Anna Margaretha Zwanziger

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Anna Zwanziger

Nannette Schoenleben

  • Clasificación: Asesina en serie
  • Características: Envenenadora
  • Número de víctimas: 3 +
  • Periodo de actividad: 1808 - 1809
  • Fecha de detención: 16 de octubre de 1809
  • Fecha de nacimiento: 7 de agosto de 1760
  • Perfil de las víctimas: Personas para las que trabajaba como sirvienta
  • Método de matar: Veneno
  • Localización: Bavaria, Alemania
  • Estado: Ejecutada por decapitación el 17 de septiembre de 1811
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Anna Zwanziger – Arsénico a cucharadas

Anselm Ritter von Feuerbach – Crónicas del Crimen

Anna Zwanziger se hacía llamar Nannette Schoenleben, de soltera Steinacker, era viuda, tenía unos cincuenta años, había nacido en Nuremberg, y en el año 1807 fijó su residencia en Pegnitz, en el Alto Bayreuth.

Se ganaba la vida bordando y por su buena disposición se ganó pronto la consideración general. Debido a esta buena fama logró que el juez Wolfgang Glaser, que se había separado recientemente de su esposa y residía en Kasendorf, la tomara a su servicio, como ama de llaves, el 25 de marzo de 1808.

Pocos meses después, Glaser se reconcilió con su esposa que desde su separación había estado viviendo con su familia en Ausburg. La señora Glaser, una mujer fuerte, sana y robusta, empezó a sentirse mal al poco tiempo de su regreso a casa. Los principales síntomas eran fuertes vómitos y diarrea. Murió el 26 de a agosto de 1808, es decir, cuatro semanas después de haber vuelto al lado de su marido.

Poco después, la señora Schoenleben dejó la casa de Glaser y pasó como ama de llaves a la casa de otro juez, Grohmann. Éste era soltero, tenía sólo treinta y ocho años de edad, pero pese a ello su estado de salud no era bueno. Hacía ya muchos años que sufría de gota y, en muchas ocasiones, tenía que guardar cama. Cuando esto ocurría, la señora Schoenleben lo cuidaba como la más atenta y competente de las enfermeras.

En la primavera de 1809, el juez Grohmann enfermó de mayor gravedad y con síntomas distintos a los normales en su enfermedad y que antes no se produjeron. Dolores intestinales, vómitos, diarreas y, sobre todo, la piel comenzó a secársela y se le irritó gravemente la garganta. Su estado era muy débil y su sed continua. Murió el 8 de mayo después de once días de enfermedad.

Su ama de llaves, que lo cuidó con la mayor dedicación, se mostró inconsolable por su pérdida.

Nadie dudó de que Grohmann, que llevaba tanto tiempo enfermo, muriese de muerte natural. Ni siquiera los médicos sospecharon que pudiera haber sucedido algo anormal.

La señora Schoenleben se quedó otra vez sin trabajo. Pero su buena fama, su amabilidad, su dedicación y las pruebas que había dado de su capacidad para el trabajo de ama de llaves, le facilitaron en seguida una nueva colocación.

La esposa del presidente de una de las Cámaras de la ciudad, Gebhard, la tomó en seguida a su servicio para que la cuidase a ella y a la casa durante su semana de cama tras el parto. La señora Schoenleben cumplió su cometido a la perfección desde el primer día, y se hizo cargo de la casa, del cuidado de la enferma y de la atención del recién nacido…

El pequeño nació el 13 de mayo 1809. El parto fue normal, y tanto la madre como el niño estaban en perfecto estado de salud. Pero al tercer día de estar la nueva ama de llaves a su servicio, la parturienta se puso mal. Los ataques se fueron haciendo más graves día a día. Terribles vómitos, inquietud, una gran fiebre interior, extraordinaria irritación de la garganta fueron los síntomas de la enfermedad. En medio de sus dolores, la enferma llegó a gritar una noche:

-¡Dios mío … ! ¡Me habéis envenenado!

La mujer murió el 20 de mayo, es decir, a la semana justa de haber dado a luz.

La parturienta siempre fue una mujer de débil constitución y, como murió en la semana siguiente al parto, cosa no rara en aquellos tiempos, su muerte no despertó la menor sospecha ni causó demasiada extrañeza. Al igual que la señora Glaser y el señor Grohmann fue enterrada sin más.

El viudo Gebhard, preocupado por el estado de su casa y el cuidado de su bebé, pensó que no podía hacer nada mejor que conservar a la señora Schoenleben a su servicio de modo permanente, por más que algunas personas le previnieron contra ello.

Las advertencias no eran ni mucho menos una acusación contra una mujer de la que nadie creía nada malo, sino una especie de supersticiosa prevención, pues comenzó a decirse que donde ella entraba sucedía siempre alguna desgracia familiar. Pasó varios meses en casa del señor Gebhard sin que nadie sospechara ni se ocupara de ella.

Unos meses después de entrar a trabajar en aquella casa, sucedió un acontecimiento que de momento no llamó la atención. El 25 de agosto comieron en casa del señor Gebhard el dependiente de comercio Beck y la viuda del secretario Alberti. Después de la comida ambos comenzaron a sentir grandes dolores, marcos y vómitos que duraron hasta la noche.

Casi en esos días, a finales de agosto, la señora Schoenleben ofreció un vaso de vino al ordenanza de la oficina del señor Gebhard. Poco después acometieron al muchacho fuertes vómitos y dolores de estómago, hasta el punto de que tuvo que guardar cama. Y ese mismo día le ofreció un vaso de aguardiente al mozo de la tienda, un chico de 19 años llamado Johann Kraus. Bebió un trago y notó en el interior del vaso un cuerpo extraño de color blanco por lo que no siguió bebiendo. Pese a todo, poco después el joven Kraus se sentía mareado.

Una de las criadas del señor Gebhard, Bárbara Waldmann, con la que la señora Schoenleben había tenido varias discusiones y riñas, enfermó también en las últimas semanas, después de haberse tomado una taza de café, y se pasó todo el día con vómitos y diarreas.

Pero el suceso más extraño ocurrió poco después, el día 1 de septiembre, en una reunión celebrada en el jardín. El señor Gebhard hizo servir a sus invitados varias jarras de cerveza de su propia bodega. Todos los que bebieron esa cerveza, cinco personas en total, se sintieron invadidos por vómitos y dolores de estómago. Alguno de ellos, entre otros el señor Gebhard, tuvieron que ser atendidos por el médico.

Este suceso, pues los demás anteriores habían pasado inadvertidos o ignorados, llamó la atención y despertó sospechas y mala voluntad contra la Schoenleben. Al día siguiente, el señor Gebhard la despedía. Lo hizo menos por propia iniciativa que movido por los consejos de los amigos que enfermaron con la cerveza. Le hizo entregar las llaves de la casa e hizo que se marchara. Pero no se atrevió a acusarla de ningún delito. Por el contrario, le dio un certificado en el que se mencionaba «su fidelidad y honradez». El señor Gebhard se sintió satisfecho con que aquella misteriosa criatura, que al parecer traía mala suerte, abandonara su casa.

Al día siguiente, la señora Schoenleben dejó Sanspareil en dirección a Bayreuth. Dio muestras de sentirse extrañada por su despido, pero se mostró correcta y pasó la noche anterior de su marcha arreglando sus cosas. Entre otras cosas saco de la cocina el recipiente de la sal y lo llenó de un barril que había en el sótano. Cuando la criada Bárbara vio lo que hacía le preguntó el motivo. Schoenleben respondió irónicamente:

-Debe hacerse así antes de abandonar una casa para que los que se quedan se acuerden de una largo tiempo.

Por la mañana del día que debía marcharse, antes de dejar la casa ofreció a las dos criadas, Hazin y Waldmann sendas tazas de café en las que puso azúcar que sacó de un cartucho que llevaba en su bolso, demostrando así su amabilidad. El coche estaba ya en la puerta de la casa cuando el ama de llaves tomó por última vez en sus brazos al niño, que tenía cinco meses de edad, a su querido Fritzschen, como ella lo llamaba y le ofreció un bizcocho empapado en leche y también un poco de la misma leche. Se despidió de él con muchas caricias. Seguidamente montó en el coche que habría de conducirla a Bayreuth. Gebhard tuvo la amabilidad de pagarle aquel coche de alquiler y le regaló una corona y una caja de bombones.

Hacía apenas media hora que la señora Schoenleben emprendió el viaje cuando el niño comenzó a vomitar y a dar muestras de intensos dolores de vientre y estómago. También las dos criadas que habían bebido las tazas de café se encontraron mal. Sólo entonces en casa del señor Gebhard comenzó a sospecharse que algo raro ocurría en aquella casa.

