Cecilia Aznar Celamendi

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Cecilia Aznar

El crimen de la plancha

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 22 de junio de 1902
  • Fecha de detención: 8 de julio de 1902
  • Fecha de nacimiento: 1880
  • Perfil de las víctimas: Manuel Pastor Pastor, 42
  • Método de matar: Golpes con una plancha
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Condenada a pena de muerte en febrero de 1903. Indultada. Permaneció en el penal de Alcalá de Henares hasta que, en 1937, en la zona republicana se abrieron las cárceles a los presos. Desde aquel momento no volvió a saberse más de ella
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Cecilia Aznar – El crimen de la plancha

Francisco Hernández Castaneda

El «crimen de la plancha». Con esta denominación se conoció en todo Madrid y en toda España de comienzos del siglo el suceso ocurrido el domingo 22 de junio de 1902 en el número 45 de la calle de Fuencarral de la Villa y Corte.

El «famoso crimen de la calle de Fuencarral» como, más tarde, se calificaría popularmente el hecho, si bien impropiamente porque dos llegaron a ser famosos crímenes de la mencionada calle madrileña: dos asesinatos que tuvieron idéntico móvil, el robo, y ejecutados cada cual por una criada, la doméstica de la casa.

El «crimen de la plancha». Protagonista del cruento hecho, Cecilia Aznar Celamendi. Una estúpida, de rápidas y caprichosas decisiones, que, con la comisión de su delito, vino a ratificar, una vez más, que el éxito raramente acompaña a los aficionados. El contratipo, sin duda, del delincuente por el que Thomas de Quincey escribiera «El asesinato considerado como una de las Bellas Artes».

Si se analiza, siquiera someramente, el modus operandi en el crimen de Cecilia Aznar, destacará en seguida la roma inteligencia de la asesina. No pudo dejar más claro el testimonio de la premeditación de su delito, ni más manifiesta la identidad de su autor, ni más evidente el rastro de la fuga de éste. Así pudo redactarse un sumario que llegó a ser calificado de ejemplar por los expertos en Criminología.

Cecilia Aznar, o la inconsciencia criminal; eso es todo. Algo que la conduciría a la pena capital, Aunque…

El crimen

Sobre las tres de la tarde del ya citado domingo 22 de junio de 1902, Francisca Sánchez, portera de la casa número 45 de la calle de Fuencarral, que ha andado toda la mañana un tanto recelosa por el raro ajetreo de la criada del inquilino del piso segundo derecha, se decide a llamar a la puerta del cuarto. Reiteradas veces el estridor de la campanilla, pero todas sin respuesta.

Y como a la portera le consta que el inquilino del piso, el raro inquilino del piso, don Manuel Pastor y Pastor, no ha salido de casa y que Cecilia, su criada, abandonó el domicilio cargada con dos cajas de cartón, una grande y otra mediana, y alquilando un coche, una manuela, para irse, la buena mujer, sintiendo arreciada su presunción de que algo malo le ha ocurrido al señor Pastor, se ocupa inmediatamente de correr a poner sobre aviso al doctor don Nicolás Rodríguez Abaytúa, pariente y administrador del inquilino por el que la portera teme. Pero como el doctor Abaytúa está pasando el domingo en El Escorial todo se demora hasta el regreso de éste a Madrid, a última hora de la tarde.

Tan pronto como el doctor Abaytúa tiene conocimiento de las inquietudes de la portera, comparece en la Delegación de Vigilancia del distrito del Hospicio. El delegado, señor Puga, luego de dar conocimiento telefónico de la novedad al Juzgado de Instrucción de guardia, marcha con el compareciente al número 45 de la calle de Fuencarral.

Cuando el juez de guardia, que lo era aquel día el suplente del distrito del Centro, don Gabriel Usera, se presentó acompañado del actuario don Ángel Angulo, dio orden de que inmediatamente se localizara a un cerrajero para abrir la puerta del piso del señor Pastor.

