Cayetano Galeote Cotilla

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Cayetano Galeote Cotilla

El cura Galeote

  • Clasificación: Asesino
  • Características: El cura que mató por «honor» al primer Obispo de Madrid
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 18 de abril de 1886
  • Fecha de detención: Mismo día
  • Fecha de nacimiento: 1839
  • Perfil de las víctimas: Monseñor Narciso Martínez-Vallejo Izquierdo, de 56 años, primer obispo de Madrid
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: condenado a muerte el 9 de octubre de 1889 por el Tribunal, sentencia que confirmó el Supremo pero que se sustituyó por su ingreso en un centro para enfermos mentales de Leganés, donde falleció el 3 de abril de 1922
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Cayetano Galeote

Cayetano Galeote Cotilla (Vélez Málaga, 1839? – Leganés, Madrid, 3 de abril de 1922) fue un sacerdote católico que pasó a la historia por asesinar en abril de 1886 a su propio obispo, don Narciso Martínez Izquierdo, primer prelado de la recién creada diócesis de Madrid-Alcalá.

Tras ser ordenado sacerdote, Galeote fue destinado a Madrid, entonces aún perteneciente a la inmensa archidiócesis de Toledo. Tras unos años de servicio en Puerto Rico y en Fernando Poo, regresó a Madrid en 1880. Por estas alturas vivía ya amancebado con una mujer a la que llamaba «sobrina». Su carácter difícil y en ocasiones agresivo, unidos a su codicia, provocaban que tuviese que mudar constantemente de destino pastoral, así como de domicilio (siempre en compañía de su sobrina).

En 1885 llega Martínez Izquierdo a Madrid, como primer obispo de la nueva diócesis recién creada. El prelado se propuso imponer orden y disciplina eclesiástica en un clero que tenía triste fama por lo relajado de sus hábitos, y Galeote no tardaría en caer: el rector de la capilla donde trabajaba en aquel momento aprovechó para quitárselo de encima.

Posteriormente el obispo aprobó la destitución, y trató infructuosamente de convencer a Galeote para que aceptara un nuevo destino. Sin recursos, y sintiendo que había sido víctima de una injusticia, el rencoroso sacerdote decidió que el propio obispo lo pagaría.

El Domingo de Ramos de 1886, por la mañana, esperó a don Narciso en la escalinata de la Catedral de San Isidro, donde el prelado iba a celebrar la misa solemne. Allí, ante cientos de testigos, le descerrajó tres tiros con una pistola que (según declararía más tarde) llevaba siempre consigo desde su estancia en Puerto Rico. Mortalmente herido, el obispo falleció al día siguiente, 19 de abril de 1886.

Su juicio fue muy polémico, por las pasiones desatadas. Condenado a muerte a finales del mismo año 1886, la presión de la prensa hizo que se solicitase un nuevo informe médico, que le declaró en diciembre de 1887 la insanidad mental. Conmutada la pena de muerte, fue recluido a perpetuidad en el manicomio de Leganés, donde permaneció durante más de tres décadas, hasta su fallecimiento.

Wikipedia.org


El cura malagueño que mató por «honor» al primer Obispo de Madrid

M. José Garde – ABC.es

28 de marzo de 2015

El 18 de abril de 1886 era Domingo de Ramos y el sacerdote Cayetano Galeote, nacido en Vélez Málaga, esperó a las diez de la mañana a las puertas de la colegiata madrileña de San Isidro al primer obispo de Madrid, Narciso Martínez-Vallejo Izquierdo, y le disparó tres tiros a bocajarro sin ocultarse de los fieles. El autor de aquella acción moriría años después, en 1922, en un manicomio, convencido de que su acción fue un acto de «honor».

«¡Ya estoy vengado!», gritó el cura tras el asesinato que convulsionó a la Iglesia de la época, que acababa de nombrar al prelado para poner orden en la diócesis y no encontró otra respuesta que la locura como la razón última del magnicidio.

Así se expresa el historiador Francisco Montoro, paisano del sacerdote, que ha recogido nuevos testimonios históricos en el libro «El cura Galeote. La verdadera historia del cura de Vélez-Málaga que mató al obispo de Madrid», presentado este jueves en la Cámara de Comercio de Málaga.

Montoro asegura que Cayetano fue educado por su padre con el honor como lo más importante en la vida. El cura padecía además una sordera que se fue agravando con el tiempo y que lo convirtió en un hombre «suspicaz» en exceso y algo raro.

«Su personalidad recordaba un poco el espíritu de los duelistas» y estaba convencido de que si se podía matar para defender la vida, por qué no para defender el honor. «En caso de duda que sea Dios quien decida», era su pensamiento, según Montoro.

La psiquiatría y los procesos judiciales

Hasta el punto se obsesionó que hizo responsable al obispo de sus problemas con el rector de su capilla, la del Cristo de la Salud, el padre Vizcaíno. Galeote había enviado varias cartas al obispo pidiendo que «impusiera justicia», porque no se sentía respetado por su superior, pero no la obtuvo y concluyó que el obispo «se tomaba a chifla» sus preocupaciones. Un día antes del asesinato llevó personalmente una copia de esas cartas al director del rotativo «El Progreso».

