Alexander Keith

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Alexander Keith

Dynamite Fiend / William King Thomas / Dandy Keith

  • Clasificación: Homicida en masa
  • Características: Fraude al seguro
  • Número de víctimas: 81
  • Periodo de actividad: 11 diciembre 1875
  • Fecha de nacimiento: 3 de septiembre de 1830
  • Perfil de las víctimas: Hombres y mujeres (indiscriminados)
  • Método de matar: Explosivos
  • Localización: Bremerhaven, Bremen, Alemania
  • Estado: Se suicida disparándose el mismo día. Muere 5 días después
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El caso Alexander Keith

Crónicas del crimen 4 – «El infierno» – Luis de Caralt editor – Barcelona, 1969

La máquina infernal de Dandy Keith

El guardián del puerto, situado en el dique de Weser, contemplaba la carga de maletas y cajas transportadas al Mosel, por carros de tiro. Casi se encontraba listo para zarpar en el malecón mediano del puerto de Bremerhaven.

Según informó luego el guardián, se encontraba a unos doscientos metros del muelle sur. Viendo que los trabajadores ponían cadenas alrededor de un gran tonel, que estaba sobre un carro, su negra madera le llamó la atención. Vio cómo el capitán Leist, situado junto a unos prácticos en la escalera del puente de mando, daba la orden de izar el barril que se hallaba suspendido a poca altura del asfaltado pavimento del muelle. Luego, lo dirigió a la bodega del Mosel que, en 1875, era uno de los mejores y más modernos barcos de la flota del Norddeutschen Lloyd.

«Entonces vi cómo la cadena de la grúa se desprendía del barril, que se ladeó y se precipitó inmediatamente al suelo, en el borde del dique. Vi una gran nube negra, que se alzó velozmente más alta que la chimenea del barco y mucho más que los tejados de los tinglados. Seguidamente, sobrevino un estruendo ensordecedor. Me sentí empujado contra la pared de un cobertizo cuya ventana saltó sobre mí en mil pedazos. Cuerpos humanos, trozos de madera y hierro volaron por los aires. Cuando se disipó la nube, reinó por unos instantes un total silencio. El muelle, poco antes lleno de gente despidiendo a los pasajeros del barco, de repente, apareció vacío.

»En todas partes había nieve que, en un par de días, se helaría. No puedo apartar de mis ojos lo que vi aquel día, a la clara luz del sol. Sobre la enorme superficie de hielo y nieve del muelle, sobre el hielo del río Weser, se veían cuerpos humanos; algunos aparecían exánimes, otros, en cambio, todavía se arrastraban o, levantando la cabeza, se dejaban caer de nuevo. Por todos los lados había restos de madera, humeantes. Todo lo que había estado antes de pie había sido barrido de la superficie como si una tormenta hubiera arrasado el muelle. El barco seguía balanceándose. En el lugar donde había estado el carro del que se había descargado el barril, se veía un enorme agujero. Una pequeña casa habría cabido allí cómodamente. El caballo yacía sin patas junto al bordillo del muelle. Durante unos instantes permanecí alelado. Luego, corrí hacia abajo. En aquel momento salía gente de los tinglados, mirando lo que había sucedido. Se trataba de una terrible explosión. En seguida, supuse que el barril debía contener una gran cantidad de pólvora y que debió incendiarse al caer. Grandes planchas del buque estaban hundidas o levantadas.

»Daba la impresión de que había sido golpeado por el martillo de un gigante.

»El tambor de las ruedas estaba totalmente destrozado. La grúa había sido arrancada.

»Sobre cubierta yacían muchas personas aturdidas. Otras murieron. No podía precisarse con exactitud. Había quien sólo parecía inconsciente por la presión del aire. Otros, en realidad, estaban muertos debido a los trozos de madera y hierro que volaron por los aires. En la cubierta trasera corría un hombre cuyos brazos estaban completamente contorsionados hacia atrás. Tenía la cara llena de sangre y gritaba horrorosamente. Los terribles gritos de su destrozada boca, que nada tenían de humanos, los sigo oyendo todavía ahora. Escuché desaforados gritos de dolor y lamentos de los heridos. No pude llegar en seguida al barco porque un edificio, donde estaban las oficinas, situado aproximadamente a cien metros del lugar de la explosión, se había derrumbado y había enterrado a todos los que se encontraban tras las mesas de despacho. Vi desparramados restos humanos. En la cubierta del barco, también. Algunos hombres de la tripulación aparecían manchados por la sangre que había volado por doquier. En los primeros momentos, hubo un correr alocado. Se oían por todas partes gritos a los que nadie prestaba atención. En pocas palabras, reinaba un caos impresionante. Me acuerdo de que tuve que sentarme. Todo lo que allí ocurría me horrorizaba y deprimía al máximo. Con la cara vuelta, permanecía en silencio sin querer mirar nada.»

Las declaraciones de otros testigos completaron el cuadro de la devastación originada por la explosión, ocurrida el 11 de diciembre de 1875, en pleno día, en el puerto de Bremerhaven. El seco ruido de la explosión, como se comprobó más tarde, se había oído a muchas millas de distancia tierra adentro. Los cristales de las ventanas de la ciudad se rompieron, alcanzados por la onda de la explosión. La larga calle principal, que divide la ciudad de Bremerhaven, se vio inundada de cristales procedentes de los escaparates rotos.

La ciudad se encontraba en movimiento. En los primeros momentos se decía que en algún lugar había explotado una caldera de vapor. Más tarde, la gente decía que había explotado el polvorín. La onda de la explosión había avanzado en un curioso zig-zag. En algunas casas se habían roto los Cristales y las tejas mientras la casa de al lado estaba intacta. Las gentes corrían alocadas al puerto. Del puerto huían todos aquellos que habían visto el gran campo cubierto de cadáveres. Corrían hacia la ciudad en busca de ayuda para los accidentados.

Entre los heridos -algunos de ellos quemados-, mutilados y destrozados que gemían, yacían cadáveres carbonizados y restos humanos. La sangre había teñido el hielo y la nieve de los alrededores. El buque, ahora inclinado, estaba inmóvil, ofreciendo un alarmante aspecto sobre el muelle. Las personas que socorrían a los heridos estaban asustadas por los gritos de advertencia: «¡Cuidado, en cualquier momento pueden ocurrir nuevas explosiones!».

En las cajas que ya habían sido cargadas y en los equipajes, aún en el muelle, podía haber más explosivos. Desde fuera no se podía ver lo peligroso de su contenido. Se escucharon órdenes de evacuación inmediata del lugar del suceso. Los pasajeros y tripulantes abandonaron rápidamente el barco. Todo el mundo corría tan rápidamente como le era posible para huir de la zona del muelle. Se situaron tras los tinglados del puerto a la expectativa al no producirse nuevas explosiones, vencieron el pánico y volvieron a acercarse con cautela junto a los quejumbrosos heridos.

La primera ayuda vino de una batería de artilleros que se encontraba de maniobras. Los soldados condujeron a los heridos hacia un tinglado vacío. En aquel lugar, se les hizo la cura de urgencia. Seguidamente los trasladaron a los hospitales. Algunos oficiales que habían estado en la guerra de 1870-1871 declararon que ningún campo de batalla había presentado un aspecto tan horroroso.

Mientras tanto, no se podía concretar el número de heridos existentes en el muelle y en la cubierta del Mosel. Los hospitales de urgencia estaban repartidos por toda la ciudad. Los cadáveres y restos humanos fueron amontonados en una de las salas de espera y cubiertos con sacos y lonas; su aspecto infrahumano era insoportable incluso para un temple de acero.

Los objetos de valor diseminados por todas partes fueron recogidos y puestos a buen recaudo. Hombres y mujeres corrían alocados por las calles que conducían al puerto buscando entre sollozos a los familiares que habían estado a bordo o en el lugar de atraque. Envolviendo la terrible escena, se notaba el olor de vestidos quemados, cabellos chamuscados y carne humana abrasada.

A las dos de la tarde, llegaron veinte médicos de Bremen. La policía los había avisado telegráficamente. Venían provistos de vendas, medicamentos y camillas. Un tren especial los condujo a Bremerhaven.

Finalmente, a media tarde, se pudo apreciar la dimensión de la catástrofe. La terrible explosión había actuado con tanta furia que muchos cadáveres no pudieron ser identificados por estar completamente destrozados.

Frecuentemente, se encontraban miembros que carecían de la cabeza y del tronco. Durante la marea, la corriente del Weser iba arrastrando los cuerpos de las víctimas. Hasta mucho más tarde, no pudo ser conocido el número de muertos y se supo después de las informaciones facilitadas por los sobrevivientes.

Después de varios meses, llegaban reclamaciones de las ciudades más lejanas, de Amsterdam, Bruselas, Nueva York, Londres y Estocolmo. Una vez se preguntaba por un padre que había ido al puerto en busca de trabajo durante los meses de invierno. Un estudiante americano no había dado más señales de vida después de haber cruzado Alemania. No regresó nunca junto a sus padres. Emigrantes de Mecklenburg fueron esperados inútilmente por sus familiares.

Todavía después de semanas enteras, el Weser arrastraba restos humanos a sus orillas. De un inspector del Lloyd, que debía acompañar el barco hasta la desembocadura, no se supo nunca nada más; tampoco de los trabajadores que cargaron el barril causante del desastre.

Hubo una familia de Bremerhaven afectada con extremada dureza. Su terrible destino fue comentado por toda la prensa ampliamente. En la noche del 10 de diciembre, el viejo comerciante Plauert reunió en su casa a sus tres hijos mayores, a quienes había hecho entrega de su negocio, y a la numerosa familia de una de sus nueras para celebrar la despedida de un hermano de una de ellas que había de embarcar en el Mosel hacia América para montar una sucursal del negocio.

