El asesinato de José Canalejas

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Jose-Canalejas-Mendez
  • Clasificación: Magnicidio
  • Características: Móvil desconocido (los motivos nunca fueron aclarados)
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 12 de noviembre de 1912
  • Perfil de las víctimas: El presidente del Consejo de Ministros de España y líder del Partido Liberal, José Canalejas Méndez, de 58 años
  • Método de matar: Arma de fuego (pistola FN Modelo 1910)
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Oficialmente, el asesino -un joven anarquista llamado Manuel Pardiñas Serrano-, se suicidó pegándose dos tiros en la cabeza instantes después del magnicidio
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El asesinato de Canalejas

Francisco Pérez Abellán – Libertaddigital.com

11 de febrero de 2005

José Canalejas Méndez -de 58 años, hombre asequible y dialogante, político liberal, defensor de la democracia, a la sazón presidente del Consejo de Ministros; gran orador, escritor y jurisconsulto- se dirigía, en la mañana del 12 de noviembre de 1912, desde su casa -situada en la madrileña calle de Huertas- hasta el Ministerio de la Gobernación, dando un agradable paseo. No le dejaron terminarlo: a las 11.25 caía asesinado.

Los tres policías que le acompañaban se habían distanciado bastante de él, tal vez por exceso de confianza. Uno de ellos le había rebasado para comprobar que el trayecto al ministerio estaba despejado; los otros dos se habían quedado algo rezagados. En la Puerta del Sol no había demasiado movimiento, no se apreciaba nada anormal.

Canalejas, gran amante de los libros -no sólo por su pasado de profesor y catedrático, sino principalmente por su vocación literaria-, se detuvo un momento a mirar las portadas de las novedades expuestas en el escaparate de la librería San Martín, semiesquina a la calle Carretas.

Fue sólo un instante. Ya se marchaba cuando vio que se le echaba encima un individuo alto, barbilampiño, con un bigote escaso, vestido con un traje oscuro y una pelliza -también oscura-; llevaba en la mano un revólver. Antes de que pudiera hacer nada por evitarlo, el individuo aquel le disparó dos veces en la cabeza, a menos de treinta centímetros.

Una de las balas penetró por debajo del oído derecho -varios granos de pólvora quedaron incrustados en la carne-, atravesó el bulbo raquídeo y salió por el oído izquierdo. Canalejas se echó las manos a la cara y cayó al suelo, agonizante. Testigo privilegiado del crimen fue Roberto San Martín, hijo del librero y dueño de la tienda, que miraba hacia la calle desde el interior de ésta. Roberto se acercó a Canalejas después de que el asesino le descerrajara un segundo disparo; también lo hicieron otros dos individuos: uno vestido de levita y otro con apariencia de sirviente, según el relato del propio librero.

Varias personas se abalanzaron sobre el criminal. Víctor Galán, ordenanza de la Sociedad Filarmónica, intentó sujetarle por los hombros después de que el rebote de una bala le ocasionara daños en el rostro. No fue el único herido leve del atentado. Así, Carmen Sanz del Moral, una joven de veinte años que acababa de descender de un tranvía y se dirigía a la calle Carretas, recibió el impacto de un abejorro de plomo en la mejilla, de la que inmediatamente manó sangre.

Pero el agresor no se detuvo: dio un salto, rodeó la caja de un carruaje aparcado al borde de la acera y, sin que nadie pudiera impedirlo, cuando se podía esperar cualquier cosa menos eso, se descerrajó un tiro en la sien derecha. Acto seguido hizo una extraña pirueta, dio unos pasos y se derrumbó, a unos cuatro metros de la acera.

En este punto difiere la versión ofrecida por los policías encargados de dar escolta a Canalejas, los inspectores Borrego, Martínez y Benavides. Según la declaración de Borrego ante el juzgado especial, iba paseando junto a Martínez, a cierta distancia del presidente, cuando éste se paró delante de la librería. Los agentes hicieron lo propio. En ese momento, «un individuo que estaba junto a un grupo de tres personas, con las que indudablemente no tenía nada que ver, se dirigió hacia el señor Canalejas y, rápido como el pensamiento, sacó un arma y disparó». A continuación, Borrego se fue hacia el asesino, al que golpeó con el bastón que portaba. El criminal replicó abriendo fuego, pero sin conseguir herir al policía. Después se lanzó, huyendo, a la carretera; huida que interrumpió para, finalmente, suicidarse. El hijo del librero contradijo la versión de Borrego en lo que atañe al bastonazo; según, el asesino no recibió golpe alguno.

Sea como fuere, quienes recogieron a Canalejas del suelo apreciaron que éste estaba inconsciente, y que brotaba abundante sangre de dos agujeros abiertos en su cabeza. Lo trasladaron, envuelto en una manta, al Ministerio de la Gobernación. Allí falleció, pocos minutos después; en concreto, a las 11.35, según se refería en las crónicas periodísticas.

El ayuda de cámara del conde de Villagonzalo, un joven de muy claro entendimiento llamado José Matías Arizmendi, fue uno de los testigos del atentado. Iba a comprar comida y medicinas cuando tropezó con Canalejas en el momento en que éste se paraba a contemplar los libros de San Martín. Arizmendi, que había mantenido relaciones con una doncella del presidente, se disponía a saludarle cuando resonaron los disparos. Muy impresionado, aunque haciendo gala de una gran serenidad, se acercó a Canalejas, y fue uno de los que procedieron a trasladarlo a Gobernación.

Entre tanto, la policía se había hecho cargo del cuerpo del criminal y lo había depositado en la Casa de Socorro de la Plaza Mayor. De acuerdo con los documentos que llevaba encima, se llamaba Manuel Pardinas Serrato, contaba 26 años y había nacido en El Grado (Huesca). Era un viejo conocido de las fuerzas de seguridad, que lo tenían por un anarquista muy peligroso. De hecho, se le había seguido la pista por varios países -incluso al otro lado del Charco- hasta poco antes del atentado.

