Catherine Hayes

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Catherine Hayes
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricida - Descuartizamiento
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 2 de marzo de 1726
  • Fecha de detención: 28 de marzo de 1726
  • Fecha de nacimiento: 1690
  • Perfil de las víctimas: John Hayes (su marido)
  • Método de matar: Arma blanca (hacha)
  • Localización: Londres, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Ejecutada en la hoguera el 9 de mayo de 1726
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Catherine Hayes

Última actualización: 19 de marzo de 2015

Uno de los primeros casos de descuartizamiento de un cadáver sucedido en Inglaterra.

El 2 de marzo de 1726 un policía de Londres halló en una de las orillas del Támesis, cerca de donde se encuentra hoy la «Tate Gallery», una cabeza humana. Las autoridades de la ciudad ordenaron colocarla sobre una lápida del cementerio de Santa Margarita y ante ella desfilaron miles y miles de curiosos.

Algunos creyeron reconocer los rasgos de un cierto Mr. Hayes, que vivía con su esposa Catherine en Tyburn Road. Mrs, Hayes fue arrestada a pesar de sus protestas y afirmación de que su marido había partido poco antes para Portugal; algo después fueron encarcelados también sus dos cómplices, Thomas Woods y Thomas Billings. Mientras tanto, se habían encontrado en un estanque del parque de Marylebone otras partes del cuerpo de la víctima.

Mrs. Hayes identificó la cabeza como la de su «pobre esposo» y simuló un gran dolor. Sin embargo, Woods confesó la verdad. Aparentemente, Mrs. Hayes tenía razones suficientes para odiar a su marido; la principal de ellas radicaba en que éste era un librepensador («y por lo tanto acabar con él no era un pecado mayor que matar a un perro»). Había comunicado también a Woods y a Billings que Hayes había asesinado a sus dos hijos, enterrando después sus cadáveres bajo un peral y un manzano, respectivamente.

La víctima fue emborrachada y más tarde golpeada con un hacha hasta morir; hecho esto, Mrs. Hayes cortó la cabeza del cadáver, recogiendo la sangre en un cubo, y sugirió que fuera puesta durante algún tiempo en agua hirviendo hasta que fuera irreconocible. Sus cómplices, horrorizados, prefirieron deshacerse de ella cuanto antes arrojándola al Támesis en un lugar conocido como Horseferry Passage (hoy el puente de Lambeth).

Woods murió en Newgate poco antes de la ejecución; Billings fue ahorcado. Mrs. Hayes había sido sentenciada a morir en la hoguera después de estrangulada, pero el verdugo no terminó su trabajo y la condenada fue quemada viva. (Esta ley continuó en vigor hasta 1793; la última mujer que murió con arreglo a ella fue Phoebe Harris, en 1788.)


Un caso de “Pequeña Traición”

Última actualización: 19 de marzo de 2015

El miércoles 2 de marzo de 1726 todos los habitantes de Londres se conmovieron y asustaron al enterarse de que la cabeza de un hombre -que, por su estado, parecía haber sido cercenada recientemente de un cuerpo vivo- había sido encontrada por un vigilante en el muelle de McReth, cerca del Horse Ferry de Westminster, poco después del amanecer.

La cabeza fue llevada al patio de la iglesia de St. Margaret y depositada sobre una lápida, pero estaba tan cubierta de sangre y suciedad que los clérigos ordenaron que se la limpiara y se le peinaran los cabellos, después de lo cual se la colocó en lo alto de un poste donde pudiera ser vista por los transeúntes, con la esperanza de que ello permitiera averiguar a quién había pertenecido.

El señor Henry Longmore, propietario de la cervecería Green Dragon de la calle King, cerca de Golden Square, era pariente próximo de un tal John Hayes, quien vivía con su esposa en el segundo piso de la casa que el señor Weingard tenía en Tyburn Road, y se dio cuenta de que el señor Hayes llevaba varios días sin ser visto por nadie.

