Anatoly Onoprienko

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Anatoly Onoprienko

Terminator

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Robos
  • Número de víctimas: 52
  • Periodo de actividad: 1989 / 1995 - 1996
  • Fecha de detención: 16 de abril de 1996
  • Fecha de nacimiento: 25 de julio de 1959
  • Perfil de las víctimas: Hombres, mujeres y niños
  • Método de matar: Mataba a los hombres con un arma de fuego y a las mujeres y a los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo
  • Localización: Varios lugares, Ucrania
  • Estado: Condenado a pena de muerte el 1 de abril de 1999. Conmutada por cadena perpetua en agosto de 1999. Muere en prisión el 27 de agosto de 2013
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Anatoly Onoprienko

Wikipedia

Anatoly Onoprienko (en ucraniano: Анатолій Онопрієнко; Zhytomyr, 25 de julio de 1959 – ibídem, 27 de agosto de 2013)1 fue un estudiante de guarda forestal y asesino en serie ucraniano. Fue conocido como Bestia de Ucrania, Terminator y Ciudadano O. Después de que la policía lo arrestara el 16 de abril de 1996, Onoprienko confesó haber matado a 52 personas.

Crímenes

Onoprienko tenía una estatura media, aspecto de deportista, racional, educado, elocuente, dotado de una excelente memoria y desprovisto de piedad. Soltero, padre de un niño, reconoció haber tenido una infancia muy difícil: su madre había muerto cuando él tenía 4 años, y su padre y su hermano mayor lo habían abandonado en un orfanato. De adulto, para ganarse la vida, se había embarcado como marino y había sido bombero en la ciudad de Dneprorudnoye. Luego había emigrado al extranjero para trabajar de obrero durante ese tiempo, pero confesó que su fuente primaria de ingreso era criminal: los robos y asaltos.

Los hechos delicitivos de Onoprienko empezaron a finales de los años 1980. En 1989, él junto con su socio Serhiy Rogozin robaron y mataron a nueve personas. Con la policía en su búsqueda, Onoprienko optó por abandonar el país ilegalmente para recorrer Austria, Francia, Grecia y Alemania, en dónde estuvo seis meses arrestado por robo y luego fue expulsado.

En 1995, retornó a Ucrania donde volvió a matar y a establecer una oleada de crímenes y de terror en la región de Zhytomyr. Entre el octubre de 1995 y marzo de 1996, mató a 43 personas más. La Nochebuena de 1995 se produjo el ataque a la aislada vivienda de la familia Zaichenko. El padre, la madre y dos niños muertos y la casa incendiada para no dejar huellas. Seis días después, la escena se repetía con otra familia de cuatro miembros. Hasta ocho familias fueron agredidas y asesinadas por Onoprienko durante aquellos seis meses en las regiones de Odesa, Leópolis y Dniepropetrovsk.

Y es que éste solía ser el modus operandi del asesino. Entraba a una casa poco antes del amanecer, reunía a los habitantes y mataba a los hombres con un arma de fuego y a las mujeres y a los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo. Después, prendía fuego a la casa y si alguien tenía la mala suerte de cruzarse en su camino, también terminaba muerto. Incluso mató en su cuna a un bebé de tres meses, asfixiándolo con una almohada.

Anatoli Onoprienko siguió los pasos de “El Carnicero de Rostov” Andrei Chikatilo. Ambos mataron al mismo número de víctimas, pero son muy diferentes. Chikatilo, ejecutado en 1994, era un maniaco sexual. Sólo mataba mujeres y niños, cuyos cuerpos violaba y mutilaba. A veces se comía las vísceras. Nada de esto aparece en el expediente de Onoprienko, un ladrón que mataba para robar, con inusitada brutalidad y ligereza, pero sin las escenas del maniaco sexual. Onoprienko supera a Chikatilo por el corto periodo en que realizó su matanza: seis meses frente a doce años.

Estas matanzas incitaron a la segunda investigación delictiva más grande y complicada en la historia ucraniana después de la iniciada para la detención de Andrei Chikatilo. El gobierno ucraniano envió una buena parte de la Guardia Nacional con la misión de velar por la seguridad de los ciudadanos y movilizó a más de 2000 investigadores de las policías federal y local.

Los policías empezaron a buscar a un personaje itinerante y elaboraron una lista en la que figuraba un hombre que viajaba frecuentemente por el sudoeste de Ucrania para visitar a su novia. El perfil del asesino correspondía a un personaje itinerante por la zona sur del país.

En marzo de 1996, el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) detuvo al joven de 26 años Yury Mozola como sospechoso de los asesinatos. Durante seis días, los miembros de seguridad torturaron al detenido mediante fuego y cargas eléctricas. Mozola se negó a confesar los hechos y murió en medio de la tortura. Siete responsables de la muerte fueron encarcelados por ello.

Apresamiento del asesino

Al fin, todas las sospechas fueron cayendo hacia Onoprienko. Las pruebas definitivas las hallaron en el apartamento de su novia y su hermano, encontraron una pistola robada y 122 objetos pertenecientes a las víctimas. Cuando la policía le pidió los documentos en la puerta de su casa, Onoprienko no les quiso facilitar la tarea, e hizo un esfuerzo vano por conseguir un arma y defenderse.

Cuando fue apresado, confesó inmediatamente ocho crímenes perpretados entre 1989 y 1995. Aunque negó el resto de asesinatos, muy pronto admitió que su lista ascendía a 52 en seis años de cacería. Pero no se arrepentía de ninguno de sus actos. En un momento determinado de la investigación, el acusado afirmó que oía una serie de voces en su cabeza de unos “dioses extraterrestres” que lo habían escogido por considerarlo “de nivel superior” y le habían ordenado llevar a cabo los crímenes. También aseguró que poseía poderes hipnóticos y que podía comunicarse con los animales a través de la telepatía, además de poder detener el corazón con la mente a través de unos ejercicios de yoga.

Juicio a Onoprienko

El 23 de noviembre de 1998, se iniciaba en Zhytomyr el juicio. En la sala se contraponía los gritos de un público enloquecido que reclamaba la cabeza del acusado con la calma de Onoprienko. El asesino seguía sin arrepentirse de ninguno de sus crímenes.

