Caryl Whittier Chessman

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El Bandido de la Luz Roja

  • Clasificación: ¿Violador?
  • Características: Robos - ¿Secuestro?
  • Periodo de actividad: 1947
  • Fecha de detención: Enero de 1948
  • Fecha de nacimiento: 27 de mayo de 1921
  • Perfil de las víctimas: Hombres y mujeres
  • Localización: Los Ángeles, Estados Unidos (California)
  • Estado: Fue considerado culpable de robo, secuestro y violación en julio de 1948 y condenado a muerte. La ejecución tuvo lugar en la cámara de gas de la prisión de San Quentin el 2 de mayo de 1960
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Caryl Chessman

Wikipedia

Caryl Chessman (27 de mayo de 1921 – 2 de mayo de 1960) fue un ladrón y violador estadounidense que se hizo famoso como preso en el Corredor de la muerte en California.

Caryl Chessman conoció el delito desde joven, cuando cumplió 15 años, su padre intentó suicidarse y él empezó a robar alimentos para la casa. Conocido como el «Bandido de la luz roja», porque llevaba una sirena policial en el techo de su auto para confundir a sus futuras víctimas en las rutas de California, Caryl Chessman saltó a la fama tras lograr evitar ser ejecutado a morir en la cámara de gas (había sido condenado a muerte en 1948), durante largos doce años.

A los 27 años, un tribunal estadounidense lo condenó a muerte, luego de ser acusado de secuestro, robo y perversión sexual; Chessman estudió Derecho y Latín en la Prisión Estatal de San Quentin, donde permanecía detenido, y se convirtió en su propio abogado; fue el emblema de la lucha contra la pena de muerte; escribió cuatro libros y le dedicó más de diez mil horas a estudiar su caso. Eso le permitió posponer ocho citas fijadas para su ejecución, a través de recursos y amparos judiciales. Caryl Chessman siempre se declaró inocente y aseguraba que «el bandido de la luz roja era un aficionado chapucero con mentalidad sexual retorcida, y no criminal profesional y frío calculador», como él se consideraba.

Sin embargo, nadie pudo prorrogar la última cita: el 2 de mayo de 1960, Caryl Chessman moría en la cámara de gas de la Prisión Estatal de San Quentin, Estados Unidos.


Caryl Chessman: una larga pena de muerte

José Luis Durán King – Operamundi-magazine.com

11 de febrero de 2010

En la historia de la pena de muerte en Estados Unidos no ha habido un castigo más severo que el que recibió Caryl Chessman en junio de 1948, a los 27 años, por la comisión de un crimen: dos sentencias de muerte dictadas por el estado de California

Durante 12 años, entre su sentencia y su ejecución, Chessman vivió en la celda 2455 del corredor de la muerte de la prisión de San Quintin, convirtiendo su calvario en uno de los casos más peculiares en la historia legal norteamericana, el cual puede resumirse de la manera siguiente: tres libros de memorias ampliamente vendidos, Cell 2455 Death Row (1954), Trial By Ordeal (1955), The Face of Justice (1957), y una novela, The Kid Was A Killer (1960), además de numerosos artículos y una experiencia sin rival en las leyes estadounidenses.

«Con una energía extraordinaria, Chessman llevó a cabo uno de esos esfuerzos ejemplares de rehabilitación personal, de salvación de sí mismo», escribió Elizabeth Hardwick en un puntilloso ensayo publicado en Partisan Review, en el momento en que Chessman caminaba hacia la cámara de gas. «Fue esa energía la que lo sacó de la oscuridad para convertirse en noticia para personajes como Albert Schweitzer, Mauriac, Dean Pike, Marlon Brando, Steve Allen, y que desencadenó un motín de estudiantes en Lisbon.»

El caso de Chessman se adaptó en un clásico de las rutinas escénicas de Lenny Bruce, incluso el conservador William F. Buckley Jr. salió en defensa del condenado; el libro Cell 2455 Death Row fue adaptado en 1955 para una película (el contenido autobiográfico fue alterado por Hollywood, pero las características distintivas permanecieron igual); sus obras fueron traducidas a varios idiomas; periodistas de Sudamérica y de Europa viajaron desde sus lugares de origen para entrevistarlo; y muchas canciones populares, como The Ballad of Caryl Chessman de Ronnie Hawkins, fueron entonadas en un intento por salvarlo de la muerte.

Alma en pena

Todo fue inútil, pero el fantasma de Chessman continúa penando en los corredores del sistema jurídico estadounidense. Por ejemplo, su nombre hace todavía algunos años fue mencionado en dos eventos aparentemente sin vinculación entre sí: la ejecución de Tim McVeigh (el bombardero de Oklahoma) y la llegada de George Bush Jr. a la Casa Blanca, un hombre que como gobernador de Texas autorizó la nada despreciable cifra de 153 ejecuciones.

Sin embargo, en otros casos la amnesia rodea al autor de Cell 2455 Death Row. Los pormenores de su caso están profundamente enterrados en los tomos de la historia de la jurisprudencia de Estados Unidos. Asimismo, las antologías Oxford o Norton no contienen siquiera una leve mención a la prosa de Chessman, tampoco ha merecido una simple nota de pie de página en la People’s History of the United States, escrita por el historiador de izquierda Howard Zinn, quien presuntamente realizó una obra en la que los olvidados de Norteamérica son los protagonistas.

Pero se puede decir más: los cuatro libros de Chessman están descatalogados y los escritos inéditos que se sabe que existían en la época de su muerte nunca vieron la luz del día. Quizá en un acto de venganza brutal, el estado de California los destruyó, en un intento infructuoso por destruir al hombre.

¿Se ha vuelto la sociedad estadounidense menos severa, en lo que respecta a los asaltos sexuales, de lo que era en 1948 o 1960? ¿O es un caso específico de amnesia? Al parecer, una verdad ha ganado terreno con el correr del tiempo: Caryl Chessman no fue ejecutado necesariamente por los crímenes de los que se le acusó.

Como el mismo personaje lo apuntó en su libro The Face of Justice, la última de las obras de las que él consideró su «trilogía» y que culminó en secreto horas antes de su cita con el verdugo, él fue ejecutado debido a la incomodidad que causó en Estados Unidos.

«En aquellos días lo que denominé ‘la ley de hule’ prevalecía en el país», ha opinado George T. Davis, renombrado defensor que fue contratado por un Chessman desesperado en 1955. «No había vuelta de hoja en los casos, debido a que se imponían las confesiones extraídas por la policía. Tampoco había cosas como la Cuarta Enmienda. El policía entraba y salía de los procesos cuando su presencia era requerida. Lo que se extraía de las confesiones quedaba tal cual.»

Así sucedió con Chessman, quien fue forzado a escribir y a firmar una confesión mientras estuvo en custodia en 1948. Más adelante, en numerosas ocasiones, cambió su confesión, pero ya era muy tarde. El estado de California ya había escrito su guión durante el proceso de 1949, endureciendo sus estatutos acerca del secuestro después de que sucedió el rapto y posterior asesinato del hijo de Lindbergh.

«La actitud del estado de California es similar a la actual del presidente Bush», ha declarado George T. Davis. «Los expedientes son los que valen a la hora de tomar una decisión en torno a la pena capital».

Chessman, muchos así lo opinan, pudo haber sido inocente de los crímenes por los que fue convicto. Esos crímenes (dos asaltos sexuales) incluían una serie de pequeños robos y dos asaltos. A Caryl se le conoció como «El bandido de la linterna roja», apodo que derivó de su modus operandi: las parejas de novios de San Francisco eran regularmente «visitadas» por policías extorsionadores que se ubicaban con sus luces rojas detrás de los autos en los que los jóvenes daban rienda suelta a sus pasiones. Las descripciones físicas por parte de las víctimas nunca concordaron con Chessman, además de que éste carecía de antecedentes penales de esa naturaleza.

Un estudio contemporáneo del caso de Chessman realizado por Mark Davidson en The Californian concluyó que «Chessman no fue convicto por violación, ya que en los ataques por los que resultó convicto las víctimas lo convencieron de que el bandido no llevara a cabo el coito. El bandido optó porque le practicaran una felación».

Lo anterior no significa que Chessman fuera inocente o que se trata de minimizar la pena y el sufrimiento de las víctimas. Por el contrario, sus memorias y su larga década como inquilino del corredor de la muerte ponen en claro que él fue un sociópata irredento. Pero argumentaba convincentemente que era inocente de los crímenes específicos por los que fue condenado a la cámara de gas. «Nunca fui un violador que merodeaba los autos estacionados. Yo sólo fui un asaltante.»