La voz de alarma sobre Pardinas la habían dado en Argentina, de donde fue expulsado. Desde allí se comunicó a Madrid que el sujeto había embarcado rumbo a España. El seguimiento que se le había hecho había sido tan intenso que, según se recoge en informaciones fidedignas, sólo una hora después del crimen se recibió en Gobernación una carta en la que un agente español destinado en Francia advertía de que Pardinas había conseguido burlar la vigilancia a que se le había sometido en París.

El asesino de Canalejas permaneció con vida hasta las 14.23, cuando expiró en la mesa de operaciones. Las razones por las que aquel pintor-revocador que había trabajado en las obras del hotel Palace se convirtió en magnicida nunca se aclararon.

La hipótesis más audaz sostiene que se había comprometido con otros anarquistas a asesinar al rey Alfonso XIII. De hecho, estaría esperándole; pero al ver a Canalejas solo, tan cerca y a su merced, decidió matarle y no seguir aguardando a Su Majestad, pues tanto le daba uno como otro.

Canalejas había expresado a un grupo de amigos, en el transcurso de una cena, sus temores a sufrir un atentado, por lo que seguramente disponía de buena información; lo cual, al mismo tiempo, descarta que fuera asesinado por pura casualidad.

Su entierro, en el Pabellón de Hombres Ilustres, dio ocasión a una de las más grandes manifestaciones de duelo del pueblo español.


¿Quién mató a Canalejas?

Juan de Juan – Historiasdehispania.blogspot.com.es

10 de enero de 2007

En un reciente post hemos hablado del asesinato de Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno en el momento en que la ETA acabó con él. Si alguien repasa los comentarios que provocó este post habrá visto que las teorías conspirativas en torno a este hecho están al cabo de la calle y no son pocos los que creen en ellas. Quizá sea verdad o quizá no. Lo que sí está claro es que cuando un alto dignatario muere inesperada y violentamente, casi siempre cabe esperar que surja la interpretación de que dicha muerte no ha sido ni casualidad ni fruto de las causas que, en un primer análisis, parecen haberla provocado.

Hoy quiero hablaros de otro magnicidio, en la actualidad menos recordado: el de José Canalejas Méndez quien, al morir, en la madrileña Puerta del Sol, era también presidente del Gobierno, como Carrero. Su muerte, como espero explicaros, también está teñida de ciertas sospechas conspirativas.

Canalejas formó gobierno el 9 de febrero de 1910. Su llegada a la máxima magistratura fue consecuencia de la pérdida de confianza del rey, Alfonso XIII, en el anterior presidente, también liberal, Segismundo Moret, a quien ya hemos leído en estos comentarios interviniendo, como ministro, ante las Cortes para presentar la ley que acabó con la esclavitud humana en España. Moret había llegado a la jefatura del gobierno tras echar del mismo a los conservadores de Antonio Maura por la actuación de éstos en la Semana Trágica de Barcelona y, sobre todo, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Sin embargo, en muy poco tiempo Moret, que tenía algo de torpe, dilapidó su capital político, siendo necesario un cambio de gobierno sin que éste perdiese el tinte liberal (de izquierdas, para que nos entendamos).

En realidad, Canalejas no era, como cabría esperar, el número uno de su partido. La Restauración canovista partía de la base de que, en cada turno de gobierno entre los partidos conservador y liberal, gobernaría siempre el líder de cada formación; pero en 1910, así como en el Partido Conservador aún era indiscutido (por poco tiempo) el liderazgo de Antonio Maura, en el Liberal, sin embargo, la cosa ya no estaba tan clara. El partido liberal dinástico, en 1910, había ya olvidado los años del liderazgo único, que prácticamente se circunscriben a aquéllos en los que vivió el fundador de la formación, Práxedes Mateo Sagasta (el único político español que ahora mismo recuerdo con nombre de personaje de culebrón venezolano). El liberalismo dinástico, en los últimos años, acusaba de diversos e intensos personalismos y tenía, en realidad, no uno, sino cuatro líderes: Moret, el conde de Romanones, Canalejas y García Prieto. Tras la caída del primero, como hemos dicho, Canalejas maniobró y pactó con García Prieto su nombramiento como ministro de Estado (hoy Asuntos Exteriores, un destino muy suculento); y con Romanones su ingreso en Instrucción Pública, que llevaba añadida la presidencia de las Cortes algunos meses después (desde donde, como veremos pronto, el conde no tuvo reparo en tocarle los cojoncillos a su teórico jefe de partido).

Según algunos contemporáneos, fue el conde de Romanones, auténtico confidente de palacio en aquellos años, quien lubricó la llegada de Canalejas al poder, pues a Alfonso XIII aquel tipo no le gustaba demasiado por excesivamente, que diríamos hoy, progre. Sobre todo, anticlerical. Se dice que Doña María Cristina, la madre del rey, le dijo a Romanones, el día de la jura de Canalejas: «Por Dios, en usted confiamos». Cabe sospechar, por decirlo mal y pronto, que en Palacio estaban acojonados con la que les podría montar aquel carbonario ferrolano.

Tenemos, pues, a un presidente del gobierno que frisa los cincuenta años, en edad agraz para la política por lo tanto, de convicciones más demócratas que liberales (o sea, a la izquierda de la izquierda, aunque sin dejar de ser burgués). Por todo ello, candidato a entenderse más con la izquierda de su espectro político que con la derecha. Pero no será así. Todo el mundo sabe que la política hace extraños compañeros de cama. El problema de Canalejas no era la oposición, o sea el partido conservador; el problema de Canalejas era su propio partido, en el que había, por lo menos, dos o tres patricios que se sentían con tanto derecho y capacidad para liderar la formación como el propio Canalejas. Factor al que hay que unir su propia evolución, puesto que está bastante claro que, tanto más ejerció el poder Canalejas, más republicano avant la lettre se volvió, y más se convenció de que era necesario colaborar con las fuerzas conservadoras.

Quizá por eso Canalejas, nada más celebrarse las elecciones del 8 de mayo de 1910 (que ganó, claro, porque en aquel entonces las elecciones siempre las ganaba quien las convocaba) lanzó un discurso en el que aseguró al partido conservador que su ministerio se regiría por el riguroso respeto de la ley; afirmación que puede parecer inocente y fatua, pero que ante unos políticos que habían sido apeados del poder por haber, en su opinión, defendido la ley y el orden durante la Semana Trágica, tenía mucho significado.

