Arthur Warren Waite

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Arthur Warren Waite
  • Clasificación: Asesino
  • Características: Envenenador
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: Enero / Marzo 1916
  • Fecha de detención: 23 de marzo de 1916
  • Fecha de nacimiento: 1889
  • Perfil de las víctimas: Su madre política, Hannah Peck / Su padre político, John E. Peck
  • Método de matar: Veneno (Gérmenes de difteria y tuberculosis - Arsénico)
  • Localización: Nueva York, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Fue ejecutado en la silla eléctrica en Nueva York el 24 de mayo de 1917
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Dr. Arthur Warren Waite

Última actualización: 27 de marzo de 2015

EL ENGAÑO – El dentista perverso

Arthur Warren Waite era un hombre encantador. Desde la juventud había logrado manejar a la gente a su antojo y durante el juicio siempre confió en salir absuelto de la acusación de asesinato.

Durante el juicio, el doctor Arthur Warren Waite, acusado de doble asesinato, subió al estrado de los testigos y dirigió una sonrisa general a la sala, abarrotada de público. A lo largo de tres días había escuchado sin inmutarse las palabras de la acusación y pareció completamente relajado, e incluso divertido, cuando el fiscal del Distrito dio cuenta de los horribles detalles de los crímenes cometidos. Ahora que le había llegado el momento de hablar, el doctor Waite, un hombre elegante y bien parecido, se estaba riendo en sus barbas.

Declaró que todo aquello era cierto. Había llegado a asesinar a su suegra mezclando en su comida varios gérmenes de distintas enfermedades. Y sí: a las pocas semanas intentó hacer lo mismo con su suegro. Pero esta vez la cosa no había funcionado, por lo que utilizó el arsénico. Al final, dijo el acusado, empleó cloroformo y asfixió al anciano con una almohada. ¿Por qué lo había hecho? «Por dinero», contestó Waite sencillamente.

Durante la primavera y el verano de 1916, el juicio por asesinato de Waite fue el tema de conversación preferido en los círculos sociales más distinguidos de Nueva York. Incluso el tradicionalmente serio New York Times le dedicaba diariamente varias líneas en primera página y publicaba severos editoriales en relación con el asunto. El caso, que implicaba temas como el asesinato, el dinero, la alta sociedad y ciertas relaciones sexuales ilícitas, poseía todos los ingredientes típicos de un best-seller.

El doctor Waite pertenecía a una familia de clase media muy influyente. Su infancia se desarrolló en Grand Rapids, Michigan, y a la edad de diecinueve años se matriculó en la Universidad para estudiar odontología. Era un estudiante mediocre y constantemente metido en problemas por su afición a copiar en los exámenes. A pesar de todo, consiguió el título. En 1914 fue despedido de un empleo, en Sudáfrica, por falsificar unas facturas, y regresó a Grand Rapids, donde comenzó a prosperar como dentista.

A finales del verano de 1915 Arthur Waite -de veintiocho años- conoció a Clara Peck, la hija de un millonario propietario de una industria de artículos de droguería llamado John E. Peck. Este era uno de los hombres más ricos del Medio Oeste y la boda, que tuvo lugar en septiembre, constituyó el acontecimiento social de la temporada. Los recién casados establecieron su residencia en Nueva York en un lujoso apartamento de la zona de moda, Riverside Drive, regalo del padre de la novia.

La elegante pareja pronto comenzó a gozar de prestigio social. Entre las personas influyentes a las que fueron presentados se encontraban un antiguo amigo de los Peck, el doctor Jacob Cornell, de la Escuela Médica Cornell, y su sobrina, la señorita Elizabeth Hardwick.

A su llegada a Nueva York, Arthur Warren Waite se puso a estudiar bacteriología y adquirió todo tipo de libros sobre la fiebre tifoidea, la difteria, el ántrax y otras enfermedades infecciosas. A través de sus contactos en la Escuela Médica Cornell le fue posible obtener ciertas cantidades de bacilos del tifus y de la difteria y llevar a cabo en los laboratorios Cornell sus propios experimentos.

