El asesinato de Malcolm X

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Malcolm-X
  • Clasificación: Asesinato
  • Características: Venganza por parte de miembros de la Nación del Islam
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 21 de febrero de 1965
  • Fecha de nacimiento: 19 de mayo de 1925
  • Perfil de las víctimas: El ministro religioso y activista Malcolm Little, más conocido como Malcolm X, de 39 años
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Nueva York, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Thomas Hagan, el único que reconoció su participación en los hechos, recibió una sentencia de 20 años a cadena perpetua. Fue puesto en libertad condicional el 27 de abril de 2010 tras pasar 44 años en prisión. Los otros dos condenados Muhammad Abdul Aziz y Khalil Islam, que negaron haberlo asesinado, consiguieron la libertad en 1985 y 1987, respectivamente.
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Asesinato de Malcolm X

Última actualización: 11 de agosto de 2016

Malcolm X (Omaha, 19 de mayo de 1925 – Nueva York, 21 de febrero de 1965), nacido como Malcolm Little, y cuyo nombre oficial completo era El-Hajj Malik El-Shabazz (en árabe: الحاجّ مالك الشباز), fue un orador, ministro religioso y activista estadounidense.

Fue un defensor de los derechos de los afroamericanos, un hombre que acusó a los estadounidenses blancos en las más duras condiciones de sus crímenes contra sus compatriotas negros. En cambio, sus detractores lo acusaron de predicar el racismo y la violencia. Ha sido descrito como uno de los más influyentes afroamericanos en la historia estadounidense.

Malcolm X nació en Omaha (Nebraska). A los seis años su padre fue asesinado por su labor en defensa de los derechos de los trabajadores y su madre ingresó en un hospital psiquiátrico a causa de la locura que le produjo el hecho de que le quitaran la custodia de sus hijos. Después de vivir en una serie de casas de acogida, Malcolm X se involucró en el hampa de Boston y Nueva York, y en 1945 fue condenado a entre ocho y diez años de prisión.

En la cárcel, Malcolm X se convirtió en miembro de la Nación del Islam, una secta musulmana dirigida por Elijah Muhammad, y tras su libertad condicional en 1952, se convirtió en ministro de la organización. Durante casi una docena de años fue la cara pública de la Nación del Islam, pero las tensiones entre él y Muhammad llevaron a su salida de la organización en marzo de 1964.

Tras abandonar la Nación del Islam, Malcolm X hizo la peregrinación a La Meca y se convirtió al sunismo. Viajó extensamente por toda África, Oriente Medio e incluso visitó la Unión Soviética. Esos viajes le cambiaron la visión que tenía del mundo y de la lucha por las libertades civiles. Fundó la Muslim Mosque, Inc., una organización islámica, y la secular Organización de la Unidad Afroamericana. Menos de un año después de abandonar la Nación del Islam, Malcolm X fue asesinado antes de dar un discurso en Nueva York.

Primeros años

Hijo de una abogada y madre de ocho hijos, Louisa Norton, y de Earl Little, laico bautista seguidor de Marcus Garvey y líder local de la Asociación Universal de Desarrollo Negro y la Liga de Comunidades Africanas (UNIA, por sus siglas en inglés). Tres de los hermanos de Earl murieron a manos de hombres blancos, incluido uno que fue linchado.

Earl Little tuvo tres hijos (Ella, Mary y Earl Jr.) de un matrimonio anterior. De su segundo matrimonio engendró siete hijos, de los que Malcolm fue el cuarto. Los nombres de los hijos de Earl y Louise Little eran, en orden, Wilfred (nacido en Pensilvania); Hilda, Philbert y Malcolm (todos ellos nacidos en Nebraska); Reginald (nacido en Wisconsin); e Yvonne y Wesley (nacidos en Míchigan). Fruto de su relación sentimental con otro hombre, Louise tuvo un hijo más, llamado Robert Little, varios años después de la muerte de su marido.

La familia se mudó a Milwaukee (Wisconsin) en 1926, y más tarde a Lansing (Míchigan). En 1931, Earl Little fue atropellado por un tranvía en Lansing. Las autoridades dictaminaron que su muerte fue un accidente y la policía informó que Earl estaba consciente en el momento que ellos llegaron al lugar de los hechos y que, aparentemente, les dijo que había resbalado y caído bajo las ruedas del tranvía.

En su autobiografía, Malcolm dijo que la comunidad negra cuestionó la causa de la muerte de su padre, y que su familia era acosada con frecuencia por la Black Legion, un grupo supremacista blanco al que Earl Little culpó del incendio de su casa en 1929. Algunas personas de raza negra creen que la Black Legión mató al padre de Malcolm. Se puso en duda que «se golpeara a sí mismo en la cabeza y que bajara al tranvía a través de las vías para ser atropellado».

Aunque su padre tuviera dos pólizas de seguro de vida, su madre recibió indemnizaciones únicamente de la póliza más pequeña. Malcolm escribió que la compañía de seguros de la póliza más grande demandó que su padre se había suicidado.

Louise Norton tuvo una crisis nerviosa y fue declarada legalmente insana en diciembre de 1938, por lo que sus hijos fueron separados y enviados a diferentes casas de acogida. Louise fue ingresada en el hospital psiquiátrico estatal en Kalamazoo, donde permaneció hasta que Malcolm y sus hermanos la sacaron 26 años después.

Malcolm era uno de los mejores estudiantes de su escuela secundaria, pero abandonó después de que un profesor de octavo grado le dijera que sus aspiraciones de ser abogado no eran «ningún objetivo realista para un negro». Tras recorrer una serie de casas de acogida, Malcolm se trasladó en febrero de 1941 a Boston (Massachusetts), para vivir con su hermanastra mayor Ella Little Collins.

Entrada en prisión

En Boston, Malcolm tuvo varios empleos y encontró trabajo intermitente con el New Haven Railroad. Por un tiempo trabajó como limpiabotas en una discoteca de Lindy Hop. En su autobiografía dijo que en una ocasión abrillantó los zapatos de Duke Ellington y de otros notables músicos afroamericanos.

Entre 1943 y 1946, cuando fue detenido y encarcelado en Massachusetts, Malcolm vagó de ciudad en ciudad y de trabajo en trabajo. Dejó Boston para vivir una temporada en Flint (Míchigan), y en 1943 se mudó a Nueva York. Tras pasar un tiempo en Harlem se involucró en el narcotráfico, el juego, el crimen organizado, el robo y el proxenetismo. Por entonces era conocido como «Detroit Red».

Cuando Malcolm fue examinado en 1943 para el servicio militar, los médicos militares le clasificaron como «mentalmente incapacitado para el servicio militar». A finales de 1945 regresó a Boston, y con un grupo de socios, comenzó a elaborar una serie de robos dirigidos a las residencias de las familias de blancos ricos.

El 12 de enero de 1946, Malcolm fue detenido por robo cuando recogía un reloj robado que dejó reparando en una joyería. El dueño de la tienda había llamado a la policía porque le parecía que el reloj era demasiado caro para un residente de Roxbury.

Malcolm dijo a la policía que tenía un arma y se entregó con el fin de que fuera tratado con más indulgencia. Dos días después fue acusado de posesión de armas de fuego, y el 16 de enero fue acusado de hurto y allanamiento de morada. Malcolm recibió una condena de ocho a diez años en la prisión estatal de Massachusetts.

El 27 de febrero comenzó a cumplir su condena en la prisión estatal de Massachusetts en Charlestown. Mientras estaba en prisión recibió el apodo de «Satán» por su hostilidad hacia la religión. En la cárcel, Malcolm conoció a un hombre educado por sus propios medios llamado John Elton Bembry (mencionado como «Bimbi» en la autobiografía de Malcolm X), quien lo convenció para educarse a sí mismo.

Malcolm desarrolló un apetito voraz por la lectura, leyendo la mayor parte de las ocasiones después de que las luces de la prisión se apagaran.

En 1948, su hermano pequeño Philbert le escribió hablándole sobre la Nación del Islam. Malcolm no estaba interesado en unirse hasta que su hermano Reginald le escribió una carta en la que le decía: «Malcolm, no comas más carne de cerdo ni fumes más tabaco. Te mostraré como salir de la cárcel». Durante el resto de su condena, Malcolm mantuvo correspondencia regular con Elijah Muhammad, líder de los musulmanes negros.

En febrero de 1948, principalmente a través de los esfuerzos de su hermana, Malcolm fue trasladado a una cárcel experimental en Norfolk (Massachusetts), un complejo que poseía una biblioteca más grande. Más tarde, reflexionó sobre su tiempo en la cárcel: «Pasaron meses en los que pensaba que no estaba encarcelado. De hecho, hasta entonces, nunca había sido tan verdaderamente libre en mi vida». El 7 de agosto de 1952, Malcolm recibió la libertad condicional y abandonó la cárcel.

La Nación del Islam

En 1952, tras dejar la prisión, Malcolm visitó a Elijah Muhammad en Chicago (Illinois). Entonces, como muchos miembros de la Nación del Islam, cambió su apellido a «X». Explicó su nombre diciendo: «la “X” musulmana simboliza el verdadero apellido africano que él nunca podría conocer. Para mí, mi “X” reemplaza el nombre de amo blanco de Little que algún diablo de ojos azules llamado Little impuso a mis antepasados paternos».

El FBI abrió un archivo a Malcolm X en marzo de 1953 tras haberse declarado a sí mismo como un comunista. Pronto el FBI centró sus preocupaciones sobre la posible asociación del rápido ascenso de Malcolm en la Nación del Islam con el Partido Comunista.

En junio de 1953, Malcolm X fue nombrado asistente del ministro del Templo Número Uno de la Nación del Islam en Detroit. A finales de año, fundó el Templo Número Once en Boston y en marzo de 1954, amplió el Templo Número Doce en Filadelfia (Pensilvania).

Dos meses más tarde fue elegido para dirigir el Templo Número Siete en Harlem y rápidamente amplió sus afiliados. Tras una emisión de televisión en la ciudad de Nueva York acerca de la Nación del Islam en 1959, El Odio Que Produce El Odio, Malcolm X se dio a conocer a un público mucho más amplio. Los representantes de los medios de comunicación impresos, la radio y la televisión frecuentemente pedían su opinión sobre cuestiones y asuntos. También fue tratado como un portavoz por periodistas de otros países.

Malcolm X criticó la marcha en Washington de 1963, llamándola «la farsa en Washington». Dijo que no sabía por qué la gente negra se entusiasmaba tanto por una manifestación «dirigida por los blancos frente a una estatua de un presidente que lleva muerto un centenar de años y al que no le gustábamos cuando estaba vivo».

Desde su adopción de la Nación del Islam en 1952 hasta que abandonó la organización en 1964, Malcolm X promovió las enseñanzas de la Nación. Se refirió a los blancos como «diablos» creados en un programa equivocado por científicos negros y predijo el inevitable e inminente regreso de los negros a su lugar natural, en lo alto del orden social.

Malcolm X ha sido extensamente considerado el segundo líder más influyente del movimiento después de Elijah Muhammad. Se le acredita en gran parte el aumento de afiliados a la Nación del Islam de 500 en 1952 a 25.000 en 1963, e inspiró al boxeador Cassius Clay (posteriormente conocido como Muhammad Ali) a unirse a la Nación. Más tarde, tanto Ali como Malcolm X abandonaron la Nación del Islam y se unieron al Islam.

Matrimonio y familia

En 1958, Malcolm X se casó con Betty Shabazz en Lansing. Fueron amigos durante un año, aunque Betty sospechaba que él estaba interesado en el matrimonio. Un día Malcolm le llamó y le pidió que se casara con él.

La pareja tuvo seis hijos. Sus nombres son Attallah, nacido en 1958 y nombrado así por Atila; Quiblah, nacida en 1960 y llamada así en honor a Kublai Kan; Ilyasah, nacida en 1962 y llamada así por Elijah Muhammad; Gamilah Lumumba, nacida en 1964 y nombrada en homenaje a Patrice Lumumba; y los gemelos Malaak y Malikah, nacidos en 1965 tras el asesinato de su padre y nombrados por él.

Reunión con Fidel Castro y otros líderes del mundo

En septiembre de 1960, Fidel Castro llegó a Nueva York para asistir a la reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. En vez de hospedarse en un hotel exclusivo y de alta categoría, se hospedó en el económico Hotel Theresa en Harlem. Malcolm fue un miembro prominente de un comité de Harlem encargado de dar la bienvenida a Fidel Castro y a otros líderes del mundo que se encontraban con él. Castro estaba tan impresionado por Malcolm X que solicitó una reunión privada con él.

Durante la reunión de la Asamblea General, Malcolm X también fue invitado a muchas funciones oficiales de la embajada patrocinadas por las naciones africanas, donde se reunió con muchos jefes de Estado y otros dirigentes, incluidos Gamal Abdel Nasser de Egipto, Ahmed Sékou Touré de Guinea y Kenneth Kaunda del Congreso Nacional Africano de Zambia.

Abandono de la Nación del Islam

A principios de 1963, Malcolm X comenzó a colaborar con Alex Haley en la Autobiografía de Malcolm X, aunque el libro no había sido finalizado cuando fue asesinado en 1965. Haley lo completó y fue publicado a finales de ese año.

El 1 de diciembre de 1963, cuando le preguntaron acerca del asesinato del Presidente John F. Kennedy, Malcolm dijo que fue un caso de «los pollos que vuelven a casa a dormir». Además agregó que «cuando los pollos regresan a casa a dormir no me siento triste, siempre me alegro». Describió el asesinato de Patrice Lumumba, el del activista de los derechos civiles Medgar Evers, y el atentado de la Iglesia Bautista de la Calle 16ª en Birmingham (Alabama), como algunos de los pollos que habían llegado a casa a dormir.

Los comentarios de Malcolm X provocaron una protesta pública generalizada. La Nación del Islam, que había emitido un mensaje de condolencia a la familia Kennedy y ordenó a sus ministros no hacer comentarios sobre el asesinato, censuró públicamente a X. Aunque Malcolm X mantuvo su puesto y rango de ministro, se le prohibió hablar en público durante 90 días.

El 8 de marzo de 1964, Malcolm X anunció públicamente su ruptura con la Nación del Islam. Dijo que aún era musulmán, pero que la Nación había llegado «lo más lejos posible», debido a sus rígidas enseñanzas religiosas. Malcolm X anunció que iba a hacer una organización nacionalista negra que intentara «aumentar la conciencia política» de los afroamericanos. También expresó su deseo de trabajar con otros líderes de derechos civiles y dijo que Elijah Muhammad le había impedido hacerlo en el pasado.

