Catalina Domingo Campins

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Catalina-Domingo-Campins

La envenenadora de Pollença

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Intereses económicos
  • Número de víctimas: 1 - 5
  • Periodo de actividad: 1960s
  • Perfil de las víctimas: Juana María Domingo Bisquerra (su tía) - También fue acusada de la muerte de sus dos hijos, Rafael Ángel y María Luisa Coll; su marido, Pedro Coll Mestres, y su tío, Luis Palmer Camps
  • Método de matar: Veneno (arsénico)
  • Localización: Mallorca, España
  • Estado: Condenada por la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca a treinta años de prisión mayor; cumplió ocho años de cárcel en los centros penitenciarios de Palma, Alcalá y Yeserías. Murió en extrañas circunstancias en noviembre de 1986
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Catalina Domingo Campins

Datos extraídos del libro «Envenenadoras» (La Esfera de los Libros, 2002) de Marisol Donis.

Catalina era hija única de una viuda. Nunca le faltó de nada gracias a la ayuda de sus tíos-padrinos, que tenían una buena situación económica.

Contrajo matrimonio con Pedro Coll, quien trabajaba como empleado de Pompas Fúnebres por las mañanas y por las tardes con un abogado.

El matrimonio tuvo dos hijos: un niño y una niña.

El niño se puso enfermo a los cinco años de una especie de cólico con diarreas y vómitos que le fueron quitando la vida paulatinamente, hasta que falleció quince días después del comienzo de los síntomas. En cuanto a la niña, ésta nació tras el fallecimiento de su hermano y murió diecisiete meses más tarde de forma rápida e inexplicable.

Lo mismo sucedió con Pedro Coll, quien gozaba de una salud envidiable. A finales de 1967, el marido de Catalina comenzó a quejarse de un malestar estomacal y falleció el 19 de enero de 1968. El médico había tratado la dolencia como una gastristis.

Tres meses y medio más tarde murió el padrino de Catalina, que la había criado como si fuera su propia hija. A partir de ese momento, su viuda comenzó a disfrutar de la vida viajando fuera de España, pero el disfrute duró poco tiempo, ya que falleció el 18 de septiembre de 1968, cuatro meses después de la muerte de su marido. Los síntomas fueron idénticos para todos: dolor de estómago, vómitos, diarrea.

Los vómitos debilitaron a la viuda, ante lo cual el médico recomendó que durante las primeras veinticuatro horas la ingesta de alimentos se limitara a caldo, té y bebidas heladas, lo que, supuestamente, permitió a Catalina la administración de más veneno.

En un primer momento, el médico se negó a firmar el certificado de defunción, ya que habían fallecido tres personas en tan sólo ocho meses. Sin embargo, terminó firmándolo; un hecho que permitía que Catalina pudiera acceder a la totalidad de la herencia.

Catalina volvió a contraer matrimonio el 24 de octubre de 1968, nueve meses después del fallecimiento de su marido. Curiosamente, éste era justo el tiempo que marcaba la ley para poder realizar el nuevo casamiento tras enviudar.

Los médicos comunicaron sus sospechas a las autoridades, quienes además recibieron una denuncia anónima. Así, el juez ordenó la exhumación de los cuerpos del marido, del tío y de la tía de Catalina, cuyas muestras fueron remitidas para su examen al Instituto de Toxicología de Barcelona. Los resultados revelaron cantidades de arsénico suficientes como para probar que ésta era la causa de los fallecimientos.

Las autoridades detuvieron a Catalina como presunta responsable de los hechos cuando vivía en Pollensa con su nueva familia. Ésta reconoció su culpabilidad en el envenenamiento de su tía, pero negó su participación en los otros casos.

Tras su detención, la opinión que de ella tenía su familia, amigos y la gente de la calle estaba dividida. Para algunos era una mujer tierna y bondadosa perseguida por la desgracia que era capaz de sacrificarse por los demás; para otros, era un monstruo de perversidad, criminal calculadora e hipócrita que fingió cuidar a los suyos mientras que, fría y cruelmente, les envenenaba.

A Catalina le delató su marcada ambición, el deseo desmesurado de aumentar su fortuna.

Solamente se le pudo probar el asesinato de su tía, ya que de las demás muertes sólo había indicios. Finalmente, fue condenada a treinta años de cárcel por el envenenamiento de su tía y madrina, Juana María Domingo.


