Charles Carl Roberts IV

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Charles Carl Roberts

La masacre de la Escuela Amish

  • Clasificación: Asesino en masa
  • Características: El delirio, las alucinaciones y el recuerdo atroz de unos abusos sexuales perseguían al asesino
  • Número de víctimas: 5
  • Periodo de actividad: 2 de octubre de 2006
  • Fecha de nacimiento: 7 de diciembre de 1973
  • Perfil de las víctimas: Naomi Rose Ebersol, de 7 años / Marian Stoltzfus Fisher, de 13 / Anna Mae Stoltzfus, de 12 / Lena Zook Miller, de 7 / Mary Liz Miller, de 8
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Bart Township, Estados Unidos (Pensilvania)
  • Estado: Roberts se suicidó disparándose en la cabeza el mismo día
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Charles Carl Roberts IV – La masacre de la Escuela Amish

Última actualización: 18 de enero de 2016

La masacre de la escuela amish se refiere al ataque ocurrido en la Escuela West Nickel Mines, una escuela amish en el pueblo de Bart Township en el condado de Lancaster, Pensilvania, Estados Unidos, el 2 de octubre de 2006. Un hombre armado, Charles Carl Roberts IV, de 32 años, tomó como rehenes y finalmente tiroteó y mató a cinco niñas (de entre 6 y 13 años) antes de suicidarse en la misma escuela.

El énfasis en el perdón y la reconciliación en la respuesta de la comunidad amish fue ampliamente discutida en los medios estadounidenses. La escuela West Nickel Mines fue destruida y se construyó una nueva escuela, la escuela New Hope (Nueva Esperanza), en otro emplazamiento.

Muertos

  • Naomi Rose Ebersol, de 7 años, murió en la escena.
  • Marian Stoltzfus Fisher, de 13 años, murió en la escena.
  • Anna Mae Stoltzfus, de 12 años, fue declarada muerta al llegar al Hospital General de Lancaster, Pensilvania, el 2 de octubre de 2006.
  • Lena Zook Miller, de 7 años, falleció en el Centro Médico estatal Milton S. Hershey en Hershey, Pensilvania, el 3 de octubre de 2006.
  • Mary Liz Miller, de 8 años, falleció en el Hospital Christiana en Newark, Delaware, el 3 de octubre de 2006.

Heridos

Todas las escolares amish supervivientes fueron hospitalizadas. Entre las heridas de gravedad se encontraron:

  • Rosanna King, de 6 años, se le retiró la asistencia artificial en el Centro Médico estatal Milton S. Hershey y fue enviada a casa a pedido de su familia el 4 de octubre de 2006. Algunos informes afirman que la niña mostró signos de recuperación y que fue enviada de regreso al hospital. Su condición mejoró, aunque siguió estando muy alterada por el tiroteo.
  • Rachel Ann Stoltzfus, 8 años de edad.
  • Barbie Fisher, de 10 años.
  • Sarah Ann Stoltzfus, de 12 años.
  • Esther King, de 13 años.

Las niñas heridas en el tiroteo tuvieron un considerable progreso en el año posterior a la masacre. Sara Ann Stoltzfus no recuperó la visión completa en el ojo izquierdo, pero regresó a la escuela, aunque no se esperaba que sobreviviera. Barbie Fisher solía jugar softball, pero ha debido pasar por otra operación de hombro para fortalecer su brazo derecho. Rachel Ann Stoltfus regresó a la escuela meses después del ataque. Esther King también regresó a la escuela meses después del ataque, se graduó y empezó a trabajar en la granja familiar.

No se esperaba que la víctima más joven, Rosanna King, de 6 años, sobreviviera y fue enviada a morir a casa. Tenía heridas serias en el cerebro y, hasta diciembre de 2009, no caminaba o hablaba. Está confinada a una silla de ruedas, aunque se dice que reconoce a miembros de la familia y sonríe con frecuencia.


Horror en un remanso de paz

Yolanda Monge – Elpais.com

4 de octubre 2006

La matanza de cinco niñas en una escuela de Pensilvania lleva la violencia al centro de la comunidad amish de EE.UU.