Oyó muchos informes extraños y comentarios suspicaces de gente que sospechaba que había sido asesinado, por lo que habló en varias ocasiones con la señora Hayes y le preguntó qué había sido de él. A veces ésta le decía que había ido a dar un paseo por el campo, y a veces que había ido a Herefordshire o alguna otra historia semejante. Cuando se vio presionada por el señor Joseph Ashby, amigo íntimo de Hayes, la señora Hayes inventó una nueva historia: su marido había matado accidentalmente a un hombre durante una discusión y había tenido que huir a Portugal.

El señor Longmore y el señor Ashby no quedaron satisfechos con una historia tan ridícula, y decidieron echar un vistazo a la ya famosa «cabeza de un hombre». Su exhibición en el patio de la iglesia de St. Margaret no había servido para resolver el misterio de su identidad, por lo que fue entregada al señor Westbrooke, el cirujano de la parroquia, quien la conservó en alcohol. Es imposible describir la consternación de los dos caballeros cuando vieron el cruel e inhumano crimen de que había sido víctima su infortunado amigo.

Oliver Lambert, uno de los alguaciles de Su Majestad, emitió una orden de arresto a nombre de Catherine Hayes, quien, mientras tanto, había trasladado su residencia a otro punto de Tybum Road y estaba viviendo en la casa del señor Jones, propietario de una destilería. La noche del 23 de marzo el alguacil se presentó allí y encontró a la señora Hayes en compañía de Thomas Billings, un sastre, y de una tal Mary Springate. Hayes fue llevada a Tothill-Fields Bridewell, Springate a Gatehouse, y Billings a la Prisión Nueva.

Pero obsérvese la maravillosa providencia de Dios y la forma en que arrojó nueva luz sobre aquellas maquinaciones de las tinieblas. Un tal señor Huddle, jardinero de Marybone (posteriormente Marylebone) estaba dando un paseo por el campo cuando descubrió los brazos, piernas y tronco de un hombre envueltos en dos trozos de manta arrojados a un estanque situado junto a la Farthyng-Pie House. Los restos habían sido cubiertos con ladrillos y basura. La cabeza fue llevada hasta allí y, en presencia de varios cirujanos y otras personas, se descubrió que encajaba perfectamente con el cuerpo.

Los hombres del alguacil fueron a buscar a Catherine al día siguiente para interrogarla, y ésta les suplicó que le dejaran ver la cabeza. Se consideró que lo más prudente sería acceder a su petición, por lo que fue llevada a casa del cirujano y apenas se le mostró la cabeza exclamó: «¡Oh, es la cabeza de mi querido esposo! ¡Es la cabeza de mi querido esposo!» Después cogió el recipiente de cristal que contenía la cabeza, lo acunó en sus brazos y derramó abundantes lágrimas.

El señor Westbrook le dijo que sacaría la cabeza del recipiente para que pudiera verla mejor y asegurarse de que pertenecía a su difunto esposo; y en cuanto lo hizo, la mujer pareció muy afectada. Besó la cabeza varias veces y suplicó que se le permitiera quedarse con un mechón de sus cabellos. Cuando el señor Westbrook dijo que temía que ya tuviera sangre suya más que suficiente, la mujer se desmayó. En cuanto se hubo recuperado fue llevada a casa del señor Lambert para interrogarla en presencia de las demás partes interesadas.

El domingo siguiente, un tal Thomas Wood, de quien se sospechaba pudiera estar implicado en el crimen, fue arrestado en plena calle y llevado a Tothill-Fields Bridewell, donde hizo la siguiente confesión:

Había llegado a la ciudad desde Worcestershire. Se presentó en casa de Hayes y le convenció para que le diese alojamiento, pues temía ser víctima de los grupos de hombres que reclutaban marineros. Cuando llevaba pocos días en la ciudad, la señora Hayes le informó del plan para acabar con su marido, e intentó persuadirle de que tomara parte en él. Al principio la idea de asesinar a su amigo y benefactor le pareció espantosa y rechazó sus proposiciones; pero la señora Hayes siguió insistiendo. Le dijo que su marido era ateo y que ya era culpable de haber asesinado a dos de sus hijos, y tras explicarle que su muerte le proporcionaría la suma de 1.500 libras y que éstas serian puestas a disposición de sus cómplices, acabó obteniendo su consentimiento.