Ante un parlamento mayoritariamente liberal, con elementos republicanos y aún socialistas, Canalejas dirá cosas tan propias del partido que teóricamente combatía como ésta: «Yo, que no he perdido la serenidad de juicio, hablo desde aquí a todos los obreros españoles y les digo: Os engañan conscientemente los que dicen que estamos preparando una campaña, una guerra. Estamos, sí, haciendo Ejército, robusteciendo instituciones militares, con el apoyo y la fuerza de las Cámaras, para que España no sea débil». El mismísimo José María Aznar firmaría estas palabras, a pesar de que, de haber existido en 1910, habría estado muy alejado de las bancadas de Canalejas en el Parlamento.

Así pues, las palabras de Canalejas, muchas veces, sonaban un poco como si Zapatero hubiese respondido a su victoria electoral del 2004 declarando… su compromiso con la invasión de Iraq.

Que Canalejas tendió una mano al partido conservador lo demuestra también que la afirmación de que sostendría el imperio de la ley recibió la respuesta del líder de la derecha, Antonio Maura, declarando: «Nosotros no somos de aquéllos que cuando les toca no gobernar impiden que los demás gobiernen».

Canalejas, aún así, no renunció a su política liberal. Dictó una real orden sobre libertad de cultos que escandalizó a las fuerzas católicas. Luego continuó con una ley, denominada «del candado», por la que limitaba el crecimiento de las órdenes religiosas, y que provocó la ira del Vaticano, ello a pesar de su moderación de base, pues se limitaba a impedir la creación de nuevas órdenes religiosas en un país, como aquella España, en el que dabas una patada en el suelo y salían veinte órdenes religiosas distintas.

De consecuencias de esta polémica, Canalejas hubo de retirar de Roma al embajador de España ante la Santa Sede, Emilio Ojeda; tan mal se pusieron las cosas. En el fondo de la cuestión estaba la voluntad de Canalejas de renegociar el Concordato entre España y el Vaticano, y ya se sabe que el Vaticano, en cuanto le quieren tocar los concordatos, se pone siempre muy nervioso.

La ley fue aprobada en una maratoniana sesión de las Cortes, de 18 horas, donde los carlistas, y muy especialmente el gallego Vázquez de Mella, practicaron cuanto obstruccionismo fueron capaces. Al final, por cierto, le metieron un gol por la escuadra: en medio de las negociaciones conciliadoras con el Vaticano, Canalejas aceptó una enmienda aparentemente inocente según la cual la ley perdería vigencia si en dos años no se aprobaba una nueva Ley de Asociaciones; cosa que, en una España tan convulsa como aquélla, fue imposible de cumplir.

En todo caso, no son pocos los estudiosos de Canalejas que rechazan la imagen del político como un hombre rabiosamente anticlerical. En primer lugar, su entorno privado era profundamente religioso, a través de su mujer. En segundo lugar, está comprobado que no fueron pocas las iniciativas que tomó para amigarse con el Vaticano (una de ellas a través del líder catalanista, Françesc Cambó, que hizo un viaje a Roma sólo para eso). En tercer lugar, su ausencia de voluntad revanchista, tan usual entre los anticlericales, quedó clara cuando, tras aprobarse la ley del Candado, se negó a secundar la iniciativa de Moret para que se secularizaran los cementerios y la educación. Y cuarto, porque dijo en público cosas como no que no concebía Estado sin religión. Canalejas tiene toda la pinta de ser un político convencido de la esencia católica de España (al estilo de su oponente Cánovas del Castillo, que decía que el catolicismo formaba parte de la Constitución Natural de España), a la vez que empeñado en establecer una separación clara entre Iglesia y Estado. Suya fue la primera norma, si no me equivoco, que estableció la potestad de jurar o prometer en público (excepción hecha de los militares, que siguieron jurando sí o sí).

Una de las frases preferidas de José Canalejas era, me parece a mí, una gran verdad política: «Todo lo que sea forzar la evolución, es destruirla». Quería cambiar España, pero no pintarla de nuevo.

Pues bien: aún y con ésas, aún y a pesar de enfrentarse frontalmente con la bestia negra del progresismo español de inicios del XX, o sea el Vaticano, Canalejas no vio sino acrecer los problemas a su izquierda. En primer lugar, la oposición le llegaba de su propio partido, de Segismundo Moret, que había perdido la presidencia del gobierno y ahora le hostilizaba en las Cortes a través de sus partidarios. Cuando estaba en componendas con Moret para que no le tocase las narices, otro prohombre liberal, Montero Ríos, la emprendió con él por su decisión de facilitar la aprobación de la Mancomunidad Catalana, reivindicada por los nacionalistas de allí.

De hecho, el asunto de Cataluña fue la segunda gran piedra de toque para Canalejas, unida a la ley del Candado y al problema de Marruecos (que, dado que los que iban a la guerra eran los obreros, venía a mezclarse con la creciente movilización proletaria). No sé si porque su padre era oriundo de Barcelona o por convicción política, me parece evidente que los intentos de Canalejas por resolver la cuestión catalana fueron sinceros y hasta valientes. Prat de la Riba, cuando llegó a Madrid para entregarle el proyecto de Mancomunidad, se lo dijo bien claro: «Por la moderación de esta fórmula [la Mancomunidad, en la que el catalanismo se desdijo de sus veleidades soberanistas], por su gubernamentalismo, por su concordia con la opinión general de España, Cataluña ha concebido grandes esperanzas. Que no se conviertan en desengaños».

Por su parte, Cambó lloró la muerte de Canalejas aseverando que España perdía a un gran hombre de Estado y Cataluña a un gran amigo.