Cambios indiscriminados

El juicio original fue conducido bajo una nube de sospechas y Chessman cometió el error de representarse a sí mismo en la corte. Durante el proceso, la estenógrafa de la corte falleció cuando un tercio de los procedimientos había sido transcrito; los dos tercios restantes de la transcripción fueron hechos por un familiar del abogado acusador, sin la aprobación de Chessman. Este familiar, un alcohólico crónico, hizo cambios indiscriminados e incluso fue incapaz de interpretar su propia letra manuscrita en la lectura final. En resumen, aquello fue un ejemplo del más vulgar travestismo burocrático.

Casi al final del libro The Face of Justice, cuando la muerte se aproximaba nuevamente en 1957, Chessman sostuvo que había «preparado un paquete especial, el cual guardé en un lugar en que no puede ser hallado, editado, suprimido o destruido contra mis deseos. Ese paquete es la evidencia que muestra indiscutiblemente que yo no soy el ‘Bandido de la linterna roja’. En el documento nombró e identificó a los verdaderos bandidos de la linterna roja (plural), pues, de hecho, fueron dos. Si los ejecutores ganan, mi paquete nunca se hará público. En caso contrario se hará público exactamente 50 años después del día en que se emita la moratoria que anteceda la cancelación definitiva de la pena capital».

Caryl Chessman no fue un buen escritor ni mucho menos. Pero fue algo más destacable: un buen pensador cuya claridad de mente y habilidad de plasmar sus ideas y opiniones en la página; no obstante que tenía en contra el acoso, la estupidez y el caos de la prisión de San Quintín supo evocar a los grandes humanistas filósofos. Y la historia de cómo escribió The Face of Justice recuerda un poco a la experiencia de Solyenitzin en el gulag.

El prisionero de la celda 2455 del corredor de la muerte de San Quintín fue ejecutado en 1960. La caja de pandora, respetando sus deseos, permanece oculta, a la espera de que algún día terminé de una vez por todas una era de barbarie y sus secretos puedan ver la luz.


«El bandido de la luz roja»

Hectordmendozacruz.wordpress.com

10 de diciembre de 2012

Debió haber sido tras su muerte, pues ya tenía yo edad suficiente para recordarlo hasta hoy. En tinta sepia se editó la historia de «El bandido de la Luz Roja» que fue como el mundo conoció a Caryl Chessman. También en radio se oyó de él y los padres advertían a sus hijos sobre el peligro de frecuentar lugares solitarios pero conocidos en sus citas amorosas, pues el Bandido de la luz Roja (que Chessman negó siempre ser) asaltaba parejas en las llamadas «Villas Cariño» cercanas a San Francisco, Cal. , usando una luz roja en el techo de su auto y presentándose como policía para robarlos y a veces raptar a la mujer para realizar actos sexuales con ella.

Chessman fue sentenciado por dos casos en los que la víctima fue obligada al sexo oral y si bien la pena parece exagerada y como tal fue impugnada por la comunidad internacional, tuvo un fundamento legal: La Ley Lindbergh emitida años antes tras el secuestro del hijo del famoso piloto. Esta ley señalaba que si había un secuestro y traslado de la víctima, se aplicaría pena de muerte.

Pero la descripción que las víctimas dieron del agresor no coincidía con la de Chessman y ellas nunca lo identificaron en las ruedas de presos. Él negó siempre esos crímenes. «Yo no soy un violador, nunca lo he sido. Yo soy un ladrón.»

Chessman había firmado una confesión que después negó como obtenida bajo tortura policíaca y basó su defensa además, en la muerte de una taquígrafa del tribunal antes de transcribir todas sus notas del proceso en 1948. Nunca aceptó un abogado pese a que los más famosos se ofrecieron y llevó él mismo su defensa logrando en su preparación escribir varios libros que fueron calificados como «inigualables» compendios de historia judicial de EE UU: Cell 2455 Death Row (vendió más de un millón de copias, se llevó al cine y le dejó dinero suficiente para su defensa), Trial by Ordeal, The Face of Justice; y una novela: The Kid was a Killer, mas numerosos artículos jurídicos.

Chessman logró posponer la ejecución en 8 ocasiones y casi se pospone la cita final, pero la secretaria del juez que lo hubiera autorizado marcó mal el número de la cárcel. Al comunicarse, la ejecución había comenzado.

En esos años, Chessman era entrevistado por periodistas de Europa y América, y el famoso Ronnie Hawkins escribió The Ballad of Caryl Chessman para apoyar su liberación. También hubo una petición de indulto que firmaron personajes como Eleanor Roosevelt, Pablo Cassals, Aldous Huxley, Ray Bradbury, Norman Mailer, Billy Graham, Dwight Mc Donald, Robert Frost y hasta la UNESCO y fue enviada al Presidente Eisenhower, arguyendo la rehabilitación del reo que en 12 años se mostró como un hombre tranquilo e inteligente que leía un libro por día y hacía dos horas de ejercicios.

Finalmente se fijó la ejecución para el 2 de mayo de 1960 en la prisión de San Quintín, fuera de la cual se reunió una multitud que encendió «la llama de la vida» mientras los medios presionaban por un nuevo juicio. Marlon Brando, Briggite Bardot y otros personajes enviaron telegramas pidiendo el indulto.

Su última cena fue hamburguesa con papas fritas y chocolate caliente, su bebida predilecta. Eso había comido y como último deseo pidió repetirlo.

El 2 de mayo Chessman se dejó atar en la cámara de gas, guiñó el ojo a los periodistas conocidos, recostó la cabeza e inhaló el gas. A los 8 minutos y 10 segundos era declarado muerto. Dejó una declaración en la que decía: «En mi existencia fui culpable de muchos crímenes, pero no de aquellos por los que me habéis arrebatado la vida». Y terminaba así: «Ahora que el Estado se ha tomado su venganza, me gustaría preguntarle al mundo qué ha ganado con ello».

Su última noche Chessman le escribió al redactor del San Francisco Examiner, Will Stevens, lo siguiente:

«Cuando usted lea esto habré cambiado una pesadilla de 12 años por el olvido. Y usted habrá sido testigo del acto final y ritual. Abrigo la esperanza de morir con dignidad, sin miedo animal y sin valentonadas. Tengo respeto por mí mismo.

»Me siento extremadamente tranquilo. En breve me han de decir: Ya es hora; hora de caminar esos pocos y cortos pasos. Ya es hora de sentir el olor sintético similar al del florecimiento del melocotonero. Es hora de inhalar y de que la conciencia retroceda hacia un vacío negro y eterno. Es hora, en breve, para morir.

»Dejemos aquí a un lado la cuestión de la culpabilidad o inocencia. Lo que me impele a escribir esta carta es que creo honradamente que hay algo más envuelto en este asunto que la muerte de un hombre. Escribo por cuanto he escuchado la voz de la humanidad que se ha levantado en mi favor y a causa de haber visto demasiado sobre la muerte inflingida al hombre.

»No me considero héroe ni mártir. Al contrario, soy un tonto que se da cuenta de la naturaleza y el desatino de sus primeros años de rebeldía. Aprendí muy tarde, y sólo después de llegar a la celda de la muerte, de la hermandad del hombre y de la responsabilidad que individualmente tenemos.»


Caso Chessman: el Bandido de la Luz Roja. Procesos polémicos penales

Historiaybiografias.com

2 de octubre de 2014

Condenado a muerte en julio de 1948 por los tribunales de California, bajo acusación de 17 delitos de robo, violación y rapto, fue ejecutado en la silla eléctrica de la prisión de San Quintín doce años más tarde, en mayo de 1960. Entre esas dos fechas, Caryl Ghessman, el ajusticiado, de 39 años a la fecha de su muerte, logró un renombre mundial seguramente nunca alcanzado por otro delincuente de su categoría.

La razón de su fama reside en la lucha tenaz que libró por salvar la vida, primero alegando inocencia y malas prácticas procesales, luego increpando a la sociedad y, por último, protestando contra la inhumanidad de la pena de muerte.

Para llevar a cabo su lucha estudió en la cárcel como jamás lo había hecho en su época de libertad; se hizo experto en Derecho, (hizo él mismo sus alegatos, aprendió francés (y castellano, contrajo matrimonio con su antigua doméstica (para darle apoyo cuando fue abandonada por el marido y escribió cuatro libros, uno de los cuales, Celda 2455, se convirtió en best seller mundial, otorgándole de la noche a la mañana una fortuna en derechos de autor.

Pocas dudas caben si fue o no Chessman el «Bandido de la luz roja» que asaltaba parejas de enamorados en las playas de Santa Mónica y Malibú, a veces haciéndose pasar por policía.

Los encandilaba con una linterna de luz roja y enseguida robaba, violaba y raptaba. Fue reconocido por una víctima. Nunca mató. La condena a muerte estuvo basada en la llamada «Ley Lindbergh», que estableció la pena de muerte para los autores de rapto, a raíz del secuestro y asesinato del pequeño hijo del célebre aviador norteamericano.