El juicio fue uno de los más complejos y costosos de la historia de la justicia ucraniana. Más de 400 testigos y centenares de especialistas pasaron por el estrado. El peritaje médico lo ha calificado como perfectamente cuerdo que puede y debe asumir las consecuencias de sus actos. Él mismo se definía como un “ladrón” que mataba para robar. La acusación pidió pena de muerte para Onoprienko. Incluso, el presidente ucraniano, Leonid Kuchma, dio explicaciones al Consejo de Europa para violar en este caso la moratoria de ejecución de la pena de muerte que su país mantiene desde marzo de 1997. Finalmente, se le declaró culpable; sin embargo, la pena de muerte le fue conmutada por cadena perpetua, hasta el 18 de septiembre de 2011, cuando fue liberado bajo fianza.

Fallecimiento

Falleció en la cárcel de Zhytomyr el 27 de agosto de 2013, a los 54 años, a consecuencia de un ataque al corazón.


Muere en prisión asesino en serie ucraniano que mató a 52 personas

ABC.es

27 de agosto de 2013

Anatoli Onoprienko, un asesino en serie ucraniano que mató a 52 personas, falleció en prisión de un ataque al corazón, informaron hoy las autoridades penitenciarias de Ucrania.

El asesino, que cumplía cadena perpetua en la cárcel de Zhitomir, en el noroeste de Ucrania, tenía 54 años, y se hallaba en prisión desde 1996, el año en que fue detenido.

Una fuente de ese centro penitenciario citada por el digital Komsolmólskaya Pradva v Ukraine indicó que presidiario tenía problemas cardíacos desde hace tiempo.

Onoprienko, conocido como la Bestia de Ucrania, Terminator y Ciudadano O, fue condenado a pena de muerte el 1 de abril de 1999, la que fue conmutada por cadena perpetuada.

A sus 52 víctimas las asesinó entre 1989 y 1996: a nueve, entre el 14 de junio y el 16 de agosto de 1989, y a las otras 43, entre el 5 de octubre de 1995 y el 22 de marzo de 1996.

“Es mejor que me maten, porque cuando salga seguiré matando gente”, dijo el asesino en una entrevista desde prisión.

Onoprienko explicó que había recibido una “orden de fuerzas superiores” para realizar tres series de asesinatos: la primera (9 asesinatos) contra el comunismo; la segunda (40) contra el nacionalismo y la tercera (360, que no llegó a cometer) contra el sida, la peste del siglo XX.


Anatoly Onoprienko, la bestia que aterrorizó Ucrania

Alejandro Prado – ElPais.com

29 de agosto de 2013

“Soy el mejor asesino del mundo”, así alardeaba Anatoly Onoprienko en el juicio que le iba a condenar por matar a 52 personas entre 1989 y 1996. El ucraniano Onoprienko, conocido como La bestia de Ucrania o Terminator, falleció el martes en la cárcel debido a un ataque al corazón. “La gente no aprecia la vida. Es necesario que contemple el horror. Yo soy el horror que empuja a la gente a vivir de otra manera”, justificaba el asesino en serie su desmesurada expresión de violencia.

Pero lo cierto es que el móvil de Onoprienko para matar era el dinero. Robaba en las casas de sus víctimas y para evitar ser reconocido liquidaba a todos los presentes y prendía fuego al domicilio para eliminar las huellas. Una forma totalmente animal de proceder, carente por completo de cualquier escrúpulo o sentimiento. Confesó 52 asesinatos, 10 de ellos niños, algunos solo eran bebés que asfixió en la cuna.

Como la mayoría de los asesinos en serie, Onoprienko (Zhytomyr, Ucrania, 1959) tuvo una infancia complicada. Su madre murió cuando era niño y su padre lo abandonó en un orfanato. Desde muy joven empezó a delinquir para ganarse la vida y en 1989 dio un paso más al concluir sus robos con el asesinato de las víctimas. Ese año acabó con la vida de nueve personas y con la policía detrás decidió abandonar Ucrania. Recorrió parte de Europa y llegó a estar encarcelado seis meses en Alemania antes de ser expulsado.

Ya en su país de origen, Onoprienko emprendió una atroz carrera delictiva. En solo seis meses, de octubre de 1995 a marzo de 1996, asesinó a 43 personas y perpetró numerosos robos.

Su modus operandi solía ser siempre el mismo: asaltaba una casa medianamente aislada, reunía a los residentes en una misma habitación, mataba a tiros a los hombres y utilizaba cuchillos y hachas para acabar con las mujeres y niños. Para rematar su faena, a veces prendía fuego a la casa para que no quedase rastro de su presencia. Todo un ritual del horror para conseguir un botín consistente en algo de dinero en metálico y unos pocos objetos de valor.

Ante tales demostraciones de violencia la sociedad ucraniana entró en pánico y el Gobierno movilizó miles de efectivos para dar con el autor de los crímenes. El caso recordó al de Andrei Chikatilo, el carnicero de Rostov, otro psicópata ucraniano que mató a 53 personas en los años ochenta y que fue ejecutado en 1994. Pero los dos asesinos solo tenían en común su origen y el número de víctimas mortales. El móvil de Chikatilo era sexual, violaba, desmembraba y, en ocasiones, devoraba partes de sus víctimas, por lo general niños y niñas.

Onoprienko fue capturado en abril de 1996, pero antes la policía ucraniana detuvo a un sospechoso llamado Yury Mozola, que fue sometido a tortura para que confesase los crímenes. Mozola no confesó y falleció a causa de los brutales interrogatorios. Tras este descomunal error, las fuerzas de seguridad afinaron más y dieron con Onoprienko, que fue detenido en el domicilio de su novia, donde también se hallaron numerosos objetos personales de las víctimas.

El juicio, iniciado a finales de 1998, fue todo un acontecimiento en Ucrania. El acusado vertió todo un surtido de argumentos delirantes: “Soy el diablo”, “Estaba contratado por los servicios secretos”… Sus declaraciones sembraron la duda sobre si estaba loco o se lo hacía, pero finalmente fue declarado cuerdo y se estimó que sabía perfectamente lo que hacía.

