Bertha Mary Scorse

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Bertha Scorse
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Celos - Relación homosexual
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 12 de enero de 1952
  • Fecha de detención: 12 de enero de 1952
  • Fecha de nacimiento: 1931
  • Perfil de las víctimas: Joyce Mary Dunstan, de 26 años (su amante)
  • Método de matar: Apuñalamiento con una daga
  • Localización: Cornualles, Inglaterra, Gran Bretaña
  • Estado: Fue condenada a pena de muerte el 22 de febrero de 1952. Posteriormente la pena fue conmutada por la de cadena perpetua. Fue puesta en libertad en 1983
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Bertha Scorse

Norman Lucas – Los asesinos sexuales

Otro suceso de amor entre lesbianas que terminó en asesinato floreció, como en el caso de las adolescentes de Nueva Zelanda, debido a la enfermedad física. Como en el caso de Pauline y Juliet, la violencia fue desencadenada por el miedo a la separación. Aquí, sin embargo, terminan las similitudes, ya que en este caso la víctima fue una de las amantes, y la asesina, la mujer que no soportaba verla irse.

Se conocieron en Tehidy House, un sanatorio en Redruth, Cornwall. Bertha Mary Scorse había adquirido la tuberculosis a la edad de dieciséis años; Joyce Mary Dunstan era una mujer casada seis años mayor. Las dos estaban muy enfermas; las dos estaban muy solas y tenían miedo de morir. Entre ambas surgió una amistad apasionada.

Bertha tenía dieciocho años cuando fue mandada a casa de su madre en Newlyn, Cornwall, en el verano de 1950; Joyce fue dada de alta unas semanas después. Durante este periodo de separación, Bertha escribió con frecuencia a Joyce pidiéndole que terminara con su esposo Frederick, quien la esperaba de regreso en su casa en North Road, Camborne, Cornwall.

Una carta de Bertha decía: “Recibí tu preciosa carta hace aproximadamente diez minutos… Odio cada metro que nos separa, vida mía. Después de oírte por teléfono anoche me sentí embargada por la felicidad durante cinco minutos porque había oído tu amada voz. Pero eso no duró mucho. Antes de llegar a casa ya había sido tragada por una indescriptible miseria y soledad. Me fui a la cama alrededor de la diez y permanecí despierta horas… La vida es nada sin ti, amada mía. Nunca olvido que has hecho que mi vida tenga sentido, que me has hecho inmensamente feliz y esto es algo que nunca antes conocí”.

En otra carta a Joyce, Bertha mencionó que Frederick Dunstan le había dicho que ella, Joyce, pronto estaría con él, en casa. Bertha escribió: “Me siento como si el mundo se me hubiera derrumbado. Estoy harta. Lo aborrezco. Él tiene que darse cuenta de una vez por todas que ustedes han terminado. Por favor, Joyce, mi vida, para mi tranquilidad y felicidad, él tiene que aceptar tu palabra como definitiva”.

Más adelante Bertha escribió: “Estoy loca por ti. Sólo puedo descansar y sentirme tranquila cuando estoy contigo. Una vez que le hayas dicho a Fred que lo abandonas, lo natural será que vivas con tu familia o con una amiga. En esto no hay problema… No puede expresarse la soledad que siento”. En esta misma carta se refirió a “recuerdos hermosos, maravillosos y divinos que quisiera vivir una y otra vez. Pero no puedo hacerlo si tú no estás”.

No hay duda que ésta era una pasión correspondida. Joyce Dunstan dijo a sus padres y amigos que deseaba ser conocida por su apellido de soltera, Reynolds. La dedicatoria de una fotografía que mandó a Bertha dejó en claro que se consideraba como la “mujer” de su amiga.

En un intentó por aumentar las presiones sobre su amiga, Bertha escribió al padre de Joyce, el minero William Reynolds, que vivía en la pequeña villa de Pool, cerca de Camborne.

“Joyce y yo nos sentimos infinitamente infelices” le dijo. “Joyce ya venía pensando desde hace tiempo en dejar a Fred. Aún antes de su enfermedad estaba descontenta a su lado. Nadie debe esperar que ella regrese con Fred; para ahora lo odia. Esto sólo traería miseria y dolor, no solo para ella sino para mí también. Ella puede quedarse aquí hasta que se arregle lo de su separación legal. Después nos iremos. Todo nuestro futuro depende de la ayuda de usted para que nosotras encontremos paz y felicidad juntas… La felicidad es lo más grande en el mundo. Sin ella la vida no tiene sentido. La vida es tan corta y la muerte tan larga. Nosotras pedimos muy poco: únicamente estar juntas”.

