El asesinato de Rasputín

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El asesinato de Rasputín

El Monje Loco

  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Fue un místico ruso con una gran influencia en los últimos días de la Dinastía Romanov. Fueron necesarios varios intentos de asesinato en la misma noche para, finalmente, eliminarlo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 17 de diciembre de 1916
  • Fecha de nacimiento: 9 de enero de 1869
  • Perfil de las víctimas: Grigori Efimovich Novoik, apodado Rasputín, de 47 años
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: San Petersburgo, Rusia
  • Estado: El asesinato fue obra de varios miembros de la nobleza rusa, dirigidos por el príncipe Félix Yusúpov. Ninguno fue condenado
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El asesinato de Rasputín

Última actualización: 26 de octubre de 2015

La muerte del místico y monje ruso Grigori Rasputín acaecida el 17 de diciembre de 1916, fue causa de un asesinato obra de varios miembros de la nobleza rusa, dirigidos por el príncipe Félix Yusúpov.

A pesar de lo fácil que se pensaba en un principio, la ejecución del plan se tornó mucho más complicada de lo previsto, y fueron necesarios varios intentos de asesinato en la misma noche para, finalmente, eliminarlo.

Precedentes del asesinato

Grigori Yefímovich Rasputín, originario de Tobolsk perteneció a una familia de campesinos y fue reconocido por su carácter rebelde y disoluto desde la infancia. A los 18 años se unió los jlystý o flagelantes, secta rechazada por la Iglesia ortodoxa rusa, quienes profesaban la necesidad del dolor para poder alcanzar la reconciliación con Dios y ganar así el cielo.

Reconocido como místico por la burguesía rusa, llegó a brindar sus servicios a la zarina Alejandra Fiódorovna Románova, ganando su entera confianza y consecuentemente el favor del zar Nicolás II de Rusia gracias a la recuperación que proporcionaba al zarévich Alexis Nikoláyevich de un padecimiento congénito causante de porfiria o hemofilia, lo que para la Zarina debió ser milagroso, siendo esto motivo para una supuesta relación amorosa entre la Zarina y Rasputín.

Su cercana relación con la Zarina y su notable influencia en las decisiones de estado causaron el disgusto de la clase noble, lo que motivó la conspiración y sucesivamente el atentado y muerte de Rasputín.

Los conspiradores

Algunos nobles y militares se reunieron para matar a Rasputín y acabar de una vez por todas con la influencia de este personaje en la corte del Zar. Estos son los siguientes:

Félix Yusúpov

Este joven noble ruso y escritor de 29 años fue el líder principal de la conspiración. Estaba casado en segundas nupcias con la princesa Irina Alexándrovna Románova. Rasputín quería conocerla, dadas la belleza y riquezas que poseía. Tras un breve discurso de Vladímir Purishkévich acerca de los peligros que representaba la influencia de Rasputín en la corte, decidió matarlo.

Según la leyenda, era homosexual y se sentía atraído hacia Rasputín.

Demetrio Románov

Demetrio Románov era Gran Duque de Rusia y primo del Zar. Fue el segundo cabecilla del plan. Estaba convencido del peligro que representaba el místico en la corte rusa de la cual formaba parte.

Vladímir Purishkévich

Purishkévich era un importante político. Animó a Yusúpov a participar en el asesinato gracias a una alocución sobre la temible influencia de Rasputín en el Zar. Participó en el asesinato de Rasputín tratando de salvar la monarquía. A pesar de ello, la monarquía cayó fruto de la Revolución de Febrero de 1917.

Otros conspiradores

Aunque se desconoce quiénes colaboraron exactamente en el asesinato, sí se sabe que colaboró un oficial llamado Iván Sujotin y el grupo médico del ejército Lazavert.

El plan para atraer a Rasputín a palacio

Yusúpov acordó con los demás conspiradores que el 29 de diciembre de ese mismo año (1916) Rasputín sería asesinado. Decidieron matarlo en el palacio de Yusúpov, el palacio Moika en Petrogrado. Poco antes de su muerte, Rasputín escribió a la Zarina diciendo que esperaba una muerte violenta, probablemente por parte de la nobleza. Y aseguraba que si él moría, los zares harían lo mismo en dos años. Esto, en parte, fue cierto, pues el zarismo cayó dos años después con la revolución bolchevique.

El hecho de que Rasputín esperase su muerte como un asesinato por parte de las personas más importantes del país, hacía que fuese importante un buen argumento para que acudiese a palacio.

El papel de Irina

La princesa Irina era muy codiciada por Rasputín. Este no la conocía en persona, pero sabía de su belleza y de sus amplias riquezas. Esta princesa estaba casada con Yusúpov, el cual era conocedor de los sentimientos del místico hacia su mujer, por lo que ella sería un perfecto señuelo. Irina no estaba en el palacio Moika el día del asesinato (ni siquiera estaba en Rusia), pero Yusúpov haría creer a Rasputín que la princesa se hallaba con él en palacio.

Yusúpov invitó a Rasputín a una fiesta en su palacio para que conociese a Irina. Este aceptó sin pensarlo y fue al palacio, donde estaban los que serían sus asesinos.

Envenenamiento

Aunque hay diversas dudas y lagunas sobre la muerte de Rasputín una vez llegó a palacio, las fuentes dicen que todo sucedió de esta manera.

Yusúpov hizo un enorme banquete de pastas y vino en los sótanos del palacio. Pero todo ello tenía un veneno muy potente: cianuro. Estaba en dosis más que letales para matar a un hombre. Rasputín no paraba de preguntar por Irina al llegar al Palacio Moika, recibiendo por respuesta de parte de Yusúpov que estaba retocándose. El conspirador ofreció varias copas de vino (sin envenenar) al místico, para luego darle las pastas envenenadas. Rasputín experimentó una leve reacción, pero luego siguió comiendo tranquilamente.

El cambio de plan

Rasputín, en vez de encontrarse cada vez peor, cogió una guitarra y tocó y cantó temas del folclore ruso. Yusúpov tuvo que estar una hora haciendo lo mismo que él para disimular. Al final, el conspirador dijo que subía para «hablar con Irina». En realidad, fue a hablar con Purishkévich, que estaba en el piso de arriba. Yusúpov estaba completamente desesperado y pensó en abortar el plan. Empezó a creer que Rasputín era inmortal, como decían muchos mitos rusos. Pero Purishkévich le animó para que le disparase con su pistola por la espalda, sabiendo que no habría otra oportunidad.

Disparos

Yusúpov baja al sótano con su pistola Browning y dispara varias veces a Rasputín mientras miraba un crucifijo de plata. Rasputín cae en teoría muerto. Piensan llevar el cadáver a su casa, para aparentar que el asesinato ocurrió allí.

