El asesinato de Carmen Broto

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Carmen Broto

El crimen de la calle Legalidad

  • Clasificación: Asesinato
  • Características: La muerte de Carmen Broto dio origen a morbosos rumores que implicaban en el hecho a jerarcas del régimen franquista e incluso de la propia Iglesia Católica
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 11 de enero de 1949
  • Fecha de detención: 12 de enero de 1949
  • Perfil de las víctimas: Carmen Broto Buil, de 25 años
  • Método de matar: Golpes con un mazo de madera
  • Localización: Barcelona, España
  • Estado: Jesús Navarro Manau fue condenado a pena de muerte en 1950. Conmutada por 30 años de prisión. Fue puesto en libertad en 1960. Jaime Viñas Plá y Jesús Navarro Gurrea se suicidaron con cianuro antes de ser detenidos
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El asesinato de Carmen Broto

P. Martínez Calpe – 12 grandes crímenes de la historia judicial española

Conocido también en los anales de la crónica negra española con el nombre de «El crimen de la calle Legalidad» o de «la calle Casanovas», aquel luctuoso suceso sacudió primero la ciudad de Barcelona, en el mes de enero de 1949, hablándose muchísimo de la víctima, una prostituta de lujo, llamada María del Carmen Broto Buill, natural de Boltaña (Huesca), la cual se suponía relacionada con elementos importantes y destacados de la vida pública de la ciudad, entre los que muchos señalaron, incluso, al obispo de entonces doctor Modrego. Del mismo modo se decía del gobernador de Barcelona, que estuvo «enredado» con Carmen de Lirio, y de otras notables personalidades.

Pero algo debió haber de cierto, ya que Carmen Broto, como se hacía llamar ella misma, tenía un piso en la Avenida del Padre Claret, número 16, junto al Paseo de San Juan, y al otro lado de dicho paseo se encontraba el bar «Alaska», donde parece ser que Carmen Broto conoció al que sería, algún tiempo después, el causante de su muerte.

Hemos de empezar aclarando que fue mucha la tinta que hizo correr este caso, de la literatura que ha producido y de que fue un caso que describió con todo lujo de detalles don Tomás Gil Llamas, jefe que fue por aquel tiempo de la Brigada de Investigación Criminal de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, en su obra «Brigada Criminal».

Se dijo que una influyente persona de la vida social barcelonesa, comprometida no se sabe cómo por la Carmen Broto, pagó a Jesús Navarro Manau o a su padre, un hábil ratero y «espadista», conocido de la Policía Barcelonesa, para que hiciera desaparecer a la prostituta del cabello rubio platino. Pero intuimos que ésa no fue la razón, sino otra mucho más sencilla: la de robar a Carmen sus joyas, que Jesús Navarro Manau sabía a ciencia cierta que eran muchas y valiosas.

De los recortes de la Prensa de entonces, de la obra de Tomás Gil Llamas y de diversas fuentes de información, hemos llegado a la conclusión de que los hechos ocurrieron más o menos así:

El padre de Jesús Navarro Manau poseía un taller de cerrajería en la calle de la Encarnación, número 99, en la barriada de Gracia. Paralela a esta calle, pero situada inmediatamente encima, o sea lo que se suele decir «la calle de arriba», estaba la calle de la Legalidad. Y en la inmediata superior, calle Providencia, trabajaba entonces el autor de esta obra, por lo que conocía el barrio, el lugar, las gentes y los personajes. Conocía el bar «Alaska» por estar próximo a su domicilio, en la calle de Cartagena, junto al hospital de San Pablo, Y hasta conoció a Carmen Broto antes de morir y puede atestiguar que, para lo que se daba entonces, era una auténtica mujer de bandera, capaz de volver chalado no al obispo Modrego, sino al propio Jefe del Estado.

Se dijo que Jesús Navarro Gurrea se dedicaba en su taller de la calle Encarnación a fabricar ganzúas, palanquetas y «espadas» para violentar pisos, material que facilitaba a buen precio a sus antiguos compañeros del Barrio Chino. Y no recuerda mal el autor de esta obra al haber leído u oído que en dicho taller se prensaban monedas rubias de una peseta, con troqueles que alguien fabricó, lo que daba al monedero falso unos ingresos adicionales de varios miles de pesetas al mes.

El hijo de este tunante, Jesús Navarro Manau, era un degenerado sexual, de los que hacen a pelo y a pluma, con una pinta de «bon parit» -como suele decirse- que las mujeres suspiren al pasar por su lado. Y a Carmen Broto, cuando lo conoció en el «Alaska», debió ocurrirle lo mismo. Ella, en cambio, sólo tuvo que dejarse acompañar hasta el otro lado, del Paseo de San Juan, y se lo metió en la cama.

Se dijo que entre Carmen y Jesús se estableció una especie de amor platónico, porque gentes de un mismo vivir y sentir, pronto acaban conociéndose. Y Jesús debió confesar a Carmen su modo de vivir, confesándose amante de un rico fabricante barcelonés, con el que se acostaba regularmente, de igual modo que ella hacía con otros industriales, comerciantes y, si la «vox populi» no miente, hasta con agentes de Policía que la protegían de chulos, mangantes y gorrones.

Jesús Navarro Manau, por lo que fuese, dejó de ver a Carmen, aunque conservó su amistad, ya que la llamaba con frecuencia a su piso y la invitaba a ir al cine o a bailar, si no tenían nada que hacer. Eran lo que se dice buenos camaradas, casi compañeros.

En el año 1948, siempre siguiendo la información señalada, Jesús Navarro tenía tres amores. El primero era su protector, el industrial Enrique Sallent, a costa del que vivía y vestía como un «dandy»; el segundo era Jaime Viñas Plá, cerrajero y empleado en el taller de su padre, y del que luego hablaremos más detenidamente. El tercer amor era una chica que vivía en la calle Conde del Asalto, y que se llamaba Pepita Esteve Mostajo.

A grandes rasgos acabamos de retratar moralmente a Jesús Navarro, compartido por dos hombres y enamorado de una chica de buena conducta, que ignoraba absolutamente quién era su novio.

Se dijo que Jesús Navarro Manau quiso romper con sus dos amantes y así debió decírselo a ambos, lo que ocasionó un gran trastorno. Sallent amenazó con retirarle su subvención y Jaime Viñas con hundirle una lima de acero en el pecho, sin más paliativos. Pero Jesús no hizo caso a ninguno de ellos y habló con su padre, el cual no andaba por aquellos tiempos muy sobrado de cuartos. Y la experiencia del viejo era grande: «Para casarse bien, hijo, hace falta dinero.»

Durante la conversación, el padre sugirió que estaba dispuesto a volver a sus antiguas andaduras, dar un buen golpe y ayudar a su hijo. Y en el transcurso de ésta o de posteriores conversaciones, salió a relucir el nombre de Carmen Broto y sus joyas, lo cual centró la idea del robo a la famosa rubia platino.