Facilitado el acceso al recinto, en la alcoba principal se encontró totalmente ensangrentado el cadáver de un hombre, que, en seguida, el doctor Abaytúa identificó como el de su familiar y representado don Manuel Pastor. La cabeza del cadáver estaba materialmente destrozada.

En el piso se descubrieron un cubo de cinc con agua muy ensangrentada, un delantal también tinto en sangre y dos faldas, una de ellas con manchas sanguinolentas.

Como el doctor Abaytúa declarara al juez que pocos días antes el señor Pastor habría de tener en su casa alrededor de once mil pesetas y cuatro mil francos franceses, dinero no descubierto en el registro, quedó establecido en principio el robo con móvil del crimen y autora de éste, la doméstica.

Hubo de suspenderse la inspección ocular, por falta de luz, hasta la mañana del siguiente día; entonces se encontró, bajo una cama, el instrumento del crimen: una de las dos planchas existentes en la casa. Presentaba el mango inclinado, sin duda como consecuencia de los fortísimos golpes que con la plancha diera el criminal a su víctima y adherencias de piel, cabellos y sangre de ésta.

La víctima

Don Manuel Pastor tenía cuarenta y dos años a la hora de su muerte. Era soltero. Poseía una renta anual de quince mil pesetas -renta muy sólida a principios de siglo-, de la que vivía. Resultaba un individuo excéntrico en sumo grado, por no decir un completo anormal.

Don Francisco de P. Alderete, que fuera delegado del Cuerpo de Vigilancia de Madrid, en su libro Fauna Criminal -Madrid, 1904- consigna lo siguiente, al referirse al dictamen de la necropsia practicada a la víctima del suceso: «También puntualizaron en este luminoso informe que la constitución de la víctima era débil, como lo demostraba la escasez de sus diámetros y perímetros torácicos y su estado de delgadez por desnutrición, así como se podía presumir que el sujeto era un perturbado mental de larga fecha, por haberse visto que en la parte superior del cerebro, en la cisura de Rolando, existía, en una extensión como de un centímetro, una placa de degeneración, que demostraba por su aspecto y condiciones la calificación antedicha.»

Copiado el texto del señor Alderete a título de curiosidad, lo cierto es que don Manuel Pastor no debía regir bien. Teniendo dinero de sobra, se hallaba desnutrido por falta de alimento. Cecilia Aznar contaría que su amo sólo tomaba a mediodía dos onzas de chocolate y un panecillo, y cenaba o un poco de fiambre o unos escaso dulces, dieta, como se comprenderá de lo más pobre, y más aún si se tiene en cuenta la intensa vida sexual del individuo. Y sin embargo tenia en casa una cocinera, Rosario, a la que pagaba generosamente por guisarse para ella sola.

Más extravagancias del señor Pastor: ocupaba un piso de lujo y el mobiliario de éste se reducía a unos pocos y modestos trastos; era un misántropo -encerrado casi siempre en la concha de su casa- y no obstante gustaba de efectuar frecuentes viajes; sentía, en parte, la codicia y dilapidaba el dinero en el alquiler de un coche de lujo para el diario paseo que realizaba con Cecilia a la Moncloa.

Don Manuel Pastor había contratado en Irún a Cecilia, así como a la cocinera, viniéndose con ellas a Madrid en un reservado del tren.

La criminal

Cecilia Aznar Celamendi, de veintidós años. Viuda desde el 16 de marzo y madre de una niña. En el informe facultativo que se hizo a la delincuente figura el siguiente texto: «Es una mujer alta, joven, vigorosa y de aspecto varonil: son duros y bien determinados los rasgos de su fisonomía, los pómulos un poco salientes y de cejas espesas, siendo cejijunta con ligero prognatismo del maxilar inferior.»

A primeros de 1902, Cecilia abandona a su marido, que se encuentra gravemente enfermo, para irse a servir, tal vez por buscar el dinero preciso para el hogar. Dinero que ella encuentra trabajando en labores caseras, y en cuantas ocasiones se le presentan -que, al parecer, no son pocas- en el «más viejo trabajo femenino del mundo».