El carácter republicano de este periódico alimentó los rumores de un «complot» en la muerte del obispo, hombre con fama de emplear «mano dura» y cuyo objetivo era poner orden en la diócesis. Tras el asesinato, el cura malagueño fue condenado a muerte el 9 de octubre de 1889 por el Tribunal, sentencia que confirmó el Supremo pero que se sustituyó por su ingreso en un centro para enfermos mentales de Leganés, donde falleció a los 83 años.

El historiador aporta en esta obras nuevos datos sobre la familia del cura, los informes médicos presentados al juicio y una publicación inédita hasta ahora, obra del padre de los hermanos Antonio y Manuel Machado; «La Iglesia y Galeote. Dos procesos por Demófilo», de 1886. Según Montoro, ante la magnitud del escándalo, fue la propia la Iglesia la que logró la intervención de la Academia de Medicina para conseguir internar al cura y hacerlo pasar por loco.

El suceso fue muy seguido por la prensa nacional e internacional, y Benito Pérez Galdós le dedicó un libro titulado «El crimen de la calle Fuencarral. El crimen del cura Galeote». El proceso contra el sacerdote sirvió para que la psiquiatría se abriera paso en España en los procesos judiciales. «Hasta entonces no era considerada por los jueces», asegura el historiador Montoro.

El último informe forense sobre el cura aseguraba que padecía «monomanía de persecución en su tercer periodo», calificación que sirvió para encerrarlo de por vida.


El cura que mató al primer obispo de Madrid en 1886

Carlos Viñas-Valle – Madridafondo.blogspot.com

5 de marzo de 2013

«No soy asesino, no, no. El obispo matose a sí mismo. Mi honra está reparada. Cuando divisé el coche, como arrastrado por una fuerza irresistible, me abrí paso, llegué hasta el obispo y disparé sobre él maquinalmente dos o tres veces sin advertir lo que pasó después».

Esta declaración la había realizado el cura Cayetano Galeote Cotilla ante el tribunal que lo juzgaba por haber asesinado de tres tiros de revólver por la espalda al primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá, Narciso Martínez Izquierdo, en el momento en el que, tras descender de su carruaje, subía los peldaños de entrada a la iglesia-catedral de San Isidro de la calle Toledo, donde iba a oficiar la misa. Ocurrió el 18 de abril de 1886, Domingo de Ramos. Galeote, nada más ver abatido al obispo, exclamó: «¡Ya estoy vengado!». Los guardias evitaron lo que hubiera sido natural linchamiento popular.

«Vine a Madrid el 21 de diciembre de 1879. La primera iglesia donde celebré fue la del Santo Cristo de San Ginés. Fueron unos tres meses. La segunda, en el Convento de la Encarnación, durante unos cuatro años, desempeñando con puntualidad este cargo y asistencias gratuitas» (Cayetano Galeote)

En la foto del encabezamiento con barbas blancas, gorra y su considerable estatura, puede verse por primera y última vez al famoso cura, diez años antes de fallecer. No hay posibilidad de ninguna otra foto, al menos por medios convencionales. Se dijo en la prensa de la época que siempre había sido hombre irascible, violento y malhumorado, acaso provocado por ser casi sordo por una enfermedad contraída.

Benito Pérez Galdós, que consiguió entrevistarse con Galeote en la prisión o en el manicomio, muy influido por las malas y duras impresiones que circulaban, pintó a un personaje casi infernal, irreal, como si no existiera otro peor en el mundo: «Parece una fiera enjaulada, balanceándose con un movimiento semejante al de los cuadrúmenos aprisionados. Soberbia extraordinaria, temple moral completamente depravado y un natural quisquilloso, levantisco y rebelde a toda disciplina».

Un cura peculiar

El cura Galeote era natural de Vélez, Málaga. Nació en 1839 y falleció en abril de 1922 en el Manicomio de Leganés. Tenía a la sazón 47 años cuando cometió el crimen. Era delgado y alto. Se hizo cura en el seminario de Málaga, y como coadjutor ejerció en su pueblo de Vélez. Nunca pudo confesar a nadie a causa de su mermada capacidad auditiva.

Fue destinado a Madrid, pasando por varias iglesias relevantes. Se fue cinco años a Puerto Rico de donde regresó en 1880 a Madrid, donde llevó una vida errante de parroquia en parroquia con cometidos menores y mal pagados, y los desprecios y humillaciones a que era sometido a su juicio, lo que no hay por qué negar.

En todas las parroquias por las que pasó tuvo amonestaciones y llamadas al orden, aunque los motivos no están nada claros. En realidad no se supo nunca cuáles eran los excesos y desmanes que le atribuyeron. Una prueba es la carta de diciembre de 1885, escrita a Nicolás Vizcaíno, su mayor enemigo, rector de la capilla del Cristo de la Salud, en la que le decía que no estaba dispuesto «a tolerar más la extraña e injustificada conducta que desde hace algún tiempo observa usted conmigo.» En el juicio también se habló de su monomanía o manía persecutoria.