Eso será fácil -exclamó el viejo Navarro-. Tú conoces su casa. Podemos penetrar en ella cuando esté fuera… O hay otro modo. ¡Tú puedes conseguir las llaves de su piso!

La idea empezó a tomar forma. Se habló de que Jesús Navarro Manau invitaría a Carmen a salir una noche, manteniéndola fuera del piso el mayor tiempo posible. Mientras, el viejo Navarro despojaría la vivienda de la Carmen Broto de todos los objetos de valor.

Hubo dimes, diretes, pros y contras. El hijo expuso:

-Hay que contar con que Carmen tiene un carácter de todos los diablos. Y no sólo armaría un escándalo, avisando a la Policía, entre la que cuenta con amigos, sino que yo soy el principal sospechoso, si le desaparecen las llaves. Creo que será preferible buscar otra idea mejor.

¡Y la idea luminosa que tuvo alguien, aún no se sabe quién, fue la del asesinato!

¿Por qué no lo sugirió Jaime Viñas Plá, el cual tenía motivos sexuales, y celos malignos, más que suficientes para pensar en la muerte de una mujer tan llamativa como la Carmen Broto?

Se dijo que después de haber hablado con su hijo, el viejo Jesús Navarro cambió impresiones con su empleado en la cerrajería, Jaime Viñas Plá. De un modo u otro, se perfiló el plan, cuya primera parte consistía en atraer a la víctima fuera de su casa, invitarla a beber, ya que le gustaba el alcohol más que a los chivos la leche, y luego llevársela en un coche y matarla.

Se pensó en apuñalarla dentro del vehículo que pensaban alquilar, pero se optó por un sistema menos impresionante y de menos sangre, ya que un fuerte mazazo en la cabeza sería suficiente para dejarla muerta.

Se habló entonces de dejar el cadáver junto al Hospital Clínico, ya que, siendo como era la Broto una prostituta sin familia, nadie se preocuparía de su desaparición.

-Eso no es cierto. A la Carmen la conoce mucha gente y me consta que hay un «poli» por medio, cuyo nombre no me dijo. Pero hay gente muy poderosa que la conoce.

Se pensó entonces en el huerto que Jesús Navarro Gurrea tenía arrendado en la calle Legalidad, colindante al fondo con su propia casa en la calle Encarnación, donde se podía dar sepultura a la víctima, de la que nadie más volvería a saber.

Una vez decidido el plan, la tarde del día 9 de enero de 1949, Jesús Navarro Manau telefoneó a Carmen Broto, invitándola a salir aquella noche. Ella respondió que tenía una cita y que regresaría tarde a casa, que si podía dejarlo para otro día.

-Verás, Carmen. Quiero casarme -dijo él-. No se lo he explicado a nadie, excepto a ti. Por esto te he llamado. Necesito explicar mi caso a alguien. ¿Y quién mejor que tú?

Al fin la convenció, y Carmen le pidió que la esperase en el bar «Alaska», como en tiempos pasados, cuando eran amantes.

-No sé a qué hora quedaré libre, pero supongo que será alrededor de la una.

-De acuerdo. Pero no te esperaré en el bar, sino en la esquina. Me han dejado un coche y podemos ir a tomar unas copas. Será como en los viejos tiempos y, de paso, nos puede servir de despedida.

Tal vez, esto de la «despedida» hubiese estado en el sentir de él, porque asesinar a una amiga era, en cierto modo, despedirse de ella. Sin embargo, suponemos que la finalidad era atraerla hacia el coche que sería furgón fúnebre para ella.

Inmediatamente, Jesús Navarro Manau llamó a su amante, Enrique Sallent a quien pidió su firma para alquilar un coche. Enrique se negó. Estaba enojado con Jesús, por lo de su boda, y no quería volver a verle.

-Escucha, Enrique. Lo de la boda no es definitivo. Hay muchos obstáculos, principalmente el dinero. Probablemente lo deje para más adelante o renuncie definitivamente a la idea. ¿Qué, me haces ese favor?

El industrial cambió radicalmente y accedió a acompañar a Jesús al garaje Roca, de la calle París, donde, con su aval, dieron a Navarro Manau un «Ford» sedán, cuatro puertas, con capacidad más que suficiente para actuar en su interior como habían planeado. Una vez en posesión del vehículo, Jesús Navarro Manau regresó a su casa e informó a su padre y a Viñas.

Jesús Navarro Manau, fingiendo perfectamente, se fue a ver a su novia aquella noche, como si no ocurriera nada. Tal actitud formaba parte del plan. Parece que hasta estuvieron en el cine, a fin de ganar tiempo. Cuando se despidió de ella, Jesús fue a reunirse con Jaime Viñas, que le esperaba en el coche, en la calle del Pintor Fortuny, desde donde se dirigieron hacia el Paseo de San Juan, junto al bar «Alaska».

Mientras esperaban impacientes, revisaron el plan que habían estudiado previamente, a fin de evitar improvisaciones o el fracaso que les podía acarrear graves consecuencias, porque lo que planeaban era, sencillamente, un asesinato con premeditación, alevosía, nocturnidad, desprecio de sexo, astucia, etc., etc., y un paso en falso podía significar lisa y llanamente, la pena de muerte.

El tiempo transcurrido y lo que Jaime y Jesús comentaron no se supo jamás con exactitud. Pero estuvieron a punto de marcharse en más de una ocasión, porque la presunta víctima no acababa de llegar. Y en un momento, Jesús Navarro estuvo a punto de poner el coche en marcha e irse, dejando el asunto para otra mejor ocasión. Sin embargo, no puso el vehículo en marcha porque en aquel instante, otro coche se detenía frente al número 16 de Padre Claret, y la Carmen Broto, arrebujada en su abrigo de astracán, bajó del vehículo, despidiéndose de su acompañante.

Carmen Broto subió a su piso, y se dirigió al baño. Al salir, tomó de nuevo su abrigo y se dirigió a la puerta. Iba al encuentro con la Muerte.

Salió a la calle y se arrebujó en el abrigo. La noche era fría. Al ver la señal de los faros, corrió hacia el «Ford» sedán, que conducía Jesús Navarro Manau, y subió. Una vez en el interior, se quedó sorprendida al ver a Jaime Viñas Plá en el asiento posterior.

Se ignora la excusa que debió dar Jesús Navarro a Carmen para justificar la presencia de Jaime en el asiento trasero. Pero pudo ser algo así como: «Lo acabo de ver salir del “Alaska” y me hacía compañía, por si no venías» o «Ya estaba a punto de irme cuando lo encontré.» Cualquier excusa. Y para tomar unas copas, cualquier compañía es buena. Carmen debió pensar en que para hacerle una confidencia sentimental, Jaime Viñas no era precisamente el más idóneo. Pero las cosas no siempre salen como una espera.

