El asesinato de la Alemana

Atrás Nueva búsqueda
El asesinato de la Alemana
  • Clasificación: Homicidio
  • Características: Celos
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 24 de julio de 1909
  • Fecha de detención: 26 de julio de 1909
  • Perfil de las víctimas: Consuelo Bregua Blanco, de 28 años, prostituta de exótica belleza y pareja desde los 13 años de José Munz
  • Método de matar: Dos disparos de revólver, que provocaron una herida grave en el lado derecho del cuello y una herida mortal en la región frontal
  • Localización: A Coruña, Galicia, España
  • Estado: El 24 de mayo de 1912, José Munz fue condenado por homicidio a 15 años de prisión
Leer más

La muerte de la ALEMANA

Carlos Fernández
10 de noviembre de 2017

En la mañana del lunes 26 de julio de 1909, mientras los periódicos dedican sus primeras páginas a comentar la visita a Santiago de SS.MM. los Reyes don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia, comienza a circular por A Coruña la noticia de un sangriento suceso acaecido el día anterior. En su habitación del número 4 de la travesía del Curro ha aparecido muerta Consuelo Bregua Blanco, una muchacha de 28 años y exótica belleza, muy conocida entre los vecinos por su historial galante y traza gentil. La víctima presentaba dos heridas de bala, una en la sien derecha y otra en el lado derecho superior del cuello. Tenía amoratado el rostro y parte de la lengua fuera, vistiendo falda rosa, chambra blanca y calzando zapatillas. Consuelo fue encontrada sentada sobre un sofá, apoyada la cabeza sobre un lado y los brazos colgados.

¿Se trataba de un crimen? ¿Había sido un suicidio? Comenzaba así uno de los sucesos sangrientos más apasionantes de la crónica negra de la Galicia contemporánea, que inundará con sus noticias las páginas de los periódicos y apasionará a la opinión pública durante varios años. Ésta es su historia.

Desde que tenía 13 años, Consuelo mantuvo relaciones con el joven José Munz, hijo de una respetable familia alemana afincada en A Coruña. La madre de Consuelo, doña Manuela, era una modesta vendedora de castañas que vendía su mercancía tanto en la travesía del Curro como en la calle de San Andrés. En la temporada de primavera-verano daba posada a canteros.

Las relaciones de Consuelo y José pronto se hicieron famosas, pues, aparte la exótica belleza de ella, a la que pronto se conoció como la Alemana, mantenían frecuentes peleas en las que tuvieron, a veces, que intervenir los agentes de la autoridad.

En 1901, Consuelo fue al baile de Piñata del Teatro Principal, especialmente peinada para concurrir a un premio. Pero Munz, celoso, se oponía a que se luciera en concursos, y en el pasillo del coliseo se encontraron ambos, teniendo una pelea, en el transcurso de la cual, el joven, blandiendo una botella, la estrelló en la cabeza de Consuelo que, bañada en sangre, tuvo que ser conducida al hospital, conservando desde entonces diversas cicatrices en la cara. A pesar de ello, el alemán siguió teniendo relaciones con ella, siempre apasionantes. Hubo un tiempo en que Munz se cansó y se fue a América en un barco en el que estuvo trabajando de camarero.

Consuelo se dedicó entonces a la prostitución, entrando matriculada como «cocota». Tuvo unos amores no menos turbulentos con Adolfo Delgado (a) Pato, que acabó en la cárcel por atentado contra una persona. Cuando Munz volvió de Sudamérica se reconcilió con Consuelo y vivieron maritalmente. Tres semanas antes de la muerte de la joven, y hallándose fuera su madre, tuvieron una fuerte discusión. Cuentan los vecinos que el alemán la golpeó de tal forma que ella imploró socorro a gritos hasta que él dejó de maltratarla y se fue a la calle. Consuelo, temiendo nuevas palizas, se marchó al día siguiente para Lugo y allí permanecería hasta ocho días antes de su muerte. El mismo día en que regresó a A Coruña, volvió a arreglarse con Munz y a hacer vida marital.

Tanto uno como otro eran celosos, pues Munz, en uno de sus enfados, se lio con una tal Josefa Montes y al enterarse Consuelo increpó a la mujer, amenazándola violentamente.

A las siete de la mañana del día de Santiago –fatídica coincidencia con el crimen de la Herradura en Compostela– fue descubierto el cadáver. César Pardo, de 9 años, sobrino de Consuelo, que vivía en el piso de abajo y dormía muchas noches en casa de su tía, subió a verla. Vio a Consuelo tumbada sobre un sofá y la creyó dormida. Cogió un bastón y bajó a jugar con él a la calle. Su madre salió entonces para el hotel en donde trabajaba como cocinera, y al verle le dijo que subiese el bastón. Así lo hizo y al verla de nuevo tumbada en el sillón comenzó a llamarla, viendo entonces que tenía la cara ensangrentada. Llorando salió de la casa y fue a llamar a su madre al hotel para decírselo.

Poco después acudió el Juzgado de Instrucción que, tras examinar cuidadosamente el lugar del suceso, ordenó el levantamiento del cadáver. Caído junto a éste, había un papel con unas letras supuestamente escritas por Consuelo, en las que decía que estaba cansada de la vida y que se iba a suicidar. Al pie de una mesita de noche se hallaba un revólver Smith con cinco cápsulas, dos vacías, una con señales de haber fallado y las otras dos enteras.

En medio de la sala había un velador-centro con una fuente en la cual se veía un resto de riñones con tomate y al lado dos platos y dos cubiertos. Uno de los platos estaba limpio y el otro presentaba señales de haber comido el manjar que contenía la fuente.