En su autobiografía, Malcolm X dijo que una de las razones de la ruptura fue la creciente tensión entre él y Elijah Muhammad debido a su consternación ante los rumores de aventuras extramaritales de Muhammad con jóvenes secretarias. Estas acciones iban en contra de las enseñanzas de la Nación.

Aunque en un principio Malcolm no hiciera caso de los rumores, habló con el hijo de Muhammad y con las mujeres que hicieron las acusaciones. Llegó a creer que era verdad y el propio Muhammad confirmó los rumores en 1963. Muhammad trató de justificar sus acciones, haciendo referencia a los precedentes de los profetas bíblicos.

Otra razón fue la envidia, ya que Malcolm X se había convertido en el favorito de los medios de comunicación, y muchos en la sede de la Nación en Chicago sintieron que ensombrecía en exceso a Muhammad.

El libro de Louis Lomax sobre la Nación del Islam de 1963, titulado Cuando se da la palabra, incluyó una foto de Malcolm X en la portada y cinco de sus discursos, pero sólo una de Muhammad, lo que molestó mucho a éste. Muhammad también sintió celos porque el editor estaba interesado en la autobiografía de Malcolm X.

Tras abandonar la Nación del Islam, Malcolm X fundó la Muslim Mosque, Inc., una organización religiosa, y la Organización de la Unidad Afroamericana, un grupo secular que aboga por el nacionalismo negro. El 26 de marzo de 1964, se reunió con Martin Luther King Jr. en Washington D.C. tras una rueda de prensa que continuó con ambos asistiendo al discurso sobre la ley de los Derechos Civiles en el Senado. Ésta fue la única vez que coincidieron, y su reunión duró solo un minuto, tiempo suficiente para que los fotógrafos captaran una instantánea del momento.

En abril, Malcolm X pronunció un discurso titulado «El voto o la bala» en el que aconseja [a] los afroamericanos a ejercer su derecho al voto sabiamente. Varios musulmanes sunitas alentaron a Malcolm X a aprender sobre el Islam. Pronto se convirtió al sunismo, y decidió hacer su peregrinación a La Meca.

Peregrinación a La Meca

El 13 de abril de 1964, Malcolm X partió al Aeropuerto Internacional John F. Kennedy en Nueva York en dirección a Yida (Arabia Saudita). Su estatus como auténtico musulmán fue cuestionado por las autoridades sauditas a causa de su pasaporte estadounidense y su desconocimiento del idioma árabe. Dado que sólo se permite confesar musulmanes en La Meca, fue separado de su grupo y pasó unas 20 horas vistiendo el ihram, tradicional prenda de vestir de dos piezas sin coser que cubre el cuerpo.

Según la Autobiografía, Malcolm X vio un teléfono y recordó el libro El Mensaje Eterno de Muhammad de Abdul Rahman Hassan Azzam, que se le había sido obsequiado con su visado de aprobación. Malcolm llamó al hijo de Azzam, quien tramitó su puesta en venta. En la casa del joven Azzam, se reunió con Azzam Pasha, quien dio a Malcolm su suite en el Jeddah Palace Hotel.

A la mañana siguiente, Muhammad Faisal, hijo del príncipe Faisal, visitó e informó a Malcolm X de que iba a ser un huésped de estado. El subdelegado de protocolo acompañó a Malcolm al Hajj Court, donde se le permitió hacer su peregrinación.

El 19 de abril, Malcolm X concluyó el Hajj, dando las siete vueltas alrededor de la Kaaba, bebiendo del Pozo de Zamzam y corriendo a través de las colinas de Al-Safa y Al-Marwah siete veces. Según la Autobiografía, este viaje le permitió ver a los musulmanes de diferentes razas que interaccionan como iguales y llegó a creer que el Islam puede superar los problemas raciales.

Viajes internacionales – África

Malcolm X visitó África en tres ocasiones distintas, una en 1959 y dos veces en 1964. Durante sus visitas, se reunió con funcionarios, concedió entrevistas a periódicos, y habló en la radio y la televisión en Egipto, Etiopía, Tanganyika (ahora Tanzania), Nigeria, Ghana, Guinea, Sudán, Senegal, Liberia, Argelia y Marruecos. Kwame Nkrumah de Ghana, Gamal Abdel Nasser de Egipto, y Ahmed Ben Bella de Argelia invitaron a Malcolm X a servir en sus gobiernos.

En 1959, Malcolm X viajó a Egipto (entonces conocida como la República Árabe Unida), Sudán, Nigeria y Ghana para organizar una gira en honor a Elijah Muhammad.

El primero de los dos viajes de Malcolm X a África en 1964 se prolongó desde el 13 de abril hasta el 21 de mayo, antes y después de su peregrinación a La Meca. El 8 de mayo, tras su discurso en la Universidad de Ibadan, Malcolm X fue distinguido como miembro honorario de la Asociación de Estudiantes Musulmanes Nigerianos.

Durante este recibimiento los estudiantes le otorgaron el nombre de «Omowale», que significa «el hijo que ha llegado a casa» en el idioma yoruba. Malcolm X escribió en su autobiografía que «nunca recibió un honor tan preciado».

El 9 de julio de 1964, Malcolm X regresó a África, y el 17 de julio fue bienvenido en la segunda reunión de la Organización para la Unidad Africana en El Cairo como representante de la Organización para la Unidad Afro-Americana. En el momento en que regresó a los Estados Unidos el 24 de noviembre de 1964, Malcolm se había reunido con cada uno de los líderes destacados de África y estableció una conexión internacional entre los africanos en el continente y los de la diáspora.

Reino Unido

El 23 de noviembre de 1964, en su camino hacia Estados Unidos desde África, Malcolm se detuvo en París, donde habló en la Sala de la Mutualidad.

Una semana después, el 30 de noviembre, Malcolm X viajó al Reino Unido, donde participó en un debate en la Unión de Oxford el 3 de diciembre. El tema del debate fue «El extremismo en la Defensa de la Libertad no es un vicio; la moderación en la búsqueda de la justicia no es la virtud». El interés en el debate fue tan elevado que fue televisado a nivel nacional por la BBC.

El 5 de febrero de 1965, Malcolm X regresó a Europa. El 8 de febrero habló en Londres, antes de la primera reunión del Consejo de Organizaciones Africanas. Malcolm X trató de ir a Francia el 9 de febrero, pero se le negó la entrada.

El 12 de febrero visitó Smethwick, cerca de Birmingham, lugar que se había convertido en un sinónimo de la división racial después de las elecciones generales de 1964, cuando el Partido Conservador obtuvo el escaño parlamentario tras los rumores de que sus candidatos partidarios utilizaron el eslogan «Si quieres un negro para tu vecino, vota al Partido Laborista».

En Estados Unidos

Después de abandonar la Nación del Islam, Malcolm X habló ante un amplia variedad de público en los Estados Unidos, además de en reuniones de la Muslim Mosque, Inc. y de la Organización de la Unidad Afro-Americana. Fue uno de los oradores más solicitados en los campus universitarios, y uno de sus asesores principales subrayó que «aprovecha cada oportunidad para hablar con los estudiantes universitarios». Malcolm X también habló ante partidos políticos como el Partido Socialista Obrero.

Las tensiones entre Malcolm X y la Nación del Islam aumentaron. Ya en febrero de 1964, un miembro del Templo Número Siete había dado órdenes por parte de la Nación del Islam de conectar explosivos en el coche de Malcolm X.

El 20 de marzo de 1964, Life publicó una fotografía de Malcolm portando una Carabina M1 mientras miraba por una ventana. La imagen intentaba mostrar su decisión de defenderse a sí mismo y a su familia ante las amenazas de muerte que recibía.

La Nación del Islam y sus dirigentes comenzaron a amenazar [a] Malcolm X, tanto en privado como en público. El 23 de marzo de 1964, Elijah Muhammad le dijo al ministro de Boston Louis X (más tarde conocido como Louis Farrakhan) que hipócritas como Malcolm X deberían tener «la cabeza cortada».

La edición del 10 de abril del periódico Muhammad Speaks incluía una caricatura de la cabeza de Malcolm X cortada y rebotando contra el suelo. El 9 de julio, John Ali, uno de los principales asesores de Muhammad, respondió a una pregunta sobre Malcolm X diciendo que «cualquiera que se oponga al Honorable Elijah Muhammad pone en peligro su vida».

El 4 de diciembre figuró un artículo en el Muhammad Speaks de Louis X en el que hablaba en contra de Malcolm X y en el que declaraba que «un hombre como Malcolm es digno de muerte».

Algunas amenazas fueron hechas de manera anónima, y durante el mes de junio de 1964, la vigilancia del FBI registró dos amenazas. El 8 de junio, un hombre llamó a la casa de Malcolm y dijo a su mujer que «dicen de él que es tan bueno como hombre muerto». El 12 de junio, un informante del FBI informó de recibir una llamada telefónica anónima de alguien que dijo que «Malcolm X va ser liquidado».

En junio de 1964, la Nación del Islam puso una demanda reclamando la vivienda de Malcolm X en Queens (Nueva York). La demanda fue un éxito y Malcolm X recibió la orden de desocupar la casa. El 14 de febrero de 1965, la noche antes de una audiencia programada para aplazar la fecha de desalojo, la casa fue incendiada. Malcolm X y su familia sobrevivieron y nadie fue acusado de ningún delito.

Asesinato

El 21 de febrero de 1965, en el Audubon Ballroom de Manhattan, Malcolm X comenzó a hablar en una reunión de la Organización de la Unidad Afro-Americana, cuando estalló un alboroto entre la multitud. Un hombre gritó: «¡Negro!, quita las manos de mi bolsillo».

Los guardaespaldas de Malcolm acudieron para ver lo que ocurría mientras que otro hombre disparaba en el pecho a Malcolm con una escopeta recortada. Junto a otras dos personas le dispararon en 16 ocasiones. Uno de los asesinos fue capturado y golpeado por la muchedumbre, pero los demás lograron escapar. Malcolm X fue declarado muerto poco después de llegar al Centro Médico de la Universidad de Columbia.

Talmadge Hayer, un musulmán negro también conocido como Thomas Hagan, fue detenido en el momento. Los testigos identificaron dos sospechosos más, Norman 3X Butler y Thomas 15X Johnson, también miembros de la Nación del Islam. La ciudad cargó contra los tres hombres acusados en el caso.

En un primer momento Hayer negó toda participación, pero durante el juicio, confesó haber disparado a Malcolm X en el cuerpo, y declaró que Butler y Johnson no estuvieron presentes y no participaron en el asesinato, pero se negó a nombrar a los hombres que se habían unido a él en el tiroteo. Sin embargo, los tres hombres fueron condenados.

En 1977 y 1978, Hayer presentó dos actas notariales en las que reafirmaba su declaración de que Butler y Johnson no participaron en el asesinato. En sus declaraciones juradas, Hayer nombró a cuatro hombres, todos ellos miembros de la Nación del Islam del Templo Número 25 de Newark, que participaron con él en el crimen.

Hayer afirmó que un hombre, posteriormente identificado como Wilbur McKinley, gritó y arrojó una bomba de humo para crear distracción. Hayer dijo que otro hombre, posteriormente identificado como William Bradley, tenía una escopeta y fue el primero en abrir fuego contra Malcolm X tras la distracción.

Hayer afirmó que él y más tarde un hombre identificado como Leon David, ambos armados con pistolas, dispararon a Malcolm X inmediatamente después de la explosión de la escopeta. Hayer también dice que un quinto hombre, identificado más tarde como Benjamin Thomas, participó en la conspiración. Las declaraciones de Hayer no convencieron a las autoridades a reabrir la investigación del asesinato.

Butler, ahora conocido como Muhammad Abdul Aziz, recibió la libertad condicional en 1985 y se convirtió en el jefe de la mezquita de Harlem de la Nación del Islam en Nueva York en 1998, y siguió manteniendo su inocencia. Johnson, ahora conocido como Khalil Islam, fue puesto en libertad en 1987. Durante su tiempo en prisión, rechazó las enseñanzas de la Nación del Islam y se convirtió al sunismo. Él también sigue manteniendo su inocencia.

Thomas Hagan fue puesto en libertad condicional el 27 de abril de 2010 tras pasar 44 años en prisión.

Funeral

El número de personas que acudieron a la Unidad Funeraria de Harlem del 23 al 26 de febrero de 1965 se estimó entre 14.000 y 30.000. El funeral de Malcolm X se celebró el 27 de febrero en el Templo de la Fe, en la Iglesia de Dios en Cristo, en Harlem. La Iglesia tenía una capacidad para más de 1.000 personas, y además se colocaron altavoces fuera del templo y un canal de televisión local emitió en directo el funeral.

Líderes de los derechos civiles como John Lewis, Bayard Rustin, James Forman, James Farmer, Jesse Gray y Andrew Young estuvieron presentes, además del actor y activista Ossie Davis, quien pronunció el elogio, describiéndole como «nuestro brillante príncipe negro».

Aquí, en esta hora final, en este lugar tranquilo, Harlem ha venido a despedirse de una de sus más brillantes esperanzas, que ahora ha sido extinguida, que nos ha sido arrebatada para siempre. En toda su historia, esta asediada, desgraciada, pero sin embargo, orgullosa comunidad, jamás había tenido a un joven campeón más valiente que este afroamericano que yace ante nosotros y sigue invicto. Y repetiré la palabra como él querría que lo hiciese: afroamericano. Malcolm era afroamericano. Malcolm había dejado de ser negro años atrás. Se había convertido en una palabra demasiado pequeña, demasiado débil e insignificante para él. Malcolm era más grande que eso. Malcolm se había convertido en un afroamericano y deseaba desesperadamente que nosotros, que todo su pueblo, nos convirtiésemos también en afroamericanos.