En marzo de 1902, Cecilia, que está de camarera en La Gare, un hotel de Irún, conoce a don Manuel Pastor, alojado allí. Escucha las proposiciones, harto generosas, que le hace el solterón y decide ir a servirle. Posiblemente como «criada para todo», entendiéndose esa totalidad cuán ampliamente se quiera.

Sobre la personalidad de Cecilia, ella misma, en una de sus declaraciones, dará un testimonio hartamente significativo. Se está refiriendo a lo que hizo en la casa del crimen, luego de haber cometido éste y haberse hecho con el dinero, móvil del asesinato, y dice: «Subí nuevamente al cuarto y comí unas galletas, escribiendo una carta a mi novio -que se encuentra en Pasajes-, en la cual le incluía un billete de cien pesetas de los que contenía la petaca del señor Pastor y un mechón de cabellos de cierto sitio, sin comunicarle ninguno de los hechos que había cometido.»

La investigación

Resulta fácil hallar la pista de Cecilia. Localizado un cochero, cuenta que en la calle de Fuencarral, número 45, tomó una pasajera de señas coincidentes con las que la autoridad le describe, a la que llevó, primero a Correos, a echar unas cartas, y luego a la estación del Mediodía, a saber el horario de trenes. Hora, sobre el mediodía.

Otro segundo auriga, Patricio Patiño de nombre, declarará que en la calle de Fuencarral, sobre las dos de la tarde, le alquiló una joven que llevaba dos cajas de cartón, una grande y otra de menor tamaño, conduciéndola a la estación del Mediodía y dejándola ante la fonda de dicha estación. Y otro tercer cochero afirmará haber conducido posteriormente a la misma joven, primero a la calle de Preciados, 56, donde hay una tienda de gaseosas, y trasladándola después al punto de partida.

Un camarero de la fonda de la estación manifestará que a la joven de las dos cajas de cartón la sirvió primero una zarzaparrilla y, después, un filete de ternera, que apenas probó, saliendo en el intervalo de una y otra consumición la cliente a hacer unos encargos, rogándole que tuviera cuidado de las cajas que dejaba allí.

Un individuo se personó después en la Delegación de Vigilancia a manifestar haber visto a una mujer joven, cargada con dos cajas, en la estación, concretamente en el andén del tren de Barcelona, y que si reparó en la mujer es porque la notó como azorada y nerviosa.

Puesto en comunicación el gobernador civil de Madrid, don Antonio Barroso, con su colega de Barcelona, don Francisco Manzano, se siguió la pista de la fugitiva en la Ciudad Condal. Pronto el inspector Tresols encontraría el preciso rastro en la fonda Europa. Una mujer de las señas de Cecilia había sido llevada allí por dos comisionistas del establecimiento, que la habían recogido en la estación. Dichos comisionistas, Jaime Iglesias y Francisco Garreta habían trasladado posteriormente de residencia a su clienta.

Por la pista de los dos citados individuos la policía averiguó que éstos habían acompañado a la joven a una joyería, donde Cecilia compró alhajas por valor aproximado de cinco mil pesetas.

Y aunque, como se testimoniaría más tarde -luego de la detención de los dos hombres y de la mujer de uno de ellos en El Havre, por denuncia del cónsul español de aquella localidad-, Cecilia había tenido trato íntimo con Iglesias y Garreta, éstos la dejaron en la estacada, luego de estafarla, al saber la identidad de su ocasional amiga.

El comandante del puesto de la Benemérita en Puigcerdá, al recibir órdenes telegráficas de su coronel en tal sentido, procedió a la detención de Cecilia, a la que localizó, cinco horas antes que la policía, en la fonda La Pascuala del Plan. La sospechosa, si bien negó, en principio, al sargento Piernas, su verdadera identidad, acabó derrotándose por completo al descubrirse bajo el colchón de la cama los restos del botín del robo, así como las alhajas adquiridas en Barcelona. Era el 8 de julio de 1902.