En el debate parlamentario, la oposición al proyecto fue orquestada por Romanones (o sea, para que lo pilléis bien: Zapatero se presenta en el Congreso con un proyecto de ley, al que le pone la proa un grupo de diputados … ¡azuzados desde la tribuna por Manuel Marín!). Según diversos relatos, los conspirados liberales llegaron al acuerdo de que, si veían a Canalejas débil, Romanones, que presidía la sesión, se rascaría el sobaco. En ese momento, otro liberal, el diputado Burell, pediría la palabra, que el presidente le otorgaría con generosidad, para atacar frontalmente y a degüello al presidente y a su proyecto de Mancomunidad. Al parecer, la intervención de Canalejas fue tan rotunda que Romanones, calculando la posibilidad de una derrota, se aguantó el picor de la axila sin rascarse. Probablemente, también ayudaron dos emisarios que el presidente del gobierno envió a la tribuna presidencial a decirle cositas al oído al siempre maniobrero conde.

El paroxismo anticanalejista llegó a tal punto que, en esa misma sesión, un diputado liberal demócrata (o sea, como hemos dicho, la izquierda de la izquierda burguesa) realizó un vibrante discurso en el que invocó a los Reyes Católicos, artífices, dijo, de la unidad de España que la Ley de Mancomunidades iba a poner en peligro. Poned Estatuto donde dice Ley de Mancomunidades y seguro que os suena. ¡Ah! ¿Que queréis saber qué diputado era? Pues era don Niceto Alcalá-Zamora, el futuro presidente de la República. Let’s tie this fly by the tail.

Como podéis ver, y ya cantaban los payasos de la tele, no hay nada más lindo que la familia unida…

Los llamados demócratas, gérmenes de los futuros republicanos, así como los socialistas, le reprochaban a Canalejas que se entendiese con los conservadores. Y es que la Semana Trágica había provocado un movimiento de aislamiento del conservadurismo, el famoso ¡Maura, no!, que recuerda mucho al Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas. Ahora, sin embargo, el ejecutor de dicho pacto parecía entenderse con la formación a la que se buscaba aislar. La actitud de las izquierdas fue violenta, hasta el punto de mediar en ella la convocatoria de tres huelgas generales (en Bilbao, Sevilla y Valencia) y la generación de un clima de agitación social que provocó sucedidos como la huelga de Cullera, que merece que cualquier día le dediquemos un post específico. La declaración por la UGT de la huelga general en toda España (18 de septiembre de 1911) hizo necesario suspender las garantías constitucionales.

En agosto de 1911, una fragata se había rebelado en Tánger, motín de resultas del cual el gobierno decretó (y llevó a cabo) el fusilamiento de un fogonero, Antonio Sánchez Moya. Por aquel entonces, en Barcelona se dieron mueras al rey.

Canalejas se comió el marrón. Por los mentideros periodísticos circuló el rumor de que, de no haber estado el rey en Inglaterra durante los sucesos, Sánchez Moya nunca había sido fusilado. Es decir, toda la responsabilidad recaía en Canalejas. A ello se unió la condena a muerte en la persona de Juan Jover, alias el Chato de Cuqueta, cabecilla de la insurrección de Cullera. A finales de año, Canalejas le dijo a Romanones: «no puedo continuar como un muñeco de pim-pam-pum». A todas luces, se creía, se sabía la piñata de las izquierdas. Y añadió algo muy inquietante a la luz de lo que luego pasó: «Los que inducen a mi asesinato, que lo hagan personalmente, pues sería más digno».

El problema de Marruecos estaba, en 1911, al rojo vivo. Si algo necesitaba, no Canalejas, sino el presidente del gobierno español, era apoyo interno para conseguir respeto externo. Pero no lo tenía. Le faltaba dicho apoyo y le faltaba, además, de los suyos. En no menos de cuatro discursos lo pudo decir más alto, pero no más claro.

El rey, claramente preocupado por la situación revolucionaria, solicita, en noviembre de 1911, su opinión al líder de la oposición conservadora, Antonio Maura. Maura, tal era su costumbre, le responde por escrito, con un papel, conocido como el Memorando de Maura, escrito en su estilo ampuloso y alambicado, pero en el que, sucintamente, repasa los errores que el sistema político ha cometido dando pábulo a las fuerzas más radicales y lejanas de la monarquía (a los que llama facciosos en el documento) y defendiendo, ante el rey, el regreso al viejo sistema de la Restauración, es decir el turno pacífico de dos grandes partidos dinásticos, insinuando la exclusión de los demás al solicitar el fin de «la situación de condescendencia para con las diversas especies de revolucionarios».

Según Juan de la Cierva, que era algo así como el Alfonso Guerra del Felipe González que fue Antonio Maura, por aquel entonces tanto él como su jefe tuvieron preparada una lista completa de ministros y gobernadores, pues les fue anunciado que Canalejas caería y ellos ocuparían el gobierno. El 22 de enero de 1912, el rey recibió a Maura en Palacio, entrevista de la que está comprobado que Canalejas no tenía ni zorra idea (se lo dijeron los periodistas mientras almorzaba en el Ritz con unos políticos santanderinos, y se quedó de piedra). Todo parece indicar que el rey apoyaba un cambio de orientación.

Y Canalejas, además, está cansado. En julio de 1912 se lo confesó a Eduardo Dato, político conservador que acabaría, como él, siendo presidente del gobierno; y acabaría, como él, asesinado. En mayo, en las Cortes, la conjunción republicano-socialista, por boca de Gumersindo de Azcárate, le ha dado la puntilla: en discurso público, los republicano-socialistas han aseverado que, de no ser por la Semana Trágica, el gobierno conservador de Antonio Maura habría sido considerablemente mejor que el de Canalejas.

O sea: Zapatero llega al gobierno. En el gobierno, saca a las tropas de Iraq, legaliza el matrimonio homosexual, elimina la asignatura de religión en las escuelas, aprueba una ley de la memoria histórica, saca adelante el Estatuto catalán, subvenciona siete millones de guarderías, aprueba la ley de dependencia y le declara la guerra a los Estados Unidos. Y todo lo que consigue, después de eso, es que el ala izquierda de su partido se levante en el Congreso y diga que, de no ser por la guerra de Iraq, ¡los gobiernos de Aznar habrían sido mucho mejores que el suyo!

