El asesinato de Winckelmann

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Johann Joachim Winckelmann
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Robo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 8 de junio de 1768
  • Perfil de las víctimas: El historiador del arte Johann Winckelmann, de 50 años
  • Método de matar: Arma Blanca
  • Localización: Trieste, Italia
  • Estado: Su asesino, Francesco Arcangeli, cometió el crimen para robarle dos medallas de oro y dos de plata. Fue ejecutado en la rueda el 20 de julio de 1768
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El asesinato de Johann Joachim Winckelmann

Crónicas del crimen (1969)

Introducción

En el año 1818, apareció en Dresde un informe sumario tratando de la muerte del historiador de Arte Winckelmann. El sumario fue redactado por el italiano Rosetti y traducido al alemán, con una breve introducción, por Boettiger.

Con anterioridad, corrían extraños rumores sobre los últimos movimientos de la vida y la muerte de este gran arqueólogo, combatiente en vanguardia del clasicismo y fundador de las investigaciones sobre el arte histórico. «Las noticias que nos han llegado sobre el asesinato de Winckelmann pertenecen a las más horribles con que nos hemos tropezado en un caso criminal», escribió Willibal von Alexis como introducción a este extraño caso que elabora de acuerdo con la información de Rosetti y otras fuentes.

El pequeño informe de Rosetti, sobre la muerte violenta de Winckelmann, cobró nuevamente interés al conocerse, dos años más tarde, el asesinato del pintor Gerhard von Kügelgen, en Dresde. Fueron establecidas comparaciones entre las dos víctimas, los asesinos de las mismas y las circunstancias que acompañaron a tales hechos.

Si bien no se puede hablar de un parentesco intelectual entre Kügelgen y Winckelmann queda, en cambio, la rara coincidencia de que aquellos hombres, que solamente vivían para el arte y que hallaron en ello la fama, honores y agradecimiento, fueron arrancados tan violentamente de su apacible mundo, perdiendo la vida en manos de ladrones asesinos que, ignorantes de los bienes, del arte y espiritualidad de estos dos hombres, sólo supieron ver en ellos el par de monedas que llevaban en el bolsillo.

Parece como si los dos casos de asesinato, de Winckelmann y de Kügelgen, quisieran demostrarnos claramente lo frágiles y efímeras que son las cosas espirituales en esta vida.

El juicio contra los asesinos de Kügelgen es un caso altamente raro en Derecho, por lo que igualmente hubiera alcanzado fama, aun en el caso de no haber sido la víctima dicho Kügelgen. El destino de Winckelmann es, criminológicamente y por otros motivos, memorable. Sobre él recae un fatalismo espeluznante. Parece casi como si fuera el propio destino quien le hubiera tendido una trampa, una trampa en la que seguramente no habrían caído naturalezas más robustas y reales.

Debemos añadir que Winckelmann tenía, sin lugar a dudas, gran tendencia hacia la homosexualidad. Si esta inclinación hacia los muchachos fue «puramente académica», por su conocimiento y aceptación de las antiguas tradiciones griegas o si llegó a experimentarlo físicamente, es algo que preferimos dejarlo entre paréntesis, ya que nunca podrá saberse con certeza. Lo cierto es que existía esta tendencia, demostrada en muchas de sus cartas y manifestaciones de amistad, siendo además su asesinato incomprensible si no existiera esta tendencia incluso puramente física.

Asesinato de Winckelmann

Johann Joachin Winckelmann, bibliotecario y presidente de Antigüedades del Vaticano, era hijo de un zapatero de Stendal. Después de muchos y variados estudios sobre Ciencias y Artes, se convirtió al catolicismo a fin de trasladarse a Roma para vivir allí durante muchos años, donde escribió la Historia del Arte Antiguo. Al amigo del cardenal Albani, de repente, le entró, a sus 51 años, el deseo de dejar Italia para regresar a Alemania.

Fue un impulso indefinido sobre el que él mismo no podía darse ninguna justificación. El viaje, sobre el que pendía su extraño destino, había de conducirle fatalmente al final de su vida.

En varias ocasiones, amigos suyos le habían invitado a visitar con ellos el Mediterráneo, que anteriormente había cruzado Ulises, e ir a las Islas Griegas; no obstante, nunca aceptó estas invitaciones tan tentadoras. ¿Bajo qué misteriosa atracción abandonó sus cómodas y plácidas costumbres romanas, dejó su trabajo y su historia sobre el arte, así de repente, fijando la fecha de su marcha para el 10 de abril de 1768? Intentaba ir a través de Venecia, Verona, Múnich y Viena -más tarde a Praga- y volver a Suiza. Encontró un amigo, Bartholomeo Cavaceppi, que, por afecto, se sintió dispuesto a acompañarle.