Catalina Domingo Campins, la envenenadora de Pollensa

Francisco Pérez Abellán

Si sufre la tentación de cambiar de vida y familia, no será tan fuerte como al parecer ocurrió en el caso de esta mujer, que tras diez años de matrimonio se dio cuenta de que con decisión y dinero podría rectificar sus errores, encontrar la felicidad y el amor, decidiéndose a burlar el peligro acercándose tanto a él que solo un medio discreto podría permitirle librarse del castigo.

En una de las pocas fotografías suyas que fueron difundidas, Catalina Domingo Campins, de cuarenta y un años, nacida en Pollensa y vecina de la misma localidad, luce un peinado que le recoge el pelo en la parte de atrás de la cabeza, desrizándoselo y dejando la frente despejada, donde destacan dos cejas de fino arqueo sobre el promontorio de una poderosa nariz. La boca es de labios finos, un poco más marcado el inferior, que se cierran sobre dientes separados en un conjunto, sin embargo, armónico que termina en una barbilla redondeada. No es una mujer de gran belleza, pero su rostro es agradable, limpio, de facciones siniestras. Quienes lo vieron durante el juicio en la Audiencia Provincial de Palma de Mallorca, al oír la acusación que se le dirigió por presunto envenenamiento y muerte de cinco personas, miembros de su familia, aseguran que se crispó en una mueca de dolor.

Casada con Pedro Coll Mestres, un hombre de frente nimbada, ojos grandes y expresión complaciente, tuvo dos hijos, un niño y una niña, que habrían de morir muy pronto entre las más horribles sospechas. Catalina, casi inmediatamente después de la boda, comenzó a mostrar sentimientos exaltados de cariño hacia su esposo, mezclados con inexplicables actitudes de celos. De forma paralela se encontraba completamente superada por las tareas del hogar, sintiéndose desgraciada en su papel de ama de casa. Las horas que el marido pasaba fuera y ella atendía a los niños eran las peores del día, sorprendiéndose a veces al consultar repetidas veces el reloj en unos pocos minutos, incrédula ante el lento transcurso del tiempo.

Otro de los sufrimientos intolerables es que había sido una joven de fino talle, encontrándose por el tiempo que empezó a actuar con los volúmenes desbordados y la cintura perdida. La cara reflejaba todas esas disfunciones como si fuera la pantalla de una película de terror. Catalina pasaba días enteros sin hablar apenas, mirando a su marido como si en vez de haberle dado dos hijos le hubiera ocasionado dos heridas incurables. Para su desgracia, Coll Mestres no hizo caso de ese resentimiento de su mujer, que se iba agravando como unas fiebres de Malta. Las amigas de Catalina la encontraban ausente, recelosa. Si insistían en indagar qué le pasaba, recibían el deseo cortante de que la dejaran a solas, quieta en su inquietud, amargada en sus sueños tenebrosos. Hasta ser descubierta, Catalina fue ahondando en su encierro interior con esporádicas explosiones de mal humor, que el marido achacaba al carácter dominante de su esposa, pero que ella utilizaba como desahogo para no explotar de pena, decepcionada por la existencia a la que el destino la empujaba.

Durante diez años más o menos, casi sin respiro, la tragedia la amenazó persiguiéndola sin descanso. El comienzo de lo peor fue la muerte súbita de su primer hijo, Rafael, un chaval de cinco años, que tenía sus ojos. Se puso malo sin avisar, aquejado de una gastritis que hizo crisis poco después, demostrándose tan grave y de tan imparables consecuencias que obligó a internarlo a la desesperada.

Rafaelín tenía la frente como su padre, el pelo claro como la abuela, las orejas del abuelo, la boca y los ojos como su madre, y siempre, siempre, una expresión pícara en la cara. Ver la agonía de aquel angelito casi enloquece a toda la familia. Murió sin remedio, dejando a los médicos que le atendieron perplejos por el brutal desenlace de la enfermedad.

Muy poco tiempo después, cuando apenas habían podido reponerse del fallecimiento del niño, fue la pequeña, de tan solo dieciséis meses, la que enfermó. Los doctores anotaron en seguida que padecía los mismos síntomas, produciéndose poco después igual desenlace. La muerte de sus dos hijos afectó sobremanera a Pedro Coll Mestres, dejándole aturdido y tan sin defensas que tal vez por esta razón se vio afectado por el mismo mal que había matado a sus pequeños. Cuando tenía cuarenta y dos años y parecía gozar de magnífica salud, el mal del estómago se lo llevó a la tumba, el 9 de enero de 1968, dejando en apariencia desconsolada a la viuda.