Yusúpov, que anteriormente se había ido del sótano, vuelve allí y examina el «cadáver». En ese momento, Rasputín agarra muy fuerte del hombro y maldice a Yusúpov, que llama gritando a Purishkévich. Este espera, con el arma cargada, a que Rasputín salga corriendo por la puerta del sótano para acribillarle a balazos. Pero el místico se escapa por otra puerta que da al patio y corre para salvar su vida por la nieve. Purishkévich se da cuenta y le dispara tres veces. Dos de los disparos fallan, pero un tercero le da en el hombro, haciendo que se gire y, finalmente, caiga. Purishkévich lo remata de un tiro en la cabeza.

El final de Rasputín

Velan el supuesto cadáver hasta las cinco de la mañana. Convencidos de que ha muerto, deciden tirarlo a un agujero en el hielo del congelado río Neva, situado al lado del palacio, desde el puente Bolshoi Petrovsky. Cuando se encuentra el cadáver y se realiza la autopsia, se descubren las verdaderas causas de la muerte: Rasputín murió por ahogamiento en el Neva. Ni el veneno ni las balas pudieron con él.

Otras teorías

Según investigaciones recientes, el Servicio Secreto Británico se implicó en el homicidio y un agente llamado John Scale ordenó a otro llamado Oswald Rayner que participara directamente en el asesinato.

Destino final de los conspiradores

En San Petersburgo se produjo un gran revuelo por la muerte de Rasputín. Hubo muchas diferencias de opinión respecto al místico. Yusúpov fue desterrado y pudo volver a Rusia un año después, durante la Revolución rusa. Pero la victoria soviética y la persecución contra los Románov le hizo volver a exiliarse. Yusúpov fue un buen escritor, y uno de sus libros se titula El fin de Rasputín.

Románov también fue desterrado, primero a la frontera de Persia y luego a Europa Occidental, por la ya mencionada persecución contra los Románov. Purishkévich tuvo suerte y no fue desterrado. Se opuso firmemente a los soviéticos tras la revolución y fue condenado a once meses de obras públicas.


Veneno y balas para Rasputín

Mariano Frontodona

Los inquietantes momentos finales de un campesino casi iletrado, cuya reputación de místico y taumaturgo le valió la intimidad de la familia imperial rusa y un papel político importante en vísperas y en los inicios de la Primera Guerra Mundial, corren parejas con su singular peripecia vital.  La presencia de Rasputín, con sus exorcismos, sus sesiones de hipnotismo y sus orgías, introduce en la corte rusa una nota bárbara y medieval que contribuyó considerablemente al descrédito de la monarquía zarista.

En la vida y en la muerte de Grigori Efimovich Novoik, apodado Rasputín, todo es controvertido. Amigos y enemigos se empeñaron en barajar los naipes de su vida.  Los testimonios de los contemporáneos son, en buena parte, contradictorios.  Los brumas de la leyenda han arrojado densas capas de confusión y polémica sobra su verdadera personalidad.  Para unos, fue un embaucador ambicioso, carente de todo escrúpulo; para otros, era el prototipo del mujik ruso: ignorante y fanático, pero leal.

Los más objetivos historiadores de la Rusia contemporánea han demostrado que hubo notoria exageración en el llamado «escándalo Rasputín», aprovechado a fondo por los enemigos del Zar, dentro y fuera de Rusia. «Es falso que Rasputín gobernase a Rusia -escribe Alberto Falcionelli- y ya nadie se atreve a pretenderlo.»

Pero existen dos elementos, de hecho, que han resistido a toda crítica y se han afianzado con el paso del tiempo, que es en definitiva el gran regulador.  Me refiero, en primer lugar, a la extraordinaria personalidad de Grigori Efimovich, a la descomunal vitalidad que bullía en su cuerpo, y a su increíble fortaleza física, patentizada en la tremenda coyuntura de su muerte.

La verdad es que sabemos muy poco sobre la prístina personalidad del stáretz (palabra que en ruso significa «monje anciano» y también «consejero espiritual»), de nombre Grigori Efimovich Novolk, más conocido por su apodo juvenil de Rasputín.

Un hombre tan poco dado a supersticiones como el burlón y escéptico Maurice Paléologue, último embajador francés en la corte de los zares -cuyo texto La Russie des Tsars sigue siendo una fuente inapreciable para aquella época-, escribió en un informe, fechado el día 25 de diciembre de 1915, estas pasmosas líneas:

«Durante la pasada semana, el zarevich, que acompañaba a su padre en un viaje por la Galitzia, sufrió una fuerte hemorragia nasal. Al repetirse, todo el mundo creyó que iba a morir.  Cuando la emperatriz recibió la dolorosa noticia, su primer paso fue llamar a Rasputín.  El stáretz se puso a rezar, y después de una corta oración declaró: “Agradecédselo al Señor que me ha prometido, por esta vez, la vida de vuestro hijo”.  El zar llegó al día siguiente, por la mañana, a Tsarkoie-Selo. Hacia la madrugada se había experimentado una franca mejoría en el estado del zarevich, habiendo disminuido la temperatura. ¿Cómo es posible que la zarina no tenga fe en Rasputín?».

Sin embarco, y pese a que dispone del testimonio de los contemporáneos,  la figura de Grigori Efimovich Rasputín sigue siendo para nosotros, en buena parte, un misterio.  No hay acuerdo en cuanto a los fines que le impulsaban, ni tampoco por lo que respecta a su auténtica manera de ser.

Algunos autores sostienen a que sentía inclinación por los Imperios Centrales (Alemanía y Austria) y que constituyó, antes de la guerra y durante la misma, un buen Peón de las maquinaciones proalemanas dentro de Rusia.  Pero historiadores de la talla de Alberto Falcionelli afirman que obraba movido por un patriotismo primitivo, de raíz popular.  Lo que sí parece cierto es que odiaba cordialmente a la casta militar y que aborrecía la guerra.

Poco antes de estallar la guerra de 1914 Grigori Efimóvich habló al zar Nicolás de manera cálida e Impresionante, imitando el tono del profeta Jeremías: «Una nube amenazadora se extiende sobre Rusia. Desgracias y sufrimientos sin fin oscurece sin que se vea un solo rayo de luz. Tan sólo un mar sin límites de lágrimas y de sangre.  Aparece el espectro de la guerra, que es el principio del fin… Tú eres el Zar, el Padre del Pueblo.  No dejes que triunfen los insensatos y que al perderse ellos se pierde el  pueblo, Alemania será vencida, pero, ¿qué será de Rusia?  En verdad que, desde el comienzo de los siglos, jamás hubo una calamidad mayor.  Rusia sería ahogada en sangre.  Duelo sin fin..».

Lo cierto es que, bueno o malo, santo o el demonio, sincero o hipócrita, el hombre que exclamó: «A pesar de mis posibles pecados soy un pequeño Cristo… », no tenía nada de vulgar, de anodino. Su vida y su muerte son extrañas y monstruosas; son descomunales el conocimiento en el sentido de que exceden de la común medida.  Y debido a ello se ha formado sobre su nombre una oscura leyenda, alimentada por el periodismo sensacionalista y la literatura barata. Luego, el cine edulcorado de Hollywood y más recientemente el cine tremendista británico, han puesto sus pecadoras manos sobre la figura de Grigori Efimovich, confundiendo todavía más su ya borrosa silueta.