No me digáis que no es como para pensar: que os den por el c…

A las nueve de la mañana del 12 de noviembre de 1912, José Canalejas está en su casa, afeitándose (o, más bien, le están afeitando) mientras departe con sus amigos y colaboradores los asuntos del día. A las diez menos algo, se traslada en automóvil al Palacio Real con el alcalde de Madrid, Ruiz Giménez. A las diez y media, estaba de nuevo en su casa, y se dirigió al ministerio de la Gobernación, a presidir el Consejo de Ministros. Eran otros tiempos: fue a pie, y sin escolta (no le gustaba); o, más exactamente, con una exigua escolta siguiéndolo a prudente distancia. Remontó Huertas hasta la plaza del Ángel, luego la calle de Espoz y Mina hasta la Puerta del Sol, donde se paró a estudiar el escaparate de la librería San Martín.

En la Puerta del Sol estaba también Manuel Pardinas, un anarquista llegado de América, según la policía, para matar a Alfonso XIII. Esa mañana, los reyes iban a ir al Retiro, a una exposición de crisantemos (sic) y tenían que pasar por ahí. Podría ser que Pardinas quisiera matar al rey (aunque, como veremos, también se consolidó la teoría de que siempre fue a por Canalejas), pero vio al presidente del gobierno ahí, tan cerca, y decidió llevárselo por delante. Le disparó en la sien, a quemarropa, y luego inició una corta huida, pues tras dar unos pasos se suicidó.

Hasta ahí la Historia. Más allá, quedan las dudas, las preguntas, y las teorías. Veamos.

¿Era común que un terrorista anarquista que matara con pistola se suicidase, inmolase decimos hoy, en el mismo lugar del crimen? Bueno, esto sí que tiene su lógica, porque lo cierto es que Pardinas disparó contra sí mismo cuando se vio medio rodeado y comprobó que un transeúnte (Víctor Galán, conserje de La Filarmónica) se le echaba encima y que un policía le daba caza. Quizá se mató para evitar un posible linchamiento.

¿Por qué hablaba Canalejas, antes de su muerte, de las personas que querían su asesinato, y les conminaba a que diesen la cara públicamente? No podía referirse a los anarquistas, pues la voluntad de los anarquistas de cargarse a los mandamases burgueses no era cosa que estuviese oculta al conocimiento de nadie, así pues no demandaba de publicidad alguna.

¿A quién quería dejar Canalejas el gobierno? ¿A Moret, que le había puesto todas las zancadillas posibles? ¿A Romanones, que le negó el apoyo a su Ley de Mancomunidades hasta que a la cuenta atrás no le quedan ni diez segundos? ¿A Montero Ríos, que había maniobrado para echarle? ¿A los republicano-socialistas, que le habían montado una tangana en 1911 de la que resultó la suspensión de garantías constitucionales y el fusilamiento de dos activistas y, además, le echaban flores a Maura?

¿O, tal vez, al partido conservador que, con la lógica excepción de la cuestión religiosa, se había mostrado más bien no beligerante con él, tratándole de dejar gobernar; al partido conservador, que, según todos los indicios, era el que estaba en el deseo del rey?

Y, por cierto: ¿quién gobernó tras el asesinato de Canalejas? Pues los liberales, es decir, el partido que iba a perder el poder, según todas las trazas.

A las preguntas cabe añadir las inquietantes cosas que con el tiempo destapó la investigación del asesinato. A todas luces, Canalejas se sabía amenazado, y amenazado además por la persona de Pardinas, pues algunos días antes de su muerte le confesó a su mujer que estaba cabreado porque la policía española le había perdido la pista. Sin embargo, como suele ocurrir en estas cosas, este tal Pardinas, a pesar de estar buscado por la policía en España y en el mundo, pudo colocarse sin problemas como pintor en las obras del hotel Palace e incluso, según le confesó a su amigo y casero Emilio Corona, unos días antes había estado en el Congreso, sin que se llegase a averiguar, a ciencia cierta, quién le franqueó el paso. Asimismo, también se supo que el día anterior, a las dos de la tarde, Pardinas fue visto vigilando la puerta del chalet que en la calle Abascal tenía el escultor Mariano Benlliure. Y es un hecho que aquel mediodía los Canalejas visitaron al artista; pero lo que no se pudo saber es cómo llegó a Pardinas, insistimos un anarquista sin oficio ni beneficio y, además, perseguido por la policía, una información tan precisa.

Pardinas había llegado a España tras un amplio y costoso periplo por Europa y América, cuya financiación nunca quedó clara. Además, existen indicios de que el día antes de matar a Canalejas podría haber recibido una cantidad de dinero: a pesar de confesarse no fumador ni bebedor ni amigo de ningún vicio (algo típico de algunos anarquistas de la época, que querían ser puros como cartujos), la tarde-noche antes del asesinato se presentó en el café Mercantil, en la calle Ancha de San Bernardo, donde se apioló un vermú carísimo (francés, marca Susinis), varios coñás y, no contento con todo eso, amagó con invitar a copas a los 22 músicos de la banda que allí estaba tocando. Tampoco se sabe nada de la misteriosa mujer con que estuvo en el bar Sol, justo al lado del lugar donde mataría a Canalejas, pocos minutos antes de perpetrar el crimen.

Los indicios más claros hablaban de una reunión en Tampa, Florida, en la que elementos anarquistas y, diríamos hoy, antisistema, debatieron la posibilidad de matar al rey Alfonso. Decidieron que ese asesinato no serviría de nada, pues habría regencia, y por eso decidieron ir a por algún político principal, y eligieron a Canalejas.

Esa es la versión más o menos oficial. Pero, ¿quién mató a Canalejas? Otra preguntilla para el que quiera calentarse la cabeza.


El asesino de Canalejas tampoco se suicidó

Francisco Pérez Abellán – ABC.es

13 de febrero de 2016 – Actualizado: 14 de febrero de 2016

Manuel Pardiñas, autor de la muerte a tiros de José Canalejas Méndez, de 58 años, presidente del Consejo de Ministros, en la Puerta del Sol de Madrid, a las 11.25 horas del martes 12 de noviembre de 1912, no se suicidó, como se cuenta en los libros de historia. Tras el magnicidio murió de dos tiros en la cabeza, uno en la sien derecha y otro en el lóbulo frontal izquierdo, que no pudo dispararse él.