Narciso Martínez Izquierdo (1830-1886) falleció en su casa un día después. El informe médico confirmaba la gravedad de los impactos: «El obispo presentaba una herida en el hipocondrio derecho, habiendo atravesado la bala el borde inferior del hígado, lesionando o produciendo conmoción en la médula, a juzgar por las falta de movimiento de los miembros inferiores y carencia en ellas de sensibilidad. La falta de paralelismo de los bordes del trayecto de la herida hizo infructuosa la exploración con el estilete, ignorándose realmente la implantación y hasta la dirección del proyectil.

Además, presentaba otra herida en el muslo derecho, entrando el proyectil por la aparte posterior, siguiendo la dirección de abajo arriba y de atrás adelante, quedando implantado en la parte anterior del muslo, el cual se extrajo haciéndole una incisión de 4 cm de longitud por un centímetro de profundidad. En el brazo derecho presentaba una contusión. No perdió el conocimiento en ningún momento ni exhaló una sola queja durante las operaciones que sufrió.»

¿Móviles de la acción criminal de Galeote? Ninguno ni remotamente. Galeote lo asesinó por nada, y habría que llegar a conclusión simple de que fue porque el obispo no daba respuesta a las airadas cartas que le enviaba de cuando en cuando.

Palabras del fiscal: «Los hechos que se han relatado constituyen los delitos de asesinato y atentado. El acusado ha tenido en estos hechos la participación de autor. Concurriendo la circunstancia calificativa de alevosía y la agravante genérica de premeditación, sin ninguna atenuante ni menos eximente. Por tanto, el procesado D. Cayetano Galeote ha incurrido en la pena de muerte».

Testimonio de Cayetano Galeote en el juicio

«Cuando llegué a Madrid empecé a decir misa en la Capilla del Santísimo Cristo de San Ginés. Allí me daban dos pesetas por cada misa, como a todos los sacerdotes forasteros y transeúntes. Así estuve cuatro años. Estaban conmigo muy contentos y satisfechos, no solamente porque cumplía con exactitud, sino porque me tenían siempre dispuesto a asistencias gratis. De esta manera vivía bien, porque estaba libre e independiente.»

«El P. Vizcaíno era el rector con quien me llevaba bien, incluso me prestó 50 duros para socorrer a mi familia cuando hubo un terremoto. Luego hubo varios incidentes cuando me quitaron la misa. Aquello fue una bofetada para mí. Vi mi honra y dignidad hollada porque no se me daban explicaciones sobre mi separación. Yo le pedí una orden por escrito para quejarme a mi prelado. Fui a ver al señor obispo explicándole que tenían el propósito de echarme de la capilla. Advertí que diría misa en el altar mayor o promovería un escándalo.»

«Tuve la idea de darle un tiro al P. Vizcaíno. Pero como el obispo no me hizo caso, le hice responsable a él, así que me fui con mi revólver a ver si pasaba el coche en que iba el obispo. Pero no lo encontré. Llegó el Domingo de Ramos y me fui a la Catedral. Llegó el obispo, me apoyé en una columna, aparté a la gente, saqué el revólver y sin apuntar, pin…pin…pin, le disparé por la espalda. Luego me quise matar con el mismo revólver, pero me cogieron por los brazos y me llevaron a la cárcel.»

En otra de sus airadas intervenciones, manifestó: «Quien defiende la honra cumple can su dignidad. Si lo insultaran (refiriéndose al fiscal) se defendería con una pistola.» El fiscal responde con un no tajante, a lo que Galeote contesta: «Entonces Dios le ha dado la virtud del mártir, que me ha negado a mí.» Galeote declaró que había avisado al obispo en más de un ocasión por carta de «que necesitaba la reparación de mi honra.»

Los frenópatas salvaron a Galeote del garrote vil

El atentado llevó a Cayetano Galeote a la pena de muerte, pero finalmente se evitó al prosperar por primera vez en un juicio una serie de informes psiquiátricos que pudieron demostrar su demencia, por lo que se determinó recluirlo a perpetuidad en el Manicomio de Leganés, donde falleció en 1922.

Era el primer condenado en España que se libraba de la pena máxima o de la prisión por su estado mental. Nunca antes habían sido admitidos testimonios médicos de esa índole, solicitados hábilmente por el abogado defensor de Galeote, que llevaron a la reflexión a algunos intelectuales como Benito Benito Pérez Galdós:

«Tenemos pues, a Galeote sometido, no a una corrección penitenciaria, sino a un tratamiento médico. Supongamos que este es tan hábil que el enfermo cura. Pues bien; restablecido Galeote de la enfermedad que le impulsó a dar muerte al obispo, no hay ley ninguna que le pueda retener en la clausura del manicomio.»

«A esta serie de consideraciones hipotéticas se contesta que Galeote debe ser encerrado en un manicomio a perpetuidad; pero no hay manicomios penitenciarios. La justicia moderna, aliada con la frenopatía, debe empezar por crearlos. Y si los crea, ¿no es absurdo que se tenga encarcelado a un hombre después de haber recobrado la razón? Si se sostiene la necesidad de los manicomios penales, se reconoce que hubo responsabilidad en el loco que cometió un crimen, pues de otro modo no sería justa la reclusión perpetua».