Hay quien asegura que Jesús puso el coche en marcha antes de dar explicaciones, y quien no fue así, pues la Carmen prefirió tomar unas copas en el «Alaska», y salió del coche antes de que los otros pudieran impedírselo.

Estaba claro que Carmen y Jaime Viñas no se miraban con buenos ojos. Pero después de las primeras copas se deshizo el hielo, cuando se calentaron las bocas, y optaron por ir a otro bar de las inmediaciones, a seguir bebiendo.

El plan original consistía en emborrachar a Carmen Broto y luego asesinarla. Y para ello insistieron en celebrar la despedida de Jesús, tomando el coche y dirigiéndose a otro bar, situado en la calle Casanova.

Debía ser ya muy tarde, porque Carmen, muy bebida pero todavía con conocimiento, pidió que la llevasen a su casa. Así pues, subieron al coche, y no hizo Jesús Navarro más que arrancar, cuando Jaime Viñas decidió actuar, porque el licor le había dado ya suficiente ánimo, y, agarrando la maza de madera que tenía a sus pies, golpeó con fuerza la cabeza de la mujer que estaba sentada junto al conductor.

Cuando recibió el inesperado y brutal mazazo, Carmen Broto golpeó el cristal de la ventanilla y luego se volvió con una expresión de tigresa herida, gritando e insultando a Viñas, quien volvió a golpearla de nuevo, ahora de frente. Instintivamente, trató de protegerse con los brazos, mientras suplicaba a Jesús Navarro, al que agarró del abrigo, pidiéndole que la defendiera.

Jesús Navarro dio un golpe al volante para detener el coche y chocó contra otro vehículo aparcado. Luego, en vez de defenderla, la sujetó con ambos brazos, para que Viñas pudiera seguir golpeándola.

Fue entonces cuando Carmen Broto, viéndose morir, buscó la salvación en la huida, para lo cual abrió la portezuela y trató de salir del coche. Le faltaron las fuerzas, ya que tenía la cabeza casi destrozada y derramaba abundante sangre, y se desplomó sobre el pavimento.

Los dos criminales bajaron velozmente del «Ford», para volverla a introducir en el coche. Pero en aquel instante se les aproximó un vigilante nocturno, atraído por el choque del coche.

Sin perder la serenidad, Navarro le llamó y le rogó que les echara una mano para introducir de nuevo a la mujer en el vehículo, diciendo que estaba bebida y que se habla caído, golpeándose la cabeza. El vigilante propuso llevarla al Hospital Clínico, que estaba allí cerca, pero Jesús Navarro dijo que, tanto él como su amigo, eran médicos y preferían llevar a la víctima a la clínica que tenían en Nuestra Señora del Coll. Hubo de explicar también que, con la borrachera, la mujer se echó sobre él y no pudo evitar la colisión con el otro vehículo aparcado. El vigilante observó los efectos del choque, que no eran graves, pero revelaban que tal vez los dos hombres le estuvieran diciendo la verdad, y optó por ayudarles.

Volvieron a meter a la mujer herida en el coche y, dándole las gracias al vigilante, se fueron de allí a toda velocidad. Pero ya fuese por la vibración del coche o que no quería morir, Carmen Broto se rehizo un tanto y se lanzó sobre Jesús Navarro, al que hundió las uñas en el rostro. Jaime Viñas sujetó de nuevo a la mujer, aferrándole del cuello y apretando con intención de ahogarla, y debió creer que la había matado, porque ella emitió un quejido profundo, como un estertor agónico, y luego quedó inerte.

Después de esta terrible escena, la mujer ya no volvió a moverse y Jesús Navarro pudo llegar con el coche hasta la calle de la Legalidad, donde aparcó ante la valla del huerto. Jesús Navarro Gurrea, que les estaba aguardando con impaciencia, les abrió la puerta. Después, le explicaron los incidentes y la larga espera que debieron sufrir. Le contaron lo del accidente del coche y Jesús Navarro mostró a su padre los arañazos recibidos en la cara. El padre se puso furioso, pero no era lugar ni hora para ponerse a gritar. Así, sacaron entre los tres a la mujer y la arrastraron hacia el huerto.

-Llévate el coche de aquí cuanto antes. Déjalo en alguna parte y ven a reunirte con nosotros en casa.

Así lo hizo el hijo mientras el padre y Jaime Viñas trasladaban el cuerpo hasta la fosa previamente excavada por el viejo ladrón. Cuando el cerrajero agarró la pala para proceder al enterramiento, se dio cuenta de que Carmen Broto todavía respiraba. Mascullando entre dientes, la emprendió a golpes de pala contra la infeliz y terminó por rematarla. Entonces, entre él y Viñas procedieron a despojar a la víctima de cuantas joyas llevaba encima. Después, arrojaron el cuerpo dentro del agujero, envuelto en su abrigo de astracán, y procedieron a echarle tierra encima.

Mientras sucedía esto en el interior del huerto, Jesús Navarro Manau se había dirigido a la calle Escorial, donde aparcó y estuvo aguardando un largo rato, repasando, tal vez, su última «aventura» y temblando de miedo por las consecuencias que podía acarrearle.

No se sabe exactamente por qué causa, si bien porque trató de poner el coche de nuevo en marcha, para quitarlo de allí, el caso es que, debido al frío, el motor produjo una explosión fortísima, algo así como un cañonazo. Inmediatamente aparecieron los vigilantes y serenos de zona, que solían refugiarse en un portal, alrededor de un fuego hecho en un barril.

Al ver a los vigilantes, Jesús Navarro Manau salió del coche y salió «volando» hacia la esquina de la calle Legalidad, por donde siguió hasta alcanzar, dando la vuelta a la manzana, la puerta de su casa. Allí le esperaban su padre y Jaime Viñas. La madre de Jesús Navarro, María Manau de Navarro, se había levantado de la cama y se asustó mucho al ver la sangre que manchaba las ropas de su hijo y de Jaime Viñas. Pero el padre le explicó que se trataba de una reyerta a la salida de un bar y que nadie había resultado herido de gravedad, por lo que debía volver a la cama.

Así, se lavaron, se cambiaron de ropa y luego, el padre de Jesús Navarro Manau preguntó a Jaime Viñas si podía entregar las joyas a su hijo, a lo que el empleado dijo que sí. Se había previsto que Jesús Navarro Manau se iría a Mallorca, donde sabían de alguien que podría comprarles el «género» sin hacer demasiadas preguntas. Y la marcha de Jesús Navarro Manau debía de hacerse lo más rápidamente posible, dado que la Policía no tardaría en relacionarle entre los sospechosos, cuando se descubriera la desaparición de la Carmen Broto.

Jaime Viñas dijo que seguiría haciendo su vida habitual y acudiría al trabajo como era costumbre y regular en él, aunque alegó que no era necesario tomar tantas precauciones, ya que pasaría tiempo antes de que se echase de menos a la víctima que tan cuidadosamente habían enterrado en el huerto colindante.