Poco después de esto Wood abandonó la ciudad durante unos días, pero a su regreso encontró a la señora Hayes, su esposo y Billings tomándose unas cervezas juntos en el Brawn’s Headinn. Todos aparentaban estar de muy buen humor. Hayes le invitó a sentarse con ellos, y Wood así lo hizo. Cuando Hayes empezó a alardear de que no estaba borracho -aunque ya habían consumido una guinea de cerveza entre los cuatro-, Billings le desafió a beberse media docena de botellas de vino de las montañas sin perder el sentido, y prometió que si lo conseguía el vino correría de su cuenta. Hayes accedió a ello y los tres asesinos fueron a buscar las botellas.

Durante el trayecto acordaron que éste era el mejor momento para llevar a la práctica sus planes y después de haber comprado el vino, por el que la señora Hayes pagó media guinea, el señor Hayes empezó a beberlo mientras sus asesinos tomaban cerveza. En cuanto hubo bebido una cantidad más que considerable Hayes empezó a bailar por la habitación y acabó vaciando la última botella; pero como aún no se hallaba en un estado de completa estupefacción su esposa mandó traer otra botella, que también bebió. Hayes acabó perdiendo el conocimiento y cayó al suelo. Pasó cierto tiempo en tal estado y, por fin, logró levantarse con muchas dificultades, fue a otra habitación y se derrumbó encima de una cama.

En cuanto su esposo se hubo dormido, la señora Hayes les dijo a sus cómplices que había llegado el momento de ejecutar el plan, ya que ahora no debían temer resistencia alguna por parte de su esposo, y Billings entró en la habitación con una hachuela y golpeó a Hayes con tal violencia que le fracturó el cráneo. Los pies de Hayes quedaron colgando fuera de la cama, y el dolor producido por el impacto le hizo golpear repetidamente el suelo con éstos. Wood oyó el ruido, entró en la habitación, cogió la hachuela de entre los dedos de Billings y golpeó dos veces al pobre hombre, acabando definitivamente con él.

Una mujer llamada Springate, que se alojaba en la habitación de arriba, oyó los ruidos e imaginó que se trataría de una discusión provocada por la intoxicación alcohólica; por lo que bajó las escaleras y le dijo a la señora Hayes que los ruidos habían despertado a su niña y a ella misma. Pero Catherine ya tenía una respuesta preparada: le dijo que unos amigos habían venido a verles y que la reunión se había ido haciendo cada vez más bulliciosa, pero que ya estaban a punto de marcharse. Su respuesta satisfizo a la señora Springate y ésta volvió a su habitación.

Los asesinos pasaron a discutir cuál sería la mejor manera de deshacerse del cadáver e impedir que fuese encontrado. La señora Hayes propuso cortarle la cabeza, pues si el cuerpo era encontrado entero resultaría fácil identificarle, y los villanos estuvieron de acuerdo con su proposición, de modo que trajeron un cubo, encendieron una vela y entraron en la habitación.

Los hombres tiraron del cuerpo hasta sacar el torso de la cama y Billings se encargó de sostener la cabeza mientras Wood la cercenaba con su navaja, y la infame mujer sostuvo el cubo con el máximo cuidado posible para que el suelo no se manchara de sangre. Cuando hubieron terminado echaron la sangre del cubo por un fregadero que había junto a la ventana, y después echaron varios cubos de agua.

La mujer recomendó hervir la cabeza hasta que la carne se desprendiera de los huesos; pero sus cómplices opinaron que esta operación exigiría un tiempo excesivo y propusieron arrojarla al Támesis con la esperanza de que sería arrastrada por la marea y acabaría hundiéndose. La cabeza acabó en el cubo y Billings, acompañado por Wood, se lo llevó escondido debajo de su abrigo; pero hizo algún ruido al bajar las escaleras y la señora Springate se asomó para preguntar qué ocurría. La señora Hayes respondió que su marido se iba de viaje y, en una demostración de disimulo increíble, fingió despedirse de él diciendo lo mucho que le preocupaba el que se viera obligado a salir de casa a horas tan tempranas.