Tan pronto hubieron cruzado la frontera italiana y apenas habían alcanzado los dos viajeros, después de una hora de viaje, las montañas tirolesas, Cavaceppi notó una total y extraña transformación en su amigo Winckelmann. Las altas y oscuras montañas le abrumaban, los tejados puntiagudos de las casas y, en general, todo lo que veía, dañaba su fino sentido de la belleza. Al principio, su compañero de viaje creyó que exageraba; muy pronto se convenció de que su melancolía era auténtica.

«¡Vamos a volver! Quiero regresar a Roma de nuevo.»

Esto lo repetía constantemente ante la natural y prudente actitud de su compañero de viaje.

Cavaceppi llegó a convencerle finalmente a proseguir el viaje. En Múnich, Winckelmann se encontró con varios admiradores que querían honrar al famoso y célebre genio del arte. Pero tampoco aquellos agasajos lograron vencer su melancolía y malhumor. Se dejó arrastrar hasta Regensburg, donde comunicó a su amigo, con evidente mal talante, que le iba a abandonar en aquel lugar para regresar solo a Italia. Las objecciones de Cavaceppi de que no podía dejarle solo en un país extraño, cuya lengua desconocía, no lograron hacerle cambiar su determinación.

Winckelmann prosiguió precipitadamente su viaje hacia Viena. Tenía que entregar unas cartas del cardenal Albani a la emperatriz María Teresa y al príncipe Kautnitz. Obtuvo una audiencia de Su Majestad en Schoenbrunn y efectuó su encargo, siendo obsequiado con varias monedas de plata y oro, que fueron las causantes de su asesinato.

En Viena, se apoderó de él, con fuerza inusitada, la convicción de que tenía que regresar rápidamente a «su» Roma querida. Le invadió una intranquilidad enorme de la que no se vio libre ni un solo instante.

Escribe en su carta: «Al parecer debo haber caído en una terrible melancolía. He intentado con toda mi fuerza sobreponerme, estar contento… Pero mi corazón responde “no”. El asco que me produce este largo viaje es inexplicable… Estoy convencido de que, para mí, fuera de Roma no hay diversión que me atraiga… Espero llegar con la diligencia dentro de un par de días a Trieste y, desde allí, ir por mar a Venecia y luego a Ancona».

Eligió este incómodo camino, partiendo apresuradamente y dejándose zarandear por las diligencias durante varios días y sus correspondientes noches.

El primer día de julio, poco antes de mediodía, llegó solo y cansado, agobiado por un calor asfixiante, a Trieste. Se hospedó en la Gran Posada de la plaza de San Pedro y se dirigió inmediatamente a su habitación, número 10 del segundo piso.

En Trieste le invadió una repentina, inesperada, incomprensible y contradictoria indolencia. Durante ella, se elaboró su perdición.

Dos de las ventanas de su habitación daban al puerto interior, llamado Mandarino. Una tercera ventana daba al patio. A pocos pasos de la puerta, se hallaba la entrada a la habitación número 9. En ella, a la misma hora que Winckelmann partía de Viena, se instaló un señor que, sin dinero ni equipaje, había llegado andando desde Venecia.

Winckelmann se sentó en la mesa del restaurante para comer. A su lado se sentó el inquilino de la habitación número 9. Se quedó mirando al recién llegado con curiosidad. Este forastero era italiano, llevaba una raída americana, y, no obstante, mantenía un porte señorial. Era de mediana estatura, de cara redonda y morena con señales de viruela, cabello y cejas oscuras, ojos grises, nariz pequeña y frente baja. Se distinguía por su modo de hablar precipitado y animado. Tenía treinta y ocho años.

Sus posteriores jueces no descubrieron nada esencial en él, aparte de su descaro y mundología, propias de los aventureros de la más baja especie. Tampoco sus anteriores jueces le calificaron de otra cosa que de pillo y criminal. En su juventud, fue cocinero en Florencia y, más tarde, fue pasando de un amo a otro como lacayo. A la mayor parte de sus dueños les había robado a conciencia. Había estado, entre Italia, Alemania y Hungría, unos cuatro años entre rejas. Luego fue indultado; pero poco después volvió a robar. Se casó. Entretanto deambulaba por las ciudades costeras tratando siempre de localizar una oportunidad de sacar dinero.

No era un bandido de profesión, pero sí un hombre ya perdido por su pereza y constante vagabundear, perteneciendo al grupo de los que para el crimen no suelen tener agresividad y fuerza. Tomaba lo que encontraba y se introducía donde esperaba conseguir algo.

El primer contacto entre los dos hombres se realizó de la siguiente forma:

Winckelmann trató de informarse por el mesonero de la posibilidad de encontrar un barco que estuviera ya bajo vela y le pudiera conducir a Venecia. El mesonero le contestó que no sabía de ninguno. En aquel instante, fue cuando intervino el vecino en la conversación. Ante todo, se presentó como era debido. Se llamaba Francesco Arcangeli. Decía hallarse en condiciones de proporcionarle un barco que llevaba carga para Venecia, el Stephan Ragusini. Por sus informes, estaba ya a punto de zarpar. Ante el ruego manifestado por Winckelmann, le mostró, a través de la ventana, el barco anclado en el puerto.