El dueño fue informado por la criada de los manejos de la despedida ama de llaves con la sal. Envió el recipiente a la farmacia, para que el farmacéutico lo analizara y éste se dio cuenta en seguida de que la sal estaba mezclada con una gran cantidad de arsénico. También en el tonel de la sal había arsénico en proporción de diez gramos por libra de sal, según demostró la investigación judicial realizada posteriormente.

Conocido esto, salieron a relucir los demás casos en que gente que había comido o bebido en casa del señor Gebhard enfermaron de repente y se comprobó que lo mismo sucedió en ocasiones con los invitados de Glaser o Grohmann cuando la señora Schoenleben estaba a su servicio.

Se descubrió, poco después, que el nombre de Nannette Schoenleben, que se daba a sí misma el ama de llaves no era el suyo. En realidad, Schoenleben era su nombre de soltera, pero desde su matrimonio con el notario Zwanziger, de Nuremberg, éste era su nombre. El nombre de Steinacker, que dijo era el suyo de soltera fue el de su fallecido padrastro.

Teniendo en cuenta todos estos hechos, el señor Gebhard presentó, tres días después, una denuncia contra su ex ama de llaves ante la policía criminal en Bayreuth, que pasó el caso al juzgado. Fue encargado de la investigación el director judicial de la región señor Brater, el cual se personó inmediatamente en el lugar de autos para una inspección ocular. En poco tiempo se determinaron muchos intentos de envenenamiento llevados a cabo por la que se había hecho llamar Schoenleben, es decir, por la seflora Zwanziger.

El objetivo principal de la investigación general fue la muerte casi repentina y extraña de aquellas tres personas a las que sirvió la sospechosa.

El 23 de octubre se exhumó el cadáver de la esposa del juez Glaser. Fue muy fácil apreciar en el cadáver todos los síntomas que muestran un envenenamiento por arsénico. Aunque hacía 14 meses que el cadáver fue enterrado apenas si daba muestras de corrupción. Toda la parte superficial del cuerpo se había endurecido como la de una momia y la piel adquirió un color pardo oscuro como de madera. Esa dureza de la piel, que sin embargo no perdió su elasticidad se mostraba especialmente en los senos. El vientre estaba hinchado y los músculos y la grasa de la barriga afectados por el proceso de descomposición.

Al día siguiente fueron exhumados los cadáveres de la señora Gebhárd y del señor Gróhmann, que mostraron los mismos síntomas que el anterior. Llevaban unos seis meses bajo tierra.

El cadáver de Grohmann daba mayores muestras de corrupción, pero también podían observarse claramente los mismos síntomas de envenenamiento por arsénico que en los otros. Tras un cuidadoso análisis químico se descubrió arsénico en los cuerpos de las dos mujeres.

En vista de todos estos datos, así como del desarrollo de la enfermedad que llevó a aquellas tres personas a la tumba, el forense no vaciló en firmar un acta en la que afirmaba su seguridad de que las dos mujeres habían muerto envenenadas con arsénico. En cuanto al señor Grohmann, en cuyo cadáver no se descubrió rastro de veneno, aunque sí sus síntomas, no podía asegurarse que hubiera sido envenenado, aunque todo parecía indicarlo así.

Mientras tanto, la señora Schoenleben, o mejor dicho Zwanziger, como era su verdadero nombre, se creía en seguridad y no sospechaba nada de lo que se le avecinaba. Antes de partir dejó una carta al señor Gebhard en la que le reprochaba el desagradecimiento con el que pagaba sus atenciones para con él y el cuidado y cariño que le dedicó al niño. Entre otras cosas, la carta decía:

«Cuando su hijito no quiera estarse tranquilo, entonces mi Ángel de la Guarda le preguntará a usted: ¿Por qué le quitaste al niño aquello que más quería? Si dentro de seis semanas pregunta por mí, quizá se entere de que ya no existo. ¡Quizás entonces sienta dolor de corazón! ¡Maldito sea aquel que me calumnió ante usted!»

A continuación le pedía a Dios que le premiara todo lo bueno que había hecho por ella, y le rogaba que continuara considerándola como una buena amiga. Le daba palabra de escribirle cada dos semanas interesándose en cómo estaba el niño. Y mantuvo su palabra. Le escribió desde Bayreuth, donde tuvo la desvergüenza de alojarse en casa de la madre de la difunta señora Gebhard, presentándose como una amiga de la familia. También escribió desde Nuremberg, donde se marchó después de un mes de estancia en la antes citada ciudad, varias cartas interesándose por el estado de todos, y hablando de lo bien recibida que era en todas partes y de su intención de ponerse a trabajar de nuevo tan pronto tuviera ocasión de ello. Terminaba así su carta:

«Me despido con las mayores gracias de mi respetado señor. Estoy preocupada por el estado de mi pequeño querido Fritzche, al que envío cariñosos besos. Espero que me diga cómo está y confío nada menos en que un día usted vuelva a llamarme a su casa.»

En las cartas se veía fácilmente que su intención era que el señor Gebhard acabara por reconocer y aceptar su deseo de volver a su anterior empleo. También escribió a otras personas, siempre con esa misma aparente sinceridad y amabilidad. Entre las personas a quien se dirigió, figuró el juez Glaser a quien ofreció de nuevo sus servicios como ama de llaves. Pero tanto en Bayreuth como en Nuremberg esperó en vano el ser llamada, en vista de lo cual decidió marcharse a Mainbernheim, en Franconia, para vivir con su yerno, el encuadernador Sauer, el cual, mientras tanto, se había separado de su hija, condenada a presidio por robo y estafa. El mismo día en que su ex suegra llegaba a casa el encuadernador se estaba casando de nuevo. El encuentro, en esas circunstancias fue tan desagradable que la señora Zwanziger decidió regresar a Nuremberg lo más pronto posible.

Pero mientras tanto ya había llegado la orden de detención de la envenenadora. Apenas puso el pie en su ciudad natal el 18 de octubre de 1809, fue apresada y encarcelada. En el registro a que se la sometió se encontraron en su bolso tres paquetes que no dejaban lugar a dudas sobre las costumbres y usos de aquella persona. Había dos paquetes con un potente insecticida venenoso y otro con arsénico.

En un principio la envenenadora negó y se mantuvo en su negativa desde el 19 de octubre de 1809 hasta el 16 de abril de 1810.

El último día de interrogatorio, cuando ya creía que todos los cargos contra ella se habían agotado y tenía que ser puesta en libertad, compareció ante el juez con toda tranquilidad, pero el magistrado la sorprendió con la noticia de que había vuelto a ser exhumada la señora Glaser y su cadáver no dejaba dudas de que había muerto envenenada con arsénico. Había pruebas de que fue ella quien se lo había dado.

El juez la estuvo interrogando dos horas, insistiendo sobre estos puntos, hasta conseguir que le faltara el valor aunque no conmover su corazón. La acusada comenzó a llorar y a agitar las manos nerviosamente, asegurando siempre su inocencia. Sus frases en muchas ocasiones carecían de hilación, pero se adivinaba en ellas, al mismo tiempo que el miedo, su intención de confundir al magistrado. Finalmente, acabó por confesar, aunque mezclando a su confesión graves calumnias. Sí, era cierto que dio a la señora Glaser veneno, en dos ocasiones. Apenas salieron estas palabras de sus labios cuando se desplomó al suelo como fulminada por un rayo, y allí comenzó a agitarse y retorcerse presa de un ataque. Tuvo que ser sacada del despacho del juez.

Los envenenamientos y asesinatos que Anna Margareta Zwanziger confesó parcialmente o que pudieron probársela, forman tres tipos distintos.

Crímenes cometidos mientras estuvo al servicio de la familia Glaser

El juez Glaser, un hombre de unos cincuenta años de edad, llevaba varios años separado de su esposa -y no por su culpa-, cuando la señora Zwanziger entró a su servicio por recomendación de su hijo. La nueva ama de llaves supo ganarse la confianza y la amistad del dueño de la casa hasta que casi llegó a estar en un plano de igualdad con él. No llevaba mucho tiempo en la casa cuando, por cuenta propia, y en parte sin que el propio esposo supiera nada, comenzó a actuar con miras a conseguir la reconciliación del matrimonio. No se limitó a insistir continuamente junto a su amo, con todos los medios de su persuasiva oratoria, para que volviera a admitir en casa a su mujer, sino que también escribió varias cartas en secreto a ésta, que vivía con un hermano. Y no sólo esto: también escribió a varios amigos de la familia Glaser para conseguir su apoyo en la tarea de reconciliación. Llegó hasta dirigirse al párroco católico Merz, de Holzfeld, adjuntando en la carta una moneda para que el cura dijera una misa en petición del buen fin de su deseo. ¡Y la envenenadora era protestante!