A pesar de la carta encontrada, el juez Rodríguez Rey dio orden de detener a José Munz, siendo hallado en casa de sus padres durmiendo. Nada más ingresar en la cárcel quedó incomunicado. En sus declaraciones ante el juez, Munz negó que él hubiese cometido crimen alguno y que el revólver hallado en la habitación no era de su propiedad.

Reconoció, eso sí, que la noche anterior había estado en casa de Consuelo, que se había negado a cenar en vista de que no tenían vino y permaneció poco tiempo en la casa, saliendo después a la calle. A las once fue al kiosco de Ramón Cayero, donde estuvo hasta la una de la madrugada, marchándose entonces a casa de sus padres. Sin embargo, sobre la mesa de Consuelo había unas botellas vacías de vino.

Los forenses afirmaron que el suceso debió haber ocurrido de diez a once de la noche, a juzgar por la sangre coagulada en el suelo y en las heridas, así como por la rigidez del cadáver. Parece que hay algún vecino que a las diez y media de la noche oyó dos ruidos sordos en la calle y que, asomado a la ventana, no vio nada anormal. También en el dintel de la puerta de la calle donde vivía Consuelo, hay unas manchas de sangre, como si alguien hubiese puesto sobre la pared unos dedos ensangrentados.

Cuantas personas conocían a la Alemana la juzgan incapaz de haberse suicidado. Aun el día anterior, recuerdan, había estado enseñando a unas amigas una blusa que pensaba estrenar el día de la romería de La Graña.

Primeras indagaciones

Un niño de 12 años, Juanito Méndez, vecino del número 3 de la travesía del Curro, declara que a las seis de la tarde del día 24 Consuelo le encargó fuese a buscar a una tienda una botella de cerveza y un cuartillo de vino. Cuando subió a dejárselo vio a Consuelo con Munz. Ambos estaban sentados en el sofá y con la cara seria. Manuel García, baulero que tiene su taller en la casa contigua y que se quedó el día 24 trabajando hasta tarde, vio entrar también a Munz en la casa de Consuelo.

Testimonio importante es el de Antonia Fidalgo, sirvienta del primer piso del número 30 de la travesía del Curro. La noche del sábado a las diez salió a hacer un recado y a la vuelta vio a Consuelo en el umbral de la cama. A su lado había un hombre. Reñían fuerte. Y él le decía: «Mira, Consuelo, ¡cállate o te mato!». Y ella contestaba: «¡Si la tomaste, vete a dormirla donde la tomaste!».

Manuela González, casada con un tranviario y vecina del número 6 de la calle del Curro, pared por medio de la habitación en donde murió Consuelo, refiere que después de haber cenado, sobre las diez y cuarto de la noche del día 24, oyeron voces del piso de al lado. Consuelo y José discutían acaloradamente. Como lo hacían muy a menudo no le dio importancia. De pronto escuchó un gran ruido, como un tiro. No sintió más y se acabó tranquilizando. Otros vecinos afirman que después de ese ruido vieron salir a un hombre.

Una de las declaraciones más extensa fue la de la madre de la víctima, Manuela Blanco Rial, de 67 años, que estaba sirviendo hacía mes y medio como cocinera del balneario de Carballo. Dijo que su hija nunca usó revólver y que le tenía verdadero pánico a las armas de fuego. En cambio, oyó un día al alemán que decía:

–Somos dos desgraciados. La verdad es que maldita la falta que hacemos en el mundo. Lo que debíamos hacer era matarnos.

Siguió diciendo doña Manuela que su hija fue amenazada varias veces por Munz con un revólver y que en cierta ocasión en que ella se interpuso, dijo el alemán:

–Apártese o disparo también contra usted.

Dice la señora que su hija acababa volviendo con Munz porque sentía una atracción brutal hacia él.

–Ella, celosa y viva; él, duro y terco –añade doña Manuela.

El médico, señor Fraga, manifestó que la muerte de Consuelo había ocurrido a las dos de la madrugada del día 25, lo que contrasta con el testimonio de los vecinos de oír el ruido extraño sobre las diez y media de la noche del 24. El forense Paradela y el del distrito al que pertenece la travesía del Curro, señor Fraga, permanecerán reunidos con el fiscal, señor Longue. Parece que admiten tanto la posibilidad del suicidio como la del homicidio. Explican la primera con argumentos médico-legales, de balística y la segunda con teorías y suposiciones científicas también, así como el estudio de la trayectoria de la bala.

El día 28, el juez eleva a prisión la detención provisional que sufría José Munz. Quedó procesado, exigiéndosela una fianza de 5.000 pesetas para su excarcelación.

El viernes 30, el redactor de La Voz de Galicia que cubre el caso, escribe, respecto a la tesis del suicidio, que nadie se explica cómo una mujer que se dispara dos tiros de revólver con el terror que Consuelo tenía a las armas de fuego pudo haber quedado sentada tan apaciblemente en el sofá, con las piernas cruzadas, las ropas en orden, los brazos tendidos blandamente y la cabeza apoyada en ellos. Ni una contorsión, ni un escorzo violento. Además, el revólver apareció tirado a algunos pasos de distancia, debajo de la mesa.

El primer disparo debió de ser casi simultáneo cuando Consuelo se inclinó sobre el brazo del sofá y ofrecía como blanco su cuello escorzado y en tensión, por eso el proyectil entró de abajo arriba por cerca de la oreja y por eso hay la mancha de un gran fogonazo sobre el hombro de la víctima.