Aún existen quienes siguen considerando que es su deber, como amigos del «pueblo negro», decirnos que le repudiemos, que huyamos aún de la presencia de su recuerdo, para salvarnos a nosotros mismos borrándole de la historia de nuestros tiempos turbulentos. Y nosotros sonreiremos. Ellos dirán que estaba lleno de odio, un fanático, un racista que solo podía traer el mal a la causa por la que lucháis. Y nosotros contestaremos y les diremos: ¿Alguna vez hablaste con el hermano Malcolm? ¿Alguna vez le tocaste o conseguiste que te sonriera? ¿Le escuchaste alguna vez de verdad? ¿Estuvo personalmente asociado alguna vez con la violencia o con cualquier disturbio público?, porque si lo hubieras hecho le conocerías, y de haberlo conocido, sabrías porqué debemos honrarle. Malcolm fue nuestro orgullo, nuestro orgullo negro viviente, éste es el significado que ha tenido para su pueblo. Y al honrarle a él, honramos lo mejor de nosotros mismos. No importa cuánto hayamos diferido de él, o entre nosotros, sobre su valor como hombre. Dejemos que su partida sirva tan solo para acercarnos los unos a los otros. Entregando sus restos mortales a la Tierra, la madre común de todos. Seguros en el conocimiento de que lo que entregamos a la Tierra ya no es un hombre, sino una semilla que tras el invierno de nuestro descontento resurgirá para encontrarnos. Y entonces le reconoceremos por lo que fue y es: Un príncipe. Nuestro propio y resplandeciente príncipe negro, que no titubeó en morir porque hasta tal punto nos amó.

Malcolm fue enterrado en el Cementerio Ferncliff en Hartsdale (Nueva York). En el lugar de la tumba, tras la ceremonia, sus amigos cogieron las palas y terminaron el entierro ellos mismos. La actriz y activista Ruby Dee (esposa de Ossie Davis) y Juanita Poitier (esposa de Sidney Poitier), establecieron el Comité de Madres Afectadas para recaudar fondos para comprar una casa y pagar los gastos de educación de la familia de Malcolm X.

Reacciones a su muerte

Las reacciones al asesinato de Malcolm X fueron variadas. Martin Luther King envió un telegrama a Betty Shabazz expresando su tristeza por «el sorprendente y trágico asesinato de su homólogo.»

Aunque no siempre coincidimos en los métodos para resolver los problemas de la raza, siempre tuve un profundo afecto por Malcolm y considero que tenía una gran habilidad para poner el dedo sobre la existencia y la raíz del problema. Fue un elocuente portavoz de su punto de vista y nadie puede dudar honestamente de que Malcolm tuvo una gran preocupación por los problemas a los que nos enfrentamos como raza. Aunque sé que este es un momento difícil para usted, estoy seguro de que Dios le dará fuerza para soportarlo. Le recordaré en mis oraciones y que, por favor, sepa que tiene mi más sentido pésame. Considéreme siempre un amigo y si puedo hacer algo para aliviar la pesada carga que se ve obligada a llevar en este momento, por favor, siéntase libre de llamarme.

Elijah Muhammad dijo en la convención del Día del Salvador del 26 de febrero, que Malcolm «tiene justo lo que él predicó».

El The New York Times escribió que Malcolm X fue «un hombre extraordinario y retorcido» que «desaprovechó extraña y lastimosamente su vida». El New York Post publicó que «incluso sus críticos más agudos reconocieron su brillantez -a menudo salvaje, imprevisible y excéntrico, pero, sin embargo, poseyendo la promesa que ahora sigue sin realizarse».

La prensa internacional, en particular de África, fue compasiva. El Daily Times de Nigeria escribió que Malcolm X «tendrá un lugar en el palacio de los mártires». El Times de Ghana le comparó con John Brown y Patrice Lumumba entre «una multitud de africanos y americanos que fueron martirizados en la causa de la libertad». El Guangming Daily de Pekín afirmó que «Malcolm fue asesinado porque luchó por la libertad y la igualdad de derechos». En Cuba, El Mundo describió el asesinato como «otro crimen racista para erradicar por la violencia la lucha contra la discriminación.»

Acusaciones de conspiración

A los pocos días del asesinato, se plantearon dudas sobre en quién recaía la máxima responsabilidad. El 23 de febrero, James Farmer, líder del Congreso de Igualdad Racial, anunció en una conferencia de prensa que los traficantes de droga locales, no los musulmanes negros, eran los culpables. Otros acusaron al Departamento de Policía de Nueva York, al FBI, o la CIA, citando la falta de protección policial y la facilidad con que los asesinos entraron en el Audubon Ballroom.

En la década de 1970 se dio a conocer el COINTELPRO y otros programas secretos del FBI cuyo propósito era investigar y desbaratar organizaciones de los derechos civiles durante los años 1950 y 1960.

John Ali, secretario nacional de la Nación del Islam, fue identificado como un agente encubierto del FBI. Malcolm confesó a un periodista que Ali había agravado las tensiones entre él y Elijah Muhammad. Consideró a Ali su «archienemigo» dentro del liderazgo Nación del Islam. El 20 de febrero de 1965, la noche antes del asesinato de Malcolm, Ali se reunió con Talmadge Hayer, uno de los hombres condenados por el crimen.

Algunos, incluida la familia Shabazz, acusaron a Louis Farrakhan de estar involucrado en el complot para asesinar a Malcolm X. En un discurso de 1993 en el templo de la Nación del Islam en Chicago, Louis Farrakhan parecía jactarse del asesinato y reconocer la responsabilidad de la Nación:

Si actuamos con él como una nación lidia con un traidor, ¿a quién diablos le interesa? Una nación tiene que ser capaz de tratar con traidores y asesinos y renegados.

En 1995, Qubilah Bahiyah Shabazz, hija de Malcolm, fue detenida por participar en un complot para asesinar a Farrakhan.

En una entrevista en el programa de televisión 60 minutos en el año 2000, Farrakhan dijo que algunas de las cosas que dijo pudieron haber conducido al asesinato de Malcolm X. Dijo: «Yo podría haber sido cómplice por lo que dije. Lo reconozco, y lamento que cualquier palabra que dije causara la pérdida de un ser humano».

Pocos días después, Farrakhan negó haber «ordenado el asesinato de Malcolm X», aunque reconoció de nuevo que «creé una atmósfera que, en última instancia, condujo al asesinato de Malcolm X».

Filosofía

A excepción de su autobiografía, Malcolm X no dejó escritos. Su filosofía se conoce casi en su totalidad debido a la multitud de discursos y entrevistas que dio desde 1952 hasta su muerte en 1965. Muchos de los discursos, especialmente desde el último año de su vida, se grabaron y fueron publicados.

Creencias de la Nación del Islam

Antes de abandonar la Nación del Islam en 1964, Malcolm X enseñó sus creencias en sus discursos. Éstos solían contener la frase «El Honorable Elijah Muhammad nos enseña que…». Es prácticamente imposible discernir si las creencias de Malcolm X divergieron de las enseñanzas de la Nación del Islam. En una ocasión Malcolm X se comparó a él mismo con un muñeco de ventrílocuo que sólo podía decir lo que Elijah Muhammad le había dicho.

Malcolm X dijo que las personas negras eran las personas originarias del mundo, y que los blancos eran una raza de diablos que fueron creados por un malvado científico llamado Yakub. La Nación del Islam creía que la gente negra era superior a la gente blanca, y que la desaparición de la raza blanca era inminente.

Cuando fue interrogado acerca de sus declaraciones de que los blancos eran diablos, Malcolm X dijo que «la historia demuestra que el hombre blanco es un diablo». Enumeró algunas de las razones históricas que, a su juicio, apoyaban su argumento: «Cualquiera que viole, y saquee, y esclavice, y robe, y lance bombas en pueblos… cualquiera que haga estas cosas no es más que un diablo».

Malcolm X dijo que el islam era la «verdadera religión de la humanidad negra», y que el cristianismo era «la religión del hombre blanco» que había sido impuesta a los afroamericanos por sus amos. Dijo que la Nación del Islam seguía al Islam de la misma manera que se practica en todo el mundo, pero las enseñanzas de la Nación variaban de las de los otros musulmanes, debido a que estaban adaptadas a la «únicamente lamentable» condición de gente negra en América. Él enseñó que Wallace Fard Muhammad, el fundador de la Nación, era Alá, y que Elijah Muhammad era su Mensajero o profeta.

Si bien el movimiento por los derechos civiles luchaba contra la segregación racial, Malcolm X estaba a favor de la completa separación de los afroamericanos de los blancos. La Nación del Islam propuso la creación de un país para las personas negras en el sur de Estados Unidos como una medida provisional hasta que los afroamericanos pudieran regresar a África. Malcolm X también rechazó la estrategia del movimiento de los derechos civiles de la no violencia y en su lugar recomendó a la gente negra usar cualquier medio necesario para protegerse a sí mismos.

Opiniones independientes

Después de que abandonara la Nación del Islam, Malcolm X comenzó a articular sus propias opiniones. Durante el último año de su vida, su filosofía fue flexible, y es difícil de categorizar sus opiniones sobre algunos temas. Algunos de los temas a los que Malcolm X volvió con frecuencia en sus discursos demostraron una relativa consistencia de pensamientos.

Tras dejar la Nación, Malcolm X anunció su voluntad de trabajar con los líderes del movimiento por los derechos civiles, aunque, sin embargo, consideraba que el movimiento por los derechos civiles debía cambiar su enfoque a los derechos humanos.

Siempre que el movimiento siguiera una lucha por los derechos civiles, la lucha seguía siendo una cuestión interna. Pero, en cambio, una lucha afroamericana por la igualdad de derechos como una lucha por los derechos humanos, se podía convertir en un problema internacional y llevar a la denuncia del movimiento ante las Naciones Unidas. Malcolm X pidió a los países emergentes del mundo su apoyo a la causa de los afroamericanos.

Malcolm X siguió opinando que los afroamericanos tenían derecho de defenderse de los agresores, argumentando que si el gobierno no quería o no podía proteger a las personas negras, debían protegerse a sí mismos «por cualquier medio necesario».

También continuó rechazando la no violencia como el único medio para garantizar la igualdad, declarando que él y los demás miembros de la Organización de la Unidad Afroamericana estaban decididos a ganar la libertad, la justicia y la igualdad «por cualquier medio necesario».

Malcolm X hizo hincapié en la perspectiva global que había adquirido de sus viajes internacionales. Enfatizó en la «conexión directa» entre la lucha nacional de los afroamericanos por la igualdad de derechos con las luchas de liberación de las naciones del Tercer Mundo. Dijo que los afroamericanos tenían razón cuando pensaban en sí mismos como una minoría; en un contexto mundial, las personas negras eran una mayoría, no una minoría.

A pesar de que ya no pedía la separación de los negros de los blancos, Malcolm X siguió abogando por el nacionalismo negro, que él definía como la autodeterminación para la comunidad afroamericana. En los últimos meses de su vida, sin embargo, Malcolm X comenzó a reconsiderar su apoyo al nacionalismo negro tras encontrarse con que los revolucionarios de África del Norte eran blancos.

Después de su peregrinación a La Meca, Malcolm X expresó una opinión sobre la gente blanca y el racismo que representaba un profundo cambio en su filosofía en relación a cuando era ministro de la Nación del Islam. En una famosa carta de La Meca, escribió que la gente blanca que había conocido durante su peregrinación le había obligado a «cambiar» su pensamiento sobre la raza y a «echar a un lado algunas de [sus] conclusiones anteriores».

En una conversación de 1965 con Gordon Parks, dos días antes de su asesinato, Malcolm dijo:

Escuchar a líderes como Nasser, Ben Bella y Nkrumah han hecho darme cuenta de los peligros del racismo. Me di cuenta que el racismo no es sólo un problema de blancos y negros. Existen baños de sangre en todas las naciones de la tierra en un momento u otro.

Hermano, ¿recuerdas el momento en el que una chica universitaria blanca entró en el restaurante con el propósito de ayudar a reunir a los musulmanes negros y a los blancos, y yo le dije que no había ninguna remota posibilidad y se fue llorando? Bien, he vivido para lamentar aquel incidente. En muchas partes del continente africano vi a estudiantes blancos ayudar a la gente negra. Algo como esto mata un montón de argumentos. Hice muchas cosas como musulmán negro de las que ahora me lamento. Yo era un zombi por entonces, como todos los musulmanes negros. Estaba hipnotizado. Bueno, supongo que un hombre tiene derecho a hacer el ridículo si está dispuesto a pagar el coste. Esto me costó 12 años.

Esa fue una mala escena, hermano. La enfermedad y la locura de aquellos días… me alegro de estar libre de ellos.

Legado

Malcolm X ha sido descrito como uno de los mayores y más influyentes afroamericanos en la historia. Se le acredita el aumento de la autoestima de los estadounidenses negros y volver a conectarles con sus herencias africanas. Es el responsable de la propagación del islam en la comunidad negra de los Estados Unidos.

Muchos afroamericanos, especialmente los que vivían en ciudades del norte de Estados Unidos, consideraron que Malcolm X expresaba mejor sus quejas con respecto a la desigualdad que el movimiento por los derechos civiles. Un biógrafo dice que, al expresar su frustración, Malcolm X «dejaba claro el precio que tenían que pagar los americanos blancos si no accedían a las legítimas demandas de los negros».

A finales de la década de los 60, se convirtió más radical como activista, y sus enseñanzas fueron parte de los cimientos sobre los que construyeron sus movimientos. Los movimientos Black Power y Black Arts Movement, y la adopción generalizada del eslogan «Lo negro es bello», se remontan a las raíces de Malcolm X.

Durante finales de los 80 y principios de los 90, hubo un resurgimiento de interés en Malcolm X entre los jóvenes de combustible impulsado por los jóvenes, en parte, por su uso como un icono de los grupos de hip-hop como Public Enemy. Imágenes de Malcolm X se podían encontrar en camisetas y chaquetas. Esta ola llegó a su punto álgido en 1992 con el lanzamiento de Malcolm X, una esperada película adaptada de la Autobiografía de Malcolm X.

Malcolm X House Site

El Malcolm X House Site, situado en la 3448 Pinkney Street en el norte de Omaha (Nebraska), es el lugar en el que Malcolm Little vivió sus primeros años con su familia. La casa donde vivía la familia Little fue derribada en 1965 por los propietarios que no sabían de su relación con Malcolm X.

El lugar se incluyó en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1984, y un histórico indicador identifica el terreno debido a la importancia de Malcolm X en la historia americana y la cultura nacional. En 1987, el lugar fue añadido al registro de sitios históricos de Nebraska y se marcó con una placa de estado.

Representaciones de Malcolm X en el cine y en el escenario

La película Malcolm X de 1992 fue dirigida por Spike Lee y está basada en la Autobiografía de Malcolm X. Fue protagonizado por Denzel Washington, Betty Shabazz por Angela Bassett y Elijah Muhammad por Al Freeman, Jr. Tanto el crítico Roger Ebert como el director Martin Scorsese nombraron a la película una de los diez mejores de la década de 1990.

