colorado en otoño.
  • Claudia Rutt, 18 años, era el ligue de Sonntag. Normalmente pasaban todo el día en la piscina, pero el lunes estaba cerrada.
  • Roy Dell Schmidt, 29 años, murió al lado de su furgoneta. Era electricista.
  • Thomas Aquinas Ashton, 22 años, se entrenaba para formar parte del Peace Corps que iba a ser enviado al Irán.
  • Thomas Eckmann, 18 años, acababa de ingresar en la universidad. Paseaba con otra “novata”, Claire Wilson. Ambos fueron alcanzados por los disparos. Claire estaba embarazada de 8 meses.
  • Baby Boy Wilson, el hijo no nacido de Claire, murió. La madre sobrevivió.
  • Thomas Karr, 24 años, estudiaba para ser diplomático. Murió al salir de una clase de español.
  • Karen Griffith, 17 años, de Austin. Murió a la semana de ser alcanzada en el pecho.
  • Doctor Robert Boyer, 33 años, profesor de Pennsylvania. Visitaba Austin durante ese día.
  • Harry Walchuk, 38 años, trabajaba de profesor numerario en Michigan. Preparaba el doctorado.
  • Billy Speed, 22 años, era guardia de tráfico desde hacía un año. Dejó viuda y una hija pequeña

Conclusiones

Charles Whitman dejó en su casa dos carretes de fotografías con la indicación de que fueran revelados. Contenían instantáneas tomadas durante las semanas anteriores a la matanza. En algunas aparece con su perro faldero, Skokie.

La torre se reabrió al público en julio de 1967, pero se produjeron una serie de intentos de suicidio y fue cerrada en 1975.

Las pertenencias que Whitman se llevó a la torre permanecieron bajo custodia policial hasta 1972, año en el que fueron subastadas para ayudar a las víctimas de sus crímenes. Un vendedor de armas de Kansas pagó 1.500 dólares por el lote de rifles.

El caso Whitman inspiró dos largometrajes: La torre mortífera, en 1975, una película rodada para la televisión que procuraba reconstruir los acontecimientos de forma realista. No obstante, Ramiro Martínez demandó a la cadena NBC por un millón de dólares a causa de la forma en que se representaba su personaje. La primera película, Blancos (1968), fue rodada por Peter Bogdanovitch y cambiaba el escenario de los hechos a un cine al aire libre.

La nota de Whitman decía: “Por favor, revelen el carrete que hay en la cámara. Gracias”. Las fotos en blanco y negro le mostraban en varias poses caseras; por ejemplo, durmiendo con su perro. No explicaba la extraña petición.

 


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