Desfile de testigos

El desfile de testigos continúa. El día 30 lo hacen cinco. Destaca el de Carlota, ama de una casa de prostitución de la calle de la Galera. Cree que la Alemana no se ha suicidado. En la tarde del día 24, Consuelo estuvo en su casa. Iba muy contenta con una blusa de tonos claros que acababa de comprar, manifestando que la iba a estrenar el domingo en Carballo cuando fuese a visitar a su madre. No aceptó la invitación a cenar, pues dijo que esa noche iba Pepe a su casa y que le iba a preparar unos riñones estupendos. La invitó, no obstante, a tomar café después de la cena, a lo que accedió. Impaciente por su tardanza, fue a buscarla. La llamó desde el portal y, como no bajaba, se marchó, pensando que estaría con el Alemán.

El procesado amplía su declaración el día 30, diciendo que el revólver Smith que apareció junto a la víctima lo conocía de antes y que recuerda que una vez Consuelo le acometió con él en la Rúa Nueva en un rapto de celos.

También fue exhumado dicho día el cadáver de Consuelo para extraerle la chambra blanca que vestía la noche de autos, pero la prenda no estaba, pues con el tumulto le había despojado de ella. Menos mal que fue encontrada.

Declaran en días posteriores otros testigos, como Mercedes Aguilleiro, dueña de una pequeña posada en el número 3 de la calle del Curro; Domingo López, cabo de la Policía Municipal; Antonia Porto, vecina de la casa número 6 de la calle del Curro; los médicos Federico Barbeito y Enrique Villardefrancos, dándose como muy posible la tesis del suicidio, aunque sin rechazar el homicidio.

El 4 de agosto toma posesión del juzgado el titular, señor Mosquera Montes (Rodríguez Rey era interino). Decretado el auto de procesamiento y finalizadas todas las declaraciones, se cree que el juicio dará comienzo a primeros del año siguiente, 1910. Sin embargo, se irá demorando hasta la primavera de 1912.

22 de mayo de 1912. Lleno en la sala de la Audiencia coruñesa. Abundancia de mujeres en el público. Reporteros de los más importantes periódicos gallegos para los que el juicio por la muerte de la Alemana va a ocupar las primeras páginas y vender miles de ejemplares más de lo habitual.

Preside el tribunal el señor Arguch. La acusación la mantiene el fiscal jefe, señor Díaz Medina. La defensa está a cargo de un joven abogado coruñés que con el paso del tiempo será ministro y presidente del Gobierno de la segunda República española: Santiago Casares Quiroga, Casaritos para sus íntimos.

Vestido cual impecable gentleman inglés –sus trajes y abrigos se los traen directamente de Londres–, pálido y delgado cual tuberculoso que era. Hablar pausado en la exposición y repunto de timbre metálico en la defensa, Casaritos recusa a varios miembros del jurado popular, mientras que el fiscal lo hace con casi todos hasta que le advierten que ya no quedan en la urna más papeletas que las indispensables.

El Jurado queda constituido por Santiago Cabanillas –como presidente–, Ricardo Corbacho, José María Hernández, Pablo Ibáñez, Antonio Martínez, Jesús Torrero, Germán Teijeiro, Ángel Bermúdez, Antonio Real, Antonio Picos, Germán Blanco y José Vázquez.

El acusado José Munz viste chaqueta azul oscura, pantalón gris y botas claras.

El secretario de la Sala, señor Peñaranda, va leyendo las conclusiones. Dirá el fiscal que en la noche del 24 al 25 de julio de 1909 fue muerta Consuelo Bregua, agraciada joven de 28 años, en la casa número 4 de la Travesía del Curro de A Coruña.

Se relatan sus relaciones con Munz desde que Consuelo tenía 13 años. Los amores fueron al principio honrados y lícitos. Después degeneraron en vida marital con riñas, pendencias y agresiones violentas.

Narra después el fiscal el hecho de autos, según se deduce de lo manifestado por los testigos de cargo y atribuye a Munz la muerte de Consuelo, disparándole dos tiros, uno que le ingresa la masa encefálica y otro que la hiere en el cuello, manchándole el fogonazo la blusa.

Rechaza la hipótesis del suicidio.

Duda de la autenticidad de la carta escrita por Consuelo en donde decía que se suicidaba.

Inculpa a Munz y añade que al salir dejó impresas en el dintel de la puerta huellas de sangre.

Cree que se trata de un homicidio, si no premeditado sí calculado, apreciando la agravante de reincidencia.

La defensa rechaza lo sentado por el fiscal, ya que sostiene que Munz no tuvo la menor intervención en el hecho.

Comienza el interrogatorio del acusado por el ministerio fiscal. Cuenta Munz sus relaciones con Consuelo. Dice que durante unos seis años fueron honestas, pero luego vinieron las peleas y los agravios. Munz dice algo que hoy escandalizaría tanto a las feministas como a las fumadoras.

–Ella tenía vicios. Por ejemplo, fumaba y yo le tenía que pegar.

No dormía Munz en casa de Consuelo, sino que iba allí cuando le parecía. El 24 de julio de 1909 estaba en el kiosco de Casqueiro en el Relleno cuando se le acercó un sobrino de Consuelo, diciéndole que ella le esperaba. Le pagó un helado y después siguió con él hasta la Rúa Nueva. Como la madre del niño estaba empleada en la fonda de Cuatro Naciones le dijo si se iba a dormir con ella. Le dijo que sí y Munz se fue hasta la casa de Consuelo.

Interrogatorio del abogado defensor

Subió a la casa. Consuelo estaba preparando unos riñones, pero él no tenía hambre. Estaba malhumorado. Comenzaron a reñir. Salió a la calle volvió al kiosco y no supo nada más, añadiendo:

–Quien diga lo contrario miente.

