Arthur Shawcross

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Arthur Shawcross

El estrangulador de Rochester

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: ¿Canibalismo? - Mutilación
  • Número de víctimas: 13
  • Periodo de actividad: 1972 / 1988 - 1990
  • Fecha de detención: 5 de enero de 1990
  • Fecha de nacimiento: 6 de junio de 1945
  • Perfil de las víctimas: 2 niños y 11 mujeres prostitutas
  • Método de matar: Arma blanca - Varios
  • Localización: Rochester, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Condenado a 250 años de prisión en 1991
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El estrangulador de Rochester

Última actualización: 16 de marzo de 2015

Durante veintiún meses, de 1988 hasta enero de 1990, un asesino desconocido hace reinar el terror en la ciudad de Rochester y sus alrededores. Once víctimas conocidas, en su mayoría prostitutas, han sido estranguladas y sus cuerpos dejados a orillas del río Genesee o en los matorrales cercanos a él. Otras desapariciones, especialmente de prostitutas negras como Kim Logan o Rosalie Oppel, nunca han podido aclararse.

Rochester, en el Estado de Nueva York, es la sede del imperio Eastman-Kodak, que después de un enorme boom económico pasó por una grave recesión a comienzos de los años ochenta, lo que la obligó a suprimir muchos puestos de trabajo. A algunas manzanas de la fábrica Kodak, las avenidas Lake y Lyell son el centro de un barrio caliente de prostitución de bajo precio. Esas dos arterias no resultan nada atractivas, con sus locales de venta de automóviles de ocasión, salas de strip-tease y bares de aspecto turbio.

Las prostitutas, en general jóvenes, son casi todas drogadictas o alcohólicas. Ataviadas con jeans, son independientes, pues sus tarifas son tan bajas que no atraen la codicia de los «protectores»: diez dólares por una felación, treinta dólares por un «mitad y mitad» (penetración y felación). De noche, el barrio está desierto, lo que hace muy vulnerables a esas muchachas.

Durante meses, la policía se pregunta si se trata de un solo y único asesino. Esto se refiere principalmente a una de las víctimas, Dorothy Keller, de 58 años, que no corresponde al perfil de las otras infortunadas. Ni drogada ni prostituta, los restos esqueléticos de Dorothy fueron descubiertos en octubre de 1989, en el río Genesee, casi seis meses después de su desaparición. Otra mujer, June Stott, difiere también de la norma de esas prostitutas que pagaron con la vida el error de escoger el cliente equivocado. Con 30 años, June Stott era ligeramente retrasada mental y nunca había ejercido la prostitución.

La falta de indicios da lugar a los rumores más extravagantes en un tema que no abandona la primera página de los diarios locales. El asesino es un habitual de las prostitutas. Según unos, trata de vengarse después de haber contraído el sida una vez que se «ocupó». Para otros, es un policía conocido por las chicas, a las que atrae con distintos pretextos o a las que detiene. 0 bien es un tipo que detesta a las mujeres y que, al matar a las prostitutas, se deshace, en cierto modo, de una madre o una hermana mayor a la que odia. El asesino, para otros, debe de pertenecer a un culto satánico, como el de Charles Manson, o bien se disfraza de pastor protestante para engañar a sus víctimas.

Pese a los esfuerzos de la policía, que ha conseguido incluso la total colaboración de las prostitutas, ninguna pista da resultado. La colaboración activa entre la policía y las prostitutas es cosa rara en esta clase de asuntos, como pudo constatarse, desgraciadamente, en el caso del asesino del Rio Green, un desconocido asesino de cuarenta y nueve prostitutas en la región de Seattle. Finalmente, las autoridades locales recurren al FBI, que envía al agente especial Gregg McCrary.

El perfil psicológico del asesino, establecido por el FBI, resulta decisivo en un punto: recomienda a los policías que vigilen con la mayor atención los lugares donde se dejaron los cadáveres y en especial los alrededores del río Genesee cercanos a Rochester, pues es muy posible que el asesino vaya allí a revivir la excitación de sus crímenes.

*****

Primera pista

Durante meses circulan las hipótesis más absurdas hasta ese miércoles 3 de enero de 1990 en el que, a las 11.40, una patrulla en helicóptero divisa a un hombre de unos cuarenta años de pie en un puente del lago Salmon, en Ogden, un barrio residencial de Rochester. Bajo ese puente, a unos seis metros por debajo de él, los policías perciben el cadáver de una mujer. El sospechoso sube a un Chevrolet Celebrity gris y se dirige a una clínica de reposo de Wedgewood. Dos motoristas, enviados por radio, identifican al propietario del vehículo: Arthur Shawcross, nacido el 6 de junio de 1945, que les enseña un permiso de conducir caducado. No ha tenido tiempo de renovarlo, les dice, pues acaba de salir de una larga estancia en prisión.

La presencia de Shawcross cerca de un cadáver no basta y no prueba nada, pero la policía no suele creer en coincidencias como ésta, tanto más cuanto que se entera de que Shawcross está en libertad provisional desde 1987 tras quince años de prisión por el asesinato de dos niños, Jack Blake, de 10 años, y Karen Ann Hill, de 8 años, en su ciudad natal de Watertown. Karen fue toqueteada por Shawcross. He aquí cómo él mismo describe estos dos primeros crímenes en su confesión de 1972, reiterada a la policía de Rochester el 4 de enero de 1990:

“Me habían invitado a una fiesta de cumpleaños en familia. Como hacía buen tiempo decidí ir a campo traviesa en vez de tomar la carretera. Me disponía a salir cuando llama a la puerta un chiquillo y me pregunta si quiero acompañarlo a pescar. Le contesto que no puedo. Cierro la puerta y salgo por la parte de atrás de la casa, pasando por un campo, en dirección al centro comercial.

Un poco más allá, me encuentro en la marisma y oigo un ruido detrás de mí. El chiquillo me había seguido. Lo ayudé a salir del estanque en que había caído. «Oye, deja de seguirme», le digo. Se niega a hacerme caso, me contesta que va a donde quiere y que nadie puede impedírselo. Lo dejo y continúo mi camino. Paso por encima de una alambrada y rodeo otro estanque. Vuelvo a oír un chapoteo. Ha caído otra vez al agua. Ahora estoy verdaderamente furioso. Le dirijo unos cuantos insultos y le ordeno que regrese a su casa. Me contesta: «Voy a donde me da la gana.» Entonces, pierdo el control. Le doy un puñetazo en la cabeza. Cae y me marcho. Más tarde, llego a casa de mi suegra, para la fiesta. Regresamos a casa hacia las once de la noche. Debían de ser las dos o las tres de la madrugada cuando la madre del crío vino a preguntarme dónde se encontraba su hijo. «No lo he visto desde la mañana», le digo. Por instinto, supe que se encontraba todavía allí, cerca del estanque. Tres o cuatro días más tarde, fui para estar seguro. Estaba en el agua. Traté de ocultar su cuerpo con hojas antes de regresar a Watertown. Tenía miedo, pero decidí no pensar en todo eso.(… ) Volví para verlo y sólo había un esqueleto”.

El médico que practica la autopsia de Jack Blake cree que le obligaron a desnudarse antes de su muerte o que lo desvistieron después. La policía sospecha que sufrió violencias sexuales. Más tarde, Shawcross dará otra versión del asesinato de Jack Blake, pero hay que aceptarla con precaución, pues fue grabada por los psiquiatras de la defensa. Cuando le juzgan, Shawcross trata de hacerse pasar por caníbal, víctima de abusos sexuales muy graves en la infancia; dice que su madre lo sodomizó violentamente con el mango de una escoba rasgándole la pared anal, aunque no hay pruebas médicas que permitan sostener esta tesis. Shawcross agrega que aprendió a matar y mutilar mujeres en Vietnam. En pleno juicio, se proyecta un vídeo en el que se le muestra bajo los efectos de la hipnosis. La defensa trata de probar que Shawcross no es responsable de sus actos y que debe enviársela a un hospital psiquiátrico. Aunque posee un cociente intelectual medio, de 96, es un criminal endurecido por más de quince años de prisión y sabe engañar a las autoridades judiciales o a los psiquiatras. Como la mayoría de los asesinos en serie, sabe perfectamente las respuestas que los psiquiatras y los psicólogos esperan de gente como él. No había mencionado abusos sexuales ni canibalismo cuando los policías lo interrogaron, ni en 1972 ni en 1990. Escuchen ahora esta nueva versión del asesino de Jack Blake:

“Le golpeé en la cabeza y en el cuello antes de estrangularlo. Me hizo el mismo efecto que aquí, en Rochester, pues corté pedazos de su cuerpo para comérrnelos. Me llevé su pene, sus testículos y su corazón para devorarlos. Ignoro por qué actué así. También violé su cadáver. Lo mismo que con todas las chicas de Rochester. Hasta me tumbé un momento al lado de algunas de ellas. No logro explicarme mi actitud, pero es así”.

