Bela Kiss

El Monstruo de Czinkota

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Violador - Robos
  • Número de víctimas: 24 +
  • Periodo de actividad: 1900 - 1914
  • Fecha de nacimiento: 1877
  • Perfil de las víctimas: Mujeres
  • Método de matar: Estrangulación
  • Localización: Czinkota, Hungría
  • Estado: Desconocido. Nunca fue capturado
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Un caso de identidad robada

Brian Lane – Los carniceros

La historia empieza en Czinkota, una remota aldea húngara a cierta distancia de Budapest. El verano del año 1916 acababa de empezar y Europa se encontraba en plena Gran Guerra. Si no hubieran tenido lugar en ese período es posible que los espantosos crímenes de Bela Kiss nunca hubieran sido descubiertos. El conflicto había hecho que Hungría anduviera escasa de petróleo con que mantener su esfuerzo bélico, y las autoridades requisaban cada gota de combustible a la que podían echarle mano.

La maltrecha combinación de casa y taller de Bela Kiss, el hojalatero y adivinador del futuro aficionado local, se encontraba en una punta de la aldea de Czinkota. La combinación del siniestro aspecto de la casa y la reputación de su propietario -a quien se consideraba poseedor de poderes maléficos sobrenaturales- hacía que la mayoría de los aldeanos se mantuvieran lo más alejados posible de ella. Cuando Kiss fue reclutado no tuvo que molestarse echando el cerrojo de puertas y ventanas.

Una vieja llamada Kalman -quien afirmaba haber limpiado de vez en cuando la morada de Kiss- era la única persona viva que había estado dentro de la casa, y cuando fue sorprendida atisbando por una mirilla aquel acto de espionaje le costó perder su trabajo…. ¡y sólo había visto una hilera de bidones de petróleo! Eso hizo que los bidones de petróleo de Bela acabaran formando parte del folklore local, tal y como suele ocurrir con estos asuntos triviales en las pequeñas comunidades rurales.

Nadie cometió la temeridad de entrar en la casa del hojalatero hasta la llegada de un sargento de la policía acompañado por dos agentes, pero la promesa de encontrar una rica recompensa dentro y recibir los elogios de sus superiores, hizo que los policías no tardaran en hallarse al otro lado del umbral, con un grupito de aldeanos curiosos pero precavidos murmurando y observándolo todo a una distancia prudencial.

Y, tal como había dicho la vieja, en la buhardilla había siete grandes bidones metálicos con la tapa de cada uno concienzudamente soldada. Pero la guerra es la guerra y el petróleo es el petróleo, por lo que la tapa del primer bidón sucumbió a la palanqueta del sargento y los tres policías se inclinaron sobre él para contemplar su botín.

El bidón no contenía petróleo, sino un cadáver, el cuerpo desnudo y maniatado de una joven con unas horribles señales rojas alrededor de su cuello, testimoniando la forma en que había muerto.

Un bidón abierto, seis por abrir… Cinco, cuatro… El espectáculo que se iba ofreciendo a los ojos de los policías se encontraba más allá de sus peores pesadillas pues, con una sensación de horror que dos años de guerra no habían bastado para embotar, los agentes acabaron encontrándose ante siete cadáveres humanos, todos del sexo femenino, todos desnudos, atados y estrangulados.

Pero éste no fue el final de la historia y, desde luego, no fue la última página de este catálogo de carnicerías. Sus meticulosos archivos revelaron que Bela Kiss había mantenido relaciones con más de una veintena de mujeres mediante anuncios con fines matrimoniales publicados en los periódicos; todas ellas habían sido atraídas a la casa de la muerte. Acabamos de conocer el destino de siete; el jardín que rodeaba la casa contenía diez cuerpos más, y cuando cesaron las excavaciones el bosque cercano había entregado otra docena de cadáveres.

El múltiple asesinato que tenían tan cerca hizo que la policía y el ejército olvidaran momentáneamente el acuciante problema de cuál sería el desenlace de la guerra y combinaran sus recursos para seguir la pista de Bela Kiss a través de su historial militar. El rastro llevó primero al hospital militar donde había estado internado por heridas recibidas en combate, y de allí a la tumba que se había convertido en su último lugar de descanso. La conclusión a los monstruosos crímenes cometidos por el carnicero de Czinkota parecía obvia, aunque no muy satisfactoria.

Y no cabe duda de que todo habría quedado así de no ser por las complicaciones burocráticas oficiales y la exigencia de que cada asunto sea comprobado, vuelto a comprobar y reverenciado del derecho, del revés y de lado antes de que pueda ser olvidado. Una de esas formalidades necesarias consistía en que un sargento de la policía fuera al hospital donde Bela Kiss había exhalado su último aliento para confirmar la notificación oficial de su muerte. Una vez completado este deber, el policía habló con una de las enfermeras y le dijo que podía considerarse afortunada, pues seguía viva después de haber estado junto a un monstruo como Kiss. La enfermera, intrigada, le pidió más detalles, y cuando el sargento hubo terminado de contar su historia, la pobre chica apenas podía creer en lo que había oído.

-¿Que ese muchacho asesinó a treinta mujeres? -exclamó.

-Oh, no, debe estar pensando en un paciente distinto -le explicó el policía-. Bela Kiss tenía más de cuarenta años.

Lo cual era totalmente correcto. El muchacho que murió a causa de sus heridas se llamaba Mackaree…, es decir, se llamaba así hasta que Bela Kiss le robó la identidad dejando que el muchacho fuera a su tumba con el odiado nombre y apellido de Bela Kiss. El nuevo «Mackaree» nunca fue encontrado, aunque se supone que fue visto en Budapest después de la guerra. En 1924 hubo informes de que se había unido a la Legión Extranjera francesa bajo el apellido «Hoffmann», y se dijo que había sido visto por última vez en Nueva York el año 1932.