A principios de enero de 1916 el señor John E. Peck y su esposa viajaron a Nueva York para visitar a su hija y a su flamante marido. A poco de llegar, la señora Hannah Peck comenzó a encontrarse mal. Durante el juicio, Waite explicó las causas de la enfermedad: «Empecé a envenenarla en la primera comida, nada más llegar. Le puse en los alimentos seis tubos surtidos con gérmenes de neumonía, difteria y gripe. Cuando se quejó de no sentirse bien y se metió en la cama, trituré doce tabletas de veronal y se las di antes de dormir con algo caliente.» En el certificado de defunción se atribuía la causa de la muerte a un fallo del riñón.

Después de asistir al funeral de su esposa en Grand Rapids, John E. Peck volvió a Riverside Drive para encontrar consuelo en su hija. Pero ni él ni Clara sabían que Arthur estaba trayendo a casa, en su maletín de mano, varias muestras de organismos de tifus, neumonía, gripe y difteria.

«En una ocasión le di un spray nasal lleno de bacterias de tuberculosis -contaría Waite más tarde-. Como no parecieron afectarle, probé dejando abierto un tubo de cloro gaseoso en su habitación, confiando en que el gas acabaría minando su resistencia, tal y como ocurrió con los soldados en el frente. Pero tampoco sucedió nada. Así que intenté provocarle una neumonía poniéndole agua dentro de las botas Wellington, humedeciendo los calcetines, abriendo la ventana de su dormitorio y mojándole el asiento del coche antes de que se montara en él. Pero nada de esto funcionó.»

Como aumentaba su impaciencia, Waite recurrió entonces al veneno. El 9 de marzo compró algo de arsénico y a la noche siguiente un criado le descubrió mezclando algo en la cena del anciano. «Es la medicina de padre», dijo Waíte. Por la mañana el señor Peck cayó enfermo. El doctor le diagnosticó un simple corte de digestión y le recetó un calmante. Al día siguiente la sorpresa del médico fue mayúscula al enterarse de que el paciente había fallecido a las tres de la madrugada. Una vez más la muerte se atribuyó a un fallo del riñón.

Clara Waite, que había perdido a sus padres en tan sólo seis semanas, estaba destrozada. Y también algo perpleja al saber por su marido que tanto su padre como su madre, oponiéndose a la tradición familiar, habían expresado su deseo de ser incinerados.

A Waite le faltó tiempo para ponerse a hacer todos los preparativos. Embalsamó el cadáver de John E. Peck y arregló su traslado a Grand Rapids para los funerales. Su frenética actividad se vio interrumpida por la llegada del doctor Jacob Comell, que acudió a darles el pésame. A éste le sorprendió bastante que el joven dentista, habitualmente encantador y muy bien educado, se comportara ahora de modo brusco y desabrido.

En el primer momento, Arthur Waite se negó a que el visitante viera por última vez el cuerpo de su viejo amigo, y accedió a ello sólo después de ser presionado. Los modales de Waite extrañaron tanto a Cornell, que aquella misma noche comentó el asunto con su sobrina, Elizabeth Hardwick.

Mientras tanto, Arthur Waite y su esposa tomaban el tren hacia Michigan; el ataúd iba en el vagón de mercancías. Entre los miembros de la familia Peck que aguardaban su llegada en la estación de Grand Rapids se encontraba el hermano mayor de Clara, Percy Peck. A éste, que, al igual que su hermana, estaba profundamente afectado, nunca le había gustado su nuevo cuñado. Pero lo que más le preocupaba era el telegrama, sin firma, que llevaba en el bolsillo. Había llegado aquella mañana y el mensaje era escueto y alarmante: «Se han despertado sospechas. Pide la autopsia.»