En enero de 1990, los detectives Blythe, Militello, Barnes, Borriello y Campione interrogan a Shawcross sobre el asesinato de los dos niños. Repite, casi palabra por palabra, su confesión de 1972 en Watertown, y no dice nada de canibalismo ni de mutilaciones post mortem.

El detective Blythe le pregunta:

-Art, ¿tuviste relaciones con ese muchacho?

-No.

-¿Lo conocías bien?

-Iba a menudo a pescar con él.

-Y la niña, ¿puedes decirnos cómo era?

-Sí. Tenía el cabello rubio o castaño claro. Le caía hasta los hombros.

-¿Era muy desarrollada para su edad? ¿Tenía mucho pecho?

-No me acuerdo. Pero era de estatura mediana.

-¿Era bonita?

-Sí.

-¿Y dónde pasó todo, exactamente?

-Cerca de la calle Mill, en Watertown. Hacía dos horas, más o menos, que yo estaba pescando. Es en la desembocadura del río Black. Era un día magnífico. Y la vi. Le pregunté si no tenía miedo de estar sola y me contestó que iba a menudo por allí.

-¿Cuánto tiempo, estuviste con ella?

-No más de diez o quince minutos.

-¿Cómo iba vestida?

-Creo que llevaba short. 0 tal vez pantalón.

-¿Tuviste relaciones sexuales con ella?

-Sí.

-¿Y al terminar, estaba todavía viva?

-Sí.

-¿Estabas desnudo?

-No, me bajé los pantalones.

-Y ella, ¿estaba tumbada en el suelo?

-No, creo que estaba inclinada hacia adelante.

-¿Le quitaste el vestido?

-Sólo su short o su pantalón, que estaba bajado.

-¿La penetraste por detrás?

-Sí. La penetré con mi polla.

-Ya sé que te es difícil contarnos todo esto -dice el detective Militello-. Y quiero decirte que te agradecemos tu ayuda.

-Trato de olvidar el pasado -suspira Shawcross.

-¿Dónde estabas cuando la estrangulaste? -insiste Blythe-. ¿Estabas todavía dentro de ella?

-No, ella estaba de pie cuando la maté.

-¿Crees que te siguió porque quería tener relaciones contigo?

-No, no lo creo, porque lloraba y sangraba al mismo tiempo… Cuando la vi ya no oí ningún ruido alrededor mío. Todo estaba en silencio. La luz del día se puso a brillar y creí que se trataba de mi hermana Jeannie… La obligué a chupárrnela antes de violarla. Ella tenía miedo. Gritaba. Luego, al ver lo que había hecho, la estrangulé. El brillo de la luz del día desapareció y cubrí su cuerpo con hojas y piedras antes de marcharme.

*****

El incesto

Sin que los investigadores se lo pidan, Arthur Shawcross menciona sus relaciones incestuosas con su hermana Jeannie:

-Un día le dije a mi madre que mi hermana y yo éramos más que hermanos.

-¿Qué le contaste a tu madre? – pregunta Blythe.

-Mi hermana Jeannie tiene tres años menos que yo. Ahora está casada con un militar y han vivido mucho tiempo en Grecia.

Vacila, se queda un momento en silencio.

-¿Tenías relaciones con ella? – insiste Militello.

-No, sólo la lamía y la acariciaba. Duró tres años, hasta que ella cumplió los diecisiete.

-¿Y ella hacía lo mismo contigo?

-No, no. Me dejaba hacer, eso era todo.

Interrogada más tarde, la hermana de Shawcross, Jeannie Williams, negó firmemente haber tenido cualquier tipo de relación con su hermano.

Al tratarse del asesinato de los dos niños, Shawcross da pruebas de mucha habilidad. Llega a un acuerdo, que las autoridades judiciales no hubieran debido aceptar nunca, a cambio de confesar voluntariamente esos dos crímenes, con los cuales ninguna prueba lo relaciona directamente. Lo condenan a veinticinco años de prisión por el asesinato de Karen Ann Hill. No se le acusa del asesinato de Jack Blake ni de la violación de la adolescente. Se promete a los padres de las víctimas que Shawcross no saldrá de prisión antes de haber cumplido toda su condena, pues la comisión encargada de dictaminar sobre las libertades vigiladas nunca dejará salir a un criminal como él, tanto más cuanto que cometió esos asesinatos mientras estaba en libertad vigilada por un delito anterior. Ya sabemos lo que pasó con esta promesa.

Esa tarde del 3 de enero de 1990, la policía se entera de que Shawcross trabaja de noche preparando ensaladillas para una casa de comidas por encargo de Rochester. De nuevo, otro elemento coincide con el testimonio de una prostituta alarmada por uno de sus clientes, un tal Mitch, que trabaja de noche en una casa de comidas: no puede gozar más que si su pareja finge estar muerta.

A los detectives la actitud de Shawcross les parece extraña. Plácido, afable, hasta tranquilo, no se interesa en saber de qué se le acusa. Explica su presencia en el puente por el deseo de orinar después de la comida. Nadie le cree. Se encuentra en un lugar muy frecuentado y en pleno día. Además, el puente está a menos de cinco kilómetros de su destino, la clínica de descanso Wedwood, donde habría podido orinar tranquilo. La policía cree que Shawcross miraba el cadáver desde el puente para revivir la excitación del crimen y experimentar así un poderoso placer. ¿Tal vez se masturbaba?

A la una y media, Shawcross da a los policías autorización para que registren su automóvil antes de que lo vuelvan a llevar a su casa donde lo dejan sometido a vigilancia. Durante la noche y la madrugada del 4 de enero, la policía investiga. Unos inspectores van al barrio rojo, a las avenidas Lyell y Lake, y vuelven a interrogar a las prostitutas, pero esta vez llevan fotos de Shawcross. Varias de ellas lo reconocen: es Mitch, un habitual al que le cuesta mucho tener una erección y eyacular. Una, Joanne Van Nostrand, declara algo capital: se «ocupó» con Shawcross en el coche de éste, aparcado en el parque Durant Eastman, muy cerca del río Genesee. Él le dijo que trabajaba para la G and G Food Service, y le contó que se hirió en un pie en un accidente en el puente del Driving Park. Llevaba una armadura ortopédica de plástico. Durante el acto sexual, Van Nostrand mantuvo un cuchillo apretado contra la armadura del pie de Shawcross, precaución que adoptaba con todos sus clientes desde que comenzó la oleada de crímenes. Se fijó en que había un catalejo entre los asientos del coche. Antes de marcharse, Shawcross le ofreció bolsas de patatas fritas y manzanas. Unos días después de la fiesta del Día de Acción de Gracias, el cuarto jueves del mes de noviembre, Joanne Van Nostrand vio a Shawcross en compañía de otra prostituta, Elisabeth Gibson. La muchacha llevaba un abrigo de color rosa. Once horas más tarde, la policía descubrió el cadáver de Elisabeth Gibson en el condado de Wayne. El barniz de la carrocería del auto de Shawcross era idéntico a una brizna de pintura hallada cerca del cadáver. También eran idénticas las huellas de los neumáticos.

El registro del Chevrolet Celebrity gris permite descubrir un pendiente que perteneció a June Cicero, cuyo cadáver se encontraba bajo el puente el día en que la patrulla del helicóptero se fijó en Shawcross. En la mañana del 4 de enero presentan a Shawcross estas pruebas. Exactamente a la una y ocho minutos de la tarde confiesa que mató a Elisabeth Gibson, a la que conocía con el nombre de Teresa:

-La conocía desde marzo de 1989. Trabajaba en la avenida Lake. A finales de noviembre subió a mi coche y pasé el puente en dirección al Upper Falls Boulevard y luego hacia Saint Paul. Al llegar al condado de Wayne, aparqué detrás de un edificio. Discutimos un momento y le dije que me costaba empinarme. No hay problema, me contestó, puedo solucionarlo. Le pregunté cuánto quería. Ya lo hablaremos luego, me dijo. Se puso a chupármela, pero no conseguía nada. La acaricié un poco y vi mi cartera en el suelo del coche. No sé si ella la hizo caer o qué. Me la metí en el bolsillo del pantalón mientras ella se desnudaba. Estábamos sentados en los asientos delanteros. Habíamos comenzado a follar cuando ella me metió bruscamente los dedos en los ojos. La aparté violentamente con el brazo. Y debió ocurrir algo, pues dejó de respirar.