El coleccionista de mujeres asesinadas, Bela Kiss

Flores Lázaro

En la primavera de 1912 un descapotable rojo corría por la carretera de Budapest hacia el pueblo de Czinkota, situado en uno de los rincones más bellos y pintorescos de Hungría.

El hombre que lo conducía se llamaba Bela Kiss; era de rostro amarillento, pómulos muy acusados y negro bigote. A su lado, tan feliz y contenta como él, se sentaba su joven y bonita esposa. María no dejaba de parlotear, comentando aquel viaje a cuyo término quedarían instalados en el nuevo hogar, previamente elegido y comprado para disfrutar de su luna de miel.

Su entrada no fue precisamente triunfal, porque al cruzar las calles de Czinkota, aterrados por el veloz coche rojo, cerdos, patos, cabras y gallinas tuvieron que huir, así como algunos vecinos que, poco acostumbrados a ver coches, procuraron cuidar por su integridad física amenazada por la llegada de aquel loco forastero, que no frenó hasta quedar frente a una apartarda casona de piedra, en el lado sur del pueblo.

Pero, superada esta primera impresión, el señor Bela Kiss pronto se hizo popular entre los modestos vecinos, que vieron en él al rico potentado de la ciudad, que al menos venía a sacarles de su aburrida rutina.

Hombre amable, solícito y educado, con una fácil sonrisa que hacía resaltar su cuidado bigote muy negro, el doctor Bela Kiss no sólo sacó de su rutina cotidiana a aquellas gentes sencillas, sino que también, cuando necesitaban algún consejo amablemente se los ofrecía, así como hasta algunas monedas si el caso lo requería.

Con tales prendas personales y esta noble actitud, no es muy difícil granjearse la simpatía general. Por eso, hasta el serio y poco comunicativo condestable del pequeño pueblecito de Czinkota, el señor Adolph Trauber, no tardó en acudir a la gran casona de piedra del «doctor» Bela Kiss, para presentar sus respetos al nuevo vecino y su bella esposa Maria, quince años más joven que su marido y una auténtica muñeca de porcelana que parecía amenazar con romperse al menor contacto de aquellas manazas grandes y velludas del sonriente señor Kiss.

Bela Kiss recibió al condestable Adolph Trauber en su gabinete de trabajo de la segunda planta, y allí, al observar el bote de incienso que humeaba sobre la mesa del despacho y las paredes adornadas con cartas astrológicas, al visitante se le ocurrió indagar:

-¿Aficionado a la astrología, señor Kiss?

Con un extraño brillo en sus ojos, el nuevo propietario de la casa respondió con viveza:

-Sí… Puedo decir que los planetas me guían a través de la vida, señor Trauber.

Eran años tranquilos: la Primera Guerra Mundial aún tardaría años en estallar. En el pintoresco y apartado rincón de Czinkota jamás existieron problemas de mayor cuantía, el condestable no era muy hablador y, por otra parte, aunque interiormente se hacía desde la llegada de aquel matrimonio algunas preguntas, se dijo que a él y a todos los vecinos nada les interesaba saber de qué vivían los recién llegados, a cuánto ascendía su fortuna, si es que se trataba de rentistas.

Lo que sí era evidente es que no carecían de dinero, puesto que aquella apartada casona de piedra valía mucho. Nada más llegar habían contratado a dos jóvenes criados, aunque el prudente y educado señor Bela Kiss les ordenó desde el primer día que dormirían en sus casas, trabajando en la suya nada más que durante el día.

Al respecto aún tomaba otras medidas: cuando el señor Kiss tenía que realizar cortos viajes a la capital, entonces daba órdenes a los dos jóvenes criados para que permanecieran en sus casas. La joven esposa quedaba entonces totalmente sola en la gran casona, y la gente, siempre chismosa y charlatana, sonreía maliciosa al comentar entre sí.

-Lo hace porque su esposa es muy joven y los criados también.

-Es por eso. ¡El doctor Kiss no quiere complicaciones!

Fuera o no por esto, el caso es que Bela Kiss siguió con su costumbre y aquella noche que el condestable le visitó, cuando Adolph Trauber se ofreció para todo lo que pudiera servirle como máxima autoridad del lugar, el nuevo vecino recomendó:

-Ya que se ofrece usted, me gustaría que cuando salgo de viaje tuviera los ojos bien abiertos sobre esta casa.

El condestable comprendió: abrir los ojos significaba guardar a la señora Kiss. Pero muy pronto comprendió también otra cosa y llegó a la conclusión de que los recelos del señor Kiss estaban fundados: María tenía un amante que, «casualmente», siempre llegaba al pueblo cuando el doctor realizaba uno de sus acostumbrados viajes a la capital.

El bizarro mozo se llamaba Paul Bihari, se mostraba muy locuaz cuando saludaba a los vecinos de Czinkota, decía ser artista y no parecía importarle un ardite que todo el pueblo supiera que venía a visitar a María en aquellas periódicas ausencias de su esposo. Y un dato más a tener en cuenta: pese a que sus ropas se hallaban raídas y todo su pelaje demostraba la carencia de bienes, tenía «algo» que ya había pasado para Bela Kiss. Juventud; una radiante y pletórica juventud casi insultante.

Claro que también, tanto al huraño condestable Trauber como a todos los vecinos, en el fondo les importaba un rábano todo aquello. Allá el buen doctor Kiss con sus problemas particulares.

¿Era acaso de buen gusto irle con todo aquello al oído? ¿No dicen que los maridos siempre son los últimos en enterarse de estas cosas, y que muchas veces, cuando se les informa, reaccionan de la forma más inesperada?

Todo siguió así y una tarde fría de noviembre que traía fuerte viento del Danubio, un gran camión se detuvo ante la casona de piedra de Bela Kiss y descargó unos grandes toneles de metal, de metro y medio de alto por uno de diámetro. Más tarde, los criados informaron que el señor Kiss ordenó colocarlos en su despacho y que, tras cerrar la puerta con llave, la guardó con mucho cuidado en el bolsillo del chaleco.