Se dijo que Winckelmann pidió a Arcangeli que le acompañara al puerto, donde pensaba visitar personalmente al dueño del barco.

Esto fue lo que sucedió: El Ragusini no había completado todavía su carga, por lo que aún no estaba a punto de zarpar. No obstante, el Viezolli quedaría sin duda listo esta semana para zarpar hacia Ancona. Winckelmann quería ahora tratar con este último. Al no encontrar al marino, se fue nuevamente con el amable Arcangeli, después de haber echado ambos la siesta en la posada y de haber estado asomados en la ventana durante un buen rato, contemplando el movimiento del puerto en que estaba el barco atracado. Entonces encontraron al patrón, quien les prometió zarpar el próximo sábado. Winckelmann cerró el trato, asegurándole además un regalo extra de dos ducados si mantenía su palabra.

No le interesaba a Winckelmann el viaje en barco, ni Ancona, puesto que su único propósito era llegar cuanto antes a Roma. No obstante, no buscó el medio más rápido por carretera; esperó la salida del barco durante varios días, que pasó con gran aburrimiento en Trieste.

Winckelmann estaba contento de haber encontrado un barco y de Francesco Arcangeli, que le había ayudado a ello. Este le parecía un hombre tranquilo, bueno y comprensible. Sabía de todo y estaba puerta con puerta en la misma posada que él. El incauto Winckelmann, que no buscaba ninguna amistad en Trieste y menos todavía deseaba que se conociera su nombre, tuvo la debilidad de juntarse con este desconocido.

Más tarde se preguntaron por qué Winckelmann no había vuelto la espalda a semejante sujeto después de la primera conversación, siendo un miserable de tal calaña.

Durante el interrogatorio se dio a conocer como una persona nociva, de alma servil, sin ninguna educación ni concepto de la moral.

Los hombres espirituales no son demasiado exigentes durante sus viajes. Para muchos, el encanto del viaje consiste en cambiar de amistades y meter las narices en todas las clases sociales, incluso en alternar en una atmósfera de barbería y tienda. Una persona, que en su casa es insoportable, puede ser, en otros aires y con otras compañías, hasta cierto punto interesante.

Arcangeli, el ignorante pinche de cocina, el sirviente pillo, el ladrón, el vagabundo, que acababa de ser puesto en libertad, el impostor cuya máxima hazaña hasta ahora había sido hacerse pasar por un noble húngaro, supo captarse, por su manera de ser aduladora, a Winckelmann de tal forma que este aceptara durante todos los demás días su compañía. Así tomaron juntos, durante estos primeros días, el café en la posada. Se separaban después. Cuando Arcangeli volvía de su paseo por la ciudad, se encontraban nuevamente y charlaban junto a la ventana hasta quedar en la penumbra y era necesario encender la luz. Finalmente los dos cenaban en la habitación de Arcangeli un trozo de pan y vino.

Al otro día por la mañana paseaban juntos y desayunaban en el café, en el que se encontraban varias veces más durante el día; luego comían juntos en la posada. Después del paseo vespertino, acudía regularmente Winckelmann a la habitación de Arcangeli para cenar. Cada uno pagaba lo suyo o, como suele hacerse en los cafés, hoy pagaba uno y mañana el otro.

Winckelmann no dejó llegar la confianza hasta el punto de dar a conocer su personalidad. Solamente quería ser amigo del otro como viajero. Su nombre y su categoría no los sabría nunca. Parece que se entretenía con aquel curioso y extraño personaje cuya curiosidad por desgracia tomó demasiado a la ligera, planteándole acertijos sobre sí mismo. Su experiencia de servidumbre llegaba hasta aquí, pero no a más.

Hacía ya tres días que Arcangeli había trabado amistad con Winckelmann debido al retraso en la partida del barco. A pesar de que necesitaba dinero con urgencia para seguir representando su papel de gentleman en el hotel, pues con penas y fatigas sólo había conseguido un préstamo de un cura lejanamente conocido de él, el cual había sido virtualmente consumido, no había encontrado aún la oportunidad de dejarse prestar algo por su amigo. Pero ¿valía la pena pedirle dinero al forastero? Para asegurarse de ello, quiso informarse primero del nombre y posición del desconocido. Se decidió por fin a preguntar a Winckelmann quién era, disculpando su curiosidad y alegando que eran los mesoneros los que tenían interés en saberlo.

Winckelmann le explicó, sin dar mayor importancia a la pregunta, durante un paseo, que no era persona sospechosa. Por la noche, cuando se dirigían hacia la posada, le mostró un pasaporte y un par de cartas de recomendación dirigidas a respetables firmas y banqueros de Goerz y Venecia. Explicó también que había sido enviado a Viena a un asunto importante; de allí venía precisamente. Tuvo una audiencia con la emperatriz María Teresa y con el príncipe Kautnitz. Estos le regalaron una medalla de oro y dos de plata. Arcangeli no creyó oportuno todavía pedirle que le mostrara las medallas. Antes quería acabar de conocer bien a su hombre.

