Ana Rey García

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Matahormigas-Lotus

La envenenadora de Montjuic

  • Clasificación: Asesina
  • Características: Parricidio - Cualquier acontecimiento que alterara su equilibrio vital tenía que ser eliminado
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1959 / 1960
  • Perfil de las víctimas: Su segundo marido, Francisco García González, y su nuera, Rosalía Galindo Márquez. También fue sospechosa de la muerte de su hija Juana, y de un bebé dejado a su cuidado
  • Método de matar: Veneno (arsénico) - ¿Asfixia?
  • Localización: Barcelona, España
  • Estado: Condenada por la Audiencia de Barcelona a 57 años de prisión por un delito de parricidio y otro de asesinato
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Ana Rey

Marisol Donis

Ana Rey nació en Linares (Jaén). A sus veintiún años sufrió un vómito de sangre que desembocó en tuberculosis pulmonar y obligó a que pasara tres largos años en cama. Eso debió agriar su carácter, pues gente que la conoció por esas fechas la describía como huraña, reservada, introvertida y propensa a la depresión. Mujer de pocas palabras, siempre hablaba lo justo y tenía pocos amigos.

Como tantos andaluces, viajó a tierras catalanas para emprender una nueva vida en los años de la posguerra española cuando Barcelona parecía la tierra prometida de los que nada tenían. Pero en el caso de Ana Rey lo único que consiguió fue cambiar la miseria de sitio. Malvivía en Barcelona con su marido, Julio Carril, y la hija de ambos.

Sin saber cómo ni por qué, el marido desapareció y solas, madre e hija, se instalaron en una chabola de Montjuic, en el llamado camino de los Conejos.

Años después, en 1945, conoció al murciano Francisco García, viudo, con dos hijos adolescentes, que vivían en otra chabola vecina. Para ahorrar gastos, Francisco y sus hijos se trasladaron a la vivienda de Ana. Así estuvieron durante casi diez años, entre la falta de recursos, el hacinamiento y la miseria.

En esos diez años pasó de todo. La nueva pareja tuvo dos hijas. Juana, hija de su primer marido, tenía una obsesión: ser artista de El Molino, popularísimo local frívolo de Barcelona. Ana se opone y al ver a su hija tan decidida y, en su opinión, tan descarriada, la interna en las Oblatas, establecimiento religioso que desde su fundación, en 1864, recibía en su seno a jóvenes descarriadas, vagantes, mujeres casadas poco «fieles» y otras de conducta más o menos desviada. La que entraba allí podía salir y volver cuando quisiera. Con las menores de edad realizaban una gran labor; pues las enseñaban a leer, escribir, labores, a fin de que, cuando salieran, pudieran llevar una vida digna con el producto de su trabajo, casi siempre como sirvientas.

Juana no debió asimilar bien las enseñanzas de las Oblatas, porque después de un tiempo salió del reclusorio y marchó a Madrid para ejercer la prostitución.

A comienzos de 1959, Francisco García nota unas molestias gástricas que se van agravando por días. Ana le convence de que se debe a su adicción al alcohol y los demás opinan lo mismo. El exceso de bebida y la falta de comida no pueden traer nada bueno. Dichas molestias las combate Francisco con las tisanas que le prepara su compañera. Pasan los meses y el 2 de octubre tienen que ingresarlo en el hospital Clínico ante la gravedad de los síntomas. A las pocas horas del ingreso murió. Certificaron la muerte como enterocolitis aguda.

Quedan en la chabola cinco personas: Ana, las dos niñas habidas de su unión con Francisco, que por entonces tenían doce y seis años, y los dos huérfanos, que ya son hombres hechos y derechos.

Como la chabola consta de dos habitaciones, Ana decide que en una de ellas duerman todas las mujeres y en la otra, los hombres.

Comienza para ellos una vida más o menos tranquila, pudiendo vivir de los ingresos de los hijastros. Existe equilibrio, que es lo que ella siempre buscaba, y cualquier cosa que alterara ese equilibrio había que eliminarla.

Se llevaba bien con sus hijastros, pero sentía aversión por sus hijas. Su vida se reducía al hogar y a la lectura de tebeos.

Su salud se resiente y vuelve a ser internada en un hospital por la misma dolencia que el anterior internamiento, cuando tenía veintiún años.

Al cabo de un tiempo se presenta la hija de su primer matrimonio, con un bebé de cuatro meses; su intención es dejárselo a la madre y volver ella a su trabajo como prostituta. Así lo hace y vuelve el desequilibrio que tanto disgusta a Ana; el niño amanece muerto en su cuna, al parecer por asfixia. Se la procesó por este hecho pero el sumario fue sobreseído.