Luis Simarro, ilustre médico frenópata, gran amigo de Juan Ramón Jiménez, era partidario del degeneracionismo físico como causante del delito, según las corrientes en boga en Francia desde mediados del siglo XIX.

Su exposición fue determinante para salvar al cura. Simarro indicó que Cayetano Galeote padecía una enfermedad degenerativa en los campos antropológico y clínico, cuyos términos y supuestos sorprenden enormemente hoy a cualquiera. No es para menos decir que tras el examen del cráneo del cura, lo encontró raquítico y degenerado, más pequeño que los normales y cercano al de los imbéciles.

Otros rasgos degenerativos a su juicio eran la pequeñez de su corazón, la estrechez de la pupila, su sordera, tartamudez, la gran memoria, la insistencia y tenacidad que demostraba en todos los asuntos. Es decir, que según esas apreciaciones, Galeote era un monstruo de la naturaleza abocado a matar a los demás sin motivos, por lo que había que considerarlo un enfermo muy especial.

José María Escuder, también frenópata, contó ante el tribunal que se había ido al pueblo natal de Vélez y que se dedicó a estudiar a 67 de los familiares y antepasados del clérigo, todos ellos relacionados con enfermedades prototípicas de degeneración física, como la apoplegía, la epilepsia y la histeria entre otras cosas.

Ofensiva para legitimar la psiquiatría

Ricardo Campos Marín, científico titular del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC de Madrid, analiza hoy aquella situación de hace más de un siglo:

«El proceso del cura Cayetano Galeote, asesino del Obispo de Madrid-Alcalá, constituye un buen ejemplo de la ofensiva para legitimar la psiquiatría. El caso reunió todos los elementos necesarios para este fin: un trasfondo de morbo social determinado por la propia naturaleza del crimen; una enconada pugna entre el poder judicial y el alienismo para dirimir si el reo debía subir al patíbulo o ser internado en un manicomio; la utilización del degeneracionismo y de la antropología criminal como sustento de los argumentos de los peritos de la defensa, lo que era prácticamente una novedad; la celebración pública del juicio con presencia tanto de la prensa que daba cumplida cuenta el desarrollo del mismo como del público que acudía a la vista movido por la curiosidad.»

«Todo ello con el trasfondo de un debate social, que se estaba desarrollando desde 1881 en diversas instancias académicas y culturales sobre la naturaleza de la enfermedad mental, del crimen y sobre la existencia o no del libre albedrío.»

«El objetivo de aquellos frenópatas, como ellos mismos se denominaban, era aprovechar la magnífica plataforma publicitaria que les brindaban esos procesos criminales para dar a conocer a la opinión pública y a los magistrados los avances científicos de la psiquiatría y encontrar así la legitimación social necesaria para conseguir su implantación y reconocimiento como disciplina científica.»

«Para ello, tuvieron que enfrentarse abiertamente con los juristas y poner en entre-dicho los dos pilares sobre los que se erigía el derecho penal: la responsabilidad individual y el libre albedrío. El resquicio que encontraron para extender su acción fueron los artículos del Código penal, que contemplaban la posibilidad de que determinados actos criminales podían ser cometidos por individuos que estaban privados o limitados en el uso de sus facultades mentales y en el ejercicio de su libertad moral.»

También Fernando Álvarez Uría, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid: «El diagnóstico de la locura de Cayetano Galeote, corroborado por el informe de la Real Academia de Medicina, constituyó una pieza clave en las sucesivas victorias de los alienistas que iban acompañadas de la ampliación de su zona de influencia.»


Cayetano Galeote: El honor de un cura

Por César Tomé – Culturacientifica.com

27 de marzo de 2017

El obispo Narciso Martínez Izquierdo había nacido 1830 en Pineda de la Sierra, Guadalajara. El cura Cayetano Galeote Cotilla había nacido en 1841 en Vélez Málaga. Sus caminos se encontraron el 18 de abril de 1886, Domingo de Ramos, en la escalinata de entrada a la Catedral de San Isidro de Madrid.

De esta manera, una vida disoluta, un obispo estricto, un asunto de política eclesiástica y una cuestión de honor acabaron en un asesinato. En esa fecha y en ese lugar, el cura Galeote disparó tres veces contra el Obispo Martínez Izquierdo que, atendido en el sitio, fue llevado al hospital y falleció al día siguiente.

Narciso Martínez Izquierdo venía de una familia de labradores que, como era habitual en la época, mandaba a uno de sus hijos al seminario pues era la mejor manera de alimentarlo y educarlo sin muchos gastos. Pero el joven Narciso hizo una brillante carrera en la Iglesia y llegó a Obispo de Salamanca en 1874 y a Obispo de Madrid en 1885. Además, participó en política y fue diputado carlista en 1871 y 1873, y senador en 1876 y 1881.