Después contó, entre otras cosas, al camarero Giol que aquel forastero poseía bonitas medallas de oro y plata y además debía tener mucho dinero. También era portador de una arquilla sellada para el cardenal Albani, en Roma. Por esto deseaba saber con exactitud quién era. Esta pregunta la hizo también a los mesoneros, pero nuevamente se quedó sin la información deseada. La codicia de poseer las medallas de oro y plata empezaba a cosquillear ligeramente al aventurero.

Arcangeli no era todavía un asesino; dos medallas de oro no parecen motivos suficientes para convertirse en uno de ellos. Pero todo lo que sucedió entre ambos, durante aquellos días, parecía como hecho exprofeso para despertar en el italiano aquella sensación de opresión preliminar del crimen. Parece ser que no estaba todavía muy seguro de su asunto. El forastero quizás haya tenido, en su misteriosa reserva, algo destinado a él. Que Winckelmann le había escogido a él como víctima de su superioridad e inteligencia era algo de que estaba bien convencido desde un principio. El comportamiento de Winckelmann con respecto a Arcangeli cuando, por ejemplo, compraba tabaco o pagaba algo, no le parecía a él muy hábil. En la vida cotidiana, sujeto a las necesidades más sencillas, le parecía torpe e inseguro.

Arcangeli trató de seguir sonsacando al forastero. Así se fue enterando, como expuso más tarde, de por qué Winckelmann fue enviado a Viena para descubrir a la emperatriz una intriga política. Winckelmann no le dijo de qué se trataba. Según él, fue muy bien recibido en Viena y, vestido con el mismo traje que llevaba actualmente, fue conducido por una escalera trasera a las habitaciones particulares de la emperatriz, donde habló a solas con ella. El príncipe Kautnitz le regaló una medalla de oro. A continuación, la emperatriz le dio otra del mismo metal y además dos de plata.

Arcangeli no podía hacerse a la idea de que un hombre así hubiera obtenido entrada entre los grandes del mundo, como no fuera que llevara alguna intriga. Más tarde, incluso declaró que había llamado al orden a Winckelmann. No podía ser inteligente por su parte dar a conocer secretos de alta política al primero que se topase. Winckelmann le contestó que sus confidencias eran consecuencia de la confianza que había depositado en él por considerarle un hombre de honor.

Esto, por lo menos, parece cierto. Winckelmann confiaba más en este hombre de lo que le permitía la prudencia. Arcangeli aprovechó la oportunidad para sonsacarle todavía más cosas a base de hábiles preguntas. Por fin, Winckelmann mostró al infatigable y falso compañero las medallas, pidiéndole que se informara sobre el valor de las mismas. Arcangeli dijo haberlas tasado en unos diez y diecisiete ducados aproximadamente.

Cuándo Arcangeli se decidió a robar a Winckelmann no lo deja entrever en sus declaraciones, ya que, referente a las fechas, dio contestaciones muy confusas. Por lo tanto, nos vimos obligados a establecer el orden cronológico de los acontecimientos por otros motivos.

El 5 de junio era el día en que, a todo más tardar, partiría el Vienzolli, el cual no había acabado todavía de cargar. Winckelmann quería, por todos los medios, utilizar este medio de transporte. En lugar de proporcionarse otra forma de viajar, Winckelmann acudía constantemente al naviero para darle prisa; en esta misión le ayudaba mucho Arcangeli. El tiempo ganado por el retraso lo aprovechaba Arcangeli para idear la forma de efectuar el robo de las medallas.

Seguían juntos y todavía no había aclarado la misteriosa personalidad de Winckelmann. Arcangeli se dedicaba a él por completo. Su misión en Viena le hizo sospechar que acaso era un espía; la posesión de las medallas que, tal vez, se trataba de un judío o de un luterano porque no quería ir a la iglesia ni se quitaba el sombrero cuando pasaba por delante de ella. No eran necesarios tantos remilgos para propinar una coltellata (cuchillada) a un individuo así, poco serio y ateo. Además, nadie le conocía.

Cada vez se convencía más de que no sería posible eludir el asesinato. En todo caso -es cierto-, el día 7 de junio compró un largo cuchillo de afilada hoja con su correspondiente funda. Llevando el arma en el bolsillo, se encontró nuevamente en el café con su amigo Winckelmann, quien pagó aquel día la consumición, para tomar café juntos como de costumbre. La conversación fue muy animada; hablaron del viaje a Venecia. Antes de la luna llena volvería a estar sentado Winckelmann en el Casino de Porte d’Anzo.