Fuera lo que fuese lo que le ocurrió a Charles Carl Roberts hace 20 años, él pensó que merecía la vida de cinco niñas amish. Mejor 11. Porque sobre ese número de pequeñas descargó su ira en forma de balas para después suicidarse de un tiro en la cabeza. Seis niñas siguen graves, una de ellas en estado crítico, por lo que la venganza de Roberts podría ascender en número.

Roberts no era amish, pero vivía a muy pocos kilómetros de la comunidad a la que el lunes sumió en el horror de uno de los crímenes más violentos vividos contra un colegio de Estados Unidos que se recuerdan. Y desde luego el más sangriento que nunca ha experimentado este colectivo. «Muero por saber qué tipo de insulto por parte de una niña pudo recibir hace 20 años que le haya llevado a esto», declaraba ayer Mary Miller, vecina del asesino en Bart Township.

Conduciendo algo menos de tres horas desde Washington capital (despacio, el límite está fijado en poco más de 100 kilómetros hora) hasta el condado de Lancaster (Estado de Pensilvania), a unos 40 kilómetros al norte de la línea Mason-Dixon, no sólo se viaja en el espacio, sino también en el tiempo.

A medida que el coche avanza por la carretera a cuyos lados se expanden las granjas amish, se deja de estar en 2006 para experimentar algo parecido a lo que sería la vida en 1906. Se oye el relinchar de los caballos mientras sus dueños los conducen a los campos que van a labrar con aperos de labranza propios del siglo XIX. No se oye ningún sonido que no existiera hace 100 o 200 años.

Hasta ayer, cuando un helicóptero de una cadena de noticias sobrevolaba la zona de la tragedia. Decenas de camionetas con gigantescas antenas de televisión estaban aparcadas a lo largo de la carretera. Micrófonos, cámaras de televisión, máquinas de fotografía…

Huele a estiércol de vaca y excrementos de caballos. Las casas no tienen luz, no existen los coches y la ropa se lava a mano. Indumentarias ancestrales colgaban tendidas al sol para secarse. Unos niños descalzos señalan fascinados con el dedo en alto el helicóptero. Sus padres, de largas barbas -que sólo se pueden dejar crecer cuando abandonan la soltería-, pantalones negros y camisas blancas les alejaban de los «ingleses», término con el que denominan los amish a aquellos «que viven vidas modernas».

Los amish huyen de las cámaras y no aceptan hablar, temen que la vida exterior les contagie. Con lo que no contaban era con ser el centro de todos los objetivos y con que una violencia que creían ajena les golpease como lo ha hecho.

La tesis era la misma se hablase con quien se hablase: «Algo le sucedió cuando tenía 12 años», decían refiriéndose al pistolero. Lo que le ocurrió sigue siendo un misterio apenas desvelado por la nota de suicidio dejada a su familia.

El hombre que el pasado lunes asaltó la escuela de Nickle Mines tenía mujer y tres hijos y había perdido a una hija poco después de nacer. Todas las niñas amish tenían entre seis y 13 años. Quizá en ese dato puedan los agentes del FBI que ayer investigaban la zona encontrar alguna explicación a la barbaridad cometida por Roberts.

«Nunca pensé que algo así pudiera ocurrir aquí», acierta a decir un hombre joven, que más tarde, cuando pierda algo de timidez, admitirá tener 33 años. No da su nombre, no se deja fotografiar, sólo concede que se apellida Kauffman.

Un tiroteo en una escuela es por definición algo horrendo. Cuando la tragedia se traslada a Nickel Mines el horror se incrementa en contraste con la paz que se siente en el lugar. La escuela donde Roberts escenificó su enfado -«estaba enfadado con la vida, estaba enfadado con Dios», declaró el jefe de policía de Lancaster, Jeffrey Miller- tenía una sóla estancia. A través de una de sus ventanas, una niña de nueve años logró escaparse cuando Roberts comenzó el asalto.

Antes dejó a sus hijos en el autobús del colegio, se despidió de ellos con un abrazo y les dijo: «Recordad que papá os quiere». Luego, tras una breve parada en casa, se montó en el camión con el que repartía leche y se dirigió a la escuela.