Washington ya actuó con el papel de Malcolm X en 1981 en Off Broadway en la obra When the Chickens Came Home to Roost. Otros actores que han representado a Malcolm X son:

  • James Earl Jones, en la película de 1977 The Greatest.
  • Dick Anthony Williams, en la miniserie de televisión de 1978 King y en la producción de Jeff Stetson The Meeting de la serie American Playhouse en 1989.
  • Al Freeman, Jr., en la miniserie de televisión de 1979 Roots: The Next Generations.
  • Morgan Freeman, en la serie de 1981 Death of a Prophet.
  • Ben Holt, en la ópera de 1986 X (The Life and Times of Malcolm X).
  • Gary Dourdan, en la serie de 2000 King of the World.
  • Joe Morton, en la serie de 2000 Ali: An American Hero.
  • Mario Van Peebles, película de 2001 Ali.

Escuelas y calles nombradas en honor a Malcolm X

Docenas de escuelas han sido nombradas en honor a Malcolm X, incluidos el Malcolm X Shabazz High School en Newark (Nueva Jersey), el Malcolm Shabazz City High School en Madison (Wisconsin), y el Malcolm X College en Chicago (Illinois).

También muchas calles han sido renombradas tras Malcolm X. En Nueva York, la Avenida Lenox pasó a denominarse Malcolm X Boulevard a finales de los años 80. El nombre de la calle Reid, en Brooklyn (Nueva York), se cambió por el de Malcolm X Boulevard en 1985. En 1997, la Avenida Oakland en Dallas (Texas), fue renombrada a Malcolm X Boulevard.

Malcolm X & Dr. Betty Shabazz Memorial & Educational Center

En 2005, la Universidad de Columbia anunció la apertura del Malcolm X & Dr. Betty Shabazz Memorial & Educational Center, localizado en el Audubon Ballroom, donde Malcolm X fue asesinado.


Malcolm X (I): Nacido en un mundo blanco

E. J. Rodríguez – Jotdown.es

El precio de la libertad es la muerte (Malcolm X).

El 21 de febrero de 1965, Malcolm X, uno de los más relevantes líderes sociales de los Estados Unidos de América, se disponía a pronunciar un discurso ante varios cientos de personas.

Llevaba meses recibiendo amenazas de muerte, en su mayoría provenientes de miembros y simpatizantes de la Nación del Islam, grupo al que Malcolm X había pertenecido durante dieciséis años. Había abandonado la Nación meses antes y en mitad de una enorme polémica; sabía perfectamente que sus antiguos compañeros lo veían ahora como un traidor y admitió públicamente que no descartaba la posibilidad de terminar sus días asesinado.

Supo, por ejemplo, que habían planeado poner una bomba en su coche. Aunque el incidente más grave se había producido una noche mientras su familia y él dormían, cuando varios desconocidos prendieron fuego a su casa y salieron ilesos de milagro.

Pese a estos incidentes, Malcolm X no quería modificar su agenda en función de las amenazas de sus enemigos fanáticos. No quería vivir con miedo, o no quería vivir de manera que los demás percibieran que tenía miedo. Malcolm X jamás se había arrodillado ante nadie y el día de su último discurso no iba a ser una excepción.

Cuando estaba ya frente al atril para comenzar a hablar, dos hombres iniciaron una trifulca entre el público. Aquello parecía una pelea espontánea, pero en realidad se trataba de una acción cuidadosamente planeada para atraer la atención de los guardaespaldas, que se acercaron para intentar detener el altercado, dejando el escenario sin vigilancia.

Mientras, otros tres hombres se acercaron al estrado armados con una escopeta recortada y pistolas automáticas. Apuntaron a Malcolm X. Él los vio, pero no tuvo tiempo de reaccionar: un primer disparo de escopeta en el pecho le hizo caer de espaldas («no se dobló, cayó recto, tal y como había estado de pie», recordaría su mujer). Una vez en el suelo, siguieron acribillándolo a balazos. En total fue alcanzado por once disparos de pistola y diez fragmentos de metralla de escopeta.

Todo ante la mirada aterrorizada de sus hijas -de siete, cinco y dos años de edad- que estaban sentadas en primera fila junto a su madre. Malcolm X no sobrevivió al atentado. Tenía treinta y nueve años.

Dos de los tres asesinos fueron detenidos y un tercero estaba siendo linchado por la multitud cuando llegó la policía para salvarle la vida in extremis.

No sabemos con seguridad quién ordenó el asesinato y existen diversas teorías al respecto, pero la Nación del Islam sigue siendo señalada como la principal responsable. De hecho, los tres asesinos fueron identificados como miembros.

En todo caso, la muerte de Malcolm X fue el precio a pagar por haber renegado de la facción más extremista de la lucha por los derechos de los negros estadounidenses, decepcionado por la deriva corrupta de la organización.

Tan solo unos meses antes, Malcolm X había experimentado un renacer espiritual y su pensamiento había empezado a bascular hacia posiciones más moderadas y flexibles: aquel giro pudo haber hecho de él un personaje todavía más importante a nivel estadounidense y mundial.

Tenía todas las cualidades para ello y estaba al borde de transformarse en un líder modélico, tras muchos años de defender un mensaje cuestionable en el que terminó dejando de creer. Pero su destino ya estaba escrito: en cuanto había decidido actuar de acuerdo a los dictados de su conciencia aunque estos chocasen con los intereses de sus antiguos correligionarios, sus días pasaron a estar automáticamente contados. Toda su inteligencia, su oratoria y su experiencia fueron desperdiciadas en aquel asesinato. Malcolm X desapareció justo cuando podía haberle ofrecido más cosas al mundo.

Los hombres blancos que mataron a papá

Treinta y cuatro años antes, cuando Malcolm Little -nombre de nacimiento de Malcolm X- tenía solamente seis años, su padre había muerto en circunstancias también violentas.

Earl Little llevaba una granja en Michigan junto a su mujer Louise. Era un hombre dinámico y emprendedor que había hecho frente a numerosas dificultades para sacar adelante a sus siete hijos. Además, era muy activo en la defensa de los derechos de los negros y de los trabajadores, lo cual, claro, le había causado no pocos problemas.

La familia era originaria de Omaha, donde Malcolm nació, pero su anterior hogar había sido incendiado durante la noche por miembros del Ku Klux Klan. Se mudaron a Michigan. Allí volvieron a recibir amenazas y su nueva casa fue también incendiada, también durante la noche y con toda la familia durmiendo dentro; una vez más, fue un milagro que nadie muriese entre las llamas y el humo. Pero Earl Little no estaba dispuesto a acobardarse. Ya se había marchado una vez de su hogar; no podía pasarse la vida huyendo.

No tendría ocasión de huir, de todos modos. Un día, mientras estaba en la ciudad recolectando pagos aplazados de algunos clientes, un tranvía lo arrolló, seccionando sus piernas y destrozando varias partes de su cuerpo. Murió al instante.

No hubo investigación sobre un posible asesinato pese a que era bien sabido que sobre él pesaban numerosas amenazas de muerte del Ku Klux Klan local. Así que nadie se tragó la versión policial que hablaba de «accidente». El mayor de los hijos de Earl recordaría más adelante que su padre había sido «arrojado bajo el tranvía».

Pero no había nada que hacer. Su viuda, Louise, se quedó sola en su reclamación de que se investigase más a fondo y la policía archivó el asunto sin más pesquisas. La compañía de seguros alegó posible suicidio. Y eso que Earl Little ni siquiera era el primero en su casa en conocer un final trágico: tres de sus hermanos habían sido asesinados a sangre fría por el Ku Klux Klan, y un cuarto fue ejecutado durante un linchamiento. Ahora también él estaba muerto y a las autoridades les importaba bien poco.

Louise, sola con sus siete hijos, se vio enfrentada a multitud de obstáculos, ante los que empezó a sentirse progresivamente empequeñecida. Por un lado los problemas económicos: aunque era una mujer cultivada, carecía del espíritu emprendedor y la habilidad para llevar el negocio que había tenido su marido. Incapaz de responder a las crecientes deudas tuvo que alquilar parte de su propiedad y aun así los Little se vieron condenados a vivir prácticamente en la pobreza.

Por otra parte, su creciente dificultad para disciplinar ella sola a sus hijos originó otra amenaza en el horizonte: que las autoridades le retirasen la custodia. Débil, asustada y sometida a enormes presiones durante varios años, acabó padeciendo una severa crisis psicológica que la llevaría a ser ingresada en un hospital psiquiátrico. Se le retiró definitivamente la custodia de sus siete hijos, que fueron inmediatamente repartidos por distintas casas de acogida. Malcolm Little tenía por entonces trece años. No volvería a ver a su madre en más de dos décadas.

Crecer contemplando cómo su familia era progresivamente destruida no le hizo perder ánimos de cara al futuro. Al menos no inmediatamente. Viviendo como huérfano en un vecindario donde era el único niño negro, se integró relativamente bien, aunque ya adulto reviviría aquel periodo con amargura: «era el único negro, así que me tenían como mascota».

Pero por entonces no se sentía particularmente discriminado; es más, podía llegar a liderar algunos juegos en el barrio y también se aplicaba en la escuela, sacando buenas notas y destacando por su aguda inteligencia.

Pronto descubrió su primera vocación; quizá porque había visto tantos problemas de violencia y conflictos legales en torno a su familia, decidió que quería ser abogado. Sin embargo, uno de sus profesores -blanco, como el resto de la gente de su nuevo entorno- cortó de cuajo sus esperanzas y le despojó de sus sueños de la manera más brutal: «desengáñate, Malcolm, y sé realista: nunca podrás ser abogado. Deberías buscar un trabajo más propio para un negro».

El profesor, detalle que Malcolm X recordaría más adelante con viveza, utilizó el término nigger («negrata»), con el que todos se referían a él en la escuela. Término del que Malcolm había llegado a olvidar el trasfondo despectivo, considerándolo casi un apodo cariñoso.

Las palabras de su profesor, lógicamente, asestaron un golpe definitivo en su autoestima: Malcolm Little se convenció de que nunca podría cumplir sus objetivos mediante el estudio en una sociedad gobernada por blancos, y supo que nunca podría llegar a donde sí llegarían sus compañeros de clase, todos de piel clara. Desgraciadamente había buenos motivos para que pensase así, dado que la segregación era endémica en los Estados Unidos y salvo raras excepciones los negros tenían las puertas cerradas en determinados ámbitos profesionales; particularmente todos los que implicasen buenas ganancias, respetabilidad y cierta cuota de poder.

Al año siguiente, Malcolm hizo caso a su profesor: dejó de interesarse por los estudios y empezó a buscarse trabajos de poca monta. Pasó buena parte de su adolescencia viviendo con su hermanastra en Boston y ejerciendo como cocinero en el restaurante de un tren. Restaurante donde, por descontado, los únicos negros estaban en la cocina o ejerciendo como camareros. Nunca como clientes.

La breve aventura delictiva de Detroit Red

Haber sido un criminal no es una vergüenza. Continuar siendo un criminal, esa sería la vergüenza. Yo fui un criminal. Estuve en prisión. Pero no me avergüenzo por ello. No pueden usar eso contra mí. Están usando el palo equivocado para intentar pegarme. Ni siquiera noto los golpes.

Tras varios años de fregar platos y servir desayunos, Malcolm Little se cansó de estar al servicio de los blancos a cambio de un mísero sueldo. Terminó de convencerse de que aquello no era futuro para él cuando entró en contacto con gente de los bajos fondos y descubrió que podía ganar dinero mucho más rápidamente ejerciendo diversas actividades delictivas.

Se estableció en Harlem, Nueva York, y formó una pandilla con un amigo negro y sus respectivas novias, ambas de raza blanca. Liderados por Malcolm, se dedicaban fundamentalmente a la estafa y el robo. Empezó a consumir cocaína, droga por la que desarrolló una fuerte adicción.

Por entonces todos le llamaban «Red» a causa de su pelo de tono rojizo, herencia de un abuelo biológico escocés, aunque era una herencia de la que no se sentía particularmente orgulloso: «mi cabello rojo era el recordatorio de que mi abuela había sido violada por un blanco». Por entonces era un adolescente despreocupado, irresponsable y mujeriego que vestía de forma estrafalaria, con los trajes coloridos y sombreros de ala muy ancha que gustaban a los jovenzuelos de la calle, quienes se hacían llamar hustlers.

Se acostumbró pronto a su nueva y cómoda vida, contento por no tener que trabajar. Pero un día todo corrió el peligro de venirse abajo: los Estados Unidos habían entrado en la II Guerra Mundial y a Malcolm Little le llegó una carta de la oficina de reclutamiento (por descontado, los negros sí eran ciudadanos de pleno derecho cuando se trataba de ir al frente).

Decidido a no ser alistado, hizo gala de toda su astucia durante el examen psicológico previo. Aunque muchos reclutas intentaban fingir locura -y casi nunca con éxito- él se las arregló para ser declarado «no apto». ¿Qué dijo durante la entrevista? Pues que su mayor ambición en la vida era reunir un ejército de negros para matar a todos los blancos que se cruzasen en su camino.

Naturalmente, los doctores que hacían la revisión no quisieron hacerse responsables de enviar a semejante individuo al frente, donde estaría con un fusil en las manos, mucha munición a su disposición, rodeado de blancos y con numerosas posibilidades de ejecutar sus planes de venganza racial haciendo creer que sus compañeros habían muerto a manos de los alemanes. Sonriente, Malcolm Little salió del despacho de los doctores con su exención sellada por el Gobierno.

Aunque había evitado la leva, su carrera delictiva no iba a durar mucho más. Al poco de cumplir los veinte años y tras una serie de robos en domicilios y estafas de diverso tipo, fue detenido junto al resto de su pandilla. Ninguno de los cuatro tenía antecedentes penales. A los cuatro se los había detenido y acusado a raíz de unos mismos delitos probados. Pero mientras las dos chicas blancas salían del tribunal con una condena menor, los dos chicos negros fueron condenados a diez años de prisión.

La policía había presionado a las chicas para que declarasen que los dos negros las habían inducido a convertirse en criminales. Ellas así lo afirmaron, haciendo que Malcolm se sintiera traicionado… aunque podía haber sido peor: los agentes también intentaron que las chicas acusaran a sus dos compañeros de violación, pero ellas se negaron a llegar tan lejos. Así pues, Malcolm Little fue enviado a la cárcel con la perspectiva de vivir en una celda durante diez años, hasta que cumpliese los treinta.