En esta alegre reunión, el viejo señor hizo un discurso; en él, se preciaba de su felicidad al caberle a él y a su esposa, después de una laboriosa vida coronada por el éxito, el honor de celebrar aquella agradable velada, rodeados de sus hijos que ya triunfaban en el mundo. Todos los componentes de la familia, excluidos los dos viejos, acudieron a despedir al joven comerciante a la estación marítima. Ninguno de ellos regresó sano. El hijo mayor fue llevado moribundo a casa de los padres; a una hija hubieron de amputarle una pierna; a una nuera, el brazo. Los restantes seis miembros de la familia perecieron en la catástrofe. En la desierta casa y en el abandonado negocio tuvieron que seguir trajinando nuevamente aquellos desolados ancianos.

Fueron identificados 88 muertos y 55 heridos. Se comprobó que muy pocos de los heridos lo fueron a causa de la metralla. A la mayoría les había destrozado la terrible ola de la explosión.

Por los técnicos se supo que no fue pólvora; se trataba de dinamita u otro preparado a base de nitroglicerina. La cantidad que explotó se calculó en unos 500 kilos de dinamita aproximadamente. Este detalle se dedujo por la forma en que fue embutido en la tierra el asfalto del muelle. Se comprobó que la ola de explosión se esparció en forma radical. Algunas personas situadas a pocos pasos del lugar de la explosión se levantaron poco después sin daños considerables aparte de su aturdimiento.

Al capitán del buque, que se encontraba sobre el puente de mando, únicamente le fueron arrancados los vestidos. Otros perdieron durante mucho tiempo el oído, sin mayores heridas; sus vecinos, en cambio, quedaron destrozados de manera espantosa. Por ejemplo, se encontró, en el bajo vientre de un herido grave, un hueso del brazo de un hombre completamente descarnado que se hallaba, durante el momento de la explosión, solamente a tres pasos de él.

A los cadáveres les habían sido arrancados los vestidos y los zapatos. Los relojes encontrados en el lugar del siniestro aparentemente estaban intactos, pero la maquinaria estaba completamente destrozada. En el fondo del agujero producido por la explosión, se encontró intacta una cartera conteniendo apuntes de un músico muerto en la explosión, hallándose más tarde su cuerno de caza mucho más lejos, sobre el tejado de un tinglado.

No se pudo localizar rápidamente a la persona que hizo traer a bordo aquel peligroso barril con el explosivo. El equipaje de los viajeros había sido conducido sin tiquet, sobre la carreta, a bordo. La policía hizo una serie de suposiciones. Seguramente, aquel explosivo estaba destinado a América. Se sabía que, por aquel entonces, se estaba barrenando el puerto de Nueva York. Para ello, se necesitaba dinamita en grandes cantidades.

El transporte de materias explosivas en barcos de pasajeros estaba terminantemente prohibido. Se sospechaba que alguien intentó introducir clandestinamente aquellos 500 kilos de dinamita a bordo para venderlos bajo mano y lograr un buen beneficio. Pero ¿quién era el causante de tan irreparables daños? ¿Fue, tal vez, víctima de la explosión? ¿Se encontraba herido? ¿O bien había huido presa de pánico con los demás pasajeros a la ciudad?

Los camarotes del Mosel podían albergar hasta doscientos pasajeros. En la entrecubierta cabían otros 628. La tripulación se componía de 105 hombres. En la primera revisión de la lista de viajeros, no se tropezó con ningún sospechoso. El barco estaba totalmente ocupado. Se trataba de comerciantes alemanes, ingleses, americanos y de dos familias francesas con niños. La tripulación era de confianza, comprobado durante anteriores travesías a América.

Los funcionarios de la policía criminal investigaron también la posibilidad de un atentado contra el hermoso y elegante barco. Los costes de su construcción se elevaban a dos millones. A bordo, se encontraba la preciosa bandera que el Parlamento había concedido al Mosel como regalo de honor. Los miembros del Parlamento habían hecho con los miembros del Comité de Navegación una travesía desde Bremerhaven a Wilhelmshafen en aquel buque, orgullo de la marina alemana.

Se hablaba de una estafa de seguros y de aparatos de relojería que proyectaban la explosión cuando el buque se hallara en alta mar. Esta suposición significaba que, si el criminal se encontraba a bordo, hubiera corrido grave peligro.

La policía del puerto ordenó que toda la carga del Mosel había de ser transportada al vapor Salier. Los peritos controlaron durante el transbordo, con grandes medidas de seguridad, la existencia de otros bultos sospechosos y abrieron todas las maletas y cajas. Ninguna bomba, ninguna materia explosiva, ninguna máquina infernal fue descubierta. La indignación creció. Se exigía reiteradamente a la policía la obligación de encontrar al culpable de aquella catástrofe con toda rapidez, antes de que lograra evadirse. Las carreteras y las líneas férreas fueron cerradas y puestas bajo control. Pero toda aquella búsqueda febril, todas las minuciosas investigaciones y los numerosos interrogatorios hechos por las autoridades policíacas, en los que incluso tomaron parte criminalistas de Hamburgo, no produjeron el éxito apetecido.

Más tarde, un camarero del Mosel comunicó que, entre los pasajeros atendidos en el hospital naval, había un hombre que había intentado suicidarse con una pistola después de la catástrofe. Se comprobó que aquel pasajero, cuyo camarote era el número 11, sólo había sacado billete hasta Southampton. Ya había embarcado en la antepuerta. Llevaba una maleta y una caja muy pesada que había subido a bordo un mozo. Luego, había llevado personalmente sus efectos a su camarote. Al producirse la explosión, se encontraba en la cubierta que daba al muelle.

El camarero del barco declaró:

«Yo me deslicé a tierra por la cadena del ancla. La escalerilla estaba completamente destruida. Intentaba acudir rápidamente junto a la mujer del capitán para comunicarle que a su marido no le había sucedido nada grave. Luego, regresé rápidamente al barco. Entonces pude ver al ocupante del cuarto número 11 andando de un lado a otro de la cubierta. Pero esto no me mereció gran atención ante la desesperación de los demás. Me dirigí al lugar donde estaba el capitán Leist, perdiendo entonces a aquel hombre de vista. Mientras recogía los cristales rotos de la cabina del capitán, al sacar los escombros, oí tras la puerta cerrada del camarote del viajero citado unos gemidos. Abrí la puerta del camarote número 11 hasta la cadena de seguridad y pude darme cuenta de que el hombre se revolcaba por el suelo. Valiéndome de un hacha acabé de abrir la puerta. El pasajero estaba extendido sobre su propia sangre entre el lavabo y la mesita plegable. Tenía un ojo enormemente hinchado. Le llamé y noté que estaba desmayado. Su maleta de mano estaba abierta, teniendo dentro algunas prendas de vestir. Sobre la repisa de la pared, bajo el espejo, había dos botellas vacías de coñac. También estaba la caja que había hecho subir a bordo. Pero solamente estaba medio llena de ropa. Le pregunté qué le había pasado, si estaba herido. Asintió. Luego pronunció unas palabras en inglés. Repetía siempre el nombre de la ciudad de Dresde. Luego ya no dijo nada más. Los dolores se le hicieron inaguantables.

»Busqué al médico del barco, señor Sommer, y a dos enfermeros. De momento, creímos que un trozo de metralla le había dado en un ojo. Fue llevado al hospital naval. Cuando más tarde limpié la sangre del camarote, encontré esta pistola.»

Entonces el camarero puso una pequeña pistola sobre la mesa del policía. Habían sido disparados dos tiros. En el tambor sólo quedaban tres balas. Dos comisarios se dirigieron inmediatamente al hospital y encontraron al herido muy grave entre los moribundos. El suicida se encontraba en un estado de inconsciencia traumática. A fuerza de gritos y de ser zarandeado consiguieron despertarle. De esta forma lograron hacerle hablar. Dominaba el inglés y el alemán.

Se trataba de un hombre de mediana estatura, fuerte y un poco grueso. Su bondadoso rostro reflejaba vulgaridad. Usaba barba. En el diario satírico Kladeradatsch le caracterizaban parecido a «John Bull». Sus manos y pies eran grandes y fuertes. En su brazo derecho tenía tatuada una gran «A» latina. La parte izquierda del cuerpo estaba paralizada a causa de una herida de bala que, como se comprobó más tarde al practicarle la autopsia, había penetrado en el cerebro. La pequeña bala del revólver incrustada en el cráneo se encontraba rodeada de esquirlas de huesos. El ojo derecho había saltado de su órbita. Tenía el párpado cerrado. En la cavidad torácica, bajo la clavícula, tenía otra herida de bala. Allí solamente habían sido tocadas las partes blandas. Aunque no se halló señal de disparo, sí, en cambio, se encontró una cápsula.

La mano derecha estaba agarrada a una cuerda atada al techo con la que se podía incorporar en la cama. El suicida sufría grandes dolores. Se quejaba y gemía cuando fue despertado. Fue interrogado constantemente con breves intervalos. Día y noche se encontraban al lado de su lecho agentes de la policía criminal e incluso jueces instructores. Finalmente, murió el 16 de diciembre.

Hasta el último momento conservó su lucidez. Solamente en ciertos detalles se confundían sus declaraciones. En todos los puntos esenciales mantuvo siempre su primera declaración. Confesó únicamente aquello que se le podía comprobar. Aunque fuera despertado en mitad del sueño sabía con claridad cuál era su situación. En las preguntas capciosas y en las acusaciones mantenía absoluto silencio. Pedía agua muy a menudo y quedaba sumido constantemente en un sueño aletargado. Sin ninguna clase de dudas, podía asegurarse que aquel hombre era el culpable de tan desastroso accidente.