Ignorando la impaciencia de Waite por incinerar el cadáver, Percy Peck se llevó el cuerpo de su padre a la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan. Allí se puso en contacto con el decano y le pidió que le realizara la autopsia y analizara el contenido de su estómago. Al regresar a casa, Percy Peck descubrió que su cuñado había huido a Nueva York, abandonando a su esposa.

El intermedio de Ciudad del Cabo

El padre de Waite era un próspero hombre de negocios de Grand Rapids, Michigan. Cuando estudiaba en la Universidad, Waite estuvo a punto de ser expulsado al ser sorprendido robando dinero y luego copiando en un examen. Era un mal estudiante, pero en 1909 consiguió el título de dentista.

Los contactos de su padre le colocaron en la firma Wellman y Bridgeman, que envió a Waite a Sudáfrica para que abriera una oficina en Ciudad del Cabo. Waite trabajaba a comisión, pero fue despedido por falsificar las facturas de un trabajo que nunca llegó a realizar. También allí se comprometió con una rica jovencita americana, pero el matrimonio no se celebró. En 1914 regresó a Grand Rapids sin trabajo y completamente arruinado.

DEBATE ABIERTO – Dementes

Tanto Armstrong como Waite se declararon inocentes. Durante los juicios de uno y otro la defensa mencionó el tema de la salud mental. Pero mientras Waite intentó dar la impresión de no hallarse en su sano juicio, Armstrong sostuvo que era su víctima quien estaba loca.

Herbert Armstrong trató de resarcirse de la actitud tiránica de su esposa buscando la compañía de otras mujeres. En 1915, a los cuatro años de su boda conoció a Marion Glassford Gale, y cuando en 1921 falleció su esposa, le pidió que se casara con él. A pesar de este compromiso, al parecer Armstrong mantuvo también un breve flirteo durante unas vacaciones que pasó en el Mediterráneo al poco tiempo de la muerte de su esposa.

Pero en tema de mujeres el mayor Armstrong, al lado del doctor Waite no parecía más que un aficionado. Joven, guapo y muy persuasivo, Waite era un seductor empedernido. Acabó comprometiéndose con la hija de uno de los hombres más ricos del Medio Oeste. Pero ni siquiera el brillante futuro que le podía deparar aquel matrimonio fue capaz de evitar que engañara a su novia.

En su defensa ambos envenenadores alegaron locura. Pero mientras que Waite aludía a su propia demencia, Armstrong, por el contrario, se la imputaba a su esposa fallecida, cuya locura fue certificada por el manicomio Barnwood. Declaró que fueron las inclinaciones suicidas de su esposa las que le impulsaron a tomar el arsénico ella misma.

La línea de la defensa en el caso Waite era aún más exótica. El acusado declaró que en él se había reencarnado un egipcio de la Antigüedad. En el estrado afirmó que «aunque mi cuerpo vive en América, mi alma está en Egipto. Es el egipcio que hay en mí quien ha cometido los asesinatos”.

«Cuando el señor Peck nos visitó por primera vez -dijo-, el egipcio me obligó a llenarle la garganta de gérmenes; pero, a pesar de que estos le hicieron enfermar, no llegaron a matarlo. Entonces me ordenó que empleara el arsénico, mucho más eficaz. Me dijo que se lo pusiera en la sopa y en el té… Yo hice lo que pude, pero el egipcio era quien lo controlaba todo.»

Esta teoría de la reencarnación no logró convencer al jurado. Pero sí sugiere que la confianza en su propia habilidad para salir de apuros acompañó a Waite hasta el último momento.

DOBLE ASESINATO – En la sopa

Gracias a la profesión médica que ejercía, Waite contaba con la tapadera perfecta para sus experimentos con bacterias y su laboratorio doméstico. Pero los destinatarios de sus preparados estaban más cerca de morir que de ser curados.