El Malcolm Little que entró en prisión era, según su propio recuerdo, «ineducado e ignorante». Resentido, malcarado y descreído de todo, el resto de presos se refería a él como «Satán», sobre todo por su costumbre de blasfemar y lo que uno de sus hermanos definía como «una profunda aversión a la religión».

En realidad, el joven Malcolm estaba sufriendo una severa crisis de identidad. Proveniente de una familia destrozada por el racismo, desanimado de proseguir los estudios por ese mismo racismo, condenado a una existencia servil o a la única vida alternativa como delincuente, traicionado por su novia blanca y condenado a pasar diez años en una celda, sin perspectiva alguna de futuro y -lo que en aquel momento le parecía peor- sin drogas que le ayudasen a pasar el mal trago, Malcolm Little acumuló más que considerables motivos para deprimirse.

Sin embargo, en la prisión encontró inesperadamente el camino hacia la reforma; un preso de más edad se fijó en sus visibles aptitudes y le aconsejó que en lugar de vegetar en su celda y lamentarse, utilizase aquellos años en prisión para intentar mejorar. Le animó a leer y a educarse. Malcolm recordó su largamente perdida pasión por el estudio y empezó a leer cuanto caía en sus manos: política, filosofía, literatura clásica, historia… estudió en profundidad la Biblia, el Corán y diversos textos religiosos y teológicos. Incluso estudió el diccionario, que repasó cuidadosamente de principio a fin, anotando todo aquello que le llamaba la atención y adquiriendo un amplísimo vocabulario por el camino.

Así, día tras día, hasta que al cabo de unos pocos años de encierro Malcolm Little ya no se parecía en nada al joven delincuente «ineducado e ignorante». Se transformó en un hombre culto y elocuente. Desarrolló un nivel tan alto de articulación de discurso que se convirtió en la gran estrella del equipo penitenciario de debates, llegando a impresionar a los prestigiosos equipos de debate de Harvard y Princeton, que ocasionalmente visitaban la cárcel. «Hasta entonces muy pocos presos se habían interesado por los debates» -recordaría más adelante un funcionario de la prisión- «pero cuando Malcolm participaba, todos los que podían acudían para ver el espectáculo».

Un hombre llamado Malcolm X

El preso que tanto le había animado a leer y estudiar tenía otros intereses hacia él, aparte del de compartir conocimientos. Pertenecía a una organización llamada la Nación del Islam, por entonces desconocida, que contaba con apenas unos cientos de seguidores. Sus ánimos para que Malcolm se educase formaban parte de un ejercicio de proselitismo: quería captarlo para su organización, y lo logró.

En ciertos aspectos la ideología de la Nación recordaba vagamente al nacionalismo negro de Marcus Garvey, el primer líder negro en organizar un verdadero movimiento político masivo en defensa de su raza, del que los padres de Malcolm habían sido fervientes simpatizantes y defensores. Por ejemplo, al igual que Garvey, en la Nación del Islam pensaban que los negros no tendrían nunca un lugar en los Estados Unidos.

Pero mientras Garvey había propuesto que la solución consistía en regresar a África, la Nación del Islam abogaba por que Washington cediese a los negros una parte del territorio estadounidense para fundar una nueva nación donde pudiesen vivir según sus propias leyes, sin la intervención de los mismos blancos que algunas generaciones atrás los habían mantenido como esclavos y que ahora seguían viéndolos como siervos.

En la Nación también promulgaban la necesidad de que los negros se preparasen intelectualmente para desprender una imagen de dignidad y seguridad en sí mismos, una imagen que desafiase los prejuicios de los blancos. Además se sometían a estrictas normas de comportamiento, algunas tomadas del credo musulmán -como evitar beber alcohol o comer cerdo- y otras de cosecha propia, como la renuncia a mantener todo contacto sexual con mujeres blancas.

Estos conceptos atrajeron a Malcolm Little, quien finalmente encontraba un ideario que parecía responder a muchas de sus dudas y preguntas, que daba sentido a su vida. El daño que los blancos le habían hecho a su familia y a él mismo, encontraba finalmente un significado. La Nación del Islam lo explicaba en un contexto histórico: el propósito de los blancos había sido, durante cuatro siglos, el de esclavizar y humillar a los negros; nunca habían mostrado otra intención y todo el sistema social blanco estaba diseñado para seguir cumpliendo ese propósito maligno. Era hora de levantarse y rebelarse.

Pero en la Nación iban todavía más lejos: criticaban el que los negros se convirtiesen al cristianismo -aunque, como el resto de musulmanes, aceptaban la Biblia y a Jesús como profeta- y proclamaban que el Islam era la religión natural de los negros. También afirmaban que la raza negra era la original en la Tierra, una raza intrínsecamente superior a la raza blanca. El hombre blanco era un «diablo» cuyo reinado estaba a punto de terminar. Y creían que Dios, por descontado, era negro.

A Malcolm Little le costó superar la reluctancia inicial ante algunas de estas ideas, como la creencia de que los blancos fuesen «diablos», pero terminó adoptándolas como propias porque había otras que resultaban más fáciles de asimilar y en las que veía mucho sentido histórico. Por ejemplo, el que Jesús fuese falsamente representado por el cristianismo como un hombre blanco, cuando en realidad debió ser similar a cualquier otro hebreo palestino de la época -piel cobriza, cabello ensortijado, rasgos semitas- habiendo incluso indicios de ello en la Biblia.

A Malcolm le resultaba fácil identificar estas manipulaciones como parte de la tendencia de la raza blanca a considerarse superior y actuar en consecuencia. Así pues, primero le atrajeron las ideas políticas; más tarde, a despecho de haber sido ateo durante su primera juventud, terminó sintiéndose atraído por el credo religioso de la Nación. Finalmente se convirtió.

La Nación del Islam era, en realidad, más parecida a una secta religiosa que a una organización política como la de Marcus Garvey. La Nación se basaba en el culto a la personalidad de su líder, Elijah Muhammad, un iluminado al que sus fieles consideraban mensajero directo de Alá.

En prisión, Malcolm Little adoptó todas las normas vitales de aquella particular forma de Islam, convencido finalmente de que Elijah Muhammad era efectivamente el mensajero de un Dios negro. En la práctica, hay que decir, Malcolm podía decir que el contacto con miembros de la Nación del Islam había sido lo único que había hecho de él una persona de provecho, así que su conversión no resulta ni mucho menos inexplicable.

Según costumbre de la Nación, abandonó el uso de su apellido anglosajón, Little, considerándolo un «apellido de esclavos». Dado que los africanos esclavizados eran desprovistos de su apellido original y rebautizados con el de sus nuevos dueños en América, y como Malcolm Little no conocía el verdadero apellido africano de sus antepasados, lo sustituyó por el signo matemático de la incógnita: la X.

Malcom Little cumplió algo más de seis años de su condena, y salió a la calle convertido no solamente en miembro de la Nación del Islam sino, a todos los efectos, en un hombre nuevo. Ahora era Malcolm X: serio, disciplinado, culto, honesto.

En la Nación no tardaron en descubrir que acababan de reclutar a un portavoz nato, a un hombre que tenía las cualidades necesarias no solamente para ejercer un liderazgo natural ante las multitudes sino también para destacar en plena era de la televisión. Llegaría a rivalizar en atención mediática con el otro gran líder negro de la época, Martin Luther King.

Solo que el mensaje de Malcolm X no iba a ser exactamente un mensaje de amor, ni de perdón, ni de poner la otra mejilla u ofrecer resistencia pasiva como predicaba King. Malcolm X estaba preparado para impresionar al mundo con su carisma, pero también para sacudirlo con un mensaje más inclemente que iba a causar no poca preocupación entre los periodistas y políticos blancos.

Hubo un momento en que los blancos estadounidenses acusaban a Martin Luther King de ser un racista, un extremista y un comunista. Entonces llegamos los Musulmanes Negros… y los blancos empezaron a dar gracias a Dios por tener a Martin Luther King.

*****

Malcolm X (II): la estrella mediática

Supe que nunca llegaría a ser alguien implorando al hombre blanco que me dé algo de lo que él tiene, sino consiguiéndolo por mí mismo y convirtiéndome yo a mí mismo en alguien.

El ejército de Harlem

1957. Esquina de la 7.ª Avenida con la calle 125, en Harlem, Nueva York. Dos policías efectúan un arresto de manera innecesariamente brutal, moliendo a palos a un sospechoso -negro- que ya no puede defenderse. La escena es vista por un transeúnte llamado Johnson Hinton, también negro, que interpela a los dos agentes para que detengan la paliza: «¡Basta! ¡Esto no es Alabama! ¡Estamos en Nueva York!».

Por toda respuesta, los dos policías se abalanzan sobre Hinton y comienzan a golpearle también, pese a que no ha cometido ningún delito. La paliza es terrorífica y sufre varias fracturas en el cráneo. Aun así, es esposado, llevado a comisaría y encerrado en una celda sin que se le hayan procurado los más mínimos cuidados médicos.

Normalmente hubiese sido un caso más de brutalidad y racismo policial que quizá finalizase con la muerte inexplicada del pobre hombre y un posterior silencio administrativo. Pero Johnson Hinton es un miembro de la Nación del Islam, la organización extremista cuya presencia está creciendo en Harlem.

Una vez se corre la voz sobre el suceso, la Nación del Islam va a venir en su rescate. La noticia llega hasta la principal mezquita de la Nación del Islam, que está situada precisamente en Harlem. Su director tiene por entonces treinta y un años de edad, lleva un lustro fuera de la cárcel y ya se ha convertido en uno de los pesos pesados de la Nación. Decide intervenir directamente.

Acompañado de un nutrido grupo de seguidores parte hacia la comisaría de Harlem y al llegar sus hombres se colocan en formación, ocupando la calle como si fuesen soldados, aunque no llevan armas. Se limitan a quedarse firmes e inmóviles. Algunos cientos de vecinos de Harlem -atraídos por la marcha de los Musulmanes Negros- lanzan gritos de indignación, pero los hombres de la Nación guardan completo silencio.

Desde la comisaría, los mandos policiales contemplan con aprensión la insólita escena, sin entender quiénes son aquellos hombres negros que permanecen impertérritos en la calle. Temen que la cosa pueda transformarse en un altercado de consecuencias imprevisibles, así que tratan de averiguar quién el líder de aquellos hombres. Es ahí cuando escuchan por primera vez el nombre de Malcolm X.

El comisario le invita a entrar en su despacho para escuchar sus peticiones. Malcolm X quiere ver al «hermano Hinton» y comprobar su estado: si está grave, exige que la policía se lo entregue para poder llevarlo a un hospital.

El comisario se niega a aceptar esta demanda, pero insiste en que desea buscar una salida negociada antes de que las cosas se desmadren y tengan que intervenir instancias superiores. Malcolm X escucha atentamente pero al ver que su principal petición es denegada, dice: «Entonces no hay nada más que hablar». Se levanta de su silla, sale del despacho y regresa a la calle junto a sus hombres, que ni siquiera se han movido. El número de ciudadanos que rodean el lugar se acerca ya a los dos mil.

El comisario de Harlem saben que la situación no puede más que empeorar; incluso aunque no estallen disturbios, la noticia sobre la presencia de aquellos misteriosos «Musulmanes Negros», como se hacen llamar, llegará tarde o temprano a los periódicos nacionales. De hecho, algunos reporteros locales ya están allí. Entre ellos James Hicks, periodista que mantiene cierta amistad con Malcolm X.

Como la tensión sigue creciendo, el comisario recurre a Hicks para convencer a Malcolm X de que continúe negociando. Este acepta regresar a la comisaría pero dejando las cosas claras desde el principio: «Vuelvo solamente por el respeto que siento hacia el señor Hicks, porque no siento un particular respeto ni hacia usted ni hacia el departamento de policía».

Declara que su postura sigue siendo inflexible: quiere ver a Hinton, de lo contrario sus hombres no abandonarán la calle. No hay otra opción. El comisario, ante la posibilidad de ver unos posibles disturbios en la portada del New York Times, cede finalmente. Malcolm X visita la celda de Johnson Hinton y comprueba que su estado es muy grave. Reclama una ambulancia. Pese a que Hinton está oficialmente detenido, se lo lleva con carácter de urgencia al hospital de Harlem y los policías no se atreven a impedírselo.

Entre tanto, los hombres de la Nación del Islam continúan en perfecta formación. Un sargento -negro, por cierto- hace guardia en la puerta de la comisaría y contempla el insólito espectáculo. No había oído hablar de los Musulmanes Negros, pero se permite hablar de ellos con tono despectivo, ante sus propias narices y asegurándose de que le escuchen bien. Sugiere al inspector jefe que se autorice el uso de la fuerza para dispersarlos.

Los hombres de la Nación continúan guardando escrupuloso silencio, excepto uno, que lo rompe para pronunciar una sola frase: «Inspector, será mejor que retire al sargento de la puerta». El inspector capta el mensaje y ordena a su subalterno que se aparte de la vista de los miembros de la Nación. Aunque los Musulmanes Negros no han dado el menor indicio de querer iniciar un desorden, los policías se sienten intimidados.

Una vez satisfechas sus demandas y asegurada la atención médica de Hinton en el hospital, Malcolm X se sitúa una vez más junto a sus hombres mientras los policías siguen atentamente cada uno de sus pasos. Entonces, Malcolm X hace que su pequeño ejército se disuelva sin pronunciar una sola orden, simplemente con un gesto de su mano. James Hicks y un agente de policía observan el momento y no dan crédito a sus ojos: «¿Ha visto usted lo mismo que yo?», pregunta el policía, asombrado. «Sí», responde Hicks. El agente sentencia: «Eso es demasiado poder para un solo hombre». Para un hombre negro, se entiende.

El radical más famoso de América

Después de que Malcolm X saliese de la cárcel e ingresara en la Nación del Islam, Elijah Muhammad había tardado bien poco en detectar su enorme talento. Primero lo puso a prueba dirigiendo la mezquita de Harlem, donde su elocuencia y poder de atracción electrizaban a las multitudes, ayudando a crear una considerable base de seguidores que de hecho era la más importante de la Nación. Después lo convirtió en su hombre de confianza, principal ministro de la Nación y principal encargado de llevar el mensaje a diferentes partes de los Estados Unidos.

