Cayetano Santos Godino

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Cayetano Santos Godino

El Petiso Orejudo

  • Clasificación: Homicida
  • Características: Menor de edad (10-16) - Pirómano
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 1906 / 1912
  • Fecha de detención: 4 de diciembre de 1912
  • Fecha de nacimiento: 31 de octubre de 1896
  • Perfil de las víctimas: María Rosa Face, de 3 años / Arturo Laurora, de 13 / Reyna Bonita Vaínicoff, de 5 / Gesualdo Giordano, de 3
  • Método de matar: Fuego - Estrangulación - Clavando un clavo en la cabeza usando una piedra como martillo
  • Localización: Buenos Aires, Argentina
  • Estado: Absuelto en noviembre de 1914 al ser considerado penalmente inimputable. Internado en el Hospicio de las Mercedes, en el pabellón de delincuentes alienados. Tras una apelación, fue ingresado en prisión el 20 de noviembre de 1905. Muere en prisión el 15 de noviembre de 1944
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Cayetano Santos Godino

Wikipedia

Cayetano Santos Godino, más conocido por su apodo Petiso Orejudo (Buenos Aires, 31 de octubre de 1896 – Ushuaia, 15 de noviembre de 1944), fue un joven asesino en serie, uno de los mayores sociópatas en la historia de Argentina, ya que a principios del siglo XX fue responsable de la muerte de cuatro niños, siete intentos de asesinato, y el incendio de siete edificios.

Infancia

La ciudad porteña de Buenos Aires vio nacer, el 31 de octubre de 1896, al hijo de los inmigrantes calabreses Fiore Godino y Lucía Ruffo.

Los padres de Cayetano llegaron a Buenos Aires provenientes de Italia. Como muchísimos otros italianos, un poco por la cercanía del idioma, y otro tanto por la similitud religiosa, Fiore y Lucía eligieron desembarcar en 1884 en el puerto de la Perla de Sudamérica con todas sus esperanzas depositadas en la nueva tierra. La pareja era originaria del pueblo de Romano, en la provincia calabresa de Cosenza.

Fiore fue responsable de la formación de quien se convertiría en el primer asesino en serie de la historia policial argentina. Alcohólico y golpeador, había contraído sífilis tiempo antes del nacimiento de Cayetano. El niño vino al mundo con graves problemas de salud. De hecho, durante sus primeros años de vida estuvo varias veces al borde de la muerte a causa de una enteritis. Durante toda su niñez Cayetano fue víctima de fuertes golpes y maltratos realizados por su padre.

No fue el único hijo de aquella pareja de italianos pobres que sufriría graves enfermedades. Su hermano Antonio era epiléptico y, además, siguiendo el mal ejemplo de su padre, se convirtió en un bebedor irrecuperable. Más tarde este se sumaría a Fiore en los castigos aplicados sobre su hermano menor.

La niñez de Cayetano Godino transcurrió en la calle, vagando. A partir de los cinco años concurrió a varias escuelas, de donde siempre fue expulsado por su falta de interés en los estudios y su comportamiento rebelde.

El escenario de sus correrías y carrera criminal serían los terrenos baldíos y conventillos de los barrios de Almagro y Parque Patricios, por entonces todavía al borde de la pampa. Era una zona de quintas de descanso. Pero también era un arrabal poblado por paisanos y extranjeros.

Primeros casos

  • Miguel Depaoli: El 28 de septiembre de 1904, cuando Godino contaba con apenas 7 años se lleva a fuerza de engaños a Miguel Depaoli, de casi dos años, hasta un baldío y allí lo golpea para luego arrojarlo sobre un montón de espinas. Un policía que pasaba se percata de lo sucedido y lleva a ambos niños a la comisaría, de donde serían recogidos más tarde por sus respectivas madres.
  • Ana Neri: Al año siguiente, Godino agrede a una infante vecina de apenas 18 meses. La conduce hasta un baldío en donde la golpea repetidamente en la cabeza con una piedra. Nuevamente es descubierto por un policía quien pone fin al ataque y lo detiene pero ―dada su corta edad―, es dejado en libertad esa misma noche.
  • María Rosa Face (tres años de edad): 29 de marzo de 1906. El que sería el primer asesinato de Godino pasó desapercibido y solamente sería descubierto años después cuando él mismo lo confesó ante la policía. Según contó, en 1906 tomó a una niña de aproximadamente tres años y la llevó hasta un terreno baldío sobre la calle Río de Janeiro, donde intentó estrangularla. Después la enterró viva en una zanja, que cubrió con latas. Las autoridades, al conocer este crimen, se trasladaron hasta el lugar pero encontraron que se había edificado una casa de dos pisos. Sin embargo, en la comisaría 10.ª quedó registrada una denuncia por desaparición con fecha 29 de marzo de 1906, de una niña de tres años de nombre María Rosa Face. La niña desaparecida nunca fue encontrada.

El 5 de abril de 1906, apenas algunos días después de cometer su primer asesinato, Godino fue denunciado por su padre al descubrir que había martirizado a algunas aves domésticas. Fiore encuentra dentro de un zapato de su hijo un pájaro muerto y, debajo de su cama, una caja en donde guarda los cadáveres de otras aves. A continuación se reproduce el acta que en aquella ocasión fue levantada.

En la Ciudad de Buenos Aires, a los 5 días del mes de abril del año 1906, compareció una persona ante el infrascripto Comisario de Investigaciones, el que previo juramento que en legal forma prestó, al solo efecto de justificar su identidad personal, dijo llamarse Fiore Godino, ser italiano, de 42 años de edad, con 18 de residencia en el país, casado, farolero y domiciliado en la calle 24 de Noviembre 623. Enseguida expresó: que tenía un hijo llamado Cayetano, argentino, de 9 años y 5 meses, el cual es absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos; que deseando corregirlo en alguna forma, recurre a esta Policía para que lo recluya donde crea oportuno y para el tiempo que quiera. Con lo que terminó el acto y previa íntegra lectura, se ratificó y firmó. Fdos: Francisco Laguarda, comisario. Fiore Godino. Se resolvió detener al menor Cayetano Godino y se remitió comunicado a la Alcaidía Segunda División, a disposición del señor jefe de policía.

Cayetano Godino estuvo recluido poco más de dos meses y después regresó a las calles. Como ya no asistía a la escuela vuelve a dedicarse a la vagancia.

  • Severino Gozález Caló: El 9 de septiembre de 1908 conduce a Severino González, de 2 años, a una bodega ubicada frente al Colegio del Sagrado Corazón. Ahí lo sumerge en una pileta para caballos cubriéndola después con una tabla para ahogar al pequeño. El propietario del lugar, Zacarías Caviglia, descubre la tentativa pero Godino se defiende diciendo que el niño había sido llevado hasta allí por una mujer vestida de negro, de la cual suministra señas particulares. Es conducido a la comisaría, de donde es recogido al día siguiente.
  • Julio Botte: Seis días más tarde, el 15 de septiembre, en Colombres 632, quema con un cigarrillo los párpados de Julio Botte, de 22 meses de edad. Es descubierto por la madre de la víctima, pero alcanza a huir.

El 6 de diciembre, Fiore y Lucía Godino, cansados de los continuos problemas causados por Cayetano ―que entonces tenía 12 años― vuelven a entregarlo a la policía. Esta vez es enviado a la Colonia de Menores Marcos Paz en donde permanece durante tres años. Mientras permanece encerrado acude a clases en donde aprende a leer y escribir un poco. La estancia de Godino en el reformatorio, lejos de regenerarlo, lo endurece.

El 23 de diciembre de 1911 regresa a las calles; ahora es un criminal frío y terriblemente potenciado. Su liberación se da, al parecer, a petición de sus padres con quienes regresa a vivir. En un fútil intento por redimirlo de su secuela criminal se habían ocupado de conseguirle trabajo en una fábrica, pero por desgracia solamente es capaz de mantener el puesto durante tres meses.

Nuevamente comienza a vagar por las calles, pero esta vez no se circunscribe a los barrios conocidos, sus vagabundeos lo llevan a frecuentar lugares y personas del más bajo nivel moral de la pujante ciudad de Buenos Aires. Asimismo, comienza a sufrir fuertes dolores de cabeza que se traducían en ganas de matar, sobre todo después de tomar alcohol.

1912

El 17 de enero de 1912 Cayetano, quien ya es conocido en las calles con el sobrenombre de Petiso Orejudo, se introduce en una bodega de la calle Corrientes y da rienda a otra de sus grandes pasiones; el fuego. El incendio que provoca tarda cuatro horas en ser sofocado por los bomberos. Después de su arresto declararía:

Me gusta ver trabajar a los bomberos… Es lindo ver cómo caen en el fuego.