Tenía una misión y para ella se había preparado: Roberts entró pertrechado con un rifle, un revólver, una pistola semiautomática y 600 balas. Todas las armas habían sido compradas legalmente a pocos kilómetros del lugar de la tragedia.

Entró en la escuela y segregó a sus víctimas. Echó fuera a los niños y a las mujeres. Atrancó las puertas. Se quedó con 11 niñas, a las que ató los pies con cintas de plástico y puso de cara al encerado. «Ha llegado la policía. No voy a volver a casa esta noche», dijo a su esposa, quien sin tener la menor idea de lo que hacía su marido le llamó al móvil justo en ese momento.

A continuación comenzó a descargar la munición. Disparó a las niñas a quemarropa en la nuca, como si se tratase de una ejecución. Otras recibieron impactos en la espalda o el pecho. El último tiro se lo dirigió Roberts a la sien. En Nickel Odeon creen que el relato anterior no les ha sucedido a ellos, que eso es «cosa de los ingleses».


«Estoy lleno de odio, hacia mí mismo y hacia Dios»

Elpais.com

4 de octubre de 2006

El asesino de cinco niñas en una escuela rural de la comunidad amish de Pensilvania, explicó en las cartas de despedida que escribió a su familia antes de la matanza, los motivos que le llevaron a cometer los asesinatos. En ellas, Charles Carl Roberts escribió «estoy lleno de odio, hacia mí y hacia Dios, y de un vacío inimaginable que parece que cada vez que hago algo divertido pienso en que Elise no está aquí para compartirlo con nosotros y vuelvo a la ira».

Roberts, de 32 años, irrumpió el lunes en la casa escuela de la comunidad de Bart Township, a un centenar de kilómetros de Filadelfia, ordenó la salida de los alumnos varones y de las maestras y después ató y alineó ante la pizarra a las niñas, a las que disparó en la cabeza, como si de una ejecución se tratara. A continuación, se suicidó.

Tres niñas murieron prácticamente en el acto, y otras dos en los hospitales donde habían sido ingresadas. Cinco más continúan en centros médicos, en diversos estados de gravedad. El comandante de la Policía de Pensilvania, Jeffrey Miller, reveló ayer el contenido de algunas de las notas que Roberts dejó a modo de despedida, en las que este transportista alude, como motivo de sus actos, a la muerte hace nueve años de su hija Elise, que nació prematuramente y sólo vivió veinte minutos.

«No sé cómo hacer frente a todos estos años. No te merezco, eres la mujer perfecta y mereces algo mucho mejor. Tenemos muchos recuerdos bonitos además de la tragedia de Elise. Esto cambió mi vida para siempre y no he vuelto a ser el mismo desde entonces, ya que me afectó de una manera que nunca pensé que fuera posible», explicó Roberts en una de las misivas, dirigida a su mujer.

Notas de despedida

Además de escribir esas notas, el asesino llamó a su esposa momentos antes de perpetrar los hechos desde el colegio rural. En esa conversación, le reveló que hace veinte años había abusado sexualmente de dos niñas de la familia, de tres y cuatro años. Este hecho no ha podido ser confirmado por la familia de Roberts, que alega desconocer de qué niñas se trata, según la Policía.

En otra nota que dejó en su casa, antes de dejar a sus tres hijos en otro colegio y perpetrar la matanza, el transportista aseguraba que tenía «sueños recurrentes de querer hacer lo mismo» y abusar de niñas.

Roberts se hizo fuerte en la escuela obstruyendo las puertas con tablones y cuando la Policía llegó, avisada por una de las profesoras, amenazó con disparar si los agentes no se marchaban en menos de un minuto. Entonces abrió fuego y la Policía entró por las ventanas, a lo que el asesino respondió disparando en la nuca a las niñas.

Miller declaró en la rueda de prensa que Roberts podría haber pensado en abusar sexualmente de las diez alumnas. En poder del asesino se hallaron dos tubos de crema lubricante, tablas de madera, cinta aislante, cables y tornillos que hacen pensar a las fuerzas de seguridad que las iba a atar para atormentarlas, según Miller. Además, las fuerzas de seguridad han descartado que eligiera intencionadamente el hecho de que sus víctimas fueran amish y más bien eligió ese colegio porque representaba un blanco fácil.