Dadas sus opiniones fuertemente conservadoras, se opuso a la libertad de cultos en la Constitución de 1886 y a la instauración del matrimonio civil en los debates en las Cortes en 1881. Era muy estricto en cuanto al comportamiento del clero, lo que no le hizo muy popular entre algunos de sus administrados.

Cuenta Benito Pérez Galdós que, nada más ser nombrado Obispo de Madrid, inició una campaña contra la corrupción en el clero y, entre otras cosas, obligó a los sacerdotes a inscribirse en una sola iglesia y, así, terminar con el sistema de misas diarias dobles, triples o cuádruples que seguían muchos curas para aumentar sus ingresos pues se cobraba por misa celebrada. Los que no cumplían veían como el Obispo les retiraba la licencia para celebrar la misa.

Cayetano Galeote Cotilla, natural de Vélez Málaga, provenía también de familia pobre que con dificultad alimentaba a sus seis hijos. El niño Cayetano, con pocos años, enfermó de otitis bilateral y de ello le quedó la sordera de un oído para toda su vida. Al acabar sus estudios de sacerdocio, fue destinado un tiempo en Madrid, luego en Puerto Rico durante cinco años y, además, fue capellán castrense en Fernando Poo. En 1880 regresó a Madrid y se inició el drama que aquí contamos.

Un «cura suelto, sin oficio ni beneficio»

El cura Galeote era un sacerdote inestable que cambiaba a menudo de parroquia en busca de mayores ingresos. Era lo que denominaba un «cura suelto, sin oficio ni beneficio», iba donde más y mejor pagaban una misa. Sordo desde niño, de mal carácter, violento e irascible, fue descrito por un compañero de colegio como «un verdadero epiléptico».

Finalmente, era notorio y público que, en sus numerosos cambios de domicilio le seguía siempre su ama de llaves, su «sobrina», Doña Tránsito Durdal, de 33 años y natural de Marbella, con quien parece ser vivía amancebado. En el juicio se utilizó, en este sentido, el hecho demostrado de que en la casa del cura sólo había una cama.

Esta mujer es, quizá, la figura misteriosa de este drama. Según Pérez Galdós, «no es una mujer vulgar.» De figura esbelta, fisonomía inteligente y modales corteses, los que la vieron la describen como de unos treinta años, «guapetona, alta, ojos negros, boca grande y conjunto agradable.» Acompañaba al cura Galeote cuando en 1880 regresó a Madrid desde Fernando Poo. Cómo se encontraron e iniciaron su vida en común y de qué tipo de era esa vida, todos son misterios cuya respuesta sólo se vislumbró en el juicio y en las crónicas de la prensa.

Según su declaración, el cura Galeote disparó contra el Obispo como reparación de su honra mancillada y para hacerse justicia. Todo comenzó con una disputa con el cura Vizcaíno, Rector de la Capilla del Cristo de la Salud. Galeote consideró, quisquilloso a más no poder como era, que Vizcaíno le había retirado el saludo y no le trataba con la educación debida. Además, prohibió a Galeote cantar misa en la Capilla, prohibición que Galeote ignoró. La Junta de la Capilla le destituyó y Galeote se sintió insultado, además de perder unos buenos ingresos.

Indignado, Galeote se entrevistó o escribió al Obispo, a su secretario, a su confesor, al Nuncio y a algún que otro político. Cada vez más insolente y amenazador, más tarde confesó que había acechado, con el revólver cargado, al cura Vizcaíno y al Obispo. Y el 18 de abril, Domingo de Ramos, cumplió sus amenazas.

En el juicio no se debatió en absoluto sobre la culpabilidad del cura Galeote pues medio Madrid le había visto disparar al Obispo y, además, él mismo se apresuró a confesar el crimen. Lo que se discutió fue su responsabilidad, o sea, si en el momento de los hechos era dueño de sus actos o era un loco rematado y, por lo tanto, irresponsable.

Teorías degeneracionistas del delincuente

Uno de los psiquiatras que le examinó le describe como «un hombre de carácter violento, poco humilde, tenaz, de imaginación excitable, cargante, iracundo, acalorado, pronunciadamente nervioso, receloso, acusador, insultador, raro, extravagante; es decir, un sacerdote imposible y que no atendía a razones.»

Y este mismo psiquiatra, partidario de las teorías degeneracionistas del delincuente promovidas por Cesare Lombroso en las que el aspecto físico revela las cualidades mentales, hace una descripción de Galeote realmente impactante: «es un hombre de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, de cráneo chico, cara larga, frente cuadrada, estrecha y oblicua, quijadas pronunciadas, cuyos dientes salen unos hacia el paladar, y otros divergen empujando el belfo lo que le impide cerrar bien los labios, por entre los cuales despide espumarajos de saliva cuando se excita.» Y así sigue el psiquiatra durante varios párrafos de los que aquí nos vamos a librar.

Más sencillo es Pérez Galdós al describir al cura Galeote. Es «de nariz pequeña y corva, la boca muy grande y muy separada de la nariz, los ojos negros y vivos, la frente despejada.»