Percy Peck, cuyas sospechas iban aumentando por momentos, decidió obtener la ayuda del médico de su padre, el doctor Perry Schultze. Al cabo de unas horas éste había tomado un tren hacia Nueva York acompañado del pastor protestante de la localidad, el reverendo A. W. Wishart, quien seis meses atrás había casado a Arthur y Clara. Nada más llegar subieron a un taxi que los condujo a las oficinas de la agencia de detectives Schindler, en Broadway.

La información que proporcionaron en la agencia fue escueta. Sospechaban de un caso de doble asesinato y deseaban contratar una vigilancia de 24 horas al día para seguir al sospechoso. La familia Peck quería estar al tanto de cualquier movimiento que hiciera Arthur Waite. Una vez de vuelta en Grand Rapids, Percy Peck puso una conferencia a la oficina del fiscal del Distrito de Nueva York. Un hombre muy rico había fallecido repentinamente en extrañas circunstancias. Entre los que podían obtener algún beneficio de aquella muerte destacaba sobre todo su yerno. Aunque aún no existían pruebas de que se hubiera cometido un crimen, ¿podría el fiscal del Distrito, señor Swann, autorizar una investigación?

La respuesta de éste consistió en someter al sospechoso a un interrogatorio. Le sorprendió comprobar que se trataba de un hombre correcto y muy educado que tenía respuestas para todo. El único pecado que admitió haber cometido era el de simular estar en posesión de falsas titulaciones. Al parecer, no existía motivo para que asesinara a su acaudalado suegro quien había firmado unas generosas capitulaciones matrimoniales para Arthur y Clara. En cualquier caso, dijo Waite, enfadado, contaba con 25.000 dólares de su propiedad, ahorrados durante su estancia en Sudáfrica. Admitió que no tenía trabajo, pero declaró que estaba estudiando música en la YMCA e idiomas en la Escuela Berlitz.

Sin embargo, las explicaciones de Waite no lograron convencer al experto jurista. Al mismo tiempo, los detectives contratados para seguir los pasos del sospechoso pasaron a los periódicos neoyorquinos la información de que estaba a punto de descubrirse un importante caso de asesinato.

Los periodistas comenzaron a investigar el pasado de Waite. Tomaron al asalto a sus amigos, vecinos y colegas de Nueva York, Grand Rapids e incluso de Ciudad del Cabo. ¿Era cierto que Arthur Waite había sido expulsado del colegio acusado de falta de honestidad en los exámenes? ¿Cómo se las había arreglado para amasar tales cantidades de dinero en Sudáfrica? ¿Quién era la rica heredera a quien se decía que Waite le había propuesto matrimonio en Ciudad del Cabo? ¿Y por qué ésta le había rechazado?

Por fin, el lunes 20 de marzo, el asunto acabó explotando. Waite -un recién casado sospechoso de haber asesinado a su suegro- tenía una amante, una hermosa y joven cantante llamada Margaret Horton. Quien, además, estaba casada. Estas relaciones adúlteras aumentaron aún más las sospechas de la opinión pública con respecto a Arthur Waite.

«He leído en los periódicos de qué se te acusa -le dijo Margaret a Waite aquella tarde, cuando se encontraron en la Escuela Berlitz-. Tú no lo hiciste, ¿verdad?» <Sí -contestó él-, lo hice.»

Aquel mismo día, un poco más tarde, el autocontrol de Waite comenzó a vacilar. llamó por teléfono a la tía de Clara, la señorita Katherine Peck, a su suite en el hotel Park Avenue. «¿Qué es lo mejor que puede hacer un hombre cuando está acorralado? -le preguntó-. ¿Cree que lo más correcto sería suicidarse?»

La tía Katherine, por supuesto, le aconsejó que no lo hiciera y sugirió que fuera a verla para hablar un rato. Así pues, aquella noche pasaron varias horas en el coche, dando vueltas por la ciudad y discutiendo la situación. La anciana señora ignoraba por completo que anteriormente Waite había intentado asesinaría mezclando en su comida gérmenes, arsénico y vidrios triturados.