Al igual que en Harlem, las cualidades como líder carismático del nuevo portavoz oficial permiten que la Nación del Islam continúe creciendo rápidamente. Había estudiado e interiorizado el ideario de Elijah Muhammad hasta el punto de poder defenderlo públicamente mucho mejor que el propio Muhammad. Y Muhammad estaba muy contento por ello; difícilmente podía haber encontrado un mejor representante.

Tras el incidente de la comisaría los medios empezaron a volver sus ojos hacia Malcolm X, hasta entonces prácticamente desconocido, y descubrieron que en él tenían un filón, así que los ciudadanos estadounidenses iban a familiarizarse muy pronto con su rostro, su voz y sus ideas.

Normalmente los medios no hubiesen dado tanto pábulo a una organización radical de semejante pelaje -y menos una formada por negros musulmanes- pero Malcolm X era un producto periodístico demasiado irresistible como para no cederle páginas y minutos de emisión. La mayoría lo consideró un extremista. Y lo era.

Pero su discurso no podía ser fácilmente desmontado, por más que fuese desmontable o que las ideas de la Nación del Islam en ocasiones rayasen lo delirante. Su capacidad dialéctica le permitía defender con éxito conceptos que resultaban difíciles de defender, por no decir que en los peores casos eran intrínsecamente indefendibles.

Y aunque dado lo radical de su mensaje no puede decirse que convenciese a grandes mayorías, incluso aquellos a quienes no convencía se veían obligados a respetar su más que evidente brillantez intelectual. Malcolm X sabía hablar.

La manera en que articulaba sus ideas -incluso cuando eran ideas falaces- resultaba asombrosamente sólida y, para muchos interlocutores, aparentemente inatacable. Pocos periodistas u opinadores osaban llevarle la contraria cara a cara.

Así, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta Malcolm X era el rostro visible de la Nación del Islam hasta el punto de que mucha gente pensaba equivocadamente que él era el líder de la organización, aunque empezase muchas de sus intervenciones y razonamientos con la expresión «el honorable Elijah Muhammad dice…» o «el honorable Elijah Muhammad cree…», sin disimular el culto a la personalidad que imperaba en la Nación del Islam.

Pero era su carisma, no el de Muhammad, el que interesaba a los medios y el que afectaba al público. Era su rostro el que aparecía en las noticias. Eso sí, en sus intervenciones públicas se mantenía escrupulosamente fiel al mensaje de la Nación y lo único de cosecha propia eran los argumentos con los que trataba de justificar su ideario; él mismo recordaría más adelante aquella etapa con cierto embarazo, comparándose a sí mismo con una «marioneta que se limitaba a repetir una y otra vez las ideas de Elijah Muhammad».

Su fama condujo inevitablemente a comparaciones con otros líderes negros y la prensa lo presentaba como el reverso tenebroso de Martin Luther King. Las acusaciones de radicalismo que muchos medios blancos habían vertido sobre King se atemperaron en cuanto Malcolm X apareció en escena: de repente, King ya no era un radical sino el mensajero de la hermandad y la paz, mientras que Malcolm X era visto como el mensajero del odio.

La oposición ideológica entre uno y otro era, de hecho, muy pronunciada. Malcolm X se mostraba extraordinariamente crítico con King, a quien calificaba como «el tío Tom del siglo XX». Incluso censuró su nominación para el Premio Nobel de la Paz: «Si sigo a un general y el enemigo le da un premio por la paz, empiezo a sospechar de él. Muy especialmente si le dan el premio por la paz cuando la guerra no ha terminado todavía».

Constantemente menospreciaba al movimiento por los derechos civiles de King a causa de sus métodos pacíficos, que él calificaba como inoperantes. En alguno de sus discursos dijo «si alguien viene esperando que diga que hay que poner la otra mejilla ante el hombre blanco, se ha equivocado de lugar» y algunos de los juicios que emitía sobre King resultaban verdaderamente duros:

El hombre blanco paga a Martin Luther King. El hombre blanco subsidia a Martin Luther King. Así, el reverendo King puede continuar aleccionando a los negros para que sigan indefensos. Eso es lo que significa la no violencia: estar indefensos. Indefensos ante una de las bestias más crueles que hayan tomado a otros seres humanos en cautividad; esto es, el hombre blanco americano.

King, por su parte, respondía a las críticas afirmando que algunos confundían el concepto de «resistencia pasiva» con el de «no resistencia», pero el reverendo ya tenía sus propias preocupaciones -como contábamos en el artículo dedicado a su figura- y Malcolm X no era una de ellas. Ambos líderes no llegaron nunca a debatir en televisión u otro evento público; solamente se vieron una vez en persona, en un encuentro tan breve que dio para poco más que intercambiar unas pocas frases y que los fotógrafos inmortalizasen la inesperada escena.

Sea como fuere, Malcolm X jamás se dejaba ver en actitud de colaboración junto a los poderes públicos blancos, al contrario que Martin Luther King. Si King abogaba por la integración, Malcolm X defendía la necesidad de la separación total entre razas. King apelaba al buen corazón de muchos hombres blancos que no eran racistas pero que habían tolerado las injusticias del sistema y cuya colaboración activa intentaba buscar. Malcolm X, en cambio, aseguraba que todos los hombres blancos eran «diablos» y que jamás consentirían en hacer la más mínima cesión a los negros, si los negros no forzaban esa cesión por sus propios medios.

Crisis en la Nación del Islam

Malcolm X se empeñaba afanosamente en la tarea proselitista y su ritmo de vida resultaba agotador. Dormía apenas tres o cuatro horas diarias, viajaba constantemente según los requerimientos de la Nación y llevaba una existencia sometida a una férrea disciplina, donde su única alegría era Betty Shabazz, una conversa a la Nación con la que contrajo matrimonio y con quien tuvo seis hijas, todas niñas (el nombre islámico que Malcolm X se había dado era El-Hajj Malik El-Shabazz).

Por lo demás, su espartano e incansable sistema de trabajo, sumado a su citado carisma, ayudó enormemente a que la Nación del Islam se estableciese como un poder civil a tener en cuenta. Pero a principios de los sesenta aparecieron las primeras grietas en la relación entre la Nación y su más famoso líder mediático.

Algunas personas cercanas empezaron a notar que Malcolm X ya no resultaba tan convincente cuando predicaba el mensaje de Elijah Muhammad. Él negaba que estuviese perdiendo la fe en el «mensajero de Dios», pero ciertamente se estaba gestando el desencuentro y Malcolm X empezó a sentirse progresivamente incómodo en la organización.

Muchos en la Nación se sentían molestos por que Malcolm X fuese el rostro reconocible que se llevaba toda la fama. Ahora que Elijah Muhammad -cercano a los setenta años de edad- daba muestras de mala salud, acusaban a Malcolm X de querer hacerse con las riendas de la congregación.

Terminó emergiendo un movimiento de oposición interna que ponía en cuestión la excesiva importancia que Malcolm X había adquirido; al frente de esa oposición, curiosamente, se situaría un antiguo protegido suyo, Louis X (Louis Farrakhan, actual líder de la Nación del Islam).

Esa nueva corriente interna tenía además una manera distinta de hacer las cosas, manera que no agradaba en absoluto a Malcolm X. No podía dejar de notar que mientras él llevaba una vida sin lujos, otros dirigentes de la Nación parecían gozar de existencias bastante acomodadas, permitiéndose incluso la adquisición de automóviles lujosos o ropas caras. Él ni siquiera tenía su vivienda en propiedad, sino que habitaba una casa que le había sido cedida por la Nación, y podía darse muy pocos caprichos.

Cierto es que la organización siempre había poseído negocios y eso formaba parte de su estructura desde el principio, pero habían sido usados como sostén para financiar las actividades civiles y sobre todo para dar a sus hermanos de raza la oportunidad [de] tener un empleo y prosperar. Al menos así había sido en Harlem, bajo la dirección de Malcolm X.

Ahora, sin embargo, daba la impresión de que el objetivo de algunos altos cargos en la Nación era enriquecerse con esos mismos negocios. Malcolm X incluso sospechaba que algunos otros líderes coqueteaban con el crimen organizado. La desconfianza mutua entre Malcolm X y buena parte de la nueva cúpula dirigente empezó a constituir un serio problema. No sería el único.

Otro motivo de roce fue provocado por el asesinato de Kennedy. El presidente estadounidense había sido objeto habitual de críticas por parte de la Nación del Islam y muy particularmente de Malcolm X, quien lo había acusado de hacer promesas a los votantes negros en materia de derechos para olvidar esas promesas después de ganar las elecciones:

Cuando los perros de la policía mordían a mujeres negras y niños negros en Birmingham, Alabama, Kennedy decía que no podía intervenir porque ninguna ley federal había sido violada. Pero tan pronto los negros explotaron, tan pronto comenzaron a defenderse y empezaron a imponerse ante lo más granado de los blancos que tenían delante, Kennedy envió a las tropas. Y no había ninguna nueva ley federal cuando los negros explotaron, ninguna ley aparte de las leyes que ya había cuando eran los blancos quienes estaban ejerciendo la violencia.

Sin embargo, cuando se conoció la noticia del asesinato del presidente, Malcolm X recibió una rápida advertencia por parte de Elijah Muhammad: dado que Kennedy era un personaje muy querido y todo el país iba a estar de luto, la Nación del Islam iba a mostrarse escrupulosamente respetuosa.

Lo que significaba que Malcolm X tenía que abstenerse de atacar al difunto presidente por el bien de la imagen pública de la Nación. Aquello lo desconcertó por completo. A sus ojos, el hecho de que Kennedy hubiese sido asesinado no cambiaba su naturaleza como político o el que su mandato pudiera ser criticado.

Malcolm X había defendido todas y cada una de las ideas de la Nación, incluyendo las críticas a Kennedy, pero ahora le estaban pidiendo que traicionase esas ideas para que la Nación hiciese un ejercicio de relaciones públicas.

No lo entendió y no quiso someterse a ello: en uno de sus discursos rompió la orden directa de Elijah Muhammad, dejando entrever que el asesinato de Kennedy habría sido una consecuencia lógica de su agresiva política exterior. Dijo que si los Estados Unidos causaban dolor en el extranjero, parte de ese dolor les sería devuelto a ellos, como cuando «las gallinas regresan a dormir al gallinero durante la noche». La expresión causó un considerable revuelo, especialmente porque la prensa se las arregló para hacer ver que Malcolm X había expresado «felicidad» por el asesinato de Kennedy, algo que él mismo desmentiría más tarde pero que quedó impreso en la memoria colectiva.

Elijah Muhammad se enfureció. Durante los siguientes días, el periódico de la Nación se dedicó a glosar la figura de Kennedy para intentar compensar el ataque póstumo de Malcolm X. Incluso se hizo público un comunicado en el que la Nación se desmarcaba abiertamente de sus declaraciones, calificándolas como una salida de tono personal con la que ellos no tenían nada que ver.

Se le ordenó guardar silencio, retirándolo de toda labor propagandística y de hecho destituyéndolo como portavoz principal de la Nación. Malcolm X empezó a sufrir un proceso de ostracismo en el que jugaron un papel importante tanto la oposición liderada por Louis X como al parecer algunos importantes miembros que eran policías infiltrados, léase el subdirector nacional de la Nación. Todos ellos empezaron a poner a Elijah Muhammad en contra de su antigua mano derecha.

El mejor ejemplo lo constituye todo lo relacionado con el ingreso del boxeador Classius Clay en la Nación del Islam. Clay, cuando todavía no era campeón, había trabado una estrecha amistad con Malcolm X y este tuvo una clara influencia ideológica sobre el púgil, quien pronto quiso convertirse en miembro de la Nación.

Pero en la Nación no veían con buenos ojos la personalidad histriónica del boxeador, incompatible con la imagen de seriedad que siempre exigían a sus miembros. Además, la Nación había condenado el boxeo como un «espectáculo sucio», así que le dijeron a Malcolm X que no aceptaban a su nuevo fichaje.

Sin embargo, tan pronto Cassius Clay ganó el título mundial y se convirtió en uno de los deportistas más famosos del mundo, la Nación cambió de idea. Como recordaría Betty Shabazz: «Repentinamente, en la Nación se dejaban la piel por intentar acercarse al campeón del mundo».

Cassius Clay fue finalmente aceptado con grandes honores bajo el nuevo nombre de Cassius X (poco más tarde adoptaría el de Muhammad Ali), lo cual constituyó una jugada propagandística internacional de enormes dimensiones. Pero nadie en la Nación agradeció a Malcolm X lo que, en esencia, era su gran fichaje. En la multitudinaria ceremonia de ingreso de Cassius Clay en la Nación estuvieron presentes todos los miembros importantes excepto él. Cassius Clay no era ajeno al enfrentamiento entre la cúpula de la Nación y Malcolm X, pero no tuvo el más pequeño gesto de apoyo para su amigo. En el futuro, tendría tiempo de lamentarse por haber contribuido a que se le asestara aquella puñalada:

Darle la espalda a Malcolm X fue uno de los mayores errores que he cometido en mi vida. Desearía poder decirle que lo siento, que él tenía razón sobre muchas cosas, pero fue asesinado antes de que tuviera oportunidad de hacerlo. Era un visionario, estaba por delante de nosotros.

El no tan honorable Elijah Muhammad

Malcolm X había caído del cartel. Estuvo durante meses sin hacer ningún tipo de declaración pública, periodo en el que la Nación hizo todo lo posible por poner tierra entre ellos y las declaraciones de su antiguo portavoz sobre el presidente asesinado. A nadie se le escapaba ya que la relación entre Malcolm X y la Nación podía terminar en cualquier momento.

Pero el asunto de Kennedy era solamente la punta del iceberg. El peor de todos los desencuentros aún estaba por llegar: hablamos de cuando Malcolm X hizo ciertas averiguaciones sobre la vida privada de Elijah Muhammad, averiguaciones que estaban destinadas a destruir todo lo que quedaba de su fe en la Nación.

Antes del asesinato de Kennedy, Malcolm X había sido el principal apologista de Muhammad y su campeón mediático, pero además lo había venerado ciegamente. Sin embargo no pudo evitar que le llegaran rumores sobre las supuestas relaciones sexuales de Elijah Muhammad con varias de sus jovencísimas secretarias y ayudantes. Se decía que había tenido hijos ilegítimos con algunas de ellas, en algunos casos cuando ellas eran menores de edad.