Vuelven a ser cinco en la chabola.

Uno de los hijastros, Pedro, de veintiséis años, decide que ya es hora de casarse y elige a una jovencísima mujer, apenas quince años, que, desde su Melilla natal, ha llegado hasta Barcelona. Su nombre, Rosalía Galindo.

La nueva pareja vive en la chabola junto a Ana, sus hijas y el otro hermano. El desequilibrio esta vez es mayor, porque no tienen habitación para los recién casados. Sólo llevaban casados ocho días cuando Rosalía siente mareos, tiene vómitos cada vez más frecuentes, pero no se trata de un embarazo. Ana le prepara tazas de manzanilla enriquecidas con lo mismo que utilizó en el caso de Francisco: el matahormigas Lotus. Pero en dosis sucesivas, para que el desenlace parezca natural.

El 6 de diciembre de 1960 empeora el estado de Rosalía, Ana avisa al médico y le cuenta los síntomas de la nuera; el médico, sin ver a la enferma, aconseja agua de Vichy y estreptomicina. No mejora e ingresa en el hospital en estado comatoso, falleciendo poco después.

Con tantas muertes las sospechas se centraron en Ana. Las vísceras de la joven Rosalía se remitieron para su estudio toxicológico; los forenses se encontraron el hígado con signos de necrosis aguda y el intestino congestionado. También hallaron arsénico en cantidad suficiente para no albergar ninguna duda.

El cadáver del marido de Ana fue exhumado y se descubrió arsénico en cantidad muy superior a la normal. Ana fue detenida y procesada. La muerte del niño no se le pudo probar. Los otros crímenes los confesó después de que fueran probados.

Durante el proceso, y en respuesta a cuál era el móvil de sus crímenes, se dejó caer esta observación:

«Los procesos por asesinato descubren con más frecuencia de lo que se puede esperar tendencias incestuosas.» Es posible que tuviera sus ojos puestos en el mayor de los hijastros, aunque eso son conjeturas.

Se la condenó a dos penas de reclusión: una por parricidio y otra por asesinato. Una de treinta años y otra de veintisiete. El fiscal recurrió la sentencia y pidió para ella pena de muerte.

Una vez en prisión, se muestra introvertida y depresiva. Ya no es la mujer alta y delgada de siempre, aumentando de peso de forma alarmante.

Parecía que iba a correr la misma suerte que el resto de envenenadoras que años atrás pagaran en el garrote su delito. Pero no fue así y el Tribunal Supremo confirmó las penas de reclusión de la Audiencia de Barcelona.

Con este caso se confirma la teoría de que una vez que una muerte por envenenamiento pasa como por causas naturales, la envenenadora es imparable, piensa que nunca descubrirán su crimen y eso la llevará a cometer nuevos homicidios. Se animan y repiten los hechos hasta que llaman la atención.


Ana Rey García, la envenenadora de Montjuich

Francisco Pérez Abellán

Acorralada entre el desamor y la miseria, una mujer angustiada reacciona contra cuantos se oponen a sus deseos de ser dueña de su destino. Las muertes se suceden: el primer marido desaparece; el segundo muere de un mal fulminante; la hija, de una extraña anemia; el bebé de la hijastra, de asfixia. La muerte por envenenamiento de la nuera descubre la mano criminal.

Ana Rey García decía ser víctima de la brutalidad ajena y de un complot en el que se habían reunido todos los que creía que debieran tenerle respeto. Se lamentaba por ello en la cárcel, donde paseaba altiva, sola y encastillada en sus pensamientos. Era entonces una mujer de cuarenta y seis años, pálida, enteca, baja de estatura, siempre vestida de negro, con el pelo muy corto, que parecía haberlo perdido todo sobre la tierra. Las acusaciones que pesaban sobre ella eran de repugnantes crímenes: las muertes por envenenamiento de su esposo, Francisco García González, y de su nuera, Rosalía Galindo Márquez, de tan solo quince años.

En otro tiempo, Ana, nacida en Linares (Jaén), había sido una jovencita encantadora, aunque, eso sí, de carácter fuerte y dominador, que hubo de trasladarse a Barcelona en el flujo incesante de la emigración. Muy joven se enamoró de Julio Carril, con quien se casó en la Ciudad Condal, mientras esta estaba en manos del bando republicano, en la guerra civil. De esa unión nació una hija, Juana. Su marido desapareció un día sin más explicaciones, abandonándola con la hija pequeña, sin que nunca más se volviera a saber nada de su paradero. ¿Fue esto lo que torció su carácter? ¿La hizo madurar violentamente transformándola en un ser astuto y desconfiado? ¿Sería el comienzo de un proceso de degradación personal que la llevaría al veneno?