A las nueve, menos minutos, de la mañana llegó la procesada Cecilia Aznar a la cárcel de mujeres de Madrid, sita en la calle de Quiñones. Efectuó su entrada en olor de multitud. Un inmenso gentío se arracimaba allí para contemplar a la asesina, que esta vez iba sin las cajas que constantemente denunciaron sus movimientos. Y en el mismo día, constituido el juzgado en el recinto carcelario, se le tomó a la detenida su primera declaración.

Cecilia confesó de plano. Reconoció la premeditación, las compras de ropa que hizo con el dinero del robo, su visita al que les servía diariamente el sifón en casa para que suspendieran el envío hasta nuevo aviso -con el propósito de que el crimen permaneciera oculto el mayor tiempo posible-, su encuentro con los encubridores Iglesias y Garreta y, en fin, todos sus avatares de la fuga.

Cecilia Aznar comenzó a ser juzgada el lunes 9 de febrero de 1903. Se mostró en todo momento con aplomo extraordinario, que sólo le falló al oír la sentencia: muerte en el garrote. Sólo que después, un indulto, le conmutaría la última pena.

Trasladada para cumplir su sentencia de cadena perpetua a la prisión de mujeres de Alcalá de Henares, Cecilia Aznar se comportó siempre como una presidiario ejemplar, salvo en cierta ocasión, en que se fugó del penal con una compañera «simplemente para estar con unos soldados» y comer uvas en una viña. Fueron detenidas, o mejor dicho, se entregaron al día siguiente de su escapatoria.

Cecilia Aznar permaneció en el penal de Alcalá de Henares hasta que, en 1937, en la zona republicana se abrieron las cárceles a los presos. Desde aquel momento no volvió a saberse más de ella.


Cecilia Aznar – El crimen de la plancha

Francisco Pérez Abellán

Un mechón de cabellos de «cierto sitio». El comportamiento extraño de un solterón. Una joven viuda se lanza a la vida. La versión de la asesina afirma que hubo lucha, la autopsia indica que murió mientras dormía. La víctima presentía que sería asesinado.

Manuel Pastor Pastor, soltero, de cuarenta y dos años, inquilino del piso 2.º derecha del número 45 de la calle Fuencarral hasta el domingo 22 de junio de 1902, vivía de una sólida renta de quince mil pesetas anuales y tenía un comportamiento bastante excéntrico. Los crímenes que tienen por víctimas a los solterones suelen ser también muy extraños.

A pesar de su buena posición económica presentaba un tipo extremadamente delgado y con signos evidentes de desnutrición. Esto se debía a una dieta escasa: a mediodía almorzaba un poco de pan y chocolate y por la noche algo de fiambre o unos dulces. Eso a pesar de que tenía una cocinera contratada en casa que la mayor parte del tiempo cocinaba sólo para sí misma.

Pastor hacía compatible su mala alimentación con una intensa vida sexual. Y estas no eran sus únicas rarezas: dormía completamente vestido y pasaba los días encerrado en casa, aunque solía hacer algunos viajes. Eso sí, siempre al atardecer salía de paseo. El piso que ocupaba podía considerarse de potentado y sin embargo los muebles eran pocos y de escaso valor.

Aunque ahorraba en cosas como la comida propia, no paraba en gastos para el alquiler de un coche de lujo con el que realizaba su paseo diario hasta Moncloa y otros lugares de recreo de Madrid, y a la vuelta solía comer fiambres en el restaurante Tournié con su «criada para todo», Cecilia Aznar Celamendi, una joven viuda de veintidós años, nacida en Cervera (Lérida) que se había casado en Gandía, donde nació su hijo, Luis Gomar Aznar, que por el tiempo tiene diecisiete meses, a quien Pastor presentaba como la muchacha que había traído para que lo cuidara.

También era parada obligada la confitería de Vizcaino de la calle Montera, donde era parroquiano antiguo. Allí Pastor llamaba la atención por su indumentaria, porque en sus salidas cubría su cabeza con un aparatoso gorro y llevaba los pantalones muy cortos.