Onoprienko, que en todo momento se mostró imperturbable y nunca mostró arrepentimiento, fue condenado a la pena de muerte, aunque finalmente le sería conmutada por la cadena perpetua, lo que frustró el último deseo del asesino: “Que me ejecuten en la plaza pública, será mi obra final”.


Anatoly Onoprienko

Murderpedia.org

El 16 de Abril de 1996 la policía detiene a Anatoly Onoprienko, de 37 años, antiguo estudiante forestal, marino y paciente mental ambulatorio, acabando con la peor carrera asesina de Ucrania.

Anatoly, nativo de Zhitomir, fue arrestado en casa de su amante donde tenía un arma del calibre 12 usada en 40 asesinatos. También tenía joyas y equipos de vídeo que pertenecían a algunas de sus víctimas.

Mientras estaba detenido confesó haber cometido 8 asesinatos entre 1989 y 1995. Al principio negó otros cargos, pero pronto admitió ser el apodado “Terminator” que acabó con la vida de 52 personas en una carrera asesina de 6 años.

Su locura asesina comenzó en 1989, cuando él y su cómplice Serhiy Rogozin robaron y mataron a 9 personas.

Muchas de las víctimas vivían en pueblos remotos en la región de Lvov cerca de la frontera con Polonia. Su rastro de sangre llegó al clímax en una carrera asesina de 3 meses en la que mató a más de 40 personas en los pueblos ucranianos de Bratkovichi y Busk.

Se generó tal clima de pánico en los dos pueblos que se movilizó a una división armada y miembros del ejército patrullaban por las calles. Intentando poner fin a las muertes, la policía impuso un cordón de seguridad alrededor de Bratkovichi. Para su desgracia, “Terminator” se trasladó a pueblos cercanos donde continuó con sus asesinatos en serie.

Los asesinatos seguían un patrón. “Terminator” elegía casas solitarias en las afueras de los pueblos. Entraba en las casas antes del atardecer, reunía a la familia y les disparaba a todos, niños incluidos, desde muy cerca con su escopeta del calibre 12. Entonces abandonaba el lugar y mataba a quién se cruzara en su camino durante su huída. Con frecuencia robaba las cosas de valor que tuvieran sus víctimas y a veces esparcía fotos de la familia por el suelo.

La policía detuvo a Onoprienko en el apartamento de su querida en abril de 1996, después de realizar una caza nacional del asesino.

El 23 de Noviembre de 1998, el juicio contra Onoprienko comenzó en la ciudad de Zhytomyr, a 130 kilómetros al oeste de Kiev.

El acusado afirmó que se sentía como un robot conducido durante años por una fuerza oscura, y argumentó que no se cansaría hasta que las autoridades determinaran el origen de esa fuerza.

Antiguo estudiante forestal, marinero y soldado, Anatoly afirmó que su madre murió cuando tenía 4 años y su padre y su hermano lo entregaron en un orfanato cuando tenía 7, y que había oído voces que le decían que cometiera los asesinatos.

Vestido con zapatillas, una chaqueta grande y un gorro de lana, Onoprienko se sentó tranquilamente dentro de una celda metálica rodeado por la policía, exudando arrogancia y aburrimiento.

Cientos de personas apiñadas con sus abrigos y sus gorros de piel en la gélida sala del juicio estaban muy enfadadas por su comportamiento. “Déjennos llevarlo aparte” gritaba un pensionista al final de la sala al principio de que comenzara su declaración, su voz temblaba de emoción, “no se merece que le disparen. Necesita morir de una forma lenta y agonizante”.

En entrevistas previas Onoprienko divagó interminablemente sobre la CIA y la Interpol, poderes desconocidos y futuras revelaciones.

Sentado en su celda el asesino en serie ucraniano contó a la agencia Reuters y a los periódicos regionales: ” No me he arrepentido de nada y no me arrepiento ahora”.

En su extraña y emocional entrevista que duró más de una hora añadió que fuerzas cósmicas planean destruir a la humanidad y reemplazarla por “biorobots”. Con sus carceleros sentados en un corredor en un sofá verde, Onoprienko miró a sus entrevistadores a los ojos y les habló de una forma intensa, rápidamente, a veces incluso con fiereza, de su más reciente descubrimiento, tenía especiales poderes telepáticos.

Afirmando que tenía poderes hipnóticos y diciendo que tenía información que “nadie, ni el presidente, tenía acceso, dijo que había recibido permiso para matar”, pero no dijo lo que le condujo a destruir a sus víctimas. “Quiero a todo el mundo y quiero a los que mato. Miro a esos niños que asesiné a los ojos y sé que tenía que hacerlo” dijo. “Para Vds. son 52 asesinatos, pero para mi es ley”, dijo que podría haber estado preparado para matar a su propio hijo.

Durante el juicio, tuvo muy poco que decir. A la pregunta de sí le gustaría añadir algo él se encogió de hombros, lentamente se acercó al micrófono y dijo: “no, nada”.

Al informarle de sus derechos legales para seguir los procedimientos de la corte, él gruñó: “es vuestra ley, me considero un rehén”. Al preguntarle que dijera su nacionalidad, dijo: “ninguna”. Cuando el Juez Dimitry Lipsky dijo que eso era imposible, Onoprienko volvió sus ojos y replicó: “bien, de acuerdo con los oficiales de las fuerzas de la ley, soy ucraniano”.

Onoprienko permaneció completamente en silencio durante el juicio, sin embargo concedió numerosas entrevistas a los medios de comunicación.

El diario Fakty publicó una larga entrevista con el Ciudadano O., desde su celda en la ciudad central de Zhytomyr en la que el terminator de 39 años le citó y dijo: “naturalmente preferiría la pena de muerte. No me interesa para nada relacionarme con la gente. Les he traicionado”. El asesino añadió que estaba impactado por la indiferencia de la gente con sus crímenes. Al cometer una matanza con sus víctimas en un pueblo, “la gente gritaba tan alto que se les podía escuchar en los pueblos vecinos, pero nadie vino a ayudarles. Todos se escondieron como ratones”.

El 12 de febrero de 1999 la corte ucraniana decidió que Anatoli Onoprienko era mentalmente competente y que se le podía cargar con la responsabilidad de sus crímenes. La corte regional de Zhytomyr dijo que Onoprienko “no sufría ninguna enfermedad psiquiátrica, es consciente y controla las acciones que comete, y no requiere de ningún examen psiquiátrico extra”.