La regeneración de Chessman dentro del penal y su éxito literario contribuyeron a dinamizar la opinión mundial, que se pronunció abrumadoramente por la conmutación de la pena.

El diario L’Osservatore Romano, vocero del Papa, abogó por ella, junto a muchos intelectuales, políticos y gente de nota. El ejecutivo holandés Q. Swart, presidente de la «Kosmos Ltda.», se dirigió en un gesto desesperado a la Fundación Nobel, poco antes de la ejecución, solicitando que se concediera a Chessman el Premio Nobel de Literatura como recurso para salvarle la vida.

El plazo fatal

Nueve veces se fijó fecha para ejecución de la sentencia y en ocho oportunidades logró Chessman eludirla. El lunes 2 de mayo [de] 1960 el juez Louis Goodman Hamo al alcalde Fred Dickson, de la prisión de San Quintín, para suspender por novena vez la ejecución, mientras escuchaba nuevos alegatos de los abogados, pero su llamado llegó tarde. Chessman ya estaba en la cámara de gas.

Por su parte, el agente literario Joseph Longtreth, dio a conocer una carta que Chessman le había dirigido poco antes de la ejecución: -Creo que soy una persona mejor y más madura como consecuencia de la experiencia que he vivido. Ahora que el mundo está más consciente de los pabellones de la muerte y de las cámaras de gases, creo que lo que me ha ocurrido a mí no será en vano. Mi vida (o mi muerte) deberá tener una significación social importante.

La lucha contra la pena de muerte fue, aun independientemente de su propia vida, una preocupación dominante. A su albacea le entregó una declaración, que debía dar a conocer después de su muerte, concebida en estos términos:

«Ahora he perdido y todo lo que he podido hacer por la sociedad ha sido reducido a la nada por un acto de venganza.

»La pena capital no es un castigo. Cuántas veces he comprendido en estos últimos meses que sería una bendición poner fin a esta lucha torturante, a estos hostigamientos antihumanos. He visto a los pobres, a los abandonados, a los desequilibrados, conducidos a las cámaras de ejecución. Y cada vez he sentido que la sociedad rehuía sus responsabilidades. Las faltas de aquellos infelices eran las de la civilización y la sociedad en lugar de corregirlas, las borra.»

Aparte de sus dos hijastros (hijos de la empleada con quien contrajo matrimonio estando ya condenado a muerte), Chessman tenía una hija. Nunca quiso decir dónde estaba ni bajo qué nombre falso vivía. Tal vez ella no sabe que es hija de Chessman.


Yo he hablado con Caryl Chessman

Julio Camarero – La Vanguardia

1 de mayo de 1960

Capítulo I

Estoy en la cantina de San Quintín, el penal de los Estados Unidos. Nadie diría que se trata de una prisión. Delante de mí y a través de un amplísimo ventanal, veo la ciudad de San Francisco llena de vida. Pero estoy en el interior de un edificio donde se albergan 4.600 presos.

Hasta llegar a la cafetería he tenido que pasar una serie de controles. Nada hace pensar, sin embargo, que se trate de controles de una de las penitenciarías más famosas del mundo. Enfrente del primer puesto de control hay un departamento de venta de «souvenirs».

En primer lugar, y a la entrada principal, he tenido que firmar, así como el fotógrafo que me acompaña, en un pesado libro. El guarda pronuncia una contraseña. Pasamos al segundo control, donde hemos de ser mirados a través de rayos X.

Atravesamos un jardín lleno de flores vistosas. Desde la cantina llega una música optimista.

Advertimos que nuestros pasos son seguidos atentamente. Pero todos los funcionarios exhiben la mejor de las sonrisas. Vemos las instalaciones de este inmenso poblado penitenciario. Entrevemos rápidamente una iglesia, un parque de bomberos, las viviendas de los funcionarios.

Ante la pantalla de rayos X

Llegamos a un control, donde hemos de ser examinados por rayos X. Ante una mesa está sentado el secretario del alcaide. Nuevo libro donde se registran nuestros nombres otra vez. El secretario del alcaide me indica que pase ante la pantalla de rayos X. Me sitúo sobre una pequeña plataforma y el secretario, después de observarme atentamente, dice:

-Haga el favor de sacarse las llaves que tiene en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y póngalas sobre la mesa.

Cumplo la orden mecánicamente. Una escena parecida se desarrolla con el fotógrafo. Seguimos adelante.

Continúo atravesando dependencias. Nuestros pasos siguen siendo registrados casi electrónicamente, pero continúan las sonrisas.

Sigo escuchando la música. Una música científicamente elegida para inducir al optimismo. Por todas partes advierto un confort extraordinario.

En la cafetería

Entro en una cafetería que nada tiene que envidiar a las mejores de la Gran Vía madrileña. En su interior hay todas esas cosas que contribuyen a hacer agradable y cómoda la vida de los norteamericanos. Máquinas automáticas de todas clases, desde la televisión, hasta las máquinas tragaperras.

El local está lleno de un público heterogéneo. Pido la comida. No hay camareros: las viandas se colocan en bandejas que el cliente recoge y lleva personalmente a su mesa. Cuando acabo devuelvo la bandeja vacía. La comida me cuesta dos dólares. Quiero dar propina, pero no me la aceptan.

Todavía faltan tres cuartos de hora para mi entrevista con Chessman. Paso a un saloncito de espera, no muy grande, pero sí suficiente para que quepan unos cuantos sillones. Antes de entrar he visto una exposición de trabajos realizados por los presos: figuras de marquetería, tallas de madera, etcétera.

En la enorme prisión sigo escuchando una música de fondo, deliberadamente optimista, grotescamente alegre. Esta música me hace pensar que parece increíble que esté a punto de entrevistarme con un hombre que lleva casi doce años sometido a una espera interminable de la muerte, y para quien escuchar estas notas alegres debe ser algo muy parecido al suplicio de Tántalo.

Ante Chessman

Por fin el gran momento se aproxima. Después de recorrer un largo pasillo, entro en un locutorio reducidísimo, donde poco después entra Caryl Chessman, el penado de la celda 2.455 de la cárcel de San Quintín de San Francisco de California.

El 3 de julio de 1948 entraba Chessman en esta cárcel condenado a muerte con una pena adicional de 385 años de trabajos forzados.

Ya entonces su carrera criminal era larga, desde que en 1934 tuvo sus primeras dificultades con la policía por pequeñas fechorías. En 1936 es internado por primera vez en un reformatorio. En 1941 recibe su primera condena por robos y agresiones: 16 años de reclusión, pero en 1947 es puesto en libertad condicional. Comienzan las hazañas del «bandido de la luz roja», que opera en las desiertas carreteras californianas y ultraja a las mujeres después de desvalijarlas.

Identificado por varias de las víctimas, el jurado, compuesto en su inmensa mayoría por mujeres, le condena a muerte. Pero Caryl Chessman se manifiesta inocente y comienza una lucha desesperada y asombrosa, que poco a poco va atrayendo hacia la desnuda celda 2.455 la atención de todo el mundo.

Es ante este hombre, ante quien me hallo después de haber atravesado el Atlántico y el inmenso territorio de los Estados Unidos de América.

Noventa y nueve probabilidades en contra

Lo primero que le pregunto es esto:

-¿Espera usted sobrevivir?

-Tengo noventa y nueve probabilidades entre cien en contra. Pero el gobernador de California tiene la palabra. Él ha dicho que en mi caso ha cerrado la puerta, pero aún no ha echado la llave.

-¿Ha perdido usted la esperanza?

-Si la hubiese perdido las otras veces que he estado a punto de ir a la cámara de gas no estaría vivo.

Le digo que particularmente, yo pienso que no deben ajusticiarle. Me lo agradece con una sonrisa. Chessman no tiene aspecto de un ególatra infatuado. Sobre él se centran los ojos de todo el mundo. Pero habla con un tono de alegre resignación. Su expresión no es triste.

A Chessman le sienta bien este tono de optimismo:

-¿Cree usted que sus abogados han cumplido su deber perfectamente?

-En general, sí. Pero creo que Mr. Davis ha ido más a los periódicos que a los tribunales.

-Usted ha escrito tres libros: «Celda 2.455», «Trial by Ordeal» y «La cara de la Justicia». ¿Opina usted que habría sobrevivido sin escribir estos libros?

-¡Quién sabe!

No había pruebas, pero sí una víctima

-¿Cree usted que la muerte del taquígrafo que tomaba las notas de su proceso le ha perjudicado?

-Me parece que sí.

-¿Mantuvo el juez durante su proceso una actitud justa?

-Creo que el juez sometió al jurado a una coacción. Una coacción extraordinariamente hábil. No había demasiadas pruebas, pero sí una víctima, que era lo importante.

Al pronunciar las palabras anteriores Chessman no ha podido ser más concreto.

-¿Se arrepiente usted de algo?

