Ángela Camacho Espinosa

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Cesárea Sierra
  • Clasificación: Asesina
  • Características: Asesinato por encargo
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 5 de junio de 1963
  • Perfil de las víctimas: Juan José Delgado Cabanillas, de 33 años (su marido)
  • Método de matar: Arma de fuego
  • Localización: Saceruela, Ciudad Real, España
  • Estado: Las contradicciones de Ángela en su declaración hicieron que el juez ordenara su ingreso en la cárcel. Horas después, fruto de una aguda indagación de la Guardia Civil, se procedió a la detención de Teodoro Palomares Redondo, que en seguida delató a Ángela
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Ángela Camacho, la inductora

Francisco Pérez Abellán

Un futuro sin horizonte y el final del amor en un matrimonio agonizante la deciden a matar a su marido utilizando como arma al mejor amigo de este. Cerebro del asesinato, lo prepara minuciosamente provocando al hombre que no es más que un instrumento en sus manos, pero no logra engañar a la justicia cuando trata de hacer pasar el crimen por un extraño suicidio.

-Ya eres viuda.

-Me has demostrado que eres todo un hombre.

La conversación, según el mozo Teodoro Palomares Redondo, tuvo lugar entre él y Ángela Camacho Espinosa nada más abrirle esta la puerta de su casa, en la calle Alamillo, de Saceruela (Ciudad Real), pueblecito de mil quinientas almas, la madrugada del 6 de junio de 1963. El hombre venía de matar al marido siguiendo las indicaciones que la esposa desleal le había hecho dos días antes:  «Mañana por la tarde se va de caza hacia el Cordel de Abenójar. Tienes que aprovechar para acabar con su vida».

Ángela era una hermosa mujer de veintinueve años. Pelo negro, óvalo de la cara redondeado, ojos vivos y boca de labios asimétricos. El de arriba fino y el de abajo mórbido y carnoso. Estaba harta de su matrimonio. Se ahogaba en un lugar tan pequeño como el pueblo en el que vivía. Nacida en Almadenejos, término judicial de Almadén, destacaban en ella instinto y voluptuosidad que chocaban con el puritanismo ambiente. Poseía un brillante cerebro calculador que ponía al servicio de sus apetencias. Eran sus sueños de escalada social, ampliación de horizonte y lujos que para nada podrían venir de una unión que creyó conveniente, siendo muy joven, pero que le había decepcionado hasta sumirla en la desesperación. Endurecida por el fracaso, generó un temperamento explosivo que no habría de detenerse ante nada para alcanzar sus metas. Ni siquiera su hijo de nueve años le serviría de freno. Además, los lazos familiares se habían roto por desavenencias entre su marido y sus padres, así como por falta de sintonía entre ella y sus suegros. Escasamente atraída por la dura vida de campo, polarizó sus deseos y aspiraciones en una loca pasión por Teodoro, algo más joven que su esposo y por completo distinto en su personalidad.

Donde Juan José Delgado Cabanillas, de treinta y tres años, natural de Agudo, era reconcentrado y taciturno, su amigo, nacido igualmente en Agudo, era provocador y extrovertido. Mientras Juan, después de los años que llevaban casados, parecía haberse vuelto mustio, apagado, como si estuviera enfermo y haber perdido su empuje vital, Teodoro aparentaba no dominar su desbordante energía, resultando atrayente y jaquetón. Ángela, que alguna vez había dicho que Juan perdía las ganas de trabajar y que no tendría más remedio que separarse de él, finalmente no había encontrado otra solución mejor que quitarlo de en medio.

-Tienes que matar a mi marido -le había dicho a Teodoro.

Los dos hombres eran buenos amigos desde la infancia. Mantenían juntos negocios de fabricación de carbón en los montes, que les producían saneadas ganancias, y compartían asimismo la afición por la caza furtiva. También coincidían en su falta de afición a trabajar la tierra, aunque provenían de familia de labradores, prefiriendo Juan ocuparse de una churrería que había establecido en el pueblo, y Teodoro, dedicarse al cuidado de ganado. Los dos socios habían conocido a la vez a Ángela, nada menos que once años atrás. Fue fabricando carbón en las proximidades de Agudo. Ella estaba allí, con sus familiares, también dedicados a la quema. Juan se fijó en la muchacha, entonces muy joven. Entre los dos nació un idilio que acabaría en boda a pesar de la oposición de los padres de él, a los que no gustaba la desenvoltura tempestuosa de su futura nuera. Una vez casados convivieron durante un tiempo en Agudo hasta que ella rompió con sus suegros, obligando a su esposo a trasladarse a Saceruela, donde se establecieron.

Allí pasaron los primeros años aparentemente felices. Al cabo de los cuales, Teodoro se hace asiduo de la casa. Aprovechando sus salidas de caza con Juan, los negocios del carbón y la nostalgia de la vieja amistad, visita con frecuencia a Ángela, comparte mesa y mantel con la pareja e incluso se queda a dormir. En una primera fase no surge nada anormal, pero a medida que pasa el tiempo el supuesto amigo toma posesión del hogar como si del suyo se tratara, presentándose en él cuando el dueño de la casa está ausente. En ocasiones se atreve a pernoctar estando el amigo fuera. Las habladurías se desatan. Confiado en la solidez de su amistad, Juan dice, a quienes le insinúan lo improcedente de la relación, que Teodoro es como si fuera su hermano, al que cree incapaz de traicionarle. A sus espaldas la relación entre su mujer y su falso amigo se consolida. En el pueblo crecen los rumores. Juan permanecerá ingenuamente ajeno a la realidad hasta el mismo día en el que perderá la vida.