Con el último examen psiquiátrico mostrando la salud mental de Onoprienko, fue condenado y sentenciado a muerte. Pero no fue ejecutado porque Ucrania se ha comprometido como miembro del Consejo de Europa a suspender la pena capital.

Vestido con el mismo chandal y un parduzco abrigo, Onoprienko se negó a hablar durante los tres meses que duró el juicio.

A Sergei Rogozin se le acusó de ser cómplice en los primeros 9 asesinatos, pero de ser completamente inocente en los demás.

Curiosamente, los primeros días del juicio atrajeron a un gran números de espectadores. Sin embargo, cuando el 3 de marzo de 1999 Yuri Ignatenko pidió la pena de muerte para Onoprienko, la sala estaba prácticamente vacía.

“Mi defendido está en los cuarenta privado del amor de su madre, y el cariño es necesario para la formación de un hombre realmente”, dijo el abogado de Onoprienko Ruslan Moshkovsky a la corte.

Según el fiscal Ignatenko “las sospechas de ser espiado, las voces, la influencia de los más altos poderes, … son la simulación de una enfermedad mental”.

Los fiscales añadieron que los motivos de Onoprienko descansan en su propia violenta naturaleza, no clarificada debido a lo que él llamó la incompetencia de las fuerzas policiales. “En cada sociedad ha habido y hay gente que debido a su naturaleza innata pueden matar, y hay otros que nunca lo harán”, añadió.

Dos semanas después de la sentencia, Onoprienko concedió una entrevista a Mark Franchetti, un periodista del London Times:

Les llevó a los guardias ucranianos dos minutos enteros el cerrar la fuerte puerta de metal de la pequeña celda de Anatoly Onoprienko. Incluso el más tosco de los guardias del corredor de la muerte en la prisión del siglo XIX, a 80 millas al oeste de Kiev, es cauteloso con Onoprienko y no quieren correr ningún riesgo. Se asoman a través de una estrecha mirilla en la puerta y uno le grita que se levante de cara a la pared con las manos a la espalda.

Anatoly Ivanuik, el delegado del gobernador en la prisión, revisó meticulosamente el corredor de fuera antes de dar la orden de abrir el último cerrojo. Lentamente se abrió la puerta. Onoprienko, una vez que se declaró a su amiguita con un anillo del dedo que le había cortado a una de sus víctimas unas pocas horas antes, estaba preparado para conceder una audiencia.

Tres años antes de su arresto, después de la mayor caza al asesino que nunca se había organizado en Ucrania, Onoprienko no mostró ningún tipo de remordimiento al describir como asesinó a familias completas con toda su sangre fría, apaleando a los niños y violando a las mujeres después de dispararlas en la cara. Todavía desafiante, el ciudadano O. se sintió orgulloso de lo que él llamaba su “profesionalidad” en sus crímenes. Muy complacido por su notoriedad, frecuentemente me miraba con fijación, intentando que desviara mi mirada mientras insistía que era una buena persona y que era un gran amante sensible de la música.

“La primera vez que maté, disparé a un ciervo en el bosque”, dijo, en un tono monótono, como sí estuviera leyendo su currículum vitae, “tenía 20 años y me sentí muy compungido cuando lo vi muerto. No sé por qué lo hice, y lo siento. Nunca volví a sentir lo mismo”.

“Para mi matar a personas es como desgarrar un edredón”, dijo con sus ojos a trozos azules fijados en mi. “Hombres, mujeres, ancianos, niños, todos son iguales. Nunca he sentido pena de los que he matado. Ni amor, ni odio, solo ciega indiferencia. No los veía como personas, sólo masas”.

Los crímenes de Onoprienko han causado tal repulsión en Ucrania, sin embargo, que el presidente ucraniano está considerando elevar una moratoria temporalmente sobre la pena de muerte que se le impuso en Marzo de 1997, de acuerdo con las reglas del Consejo de Europa, para ejecutarle. La alternativa, conmutar la sentencia del asesino en serie por 20 años en la cárcel, sería un ultraje para muchos ucranianos.

En una ocasión una niña que estaba acurrucada en su cama se le enfrentó, suplicando. Le había visto matar a sus padres. “Unos segundos después le aplasté la cabeza, le ordené que me enseñara donde guardaban el dinero”, dijo. “Me miró con enfado, desafiándome y dijo, “no, no lo haré.” Fue increíble su fortaleza. Pero no sentí nada”.

Asaltaba casas en las afueras de los pueblos, disparando a los adultos y golpeando a los niños con objetos metálicos. Robaba dinero, joyas, equipos estéreo y cualquier otro artículo, y después incendiaba las casas.

“Se conduce con extrema crueldad” dijo Dimitri Lipski, el juez que le sentenció, examinando detenidamente las fotos de los crímenes de Onoprienko. “No le preocupa nada, sólo él mismo. Es egocéntrico y se tiene en alta estima”.

En la caza del asesino estuvieron más de 2.000 policías y más de 3.000 soldados, lo que llevó al fin a la caza de Onoprienko en Abril de 1996 en casa de su amiguita cerca de la frontera polaca gracias a un anónimo. Los investigadores creen que el total de sus víctimas asciende a más de 52, debido a hubo un gran intervalo de tiempo entre asesinatos cuando vagó ilegalmente por muchos países europeos.

“Para mí era como cazar. Cazar a personas”, meditó Onoprienko con una irónica sonrisa al entregarme su autógrafo escrito en la parte de atrás de una revista.

“Estaba sentado, aburrido, sin nada que hacer. Y de repente, esta idea se me metió en la cabeza. Hubiera hecho cualquier cosa por sacarla de mi cabeza, pero no pude. Era más fuerte que yo. Así que cogía mi coche o cogía un tren y salía a matar.”

Las primeras víctimas de Onoprienko fueron una pareja que estaba al lado de su Lada en una carretera. “Sólo los disparé. No es lo que me da placer, pero sentí esa urgencia. Desde entonces, fue casi como un juego de marcianitos”.