Víctimas

  • Arturo Laurora: El 25 de enero de 1912 se denunció la desaparición de un menor de 13 años. Al día siguiente se descubrió el cadáver en una casa puesta en alquiler en la calle Pavón. El cuerpo fue descubierto golpeado y semidesnudo, con un trozo de cordel atado alrededor del cuello. Las investigaciones no conducen a ningún lado. En diciembre de 1912 Godino confesará la autoría de este crimen.
  • Reyna Bonita Vaínicoff: El 7 de marzo de 1912 Godino prendió fuego a las ropas de una niña de cinco años. La pequeña falleció tras 16 días de agonía en el Hospital de Niños.
  • En los meses siguientes de 1912, Godino causa dos incendios más que son controlados fácilmente por los bomberos sin que se produzcan víctimas.
  • El 24 de septiembre de 1912, mientras trabaja en una bodega propiedad de Paulino Gómez, Godino mata de tres puñaladas a una yegua. No fue detenido por falta de pruebas.
  • Apenas unos días después prende fuego a la estación Vail, ubicada en las actuales calles Carlos Calvo y Oruro, propiedad de la compañía de tranvías Anglo-Argentina. El incendio fue controlado por los bomberos.
  • Roberto Russo: El 8 de noviembre de 1912, Godino convence con engaños a Roberto Russo, de dos años, para que lo acompañe a un almacén en donde presuntamente le compraría unos caramelos. Lo lleva hasta un alfalfar a pocas cuadras en donde le ata los pies y procede a ahorcarlo con un trozo de la cuerda que usa para atarse los pantalones. Son descubiertos por un peón del alfalfar, quien los entrega a las autoridades. Cayetano Godino declaró que había encontrado atado al niño y lo estaba rescatando cuando fueron descubiertos. Es liberado por falta de mérito.
  • Carmen Ghittone: El 16 de noviembre de 1912, en un baldío situado en las calles Deán Funes y Chiclana, intenta golpear a Carmen Ghittone, de tres años. Un vigilante hace acto de presencia y Godino consigue escapar.
  • Catalina Naulener: Días después, el 20 de noviembre, se lleva de la esquina de Muñiz y San Juan a la niña Catalina Naulener, de cinco años. Busca un baldío por la calle Directorio, pero antes de encontrarlo la menor se resiste a seguir. Godino se descontrola y la golpea. El dueño de la casa ubicada en San Juan 78 interviene y Godino logra huir de nuevo.
  • Gesualdo Giordano: El último crimen del Orejudo es probablemente el mejor documentado de su carrera. El 3 de diciembre de 1912, su víctima ―de apenas tres años― salió como todas las mañanas después de desayunar con sus padres, de su casa ubicada en la calle Progreso 2185 para reunirse con sus amiguitos a jugar. Esa misma mañana ―a pesar de los acostumbrados gritos de su padre―, Cayetano Godino sale de su casa ubicada en Urquiza 1970. Después de vagabundear un rato por las calles, Santos Godino encuentra en la calle Progreso al grupo de chicos jugando. Se les suma sin despertar ninguna sospecha porque su aspecto de idiota siempre le ha permitido ganar la confianza de sus víctimas. Poco después consigue convencer a Gesualdo para que lo acompañe a comprar unos caramelos. Un rato antes y sin éxito, invitó a Marta Pelossi, de 2 años de edad, pero la menor, asustada, se refugió en su domicilio. Así pues, víctima y homicida se encaminan sin apuro hacia el almacén ubicado en Progreso 2599 en donde compran dos centavos de caramelos de chocolate. Enseguida el más chico los reclama, pero Godino, imperturbable, resuelve dosificarlos: le permite algunos, y le promete los demás si acepta acompañarlo hasta cierto lugar alejado, la Quinta Moreno (donde actualmente se levanta el Instituto Bernasconi). Una vez en la entrada, el chico llora y se resiste a entrar. Pero el asesino lleva hecho demasiado, ni siquiera vacila: lo agarra con violencia de los brazos, lo introduce en la quinta y lo arrincona cerca de un horno de ladrillos. Lo derriba con fuerza y lo aquieta poniéndole la rodilla derecha sobre el pecho. Godino conoce el mecanismo: con apuro, pero sereno, se quita el piolín que lleva por cinturón (se trata de esos lazos de algodón que se utilizan en albañilería para sostener las plomadas), y empieza a enrollarlo en el cuello de Gesualdo, le da 13 vueltas y procede a estrangularlo. Pero Gesualdo intenta levantarse, así que Godino procede a atarle de pies y manos, cortando la cuerda con un cerillo encendido. De nuevo procede a asfixiarlo con el cordel pero el chiquillo se resiste a morir. Busca otra manera de matarlo. Godino se da a la tarea de encontrar alguna herramienta adecuada. Su búsqueda lo lleva al exterior del local en donde se topa con el padre de Gesualdo, quien le pregunta por el paradero del niño. Imperturbable, Godino le responde no haberlo visto y le sugiere dirigirse a la comisaría más próxima a levantar una denuncia. Mientras tanto el Orejudo encuentra un viejo clavo de 4 pulgadas (10 cm), regresa con él junto a su víctima, y usando una piedra como martillo lo hunde en la sien del niño moribundo. Después de cubrirlo con una vieja lámina de zinc, huye de la escena del crimen. Esa noche, durante el velatorio de su víctima, Godino hace acto de presencia. Después de observar durante algún tiempo el cadáver de Gesualdo, huye llorando del lugar. Según declaró posteriormente, deseaba ver si el cadáver aún tenía el clavo en la cabeza. Para su desgracia dos policías, el subcomisario Peire y el principal Ricardo Bassetti ya habían ligado cabos con casos anteriores. Esa misma madrugada del 4 de diciembre de 1912 allanaron el hogar de los Godino y arrestaron a Cayetano. En sus bolsillos encontraron un artículo de periódico aún fresco que relataba los pormenores del asesinato y en sus pantalones restos del piolín con que había ahorcado a Gesualdo.

Condena

Tras ser detenido confesó cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinatos. En noviembre de 1914 el juez en lo penal de sentencia Dr. Ramos Mejía absolvió a Godino considerándolo penalmente irresponsable y ordenó remitir las actuaciones al Juzgado en lo civil para formalizar su internación por tiempo indefinido y se lo recluyó en el Hospicio de las Mercedes, en el pabellón de alienados delincuentes. Allí atacó a dos pacientes: uno inválido en una cama y el otro en silla de ruedas. Después intentó huir. A raíz de la apelación de la sentencia la Cámara de Apelaciones en lo Criminal resolvió por unanimidad que Santos Godino fuera confinado (mientras no hubiera asilos adecuados) en una penitenciaría por tiempo indeterminado, por lo que le trasladaron a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.

Penal de Ushuaia

Diez años después, en 1923, se le trasladó al Penal de Ushuaia, Tierra del Fuego, conocida como la Cárcel del Fin del Mundo. En 1927 los médicos del penal ―basándose en los estudios seudocientíficos de Lombroso― creían que en las orejas radicaba su maldad, por lo que le practicaron una cirugía estética para achicárselas. Este radical tratamiento no tuvo resultados.

En 1936, Godino pidió la libertad y se la negaron: los dictámenes médicos elaborados por los doctores Negri y Lucero y los doctores Esteves y Cabred concluyeron que «es un imbécil o un degenerado hereditario, perverso instintivo, extremadamente peligroso para quienes lo rodean». De su vida de recluso se sabe poco. Apenas alguna anécdota como la siguiente: en 1933 consiguió detonar la furia de los presos porque mató al gato mascota del penal arrojándolo junto con los leños al fuego; le pegaron tanto que tardó más de veinte días en salir del hospital.

Fallecimiento

Las circunstancias de su muerte, ocurrida en Ushuaia el 15 de noviembre de 1944 siguen siendo nebulosas. Se presume que murió a causa de una hemorragia interna causada por un proceso ulceroso gastroduodenal, pero se sabe que había sido maltratado y, con frecuencia, violentado sexualmente. Sobrellevó los largos días de la cárcel, sin amigos, sin visitas y sin cartas. Murió sin confesar remordimientos.

Según otros, los policías del penal habrían comentado que Godino murió a manos de los reclusos, quienes lo golpearon hasta matarlo, luego de que este matara a la mascota de los presos, un gato.

El penal de Ushuaia fue finalmente clausurado en 1947. Cuando el cementerio fue removido, los huesos de este asesino serial ya no estaban.

Informes médicos

Los siguientes son resúmenes de los informes médicos, que constan en el Archivo General de los Tribunales (en Buenos Aires), Sección Penal, legajo n.º 2255 Criminal, 2.º cuerpo, folios 213-260.

Informe Negri-Lucero (31 de enero de 1913)

  • El procesado Godino es un alienado mental o insano o demente, en las acepciones legales.
  • Es un degenerado hereditario, imbécil que sufre la locura moral, por definición, muy peligrosa.
  • Es irresponsable.

Informe de Víctor Mercante (24 de febrero de 1913)

  • Cayetano Santos Godino no sabe leer, escribe tan solo su firma y conoce los números hasta 100. Posee una suma de conocimientos generales muy mala, obtenidos por educación refleja.
  • Es un tipo absolutamente inadaptable a la escuela común; solo con educación individual hubiera podido alcanzar algún éxito.
  • Se ha desenvuelto en un medio desfavorable a la formación de una conducta correcta.
  • Priman en él los instintos primarios de la vida animal con una actividad poco común, mientras que los sociales están poco menos que atrofiados. Es un tipo agresivo, sin sentimientos e inhibición, lo que explica su inadaptabilidad a la disciplina didáctica.
  • Ofrece del punto de vista físico, diversos estigmas degenerativos, los más característicos del tipo criminal.
  • Sus sentidos y la capacidad para conocer, no ofrecen anomalías, se presentan normales; asimismo normales sus capacidades psíquicas, si bien inestable la atención por falta de dirección afectiva.
  • En cambio, ofrece como estigma fundamental de su vida moral, la idiotez afectiva; los sentimientos sociales, directrices de la acción, son poco menos que nulos.
  • De suerte que sus estados de conciencia contienen normalmente, todos los elementos menos uno, fundamental que la desequilibra, el afectivo, que es algo así como el timón de la conducta.