El criminal se llamaba William King Thomas y dio como ciudad de residencia Strehlen, junto a Dresde. Allí vivía con su familia. En su bolsillo y en su maletín se encontraron lentes de oro, 20 libras esterlinas y 80 marcos en efectivo y cariñosas cartas de su esposa, del 4 y 11 de octubre y del 4 y 9 de diciembre. Las dos primeras estaban dirigidas a Liverpool y las otras a Bremen. Entre el período de octubre a diciembre William King Thomas había estado en casa con su familia. Su mujer le escribía con letra menuda generalmente sobre cosas del hogar.

«Los hijos te saludan, querido esposo. Todos están bien, pero me preguntan constantemente cuándo regresarás. ¿Dónde te conducirá tu viaje del mes de diciembre? ¿Desde dónde volverás a escribir? ¿Cuánto tiempo estarás alejado de nosotros? Lo tengo que saber, pues hay muchas cosas que resolver. Hay algunas facturas pendientes. El dinero que enviaste no llega para pagarlas todas. Ni tan siquiera haciendo grandes economías en la casa. Por favor, escríbeme para saber a qué atenerme. Dame una explicación sobre mi postura.

»Tu amante CECELIA»

Con estas cartas y facturas, entre las que se encontraba una de un hotel de Bremen de los días 9 al 12 de diciembre, se encontró la cartera de W. K. Thomas. Había un escrito del Banco Austríaco de Linz, del 15 de noviembre; comunicaba a Mr. Thomas, en Strehlen, que su giro de 110 libras esterlinas, a cargo de Baring Brothers, de Londres, y tramitado por mediación del Banco, había sido devuelto sin aceptar.

Además, se encontró un escrito de Baring Brothers, del 21 de enero, dirigido a Mr. Thomas, Hotel Roter Krebs, en Linz; se le comunicaba que su cuenta estaba cargada con un déficit de ochenta libras esterlinas, por lo que no le había sido posible aceptar el giro de 100 libras esterlinas, cursado a través de la Banca Thode, de Dresde, el 21 de septiembre, a cargo de Baring Brothers, de Londres. Además, se encontró un recibo de consigna de la estación de Weser, Bremen, sobre el alquiler de un depósito para guardar un barril de 500 kilos, del que se había hecho cargo el vapor Rhein.

En su camarote los agentes de la Brigada Criminal encontraron unas notas escritas con lápiz:,

«Mrs. C. J. Thomas. Residenzstrasse 14 Strehlen.

»God blees you and my darling children, you will never see my to speak again.

»WILLIAM»

Se encontró otra:

«To the Captain of the Stcamer Mosel. Please send this money you will find in my pocket 20 Pounds Sterling, 80 Mark German money. My Wife resides at 14 Residens Strasse Strehlen by Dresde. What I have seen today I cannot stand. Dec. 11th 1875.

»W. K. THOMAS»

Los escritos son reproducciones del original, con todas sus faltas. La traducción es:

«Señora C. J. Thomas. Residenztrasse 14, Strehlen.

»Dios te bendiga así como también a mis queridos hijos. No me volveréis a ver ni hablar nunca más.

»WILLIAM.»

«Al capitán del barco Mosel. Tenga la bondad de enviar este dinero, que encontrará en mi cartera, 20 libras esterlinas y 80 marcos alemanes. Mi mujer vive en el número 14 de la Residenztrasse, Streheln, junto a Dresde. Lo que he visto hoy no puedo soportarlo. 11 de diciembre de 1875.»

»W. K. THOMAS»

La esposa fue llamada a Bremerhaven para que acudiera al lado del lecho del moribundo. Apareció una mujer elegante, de una vistosidad exquisita, de ojos oscuros, cabello negro, educada y con cierto aire parisiense. No obstante, su comportamiento fue muy extravagante. Primeramente, se esforzaba en ofrecer escenas de dolor, patéticas y teatrales. Pero se mostró indiferente ante las terribles consecuencias de la explosión.

Cuando le comunicaron que su marido, en un intento de suicidio, se había herido gravemente y que por su lesión en la cabeza se encontraba en el hospital con el rostro desfigurado, trató de marcharse a su casa sin intentar verle ni hablar con él siquiera. No obstante, fue conducida al lecho del moribundo con la esperanza de que con aquel encuentro se podría aclarar algo sobre aquel horrible crimen. Se echó sobre la cama del moribundo, suplicándole que la perdonara. Aquél había sacrificado su vida por ella y sus hijos. Al verle consumido por el dolor, rogaba a los médicos que acabaran con sus sufrimientos.

«Oh, kill him!», gritaba constantemente.

Antes de que su marido falleciera, ya había abandonado Bremerhaven.

Bastante tiempo antes de que falleciera el criminal, cuando ya el largo cortejo de los asesinados por él había sido conducido a su última morada, no cabía duda a nadie en el mundo de que era el hombre que había cometido tan abominable crimen, de tal magnitud que nunca se había registrado hasta entonces en los anales de la criminología.

La rabia inmensa de la opinión pública se volcó sobre el criminal. Se exigía su ejecución antes de que falleciera en el hospital. A manos del juez instructor llegaron multitud de cartas, indicándole diversas formas de tortura. Un hombre, desde América, escribía diciendo que debería sentarse al criminal en el desierto encima de una cantidad igual de dinamita dejándole sufrir durante algunos meses la agonía de la muerte, para luego hacerle volar por los aires, prendiendo fuego a la dinamita con un disparador eléctrico… and then blow him up!

Las pocas e inconcretas declaraciones del criminal no dieron una visión clara del motivo de su crimen. Es sorprendente cómo funcionaba ya, por aquel entonces, el servicio de identificación internacional. En poco tiempo, se reconstruyeron con la colaboración de la Policía de varios Estados las distintas facetas de la vida de aquel peligroso aventurero, con todos sus desmanes y planes criminales, con sus empresas arriesgadas y su juego al escondite por los países del Nuevo y Viejo Mundo. Se siguió su rastro por diversos países, pudiéndose así demostrar la odisea de un criminal aventurero de la que, según anunció el comentarista de una sección criminal, ni siquiera el escritor más audaz pudiera haber inventado un relato parecido.

Pronto se supo que William King Thomas no usaba su verdadero nombre y que tampoco había usado uno solo. En realidad, se llamaba Alexander Keith. Su padre era propietario de una fábrica de cerveza de Halifax, en Nueva Escocia.

Un mes antes de la catástrofe Keith declaró, durante su empadronamiento en Alemania, que había nacido el 23 de septiembre de 1830. Esto podía ser cierto, pero que Halifax fuera su ciudad de nacimiento o que sus padres hubieran emigrado desde Escocia es cosa dudosa.

Es curioso que los primeros informes sobre Alexander Keith, estuvieran relacionados con una explosión de pólvora. El 14 de agosto de 1857 voló la torre del polvorín de Halifax por los aires. Keith, que contaba entonces 27 años, fue denunciado por varios testigos de haber sustraído grandes cantidades de pólvora. Pudo ser corroborado por los talones del registro del polvorín. Fue el primero a quien se interrogó después de la explosión. No fue castigado por ello ni pudo ser averiguado qué pretendía hacer con la pólvora.

Durante la guerra de secesión americana tuvo también un papel importante. Estaba entonces empleado en el negocio de su tío, el acaudalado y prestigioso propietario de una fábrica de cerveza y miembro del Parlamento, Alexander Keith. Este, natural de Halifax, montó en Nasau y las Bermudas, importante centro comercial, donde se había declarado la fiebre amarilla, la principal plaza de aprovisionamiento tras el bloqueo. Así se almacenaron las mercancías que debían ser transportadas por los buques que se aventuraban a ello, a los puertos del Sur que estaban bloqueados. El vapor Old Dominion fue uno de los barcos que rompían el bloqueo.

Keith había indicado durante el interrogatorio de Bremerhaven pavoneándose de ello que una vez había sido capitán de este barco. El barco amarraba frecuentemente en el puerto de Halifax, pero, en realidad, Keith no lo mandó nunca. Cierto es que fue un entusiasta de la causa del Sur y que trabajaba con ahínco para proporcionar mercancías a los barcos rompedores del bloqueo. De que alguna vez hubiera estado él en peligro no pueden dar fe sus amigos de aquella época. Pero que logró sacar grandes beneficios de aquella situación política es cosa cierta. Sus compañeros de ideología llamaron a aquel traficante de guerra el «Cónsul de los Estados del Sur».

Estos describen su fatuidad, con su vestimenta a cuadros, llevando sombrero de copa gris, ostentando una cadena de oro de tres vueltas por los ojales de su chaleco y con su puro brasileño en la boca, que jamás se apagaba. También le llamaban el Dandy Keith. Con este mote fue conocido durante mucho tiempo en todas partes. Luego abandonó el negocio de su tío y aprovechó las relaciones conseguidas para sus propios fines. Los partidarios del Sur le hicieron encargos. En los bancos de Halifax disponía de créditos ilimitados. Siendo muy joven se convirtió en el agente principal de una compañía de buques de Tennessee. Únicamente estos barcos empleó durante el bloqueo.

Personas de aquel tiempo y marineros de los viejos barcos «rompe-bloqueos» reconocieron por las fotografías que les fueron presentadas que W. King Thomas y Dandy Keith eran una misma persona. Los compañeros, a pesar de su comportamiento, debido a su generosidad y alegre carácter, le recordaban todavía con cariño. Se acordaban especialmente de su inmoderada manera de comer y beber. Había sido de una glotonería desmesurada, engullía a primeras horas de la mañana sangrientos bistecs acompañados de vino y ron.