Una juventud agitada y andariega

Los datos biográficos son escasos y aun contradictorios: amigos y enemigos se empeñaron en barajar los naipes de su vida.  Sabemos que Rasputín nació a comienzos del año 1871, en la aldea de Pokrovskoi, del distrito de Tumen, en los confines de la Siberia occidental.  Parece ser que se trataba, más que de un villorrio campesino, de una colonia de libertos, entregados a toda clase de excesos.

Su padre era todo un tipo: Efim Novoik, borracho, mujeriego y «varnak», palabra que en tierras de Siberia significa cuatrero, ladrón de caballos.  No es de extrañar que la infancia de Grigori transcurriera de manera poco ejemplar.  Sus compañeros le llamaron pronto “raspútnik” -origen de su celebérrimo apodo-, es decir, pillete, y también perdido, extraviado.

No tuvo otra escuela que las correrías por los inmensos bosques. Y al entrar en la adolescencia se mostró ya como un sujeto brutal y sensual, dotado de tremendo vigor físico.  Pero poseía, además, un especial poder de sugestión.  En sus días de «stranik» (mendigo), recorría el territorio pidiendo limosna para la edificación de un imaginario templo.  Así aprendió a explotar la ingenua credulidad del pueblo ruso.

Pronto tuvo a su alrededor un grupo de fanáticos, a los que se imponía a placer.  Es la época en que comenzaron a manifestarse sus instintos “místicos”, ingresando en la secta de los “klistis” o flagelantes, cuyo código religioso-moral era fascinante: “La salvación está en la contrición y ésta no puede existir sin el pecado.  Pequemos, pues, hermanos, para obtener la salvación….. Rasputín mejoró el programa, añadiendo de su propia cosecha: “Pecando conmigo, vuestra salvación es más segura, puesto que yo encarno, al Espíritu Santo…”

Las gentes aldeanas les denominaban «radenyi» y acudían como moscas a sus ceremonias orgiástricas, Había invocaciones, cánticos, flagelaciones en comunidad y danzas eróticas, todo ello acompañado de tremendas cantidades de alcohol… Y el joven Grigori Efimovich sobresalió pronto entre todos sus congéneres: bailaba, cantaba, bebía, se flagelaba y hacía todo lo demás con un vigor inverosímil, y con mayor ímpetu que nadie.  Pronto, por todos los ámbitos de la Siberia occidental comenzó a correr la voz de que Rasputín era Un hombre excepcional, “señalado por Dios”.

Rivet, en su mencionada obra, cuenta que el Santo Sínodo, francamente alarmado por las quejas de muchos ciudadanos del Gobierno de Tumen, hizo cuanto pudo para acabar con aquellos energúmenos.  Pero el pueblo estaba encandilado por Rasputín y sus seguidores.  Y las clases altas, aunque parezca increíble, también lo apoyaron.  Encopetadas señoras de Tobolsk gustaban de visitar al nuevo profeta, mezclándose con las lugareñas, y besaban devotamente su túnica.

Sin embargo Grigori Efimovich, que era un lince, consideró que los aires siberianos ya no le convenían.  En el horizonte de sus ambiciones se dibujaba la capital de los Zares, la dorada San Petersburgo.  Entonces, a sus treinta y tres años, dejando tras de sí a sus hijos -dos varones y dos hembras-, partió a pie hacia su excepcional destino.

El ”stáretz” en el poder

El larguísimo viaje fue aprovechado a fondo por nuestro hombre.  Visitó, uno tras otro, cuantos monasterios halló a su paso.  Predicó a las gentes su extrañas teorías, organizó ceremonias rituales, y sobre todo, procuró aprender de memoria largos párrafos de los libros sagrados.  El superior del monasterio de Verkoturié, impresionado por la exaltación religiosa que brotaba de las palabras de Grigori Efimovich, le dio una carta de recomendación dirigida al famoso padre Juan de Krotistadt, del convento de San Alejandro Nevski. Era una llave de oro para entrar en San Petersburgo por la puerta grande.

Pero los detractores del “stáretz” dicen que la inestimable ayuda no consiguió reformar sus disolutas costumbres. Parece ser que en Tobolsk sedujo a la esposa de un ingeniero de minas, apoderándose de tal modo de su voluntad que la desdichada mujer le seguía por todas partes.  En Tsaritsin -que más tarde habría que llamarse Stalingrado-, practicó sus artes de exorcista sobre una joven religiosa; se trataba de echarle los diablos del cuerpo, pero lo malo fue que la interesada denunció a los tribunales una supuesta violación…

En kazán, la policía le sorprendió a la salida de un burdel, mientras perseguía a una cortesana, completamente desnuda, flagelándola con su cinturón.  No obstante, sus adictos incondicionales sostenían que todo era puras patrañas, urdidas para desacreditar al “hombre marcado con el sello de Dios”. Las masas se arrodillaban a su paso -en pueblos y ciudades- gimiendo y lloriqueando: “¡Cristo nuestro, salvador nuestro, ruega por nosotros, pobres pecadores… ! Dios te escuchará…” Y Rasputín, sereno, con la mirada brillante, con aquella increíble vitalidad que rezumaba por todos sus poros, levantaba las manos y gritaba a pleno pulmón: «¡Yo os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hermanitos míos…! ¡Tened fe…! ¡mortificad vuestra carne por amor a El…!».

Así llegó, en el año 1906, al convento e San Alejandro Nevski, en la capital de los Zares, Grigori Efimovich Rasputín.  Llevaba los zapatos rotos, los vestidos rasgados e increíblemente sucios, la barba hirsuta y descuidada, pero venía precedido de una formidable aureola de popularidad.

El padre Juan de Kronatadt -que era un bendito-, abrazó al “stáretz” y quedó impresionado de su apostura y del extraño brillo de su mirada. “Veo en este joven, siberiano -dijo a los monjes- un resplandor de Dios…” Luego, sin pensarlo ni poco ni mucho, lo presentó al influyente archimandrita Teófano, rector de la Academia de Teología de San Petersburgo y nada menos que confesor de la zarina.  Pocos días después, los salones de la condesa Ignatiev “sancta sanctorum” de la aristocracia rusa- abrieron sus puertas al “stáretz”.  La suerte estaba echada.  La tremenda personalidad del “profeta siberiano” iba a gravitar trágicamente sobre los últimos años de los Romanov.