-Tengo, como todo el mundo, muchas cosas de que arrepentirme. Pero hay una cosa de la que no puedo arrepentirme: de ser «el bandido de la luz roja». Y no puedo arrepentirme de ello sencillamente, porque no lo soy.

Detrás de nosotros un guarda toma nota de todo lo que decimos. Chessman habla con precaución. Cualquier paso en falso podría serle fatal. Por esta razón hablamos inglés, aunque el penado más famoso del mundo conoce bastante bien el español. Y espera que, si salva la vida, quizá podremos conversar en español en otra ocasión.

Capítulo II

Continúo mi entrevista con Chessman, el hombre que lo único que no ha perdido es la esperanza.

-¿Qué hace, Chessman, durante las veinticuatro horas del día?

-Me levanto a las ocho. Poco después pasa el carrito de las viandas y cojo la bandeja del desayuno. Después de afeitarme, trabajo hasta eso de las diez y media y luego hago algo de gimnasia en compañía de otros presos.

»A la una y media pasa otra vez el carrito de las viandas, del que hemos de tomar la comida y la cena, ya que no vuelve a pasar hasta el día siguiente.

»Después de reposar un rato, trabajo hasta las seis, y de seis a ocho buceo entre papeles legales y libros de Derecho para preparar mi defensa.

»Desde las ocho hasta las diez, que es cuando tocan silencio, juego al ajedrez con algún compañero de la galería de la muerte o bien leo algo.

Un pasado perdido

-¿Qué lee usted ahora?

-Estoy leyendo «Dr. Jivago», de Pasternak. Me parece una obra excelente por la manera cómo su autor sabe expresar un mensaje.

Hay aquí indudablemente una alusión al mensaje que contienen las obras de Chessman. Por eso le pregunto:

-¿Qué le indujo a escribir sus libros?

-En primer lugar, defenderme. Además, tenía la convicción de que había malgastado mi pasado. Quería hacer una labor constructiva.

-¿Cuál cree usted que es el mejor de sus libros?

-Es difícil contestarlo. Creo que el primero es el más sincero.

Esta última frase la ha pronunciado Chessman en español. En otras ocasiones también ha empleado palabras españolas. Pero en general contesta en inglés a mis preguntas.

-Ya que habla usted tan bien el español, ¿por qué no hablamos en esta lengua?

-Si hay un nuevo aplazamiento de mi sentencia, quizá podamos alguna vez mantener una conversación en español, pero ahora me refugio en el inglés, pues mi español no es muy perfecto y podría dar lugar a errores que tal vez me perjudicasen.

Hasta este momento la conversación se había desarrollado en un tono tranquilo, pero esta advertencia de Chessman me hace recordar que a pocos metros de nosotros existe un aposento que lleva el nombre fatídico de «cámara de gas». El contraste es angustioso entre nuestra tranquila conversación y el ambiente en que vive este hombre con su sentencia pendiente sobre la cabeza como la espada de Damocles.

Por un momento, ante la tranquila confianza de Chessman, me había evadido por unos momentos del mundo de horror en que estoy introducido. Vuelvo la cabeza y veo al vigilante que toma nota de todo cuanto hablamos.

Gratitud hacia los países hispánicos

-¿Dónde aprendió el español?

-En la escuela, cuando era muy joven. Siempre he tenido gran simpatía hacia el castellano y hacia todo lo español. A veces, durante las vicisitudes de mi proceso, me veo como un Don Quijote luchando contra los molinos de viento legales.

-¿Tiene ocasión de practicar el español en la cárcel?

-Hago todo lo posible por que no se me olvide. Ahora me ejercito con uno de los compañeros de la celda contigua.

¡Un compañero de la celda contigua! Indudablemente un condenado a muerte como Caryl. Resulta emocionante este aprendizaje de un idioma que probablemente no podrá ser practicado para hablar las cosas sencillas de la vida, esas cosas sencillas que luego me dirá Chessman que ama tanto.

Me habla de Hispanoamérica. Una mirada de gratitud ilumina el rostro de Chessman. Sabe perfectamente que el último aplazamiento de su sentencia se ha debido en gran parte a la intercesión de los hispanoamericanos. El Presidente de Brasil, la Cámara de Diputados chilena y, sobre todo, el Consejo Nacional de Gobierno del Uruguay, hicieron presente a Eisenhower que el caso Chessman podía dar lugar a una atmósfera desagradable durante su reciente viaje por Iberoamérica. Es bien sabido que éste fue un motivo que influyó poderosamente en el aplazamiento de la ejecución de Chessman. Ese plazo cuyas últimas horas, cuyos últimos minutos, está viviendo el condenado a muerte más famoso del mundo. Esperando a pocos metros de la cámara de gas.

«Las masas creen en mi inocencia»

-Siento una inmensa gratitud -continúa Chessman- hacia los países hispánicos, particularmente para Uruguay, cuyas autoridades han hecho posible el aplazamiento de mi sentencia.

»En muchos sitios hay grandes masas que creen en mi inocencia y dicen que no se me debe matar. En el fondo, lo que está en juego es algo mucho más importante que lo que puede representar una vida como la mía. Es la eterna lucha contra la injusticia que en esta ocasión se ha personalizado en mí.

Siento un nuevo llamamiento hacia la realidad acuciante de ver a este hombre en lucha con la muerte, que vive quizá sus últimas horas sin perder el espíritu de lucha ni la serenidad. Nuevamente le interrogo sobre los detalles de esta lucha desigual de uno contra todo el aparato de la justicia norteamericana. Y le pregunto, casi brutalmente:

-Si usted sabe quién es el hombre de la luz roja, ¿por qué no lo dice?

-Es éste un viejo asunto. Prefiero morir en la cámara de gas antes de delatar a la persona por quien me hacen pasar. Creo que es más bien por humanidad. Siempre creí que los jueces resolverían el enigma. Este es un problema de conciencia, porque todavía soy capaz de sentir esta clase de problemas.

Me hubiera gustado profundizar en el pensamiento de Chessman acerca de este punto. Las palabras anteriores envuelven el más extraordinario reto que ha lanzado un condenado a muerte contra los jueces. Descubrir al verdadero culpable no es la misión del hombre que vive en la tétrica vecindad de la cámara de gas, sino de los jueces que le condenaron. Un reto estremecedor y al mismo tiempo una terrible acusación.

Pero ya el vigilante se levanta y anuncia que ha transcurrido el tiempo reglamentario. Lanzo mis últimas preguntas apresuradamente:

-Si se salvara de la muerte, ¿qué haría?

-Me gustaría vivir una vida tranquila y disfrutar de las cosas sencillas. Tener una casa en el campo donde hubiera una buena chimenea y donde pudiese respirar el aire sin que éste tenga que pasar entre los barrotes de hierro antes de llegar a mis pulmones.

El rostro de Chessman va a desaparecer de mi vida, quizá para siempre. El fotógrafo dispara los últimos «flashes» mientras yo encuentro todavía tiempo para murmurar:

-Le deseo suerte de todo corazón.

La figura del condenado a muerte desaparece. Delante de él se extienden pasadizos que van a parar a un lugar terrible.

Delante de mí están las flores, la música optimista, las sonrisas de los funcionarios y, al fondo, la ciudad de San Francisco llena de vida.

Dos fotografías

Ha terminado lo que probablemente será la última entrevista individual concedida por Chessman a un periodista, en caso de que su ejecución no sufra un nuevo aplazamiento. En caso de que no se cumpla la cita con la muerte el 2 de mayo. Siempre que se trata de Chessman es difícil imaginar algo definitivo y terminante. Todo en este drama apasionante es provisional, aplazado, sin última palabra. Para Chessman lo provisional se ha convertido en la esencia de su vida.

En estas condiciones, no perder la esperanza supone un sobrehumano triunfo del espíritu. Chessman sigue luchando, defendiéndose, buscando errores y contradicciones de sus adversarios, estudiando incansablemente las leyes, buscando nuevas pruebas de su inocencia.

No quiere que le indulten, pues el indulto supondría para él vivir hasta su muerte entre los muros de un penal. Quiere que se reconozca su inocencia, no que se le perdone la vida.

En estos momentos, su defensa esgrime dos fotografías que contienen detalles sensacionales que pueden cambiar totalmente el curso de este drama y que ahora se revelan por primera vez.

George T. Davis, uno de los letrados de Caryl Chessman, me enseña estas dos fotografías. La una, dividida en dos partes, muestra el coche del «bandido de la luz roja» y, al lado, el de Chessman. El de Chessman tiene el faro fatídico a la izquierda y, el otro, a la derecha. No puede tratarse del mismo automóvil por consiguiente.

La segunda es una reconstrucción ideal del rostro del bandido hecha reuniendo los datos aportados en las declaraciones de los testigos. En esta reconstrucción, el bandido presenta una cicatriz en la cara. Chessman no tiene ninguna.