Arcangeli llevó, como siempre, la conversación hasta las medallas, el cardenal Albani y el príncipe Kautnitz. Según las declaraciones del testigo Giol, que naturalmente sólo podía captar fragmentos de la conversación, creció tanto la impaciencia de Winckelmann por marcharse que incluso habló de que preferiría irse a Venecia utilizando la vía terrestre. Es posible que aquella última decisión indujera a actuar con rapidez a Francesco Arcangeli.

El cuchillo, de momento, no le ofrecía seguridad completa. Al anochecer, sobre las seis, se dirigió a un tendero y le compró tres brazas de cordel por valor de tres soldis. Luego regresó de nuevo junto a Winckelmann. Tomó en su compañía otro café y pagó la consumición de la mañana. Antes de oscurecer, se marchó rápidamente a la posada, trenzó el cordel en forma de cuerda, hizo un lazo y escondió juntos lazo y cuchillo bajo los vestidos que estaban sobre la silla de forma que pudiera alcanzarlos fácilmente.

A la hora de la cena acudió Winckelmann como de costumbre a la habitación; comió su pan y su vino, acompañados de amena charla; mientras, Arcangeli cenaba lo mismo. Tenía que ser aquella, según el plan del falso amigo, la última noche de Winckelmann. Pero el valor le abandonó de nuevo. Aplazó el crimen para la mañana siguiente. Winckelmann regresó a su habitación para pasar en ella su última noche.

Lo natural hubiera sido que Arcangeli aprovechara la noche para cometer el crimen, pero se puso tranquilamente a dormir, según su propia declaración, con el firme propósito de realizarlo, sin falta, la mañana siguiente.

El día 8 de junio, muy temprano, salió Arcangeli solo de la posada, acaso para respirar el aire puro y darse valor en la soledad. Fue luego al café, pero lo abandonó antes de que llegara Winckelmann. Este último se había acostumbrado tanto a él que solamente quería saborearlo en su compañía. En consecuencia preguntó por él y salió a buscarle.

Arcangeli se había dirigido al puerto para buscar un barco que le llevara, después de cometido el crimen, a Monfalcone. No lo logró. Pero este obstáculo no influyó en su ánimo, ni siquiera en su buen humor, pues, cuando regresó a la posada, estuvo bromeando con la sirvienta alemana, Eva Tuch, que estaba haciendo las camas de su habitación, diciéndole en alemán chapurreado: «¡Virgen! ¡Virgen! Regálame veinte ducados».

Entonces fue cuando se dirigió a la habitación de su vecino, la número diez. Estaba sentado ante el escritorio, situado entre las dos ventanas del lado del mar. Acabada de escribir instrucciones para la nueva edición de la Historia del Arte. Se levantó cuando entró el italiano, saliendo a su encuentro con expresión amistosa, y le expresó la alegría de su partida por la noche. Parece que la charla volvió a ser muy animada. El corazón de Winckelmann rebosaba cuando hablaba de Roma y de sus tesoros artísticos. Si se puede creer a Arcangeli, incluso llegó a invitarle, durante su euforia, a que le acompañase. Entonces describió el palacio de su bienhechor el cardenal Albani, y le prometió que, si iba a Roma, se lo enseñaría, le demostraría también quién era él en realidad y en qué grado de consideración se encontraba.

Durante esta conversación, los dos iban andando de un lado a otro de la habitación. La sirvienta, que se encontraba en la de Winckelmann haciendo su cama, advirtió, por el tono de la voz de los dos huéspedes, a pesar de no entender una sola palabra de italiano, que se trataba de algo alegre. La camarera Eva Tuch abandonó la habitación a las ocho y media. Otra sirvienta, Therese Baumeister, que entró un cuarto de hora más tarde para recoger un candelabro olvidado en el cuarto, los encontró igualmente enfrascados en una amigable conversación.

Luego, Arcangeli se fue a su habitación, se metió el cuchillo, sin funda, en el bolsillo de su camisola y, con el pretexto de que había olvidado su pañuelo, volvió a la habitación de Winckelmann. Entonces, según sus declaraciones, le preguntó si también le enseñaría las medallas. Winckelmann respondió negativamente. No quería llamar la atención… Entonces Arcangeli le preguntó por qué no quería decirle quién era.

Winckelmann, que seguramente sospechaba algo en aquel momento, ante tanta insistencia contestó con brevedad que no se quería dar a conocer; sin prestarle más atención, se sentó de nuevo ante su mesa de despacho y escribió las siguientes palabras como instrucciones de impresión para el índice de su historia del arte: «Quinto: Se debe … »

Fue el momento decisivo. Arcangeli le hizo de repente el lazo, desde atrás, en el cuello y tiró con todas sus fuerzas para cerrarlo. Pero Winckelmann se había levantado con la misma rapidez, sacudiendo lejos de sí al asesino de un manotazo. Arcangeli atacó entonces con el cuchillo. Winckelmann lo atrapó valientemente, atravesándose la palma de la mano. Con la otra, cogió al asesino por el pecho. Quizás hubiera vencido el alemán, mucho más fuerte a pesar de su herida y medio estrangulado como estaba. Los dos se movían continuamente durante la lucha hacia el centro de la habitación, aproximándose a la puerta de entrada. Cuando ya Arcangeli temblaba de agotamiento, rodaron ambos por el suelo. Por desgracia, Winckelmann cayó de espaldas, yendo a parar debajo de su enemigo. Arcangeli cayó sobre sus rodillas, con las que presionaba a su contrincante. El criminal había recuperado su cuchillo. Cinco veces lo hundió en el cuerpo del medio asfixiado Winckelmann.

