Cesárea Sierra

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Cesárea Sierra

Sara

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Asesinato por encargo - Parricidio - Intereses económicos
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 28 de febrero de 1995
  • Perfil de las víctimas: Fermín Canales Pueyo, de 59 años (su marido)
  • Método de matar: Golpes con un martillo
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: La sentencia del tribunal consideró a Cesárea Sierra merecedora de una condena de 27 años de cárcel, igual a la que cayó sobre el autor material del delito, David Florencio Jiménez Ortega
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Cesárea «Sara» Sierra, en compañía del mayordomo

Francisco Pérez Abellán

Su marido, divorciado de la primera esposa, era un multimillonario con ansias de disfrutar que llevaba una vida confiada. La esposa habría de confabularse con el mayordomo-hombre de confianza para matarle a martillazos. Su ambición era repartirse la herencia. Aunque durante el juicio se dijo que la rica del matrimonio era ella, en la sentencia figura como insolvente.

El empresario Fermín Canales Pueyo, aragonés afincado en la capital, solía echarse la siesta después de comer. Así lo hizo el 28 de febrero de 1995 sin sospechar que no llegaría a levantarse jamás. A este hombre, al que algunos consideraban un nuevo rico, le gustaba trasnochar, por lo que le era obligado el descanso a mediodía. Como cualquier hábito, resulta funesto cuando alguien está planeando tu muerte.

El empresario, de cincuenta y nueve años, propietario de una floreciente empresa de plásticos, había comido en un restaurante con su esposa, Cesárea Sierra, natural de Orellana de la Sierra (Badajoz), de profesión ama de casa, a la que le gustaba que le llamaran Sara. Contrajeron matrimonio en segundas nupcias. Llevaban casados desde el 27 de septiembre de 1994.

Apenas unos meses de luna de miel para una pareja de veteranos -él aportaba tres hijas de su primer matrimonio con las que no tenía relaciones fluidas-, que había iniciado un rápido distanciamiento. Desde semanas atrás, la señora se marchaba al chalé de Galapagar mientras el marido prefería quedarse en la vivienda familiar, piso 6.º, puerta A, del número 1 de la calle Quintana, de Madrid, en el tradicional barrio de Argüelles.

Aquel día, después del almuerzo, subieron juntos a la casa. Fermín se dirigió al dormitorio, acostándose, sin zapatos ni pantalón, con las ventanas cerradas, como era su costumbre, para una larga siesta que solía terminar entrada la tarde, aunque aquella sería la siesta más larga que hubiera dormido nunca. Sara aprovechó para realizar algunas llamadas telefónicas. Poco después salió a dar una vuelta con el perrito.

Durante el sueño, Fermín recibió la visita del asesino. Una figura musculosa se introdujo en su dormitorio. Llevaba en la mano el martillo que había sacado de la caja de herramientas de la casa. Situado muy cerca de la cabeza del durmiente, le descargó una serie de fuertes golpes. No menos de diez, en la región temporal derecha. Casi todos eran mortales, pero, desconfiando de su habilidad, quiso asegurarse obstruyendo las vías respiratorias de su víctima con un almohadón. Lo hizo con tanta fuerza que le fracturó los huesos de la nariz. Tras quitarle el lujoso Rólex de oro que llevaba en la muñeca, le cubrió el rostro con la colcha.

Tan sigiloso como había llegado, abandonó la alcoba. Minutos más tarde salía en coche por el garaje. Sara quizá le abrió la puerta al autor material o este entró directamente con una llave. Ella estuvo abajo el tiempo que le concedió el perro para hacer pis en la calle. Tal vez subió al piso cuando su marido estaba ya muerto, pero, si lo hizo así, no pasó a despedirse de él antes de marcharse a pernoctar a Galapagar como era su costumbre.

A Sara, extremeña de cuarenta y nueve años, que tenía dos hijos de su anterior unión matrimonial, le gustaba prever el futuro. Incluso tenía una vidente a la que solía consultarle para que le orientara en sus negocios. Era entonces una mujer morena, de aspecto agradable, con un timbre de voz sugerente.

Se había casado por segunda vez no solo porque aquel hombre le pareciera atractivo, sino porque gozaba de una posición envidiable. Según los cálculos que haría el fiscal de la causa, disponía de un patrimonio de unos mil millones de pesetas. Lo conoció en Benidorm. Para una seductora atrevida como ella fue relativamente fácil llevarle al altar. Sin embargo, no pudo evitar que, una vez consumado el matrimonio, Fermín recuperara usos de otro tiempo como salir solo de fiesta por las noches.

Lo que al principio no era más que un motivo de enfrentamiento entre la pareja, se transformó en dolorosa preocupación para la esposa, que empezó a pensar que el comportamiento de su marido era perjudicial para la gestión de los negocios.

A finales de 1994, Sara temía por la integridad de la fortuna, a la vez que las desavenencias se convertían en una separación de hecho. Ella suponía que su marido mantenía relaciones con prostitutas o incluso con homosexuales. Fue entonces, según el relato del fiscal, cuando surgió en su mente la idea de liquidar a Fermín.

Para llevar a efecto su plan contaba con la complicidad de David Florencio Jiménez Ortega, de treinta y cinco años, un extraño individuo que había aparecido en su vida unos meses antes, convirtiéndose en un elemento imprescindible en la existencia cotidiana de la pareja. Le conocieron en un supuesto encuentro casual, en el portal de la casa, que más parece el resultado de una hábil planificación para tratar de aprovecharse de su buena situación económica.