-Parecía muy satisfecho -comentó uno de los criados.

También comentaron otra cosa: la señora Kiss no había salido en todo el día de sus habitaciones y el dueño de la casa les dijo, con su amabilidad y sonrisa acostumbradas:

-Está algo indispuesta… ¡Ya saben! Cosas de mujeres.

Al día siguiente, cuando los dos criados volvieron a la casona, observaron que reinaba un extraño silencio y que el señor Kiss, al igual que su esposa, no hacían acto de presencia. Se decidieron al fin y uno de ellos ascendió al piso superior para ver qué pasaba: encontraron al triste señor Kiss frente a su mesa de despacho, pero llorando desconsoladamente, como un niño.

Ante el asombro del criado, Bela Kiss le mostró un papel y entre sollozos exclamó:

-¡Me ha abandonado, se ha ido con él! ¡Con ese jovenzuelo canalla!.

La carta tenía el membrete de la señora Kiss y en breves líneas, que dificilmente pudieron leer los dos criados, anunciaba que se había enamorado de Paul Bihari y que abandonaba a su esposo para vivir feliz con el hombre que era su amante.

Bien que conocían los dos criados al joven Paul Bihari: muchas veces le habían visto llegar a la casa, cuando el señor Kiss realizaba sus viajes a la capital. Y ahora, por fin, había estallado el problema.

Al desconsuelo del señor Kiss se unió el de los dos criados, al ver que les pagaba sus jornales religiosamente mientras gemía:

-No quiero a mi lado nada que me recuerde a ella. Yo necesito poca cosa. Podré valerme solo.

Naturalmente, todos los vecinos de Czinkota se dedicaron a comentar el lance. Los mozos y las mozas lo hacían con mayor malicia, mientras que los de mayor experiencia decían:

-Es natural: esa María era demasiado joven y bonita para el señor Kiss.

La mañana de Navidad de aquel 1912, el triste señor Kiss apareció por casa del condestable Adolph Trauber llevando unos paquetes y ofreció, con su característica amabilidad:

-Tenga, señor Trauber: compré estos regalos para mi esposa, pero ya sabe que… Quizá a la de usted le puedan servir.

No vamos a ser mal pensados y decir que a la señora Trauber le encantó lo sucedido, debido a los inesperados obsequios que cayeron en sus manos. Pero sí que sonrió muy complacida y a su vez ofreció.

-Gracias, doctor Kiss, a mi esposo y a mí, siempre nos tendrá a su disposición.

Aquel invierno fue muy duro y el viento sopló fuerte durante los meses de enero y febrero. Los campesinos de Czinkota apenas abandonaron sus casas, refugiados en torno a las estufas, mientras que en la apartada casona de piedra del señor Kiss durante aquellos sesenta días reinó el silencio.

El condestable empezó a preocuparse y cuando llegó frente a la casona observó que seguía silenciosa y cerrada. Temió lo peor y forzó la puerta, preocupado por su propietario que no contestaba a sus llamadas. El interior estaba oscuro y frío y Adolph Trauber sintió como un escalofrío cuando al fin ascendió por la escalera para llegar al gabinete de trabajo, en donde encontró a Bela Kiss sollozando sobre la mesa.

-¡Vamos, vamos, doctor … ! No puede usted continuar así. ¡Ninguna mujer merece que la lloren tanto, señor Kiss!

Pareció reaccionar algo el hombre abrumado, para al fin preguntar con aire incrédulo.

-¿Usted cree, señor Trauber?

-Así es, amigo mío.

-¡Es que la echo mucho de menos!

Ansioso de consolarle, al condestable de Czinkota se le ocurrió un viejo refrán campesino y lo soltó.

-Clavo quita clavo, señor Kiss.

-¿Qué quiere decir?

-Que a rey muerto… ¡Pues rey puesto! Usted es joven aún, tiene dinero, una buena posición y una gran casa. En el pueblo hay muchas mujeres que estarían encantadas si usted…

Un leve gesto de la mano de Bela Kiss le indicó que no aceptaba lo que parecía indicar tales insinuaciones, pero el condestable no se desanimó. Apartó las pesadas cortinas del ventanal para inundar de luz todo el gabinete y decidió:

-Mañana mismo voy a mandarle a alguien que cuidará de usted.

Al otro día, se presentó en la casona de piedra una viuda, ya entrada en años y carnes, llamada señora Kalman. Dejó en el suelo una gran maleta e informó al perplejo Bela Kiss que no parecía muy satisfecho de tal invasión:

-Voy a quedarme con usted, señor Kiss. ¡Le cuidaré muy bien!

Los meses pasaron y, ya en mayo, justo al cumplirse el año de haber llegado el señor y la señora Kiss en el descapotable rojo, el propietario de la casona ya parecía mucho más animado. La viuda Kalman contaba en el pueblo, a todos los que la querían oír, que su señor comía con buen apetito, había vuelto a reanudar sus viajes a la capital y lo que era más importante:

-No parece recordar para nada a su infiel esposa.

Sí, la viuda Kalman estaba muy contenta, puesto que se atribuía a ella el mérito de aquella recuperación del señor Kiss. Pero el dueño de la casa le comunicó un día con su amabilidad característica.

-Bastará con que venga durante el día, para hacer las faenas normales y arreglar un poco esto, señora Kalman. Desde hoy podrá usted dormir en su casa.

La señora Kalman tuvo que volver a su soledad de viuda. De cualquier manera, aquella decisión de Bela Kiss tenía sus motivos porque, a los pocos días, regresó de uno de sus viajes acompañado de una bella mujer que, por sus maletas y otros paquetes que traía en la parte trasera del descapotable rojo, se quedaría a vivir en la casona de piedra.