Luego habla de cuando emigró a América y de las cartas que él y Consuelo se escribían.

–¿No hicieron juntos algunos borradores? –le pregunta el fiscal.
–¡Nunca, jamás!

A continuación, comienza a interrogarle el defensor. Casares Quiroga, suponemos que de acuerdo de antemano con su defendido, le hace algunas preguntas con la muletilla ¿No es cierto que …?, a lo que Munz debe contestar afirmativamente.

Tras afirmar que aquí en A Coruña no se prostituía, sino que fue en Brasil, le pregunta:

–¿No es cierto que alguien la llevó como en venta, a una autoridad recién llegada?
–Exacto.
–¿No es cierto que un día, yendo ustedes embarcados en el Amboage, chocó este buque con el Boadina y una de las personas que más se alarmó fue Consuelo, que quería lanzarse al mar, impidiéndoselo usted?
–Justo, lo vieron centenares de pasajeros.
–¿No es cierto que Consuelo padecía de dolores de cabeza y decía que sus dolores eran como si le introdujesen un clavo?
–Sí señor. Y le dolía el estómago.
–¿No es cierto que sufría ataques epilépticos?
–Sí, aunque yo pensé muchas veces que lo hacía de broma [risas en el público].

Describe a continuación –y con gran habilidad– Casares Quiroga cómo se encontraban los muebles situados en la habitación donde se produjo la muerte de Consuelo: un sofá contra la pared, sin que por detrás del respaldo pudiese pasar nadie; un aguacanal; una mesita pequeña en el centro de la habitación; una cómoda teniendo encima un almanaque pequeño.

–Cuando sostenían escenas violentas, ¿usted le pegaba a ella y ella le pagaba a usted todo lo que podía?
–Sí, andábamos siempre así.
–Una vez ¿no salió Consuelo a la calle empuñando un zapato contra usted?
–Sí, es verdad.
–En otra ocasión, por celos de otra mujer de la calle del Curro, ¿no llegó a acometerla con un revólver?
–Sí, es verdad. No lo vi, pero me lo han dicho.

El fiscal interviene para preguntar si era verdad que Consuelo se oponía a las relaciones del acusado con una tal Montes, a la cual armó un escándalo en la calle de Sánchez Bregua. Responde afirmativamente.

–En suma –dice Casares–, no quería que usted saliese con ninguna mujer más que con ella.
–Efectivamente.

A continuación, los peritos calígrafos, señores Martínez Salazar e Iglesias del Río, se atienen a lo expuesto en el sumario: creen que la carta que apareció junto al cadáver llevaba letra de Consuelo, aunque algo alterada. No se puede afirmar que fuese escrita con la tinta que había en la casa. Dado que el pliegue aparece cortado en su parte inferior pudo haberse cortado parte de la rúbrica o también no llegarse a estampar entera por falta de papel.

Seguidamente comienza el desfile de testigos de la acusación, haciéndolo en primer lugar la madre de la víctima. Viste de negro. No presenció el hecho de autos pero acusa a Munz. Hace historia de los amoríos que en vano trataron de evitar ella y su esposo. Cuando Consuelo marchó a Brasil fue por consejo suyo a fin de terminar con las situaciones violentas.

Niega que su hija quisiese suicidarse pues a la menor indisposición acudía al médico. En medio de la acusación contra Munz, salta Casares Quiroga, quien, con gran agudeza, le pregunta:

–¿Pero no es verdad que este hombre tan malo, este pícaro –según usted dice– les ayudó a ustedes a ir viviendo y les mató el hambre?

Consuelo reacciona diciendo:

–No señor. Yo trabajé toda mi vida. Soy cocinera y vendedora de fruta.

A continuación, comparece César, el niño sobrino de la víctima. Dormía generalmente en la buhardilla de casa de la muchacha, pero la noche de autos no fue, quedándose a dormir con su madre, sirvienta de la fonda las Cuatro Naciones. Le pregunta Casares Quiroga:

–¿Pepe [Munz] te acompañó [la noche de autos] desde el Relleno hasta la Rúa Nueva y allí te preguntó si no ibas a dormir a la fonda?
–No. Cuando él se fue, después de darle yo el recado, me dejó tomando un helado en el Relleno, y me dijo que fuera a dormir a la fonda.

Interviene luego Josefa González, madre de César, quien se extrañó cuando le vio llegar a la fonda; Vicente Asorey, cocinero de las Cuatro Naciones, quien asegura que el niño, excepto esa noche, nunca fue a dormir a la fonda con su madre.

No comparecen Mercedes Agulleiro, Juana Rodríguez, Josefa López, Antonia Fidalgo, Narcisa Seoane, Carlota Meilán, Amparo Cabezas y Antonia Porta, leyéndose sus declaraciones.

María Matos, frutera, de cerca de la casa de Consuelo, asegura haber oído la disputa de los amantes, pero no llega a determinar lo acaecido en el momento supremo.

Prueba pericial

Por la tarde se celebra la prueba pericial. Dado que están divididos los informes de los doctores, pues hay unos que admiten la posibilidad de un suicidio y otros lo atribuyen a muerte violenta, se decide que hable un perito en representación de cada uno de los dos grupos.

Interviene primero el doctor Fraga. Relata lo que vio cuando subió al piso de la víctima. Todo acusaba que allí no había habido lucha. No había señales de desorden ni de forcejeo. El reguero de sangre no aparecía pisado por nadie. Hasta unos zapatos, empolvados, se veían colocados con simetría en un rincón.