Un marido «cariñoso y muy atento»

Las niñas fallecidas tenían edades entre siete y trece años, mientras que las cinco supervivientes tienen entre seis y trece. Roberts, quien según su familia tenía un comportamiento aparentemente normal, no tenía antecedentes penales, según la policía. Un periódico de la zona, el Lancaster Era reproduce hoy unas palabras de la esposa de Roberts, Marie, en las que asegura que su marido era «cariñoso, solidario y muy atento. Tenía todo lo que uno quisiera y más».

El tiroteo de este lunes es el tercero en una semana en un colegio de EE. UU. El primero de ellos tuvo lugar el miércoles, cuando un individuo tomó como rehenes a seis alumnas del instituto Platte Canyon de Bailey (Colorado) a las que seleccionó por ser rubias. El segundo caso se registró el viernes cuando un estudiante de 15 años mató de un disparo al director de su colegio en Wisconsin.


El día oscuro de Charles Carl Roberts

Yolanda Monge – Elpais.com

8 de octubre de 2006

El delirio, las alucinaciones y el recuerdo atroz de unos abusos sexuales perseguían al asesino de niñas amish.

Con sólo cruzar la calle desde la casa de la familia Roberts se llega a la iglesia metodista de Georgetown (Lancaster, Pensilvania). A la entrada se lee: «Abierta al rezo». El profundo silencio sólo es roto por los cascos de un caballo, que tira de una calesa propia del siglo XIX, al chocar contra el asfalto. Unos pasos más allá se entra en la parte trasera de la iglesia y se llega al camposanto. Allí hay una lápida con forma de corazón sobre la que está grabada esta inscripción:

Elise Victoria
Entregada a Dios
Hija de Charles y Marie
Nació y murió el 14 de noviembre de 1997
Elise Victoria sólo vivió 20 minutos.

La muerte de su hija ha sido la excusa de Charles Carl Roberts. Haber abusado sexualmente de dos niñitas hace 20 años, su delirio. Pero lo que hizo en la escuela amish de Nickle Mines el pasado lunes, 2 de octubre, no fue un acto de «violencia espontánea», coinciden los expertos. «Puede que hubiera fantaseado con abusar de las niñas durante mucho tiempo», asegura Christos Ballas, psiquiatra forense de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pensilvania. «Pero cuando llegó el momento, o no tuvo tiempo o no fue capaz de hacerlo y acabó matándose».

En el paraíso perdido de los amish hay quienes se preguntan por qué. Desde luego no se lo cuestionan los amish, para quienes lo sucedido es sólo un ejemplo más de que el mundo es un lugar malvado en el que sólo están de paso. Pero los que no pertenecen a la congregación amish se siguen preguntando por qué.

¿Por qué un repartidor de leche se convirtió de la noche a la mañana en un asesino de niñas? ¿Estaba loco? ¿Había sufrido él mismo abusos sexuales cuando era pequeño? ¿Estaba deprimido? Bajo una plácida apariencia se escondía un volcán de odio alimentado por la muerte de su bebé recién nacido hace nueve años: odiaba a Dios por haberlo permitido. Y se odiaba a sí mismo porque, supuestamente, había abusado de dos niñas de su familia cuando tenían tres y cinco años, hace 20 años. Y además soñaba que volvía a hacerlo.

Charles Carl Roberts, de 32 años, lo escondió todo bajo el disfraz del buen padre y amante esposo de una mujer religiosa y del trabajador respetable e infatigable que era. Pero enloqueció y convirtió la pequeña escuela amish de una sola habitación en un matadero. «Diversos problemas mentales podrían haberle llevado a actuar como lo hizo», señala William Dubin, profesor de psiquiatría del Hospital Universitario de Temple. «Pero él no está disponible para que lo examinemos, así que todo lo que podemos hacer es especular y especular», concluye Dubin.

Roberts intentó explicar su comportamiento. Para ello llamó a su mujer desde la escuela y confesó su mortal secreto: había abusado de dos niñas pequeñas cuando él todavía no era un adolescente y soñó que repetía su crimen. Planeó el asalto durante toda una semana, según documentos encontrados, como los pagos del material que adquirió para hacerse fuerte en la escuela.