Informe Ernesto Nelson (1 de abril de 1913)

  • Godino es un caso de degeneración agravada por el abandono social de que él ha sido víctima, y que por lo tanto no puede hacérsele responsable de sus crímenes, aun cuando su libertad sería peligrosa.

Informe Esteves – Cabred (29 de mayo de 1913)

  • Que Cayetano Santos Godino se halla atacado de alienación mental.
  • Que su alienación mental reviste la forma de imbecilidad.
  • Que esta imbecilidad es incurable.
  • Que Godino es totalmente irresponsable de sus actos.
  • Que presenta numerosas anomalías físicas y psíquicas.
  • Que carece de condiciones para el trabajo disciplinado.
  • Que tiene noción de la responsabilidad de sus actos, lo cual se observa en muchos alienados.
  • Que es un impulsivo consciente y extremadamente peligroso para los que lo rodean.
  • Que debe permanecer, indefinidamente, aislado en el manicomio en que se encuentra.

Filmografía

2007: El niño de barro, dirigida por Jorge Algora (Madrid, 1963); el Petiso Orejudo es representado por el actor Abel Ayala (1988).

Referencias

Vallejos, Marcelo (1993): «Los crímenes del Petiso Orejudo», en la revista Todo es Historia, n.º 312, pág. 8; 1993.


El Petiso Orejudo: el niño que mataba niños

Javier Sinay – EtiquetaNegra.com.pe

24 de octubre de 2013

En los primeros años del siglo XX, Cayetano Santos Godino encarnó los miedos de la próspera sociedad argentina. Nadie quería creer que este muchacho chaparro y orejón era un asesino en serie de otros niños. Hoy, cuando adolescentes violentos aparecen a diario en los noticieros, el debate sobre la inocencia de los niños continúa. ¿Puede asegurar que su hijo no es un asesino?

Un hombre entró en una comisaría de Buenos Aires para entregar a su hijo a la policía. Estaba cansado de Cayetano Santos Godino, el más endiablado entre su prole, que tenía nueve años y unas cicatrices que decoraban su cráneo. Las palizas del padre ya no servían de nada. Ese día, antes de ir a la comisaría, el padre se había percatado de que el zapato que se quería poner le quedaba chico. Siempre lo usaba, pero de repente ya no le entraba. Había algo ahí adentro. Era un pajarito muerto. Después encontró el resto: una caja debajo de la cama, llena de pajaritos muertos. Decidió llevar a su hijo a la policía. Allí el comisario de investigaciones anotó que el niño era «absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos». Y aceptó dejarlo guardado por un tiempo. Lo que el padre no sabía era que su hijo ya había cometido su primer asesinato. Había sido en el silencio de una tarde invernal de 1906, siete días antes de ser remitido a la comisaría.

Su víctima no había sido un pajarito.

Había matado a una niña de dos años.

La había raptado de la puerta de un almacén y, después de fallar con el estrangulamiento, la había enterrado viva en un baldío.

Era la época en que Argentina, que estaba por convertirse en una de las diez naciones más prósperas del mundo, recibía a miles de inmigrantes cada día. Fiore Godino había llegado desde Italia y trabajaba encendiendo con queroseno el alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires. Encender faroles era como un consuelo para alguien como él, un alcohólico y sifilítico que había engendrado nueve hijos, y de ellos perdido a dos, cuidado a uno con epilepsia y dejado a otra en manos de una tía. Ese mismo hombre entregó a la policía a quien sería el más célebre de sus hijos.

Algunos peritos de la época, convencidos de la teoría criminológica de moda, creían que la maldad del Petiso Orejudo residía en sus orejas.

A principios del siglo XX, entendidos bajo la luz de las hipótesis positivistas del médico italiano Cesare Lombroso, los criminales se distinguían por su físico: cráneos y quijadas enormes eran atavismos que nos acercaban al hombre de Neanderthal, una suerte de identikit delincuencial.

El resto del cuerpo del chico tampoco lo favorecía.

Siete años después de su primer asesinato, los doctores Alejandro Negri y Amador Lucero lo describían así:

La flexibilidad simiana de las manos, cuyos dedos se doblegan hacia el dorso; la viciosa implantación, el tamaño y las malformaciones de las orejas que con su talla le han valido los exactos apodos de ‘petiso’ y ‘orejudo’; la excavación del paladar y la simetría no muy notable del cráneo y de la cara responden a defectos originarios de desenvolvimiento físico que en los alienados tienen el significado clínico de ser estigmas de la degeneración hereditaria.

Flaco ya era.

Durante sus primeros años había padecido una enteritis que lo había llevado a consumirse.

Pero estaba ocurriendo algo más.

Cayetano Santos Godino estaba perdiendo su nombre.

Se estaba convirtiendo en el Petiso Orejudo.

O en «el delincuente con el que soñaba la criminología argentina», como dice el escritor Osvaldo Aguirre en su libro “Enemigos Públicos”.

Cuando su padre lo entregó a la policía, lo enviaron a la Alcaldía Segunda División, un calabozo benevolente.

Allí pasaría dos meses añorando los vasos de leche de su madre, las copitas de ginebra de su hermano y los cigarrillos que encontraba en la calle.

Estaba contento de estar lejos de los golpes de su padre y de los de sus hermanos mayores.

Contento de estar lejos de las clases de las cinco escuelas que había abandonado.

Hoy la denuncia del padre en la comisaría del barrio de San Cristóbal, en el centro sur de la capital, se conserva en un expediente que cien años después es una de las piezas más buscadas por estudiantes y profesores en el Archivo General de los Tribunales de Buenos Aires. «Cesare Lombroso murió antes que Godino, pero si lo hubiera conocido se lo habría llevado a Italia: ese chico corroboraba todas sus teorías», dijo Carlos Elbert, un ex juez y autor de libros de criminología en un coloquio que en el siglo XXI rememoró los asesinatos del Petiso Orejudo.

Lo que llevó a ese juez y a psiquiatras, historiadores, policías y urbanistas a discutir la historia del niño asesino fue su precoz carrera de delitos. Había sido breve pero intensa: luego de cometer su primer asesinato a los nueve años, en menos de una década el Petiso Orejudo se dedicó a prender fuego a corralones y depósitos, a matar a tres niños más y a intentar asesinar a por lo menos otros siete. Cuando al fin lo capturaron, aquel niño que mataba niños resultaba tan perturbador que la justicia de la época lo mandó de por vida al fin del mundo: la prisión de Ushuaia en la Tierra del Fuego.

Hoy una estatua del Petiso Orejudo es la mayor atracción turística en esa cárcel que ahora es un museo. Los turistas saben que ese monumento no es un habitante del pasado. El Petiso Orejudo nos sigue obsesionando porque todavía no sabemos qué hacer con los niños como él.

*****

Queremos pensar que la maldad es sólo aprendida y que la justicia es un asunto de adultos. La psicología tradicional aseguraba que los niños son criaturas amorales y que la sociedad (padres, escuela) tenían la tarea de civilizarlos. Pero los estudios más recientes sugieren que, además de cultural, la moralidad tiene también un origen biológico. Incapaces de pensar que los niños pueden ser malos —simplemente malos—, les hemos asignado una plenitud de derechos sin detenernos a pensar en sus obligaciones. Hasta que actúan como adultos.

Jon Venables y Robert Thompson tenían diez años en 1993 cuando secuestraron a un bebé de dos años. Lo tomaron de la mano en un shopping de Liverpool, lo torturaron y lo mataron en un descampado. Venables y Thompson eran dos niños regordetes, graciosos. No daban con el tipo de niño-asesino. Pero una vez capturados, se convirtieron en las personas más jóvenes en ser condenadas a prisión por un homicidio en el siglo XX en el Reino Unido.

Un cuarto de siglo antes, y también en Inglaterra, Mary Bell, de diez años, estranguló en una casa abandonada a un niño de cuatro años. Cuando admitió haber cometido el crimen, la policía no le creyó: parecía un ángel de grandes ojos verdes y mirada inofensiva. Cuando los investigadores se convencieron, ella y una amiga ya habían estrangulado a otro niño de tres años y lo mutilaron con una tijera cortándole cabellos, piernas y pene.

Treinta años después, en Florida un jovencito de catorce años llamado Joshua Earl Patrick Phillips se unió a cientos de sus vecinos en la búsqueda de una niña del barrio. Sólo Phillips sabía que el cuerpo de la chica yacía bajo su propia cama con once puñaladas. Siete días después, el olor que emanaba el cadáver lo delató.

A principios de este siglo, Natsumi Tsuji, una chica de once años aficionada al básquet y al animé, y que tenía un elevado coeficiente intelectual de ciento cuarenta puntos, mató a su amiga Satomi Mitarai en un colegio de Nagasaki. En un aula vacía le vendó los ojos y le pasó un cúter por el cuello. Después volvió a clase con el uniforme salpicado de sangre.

En Argentina, en una escuela de la minúscula ciudad de Carmen de Patagones, en el inicio de la Patagonia, ‘Junior’, un chico con reputación de buen estudiante, fan de Marilyn Manson y de los libros de historia de la Segunda Guerra Mundial, fue a clase con el arma de su padre y, antes del inicio de la primera hora, se paró frente al pizarrón y la descargó sobre sus compañeros. Mató a tres e hirió a cinco. Como ellos, cualquier niño pacífico puede ser un enigma.