Pero la muerte no dejaba de danzar en torno a Catalina. Ese tipo de óbito fulminante que se anunciaba con punzantes dolores gástricos, vómitos y diarreas. El siguiente en la lista, que parecía interminable, fue su padrino, Luis Palmer Camps, de sesenta y cinco años, un hombre de buena posición que se había jubilado después de reunir una considerable fortuna en el comercio. Comenzó con los dolores y falleció al poco, sin que le sirviera para nada aquel aire de caballero que se cuida en la última etapa de su vida, después de haber abandonado el trabajo, dispuesto a gozar de veinte años de descanso con salud.

Los cuatro fallecidos en extrañas circunstancias pertenecían al círculo más próximo a Catalina, viviendo en estrecho contacto con ella y siendo acompañados durante su enfermedad por sus atenciones y cuidados hasta el fatal desenlace. Curiosamente, aunque eran visibles los signos de dolor por los muertos, a ella se le apreciaban unos suspiros de resignación que por lo que fuera sonaban a falsos, tal vez cruzados con un impulso de renovación y un deseo inquebrantable de vivir que no le permitían ocultar las cuidadas sesiones de peluquería, el continuo mirarse a los espejos o la preocupación por la ropa que vestía. Todo esto era más evidente desde la falta del marido, de quien había recibido, como heredera universal, todos sus bienes. La viuda Catalina había roto el sortilegio que la entristecía; la viuda recuperaba la alegría.

En esa época enfermó el quinto miembro de la familia, precisamente Juana María Domingo, esposa del fallecido Luis Palmer, tía carnal y madrina de Catalina, de quien era heredera forzosa dada la muerte del marido y el hecho de que no tenía descendencia. Juana siguió el proceso de los otros, con agudos dolores en el aparato digestivo, empeorando a medida que más esfuerzos hacía su ahijada por cuidarla. Falleció el 18 de septiembre de 1968. Catalina se ocupó del último adiós con la misma dedicación que la había prestado durante su corta dolencia. Una vez depositados los restos en la tumba, se inició el proceso que culminó con la entrega de su fortuna a Catalina como legítima heredera. Todo el mundo sabe que las penas con dinero son menos. De hecho, la afortunada heredera recuperó una energía que parecía haber perdido para siempre.

Fue aquel repentino cambio de humor que invadió a la de Pollensa, aquellas ganas de vivir, aquella facilidad para enamorarse, lo que avivó las sospechas de parricidio. Todo había sucedido tan rápido que cuando fue detenida, bajo la acusación de haber sembrado de muertes su entorno, Catalina estaba casada en segundas nupcias con un taxista. La ceremonia de nuevos esponsales se había celebrado en el plazo más corto que concedía la ley a las viudas para volver a casarse: nueve meses. Los policías se encontraron con una mujer dueña de sí y liberada de una pesada carga. Alguien que parecía disfrutar de su segunda oportunidad para organizar su vida.

Sometida a interrogatorio, reconoció haber envenenado a su marido, hijos y parientes, aunque luego lo negaría en el juicio. Acto seguido, exhumados los cadáveres, fue encontrado en ellos arsénico suficiente para haberles quitado la vida dos veces. Los médicos precisaron que con seguridad lo habían ingerido en la comida, mezclado el tóxico con la bebida o con los alimentos.

Catalina, al verse descubierta, se desesperó de nuevo. Pero de poco le valieron entre rejas sus cambios de humor o sus angustias teatreras. Dentro la custodiaron conscientes de su capacidad letal y no como sus desprevenidos parientes.

El fiscal reunió una gran cantidad de indicios y pruebas. Confeccionó un extenso informe donde la consideraba responsable de la muerte de sus hijos Rafael Ángel y María Luisa, de su marido, Pedro Coll, por lo que solicitaba tres penas de treinta años por parricidio. Asimismo, como autora de un delito de asesinato en la persona de Juana María, su madrina, por lo que pedía otros treinta años de reclusión, y, por fin, culpable de un delito de homicidio en la persona de su padrino, Luis Palmer, por lo que pedía veinticinco años más de reclusión, en total, ciento cuarenta y cinco años, que no podría cumplir ni aunque viviera las vidas que supuestamente había quitado.