La señora Glaser se dejó convencer y volvió junto a su esposo. Éste, influido por el ama de llaves la recibió de nuevo como esposa, pese a todo el tiempo que llevaban separados. La señora Glaser, al emprender el viaje, estaba llena de oscuros presentimientos. Pocos días antes de su llegada a Kasendorf escribió a unos parientes:

«Os comunico que el próximo miércoles regresaré junto a mi marido con el que me he reconciliado. No puedo explicaros cómo me siento. Es algo terrible. ¿Me espera algo malo? Estoy llena de confusión.»

Glaser fue a buscar a su mujer a Holdfeld y regresó con ella a Kasendorf, y Margaretha Zwanziger se cuidó de que a su regreso los vecinos tributaran un brillante recibimiento a los reconciliados esposos. Todo el pueblo se puso en movimiento. El suelo de su casa fue cubierto de flores. El lecho nupcial había sido adornado con una corona de flores, y en ella había un papel en el que el ama de llaves había escrito este sensible verso: «Der Witwe Hand / Knuepft dieses Band», es decir, «La mano de la viuda, anudó este lazo». La propia señora Zwanziger era la autora del versito y lo escribió con cuidada y bella caligrafía.

Los designios secretos que movieron al ama de llaves a promover todo este asunto de la reconciliación, no pueden ponerse en duda ni un solo instante. Anna Margaretha Zwanziger, vieja, fea y para colmo sufriendo una repugnante enfermedad del estómago, había puesto sus ojos en Glaser. Esperaba que si éste enviudaba acabaría por casarse con ella. Confiaba y deseaba, así lo declaró posteriormente ante el Tribunal, asegurarse una vejez tranquila y segura. Éste fue el motivo que le impulsó a asesinar a la señora Glaser. No cabe duda que todo el piadoso papel de pacificadora que llevó a cabo, lo representó únicamente para atraer a la mujer a casa y poderla eliminar de una vez para siempre.

Apenas llevaba la señora Glaser una semana en casa cuando el ama de llaves comenzó a desarrollar su plan. El marido trataba a su mujer con atención y auténtico cariño.

Por vez primera el 13 o el 14 de agosto puso un poco del venenoso insecticida, media cucharadita según su propia declaración, en el té que ofreció a la dueña de la casa. Esta lo bebió, se puso enferma y devolvió varias veces. Pero esa dosis no fue suficiente.

La envenenadora confesaría:

-Cuando puse el polvo matamoscas en el té de la señora Glaser pensaba: Tienes que asegurarte una vejez tranquila y sin preocupaciones. Si esta vez el veneno no hace efecto, debes dárselo otras veces.

Para asegurarse el éxito de su empresa, unos días después, entre las cuatro y las cinco de la tarde, volvió a poner veneno, ahora una cucharada llena de polvo matamoscas en una taza de café. Llamó a la señora Glaser a su habitación. Ésta se bebió el café y con él la rápida muerte. Aquella misma noche la mujer enfermó con violentos vómitos y terribles dolores. La enfermedad se fue agravando y a los diez días tuvo su fatal desenlace.

-Cuando puse el veneno en la taza y vi tanta cantidad -dijo la envenenadora- pensé en seguida: ¡Jesús, ahora sí que tiene que morirse!

El carácter perverso de esta criminal se pone de manifiesto con el hecho de que con su confesión trató de culpar también al juez Glaser de complicidad en el asesinato. Dijo que había sido él quien la instó a llevar a cabo el envenenamiento de la esposa y que él mismo le entregó el veneno para que lo pusiera en el café, al tiempo que le decía estas palabras:

-Déselo. Es una perdida que se lo tiene merecido. Naturalmente, esta declaración dio como resultado el arresto e interrogatorio de Glaser, pero la investigación demostró su total inocencia.

Aproximadamente una semana antes. del primer envenenamiento en casa de los Glaser ocurrió otro suceso cuya responsabilidad cae desde luego sobre Margaretha Zwanziger.

La familia del funcionario Wagenholz, es decir, éste con su mujer y su hijo visitaron al matrimonio Glaser y cenaron con ellos. Poco después de la cena, el matrimonio Glaser y los Wagenholz se sintieron mal, con angustias y vómitos. Al día siguiente el ama de llaves dio el resto de la comida a un joven sereno nocturno llamado Harbach que también vomitó varias veces y tuvo que guardar cama.

¿Se trataba de una prueba de la envenenadora que quería ejercitarse, hacer prácticas sobre la fuerza y el efecto del veneno para después usarlo en mayores y más importantes asuntos? Cómo la envenenadora francesa Brinvilliers, según los relatos de Pitaval, se ejercitaba probando su arte con los pobres y enfermos del hospital a los que daba galletas envenenadas, antes de usar el veneno con sus padres, y también ofreció a su camarera un trozo de jamón envenenado, así hacía Anna Margaretha Zwanziger. Ésta negó toda culpabilidad en el asunto y aprovechó la ocasión para acusar una vez más a Glaser.

-Era un demonio para los Wagenholz. Estaba muy enfadado con ellos. En seguida supuse que les había puesto algún veneno en la comida. Yo también enfermé entonces.

Los crímenes en casa de Grohmann

Tras la muerte de la señora Glaser, el 25 de septiembre del mismo año, entró en casa del señor Grohmann. Muy pronto, empezaron a estorbarle los dos alguaciles Lorenz y Johann Dorsch, que prestaban algunos servicios en casa del juez Grohmann. Sentía envidia y celos de ellos y, además, según propia confesión, los muchachos se burlaban frecuentemente de ella. Sabía que a los dos chicos les gustaba mucho la cerveza.

-Decidí -confesó Anna Margaretha Zwanziger- hacerles perder el apetito. Tomé cuatro jarros de cerveza y en dos de ellos puse una pequeña cantidad de polvo matamoscas. En los otros mezclé una dosis mayor de veneno para las ratas. Les quería dar la cerveza pero mi intención no era matarlos, sino solamente que enfermaran. Bebieron un poco pero debieron notar mal sabor en la cerveza, pues la dejaron y bebieron de otra jarra que no estaba envenenada.

Los hermanos Dorsch no notaron nada después de aquel trago. Y éste fue el único intento que la envenenadora hizo con ellos, lo que deben agradecer, sin duda, a que el interés de la señora Zwanziger pasó a otro asunto de mayor importancia y que habría de tener como consecuencia la muerte de Grohmann.

En la primavera de 1809 el funcionario Christoph Hofmann de Wiesenfels visitó a Grohmann que en aquellos días estaba enfermo en la cama. Se les sirvió un vaso de cerveza a cada uno de ellos, aunque no recordaba quién se lo dio, pero inmediatamente se sintió enfermo, como cansado y lleno de angustias. No se quedó mucho rato en la casa, desde la que se dirigió a la de Gebhart, con el que también tenía que tratar unos asuntos. Apenas llegó allí, sintió unas ansias incontenibles y tuvo que salir a la calle en busca de aire libre, pues se sentía muy mal.

La acusada negó que tuviera intención de envenenar a Hofmann. Quizá tomó cerveza de los jarros que había destinado a los hermanos Dorsch, que no estaban señalados, de modo que no podía distinguir cuáles eran los jarros envenenados y cuáles no.

-Es posible que por ese motivo, el visitante bebiera cerveza envenenada de modo casual, pero no tenía ninguna intención ni siquiera de hacerle vomitar. El señor Hofmann era un caballero respetable y tanto él como su señora siempre fueron muy amables y considerados conmigo.