Dijo que no conseguía placer con el hecho de matar. “Los cadáveres son desagradables, dijo con aversión. Apestan y dan malas vibraciones. Una vez maté a 5 personas y me senté en el coche con sus cuerpos durante dos horas sin saber que hacer con ellos. El olor era insoportable.”

Según algunos expertos dicen que el hecho de haber crecido sin padres y de que su hermano mayor le hubiera entregado a un orfanato es la pista para entender la destrucción de familias completas. Extrañamente su época más viciosa coincide con el momento en que se fue a vivir con la mujer con la que intentó casarse y con su hijo, con el que, según dijo ella, era siempre encantador.

Onoprienko, sin embargo, afirmaba que estaba poseído. “No soy un maníaco”, dijo, sin lugar a dudas “si lo fuera, me habría tirado contra ti y te hubiera matado aquí mismo. No, no es tan simple. He sido conducido por una fuerza suprema, algo telepático o cósmico que me ha conducido así.”

“De hecho quise matar al hermano de mi primera mujer porque la odiaba. Realmente quise matarla, pero no pude porque no recibí la orden. La esperé todo el tiempo, pero no vino”.

“Soy como un conejo de laboratorio. Una parte de un experimento para probar que el hombre es capaz de matar y aprender a vivir con sus crímenes. Para mostrar que puedo hacerle frente, que puedo soportar cualquier cosa, olvidar todo”.

Onoprienko fue inflexible y no quiso apelar a Kuchma para que le conmutara su sentencia. En vez de ello, insistió que debería ser ejecutado. Repentinamente animado, su discurso fue rápido. “Si alguna vez me sueltan, empezaré a matar de nuevo”, dijo. “Pero esta vez será peor, 10 veces peor. El deseo está aquí.”

“Aprovechen esta oportunidad porque estoy siendo preparado para servir a Satán. Después de todo lo que he aprendido aquí, no tengo competidores en mi campo. Y sí no me matáis escaparé de esta cárcel y lo primero que haré será encontrar a Kuchma y le colgaré de un árbol por los testículos”. Este fue el momento en el que tuve que partir.


El peor asesino en la historia de Ucrania y de la antigua Unión Soviética

Pilar Abeijón

“No hay mejor asesino en el mundo que yo. No me arrepiento de nada, y, si pudiera, sin duda volvería a hacerlo…”

El pasado lunes 23 de noviembre de 1998, se iniciaba en la ciudad de Zhitomir (ex Unión Soviética) el juicio de un ucraniano acusado de haber asesinado a 52 personas, ante la celosa mirada de un público enloquecido que reclamaba la cabeza del acusado. Su calma contrastaba con la emoción de todos los presentes en la sala, en su mayoría jóvenes.

Después de confesar en una declaración entregada a la prensa por su abogado antes de la apertura del juicio, que no se arrepentía de ninguno de los crímenes que había cometido, Anatoli Onoprienko respondía dócilmente a las preguntas del juez, reconociendo haber asesinado a 42 adultos y 10 niños entre 1989 y 1996.

La acusación ha pedido la pena de muerte, cuyo mantenimiento apoyan tres de cada cuatro ucranianos, según las encuestas, pero el verdadero problema en este complicado juicio, es impedir que el público linche al acusado.

Complicado por su envergadura y duración (más de 400 testigos y por lo menos tres meses de declaraciones por delante), por sus gastos, pero también por la tensión que se respira entre los familiares de las víctimas, obligados a pasar cada día por un arco detector de metales, algo no tan corriente en ese país, mientras el acusado, encerrado en una jaula metálica, está prudentemente separado de las iras del público…

Las autoridades le describen como el asesino más terrible de la historia en Ucrania y de la antigua Unión Soviética, mientras que las familias de las numerosas víctimas lo califican de “animal”, “ser monstruoso” y “bestia demoníaca”.

Los hechos se producían entre octubre de 1995 y marzo de 1996. En aquellos seis meses, la región de Zhitomir vivió aterrorizada por una serie de 43 asesinatos que Onoprienko había ido sembrando.

La Nochebuena de 1995 se produjo el ataque a la aislada vivienda de la familia Zaichenko. El padre, la madre y dos niños muertos y la casa incendiada para no dejar huellas fue el precio de un absurdo botín formado por un par de alianzas, un crucifijo de oro con cadena y dos pares de pendientes. Seis días después, la escena se repetía con otra familia de cuatro miembros.

Víctimas de Onoprienko aparecieron también aquellos seis meses en las regiones de Odesa, Lvov y Dniepropetrovsk.

Estas matanzas incitaron a la segunda investigación delictiva más grande y complicada en la historia ucraniana (la primera había sido la de su compatriota Chikatilo), El gobierno ucraniano envió una buena parte del Guardia Nacional con la misión de velar por la seguridad de los ciudadanos, y, como si el despliegue de una división militar entera para combatir a un solo asesino no fuera bastante, más de 2000 investigadores de la policía federal y local. Los policías empezaron a buscar a un personaje itinerante y elaboraron una lista en la que figuraba un hombre que viajaba frecuentemente por el sudoeste de Ucrania para visitar a su novia.

Con la policía tras su pista, Onoprienko puso tierra de por medio en 1989 abandonando el país ilegalmente para recorrer Austria, Francia, Grecia y Alemania, en dónde estaría seis meses arrestado por robo y luego sería expulsado.

De regreso a Ucrania sumó a los nueve otros 43 asesinatos, y poco después, ante las pruebas encontradas por los agentes en los apartamentos de su novia y su hermano (una pistola robada y 122 objetos pertenecientes a las víctimas), hallaron una razón para arrestarlo. Cuando la policía le pidió los documentos en la puerta de su casa, Onoprienko no les quiso facilitar la tarea, e hizo un esfuerzo en vano por conseguir un arma y defenderse. Cuando los policías por fin lo detuvieron, Onoprienko se sentó silenciosamente cruzando los brazos y les dijo sonriendo: “Yo hablaré con un general, pero no con ustedes,”. Aún así, no le quedó más remedio que confesar sus crímenes y dejar que éstos le arrestasen.