Un siglo después seguimos buscando en el Petiso Orejudo una pista para comprender el horror y la fascinación que nos produce la maldad infantil. En la época en que Cayetano Santos Godino cometió sus crímenes, nadie usaba el vocabulario que hoy es normal tanto en sanatorios como en colegios: depresión, ansiedad, ataque de pánico, trastorno de déficit de atención e hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, desorden sensorial de integración, trastorno asocial de la personalidad. El bullying no era una epidemia juvenil. Tampoco existían el gangsta rap que dedica canciones a las armas ni los videojuegos que crean un marco de virtual masacre al alcance de la mano —o del dedo—. O esa estrella de rock a la que los políticos conservadores insisten en adjudicarle la responsabilidad de los tiroteos en los colegios: Marilyn Manson.

En la Argentina reciente, un niño de trece años con dos dientes de conejo en la sonrisa mató a cuatro personas. Fue en diciembre de 2011 y lo hizo como lo hacen los que deben economizar recursos o los que, como él, no tienen la edad suficiente para comprar un arma de fuego: a puñaladas. En una casa sencilla de la provincia de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes, acuchilló a un amigo de diez años, a la madre de este y a los abuelos.

El chico de los dientes de conejo se presentó como único testigo de una masacre cometida por un inexistente hombre de negro. Después aseguró que su amigo había atacado a toda la familia y que él lo había tenido que matar en defensa propia, pero su ADN, regado por toda la casa, confirmó que su mano era la única que había manipulado el cuchillo.

El móvil nunca quedó del todo claro pero se dijo que el de trece años había querido violar al de diez: el rumor de una mancha de semen en la ropa de aquel y la visita a sitios de pornografía en internet abonaron esta hipótesis. Acaso fue la madre del más pequeño quien lo descubrió en pleno abuso. Acaso ese encuentro desató la ira del adolescente. Como sea, el cuádruple crimen pasó al olvido pronto: en un crimen con muchos ‘acaso’, los argentinos guardaron silencio con inédito pudor ante este caso que dejaba entrever muerte, sexo, crueldad y violencia. Todo a cuenta de un chiquillo.

Un mes después de las puñaladas, el fiscal de Justicia de menores comunicó al chico de los dientes de conejo que era considerado como el único autor de la masacre. Pero por su edad no podía ser acusado formalmente. Quedó en manos del Estado: fue enviado a una dependencia para recibir tratamiento psicológico.

Él, Junior y el Petiso Orejudo comparten algo: nadie sabe qué hacer con niños como ellos.


Los crímenes del Petiso Orejudo

Marcelo Vallejos – MuseoMaritimo.com

Durante 1912 Buenos Aires tiembla de miedo. En enero aparece asesinado un niño. Dos meses después la víctima es una niña. En diciembre un desesperado padre encuentra a su hijo de tres años estrangulado y con la cabeza perforada con un clavo. En los últimos años se acumulaban intentos de asesinatos a chicos, no esclarecidos. Después se supo que el criminal se permitió mirar cara a cara a la Policía y burlarse de ella.

Hasta que un día ésta lo atrapó. La gente no sabía si sentir más alivio que terror cuando se enteró que el asesino tenía dieciséis años y que, lejos de sentir remordimientos, experimentaba placer por estas muertes.

En 1912, Buenos Aires vivió con asombro una serie terrible de asesinatos y de tentativas de asesinato. Las víctimas aparecían, a veces, con los párpados quemados con colillas de cigarrillos, a veces masacrados a golpes, casi siempre estrangulados y eran, invariablemente niños indefensos.

La ciudad sucumbió primero el terror colectivo; después, cuando supo que el autor apenas un adolescente que mataba por placer, a la confusión y a la repugnancia. Pero en ninguno de los dos momentos pudo sustraerse al espanto: en las calles porteñas, en las oficinas, en los rumorosos patios de los conventillos, en los tranvías y hasta en la fermentada penumbra de los prostíbulos, se hablaba o se hacía alguna referencia a la serie de homicidios.

En un artículo publicado en la Blackwood’s Magazine, en febrero de 1827, Thomas de Quincey señalaba la impotencia de la moral frente a un asesinato consumado. Su apreciación no quería ser apologética; simplemente entendía que un homicidio debe tratarse moralmente en tanto sea virtual; una vez que se ha cometido, una vez que el hecho es irreparable, “ha llegado la hora del buen gusto y de las Bellas Artes”. (1)

Efectivamente, para De Quincey había ciertos asesinatos que, aunque atroces, reclamaban una visión estética. Despreocupado de enjuiciamientos y condenas, decía que “quizá tengamos la satisfacción de descubrir que unos hechos lamentables y sin defensa posible desde el punto de vista moral resultan una composición de mucho mérito al ser juzgados con arreglo a los principios del buen gusto”. (2)

Para el autor de Del asesinato considerado como una de las bellas artes, no cualquier homicidio era estéticamente valioso: “un buen asesinato exige algo más que un par de idiotas que matan o mueren, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro”. “El diseño, (…), la disposición del grupo, la luz y la sombra, la poesía (…)”, (3) eran para él elementos indispensables. Por lo menos dos plumas magistrales precedieron a De Quincey en esa investigación estética de lo horroroso. Milton, por ejemplo, en el libro XI de El paraíso perdido, enriqueció la herida fatal de Abel con “un chorro de efusiva sangre”. Y Shakespeare se demoró detallando con exuberancia los asesinatos del duque de Gloucester en Enrique VI (segunda parte, acto III), y de Duncan en Macbeth.

Esta nota, a la esperable distancia de los trabajos referidos, se propone explorar el mismo terreno, recrear ciertas disposiciones escénicas de los homicidios de 1912 (particularmente del último), y, si fuera posible, promover algún esclarecimiento.

Por lo demás, nada de lo que se sigue debería asombrarnos: una tradición brutal nos delata. Desde Caín, nuestra curiosidad ha sido sobornada, incesantemente, por la belleza elemental de lo violento.

Aquellos viejos buenos tiempos

El siglo todavía bostezaba cuando, en 1912, se desató la guerra en los estados balcánicos. La prensa de todo el mundo estaba día tras día pendiente de las negociaciones y las batallas. Se titulaba en primera plana, en letras catástrofe, en todas las ediciones: era como si se hubiese querido concienciar a gritos, un alarido en tinta que alertaba sobre los que dos años más tarde sería la Gran Guerra.

También en aquel año, en el viaje inaugural, se hundieron el Titanic y su pompa.

En el sur de América, un cabo de la Fuerza Aérea Argentina, de apellido Fels, cruzaba, sin autorización, el Río de la Plata. Los jefes aeronáuticos prometían castigo, y los diarios porteños, henchidos, orgullosos, detallaban la intrépida hazaña de “volación”.

Roque Sáenz Peña, que presidía la Argentina, propiciaba la ley electoral que llevaría su nombre y que terminaría con los fraudes eleccionarios.

En aquel momento, por las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Buenos Aires y La Pampa, se había extendido un movimiento de sindicalización de pequeños y medianos chacareros. El movimiento, originado en la provincia de Santa Fe, sería conocido como “El grito de Alcorta”.

Hasta 1912, Buenos Aires había crecido con alguna moderación. Era todavía una ciudad baja, pareja, de calles aireadas y tranvías traccionados a sangre. El intendente Joaquín S. De Anchorena abrió, ese mismo año, las diagonales Norte y Sur en el corazón de la ciudad.

En noviembre del año que nos ocupa se alcanza un récord inmigratorio sin precedentes: en sólo once meses, entran al país 274.272 extranjeros. En ese momento Buenos Aires ya cuenta con 821.293 habitantes.

Sin orden, vigorosamente, se dispara el crecimiento: en el centro se multiplican las casas de inquilinato, y en los suburbios las viviendas sencillas; en las calles se confunden los idiomas, las valijas, y las razas; en las piezas se acercan los catres, se arrinconan los baúles, se mezclan nostalgias, esperanzas y rumores. La ciudad entera supura un espeso jarabe.

Por entonces, los barrios de Almagro y Parque de los Patricios estaban todavía al borde de la pampa. A los costados del camino de Boedo (antiguo “Camino de los Huesos”) empieza a configurarse el barrio del mismo nombre. Avenida La Plata deja de ser un canal de desagüe y se torna bulevar. Hace siete años que el Parque de los Patricios ha desalojado a los mataderos. Es zona de quintas, de retiro, de descanso. Pero también es un arrabal desgranado de paisanos y extranjeros.

Esparcidas entre las quintas, pueden verse las casas, elementales y recientes: a veces son blancas, casi siempre, de revoque vivo. De tanto en tanto, rígidas, altas, se ven las chimeneas de los hornos de ladrillos inflamando el cielo suburbano.

Una de esas calles de tierra se llama Progreso. (4)

Y, enfrente al número 2185, el martes 3 de diciembre, un grupo de chicos jugaba buenamente.

Hay, entre ellos, dos que nos importan: unos es Gerardo Giordano, tiene 3 años y será la última víctima de la serie de asesinatos; el otro, todavía un adolescente, es Cayetano Santos Godino, el homicida.