¿Bastarán estos detalles para salvar la vida de un hombre que lleva doce años esperando el cumplimiento de su sentencia? Esta es una pregunta que se contesta de muy diversas maneras entre los que siguen de cerca el desarrollo del caso Chessman en estas horas apasionadas que preceden a la extinción del que hasta ahora sigue siendo oficialmente el último plazo.

*****

3 de mayo de 1960

Capítulo III

Las puertas de la prisión de San Quintín chirriaron y el pasillo se tragó a la figura impresionante de este condenado a muerte fuera de serie que es Caryl Chessman. Las últimas palabras de Chessman me habían expresado su deseo, si alguna vez se viera libre de la prisión, de poseer una casa de campo y disfrutar de las cosas sencillas.

Confusamente, pude oírle todavía:

-Pero eso es un sueño y ya no me queda tiempo para soñar. El lunes llega antes de lo que uno quisiera.

El lunes, fecha fatídica que verá, si no hay nuevo aplazamiento de la sentencia la muerte de Chessman en la cámara de gas.

Salgo del locutorio donde me he entrevistado con Chessman. En una de las columnas, en un marco con cristal, está anotado, día por día, el rancho para una semana. Busco la minuta del día 1, el día que precisamente Caryl comerá a la carta. Ese día podrá elegir.

Los otros -o quién sabe si quizá también él- comerán, según el menú de la tablilla lo siguiente: desayuno, compota de fruta, cereales, tostada con mantequilla, jarabe de maple y café. Comida: Puré de lentejas, rábanos fritos, sandwich especial, galletas, compota de manzana y té caliente. Y para la cena está programado ensalada mixta, filete de cerdo a la parrilla con patatas y guisantes, postres de manzana y café con leche.

Un americano típico

Mientras recorro a la inversa mi camino por el interior del penal, voy recordando particularidades del hombre excepcional con quien acabo de sostener una conversación de interés apasionante.

Caryl Chessman tiene algo que impresiona, una personalidad arrolladora y sobre todo unas tremendas ganas de vivir. En persona resulta más joven que en fotografía y debo decir en honor a la verdad que tampoco me pareció que tuviera ese gesto agrio que estamos acostumbrados a ver en los grabados de los periódicos.

Viste el uniforme azul de los presos, tiene las manos cuidadas y el pelo cortado a navaja. Da la sensación de una persona aseada pero no atildada.

Es un producto típico americano. En la manera jovial de expresarse, en sus ademanes, en el andar. Cuando apareció por el hueco del pasillo, me tendió la mano con gesto de jugador de béisbol, como si fuera a balancearse con el guante en la mano. Me dijo que hacía algún ejercicio físico en compañía de los otros penados. En realidad, según me he enterado luego, dedica unas tres horas diarias a su entrenamiento físico.

Cuando nos sentamos hubo un segundo silencio. Él cruzó las manos, nerviosamente dominadas, y con un principio de sonrisa esperó a que le preguntase. Un gesto típico de Chessman es cruzar las manos sobre la mesa y va moviendo los dedos, uno a uno, con la mirada fija en este movimiento infantil.

Me costaba trabajo pensar que estaba ante un hombre con las horas contadas. Pero él no se lamenta.

No está ni siquiera en plan de víctima. Escucha, habla, contesta y sonríe. Eso es todo.

Se proclama inocente

Chessman mantiene que es inocente con firme tenacidad y convicción. Cuando le pregunto si se considera inocente, me dice:

-De la manera más rotunda. Puede usted publicar en todos los periódicos que quiera que ahora, después de 12 años de lucha ininterrumpida he llegado a dudar del valor de muchas cosas, pero hay algo que puedo gritar con la misma fuerza y con el mismo brío que cuando me detuvieron: soy inocente de tales atentados.

»La opinión pública estaba muy alarmada de los asaltos de ese hombre de la luz roja y era preciso que la justicia se tomara su revancha.

Le recuerdo que en estos días se ha hablado de un tal Charles Saverini Terranova como presunto sospechoso de tales atentados. Pero Chessman se muestra cauto a este respecto:

-No insista. No puedo decirle nada sobre ese particular. Quizás en otra ocasión…

Este hombre, que quizá viva sus últimas horas, piensa que tal vez haya «otra ocasión». En todos sus detalles aparece esta esperanza que es en realidad lo que le ha dado fuerzas para soportar estos 12 años de condenado a muerte.

La conversación con Chessman resulta agradable y cordial. A ello contribuye el escenario donde se desarrolla. En el locutorio, con muy escaso mobiliario, no hay rejas ni barrotes. Sólo unas mesas largas y estrechas. Los presos y los visitantes pueden hablar cara a cara sin más entorpecimiento que la presencia de un funcionario que vigila a varios metros en panorámica.

Pesimismo

En mi recorrido hacia el aire libre paso por la sala de espera de la prisión, donde poco tiempo antes había esperado la hora de mi entrevista con Chessman. Algunas personas, que esperan a su vez, leen los periódicos de San Francisco. Todos dedican grandes titulares al caso Chessman y se pronuncian bastante pesimistas. Por la televisión se transmite en este momento noticias en torno a Caryl Chessman. En realidad todas estas informaciones más que aportar algún detalle nuevo no hacen sino mantener la expectación desarrollada en torno a la persona del singular recluso. Pero precisamente en la sala de espera me tropiezo con uno de los hombres que han aportado al caso una de las más recientes luces. Se trata del detective privado de Richmond, California, William J. Lin-Hart.

Es el descubridor y principal sostenedor de la hipótesis de que un tal Charles Saverine Terranova pudiera ser el bandido de la luz roja. Como he dicho antes, Chessman no ha sido muy explícito sobre este punto, pero Lin-Hart se muestra más locuaz.

-Esta hipótesis -me dijo- es interesantísima. Pero la policía no quiere concederle ya importancia a estas alturas.

Al parecer el detective basa su hipótesis en la circunstancia de que Caryl Chessman en el momento de su detención habló de un sujeto llamado así. Y según me han informado la policía no realizó entonces información alguna respecto a esa persona.

-Ahora hemos comprobado que Saverine ha huido. Y que las autoridades tienen interesada su reclamación. Aunque -añade el detective con pesimismo- no creo que se tomen la menor molestia en buscarle.

Me explicó también Mr. Lin-Hart que el problema más difícil que ha tropezado siempre para la investigación de este asunto ha sido la actitud del propio Chessman que no parece dispuesto a decir quién sea el tipo de la luz roja. Siempre recordaré la expresión con que el condenado a muerte me dijo:

-Este es un problema de conciencia que, aunque muchos crean lo contrario, soy capaz de planteármelo.

En los medios oficiales, estas gestiones de última hora en busca de un responsable no son tenidas muy en cuenta, en consideración a que hasta ahora no han sido más que pretextos para nuevas revisiones y luego no se ha aclarado nada.

Entre tanto Chessman, a muy pocas horas ya del minuto fijado para su final, es posible que esta vez vaya a parar irremisiblemente a la cámara de gas. A no ser que se decidiera a hacer esas declaraciones sensacionales que guarda y que ha anunciado más de una vez.

Capítulo IV

Inmediatamente después del momento señalado para la ejecución de Chessman estaba prevista una conferencia de prensa del Alcaide de la prisión, el cual informaría a los periodistas, ya que las ejecuciones sólo pueden ser presenciadas por un reducido número de personas.

Con el fin de dar a los lectores la mejor información posible, pocas horas antes del momento fijado para el cumplimiento de la sentencia de muerte, me he entrevistado con el Alcaide de San Quintín, de quien habla Caryl Chessman en sus libros.

San Quintín es la mayor y la más antigua de las prisiones de California. Fue fundada en 1852 y tiene capacidad para unos 5.000 reclusos. Es por su tamaño el segundo penal de los Estados Unidos.

Entre sus muros está la cámara de gas donde se verifican todas las ejecuciones de sentencias de muerte pronunciadas en aquel Estado. Durante los pasados diez años han tenido lugar unas nueve ejecuciones anuales por término medio. Generalmente hay unos 20 hombres en la sección aislada que se conoce con el nombre de «galería de la muerte».

Después de una laboriosa serie de requisitos he conseguido conversar con el Alcaide del penal en su despacho de la penitenciaría. Se llama Fred R. Dickson y es un hombre corpulento con cierto aire de Papá Noel.

La ley debe cumplirse

-Comprenderá -empezó diciéndome- que en esta penitenciaría hay ahora cerca de 5.000 presos ordinarios y 21 condenados a muerte. Cada uno de esos casos será tan digno de lástima como el de Chessman. Pero no sé por qué, la gente sólo se ocupa de éste.

-Desde que Caryl ingresó en la prisión, ¿cuántos condenados han sido ejecutados?

-Noventa y cinco.