No estaba probado jurídicamente y por encima de toda duda que el señor Grohmann hubiera muerto envenenado, pero teniendo en cuenta las especiales circunstancias de su enfermedad y las señales que presentaba su cadáver al ser exhumado que indicaban un envenenamiento con arsénico, puede considerarse esto no sólo como posible, sino, más aún, como muy probable. Y la seguridad de que la acusada Zwanziger fuera la autora puede aceptarse sin demasiadas dudas. Una persona que se confiesa autora de un envenenamiento anterior y que no niega que se pasa el día manejando venenos de los cuales tenía una buena reserva en la casa, puede considerarse como responsable de ello. Por otra parte, era la que cuidaba a su señor enfermo y le suministraba comida y medicinas e impedía que nadie más que ella se ocupara de su cuidado. Las sospechas, además, se confirmaban con su exagerada tristeza tras la muerte del enfermo. Sus sollozos y llantos se hacían más fuertes cada vez que un visitante llegaba a la casa mortuoria. ¿Y los motivos? Muy parecidos a los del anterior crimen. Grohmann, pese a su enfermedad iba a casarse. Su novia era la hija de un colega que vivía en la vecindad. Los planes matrimoniales de su patrón disgustaban al ama de llaves que no ocultaba este desagrado. Todas las cartas que se cruzaban los novios eran vigiladas con curiosidad. Poco antes de su muerte, el señor Grohmann dijo a la esposa de un compañero, que no estaba nada contento, últimamente, con su ama de llaves.

-Cada carta que recibo -dijo en aquella ocasión- le parece que es una petición de matrimonio. Parece como si hubiera llegado a creer que acabaría por casarme con ella.

Johann Dorsch, testificó en el mismo sentido.

-Cada vez que llegaba a la casa -explicó- para enterarme de cómo seguía nuestro jefe, me contestaba: «Está cada vez peor y, sin embargo, no piensa más que en casarse.»

Hablando con la hermana de Grohmann no vaciló en decir:

-La novia de su hermano está acostumbrada a la vida ligera. No se acostumbrará a la vida de Sanspareil, muy tranquila y aburrida. Tampoco le gustará demasiado pasarse el día ron la jeringuilla en la mano cuidando a un enfermo.

Poco antes de la muerte de Grohmann se rumoreaba que el noviazgo estaba a punto de hacerse oficial. Se esperaba la llegada de la novia, que estaba en la capital, para dentro de ocho días. El ama de llaves demostró su descontento con sus palabras y su conducta. Precisamente fue entonces cuando

se produjeron aquellos graves e inusitados síntomas de enfermedad en Grohmann que lo llevarían, pocos días después, a la muerte.

Estos hechos, así como el carácter de la acusada, llevan a la siguiente aclaración del caso que tiene muchas posibilidades de ser completamente cierta.

Cuando Anna Margaretha Zwanziger entraba a trabajar en casa de cualquier hombre, siempre veía en él un posible marido, y lo mismo le ocurrió con Grohmann. Cuando se dio cuenta que pese a todos sus manejos y servicios, sus especulaciones no iban camino de realizarse, en su interior se sintió defraudada, engañada por su patrón, y su inclinación por él se transformó en odio. Odio hacia quien le había destrozado sus esperanzas, y celos por la joven novia que conseguía la suerte que ella no pudo lograr. Temor y rabia contra aquellos dos cuya unión, como preveía, le costaría perder su empleo. Para una persona como la Zwanziger, eso es más que suficiente para que decidiera castigar a Grohmann con la muerte. Lo más que puede creerse en su favor es que no intentó matarlo, sino que con el veneno no pretendía más que mantenerlo enfermo de modo continuo, impidiéndole, así, la boda y asegurándose su empleo. Por su parte, ella siempre negó haber envenenado a Grohmann, aunque no la posibilidad de que sin querer le diera a beber cerveza de los jarros que envenenó para los hermanos Dorsch.

-Grohmann era demasiado valioso para mí, como para que le hiciera mal intencionadamente. Lo era todo en mi vida. Yo comía de lo que comía él. Era mi mejor amigo y nunca hizo nada que pudiera molestarme o herirme. Por lo tanto no tenía nada de que vengarme.

Puede ser que un juez apegado al máximo al Derecho encontrara en esta negativa fundamento suficiente para no poder condenarla legalmente por asesinato intencionado, pero una persona de pensamiento libre y normal difícilmente se dejará convencer por ese razonamiento. «Grohmann era “su mejor amigo”, todo en su vida..», ¡qué poco acordes están esas palabras con su actitud al permitir que un jarro de cerveza envenenada pudiera ir a parar a sus manos! -¡Sabía que en el sótano había cerveza envenenada y dejaba a «su mejor amigo», a «su todo en la vida» la posibilidad de que bebiera su propia muerte en la cerveza envenenada!

Cuando se le mostró el cadáver exhumado de Gebhard, en el cementerio, tocó su mano derecha y pronunció estas palabras.

-¡Que haya paz para tus cenizas … ! Me gustaría reposar a tu lado, así habrían terminado ya todos mis sufrimientos.

A continuación fue llevada ante la tumba de Grohmann. -Sí -dijo-, ésta es la tumba de Grohmann. ¡Ni en su muerte ni en la de Gebhard he tenido la menor participación!

Pero, como después se probó y la propia acusada acabó reconociendo, ella envenenó a Gebhard. Por lo tanto, si era tan inocente de la muerte de Grohmann como de la de Gebhard, esta afirmación ante la tumba no fue otra cosa que una afirmación burlona y velada de su culpabilidad.

Los crímenes en la casa de Gebhard.

Sólo llevaba Anna Margaretha Zwanziger cuatro días trabajando como enfermera en esa casa cuando ya comenzó a hacer objeto de sus siniestras intenciones a la parturienta.

-Lo hice -así lo confesó la acusada-, es decir, empecé a darle veneno porque la señora Gebhard se mostraba de mal humor conmigo, me trataba con orgullo y siempre me estaba amonestando porque llevaba mal la casa, lo que no era cierto. El miércoles anterior a su muerte fui a la bodega y envenené dos jarras de cerveza; la una con una pulgada de polvo matamoscas y la otra con una dosis mayor de veneno para ratas. De esta primera jarra se llenó aquel día un vaso que se le ofreció a la parturienta. La enferma bebió y ofreció un trago que otro, del mismo vaso, a su esposo. Dos días antes de su muerte, me valí de la otra jarra y le di un gran vaso, pero bebió muy poco. No le di el veneno con intención de matarla, sino para que tuviera dolores de vientre y vómitos ,en castigo por haberme tratado tan mal .Estaba convencida que la cereza no le causaría mayores daños. Si creyera que yo soy la culpable de su muerte no vacilaría en irme con ella a su propia tumba. Antes de que fuera a trabajar a su casa siempre fue muy buena para conmigo, mi mejor amiga como me lo probó muchas veces con sus palabras y con sus acciones. Éramos como dos hermanas que pasábamos mucho rato juntas hablando de las cosas de la casa.

La falsedad e hipocresía que revela esta confesión no puede escapar a los sicólogos ni a los juristas, al igual que el extraordinario paralelismo que existe entre muchos de los términos empleados en esta declaración y los que usó en la que hizo con relación a Grohmann. Ahora era «su hermana», «su mejor amiga», siempre dispuesta a ayudarle «con palabras y actos», a la que envenenó. «Su mejor amigo», «su todo lo que tenía en el mundo», ¿cómo podía haber envenenado intencionadamente a Grohmann, que era «su mejor amigo» y todo para ella?

Su afirmación de que al dar veneno a la señora Gebhard no pretendía matarla no era más que una mentira para aminorar su culpa, como todo el mundo comprendió. Si no quería su muerte, ¿por qué fue aumentando la dosis de veneno? ¿Por qué una vez que le hubo dado la cerveza de la primera jarra, con matamoscas, que la hizo enfermar gravemente, le dio cerveza de la otra donde había un veneno mucho más fuerte y en mayor dosis? Por otra parte sus manifestaciones de que trataba de vengarse de malos tratos, riñas y ofensas de la parturienta no concuerda con lo recogido en las actas de las declaraciones. Muchos testigos presenciales e incluso unas cartas encontradas en el cajón de su cómoda prueban que, como antes con Glaser y después con Grohmann, la señora Zwanziger se sentía interesada también por Gebhard, y confiaba en lograr aquí lo que no pudo conseguir antes: es decir realizar sus esperanzas de una boda con el viudo que le asegurara su vejez, o al menos que podría quedarse a trabajar para siempre en su casa. Como el matrimonio estaba bien avenido y no podía confiar en que se produjera una separación, no tenía otra solución sino envenenar a la parturienta.

Hacia finales del mes de agosto comieron en la casa de los Gebhard, el dependiente de comercio Beck y la viuda Alberti, al mediodía, y fueron envenenados. La señora Zwanziger reconoció haber sido la autora de ese envenenamiento. Beck se burlaba de ella con frecuencia y siempre le gastaba bromas de mal gusto. Por eso le dio a beber cerveza con matarratas que sacó de la misma jarra de donde le había dado unos vasos a la señora Gebhard. No quería matarlos, afirmó, sino únicamente ponerlos enfermos y que sufrieran un poco para castigarlos por sus burlas.