Uno de sus conocidos, farmacéutico, informó sobre el gran interés que tuvo entonces Keith por los experimentos químicos. Cree acordarse ahora de que ya entonces hizo experimentos con «bombas de carbón». Las hacía con trozos de carbón rellenados con una carga explosiva; cuando eran quemados en alta mar hacían volar los barcos. Es seguro que aquellas bombas fueron empleadas en la guerra de secesión. Continuamente se huele a pólvora en los relatos sobre aquel aventurero; se piensa en explosiones cuando se habla de Dandy Keith. Se vislumbran barcos transportando secretamente mercancías para él, durante la noche, entre la niebla. Algunos se hunden.

En 1864 desapareció repentinamente de Halifax. Entonces se supo que había estafado de forma asquerosa a sus amigos, quedándose con el dinero que éstos le habían confiado. 32.000 dólares tuvo que pagar una compañía aseguradora por el hundimiento del barco Caledonia. Con esta suma desapareció Keith. Los propietarios del buque pudieron prenderle en Boston, donde apareció más tarde, y recuperar parte de lo robado. Debido a nuevas estafas volvió a poseer dinero pronto. De distintos bancos sacó diversas sumas con transferencias falsificadas.

A un amigo de negocios, que le había encargado vender 50 balas de algodón, le mintió, diciendo que las había enviado para su venta a Liverpool. En realidad las había vendido rápidamente en Halifax al contado.

Otra vez le fueron confiados 40.000 dólares para la compra de carne porcina para los Estados del Sur. Ni por la cuarta parte del dinero compró mercancía. Hábilmente engañó al comité, mostrándoles contratos y recibos falsos. Se quedó con el resto del dinero.

Las sumas mal adquiridas por él se cifraban entonces en unos 300.000 dólares.

Su amante desapareció con él. Era camarera en un hotel de Halifax y se llamaba Mary Griffith. Más tarde un conocido la encontró casualmente en Nueva York. Ahora se llamaba Clifton. Fue interrogada. Contó con un deje de amargura que Keith se hacía llamar ahora Alexander King Thompson y que, tan pronto llegaron allí, la dejó sin dinero en un hotel. Utilizaba este tercer nombre con frecuencia. Se comprobó que, en 1864, en un viaje de negocios a Filadelfia, se había ya inscrito en el registro del hotel con este nombre.

Sus correrías en Nueva York no se han llegado a saber nunca. Es muy probable que especulara con el dinero estafado en Halifax. Debió perderlo todo ya que, cuando en los primeros del año siguiente apareció de nuevo en Highland, una ciudad cerca de St. Louis, no poseía una gran fortuna.

Un camarero de una cervecería de Saint Louis, que había conocido a Dandy Keith durante su permanencia en Nueva York, dijo que Keith, por aquel entonces, vivía a lo grande, muy elegantemente vestido, frecuentando los restaurantes y hoteles más caros; en pocas palabras, seguía siendo todavía el auténtico gran Dandy Keith que había sido anteriormente.

Más tarde, durante una borrachera, confesó al camarero que, por su gusto, se retiraría a un lugar más tranquilo, lejos de trenes y telégrafos. Éste le recomendó entonces la ciudad de Highland como lugar más apropiado. Acaso ya no se encontraba Keith, alias Thompson, alias Thomas, demasiado seguro en Nueva York de la persecución de sus acreedores de Halifax.

En Highland no le conocía nadie. El director del pequeño colegio de aquella ciudad escribió en su informe sobre él:

«Míster Keith apareció de pronto entre nosotros. Parecía caído de las nubes. Llegó a nuestra ciudad repentinamente. Llevaba poco equipaje y parecía disponer también de poco dinero. Al cabo de un par de días desapareció. De pronto, apareció con mucho dinero. De dónde lo sacó, no se sabe. Pude ver los billetes y monedas de oro tirados en los cajones de sus armarlos del hotel. Los manejaba sin que le preocupara lo más mínimo. A instancias mías, depositó el dinero en el banco. Yo le recuerdo como un joven gentleman, espléndido y jovial. Nunca trabajó y siempre parecía despreocupado. Era filántropo, ayudaba cuando podía y se le apreciaba como buena compañía, tanto por el juez del distrito como por la parroquia. Sus modales no eran demasiado pulidos, pero con él se prescindió de todo. Con gusto se le invitaba a todas las fiestas; con su enorme apetito siempre era un buen compañero de mesa. Sí, le reconozco en las fotografías que me han sido presentadas; sin lugar a dudas. Las cartas y los diarios los recogía él personalmente en la estación del ferrocarril más próxima. También le enseñé la base primordial del idioma alemán, aprovechando tal ocasión para explicar algo de su pasado. Dijo que había sido banquero en Nueva York y que allí quisieron casarle a la fuerza con una parienta lejana muy rica. Pero él se había negado a ello. A causa del clan había perdido más tarde mucho dinero. Por ello, se trasladó al Canadá. Abrió comercios de pescado, según decía. Ahora se había retirado a Highland por motivos de salud. Pero un día, durante las Navidades, fue detenido inesperadamente cuando estaba comiendo. Los detectives se lo llevaron a St. Louis. El motivo de su detención no lo he sabido nunca, tampoco he oído nunca nada más de él. Todo lo relacionado con míster Keith era muy misterioso».

Por otras fuentes se supieron más cosas sobre la vida privada de Keith. En sus relaciones con la familia de un banquero, Mr. Suppinger, más tarde accidentado en el hundimiento del barco alemán Schiller, conoció Keith a la hermosa Cecelia Paris, con la que se casó poco después. Era francesa, hija ilegítima de una fregona emigrada con su hija a St. Louis. Allí la madre se había casado con un señor llamado Paris. Cecelia se había educado en un convento de Alsacia. Era joven, educada y de una hermosura deslumbrante. Hablaba alemán, francés e inglés. A Keith debió de causarle una gran impresión. Desde el día que la conoció no se apartó de su lado. Se decía que la madre había echado a su hija de casa por celos.

Cuando conoció a Keith ya era independiente, teniendo amistades pasajeras que cuidaban de ella mientras duraba la amistad. La boda, que le ofrecía este rico aunque zafio sujeto, le vino a las mil maravillas. Este adoptó su falso nombre de Thomas y ella vivió con su prometido sin saber quién era en realidad. Únicamente le bastaba verse rodeada con un lujo de gran dama.

Más tarde vivió en Alemania. En Dresde tenía una gran mansión. Ella era el «imán» -según se decía- de que fuera tan interesante la casa de Thomas para las clases educadas. Era ella quien sabía disculpar las extrañas manías de su marido, aquel excéntrico y rico americano. Su correspondencia privada, que fue confiscada, da clara muestra del auténtico y gran amor que profesaba aquel hombre a su mujer. Las cartas que se escribían contienen relatos sobre la dama de compañía de Cecelia y hablan de los requiebros de una señora de Dresde. Según opinión del juez instructor, que examinó el «material», mostraba dicha correspondencia una gran dosis de superficialidad, ligereza y frivolidad.

Keith parece haber querido a sus hijos apasionadamente. Con su mujer, en cambio, parece que alguna vez fue brusco y grosero. Una sirvienta, que estuvo una larga temporada en casa de la familia Thomas, contó:

«En una ocasión mister Thomas estuvo muy enfermo. Creímos que se iba a morir. La distinguida señora quiso saber a quién debería recurrir en un caso así y qué sería de sus hijos cuando ya no existiera mister Thomas. Entonces se puso él muy furioso, cogió un revólver y quiso matar a su mujer. Ella huyó, metiéndose en la cocina conmigo. Otra vez se encontraba él de viaje; la distinguida señora organizaba conciertos en su casa durante su ausencia. Cuando regresó míster Thomas, se creyó que ella le había engañado. Le dio entonces tal paliza que ella enfermó por su causa. Mister Thomas estaba celoso muy a menudo».

Es seguro que su mujer ignoraba sus manejos criminales. íntimamente, estaba muy alejada de él. Esto nos lo demuestra también su actitud ante la cama del moribundo. Pocas semanas después de su muerte, vendió su casa de Strehlen con todo el mobiliario y se marchó a Nueva York. Fue perseguida por periodistas y detectives, pero pudo zafarse de ellos cambiando de nombre, llamándose entonces Cecelia Thorpe. Más tarde se supo que volvió a aparecer en la alta sociedad del demimonde.

Después de su boda, un sudista que había sido estafado por Keith en Halifax, el superintendente del Estado de Virginia, comandante Lather R. Smoot, descubrió la pista del estafador en Nueva York. Le hizo perseguir por un detective hasta Highland, haciéndole detener y conducir a St. Louis. Cuando le interrogaron, aseguró Keith que había perdido todo el dinero estafado en Nueva York.

Más tarde, accedió a pagar al superintendente 20.000 dólares al contado. Le imploró que no diera a conocer su paradero en Halifax. Smoot no pensó nunca en hacerlo. Las estafas de Keith se habían publicado en todas las gacetas. Ya no le era posible regresar a Highland. Lo dejó todo allí, a la ventura. Se dedicó entonces a viajar con su joven esposa por los Estados Unidos, como mister y mistress Thomas.

El 13 de enero de 1866 llegó el matrimonio a Bremen en el vapor Hermann.