Habla de la autopsia practicada en unión del señor Paradela, alude al interrogatorio-conversación de más de tres horas con el fiscal señor Longue y llega a las mismas conclusiones que Paradela: Consuelo Bregua falleció a consecuencia de un tiro en la sien. Las dos heridas se encuentran situadas en el plano de proyección de los suicidas.

A preguntas del fiscal, el doctor Fraga es sibilino:

–Para mí lo tengo por suicidio, pero el hecho pudo haber sido ejecutado por un homicida.
–¿Cree entonces que una mano extraña, no la de la víctima, pudo haber realizado los disparos?
–Sí, pero imitando la posición de una mano suicida.

Añade que cree que la muerte se produjo tres o cuatro horas después de efectuada la comida.

Interviene seguidamente el defensor Casares Quiroga. Con su acostumbrada habilidad lleva al perito al terreno que le interesa para su tesis de suicidio.

–¿Asistió a Consuelo Bregua alguna vez?

–La he asistido cumpliendo con mi deber algunas veces. Era Consuelo de esos temperamentos que temen a la tuberculosis. Yo la estimulé a cambiar de vida. Tenía, efectivamente, horror a ser víctima de la tisis.

–¿Recuerda algún caso en que se haya suicidado en esta ciudad alguna mujer por esta manía, ese horror a la tuberculosis?
–Sí, he oído de ese caso.
–¿No es manía de ciertos neuróticos, con horror hacia determinadas enfermedades, el llegar a quitarse la vida?
–Por lo menos, así dicen los autores.
–¿Pueden ser síntomas de dichas neurosis la cefalea que Consuelo sufría?
–Pueden ser.
–Ese estado neurótico, ¿pudo cristalizar en un impulso suicida?
–Tal vez.

A continuación, se leen los informes de los doctores Villardefrancos y Maestre. Tras retirarse los peritos se continúa con la prueba testifical, compareciendo el guardia municipal Bermúdez, que recogió el revólver en la habitación de Consuelo; Martín Molina, que recuerda que Consuelo le pidió protección varias veces por temor a que Munz la matara; Josefa Portas, el inspector de Vigilancia, Muslares; Manuel Taracido, el armero, que recuerda que Consuelo le compró un revólver Velo-Dog; Carmen Cao y Josefa Adega, declaran que Consuelo llegó un día junto a ellas y les dijo que había comprado un revólver para matar a Munz; Julián Guerra, que oyó decir a la víctima que iba a matar a una chica que salía con el Alemán; Juan Chico, Concepción Barcia y otros con los que da fin la primera sesión.

Nuevas tesis

Comienza la segunda sesión a las once horas del jueves 23 con la prueba pericial. En ella, el doctor Barbeito expone su opinión, que es intermedia entre la tesis de Fraga, Paradela y Maestre y la de los médicos militares Búa y Rojo y la de José Rodríguez Martínez.

–Teniendo en cuenta la disposición de la mancha que produjo el fogonazo en la blusa –dice– es evidente que el disparo pasional de aquella fue efectuado a corta distancia. Pero tanto pudo ser hecho por la víctima como por una mano alevosa. En la otra herida no había manchas de fogonazo y ello indica que fue realizada desde cierta distancia.

Preguntándose:

–¿La pudo hacer Consuelo? Sólo se puede contestar afirmativamente admitiendo que apoyase con fuerza el cañón del revólver contra la piel. En resumen: puede indicarse con más probabilidad que se ha cometido con ella un homicidio.
–Para admitir que se suicidó es preciso suponer que haya puesto la mano a gran distancia y elevada. ¿Habría valor, fuerza de voluntad en ella, dado el temperamento de la mujer, para secundar el disparo después de verse herida? Yo permanezco en la duda.

A continuación, el señor Barbeito es interrogado por Casares Quiroga. El doctor considera que la herida de la frente fue hecha a uno o dos metros de distancia.

Intervienen seguidamente los médicos Villardefrancos y Rojo. Este último, que viste de uniforme, dice con gran sobriedad:

–Las heridas que presentaba la víctima han tenido que ser hechas por otra persona y efectuadas por disparos a dos metros de distancia. La interesada no lograría producírselos sino disponiendo de un aparato complicado. No hay, pues, señales de herida a bocajarro.

Aun cuando, en líneas generales, está de acuerdo con las manifestaciones de su compañero militar, el doctor Búa, añade:

–Quiero hacer una aclaración. Hemos repetido el momento del crimen, adaptando en el Parque de Artillería la blusa que llevaba Consuelo a un maniquí de sus características. Un disparo a bocajarro, más que un fogonazo, produce una quemadura. En el curso de nuestras experiencias hasta las distancias de un metro y medio, conseguimos que se vieran granos y manchas de pólvora en la blusa que servía de blanco. Preguntándose:
»¿Dónde, en qué lugar del informe de los señores Paradela y Fraga se habla en el sentido de que se debiera hablar de los gases desprendidos de la pólvora a consecuencia de la explosión de la cápsula? Estos gases si no se habían difundido por fuera, deberían difundirse por dentro, subcutáneamente. ¿Por qué no se ha detallado ni aludido a esto que resulta tan elemental?

Tras señalar un error en el informe del doctor Mestre, cual es la situación del homicida en la parte posterior de la mesilla, cuando se observa claramente la lateralidad, dice:

–Concretando: Consuelo fue muerta por otra persona.

Casares Quiroga se revuelve contra las tesis de Rojo y Búa. Y pregunta:

–¿Por qué no hicieron hipótesis suicidas? ¿Acaso porque el maniquí de su prueba no tenía brazos?
–Ni brazos ni cabeza –responde Rojo–. Pero nosotros, a plena conciencia, escrupulosamente, sin preocuparnos de ninguna clase de hipótesis, fuimos a encontrar los detalles de la mancha que se observan en la víctima.