En resumen, para los psiquiatras de la defensa, Galeote es un paranoide con delirio persecutorio. Realmente, en el juicio tuvo una conducta sorprendente. Uno de los psiquiatras que leyó su informe al tribunal fue un joven médico llamado Jaime Vera, con un trabajo profundo, directo, preciso y, se agradece, comprensible para cualquiera.

Según el corresponsal de El Socialista, una vez leyó el informe, Galeote, entusiasmado, «le alzó en sus robustos brazos, como quien alza una pluma, y le paseó triunfalmente alrededor de la sala, en medio de la estupefacción de todos.» En realidad, Galeote no quería que le declarasen loco; aseguraba que su crimen era por su honor, que el Obispo le «trató como a un perro» y que «matose a sí mismo» y, así, su honra quedó reparada.

Cada vez que su abogado defensor hablaba de su locura, el cura protestaba enérgicamente. Pero nadie le hacía caso. Benito Pérez Galdós, que asistió al juicio como periodista y corresponsal, vio en el acusado, como el resto de la prensa, a una persona extraña, enérgica y de rara conducta.

Así lo describe: «el reo se ha permitido las mayores extravagancias, ya desconociendo la autoridad del presidente, ya interrumpiendo a cada instante las declaraciones de los testigos; pasando bruscamente del llanto a la ira, siempre agitado y nervioso, sus palabras, sus apóstrofes, ora epigramáticos, ora terribles, han excitado vivamente el interés público.» Galdós, finalmente, se pregunta, «y en resumidas cuentas, ¿está loco o no?»

El cura Galeote fue condenado a muerte el 9 de octubre de 1886. Sin embargo, su rara conducta en la cárcel llevó al tribunal ordenar un nuevo reconocimiento a una comisión formada por seis médicos, que dictaminó delirio persecutorio. Este informe fue ratificado por la Real Academia de Medicina el 3 de diciembre de 1887. El reo fue encerrado en el manicomio de Leganés donde murió en 1922.


El cura Galeote y su sobrina doña Tránsito

Martinolmos.wordpress.com

17 de octubre de 2015

Al obispo de Madrid le mató un cura por una misa de dieciocho reales.

«Galeote parece una fiera enjaulada, balanceándose con un movimiento semejante al de los cuadrúpedos aprisionados.»

Benito Pérez Galdós

El 18 de abril de 1886, cuando iba a decir la misa del Domingo de Ramos en la catedral de San Isidro, a monseñor Narciso Martínez Izquierdo, obispo de Madrid, le mató de tres tiros a bocajarro el cura Cayetano Galeote y Cotilla, que era malagueño, sordo y follador.

Al cura Cayetano Galeote y Cotilla le venía la vesania de familia y estaba teniente porque de chaval le curó mal una otitis. El cura Cayetano Galeote y Cotilla tenía tres hermanos locos y uno en la Guardia Civil.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla tenía muy mala herencia, el pobre, e irritable cualidad. Llevaba revólver desde que estuvo en Puerto Rico, evangelizando a los taínos de Loíza, y era un poco tartamudo. Por lo demás, jodía con su gobernanta, doña Tránsito Durdal y Cortés, y era mirón con las pesetas, hambrón, malasombra, prognato y raquítico de cráneo.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla era clérigo de necesidad, de olla negra y poca, y lo que quería era ser portero de finca y dejarse de hostias, pero no le atendieron y acabó diciendo misas a medio duro en la iglesia de la Encarnación. Decía las homilías de aliño, por cumplir, tardándolas por tartaja, y los feligreses se iban a casa sin el Espíritu Santo.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla no podía confesar porque, como era sordo como una pared, no entendía las faltas y dictaba las penitencias a ojo, calibrándole la pinta al pecador.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla era lombrosiano sin saberlo y quería ser portero de finca, darse al alivio con doña Tránsito Durdal y Cortés y ponerle jamón al cocido viudo.

Abrazó el hábito sin vocación

El cura Cayetano Galeote y Cotilla nació en Vélez Málaga alrededor de 1840, padeció una otitis bilateral que le dejó como una tapia y como no servía para la milicia, abrazó el hábito sin vocación. Culminó los estudios en Madrid y transitó por varias parroquias hasta que se fue a las colonias y pasó un tiempo de cura castrense en Fernando Poo y cinco años de misionero en Puerto Rico, donde le compró un revólver de seis tiros a un tropical. Regresó a Madrid en 1880 padeciendo derrames de sangre que le volvían peleador y en una barbería a poco que tiró a un tío por la ventana porque le porfió.

Cambió de parroquia frecuentemente buscando la misa rentable y dijo el culto en la Encarnación por medio duro, en la capilla de los Irlandeses por tres pesetas y en el Cristo de la Salud de Atocha por dieciocho reales.