-He de reconocer que me divertía al ver como aquellas personas que se metían conmigo y me atormentaban se ponían enfermos y se pasaban el día quejándose de dolores y vomitando.

En cuanto a la viuda del secretario Alberti, a ella no había querido darle veneno y si lo tomó fue, seguramente por error. Al darse cuenta de ello trató de darle unas gotas en el café para que se pusiera mejor.

Negó haber envenenado al mozo de recados del juzgado, Rosenhauer, que después de beber un vaso de vino que ella lo dio se sintió muy enfermo con los mismos síntomas. Pero acabo por reconocer que le dio veneno en la cerveza. Este joven le era sumamente antipático. Murmuraba de ella a sus espaldas y quería darle una lección. Tomó la cerveza de la misma jarra que había servido para envenenar a la señora Gebhard, aunque más diluido, pues la llenó con cerveza nueva que vertió sobre la que quedaba en la jarra.

Lo mismo hizo con relación al envenenamiento de Johann Kraus: es decir, no negó el hecho pero sí los métodos.

-A ninguna persona en su sano juicio se le ocurriría poner veneno en una bebida tan clara como el brandy, donde cualquier polvo puede verse en seguida -afirmó-. Lo que hice, en una ocasión, es darle un vaso pequeño de cerveza envenenada para que tuviera que vomitar.

En contra de esta declaración está la del interesado, pues Krauss siguió afirmando que se había puesto enfermo después de haber bebido el brandy que le dio la Zwanziger en el que vio unas extrañas partículas blancas. Reconoció que varias veces la envenenadora le dio cerveza pero nunca notó nada en ella ni se sintió mal después de beberlas.

Quedó demostrado que el día 1º de septiembre, el dueño de la casa, Gebhard, su invitado Beck, así como un hermano de éste, el mozo de recados de la oficina de Gebhard, así como el alcalde Petz y el escribiente Scherber, se sintieron de repente enfermos con síntomas de envenenamiento por arsénico después de que el ama de llaves Zwanziger les llevó, a petición de su amo, dos grandes jarras de cerveza de las que bebieron varios vasos. La cerveza provenía de la bodega de Gebhard. En este caso la cnvenenadora negó toda intención criminal. Dijo que sólo había querido «divertirse un poco», estropeando la diversión a aquel grupo que lo pasaba bien.

Poco crédito mereció la afirmación de la envenenadora de que aquellas dos jarras en las que sólo había puesto un poco de desinfectante que usaba para limpiar los suelos causó tan graves síntomas en todos los que bebieron. Si aquellas dos jarras bastaron para envenenar a todo el mundo debió repetirse aquí el milagro bíblico con la viuda. Pues de acuerdo con sus propias declaraciones, con esas dos jarras envenenó mortalmente a la señora Gebhard; después al más joven de los hermanos Beck; después a la señora Alberti que bebió varios vasos y enfermaron gravemente; más tarde a Rosenhaucr, posteriormente, Krauss y, para colmo cinco personas más, que se pusieron muy enfermas y que durante días y semanas sufrieron las consecuencias del veneno. Una posible aclaración puede ser esta:

La tarde antes de abandonar la casa de Gebhard, cuando ya le habían obligado a entregar las llaves, fue en compañía del escribiente Scherber, a la bodega para enseñarle algo que no tenía ninguna necesidad de hacer, es decir, el lugar donde se guardaban las velas y las luces. Cuando Scherber salía llevando las luces, tomó ella un pequeño recipiente y le dijo:

-Quiero llevarme esta ollita. Lleva ya mucho tiempo aquí y debe estar muy sucia.

La subió a la cocina y se la dio a la criada para que la limpiara. Al hacerlo así, la criada descubrió que en el fondo de la olla había una capa de polvo blanco endurecido del grosor de tres o cuatro milímetros. Es lógico suponer que esa olla era el recipiente en el que preparaba su veneno y donde lo guardaba en grandes cantidades para usarlo tantas veces como lo creyera necesario.

Zwanziger negó haber tenido intenciones aviesas al envenenar al señor Gebhard y sus invitados, pero no que antes de abandonar la casa envenenara la sal de la cocina.

-Tengo que reconocer, en efecto, que antes de irme de la casa, la noche anterior, mezclé arsénico en el recipiente de la sal de la cocina, con objeto de que tras mi marcha todos se acordaran de mí en la casa y, al mismo tiempo para que las sospechas recayeran en las criadas. Antes de marcharme a dormir tomé un poco de veneno de mi bolso, donde lo guardaba y descendí de la alcoba a la cocina. Tomé el recipiente de la sal y como si hiciera una broma moví la sal tres veces y dejé caer el arsénico dentro.

Pero lo cierto es que en el otro tonel de sal, donde se guardaba la reserva y que contenía todavía una gran cantidad, se encontró también arsénico. La envenenadora, por sí misma, llenó el recipiente de la sal de la cocina de este tonel. No hay motivos para dudar de que fue ella la que igualmente puso el arsénico en el barril. Cuando se le dijo así negó su culpa con estas palabras:

-No me queda más remedio que pensar que hay muchas personas interesadas en mi perdición y que ha sido alguna de ellas la que lo ha hecho así.

Con referencia al pequeño, «a su querido Fritzsche», negó haberle dado un bizcocho empapado en leche, cuando lo acariciaba en su despedida. Lo que hizo fue poner un poco de polvo matamoscas en una taza de leche de la que dio sólo una cucharadita. El resto de la leche la tiró porque se dio cuenta que el insecticida no se había disuelto. Su intención no era atentar contra la vida del niño, sino solamente que se sintiera un poco intranquilo y enfermo para que Gebhard la llamara de vuelta desde Bayreuth y hacerle cargo del niño. Por eso esperó casi un mes en esa ciudad, aunque inútilmente.

Puede parecer extraño que esta criminal que sabía que había cometido delitos, cuya confesión bastaba de sobra para su condena a muerte, tratara de minimizar otros, al menos hasta cierto punto, y precisamente aquellos que tenían menos importancia, aunque sin poder negarlos nunca por completo. Para este comportamiento puede haber dos explicaciones. O bien la acusada trataba de conseguir salvarse del tormento de la muerte en la rueda, o estaba dentro de su naturaleza el no poder decir la verdad por completo. Por eso cada verdad venía acompañada de una o varias mentiras.

Anna Margaretha Zwanziger tenía cincuenta años cuando cayó en manos de la justicia. Era de estatura pequeña, delgada, un tanto encogida y de mal aspecto. Su rostro pálido y delgado estaba surcado por profundas arrugas, producto de su edad, pero en algunos rasgos mostraba todavía restos de una pasada belleza. En sus ojos había maldad y envidia. Su frente tenía una expresión seria; sin embargo su boca se abría en una sonrisa amable. Su conducta era siempre muy correcta y amable, tanto que caía en el servilismo.

En su juventud debió ser amiga de los placeres y de los hombres e incluso en su vejez no dejaba de referirse a los hombres. Incluso en la prisión, cuando esperaba su sentencia de muerte, su imaginación jugaba con los recuerdos de los pasados tiempos de su juventud. Al juez instructor, que con su seriedad y benevolencia se ganó su confianza de modo extraordinario, le pidió en una de las visitas que le hizo en la cárcel que no guardara en su recuerdo la imagen de Anna Maragaretha Zwanziger tal y como ahora la veía, sino que debía pensar que en su juventud fue hermosa, muy hermosa.

Nació el 7 de agosto de 1760 en Nuremberg. Su nacimiento, a su juicio, tuvo lugar bajo malos auspicios, pues ocurrió en una Dosada de su padre que tenía el nombre de «La Cruz Negra». Su apellido paterno Schoenleben (en español: Vida bella), debía tener para ella el significado opuesto. Su padre murió cuando Anna tenía año y medio. A los cinco perdió a su madre y a su único hermano.

La huérfana fue enviada a Nureniberg, a la casa de la vieja doncella de su madre para que la cuidara. Poco después a casa de una tía, a Feucht, que según declaraciones de la propia Anna Margaretha fue para ella como una segunda madre. Al cabo de dos años, regresó a Nuremberg a la casa de la viuda de un pastor protestante.

A los diez años fue adoptada por un acomodado comerciante que la llevó a vivir a su casa. Allí recibió una buena educación. Estudió religión, los trabajos caseros propios de las señoritas de la época, para los que demostró una especial capacidad, a escribir, leer, cuentas, así como los principios elementales del francés.