La viuda Kalman abrió mucho los ojos cuando el señor Kiss se la presentó; pero no pudo entender su nombre. Lo que sí pudo comprobar, porque estaba muy a la vista, fue que se trataba de una mujer de unos cuarenta años, de largos cabellos rubios y ojos intensamente azules, aires distinguidos y, por supuesto, redondas y exuberantes formas que anunciaban que debió ser en su juventud una auténtica belleza.

Aún ahora, ya perdido el frescor de la juventud, madame resultaba arrebatadoramente atractiva y todos sus movimientos y actitudes denotaban una vitalidad, un brío y una fogosidad poco comunes incluso en mujeres de veinte años.

Pero había más: la mirada de aquellos grandes ojos intensamente azules resultaba cálida, sugestiva, cautivadora y, por supuesto, muy prometedora cuando sus pupilas se clavaban en el negro bigote de Bela Kiss. La viuda Kalman se fijó en todo esto y se dijo que estaba segura que aquella espléndida mujer siempre habría atraído a los hombres como un poderoso imán.

-Debe ser una gran dama -comentó, aunque con cierto tono resentido-. Tiene aire y aplomo y una gran belleza.

Todos los vecinos de Czinkota estaban ansiosos por conocer personalmente a la venus rubia que el doctor Bela Kiss trajera de Budapest. Pero el dueño de la casona de piedra no daba ninguna facilidad al respecto, como si se mostrase celoso de que alguien más que él pusiera los ojos en la mujer que había traído para único y exclusivo uso suyo.

Todo lo más, el señor Kiss se limitó a comentar con el condestable, el día que se cruzó con Adolph Trauber en la plaza del pueblo:

-Seguí su consejo, amigo, ¿recuerda?

-No, señor Kiss- usted dirá.

-Sí, hombre, sí… Clavo quita clavo. Y aquello otro de «a rey muerto, rey puesto».

El condestable quedó boquiabierto, escuchando que aún comentaba, camino de la casona.

-¡Es la vida, amigo mío!

A la venus rubia del señor Kiss todos solían llamarla madame, cuando tenían que referirse a ella. Muy pocos pudieron verla porque jamás salía de casa y solamente la viuda Kalman estaba al corriente de cuanto sucedía dentro de aquellas paredes.

Y acontecía que -siempre según versión de la viuda Kalman- el señor Kiss y madame permanecían largas horas del día encerrados en sus habitaciones, apenas saliendo a comer para volver a encerrarse allí. Y a juzgar por sus alegres semblantes y los mimos que furtivamente se prodigaban el uno al otro, parecían muy enamorados y felices.

Al comentar esto la viuda Kalman, uno de los mozos más descarados de Czinkota carcajeó:

-¡El doctor Kiss debe estar poniéndose las botas!

-Eres un grosero, Boris. ¡Esas cosas no se dicen!

-¿Pues qué cree usted que hace, tantas horas encerrado en una habitación con esa venus rubia?

A los pocos días de la llegada de madame, nuevamente volvió a pararse ante la casona un camión, que también descargó otro gran tonel de metal de metro y medio de altura por un metro de diámetro. El señor Kiss ordenó a los transportistas que lo subieran a su gabinete de trabajo, cerrando después con llave la habitación.

Cuando el camión regresó a la capital, el señor Kiss se acercó más amable que nunca a la viuda Kalman, pareció observarla interesándose por su salud, para recomendar mientras le tomaba el pulso:

-Tómese unos días de descanso, señora Kalman. Últimamente la hemos hecho trabajar mucho y parece fatigada.

-¿Yo, señor Kiss? Me encuentro perfectamente y…

La viuda Kalman no siguió protestando porque el señor Kiss le puso el sueldo de una semana en la mano al tiempo que insistía con voz convincente.

-Debe descansar unos días, señora Kalman. ¡No quiero cargos de conciencia por su salud!

La viuda obedeció, tomó su merecido descanso y, cuando regresó a la casona de piedra a los ocho días, comprendió atónita que el que no había descansado era el señor Kiss: madame había desaparecido pero, moviéndose por la casa como pez en el agua, se hallaba en su lugar otra mujer de ampulosas caderas, senos enormes y temblorosos apenas cubiertos por una fina bata de seda, también con larga cabellera rubia que caía en graciosa cascada por su bien formada espalda.

Aquella mujer tampoco era joven, pero toda ella rebosaba un atractivo sensual que se confirmaba en sus ojos llenos de malicia y mirar atrevido. Y sonreía, sonreía siempre, como si las ansias de vivir que sentía se desbordasen en sus carnosos labios con aquella sonrisa.

Bela Kiss se acercó también sonriente al indicar:

-Espero que atenderá a madame como es costumbre en usted, señora Kalman.

La viuda Kalman estuvo muy cerca de protestar, diciendo que ella no ora especialista en atender casas que más que eso parecían un harén, pero en voz alta tan sólo contestó tras ligera vacilación.

-Haré lo que pueda, señor Kiss.

Lo hizo, y cumplió con sus obligaciones más intrigada que molesta, observando con el rabillo del ojo a la nueva madame que, al igual que la primera, daba muy poca guerra por permanecer encerrada con el señor Kiss gran parte del día -y las noches, claro- en sus habitaciones. Apenas salían a comer y cenar y luego, por la noche, tal como estaba convenido, la viuda Kalman abandonaba la casa para dormir en la suya.

-Admitamos que el señor Kiss es un fresco -llegó a objetivizar la viuda Kalman-. De seguir así, escandalizará a toda la vecindad.

-Compréndale, señora -intentaba disculpar el condestable-. Aún es joven y, por otra parte, se limita a vivir en -su casa sin que…

A los pocos días, nuevamente un camión volvió a descargar frente a la casona uno de aquellos grandes toneles que el señor Kiss ordenaba subir a su gabinete de trabajo. Aquella tarde, tras preparar la cena, la viuda Kalman quedó sorprendida al ver que otra vez el dueño de la casa volvía a interesarse por su salud:

-Descanse unos días, señora Kalman. Madame y yo podemos valernos por nosotros mismos.