Mientras el recuerdo de su marido se hundía en el misterio, Ana Rey, que ni se creía ni se dejaba de creer lo que decían -que Julio había muerto en una acción de guerra en los alrededores de Gerona, que había escapado por la frontera, que estaba oculto en Andalucía-, con la indefensión de una mujer abandonada, se trasladó a la montaña de Montjuich, que era un mundo de barracas donde se establecía una mayoría de emigrantes, disponiéndose a vivir humildemente en el Camino de los Conejos. En tanto, la Historia con mayúsculas seguía. La guerra brutal y fatricida cambiaba el mapa español. La entrada de los nacionales en la ciudad impuso una batería de normas legales que declaró nulo el primer matrimonio de Ana. Soltera de nuevo, al cuidado de su hija, harta de enfrentarse sola al mundo, conoció a un vecino, viudo, que vivía en una chabola cercana a la suya, Francisco García González, de cincuenta y tres años, natural de La Unión (Murcia), con dos hijos ya mayores, José y Pedro, con el que decidió casarse.

Madre e hija se trasladaron a vivir a la casa del segundo marido, más amplia y confortable, situada en el mismo Camino de los Conejos, 41. La vida allí sufrió fuertes contrastes. Iniciada con un periodo de paz y armonía familiar, pronto entró en graves desavenencias. El retrato que se hace de Ana en esa época es el de una mujer irascible que trataba de dominar a todos, produciéndose por ello constantes choques con Francisco García, que, pese a sus años, se mantenía fuerte haciendo gala de una personalidad bien asentada que no se dejaba someter. Las frecuentes peleas a gritos se convertían a veces en auténticas reyertas con intercambio de golpes en las que ella, de inferior constitución física, llevaba siempre las de perder. La frustración sentimental de su primer y, probablemente, único amor, puesto que la unión con el segundo marido la dictó solo el instinto de supervivencia, el intento fallido de imponerse en el nuevo hogar, como acción desesperada para recuperar un lugar en el mundo, y un aleteo de codicia, que la poseía a medida que perdía los encantos de la juventud, cada vez más lejana, convirtieron a Ana en un ser astuto y reservado que decidió lograr sus propósitos de una forma más sutil. Esa íntima decisión devolvió engañosamente la paz al hogar.

Francisco era de naturaleza robusta. Gozaba de buena salud, excepto por los trastornos gástricos que padecía debido al abuso reiterado del alcohol, lo que también agriaba su carácter. Para paliar las molestias del estómago solía tomar una infusión de hierbas que le preparaba Ana.

El 23 de octubre de 1959 sus problemas digestivos se agravaron tanto que tuvo que ser ingresado de urgencias en el Hospital Clínico. Días más tarde, el 28 del mismo mes, falleció sin recuperarse de sus dolencias. Los médicos lo atribuyeron a un proceso de colitis aguda. Fue enterrado sin que nada levantara sospechas sobre el auténtico motivo de su fallecimiento.

Ana, en apariencia viuda inconsolable, esta vez sin competencia, retomó las riendas del hogar. Había quedado al cargo de su hija y de los dos hijastros, Pedro y José. La desgracia, no obstante, volvería a castigar a la casa. A los seis meses de enterrado el padrastro, Juana, la hija de Ana, murió de repente. La causa se atribuyó a un proceso de intoxicación de la sangre por anemia. La muerte hacía horas extra en la chabola.

José decidió irse a Cartagena, donde permaneció cerca de un año. A su vuelta, en contra de los designios de Ana, planeó casarse con una muchacha muy joven, Rosalía Galindo Márquez. Eso provocó cambios traumáticos. Ana había luchado mucho para alcanzar la paz y cuando se encontraba tranquila, dueña de su destino, volvían a ponerla en peligro. El precipitado matrimonio de José le arrebataba su sitio de nuevo. Se rebeló contra esa amenaza mostrando una gran aversión hacia la novia, intentando convencer a José de que no le convenía porque estaba «muy correteada», en el sentido de que había conocido muchos otros varones antes. No era nada más que un infundio, que no pudo parar el curso de la historia. José estaba firmemente decidido a hacer su voluntad. Pero su madrastra tampoco le iba a la zaga, y, ante su resuelta actitud, fue a ver a los padres de Rosi, a los que convenció de que su hijastro no le convenía a la niña, puesto que era un inmaduro irresponsable. Rosi estaba tan segura de su amor que propuso a José fugarse juntos, cosa que los jóvenes enamorados llevaron a cabo. Ante los hechos consumados, la familia de ella se avino al casamiento, y a Ana no lo quedó otro remedio que aceptar lo inevitable.