¡Y éste fue el mayor y principal error, porque el asesinato se descubrió aquella noche, dado lo mal que lo hicieron!

El descubrimiento se realizó por causa del coche. Los serenos acudieron al oír la explosión. Allí estaba el de la calle Encarnación, el de la calle San Luis y los de la calle Escorial. Uno de ellos dijo haber visto salir corriendo a alguien del «Ford» que estaba aparcado a escasa distancia. Revisaron, pues, el vehículo, cuyas portezuelas hallaron abiertas, y en el interior se encontraron un bolso de mujer, con el contenido desparramado sobre la alfombra, bajo el asiento contiguo al del conductor. Hallaron también la maza de madera y numerosas manchas de sangre.

Ante todo esto, los vigilantes optaron por llamar a la Policía. El inspector de guardia de la Brigada Criminal de Barcelona ordenó al vigilante que le llamaba que no se moviera de allí hasta que llegase la brigada de servicio, cosa que no tardó en producirse ni quince minutos.

Cuando llegó la Policía, los vigilantes y serenos, en compañía de algunos vecinos que hablan acudido a curiosear, pese al frío reinante, habían descubierto un rastro sangriento, dejado por el «Ford» sedán en su recorrido, que se dirigía casi hasta el huerto de la calle Legalidad. Y allí, el rastro se subía a la acera y penetraba, más acusado, en el interior del solar convertido en huerto.

¡Trágica revelación, sin duda, para todos, pero una clara pista para la Policía, que registró el terreno, tras forzar la endeble puerta del huerto, hasta encontrar, dentro de la mal llamada barraca, la tierra removida y un pedazo de abrigo de astracán que no estaba totalmente enterrado!

Aún no había amanecido cuando el cuerpo de Carmen Broto volvió a salir a la luz de los faroles y linternas de vigilantes y policías. También se encontró la pala con huellas de sangre, la cual había servido para rematar a la víctima y luego para echar encima de ella unas apresuradas paletadas de tierra falsamente encubridora.

Así fue como, en el transcurso de muy pocas horas, Carmen Broto fue asesinada y su cadáver, enterrado y vuelto a desenterrar, para que su muerte no quedase impune.

A las 7 de la mañana, don Francisco María Monzón, del Juzgado de Guardia número 4, de la Audiencia Provincial, se presentó en el huerto de la calle Legalidad, requerido por la Policía, procediendo al trámite legal del levantamiento del cadáver.

Mientras, el inspector jefe, don Tomás Gil Llamas, se hizo cargo del caso, ordenando la localización del propietario del coche. Uno de los agentes de la BIC que acudieron al ser requerido por el vigilante nocturno, se había hecho cargo del contenido del bolso, en donde había encontrado y anotado, entre otras cosas, una billetera con 280 pesetas, guantes, lápiz de labios, pañuelo, una fotografía tamaño postal, en la que aparecía la víctima acompañada de otra mujer, una íntima amiga de Carmen Broto, llamada Laura y dos hombres, así como un llavín y siete llaves y una cartilla de racionamiento a nombre de María del Carmen Broto Buill, natural de Boltaña (Huesca), de treinta años de edad, y con domicilio en Barcelona, calle Padre Claret, número 16.

Por otra parte, la pista del «Ford» sedán llevó a los agentes hasta el garaje Roca, de la calle París, donde averiguaron que el vehículo había sido alquilado el día anterior por Jesús Navarro Manau.

Esta investigación fue rápida y efectiva. Enrique Sallent dijo que sólo había pretendido hacer un favor a su amigo Jesús Navarro, cuya dirección facilitó a la BIC, ubicada en la calle Encarnación, número 99, hacia donde volaron los agentes, con lo que volvieron al lugar del crimen. Fueron recibidos por María Manau, la cual no sabía nada en absoluto de lo ocurrido, aunque había sido despertada de madrugada y su esposo le dijo lo de la reyerta en un bar. Tampoco pudo dar explicación alguna de dónde se encontraban su hijo y su esposo, cuyos antecedentes pronto salieron a relucir, ya que Jesús Navarro Gurrea era un antiguo conocido del inspector jefe Gil Llamas.

Se procedió al registro de la vivienda y se encontraron ropas manchadas de sangre, lo que se requisó para su posterior análisis de laboratorio.

Casi a la misma hora en que los agentes de la BIC registraban la casa de los Navarro, en la calle Encarnación, el inspector jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la Jefatura Provincial de Barcelona, don Tomás Gil Llamas, recibía una comunicación en la que se le informaba del hallazgo de un cadáver frente al número 246 de la calle de Industria, y que. verificada su identificación, había resultado ser Jesús Navarro Gurrea, hijo de Timoteo y de Pilar, natural de Igea (Logroño).

Por otra parte, miembros de la misma brigada, siguiendo los datos obtenidos de María Manau de Navarro, se dirigieron al domicilio de Jaime Viñas Plá, situado en la calle Parlamento, número 14. Pero allí no encontraron a nadie.

Se investigó también a Pepita Esteve Montejo, novia de Jesús Navarro, con domicilio en la calle Conde del Asalto, 76. Y la muchacha, asustada, relató su noviazgo con Jesús Navarro Manau, del que no tenía noticias de que fuese un maleante, ni nada parecido, sino todo lo contrario. Dijo que iba a casarse pronto con él y que la noche anterior había estado en el cine con su novio, del que se despidió alrededor de la medianoche.

Sin embargo, a las cinco de la mañana se despertó, al igual que sus padres, por una llamada a la puerta. Abrió su padre y se encontró ante Jesús Navarro Manau, quien se disculpó por lo inusual de la hora, pero dijo que sus padres habían discutido, como solían hacer con frecuencia, y ante la violencia de la disputa, optó por irse de casa.

El padre de Pepita hizo pasar al muchacho y le dijo que podía pasar allí el resto de la noche, hasta que, ya de día, tomasen una decisión de lo que era más conveniente.

Aprovechando una breve oportunidad, al quedarse solos, Jesús Navarro propuso a Pepita que se fugaran los dos aquella misma noche, tomando el primer barco que encontrasen para Palma de Mallorca. La joven rehusó diciendo que no haría tal cosa, sin antes consultar con sus padres.

Después de esto, Pepita se volvió a la cama y Jesús permaneció en el salón hasta las nueve de la mañana, hora en que se fue sin decir nada a nadie.

La policía quiso saber si Pepita había quedado citada en alguna parte con Jesús, a lo que ella respondió negativamente. Pero cuando el inspector jefe Gil tuvo noticias de esto, ordenó intervenir el teléfono de la familia Esteve Montejo y que se montase una vigilancia en la salida de barcos hacia Mallorca.