-¿Cree usted en la ejemplaridad de la pena de muerte?

-No creo que tenga la menor eficacia en cuanto a ejemplaridad. No ha servido ni servirá nunca para desarraigar el crimen en la mente de ciertas personas.

»Sin embargo, aunque no soy partidario de la pena de muerte, creo que la ley debe cumplirse. Y mientras en el Estado de California no quede abolida, las sentencias, demoradas o no, deben consumarse.

-Pero, ¿no estima que se hubiera debido buscar otra fórmula, concretamente en lo que al caso Chessman se refiere?

-No veo por qué. Si Chessman ha conseguido sobrevivir tanto tiempo ha sido gracias a su inteligencia, pero nada más.

-¿Considera usted que en efecto se le negaron los derechos constitucionales en el momento del juicio?

-Eso no soy yo quien deba decirlo.

Chessman, secretario del alcaide

-Si usted hubiera sido el gobernador de California, ¿cuál hubiera sido su actitud respecto a Chessman?

-Es una pregunta muy delicada a la que comprenderá usted que no puedo responder.

-¿Cuál ha sido el comportamiento de Chessman en la prisión?

-Chessman no ha sido un preso difícil, ni mucho menos. Ha sido lo suficientemente inteligente para no crear problemas.

-¿Cuándo le conoció?

-En 1946. Entonces comenzó a trabajar en mi despacho como secretario y asistente mío. En todo momento demostró sus indiscutibles facultades para el trabajo intelectual.

-¿Se ganó la estimación de los demás presos?

-La de unos sí y la de otros no. Pero, me atrevo a decir que a muchos lo que les pasa es que les molesta la popularidad ajena.

Recuerdo un incidente del que hablaron mucho los periódicos y pregunto a Fred R. Dickson:

-¿Es cierto que poco antes de producirse uno de los aplazamientos el otoño pasado los demás reclusos hicieron un pelele y lo ahorcaron como símbolo de protesta?

-No. Eso no ocurrió dentro de la prisión, sino fuera. Creo que un grupo de muchachos que no tenían otra cosa en que entretenerse, hicieron efectivamente un muñeco que luego dijeron que representaba a Chessman.

Ya no hay celda 2.455

-¿Ha leído usted los libros de Chessman?

-Comencé a leer el primero, «Celda 2.455» y no lo terminé por falta de tiempo, no porque no me gustase, pues reconozco que Chessman escribe bien y se lee fácilmente.

Aquí hay algo que añadir con respecto a la famosa celda 2.455: y es que se ha cambiado la numeración y ya no existe ese número en la prisión. La que ha ocupado Caryl últimamente no lleva número.

-¿Cree usted que si Caryl Chessman hubiera obtenido la libertad se habría regenerado?

-Creo que se regeneró totalmente. Pero si a lo que usted se refiere es a la probabilidad de que Caryl Chessman se comportara honradamente fuera de la prisión, le diré que habría sido lo más fácil.

Al finalizar la entrevista, el Alcaide Mr. Dickson me mostró el candado de la antigua prisión española que existía en el mismo lugar donde hoy se alza esta ciudad penitenciaria. Ahora se utiliza como pisapapeles. Al lado hay una llave que debió ser una de las primeras de la reciente cárcel norteamericana, pues lleva la fecha de 1852, que es cuando se fundó.

Desde entonces hasta el presente la prisión ha cambiado mucho. Hay talleres de reeducación, campos de deporte, salas de estudio…

Protección de la sociedad

San Quintín tiene una función primaria: la protección de la sociedad. Esta función se cumple de dos maneras: manteniendo a los prisioneros separados del resto de la sociedad y mediante un programa de reeducación que permita a los presos reincorporarse dignamente a la sociedad después de haber cumplido sus condenas. Esto último es de extrema dificultad, ya que un 98 por ciento de los hombres en un momento u otro son puestos en libertad.

Esta última es la razón de que existan grandes instalaciones dedicadas a la institución de los reclusos y a lugares de trabajo en los cuales pueden desarrollar una actividad laboral que luego ha de serles de un valor inestimable.

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En San Francisco existe gran expectación

San Francisco de California vive momentos de extraordinaria expectación. Frente al edificio de la cámara de gas, corresponsales de Prensa de todo el mundo están instalando teléfonos de emergencia, para poder informar rápidamente de la ejecución. Asimismo, cámaras de numerosas emisoras de televisión se sitúan a la entrada del lugar que habrá de realizarse la ejecución de Caryl Chessman el próximo día 2.

El viernes, los abogados Davis, Rosalie Ascher y Wirin sostuvieron una entrevista con Chessman, y después presentaron un nuevo recurso, al parecer con detalles y pruebas que se mantendrán en secreto con el fin de evitar entorpecimientos de última hora y que quizá puedan impedir nuevamente la muerte de Chessman, a pesar de que a estas alturas parece confirmarse definitivamente la ejecución el próximo lunes.

Descubrimiento sensacional de Camarero

He investigado en San Francisco por mi propia cuenta y he conocido a un mejicano, bastante informado sobre las actividades y la personalidad del bandido de la luz roja. Este probable encubridor se encuentra actualmente en libertad.

Anteriormente estuvo detenido dos veces en la Penitenciaría de San Quintín.

Afirma que cuando Chessman fue detenido, integraba una banda con otros cinco asaltantes, y añade rotundamente que Chessman está pagando culpas ajenas.

Confidencialmente me aseguró que el bandido de la luz roja se llamaba Félix Arajo, quien, al parecer, se ahorcó con una correa en la estación de Los Ángeles, cuando fue detenido en 1948.

Según mi confidente, ningún otro de la cuadrilla podría ser el bandido de la luz roja, porque no abusaban de las mujeres nunca. Sólo Félix Arajo era conocido por estas brutalidades, que han ido atribuyendo a Chessman.

Durante mi conversación con el mejicano, me insiste constantemente en que conoce bastante bien a Caryl Chessman y le considera incapaz de los atentados que se le achacan al bandido de la luz roja.

La banda estaba integrada por cinco personas. Arajo y otro han muerto. Chessman está en la cárcel. Quedan dos en libertad, que debería localizar la policía.

Uno de ellos podría ser Terranova

Probablemente, uno de los miembros de la banda de Chessman, que están aún en libertad, es Charles Saverine Terranova, el sospechoso a quien buscan actualmente los detectives privados.

Mi comunicante pensó, hace algún tiempo, contar todo esto a la policía, pero un hermano de Arajo le pidió silencio para dejar las cosas como estaban.

«Me remuerde la conciencia saber que Chessman, aun conociendo la muerte de Arajo, vaya a morir, sin culpa alguna, sólo por no complicarles la vida a dos personas que hoy viven honradamente», añadió el mejicano con el que sostuve una larga conversación.

Chessman a punto de hacer revelaciones

Después de mi conversación misteriosa y sensacional he vuelto a visitar a Chessman en su celda. Está deshecho moralmente, y muy distinto al de hace sólo unas horas, cuando me recibió por primera vez.

Me ha confirmado la existencia de la banda, y dice que sabía que dos de ellos han muerto. Le insistí para que me diera los nombres, pero sigue obstinado en no facilitar dato alguno que pueda ayudar a la aclaración del asunto, merced a las declaraciones de nuevos testigos.

«¿Era Félix Arajo uno de sus compañeros de banda?», le pregunté por sorpresa.

Chessman se quedó bastante confuso y me preguntó con gran interés quién me había facilitado ese dato, tras el que parece esconderse gran parte de la clave del misterio.

Pero Chessman, que parece estar a punto de decir algo, en varias ocasiones, se domina y me ruega que no bucee en el pasado.

«Con uno que vaya a la cámara de gas es suficiente. Por ello, pido a Dios que me dé fuerzas para vencer a la tentación de hablar en el último momento. Es muy difícil esperar, siendo inocente, en silencio.»

«El gobernador dice que no puede hacer nada. No me gustaría estar en su lugar», añadió Chessman.

«No pierdo la calma, pero sí las esperanzas», terminó diciéndome el condenado a muerte.

Esfuerzos de última hora

El detective Lin-Hart, convencido de la inocencia de Chessman, busca incansablemente a Charles Saverine, quien tiene una cicatriz en la frente, igual a la que describieron los únicos testigos aportados ante el tribunal, para acusar al «bandido de la luz roja».

Mientras tanto, el abogado Davis hace los últimos esfuerzos legales y el teléfono de su despacho no cesa de funcionar. Mujeres y hombres de todos los rincones lloran y desean éxito en los esfuerzos de última hora para conseguir, una vez más, la salvación de Caryl Chessman.

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A las 8 de la mañana hora local, a las 4 de la tarde de Madrid, se reunirá el lunes, día 2 de mayo de 1960, fecha fijada para la ejecución de Chessman, el Tribunal Supremo de California, después de una votación en la que hubo cuatro votos a favor de la reunión y tres en contra.