La imagen del gran fotoperiodista Marín, colaborador de ABC, de Pardiñas muerto colgado de la pared en el depósito judicial es una de las evidencias que más han aportado a este nuevo estudio de retroinvestigación criminológica que provoca otro vuelco en uno de los grandes enigmas del crimen político, y cuyas conclusiones definitivas serán presentadas en la Universidad Nebrija con la presidencia del rector Juan Cayón. Por cierto, que un trabajo de Antropología de la época de la Universidad de Madrid elaborado para aclarar el ya confuso crimen menciona una sola herida, la de la sien derecha, aunque al publicarlo se inserta una foto, variante de la de Marín, en la que se aprecian de forma inequívoca los dos agujeros de entrada de bala en la cabeza del muerto.

Canalejas, liberal reformista, implantó el servicio militar obligatorio, quitó el impuesto de consumos que gravaba a la gente más desfavorecida en las cosas de primera necesidad e implantó la célebre «ley del candado». En su tiempo se inició la costumbre de empezar el año tomando las uvas. La muerte de Canalejas fue la muerte de un hombre honrado, según lo cuenta Luis Antón del Olmet, periodista que escribe sin saber que él también morirá asesinado.

Manipulación

Las conclusiones que señalan de forma contundente que Pardiñas no se suicidó son el producto de una investigación que desvela cómo el atentado contra Canalejas fue sumido en la mayor confusión y manipulación nunca aclaradas hasta hoy. Hasta en la película rodada el mismo año del magnicidio que se puede ver en YouTube, simplemente poniendo «asesinato de Canalejas», cometen la ligereza de representar al homicida disparando por el lado derecho. El actor que lo representa es un joven Pepe Isbert, que, por cierto, cae en el error de levantarse del suelo una vez muerto.

Pardiñas es un criminal con un perfil calcado del de Mateo Morral, como si los ejecutores de reyes o presidentes conformaran un fenotipo. Y como en el caso del regicida, la autopsia médica no recoge la mayoría de heridas evidentes y muy significativas en su cuerpo. La insigne doctora en Medicina Legal y Forense María del Mar Robledo ha realizado el estudio médico incompatible con una autolisis. El criminólogo Javier Durán, con más de veinte años de experiencia en laboratorio de criminalística, tras pruebas en la galería de tiro con el arma de la época sobre cabezas de cerdo para reproducir las condiciones de los disparos, determina que se hicieron a cañón tocante y que, por el lugar y la trayectoria, no pudo infligírselos el supuesto suicida, porque cualquiera de los mismos provoca la muerte inmediata. Tuvo que haber un tirador que lo ejecutara. No se suicidó, pero todo se preparó para que lo pareciera.

Orificios de entrada

La doctora Robledo describe que Pardiñas «tiene una herida de entrada de bala en la región temporal derecha; herida de salida de bala en la región temporal izquierda; herida de entrada en la frente lado izquierdo; herida en el pómulo izquierdo posible orificio de salida de bala; herida contusa debajo del ojo izquierdo; herida contundente contusa irregular en pómulo derecho de tres centímetros aproximadamente; herida por objeto contundente en la región superior del tabique nasal con sangrado, heridas defensivas en ambas manos: nudillos, dedos y sangrado de uñas; herida por sable y marca de una porra en la espalda. El criminal vestía traje medianamente conservado y abrigo tres cuartos gris». Lo que encaja de forma perfecta en el sospechoso relato de los magnicidios en España que han cambiado el curso de los acontecimientos en cinco ocasiones, en siglo y medio, como si se hubiera encontrado una forma nueva de hacer política matando al presidente del Consejo. Los manuales afirman que Canalejas murió de un disparo que le entró por la oreja derecha, pero la realidad es exactamente al revés: el disparo le entró por debajo del lóbulo del oído izquierdo y le salió por el derecho. Esto, al comprobar que el homicida se acercó por la espalda, arroja la posibilidad de que fuera zurdo, con lo cual haría imposible que se disparara a la sien derecha.

La pistola que utilizó era «una Browning nueva de gran calibre», que el estudio balístico determina que fue la modelo 1910, de 9 mm corto, la «mataduques», porque intervino en el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que lleva un cargador de seis balas. Contando los disparos que supuestamente hizo Pardiñas, no le quedarían balas para suicidarse. El asesinato se cometió ante el escaparate de la mítica librería San Martín, semiesquina a la calle Carretas, hoy desgraciadamente desaparecida, mientras Canalejas miraba las novedades. En la luna quedaron dos agujeros de bala, y uno en el marco del ventanal. Tres. Canalejas recibió dos disparos. Uno en la cabeza, que le mató, y otro en el codo derecho. Cinco. El transeúnte Víctor Galán, que intentó detener al asesino, recibió un balazo en el brazo, y un policía que quiso capturarlo fue objeto de otro disparo que no le dio. Siete. Aun aceptando que uno de los tiros de la luna pudo ser el que atravesó la cabeza de la víctima, ¿de qué pistola salen las dos balas que mataron a Pardiñas?

Muchas falsedades

Las falsedades que se han contado sobre estos hechos históricos abarcan todos los ámbitos, desde las que le adjudican a Pardiñas la misma edad de Morral, cuando llevaba encima la fe de bautismo, que indica claramente que tenía 32 años, hasta las que dicen que vestía una zamarra cuando llevaba un gabán y mató a Canalejas por pura casualidad, puesto que se proponía acabar con la vida de Alfonso XIII. Pero esto queda igualmente desmentido por hechos rotundos que enseguida vamos a señalar. Por cierto, ¿no es extraño que el asesino lleve en su bolsillo la fe de bautismo? No hay un caso igual en los anales del crimen.

El día anterior al asesinato, Pardiñas estuvo merodeando por el taller del escultor Mariano Benlliure, que le estaba haciendo un busto a María Purificación Fernández, la esposa del presidente, para matarlo allí si se acercaba a recogerla. El personal de servicio de la casa lo reconoció sin duda alguna tras el atentado.