Su padre adoptivo, que verdaderamente sintió gran cariño por ella y la mimó en extremo, no ahorró nada para educarla dentro del marco de las buenas costumbres, el trabajo y la disciplina. Pero una niña que se pasa sus diez primeros años yendo de mano en mano, cambiando de tutores y de casa, es lógico que presente cierta resistencia a esa adaptación a la vida ordenada y tranquila de una familia burguesa.

Apenas tenía quince años cuando fue prometida en matrimonio por su padrastro al que más tarde sería notario Zwanziger. Ella no quería a ese hombre, que ya había pasado los treinta y cinco y rechazó sus intentos de cortejaría y sus caricias. Finalmente, la fuerza de convicción de su padrastro acabó por convencerla, y a los diecinueve años se convirtió en la señora Zwanziger.

Significó para ella un terrible contraste salir de la casa de su padre adoptivo, donde se vivía alegremente y siempre había mucha actividad para pasar a su nuevo hogar, tranquilo y silencioso, con un marido «al que temía como los niños al coco», y que cuando no estaba trabajando estaba en la taberna emborrachándose. Por ese motivo la señora Zwanziger se pasaba sola la mayor parte del tiempo.

Fue esta soledad la que la impulsó a la lectura.

-Mi primer libro fue «Los sufrimientos de Werther». Esta novela me causó tal impresión que si hubiese dispuesto de una pistola me hubiera suicidado. Después leí «Pamela y Emilia Galotti».

Las personas que sienten un excesivo entusiasmo romántico, sobre todo cuando se trata de naturalezas de mediana formación cultural o de naturaleza fría, están expuestas a que estos sentimientos se conviertan en una suma de deseos insatisfechos que tienden a realizar imaginariamente. Eso es lo que le ocurrió a ella. Imaginación, mentiras, falsedades e hipocresías y todo lo que de ello se deriva, son cosas que en cierto modo pueden ser tomadas a la ligera pero que pueden cuando crecen exageradamente en un alma que se acostumbra a ellas, llevar hasta el extremo de que incluso se falseen los sentimientos. He aquí lo que hace posible que en Anna Margaretha Zwanziger se uniera una gran sensiblería con una típica falta de sentimientos y una gran frialdad, que cuadraba muy bien con su propia crueldad. Estos sentimientos la llevaron a dedicarse a una vida frívola y fácil, de placeres, tras la herencia que la muchacha recibió al hacerse mayor de edad y que su esposo dilapidó. Daban funciones y fiestas en su casa, bailes, veladas musicales, etc., a las que el matrimonio invitaba a mucha gente.

Puestas las cosas así, en poco tiempo la fortuna desapareció y en vez de riqueza, amigos y admiradores, en la casa no hubo más que miseria y hambre. El matrimonio Zwanziger tuvo dos hijos a los que había que alimentar. Su marido se convirtió en un borracho crónico que se bebía diez botellas de vino al día, se pasaba la jornada en la taberna, y cuando no tenía dinero era tan insoportable y desconsiderado como amable y cariñoso cuando no le faltaba nada. La admiradora de Pamela, la mujer que había llorado leyendo «Los sufrimientos de Werther», se sintió como una especie de heroína de novela.

-Siempre fuí lo suficientemente delicada como para no tratarme más que con personas de calidad y discretas. Desde mi juventud había sido educada en la idea de no tener amistad más que con las personas que pudieran darme felicidad. Por eso tuve la gran suerte de que algunos hombres nobles y honrados me apoyaran en esos difíciles tiempos.

Pasaron dos años en esta difícil situación. Después gracias a los proyectos convertidos en realidad del notario Zwanziger sobre una lotería, parecía que la estrella de la fortuna favorecía de nuevo al matrimonio. Con el bienestar económico volvió otra vez la cómoda vida anterior. Lo que la señora Zwanziger tuvo que hacer antes por dinero y necesidad, es decir buscar el apoyo de algunos caballeros, siguió haciéndolo por amor y por hábito. Un incidente debido a las relaciones de la señora Zwanziger con un joven alférez fue motivo de una grave riña familiar. Anna Margaretha abandonó a su marido y se fue a vivir a la casa de la hermana de su amante, en Viena. Regresó de allí a petición de su propio esposo y de nuevo en Nuremberg, incitada por su amante presentó una demanda de divorcio, que consiguió, en efecto, tras un corto proceso. Apenas entró en vigor la sentencia de divorcio cuando la mujer volvió a casarse en la iglesia de San Lorenzo, por segunda vez con su anterior esposo. Desde esa fecha hasta la muerte de su marido -si hay que creer su propia declaración- vivió feliz y dichosa. Aunque al principio no lo quería demasiado; después llegó a sentir una auténtica inclinación por él al descubrir en varias ocasiones que tenía «pensamientos muy nobles y un corazón sensible al máximo»’ El 21 de enero de 1796, a los dieciocho años de su matrimonio, tras una corta enfermedad murió el notario Zwanziger, dejando viuda a su mujer. La sospecha posterior -al ,descubrirse sus otros crímenes- de que la muerte de Zwanziger pudiera ser obra, también, de la envenenadora, no pudo ser confirmada por la investigación que se realizó. A partir de la muerte del marido, la vida de la viuda Zwanziger consistió en una serie de desgracias, tonterías, errores y, finalmente, de delitos.

El dinero que había heredado de sus padres quedó casi reducido a nada. Con la muerte del notario se cerró la entrada de ingresos. La viuda no pudo reunir más de 400 florines. Con este dinero se marchó a Viena con la intención de vivir sin hacer nada. Cuando vio que esto no era nada fácil, comenzó a trabajar de ama de llaves en algunas buenas casas . Estuvo en relaciones con un escribiente de la Cancillería húngara, de buen carácter, que la hizo madre de un niño ilegítimo. Anna lo entregó a la inclusa donde el niño murió poco después. Tras año y medio de ausencia regresó a Nuremberg.

Al principio pensó que no se quedaría demasiado tiempo en esa ciudad. Pero un día visitó al barón de W. el que le ofreció su protección y «amistad y amor». Alquiló una habitación a tono con la categoría del barón, el cual la visitaba frecuentemente, como «un amigo a una amiga», y recibía de él apoyo monetario, aunque afirmó que nunca ocurrió entre ellos nada que pudiera ser calificado de peligroso para su virtud, y él siempre la trató «de la mejor manera». Aparte de esto, la mujer se ganaba un suplemento de dinero haciendo muñecas.

En este estado de cosas, que al parecer duró unos tres meses, se le ofreció la oportunidad de entrar de ama de llaves en casa de un diplomático de Frankfurt, el ministro von K. Su protector de Nuremberg fue lo bastante considerado como para no oponerse a su suerte. Con un último regalo de 100 florines, que le hizo el barón, se puso en viaje hacia Frankfurt. Pero este trabajo sólo le duró dos o tres meses y tuvo, que dejarlo, no se sabe si por falta de cuidado y limpieza en la casa o porque no estaba en condiciones de dirigir la cocina de modo conveniente. Ella, sin embargo, afirmó que había estado en aquella casa año y medio. Y explicaba su despedida por otras causas muy distintas.

Se quedó en Frankfurt un poco tiempo más y alquiló una habitación amueblada en casa de un peluquero. Pronto entró a trabajar como institutriz en una asociación de caballeros británicos, pero sólo estuvo allí ocho días porque la sociedad se trasladó a Bamberg y ella regresó a Frankfurt a la habitación en casa del peluquero. Finalmente, y más por compasión que por otra cosa, fue empleada por algún tiempo, como niñera, en la casa de un comerciante.

Todo esto transcurrió en el curso de pocos meses. ¡Tantas desgracias en tan poco tiempo! El verse convertida de una acomodada señora, esposa de un notario, en niñera, influyeron, naturalmente en su modo de ser, hasta casi hacerle perder la razón. Pronto sus lágrimas se convirtieron en risas y, finalmente, las risas en rezos.

En difícil situación económica, abocada casi a la miseria, volvió a dirigirse a su noble amigo el barón von W., el cual volvió a ayudarla, ofreciéndole su protección. Cuando regresó a Nuremberg fue muy cordialmente recibida por el aristócrata.

-Pero con gran sorpresa mía -declaró la acusada con un sorprendente anacronismo- noté una gran variación en sus costumbres. Él, un hombre casado, se hacía cada vez más insinuante y, al mismo tiempo, llevaba una vida mucho más libre que antes. Decía frases frívolas que antes su dignidad no le hubiera permitido pronunciar. Finalmente perdió su orgullo hasta tal punto que acabé por quedar en estado de él.