Casares Quiroga que, obviamente, domina el derecho penal y las técnicas del interrogatorio de un proceso, falla en el conocimiento de las leyes físicas.

Así, pregunta al doctor Rojo:

–¿De modo que yendo de abajo arriba la bala, puede ésta tener luego el capricho de volver de arriba abajo?
–Sí señor, por una ley física.
–¿Qué ley es esa? Concrétemela.
–Pues la ley que se enuncia diciendo que «el ángulo de incidencia es igual al de reflexión».

Desde el banquillo, Munz comienza a ver negro su futuro.

A continuación, interviene el doctor Rodríguez Martínez, el popular «médico Rodríguez». En medio de una gran expectación comienza diciendo que se están dando en A Coruña muchos crímenes pasionales, «que consisten, en realidad, en matar mujeres».

Señala que el doctor Maestre tiene dos personalidades: la africanista y la médica. «Es al mismo tiempo materialista y espiritualista, espenceriano y muchas cosas más; y si como médico mantiene criterios parecidos es para desconfiar de él».

–Yo –añade– pensaba hablar suavemente, pero acuciado por el interés que este juicio está teniendo para la conciencia pública, tengo que variar de propósito. Y lo digo muy alto. Lo sustancioso del proceso es el fogonazo: el fogonazo.

Y añade:

–Al hacer las experiencias hemos visto la cápsula percutida y mordida. Y ahora verá la defensa cómo yo también soy partidario de la hipótesis homicida.

Relata a continuación el médico Rodríguez un caso ocurrido en Oza donde una persona que quería suicidarse aplicó el cañón de un revólver en la piel, no logrando más que tiznarse y chamuscarse con los cinco tiros que disparó.

Dice que es de sentido común y que no admite dudas de que en dirección transversal no se puede disparar uno a sí mismo. No hay tatuaje de los gases –dice–, ni dentro ni fuera; ni cutáneo ni subcutáneo. Luego no hay suicidio.

Dice que la maledicencia y la tendenciosidad para con los médicos del doctor Maestre son grandes, pues les supone incapaces de no resistirse a la sugestión del ambiente. Son hechos –añade– por un africanista que conoce el África como la travesía del Curro.

Añade que Maestre hizo una alegación en vez de un informe.

Al suspenderse la sesión de la mañana, se produce un incidente entre Munz y el médico Rodríguez, increpándole el primero.

Continúa por la tarde el informe-disertación del famoso doctor. Casares Quiroga se inquieta y le recuerda que el informe del doctor Maestre no es una simple anécdota sino un documento unido a los autos con todo el valor que ello da.

Finalmente, el defensor le ruega a Rodríguez que exponga su concepto de la teoría del «eslabón neumático», a lo que el doctor contesta con gran erudición. Principalmente señala que, aunque «la columna de aire establece un largo tubo de compresión, la fuerza explosiva de la pólvora es superior a la misma elasticidad del aire y puede alcanzarse el desgarramiento de la piel». Sin embargo, las armas modernas y la pólvora blanca no están dispuestas para confirmar lo del «eslabón neumático», pero con un arma antigua o pistola y pólvora mala, puede hacerse un experimento para demostrar dicha teoría.

Finaliza el doctor ratificándose en las conclusiones de su informe de que fue un homicidio, nunca un suicidio.

Prueba documental

El secretario de la sala, señor Peñaranda, comienza la lectura de la prueba documental. Uno de los momentos de mayor emoción es cuando lee la carta supuestamente escrita por la víctima antes de su muerte:

«Señor juez: No culpen a nadie de mi muerte, que estoy aburrida de la vida. Hoy sábado, me mato. Adiós. Un beso a mi madre. Adiós. Consue… Bregua».

También se encontró un papel que decía: «Pepiño. Ven pronto a cenar. Te espera tu Cheliño».

Tras leerse el informe de los peritos médicos hay una diligencia previa: la de la situación de la lámpara eléctrica que iluminaba la salita de Consuelo la noche de autos. Esta luz, que estaba encendida antes de sonar los disparos, se apagó poco después, según los vecinos de la casa contigua.

La llave para apagar esta luz se halla en el marco de acceso a la escalera de la casa. ¿Quién la apagó? La diligencia se limita solamente a considerar el hecho.

Se citan, también, las conclusiones del laboratorio central de Madrid diciendo que no eran de sangre las manchas apreciadas en el quicio de la puerta de la casa de Consuelo.

El informe del doctor Maestre consta de cien folios escritos a máquina. El presidente pregunta a Casares Quiroga si cree necesario que se lea. El abogado dice: «Aunque con dolor, por la extensión, creo que es necesario». Nada más empezar, parte del público escapa de la sala. Casares, impertérrito, con la mano derecha apoyada en el mentón atiende a la lectura. Al final de la misma, el presidente cree que hay que aligerar párrafos y Casares permite entonces que se lean las partes de conclusiones solamente. En resumen, que Consuelo se suicidó por su propia mano, no siendo un caso de suicidio doble concertado.

A las nueve de la noche se suspende la sesión.

A las once de la mañana del viernes 24 da comienzo la tercera sesión. Gran expectación y abarrote en la sala.

El fiscal, que dice encontrarse mal de salud, comienza su informe. Hace, quizás preparando el terreno, un gran elogio del Jurado Popular, «institución honrosa, democrática, admirable, que permite que salgan de fábricas y talleres admirables juzgadores».