Además, Canalejas llevaba mucho tiempo preocupado por las amenazas de muerte. La esposa afirma que se sentía sentenciado. Su marido le dijo que la Policía había perdido el rastro de un tipo peligroso que podría darle un enorme disgusto. Hasta le dio el nombre: Pardiñas. La noche anterior a su muerte el presidente no pudo conciliar el sueño y cuando quedó levemente dormido tuvo una angustiosa pesadilla. Días antes había hecho venir al obispo que le casó para confesarse. Tras el despacho con el Rey Alfonso XIII, al ir a salir del alcázar, le sacudió una ráfaga de viento: «Hoy vamos a tener un mal día», dijo. A las 11.25 se confirmó el augurio, según señala su reloj, que quedó parado al romperse en el suelo.


En el asesinato de Canalejas, Manuel Pardiñas actuó con total impunidad aunque estaba fichado

Francisco Pérez Abellán – ABC.es

14 de febrero de 2016 – Actualizado: 15 de febrero de 2016

Manuel Pardiñas Serrato, el asesino de Canalejas, natural de El Grado (Huesca), hijo de Pedro y Vicenta, era un individuo de regular estatura, rubio, con asimetría de la cara muy pronunciada, especialmente en la nariz. Su fisonomía fue calificada de pueril con barba en lagunas, rala. El pabellón de la oreja derecha tenía rebordes plegados. El fiscal Mena recogió los documentos que extrañamente portaba como si alguien hubiera querido estar seguro de que una vez muerto se le identificaría rápida y plenamente. Es decir que se aseguraron después de ejecutarle.

Según mi retroinvestigación criminológica, Pardiñas era un anarquista muy conocido cuya ficha antropométrica figura en los registros de la policía. Y aunque el propio presidente del Consejo sabía su nombre y se sentía amenazado por él, estuvo al acecho tranquilamente en un bar próximo a la escena del crimen pese a ser el kilómetro cero de Madrid y cercano a Gobernación, donde ese día había Consejo de Ministros.

Se afirma en el relato histórico que en cuanto cometió el crimen Pardiñas huyó a escape. Sin embargo un transeúnte trató de detenerle y también un policía, el primero que aparece. Una vez libre de ellos, se dice que se refugia tras un coche de punto en la parada a la entrada de Carretas donde, según el relato más autorizado se disparó, dos tiros desplomándose gravísimamente herido. A las 2,23, del 12 de noviembre de 1912, es dado por muerto como suicida y trasladado al depósito judicial donde se le practicará la autopsia. Y sin embargo como se ha demostrado no pudo suicidarse. En el cadáver se encuentra un retrato de mujer con dedicatoria: «A mi inolvidable Manuel», otro documento encriptado con la leyenda: «Conflagración mundial, París», folletos de propaganda anarquista, un fragmento de la «Astronomía Popular» de Flammarion, un número del periódico ABC del día del crimen, una pluma estilográfica de oro, una cédula personal, una carta del Comité Internacional de Ginebra en la que se le pregunta si todavía trabaja en el Hotel Palace, la cartera y el reloj.

El Rey Alfonso XIII, muy emocionado, se presenta de inmediato en Gobernación acompañado del marqués de Torrecilla y del general Aranda. Ante el cadáver de Canalejas fue informado por el jefe de policía. El rey le contestó con dureza: «¡Pues sí que han vigilado ustedes bien!». En la crónica de El Heraldo, el periódico de Canalejas, se afirma que hubo un motín ciudadano por la negligencia policial.

Presuntamente la policía había seguido los pasos de Pardiñas, un tipo taciturno y reservado, poco sociable, hasta días antes en Burdeos, donde se supo que se había internado en España. Hay testigos que dicen que el asesino estuvo acompañado hasta minutos antes del crimen y se señala como compañeros a un hombre y una mujer. Uno de los misterios está resuelto, pero queda el más importante: ¿cómo se financiaba Pardiñas? Hizo numerosos viajes a América, idas y vueltas: Estados Unidos, Cuba, Argentina y también Burdeos, París, Zaragoza y Madrid. Gastos que no están al alcance de un simple decorador. La policía pudo enterarse de que Pardiñas había recibido importantes sumas de dinero durante el tiempo que estuvo en Florida y, ya en Europa, también fuertes cantidades procedentes de Tampa, lo que le permitía vivir holgadamente. Todo ello puede justificar viajes y una vida regalada en bares y restaurantes. Pardiñas tiene más perfil de sicario ejecutor de contratos que de idealista ácrata.

Según los informes era un desertor del Ejército, fugado muy joven del hogar paterno. Había sido expulsado de la república Argentina a raíz del asesinato del jefe de la policía de Buenos Aires. El diario «España Nueva» también asegura que se conocía al criminal porque el día 9 de octubre se dio la orden de imprimir 60 fichas de él, copiadas de la que envió la cárcel de Huesca, y que la noche anterior al crimen estuvo a punto de caer en manos de la policía.

Los agentes de seguridad

Los agentes que tenían a su cargo la vigilancia del presidente eran Eduardo Borrego, José Martínez y Demetrio Benavides. Según ellos, al detenerse Canalejas en el escaparate de la librería un sujeto que actuó «velozmente», se acercó al presidente entre un grupo de personas, apoyó la mano en su hombro y disparó muy cerca de la cabeza. No pudiendo evitarlo. Borrego se abalanzó sobre el asesino y le propinó un bastonazo en la cabeza, con lo cual Pardiñas cayó al suelo disparando sobre el agente sin hacer blanco. ¿En qué hombro se apoyó? ¿Con qué mano hizo el disparo? Nada de esto se precisa.

Algunas versiones indican que arrastraron a Pardiñas al interior de un portal y que no se disparó detrás de un coche de caballos. Pero sea como fuere, la confusión de los hechos en el relato difundido no ofrece ninguna fiabilidad.

Agustín Pardiñas, carpintero, de 20 años de edad, interrogado por la policía dijo que su hermano no estaba afiliado a ninguna secta, ni le oyó jamás expresarse en términos que hicieran sospechar que pudiera ser partidario del atentado.

Hay una serie de personajes históricos que con una precisión inquietante coinciden en los primeros magnicidios españoles que han creado escuela. Dos de los más relevantes son Segismundo Moret, masón, confidente de Prim, presidente del Gobierno cuando la bomba de Mateo Morral, que sigue activo con Canalejas y tras su muerte sería nombrado presidente del Congreso. Otro es el conde de Romanones, Alvaro de Figueroa y Torres, fallido ministro de Gobernación en el atentado contra Alfonso XIII en la calle Mayor que preside el Congreso cuando la muerte de Canalejas al que sorprendentemente sucede en el cargo de presidente.