A las cuatro de la tarde del día 12 de enero sonó el teléfono en casa de Pepita Esteve. La policía prestó atención a la llamada. Resultó ser Jaime Viñas Plá, preguntando por Jesús Navarro Manau. La propia Pepita le informó no saber dónde se encontraba Jesús, por lo que Jaime Viñas colgó sin más explicaciones.

A las siete de aquella misma tarde volvió a sonar el teléfono. Esta vez era Jesús Navarro, para justificarse por haber tenido que irse sin decir nada. La chica le explicó la visita de la policía y quiso saber lo que había sucedido. Él le dijo que se lo explicaría todo si iba a reunirse con él a la Rambla de Santa Mónica, frente al quiosco de Atarazanas. Le dijo que se abrigase bien y que tenía preparados ya dos billetes para Palma de Mallorca.

Advirtió algo Jesús Navarro a su novia acerca de que procurase no ser seguida por la policía y dijo que él se cercioraría a su vez de que nadie la seguía, antes de acercarse a ella.

Los agentes de la BIC que estaban escuchando la conversación informaron rápidamente a su jefe, el cual trazó el proyecto para capturar al criminal.

A la hora convenida, Pepita Esteve Montejo abandonó su casa y se encaminó hacia la Rambla, sin notar nada anormal tras ella. En el lugar de la cita, hubo de esperar más de media hora, hasta que apareció Jesús Navarro Manau y le dijo que se fuera de allí. Y fue en ese preciso instante cuando cinco agentes de la BIC los rodearon y los detuvieron.

En poder de Jesús Navarro Manau se encontraron joyas, todas propiedad de Carmen Broto, por un importe de más de 150.000 pesetas. El detenido, además, confesó su participación en los hechos y dijo que su padre era el instigador. (Precisamente, poco antes, el inspector jefe Tomás Gil Llamas, había recibido un informe del Instituto Anatómico Forense, en el que se le decía que las causas de la muerte de Jesús Navarro Gurrea había sido una fuerte dosis de cianuro potásico, por lo que se dedujo que se trataba de un suicidio.)

Jesús Navarro Manau, hundido y desmoralizado, explicó todos los pormenores del crimen, desde el momento en que se gestó la idea hasta que él y Jaime Viñas Plá la llevaron a cabo. Preguntó si su padre y Jaime Viñas ya habían sido detenidos y fue entonces cuando supo que su padre acababa de morir.

A partir de aquel momento la actitud del joven cambió radicalmente, encerrándose en un impenetrable mutismo y ya no fue posible seguir interrogándole.

Trasladado a la Cárcel Modelo de Barcelona, Jesús Navarro Manau permaneció allí hasta que se celebró el juicio donde el fiscal le pidió pena de muerte. Pero el Jefe del Estado se la conmutó, debido a peticiones de súplica que instaron importantes personalidades, y la condena de Jesús Navarro Manau quedó reducida a la de treinta años.

En cuanto a Jaime Viñas Plá, también murió. El día 15 de enero de 1949, el dueño de una pensión de la calle Mendizábal recurrió a la policía, informando de que uno de sus huéspedes estaba encerrado en su habitación desde hacía dos días, sin salir y sin responder a las llamadas. La policía acudió al lugar señalado, forzó la puerta de referencia y, en el interior de la alcoba, sobre la cama, se encontró el cadáver de un hombre.

Hechas las convenientes averiguaciones, resultó ser Jaime Viñas Plá, cuya autopsia reveló el envenenamiento por cianuro potásico, como si Jesús Navarro Gurrea y su empleado se hubiesen puesto de acuerdo para elegir el procedimiento de su muerte. Junto al cadáver de Jaime Viñas se encontró un escrito, firmado por él, en el que decía: «No se culpe a nadie de mi muerte. Soy inocente. La vida es un sueño.»

Poco después, María Manau de Navarro y Pepita Esteve Montejo fueron puestas en libertad.

En cuanto al fin del único culpable vivo, hemos de decir que tuvo más suerte de la que mereció, puesto que, condenado a treinta años de encierro, en 1950, diez años después fue indultado por el propio General Franco, quedando en libertad para fijar su residencia dentro del territorio nacional. Jesús Navarro Manau salió del Penal de Ocaña y se estableció en Barcelona como comerciante en la calle Hospital.

Y antes de concluir se nos ocurren algunas preguntas. ¿Fue todo aquello verdad, tal y como lo contaron los periódicos? ¿Quién estuvo ayudando generosamente a Jesús Navarro Manau durante todo el tiempo que permaneció en prisión y luego le consiguió un indulto particular del Jefe del Estado? ¿Es cierto que alguien muy influyente, a quien la Carmen Broto hacía chantaje por obrar en su poder documentos y fotos comprometedores, buscaron a los Navarro, padre e hijo, para que hicieran desaparecer tales pruebas y ellos, además de las pruebas del chantaje se llevaron las joyas y, no contentos con esto, la mataron? ¿O fueron otros los asesinos y los Navarro y Viñas pagaron los platos rotos?

¿Qué hubo de verdad en aquel siniestro suceso que conmovió a España entera y de cuya restitución literaria ni nosotros ni nadie puede haber quedado satisfecho? ¿No parece todo demasiado rebuscado, rocambolesco, torpe y estúpido?

De todas formas, hubo más personajes en la «historia negra» y nosotros no hemos querido citarlos siquiera. La verdad creemos que nunca se sabrá. Los muertos no confiesan. Lástima.


El crimen de la calle Legalidad

Mercè Balada y Mònica Ramoneda – LaVanguardia.es

12 de enero de 2009

Enero de 1949. En medio de una fría noche invernal, tres individuos se disponen a ejecutar un crimen. Son Jesús Navarro Gurrea, un ladrón reciclado como cerrajero; su hijo, Jesús Navarro Manau, y Juan Viñas, el ayudante de la cerrajería. Lo tienen todo planeado y, para animarse, se dicen uno a otro que el suyo va a ser el crimen perfecto. Aunque, como veremos, del dicho al hecho hay un trecho… Pero antes de seguir con la historia, conozcamos primero a la mujer a quien estos tres hombres quieren matar…

Carmen Broto nació en la oscense localidad de Botana y, como tantas otras muchachas, quiso ir a la gran ciudad a buscar fortuna. Llegó a Barcelona y empezó a trabajar como chica de servicio. Pero era más ambiciosa que esto, Carmen, y sabiendo que limpiando casa ajenas nunca saldría de pobre, decidió ir a por todas. Se hizo puta, pero puta de lujo, y pronto llegó a la cima, siendo disputada por los miembros de la alta burguesía, los jerifaltes del régimen y los reyes del estraperlo, el negocio más boyante del momento.

Con su rubia melena y sus impresionantes piernas, fascinó a todos los que peregrinaban al bar Alaska para rendirle pleitesía. La joven, como años más tarde contará Joan de Segarra, se convirtió en la reina de la Barcelona canalla y en la mantenida de varios señores de la ciudad. Los nombres de algunos de estos señores se han perdido bajo una espesa capa de silencios forzados; los de otros, en cambio, como el del magnate del estraperlo Muñoz Ramonet, son secretos a voces.