-¿Le apretabas el cuello?

-Creo que me asusté. Apreté la garganta con el brazo… Traté de hacerle un boca a boca, pero sin resultado. Entonces la llevé al bosque, cerca de un tractor abandonado, y la dejé en el suelo. Volví al automóvil para tomar la carretera de Lake en dirección a la central nuclear. De camino, arrojé su ropa por la ventanilla. Al pasar por el puente de Irondequoit me di cuenta de que tenía aún su abrigo y lo arrojé por encima del parapeto. Y regresé a casa.

Shawcross niega haber participado en los demás crímenes de los que se le acusa. A las cuatro de la tarde, el detective Borriello le enseña los dos pendientes colocados en dos saquitos de plástico, uno descubierto en el cuerpo de June Cicero y el otro hallado debajo del asiento delantero del Chevrolet Celebrity gris. La propietaria de ese coche es Clara Neal, la amante de Shawcross. Cinco minutos más tarde el inspector Blythe entra en la sala acompañado por Clara Neal y ésta reconoce que prestaba a menudo su automóvil a Shawcross. No se explica la presencia en él del pendiente y suplica a su amante que diga la verdad. Leonard Borriello acentúa la presión preguntando al detenido por qué mezcla a Clara en ese asunto:

-¿Tienes relaciones con Clara Neal? -pregunta Blythe.

-Sí, más o menos una vez cada dos semanas. Me ayuda en mi problema. Además, he visitado dos veces a un psicólogo.

-¿Qué problema?

-No consigo empinarme ni correrme. Creo que es a causa de un sentimiento de culpa que viene de mi pasado.

-¿Por qué piensas eso?

-Es lo que me dijo el psicólogo.

-¿Te entiendes bien, sexualmente, con Clara?

-Con Clara consigo estar empinado más tiempo que con Rose, porque me sopla y me mete la lengua en la oreja. Pero con ella tampoco me corro.

-¿Y con tu mujer?

-Nos entendemos bien. Casi siempre se coloca encima de mí. Así estoy empinado más tiempo.

-¿Miras vídeos o revistas porno?

-No, no me sirve de nada. No me ayudan. No me corro porque me duele físicamente. Por eso no consigo mantener mucho rato una erección.

Shawcross exige la presencia de su esposa Rose y el inspector Militello sale de la sala para ir a buscarla. Regresa con ella a las 4.28 de la tarde. Como hizo Clara Neal, suplica, a su marido que diga la verdad y le promete que, suceda lo que sea, estará a su lado.

-¿Qué ha pasado? -le pregunta.

-¿Te acuerdas de aquella noche que regresé a casa con rasguños en la cara y alrededor de los ojos?

-Sí, me acuerdo.

-Pues bien, me vi obligado a hacerle daño a una chica.

-Escucha, Art -interrumpe el inspector Militello-. Querías que trajéramos a tu mujer y aquí está. Ahora será mejor para todos que digas la verdad.

Rose abraza a su marido y sale de la habitación. Son las 4.39. Inmediatamente después, Shawcross pide al detective Barnes que le enseñe las fotos de las desaparecidas. William Barnes se las tiende exigiéndole que indique a cuáles de ellas mató. Shawcross las coloca en dos montones. En el de la izquierda pone las fotos de Elisabeth Gibson, Dorothy Blackburn, June Stott, Patty Ives, June Cicero, Frances Brown, Darlene Trippi, María Welch y Anna Steffen. Duda largo tiempo al examinar la foto de Felicia Stephens, una prostituta negra, que finalmente no coloca en el montón de sus víctimas. Shawcross confiesa plenamente respecto a diez víctimas, pero se niega con obstinación a reconocer su culpa en el asesinato de Felicia Stephens, cuyo cuerpo estrangulado fue hallado cerca de los de June Cicero y Dorothy Blackburn. Son las 9.5 de la noche.

Shawcross protesta:

-Nunca he ido con negras.

-Pero dijiste a alguien que prefieres que te la chupen.

-No.

-¿Nunca?

-No.

-¿No te acuerdas de una conversación en noviembre último con Clara Neal y su hijo Robert Lee?

-No.

-Estabas en casa de Clara y le dijiste que te gusta que las negras te la chupen, porque tienen los labios gruesos.

-No, no lo dije yo. No voy con negras.

-Escucha, Art dice Borriello-, hemos sido amables contigo. Ya sé que no quieres que Rose sepa que fuiste con una negra…

-Ni siquiera te pediremos que firmes una confesión – interviene Campione-, pero necesitamos saber la verdad.

-Nunca subió al coche -insiste Shawcross.

-Entonces, ¿cómo te explicas lo que le pasó?

-Iba por la avenida Plymouth hacia la calle Mayor y eran sobre las dos de la madrugada, el miércoles o el jueves después de Navidad. Me detuve ante el semáforo en rojo en el cruce de esas dos calles. La ventana del lado del pasajero del Chevrolet Celibrity estaba abierta a medias. Una mujer negra se acercó corriendo al coche y metió la cabeza por la ventana. Inmediatamente apreté el botón de cierre automático, dejándola así prisionera por el cuello. La estrangulé con mis dos manos porque gritaba que la violaban. Luego, abrí la ventana y, cogiéndola por los cabellos, la metí dentro y terminé con ella. A continuación, me dirigí al parque Northampton para arrojar el cadáver. Lo había desnudado por completo.

-¿Por qué?

-Quería ver qué tal quedaba así.

Shawcross niega con energía tener algo que ver con la desaparición de otras prostitutas negras como Rosalie Oppel, Kim Logan o Gail DeRyke. Sigue negando haber tenido relaciones con Felicia Stephens. A las diez de la noche, el detective Campione trae una ensalada y pollo, pero Shawcross no quiere comer.

Coleman pregunta:

-Creo que serviste en Vietnam, ¿verdad?

-Sí, y tuve treinta y nueve muertos confirmados con mi fusil M-16. Y muchos otros no reconocidos porque estaba solo en la selva. El Tío Sam me enseñó a matar.

-¿Tuviste allí problemas con las mujeres>

-Maté a dos, una chica y una adolescente. Eran vietcongs. Y además las mutilé.

-¿Por qué?

-Porque ellas hacían lo mismo con los americanos.

*****

Las mutilaciones

El relato sobre mutilaciones que ahora va a leerse procede de los recuerdos de Shawcross explicados a los psiquiatras que lo examinaron antes de la vista de su juicio.

“En aquella época, yo estaba como envuelto en una bruma. En un valle, no lejos de Kontum, veo a una mujer y disparo. No quedó muerta del todo. La até a un árbol. Preparé un fuego de campamento. Entonces me fijé en otro enorme árbol vacío. Cuando la sorprendí, ella estaba ocultando en él un AK-47. Un sendero atraviesa el bosque y conduce a algunas chozas sobre pilotes. Había allí muchas armas, comida y municiones. Oigo ruido en una de las chozas. Subo por la pequeña escalera. Sale una muchacha. La llevo para atarla al lado de la otra. Son el enemigo. Corto el cuello de la primera. Le corto la cabeza. Los viets son supersticiosos. Clavo la cabeza en un poste, que coloco cerca de las armas ocultas. No me reconocía a mí mismo. Nunca había hecho algo así. Luego, corté la carne de la pierna de aquella mujer, por el muslo y hasta la rodilla. Como un jamón. La asé en el fuego. No olía muy bien, pero cuando estuvo bien asada me puse a comerla. Sabía a cerdo o a mono. El resto del cuerpo lo dejé encima de un nido de hormigas. Mientras preparaba mi comida, la otra muchacha se desmayó y se meó encima. La violé, pero antes la obligué a chupármela. No comprendía lo que quería, pero su cuerpo sí que lo comprendía. La desaté para atarla a dos árboles más pequeños. Después, comí algo más y afilé mi cuchillo sin dejar de mirarla. Se desmayó varias veces. La corté ligeramente de la nuca al pubis. Gritó y se cagó de miedo. Tomé mi M-16, tapé el cañón contra una teta para que fuera silencioso y, apuntándole a la frente, apreté el gatillo. Finalmente, le, corté la cabeza y la puse en un poste, como la otra. Colgué su cadáver de los pies. A continuación la mutilé como si fuera una vaca. ¿Por qué? Varios días después dije a algunos de mis compañeros que fueran a recoger las armas y municiones. Lo quemaron todo pero dejaron las cabezas. Los viets no volvieron por allí. Superstición. Los viets bien que nos torturaban, ¿por qué no íbamos a hacer lo mismo?”