A lo largo de la vista oral, celebrada en Palma de Mallorca, la procesada permaneció activa y en máxima disposición colaboradora, negando su participación en los hechos y convencida de que habría de quedar libre por falta de pruebas. Tal vez esa confianza emanaba de su excelente abogado defensor, Luis Matas, quien se extendió ante el tribunal en un alegato digno de mérito, en el que puso de relieve los muchos errores del proceso, las acusaciones no probadas, los indicios insuficientes, las contradicciones en los informes periciales. Para su abogado defensor, Catalina ha sido siempre una mujer de excelente conducta, a la que la combinación fatal de adversas circunstancias y malevolencias han sentado en el banquillo de los acusados. El defensor la considera inocente por completo de cuanto se le acusa, por lo que solicita del tribunal la libre absolución de su patrocinada. El juicio a Catalina Domingo se considera por entonces el más importante de cuantos fueron celebrados hasta ese momento, tanto por la gravedad de los hechos como por la abultada petición de penas.

Cuando llega la sentencia, Catalina pierde su actitud esperanzada, derrumbándose su ánimo. El dictamen del tribunal es sorprendente pero, pese a todo, perjudicial para la procesada. Se le condena por uno solo de los crímenes que se le atribuyeron. El tribunal la considera autora de un delito de asesinato, mediante envenenamiento por arsénico, en la persona de su tía Juana María Domingo Bizquerra, de sesenta y seis años, asunto en el que se admite la premeditación. Es condenada a treinta años de prisión mayor. Respecto a los otros delitos, la sentencia considera que aunque existían indicios racionales de culpabilidad, que justificaron su procesamiento, durante la vista oral no se dieron los elementos probatorios para fundamentar una condena.


La envenenadora de Pollença

Teodoro Toro Gómez / José María Ibáñez – Balearoculta.blogspot.com.es

Catalina Domingo Campins contaba 38 años de edad en el momento en que ocurrieron los hechos. Más conocida como «La Envenenadora de Pollença», fue acusada de provocar hace más de 45 años la muerte de cinco familiares, hijos incluidos, uno de ellos de tan solo dos años de edad. Esta trágica historia pudo esclarecerse gracias a una carta anónima remitida al juzgado en la que se hacia constar que varias de las víctimas habían estado al cuidado de Catalina. El veneno utilizado por la mujer fue una sustancia altamente tóxica adquirida en droguerías cercanas a su domicilio; que las víctimas ingirieron mezclada con leche de almendras u otras bebidas. Catalina Domingo fue condenada por la Audiencia Provincial de Palma en un juicio en el que el Ministerio Fiscal solicitaba de pena de muerte a treinta años de cárcel, al considerarla autora de asesinato. De las cinco muertes de las que presuntamente fue culpable, el Fiscal solo la acusó de la muerte de su tía Juana María Domingo. Solamente cumplió ocho años de prisión en Palma, Alcalá y Yeserías. La reducción de la pena impuesta fue debida a que se le concedieron tres indultos y dos reducciones especiales debido a su buen comportamiento.

Catalina Domingo ocupa un lugar preferente en la Historia Negra de Mallorca, siendo tristemente conocida como «La Envenenadora de Pollença». Una carta anónima remitida a los Juzgados de Palma, donde constaba que las tres personas adultas fallecidas en extrañas circunstancias estaban al cuidado de Catalina, propició el inicio de las investigaciones por parte de la Policía, para comprobar la veracidad de lo expuesto en dicha misiva anónima.

Desarrollo de los acontecimientos

El día 18 de septiembre de 1969, fallecía Juana María Domingo Bisquerra, madrina de Catalina, con la que convivía. El fallecimiento su produjo por un colapso debido a una gastroenteritis aguda. Días antes, la paciente había sufrido fuertes dolores intestinales, vómitos y diarreas, síntomas idénticos a los que se habían registrado en otros fallecimientos anteriores, entre ellos, el marido de Catalina, Pedro Coll Mestre y Luis Palmer Camps, esposo de Juana María, acaecidos los días 19 de enero y 5 de mayo de 1968 respectivamente. Ante la sospecha de un triple asesinato la autoridad judicial dispuso la exhumación de los cadáveres, la práctica de las autopsias y la remisión de las vísceras al Instituto Anatómico Forense de Barcelona; a la búsqueda de algún vestigio de sustancias tóxicas. El dictamen final de dichos análisis indicaba que las muestras remitidas presentaban dosis elevadas de arsénico, por lo que se sospechó que las muertes fueron intencionadamente ocasionadas por una tercera persona. Los investigadores inspeccionaron las droguerías de Pollença; comprobando que en todas existían numerosos productos tóxicos en cuya fórmula química figuraba el arsénico sódico (para eliminar todo tipo de insectos) en cantidad suficiente para producir la muerte de una o varias personas.