A Cecilia la había conocido en La Gare, un hotel de Irún en el que había entrado a servir de camarera en los últimos días del mes de marzo y él cumplía un viaje realizado aquel mes de 1902. Enseguida le impresiona aquella mujerona alta, cejijunta, de pómulos salientes y aspecto varonil que poseía un innegable atractivo. Por el contrarío, algunas crónicas la pintan como mujer de escasa belleza, de ojos pequeños e insignificantes, de nariz singular, con una fisonomía dura y nada simpática.

Lo cierto es que era de cuerpo robusto y fornido, de brazos fuertes y manos grandes. Pero tal vez era su vena canalla la que la dotaba de un poderoso gancho sexual, porque Manuel Pastor la quiso a su servicio nada más verla y se la llevó para Madrid los primeros días de abril.

Cecilia, casada y con un hijo, a primeros de año había abandonado a su marido enfermo para ganarse la vida siempre que podía sirviendo y, muy a menudo, con el oficio más viejo del mundo. El solterón Pastor le propone venirse con él a Madrid para servirle en su casa, cosa que consigue. Y trae con ellos a la cocinera Rosario para dar apariencia de honorabilidad al hogar.

Los gustos extraños del señor o como más cierto el hecho de haber percibido recientemente once mil pesetas y cuatro mil francos franceses desataron virulentas pasiones en aquel extraño hogar. El sábado 21 fue despedida la cocinera Rosario, que abandonó la vivienda con tanta precipitación que tuvo que alojarse en el domicilio de la portera para pasar la noche.

Esta Rosario es a la que Cecilia había confiado que si su novio, que vivía en Pasajes, supiera la clase de vida que llevaba en Madrid, la mataba. A Rosario la despidió el señor pretextando que las rentas le fallaban.

Y en la madrugada del sábado al domingo se desencadenó la tragedia. Según la versión de Cecilia, ella se acostó en su cuarto como cada noche y durmió hasta las seis de la mañana del domingo 22, hora en que sonó la campanilla de llamada. Pastor dormía en su alcoba, que es la inmediata al gabinete que tiene un balcón, el primero de la casa, sobre la calle Fuencarral.

Fue a ver qué quería y este, que dormía vestido como todas las noches, le pidió agua caliente. Se disponía a calentar el agua cuando el hombre intentó forzarla y, al resistirse, la golpeó con uno de sus botines y la agredió con un estoque. Entonces ella le arrojó una de las dos planchas de la casa, no la que estaba en la cocina colgada de una alcayata, sino la que se hallaba en la mesa que había en el gabinete contiguo a la alcoba, que le dio en la sien dejándolo en el sitio.

Sin embargo, la verdad debió ser otra muy distinta. No hubo lucha ni forcejeo. El cadáver presentaba señales de estrangulación y fractura del hueso hioides. Seguramente, mientras la víctima estaba entregada al sueño, de una forma premeditada y fría, la criada Cecilia descargó con la plancha varios golpes en la cabeza de Manuel Pastor hasta dejar el cadáver con la cabeza totalmente ensangrentada en la alcoba principal de la vivienda. La plancha, con el mango vencido y doblado hacia atrás, quedó abandonada bajo una cama con piel y cabellos adheridos.

Luego, con trapos y un cubo de cinc trató de limpiar un poco la enorme cantidad de sangre vertida. El delantal que llevaba puesto quedó completamente manchado así como la falda. Una vez que se cambió de ropas y se hizo con el dinero del muerto, se fue a su cuarto donde comió unas galletas y según ella misma confiesa: «Escribí una carta a mi novio en la que le incluía un billete de cien pesetas de los que contenía la petaca del señor Pastor y un mechón de cabellos de “cierto sitio”, sin decirle nada de lo que había hecho.»

Si como las pruebas de la autopsia indican el crimen se cometió de esta segunda manera, no hay por qué dudar que Cecilia es una criminal de sentimientos duros que no pestañea cuando le presentan el arma del crimen y permanece inalterable sin un solo momento de miedo o de ternura. Según una definición de la época esto corresponde «a un ser bajo y vulgar, agitado por la codicia e impulsado por el ansia del dinero».