¿Fue por culpa de sus influyentes contactos que Carmen Broto murió? Sigamos analizando los hechos… Los tres individuos que la habrían de matar entran en ese ambiente de la mano del más joven de ellos. Jesús Navarro (hijo) era también un mantenido de altos empresarios; pero no por sus servicios sexuales, sino por la cocaína que les proporcionaba.

11 de enero de 1949

La noche del crimen, Carmen Brotó tuvo una cita con Martínez Penas, un empresario de Tívoli. Cenaron y fueron al cine, pero después la mujer le pidió a su amante que la dejara pronto en casa. Tenía otra cita. Y es aquí donde entran en escena los tres cerrajeros asesinos con su inefable plan.

Jesús Navarro (hijo) le había contado a Carmen que estaba a punto de casarse con su novia Pepita e irse a vivir a Mallorca, y que deseaba pasar su última noche de juerga con ella. Carmen accedió. Los tres hombres alquilaron un coche, pasaron a recogerla y se fueron a recorrer bares. Su plan era emborracharla hasta la saciedad. Cuando Carmen estuviera suficientemente traspuesta, la cargarían en el coche para trasladarla al huerto que el cerrajero tenía en la calle Legalidad. Allí le darían muerte y la enterrarían en la fosa que previamente habían cavado en la caseta de los aperos. Nadie la encontraría jamás.

Pero Carmen era mucha Carmen. No en vano su vida había transcurrido prácticamente entre alcohol. Copa tras copa aguantaba el tirón, mientras que el trío asesino iba emborrachándose cada vez más. Fuera como fuese, Carmen subió al coche y algo debió pasar a medio camino porque Juan Viñas le asestó un fuerte golpe de maza en la cabeza y, con el ajetreo que se organizó en el coche, terminaron teniendo un accidente justo enfrente del Hospital Clínico. Carmen Broto salió corriendo hacia el vigilante del hospital en busca de ayuda. Pero los tres captores la persiguieron y, a saber cómo, lograron hacerle creer al adormilado vigilante que eran médicos y que debían llevarse a la mujer.

Volvieron todos al coche y entonces sí que lo que sucedió dentro del automóvil llenó toda la tapicería de sangre. Finalmente llegaron a la calle Legalidad y, más mal que bien, enterraron a Carmen, no sin antes despojarla de las joyas que llevaba encima.

Si algo puede salir mal saldrá mal, dice el dicho. Y así fue para los tres asesinos: cuando quisieron volver a poner en marcha el coche, el frío de la madrugada hizo que el motor emitiera un fuerte petardeo que alertó a los serenos y vigilantes de la zona. Los tres hombres abandonaron deprisa y corriendo el vehículo, dejando el bolso de Carmen dentro y la maza utilizada para el asesinato sobre el guardabarros. La policía solo tendría que seguir el rastro de sangre desde el coche al huerto para localizar a la finada. Tampoco sería difícil presuponer la autoría del crimen, dados los antecedentes del propietario del huerto.

La policía buscó a Jesús Navarro (padre) para acusarle de la muerte de la prostituta, pero cuando lo encontraron éste ya estaba muerto. Al día siguiente, también Juan Viñas apareció cadáver. Ambos habían sido envenenados con cianuro potásico.

Si callas vivirás

Jesús Navarro (hijo) fue detenido. El asesino se escudó en un pertinaz silencio. Un silencio que convenía a muchos; las actividades de Carmen y los nombres de sus influyentes clientes no debían salir a la luz. En una entrevista concedida a La Vanguardia años más tarde, Jesús Navarro declaró que ese silencio le había salvado la vida. Gracias a las gestiones de los influyentes personajes del círculo de Carmen, le conmutaron la pena de muerte por una pena de cárcel.

Y, posteriormente, en 1960, se ganó el indulto con un libro que, por indicación de sus protectores, escribió en honor a Franco. El libro se tituló Luz y paisaje: interpretación del alma de España y su unidad a través del paisaje, y hacerlo llegar a Carmen Polo de Franco fue clave para su excarcelación.

Interrogantes abiertos

«Un crimen tan tosco y burdo como el que se nos ha presentado, que deja tantos cabos sueltos, que abre tantas puertas a la investigación policial como el presente, no parece ser ejecutado por unos habituales del robo», escribió el periodista de La Vanguardia en la crónica del 16 de enero. Y es que el porqué del crimen nunca fue agua clara. Que Jesús Navarro (padre) fuera un experto ladrón que hubiera podido obtener el mismo botín sin necesidad de matar hace pensar que se trató un crimen por encargo.

¿Por encargo de quién? ¿De los anarquistas con los que se relacionaba Navarro padre y que podrían estar enfadados con Carmen por delatora? ¿Por encargo de personajes de la jerarquía franquista que habían sido fotografiados con menores y habían recibido chantajes de la muerta? ¿Por «celos homosexuales»? ¿Por algún ajuste de cuentas por tráfico de drogas?

«Entre todos la mataron y ella sola se murió», dijo alguien. Y es que sobre este asunto, como dicen Manuel Trallero y Josep Guixà en su libro La invención de Carmen Broto, todos mienten.


El asesinato de Carmen Broto

Francisco Pérez Abellán

6 de mayo de 2005

Los personajes del régimen hacen (y disfrutan de) fortunas. Navarro quiere participar de esa vida de lujo que se filtra por los resquicios de una sociedad dolorida y esquilmada, no importándole convertirse en un joven mantenido. Uno de sus sueños es casarse; no como la culminación de un gran amor, sino para fraguar un cambio de posición social. Pero mientras conserva una novia tímida, decente y embarazada, frecuenta a una de las más afamadas prostitutas de lujo: Carmen Broto –Carmen Brotons, en su DNI–, la número uno de Barcelona.

Carmen es una mujer hermosa que va de rubia desgarrada. Posee un cuerpo atractivo y sensual. Tiene 30 años. Nació en Bolaña, Huesca. Llegó a Barcelona como muchas otras muchachas y se colocó como chica de servir, hasta que descubrió que de esa forma jamás dejaría suficientemente atrás un pasado de estrecheces.

Su historia no es una más, porque Carmen sabía lo que quería. Aprendió que le bastaba sacarse un poco de partido para hacer estragos entre los hombres de la alta sociedad. Algunos de los más importantes pasaron a ser sus protectores, y al final de su vida estaba muy bien relacionada. A ello le ayudó declararse partidaria de Franco en una sociedad donde la lealtad al régimen era un valor seguro. Se estableció en el número 6 de la calle del Padre Claret. Vivía sola.

Poco a poco se había hecho con una pequeña fortuna y una hermosa colección de joyas. Era una mujer confiada, por lo que no se recataba en lucir sus alhajas cuando salía a divertirse con los hombres que eran la base de su negocio o con sus amigos. Entre estos últimos se contaba Jesús Navarro, el chico apuesto y bien plantado por el que sentía debilidad.