Desde el momento mismo en que la nuera entró en la casa, la madrastra cambió radicalmente de actitud, trocando su aversión por continuos cuidados. Hizo alarde de cariño y cortesía, ofreciéndole la ropa más limpia, la mejor cama, la habitación más confortable. Por completo deslumbrada, la infeliz llegó a comentarle a su madre: «Mi suegra es muy buena mujer, mamá. No sé cómo teníamos tantos prejuicios».

Y, sin embargo, acechaba la enfermedad. En medio de sus días felices, la ingenua desposada comenzó a sentirse mal. Tuvo un grave desarreglo intestinal el 30 de noviembre, que logró superar gracias a su juventud y fortaleza. No obstante, su salud se quebrantaba. En la vivienda, además, no paraban de suceder cosas extrañas. Un día de mucho frío, al ir su madre a visitarla, encontró a Rosi sin conciencia, totalmente desnuda encima de la cama, con las ventanas abiertas y sin ninguna ropa de abrigo. La madrastra pretextó un brutal remedio para bajar la fiebre mientras se encaminaba a la farmacia a buscar una medicina, que resultó eficaz, recuperándose la chica de sus males, aunque por poco tiempo. Por extraño que parezca, los familiares siguieron sin sospechar nada.

El día 6 de diciembre, Rosi empeoró. Había tomado una manzanilla y poco más. Sus constantes vitales sufrieron una gran alteración. Trasladada en seguida en un coche, murió al ingresar en el dispensario de la calle del Rosal. Si hubiera fallecido en el hospital probablemente se habría llevado con ella el misterio de su muerte, pero al caer en la jurisdicción de los forenses, la autopsia reveló la verdad de lo que le pasaba. Los hombres que la llevaron al centro médico creían que sufría una intoxicación aguda por haber comido unas setas. Los médicos encontraron que el óbito se había producido por envenenamiento con arsénico. Resultaba evidente la intervención de una mano criminal.

Ana Rey ocupó de inmediato el punto de mira de los investigadores. Ella era la que más tiempo gastaba en la cocina, por lo que podía manipular con impunidad los alimentos, y para nadie era un secreto la gran animosidad que había empleado contra la joven. Además, a su alrededor desaparecía la gente para siempre, como su primer marido, o morían víctimas de un proceso fulminante, como su segundo esposo, la hija de su primer matrimonio o su desgraciada nuera. Aparentemente indefensa, tenía mucho que contar. La policía la sometió a un largo interrogatorio. Comenzó negando cualquier participación, pero acabó por confesar todo con detalle.

Su segundo marido y su nuera habían muerto envenenados con matahormigas Lotus, un producto corriente que se compraba sin dificultad en las droguerías. Venía en tubos. Sí, había sido ella quien lo había puesto en las infusiones que tomaban. ¿Qué podía hacer si había comprendido que su boda fue una equivocación lamentable? ¿Cómo luchar contra la intolerable invasión de su intimidad por parte de una jovencita desvergonzada? No le habían dejado otro camino. Su marido no tomaba en consideración ninguna de sus opiniones, la insultaba y vejaba, llegando con frecuencia a golpearla. En esto colaboraban sus hijastros. Acorralada y sin saber dónde ir, compró matahormigas y empezó a suministrárselo a su marido en pequeñas dosis hasta acabar con su vida. Lo mismo hizo con el trágala aquel de la nuera. Poniendo buena cara para que nadie pudiera adivinar que ella tenía algo que ver. La niña entró en crisis un día en que se le fue la mano con el veneno. Ana relataba los hechos sin sombra de arrepentimiento. Todos habían formado un complot contra ella, afirmaba, desdeñosa y fría, y ella había levantado a su alrededor una muralla de arsénico. Pero solo para protegerse.

En el juicio, el fiscal pidió dos penas de muerte, pero el tribunal lo desestimó y la condenó a cincuenta y siete años de cárcel, treinta por parricidio, en la persona de su esposo, y veintisiete por el asesinato de la mujer de su hijastro. Además, planeaba la sospecha de que hubiera sido la autora de las hemorragias que dieron fin a la vida de su propia hija y de la asfixia que acabó con el bebé de la hija de su segundo marido, que lo había confiado a su cuidado. Todos morían en la barraca del Camino de los Conejos, 41. Según Ana Rey, víctimas, como ella misma, de la brutalidad ajena.

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