En una detallada lista encontrada por la policía en su camión cisterna de leche, Roberts había marcado con una cruz lo que tenía y lo que le faltaba. Tenía casi de todo para encerrar, atar, violar y asesinar a 10 niñas. Tablones de madera que clavó a la pared para cegar las ventanas, cuerda para atar a las niñas, lubricante sexual, un revólver, una pistola semiautomática, un rifle y 600 balas. Le faltó tiempo para abusar de ellas.

La semana anterior a que Roberts mandara al idílico mundo amish, sin luz ni coches pero con granjas y graneros del siglo XIX, al infierno de las armas automáticas del siglo XXI, un acto similar sucedió en Colorado pocos días antes. Un hombre tomó a seis chicas como rehenes, abusó de varias y violó a una de ellas antes de que la presencia de la policía le llevara a suicidarse. Aunque antes se llevó con él la vida de una de las adolescentes.

Para los psiquiatras, Roberts podría haber emulado lo sucedido en Colorado. Quizá pensó: «Si alguien puede hacerlo, yo puedo hacerlo». Pero Roberts no tenía una ficha policial, no tenía un historial médico de enfermedades mentales como el asesino de Colorado. Sus padres aseguran que nunca abusó de ninguna niña. Las supuestas víctimas también lo niegan. Los expertos se inclinan por el delirio. Roberts tenía alucinaciones.

A las tres de la madrugada del pasado día 2, el hijo de un policía retirado acababa su turno como repartidor de leche. A las nueve menos cuarto de la mañana dejó a sus tres hijos -dos varones y una niña- en el autobús del colegio. A las diez entraba en la diminuta escuela de Nickle Mines. No había detector de metales, no había guardas de seguridad como en el resto de los colegios de EE. UU.

A partir de ese momento, el pistolero echa a los niños varones, a las profesoras y se le escapa una niña de 10 años -una hermana suya moriría en el tiroteo y otra se encuentra en estado crítico-. Una de las profesoras avisa a la policía. Roberts llama a su esposa y le comunica que no volverá a casa. «La policía ha llegado», le dice. También le cuenta su más profundo secreto -el abuso de dos menores- y dónde puede encontrar las notas que ha dejado en casa para ella y sus hijos.

Roberts advierte a la policía que comenzará a disparar a las pequeñas si no se van en 10 segundos. Así fue. Como si de un paredón de fusilamiento se tratara, el aparente buen padre y amante esposo ató por los tobillos a las pequeñas y las colocó contra la pizarra. Y comenzó la sangría premeditada. No hubo tiempo para la pederastia. La forense, Janice Ballenger, asegura que dejó de contar los impactos de bala en uno de los cuerpos cuando pasó de 20.

Nickle Mines enterró el jueves y el viernes a sus muertos. Cinco pequeñas y sencillas cajas de pino. Los cadáveres fueron amortajados de blanco, casi la única ocasión en que los amish abandonan sus tradicionales colores oscuros. Como es costumbre, quienes acudieron a los funerales llevaron comida pero no flores. Se leyeron sermones en alemán del siglo XVI. Pero no hubo cánticos. Las mujeres vestirán todo un año de riguroso negro. Los hombres portarán camisas blancas en señal de luto.

El abuelo de dos de las niñas muertas, que han sido enterradas juntas, deambulaba pasadas las tres de la madrugada dos días después de la tragedia por una carretera de Nickle Mines. Enos Miller no puede dormir, pero sí perdonar. «Es pecado negar el perdón», responde dando la espalda a la vez que pedía no ser fotografiado.

Las carretas que cargan los diminutos ataúdes pasan por delante del cementerio de la iglesia metodista de Georgetown, donde está la tumba del bebé Elise Victoria. Pasan por delante de la casa del inglés (como denominan los amish al resto de los norteamericanos que no profesan su fe) Charles Carl Roberts. Nadie sabe cuándo darán sepultura al asesino. Sólo saben que la sinrazón de un individuo del Nuevo Mundo tiñó de horror a quienes pretenden vivir con las reglas del Viejo. Los amish han perdido el pasado poetizado en el que estaban anclados.

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