En esta reunión se estudiará la posibilidad de un nuevo aplazamiento del ajusticiamiento del «eterno condenado a muerte» y el resultado sólo se sabrá una hora antes de la fijada para situarle en la cámara de gas, es decir, a las 6 de la tarde, hora de Madrid.

Se presentan pruebas inéditas

Un nuevo escrito de veinte folios, con pruebas inéditas, acaba de ser presentado por los abogados en una solicitud de aplazamiento de la ejecución. Los nuevos datos aportan cargos concretos contra otros sospechosos y se está investigando urgentemente sobre la identidad de la persona que podría ser el auténtico bandido de la luz roja.

Chessman dejará cartas

Chessman, con la cara cubierta de sudor, y un gesto de desaliento, sin haber dormido en las últimas jornadas, me ha dicho, quizá por última vez:

«Ahora sí que voy a morir, pero dejaré cartas a los investigadores, en las que encontrarán datos importantes. A la hora fatal, recorreré el pasillo que conduce a la cámara de gas, y haré el viaje final lo más rápidamente posible. Gran parte de mi existencia ya ha muerto a través de los doce años de angustias y suplicios morales. La justicia ha encontrado un nuevo modo, original, para martirizar a un hombre durante varios años.»

El gobernador tiene poder constitucional

Chessman ha pedido al gobernador Brown una oportunidad de hablar ante el Tribunal Supremo para obtener el indulto. ¿Es que está decidido a contar todo lo que, al parecer, ha callado sistemáticamente durante todos estos años? Si así fuera, el caso Chessman podría tomar un sesgo sensacional.

Mientras tanto, Mr. Davys, el abogado principal de Chessman, me ha hablado con bastante ironía del gobernador Brown, insistiendo en que éste tiene poder constitucional para aplazar un día, una hora, un año o noventa y nueve años la ejecución, sin necesidad de que el Tribunal Supremo se lo pida.

Una llamada del Vaticano

El gobernador Brown, que es católico, se ha pasado la noche del domingo al lunes ante su teléfono, esperando una llamada del Vaticano, que pesará moralmente sobre la decisión de última hora.

La prensa de San Francisco

La prensa de San Francisco comenta desfavorablemente, en sus últimas ediciones, todo el proceso de Chessman, provocando así una reacción popular.

Según dicen los periódicos, la policía de Los Ángeles maltrató a Chessman. La prostituta que actuó como testigo de cargo ha desaparecido. La víctima, que está recluida en un manicomio, después del ataque atribuido a Chessman, había estado con anterioridad recluida en una casa de salud por trastornos mentales. El tercero y último testigo, una chica de buena familia, se negó a presentarse nuevamente ante los Tribunales.

Cientos de coches y miles de cirios

En la madrugada del domingo al lunes, cientos de automóviles, con crespones negros y con pancartas, llegan desde todos los puntos del Estado, invadiendo todas las carreteras que conducen a la penitenciaría de San Quintín.

La Isla del Ángel está iluminada por millares de cirios y una inmensa muchedumbre reza a gritos por la salvación de Chessman.

La carretera está cortada por la policía del Estado y por la Federal un kilómetro antes de llegar a la prisión.

El testamento de Chessman

Según se ha revelado, Caryl Chessman, cuyos beneficios para la edición de sus cuatro libros son bastante elevados, ha hecho testamento a favor de su hija, que hace muchos años que no ve.

Ya sólo queda esperar, esperar hasta última hora, recordando la frase que Chessman me ha dicho hace sólo unas horas:

«He muerto varias veces y me han enterrado otras tantas.»

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Chessman, en capilla

Información exclusiva del enviado especial de La Vanguardia y de la Agencia FIEL

San Francisco, 5,28 horas del día 2 de mayo de 1960.

Ya está Chessman en la celda del piso bajo de la Penitenciaría, precisamente el piso de la cámara de gas, y todo está dispuesto para la ejecución.

Anoche le prepararon una cena a base de pollo frío, ensalada, frutas y café con leche, pero sólo quiso un bocadillo y una Coca-Cola. Esta mañana, cinco horas antes de su ajusticiamiento, almorzó sólo helado de vainilla y café con leche.

Ahora viste camisa blanca y pantalón azul, sin cinturón. La celda en que espera su última hora cuenta con un colchón, una alfombra y un rústico pupitre.

Chessman se ha pasado la noche escuchando la radio, a través de la que ha percibido el extraordinario clima de expectación general planteado en todo el mundo alrededor de él.

Le han visitado allí sus tres abogados y uno de ellos, Rosalie Ascher, ha dicho: «Si falla el recurso presentado, tenemos otro preparado para cursarlo inmediatamente».

El alcaide de la prisión nos ha dicho por teléfono: «No daré la orden de ejecución hasta que se me comunique el resultado de la deliberación del Tribunal Supremo del Estado de California, aunque pasen las diez de la mañana».

Marlon Brando, Steve Allen y Shirley MacLaine y otras personalidades llegadas en avión para interceder por Chessman, han visitado al gobernador del Estado. Su respuesta ha sido: «No quiero que muera, pero no demoraré más la ejecución a no ser que el Tribunal Supremo me lo diga».

El gobernador Brown, que está pasando por una fuerte tensión nerviosa, en lucha entre sus sentimientos personales y su deber, ha oído misa esta mañana y después nadó unos minutos en su piscina, dirigiéndose después a su despacho oficial.

En menos de veinticuatro horas ha recibido más de quinientas llamadas telefónicas de todo el mundo y el «suspense» general aumenta de hora en hora, de minuto en minuto.

A última hora no ha podido confirmarse aún la noticia sobre el testamento de Chessman a favor de su hija.

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4 de mayo de 1960

Capítulo V

Caryl Chessman ya está en capilla. Faltan sólo unas horas para que se cumpla la sentencia en la cámara de gas, cuando escribo estas líneas para ustedes desde la ciudad de San Francisco de California.

Una sentencia que ha sido aplazada numerosas veces durante los últimos doce años caerá irremisiblemente sobre un hombre que ha sido noticia y hasta bandera para muchos países y grandes masas de opinión.

Mientras tanto, Chessman continúa asegurando que él no es el «bandido de la luz roja». Y los periódicos de San Francisco encabezan, espectacularmente, sus informaciones con una frase lacónica del condenado: «Soy inocente».

Hasta el último momento, se esperó un nuevo milagro, un nuevo aplazamiento, pero el domingo fue el propio abogado de Chessman, Mr. George T. Davys, quien me dio la respuesta más desconsoladora.

-¿Qué esperanzas tiene usted?

-¡La muerte, sólo la muerte…!

Ayer, se despidió Caryl Chessman de Rosalie Ascher, uno de los tres abogados que han llevado incansablemente la defensa del condenado. Pero el trabajo de estos hombres continúa intensamente. Como me dijo, también, Mr. Davys: «Mientras hay vida existen esperanzas y hasta que se llegue a consumar la ejecución no está todo perdido…»

Su última voluntad

En las últimas veinticuatro horas de su vida, Chessman tiene el derecho de elegir los manjares que desee para su comida. ¿Tendrá ganas realmente de satisfacer esa necesidad?

Introducido en la celda de los condenados a muerte, al otro lado del pasillo donde se encuentra instalada la mortífera cámara octogonal, la cámara de gas, Chessman esperará el momento trágico de su ejecución.

Su última voluntad ha sido morir solo, sin compañía de otros condenados. Y este privilegio le ha sido otorgado, según parece, a última hora.

Después de Chessman, otros tres

Efectivamente, otros tres condenados deberían ser ejecutados simultáneamente con Chessman, dos hombres y una mujer.

Pero, ahora, en virtud de la petición de Caryl Chessman, será ejecutado primero él solo. Cuando por el enorme tubo aspirador sean retirados los gases y sacado el cadáver del reo-escritor, será ejecutada la mujer y después los otros dos hombres.

Recomendaciones para asistir

Es tal la expectación despertada por este apasionante caso, único en la historia legal de los Estados Unidos, que son numerosas las personas que intentan asistir a la ejecución.

La ley determina que deben seleccionarse doce testigos, en representación del pueblo, para dar fe de que la diabólica cámara de gas ha funcionado perfectamente. Pero el secretario del alcaide de la Penitenciaría de San Quintín me ha informado de que pasan de veinte los admitidos, excepcionalmente, seleccionados entre un aluvión de peticiones, a cual más influyente.

¿Quiénes son los acompañantes de Chessman?

El destino ha querido juntar en un viaje final, a Caryl Chessman, la «estrella» de San Quintín, con tres asesinos consumados, tristemente célebres por un repulsivo crimen cometido en noviembre de 1958.

Se trata de Mrs. Elizabeth Ann Duncan, A. Maldonado y L. E. Moya. Los tres son responsables de la muerte de una mujer: Olga Duncan, que era la nuera de Elizabeth y se encontraba embarazada.