La residencia obligada de Keith en St. Louis para la investigación fue de gran importancia. Así pudo comprobarse por los informes de los investigadores que Alexander Keith en Halifax y William King Thomas en Dresde eran la misma persona que Alexander King Thompson en Highland, a pesar de que la fotografía de Thompson de los últimos años se diferenciaba bastante de la fotografía de 10 años atrás, en que este era más joven, no llevaba barba, ni gafas y asimismo menos corpulento que cuando era Dandy Keith en Halifax.

Thomas vivió primero en Dresde, en una casa de la calle Ferdinand número 3, hasta julio de 1866. Una niñera alemana, Anna Schwartze, entró a su servicio, permaneciendo todavía al producirse la muerte de Thomas. Más tarde, pudo dar cuenta durante las investigaciones de los numerosos viajes que efectuaba la familia:

«Viajábamos siempre mucho, especialmente a Suiza, Italia y más tarde a Francia, donde la señora se encontraba más a gusto. Siempre parábamos en los mejores hoteles. Muchas veces también estuvimos en Bad Elster de vacaciones. En 1872, nos fuimos a Helgoland a causa del humor de mister Thomas. Durante el invierno de 1873-1874, vivimos en el Hotel Donau, donde nos quedamos durante la Exposición Mundial. Mister Thomas había iniciado sus negocios con una firma vienesa. La Exposición Mundial -supe- fue un fracaso. Mister Thomas perdió mucho dinero. A partir de entonces, ya no vivíamos en hoteles de tanto lujo. Finalmente nos trasladamos a Strehlen, en las proximidades de Dresde. Mister Thomas empezó a viajar solo. Estuvo en París, Praga, Frankfurt, Hamburgo y Berlín. Estuvo también un par de veces en América. Pero a su mujer y a sus hijos nunca más los volvió a llevar. Muy pocas veces enviaba dinero; tuvimos que reducir gastos en Strehlen. Pero mistress Thomas estaba acostumbrada a la gran vida. Muy a menudo se la veía descontenta. También la vi llorar varias veces porque su marido no le enviaba noticias y los acreedores ejercían cada día más presión».

Hasta el año 1873 no se pudo averiguar ninguna acción criminal de Thomas Keith. Sin embargo, no se ha podido saber nunca el motivo de un viaje a Nueva York realizado el 10 de diciembre de 1870. Fue la época en que las compañías de seguros pagaron las primas por el hundimiento del barco inglés City of Boston, durante su travesía de Halifax a Liverpool en febrero de 1870. Aquel viaje lo verificó con el buque hamburgués Thuringia. A bordo, se encontró con un conocido de Highland, el propietario del molino, Seydt. Más tarde, Seydt dijo:

«En principio, se comportó Keith como si no se acordara de mí. Debió ser muy penoso para él nuestro encuentro en el Thuringia. En la lista de viajeros figuraba registrado como William King Thompson. Yo le fui acorralando hasta que, no pudiendo ya disimular más, me contó muchas cosas. Confidencialmente y bajo juramento, me confió que efectuaba negocios en Nueva York. Para mí, era completamente claro que debía tratarse de contrabando. Keith me informó que en la actualidad vivía en Dresde. En aquel momento, se dirigía a California para comprar terrenos que, poco después, pensaba vender. Consideraba que en aquel momento había con ello grandes posibilidades de enriquecerse».

Se comprobó más tarde que todo era pura invención.

Keith no prosiguió viaje a California, regresando inmediatamente con el mismo Thuringia a Alemania. Desde Nueva York mandó a su mujer 550 libras esterlinas. No se pudo comprobar con seguridad que aquel dinero proviniera de la prima pagada por el City of Boston, pues en la lista de mercancías del mismo no se encontraban estas especialmente aseguradas ni tampoco nada sospechoso.

Parece ser que Keith vivía solamente del capital estafado y puesto a salvo de América. Durante el primer año de su estancia en Alemania depositó en un banco de Leipzig la cantidad de 75.700 táleros [antigua moneda alemana]. Más tarde, transfirió este dinero a la Baring Brothers de Londres. Después de la explosión de dinamita de Bremerhaven, fueron controladas todas sus cuentas bancarias, que año tras año fueron reduciéndose. En 1875 era W. K. Thomas un hombre sin fortuna.

El dinero que llevaba encima a su muerte se lo proporcionó un banco en el que tenía crédito desde su estancia en Linz, convenciéndoles de que le extendieran un pagaré de 110 libras esterlinas a cargo de Baring. En Dresde, había siempre alternado con la clase más elevada. El club americano de Dresde le tenía ahora en la consideración de uno de los socios más distinguidos y apreciados. Pero cuando se enteraron de que no podía hacer frente a los pagos, se le expulsó. El mismo Seydt, que se había encontrado con él a bordo del Thuringia, se enteró en Dresde de que la fortuna de Thomas era pésima. Por ello, no siguió cultivando su vieja amistad.

Thomas probó suerte en los diferentes casinos de juego de los balnearios. En todos lados logró pequeñas sumas a elevado interés, desapareciendo cuando se encontraba en dificultades pecuniarias.

El tema preferido entre el grupo de los jugadores era cómo llegar rápidamente a la posesión de mucho dinero. Es muy probable que provinieran de aquel círculo las primeras ideas de Keith de cobrar grandes sumas de dinero de las firmas aseguradoras mediante atentados, a base de explosivos, en los barcos.

Fueron comprobados sus frecuentes encuentros en Montecarlo con el avispado jugador español García. Este estaba a su vez en contacto con el estafador inglés capitán Palmer, que ya, antes de la catastrófica explosión de Bremerhaven, había molestado a diferentes embajadas con asesinatos y atentados con explosivos. Incluso presentó al Tribunal Naval inglés un modelo de la máquina infernal muy parecida a la que se haría construir Keith para sus acciones criminales.

Se ha comprobado con seguridad que Alexander Keith, a partir de aquel momento, siempre tuvo un solo punto de vista que trató de poner en práctica en 1875. Se disponía a volar un buque por medio de explosivos para obtener así un gran beneficio, cobrando la prima del seguro. Para lograr sus ambiciones trabaja ahora tenazmente y seguro. Al principio, adelantaba muy lentamente. Se tomaba mucho tiempo en los preparativos.

Examinó minuciosamente las posibilidades de éxito o fracaso y los medios de hacerlo. Más tarde, cuando le apremian las necesidades, sus preparativos y tentativas fueron menos precavidos. Pero siempre sus planes estuvieron bien meditados, planeados y ejecutados y solo perseguían un fin. Dondequiera que se le siga en sus preparativos, al encargar los explosivos, al contratar las pólizas de seguros o en las manipulaciones de sus máquinas infernales, siempre trabaja solo y sin ningún cómplice. Mientras elabora sus sombríos planes, vive en el seno de su familia o viaja libre de toda sospecha -como cualquier hombre de bien americano-.

Fuera de esto, no efectúa ningún negocio. Se dedica a estudiar concienzudamente las informaciones comerciales en los periódicos europeos y de ultramar. Ya no recibe cartas. Personas que lo encontraron en Viena o en Linz no pudieron descubrir mucho del carácter alegre y jovial que tenía en Dresde. Se volvió taciturno e insociable. Durante los paseos siempre iba solo y con la vista en el suelo. Empezó a evitar incluso la compañía de su familia. Rechazaba descortésmente toda nueva amistad.

Ya en 1873 visitó, en compañía del cónsul americano Stewart, al relojero Martin, de Leipzig. Se hizo mostrar varios relojes, pero no compró ninguno. Sin embargo, preguntó al relojero si podría construir un mecanismo de relojería que pudiera descargar, una vez puesto a una hora determinada, una gran explosión. Martin no se ocupó más del asunto porque su taller no estaba acondicionado para ejecutar aquella clase de trabajo. No obstante, le dio la dirección de un conocido suyo llamado Fuchs, en Bernburgan der Saale. Lo recomendó por ser un relojero mecánico muy hábil.

Fue casualmente por Pascua cuando el maestro relojero Fuchs fue a visitar a Martin. Este le habló del deseo del americano. Entonces fueron los dos juntos a visitar a Alexander. Martin hizo de intérprete entre Fuchs y Thomas, quien, por aquel entonces, todavía no dominaba el alemán en su parte técnica. Thomas explicó a Fuchs que necesitaba un mecanismo completamente silencioso y que estuviera en condiciones, después de ocho o diez días de marcha de poner en funcionamiento un dispositivo que diera un fuerte golpe. La conversación no llevó a ningún acuerdo especial. Sin embargo, Fuchs prometió estudiar un mecanismo de relojería así, pero no dio comienzo al trabajo. El objetivo de un reloj así le parecía algo confuso. No quería hacer experimentos en balde. El americano tampoco se dejó ver de nuevo.

Un año más tarde, se presentó Alexander Keith en Viena. Se dirigió a la relojería de Ignaz Ried, que tenía su taller en la Siebensterngasse, 56. Este informó:

«En abril se me presentó ese hombre, que reconozco bien por la fotografía. Pero se llamaba de modo distinto. Conservo todavía una nota escrita por él, firmada con el nombre de Peter Wiskop. Dijo que había visto en el Museo Imperial un reloj hecho por mí. Era un reloj para barcos, con cuerda para ocho días, impermeable e inalterable a las oscilaciones de la temperatura. El reloj gustó mucho al extranjero. Pretendía otro semejante que debería tener cuerda para doce días y funcionar completamente silencioso. Debía soltar una palanca que dejase en libertad un muelle, que debía dar un fuerte golpe de retroceso. Él ya tenía en la cabeza la forma exacta de la construcción y me dio sobre su mecanismo claras explicaciones, por lo que muy pronto tuve idea de lo que quería.