Tan pronto como el amigo se enteró de su futura maternidad empezó a mostrarse más frío que antes. Sus visitas a la casa se hicieron más raras y espaciadas. La Zwanziger se enteró de que su amante visitaba más a una famosa actriz alemana que hacía poco fijó su residencia en Nuremberg, que a ella misma.

La sorpresa y el disgusto de esta noticia la hicieron abortar. Y no contenta con ello, al día siguiente intentó suicidarse cortándose las venas, lo que no consiguió. El dueño de la casa donde vivía fue a ver al barón de W. y le contó lo que había pasado, pidiéndole que visitara al día siguiente a su amante. Éste, en efecto, fue a verla al día siguiente, pero no como un pecador arrepentido, sino más bien lleno de cinismo y burlándose de su acción, aunque se le mostró la sangre que había brotado de las venas de su amante, que recogieron cuidadosamente en una taza de café. El barón, sin dejar de reirse, le volvió la espalda y se marchó para no volver más. Llena de rabia reunió todas las cartas suyas que tenía y se las envió a la esposa. Después se dirigió al río Pegnitz para acabar con su vida. En efecto, se tiró al agua, pero dos pescadores la sacaron rápidamente sin daño alguno, pero con el vestido empapado. Se le fueron a buscar vestidos secos inmediatamente. Los mojados fueron enviados a casa del barón de W. como mudos testigos del segundo intento de asesinato de Anna Margaretha. Pero el barón se limitó a entregar a la criada que se los llevó 25 florines y el buen consejo de que su ama se marchara de Nuremberg tan pronto como, pudiera y se fuera lo más lejos posible. Efectivamente, sin siquiera volver a su piso, la viuda Zwanziger se marchó aquella misma noche a Regensburg.

Las apariencias nos hacen creer que esos dos intentos de suicidio fueron más fingidos que reales. No obstante, no cabe duda que la dura conducta de su protector para con ella, y su infidelidad, tienen en gran parte culpa de su amargura contra la humanidad.

-¿Qué ha hecho mi corazón tan malvado? -dijo durante uno de los interrogatorios-. No cabe duda de que el señor barón von W. tiene la culpa de ello. Cuando me corté las venas en Nuremberg y le mostré mi sangre se limitó a reírse. Y cuando le reproché que hubiera hecho desgraciada a una mujer hasta el extremo de obligarla a tirarse al agua llevando en su vientre el hijo que le había engendrado, volvió a reírse. Cada vez que hice algo malo pensaba en mi interior: «Contigo nadie tuvo compasión, así que tampoco debes tenerla tú con nadie por desgraciado que sea.»

En Regensburg sufrió un ataque de fiebre y tuvo que permanecer allí tres semanas; después, tras muchos incidentes, y pasando por Viena, regresó a Nuremberg; desde allí a Turingia y Weimar, donde entró de criada en una nueva casa. No pudo quedarse allí, pues, según su declaración, el trabajo era excesivo y el sueldo miserable. Por eso decidió marcharse al cabo de seis semanas, sin despedirse, y llevándose «una indemnización».

-Mi intención pude llevarla a cabo con gran facilidad. Mientras los señores comían yo debía jugar con el niño para que éste no los molestara. Me fui al cuarto del niño donde había una mesita redonda con un cajón en el que encontré no sólo una sortija, sino perlas y otras piedras preciosas, zarcillos y algunas otras alhajas. Si se dejan estas cosas al alcance del niño para que pueda jugar con ellas, pensé, es señal que no se les da demasiada importancia, pues de otro modo las guardarían con más cuidado. En aquellos momentos el chiquillo jugaba con el anillo que estaba dentro de un estuche y lo tiraba de un lado a otro. El niño mismo me lo puso en la mano. Abrí el estuche y la sortija brilló ante mis ojos. Sentí como si hubiera alguien a mi lado que me ordenara: ¡Quédatelo! Seguí el consejo. Hice dormir al niño y me marché de la casa mientras los señores seguían todavía a la mesa. Y abandoné la ciudad.

Esta forma de describir su robo suena verdaderamente novelesca. Trató de echar las culpas a un mal espíritu que fue quien le «ordenó» que lo llevara a cabo. No concuerda en lo más mínimo con la declaración voluntaria de las víctimas del robo. Según éstos, el anillo robado, una valiosa sortija con piedras preciosas, estaba guardado en el cajón de un escritorio cerrado con llave, la cual solía estar en la cesta de costura del ama de la casa.

Logró escapar de Weimar, con fortuna y llevándose su botín, desde allí decidió dirigirse a buscar refugio en Maibernheim, donde vivía una hija suya, Anna Margaretha de nombre, como ella, que se había casado con el encuadernador Saucr. Apenas llevaba tres días en la casa cuando su yerno leyó en un periódico la noticia del robo cometido por su suegra y que la policía había ordenado su busca y captura. Inmediatamente puso a su suegra en la calle. Ese mismo día la mujer partió para Wuerzburg, desde donde tuvo la desfachatez de escribir una carta al denunciante de Weimar, al que robó la sortija, diciéndole que con su denuncia le había arruinado por completo la vida y la precipitaba en la desgracia. No cabe duda de que la orden de busca y captura dictada contra ella significó un grave contratiempo. De repente veía su nombre deshonrado y ella misma llegó a despreciarse. Su persona, en el sentido burgués, quedaba destruida. Para poder seguir viviendo entre los hombres debía dejar de ser ella misma. A partir de entonces fue cuando cambió su apellido matrimonial Zwanziger, legal en Alemania para las mujeres casadas o viudas, por el nombre de soltera, Schoenleben que no le correspondía usar.

Bajo este nuevo nombre, recorrió durante algún tiempo, distintas localidades de Franconia, hallando empleos poco duraderos con familias de la alta burguesía o de la burocracia, consiguiendo por fin un trabajo más estable en Neumarkt, en Oberpfaele, como maestra de costura y bordados para las jóvenes d e la localidad. Allí se ganó la general estimación por su trabajo y su conducta sin mácula. Tenía muchas alumnas y además ganaba bastante dinero con su propio trabajo de bordadora. Pero su destino, o tal vez su inquieto carácter, nunca le permitían quedarse demasiado tiempo en una misma ciudad. Para su desgracia llegó a Neumarkt un viejo general de Munich, cuyo nombre correspondía a las iniciales N. N., hombre ya entrado en años. La viuda, ya no joven, supo atraerse la atención del viejo militar, el cual llegó a la mayor intimidad con ella y le prometió cuidarla. Esto despertó en ella el recuerdo del «bello pasado», cuando caballeros de la nobleza la protegían. El pasado volvía, a su edad, y ya se veía en sus sueños y pensamientos, de nuevo en Munich y convertida en la amiga de un «Excelentísimo señor». Creyó las promesas del general y con mayor confianza y fe que nunca porque, según dijo, «siempre había oído decir que los católicos cumplían la palabra dada».

Al cabo de algún tiempo el general abandonó Neumarkt. Ella le escribió pero no obtuvo respuesta. Volvió a escribirle, diciéndole que estaba embarazada, pero no recibió contestación directa, aunque sí una reducida suma de dinero, que le fue enviada a través del párroco, para que «se quedara tranquila para siempre». En vista de eso abandonó Neumarkt, donde durante un año vivió en paz y se había asegurado una forma de existencia y se marchó a Munich para presionar personal y directamente con «Su Excelencia». No logró ser recibida por él. Le escribió una carta presionándolo, y en la hospedería donde se alojaba recibió la visita de un criado del militar el cual le entregó una pequeña cantidad de dinero para el viaje y la advertencia de que dejara de molestar para siempre a su señor con sus estúpidas pretensiones. Obligada a abandonar Munich recorrió varias localidades hasta que finalmente, para su desgracia, fue a parar, en 1807, a Pegnitz y desde allí a Kasendorf y Sanspareil, escenario de sus mayores delitos.

Casi durante veinte años había estado como huyendo de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de casa en casa, sin hogar, deshonrada y con la necesidad de cambiar de nombre si. quería poder vivir en libertad. Finalmente, asustada, acobardada, sintió en el fondo de su alma la necesidad de una residencia permanente, de una seguridad para el futuro. Había llegado a los cincuenta años y deseaba volver a ser una señora, como antes y no una sirvienta como ahora. Por eso se convirtió en una mujer servil, amable y humilde, sin que esto le valiera de nada. Servía a las gentes con el rostro alegre y amable, pero en el fondo odiaba a la raza humana. Estaba supeditada a los recuerdos de viejos tiempos pasados, dependía de ellos. Recordaba cuando fue «una señora» y aspiraba a que el pasado volviera. Sin embargo, tenía que aguantar a los demás, ver que en ocasiones se burlaban de ella, la trataban como a una criada y la miraban por encima del hombro. Esto era más de lo que su alma podía resistir. Tenía que salvarse de esa situación… Y como la salvación no llegaba, tuvo que buscar algo que la substituyera.