El rumor ocasionado por los dos luchadores y el ruido que hicieron los dos al caer llamó la atención del camarero Harthaber que se encontraba en el comedor, justamente debajo de la habitación donde se desarrollaba el drama. Corrió hacia la ventana y miró hacia arriba. Entretanto se había restablecido el silencio. No obstante, subió rápidamente las escaleras. Escuchó con el oído pegado a la puerta número 10, percibiendo un gemido algo ronco, como de quien quiere hablar y se lo impiden.

El asesino no había tenido tiempo todavía de cerrar la puerta, dando ocasión a Harthaber de penetrar en la habitación, quien vio a Arcangeli arrodillado al lado de Winckelmann, apretando con ambas manos el pecho del herido.

En el momento de abrirse la puerta, ya se había alzado del suelo el asustado italiano; apartó bruscamente al camarero y se precipitó escaleras abajo sin sombrero y sin chaqueta. Sin ser visto por nadie, antes de que el sorprendido Harthaber se pudiera dar perfectamente cuenta de lo que había pasado, desapareció. Harthaber quiso levantar a Winckelmann, pero éste ya se había puesto de pie por sí mismo. El camarero le preguntó qué había sucedido. Winckelmann abrió su camisa a la altura del pecho, del que salía sangre a raudales, diciendo con voz contenida:

«Mira lo que ha hecho».

El camarero, convencido en aquel momento de que se trataba de una riña sangrienta entre los dos amigos, le ruega que se quede quieto mientras va en busca del médico. Winckelmann, sobrecogido por el miedo a la muerte, sigue al camarero que corre escaleras abajo hasta el primer piso en busca de gente.

Abajo, pasa la joven sirvienta, Therese Baumeister, por el pasillo de la cocina. Oye una débil y rota voz que viene de las escaleras: «Jesús, Jesús…» Asustada mira hacia arriba y ve a Winckelmann con el rostro pálido como un fantasma, ya amoratado, que se arrastra por la barandilla hacia abajo: «Therese, Therese». Con un gesto pide ayuda, pero la muchacha se asusta de tal forma de su ademán de súplica que pierde la razón por completo. En lugar de correr en su ayuda, sale gritando: «El señor Winckelmann está desangrándose». Corriendo, huye de la casa, sin saber a dónde. Va en busca de un sacerdote y un médico. Se dirige a la iglesia. La joven está tan impresionada de lo que ha visto que, cuando vuelve, han de meterla en la cama en seguida.

Winckelmann, entretanto, se encuentra sin ayuda. Con la cuerda todavía alrededor de su cuello se arrastra hacia la habitación del posadero. Está cerrada. Tiene que volverse. Con la mano izquierda se aguanta en la barandilla de la escalera, mientras con la otra se tapa las heridas del pecho. Así permanece un buen rato inmóvil, tembloroso sobre los peldaños, hasta que el grito de Eva Tuch atrae a las demás sirvientas. Al verle, todas se quedan horrorizadas. No pueden apartar la vista de aquel hombre que imaginan loco y que se ha herido él mismo.

Entre ellas, hay un hombre, Antonio Vanino. Pero cree que lo que más falta hace es un cura y se precipita corriendo por las escaleras en busca del sacerdote. Seguidamente, aparece Francesco Pontini. Cuando ve al hombre desangrándose, se pone tan enfermo que inmediatamente se retira para no desmayarse. Un tercer hombre, Joseph Sutter, que es montero de un noble, es también un mal ayudante para la apurada situación. Imagina que la cuerda, que pende del cuello de Winckelmann, es un intestino que le sale del vientre. En lugar de ayudar, corre varias veces escaleras arriba y escaleras abajo para informar a su distinguido señor de lo ocurrido.

Por fin llega el señor Cameriere Movio, un hombre distinguido y a la vez decidido, el cual ha entendido las señas que le hace Winckelmann. Le afloja y saca la cuerda que todavía está apretando el cuello de la víctima y la tira al suelo.

¿Cuánto tiempo estuvo aquel buen hombre sin ayuda y con la tortura de la asfixia? Podemos deducirlo sabiendo que el camarero Harthaber había recorrido entretanto el camino de ida y vuelta a casa del médico, sin haberío encontrado.