»Le hice un dibujo y le aseguré que podía confeccionar muy bien un reloj como él deseaba. El hombre me hizo inmediatamente el pedido y pagó seguidamente 100 gulden [moneda del Imperio Austrohúngaro]. Al día siguiente, empecé la construcción del encargo. Terminé en cuatro semanas, pues para entonces debía volver a buscarlo. Le presenté el reloj y él alabó el silencioso funcionar, haciendo que yo verificara varias modificaciones. El resorte no daba el golpe con suficiente fuerza. Lo pude modificar. Pero Wiskop dijo que tenía que marcharse a Australia y que hasta octubre no regresaría a Viena. Luego volvió. Pero el resorte seguía pareciéndole demasiado débil. Lo cambié de nuevo. “Ahora -dijo- el mecanismo está como yo lo necesito”. Creí que era parte integrante de una máquina mayor y que quería patentarla. Yo le tomé por un ruso o un rumano. Entonces, me pagó el resto de la suma convenida en metálico. Luego me dio la dirección a que debía mandar el paquete embalado: “Peter Wiskop, Bodenbach, Checoslovaquia, en guardaequipajes de la estación”. Allí se lo envié todo. Nunca más volví a saber de él.»

De Viena se dirigió Alexander Keith a Colonia. Ahora quería proporcionarse también la debida cantidad de explosivos. De dónde podía obtenerlos, él ya lo sabía. Entre sus papeles se encontraron varias direcciones de fabricantes alemanes y americanos de dinamita. Se presentó en la oficina de los hermanos Krebs, fabricantes de litofractor, de Colonia.

Se hizo llamar W. J. García de Kingston, de Jamaica. Como se ve, utilizó el nombre de aquel jugador conocido en Montecarlo. Según explicó al señor Krebs, debía enviar una gran cantidad de explosivos en su propio barco a Jamaica. En una de sus minas debía emplear litofractor, pues el explosivo normal que se empleaba, o sea, la dinamita, no tenía fuerza suficiente debido a la especial composición rocosa de Jamaica. Le aseguraron una pronta realización de su pedido y se despidieron, quedando que pasaría él personalmente a recoger los explosivos.

Que el García que apareció en Colonia, así como el Wiskop de Viena eran idénticos a Alexander Keith, es seguro. Su fotografía fue reconocida tanto en un sitio como en el otro por los testigos. Su letra, con la cual escribió en todas partes instrucciones y recibos, es, por sus rasgos especialmente duros, en todos lados la misma e inconfundible.

En febrero del siguiente año, recogió el reloj de Tetschen Bodenbach, pueblecito muy cerca de la frontera sajona. Después de un minucioso examen, pareció no convencerle, dirigiéndose entonces al maestro Fuchs de Bernburg que anteriormente le habían recomendado. Apareció en su taller el 9 de marzo de 1874. Un asalariado le llevó la caja con el reloj que había construido en Viena el relojero Ried. Fuchs pudo darse cuenta de que el americano hablaba mucho mejor el alemán. Este míster Thomas dijo que poseía fábricas de sedas en Rusia. Ahora había inventado una máquina que podía confeccionar mil hilos de seda con un solo golpe.

Después de ocho o diez días de marcha debía, en un momento calculado con anterioridad con toda precisión, desprenderse de una palanca que accionaría un peso de treinta libras que debía dar un golpe seco en determinado punto. Por este motivo había hecho componer aquel reloj en Viena. Si Fuchs pudiera lograr hacer, según la muestra, un reloj igual, que tuviera un dispositivo de golpe aún más potente, entonces le encargaría en el acto 20 relojes más como aquel. Fuchs aceptó el encargo. Thomas apareció nuevamente en abril para recoger el reloj. Pero el complicado mecanismo todavía no estaba terminado. Por este motivo, encargó a Fuchs que le llevara la máquina a Leipzig.

Entretanto, se presentó, según habían acordado el 19 de marzo, con el nombre supuesto de míster García, en Colonia para comprar setecientas libras de explosivo litofractor. Éste estaba ya empaquetado para su traslado en barco, envuelto en paquetes largos y redondos y cubierto en papel de pergamino y metidos, a su vez, en cajas de cartón. Inmediatamente se llevó los explosivos para, según él, llevarlos con todas las precauciones necesarias a Inglaterra.

El 20 de marzo por la noche, llegó con el tren nocturno desde Colonia a Leipzig. La masa explosiva estaba ahora embalada en dos grandes cajas de madera. Dónde se proporcionó este nuevo embalaje es lo que no se ha podido aclarar. Habían sido rascadas de los bultos todas las etiquetas puestas por la Compañía de Ferrocarriles cuando fueron entregadas a Geisler para guardarlos en la consigna de Leipzig. El peso total era de 400 kilos, cantidad suficiente para hacer volar por los aires toda la estación de la ciudad.

A mediados de abril, el relojero Fuchs escribió a Thomas que el reloj estaba terminado y pensaba llevárselo el 20 de abril a Leipzig. Thomas explicó al mozo Geisler, antes de que llegara el tren, que esperaba a un señor; su equipaje debía ser guardado con las dos cajas en la consigna. Pero debía tener mucho cuidado con la caja que trajera dicho señor, pues contenía un muy valioso y delicado reloj.

Fuchs llegó puntual. Thomas y Geisler le esperaban en el andén y se hicieron cargo de la caja con el reloj. Thomas le indicó entonces las dos cajas depositadas en el cuarto de equipajes, que contenían la materia prima para sus fábricas textiles en Rusia y que debían ser transportadas junto con la caja del reloj.

Thomas estaba impaciente por probar el funcionamiento del reloj. Para ello, la caja fue llevada al Hotel de Pologne. Thomas había alquilado allí una habitación. Fuchs desembaló su obra maestra. El aparato funcionaba verdaderamente muy silencioso, habiéndole dado cuerda ya en Bernburg. Thomas puso su oreja sobre la mesa donde estaba éste. Expresó su satisfacción. Luego examinó todos los pormenores, las ruedas y ruedecitas y la palanca que se soltó a la hora que tenía marcada, accionando un fuerte muelle. Fuchs, además de palabras de admiración, recibió por su ejemplar trabajo la suma estipulada, 375 marcos.

Semanas antes Thomas ya había comunicado a su casero Noeck su deseo de alquilar una habitación donde poder trabajar sin ser molestado. Había tenido desgraciadamente pérdidas en el negocio, por lo que tenía que procurarse un medio secundario de ganarse la vida; se dedicaría a empaquetar mercancías de acero y cerraduras que luego enviaba para ser examinadas. Noack proporcionó a Thomas una habitación en un edificio antiguo y prometió no decir nada sobre el alquiler ni sobre su nuevo negocio.

A principios del mes de mayo, Thomas se hizo traer en un carro, por el mozo Geisler y el maletero Haase, los explosivos a la habitación alquilada. Le compró un barril grande al tonelero Zitzmann, en el cual se hizo instalar uno más pequeño. Los dos estaban forrados por dentro con lona. Desde aquel instante, Thomas empezó con su trabajo de empaquetar. El reloj quedó instalado en el barril pequeño.

Además, se hizo construir, por un aprendiz de tonelero, un doble fondo, haciendo un agujero en uno de sus lados. Durante aquel trabajo, el aprendiz observó que el barril estaba lleno de pequeños paquetes grises, creyendo que se trataba de envoltorios de clavos. Aparte de Thomas, que se encerraba durante su trabajo pon el aprendiz en la habitación, nadie estuvo presente. El aprendiz, por su parte, no vio nunca el reloj. Thomas lo habría colocado y sujetado de tal forma que la palanca accionada por el muelle diera un fuerte golpe, a través del agujero, sobre un detonador.

A finales de mayo, estaba su trabajo concluido. Thomas hizo marcar el barril con las iniciales G.S.T. y con el número 10. Declaró que contenía quincalla. Luego, mandó el barril por pequeña velocidad a Bremerhaven, llegando a su destino el 1.º de junio. Lo mandó recoger de la estación al Norddeutschen Lloyd y lo facturó, a nombre de Georges S. Thomas, a Nueva York. El barril debía ser transportado por el vapor Rhein, que mandaba el capitán Brickenstein. Debía hacerse a la mar el 5 del mismo mes.

Un día antes de zarpar, Thomas encargó a sus banqueros londinenses, Baring Brothers, telegráficamente, que aseguraran el equipaje destinado a su hermano en Nueva York en 9.000 libras esterlinas; saldría con el buque Rhein. Baring Brothers se cuidó de contratar la póliza del seguro. Por el hecho de no haber declarado su contenido, fue aplicada la tarifa más alta.

Baring-Brothers telegrafiaron a Thomas:

«De acuerdo con sus instrucciones, hemos asegurado su equipaje, embarcado en el buque Rhein, con destino a Nueva York, habiendo pagado la prima de 46 libras esterlinas. Comuníquenos naturaleza y forma de embalaje de la mercancía. Stop. Hubiéramos podido asegurarlo por una prima inferior si se nos hubiera comunicado el contenido del mismo. Baring-Brothers, Londres».

Thomas no contestó. Ya se hallaba camino de Londres para desde allí, dirigirse a Liverpool. Embarcó el 10 de junio en el buque Republic hacia Nueva York, mientras el buque Rhein, con su peligrosa carga de 706 libras de dinamita y el peligroso reloj a bordo, que debía provocar en cierto momento la explosión, navegaba por el Atlántico.

El infernal plan de Alexander parecía haberse conseguido. Espera encontrarse en Nueva York con la noticia de que el buque Rhein, sentenciado por él a hundirse junto con sus trescientos inocentes pasajeros, había sido dado por «desaparecido». Al cabo del año, sería oficialmente dado por desaparecido; a finales de 1875, obtendría por el seguro de su barril, «que contenía quincalla», la misma cantidad que llevaba cuando en su día regresaba de América hacia Alemania.