Era muy difícil, en efecto, hallar un camino de salvación a través del laberinto de su agitada existencia. Al menos no podía ser un camino ordinario el que la llevara a la libertad. Dentro del cerrado orden burgués no podría lograrlo nunca. Entonces descubrió el secreto de un poder oculto y silencioso, con cuyo uso le bastaba para cruzar con pie firme montañas y abismos y vivir de acuerdo con sus deseos. Ese misterioso poder fue el veneno. ¿Cuándo hizo ese descubrimiento por vez primera? ¿Bajo qué circunstancias? ¿De repente o poco a poco? ¿Formó desde el primer momento un plan de acción definido o fue llevando a cabo sus propósitos, poco a poco, como siguiendo ideas y pensamientos oscuros, nacidos en lo más profundo de su ser a medida que los acontecimientos se iban produciendo? No ay respuesta concreta a estas preguntas, porque responder a ellas exigía una espontánea y sincera confesión que la criminal nunca hizo. Su confesión es tan oscura y débil que nos oculta en muchas ocasiones, elementos de juicio sobre sus actos.

No obstante, sus actos son tan claros y aparecen con tanta profusión ante nuestros ojos que nos descubren el secreto de su oculta fuente casi con la misma seguridad que lo haría una abierta confesión.

La actuación y los manejos de esa mujer nos dejan ver con claridad tantas cosas que sería altamente parcial el que quisiéramos poner como justificación de sus actos -como suele hacerse con los criminales ordinarios- alguna pasión o una determinada y clara intención. Lo que la llevó a ese amor por el veneno fue únicamente el satisfactorio sentimiento de ver que con ello tenía en su mano un poder irresistible que satisfacía su vanidad, que le daba una fuerza con la que podía apartar todas sus limitaciones, conseguir cualquier inclinación y que la ponía en condiciones de decidir y disponer el destino y el bienestar de los demás, e intervenir destructoramente en los planes del destino. El veneno era su varita mágica con la que, en secreto, podía dominar a los que oficialmente debía servir. El veneno era la palabra mágica, el «ábrete sésamo» para la puerta de sus últimas esperanzas. Le daba la posibilidad de vengarse de los hombres odiados a los que servía. Le hacía sentirse como un Ángel de la Muerte, una divinidad cruel que podía andar entre los seres humanos repartiendo muerte, dolor y enfermedad. El veneno le bastaba para vengarse de quien se burlara de ella; para castigar cualquier ofensa real o figurada. El veneno podía educar a los murmuradores; impedía que visitantes indeseados volvieran a casa. Con veneno se impedía que los amigos, a los que se envidiaba, pudieran celebrar juntos una pequeña fiesta. Y, también, el veneno podía ser un espectáculo divertido, si se contemplaban los gestos de dolor y los sufrimientos ridículos de quienes lo habían ingerido. El veneno daba la oportunidad de atender y cuidar, y ofrecer palabras de condolencia al enfermo. El veneno era un medio de hacer recaer sospechas sobre inocentes. El veneno hacía gritar a los niños y obligaba a los padres a creer que esos gritos estaban motivados por la nostalgia de su amada cuidadora.

En otro sentido, el veneno cultivaba sus esperanzas de un posible matrimonio con un hombre todavía casado. Le bastaba con quererlo y podía enviar a la tumba a la mujer, el obstáculo para sus planes, haciendo enviudar al hombre. Si se despertaba su envidia, el veneno le bastaba para hacer inútiles los intercambios de anillos y las promesas matrimoniales, pues podía impedir de modo absoluto la celebración de una boda.

Por eso el mezclar venenos y suministrarlos se convirtió para ella en un asunto corriente, casi vulgar, que a veces realizaba en broma a veces en serio y, finalmente, con pasión y no sólo ya para conseguir sus deseos y satisfacer su voluntad, sino simplemente por el hecho en sí, por amor al veneno, por la simple alegría que el hecho le producía. El ser humano acaba por amar aquello con lo que está unido mucho tiempo y más todavía aquello que es instrumento fiel que sirve sus deseos. Así, finalmente, entre Anna Margaretha Zwanziger y el veneno se estableció una especie de lazo amoroso e inseparable. El veneno llegó a parecerle su último y más fiel amigo, hacia el que se sentía irresistiblemente atraída y del que no podía librarse. El veneno era su compañero inseparable.

El llevar veneno en el bolso era para ella un camino de salvación y de justicia. Cuando después de varios meses de prisión pudo ver de nuevo un poco de veneno, le pareció como si volviera a encontrarse con un amigo muy querido del que durante mucho tiempo estuvo separada a la fuerza. De acuerdo con el relato del juez de instrucción cuando se le presento el cartucho con arsénico que fue hallado en su bolso para que lo identificara, pareció temblar de alegría. Con los ojos extremadamente abiertos de la emoción, se quedó mirando fijamente los «maravillosos» polvos blancos que tanto significaban para ella. Parecía como si estuviera mirando a una criatura a la que deseara tomar entre los brazos y estrechar contra el pecho. Este amor pasional es para mí una explicación de por que aceptó su culpabilidad en los aspectos más graves y estaba dispuesta a enfrentarse con la muerte en manos del verdugo y, no obstante en su confesión por escrito siempre se refería a los hechos como a actos de poca importancia. Las personas que a causa de esos «hechos sin importancia» la condenaban, eran culpables de la mayor injusticia. Incluso llegó a presumir de «su gran espíritu religioso» que según ella fue la causa última de sus desgracias. Las cosas que hacemos corrientemente pierden para nosotros importancia y significado. Incluso la peor de las acciones si es hecha por nuestro mejor amigo, sentimos inclinación a justificarla por cariño y afecto a su autor.

El 7 de julio de 1811 el Tribunal de Apelación del Distrito del Main, en Bamberg confirmó la sentencia que condenaba a Anna Margaretha Zwanziger «a morir mediante la separación de la cabeza del tronco de un golpe de hacha y a que su cuerpo fuera sometido al tormento de la rueda». El Tribunal Supremo de Su Majestad confirmó la sentencia el 16 de agosto de ese mismo año.

La condenada no dio muestras de emoción cuando se le leyó la sentencia que firmó con mano segura. Los tres últimos días de su vida dio muestras, igualmente, de la mayor serenidad. Ante el juez de instrucción declaró que su muerte era una suerte para la Humanidad, pues le hubiera sido imposible renunciar al veneno de seguir viviendo. El día anterior a su ejecución, en presencia del juez, escribió su carta de despedida a sus parientes de Nuremberg, a los que daba las gracias por las pruebas de amistad que le habían dado y les pedía que la perdonaran. No olvidó, en esa carta, enviar saludos a otras personas.

«Tengo que terminar. Está pronta a sonar la hora en que mis sufrimientos terminarán para siempre. Rezad todos por mí. El día 17 de septiembre es el de mi muerte; el día en que recibiré de Dios lo que mis crímenes se merecen. ¡Dejaré de pertenecer a este mundo! »

Para demostrar a su juez instructor su agradecimiento por los sentimientos humanitarios que le había demostrado durante todo el caso, le hizo un extraño ruego. Le pidió permiso para aparecérsele en espíritu, después de su muerte, y demostrarle así en persona la inmortalidad del alma.

El día de su ejecución dio pruebas de la misma serenidad. Oyó cómo el juez, al pie del patíbulo, le leía en voz alta la sentencia, con tranquilidad y sin lágrimas en los ojos. Por vergüenza de la gran multitud que se había reunido para ver la ejecución se tapó la cara con el paño de los condenados. Cuando terminó la lectura y el tribunal se alejó de ella, hizo una reverencia como si se despidiera en una fiesta. Y lo mismo hizo ante el verdugo.

Para comprender de modo total el carácter de esta persona, digamos que en los últimos días de su vida el juez instructor trató de convencerla de que reconociera, antes de morir, la inocencia del señor Glaser de las acusaciones de complicidad en el envenenamiento de su esposa, que contra él hizo en sus declaraciones y que el tribunal demostró ser infundadas. Pero ella permaneció firme en su calumnia y siguió acusándolo de haber sido su cómplice en el primer crimen. Con esta última mentira sobre su alma puso su cabeza culpable bajo el hacha del verdugo.

 


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