Un “disgraciato figlio”

“El procesado es un muchacho que por su talla pequeña y escasa corpulencia, por su palabra de pronunciación algo infantil, su sonrisa inocente y su expresión fisonómica ordinaria, representa menor edad de la que tiene. La falta de vello en el cuerpo y la detención del vello pubiano en un límite horizontal en vez de prolongarse hacia el abdomen en una superficie triangular de vértice superior y mediano, ratifican la impresión anterior. Por el contrario, el bozo del labio superior, el vello de las piernas y el desarrollo de los órganos sexuales lo contradicen, con la particularidad de que estos órganos son de tales proporciones que aún en los adultos es raro de verse.”La flexibilidad simiana de las manos cuyos dedos se doblegan hacia el dorso; la viciosa implantación, el tamaño y las malformaciones de las orejas que con su talla le han valido los exactos apodos de “petiso” y “orejudo”; la excavación del paladar y la simetría no muy notable del cráneo y de la cara, responden a defectos originarios de desenvolvimiento físico que en los alienados tienen el significado clínico de ser estigmas de la degeneración hereditaria. A este respecto, la doctrina psiquiátrica es demasiado amplia para ser aplicada con precisión a un caso particular y demasiado elástica para ser desvirtuada por un caso negativo. Si en la familia de Godino se hubieran observado ejemplares, ascendientes o colaterales, de enfermedades nerviosas o mentales, el carácter hereditario de su estado sería incontrovertible. Empero, el interrogatorio minucioso del padre y de la madre, no autorizan a establecer semejante etiología como anamnesis positiva. La madre, de aspecto bondadoso, ha tenido ocho hijos entre los cuales este “disgraciato figlio” sufrió en su primera infancia una prolongada enfermedad con enflaquecimiento extremo, acaso consecutivo, a afecciones gastroentestinales propias de su edad. La diferencia de temperamento de los padres y el grado y la forma de sus sentido moral se aprecian en el calificativo fuerte o tierno con que cada uno designa al hijo procesado. Los demás y los abuelos y parientes de que se sepan, son todos morales.(…)(Del primer informe médico-legal realizado por los Doctores Negri y Lucero).

Crueldades de Santos

“Asesinato de un niño de tres años. Un hecho salvaje. Sobre la pista”.

“La policía de la sección 34ª está empeñada desde la mañana anterior en el esclarecimiento de un crimen bárbaro, que revela la existencia de delincuentes desalmados, de esos para quienes la vida de una persona es cosa efímera. “Después del crimen de la calle Pavón, del que resultó víctima el niño Lanrosa (Laurora), la crónica policial no registró otro hecho más horrible que el que detallaremos enseguida”. (5)

La mañana del crimen, como casi todos los días, en la casa ubicada en Urquiza 1970, el asesino se despertó al amanecer. No cuesta nada, ni nos aleja de la verdad, imaginarlo levantándose sin ganas, acalorado, con los párpados carnosos y la cara cuajada de mal humor, o, una vez en el baño, mirándose sin entusiasmo en el espejo (pronto los médicos hablarían de su marcado aspecto simiesco).

Sabemos que no tenía puro ni obligaciones. Sin embargo, algo lo perturbaba esa mañana: desde que había abierto los ojos maquinaba con obstinación el mismo pensamiento, una idea obscena que se había instalado en el centro geométrico de su mente. Y aunque explotaron, como siempre, en la cocina o en el patio, los gritos iracundos de Fiore Godino, él ni siquiera se distrajo.

A Fiore Godino, exponente rudimental de la especia, alcohólico, progenitor del asesino, de oficio farolero, no se le ocurría otro modo de encaminar a su hijo. Estaba convencido de que los gritos y los cachetazos terminarían aplacando esa naturaleza maligna. Incluso, cuando su descendiente tenía nueve años, había hecho que lo encarcelaran por “juntar pájaros muertos en una caja”, y por molestar a los vecinos con insultos y cascotes. Pero el rigor no funcionaba: en Cayetano Santos Godino perseveraba, inconmovible, una voluptuosa debilidad por el mal.

Cuando en la mañana del 3 de diciembre de 1912 el asesino sale de su casa, ya lleva clavada entre los ojos la determinación terrible de matar.

“En una de las habitaciones de la casa situada en la calle Progreso número 2185, vive don Pascual Giordano, con su esposa y tres niños, entre los cuales figuraba uno de tres años de edad, llamado Gerardo”. (6)

“Como de costumbre, éste último, después del habitual desayuno, salió a la puerta de calle, donde se reunía con otros menores de la vecindad, con los cuales se entregaba a las distracciones y juegos propios de la edad”.

“Los padres de Gerardo no notaron al principio su desaparición, hasta que don Pascual salió a la calle a fin de llevar al pequeño a su hogar, donde se le quería entrañablemente”.

“Todos los esfuerzos que se hicieron para dar con el paradero del desaparecido, fueron inútiles, razón por la cual el padre de Gerardo se dirigió a la comisaría 34ª (…)”.

“(…)No obstante, las promesas de los empleados de la mencionada comisaría, Giordano concurre varias veces a ella, a fin de rogar la busca de su pequeño hijo, y como se le dijera, con el propósito de calmar su excesiva excitación nerviosa, que su hijo podía hallarse metido en alguna casa de la vecindad, el desesperado padre recorrió puerta por puerta todas las casas de los alrededores, sin obtener resultado alguno”.

“De regreso de una de las idas a la comisaría, Giordano se detuvo en el portón de la quinta de Moreno, de la cual salía un menor, al que le preguntó por su hijo obteniendo también una respuesta negativa, a pesar de los cual resolvió penetrar en el local (…)”.

Después de vagabundear un rato por las calles, Santos Godino encuentra, en la calle Progreso al 2100, un grupo de chicos jugando. Se les suma sin despertar ninguna sospecha porque, después de todo, a pesar de su porte de simio, de su aspecto maligno, el asesino tiene sólo 16 años. Poco después consigue convencer a Gerardo para que lo acompañe a comprar unos caramelos. Un rato antes y sin éxito, invitó a Marta Pelossi, de 2 años de edad; pero la menor, asustada, se refugió en su domicilio. Así, entonces, víctima y homicida se encaminan sin apuro hacia el almacén ubicado en Progreso 2599. compran unos centavos de caramelos y enseguida el más chico los reclama, pero Godino, imperturbable, resuelve dosificarlos: le permite algunos, y le promete los demás si acepta acompañarlo hasta cierto lugar alejado. Por supuesto que el lugar es la quinta de Moreno.

Una vez en la entrada, el chico llora y se resiste a entrar. Algo que no hubiera podido explicar, y que ni siquiera debió de comprender del todo, lo paraliza. O sí, comprende: aunque todavía no pueda asignarle nombre, en ese momento Gerardo Giordano siente un miedo primordial. No hace falta ser adulto para descubrir la maldad en los ojos sin mirada de Godino. Pero el asesino ya está lanzado. Lleva hecho demasiado. Por eso ni siquiera vacila: lo agarra con violencia de los brazos, lo introduce en la quinta y lo arrincona cerca de un horno de ladrillos. Luego lo derriba con fuerza y lo aquieta poniéndole una rodilla sobre el pecho. Santos Godino conoce el mecanismo: con apuro, pero sereno, se quita el piolín que lleva por cinturón (se trata de esos lazos de algodón que se utilizan en albañilería para sostener las plomadas), y empieza a enrollarlo en el cuello de Gerardo.

“(…) Después de recorrer algunos rincones del terreno, llegó a un paraje donde existen algunas latas, cascotes y otros desperdicios, y apenas hubo avanzado algunos pasos notó que recostado a la pared y casi cubierto con un trozo de lata había un cuerpo”.

“Giordano, creyendo al principio que su hijo se hallaba ahí escondido, a medida que se aproximaba lo llamaba por su nombre; pero cuando llegó junto a él, lo tomo en sus brazos con la misma desesperación que lo afligía, echó a correr con el niño hasta su domicilio que queda a poca distancia de la quinta mencionada”.

“Al principio Giordano no pensó que conducía un cadáver en sus brazos, pues el cuerpo conservaba aún algún calor; pero una vez en su casa, rodeado de su esposa y de los vecinos, comprobó que su hijo había sido asesinado alevosamente”.

Ajusta con fuerza los nudos y con un fósforo quema los sobrantes. Trata de alejarse pero no puede, algo ominoso lo retiene, lo estaquea en su sitio: Santos Godino se estremece frente a los estertores de la asfixia, se excita, entra desbocado en una especie de borrachera orgiástica. Irremediablemente, pierde la indiferencia, le tiemblan las rodillas y las manos, se le seca como un cuero la garganta. Por eso ahora se arrodilla al lado de Gerardo, para mirarlo, para buscarle la desesperación en sus ojos, para ver de cerca el exasperado gesto del final. Sencillamente por eso se demora examinando la piel cianótica, las ventanas expandidas de la nariz, los labios tintos, resecos, derrotados por la tensión del lazo. Porque si algún sentido tiene para él sus asesinatos, de estos efímeros segundos en los que se siente un poderoso dios clandestino.

“Tenía atadas las manos y los pies con piolines. En el cuello tenía también otro piolín, con el cual el malhechor dio 13 vueltas con el propósito de matar por estrangulación. Además presentaba una herida en el parietal izquierdo producida por un clavo de 4 pulgadas”.

Una vez satisfecho, Santos Godino se incorpora y da unos pasos hacia atrás. Mira el cuerpo inmóvil pero vivo de Gerardo y, por algún motivo, siente que no puede dejar las cosas como están.

A esa altura, Pascual Giordano ronda la zona. Ya fue y vino innumerables veces de la comisaría. Ya consultó, sin suerte, a todos los vecinos del paraje. Desconsolado, se le ocurre revisar la quinta de Moreno. Se encamina sin convicción, pensando si no sería mejor volver una vez más a la comisaría.