Pero cuando Thomas llegó a Nueva York, se encontró con el Rhein, perfectamente conservado, atracado en el muelle de Hoboken. Thomas se hizo cargo de su barril y se dedicó a examinar su fallo. Había saltado la tapa de la caja del muelle, impidiendo que accionara la palanca sobre el percutor del reloj. El atentado había fracasado.

No se desanimó por ello el criminal. Cierto es que no se atrevió a enviar nuevamente el peligroso barril a Alemania, a volver a asegurar la mercancía y a intentar otra vez la misma empresa. Por el momento, se ocupó de que fuera conducido el equipaje a un depósito y que allí quedara a su disposición.

Para las mercancías importadas, en América se pagaban unos derechos de aduana muy altos. Pero estas estaban destinadas a ser reexpedidas. Podían ser suprimidos tales derechos mediante una fuerte fianza. Entonces, las mencionadas mercancías debían ser examinadas luego ser llevadas hasta su nueva expedición, al llamado bonded warehouse [almacén de aduanas].

Thomas, para conseguir el almacenamiento, se dirigió al primer agente que encontró cuyo nombre estaba anunciado en un letrero. Era Ed. M. Stidmore, buen trabajador y persona completamente inofensiva, que más tarde, debido a las sospechas que infundieran las declaraciones del moribundo Thomas, llegó a verse en situación muy comprometida. Con su ayuda y la fianza, Thomas dejó depositado su barril. Al ser revisado por los inspectores de la Aduana no estuvo presente. Depositó el despacho, al lado del peligroso barril de pólvora, en manos de su agente. El barril fue agujereado. Quienes se encontraban en aquellos instantes en el almacén, se hallaban en peligro de muerte. De nuevo, eludieron su trágico destino como los pasajeros del buque Rhein. El polvo gris que se halló en la perforación, se calificó de «polvos de limpiar». La inspección fue muy superficial, ya que la mercancía debía ser reexpedida.

Thomas Keith se dio a conocer al agente como Georg S. Thomas, de Chicago, el hombre a quien estaba destinado el barril en Bremerhaven. También se registró en el House Hotel con la misma filiación.

La investigación en Estados Unidos fue confiada por el Consulado General a la Agencia de Detectives Allan Pinkerton, de Nueva York. Los agentes comprobaron que Alexander Keith, durante su estancia en dicha capital, no estuvo en contacto con ninguna persona. Se reconstruyeron cuidadosamente todos sus pasos durante aquellos días y se comprobó incluso en qué restaurante había comido. Las gestiones que tuvieran algo que ver con la planeada estafa a la compañía de seguros, no se pudieron localizar.

Cinco días más tarde, regresó de nuevo Alexander Keith con el mismo buque, el Republic, que había tomado en Liverpool. Sin haberse anunciado, subió a bordo el día señalado para la salida en el último instante. El contador de barco se extrañó de que regresara de nuevo míster Thomas. Declaró que hubiera querido visitar a su madre moribunda, pero hacía demasiado calor para efectuar el viaje por tierra.

El ocho de junio, un telegrama desde Magdeburg anunció a su mujer que pensaba estar de nuevo con ella por la noche. No obstante, el día 3 de agosto volvía a ser otra vez mister García en la fábrica de explosivos de los hermanos Krebs, en Colonia. Allí compró 50 libras de litofractor y 20 detonadores. De momento, dejó allí la mercancía.

Parece ser que había cambiado sus planes. Su intención era hacer explotar el material mediante una larga mecha que debería arder lentamente, después de prenderla pocos minutos antes de zarpar el barco. Cierto que, de esta forma, sólo podrían pasar un par de horas antes de que se efectuase la explosión, en lugar de varios días como tenía planeado con su reloj. Por lo tanto, no podía escoger ningún barco que zarpara de puerto alemán. Se encontraría todavía en la ría o muy cerca de la costa cuando se efectuara la explosión. Debía hacerlo en un barco que alcanzara directamente desde el mismo puerto el mar abierto.

Para lograrlo, sólo entraban en consideración para él los puertos ingleses.

Ahora se valió de pequeñas cajas metálicas que se ajustaban exactamente a las cajas exteriores de madera. En ellas, puso la masa detonadora. Sobre la tapa, que estaba suavemente apoyada, se encontraba un agujero del tamaño de la mecha. Mandó construir de estas cajas durante los meses de agosto y septiembre, a un cerrajero de Dresde, después de haberle indicado las medidas precisas. Otras dos, del mismo tamaño, las mandó construir en diciembre a un herrero de Bremen. Al de Dresde encargó además una serie de cápsulas de zinc, que encajaban perfectamente una sobre la otra y que debían ser puestas en una caja de vinos. Estaban igualmente destinadas a albergar la masa explosiva. Ahora no quería jugárselo todo a una misma carta. Preparó varias máquinas infernales con distintas funciones.

El 30 de septiembre, recogió en Colonia la mercancía explosiva encargada en agosto. Además, compró otro material. Entonces estaba en posesión de 110 libras de litofractor, 32 detonadores, 6 sacos impermeables y de tres rollos de mecha envuelta en gutapercha.

El 4 de octubre se instaló en el City Terminus Hotel, de Londres. Llevaba consigo dos cajas de madera y otras dos, muy pesadas y más pequeñas, cosidas en arpillera. También un saco de viaje atado con una cuerda, al cual vigilaba con temor. No lo dejó nunca de la mano, llevándolo siempre personalmente y durante el viaje a Liverpool no lo perdió nunca de vista. Al tesorero del Republic, Evans, que ya conocía de antaño, le preguntó por una agencia de confianza. Le indicó la Stern & Sons.

Thomas Keith encargó allí un pasaje para el Celtic, de la línea de buques White-Star, que debía zarpar en los próximos días hacia Nueva York. Entonces intentó convencer a la Compañía para que le asegurara dos cajas, que llevaba como equipaje, llenas de monedas de veinte dólares por la cantidad de 6.000 libras esterlinas. Se le preguntó por qué viajaba con una cantidad tan grande de dinero en efectivo, siendo mucho más cómodo llevar giros. Thomas Keith contestó que con los giros había tenido anteriormente dificultades en la identificación. Por esto, prefería llevar el dinero en metálico, pues en América lo necesitaba para comprar unas propiedades.

Stern & Sons trataron de gestionar la póliza de seguros. Pero, al exigir la Compañía contar el dinero, Alexander Keith retiró su petición, alegando que la prima le resultaba demasiado alta. Después, intentó asegurar las cajas en la propia oficina de la línea de buques White Star. Tampoco pudo realizar el seguro, pues le exigieron igualmente contar el dinero allí mismo, sobre la mesa.

Thomas Keith se llevó, por este motivo, las cajas con el dinero a bordo. Más tarde, las dejó en Nueva York, donde se pudo comprobar, después de su muerte, que contenían perdigones. El 14 de octubre zarpó el barco. Días antes ya había inspeccionado atentamente su camarote. Se encerró en él y solamente se dejó ver durante pocos instantes, al acudir a las comidas. No se hubiera marchado, si hubiera podido conseguir una póliza de seguros. De haberla logrado habría encendido la mecha momentos antes de zarpar y hubiera abandonado el barco sin ser visto. Cien libras de dinamita habrían realizado su cometido. Que se encontrara en aquel momento viajando en el Celtic era algo fuera de programa.

Después que hubo zarpado el barco, su mujer escribió y telegrafió varias veces a la dirección del Hotel North Western, de Liverpool, preguntando por el paradero de su marido. En una carta del 11 de octubre, que más tarde fue encontrada en poder de Thomas en Bremerhaven, su mujer le suplicaba que regresara al lado de su familia. Entonces le perdonaría todas las angustias y preocupaciones sufridas.

Pero aquel hombre viajaba de un lado a otro de ambos Continentes, con grandes cantidades de explosivos, a fin de conseguir una póliza de seguros de elevada suma. No se cansaba de idear nuevas construcciones portadoras de muerte.

En ellas invirtió hasta su último céntimo, calculando continuamente el tiempo de duración de las distintas mechas, borrando de su mente el cuadro atroz de las víctimas que produciría su atentado. Si logró borrar semejante cuadro de sus sueños, es también algo que no se sabrá nunca.

No había desechado su plan contra el Celtic, simplemente lo había aplazado hasta llegar a Nueva York. No quería abandonar a su víctima. Repetidamente solicitó del tesorero del buque, Barnitt, que se hiciera cargo de las cajas de dinero y le extendiera el debido recibo de depósito. Si llegara a poseer este recibo, podría contratar en Nueva York una póliza de seguros. Antes de que el buque abandonara Nueva York, le pidió nuevamente que se hiciera cargo de las cajas y le extendiera el recibo. Entonces ya no sería necesario contarlo. El certificado del tesorero hubiera bastado para atestiguar que en las cajas se encontraban las monedas de oro, ahora guardadas en la tesorería del Celtic. Una vez en poder de la póliza de seguros de 6.000 libras esterlinas, por sus cajas de perdigones, le era completamente indiferente dónde volara el barco por los aires, aunque fuera en el propio Nueva York, siempre y cuando hubiera tenido el tiempo suficiente para abandonarlo a tiempo.

Lo más probable es que había estado esperando que el tesorero del barco, Barnitt, le diera ya el primer día el certificado, de forma que pudiera arreglar lo de la póliza en Queenstown, ciudad donde atracaría el buque a su llegada de Liverpool y donde los pasajeros estaban autorizados a bajar del barco.