Finalmente Wood y Billings lograron salir de la casa sin ser vistos por nadie. Fueron a Whitehall, donde tenían intención de arrojar la cabeza al río; pero las puertas estaban cerradas y acabaron yendo a un muelle cerca del Horse Ferry, en Westminster. Billings dejó el cubo en el suelo y Wood arrojó la cabeza a las aguas esperando que seria arrastrada por la marea; pero la marea ya se estaba retirando y un farolero que se encontraba en su embarcación oyó el ruido, aunque estaba demasiado oscuro para que pudiese distinguir qué lo había provocado.

Los asesinos volvieron a la casa y la señora Hayes les dejó entrar sin que se enteraran los demás inquilinos. Después concentraron su atención en el cadáver, y la señora Hayes propuso que lo metieran en una caja y lo enterraran. Su plan fue aceptado por unanimidad y uno de los asesinos fue a comprar una caja. Pero, cuando volvió con ella, se dieron cuenta de que era demasiado pequeña y hubo que desmembrar el cuerpo para que cupiera en ella.

Cuando hubieron terminado, dejaron el cuerpo dentro de la caja hasta la noche, momento en el que les resultaría más fácil disponer de ella. Aun así, enseguida descubrieron que resultaba muy difícil de transportar, por lo que sacaron los pedazos del cadáver de la caja, los envolvieron en dos trozos de manta y Billings y Wood se encargaron de llevarlos a un campo de Marybone, donde los arrojaron a un estanque.

En el juicio Wood y Billings se confesaron culpables del crimen del que se les acusaba, pero la señora Hayes, convencida de que su silencio le daba una posibilidad de salir bien librada, decidió someterse al veredicto del tribunal y el jurado acabó encontrándola culpable. Los prisioneros fueron llevados ante el juez para escuchar su sentencia y la señora Hayes suplicó que no se la quemara según la ley de «traición menor» que regía por aquel entonces, alegando que no era ella quien había asestado el golpe fatal y que, por lo tanto, no era culpable; pero el juez le informó de que la sentencia prescrita por la ley debía ser llevada a cabo.

Después de haber sido declarado culpable, Wood se comportó con una devoción nada común. Pero, mientras estaba en la celda de los condenados, fue presa de unas fiebres muy violentas. Al ser visitado por el clérigo que le acompañaba en sus oraciones, le dijo que estaba dispuesto a morir y sufrir todas las marcas de la ignominia con la esperanza de que ello redimiera parte de su culpabilidad por el crimen atroz que había cometido. Sin embargo, Wood murió en prisión con lo que escapó a la ejecución ordenada por la ley. Billings se comportó con aparente sinceridad y dijo que ningún castigo podía estar a la altura de su crimen. Fue ejecutado de la forma habitual y suspendido con cadenas cerca del estanque en el que se encontró el cuerpo del señor Hayes, en Marybone Fields.

El comportamiento de la señora Hayes guardó cierta similitud con su conducta pasada. Decidió acabar con su vida y se procuró un frasquito que contenía un potente veneno, pero la casualidad hizo que éste fuera probado por una mujer que compartía su celda, con lo que sus planes fueron descubiertos y se vieron frustrados.

El día de su muerte recibió el Sacramento y fue llevada al lugar de la ejecución sobre un trineo. Cuando la infortunada mujer hubo terminado sus oraciones el verdugo rodeó su cuerpo con una cadena de hierro, tal y como prescribía la sentencia, y unió la cadena a un poste situado junto al cadalso. Era costumbre que las mujeres ejecutadas por traición menor fueran estranguladas mediante una cuerda, con el fin de que estuvieran muertas antes de que las llamas alcanzaran su cuerpo.