*****

Las confesiones de Shawcross

El relato siguiente sobre asesinatos procede de dos informes de la policía fechados el 4 de enero de 1990 (New York State Police. Henrietta. Caso números 90-004 a 007. 62 páginas. Interrogatorio de Arthur J. Shawcross grabado en el cuarto piso del Public Safety Building, Monroe County, 79 páginas), y también de los vídeos que me proporcionó Charles Siragusa, fiscal encargado del proceso de Shawcross.

*****

Dorothy Blackburn. 27 años, asesinada en febrero de 1988

-¿Te acuerdas de la primera que mataste?

-Sí, fue Dorothy Blackbum. La encontré en Tent City, en la avenida Lake o en la Lyell. Nos dirigimos a la calle West Main, cerca de los grandes edificios, donde estacioné en un aparcamiento. Comenzamos… Me la estaba chupando, pero no sé qué le pasó que me mordió.

-¿Te mordió el pene?

-Sí. Me puse furioso y la estrangulé.

-¿Qué hora era?

-Al atardecer. Sobre las seis o las siete.

-¿Habías aceptado pagarle por hacerlo?

-Sí. Veinte dólares

-¿A cambio de qué?

-Una chupada.

-¿Sólo eso?

-Sí.

-¿Estaba desnuda o vestida?

-Estaba completamente desnuda y me dijo que después de la chupada fallaríamos. Le contesté que de eso ya hablaríamos luego.

-¿La desvestiste tú?

-No, lo hizo ella.

-¿Y por qué te mordió?

-No lo sé.

-¿Dónde tenías las manos mientras ella te la chupaba?

-Una detrás de su cabeza y la otra en su espalda.

-¿Tuvo problemas mientras te la chupaba o lo hacía a tu gusto?

-Siempre cuesta que se me empine, pero aparte de eso todo iba bien.

-¿Cómo hiciste para estrangularla?

-Con una mano. La mano derecha.

-¿Y después?

-Puse en marcha el auto y circulé un rato.

-¿Y qué hiciste con ella?

-Estaba sentada a mi lado. Muerta.

-¿No trataste de ocultarla?

-No. Me dirigí al parque Northampton y arrojé su cadáver por encima del parapeto del puente.

*****

Dorothy Keller. 58 años, asesinada en mayo de 1989

-¿Y después de Dorothy Blackbum?

-Dorothy Keller. Teníamos relaciones íntimas. Y venía a menudo a mi casa.

-¿A tu domicilio de la calle Alexander?

-Sí. Se quedó muchas veces, pero comenzó a robar dinero y cosas, y se lo dije. Me contestó: «Yo hago lo que me da la gana. Si no, contaré a tu mujer lo nuestro.» Le dije: «Bueno, de acuerdo, sí lo ves así…» Un día, había ido a pescar al Driving Park cuando me la encontré en el camino que lleva al molino. Me acompañó, pero no para pescar. Finalmente, follamos.

-¿De qué manera?

-De todas. Me la chupó, la lamí, la follé por delante, por detrás… bueno, todo.

-Vamos. Continúa.

-Comimos a la orilla del agua y me dijo que se lo contaría todo a Rose. Entonces, cogí una gruesa rama le di un golpe en la cabeza. Con todas mis fuerzas. Creo que le rompí la nuca.

-¿Y después?

-Dejé su cuerpo entre las matas de allí cerca y me marché.

-¿Escondiste el cadáver?

-No.

-¿Dónde vivía?

-No tenía domicilio. Vivía en la calle. A veces, dormía en la iglesia católica de Oxford.

-¿Tenía trabajo?

-No.

-¿Y tú le pagabas cuando hacíais el amor?

-No.

-¿Regresaste al lugar del crimen?

-Sí, un día o dos después. Pero sólo para pescar. Mi rutina. (Esta expresión, «rutina», es frecuente en labios de Arthur Shawcross.) Incluso estuve presente cuando la policía descubrió el cadáver.

-¿La policía te interrogó?

-No.

-¿Habías visto en la tele la noticia del descubrimiento del cuerpo?

-Sí. Creo que sí.

-¿Por qué no llamaste por teléfono, aunque fuera de modo anónimo, para informar de quién se trataba? (El cadáver fue hallado seis meses después del asesinato.) A fin de cuentas, era amiga tuya; le debías esto, al menos.

-No tenía ningún motivo para hacerlo.

-¿Te turba haber matado a una amiga?

-No, en absoluto.

-¿No sientes remordimiento?

-No.

*****

Anna Steffen. 28 años, asesinada en junio de 1989

Barnes le enseña una foto:

-¿Te acuerdas de esta mujer?

-Fue después de Dorothy. La encontré en el camino que baja al molino por detrás del edificio de la YMCA, al lado sur del puente de Driving Park. Se desnudó para nadar en el río. Me dijo que me uniera a ella. Y lo hice. Empezamos a hacer bromas.

-¿Bromas? ¿Cómo?

-Abrazamos, tocamos. Después salimos del agua para hacer un sesenta y nueve. Tratamos de hacer el amor durante un buen rato. Cosa de media hora. Pero yo no me empinaba. Entonces ella me empujó al agua. Me puse furioso y, al subir a la orilla, la empujé a mi vez violentamente. Cayó de lado, gritando: «¿Por qué has hecho esto? Voy a tener un niño. ¿Estás loco? Espera a que avise a la policía». Estaba histérica. Y yo le grité: «Si estás preñada, ¿por qué has venido aquí a follarme?» «Me has hecho daño y se lo diré a la policía.»

-¿Y luego?

-La estrangulé con las dos manos. No se defendió y murió muy deprisa.

-¿Te fijaste en si estaba encinta?

-Ignoro si estaba encinta o no. Es lo que ella me dijo. No tenía el vientre hinchado.

*****

Patty Ives. 25 años, asesinada en julio de 1989

-Háblanos de Patty Ives.

-La conocía bien, pues la veía a menudo. Ya la había encontrado en el mismo lugar, en la esquina de Lake y Driving Park, dos días antes. Yo iba en bicicleta y habremos un momento. La vez siguiente, yo acababa de bajar del autobús cuando la vi. Hablamos un rato y me preguntó si quería hacer el amor con ella.

-¿Quería dinero?

-No hablamos de dinero.

-¿Qué hora era?

-Sobre el mediodía.

-¿Y luego?

-Fuimos al parque, detrás del edificio de la YMCA. Alguien había cavado la tierra, que formaba montones. Nos escondimos detrás de uno de esos montones. Y comenzamos a divertimos.

-¿Tuvisteis relaciones?

-Sí. Normales.

-¿Le quitaste el pantalón?

-No del todo, sólo se lo bajé.

-¿La penetraste por detrás?

-No, ella abría las piernas. Había niños que jugaban en el parque, no lejos de donde estábamos. Le dije a Patty que se callara, porque hacía mucho ruido. No paraba de hablar.

-¿Y luego?

-Siguió haciendo ruido. Esto me enojó y la estrangulé.

-¿Murió en seguida?

-No, no, se defendió bastante rato. Yo estaba encima de ella, tapándole la boca y la nariz con una mano mientras apretaba con todas mis fuerzas con el otro brazo.

-En ese momento, ¿estaba desnuda?

-No.

-¿Qué hiciste con el cadáver?

-Lo arrojé entre las matas, cerca de una valla, y coloqué una tabla de madera encima.

-¿Nadie te vio alejarte de allí?

-No.

-¿Saliste corriendo? ¿Tenías miedo?

-No, nada de eso.

-¿Tienes remordimientos?

-No.

*****

Frances Brown. 22 años, asesinada en octubre de 1989

-¿Quién fue la siguiente?

-Creo que Frances Brown.

-¿Dónde la conociste, Art?