Se da la circunstancia que las personas fallecidas habían sido atendidas por Catalina y en los tres casos, el cuadro clínico presentado por los fallecidos -vómitos, diarreas, fuertes dolores abdominales, deshidratación…) y otros síntomas, sin que los tratamientos clínicos aplicados dieran resultado ya que todos ellos fallecieron aquejados de fuertes dolores abdominales. En el transcurso de la investigaciones los inspectores de la BIC (Brigada de Investigación Criminal) siguieron recibiendo otros anónimos, algunos de los cuales hacían referencia a las extrañas muertes de los dos hijos de corta edad y de la madre de ésta, Francisca Campins Cerdá. Se investigaron tales muertes conociéndose que el fallecimiento de ésta última se había producido por causa de la «litiasis biliar», descartándose en este caso el parricidio debido a que padecía un cuadro clínico denominado «caminoma o metástasis abdominal».

En cuanto a la muerte de sus hijos se dieron los siguientes resultados: Rafael Ángel Coll Domingo de cuatro años de edad, la muerte le sobrevino a consecuencia de una «encefalitis»; pero se descubrieron circunstancias anómalas en un certificado expedido por el Hospital de Son Dureta donde había estado ingresado. El niño, antes de su muerte había presentado una «colitis aguda con diarreas, dolor abdominal difuso, fiebre de 38 grados, agitación y molestias en abdomen». A los cuatro días de haber sido dado del alta, volvió a ser ingresado presentando el mismo cuadro clínico agudizado, sufriendo además «parálisis respiratoria, vómitos y diarreas que le ocasionaron la muerte». En cuanto al fallecimiento de su hija María Luisa Coll Domingo de dos años de edad, acaecida en febrero de 1964, se apreció la misma sintomatología. Catalina Domingo al referirse a la muerte de sus hijos repetía constantemente que «éstos no podían vivir debido a que tenían el factor RH negativo».

Visto para sentencia

Los cargos que se presentaron contra ella fueron los del asesinato de su madrina Juana María Domingo; presunto parricidio de su marido Pedro Coll Mestre; supuesto asesinato de su tío Luis Palmer Camps y presunción de parricidio de sus hijos Rafael y María Luisa. Durante el tiempo en que se investigó su vida y su pasado Catalina contrajo segundas nupcias con un vecina [vecino] de Pollença, con el que convivió después de salir de la cárcel. Fue una mujer de vida libertina y ejerció diversos trabajos: camarera de hotel, empleada de una pastelería, modista… Cometió distintos delitos contra la propiedad, sustrajo joyas e imputó a otras personas en delitos cometidos por ella misma, estando a punto de ceder a su hijo en adopción a una cuñada suya. Los motivos por los cuales se produjeron las muertes de los familiares de Catalina Domingo pudieron ser económicos para heredar los bienes de las víctimas, aunque este hecho nunca fue comprobado.

De las cinco muertes de las que presuntamente fue culpable el Fiscal solo le acusó de la muerte de su tía Juana María Domingo. Solamente cumplió ocho años de cárcel en las penitenciarías de Palma, Alcalá y Yeserías. Las reducciones de la pena se debieron a tres indultos y dos reducciones especiales por su buen comportamiento.

El que a hierro mata a hierro muere

El día 28 de noviembre de 1986 el rotativo Última Hora se hacía eco de la siguiente noticia: «La envenenadora de Pollença muere en extrañas circunstancias. La policía investiga un posible envenamiento [envenenamiento] (…) Catalina Domingo Campins, de 64 años de edad, calificada como la envenenadora de Pollença, falleció ayer en la Residencia Sanitaria de Son Dureta en extrañas circunstancias, especulándose con la posibilidad que [la] muerte podría ser causada, también, por un posible envenenamiento, aspecto que todavía no ha podido ser confirmado al no haberse realizado la autopsia al cadáver».

Después de su vuelta a Mallorca, transcurridos ocho años en los distintos centros penitenciarios donde había permanecido recluida, la vida de Catalina fue muy dura. Sus vecinos, al principio, ni la saludaban, y tan solo tenía el consuelo de su segundo marido. La gente le daba la espalda y dudaba de su culpabilidad en los crímenes que presuntamente había cometido. Ella, a pesar de haberse declarado culpable en un principio, no cesaba de repetir que era inocente: «No temo a nada ni tengo por qué temer a nadie. La justicia no fue justa conmigo. Dios sabe que soy inocente. Él es justo y Él me juzgará».

Con la muerte de Catalina Domingo Campins (La envenenadora de Pollença) queda archivado el expediente de uno de los casos más escalofriantes de las crónicas negras de Mallorca. Una serie de muertes de las que mucho se habló y mucho se escribió.

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