Entre los escombros y los desperdicios, el asesino encuentra un clavo y la manera de terminar con la agonía -ahora inútil- de Gerardo. Se acerca al cuerpo, lo observa. El chico está vivo, tiene los ojos enrojecidos y los mueve de un lado para otro. A Godino le molesta el obstinamiento vital de Gerardo. No le encuentra sentido a esa resistencia. Mira a los costados, y levanta una piedra para usar como martillo.

A media cuadra de la quinta, Pascual Giordano vacila y se detiene. No sabe qué hacer ni dónde buscar. En unos instantes reanudará la marcha (hay una sola puerta y el criminal todavía no salió), pero por ahora no puede moverse. Ni siquiera se imagina que del otro lado de esa pared de ladrillos que ve a lo lejos, está su hijo; que la tragedia, tal vez, aún podría ser evitada. Hubiera bastado que Gerardo soltara un grito, que liberara un último quejido. Pero no puede, en los pulmones no le queda aire ni quejas. A uno y otro lado de la pared están los dos Giordano, los dos sufrientes, los dos vencidos. Entre las dos impotencias, apenas unos metros, una tapia y la indeclinable determinación de Santos Godino.

El asesino se acerca al cuerpo sin defensa con una piedra en una mano y un clavo en la otra. Después, con la yema de los dedos palpa una de las sienes del moribundo; entonces, de golpe, como un alarido que emerge de alguna zona primitiva de la memoria, le surge, indomable, una nueva tentación: apoya en el suelo las rodillas y las manos y, cerca de la comisura de los labios de Gerardo, clava su dentadura de perro, muerde y zamarrea esa cabeza como si fuera un salvaje trofeo de caza. Al rato, esa erupción de brutalidad inmemorial se desvanece. Vuelve a tomar el clavo, alza la piedra y, mientras ve como el chico le destina una terrible mirada final, proyecta sobre el clavo el golpe definitivo.

Antes de salir, cubre con una chapa de zinc los ojos y el cuerpo de su víctima. Le molesta que esos ojos sigan abiertos, empecinados como los de un pájaro. Ahora piensa que tiene sed, piensa en el ámbar de un whisky abrasándole la garganta, piensa en las noticias que mañana traerán los diarios. Se pone de pie. Antes de abandonar la quinta, mira otra vez hacia el irrevocable cadáver. En ese momento, claro en el aire detenido del mediodía, se oye el grito de un hombre. Es Pascual Giordano que se aproxima al portón pronunciando el nombre de su hijo. Godino no pierde tiempo. Acelera el paso y se cruzan en la entrada. Se traban en una mirada nerviosa, eléctrica; se miden, se interrogan. El hombre le pregunta por su hijo. Y Godino, sin miedo, seguro del triunfo de su suerte, le contesta que no lo ha visto, que vaya a la comisaría que ahí debía de estar. Y se aleja en silencio, disfrutando la victoria secreta.

La astucia de la memoria

“El Inspector General Sr. Laguarda y el Comisario Sr. Hirsuta, dispusieron que el Subcomisario Sr. Miguel Peire, que es un especialista en esta clase de investigaciones, se hiciera cargo de las pesquisas, secundado pro el Oficial Santillán y otros empleados”.

“A las 5 de la tarde estos funcionarios, el Doctor Oro (Juez de Instrucción) y las autoridades seccionales resolvieron hacer una reconstrucción de la escena. Se condujo el pequeño cadáver a la quinta y Giordano lo colocó en la misma forma que lo encontró”.

Detenidamente, el Subcomisario Peire examinó el terreno y las circunstancias, y no tardó en conectar el hecho con otro similar ocurrido el día 8 del mes anterior. En aquella oportunidad, en un terreno alfalfado situado en la calle Artes y Oficios, entre Tarija y Pavón, un vigilante de la comisaría 12ª encontró a un niño de poco de más de 2 años que tenía los pies atados con una cinta y el cuello cercado fuertemente con un piolín. En un primer momento, la policía detuvo a un menor de 16 años que, sin poder justificar su presencia, merodeaba el paraje. De inmediato se participó al Juez de Instrucción, Doctor Campillo, quien el día 12 de noviembre debió disponer su libertad “por no existir méritos para su detención”.

Sin embargo, los detalles de aquel caso quedaron encendidos en la memoria del Subcomisario Peire. Tanto que, una hora después de la reconstrucción, el asesino estaba individualizado. Bastó que una niña, María Perlero, hija del propietario del almacén ubicado en Progreso 2599, revelara que la víctima había entrado al negocio acompañada de un menor de unos 15 o 16 años y que ofreciera la inconfundible descripción del Petiso Orejudo, para que al Subcomisario se le despejaran las dudas.

Sin embargo, no se apresuró. Resolvió que los oficiales Torres y Santillán investigaran detalladamente en el vecindario las costumbres del posible criminal. Se tomaron para esto lo que quedaba de la tarde y buena parte de la noche. A las 4.30 del día 4 de diciembre de 1912, el Subcomisario Peire y sus ayudantes allanaron el domicilio de la familia Godino.

Joven formal

La vida de Godino no estaba ajustada por el rigor de ninguna rutina: sus días eran ociosos, errantes, impredecibles. Por eso es difícil saber qué hizo la tarde del último crimen. Al día siguiente, al ser apresado, confesaría que luego de matar a Giordano visitó la casa de su hermana casada, en la que almorzó y se quedó haciendo sobremesa. Después de esto ignoramos que hizo. Habrá vagabundeado por los arrabales; se habrá emborrachado con whisky o con grapa; habrá observado, tal vez, a prudente distancia, la conjetural reconstrucción de los hechos; o sencillamente habrá esperado a que se apagara el incandescente infierno de la siesta sentado en el banco de alguna plaza, de algún andén. Pero lo que sí es seguro, es que aquella noche fue al velorio de su víctima.

Alrededor de las 9 lo vieron llegar a la casa de la calle Progreso. No habló con nadie, pero se movió con naturalidad, como si fuera un deudo o un amigo. Lo había arrastrado allí su curiosidad. Quería saber qué se decía de él; quería oírse mencionado -aunque fuera con alusiones imprecisas- por todas las bocas presentes. Pero sin embargo, ahora que estaba ahí, que veía a Gerardo de cerca, tan inmóvil en su cajón, tan pálido, tan muerto, sintió unas irreprimibles ganas de llorar. Tomó entre sus manos la cabeza inerte, la observó, pasó los dedos por la herida ahora seca y oscura de la sien, y no pudo más: salió corriendo del lugar, desbocado, como si hubiera visto un aparecido.

El perjurio de la suerte

Según un minucioso trabajo del principal Ricardo Bassetti (7), cuando atrapan a Santos Godino “se le encuentra en la cintura su trozo de piolín de algodón similar al que tenía el niño Giordano anudado al cuello y en el bolsillo del pantalón, un recorte del diario La Prensa del día anterior donde se relataba el último homicidio que lo tuvo como protagonista”. Y acá llegamos a un punto interesante: el crimen es cometido el día 3, por la mañana, de modo que ningún matutino pudo exponer la información hasta el día siguiente. Es decir que La Prensa publicó la noticia por primera vez el día 4. lo curioso es que Godino (que no sabía leer) es atrapado también el día 4 de diciembre, a las 4.30 de la madrugada. Vale decir que el Petiso Orejudo es sorprendido con un recorte del diario del día y no de la víspera, como se pretendió seguramente por error. Es legítimo, entonces, imaginarlo despierto, pendiente, esperando la aparición de los diarios.

Porque si no hay razón para que esta nota, todavía con olor a tinta, estuviera en su bolsillo. Ahora, ¿para qué esperaría con tanta ansiedad los diarios si era analfabeto? Por supuesto: tenía la esperanza de encontrar alguna foto. Y, evidentemente, por ese motivo el recorte que llevaba era del diario La Prensa, que ilustró el reporte con una foto de la quinta de Moreno. Santos Godino debió de ver en esa foto, no una toma de la quinta donde apareció el cadáver, sino un retrato de sí mismo; una serie de cifrado identikit que lo multiplicaba frente a miles de ojos y que, a la vez, lo resguardaba.

Era el autor anónimo de una obra siniestra pero famosa. Por eso no se cansaba de mirar el recorte. En la madrugada del patio, solo, miraba extasiado la fotografía y hasta no le importaba ser analfabeto. Sin embargo, de no haberlo sido, a un costado de la ilustración hubiera podido leer: “los primeros pasos dados por la policía en la investigación permiten abrigar esperanzas respecto al éxito de las pesquisas, y no sería difícil que cuando salga a circulación este diario el autor de este crimen esté detenido. Durante las primeras horas de estas madrugada se efectuó un allanamiento; pero debido a lo avanzdo de la hora no nos fue posible obtener detalles precisos respecto a sus resultados”. Cuando en la puerta número 1970 de la calle Urquiza reventaron los golpes de la gente del Subcomisario Peire, a Santos Godino le faltó tiempo hasta para ponerse de pie.