Esta sospecha adquiere verosimilitud al conocer el pasado del individuo, con antecedentes penales por robo. Mediante una simple conversación sobre lo caro que está todo, pero en especial los alquileres en la zona de la calle Quintana, David logró ganárselos con su probada locuacidad. Dado que aquel simpático argentino no tenía un duro, le pusieron un tentador sueldo convirtiéndolo en secretario para todo: asesor económico, chófer, guardaespaldas, mayordomo… Poco tiempo más tarde las decisiones importantes no se tomaban en aquella casa sin que David diera su parecer.

Un varón mucho más joven que su marido le suponía a Sara un aliado fundamental. Primero intentó influirle para que Fermín adoptara un modo de vida más acorde con sus deseos; luego quiso servirse de él en sus nuevos planes.

Poco a poco, David fue evolucionando de hombre de confianza de Fermín, que le trataba como un padre, a confidente de la mujer, que le tenía por persona imprescindible en su vida de relación. Le bombardeaba a cualquier hora con mensajes al «busca».

Avanzado el plan, la mujer firmaba sus notas con el nuevo apodo de Nuria. Con esa dependencia a nadie puede extrañarle que el día del crimen, tal como consta en la sentencia, Sara telefoneara a su amigo: «David, por favor, ya estoy en casa; llama al móvil». Presentándose el requerido poco después para llevar a cabo el trabajo de la muerte. La policía encontraría sus huellas inexplicables en la puerta del dormitorio principal, tal vez confiado en que habría de funcionar el cuento que habían urdido consistente en simular la entrada de ladrones en el piso.

Tras dar muerte a Fermín, David salió a cenar con su novia, recibiendo mientras estaba con ella varias llamadas, cada vez más apremiantes, de Sara. Estaba nerviosa, sola, en el chalé de Galapagar. David fue a verla sobre las doce de la noche, una vez dejó a su acompañante. Entre otras cosas, para comunicarle que «le había dado fuerte a su marido». En una bolsa llevaba oculto el martillo que había servido de arma homicida.

Al final de la conversación que ambos sostuvieron le pidió que lo hiciera desaparecer. Ella lo tiró a la basura después de cerciorarse del contenido de la bolsa. En otra ocasión le daría otro envoltorio, este con el Rólex, del que también se desprendió.

A la mañana siguiente, observando escrupulosamente el plan preconcebido, Sara volvió al piso familiar de la calle Quintana. Allí trabajaba la secretaria de su marido, ya que él tenía su despacho en el propio domicilio, Paz Beatriz Escuti, ajena a todo lo que había pasado. Penetró en la alcoba de matrimonio. Apenas pasaron unos segundos. En seguida se oyeron gritos. Sara salió agitada de la habitación:

-¡A mi marido lo han matado!

La cabeza de su esposo estaba cubierta por la ropa de la cama. Ella no lo movió. Al ver el bulto entre las sábanas, salió corriendo. Se diría que no pudo ver nada. El nerviosismo extremo la delataba. La secretaria trató de hacerle ver que podría tratarse de un derrame cerebral o de un ataque al corazón. Pero ella insistió:

-No, lo han matado -como sabiendo de sobra lo que había pasado.

Luego intentó que una de las hijas del muerto renunciara a su parte de la herencia. «Puesto que no lo quieres, tampoco querrás su dinero», vino a decirle la madrastra. Era como si hubieran estado preparando todo de antemano. Incluso el mayordomo preguntó con intención si el empresario, que podría tener una enfermedad mental, no había intentado suicidarse en alguna ocasión. Podría ser una pista para camuflar la muerte.

Los negocios era la excusa habitual de Fermín para quedarse en Madrid, porque, claro, no lo iban a ser las amistades fronterizas, los clubes de alterne, ni el placer de dilapidar la fortuna, que era lo que ella le achacaba.

Era un hombre de carácter fuerte, de quien se sospechaba que pudiera sufrir algún trastorno mental, secuela de la profunda depresión sufrida al separarse de su primera esposa, pero que, según todos los testimonios, a Sara, su segunda esposa, siempre la trató como a una reina. Desde que se casaron había cambiado. Puede que hubiera cambiado antes pero que no se notara hasta después del segundo matrimonio.

Era respetuoso, formal. A Sara nunca le faltó al respeto. Pero eso no tenía nada que ver con que le gustara divertirse. Incluso circula alguna leyenda sobre su forma de comportarse. Los periódicos de la época informan de que en algunos locales de copas le gustaba llamar la atención. Lo conseguía colocando un millón de pesetas encima de la barra para, acto seguido, informar a todos de que no pensaba marcharse hasta que se acabara el dinero. Era el hombre del millón. Una visita, un fajo con un millón. Tal vez eso es lo que más le asustaba a Sara: trescientas visitas, trescientos millones.

Ella le había conocido solo tres años antes. Tenía buena opinión de él como empresario. Sus referencias eran muy buenas, pero se encontraba insatisfecha de su relación. Era un hombre que se refugiaba cada vez más en supuestas citas de negocios. Había dejado de interesarse por lo que verdaderamente tenía importancia a juicio de su mujer. Apenas dormían juntos. Ella ya no podía saber cuántas veces iba él a los bares con el fajo de billetes. Mucho gasto, mucho dispendio en el umbral de la vejez, cuando más asusta quedarse sin recursos. La ambición de Sara era embolsarse todo aquel caudal de dinero, lo que la llevó a planear el asesinato.

La sentencia del tribunal que la juzgó la consideró merecedora de una condena de veintisiete años de cárcel, igual a la que cayó sobre la cabeza del autor material del delito, David Florencio.

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