El testimonio de Teodoro no deja lugar a dudas. Ángela le demuestra continuamente que le prefiere al marido. En sus encuentros apasionados le repite que espera la desaparición de Juan para poder casarse con él. No obstante, durante mucho tiempo, se resiste a secundar sus deseos. Pesa en su ánimo una vieja fidelidad de compañero que no se atreve a romper. Ante este muro que parece inquebrantable, Ángela pasa a la agresión verbal. Plantea claramente que solo hay un procedimiento para ser felices, pero que él es demasiado cobarde para aceptarlo. Le acusa de cobardía, le dedica medias sonrisas de desprecio. A solas, le insulta. Le dice que no sabe para qué se pone los pantalones si no es más que una mujerzuela. Remueve sus más bajos instintos hasta que consigue lo que quiere. Ella le da las últimas instrucciones: «Se ha ido de caza. Es el momento».

Teodoro, empujado por el viento de la pasión, deseoso de mostrarle a quien tanto le pone a prueba que tiene valor para despejar su amor de obstáculos, volvió a la casa del matrimonio dos horas después de que hubiera salido Juan de ella. Recogió la escopeta de su propiedad que allí guardaba y aunque se había despedido de su amigo, diciéndole que iba a visitar a sus hermanos, echó detrás de él hasta darle alcance. Iba en su bicicleta, con la escopeta envuelta en un paquete. Al llegar al monte deslió el arma y la cargó. Preparado para ejecutar su plan, siguió el camino que Ángela le había indicado, tropezándose con Juan sobre las nueve de la noche, cuando se disponía a descansar en un chozo para aprovechar desde muy temprano la jornada del día siguiente. Fingiendo una camaradería que estaba lejos de sentir, Teodoro saludó a su socio con una pérfida risa: «Chico, me has dado envidia. Aquí vengo a disputarte las perdices». Fiel a su carácter confiado y nada receloso, Juan le siguió la broma: «Pues te vas a aburrir. Llevo horas pateando el monte sin conseguir nada. ¡Como no tengamos más suerte mañana!».

Juan ofreció compartir el pan y el queso que llevaba en el zurrón, cosa que hicieron. Luego se propusieron dormir unas horas. Como estaba muy cansado, Juan cayó en seguida en un profundo sueño. Al verlo indefenso, con sigilo, Teodoro se hizo con su escopeta, la acercó a la cara del durmiente, situando los cañones entre los ojos y la boca. Aislado en medio del campo, no temía que nadie escuchara el disparo, por lo que apretó tranquilamente el gatillo. El ruido fue ensordecedor. El cuerpo tendido sobre una manta, encima de una cama de hierba seca, apenas se estremeció. La herida le había afectado el pecho, el cuello y casi le había dejado sin cara. El asesino le echó la chaqueta de pana de color caqui por encima de los hombros, tapándole el rostro. Acto seguido trató de disponer la escena como si se tratara de un suicidio. Desarmó su escopeta e introdujo en la recámara de la del muerto el cartucho disparado. El cadáver tenía las piernas cruzadas fuera de la cama, el brazo derecho extendido con la mano entre los muslos, y el izquierdo, a lo largo del cuerpo con la mano crispada, cerca de la escopeta, que quedó con los cañones apuntando al rostro. Era una burda escena de un suicidio imposible. Pero el criminal, muy satisfecho de su estratagema, salió al aire de la noche, montó en su bicicleta y se dirigió al pueblo para comunicarle a Ángela que ya era libre.

Pedaleó lentamente como si quisiera ir asumiendo su nueva dimensión de criminal irredento. Abandonó el chozo a las once y llegó a la calle Alamillo a la una y treinta. Estaba solitaria y sombría. Llamó discretamente a la puerta de Ángela, que le abrió, haciéndole pasar en seguida. Dentro se produjo un encuentro con sesgo de celebración macabra hasta las claras del día, cuando, otra vez de forma sigilosa, Teodoro se machó en su bicicleta. Ángela se preparaba para el tercer acto de la representación. El primero fue mantener a Juan ignorante de lo que pasaba; el segundo, el embaucamiento de su amigo, y el tercero, la simulación. Tal vez el paso más difícil.

La misma mañana del día siguiente se personó en el cuartel de la Guardia Civil: «Mire usted, estoy muy alarmada -le dijo al cabo comandante del puesto-. Mi marido salió ayer a primera hora de la tarde. Se fue de caza y todavía no ha regresado». Los guardias la tranquilizaron. No era para tanto. Cuántas veces había salido a zamarrear al campo entreteniéndose más de la cuenta. «Anda, mujer, vete tranquila que en cualquier momento se presenta.» Ángela quizá comprendió que se había precipitado. Pidió que la disculparan y se fue para casa como si estuviera más tranquila. Pasaron cuatro días, y la mañana del lunes 10 volvió a dar cuenta a la Guardia Civil. Esta vez llegó descompuesta, deshaciéndose en lágrimas. Su marido no había vuelto -era imposible que lo hiciera con un agujero de aquel tamaño en la cara-. Formalizó la denuncia. Inmediatamente comenzó la búsqueda. Un carbonero dijo haber visto una bicicleta junto a un chozo en la zona del Barranco de las Pilas. Se dirigieron allí, y al penetrar en el interior de la cabañuela encontraron el cadáver. Sin duda se trataba del desaparecido Juan José Delgado Cabanillas. Puesto en antecedentes, el juez de Almodóvar del Campo entró en rápidas sospechas, mandando que se personara ante él la desconsolada viuda. Las contradicciones de Ángela en su declaración hicieron que se ordenara su ingreso en la cárcel. Horas después, fruto de una aguda indagación de la Guardia Civil, se procedía a la detención de Teodoro, que en seguida delató a Ángela.

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