Pronto la buena sociedad de San Petersburgo quedó encandilada ante aquel extraño personaje. «Al poco tiempo -escribe Rivet- vino a ser Rasputín el oráculo del círculo de la señora Ignatiev.  Se hacía gran caso de ciertos lugares comunes que empleaba en sus razonamientos sazonados con su peculiar habla campesina. Las damas se entusiasmaban ante sus raras doctrinas y los jóvenes no tardaron en hacerle coro, previendo que se abriría paso entre las clases directoras… »

No cabe duda de que fueron las grandes damas de la Corte quienes mayormente abogaron por el “profeta siberiano”. Rivet nos cuenta casas increíbles, en orden a la es tima de que gozaba aquel hombre -que olía a macho cabrío-.  La señora Virubova, una de las primeras conquistas de Grigori Efimovich y que se había hecho exorcizar por él, intentó introducirlo en Tsarkoie-Selo, venciendo la inicial repugnancia de los imperiales consortes.  En su empeño le ayudaron las dos grandes duquesas montenegrinas, dadas de siempre a todo género de taumaturgos y milagreros.  Finalmente, fue el archimandrita Teófano quien le dio el espaldarazo, presentándole a los emperadores.

El príncipe Yusupov nos ha transmitido las palabras del patriarca Teófano -casi tan ingenuo y bondadoso como Juan de Kronstadt-: “He aquí a Grigori Efimovich, que es un hombre sencillo.  Vuestras Majestades sacarán provecho escuchándolo, puesto que la tierra rusa habla por su boca.  Conozco todo lo que se le reprocha.  Conozco sus pecados, son innumerables… Pero posee tal fuerza de contrición y una fe tan ingenua en la misericordia celeste que incluso garantizo su salvación eterna.  Después de cada arrepentimiento queda puro como un niño al que acaban de bautizar… ».

Eran las palabras que convenían a Rasputín. “La voz de la tierra rusa”, ése era su terreno propicio. Por ello se presentó ante los zares con sus ropas de labriego y sus recias botas.  Y no acudió a buscar lisonjas ni a prodigar cortesías, sino que procuró hablar a los soberanos de manera ruda, familiarmente, echando mano del entrañable tuteo ruso.

Maurice Paléologue preguntó a una gran dama cuál era el tan cacareado y nada ostensible encanto de Rasputín. «Físicamente me desagrada -contestó la interpelada- lleva las manos sucias, las uñas negras, la barba sin cuidar… Sin embargo, confieso que me divierte.  Tiene un verbo y una fantasía extraordinarios.  Incluso llega a ser muy elocuente, posee el don de las imágenes y un profundo sentido del misterio…Es sucesivamente, familiar, bromista, violento, alegre, absurdo, poético… Y todo ello sin pose alguna.  Por el contrario tiene una despreocupación inaudita, un cinismo que aturde…» He aquí a Rasputín dibujado de cuerpo entero.

El escándalo seguía a Grigori Efimovich dondequiera que fuese.  Su intimidad con Aria Virubova, viuda de un oficial de la Marina y daría de compañía de la emperatriz fue la comidilla de los salones de San Petersburgo.  Pero no era únicamente la Virubova: lujosas carrozas acudían al domicilio de Rasputín, en la Gorokovaia.  Pronto se convirtió en una especie de curandero milagroso, especializado en la curación de señoras más o menos neuróticas.  En esta tarea le ayudaba una de sus más flamantes amistades, el seudomédico Badmalev, que decía proceder de Mongolia y recetaba plantas sensacionales traídas del Tibet.  Entre ambos pusieron de modo los narcóticos, los afrodisíacos y los estupefacientes.  Badmalev ponía las hierbas y la volcánica imaginación del “stáretz” cuidaba de los nombres.

Pero, con el escándalo, marchaba también tras los pasos de Grigori Efimovich la más desvergonzada fortuna.  A finales del verano de 1912. el Santo Sínodo, harto ya de sus excesos, informó a la Duma -esto es, al Parlamento-, por mediación de Gutchkov.  La presión fue ten fuerte y ten bien concertada -clero, aristocracia y casta militar-, que el “stáretz” recibió la orden de alejarse de la Corte. Los zares, con sus hijos, se dirigían a Spala, en tierras polacas.  Antes de partir, Rasputín increpó a la soberana Alejandro Feodorovna: «Arrojáis al hombre de Dios..¡ Pero Dios se vengará hiriéndoos en lo que más queréis… ¡Me llamaréis antes de que llegue a Moscú …!».

Lo asombroso es que ocurrió la desdichada caída del zarevich, en Spala, la crisis de hemofilia, y la desesperada llamada de la zarina al “stáretz”.  Luego, la curación rápida y sorprendente.  El destino ayudaba a Rasputín.

Truenos que anuncian la tempestad

Es notorio que el ascendiente que tenía Grigori Efimovich sobre los zares radicaba en su benéfica influencia sobre la salud del heredero del trono.  Sólo él sabía tranquilizar al zarevich, hacerla reír, divertirle, obligarlo a comer, conseguir que durmiera… Así se comprende que ganara el corazón y la voluntad de los angustiados padres.  Su influencia sobra la emperatriz Alejandra -nacida Alicia de Hesse-Darmstadt, y doctorada en Filosofía por la Universidad de Oxford-, crecía de día en día. “Sí lo deseas -le ofreció en cierta ocasión a Yusupov- te nombraré ministro…”

Pero su poder tenía también otras raíces.  Sobre la Rusia de los Romenov se habían abatido consecutivas calamidades, que Rasputín predijo y aconsejó evitar. La infausta guerra contra el Japón, a la que Grigori se opuso, y los sangrientos motines de 1905, que propuso afrontar de una manera más racional, le ganaron considerable prestigio entre la nobleza y la burguesía.

En marzo de 1911, la campaña sostenida contra el “stáretz” por todo la prensa de San Petersburgo, y la abierta oposición del alto clero, le indujeron a cambiar de aires transitoriamente.  Partió en peregrinación hacia Tierra Santa.  Pero la larga ausencia no hizo más que acrecentar su influjo: la zarina se sentía prácticamente inerme sin el apoyo moral de aquel a quien, en las vueltas a Nicolás II, llamaba siempre “nuestro amigo”. Cuando el archimandrita Teófono, que le había Introducido en la Corte, quiso levantar su voz contra él, Resputín lo desterró a Táurida: más, el pretender Grigori Efímovich ser consagrado sacerdote, el clero ruso se alzó como un solo hombre y las filas de sus enemigos se cerraron.  Un ramalazo de indignación sacudió toda la Iglesia Ortodoxa.

Parece que nos sumergimos en el mundo Insondable de Dostolevsky y que transcribimos las enfebrecidas páginas de “Los hermanos Karamazov”. El obispo de Saratov, seguido de un grupo de altos dignatarios de la Iglesia rusa, acudió indignado ente Rasputín y le increpó airadamente: ¡Maldito¡ ¡Víbora sacrílega! ¡Fornicador¡ !Bestia maloliente¡ ¡Jamás serás sacerdote¡ ..

Después, todos los presentes te escupieron a la cara. Gregori Efimovich, rugiendo de ira, comenzó a lanzar Injurias tremendos; pero el obispo Hermógenes es quitó la cruz pectoral y con ella le golpeó fuertemente en la cabeza, abatiéndole, mientras vociferaba: “¡De rodillas, miserable! ¡De rodillas ante los santos iconos! ¡Pide perdón a Dios por tus pecados Inmundos! ¡Jura que no infectarás ya más, con tu presencia, el palacio de nuestro amado Zar!”.  Pero el «stáretz» se vengó sin perder tiempo: el irascible prelado perdió su sede, y los demás fueron arrestados.