Pero esta mujer fue literalmente quemada viva; pues al ver que las llamas le lamían las manos, el verdugo aflojó la cuerda más pronto de lo acostumbrado y el fuego no tardó en rodearla. Los espectadores pudieron ver cómo intentaba apartar las ramas de su cuerpo mientras desgarraba el aire con sus gritos y lamentos. El verdugo se apresuró a arrojar más haces de ramas a la hoguera; pero Catherine Hayes sobrevivió un tiempo considerable y su cuerpo no quedó perfectamente reducido a cenizas hasta tres horas después.

Éste fue el destino sufrido por aquellos malhechores en Tyburn, el 9 de mayo de 1726.

*****

Posdata

Es improbable que la señora Hayes fuese la primera asesina a quien se le ocurrió la idea de impedir la identificación del cadáver esparciendo los restos de su víctima, pero no cabe duda de que es el primer caso de esa categoría sobre el que poseemos datos tan abundantes y detallados.

La ausencia no sólo de científicos forenses sino de cualquier fuerza regular de policía hizo concebir el ingenioso -aunque más bien desagradable- recurso de colocar la cabeza del pobre Hayes en un poste y exhibirla en el patio de la iglesia de St. Margaret con la esperanza de que alguien pudiera reconocerla.

La explicación dada por la señora Hayes para justificar la desaparición de su esposo -que había matado a un hombre durante una pelea y, a continuación, había entregado una suma de dinero a su esposa para aplacar su ira, huyendo acto seguido a Portugal- será mejor comprendida si se tiene en cuenta que el Londres de comienzos del siglo dieciocho era una ciudad muy violenta. La inexistencia de una fuerza policial a la que se pudiera recurrir hacía que el individuo tuviera que confiar en sus propios recursos para resolver las disputas en que pudiera meterse, y matar por la ofensa más insignificante era algo bastante común. Esta inevitabilidad general de la violencia y el que no existieran seguros de vida explica el que la viuda de la supuesta víctima de Hayes aceptara la más bien considerable suma de doce libras anuales como compensación.

Pero «el crimen acaba saliendo a la luz» y el texto ilustra cómo la carencia de una fuerza policial que ejecute las órdenes dadas por un magistrado hace que sea el pariente más cercano o la parte ofendida quien se encargue de dicha tarea. El hecho de que Billings, Wood y Catherine Hayes fueran encerrados en prisiones distintas muestra la cantidad de cárceles que había en la ciudad durante aquella época: de hecho, había unas tres docenas, siendo Newgate la más importante y conocida. Los tres prisioneros debieron aguardar su ejecución dentro de aquel recinto.

Thomas Wood sucumbió a la enfermedad conocida con el nombre de «fiebre de la cárcel» -el tifus-, que sólo de 1754 a 1755 fue responsable de reducir la población de Newgate en una quinta parte. En cuanto a Billings, se le reservaba un destino más dramático: acabaría colgado ante una alegre multitud congregada en Tyburn, que por aquel entonces era el lugar donde se celebraban las ejecuciones (más o menos allí donde está el Marble Arch actual).

El cuerpo de Billings fue suspendido de unas cadenas como escarmiento semipermanente. El procedimiento intentaba desanimar a quienes podían sentir la tentación de cometer un crimen similar; y solía practicarse allí donde había tenido lugar el delito que había motivado la sentencia. Casualmente, la última persona que sufrió la ignominia de ser colgada de unas cadenas fue James Cook, otro desmembrador: el escarmiento se realizó en Leicester en el año 1834.

En cuanto a Catherine Hayes, su final fue el más terrible de todos. La existencia oficial del crimen de «traición menor» se remontaba al año 1351, cuando un Estatuto de Eduardo III estableció las siguientes clasificaciones del asesinato dándoles el nombre de «Pequeña Traición»: que un sirviente matara a su amo; que una esposa matara a su esposo, y que un eclesiástico matara a su superior en grado. El castigo establecido en cada caso era la hoguera, aunque en la práctica se reservaba para la mujer que hubiera matado a su esposo. Esta bárbara forma de ejecución sólo fue derogada a finales del reinado de Jorge III, hacia el año 1790.

 


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