-En la esquina de Ambrose y Lake. Sobre las diez. Las diez de la noche.

-¿Llevabas el Chevrolet Celibrity?

-No, llevaba un Dodge Omni. Subió al coche y me dijo que atravesara el puente de Driving Park.

-¿Hablasteis de la tarifa?

-No. Simplemente, subió. Le pregunté cuánto quería. Y me dijo: «Ya lo veremos después, cuando lleguemos.»

-¿Adónde fuisteis?

-Atravesamos el puente, tomamos el Upper Falls Boulevard y aparqué detrás de la fábrica Kodak. Me pidió treinta dólares y se los di. Comenzamos un sesenta y nueve antes de pasar a lo normal. Yo había hecho retroceder el asiento y lo había inclinado hacia atrás, pero ella, con su pie, dio un golpe y estropeó la palanca del cambio de marchas. Me enfurecí, sobre todo porque era el coche de Clara. Y la golpeé en el cuello hasta que murió.

-¿Se había quitado toda la ropa?

-No, yo la desvestí. No le quedaban más que los calcetines y se los quité.

-¿Y después?

-Estaba en el asiento delantero, a mi lado, cornpletarnente desnuda. Me dirigí a Seth Green Drive y me quedé un rato en el coche.

-¿Qué hora era?

-Medianoche.

-¿Qué hiciste con el cuerpo?

-Lo arrojé al acantilado. Inclinándome, vi que había aterrizado con las nalgas al aire. Y le vi un tatuaje que decía «Que te mueras» o algo así. Luego, me deshice de su ropa arrojándola a un cubo de la basura, en la ciudad.

-¿Dónde aparcaste, exactamente?

-Al borde del río, en un atajo. Es un rincón en el que los pescadores instalan sus mesas durante el día: tablas de madera que dejan allí para la noche. Yo iba muy a menudo.

-Donde te sentías como en casa, ¿no.

-Sí.

-¿Cuánto tiempo estuviste sentado al lado de su cadáver?

-Algo así como una hora.

-¿Le hablabas?

-No. De todos modos, estaba muerta.

-¿Pensabas en algo?

-No, en nada en particular.

-¿Escuchabas la radio?

-Sí, música country.

-¿No te sentiste excitado o con ansiedad? ¿No temías que te descubriera una patrulla de la policía?

-No, en absoluto. Había ido por allá algunas veces, de noche, y sabía que la policía no se acercaba. La rutina…

*****

June Stott. 30 años, asesinada en octubre de 1989

-¿Ya conocías a June Stott?

-Sí, la había encontrado dos o tres veces en el Midtown. La conocía con el nombre de Jay. Era algo retrasada.

-¿Cómo lo sabías?

-Por hablar con ella. Comí una vez con ella.

-¿Y qué pasó?

-Hablamos en un terreno con hierba, al borde del río, cerca de la fábrica de cemento. Me dijo que era todavía virgen y quería que le enseñara cómo se hace el amor. Le dije que de acuerdo. Comenzamos a desnudarnos.

-¿Ella se desnudó?

-Sí, yo sólo la ayudé con el sostén.

-¿Era de noche?

-No, estábamos en pleno día.

-¿Y no había nadie?

-Sí, algunos, pero no nos molestaban. Empleamos unos pedazos de alfombra que había por allí para tumbarnos. Estábamos completamente desnudos. La penetré, pero fue demasiado fácil. June no era virgen. Me había mentido y se lo dije. Su vagina no sangraba. Le repetí que se burlaba de mí. Parecía muy alterada y se enojó. Me dio un golpe y yo le di otro. Y la estrangulé.

-¿Qué hiciste con la ropa?

-La arrojé al río, donde se hundió en seguida.

-¿Guardaste algo?

-Sólo un cuchillito que siempre llevaba encima.

-¿Para qué lo querías?

-Me gustaba. Era un cuchillo muy bonito.

-¿Qué hiciste con el cuerpo?

-Lo dejé allí.

-¿Volviste a aquel lugar?

-Sí, dos o tres días después.

-¿De día?

-Sí, al levantarse el sol. Al salir del trabajo. Todavía había bruma.

-¿Fuiste en auto?

-No, en autobús. Creo que era el primero de la jornada.

-¿Para qué volviste allí?

-Para mutilar el cuerpo. Lo abrí desde el cuello hasta la vagina.

-¿Estabas furioso con ella?

-No, June me gustaba. Lo hice para que el cuerpo se descompusiera más deprisa. Luego, di vuelta al cuerpo para ponerlo boca abajo y coloqué el pedazo de alfombra encima, para que no lo encontraran. (Más tarde, Shawcross afirmó a un psiquiatra de la defensa que violó el cadáver y que devoró algunos pedazos de él: «El cuerpo estaba caliente. No estaba todavía rígido. Por eso volví a follarla. Después de mutilarlo de la nuca al culo, corté su coño y lo devoré crudo.»)

-¿Pensabas volver otra vez?

-Sí, cuando ya se hubiera descompuesto habría ido para arrojar los huesos al río.

-¿Por qué no arrojaste el cuerpo al río la primera vez?

-June me gustaba.

-¿Por qué no enterraste el cuerpo?

-No tenía pala.

-¿Si pudieras volver a hacerlo … ?

-Me habría gustado encontrar un gran hoyo y meter en él todos los cuerpos, para que estuvieran todas juntas. .

-¿Eso te habría parecido mejor?

-Sí, eso me hubiese agradado.

-¿Cortaste a June con su propio cuchillo?

-Sí.

*****

Maria Welch. 22 años, asesinada en diciembre de 1989

-¿Dónde conociste a María Welch?

-En,la esquina de Lyell y Oak Avenue.

-¿Ibas en coche?

-Sí. El Dodge Omni.

-¿Adónde fuisteis?

-Por la Dewey Avenue hasta el cruce con Lake, allí donde está la playa. Hay un pequeño aparcamiento frente al lago.

-¿Y qué pasó?

-Le Pregunté cuánto quería. Me dijo: «Veinticinco dólares por una chupada, cuarenta por una penetración y treinta y cinco por mitad y mitad.» Le ofrecí veinte por una chupada. Se puso a gritar. Le dije: «Mira, chica, debiste decírmelo antes». «Entonces, tomó los veinte dólares. Estábamos todavía vestidos, los dos, cuando me dijo: «Dame cinco más y te dejo entrar.» Le digo que de acuerdo y le doy los cinco. Comenzamos a follar, pero yo no me había quitado el pantalón. Me pasó el brazo hacia atrás y me di cuenta de que me había quitado mi dinero y mis papeles. Ya había devuelto la cartera al bolsillo de mi pantalón, pero sobresalía aún algo. No sé cómo lo hizo. Le dije que me devolviera mis cosas, y ella contestó: «Después de que me quede lo que es mío.» Y entonces la agarré para estrangularla.

-¿Cómo lo hiciste?

-Estaba sentado a su lado y le apreté el cuello con las dos manos.

Más tarde, Shawcross dio a los psiquiatras otra versión de la muerte de María Welch:

“No discutimos por el dinero. Le di treinta dólares y se desnudó completamente. Pero cuando la toqué por dentro me di cuenta de que sangraba y llevaba un Tampax. Nunca había follado así. Le pedí que me devolviera el dinero. Me contestó que me fuera a tomar por el culo. Le apreté el cuello hasta que se desmayó. Tenía una cuerda en el coche y la aproveché para atarle las manos y los pies. Le quité el Tampax y coloqué una toalla en su lugar. Estábamos en noviembre y había puesto la calefacción al máximo. Dentro del coche hacía un calor insoportable. Sudaba mucho. La chica recobró el conocimiento y me pidió que la desatara. Quité la toalla y estaba casi limpia. La follé. No paraba de secarme la cara, porque el sudor me caía encima. Me dijo: «Te quiero». La besé antes de matarla”.

*****

Darlene Trippi. 32 años, asesinada en diciembre de 1989

-Cuándo conociste a Darlene?

-Una tarde. No me acuerdo ya de qué día. Pero era el mes pasado. Aún no había nieve. Yo estaba en la Daus Alley.

-¿Qué pasó?

-Se acercó al coche. Me preguntó si buscaba a alguien. Le dije que tal vez. Subió y me hizo aparcar cerca de Dewey, en Emerson, en un lugar donde dos remolques dé camión estaban estacionados en ángulo recto. Me paré detrás y comenzamos a hacer el amor.