Entretanto, los políticos as aprestaban también a luchar contra el favorito de los zares.  Varios diputados pronunciaron en la Duma discursos violentos sobre la Influencia de Rasputín. (Purishkévich, Miliukov y el conde Bobrinsky levantaron su airada voz ente numerosísimo público y en presencia del cuerpo diplomático.  La policía censuró tales discursos, pero los diputados los hicieron imprimir clandestinamente y los difundieron a través del país.  En una memorable sesión, Puriskévich gritó: “!Me sacrificará y mataré a este canalla …!”.

El pusilánime Nicolás II, amedrentado, empujado por el presidente del Consejo, Vladimir Kokovtsov, decidió quitar de enmedio el “stáretz“ durante algún tiempo y le ordenó que regresara a su pueblo natal.  Durante casi dos años el siberiano se mantuvo alejado de San Petersburgo, aunque algunos contemporáneos -madame Héléne Dianumova, el director de la Policía secreta Belétzki, el secretario de Rasputín, Simanóvich- afirman que hizo alguno que otra visita a la capital.  Pero entes de salir, fríamente, advirtió a los soberanos: “Se que los malos me acechan. ¡No los escuchéis! Si me abandonáis, algún día perderéis vuestro hijo y vuestra corona en el plazo de seis meses… “.

A primeros de julio de 1914, una mujer del pueblo, animada seguramente por el deseo de vengaras, atentó contra la vida de Grigori Efimovich en la estación de Tumen.  Las heridas eran de gravedad, pero logró sanar y a finales de aquel verano estaba ya de regreso en San Petersburgo, cuyo nombre había sido cambiado por el de Petrogrado, a instancias del partido eslavófilo.

La conjura

Entretanto es había producido un hecho crucial, destinado a devolver, momentáneamente, el siberiano todo su antiguo poder; aunque a la postre debiera costarle la vida: Europa entera ardía en una guerra terrible.  Y Rusia, alineada paradójicamente con las democracias, se aprestaba para poner todo su peso en la balanza bélica.  Los zares, presos de la duda y del temor el futuro, recordaron las palabras proféticas del “stáretz”: «Alemania será vencida… Pero, ¿qué será de Rusia?.. Y volvieron a llamaría a su lado.

Estamos en el momento álgido de la asombrosa carrera política de Grigori Efimovich.  El poderío de Rasputín, al estallar la conflagración europea apenas tuvo límites.  Algunos autores creen que utilizó su influencia en favorecer al partido proalemán, que propugnaba una paz con los Imperios Centrales.  En él figuraban Fredericks, Beckendrof, Sturner, etcétera, los cuales vieron en Rasputín un natural aliado.  Pero esta supuesta germanofilia del “stáreti”, sostenida por Yusupov y por los historiadores socialistas, no está probado ni mucho menos.  Téngase en cuenta que Grigori Efimovich aconsejó siempre la paz a sus soberanos, y que ya se había opuesto a la aciaga guerra del Extremo Oriente.  Pese a su egocentrismo y a sus inenarrables excesos, Rasputín amaba al pueblo ruso, el sufrido pueblo que es la primera y mayor víctima de todas las guerras.

En 1915, en plena guerra, Grigori Efimovich hizo publicar en Petrogrado el relato de sus andanzas por los Santos Lugares, entreverado de meditaciones más o menos filosóficas, y sazonado por reflexiones de tipo religioso.  El libro gustó poquísimo a la Iglesia Ortodoxa, que cada día arreciaba más en sus ataques contra el insolente «stáretz».  Poco a poco se iba cerrando alrededor de su persona un círculo de hierro.  Parece ser que el diputado Kvostof envió a Noruega un hombre de confianza, ex oficial del Ejército, para que buscara, entre los desterrados, alguno capaz de levantar la mano armada contra el “santo hombre”.  Pero el presidente del Consejo de ministros, Sturmer, pudo deshacer el complot a tiempo.

En el verano de 1915 el procurador supremo del Santo Sínodo planteó al propio Zar la necesidad de alejar a Grigori Efimovich.  Según el pope Sasarin, todos los altos estamentos del Imperio urgían el hundimiento del poderoso favorito.  Sin embargo, la protección de Alejandra Fedorovna continuaba pujante.

A principios de 1916, el entonces presidente de la Duma, Rodzianko, alzó su voz, ante el hemiciclo, con palabras inequívocas: -¿Qué se puede hacer cuando todos los ministros y todos los que rodean a Su Majestad Imperial son criaturas de Rasputín? la única posibilidad de salvación sería matar a ese miserable, pero en toda Rusia no se encuentra un solo hombre que tenga el valor de hacerlo.  Si no fuera tan viejo, me encargaría yo de ello…”

La semilla no había sido sembrada en vano: iban a recogerla y hacerla fructificar el príncipe Félix Yusupov, el gran duque Demetrio Pavlovich y el diputado Purishkévich.  En su monumental “Historia de la Rusia Contemporánea”, Alberto Falcionelli nos describe al grupo de conspiradores: “¿A quiénes encontramos en la organización del delito del palacio Yusupov?”  Al esposo de una gran duquesa que, en todo este asunto, no es más que un títere entre las manos de sus cómplices; a un gran duque que busca una corona en provecho de uno de sus parientes o reúne méritos para sí mismo; y a un diputado nacionalista que conspira contra la Zarina, a la que hace responsable de la mediocridad de su carrera…”

Hoy día sabemos, sin embargo, que el círculo de los conjurados contra el “stáretz” era mucho más amplio.  Militaban en el mismo los periodistas Barnev y Lavrentiev, el tío del zar, gran duque Nicolai Mijailovich, Fiodor Donskoi, y uno de los más importantes miembros del llamado partido “cadete”, Pável Miliukov, entre otros.

Según cuenta el ya citado Rivet, los pormenores del plan fueron concretados durante un viaje hacia el frente, en un tren de provisiones que el diputado Purishkévich había organizado por su cuenta.  Después de muchas deliberaciones, se decidió atraer a Grigori Efimovich a alguna alegre fiesta nocturna, -para acabar con él de una vez para siempre.

El príncipe asesino

En este terreno, la autoridad de más peso, la fuente más fide digna, es el citado libro “Avant I’exil”, del príncipe Yusupov.  El famoso aristócrata tardó bastante en pergeñar sus Inapreciables memorias, pero ya en el año 1927 se había apresurado a publicar, en París, “El fin de Rasputín”.  En cuanto al gran duque Dimitri, que también tomó parte en la lúgubre empresa, quiso hacer sus pinitos con el melodrama, escribiendo una pieza teatral que, andando el tiempo, sirvió de guión cinematográfico.