Retrato de un homicida adolescente

Después de ser apresado, Santos Godino confesó cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinatos. Sin embargo, lo que más parecía irritar a la opinión pública era el cinismo, la morbosa lentitud con que historiaba sus crímenes. Horas después de entrar en la cárcel, le confiaba a la prensa: “muchas mañanas después de los rezongos de mi padre y de mis hermanos, salía de mi casa con el propósito de buscar trabajo, y como no lo encontraba tenía ganas de matar a alguien. Entonces buscaba alguno para darle muerte. Si encontraba a alguien chico me lo llevaba a alguna parte y lo estrangulaba”. Cuando se le preguntó si no estaba arrepentido de sus actos, contestó despreocupadamente que “sólo un momento tuve lástima de lo que hice. Anoche fui a la casa de Gerardo, a fin de saber lo que se decía de mí, y cuando vi al chico en el cajón me dieron ganas de llorar. después salí corriendo de la casa porque me dio miedo”.

En una primera instancia, Santos Godino fue declarado irresponsable y se lo recluyó en el Hospicio de las Mercedes, en el pabellón de alienados delincuentes. Allí mismo, tiempo después, el diario La Patria degli Italiani reprodujo un excepcional reportaje que el Doctor Vaccari le realizara al detenido:

“-Has dormido bien tranquilo, al parecer.

-Ahora duermo bien.

-¿Pero después de haber estrangulado a aquel niño?

-¡Ah!… la primera noche, no más. Me pasa así, después… nada.

-¿Y qué sentías la noche del delito?

-Nada… El muchachito me seguía embromando y le decía al padre:¡Papá, ha sido él, agárralo, ha sido él el que me ha matado!…

-Dime: ¿tu padre se embriagaba?

-Ahora hace un tiempo que no toma, pero antes siempre estaba borracho y le pegaba a mi madre.

-¿Tu madre viene a visitarte?

-No señor, tiene vergüenza.

-¿Cuántos delitos has cometido?

-Once, tres muertos y ocho lastimados (en realidad, los homicidios fueron cuatro. Aunque el cuerpo de una de las víctimas, enterrada bajo una casa cercana a la esquina de Rivadavia y Río de Janeiro, nunca fue encontrado).

-¿Qué sensaciones sientes cuando estrangulas?

-No sé… me gusta. A más, me da todo un temblor por el cuerpo que me sacude… Siento ganas de morder. Al chico ése le agarré con los dientes aquí, cerca de la boca y lo sacudía como hacen los perros con los gatos… Luego me da mucha sed. La boca, la garganta se me secan, me arden como si tuviera fiebre…”

Y más adelante, con algo de pudor, el Doctor añadía: “confesó el desgraciado que después de cada delito de sangre, sentía violentas sensaciones eróticas”.

“-¿Y porqué incendiabas las casas?

-Para ver trabajar a los bomberos. Siempre corría a ver los incendios y les daba una mano a los bomberos. Es lindo cuando caen en el fuego.

-¿Y robar?

-He probado, no me gusta. Ha sido un compañero mí que me ha enseñado, pero no me gusta”

El Doctor Vaccari observa que “se muestra contentísimo en mantener cierta higiene moral, quedando aislado de los compañeros de cárcel acusados de hurto”. (8)

“-Yo no trato con esa gente, son todos ladrones… Me quedo solo y de vez en cuando hablo con el vigilante.

-¿Nunca se te ha dado por estrangular a un hombre?

-Si lo hubiera encontrado dormido, ¿cómo no?”

“Y en aquellos ojos que reflejaban los fríos destellos del acero, pasaban las visiones de una escena que tanta satisfacción le había proporcionado -nos cuenta el doctor-. Francamente, es un ser que nos hace estremecer y al mismo tiempo nos da la más profunda piedad. Pero lo más característico en él es el desequilibrio en las facultades mentales, es la manera de apreciar las cosas. Por ejemplo: respecto al padre de su víctima, al oírlo, él teme la venganza del desdichado padre, no por el hecho de haber asesinado al niño, sino porque lo ha engañado”.

“Estoy contento de estar preso. No saldría sino acompañado por un vigilante. Ya todo el mundo me conoce. Y además, el padre del muchacho… ¡si me caza, me mata! ¡cómo lo he engañado!… Es que cuando me preguntó por su hijo le dije que no lo había visto y que lo buscara en la comisaría”.

“Confiesa con verdadera fruición -nos explica Vaccari- que se divertía en matar los caballos y en probar la sensación del hierro que se hunde y se retuerce en las carnes, y el recuerdo de estos espectáculos lo excita y entonces el mentón y el labio inferior se alargan y los dientes se cierran, la nariz se ensancha como si aspirase el olor característico de la matanza. Y en medio de ese desastre moral, un solo débil sentimiento de afectividad hacia la madre, de temor hacia el bastón del hermano mayor, quien, epiléptico como él, parece no mezquinar medidas enérgicas contra el precoz delincuente”.

“-¿Volverías a cometer otros delitos?

-No señor. Le doy demasiados disgustos a mi madre que tiene hasta vergüenza de mí”.

Y el reportaje se cierra con este diálogo:

“-¿Has llorado alguna vez?

-Sí señor, pero de rabia… Lloraba de rabia cuando se me escapaba alguna volada.

-Pero, ¿no te han inculcado algún principio religioso?

-Cómo no, si soy bautizado.

-¿Y no te han dicho que puedes ser castigado aún así?

-No sé; pero aquí me han dicho que soy enfermo, que me van a someter a un tratamiento… Entonces, ¿qué culpa tengo yo si no puedo sujetarme?”

“Una rebelde a la represión paternal””En la Ciudad de Buenos Aires, a los 5 días del mes de abril del año 1906, compareció una persona ante el infrascripto. Comisario de Investigaciones, la que previo juramento que en legal forma prestó, al solo efecto de justificar su identidad personal dijo llamarse Fiore Godino, ser italiano, de 42 años de edad, con 18 de residencia en el país, casado, farolero y domiciliado en la calle 24 de Noviembre 623. Enseguida expresó: que tenía un hijo llamado Cayetano , argentino, de 9 años y 5 meses, el cual es absolutamente rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos; que deseando corregirlo en alguna forma, recurre a esta Policía para que lo recluya donde crea oportuno y para el tiempo que quiera. Con lo que terminó el acto y previa íntegra lectura, ser ratificó y firmó. Fdos: FRANCISCO LAGUARDA, Comisario. -Fiore Godino”.”Se resolvió detener al menor Cayetano Godino y ser remitió comunicado a la Alcaidía Segunda División, a disposición del señor Jefe de Policía”.

Currículum Mortis

A finales de septiembre de 1904, Santos Godino lleva al pequeño Miguel Depaoli, de 17 meses, a las cercanías de las calles Humberto I y Liniers con el propósito de matarlo. Lo golpea, lo empuja violentamente contra unas pitas y le proporciona heridas de gravedad.

El 9 septiembre de 1908 conduce a Severino González Caló, de 2 años, a un corralón ubicado en Victoria y Muñiz, donde lo sumerge en una pileta para caballos. El propietario del lugar Zacarías Caviglia, descubre la tentativa pero Godino se defiende diciendo que el niño había sido llevado hasta allí por una mujer, de la que suministra señas particulares.

Seis días más tarde, el 15 de septiembre, en Colombres 632, quema con un cigarrillo los párpados de Julio Botte, de 22 meses de edad. Es descubierto por la madre de la víctima, pero alcanza a huir.

El 20 de noviembre del mismo año, se lleva de la esquina de Muñiz y Directorio a la niña Catalina Naulener. Busca un baldío por la calle Directorio, pero antes de encontrarlo la menor se resiste a seguir. Godino se descontrola y la golpea. Unos vecinos intervienen a tiempo y el Petiso Orejudo vuelve a huir. El 23 del mismo mes, en Deán Funes y Chiclana, intenta golpear a Carmen Gittone. Pero la víctima es amparada por los vecinos. El agresor consigue escapar.

En las inmediaciones de San Carlos y Loria, trata de matar a Ana Nera, de 18 meses, pero es sorprendido por un agente. Godino manifiesta haberla encontrado en esa situación y miente haber querido liberarla.

Cayetano Santos Godino pasa un tiempo recluido en el correccional de San Marcos y recupera su libertad en diciembre de 1911.

En enero de 1912 asesina al menor Arturo Laurora, domiciliado en Cochabamba 1753. el crimen es consumado en una casa abandonada de la calle Pavón 1541.

La tarde del 7 de marzo del mismo año, frente a un local ubicado en Entre Ríos 322, prende fuego al vestido que lleva puesto la menor Benita Vainicoff, y sale huyendo. Poco después la niña muere a causa de las quemaduras.

El 8 de noviembre de 1912 intenta asesinar a Carmelo Russo, a quien se encuentra con los pies atados y semiasfixiado por un cordón que le envuelve el cuello. En esta oportunidad, el Petiso Orejudo es detenido por sospechoso y finalmente liberado por falta de mérito.

El 3 de diciembre secuestra y mata al niño Giordano en la quinta de Moreno. En la madrugada del día siguiente, Godino es apresado por la policía.

Una vez detenido confiesa los crímenes citados y, además, asegura que en 1906, unos días antes de que su padre lo denunciara por mala conducta, había enterrado viva a una menor de 2 años en un terreno baldío. Las autoridades se trasladan hasta el lugar pero se encuentran con que se había edificado una casa de dos pisos. La historia no pudo ser corroborada; sin embargo, los archivos policiales registran una denuncia por desaparición con fecha 29 de marzo de 1906, tomada en la comisaría 10ª. La niña desaparecida se llamaba María Roca Face, tenía 3 años y nunca fue encontrada. Como los padres volvieron a Italia, la confesión nunca pudo confirmarse.