-Pero si yo… yo… ¡No les molesto para nada, señor!

-Por supuesto, señora Kalman: usted no nos molesta. Pero unos días de vacaciones no le vendrán mal.

Nuevamente le ofreció el sueldo de una semana adelantada y la viuda Kalman se retiró a su casa aquellos siete días, pensando que cuando regresara a trabajar el señor Kiss ya tendría otra madame.

No se equivocó.

En efecto, durante aquellos días el señor Kiss realizó uno de sus frecuentes viajes a la capital, regresando en su descapotable rojo con una mujer que aún traía más maletas y equipaje que las otras. Era alta, bien proporcionada, y aunque acusaba algunas excesivas redondeces ya, no pasaría de los treinta y cinco años. En aquella ocasión el señor Kiss la había preferido de cabellos muy negros, pero su larga cabellera también caía sobre su espalda en abundante cascada.

El señor Kiss ya estaba en su gabinete de trabajo, pero al ver a la criada acercarse con la bandeja del servicio se interrumpió para decir con su amable sonrisa:

-Me temo que me tendrá usted por un hombre malo, señora Kalman.

El ama de llaves vio la oportunidad para decirle cuatro cosas que a ella -como a todo el pueblo- le bullían en el cuerpo y la aprovechó veloz:

-Le diré, señor Kiss… Malo, malo…. no le consideramos. ¡Pero un vicioso, sí!

-No es eso, señora Kalman. Pero es que. ¡No puedo vivir sin mujeres! Hay hombres que beben, que se dedican al juego, y otros que, como yo…. ¡se vuelven locos por las mujeres!

-Por eso le dije vicioso -insistió la criada.

-Para mí, las mujeres son el don más precioso que puede ofrecernos la vida. Tan precioso -insistió Bela Kiss-, que incluso aún despues de muertas me gustaría poder conservarlas.

-Supongo que no podría conservarlas a todas, señor Kiss. ¡Cambia con demasiada frecuencia!

-¿Y qué culpa tengo yo, si me abandonan, señora Kalman?

La conversación estaba iniciada y la viuda Kalman siguió aprovechando la ocasión de aquellas confidencias:

-¿Por qué le abandonan, señor Kiss? Yo he observado que cuando están con usted en esta casa, parecen muy felices y contentas… ¡Diría que hasta muy enamoradas y satisfechas!

-¡Oh, señora Kalman! Usted es muy amable y quiere halagarme -exclamó con humildad el amable señor Kiss.

-Hay cosas que una mujer a otra no puede ocultar, señor Kiss. Y para serle sincera, le diré que creo que es usted quien las abandona a ellas.

-No lo crea, mi buena amiga. Lo que ocurre es que este pueblo les cansa, están acostumbradas a otra vida y yo no puedo ofrecerles más.

-Puede estar menos tiempo encerrado con ellas, en esas habitaciones, señor, quizá, entonces…

-No puedo, señora Kalman. Soy excesivamente apasionado, excesivamente celoso y lo que tengo lo quiero para mí sólo. Me molesta que alguien las vea, que otros hombres posen sus ojos golosos en ellas, la mejor forma de evitarlo es vivir encerrado aquí con ellas. ¿Comprende?

Días después, la mujer alta y morena también le había abandonado, regresando a la capital, según aseguró el señor Bela Kiss. Y aquel verano, el condestable Adolph Trauber volvió a visitar al propietario de la casona de piedra.

Mientras tomaban café, le dijo al señor Kiss que había recibido una carta de Charles Nagy, jefe de la policía de Budapest, en la que le informaba que varias viudas de la capital habían desaparecido misteriosamente. Todos los condestables de los pueblos de Hungría debían realizar investigaciones en sus respectivas demarcaciones, por sí sabían algo sobre aquello.

Por supuesto, la visita del condestable Trauber al señor Kiss era pura pacífica y amable rutina. No podia negar que durante los últimos meses había realizado varios viajes a la capital con su descapotable rojo, regresando siempre con alguna bella mujer, que posteriormente todos habían visto que ya no seguía en su casa por haber sido sustituida por otra.

Trauber insistió en que no pretendía meterse en la vida privada de nadie, pero a la vista de lo que estaba ocurriendo… ¿sería tan amable el señor Kiss de hablarle algo de aquellos viajes que realizaba a la capital?.

Bela Kiss fue amable y le explicó, aunque muy por encima, algunos detalles al condestable. Le relató cosas más o menos como las que un día comentó con la viuda Kalman y, a su vez, Adolph Trauber le informó que la policía de la capital había podido averiguar el nombre de dos de las mujeres desaparecidas.

Una se llamaba Schmeidak y la otra Warga. Los detectives habían seguido los pasos de ambas y estas pistas les había llevado al apartamento de un hombre llamado Hofman, que tenía un piso cerca del puente de Santa Margarita, en Budapest. Pero cuando llegaron al piso del señor Hofman, éste no estaba por ninguna parte: se había esfumado.

-¿Y temen que ese tal Hofman haya asesinado a esas dos mujeres? -adelantó Bela Kiss

-Es muy posible. ¡Nada se ha vuelto a saber de ellas!

-Suponiendo que ese Hofman tuviese secretas entrevistas con esas dos mujeres en su apartamento, ¿por qué motivo las iba a asesinar?

-Por dinero, señor Kiss. Existe la coincidencia de que, tanto la señora Schmeidak como la señora Warga, retiraron todos sus fondos del Banco antes de desaparecer.

-Pero…

-¡Y lo mismo hicieron otras dos! También desaparecidas, señor Kiss.

Bela Kiss pareció dudar antes de volver a indagar.

-¿Pero y sus familiares, sus esposos o sus amigos? ¿Nada saben de ellas?