-¿Te acuerdas de la tarifa?

-Sí, treinta dólares.

-¿Por una chupada?

-Sí, y también una penetración. Mitad y mitad.

-¿Qué pasó?

-No sé qué sucedió, pero no había manera de tener un orgasmo. Y ella no quería devolverme mi dinero. O es que no me empinaba, no me acuerdo. Comenzó a jugar con mi polla. Me dijo: «Tu caso es desesperado.» Se burló de mí, hablándome como a un bebé. Me puse furioso. No sé, estaba molesto.

-Es comprensible. ¿Y qué pasó después?

-No quería devolverme el dinero. Traté de recobrarlo por la fuerza y ella me tiró de las orejas. Entonces, empujé hacia atrás su mentón y su cabeza, contra la puerta del coche. Después, arrojé el cuerpo a Redman Road. A North Redman Road.

-¿Estaba vestida?

-No, la desnudé antes de deshacerme de ella. La ropa, la arrojé a un cubo de basura en la esquina de las calles 259 y 104.

*****

June Cicero. 34 años, asesinada en diciembre de 1989

El detective Blythe enseña a Shawcross una foto de June Cicero.

-¿La reconoces?

-No.

-Se llamaba June.

-No, no me dice nada ese nombre. La única June que conocí es la June Stott cuyo nombre vi en los periódicos.

-Ayer estabas mirando su cuerpo cuando te vieron desde el helicóptero. ¿Tú la llevaste allí, no?

-Abrí simplemente la portezuela del auto y ella cayó abajo, en el hielo. Estaba tendida sobre la espaLda. Arrojé algo de nieve encima de ella para ocultarla mejor. Eso es todo.

-¿Cómo la conociste?

-Se apoyó en la puerta del auto.

-¿Dónde?

-Del lado del pasajero.

-Sí, ¿pero dónde estabais?

-Delante de la tienda City Matress, en la avenida Lyell.

-¿Estaba oscuro?

-Serían las dos de la mañana.

-¿Te acuerdas de la fecha?

-No.

-Quiero decir si era la semana pasada o hace dos semanas.

-Probablemente. No me acuerdo.

-¿Cómo iba vestida?

-Ya no me acuerdo. Ah, sí, llevaba botas blancas.

-¿Os pusisteis de acuerdo en el precio?

-Quería cincuenta.

-¿Cincuenta? ¿Y tú?

-Hicimos el amor y le di treinta dólares.

-¿Y aceptó los treinta? ¿Qué hicisteis?

-No me agradó.

-¿Por qué?

-No conseguía penetrarla y se burló de mí. Dijo que era un blanducho.

-¿Se rió?

-Dijo que yo no valía más que un marica.

-¿Lo dijo mientras hacíais el amor?

-No, después.

-¿Estabais ya vestidos?

-No, estábamos sentados completamente desnudos. Con la calefacción, hacía un calor para morirse.

-¿Y qué pasó después?

-Le di un golpe en la boca y dijo que llamaría a los policías. Luego, añadió: «De todos modos, sé quién eres.» Le dije: «Bueno, pues no se lo dirás a nadie.»

-¿Y después, qué hiciste?

-La estrangulé.

-¿Con las dos manos?

-Sí, por delante.

-¿Qué crees que quería decir con eso de que sabía quién eres tú?

-Pues el tipo que mató a las otras chicas, a todas las otras.

-¿El asesino en serie?

-Sí.

-¿Por qué regresaste al puente, Art?

-Tenía curiosidad.

-Curiosidad ¿de qué?

-Quería saber si estaba todavía allí. Miré por la ventanilla del coche pero no la vi. Me dije que tal vez el hielo se había fundido y que se la llevaron.

Más tarde, a petición de los psiquiatras de la defensa, Arthur Shawcross escribe un memorándum en el que afirma que volvió al lugar de los hechos dos o tres días después del crimen. He aquí, con toda clase de reservas, lo que indica en este escrito:

“Tuve que hacer muchos esfuerzos para retirar su cadáver, que estaba aprisionado por el hielo. Me había llevado una sierra de mano. Quería cortar los órganos genitales para dárselos a Robert Lee, el hijo de Clara Neal (… ) Quité los pelos antes de envolver la vagina en una toalla. Regresé a la ciudad y arrojé la sierra a un cubo de basura de la avenida Chile. Luego fui al parque de Tuming Point, donde me entretuve con el órgano todavía helado y me masturbé. Luego me lo metí en la boca para devorarlo crudo. Había perdido el control de mí mismo”.

Este acto de canibalismo no figura en los interrogatorios escritos o filmados por la policía, a pesar de preguntas muy concretas sobre posibles mutilaciones post mortem de las distintas víctimas. Volvamos, ahora, al interrogatorio del 4 de enero de 1990:

-La noche en que arrojaste su cuerpo, ¿qué hiciste luego?

-Fui a desayunar al Dunkin Donuts, de la avenida Monroe.

-¿Encontraste allí a alguien conocido?

-Sí, a Colleen, la cuñada del dueño. Iba a menudo a pescar con ella.

-¿Hablaste con ella?

-Sí, pero de nada especial, solamente para pasar el tiempo.

-Tuviste relaciones con Susan y ella te vio en compañía de Elisabeth Gibson, pero no trataste de matarla. ¿Por qué?

-Porque con ella conseguí que se me empinara.

-¿Encontraste a otras a las que no mataste?

-Sí.

-¿A cuántas otras?

-A tres. Susan, la rubia que vive cerca de la calle Saint Paul, Ruthie y una pelirroja.

-¿Te dejaron satisfecho sexualmente?

-Sí.

-¿Y las pagabas?

-La de Ambrose esquina Lake siempre me pidió veinte dólares por una chupada y «si no funciona, te reembolso». Y no funcionó. Se mataba mamándomela, pero no funcionaba.

-Con todos esos crímenes, ¿no tenías problemas para que las muchachas te siguieran?

-No, nunca. Me conocían bien, charlaba a menudo con ellas. Algunas hasta me propusieron reembolsarme. Iba a menudo por allí, en coche, en bicicleta y hasta a pie.

-¿Cómo hiciste para matarlas tan fácilmente?

-La mayor parte de las veces ni yo sabía que iba a matarlas. Además, me conocían y no esperaban eso de mí. Las atacaba muy rápidamente y esto las dejaba paralizadas. No preveían en absoluto lo que iba a hacer.

-¿Dónde aprendiste a hacer las cosas así?

-Pregúnteselo al Tío Sam.

-¿En tu servicio en Vietnam?

-Pregúnteselo al Tío Sam.

-¿Tuviste contactos con la policía durante las investigaciones?

-Siempre iba a comer al Dunkin Donuts y allí iban a menudo policías. Hablaba con ellos para saber cómo avanzaba la investigación.

-¿Era como un juego para ti o lo hacías para burlarte de la policía?

-No, era la rutina.

-¿Has pensado algunas veces en esas muchachas y en lo que les hiciste?

-Había aprendido a apartar los malos recuerdos y a no pensar en ellos.

-¿Te dabas cuenta de lo que hacías en el momento en que matabas a las chicas?

-Sí, pero me daba igual. La rutina…

-Mataste a mucha gente, Art. ¿Nunca tuviste miedo de que te pillaran?

-Nunca pensé verdaderamente en eso.

-¿Leías las noticias de los periódicos para ver si eran exactas?

-Sí, a veces, pero no me interesaba especialmente leerlas.

-¿Nunca recortaste esas noticias?

-No. No me importaba saber lo que decían.

-¿Te llevaste objetos de las víctimas para guardarlos como recuerdos?

-Nunca. Excepto el cuchillito de June Stott, que me gustó mucho. Pero después lo tiré.

-¿Crees que lo que has hecho es terrible?

-Sí.

-¿Qué debería hacer la policía con alguien como tú?

-Meterme en la cárcel para toda la vida. Si me sueltan, volveré a hacerlo.