No lo sabía con certeza, pero se imaginaba, por sus expresiones y sus conversaciones a medias, que él se dedicaba a algo parecido a lo suyo, debatiéndose entre el firme impulso que le llevaba a querer casarse y la debilidad por la vida regalada, que le tentaba con la posibilidad de disponer de protectores que le llevaran a ese lado del paraíso donde ambos querían estar. Jesús era el maestro de la ambigüedad, y en ella seducía a Carmen, que disfrutaba de su compañía. Él, por su parte, sentía verdadero cariño por ella.

A Jesús nunca se le hubiera ocurrido hacerle daño. Pero estaba bajo la influencia de un delincuente profesional: su padre. Era éste un hombre fichado como «espadista» –esto es, especialista en abrir puertas y cajas fuertes con llaves falsas–, así como por otros actos delictivos nunca bien investigados.

El padre de Jesús pasaba por una racha de necesidad. Así que empezó a hablar a su hijo de Carmen. De su afición a las juergas. De sus joyas. Lo mejor, para sus planes, es que acude siempre que Jesús la llama. «Ahí tienes una gran oportunidad. Es la solución para tus problemas», intenta convencerle. Y le traza un plan en apariencia muy fácil: se trata de poner un anzuelo a Carmen, invitándola a una de esas noches interminables de risas y alcohol. El objetivo: que beba hasta quedar indefensa; luego habrá que matarla y deshacerse del cadáver.

Aunque el plan resulta convincente, sólo pensar en ello saca de quicio a Jesús. Le dice a su padre que se olvide, que no piensa hacerlo. Pero su progenitor no es hombre que se dé por vencido y sigue trabajándolo finamente. A su favor está que Carmen es una mujer que tiene fama de alocada, de tomar decisiones rápidas e imprevisibles, por lo que si desaparece tras una aventura amorosa nadie se extrañará. Le recuerda a Jesús que no la echarán de menos porque apenas tiene familia: sólo una hermana, con la que hace tiempo que no se trata.

Para hacer más fuerza en su argumentación, le confía un gran secreto: unos años atrás él mismo hizo desaparecer de una forma similar a un chófer del que nadie ha vuelto a acordarse. Pero Jesús piensa en Carmen y se horroriza. En un intento de escapar a tanta presión se confía a un amigo íntimo: Jaime Viñas, de 29 años, con el que comparte amistad y ambigüedad. A Viñas le parece un plan perfecto, por lo que, cogido entre dos fuegos, Jesús se deja arrastrar por el sueño que le pintan: un futuro de lujo gracias a las joyas de la Broto.

El 10 de enero los tres consideran llegado el momento de actuar. Alquilan un coche para la ocasión. Por la tarde Jesús llama a Carmen y le ofrece una de esas noches desenfrenadas que ambos han vivido ya más de una vez. Carmen acepta encantada, pero la cita debe producirse después del trabajo.

Antes tiene que salir con uno de los hombres que la mantienen. Asiste a la sesión nocturna del cine Metropol, donde, como una premonición, pasan la película Almas en suplicio, una historia desatada de pasiones y crímenes. Después regresa, con su acompañante, a su domicilio. En la calle le espera, en el vehículo alquilado, Jesús. Para que no haya duda, éste hace con los faros la señal convenida.

Nada más marcharse el cliente, Carmen vuelve a salir, alborozada. Fresca y sonriente, se dirige al coche de Jesús, donde se lleva una desagradable sorpresa: en vez de encontrar solo a su amigo lo halla en compañía de Viñas; pero, dispuesta a divertirse, decide seguir adelante. Los dos hombres ponen en práctica lo que tienen pensado e inician una larga peregrinación por varios bares. Visitan diferentes locales en el Paseo de San Juan, y toman varias consumiciones en cada uno de ellos.

Se desplazan a lugares de alterne de las calles Rosellón y Casanova. Aunque Carmen bebe mucho, tiene gran resistencia al alcohol, por lo que todavía deben tomar una última copa. Cuando da muestras de estar suficientemente bebida, la llevan al coche y se ponen en marcha, en busca del mejor lugar para perpetrar el crimen.

Al pasar delante del Hospital Clínico, Viñas decide que ha llegado el momento de actuar, y mientras Carmen está distraída la golpea fuertemente en la cabeza con un pesado mazo de madera. Pero la mujer se revuelve y pelea con su agresor. Jesús detiene el automóvil para ayudar a Viñas, y Carmen aprovecha para escapar. Sale del vehículo y da varios pasos antes de desmayarse.

Un vigilante del hospital ha presenciado la escena: parece que la mujer está salvada. Pero los dos compinches consiguen engañarlo. Le convencen de que son médicos y de que la llevan a una clínica para recuperarla de un coma etílico. Representan tan bien la comedia que incluso consiguen que el vigilante les ayude.

Con Carmen agonizando se desplazan al huerto de la calle Legalidad, donde han convenido encontrarse con el padre de Jesús. El viejo delincuente queda espantado al verlos llegar llenos de sangre. Comprueba que Carmen ha muerto. Se da cuenta en seguida de que todo aquello es una chapuza, de que han dejado demasiadas huellas, pistas fáciles para la policía. Rápidamente despoja de las joyas a la víctima y se las entrega a su hijo. Viñas y él se ocuparán de enterrar al cadáver mientras Jesús se desprende del coche.

Los tres se asean y cambian de ropa en el hogar de los Navarro. Hacen balance del botín: algo de dinero y joyas. El viejo les dice que lo han hecho todo mal y les prepara para lo peor. Les aconseja que abandonen la ciudad. Y les informa de que tiene preparada una dosis de cianuro por si le cogen. Viñas interviene para decir que él tampoco dirá nada: también tiene preparado su cianuro.

Poco después la policía detiene a Jesús. No tarda mucho en hacerle hablar. Cuando van en busca de su padre lo encuentran muerto, en el número 246 de la calle de la Industria. A Viñas tampoco le cogen vivo: cumple su parte del pacto de silencio tomando su dosis en un hotel de la calle Mendizábal.

Pero esta es la versión oficial, a la que nadie concede crédito. Sexo, poder y dinero se mezclan tras las enigmáticas existencias de Carmen y sus asesinos, lo que da pie a sospechar que aquélla fue eliminada porque molestaba a alguien muy poderoso, inmerso en peligrosos negocios ilegales. Tal vez era uno de los hombres a los que se rumoreaba trató de hacer chantaje con fotografías tomadas mientras mantenía relaciones sexuales con menores de edad. Debía de ser alguien con el poder suficiente para ordenar la muerte de los asesinos y ser obedecido de inmediato.