Después del crimen, sumida en una intensa confusión, Cecilia realizó varias salidas y entradas de la casa. En la primera, a las diez de la mañana, llevaba en la mano dos cartas: una del señor Pastor a su futura esposa, precisamente la sobrina de la dueña de la pensión de Irún, y otra la dirigida por Cecilia a su novio en la que le dedicaba «frases de amor violento y prendas de ese amor más allá de todo lo referible».

Una de las salidas fue para comprarse ropas y en esta advirtió que se había dejado dentro el llavín, lo que precipitó su fuga. Tomó un carruaje que la condujo a la estación de Mediodía (Atocha) donde pensaba hacer tiempo hasta la salida del Expreso para Barcelona. Una vez sentada en la cantina recordó de repente la amenaza que era para ella el hecho de que todos los días iba a la casa el repartidor de agua de seltz, por lo que decidió dejar allí las dos cajas de cartón que llevaba -una grande y otra mediana- y dirigirse a la fábrica para decir que no sirvieran más agua hasta nuevo aviso porque el señor Pastor había marchado de viaje al Norte. Tomó un carruaje hacia la fábrica que despidió allí y después del recado intentó volver a pie a la estación, pero al extraviarse no tuvo otro remedio que tomar otro carruaje de alquiler.

Cecilia llevaba poco tiempo en Madrid y apenas conocía la capital. De todas formas llegó a tiempo para coger el tren a Barcelona. Retiró las cajas del restaurante de la estación y vestida como una dama con las ropas de estreno que había comprado ocupó un vagón de primera, en el que había dos señoras y un caballero que se quedaron en Zaragoza.

Al llegar a Barcelona, la escapada de Cecilia se publicaba profusamente en los periódicos; y allí, con el encuentro con dos «ganchos de fonda», Garreta e Iglesias, se complicaría su fuga, convirtiéndose primero en una juerga llena de diversión y derroche, con compra de alhajas y fiestas y, por otro lado, en una escapada de pesadilla en la que los dos estafadores que habían descubierto quién era la dama, le sacaron los cuartos, convenciendo a la ignorante de que Puigcerdá es puerto de mar y la mandaron allí para que tomara un barco. En Puigcerdá había de detenerla la policía mientras que los dos aprovechados eran localizados en El Havre cuando trataban de embarcarse para Nueva York.

Cuando la policía entró en el piso una vez huida Cecilia, encontró además del cuerpo del asesinado que presentaba el cráneo con doce heridas, una exquisita colección de pipas y nueve o diez libras de chocolate partido en pedazos de dos onzas y cada uno de estos pedazos envueltos en un papelito. Todo esto formaba parte de las extravagancias y rarezas del fallecido, que obligaron a la familia a separarse de él dieciocho años antes. La autopsia descubrió que en la parte superior del cerebro, en la cisura de Rolando, tenía una placa de degeneración de un centímetro, por lo que podría diagnosticarse que era un perturbado mental.

Cecilia le robó a su víctima once mil seiscientas pesetas y cuatro mil francos franceses. Juzgada el 9 de febrero de 1903, resultó condenada a muerte en el garrote, pero fue indultada. Tuvo un extraño final: se fugó de la prisión de Alcalá de Henares y fue capturada de nuevo al día siguiente permaneciendo allí como una reclusa ejemplar hasta 1937, año en el que en la zona republicana se abrieron las cárceles a los presos.

La cocinera Rosario declaró durante el proceso que Cecilia se pasaba todo el día y toda la noche en el gabinete del señor. Pero lo más terrorífico fue cuando Rosario afirmó que la víctima le había dicho varias veces que tenía el presentimiento de que habría de morir asesinado, y que para evitarlo prefería sirvientas de provincias a las que pudiera encontrar en Madrid.

 


AUDIO: ÍKER JIMÉNEZ – CECILIA AZNAR


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