Existen, además, algunas memorias y testimonios de contemporáneos que nos proporcionan ciertos datos -a veces contradictorio-, sobre la muerte de Grigori Efinovich Rasputín.  Me refiero concretamente a los recuerdos de Ana Virubova y Helena Dianumova, que conocieron muy de cerca al “stáretz”, a las memorias de un tal Simanóvich, que fue su secretario, y a las de Stefan Petróvich Belétzki, antiguo director de la Policía secreta imperial.  Barajando, todos estos materiales, el escritor francés -de ascendencia rusa- Joseph Kessel, escribió su historia novelada “Les rois aveugles”.

Aunque todos estos textos no ofrezcan Iguales garantías, habremos de tenerlos en cuenta para narrar los hechos peregrinos que tuvieron lugar durante la noche del 29 al 30 de diciembre (16 a 17 de diciembre, según el antiguo calendario ruso), del año 1916, en la suntuosa mansión que los Yusupov tenían en la ciudad de Petrogrado.  La pluma del autor de «Avant L’exil» consigue tonos patéticos el narrar la muerte del “stáretz”, pero se entretiene excesivamente en los prolegómenos, describiendo toda una serie de entrevistas anteriores, en las que el aristócrata procuró ganarse la confianza del mujlk. Parece como si Yusupov quisiera paliar sus actos presentando e Rasputín -a través de varias conversaciones- como un ser realmente demoníaco.  Pero toda esta parte del relato ofrece escasa veracidad.

Grigori Efimovich se sintió evidentemente adulado por la súbita y calurosa amista del príncipe.  Al “stáretz” siempre le había agradado confraternizar con la nobleza y verse invitado a los suntuosos palacios.  Según Yusupov, Rasputín le hablaba de los zares aplicándoles los apelativos de “papá” y “mamá”, y alardeando de que su poder era tal que, con facilidad, podría disolver la Duma: “La Zarina es una soberana de sabio y fuerte espíritu.  Todo puedo obtenerlo de ella. En cuanto a él es un alma simple.  Ha nacido para la vida de familia, no para reinar; esto está por encima de sus fuerzas… Entonces yo le ayudo, con la bendición de Dios … ».

Finalmente Yusupov invitó a Grigori Efimovich para que acudiera a su mansión del Moika la noche del 29 de diciembre. El “stáretz” puso como única condición que el propio príncipe acudiera a buscarlo a la casa nº 64 de la calle Gorokovala.

Cianuro y balas de revólver

Según parece, el plan de los conjurados era el de envenenar a Rasputín en los sótanos del palacio, en los que se dispuso y amuebló lujosamente una gran sala.  El mismo Yusupov cuenta que dio asueto a su ayuda de cámara Ivan, y a su mayordomo Bujinski, después de ordenarles que sirvieran té para seis personas y compraran bizcochos y pasteles.  Luego se fue a orar ante Nuestra Señora de Kazán y a las once en punto se reunió en el sótano con sus cómplices.  Acudieron el gran duque Dimitri, Purishkévich, Sukhotin y el doctor Lazovert.  Este se encargó de espolvorear los pasteles y demás golosinas -a los que el “stáretz” era muy aficionado- con cianuro potásico.  Se acordó que el vino sería también emponzoñado.

Algo más tarde, mientras los otros tres instalaban en el piso superior -en donde esperarían los acontecimientos-, el príncipe y el doctor Lazovert, que iba disfrazado de chófer, se dirigieron a la case del siberiano en un automóvil.  Rasputín se había acicalado -cosa rara en él- y lucía una blusa de seda bordada, con calzón de terciopelo negro y botas relucientes.  No mostraba inquietud alguna y acudió al palacio Yusupov francamente alborozado.  Según algunos de los testimonios que hemos mencionado, el príncipe había prometido al «stáretz» presentarle a una hermosa condesa que éste apetecía.

Solos en el amplio comedor del sótano, el anfitrión y su -huésped hablaron durante mucho rato.  Desde arriba llegaba la música ramplona de un fonógrafo, puesto a toda intensidad.  Joseph Kesse, en «Les rois aveugles», afirma que el disco era, ni más ni menos que la celebérrima marcha americana “Yankee Doodle”, y que llamó mucho la atención del siberiano.

Por fin Grigori Efimovich probó varios pasteles, pero ante el estupor de su Interlocutor, no mostró síntoma alguno de envenenamiento.  Sin embargo, ya hemos dicho que en la vida y en la muerte de Rasputín todo está controvertido.  Erdmann Hanisch, autor de una excelente historia de Rusia, sostiene, contra el testimonio directo de Yusupov, que el “stáretz” no comió ni bebió nada que estuviera envenenado.

Al poco rato -siempre según las memorias del príncipe-, Rasputín tomó varios vasos de madeira, que contenían el terrible cianuro, mientras deambulaba por la estancia.  En cierto momento pareció que sentía algún ahogo y que le costaba tragar el líquido, pero luego se recobró.  Cogió una guitarra y rogó a -su anfitrión que le cantara alguna romanza alegre.  Yusupov estaba sobre ascuas y su valor se fundía como el hielo el sal.  Todas :las leyendas siniestras que rodeaban al “stáretz” iban tomando cuerpo en el transcurso de aquella terrible noche.

Cuando el reloj del muro dio las dos y media de la madrugada, Yusupov, con una banal excusa, subió al primer piso para conferenciar con sus compinches.  En la versión de Joseph Kessel -que se cimienta sobre las memorias de la Virubova y del secretario del “stáretz”, el príncipe bajó y subió las escaleras varias veces, con el pretexto de ir a buscar a la prometida condesita.  Rasputín se había sentado y permanecía silencioso, amodorrado en un sofá.

Hubo un urgente consejo de guerra, en el que alguien propuso acudir en grupo y estrangular al siberiano. Pero por fin prevaleció el criterio de que Yusupov debía obrar solo, para no despertar desconfianza en la víctima.  Y que lo mejor era que, dejando de lado el veneno, disparara su revólver contra Rasputín.

La increíble carta de la zarina

Cuando el príncipe regresó, el “stáretz” continuaba sentado en el mismo lugar, respirando dificultosamente.  Su asombrosa fortaleza física le había permitido resistir el primer embate del veneno. De pronto se levantó y acudió a contemplar un curioso crucifijo de cristal -o de marfil, según Kessel- qué se hallaba en una hornacina, En aquel momento, Yusupov disparó, apuntando al corazón.  Al ruido del dispara -que ahogó las notas chillonas del “Yankee Doodle”, acudieron todos los conjurados y el doctor Lazovert , inclinándose sobre el siberiano, certificó que la bala le había traspasado la región cordial.  No cabía duda de que estaba muerto.

Cerraron la puerta del sótano, apagaron las luces y regresaron amedrentados al primer piso. La segunda parte del plan consistía en simular el retorno de Rasputín a su casa.  Por si la policía secreta -que protegía constantemente el favorito de la zarina- les hubieran seguido, y fuego arrojar el cadáver el Nave, en la Isla Petrovski.