*****

La condena

Al término del juicio, televisado en directo, y gracias a una presentación de pruebas muy bien preparada por Charles Siragusa, fiscal del condado de Monroe, Arthur Shawcross fue condenado por el asesinato de diez mujeres. Su condena fue por asesinato en segundo grado, que es lo máximo que preve la ley del Estado de Nueva York. Deberá permanecer doscientos cincuenta años en prisión antes de poder beneficiarse de la libertad condicional, lo cual significa que pasará detrás de las rejas el resto de su vida. Tuve la suerte de conocer a Charles Siragusa en Washington, y aceptó exponerme sus reflexiones sobre el caso de Arthur Shawcross:

“Un asunto como el de Shawcross, que mató a mujeres con toda impunidad durante un período de veintiún meses, afectó profundamente a toda la comunidad. Los habitantes de Rochester se convirtieron, de modo indirecto, en víctimas de esos crímenes, porque no se atrevían a ir a determinados barrios ni a salir de noche. Cuando la gente sabe que un asesino en serie actúa en una zona, procura evitarla. Hubo restaurantes, salas de espectáculos y bares que tuvieron que cerrar por falta de clientes. Se anularon congresos y reuniones. Y eso sin olvidar el coste fenomenal de la investigación y del Proceso de Shawcross, que calculo que fue de más, de bastante más de millón y medio de dólares.

Este caso puso de relieve ciertos defectos de nuestro aparato judicial. Nunca debería permitirse que salieran de la cárcel individuos como Shawcross. Ese caso es una mancha que afecta a los ciudadanos respetuosos de la ley. En primer lugar, no comprendo por qué se permitió, hace dieciocho años, que Shawcross se confesara culpable de un delito menor que el que cometió realmente. Además, Shawcross fue puesto en libertad antes de cumplir su pena. En tercer lugar, los ciudadanos del condado de Monroe ignoraban completamente que Shawcross había sido colocado en su comunidad. Nunca nadie avisó a la policía de Rochester de la presencia de un individuo tan peligroso, pese a que esa oleada de crímenes estaba en primera página de todos los periódicos. Arthur Shawcross es un ejemplo perfecto de los defectos del sistema y de la falta de comunicación entre las distintas ruedas de la máquina judicial y policíaca. Espero que todo esto sirva de lección”.

Mientras Shawcross cumplía su primera condena, un psiquiatra de la comisión de libertad condicional, describió muy bien su personalidad de «asesino psico-sexual peligroso para la sociedad». Pese a ello, lo dejaron en libertad. Así, él y otros saben cómo aprovecharse del funcionamiento burocrático de la justicia.

Los policías encargados de la investigación y los testigos objetivos, como Charles Siragusa, encargado de la acusación, no se dejaron enternecer por la confesión tardía de Shawcross respecto a sus actos de necrofilia, canibalismo y mutilación. Dice Siragusa:

“En Arthur Shawcross tenemos a un individuo que se sirvió de lo que le dijo su psiquiatra para tratar de defenderse alegando locura. Afirmó haber sido víctima de abusos sexuales durante su adolescencia, y que las atrocidades de que fue testigo en Vietnam lo empujaron, a su regreso, a cometer actos similares en Rochester, y que agentes químicos, como el famoso «agente naranja», habían alterado profundamente su metabolismo psíquico, etcétera. Creo, hasta estoy seguro, de que jugaba con las emociones del público para que éste pensara: «Santo Dios, si ese desgraciado sufrió todos esos horrores en su infancia, si vivió toda esa violencia en Vietnam, tal vez no es culpa suya, sino de la sociedad.» La confesión tardía de su canibalismo forma parte, por lo demás, de la manipulación del sistema que encontramos en los asesinos en serie. Fíjese en que ninguna de las declaraciones firmadas por él ante los policías de Watertown en 1972, o de Rochester en 1990, hablan de esas perversiones. Sólo después de hablar con un psiquiatra, nombrado por la defensa, pretende haber devorado los órganos de Jack Blake o de algunas de sus víctimas de Rochester. No puede encontrarse mejor medio para convencer a un jurado de que se es loco que el declarar que se tienen impulsos canibalescos.

El abogado de Shawcross pretende que su cliente sufre desórdenes psiquiátricos y complejos ataques de naturaleza epiléptica responsables de sus crisis de locura asesina. Pero presentamos al tribunal los historiales médicos, escolares, militares, psiquiátricos y penitenciarios de Shawcross, y en ninguno de ellos se mencionan crisis o ataques epilépticos. En cambio, desde su infancia se destaca el carácter asocial y peligroso de Shawcross: ya a los siete años había amenazado a sus compañeros de clase blandiendo una barra de hierro en el autobús escolar antes de que un maestro lo dominara. La defensa recurrió al hipnotismo para pretender que Shawcross sufrió graves abusos en su infancia. Le hizo regresar a los seis años, a los diez años, etcétera. Pero el resultado distó mucho de ser convincente, pues el psiquiatra hipnotizador guiaba demasiado las respuestas de Shawcross. Éste pretendió que su madre lo había sodomizado con el mango de una escoba y que sintió el extremo del mango en la garganta. Esto hubiera debido dejar importantes secuelas psíquicas y, por lo menos, haberlo conducido a una visita a un médico o a un hospital, pero la defensa no pudo aportar ninguna prueba en tal sentido. Durante esa misma sesión, Shawcross pretendió que estaba poseído por Ariemes, un demonio caníbal del siglo dieciocho, sediento de sangre que se había reencarnado en él.

En su frenético esfuerzo para aducir locura e irresponsabilidad, Shawcross exageró. Escribió que hizo el amor con su madre, sus dos hermanas, un primo, una joven vecina, un adolescente de su barrio, un hombre que se le insinuó, una gallina, un cerdo, una vaca y un caballo. La gallina murió a causa de ello. Desde la cárcel, antes de la vista de su causa, Shawcross escribía a su amante, Clara Neal. Ésta nos entregó algunas cartas que demuestran ampliamente el maquiavelismo de Shawcross. En una de ellas opina: «Me harán pasar por los rayos X y espero que encontrarán algo en mi cerebro, pues, si no, me quemarán las nalgas, las cocerán, las freirán y las colgarán. Si esto ocurre, no te olvides de traer la sal.» Un acusado posee el derecho constitucional de autocondenarse, y creo que Shawcross, al escribir esto, decidió él mismo cuál debería ser su sentencia”.

Esta manipulación de la justicia a la que se refiere Charles Siragusa se ve muy clara en la confesión de Shawcross. Cuando se analizan sus declaraciones directamente relacionadas con los asesinatos, se echa de ver que nuestro asesino hace recaer la responsabilidad en las víctimas.

No olvidemos el asesinato del joven Jack Blake, que, dice Shawcross, le siguió y provocó su furor, o el «Pregunten al Tío Sam» cuando le interrogan sobre dónde aprendió a matar y mutilar. De igual modo, mata a las mujeres en Vietnam «porque ellas hacen lo mismo con los americanos». Shawcross minimiza su responsabilidad, actitud que se encuentra en la mayoría de los asesinos en serie.

¿Cuál es la motivación de los crímenes de Arthur Shawcross? La persona mejor calificada para contestar a esta pregunta es Charles Siragusa:

«Fundándome en quince años de experiencia en el ejercicio del cargo de fiscal, puedo decir que la razón por la que Shawcross mataba me parece muy sencilla, pero la comunidad no puede aceptarla con paz en el corazón porque apela a las peores pulsiones de la naturaleza humana. Arthur Shawcross no estaba legalmente loco. No creo tampoco que fuera normal. ¿Qué le motivaba? Adoraba matar. Se alimentaba con la violencia. Se colocó once veces en una situación que debía conducirle fatalmente al asesinato. Shawcross sabía exactamente adónde iba».


Arthur Shawcross

Asesinos-en-serie.com

«El Estrangulador de Rochester»

Un asesino en serie suele exagerar en el número de sus víctimas, o del mismo modo, confesar actos que no cometió. En el caso de Shawcross, fingía canibalismo, y necrofilia con el fin de poder alegar locura, lo cual le haría irresponsable de sus actos.

Encarna de modo perfecto el talento de la manipulación de los asesinos en serie, y también los fallos del sistema, pues fue liberado por la justicia después del asesinato de dos niños en 1972.

Afirmó haber sido víctima de abusos sexuales durante su adolescencia, que sufría psicosis heredadas por las atrocidades que había vivido en la guerra del Vietnam, y que esta psicosis adquirida le obligaba a cometer actos criminales, como el que contó a los psiquiatras en una entrevista, cómo había matado a una mujer y a una adolescente vietnamitas:

” En un valle no lejos de Kontum, yo veo a una mujer y le disparo. No quedó muerta del todo y la até a un árbol. De una de las chozas sale una muchacha y la llevo para atarla con la otra. Son el enemigo, por lo que le corto el cuello a la primera. Como los viets son supersticiosos, clavo su cabeza en un poste, para que no vengan más viets allí. Luego corté la carne de la pierna de aquella mujer por el muslo hasta la rodilla, como un jamón y lo asé en el fuego. No olía muy bien, pero cuando estuvo bien asada me puse a comerla…”

Como Jack el Destripador, atacaba a prostitutas a las que mataba sin remordimientos, haciendo reinar el terror en la ciudad de Rochester y sus alrededores.