Sin embargo, les recuerda a los jurados que los detractores les acusan de gran benevolencia para con los delitos de sangre y vigor extremo para con los cometidos contra la propiedad. «Y yo digo –manifiesta el fiscal– que lo que se roba puede recuperarse con esfuerzo o con trabajo; pero la vida cine se pierde no hay quien consiga devolverla».

Dice que esto no es un crimen pasional, sino vulgar:

«Él era un camarero lleno de vicios, de pésimas costumbres, que se peleaba con los guardias de seguridad Y con los vecinos. Un triste galanteador entregado a las bajas conquistas. ¿Y quién era Consuelo Bregua? Una pobre mujer, una desgraciada que entró en el fango de la perversión desde niña, llegando a ser manceba de Munz, con el que llevó mala vida, teniendo frecuentes disensiones.
»A pesar de que su madre la mandó a Brasil para que se olvidase de Munz –añade el fiscal–, volvió al poco tiempo. Lógico era que amase al que la sedujo desde que apenas dejó los campos de la infancia».

Toda la cuestión para el fiscal se reduce a lo siguiente: ¿Fue suicida Consuelo Bregua?, contestando:

–Si no lo ha sido, como se probó de modo concluyente por los informes de los doctos peritos médicos, entonces tuvo que ser víctima de un homicidio; y el homicida, sin duda alguna, es José Munz.

A continuación, ataca a la defensa y dice que hace lo que aquellos franciscanos del cuento, que gastaban mangas muy anchas y que al ser interrogados por la autoridad que iba en persecución de unos delincuentes, cuyo descubrimiento no deseaban, acerca del paso de éstos, respondían para no mentir, metiendo las manos en dichas mangas: «Por aquí no han pasado» (protesta por la comparación del señor Casares Quiroga, que encima es laico).

Lee el fiscal el preámbulo del informe de la Academia de Medicina, que disiente por lo expuesto por el doctor Maestre: «Toda la Academia vale más que un individuo solo», y añade:

–No temáis equivocamos, señores del Jurado, puesto que vais en compañía de la Academia de Medicina de Madrid y de notables doctores de A Coruña. No vaciléis en opinar distinto del informe de Maestre. Decidle aquello que se estilaba en tiempo de los reyes de Aragón: «Nos valemos tanto como vos y juntos más que vos».

Dice a continuación que Munz veía en Consuelo el obstáculo para sus fines y que le hacía objeto de molestias constantes. Por eso la mató. Munz deja los cabos sueltos que dejan los criminales, pues hay una hora que no puede justificar. Existen testigos que lo vieron salir. Las dos testigos antes citadas estaban invitadas a tomar café con Consuelo y no a cenar, pues ella pensaba cenar en compañía de Munz.

Vuelve a hablar de la carta. No duda que haya sido escrita por Consuelo, pero con violencia. Estaba resobada de andar muchos días en el bolsillo. Él se la debió de arrancar valiéndose de la ficción de un suicidio mutuo. Habla luego de la luz que, por no tener contador, Consuelo, de suicidarse, debería apagar primero, quedándose a oscuras. Y ello es casi imposible.

Concluye el fiscal su informe condenando a los «matones de oficio» con duras frases y haciendo elogios del Código Penal, obra de las Cortes Constituyentes, que ostenta la firma del ilustre gallego don Eugenio Montero Ríos.

La defensa de Casaritos

Comienza diciendo Casares Quiroga que viste un elegante traje de color azul con rayitas blancas que difícilmente se dará un caso más extraño que el que se está dilucidando. «Extraño por lo paradójico», aclara. A continuación, pasa al ataque, diciendo:

–¿Vamos a pedir un juicio severo a las comadres de la calle del Curro, a la pléyade de prostitutas que en esto intervienen? [rumores de protesta entre un sector del público, se supone que formado por comadres y prostitutas]. Para ellos, Munz y Consuelo era la pareja de neuróticos, de degenerados, conocidos en todo el barrio. En cierto modo es lógico que esta gente obsesionada crea ver en el hecho sangriento la mano de Munz.

Califica de apasionado el informe del fiscal Longue.

–Cuanto se hizo tuvo una gran falta de lógica y ello fue determinante en el extravío de la opinión pública, sin ver que del pueblo sale el jurado y que se podía ir en la sentencia a un funesto error judicial.

El presidente llama la atención a Casares por su lenguaje acusatorio y en extremo despectivo. Casaritos pide disculpas y continúa expresándose en parecidos términos. Atribuye a malsana influencia de dicha opinión pública el informe de los médicos militares, «que querían, además, salvar el honor del cuerpo» [nueva protesta].

Expone Casares que él no defiende a matones y recuerda que fue el acusador privado en la causa del «Rojo». No defiende tampoco las costumbres ni condiciones morales de Munz, aunque reconoce que es una víctima del apasionamiento popular. «Es una víctima de un delito nuevo, que no está en el Código Penal: “Malos antecedentes”».

Continúa diciendo que Consuelo es víctima de sí misma, de su propia vida, de su enfermedad, de su pasión. Ella misma fue la que decidió quitarse la vida.

Munz estaba en el kiosco cuando se produjo el suicidio. Eso es lo que se deduce fácilmente de las declaraciones de los propios testigos, no de los de la defensa sino de los de la acusación. Sienta que Munz entró en casa de Consuelo a las nueve de la noche y salió a las nueve y media, sin que en ese espacio de tiempo se hubiesen oído disparos.

Estos sonaron, según tres testigos, a las diez de la noche. Según otros a las diez y media y el que más lo alarga –Manuel Sanz– fue a las once de la noche. «¡Y Munz –dice– estaba en el kiosco desde las nueve y media!». «Además –añade– el informe de Maestre señala que la muerte se produjo de una a dos horas después de la cena».