-Eran viudas, señor Kiss. Viudas y totalmente independientes.

El condestable Trauber parecía preocupado y añadió que sospechaba que el tal Hofman fuera un nombre falso con el que había alquilado, sin dejar luego una sola pista tras él, aquel apartamento en la capital cercano al puente de Santa Margarita. Seguramente que atraía a sus víctimas hasta allí valiéndose de algún engaño, para luego desaparecer con ellas.

-Posiblemente fuera de la ciudad -terminó el condestable.

Bela Kiss sonrió levemente, mientras comentaba: Supongo que mi marcada inclinación por buscar compañía femenina no me hará sospechoso ante usted, señor Trauber.

El silencio reinó, aprovechado por el dueño de la casa al insistir:

-Comprenderá que esas compañías no las iba a buscar aquí, en este pequeño pueblo: por eso las traía de la capital.

El condestable parecía reflexionar y Bela Kiss al fin decidió, siempre con gesto amable y la sonrisa en los labios:

-¿Quiere registrar mi casa para su tranquilidad, condestable? Le aseguro que no me ofenderé, en absoluto. Me consta que es un penoso deber para usted, pero si ha recibido esa carta circular, yo…

-¿De veras no se ofenderá, señor Kiss?

-¡En absoluto, amigo mío! ¡En absoluto! ¿Empezamos?

El condestable Trauber no podía dudar, ni por un instante, de aquel hombre amable y simpático, del que nadie tenía una sola queja, como no fueran los comentarios por su excesiva inclinación por las mujeres: en el fondo, todo eso había servido incluso para ganarse más simpatías, pues es sabido que, por esa extraña naturaleza de los humanos, si tales cosas se hacen con suficiente tacto y discreción, más bien divierten que molestan.

Y no había duda que Bela Kiss siempre obró con suma delicadeza. Otra cosa habría sido si, llevado por su pasión amorosa, se hubiese dedicado a perseguir a las campesinas del pequeño pueblo de Czinkota.

Fue un registro de rutina; pero, al llegar al gabinete de trabajo de Bela Kiss y llamar su atención aquellos toneles de metal, el condestable preguntó bastante extrañado:

-¿Qué guarda aquí, señor Kiss?

Con una regla que tomó de la mesa donde había mapas astrológicos, Kiss golpeó los toneles de metal que acusaron estar llenos de líquido y contestó, poniendo en gestos y palabras un tono cómicamente confidencial:

-¡Es mi secreto, señor Trauber!

-¿Su secreto? -repitió el condestable, casi como un eco.

-¡Guardo gasolina!

-No…, no comprendo.

-Sí, amigo mío. Si quiere destapo uno y usted mismo podrá verlo.

Lo hizo así y el condestable se asomó al gran recipiente de metal, comprobando que, en, efecto, estaba lleno hasta los bordes de un líquido que debía ser gasolina. Bela Kiss ayudó con su exación:

-Usted sabe que dentro de poco la gasolina valdrá su precio en oro. Sobre Europa se cierne la amenaza de una guerra, que calculo no tardará en estallar; eso hará que la gasolina se convierta en un artículo muy caro. ¡Y yo no quiero que me pille desprevenido!

Con la regla que tenía en la mano, Bela Kiss, fue golpeando los otros recipientes de metal; volvió a cubrir el que había examinado el condestable y le rogó, invitándole con el gesto a salir del gabinete:

-Pero guarde mi secreto, señor Trauber, ¡Podrían robarmelo!

Terminada la visita ya iban a salir de la casa, cuando Bela Kiss ofreció dos llaves y ante el gesto de extrañeza aclaró:

-Hágame el favor de guardar estas llaves, amigo mío. Una es de la casa y la otra del gabinete, donde ha visto que guardo la gasolina.

-Sí, pero… ¿Por qué me las da, señor Kiss?

Ahora ya no había gesto risueño en el rostro de Bela Kiss al decir:

-Yo puedo morir, señor Trauber. Y si tal cosa ocurre, no quiero que mi infiel esposa pueda regresar con el canalla que se la llevó para apoderarse de esa gasolina. En el caso de que me ocurriera algo, deseo que usted acepte como regalo, por todas sus atenciones y su franca amistad esa mercancía, que podrá vender en su día a buen precio.

Adolph Trauber vaciló ante aquel desprendimiento y prueba de amistad.

-Señor Kiss, yo…

-Nadie mejor que usted. Es el condestable del pueblo, representa la ley y la justicia aquí, y además, siempre sentí mucha simpatía por usted y su esposa, amigo mío. Pero sólo usará estas llaves en el caso de que yo muera. ¿De acuerdo?

-De acuerdo, señor Kiss.

Y el tiempo fue pasando: llegó el fatídico mes de agosto de 1914, cuando la Primera Guerra Mundial estalló y Hungría tuvo que luchar unida a las potencias centrales.

En aquel terrible caos en el que diariamente morían miles de personas en los frentes y en la retaguardia, ¿quién podía acordarse de otras cosas más pequeñas e insignificantes, de otras muertes más aisladas?

Por aquellas fechas, el señor Bela Kiss se convirtió en un hombre muy atareado, siempre viajando de un lugar a otro, y también siempre acompañado de alguna hermosa mujer pegada a su brazo. Lo cierto fue que la viuda Kalman estaba con frecuencia de «vacaciones», mientras el infatigable dueño de la casona de piedra quedaba en ella gozando así de mayor intimidad con la compañera de turno.

Fueron días aquellos en los que Bela Kiss se mostró como un ardiente patriota, siempre predicando a los más jóvenes para que se alistaran voluntarios en el ejército. Ponía todo su celo en esto y un día le preguntó el condestable Adolph Trauber:

-¿Y usted, señor Kiss? ¿Por qué no se alista y va a luchar al frente?

-Lo haría con mucho gusto, señor Trauber. Pero, por desgracia… ¡padezco del corazón!