José Canalejas Méndez (1854-1912)

Mcnbiografias.com

Político, escritor y notable jurisconsulto, nacido en El Ferrol, el 31 de julio de 1854, y fallecido en Madrid, víctima de un atentado anarquista, el 12 de noviembre de 1912.

Realizó sus estudios en Madrid ya que su familia se trasladó a la capital. Se licenció en la Universidad Central de Madrid en Filosofía y Derecho, y alcanzó, en el año 1873, el puesto de auxiliar de cátedra. Tras dedicarse un corto período de tiempo a la docencia, decidió ayudar a su padre, ingeniero de los Ferrocarriles del Sur. Intentó, por dos veces, opositar a la cátedra: en 1878 frente a Menéndez Pelayo, y en 1882; fracasó en ambas ocasiones, por lo que decidió abandonar su breve vocación pedagógica. Como «hijo» del Sexenio revolucionario (1868-74), su primer norte político fue don Emilio Castelar. Su tío, don Francisco de Paula Canalejas, uno de los redactores del proyecto de la constitución liberal del año 1873, ejerció sobre el joven Canalejas un especial influjo. Hizo su primer ingreso político en las filas del Partido Demócrata Progresista de Ruiz Zorrilla. En 1881 obtuvo un Acta de diputado por la provincia de Soria. En años sucesivos desempeñó varios cargos de gobierno, hasta el año 1883, cuando se hizo cargo de la Subsecretaria de la Presidencia. En 1888 ocupó el ministerio de Fomento en el segundo gobierno de Mateo Práxedes Sagasta, desde el que pasó al de Gracia y Justicia con ocasión de una crisis gubernamental. Durante su actuación en este último cargo se distinguió por el interés prestado al perfeccionamiento del régimen penitenciario y a la aplicación del reciente Código Civil.

En diciembre del año 1894 pasó a ocupar el ministerio de Hacienda, donde realizó una extraordinaria actividad. Con el propósito de solucionar los brotes independentistas provenientes de Cuba y Filipinas, el 30 de octubre de 1897, se entrevistó en Nueva York con un grupo de jefes insurrectos. A mediados de ese año ya se había separado del Partido Liberal, a raíz del manifiesto pro-autonomista encargado por Sagasta. Una vez que se perdieron las dos últimas colonias ultramarinas, Canalejas se lanzó a una labor cuyo objetivo era afianzar su prestigio conseguido dentro y fuera del partido, como disidente a la expectativa de la reconciliación. En el año 1902, Sagasta volvió a presidir el gobierno, otorgando a Canalejas el ministerio de Agricultura y Obras Públicas, cargo en el que estuvo tan sólo unos meses, los suficientes para dar salida a un proyecto de Ley por el que se creó el Instituto del Trabajo. La caída de Sagasta, en diciembre de 1902, provocó la primera crisis seria del reinado de Alfonso XIII. En medio de las luchas por la jefatura del Partido Liberal, Canalejas alcanzó la presidencia del Congreso, en enero de 1906. El 8 de mayo de 1910, apoyado por muchos pero respaldado mínimamente, el rey Alfonso XIII le encargó la creación de un nuevo gobierno, tras el breve mandato de Moret, después de la Semana Trágica de Barcelona y el fusilamiento de Francisco Ferrer.

Uno de los grandes problemas nacionales con los que se encontró Canalejas en su gobierno fue la cuestión eclesiástica. Con una gran visión sobre el problema religioso de su época, supo distinguir la cuestión religiosa de la política. José Canalejas era un católico convencido y practicante, pero que nunca se mostró dispuesto a tolerar las extralimitadas injerencias del clero. El 9 de junio del mismo año presentó el famoso proyecto, llamado Ley del Candado, por el que se impidió el establecimiento de nuevas órdenes religiosas hasta que no se aprobase una nueva Ley de Asociación. Debido a este decreto tan polémico, Canalejas se granjeó la enemistad del clero más radical y de la gran mayoría de la derecha española. Grupos católicos y derechistas organizaron diversos actos de protesta, en los que incluso proferían proclamas de enfrentamiento bélico. Canalejas fue motejado de anticatólico furibundo, pero siguió con la ley adelante, retirando del propio Vaticano al embajador, ante la obstinación pertinaz del Pontífice. Finalmente, el 24 de diciembre del mismo año, las Cámaras aprobaron la espinosa Ley del Candado. Canalejas también se enfrentó, con habilidad política no exenta de energía y resolución, a otras cuestiones difíciles del gobierno y que demandaban una urgente solución: la cuestión catalana (proyecto de Mancomunidades), en colaboración con Prat de la Riba; varias intentonas republicanas, como la insurrección del guardacostas Numancia frente a las costas de Tánger, el 2 de agosto de 1911; los sucesos subsiguientes acaecidos en Cullera; la efervescencia obrera, con la huelga general ferroviaria del año 1912; la supresión del oneroso impuesto de consumos; y, finalmente, la implantación del servicio militar obligatorio.

En política exterior, también actuó con decisión. Cuando Francia tomó Fez (Marruecos), el 3 de junio de 1911, con el pretexto de mantener el orden en la zona, José Canalejas no se arredró y ordenó el avance español sobre Larache, Arcila y Alcazarquivir.

Pero, aunque decidido en su política, José Canalejas acabó siendo asediado por todos sus adversarios, que eran muchos, dentro y fuera del propio país. El 12 de noviembre de 1912, José Canalejas fue asesinado frente a la librería San Martín, en plena Puerta del Sol, por Manuel Pardiñas, anarquista, quien efectuó tres disparos por la espalda a Canalejas; inmediatamente después se suicidó al verse acorralado por efectivos policiales. José Canalejas murió durante el trayecto que le trasladó al Ministerio de la Gobernación.

 


VÍDEO: ASESINATO Y ENTIERRO DE DON JOSÉ CANALEJAS (1912)


 

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