En su declaración al juez, aparecerían otros nueve cadáveres cosechados a partir de 1989 en compañía de un cómplice, Sergei Rogozin (quien también compadecería en el juicio)…

Anatoli Onoprienko ha seguido los pasos del legendario Andrei Chikatilo. Ambos mataron al mismo número de víctimas, pero son muy diferentes. Chikatilo, ejecutado en 1994, era un maníaco sexual. Sólo mataba mujeres y niños, cuyos cuerpos violaba y mutilaba. A veces se comía las vísceras. Nada de esto aparece en el dosier de Onoprienko, un ladrón que mataba para robar, con inusitada brutalidad y ligereza, pero sin las escenas del maníaco sexual. Onoprienko supera a Chikatilo por el corto periodo en que realizó su matanza: seis meses frente a doce años.

Cuando ejecutaba a sus víctimas, el asesino seguía un mismo ritual: elegía casas aisladas, mataba a los hombres con un arma de fuego y a las mujeres y a los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo. No perdonaba a nadie, después de sus asesinatos cortaba los dedos de sus víctimas para sacarles los anillos, o a veces quemaba las casas. Incluso mató a un bebé de tres meses en su cuna, asfixiándolo con una almohada.

Onoprienko, de 39 años, estatura media, aspecto de deportista, racional, educado, elocuente, dotado de una excelente memoria y desprovisto de piedad. Soltero de 39 años, padre de un niño, reconoció haber tenido una infancia muy difícil: su madre había muerto cuando él tenía 4 años, y su padre y su hermano mayor lo habían abandonado en un orfanato. De adulto, para ganarse la vida, se había embarcado como marino y había sido bombero en la ciudad de Dneprorudnoye (dónde su ficha laboral le describe como un hombre “duro pero justo”). Luego había emigrado al extranjero para trabajar de obrero durante ese tiempo, pero confesó que su fuente primaria de ingreso era crimen los robos y asaltos.

El peritaje médico lo ha calificado como perfectamente cuerdo que puede y debe asumir las consecuencias de sus actos. Él mismo se define como un “ladrón” que mataba para robar: “Mataba para eliminar a todos los testigos de mis robos”.

Por este motivo puede ser condenado a la pena capital por crímenes premeditados con circunstancias agravantes. El presidente ucraniano, Leonid Kuchma, dijo que dará explicaciones al Consejo de Europa para violar en este caso la moratoria de ejecución de la pena de muerte que su país mantiene desde marzo de 1997.

Gracias al convenio con el Consejo de Europa, 81 penas de muerte dictadas últimamente en Ucrania no se han ejecutado. La declaración del presidente Kuchma anuncia que se va a hacer una excepción con Onoprienko.

En un momento determinado de la investigación, el acusado afirmó que oía una serie de voces en su cabeza de unos “dioses extraterrestres” que le habían escogido por considerarlo “de nivel superior” y le habían ordenado llevar a cabo los crímenes. También aseguró que poseía poderes hipnóticos y que podía comunicarse con los animales a través de la telepatía, además de poder detener el corazón con la mente a través de unos ejercicios de Yoga.

¿Enfermo mental o maníaco homicida? Lo primero podría declararlo inimputable, y lo segundo, condenarlo a la pena capital… el juicio, actualmente en curso, parece seriamente complicado.

Los psiquiatras sin embargo han diagnosticado que el hombre está perfectamente “cuerdo” y la mayoría quieren que pague por los homicidios. El mismo Onoprienko resumía así la filosofía de su carnicería: “Era muy sencillo, los veía de la misma forma en que una bestia contempla a los corderos”.


Anatoli Onoprienko, «La Bestia de Zhitomir»

Margarita Bernal – Asesinos en Serie

El lunes 23 de noviembre de 1998, se iniciaba en la ciudad de Zhitomir (ex Unión Soviética), el juicio de un ucraniano acusado de haber asesinado a 52 personas, ante la celosa mirada de un público enloquecido que reclamaba la cabeza del acusado. Su calma contrastaba con la emoción de todos los presentes en la sala, en su mayoría jóvenes.

Después de confesar en una declaración entregada a la prensa por su abogado antes de la apertura del juicio, que no se arrepentía de ninguno de los crímenes que había cometido, Anatoli Onoprienko respondía dócilmente a las preguntas del juez; reconoció haber asesinado a 42 adultos y 10 niños, entre 1989 y 1996.

La parte acusadora ha pedido la pena de muerte, cuyo mantenimiento apoyan tres de cada cuatro ucranianos, según las encuestas, pero el verdadero problema en este complicado juicio, es impedir que el público linche al acusado. Complicado por su envergadura y duración (más de 400 testigos y por lo menos tres meses de declaraciones por delante), por sus gastos, pero también por la tensión que se respira entre los familiares de las víctimas, obligados a pasar cada día por un arco detector de metales, algo no tan corriente en ese país, mientras el acusado, encerrado en una jaula metálica, está prudentemente separado de la ira del público…

Las autoridades le describen como el asesino más terrible de la historia en Ucrania y de la antigua Unión Soviética, mientras que las familias de las numerosas víctimas lo califican de “animal”, “ser monstruoso” y “bestia demoníaca”.

Los hechos se producían entre octubre de 1995 y marzo de 1996. En aquellos seis meses, la región de Zhitomir vivió aterrorizada por una serie de 43 asesinatos que Onoprienko había ido sembrando. La Nochebuena de 1995 se produjo el ataque a la aislada vivienda de la familia Zaichenko. El padre, la madre y dos niños muertos y la casa incendiada para no dejar huellas fue el precio de un absurdo botín formado por un par de alianzas, un crucifijo de oro con cadena y dos pares de pendientes. Seis días después, la escena se repetía con otra familia de cuatro miembros. Víctimas de Onoprienko aparecieron también durante aquellos seis meses en las regiones de Odesa, Lvov y Dniepropetrovsk.

Estas matanzas incitaron a la segunda investigación delictiva más grande y complicada en la historia ucraniana (la primera había sido la de su compatriota Chikatilo). El gobierno ucraniano envió una buena parte de la Guardia Nacional con la misión de velar por la seguridad de los ciudadanos y, como si el despliegue de una división militar entera para combatir a un solo asesino no fuera bastante, más de 2000 investigadores de las policías federal y local.

Los policías empezaron a buscar a un personaje itinerante y elaboraron una lista en la que figuraba un hombre que viajaba frecuentemente por el sudoeste de Ucrania para visitar a su novia.