Lo primero que hizo Winckelmann fue preguntar por el mesonero. Luego empezó a derrumbarse. Dos hombres le cogieron y, subiendo de nuevo las escaleras, le condujeron a su cuarto sentándole en un sofá.

Por fin llegó el médico. Winckelmann observaba sus heridas al mismo tiempo que el médico. «¿Son mortales?», preguntó con dolorosa pero tranquila voz.

El médico le dijo la verdad: «Dos, por lo menos, lo son».

Winckelmann permaneció en silencio. Extendieron un colchón en el suelo y le tumbaron encima, sacándole después los calcetines y los zapatos a ruegos del mismo. Después se desmayó. Hasta aquel momento, en su miedo a la muerte, solamente había sido asistido por sirvientes, camareros y lacayos. A partir de entonces, apareció un hombre culto y consciente, Cayetano Vannuci de Livorno, que se arrodilló a su lado y trató de sacar consecuencias de lo ocurrido. Un frasco de sales devolvió el conocimiento al herido. Al principio, preso de gran fatiga, no podía hablar. La primera contestación clara, que dio al caballero Vannuci, fue:

-Me ha asesinado el que vive en la habitación de al lado.

Entretanto, los agentes de la justicia que acudieron difícilmente pudieron sonsacar al infeliz lo ocurrido, quien, debido al dolor y a la pérdida de sangre, se desmayaba continuamente. Al preguntarle si conocía al asesino, contestó, después de una dolorosa pausa para respirar:

-El mesonero debe saberlo. Preguntándolo a él. Al interesarse por saber quién era, les señaló su pasaporte.

La soga y el cuchillo, que arrojó Arcangeli después de haber cometido el crimen, fueron confiscados por el Juzgado. En su habitación igualmente se encontró, debajo de la ropa que estaba encima de una silla, la vaina del arma homicida.

Al moribundo le quedó todavía conocimiento suficiente para poder redactar su testamento. Tocante a su fortuna y derechos, podía disponer libremente, según su criterio, el cardenal Albani, su ilustre señor y benefactor. A excepción de unos legados para el grabador Mogalli -dejó para él 350 ducados que estaban depositados en manos del pintor Marón-, 20 ducados para el fondo de necesitados de Trieste, 10 escudos para misas de difuntos y 2 ducados para el camarero Andrés Harthaber.

Estas tres últimas disposiciones, así como el encabezamiento del testamento, donde se recomienda su alma a Dios Todopoderoso, a la Virgen y a todos los Santos, le fueron indicadas por el padre capuchino. Se dijo que, según el acta de defensa de Arcangeli, la víctima había mostrado su sentimiento por el criminal, rogando al Jurado indulgencia en el veredicto. Pero en las actas no consta nada de esto.

Una vez redactado el testamento, aumentaron tanto los dolores de muerte del infeliz que ya ni siquiera le quedaron fuerzas para firmarlo. Después de una corta lucha con la muerte, expiró Winckelmann a las cuatro de la tarde.

Le encontraron encima un reloj de oro, una lupa enmarcada en plata, un metro romano, dos bolsitas de seda verde, en las cuales había 81 ducados del emperador y 27 monedas de oro con otro cuño. Su biblioteca de viaje se componía de Homero, Platón, Marcial y un ejemplar de su Historia del Arte atravesado por una bala.

A todo esto, el asesino había huido. Después de haber sido descubierto por el camarero Harthaber, no podía perder un solo minuto para desaparecer, debiendo prescindir del botín deseado y de sus pertenencias. Sin americana ni sombrero, con las manos, camisa y sobre todo cubierto de sangre, salió corriendo del mesón. A pesar de que era totalmente de día y de que la ciudad estaba muy concurrida y de que las patrullas de policía andaban por el puerto, logró huir sin ser perseguido.

Así anduvo durante unos días, teniendo la suerte de no ser hallado por sus perseguidores. Por la montaña logró escapar, andando por caminos secundarios, a Capo d’lstria. En la calle principal recibió el consejo de un vigilante de no ir por allí, pues ya estaban alerta si aparecía por el pueblo. El funcionario le aconsejó que, de momento, le era más conveniente esconderse en una choza para dirigirse al día siguiente hacia Isola. Después de muchas fatigas al fin fue apresado, cuando se hallaba camino de Krain. Confesó su crimen ante el teniente de alcalde y, a continuación, fue conducido encadenado, en paseo triunfal, hasta Trieste.

Es notorio que aquel vigilante, que reconoció en el fugado al asesino, se puso de su parte dándole consejos en lugar de detenerlo y entregarlo a la Justicia. Pero debemos tener en cuenta que todo ocurrió en Italia. La compasión no correspondía al asesino, antes bien, al poverino, es decir, a un pobre que había tenido la desgracia de clavar un cuchillo en el pecho de otro, a causa de un ataque de demencia.

También Arcangeli trató de jugar el papel de demente ante el Juzgado. Con indignante indiferencia, calificó su crimen de negocio, una cosa sin importancia: «L’affare, il caso, il fatto del coltelleto». En todos los momentos de su frivolidad, tozudez y remordimiento apareció como un miserable, con alma servil.