Sin embargo, hasta donde llegan los datos comprobados, a Carmen la asesinaron para robarle. Su cuerpo apareció despojado de cuanto llevaba de valor. Y pudo comprobarse que, mientras se divertía con sus asesinos, alguien entró en su casa para robar, probablemente, el padre de Navarro, que había recibido de su hijo una copia en masilla de la llave.

Otra de las pintorescas versiones del drama fue la del propio Jesús Navarro, condenado a muerte, indultado (octubre de 1952) y, finalmente, puesto en libertad (1960): llegó a afirmar que Carmen Broto fue «eliminada» porque era confidente de la policía y delatora de los enemigos del régimen franquista, por lo que se la consideraba culpable del fusilamiento de varias personas. Se arrogaba así, de paso, un papel más airoso que el de simple asesino.


Carmen Broto

Wikipedia

Carmen Broto Buil (Guaso, Provincia de Huesca, 9 de abril de 1922 o 1924 – Barcelona, 11 de enero de 1949) fue una prostituta española cuyo asesinato conmovió a la sociedad barcelonesa de fines de la década de 1940 y dio origen a morbosos rumores que implicaban en el hecho a jerarcas del régimen franquista e incluso la propia Iglesia Católica en la persona de uno de sus dignatarios.

Una afamada prostituta

Carmen Broto Buil nació en Casa Pardina de Guaso en 1924, trasladándose pronto a Boltaña con sus tíos. Llegó a Barcelona como muchas otras muchachas pobres de su tiempo y trabajó como sirvienta, hasta que descubrió que de esa forma jamás dejaría atrás su pasado lleno de privaciones.

Se dedicó entonces a la prostitución, frecuentando algunos salones y bailes donde entró en contacto con personajes como Ramón Pané, que le ayudó a montar uno de sus pisos y que le pasó durante un año y medio una cantidad fija al mes, o Juan Martínez Penas, el empresario gallego del teatro Tívoli, que vivía en el hotel Ritz y la utilizó como coartada para enmascarar su homosexualidad.

Poco a poco se fue vinculando con muchos hombres de la alta sociedad, algunos de los cuales pasaron a ser sus protectores, y al final de su vida estaba muy bien relacionada, habiéndose hecho con una pequeña fortuna y una hermosa colección de joyas. Pero Carmen era una mujer confiada, por lo que no se recataba en lucir sus alhajas cuando salía a divertirse con los hombres que eran la base de su negocio o con sus amigos. Entre estos últimos estaba Jesús Navarro Manau, un joven apuesto por el que sentía debilidad y que sería uno de sus asesinos.

El crimen

Navarro Manau, de ambigua sexualidad y muy dado a la «vida alegre», era hijo de Jesús Navarro Gurrea, un delincuente profesional fichado como «espadista» –esto es, especialista en abrir puertas y cajas fuertes con llaves falsas–, así como por otros actos delictivos.

Este último ideó un macabro plan cuyo objetivo no era sólo el de sustraer las joyas de Carmen Broto, sino que ella los condujese a Martínez Penas para robarle también a él. Luego matarían a la joven, la harían desaparecer y sobre ella recaerían las sospechas. El plan incluía emborracharla, golpearla y enterrarla en un huerto de la calle Legalidad, puesto que era habitual que, de tanto en tanto, se marchara de la ciudad sin dar explicaciones a nadie.

Así, la tarde del 10 de enero de 1949, Jesús llama a Carmen y le ofrece una de esas noches de juerga desenfrenada que ambos han vivido ya más de una vez. Carmen acepta encantada y el joven pasa a buscarla en un coche alquilado, junto con su amigo y cómplice Jaime Viñas.

Se desplazan entonces a varios lugares de alterne de las calles Rosellón y Casanova. Aunque Carmen bebe mucho, tiene gran resistencia al alcohol, por lo que todavía deben tomar una última copa. Cuando da muestras de estar suficientemente bebida, la llevan al coche y se ponen en marcha, en busca del mejor lugar para perpetrar el crimen.

Al pasar delante del Hospital Clínico, Viñas decide que ha llegado el momento de actuar, y mientras Carmen está distraída la golpea fuertemente en la cabeza con un pesado mazo de madera. Pero la mujer se revuelve y pelea con su agresor. Jesús detiene el automóvil para ayudar a Viñas, y Carmen aprovecha para escapar. Pero apenas puede dar algunos pasos antes de desmayarse y ser de nuevo introducida en el vehículo por sus agresores.

Estos van al huerto de la calle Legalidad, donde han convenido encontrarse con el padre de Jesús, y allí, una vez que comprueban que Carmen ha muerto, se apoderan de sus joyas y luego entierran su cadáver.

Pero los asesinos dejaron demasiadas huellas y pistas fáciles para la policía: habían abandonado el auto, lleno de manchas de sangre, a pocos metros del huerto y una vez que los investigadores hallaron allí el cuerpo, les fue fácil atar cabos y dar con ellos. Rápidamente Jesús Navarro Manau es detenido y no tarda en confesar. Su padre y Jaime Viñas se suicidan, tomando cianuro, antes de ser aprehendidos.

Navarro Manau fue condenado a muerte. Sin embargo, logró que le conmutaran la condena por 30 años de cárcel, gracias a las gestiones de sus abogados. Tras permanecer más de una década en el Penal de Ocaña, fue liberado por buena conducta.

Otras versiones

La versión oficial del crimen no satisfizo a muchos. Sexo, poder y dinero se mezclaban tras las enigmáticas existencias de Carmen y sus asesinos, lo que dio pie a sospechar que aquélla fue eliminada porque molestaba a alguien muy poderoso, inmerso en peligrosos negocios ilegales.

Se dijo que había tratado de chantajear a uno de sus clientes más poderosos con fotografías tomadas mientras mantenía relaciones sexuales con menores de edad, que era la indiscreta querida del gran estraperlista textil Julio Muñoz, que suministraba menores al pederasta obispo de Barcelona, que ayudaba a traer a dicha ciudad a muchachas de Galicia para después derivarlas hacia la prostitución, que era la querida de un capitoste del Régimen franquista y varias cosas más.

Otra de las pintorescas versiones del drama la dio el propio Jesús Navarro, que llegó a afirmar que la Broto fue «eliminada» porque era confidente de la policía y delatora de los enemigos del régimen, por lo que se la consideraba culpable del fusilamiento de varias personas.

En la cultura popular

El crimen de Carmen Broto fue objeto de múltiples reportajes, novelas y películas. Por ejemplo, el director y productor Pedro Costa le dedicó un capítulo de la prestigiosa serie televisiva La huella del crimen, protagonizado por Silvia Tortosa y Sergi Mateu.

El hecho también fue novelado por Alberto Speratti en su obra El crimen de la calle Legalidad (Barcelona, Martínez Roca, 1983).

Juan Marsé se inspiró en parte en este crimen para su novela Si te dicen que caí.

 


AUDIO: LA VOZ DE LAS SOMBRAS – EL CASO DE CARMEN BROTO


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