Las cosas ocurrieron del siguiente modo: Maldonado y Moya, depravados jóvenes, estaban en agosto del mismo año en un café de Santa Bárbara. El dueño les puso en contacto con Elizabeth Duncan, quien les prometió seis mil dólares para que hicieran el «trabajo».

Los dos criminales raptaron a Olga Duncan, con engaño, la estrangularon en un automóvil, y, aún con vida, la enterraron en una fosa abierta junto a la carretera.

Los últimos intentos de los abogados

En su despacho de Sutter Street, de San Francisco, me ha recibido unos minutos el abogado de Chessman Mr. George Davys.

-Créame que es verdaderamente lamentable lo que la justicia de California está haciendo con este hombre. Le voy a hacer una confesión: hasta hace muy pocos días, yo no terminaba de creer en la inocencia de Chessman, aunque, naturalmente, mi obligación era defenderlo. Ahora estoy convencido de que no pudo ser el «bandido de la luz roja».

-¿Por qué? -le pregunto.

-Ahora tengo en mi poder unos valiosos documentos, aportados por algunos investigadores privados y también por la policía oficial. Pero no creo, que sirvan de mucho, pues han sido ya tantos los aplazamientos de la sentencia que la Corte Suprema y el propio gobernador de California, no quieren prestar atención a ellos.

Mr. George T. Davys me mostró los mil y pico folios que componen el proceso de Chessman y unas fotografías muy elocuentes donde, según me dijo, se ponen de manifiesto una serie de detalles de vital importancia para el hombre que va a ser ejecutado el lunes.

-En primer lugar, -me aseguró-, los testigos declararon que el bandido de la luz roja tenía el pelo muy corto y presentaba una enorme cicatriz en la cara. Y Caryl llevaba el pelo largo y no posee cicatriz alguna.

»Por otro lado, el coche “Ford” en que iba Chessman tiene la luz accesoria a la izquierda, al lado del volante, y la pareja compuesta por Mr. Hurburt y la señorita Mesa, aseguraron que el coche que vieron al temible bandido tenía el faro a la derecha, precisamente junto a la ventanilla del pasajero y no del conductor.»

Mr. Davys asegura que se habló también de que Chessman había empleado una pistola del calibre 45, para llevar a cabo sus atentados, y, sin embargo, la única pistola hallada en su poder es un juguete, una pistola de agua, que le fue confiscada por las autoridades en el momento de su detención.

-Alguien pretendió hacer ver que otra pistola, una pistola auténtica, que encontró la policía en una tienda atracada por el «bandido de la luz roja», pertenecía al propio Chessman, pero ese extremo aún no ha podido ser demostrado. Sobre esta y otras muchas dudas se ha dictado una sentencia de muerte -me continúa diciendo el abogado.

¿Por qué no se investigó sobre Terranova?

Por otro lado, la gente se pregunta el porqué no se hicieron investigaciones en torno a la personalidad de Terranova, un sujeto cuyo nombre pronunció Chessman, probablemente sin querer, en los primeros momentos de su detención.

-Probablemente, la explicación esté en que, cuando Chessman fue detenido, era un jovenzuelo inexperto, que tenía la creencia de que cuando uno no es culpable de una cosa no tiene por qué preocuparse. Pero, la realidad es que las autoridades necesitaban acallar a la opinión pública con un detenido convicto, aunque fue problematicamente convicto. El pobre Caryl -nos dice Mr. Davys-, era entonces como un ratoncillo en las garras de un gato. Luego, ha estudiado mucho y, cuando ha querido darse cuenta de los formulismos de la Ley, ya era tarde. Por eso, pensando en que había caído en una trampa, que no debía ser para él, escribió sus libros, como único recurso de protesta contra unas normas establecidas, que él creía absurdas.

Mr. Davys, que ha vivido algún tiempo en España, me dice:

-Por favor, déjeme usted ya. Es la vida de un hombre lo que está en juego, y tenemos que aprovechar hasta el último minuto.

La muerte…

Cuando salgo a la calle, llena de titulares de periódicos y de comentarios apasionados, falta ya muy poco para los minutos fatales, para la escena trágica de la cámara de gas.

Entre la gente que camina con prisas, entre la jauría enloquecedora del tránsito urbano, marcho por la acera como si estuviera en otro mundo. Se me agolpan los recuerdos de mis conversaciones con Chessman y una frase de Mr. Davys, martillea mi cerebro, precisamente la que me dijo cuando le pregunté si tenía alguna esperanza:

-¡La muerte, sólo la muerte…!

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Chessman murió negando ser el bandido de la luz roja. Tres jueces del Supremo investigan en Los Ángeles

Crónica telegráfica del enviado especial de La Vanguardia y de la Agencia FIEL

A las 10 horas 3 minutos, de San Francisco, se inició la ejecución de Caryl Chessman el lunes día 2 de mayo, en la cámara de gas de la Penitenciaría de San Quintín. Pocos minutos después, Chessman saludaba con la mano a los testigos de la macabra escena, respiraba hondo y dejaba de existir.

Unos potentes aspiradores sacaron los gases por un gran tubo y entonces se comprobó por un médico que su corazón había dejado de funcionar. La historia de Caryl Chessman había terminado, entre un coro de peticiones de aplazamiento o de indulto, procedentes de todos los rincones del mundo.

Y estuvo a punto de conseguirse, lo que hoy comentan con escándalo todos los diarios de San Francisco y las gentes en todos los rincones de la gran ciudad. El juez autorizó una teatral llamada telefónica a la Penitenciaría para autorizar un aplazamiento breve, cuando ya sabía que habían pasado las 10 horas de la mañana, fijadas para la ejecución, y que Chessman ya estaría en la cámara de gas. En los círculos periodísticos se afirma que el juez tomó su decisión con un retraso deliberado de 20 segundos, lo que impidió que la máquina de la ejecución pudiera detenerse.

Por otra parte, se dice que la firmeza del Tribunal Supremo de California de anunciar su decisión de no conceder un nuevo aplazamiento, se produjo tan a última hora, sin tiempo para presentar una nueva apelación, por motivos estrictamente políticos.

De los siete jueces reunidos para decidir sobre la demanda del abogado, tres de ellos estaban, al parecer, convencidos de la inocencia del condenado y han decidido continuar intensamente las investigaciones en curso en Los Ángeles, hasta la aclaración definitiva del asunto, lo que, si fuera favorable a la tesis de inocencia proclamada hasta última hora por Chessman, habría de constituir un gran escándalo judicial en los anales de los Estados Unidos.

Sin embargo, parece ser que hay una consigna del Tribunal Supremo para no dar pie a nuevas informaciones y comentarios, acabando con este caso, que pone en entredicho a la Justicia norteamericana.

Hoy aparece en el mercado de San Francisco la última novela de Chessman, cuyo título es «El chico era un criminal». Es de esperar que se agote rápidamente, teniendo en cuenta la gran expectación despertada por el caso y el deseo de última hora de Caryl Chessman de que todos los beneficios de sus obras vayan destinados a la lucha contra la pena de muerte.

Como ya sabrán ustedes, no pude asistir al momento de la ejecución, para narrarles a ustedes directamente los últimos momentos de Chessman, fuera y dentro de la cámara de gas. Sólo los periodistas norteamericanos gozaron de este privilegio, mientras que una masa de informadores extranjeros era rechazada enérgicamente en sus peticiones, anulando así toda posibilidad de que pudiera competir con sus profesionales norteamericanos.

Sin embargo, he intentado reunir para ustedes los detalles fundamentales. Y el más importante de todos es que Chessman asombró a cuantos le rodearon hasta los últimos momentos, presentándose tranquilo, despejado, despidiéndose uno por uno de sus amigos y conocidos, sin dar la menor muestra de inquietud ni de miedo.

Como siempre, ha negado ser el bandido de la luz roja, y, si lo fue o no lo fue, quizá se lleve el secreto al otro mundo.

El hombre que fue a la cámara de gas había superado la crisis de las últimas horas y ya no era el condenado, desencajado y sudoroso que, veinticuatro horas antes, pude entrevistar por última vez, cuando me dijo:

«Ahora sí que voy a morir. A la hora fatal, recorreré el pasillo que conduce a la cámara de gas, y haré el viaje lo más rápidamente posible. Gran parte de mi existencia ya ha muerto a través de los doce años de angustias y suplicios morales. He muerto varias veces y me han enterrado otras tantas.»

El caso Chessman, por ahora, ha terminado. Si la investigación que continúa descubre, al fin, que no era el bandido de la luz roja, nada podrá rehacerse. Caryl Chessman ha dejado de existir y su cuerpo será incinerado, de acuerdo con sus deseos. Caryl Chessman estará solo ante el juicio de Dios.

 


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