En un principio Malcolm X se negaba a creer esos rumores y ni siquiera hizo caso a indicios que él mismo había observado, pero que había desechado inmediatamente considerándolos sugestiones disparadas por la rumorología. La Nación del Islam abogaba por la familia tradicional y tenía un ideario sexual bastante puritano, condenando el adulterio y la fornicación (el sexo fuera del matrimonio). Malcolm X era incapaz de creer que Elijah Muhammad los hubiese roto en numerosas ocasiones. No había querido ver nada sospechoso en el hecho de que se rodease de jovencísimas ayudantes; a fin de cuentas, Elijah Muhammad tenía ayudantes de todo tipo y siempre estaba rodeado de una corte de seguidores.

Sin embargo, los indicios resultaban cada vez más claros y sus dudas se hicieron más y más urgentes, así que acudió a Warith Deen Muhammad, uno de los hijos mayores de Elijah Muhammad, con quien mantenía una estrecha amistad. Le preguntó directamente y sin rodeos si los rumores eran ciertos. Para su sorpresa, Warith le confirmó que sí, Elijah había tenido hijos con varias chicas jóvenes de la organización.

La fe de Malcolm X en Elijah Muhammad se vino abajo. Muhammad había sido el hombre cuyo mensaje transformó a Malcolm Little, el delincuente sin futuro, en Malcolm X, la respetada figura de relevancia social. Las ideas de Muhammad lo habían sacado del arroyo y le habían dado sentido a su vida, así que lo consideraba casi un segundo padre. Pero ahora su ídolo estaba cayendo del pedestal.

Desesperado, Malcolm X acudió directamente a Elijah Muhammad para comprobar cara a cara si todo aquel asunto era real. Muhammad no negó la veracidad de los hechos -porque la evidencia era aplastante- pero empezó a citar ejemplos de profetas bíblicos que habían tenido un harén a su disposición y dijo que, dado que él iba a ser el último mensajero de Alá, era importante que su semilla se dispersara lo más posible.

Malcolm X no se tragó esta justificación. Poco después, en marzo de 1964, anunció que abandonaba la Nación del Islam, aunque en un principio no hizo pública la razón última de la ruptura y le bastó con citar los desencuentros ideológicos conocidos de todos. Su discreción, sin embargo, no iba a librarle de las represalias.

En la Nación sabían que Malcolm X guardaba un peligroso secreto, que la vida sexual de Elijah Muhammad era un arma en sus manos y eso era algo que no podían permitir. La cúpula de la Nación lo calificó oficialmente como «hipócrita» (que en su lenguaje era sinónimo de apóstata o traidor), sabiendo que así azuzarían el odio de sus miembros más radicales hacia él.

Malcolm X empezó a recibir constantes amenazas de muerte, principalmente en el teléfono de su casa y mediante correo anónimo. Esas amenazas no eran en vano y de hecho le quedaba poco menos de un año de vida. Sin embargo, ese último año sería muy intenso y daría paso al surgimiento de un nuevo Malcolm X.

Durante aquellos meses, como había sucedido con su periodo de prisión, iba a sufrir una transformación. Haría frente a sus enemigos con un fiero valor, pero también se enfrentaría a la certeza de que había pasado años defendiendo un mensaje fanático con una visión limitada del mundo. Durante aquellos últimos meses terminaría perdiendo la batalla terrenal contra sus enemigos, pero paradójicamente ganaría la batalla de la inmortalidad.

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Malcolm X (y III): Revelación y muerte

Durante el periodo álgido de su papel como portavoz en la Nación del Islam, Malcolm X dio numerosos discursos y conferencias en instituciones de todo tipo y era uno de los oradores más solicitados por las universidades estadounidenses.

En una ocasión, después de hablar para los estudiantes de una universidad en Nueva Inglaterra, se le acercó una chica joven a la que más tarde recordaría como una «pequeña universitaria rubia». Estaba visiblemente conmovida por su discurso: «nunca antes había visto a alguien tan afectado por mis palabras».

Tiempo después volvería a verla: estando en una cafetería de Nueva York, vio incrédulo a la misma chica entrando por la puerta y dirigiéndose hacia su mesa. La joven se había tomado la molestia de viajar desde el sur del país para encontrarse con él. Parecía provenir de un entorno acomodado («su forma de vestir, de hablar, de estar en pie… todo daba indicaciones de una chica crecida en un adinerado entorno sureño», recordaría él) y afirmaba estar dispuesta a convertirse en una conversa de su causa. Una causa en la que, como Malcolm X había dejado bien claro siempre, no había sitio para los blancos.

Pero ella parecía decidida a demostrar que no todos los blancos eran diablos y que de verdad se había sentido impelida a colaborar en la tarea de combatir el racismo: «¿No cree usted que existen buenas personas blancas?», le preguntó la chica. «Creo en los actos, señorita, no en las palabras», respondió él. Ella replicó: «Entonces, dígame, ¿qué puedo hacer para demostrarlo?». Malcolm X, con frialdad, sentenció: «Nada». La chica lo miró en silencio durante un instante y de repente se echó a llorar; después salió precipitadamente hacia la calle.

En el futuro este pequeño incidente -que aparentemente apenas pasa de la anécdota sin importancia- regresaría una y otra vez para causarle remordimientos. De hecho, hizo varias menciones en su autobiografía, señal de que para él tenía una importancia simbólica. De alguna manera focalizaba sus remordimientos por haber malgastado buena parte de su vida defendiendo un mensaje fanático: «Supongo que un hombre está en su derecho de volverse estúpido si está dispuesto a pagar el coste. A mí me costó doce años de mi vida».

Revelación en La Meca

Tras abandonar la Nación en 1964 no perdió sus convicciones religiosas, o mejor dicho, las modificó. Abandonó el islamismo sui generis de la Nación y se convirtió al sunismo, la forma de Islam predominante en el mundo. Se dispuso a cumplir el Hajj, la peregrinación a La Meca que todo musulmán debe efectuar al menos una vez en la vida, salvo eximentes económicos o de salud.

Aunque tenía varias hijas que alimentar y no disponía de medios económicos para el viaje, su hermanastra le prestó el dinero. Malcolm X subió a un avión con destino a Arabia, pero el inicio de la peregrinación no resultó fácil: pese a su fama internacional fue retenido en la ciudad de Jedda, desde donde se le impedía viajar a La Meca. Su condición de estadounidense y el hecho de no saber hablar árabe hacían que algunas autoridades dudasen de su fe, así que el primer contacto de Malcolm X con el mundo islámico extranjero fue bastante incómodo.

Sin embargo, la intervención directa de la familia real saudita permitió levantar la prohibición y finalmente pudo peregrinar a La Meca. Aquel fue un momento de revelación. Malcolm X se había pasado la vida o en la cárcel, o en los barrios negros de grandes ciudades estadounidenses. Pero durante el Hajj descubrió que en su religión había facetas que nunca antes había contemplado: la peregrinación como los posteriores meses de viajes por África y Europa cambiarían profundamente a Malcolm X, como él mismo admitiría ante la prensa nada más regresar a los Estados Unidos.

Para empezar, le impresionó el ambiente de hermandad, hospitalidad y camaradería que reinaba entre los peregrinos musulmanes. Todos debían vestir un ropaje humilde para que no fuese posible distinguir a los ricos de los pobres, para que la nacionalidad o cultura careciese de importancia y nadie fuese tratado de manera diferente debido a su condición.

Además se mezcló con musulmanes que procedían de todos los lugares del mundo y aquella experiencia le hizo abrir los ojos: «Aunque no te lo creas» -le escribió a su mujer durante su peregrinación- «estoy compartiendo agua y comida con musulmanes de piel clara, cabello rubio y ojos azules». Esto le resultó chocante y revelador.

En la Nación del Islam, como recordaría él, se le había enseñado que era «física y divinamente imposible» que un blanco acudiese a La Meca para pisar los recintos sagrados, pero la realidad era bien distinta. El Islam no era una religión racial, como enseñaba Elijah Muhammad, y Malcom X experimentó la hermandad entre individuos de distintos colores de piel por primera vez en su vida.

Tras el Hajj X fue invitado por gobiernos e instituciones de diversos países africanos y recorrió medio continente, donde continuaba viendo cosas que rompían sus esquemas, en las que nunca habría reparado cuando estaba inmerso en el ambiente política y socialmente combativo de los Estados Unidos. Vio a estudiantes blancos que intentaban ayudar a la población negra con un desinterés en el que, en última instancia, no había distinciones por color de piel.

También en Europa se le rasgó el velo: pasó por algunos países como Francia o el Reino Unido, donde su fama había provocado mucha curiosidad por verlo hablar. En las islas británicas, particularmente, dejó una considerable impresión: primero participó en un debate universitario en Oxford que fue retransmitido por la BBC, una muestra del interés que despertaba su figura.

Después se hizo notar cuando defendió a los negros de Birmingham de una campaña propagandística -no oficial, cabe aclarar- de simpatizantes de la derecha británica, que utilizaba el desafortunado lema «si quieres un negrata en tu barrio, vota a los laboristas». Malcolm X se refirió al eslogan con su característica acidez, calificando a los conservadores que usaban esas expresiones como «hitlerianos» y advirtiendo con sorna «yo de vosotros no esperaría a que esta gente construya hornos crematorios».

Con todo, Malcolm X comprobó el genuino interés de muchos jóvenes blancos europeos por su mensaje y aquello le trajo de nuevo a la mente la «pequeña chica rubia» de Nueva Inglaterra. Desde su peregrinación y durante sus viajes por África y Europa, cada vez que atravesaba una nueva frontera sus antiguos prejuicios iban resquebrajándose cada vez más.

Cuando regresó a los Estados Unidos, la prensa estaba esperándole ya en el mismo aeropuerto, excitada por las habladurías de que Malcolm X había sufrido una transformación durante su etapa como peregrino y sus meses visitando África y Europa.

-¿Usará ahora el apellido Shabazz y dejará la X?
-Probablemente seguiré utilizando el nombre Malcolm X mientras la situación que lo ha producido continúe.
-No siente que Shabazz pueda ocupar el lugar de la X.
-El que yo haya ido a La Meca, el que haya conocido el mundo musulmán y el mundo africano, el que allí me hayan reconocido como musulmán y como hermano… eso es algo que puede haber resuelto el problema para mí, personalmente. Pero pienso que en realidad mi problema personal no estará resuelto mientras no se resuelva también para toda nuestra gente aquí, en este país. Así que seguiré llamándome Malcolm X en tanto exista la necesidad de protestar, de luchar, de pelear las injusticias cometidas contra nuestra gente en nuestra tierra.

Durante aquellos viajes, por cierto, tuvo un inesperado encuentro, cuando dio la casualidad de que el campeón mundial de boxeo, Muhammad Ali, se alojaba en su mismo hotel. Ambos se vieron en el hall y conversaron brevemente, con cortesía, aunque la situación fue más bien incómoda como era de esperar entre dos antiguos amigos que habían sido enfrentados por la supuesta traición de Malcolm X hacia la Nación del Islam, organización a la que Muhammad Ali rendía ahora pleitesía y para la que Malcolm X se había convertido en el enemigo número uno.

Por lo demás, sus viajes marcaron no solamente el inicio de un cambio ideológico -que no terminaría de completarse, dado que iba a ser asesinado en apenas unos meses- sino también que se sintiera reforzado por el hecho de que tanto en África como en Europa lo hubiesen tratado como un líder respetable cuyas ideas debían escucharse con atención, más allá de que sus interlocutores estuviesen de acuerdo o no con ellas. En el extranjero era respetado como ideólogo y orador, y eso posiblemente ayudó a que se reafirmase frente a los tiempos en que, como él mismo decía, había sido un «títere» de Elijah Muhammad.

De todos modos, su cambio ideológico empezó siendo progresivo, como era de esperar. Aún tuvo tiempo de pronunciar un famoso discurso (The ballot or the bullet, «La urna o las balas») en el que instaba a los negros a intentar pelear sus derechos mediante el voto, aunque advertía que si la sociedad blanca continuaba impidiendo el progreso de sus derechos por demasiado tiempo podía llegar a resultar necesaria una revuelta armada.

No obstante, por primera vez se mostraba proclive a tender una mano «a cualquiera» que estuviese dispuesto a colaborar en la consecución de sus objetivos; y este «cualquiera» incluía tanto a blancos como a figuras a las que hasta entonces había denostado públicamente, como Martin Luther King.

Sabemos por él mismo que su peregrinación y posteriores viajes fueron cruciales para que sometiese sus planteamientos a una nueva autocrítica, pero el giro había comenzado a producirse antes, después de su traumática ruptura con la Nación del Islam.

Malcolm X viajó a La Meca durante abril de 1964, pero antes de eso, en marzo, llegó a conocer a Martin Luther King tras una rueda de prensa de este en el Capitolio. El encuentro fue tan fugaz como inesperado. Captada por los fotógrafos, la imagen de ambos líderes juntos, por sí misma, parecía constituir el signo visible del inicio de una nueva era en la lucha por los derechos civiles.

Una era que no tuvo tiempo de materializarse, desde luego, pero se hizo patente la impresión de que Malcolm X había dejado de considerar al reverendo King un mero perrito faldero de los blancos.

Esa impresión se redobló cuando Malcolm X regresó de sus viajes sosteniendo posiciones más abiertas y flexibles. Un buen ejemplo: cuando fundó su Muslim Mosque Inc, creó también una organización paralela -y secular- en la que podría participar cualquier persona que lo deseara, independientemente de su color de piel, de sus creencias religiosas o de la carencia total de las mismas. Algo que un tiempo antes, cuando le dio un desaire a la pequeña chica rubia de Nueva Inglaterra, había parecido impensable.

Pero la lucha interna de Malcolm X por liberarse de sus demonios ideológicos no iba a ser nada en comparación con la lucha externa que mantendría con la Nación del Islam durante sus últimos meses de vida.

«Probablemente ya soy hombre muerto»

Tienen que matarme. No pueden permitirse el que yo quede con vida. Sé dónde tienen enterrados los cadáveres. Y si me presionan, desenterraré unos cuantos (Entrevista en la revista Ebony, 10 de marzo de 1964).

-¿No se siente quizá preocupado por lo que pueda ocurrirle a usted a raíz de haber hecho estas revelaciones (sobre Elijah Muhammad)?
-(Sonríe) Oh, sí. Probablemente ya soy hombre muerto. (Durante una entrevista televisiva, 8 de junio de 1964).

La relación entre Malcolm X y sus antiguos correligionarios de la Nación del Islam se convirtió en un asunto de vida o muerte, y básicamente convirtió su último año y pico de vida en una pesadilla.