Pero llegó el día en el que los asuntos de la guerra no marcharon muy bien para las potencias centrales; lo mismo en la Alemania del káiser que en su aliada Hungria, Se empezó a reclutar a los hombres de todas las edades, sin tener muchos miramientos para aquellos remolones que alegaban sufrir alguna dolencia. Y fue así como, cierta mañana, dos soldados entraron en la casona de piedra de Bela Kiss.

No con muy buenos modos, le «rogaron» que les acompañase a Budapest, El dueño de la casa pareció alterarse mucho y, con la alarma en los ojos indagó:

-¿Qué ocurre? ¿De qué se trata?

-El ejército, señor. Reclama sus servicios.

La noticia no era muy buena, pero Bela Kiss pareció tranquilizarse. Hizo sus maletas, al poco pasaba el reconocimiento médico, y resultó que Bela Kiss estaba más sano que una manzana. Naturalmente, le dieron un uniforme de soldado, un fusil y unas cartucheras, y aquel mismo día partió para el frente.

Hasta que, ya en mayo de 1916, el condestable Adolph Trauber recibió una triste notificación del Cuartel General de las Potencias Centrales, en donde se leía que Bela Kiss había muerto en el transcurso de una batalla, en el frente de Serbia.

Profundamente apenado, el condestable Trauber enfiló el camino de la apartada casona de piedra, notificando lo ocurrido al ama de llaves. La viuda Kalman rompió en llanto, gimoteando lo bueno qué había sido siempre con ella el propietario de la casa.

El condestable Trauber hizo algo más que consideraba su deber: se acercó al taller del herrero y ordenó añadir el nombre de Bela Kiss en la lista de los vecinos de Czinkota caídos por defender la amada patria.

Adolph Trauber también recordó que tenía dos llaves, una de la puerta de la casa ahora cerrada, y la otra del gabinete de trabajo del amigo muerto tan heroicamente. Pensó que debía cumplir con la voluntad del difunto, al recordar que ahora se vendería a muy alto precio la gasolina. De cualquier manera, antes de decidirse lo comentó con su mujer y temió:

-Se habrá evaporado.

-Debes comprobarlo -le instó la esposa.

Adolph Trauber era un hombre honrado y le costaba trabajo decidirse a sacar provecho de la muerte de Bela Kiss. Por otra parte, él seguía representando la autoridad y la ley y…

Serían las circunstancias bélicas las que decidirían.

Un día pasaron por Czinkota unos soldados pidiendo gasolina desesperadamente, para poder continuar el viaje hacia el frente. El camión permanecía detenido en la estación de servicio del pueblo, donde no había una sola gota del precioso líquido.

Con un gesto muy patriótico, Adolph Trauber se ofreció para solucionar el problema, indicándoles a los soldados que le acompañaran hasta la casona de piedra. Utilizó las dos llaves y con cierto orgullo mostró los grandes toneles metálicos al ofrecer:

-¡Ahí encontrarán toda la gasolina que necesitan, muchachos!

Fue al destapar el primer tonel cuando uno de los soldados exclamó:

Me parece que aquí hay «algo» más que gasolina, condestable.

Examinaron más cuidadosamente y, entonces, del primer recipiente sacaron el cadáver de una mujer, totalmente desnuda, que había permanecido sabe Dios desde cuándo allí sumergida, en aquel baño de… ¡ALCOHOL PURO!

-¡Santo Dios! ¡El cuerpo de una mujer desnuda conservado en alcohol! -exclamó el sorprendidísimo condestable.

Recordó el día que él había efectuado el registro rutinario en casa del cínico Bela Kiss, y al instante se dijo que había sido un solemne estúpido. Cierto que le mostró uno de aquellos toneles de metal, haciéndole creer que contenía gasolina, pero… ¿Por ventura se le ocurrió mirar en los otros?

-¡Me engañó! Me engañó como a un niño -siguió bramando el condestable.

De los cinco recipientes restantes fueron sacando los soldados otros tantos cadáveres de mujeres desnudas, perfectamente conservadas en alcohol, sin duda después de haber sido estranguladas con un cordón de seda.

Intervino la policía de Budapest y el inspector Charles Nagy fue formulando un detallado informe que, día a día, fue creciendo a medida que se iban recopilando datos, detalles, comentarios de los vecinos del pueblo y todo aquello que confirmaba las sospechas sobre el apasionado y cínico asesino. Por ejemplo, en los cajones de su mesa de despacho, Bela Kiss tenía infinidad de cartas de mujeres de los más distintos países de Europa Oriental, que al parecer habían contestado a unos anuncios puestos en la prensa por un hombre llamado Hofman.

-¡El muy canalla! -no dejaba de exclamar el irritado condestable Trauber-. A juzgar por todo esto, se hacía pasar por médico, viudo y muy rico, que buscaba compañía femenina. ¡Vaya usted a saber cuántas mujeres habrá asesinado!

-Se sabrá, puesto que tenía la manía de «coleccionarlas» conservándolas muertas en alcohol confió el inspector Charles Nagy.

Por desgracia, las sospechas de Adolph Trauber fueron confirmadas, pues tras el interrogatorio del industrial que suministrara aquellos toneles metálicos a Bela Kiss, se supo que éste había comprado gran cantidad de ellos que, poco a poco y no sin fatigosa investigación, se fueron descubriendo en otros sitios donde también el «coleccionista» Kiss había vivido temporalmente.

Y en cada uno de estos toneles, se encontró una mujer desnuda conservada en alcohol, después de haber sido estrangulada con un cordón de seda.

Pero existía uno que contenía dos cadáveres: el de mujer era el de la infiel esposa de Bela Kiss, y el del hombre se comprobó que pertenecía al joven Paul Bihari: el hombre que fuera su amante.

-¡Fue un monstruo! -tronó una vez más el condestable Trauber-. Seguro que les descubrió en su propia casa y los asesinó.