El miércoles 22 de marzo, el fiscal del Distrito, Swann, recibió las pruebas que estaba esperando. La autopsia realizada en Grand Rapids revelaba la presencia de restos de arsénico en el estómago de John E. Peck, lo cual constituía una prueba suficientemente firme de que el magnate había sido envenenado. A la mañana siguiente la policía tuvo que derribar la puerta del apartamento de Waite, en el Colloseum; le encontraron inconsciente a causa de una sobredosis de drogas. Al parecer, el consejo de la tía Katherine había caído en el olvido.

Waite fue rápidamente conducido al hospitar Bellevue, en Nueva York; delante de la puerta de su cuarto se estableció una constante vigilancia policial. Mientras los médicos le hacían un lavado de estómago, el fiscal del Distrito se hallaba presentando ante el Gran Jurado las pruebas para una acusación de asesinato. Los detectives habían encontrado en la biblioteca de Waite una serie de libros de medicina relacionados con el empleo de arsénico. Y además, la doncella, Dora Hillier, declaró que dos días antes de la muerte de Peck ella misma había observado cómo Waite mezclaba algo en la sopa del anciano.

Pero Clara Waite, que estaba en Grand Rapids, no perdía la confianza en su marido. «Arthur quería demasiado a mis padres como para hacerles algo así», les dijo a los periodistas.

Al día siguiente, Arthur Waite se había recuperado bastante y fue capaz de proporcionar a los detectives su versión de los hechos. Era cierto, dijo, que tres días antes de la muerte de su suegro había comprado arsénico. Con toda seriedad les confió a los interlocutores que lo único que hizo fue ayudar al anciano. Le parecía horrible adquirir un veneno como aquél, pero fue el propio Peck quien le pidió que lo hiciera.

Al oír semejante confesión, la madre de Waite -que acababa de llegar a Nueva York, junto con su marido- se vino abajo. Y también desapareció por completo la fe que Clara conservaba en su marido. «Esto es el colmo -dijo-. Ahora sí que creo que es culpable.»

Fue al día siguiente cuando Waite, en el hospital, confesó ambos asesinatos. Los había cometido, declaró, bajo la diabólica influencia del «Egipcio», nombre con que se refería a su otro yo asesino. Esta declaración proporcionó una pista para la actuación de la defensa durante el juicio, que se inició el 22 de mayo de 1916. Se declaró inocente de la acusación de asesinato y alegó demencia. «Si consiguen probarlo -había escrito Waite-, me imagino que acabaré en la chaise (la silla); pero espero pasar el tiempo que esté detenido como un imbécil … »

El caballeroso comportamiento de Arthur Waite a lo largo de los cinco días de juicio dejó atónitos a todos los observadores. Sin mostrar signo alguno de ansiedad o de nerviosismo, estaba tranquilamente sentado en el banquillo, sonriendo o soltando carcajadas a medida que avanzaba el relato de los crímenes descubiertos; e incluso presumiendo de que los asesinatos de John y Hannah Peck no eran más que parte de la historia. Tal vez estuviera tratando exagerar su «locura» desplegando ante el tribunal una serie de reacciones anormales. También declaró que había intentado envenenar a la tía de su mujer, Katherine Peck, y que proyectaba asesinar a la propia Clara para casarse «con una mujer más bonita». Se dijo entonces que se trataba de la cantante Margaret Horton, con quien Waite había vivido un apasionado romance en una habitación, alquilada por meses, del hotel Plaza de Nueva York.

Fue precisamente este asunto de faldas el que provocó la caída definitiva de Waite. En cierta ocasión, a principios de 1916, había llevado a Margaret Horton a cenar al Plaza y en el comedor se dio de bruces con el doctor Jacob Cornell y con Elizabeth Hardwick. Waite, cogido por sorpresa, intentó simular que la acompañante era su enfermera. Pero el olfato de la señorita Hardwick adivinó la verdad. Nunca le había gustado Waite y, al enterarse de la repentina muerte de John E. Peck, ocurrida tan sólo a las seis semanas de la de su esposa, no tuvo más que sumar dos y dos. Pero, como carecía de pruebas, se contentó con enviar el misterioso telegrama sin firma que recibiera Percy Peck en Michigan.