Según el prontuario policial, “no demuestra ningún arrepentimiento por sus actos, conserva la mayor lucidez y demuestra satisfacción al narrarlos. Refiere que es onanista y que nunca ha tenido trato con mujeres, pero que la vista de ellas le es agradable. Es bebedor de alcoholes fuertes. No tiene instrucción, es analfabeto pero sabe firmar; posee buena memoria”.

A Godino el fuego le encantaba. Hasta diciembre de 1912 había provocado los siguientes incendios: en la estación de tranvías Anglo Argentina, Estados Unidos 3360; una fábrica de ladrillos, Garay 3129; en un corralón de maderas, Carlos Calvo 3950; en un corralón ubicado en Corrientes y Pueyrredón.

El irresponsable

Cuando el Petiso Orejudo, internado en el Hospicio de las Mercedes, atentó contra dos pacientes (9), la ciudad volvió a dar un respingo. Se difundió de nuevo un miedo paranoico. La voz pública se alzó para alertar sobre el peligro de una posible fuga (10), y se reclamó para el asesinato o confinamiento carcelario definitivo. La gente quería verlo lejos, desactivado, muerto si hubiese sido posible (11). Pero el principal estorbo para encarcelar a Godino era, justamente, el resultado de los informes médico-legales. Las conclusiones de los Doctores Negri y Lucero fueron las siguientes:

1. El sujeto es un alienado mental e insano o demente en las acepciones legales.

2. Es un degenerado hereditario, imbécil, que sufre de locura moral, por definición, muy peligrosa.

3. Es irresponsable.

Por su parte, los Doctores Esteves y Cabred concluían que:

1. Cayetano Santos Godino se hallaba atacado de alineación mental.

2. Su alineación mental revestía la forma de imbecilidad.

3. Su imbecilidad era incurable.

4. Era totalmente irresponsable de sus actos.

5. Presentaba numerosas anomalías físicas y psíquicas.

6. Carecía de condiciones para el trabajo disciplinado.

7. Tenía noción de responsabilidad de sus actos, lo cual se observa en muchos alienados.

8. Su impulso era consciente y extremadamente peligroso para quienes lo rodeaban.

9. Debía permanecer indefinidamente aislado en el Hospicio de las Mercedes, en la sección de alienados llamados delincuentes o en una sección de esa clase que se establezca en un sitio especial para idiotas.

Basándose en estos exámenes, el Juez Doctor De Oro decidió declararlo irresponsable, con lo cual se hacía legalmente su encarcelamiento. En noviembre de 1914, el Juez de Sentencia Doctor Ramos Mejía absolvió al Orejudo y ordenó la remisión de los informes médicos a la justicia civil para formalizar su internación por tiempo indefinido. Los móviles meramente sensuales y la crueldad gratuita de Godino produjeron en la sociedad una mezcla de indignación y desconcierto. El caso, que no registraba precedentes locales, tenía vértices desconocidos que impedían enmoldarlo en patrones convencionales de criminalidad. Esa desorientación, asombrosamente, se observa también en los informes médicos que, apoyados en la psiquiatría de aquella época (12), determinaron la resolución de la justicia: y en ciertos argumentos (legítimos pero inexactos y a veces hasta pueriles) esgrimidos por la prensa (13).

Finalmente, el 12 de noviembre de 1915 la Cámara de Apelaciones se reunió y, por unanimidad, resolvió que Cayetano Santos Godino fuera confinado (mientras no hubiera asilos adecuados) a una penitenciaría por tiempo indeterminado.

«Otros también lo hacen»

Doctores: ¿Es usted un muchacho desgraciado o feliz?

Godino: Feliz.

Doctores: ¿No siente usted remordimientos de conciencia por los hechos que ha cometido?

Godino: No entiendo lo que ustedes me preguntan.

Doctores: ¿No sabe usted lo que es el remordimiento?

Godino: No señores.

Doctores: ¿Siente usted tristeza o pena por la muerte de los niños Giordano, Laurora y Vainicoff?

Godino: No señores.

Doctores: ¿Piensa usted que tiene derecho a matar niños?

Godino: No soy el único; otros también lo hacen.

Doctores: ¿Por qué mataba usted a los niños?

Godino: Porque me gustaba.

Doctores: ¿Por qué buscaba usted los terrenos baldíos o una casa deshabitada para cometer sus atentados?

Godino: Porque así nadie me veía.

Doctores: ¿Por qué huía usted después de matar a los niños y de producir los incendios?

Godino: Porque no quería que me agarrara la policía.

Doctores: ¿Con qué objeto fue usted a la casa del niño Giordano el mismo día que lo mató?

Godino: Porque sentía deseos de ver al muerto.

Doctores: ¿Con qué objeto le tocó usted la cabeza al muerto?

Godino: Para ver si tenía el clavo.

Doctores: ¿Piensa usted que será castigado por sus delitos?

Godino: He oído decir que me condenarán a veinte años de cárcel y que si no fuera menor de edad me pegarían cuatro tiros.

Doctores: ¿Se animaría usted a matar algunos niños o idiotas del Hospicio de las Mercedes?

Godino: Sí señores.

Doctores: ¿En qué paraje los mataría?

Godino: En la quinta del establecimiento, porque así no me verían.

Doctores: ¿Cómo haría usted para matarlos?

Godino: Les pegaría con un palo en la cabeza y lo dejaría al lado del niño para hacer creer que el palo se le había caído por casualidad en la cabeza.

Doctores: ¿Dónde le gustaría a usted más vivir: en este asilo o en la cárcel?

Godino: En la cárcel.

Doctores: ¿Por qué?

Godino: Porque aquí están todos locos, y yo no soy loco.

El frío del final

La Cárcel de Ushuaia, que por entonces albergaba a unos novecientos reclusos, fue construida por el ingeniero Castello Muratgia en el año 1885. rústica, enclavada en un paisaje agresivo, cruzada por vientos antárticos y lejos de todas partes, constituía la prisión más segura del país. Fugarse de aquella cárcel significaba morir inexorablemente de hambre, de frío o de cansancio. A ese presidio fue a parar Santos Godino.

Para dar una idea del trato al que estaban sometidos aquellos presos, transcribo a continuación un fragmento de la carta que el médico del penal, Doctor Guillermo Kelly, le enviara a su amigo Frank Soler, en 1932: “En pleno siglo XX, en el segundo establecimiento penal de la progresista república, se han roto huesos, se han retorcidos testículos, se ha castigado a los presos con tremendas cachiporras de alambre y con frecuencia en las espaldas, para volverlos tuberculosos, y mil salvajadas más”.(14)

Así pasó el resto de sus días el condenado Godino. De su vida de recluso se supo poco. Apenas alguna anécdota, algún hecho curioso, como el siguiente: en 1933, el criminal morboso, la criatura sin lástima que había masacrado querubines, el infanticida que había quemado párpados y estrangulado, consiguió detonar la furia de los presos recién cuando mortificó al gato mascota de la sección carpintería. Eso sí ya les resultó intolerable, y lo golpearon; le pegaron tanto que tardó más de veinte días en salir del hospital.

También confusas las circunstancias de su muerte, ocurrida en el penal de Ushuaia en 1944. Hasta entonces, había sido maltratado y, con frecuencia, violentado sexualmente. Sobrellevó los días largos y repetidos de la cárcel, sin amigos, sin visitas y sin cartas; descarnadamente solo en ese vértice hostil del mundo.

Murió sin confesar remordimientos, sin comprender que había sido la monstruosa encarnación de una pesadilla colectiva.

NOTAS

1, 2 Y 3. DE QUINCEY, THOMAS, Del asesinato considerado como una de las bellas artes, Madrid, Alianza Editorial, 1985, 120 pp.
4 Se trata de la calle que desde 1928 lleva el nombre de Pedro Echagüe. Actualmente, un tramo se llama Cátulo Castillo.
5 Este fragmento periodístico, y los que siguen, pertenecen al diario La Prensa del 4 de diciembre de 1912. no se apeló a otros medios, para conservar la misma unidad tonal, y porque (y esto es lo más importante), al ser atrapado, el asesino llevaba en el bolsillo este recorte.
6 En el prontuario, publicado parcialmente por Centro Editor, en los reportes de El Diario, y en notas de la revista Mundo Policial, la víctima figura como Jesualdo Giordano. Este trabajo, sin embargo, se vale del nombre que le asignó La Prensa para evitar confusiones.
7 BASETTI, R.L., Mundo Policial, Galería del Crimen, Buenos Aires, 1972.
8 De Quincey solía bromear con esta subversión. Decía que “si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.
9 Uno de los pacientes se llamaba Felipe Cervinara y estaba enfermo y débil, y era incapaz de defenderse. El otro, de nombre Tomás Hull, era paralítico. (BASETTI R.L., op. Cit).
10 El hospicio resultaba inseguro y, por el momento, no existían “manicomios criminales”.
11 Su minoridad lo eximía de la pena de muerte prevista en las leyes penales.
12 No sé si decir “rudimentaria”, pero basta recordar las expresiones “locura moral” o “degenerado hereditario”, utilizadas en el informe médico, para comprender que los instrumentos de aquella psiquiatría “prehistórica”, resultaban, por lo menos, insuficientes.
13 “Únicamente su degeneración es motivada por el alcohol y otros vicios que le debilitan cada vez más su sistema nervioso. Un epiléptico incurable que sería digno de ser conservado en un manicomio criminal”. (De La Patria degli Italiani, en ocasión del pronunciamiento del juez).
14 CÚNEO, CARLOS. Las Cárceles, Centro Editor, Buenos Aires, 1971.

 


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