En agresiva comparación, dice Casaritos:

–El doctor Maestre es a España lo que el médico Rodríguez es a A Coruña.

En alarde de erudición, el abogado manifiesta que el informe de Maestre «participa de las bellezas literarias de Valera o Anatole France y científicamente es maravilloso». Estudia las características múltiples de las armas de fuego y dice que, tratándose de esto, es más difícil sentar reglas generales como concretar aspectos de la Luna.

Reconstruye la escena del suicidio, rebate las tesis de Rodríguez y Búa, incluso en la teoría de los escapes de los gases del cañón, pues no hay revólver en el mundo que no los produzca.

Pasé luego al estudio de las heridas, deduciendo que fueron hechas por la propia arma de Consuelo. Se pregunta:

–¿Que el dolor sentido después de efectuar el primer disparo impediría a la suicida realizar el segundo? Pero ¿no hemos visto, no nos lo citaba el propio médico Rodríguez, casos de suicidio con cinco disparos, con hachazos repetidos, con actos horribles de desesperación, que no podrían sospecharse?

Casares, como buen tuberculoso, acaba fatigándose. Son las siete y media de la tarde y pide al presidente un descanso.

Diez minutos más tarde continúa su defensa. No duda de la autenticidad de la carta de Consuelo y lamenta que el papel se haya colocado bajo un grifo del que chorreó agua, desvaneciendo los tonos de lo escrito. También, señala que, aunque Consuelo puso la fecha del 25 de julio y se suicidó el 24, al escribir la carta se había arrancado anticipadamente la hoja del día.

Afirma que Consuelo apagó la luz antes de disparar los dos tiros. «Siempre los suicidas –dice– prefieren no ver el arma» recordando a aquel rey de Inglaterra que ante el patíbulo, tranquilo y sereno, dijo aquella frase histórica: «No toquéis al hacha».

Dice también que la carta se cayó, no fue colocada en el suelo.

A continuación, expone los posibles motivos que pudo tener Consuelo para el suicidio: la neurosis, el masoquismo («no buscaba los goces del amor legítimo y puro sino el amor genital»), el terror a la tuberculosis.

Señala que los antecedentes del acusado no constituyen delito. Y aunque estuviesen incluidos en la sanción del Código Penal no habría que penarlo con más de tres años de reclusión, pues en caso contrario no habría cárceles en el mundo para meter a tantos presos.

Finalmente, se dirige Casares al Jurado en patéticos términos, excitándole a cumplir con su conciencia, serena y justificadamente, esperando por lo tanto un fallo absolutorio que, libre del presidio a un hombre inocente y de la deshonra a una respetable familia coruñesa. El redactor de La Voz de Galicia dirá sobre la actuación de Casares Quiroga:

«La labor del joven letrado fue elogiadísima. Revela un trabajo preparatorio, detenidísimo y metódico, realizado con cariño y devoción y, al exponerlo, lo hizo con elocuencia, con ordenación sistemática, con acopio de datos y muestras de profunda erudición».

La sentencia

A continuación pronunció un breve discurso el presidente de la Sala, señor Argueh, recordando su deber a los jurados, haciéndoles ver el enorme interés que el proceso había despertado en la opinión pública y la esperanza que ésta abrigaba de una resolución justa. Las preguntas que se someten a la consideración del Jurado son dos:

1.- José Munz Strick ¿es culpable de en la noche del 24 al 25 de julio de 1909 haber disparado con un revólver dos tiros a Consuelo Bregua en su casa del número 4 de la calle del Curro, causándole dos heridas, una de carácter grave en el lado derecho del cuello y otra en la región frontal que le produjo la muerte instantáneamente?
2.- José Munz Strick ¿fue condenado por el delito de lesiones el 19-07-05 a la pena de dos meses y un día de arresto mayor?

Son las ocho y cuarenta minutos de la tarde cuando el Jurado Popular se retira para emitir su veredicto. A las nueve y veinte se abre la sesión y comparece el Jurado en el estrado. Reina una gran expectación. El señor Blanco Constenla da lectura al mismo. Un «sí» para la primera y un «no» para la segunda.

El presidente de la Sala pregunta al reo si tiene algo que alegar. Munz se levanta nervioso y alzando el brazo derecho dice:

–Esto es un crimen que se comete conmigo. Juro que soy inocente ante Dios, si es que hay Dios. Aunque fuera a presidio por toda la vida repito que soy inocente. ¡Lo juro!

El presidente ruega al reo que se serene y concede la palabra al fiscal. Este califica el hecho de homicidio sin circunstancias modificativas y señala la pena de 17 años y 4 meses de reclusión temporal.

Casares Quiroga no quiere decir más de lo que ha dicho. Solamente ruega a la Sala benevolencia para su patrocinado.

Se retira el Tribunal a dictar sentencia. Al cabo de un cuarto de hora vuelve a la sala y el secretario del mismo da lectura al fallo:

«Se condena a José Munz Strick como autor de un delito de homicidio, penado en el artículo 419 del Código Penal sin circunstancias modificativas, a la pena de 15 años de reclusión temporal y 2.000 pesetas de indemnización a la familia de la víctima con indemnización y costas».

El público acoge la sentencia con división de opiniones, aun predominando los que deseaban una condena mayor para Munz.

La duda, no obstante, siguió planeando sobre el Alemán, aunque, según la norma básica del derecho, in dubio, pro reo.

A la salida, Casaritos Quiroga no cesaba de recibir felicitaciones.

El había sido, más que el acusado y la víctima, la figura del proceso.

Uso de cookies.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

ACEPTAR