Durante la segunda semana de agosto de 1950, la señora Dunstan abandonó el sanatorio y regresó con su marido, quien trabajaba como supervisor de entrega de alimentos. Unos días después, sin embargo, el 14 de ese mes, recogió sus pertenencias personales y se mudó a la casa de las Scorse, en Chywoone Crescent, Newlyn. Bertha, una chica de ojos color café y cabello recogido, la recibió extática. El recibimiento de la madre, la viuda Bertha Ann Scorse, y de la hermana menor, Elizabeth Maureen, fue más sosegado.

Aunque durante algún tiempo, Bertha y Joyce compartieron la misma cama, con la mejoría de la salud de Joyce y el deterioro de la de Bertha fueron persuadidas para que ocuparan camas individuales separadas en la misma habitación.

Por algunos meses parecieron felices con su nueva vida en común. Sin embargo, la pasión comenzó a aminorarse y la amistad a peligrar conforme Joyce mejoraba y Bertha empeoraba a tal punto que tenía que pasar casi todos los días en cama. Joyce era lo suficientemente activa como para salir fuera; Bertha era torturada por los celos. Le contó a su hermana que Joyce ya no la quería y que deseaba terminar la relación. Los altercados constantes culminaron con una fiera discusión el 12 de enero de 1952. Dos días después, la señora Dunstan se fue de esta casa y se instaló en el hogar paterno en Higher Pumpfield Road, Pool.

Bertha quedó tan trastornada que hubo necesidad de llamar a un médico para que la calmara. El médico pidió que fuera razonable y cuando Bertha dijo que iba tras su amiga se le dijo que estaba demasiado enferma como para levantarse de la cama. Finalmente, su madre y hermana decidieron atarle los tobillos con una cuerda, pero Bertha se las arregló para liberarse y apareció en lo alto de la escalera en pantalones y con un abrigo puesto. Cuando todos los esfuerzos por disuadiría fracasaron, Elizabeth llamó un taxi y acompañó a su hermana en el trayecto de 24 kilómetros hasta Pool.

En respuesta a un llamada, Joyce Dunstan se acercó hasta el taxi, pero unos segundos después regresó a su casa tras la llamada de su madre. Bertha la siguió suplicándole que regresara con ellas a Newlyn. Joyce se negó.

Entonces Bertha sacó de entre sus ropas una daga y hundió en el cuerpo de su amiga la hoja de 13 centímetros hasta la empuñadura.

La señora Dunstan murió cuatro días después en un hospital después de hacer una declaración en la que pidió que su nombre apareciera como Reynolds, no Dunstan.

– Éramos amantes. – dijo -. En una ocasión mencionó que me mataría si en algún momento la dejaba. No la tomé en serio. Me había mostrado el cuchillo diciendo que lo usaría si alguien se interponía entre nosotras.

Bertha fue acusada de asesinato.

– Joyce me dijo que nunca regresaría conmigo – informó a la policía -. Dijo que su madre la necesitaba más que yo. No fue premeditado. No quería matarla ni herirla. Todo lo que quería era que regresara.

En el momento en que Bertha Mary Scorse fue llevada a juicio en Exeter Assizes, a finales de febrero de 1952, estaba tan enferma que tuvo que entrar a la sala en camilla. Quedó en posici6n inclinada para que el juez Pilcher pudiera ver su cara.

El señor G. D. Roberts, el fiscal, habló de “la pasión anormal y no-natural” que había florecido entre las dos mujeres y pidió que el caso fuera considerado como asesinato premeditado, claro, a sangre fría e insensible. El abogado de la defensa, el señor John Maude, sostuvo, por su parte, que Bertha Seorse sufría de una enfermedad de la mente que alcanzaba tal grado que no sabía cuál era la diferencia entre el bien y el mal.

– Ella está, de hecho, muriéndose – dijo Maude al jurado con una voz que vibraba con la emoción -. Tal vez sea pronto, tal vez sea en tres años. Ha tenido hemorragia tras hemorragia. Hay grandes cavidades en uno de sus pulmones. Ha pasado en cama los últimos dieciséis meses. Algo la sacó de la cama, algo tan poderoso que, a pesar de la terrible escena de la madre y la hermana atando sus tobillos, salió de la casa. Atacada por la enfermedad no tenía esperanzas de ser amada por un hombre, pero quería, como toda persona, ser amada por alguien.

De acuerdo con un informe, se vio que la chica había sido difícil desde temprana edad: era irritable, egoísta, insensible y tenía mal humor. A los quince años estaba claro que algo andaba mal dentro de Bertha. Una de las enfermeras del sanatorio dijo que la chica deseaba ser querida, pero que se había hecho impopular con los pacientes y el personal. Nunca aceptó su enfermedad física y tenía miedo de morir. En ocasiones se mostraba como muy poco estable y actuaba de manera histérica.