Cuenta Yusupov que un raro presentimiento le acució a regresar al sótano.  Y allí tuvo la más horrible Impresión de toda su vida.  En el momento en que se inclinaba sobre el cuerpo inerte, el “stáretz” se agitó, abrió los ojos, y en un esfuerzo sobrehumano se puso de pie, agrediendo a su aterrorizado asesino.  El príncipe, fuera de sí gritando como un poseído, huyó a pedir auxilio a sus compañeros.  Cuando regresaron todos, temblando, vieron a Grigori Efimovich que, arrastrándose sobre las rodillas y el vientre, subía lentamente las escaleras hasta ganar la puerta del patio exterior y desaparecía, tambaleándose, en la oscuridad de la noche.

El diputado Purishkévich le siguió y disparó cuatro veces sobre las espaldas de aquel ser monstruoso.  Rasputín se detuvo durante unos breves instantes y luego rodó, inerte, junto a un montón de nieve, en la linde de la calle.

Al día siguiente, el cuerpo del “stáretz” fue hallado, tendido sobre el hielo, cerca del puente Petrovski.  Tenía el rostro tumefacto, con señales de haber sido golpeado repetidamente, con un objeto contundente.  Alejandra Fedorovna, por sí misma, puesto que el zar se hallaba en el cuartel general del gran duque Nicolás Nicolaievich, ordela detención del príncipe Yusupov.  Pero nadie se atrevió a poner la mano sobre el intrigante diputado Purishkévich, fundador y miembro de la temible secta “Alianza del Arcángel San Miguel”, que gozaba de gran predicamento en la Corte.  El gran duque Dimitri fue arrestado, al cabo de unos días, por expresa orden del zar.

El cadáver del “stáretz” fue conducido al asilo de los Veteranos de Echesma, en la carretera de Tsarkoie-Selo, donde se le practicó la autopsia. Después fue enterrado con un crucifijo sobre el pecho y con una increíble carta autógrafa de la zarina en la mano diestra: “Mi querido mártir -decía aquel postrer mensaje-, dame tu bendición a fin de que ella me conduzca constantemente por el camino doloroso que me resta por recorrer aquí abajo… ¡Y acuérdate de nosotros, desde lo alto, en tus santas oraciones…! »

Rivet, en “Le dernier Romanov”, cuenta cosas fabulosas de la Instrucción de la causa. El senador Dobrovolski, encargado de incoar el sumario por la muerte de Rasputín, invocó “el espíritu del santo padre”, apremiándole para que le revelara los nombres de sus asesinos.

El diario del embajador Paléoloque reproduce las palabras de un rico terrateniente de la provincia de Kostromá: “Para los mujiks, Rasputín es ya un mártir; protegía al pueblo contra la aristocracia; entonces los nobles lo asesinaron… Esto es lo que yo he oído en las chozas de los campesinos… ».

Después de su desaparición, la extraordinaria figura del “stáretz” continuó difuminándose en las brumas de la leyenda.


Grigori Rasputín

Wikipedia

Grigori Yefímovich Rasputín (en ruso: Григо́рий Ефи́мович Распу́тин; 9 de enero-jul./ 21 de enero de 1869-greg.-17 de diciembre-jul./ 30 de diciembre de 1916-greg.) fue un místico ruso con una gran influencia en los últimos días de la Dinastía Romanov. Rasputín es la transcripción al español procedente de la francesa, aunque más acorde con la pronunciación en ruso es la forma Rasputin. También fue conocido como «el Monje Loco».

En su lugar de origen pretendía darse una apariencia de Jesucristo y tenía fama de sanador mediante el rezo, razón por la cual, y gracias a una amiga de la zarina llamada Anna Výrubova, en 1905 fue llamado al palacio de los zares para cortar una hemorragia de su hijo único Alexis Nikolaevich de Rusia, que padecía de hemofilia. El zarevich efectivamente mejoró —algunos investigadores sostienen que fue mediante hipnosis— y la familia Romanov, especialmente la zarina Alejandra, cayó bajo la influencia de este controvertido personaje.

Primeros años

Muchos datos sobre los primeros años de la vida de Rasputín son enormemente inseguros. Incluso era más joven de lo que creían sus contemporáneos puesto que, aunque se ha constatado que nació en 1869, antes se pensaba que lo había hecho a principios de esa década. Rasputín nació y se crio en un pequeño pueblo de Siberia Occidental llamado Pokróvskoye, que pertenecía entonces a la región de Tobolsk, actual Óblast de Tiumén, y está a unos 300 km al este de los Urales, en la orilla izquierda (norte) del río Turá. Es posible que, como era habitual entre los campesinos rusos, su nombre derivara de un seudónimo y proviniera de la palabra rasputnyi (‘disoluto’).

El registro de la parroquia local contiene la siguiente entrada el 9 de enero-jul./ 21 de enero de 1869-greg.: «En el pueblo de Pokróvskoye, en la familia del campesino Yefim Yakovlevich Rasputín y su esposa, ambos ortodoxos,3 nació un hijo, Grigori». Al día siguiente fue bautizado nombrado en honor de San Gregorio de Nisa, cuya fiesta se celebra el 10 de enero.

Grigori fue el quinto de nueve hijos. Sólo sobrevivieron dos: él y su hermana Feodosiya. Nunca asistió a la escuela; según el censo de 1897 casi todo el pueblo era analfabeto.

En Pokrovskoye, el joven Rasputín era considerado un extraño, pero dotado de dones misteriosos. “Sus extremidades se sacudían, movía los pies y siempre mantenía las manos ocupadas. Pese a algunos de sus tics físicos, llamaba la atención”.

Lo poco que se sabe sobre su infancia fue transmitida por su hija María. Según ella, a los catorce años la idea de que «el reino de Dios está en nosotros» le hizo «correr a esconderse en el bosque, temeroso de que la gente notara que le había ocurrido algo inimaginable». Cuando se hubo recuperado, volvió a casa con «la sensación de una luminosa tristeza».

Más o menos a esa edad, harto de soportar que otros niños lo llamasen «enclenque», un día se revolvió y les agredió. Aunque se arrepintió de aquello, pues no era violento, se hizo más sociable desde entonces y fue capaz de ir al mercado de Tiumén (80 km al oeste) a vender el centeno de su padre. Sin embargo, en conjunto, Rasputín siguió siendo un muchacho demasiado disperso como para convertirse en un hombre de provecho. Empezó a beber y lo detuvieron junto con otros por el robo de unos caballos. Finalmente, la asamblea rural lo absolvió, aunque los demás fueron desterrados a Siberia Oriental.

El 2 de febrero de 1887 Rasputín se casó con Praskovia Fiódorovna Dubrovina, tres años mayor que él, y juntos la pareja tuvo tres hijos: Dmitri, Varvara y María. Dos hijos anteriores a ellos murieron jóvenes.