-Pero, ¿por qué conservarlos desnudos y en alcohol?

-Bela Kiss debió ser un sádico. Eso aumentaba su placer.

Pero aquel coleccionista de cuerpos de mujeres desnudas había muerto, -al menos, el comunicado oficial así lo decía-. Por eso el caso quedó cerrado ante la imposibilidad de perseguir al culpable. Todo lo más, Bela Kiss no debía figurar en la lista de los héroes muertos en el campo del honor y Adolph Trauber aseguró:

-Ya me cuidaré yo de eso.

Y el tiempo siguió pasando, inexorable, como siempre.

La guerra había terminado cuando, una mañana de otoño de 1919, un hombre que fuera amigo de una de las víctimas de Bela Kiss, se precipitó muy excitado en la oficina del inspector Charles Nagy, informando:

-¡Le he visto! ¡Le he visto, inspector ¡Era él! ¡Bela Kiss!

-Imposible. Bela Kiss está muerto. Cálmese, señor.

-¡Le digo que le he visto cruzar el puente de Santa Margarita!

No se le hizo mucho caso pero, días después dos personas más se presentaron a decir lo mismo: habían visto a Bela Kiss pasear tranquilamente por las concurridas calles de Budapest.

Esta vez el inspector Charles Nagy decidió investigar, personalmente, la muerte de Bela Kiss, dada por cierta en el transcurso de una batalla en Servia. Viajó a Belgrado a toda prisa y el resultado fue un nuevo chasco para la policía. Se descubrió que, tres años antes, se había enterrado a un soldado con la documentación de Bela Kiss y su chapa de soldado, pero que aquél no podía ser su cadáver.

-Bela Kiss no fue tan alto, ni tan robusto -confirmó el condestable Trauber, llamado a testificar.

Rectificándole, el inspector Charles Nagy añadió:

-No diga «fue», Trauber. ¡Estoy seguro que Bela Kiss está vivo!

-Pues si es así, inspector:.. ¡Continuará con su diabólica manía de coleccionar mujeres desnudas y conservarlas en alcohol!

-Dios no lo quiera. Es un tipo muy astuto: seguro que puso su chapa de soldado y su documentación sobre el cadáver de algún caído en la batalla de Serbia, para que todo el mundo le creyera muerto.

Volvió a desenterrarse aquel escalofriante caso y la policía de Budapest se puso en contacto con la de otros países. Con toda seguridad, Bela Kiss habría cambiado de nombre tras desertar del ejército cobardemente; pero su físico, aquel rostro de apariencia tranquila, mirada mansa y fácil sonrisa amable, podría dar la vuelta al mundo y permanecer en los ficheros de la policía, para una posible identificación.

Se tuvo que esperar hasta 1925 para que la policía francesa comunicase haber detenido a un desertor de la Legión Extranjera, que a su vez les habló de haber conocido a un compañero de armas llamado Hofman: las señas personales coincidían en todo con las de aquel hombre misterioso que había llevado a su apartamento de Budapest a varias de las mujeres desaparecidas.

El inspector Nagy se puso en contacto con los oficiales de la Legión Extranjera francesa, para solicitar la extradición del «voluntario» Hofman. La contestación fue un fracaso más: el legionario Hofman había desertado nada más enterarse de que aquel que había sido compañero suyo en la legión fue detenido por la policía francesa.

Esto se debía a que, según la declaración del legionario apresado, el tal Hofman le había confesado cierto día de borrachera que en su país, en Hungría, tenía una buena colección de mujeres desnudas…. ¡que le estaban esperando!

Bela Kiss seguía demostrando que era astuto y escurridizo. Al saber detenido a su compañero, con toda seguridad temió que se fuera de la lengua y desertó también de la legión. Pero la pregunta era:

-¿Hacia dónde…?

Una vez más, era preciso ponerse en contacto con la policía de todos los países del mundo. Un asesino así no debía seguir suelto: era una constante amenaza, sobre todo para las mujeres.

En Inglaterra se encargó de esta desesperada búsqueda nada menos que sir Basil Thomson, uno de los más famosos expertos que ha tenido Scotland Yard, quien a su vez consideró a Bela Kiss como uno de los asesinos más astutos y audaces de toda la historia de la criminología moderna. También se ocupó del caso a título personal, sir Arthur Conan Doyle, el célebre novelista creador del personaje Sherlock Holmes, quien dijo fiel a su infalible sistema deductivo:

-Sospecho que Bela Kiss, después de desertar de la legión, ha emigrado a Estados Unidos. ¡Es allí donde hay que buscarle!

Nunca ha podido comprobarse, al menos de una forma absoluta, que el infalible sir Arthur Conan Doyle acertase esa vez. Y sin embargo, cierto día entró en el departamento de Policía de Nueva York el detective Henry Oswald y, corriendo hacia los grandes ficheros destinados a los informes remitidos desde Hungría, asombró a sus compañeros exclamando:

-Anoche tuve una corazonada… ¡Voy a comprobarla, muchachos!

La noche anterior se había fijado en un hombre que vio en el Metro, y no logró conciliar el sueño preguntándose a sí mismo dónde diablos había visto aquella cara. Al fin, al levantarse, creyó poder contestar a su pregunta: no hacía muchos días que había estado examinando el informe y las fotografías de Bela Kiss que les remitieran desde Hungría. Ahora casi tenía la seguridad de que aquel hombre que le llamó la atención era el famoso criminal buscado por toda la policía del mundo.

Quería comprobarlo. Y cuando sacó la ficha gritó:

-¡Era él! ¡Le he tenido a pocos metros de mí, y le dejé escapar! ¡Maldita sea!

Desde entonces a nuestras fechas, nada más se ha vuelto a saber de un asesino amable y sonriente, pero brutalmente sádico, que llegó a poseer la colección más escalofriante del mundo: una veintena de mujeres desnudas y muertas, conservadas en alcohol.

 


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