– No hay duda que es horrible el que una persona normalmente sana contraiga una afección anormal – dijo el señor Maude -. Pero cuando se trata de juzgar a esta chica no es posible preguntar con humildad: ¿Y si esto no me hubiera sucedido a mí? ¿Y si no hubiera encontrado finalmente a una amiga? ¿Y si no nos hubiéramos enamorado? Si el jurado desea juzgar por patrones morales dirá que el demonio unió a estas dos mujeres en su enfermedad y miseria. Pero esto, simplemente, no es la función del jurado hacerlo.

El doctor Neville Craig, un especialista en problemas mentales, dijo que consideraba que en el momento de dar la puñalada, la señorita Scorse estaba en un estado en el que no distinguía entre el bien y el mal.

– En mi opinión – dijo -, ella es una psicópata, una persona con tendencias antisociales y rasgos anormales muy fuertes. Ni el castigo ni el tratamiento tienen efecto en estas gentes. Esta mujer sufre una perversión muy grande que es una fuerza motriz extremadamente poderosa, a la que nada puede ser interpuesto. Su amistad con la otra mujer siguió un curso típico. Gradualmente comenzó a debilitarse y ella empezó a darse cuenta de que iba a perder a alguien que significaba todo para ella, que llevaba una vida, en todo otro sentido, vacía.

Craig comparó la posición de Bertha con la de una cuerda débil que debe resistir una carga cada vez mayor y cuyos filamentos van rompiéndose uno tras otro hasta que sólo queda uno, un filamento que se rompió cuando supo que había perdido a Joyce. Craig no pudo estar de acuerdo en que se trataba únicamente del caso de una mujer desdeñada. Su acto tenía una finalidad que le proporcionaría bastante alivio mental.

– ¿No es la pasión pervertida de una mujer por una mujer o de un hombre por un hombre una pasión que tiene la misma intensidad que la normal y natural? – preguntó el señor Roberts.

– No podía estar en mayor desacuerdo – respondió el doctor Craig -. Es mucho mayor.

Finalmente, el juez dio su resumen.

– Está claro que al asociarse, estas dos mujeres establecieron una pasión pervertida. Se puede sentir repugnancia o pena por el hecho de que estas cosas sucedan, pero el hecho es que esta chica se sentía apasionadamente unida a su amiga y parece que esto era recíproco.

El punto importante a ser determinado por el jurado era si en los momentos materiales Bertha Scorse sabía que lo que hacía era malo.

El jurado de nueve hombres y tres mujeres tardó únicamente una hora para decidir que estaba en su juicio cuando mató a su amiga. El juez la sentenció a muerte y Bertha fue trasladada en la camilla a una ambulancia que esperaba fuera de la corte. Cuatro días después la sentencia fue suspendida. Bertha pensó que se trataba de esperar un rápido final por muerte natural y era la única forma de que se pondría punto final a la sentencia conmutada de prisión perpetua.

Sin embargo, Bertha Scorse no murió. Fue transferida de la cárcel de Exeter a Holloway y de ahí llevada a un hospital en las afueras de Londres. Se le extirpó un pulmón. Por muchos meses estuvo sumamente enferma, pero poco a poco fue recuperándose. A los 24 años trabajaba ya en la tienda de costura de la prisión Holloway.

En agosto de 1959 se le concedió la libertad condicional y regresó a su casa en Newlyn.

– Yo estaría mejor en Holloway – dijo Bertha en una entrevista poco después -. Se supone que he pagado mi crimen, pero la gente es muy desagradable. ¿Piensa que voy a matar nuevamente? Cuando apuñalé a mi amiga yo era una chica enferma, saturada de drogas.

En marzo de 1960 regresó a la prisión debido a una “conducta que hacía temer mayor violencia”. Posteriormente, Bertha fue puesta en libertad para regresar a Holloway, en julio de 1963, por haber sido encontrada bajo la influencia de las drogas.

Casi nueve años después, a finales de octubre de 1972, como parte del proceso para ser puesta en libertad, se le permitió salir todos los días para que trabajara y comiera ocasionalmente con amigos. Sin embargo, a unas semanas de la fecha fijada provisionalmente para que abandonara permanentemente la cárcel, estaba ebria y peleando; asaltó a una oficial que tenia obligación de desnudarla y revisarla.

Fue transferida a la prisión Styal, en Cheshiere, donde continuó purgando su sentencia de muerte.

En este caso, la envidia que la chica menos atractiva y enferma sentía por la más atractiva y sana se vio complicada por la idea de la muerte. Bertha había sufrido un agresivo ataque de tuberculosis pulmonar. Esta amenaza complicó tanto las cosas que en su cabeza Bertha se deshizo de su miedo a la muerte, en la forma de un ataque asesino a su amada víctima, Joyce.

 


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