Con la policía tras su pista, Onoprienko puso tierra de por medio en 1989 y abandonó el país ilegalmente para recorrer Austria, Francia, Grecia y Alemania, en dónde estaría seis meses arrestado por robo y luego sería expulsado.

De regreso a Ucrania sumó a los nueve otros 43 asesinatos, y poco después, ante las pruebas encontradas por los agentes en los apartamentos de su novia y su hermano (una pistola robada y 122 objetos pertenecientes a las víctimas), hallaron una razón para arrestarlo. Cuando la policía le pidió los documentos en la puerta de su casa, Onoprienko no les quiso facilitar la tarea, e hizo un esfuerzo vano por conseguir un arma y defenderse. Cuando los policías por fin lo detuvieron, Onoprienko se sentó silenciosamente cruzando los brazos y les dijo sonriendo: “Yo hablaré con un general, pero no con ustedes”. Aun así, no le quedó más remedio que confesar sus crímenes y dejar que aquellos le arrestasen.

En su declaración al juez, aparecerían otros nueve cadáveres cosechados a partir de 1989 en compañía de un cómplice, Sergei Rogozin, (quien también comparecería en el juicio).

Anatoli Onoprienko siguió los pasos del legendario Andrei Chikatilo. Ambos mataron al mismo número de víctimas, pero son muy diferentes. Chikatilo, ejecutado en 1994, era un maniaco sexual. Sólo mataba mujeres y niños, cuyos cuerpos violaba y mutilaba. A veces se comía las vísceras. Nada de esto aparece en el expediente de Onoprienko, un ladrón que mataba para robar, con inusitada brutalidad y ligereza, pero sin las escenas del maniaco sexual. Onoprienko supera a Chikatilo por el corto periodo en que realizó su matanza: seis meses frente a doce años.

Cuando ejecutaba a sus víctimas, el asesino seguía un mismo ritual: elegía casas aisladas, mataba a los hombres con un arma de fuego y a las mujeres y a los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo. No perdonaba a nadie, después de sus asesinatos cortaba los dedos de sus víctimas para sacarles los anillos, o a veces quemaba las casas. Incluso mató en su cuna a un bebé de tres meses, asfixiándolo con una almohada.

Onoprienko, de 39 años, estatura media, aspecto de deportista, racional, educado, elocuente, dotado de una excelente memoria y desprovisto de piedad. Soltero, padre de un niño, reconoció haber tenido una infancia muy difícil: su madre había muerto cuando él tenía 4 años, y su padre y su hermano mayor lo habían abandonado en un orfanato. De adulto, para ganarse la vida, se había embarcado como marino y había sido bombero en la ciudad de Dneprorudnoye (dónde su ficha laboral le describe como un hombre “duro, pero justo”). Luego había emigrado al extranjero para trabajar de obrero durante ese tiempo, pero confesó que su fuente primaria de ingreso era criminal: los robos y asaltos.

El peritaje médico lo ha calificado como perfectamente cuerdo que puede y debe asumir las consecuencias de sus actos. El mismo se define como un “ladrón” que mataba para robar: “Mataba para eliminar a todos los testigos de mis robos”

Por este motivo puede ser condenado a la pena capital por crímenes premeditados con circunstancias agravantes. El presidente ucraniano, Leonid Kuchma, dijo que dará explicaciones al Consejo de Europa para violar en este caso la moratoria de ejecución de la pena de muerte que su país mantiene desde marzo de 1997. Gracias al convenio con el Consejo de Europa, 81 penas de muerte dictadas últimamente en Ucrania no se han ejecutado. La declaración del presidente Kuchma anuncia que se va a hacer una excepción con Onoprienko.

En un momento determinado de la investigación, el acusado afirmó que oía una serie de voces en su cabeza de unos “dioses extraterrestres” que lo habían escogido por considerarlo “de nivel superior” y le habían ordenado llevar a cabo los crímenes. También aseguró que poseía poderes hipnóticos y que podía comunicarse con los animales a través de la telepatía, además de poder detener el corazón con la mente a través de unos ejercicios de yoga.

¿Enfermo mental o maniaco homicida? lo primero podría declararlo imputable, y lo segundo, condenarlo a la pena capital… el juicio, actualmente en curso, parece seriamente complicado.

Los psiquiatras, sin embargo, han diagnosticado que el hombre está perfectamente “cuerdo” y la mayoría quiere que pague por los homicidios. El mismo Onoprienko resumía así la filosofía de su carnicería:

“Era muy sencillo, los veía de la misma forma en que una bestia contempla a los corderos”.


Anatoly Onoprienko

PasarMiedo.com

La región de Zhitomir (ex Unión Soviética) vivió aterrorizada por una serie de 43 asesinatos producidos entre octubre de 1995 y marzo de 1996, que Onoprienko había ido sembrando. La Nochebuena de 1995 se produjo el ataque a la aislada vivienda de la familia Zaichenko. El padre, la madre y dos niños muertos y la casa incendiada para no dejar huellas fue el precio de un absurdo botín formado por un par de alianzas, un crucifijo de oro con cadena y dos pares de pendientes. Seis días después, la escena se repetía con otra familia de cuatro miembros. Víctimas de Onoprienko aparecieron también durante aquellos seis meses en las regiones de Odesa, Lvov y Dniepropetrovsk.

Estos crímenes provocaron la segunda investigación delictiva más complicada en la historia ucraniana (la primera había sido la de su compatriota Chikatilo). El gobierno ucraniano envió una buena parte de la Guardia Nacional con la misión de velar por la seguridad de los ciudadanos y, como si el despliegue de una división militar entera para combatir a un solo asesino no fuera bastante, más de 2000 investigadores de las policías federal y local. Los policías empezaron a buscar a un personaje itinerante y elaboraron una lista en la que figuraba un hombre que viajaba frecuentemente por el sudoeste de Ucrania para visitar a su novia.

Con la policía tras su pista, Onoprienko puso tierra de por medio en 1989 y abandonó el país ilegalmente para recorrer Austria, Francia, Grecia y Alemania, en dónde estaría seis meses arrestado por robo y luego sería expulsado.