En 1892 Rasputín dejó abruptamente su aldea, esposa, hijos y padres. Pasó varios meses en un monasterio de Verjoturye (Óblast de Sverdlovsk). El autor Alexander Spiridovich sugirió que lo hizo por la muerte de un niño, pero el monasterio fue ampliado en aquellos años para recibir más peregrinos.

Ingresó poco después en una secta cristiana condenada por la Iglesia Ortodoxa Rusa conocida como jlystý (‘flagelantes’), quienes creían que para llegar a la fe verdadera hacía falta el dolor. En las reuniones de esta secta, las fiestas y orgías eran constantes y Grigori se convirtió en un acérrimo integrante. El ingreso en esta congregación marcó al profeta siberiano de por vida —esto explicaría la notoria vida sexual que tuvo en años posteriores y que acabó ennegreciendo su reputación de hombre santo—.

Posteriormente llevó una vida de ermitaño hasta que conoció al Hermano Macario, un iluminado que tuvo una fuerte influencia sobre Rasputín, pues llevó a Grigori a renunciar a beber y comer carne. Cuando regresó a casa se había convertido en un ferviente converso.

Influencia en la monarquía rusa

Rasputín no solo se ganó el favor de la familia real, sino que también buena parte de la aristocracia se rindió a él. Esto se debió sobre todo a su carisma personal. En la medida en que el carisma pueda explicarse, el suyo era producto de los siguientes factores: una mirada muy fija y penetrante (era de pelo castaño pero de ojos azules muy claros); un verbo fácil y muy ambiguo (alguien dijo que sus frases nunca constaban de «sujeto, verbo y predicado», sino que siempre faltaba algún elemento) que parecía el de un oráculo; un gran atractivo para con las mujeres basado, además de en su físico y en su intuición, en su conocimiento de las Escrituras y en cierta tradición religiosa rusa que sigue prácticas orgiásticas como camino a Dios.

Finalmente, la época de Rasputín era de romanticismo filoeslavo, y él, ruso de la profunda Siberia, recriminaba a los nobles, muy emparentados con la aristocracia europea (sobre todo con la alemana): «No tenéis una sola gota de sangre rusa».

Sin embargo, fue muy atacado por aquellos cortesanos y nobles que se sintieron amenazados en sus intereses y propagaron rumores que sirvieron de alimento para los revolucionarios enemigos del régimen zarista. El zar sólo lo toleraba en la medida que la zarina lo aceptara, aunque no había decisión del zar que no pasara por la supervisión de Rasputín.

Durante la Primera Guerra Mundial fue acusado de ser un espía alemán y de influir políticamente en la zarina, que era de ascendencia alemana, en sus nombramientos ministeriales cuando el zar estuvo ausente por la guerra. Este hecho fue desastroso para la permanencia del régimen zarista.

Considerado amigo íntimo del zarévich Alexéi Nikoláievich y su «médico» personal, ya que este le proporcionaba una especie de «hipnosis curativa» y le ofrecía la seguridad que su sobreprotectora madre no podía ofrecerle, el futuro de la dinastía Románov estaba en sus manos. Si él no salvaba de la muerte al hemofílico zarévich la especulación sobre el heredero al trono quedaba abierta.

Gracias a esas aparentemente milagrosas curaciones la zarina Alejandra confió ciegamente en el curandero, ya que las pruebas de sanación que le producía a su hijo eran inexplicables. Confió también en los vaticinios del monje sobre los destinos de la santa Rusia, a la cual veía Rasputín en sus visiones «envuelta en una nube negra e inmersa en un profundo y doloroso mar de lágrimas».

Asesinato de Rasputín

En el gobierno y en la corte se consideraba que la influencia de Rasputín sobre el zar y la zarina era nefasta en un momento en que la situación de la monarquía ya era muy crítica. El primer ministro Alexander Trépov le ofreció doscientos mil rublos para que regresase a Siberia y había fracasado, a principios de 1916, una tentativa de asesinato del exministro del Interior, Alexéi Jvostov.

Finalmente la conjura que tuvo éxito fue la del príncipe Félix Yusúpov, en la que también estaban implicados un líder derechista de la Duma, Vladímir Purishkévich, y dos grandes duques, Dmitri Pávlovich y Nicolás Mijáilovich.

Yusúpov, Purishkévich y el gran duque Dmitri planearon atraer a Rasputín al palacio de Yusúpov con la excusa de que se reuniría con la esposa de este, la gran duquesa Irina Alexándrovna.

Así, a pesar de haber recibido una advertencia previa del peligro el mismo 16 de diciembre, Rasputín se presentó en el palacio poco después de medianoche. Allí Yusúpov lo hizo esperar a la gran duquesa, mientras esta supuestamente atendía a otros invitados, en una estancia del sótano donde le sirvió vino y unos pasteles envenenados con cianuro.

Exasperado porque el veneno parecía no hacer efecto, Yusúpov le disparó un tiro con una pistola Browning y lo dejó por muerto mientras se preparaba para salir a deshacerse del cadáver. No obstante, Rasputín había sobrevivido y Purishkévich, después de fallar en dos ocasiones, lo derribó con otros dos disparos y lo remató con un golpe en la sien. Después ataron el cuerpo con cadenas de hierro y lo arrojaron al río Nevá, donde fue encontrado el 18 de diciembre.

Rasputín fue enterrado en enero de 1917 junto al palacio de Tsárskoye Seló. Después de la Revolución de Febrero, su cuerpo fue desenterrado e incinerado en el bosque de Pargolovo, donde las cenizas fueron esparcidas.

Investigaciones recientes señalan que en el asesinato de Rasputín estuvo involucrado el servicio secreto británico, en donde un agente que residía por entonces en Petrogrado, llamado Oswald Rayner, bajo el mandato de otro agente llamado John Scale, participó directamente en el asesinato.

Personalidad

Rasputín llevaba en su juventud la vida típica de un campesino siberiano, hasta que sufrió su «conversión». Era un hombre muy alto, de hábil y elocuente poder oratorio, personalidad abrumadora, de aspecto un tanto tosco, grosero a veces, violento, tenía una mirada muy penetrante y era poseedor de un carisma profundo. Amaba y odiaba efusivamente. Era un actor soberbio y convincente, se sabía poseedor de estas habilidades y las usó inteligentemente en su provecho.

En su época había rumores de que era una persona licenciosa y de que se le había visto numerosas veces borracho y en compañía de prostitutas. Sus relaciones con sus discípulos, sus visitas de alcoba, en su mayoría mujeres de la alta sociedad rusa, también eran polémicas.

Una de sus máximas era: «Se deben cometer los pecados más atroces, porque Dios sentirá un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores». Sin embargo, los historiadores no han encontrado pruebas concluyentes que afirmen esta vida licenciosa. Independientemente de su veracidad, esta reputación ha sido trasladada a varias biografías, películas e incluso canciones.

 


VÍDEO: NATIONAL GEOGRAPHIC – RASPUTÍN 1/2

VÍDEO: NATIONAL GEOGRAPHIC – RASPUTÍN 2/2


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