Durante los cuatro primeros interrogatorios, empleó toda su astucia para presentar el suceso de forma que pudiera interpretarse como un homicidio ocurrido durante una reyerta, no logrando su objetivo por las muchas contradicciones que tuvo. Es notable, sin embargo, su buena disposición al confesarlo todo finalmente sin engaño alguno.

Después de haber afirmado tercamente que la cuerda, con la que había intentado estrangular a Winckelmann, la había encontrado en la habitación de la víctima y que, por lo tanto, había cometido el crimen sin premeditación, tres testigos desconocidos declararon que Arcangeli había comprado la cuerda el 7 de junio a las seis de la tarde en la tienda del cordelero Bozzini. Sin embargo, estas declaraciones fueron falsas.

Los testigos, como se comprobó más tarde, se habían equivocado de forma muy particular. Pero Arcangeli creyó que, debido a las falsas declaraciones de aquellos testigos, sería declarado culpable; se puso entonces tan rabioso que, lleno de inconsciencia en su afán de venganza, prefirió contar toda la verdad llorando antes de conceder a aquellos mentirosos el triunfo de verle aniquilado.

En sus intentos de defensa, se mostró Arcangeli todavía más miserable que en su forma de actuar. Para disculparse declaró que siempre fue Winckelmann quien le buscó, en cambio él no lo hizo nunca a fin de explotarle para conseguir sus deseos. Igualmente declaró que nunca le pidió que le mostrara sus medallas. Añadió que las explicaciones de la víctima sobre su misión en la corte de Viena siempre le habían parecido sospechosas.

Había supuesto que Winckelmann era un espía o cualquier otra cosa mala. Había llegado también a esta conclusión porque le creía judío o luterano, pues Winckelmann nunca asistió a misa ni fue con él a ninguna iglesia; también porque había observado que jamás se quitaba el sombrero en señal de respeto, cuando pasaban ante los templos. Por otra parte, le había visto leer muy a menudo en un gran libro que no estaba escrito en francés, alemán o italiano, sino en otro idioma completamente desconocido: era Homero.

¿Quién era el principal culpable de esta tragedia? En primer lugar, el propio Winckelmann por haberle enseñado las medallas; en segundo lugar, el Diablo por haberle inculcado el pensamiento de robar al forastero lo que, en realidad, sólo quería hacer por su afición de coleccionista. Y finalmente, correspondió parte de culpa al camarero Harthaber por haber abierto la puerta y haberse quedado contemplando, como si estuviera petrificado, la pelea. De haber actuado rápidamente es casi seguro que se hubiera podido impedir el crimen.

El 16 de julio, el Tribunal Comarcal y Regional de Trieste sentenció al asesino Arcangeli a la pena de muerte enrodado. Escuchó la sentencia presa de enorme pánico y se comportó como un loco. El mismo día de la ejecución, el 20 de julio, se mostró sereno.

Tuvo lugar en la plaza de San Pedro, ante la posada donde se había derramado la sangre de Winckelmann.

No se concedió a la víctima, durante el acto de su entierro, ninguna de las distinciones y actos honoríficos que a un hombre de sus méritos y reputación le hubieran correspondido.

La arqueología y la crítica de arte eran para los habitantes de Trieste, en aquella época, completamente desconocidas. Winckelmann era para ellos un hombre como otro cualquiera.

Esta historia de Rosetti, redactada en forma de sumario, hace especialmente doloroso un final ocurrido en estas circunstancias y en esta soledad. Lejos de todo el mundo que le conocía y le quería, murió Winckelmann rodeado por los sirvientes de una posada y los agentes judiciales que cronometraban cada minuto de su agonía, martirizándole con sus preguntas.

Las sombras de los curas y de los monjes le rodeaban con el consuelo de una religión que para él no había sido más que una máscara, habiendo quedado muy lejos de su corazón. Fue horrible además que un miserable como aquel no había asesinado solamente a un tal Winckelmann, sino al único acompañante que tuvo durante las últimas semanas de su vida.

Más tarde, cuando ya hacía mucho tiempo que estaba enterrado, reposando en tierra extraña, llegó de todas partes la noticia de la clase de hombre que había sido asesinado allí. Entonces se intentó recuperar lo omitido con el fervor con que fue llevado el proceso del asesino. Sin embargo, la tumba del gran arqueólogo permaneció sin una lápida recordatorio; por lo cual, transcurrido el tiempo, fue cayendo en olvido.

El lugar donde descansa ya era incierto en la primera década del siguiente siglo.

Al hombre cuya aspiración y pensamiento conducía al estudio del arte antiguo, que creyó en la amistad «que proviene de la falda del eterno amor», a ese hombre, cuarenta años después de su asesinato, se le erigió un monumento de mármol en las instalaciones del cementerio del Museo Lapidario.

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