Vivía mudando de una pensión a otra y en cuatro años estuvo en la calle de La Abada, en la del Reloj, en la Calle Mayor y en el Arco de Triunfo y se trajo para que le gobernase a doña Tránsito Durdal y Cortés, carnuda de hechura, en los treinta y pocos, hocicona de morro, morena y natural de Marbella, con la que postraba en amancebamiento y decía que era su sobrina. Doña Tránsito Durdal y Cortés decía que al cura Galeote le daban ratos de furia que se los calmaba jodiendo.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla miraba la peseta y puso un anuncio en «El Progreso» pretendiendo una portería, pero no le atendieron y le pegó un sablazo de cincuenta duros al padre Vizcaíno, capellán del Cristo de la Salud, para socorrer a su familia cuando el terremoto de Málaga de 1884.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla tenía en gran estima a su honor y lo cuidaba de los ultrajes contestando follón. El honor sin duros es difícil de guardar, comprendía, y comía cocido de asilo sin jamón y vivía de pensión. Doña Tránsito Durdal y Cortés, bendita sea, le sosegaba a jodiendas.

El cura Cayetano Galeote y Cotilla erró en desorden y se dejó crecer la barba y en cada esquina interpretaba una afrenta que respondía riñendo, hasta que el padre Vizcaíno recomendó al rectorado que le apartase de la parroquia del Cristo de la Salud.

El cura Galeote se vio tocado de honor y de los dieciocho reales de cada misa y elevó una plegaria al obispo Narciso Martínez Izquierdo para que dispusiera la devolución de su ministerio amenazándole, de lo contrario, con celebrar de espontaneo y dar escándalo.

Se libró del garrote

Monseñor Martínez Izquierdo era doctor en teología y catedrático de griego, medio carlista, alcarreño y antiguo senador por Valladolid. Martínez Izquierdo era eclesiástico vocacional que socorrió con limosnas a los enfermos de cólera de la epidemia de 1885 y combatía al clero sopista de misa de medio duro y los frailes tumbaollas le miraban del revés.

El obispo no contestó y el cura Galeote se vio agraviado y el Domingo de Ramos de 1886 le pegó tres tiros a bocajarro en las escaleras de la catedral de San Isidro. Se abrió paso entre la concurrencia y le metió tres balazos con su revólver tropical que le atravesaron el hígado, la médula y el muslo derecho. Después intentó volarse la cabeza pero los fieles le dieron una zurra de palos y le entregaron a los guardias, que le llevaron detenido a la comisaría de la calle de Juanelo primero y después a la cárcel Modelo porque se juntó feligresía que le quería linchar.

El cura Galeote se negó a comer y se bebió una docena de tazas de café y pretendió una celda de pago a costa de empeñar la sotana, pero le metieron en una de oficio. A la mañana siguiente murió el obispo después de recibir la visita del presidente Cánovas y una bendición de León XIII.

Al cura Cayetano Galeote y Cotilla, presbítero sordo y jodedor, le dieron juicio con concurrencia en el que fue clamoreado por el popular el testimonio de doña Tránsito Durdal y Cortés, que dijo que sosegaba al señor a tumbadas.

Doña Ana Galeote y Cotilla, hermana del reo, compareció vestida de luto y explicó que tenía tres hermanos epilépticos y dos locos de atar, pero que Cayetano era hombre desprendido que entregó a la familia cuarenta mil duros que se trajo de Puerto Rico. Benito Pérez Galdós visitó al cura Galeote en el brete y le escribió de soberbio y depravado y le pareció un cuadrúpedo encerrado. El cura Cayetano Galeote y Cotilla lloró insistentemente y dijo que Dios le había negado la virtud del mártir.

Se libró del garrote porque el doctor Luis Simarro, frenólogo, valenciano y masón, le midió la cocorota y determinó que tenía el cráneo raquítico propio de los idiotas. Le vio también tenacidad en las minucias, memoria desmesurada, sordera, tartamudez, estrechura de pupilas y prognatismo.

El doctor Escuder, por refrendar a su colega, efectuó un estudio genealógico de la estirpe de los Galeote y Cotilla en Vélez Málaga y concluyó que la mayor parte de la familia presentaba cuadros de histeria y apoplejía o eran sangrones y medio tuberculosos, además de fecundos jodedores que despachaban de quince a veinte hijos por cada consorcio. Descubrió, además, que el cura Galeote tenía una prima que creció en confusión y meando de pie contra la pared hasta que comprendió que era una mujer cuando le llamaron a quintas y no pudo demostrar prenda. A partir de la revelación, meó en cuclillas como es de Dios.

Al cura Cayetano Galeote y Cotilla, mosén de revólver boricua, follador, tapia y malagueño, lombrosiano involuntario, trabuco y recitador de Dios por medio duro, le encerraron en el manicomio de Leganés en donde murió el tres de abril de 1922 de pura vejez y amén. Pueden ir en paz.


El cura Galeote

Francisco Montoro – Diarioaxarquia.com

14 de junio de 2012

En la primavera de 1886 toda España se conmocionó ante una extraña noticia que llegaba de la capital del reino. Un sacerdote andaluz, natural de Vélez-Málaga, llamado Cayetano Galeote y Cotilla, había matado a tiros al obispo de Madrid, en las puertas mismas de la catedral, y ante los ojos atónitos de miles de personas que se habían congregado para iniciar la celebración del domingo de ramos.