Estrangulaba a sus víctimas y dejaba sus cuerpos a orillas del río Genesse, o escondidas entre los matorrales.

En dos ocasiones hizo dudar a la policía si se trataba de un único asesino o dos, puesto que en dos ocasiones, las víctimas no correspondían con el perfil de las demás desafortunadas.

La falta de indicios da lugar a los rumores más singulares, en un tema que no abandona las primeras páginas de los periódicos.

Según algunos, trata de vengarse después de que una prostituta le hubiese transmitido el virus del SIDA. Otros creen que se trata de un policía que patrulla por las zonas de prostitución, y otros que simplemente mata a mujeres que le recuerdan algún trauma con alguna mujer o su propia madre. Otros, que pertenece a una secta de tipo protestante y quiere condenar a esas mujeres de la calle.

Las prostitutas empiezan incluso a colaborar con la policía para tratar de atrapar al asesino, pero ninguna pista da resultado.

Finalmente las autoridades locales recurren al FBI, quienes establecen el perfil psicológico del asesino, y envían a un agente especial llamado Gregg McCrary, quien ordena investigar en profundidad los lugares en dónde se han hallado los cadáveres y los alrededores al río Genesse, intuyendo que el criminal podría volver allí para revivir la excitación de sus crímenes.

Por fin el miércoles día 3 de enero de 1998, una patrulla en helicóptero divisa a un hombre de unos cuarenta años de pie en un puente del lago Salmon, en Rochester. Bajo ese puente se veía también el cadáver de una mujer.

Enseguida dos agentes motorizados son enviados para atrapar al hombre. Se trataba de Arthur Shawcross, nacido el 6 de junio de 1945.

Estos le piden la documentación, y les muestra un carnet de conducir caducado, alegando que no ha tenido tiempo de renovarlo, pues acaba de salir de una larga estancia en prisión. Al comprobar su identidad, se enteran de que no miente, que está en libertad provisional tras haber estado quince años en la cárcel por el asesinato de dos niños en Watertown, su ciudad natal, uno de 10 y otro de 8 años. Los agentes no creen que su presencia a pocos metros del cuerpo sin vida de una mujer sea fruto de una coincidencia, y lo detienen.

En la autopsia del joven Jack Blake, el médico forense sospecha que lo obligaron a quitarse la ropa antes de morir y recibió agresiones sexuales.

Cuando le juzgan, Shawcross trata de hacerse pasar por caníbal, de ser un demente víctima de abusos sexuales muy graves en su infancia. Dice que su madre lo sodomizó con el mango de la escoba rasgándole la pared anal, aunque no existen pruebas médicas que demuestren tal agresión. Culpa a la sociedad diciendo que le enseñaron a ser un criminal enviándolo a Vietnam, y que aprendió a matar y a mutilar mujeres en la guerra.

A las autoridades la actitud del asesino les parece extraña. Tranquilo, moderado, silencioso, no le interesa el saber porqué se le acusa. Explica tranquilamente su presencia en el puente por el deseo de orinar, pero nadie se lo cree, pensando que lo que Shawcross hacía en realidad era revivir la excitación del crimen contemplando su “obra” desde el puente y tal vez masturbarse.

Pero una serie de pruebas en su contra sirvieron para acusarlo: una prostituta testimonió en su contra alegando haberlo visto en acompañado de una de sus amigas de profesión, unas horas antes de que la policía encontrase su cadáver, objetos de las víctimas en el interior de su automóvil, y huellas de los neumáticos en los lugares del crimen…

Cuando fue condenado con anterioridad a veinticinco años de cárcel por el crimen de los dos niños, se había prometido a los padres de las víctimas que no saldría de prisión antes de haber cumplido toda su condena, pues aseguran que la comisión encargada de dictaminar sobre la libertad condicional nunca dejará volver a salir de la cárcel a un criminal como él, y con mayor causa aún por haber cometido esos crímenes mientras estaba en la calle bajo libertad vigilada por un delito anterior…

Algunas respuestas que dio durante los diversos interrogatorios a los que fue sometido durante su último juicio:

¿Te turba haber matado a una amiga? (Dorothy Keller)

– No, en absoluto.

¿No sientes remordimientos?

– No.

¿Por qué no enterraste el cuerpo? (de June Scott)

– Me habría gustado encontrar un gran hoyo y meter en él todos los cuerpos, para que estuvieran todas juntas.

¿Cómo hiciste para matarlas tan fácilmente?

– La mayor parte de las veces ni yo sabía que iba a matarlas. Además, me conocían y no esperaban eso de mí. Las atacaba rápidamente y las dejaba paralizadas.

¿Tuviste contacto con la policía durante las investigaciones?

– Siempre iba a comer a un sitio dónde iban a menudo policías. Hablaba con ellos para saber cómo avanzaba la investigación.

¿Te dabas cuenta de lo que hacías en el momento en que matabas a las chicas?

– Si, pero me daba igual. La rutina…

Mataste a mucha gente, Art ¿Nunca tuviste miedo de que te pillaran?

– Nunca pensé verdaderamente en eso.

¿Crees que lo que has hecho es terrible?

– Si.

¿Qué debería hacer la policía con alguien como tú?

– Meterme en la cárcel toda la vida. Si me sueltan volveré a hacerlo.

A pesar de que su abogado pretendía que el acusado sufre desórdenes psiquiátricos y complejos ataques de naturaleza epiléptica responsables de sus crisis de locura asesina, y que el mismo Shawcross juró y perjuró que estaba poseído por Ariemes, un demonio caníbal del siglo dieciocho sediento de sangre que se había encarnado en él, al término del juicio, Arthur Shawcross fue condenado a doscientos cincuenta años en segundo grado por el asesinato de diez mujeres. El fiscal que presentó las pruebas, expuso sus reflexiones sobre el caso diciendo públicamente:

“El asunto de Shawcross, que mató a mujeres con toda impunidad durante 21 meses, afectó a toda la comunidad. Los habitantes de Rochester se convirtieron de modo indirecto en víctimas de estos crímenes, por que no se atrevían a ir a determinados barrios ni a salir de noche. Cuando la gente sabe que un asesino en serie actúa en la zona, procura evitarla. Hubo restaurantes, salas de espectáculos y bares que tuvieron que cerrar por falta de clientes. Se anularon congresos y reuniones, y eso sin olvidar el coste fenomenal de la investigación y del proceso de Shawcross, que calculo que fue de más, de bastante más de millón y medio de dólares…

…no estaba legalmente loco, pero tampoco creo que fuera normal. ¿Qué le motivaba? Adoraba matar. Se alimentaba con la violencia…

…este caso puso de relieve ciertos defectos de nuestro aparato judicial. Nunca debería permitirse que salieran de la cárcel tipos como Shawcross…”

* (En muchas ocasiones, se ha hablado del síndrome del Vietnam, que afecta a veteranos de esta guerra que no han podido superar las frustraciones de su readaptación a la vida civil. Muchos de ellos han recibido un entrenamiento especial para matar de muy diversas formas, y algunos incluso, se han retirado a zonas apartadas del país y viven completamente aislados conscientes del peligro que representan para sus conciudadanos…

Uno de los primeros casos de los que se tiene noticia de los afectados de este “síntoma” es muy anterior a la guerra del Vietnam. Se trata de Howard Unruth, veterano de la Segunda Guerra Mundial, asesinó a 13 personas en Nueva Jersey, porque creía que “sus vecinos se reían de él”.

Aunque la paranoia suele ser el factor desencadenante de estos crímenes, en algunos casos los medios de comunicación o la influencia de algunas personas pueden llevar a cometer actos criminales. Es lo que se conoce en criminología como “aprendizaje social”, un proceso de observación e imitación. Este es el caso de Michael Ryan, un joven de 27 años profundo admirador de Rambo, que en 1987 salió a la calle ataviado al estilo paramilitar y mató a tiros a 13 personas.)

 


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