Arthur Waite fue declarado culpable y condenado a muerte. Consiguieron dilatar el asunto llevándolo ante el Tribunal de Apelaciones, el cual hizo firme la sentencia. La mañana del 24 de mayo de 1917 el reo se encaminó tranquilamente hacia la silla eléctrica de Sing Sing. La rutinaria autopsia reveló las huellas en su cerebro de una meningitis e, irónicamente, un corazón extraordinariamente grande.

La amante de la música

Arthur Waite conoció a Margaret Horton en septiembre de 1915, a poco de su llegada a Nueva York; y se dedicó a esperarla a la salida de la academia de música neoyorquina donde ella estudiaba. Todos los días pasaban juntos un rato, especialmente la una o dos horas de clase que ambos recibían en la Escuela de Idiomas Berlitz. Más tarde la pareja alquilaría una habitación, la 1.105, en el costoso hotel Plaza, bajo el nombre supuesto de W. A. Walters y señora. Allí se citaron durante varios meses seguidos todos los días entre las cuatro y las cinco de la tarde.

Margaret estaba casada con Harry Mack Horton, un ingeniero dedicado a suministros de guerra. A sus veinticuatro años, se la describía como “una mujer grande y bastante rellena con cierta llamativa belleza».

Las mujeres de Waite

Arthur Warren Waite tenía un afán por las mujeres realmente increíble. Aparte de la aventura en Sudáfrica con una rica heredera americana, y de las sonadas relaciones con Margaret Horton, perseguía a las mujeres dondequiera que fuese. En la época de su compromiso con Clara Peck estuvo en Bethlehem (Pensilvania), donde vivió un romance con una joven llamada Catherine Hobbs. Le pidió que se casara con él, pero un buen amigo la avisó de que Waite ya estaba comprometido. Arthur lo negó, manifestando que Clara y él «sólo eran amigos».

En el transcurso de las investigaciones llevadas a cabo en Grand Rapids por el ayudante del fiscal del Distrito Francis X. Mancuso, éste informó de que Waite no era aficionado a la bebida ni al juego, pero sí gastaba enormes sumas de dinero en mujeres. Sin embargo, no tenía deudas; era, sencillamente, incontrolable.

El embalsamador

Arthur White conocía el arsénico lo suficientemente bien como para saber que su presencia en el cuerpo de su suegro podría ser detectada con facilidad. Así que se las arregló para que el cadáver fuera embalsamado y sobornó al embalsamador para que dijera que el arsénico formaba parte de sus productos de trabajo, aunque la ley de Nueva York prohibía el empleo de arsénico para tales fines.

El embalsamador, Eugene Oliver Kane, declaró que Waite le había pagado 9.000 dólares que le entregó a escondidas en la funeraria. Kane confesó también a los detectives que le aterraba ser descubierto, por lo que enterró el dinero cerca de un faro de Orient Point, en Long Island. Cuando la policía cavó en el lugar indicado encontró 7.800 dólares. El fiscal del Distrito de Nueva York confiscó el dinero inmediatamente.

Las víctimas

  • John E. Peck nació en Newburg en 1844. Se trasladó a la próspera ciudad de Grand Rapids, Michigan, en los años sesenta y fundó un negocio de droguería junto con su hermano Thomas. Ambos se hicieron millonarios.
  • Hannah Peck era la segunda esposa de John, divorciado de su primera mujer.

Fechas clave

  • 09/09/15 – Matrimonio de Arthur Warren Waite con Clara Peck.
  • 10/01/16 – John y Hannah Peck llegan a Nueva York. Waite comienza a envenenar a Hannah.
  • 30/01/16 – Muerte de Hannah Peck.
  • 10/03/16 – John Peck cae enfermo.
  • 12/03/16 – Muerte del señor Peck.

 


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