Y no era para menos. Un clérigo mata a su obispo, a plena luz, en un día sagrado para la cristiandad, cuando está rodeado de la cruz alzada, las palmas levantadas, y de un cortejo de clérigos y laicos que le espera, en actitud solemne, para honrarle a su entrada en el templo. Eran las 10 de la mañana del domingo 18 de abril.

La prensa de toda España narraba al día siguiente los hechos con todo tipo de detalles. El señor obispo de Madrid y Alcalá, don Narciso Martínez e Izquierdo había recibido tres tiros a las puertas de San Isidro por un sacerdote alto, enjuto de carnes, que desde las ocho de la mañana se paseaba por la acera derecha de la calle de Toledo, inmediata a la catedral… Llegado el coche del prelado al punto donde le esperaban las autoridades y los fieles, el agresor se adelantó, y, ante la sorpresa de todos, le hirió por tres veces…

Los pajes del obispo, los sacerdotes que le aguardaban, todos cuantos estaban allí, estupefactos, comenzaron a pedir auxilio «…y las masas, que no había presenciado la escena, por no hallarse en primera fila, creyeron que se trataba de un petardo…» El obispo que, herido y todo, anduvo algunos pasos para entrar en la iglesia, cayó al fin al suelo, bañado de sangre.

Mientras el doctor Greux atendía al herido, que sobrevivió varias horas, el público quiso apresar al sacerdote agresor; pero unos paisanos, y una pareja de municipales, le metieron en un coche y le llevaron a la prevención de calle Juanelo, evitando un nuevo incidente.

La función de la Palmas se suspendió. Pronto llegaron el Gobernador, el nuncio de Su Santidad y los ministros de la Corona, así como varios representantes de gobiernos extranjeros, que fueron inscribiendo sus nombres en la lista que, acompañando al parte facultativo, se puso en el atrio de la catedral…

A las 4 de la tarde el cura Galeote, trasladado a la celda de pago número 14 de la cárcel-modelo, hacía su primera declaración en presencia del juez Sr. Pinazo, de los fiscales del Tribunal Supremo y de la Audiencia, así como del escribano Pérez Reina. Pidió para declarar un traje de paisano. Cayetano Galeote y Cotilla había nacido en Vélez-Málaga en 1841, había vivido un tiempo en América, había sido más tarde capellán en el Peñón de la Gomera, y, últimamente, en Madrid…

El día 25 del mismo mes de abril, el periódico malagueño «La Unión Mercantil», informaba textualmente, en la página 2: «…El sumario se instruye con toda rapidez. Se tiene el propósito, según he oído esta tarde, de que antes de veinte días se le ejecute, y dicho acto se verificará en la misma cárcel…»

El largo brazo de la Iglesia

Un periodista de «La Época», que fue autorizado para hacerle una entrevista al reo, nos lo define de la siguiente manera: «…Su aspecto es vulgar, y sus palabras incorrectas no denuncian a un hombre de instrucción sólida, ni a un carácter entero. Dijérase que la naturaleza puso en Galeote la ignorancia limada por el estudio, y la estultez cubierta con el manto talar. Su aspecto revelaba que ni tiene conciencia de su delito, ni ha pensado en su porvenir, ni ha reflexionado sobre el presente. Tiene de la moralidad y de la dignidad humanas ideas tan confusas que pone todo su empeño en demostrar que cualquiera al verse ofendido como él, habría obrado de igual suerte…»

En principio se fija el día 10 de julio para el comienzo de la vista; pero, más tarde, el juicio se retrasa,
celebrándose, finalmente, durante el mes de octubre.

El juicio, que es tratado con todo detalle por la totalidad de la prensa española, y alguna que otra extranjera, nos revela la imagen de un sacerdote corto de inteligencia, algo sordo, emocionalmente inestable, de fácil irritabilidad… El cura Galeote fue condenado a muerte, y su recurso ante el Tribunal Supremo desestimado. No obstante, la sentencia no se llegó a ejecutar y murió, años después, en un manicomio.

Es fácil suponer que la Iglesia no permaneció impasible ante todo el acontecimiento y que, con toda seguridad, «jugó sus cartas”, intentando salvar su imagen institucional del mejor modo posible. De hecho logró que el sacerdote no fuese ejecutado, lo que confirmaba su tesis de que era un demente.

Del proceso al cura Galeote, plagado de anécdotas, entresacamos, por significativas, unas líneas del informe que efectúa el médico Sr. Escuder, que visitó, al respecto, Vélez-Málaga:

«…Se trata de un cuadro genealógico compuesto de 163 individuos, comprendidos en cinco generaciones. Hoy viven cuatro, y de los 67 individuos estudiados, todos están complicados con enfermedades degenerativas, imperando las de apoplejía, tuberculosis, hemorragias, epilépticos, histéricos, congestivitis, y, además, en dicha familia existe otro signo característico, el de la fecundidad. Raro es el matrimonio que no tiene de 18 a 20 hijos. Lo mismo en la rama de los Galeotes, que en la de los Cotillas, hay verdaderos monstruos e incurables. Hay algunos casos muy significativos, entre los que destaca, por más gráfico, un individuo que en el pueblo se le tenía por hombre, hasta que cayó soldado, y se supo entonces era mujer…»

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