Para empezar, la Nación exigió que Malcolm X y su familia desalojasen la vivienda que se les había asignado años atrás, comenzando un proceso legal de desahucio que se prolongó durante varios meses. El juicio se celebró a principios de verano y para entonces Malcolm X llevaba tiempo recibiendo constantes amenazas de muerte, principalmente por vía telefónica y correo postal.

No le cabía ninguna duda sobre la autoría de esas amenazas y tenía incluso constancia directa de que la Nación del Islam había puesto precio a su cabeza: en febrero de 1964, su antiguo ayudante en la Mezquita de Harlem fue a visitarle a su casa. Le confesó que había recibido órdenes directas de la Nación para poner una bomba en su automóvil, pero que al final se había sentido incapaz de hacerlo.

Sin embargo, pese a que el día de la vista por desahucio había presentes unos quince miembros de la Nación del Islam y Malcolm X no había pedido medidas especiales de protección policial para su llegada a los juzgados, el juicio tuvo lugar sin incidentes. No se abstuvo de responder a las amenazas, de todos modos. Especialmente a través de la prensa, donde habló abiertamente sobre el hecho de que su vida estaba en peligro.

Aunque decía que no tomaba medidas especiales de seguridad -y era cierto- sí dejó claro que estaba dispuesto a cualquier cosa para defender a su familia: «Tengo un rifle, y estoy dispuesto a usarlo si alguien viene a mi casa con malas intenciones». En marzo, de hecho, la revista Life había publicado una de sus fotografías más famosas: Malcolm X aparecía junto a una ventana, observando el exterior mientras sostenía un rifle automático. Era la plasmación gráfica de que sabía que iban a por él, y lanzaba un mensaje a sus enemigos: no pensaba permanecer de brazos cruzados. Eso sí, centraba su atención en la cúpula de la Nación. Los seguidores de base, decía él, «sinceramente creen que están haciendo la voluntad de Alá cuando defienden a un hombre, Elijah Muhammad, del que yo mismo les dije que era divino».

En julio, poco después del juicio, puso una denuncia a causa de lo que consideraba un atentado frustrado contra su vida: cuando volvía a su casa alrededor de la medianoche, dos hombres le estaban esperando. Durante toda la jornada siguiente, la policía hizo guardia frente a su casa. Las amenazas fueron haciéndose más y más graves. Además, algunos sucesos le hicieron sospechar que no solamente la Nación del Islam (y obviamente grupos racistas como el Ku Klux Klan) estaban interesados en hacerlo caer.

La primera semana de febrero de 1965, Malcolm X viajó a Francia para dar una conferencia en París, donde ya había hablado con mucho éxito durante sus anteriores viajes. Sin embargo, el Gobierno francés le denegó la entrada en la misma frontera. Aquello le hizo pensar que quizá podía haber otros poderes involucrados en lo que podría ser una conspiración en marcha, ya que no le encontraba sentido a que tras una primera visita sin problemas, ahora el Gobierno de París lo tratase como a un delincuente. Se preguntaba si quizá las autoridades estadounidenses estaban intentando ponerle las cosas difíciles.

Conocemos estas sospechas porque habló de ello por teléfono con el escritor Alex Haley, su amigo y biógrafo, además de autor de la celebérrima novela Raíces. Probablemente nunca sabremos con seguridad hasta qué punto tenían base esas intuiciones, pero como mínimo hay un dato que hoy conocemos: entre los dirigentes de la Nación del Islam había algún agente policial infiltrado, así que el FBI estaba con toda seguridad bien informado sobre cuáles eran las verdaderas intenciones de la organización hacia Malcolm X, y no hicieron nada por evitarlo.

Menos de una semana después de que se le denegase la entrada en Francia y cuando aún estaba rumiando aquellas suspicacias, ocurrió el suceso más grave hasta la fecha. La noche de San Valentín, a pocos días de la fecha fijada para el desahucio de su vivienda familiar, la casa fue atacada durante la madrugada con bombas incendiarias.

Una de las bombas, milagrosamente, rebotó en la ventana de la habitación donde dormían sus hijas pequeñas. El que no rompiese el cristal evitó que las niñas pereciesen entre las llamas y sirvió además para alertar a la familia. Todos los miembros de la familia escaparon ilesos del incendio.

Aquella, como sabemos, no era una escena nueva para Malcolm X. Siendo niño había visto dos veces cómo su hogar familiar era pasto de las llamas y ahora, muchos años después, volvía a asistir a tan terrible espectáculo… con la diferencia de que ahora él era el cabeza de familia. Como de costumbre no se anduvo por las ramas: acusó públicamente a la Nación del Islam del atentado y dijo ante las cámaras que si alguna de sus hijas hubiese sufrido daños a raíz del atentado, él mismo hubiese tomado un rifle para encargarse de los responsables.

El 15 de febrero, el día siguiente al ataque, afirmó que Elijah Muhammad «podría parar todo esto simplemente levantando una mano», pero que Muhammad no deseaba hacerlo. Le acusó de ordenar varios asesinatos y afirmó que se había vuelto loco: «un hombre no puede tener setenta años, rodearse de chicas de dieciséis, diecisiete o dieciocho años de edad y mantener la cabeza en su sitio».

Malcolm X puso todas las cartas sobre la mesa, revelando finalmente ante la prensa una de las principales razones de su ruptura con la Nación del Islam: la vida sexual de Elijah Muhammad. Aquello ponía en marcha la cuenta atrás para su eliminación definitiva: le quedaba menos de una semana de vida.

El día 18, a primera hora de la mañana, el duro litigio legal entre Malcolm X y la Nación del Islam llegaba a su fin con la ejecución del desahucio definitivo de la familia, que tuvo que trasladarse a otra vivienda.

Aquello no interrumpió el nivel de actividad pública de Malcolm X, que estaba volviendo a ser frenético. No se ocultaba pese a que estaba convencido de que un nuevo atentado contra su vida era simplemente cuestión de tiempo; de hecho, ya se había localizado a miembros de la Nación del Islam entre los asistentes a alguno de sus actos públicos, lo cual constituía una señal más que inquietante.

Malcolm X era tan consciente del peligro que no quería dormir en casa ajena: el día 20, tras una larga e intensa jornada, un amigo le invitó a pasar la noche en su hogar para poder descansar antes del discurso que debía pronunciar al día siguiente, pero Malcolm X rechazó la invitación diciendo «tú tienes una familia y no quiero que nadie salga herido por mi causa». Palabras premonitorias: en menos de veinticuatro horas sería asesinado.

Al día siguiente, sin embargo, parecía sentirse más confiado, como demuestra el hecho de que pese a sus reticencias iniciales permitiese que su mujer y dos de sus hijas acudieran a verlo pronunciar su discurso. Probablemente consideraba que el auditorio Audubon, asociado a su nueva organización, era relativamente seguro. Allí estaba jugando en casa. Se equivocó.

Como ya narramos en la primera parte, apenas había comenzado a hablar cuando estalló una trifulca entre dos hombres del público: una maniobra de distracción para atraer a los encargados de la seguridad. Mientras, tres hombres se aproximaron al escenario y tirotearon a Malcolm X hasta la muerte, todo ante la horrorizada mirada de su mujer y dos de sus hijas.

Malcolm X tenía treinta y ocho años. Dejaba detrás de sí cuatro niñas pequeñas y una mujer embarazada que alumbraría gemelas en el mes de septiembre. En noviembre de ese mismo año se publicaba su autobiografía: en el propio texto Malcolm X dice que «no espero vivir lo suficiente para ver publicado este libro en su forma final».

Coda

Aunque no siempre estuvimos de acuerdo sobre los métodos para solucionar el problema racial, siempre albergué un profundo respeto por Malcolm y sentí que tenía una gran habilidad para poner el dedo sobre la llaga en cuanto a la existencia y la raíz de este problema. (telegrama de Martin Luther King a Berry Shabazz tras el asesinato de Malcolm X).

El pésame de Martin Luther King a la viuda de Malcom X tenía un tono más bien diplomático, característico de King por un lado, pero quizá también producto de la distancia ideológica que siempre había existido entre los dos líderes más relevantes de la causa negra en los Estados Unidos.

Aquel telegrama, sin embargo, tenía también un trasunto que nadie podía captar por entonces: King llevaba tiempo recibiendo también amenazas de muerte, aunque en su caso provenían de supremacistas blancos y -cosa que él no sospechaba- de la infame Cointelpro, sección de operaciones encubiertas del FBI.

King nunca hizo públicas esas amenazas y únicamente las dejó entrever en alguno de sus últimos discursos, pero sin duda la muerte de Malcolm X le hizo sentir que la posibilidad de un atentado contra él mismo se tornaba todavía más palpable. No se equivocaba, porque como sabemos fue asesinado tres años después.

En todo caso, había transcurrido menos de un año desde la peregrinación de Malcolm X y su asesinato, tiempo en que su ideología empezó a cambiar hacia posiciones más flexibles incluso en mitad del tormentoso e irrespirable ambiente de amenazas y violencia que rodeó su existencia. Solamente podemos teorizar sobre el papel que Malcolm X hubiese podido desempeñar una vez que su discurso empezó a ser de verdad un discurso propio y no una mera repetición automática de las enseñanzas fanáticas de Elijah Muhammad.

Lo que sabemos con seguridad es que su carisma y capacidad de oratoria eran únicas, y que sin duda hubiese continuado siendo un líder social todavía más relevante. No llegó a suceder. Ambos fueron mártires en la lucha por los derechos civiles… aunque a Malcolm X no le gustaba llamarlos así e insistía en hablar de «derechos humanos».

Los asesinos de Malcolm X fueron detenidos y juzgados; los tres eran miembros de la Nación del Islam, demostrando que las continuas advertencias públicas de Malcolm X sobre las intenciones de la Nación habían tenido una sólida base.

No obstante, Elijah Muhammad afirmó sentirse «impactado y sorprendido» por la muerte de su antigua mano derecha, negando toda implicación de la Nación del Islam como organización propiamente dicha y básicamente presentando el atentado como la acción independiente de fanáticos incontrolados.

En 1975 Muhammad murió por causas naturales y fue sucedido por Louis Farrakhan, el antiguo protegido de Malcolm X que había conspirado contra él dentro de la cúpula de la Nación. La actitud de Farrakhan respecto al asesinato ha sido, como poco, ambigua. Aunque negó durante muchos años cualquier conexión entre la cúpula de la Nación y el crimen, mantuvo su visión de Malcolm X como de un «hipócrita» -esto es, un traidor- y continuaría atacándolo encendidamente décadas después de muerto.

Por ejemplo, en 1993 dijo que «Malcolm X era un traidor y si la Nación se ocupó de él como hace siempre con los traidores, ¿por qué se meten los demás en nuestros asuntos?». Esta parte del discurso le fue mostrada a la viuda de Malcolm X, Betty Shabazz, quien afirmó en directo estar convencida de que Louis Farrakhan había ordenado el asesinato de su marido.

En 1995, Qubilah Shabazz -segunda hija de Malcolm X que, siendo pequeña, vio con sus propios ojos el asesinato- fue arrestada bajo la acusación de conspirar para asesinar a Louis Farrakhan, a quien consideraba responsable directo de la muerte de su padre. Habría contratado a un sicario para eliminar a Farrakhan, aunque ella lo negó.

Para sorpresa de muchos, Farrakhan afirmó públicamente que creía en su inocencia; es más: organizó un evento para recaudar dinero destinado a la defensa legal de Qubilah. Todavía más sorprendente fue que Betty Shabazz asistiese al evento, lo que muchos interpretaron como una señal de reconciliación con Louis Farrakhan, a quien había señalado abiertamente como instigador de la muerte de Malcolm X. A nadie le quedó muy claro si Betty Shabazz había perdonado a Farrakhan o si sencillamente estaba allí para que su hija tuviese un buen abogado. Sea como fuere, Qubilah evitó la posible condena de cárcel mediante un acuerdo extrajudicial.

Poco después, en 1997, Betty Shabazz murió como consecuencia de las graves quemaduras sufridas durante el incendio de su hogar, lo cual impediría resolver el enigma de qué era lo que pensaba realmente sobre Farrakhan a aquellas alturas.

El fuego, por cierto, fue provocado por su nieto de diez años e hijo de Qubilah, Malcolm Shabazz, que fue encontrado en la calle con muestras evidentes de haber estado manipulando gasolina. Fue diagnosticado de esquizofrenia; aquel incendio era el último de diversos incidentes que demostraban la personalidad antisocial del niño, incluidas agresiones físicas a su propia madre, quien había pedido a las autoridades -sin éxito- que lo ingresaran en un sanatorio. Por aquel motivo estaba viviendo con su abuela cuando provocó el incendio que la mató.

La accidentada biografía de Malcolm Shabazz daría para un artículo propio: tras una breve vida de actos delictivos, murió a los veintiocho años, apaleado en México por dos camareros de un bar donde, al parecer, estaba montando una trifulca.

Retomando el asunto principal, en el año 2000 Louis Farrakhan, después de muchos años de hacer como que el asesinato de Malcolm X no había tenido nada que ver con la Nación del Islam, llegó a reconocer que la virulencia verbal de los dirigentes de la Nación de la época -y muy especialmente él- podía haber sembrado el terreno para el asesinato. Dijo que lamentaba que sus palabras pudiesen haber tenido semejante efecto.

Esta especie de arrepentimiento se produjo en el famoso programa televisivo 60 Minutes, pero no convenció a demasiada gente. Incluida Quibilah Shabazz, quien durante un tenso cara a cara con el propio Farrakhan afirmó que pese a las habladurías sobre la complicidad del FBI en la muerte de su padre (habladurías no del todo descabelladas), ella seguía teniendo claro que la Nación del Islam había sido la principal responsable del asesinato su padre (pueden ver sus palabras en el último minuto de vídeo). Hasta el día de hoy, no hay motivos para pensar lo contrario.

Cuando esté muerto -y digo esto porque, por las cosas que sé, no espero vivir lo suficiente para ver este libro publicado en su forma final-, quiero que observéis y me digáis si acaso no tengo razón en lo que voy a decir: que el hombre blanco, en su prensa, va a identificarme con el odio. Hará uso de mí cuando muerto como lo ha hecho cuando estuve vivo, como un conveniente símbolo del odio, y eso le ayudará a evitar enfrentarse a la verdad de que todo lo que he estado haciendo ha sido sostener un espejo para reflejar, para mostrar, la historia de los inefables crímenes que su raza ha cometido contra la mía.

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