De regreso a Ucrania sumó otros 9 a los 43 asesinatos, y poco después, ante las pruebas encontradas por los agentes en los apartamentos de su novia y su hermano (una pistola robada y 122 objetos pertenecientes a las víctimas), hallaron una razón para arrestarlo. Cuando la policía le pidió los documentos en la puerta de su casa, Onoprienko no les quiso facilitar la tarea, e hizo un esfuerzo vano por conseguir un arma y defenderse. Cuando los policías por fin lo detuvieron, Onoprienko se sentó silenciosamente cruzando los brazos y les dijo sonriendo: “Hablaré con un general, pero no con ustedes”. Aun así, no le quedó más remedio que confesar sus crímenes y dejar que le arrestasen.

En su declaración al juez, aparecerían otros nueve cadáveres cosechados a partir de 1989 en compañía de un cómplice, Sergei Rogozin, (quien también comparecería en el juicio).

Anatoli Onoprienko siguió los pasos del legendario Andrei Chikatilo. Ambos mataron el mismo número de víctimas, pero son muy diferentes. Chikatilo, ejecutado en 1994, era un maniaco sexual. Sólo mataba mujeres y niños, cuyos cuerpos violaba y mutilaba. A veces se comía las vísceras. Nada de esto aparece en el expediente de Onoprienko, un ladrón que mataba para robar, con brutalidad y ligereza, pero sin las escenas del maniaco sexual. Onoprienko supera a Chikatilo por el corto periodo en que realizó su matanza: seis frente a doce años.

Onoprienko, de 39 años, estatura media, aspecto de deportista, racional, educado, elocuente, dotado de una excelente memoria y desprovisto de piedad. Soltero, padre de un niño, reconoció haber tenido una infancia muy difícil: su madre había muerto cuando él tenía 4 años, y su padre y su hermano mayor lo habían abandonado en un orfanato a los 7 años. De adulto, para ganarse la vida, se embarcó como marino y fue bombero en la ciudad de Dneprorudnoye (dónde su ficha laboral le describe como un hombre “duro, pero justo”). Emigró al extranjero para trabajar de obrero durante ese tiempo, pero confesó que su fuente primaria de ingreso era criminal: los robos y asaltos.

Cuando ejecutaba a sus víctimas, el asesino seguía un mismo ritual: elegía casas aisladas, atacaba poco antes del amanecer, mataba a los hombres con un arma de fuego y a las mujeres y a los niños con un cuchillo, un hacha o un martillo.

No perdonaba a nadie, después de sus asesinatos cortaba los dedos de sus víctimas para sacarles los anillos, o a veces quemaba las casas. Incluso mató en su cuna a un bebé de tres meses, asfixiándolo con una almohada.

Tras cada asesinato guardaba la ropa interior usada de las víctimas, la conservaba como reliquia e incluso se las daría a su novia Ana como regalo en una ocasión.

Según su ex-esposa, mató a niños para evitar verlos un futuro próximo metidos en un orfanato como a él le pasó.

El peritaje médico lo calificó como perfectamente cuerdo para asumir las consecuencias de sus actos. El mismo se definía como un “ladrón” que mataba para robar: “Mataba para eliminar a todos los testigos de mis robos”

Por este motivo pudo ser condenado a la pena capital por crímenes premeditados con circunstancias agravantes. El presidente ucraniano, Leonid Kuchma, dijo que daría explicaciones al Consejo de Europa para violar en este caso la moratoria de ejecución de la pena de muerte que su país mantenía desde marzo de 1997. Gracias al convenio con el Consejo de Europa, 81 penas de muerte dictadas últimamente en Ucrania no se ejecutaron. La declaración del presidente Kuchma anunció que se iba a hacer una excepción con Onoprienko.

En un momento determinado de la investigación, el acusado afirmó que oía una serie de voces en su cabeza de unos “dioses extraterrestres” que lo habían escogido por considerarlo “de nivel superior” y le habían ordenado llevar a cabo los crímenes. También aseguró que poseía poderes hipnóticos y que podía comunicarse con los animales a través de la telepatía, además de poder detener el corazón con la mente a través de unos ejercicios de yoga.

En sus declaraciones, dijo recordar que en una ocasión mató a una pareja y a sus 3 niños en su coche. Se sentó junto al padre y condujo por el país con los 5 cuerpos. “Era absolutamente interesante”.

Onoprienko no se sentía como un asesino sino como un cirujano. “Soy una persona única, hice cosas que nadie ha hecho. Son acontecimientos únicos”.

Los psiquiatras, sin embargo, han diagnosticado que el hombre está perfectamente “cuerdo” y la mayoría quiere que pague por los homicidios. El mismo Onoprienko resumía así la filosofía de su carnicería:

“Era muy sencillo, los veía de la misma forma en que una bestia contempla a los corderos”.

“Ninguna de mis víctimas se opuso, armado o no, hombre o mujer, ninguno de ellos se atrevió a forcejear siquiera”.

“Un ser humano no significa nada. He visto solo gente débil y comparo a los humanos con granos de arena, hay tantos que no significan nada”.

“Un soldado que mata durante la guerra no ve a quien golpea”.

El lunes 23 de noviembre de 1998, se iniciaba en la ciudad de Zhitomir, el juicio de Onoprienko, acusado de haber asesinado a 52 personas, ante la celosa mirada de un público enloquecido que reclamaba la cabeza del acusado. Su calma contrastaba con la emoción de todos los presentes en la sala, en su mayoría jóvenes.

Después de confesar en una declaración entregada a la prensa por su abogado antes de la apertura del juicio, que no se arrepentía de ninguno de los crímenes que había cometido, Anatoli Onoprienko respondía a las preguntas del juez; reconoció haber asesinado a 42 adultos y 10 niños.

La parte acusadora pidió la pena de muerte pero el verdadero problema en este juicio, fue impedir que el público linchase al acusado. Complicado por su envergadura y duración (más de 400 testigos y por lo menos tres meses de declaraciones por delante), por sus gastos, pero también por la tensión que se respiraba entre los familiares de las víctimas, obligados a pasar cada día por un arco detector de metales, algo no tan corriente en ese país, mientras el acusado, encerrado en una jaula metálica, estaba prudentemente separado de la ira del público…

 


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