Durante los primeros días del viaje -que efectuaba contra sus planes en compañía de una gran cantidad de explosivos- estuvo muy nervioso. Algunos de la tripulación se dieron cuenta de la fuerte impresión que experimentó cuando supo que el barco no haría escala en Queenstown. También fracasó el plan de obtener la póliza de seguro. Desde entonces, bebía cantidades exorbitantes de coñac.

Cuando dejó el barco, al llegar a Nueva York, dijo al inspector de la Aduana que no se preocupara por las dos cajas, que solamente contenían perdigones. Los explosivos, naturalmente, los sacó. Es probable que, al fracasar el plan de obtener la póliza de seguro, tiraría al mar las cajas de explosivos durante la noche.

Solamente permaneció dos días en Nueva York. Se registró en el libro del Hotel Fifth Avenue como George S. Thomas, de Dresde. Visitó nuevamente al agente de Aduanas Skidmore. El barril, que había llegado anteriormente con el buque Rhein y que seguía depositado en el bonded warehouse, debía ser enviado ahora a la dirección de su hermano, W. K. Thomas, Bremerhaven.

Una vez realizado el encargo se marchó precipitadamente a alcanzar el barco Frisia, a punto de zarpar. Viajaba en tercera bajo el nombre de míster Stewart, con destino a Hamburgo. El fatídico barril fue transportado de nuevo casualmente por el mismo Rhein, siguiendo a Thomas Keith a través del océano. Todavía seguía con la misma inscripción, G.S.T.; marcado con el número 10. El agente de Aduana Skidmore lo había facturado puntualmente. Como se ha dicho antes, su contenido aparecía como «polvos de pulir».

El día 1 de noviembre llegó el buque Rhein a Bremerhaven. El barril fue desembarcado con otras mercancías y arrastrado con una barcaza hasta Bremen. Allí fue depositado en la estación de Waserbahn.

Thomas Keith permaneció a bordo del Frisia tranquilo y retirado. Ofrecía el aspecto de una persona venida a menos. Su traje ya no era tan impecable. Los puños de las camisas estaban rozados. No bebió una sola gota de alcohol durante el trayecto. Al peluquero de a bordo le contó una historia sobre uno de sus empleados que se había fugado con 30.000 dólares a Alemania. Le iba persiguiendo y confiaba encontrarlo para entregarlo a la policía. Por telégrafo, le habían comunicado el lugar donde se escondía el malhechor. Pero aquella historia de aventuras no mereció crédito al barbero.

Su equipaje consistía únicamente en una cartera de cuero con la inscripción de Thomas. Mientras, se había registrado con el nombre de un amigo del cónsul Stewart, de Leipzig, en la lista de pasajeros. Estaba bien claro que ya no se concentraba en sus acciones; estaba muy nervioso y cometía frecuentes errores.

Un rápido regreso a su casa, en noviembre, lo aprovechó para hacer una escapada a Linz. Aprovechándose del crédito que había gozado durante su estancia en aquella ciudad, le descontaron una letra de 110 libras esterlinas a cargo de Baring Brothers. Con este dinero regresó de nuevo a Alemania y se puso inmediatamente a trabajar en la ejecución del tercer atentado. Este debía ser el último. De nuevo resultó completamente distinto de lo que se había propuesto.

El 23 de noviembre apareció en Bremerhaven. Después de mucho buscar, alquiló un local junto al puerto que, según sus indicaciones, lo necesitaba para cambiar el embalaje a un barril de frutas secas. Cuando quiso retirarlo él mismo de la consigna, resultó que ya no se encontraba allí. Muy alterado, indagó dónde podía encontrarse el barril. Para ello, corrió de una oficina a otra, telefoneó e hizo telefonear hasta que descubrió que había sido enviado como mercancía a la estación de Bremen. Desde allí, le ofrecieron enviarlo sin demora a Bremerhaven. Pero Thomas Keith rechazó el ofrecimiento.

Acto seguido, se dirigió personalmente a Bremen, instalándose en el Hotel Stadt Bremen. También en aquella localidad buscó un local donde pudiera trabajar sin ser molestado. Lo halló junto a las cuadras del dentista Floerke, en un estrecho callejón de la parte antigua de la ciudad.

Hizo traer el barril a un cochero a aquel lugar, el 25 de noviembre. Sus primeros cuidados se dirigieron al reloj. Lo desmontó y sacó el muelle de acción. Apareció con el mecanismo, el 27 de noviembre, en el taller del relojero Bruns. A éste le llamó la atención el complicado y extraño mecanismo. Todo estaba un poco oxidado. A causa de habérsele caído la tapa de la caja de muelles, se había parado.

El forastero preguntaba varias veces al día cómo seguía el trabajo. Bruns le preguntaba cada vez, interesado por su oficio, detalles sobre el mecanismo y funcionamiento, así como sobre la capacidad de marcha que él calculaba de unos 14 días. También le llamó la atención que el reloj careciera de esfera, queriendo saber cuál era su verdadera misión. El forastero contestaba de manera muy escueta. Sin embargo, le contó algo sobre una patente secreta y le daba siempre prisa para que terminara la reparación.

El 2 de diciembre pudo recoger el reloj. También le llamó la atención a Bruns que aquel señor bajo y grueso, casi faltándole la respiración, quisiera cargarse él personalmente la pesada maquinaria. Cuando se la hubo cargado al hombro, volvió a bajarla inmediatamente. Había oído que el mecanismo del reloj funcionaba. Excitado preguntó cuándo había dado cuerda al reloj y desde cuándo estaba funcionando. Este detalle necesitaba saberlo con toda precisión. El relojero le informó. Tuvo que explicarle con todo detalle al forastero cómo podía darse cuerda al reloj y por dónde se podía regular.

El 4 de diciembre zarpó el buque de Lloyd, Deutschland. El 6 del mismo mes zozobró el buque, durante una tormenta, en Kentish Knock, quebrándose por la mitad. Murieron cincuenta pasajeros. Algunos se colgaron en los mástiles. Permanecieron así veintiocho horas. Finalmente se cayeron o se helaron.

Se supone que Alexander Keith había elegido en principio ese barco como su próxima víctima. Conocía a su capitán, Brickenstein, que había mandado durante el verano el Rhein. Desistió de la idea porque quiso esperar a que la máquina del reloj acabase toda su cuerda para poderla poner en el punto requerido. Si hubiera logrado colocar aquella máquina infernal a bordo del Deutschland, se habrían encontrado los ladrones costeros, que habían asaltado los restos del barco, con el hecho excepcional de que el buque partido hubiera volado de repente por los aires sin causa alguna que lo justificara.

El reloj estaba a punto, pero el barril había llegado en muy mal estado. Alexander Keith compró otro. Parece ser que no le convenció. Entonces encargó al tonelero Devendhal la construcción de un nuevo barril más grueso y reforzado con aros de madera y acero. Aquella vez fue construido con madera de castaño y entregado en la cuadra de Floecker. El tonelero Devendhal fue requerido por el forastero para que le ayudara a clavar la tapa del barril. Alexander Keith se quedó a presenciar el trabajo; mientras, tenía buen cuidado en cerrar la puerta de la cuadra. El barril pesaba tanto que un hombre apenas podía moverlo. Estaba lleno hasta arriba de pequeñas cajas y paquetes envueltos con tela engomada. Los clavos de tres a cuatro pulgadas, que compró Thomas Keith para asegurar la gruesa tapa del barril, no resultaron apropiados. El tonelero quería emplear unos más largos. Al verlo, Thomas Keith lo apartó tan bruscamente que el tonelero dejó caer al suelo los clavos y el martillo. En su declaración, explicó:

«¡Válgame Dios! ¡No utilice clavos tan largos!», me gritó el forastero asustado, poniéndose de repente pálido como un cadáver.

El 9 de diciembre fue recogido el barril de su lugar provisional y llevado a las oficinas del Norddeutschen Lloyd. Thomas Keith había contratado para ello a dos trabajadores de la calle. Vinieron con un carretón de mano; entre los dos subieron la pesada carga. El propietario advirtió que debían ir con mucha cautela. El barril de madera oscura estaba de pie en el carro, sin ninguna cuerda lateral. Un hombre empujaba y el otro, con un cinturón atado a los hombros, hacía lo mismo. Así, despacio y a trompicones, marchaba por las heladas calles empedradas de Bremen aquella peligrosa carga, a través del gran tránsito y a lo largo de los ignorantes transeúntes. Thomas Keith corría a veces con un ondulante abrigo muy por delante del carro o se paraba y dejaba que le adelantase, para seguirlo entonces a gran distancia.

En la oficina del Lloyd pidió que dejaran el barril en un lugar sin calefacción. Por esto, se quedó muy cerca de la ventanilla por la que, casi todos los días, pasaban centenares de personas. El 11 de diciembre un tren especial llevó el explosivo a Bremerhaven. Un carro lo transportó de la estación al dique, al buque Mosel que lo había de conducir mar adentro de nuevo. La explosión tuvo lugar después de la caída ocasionada al escurrirse la cadena de la grúa, debido a que el muelle de accionamiento del reloj golpeó la palanca contra el detonador.

Fuchs, el constructor del reloj, declaró más tarde que hubiera sido fácil evitar el accidente. Sin especial esfuerzo, hubiera conseguido asegurar el mecanismo contra golpes, si su cliente le hubiera dicho algo en este sentido.

El crimen que Alexander Keith había planeado contra el Mosel estaba, cuando sucedió la explosión, ejecutado solamente en su mitad. Todavía no había conseguido contratar ningún seguro. Su plan se basaba en un beneficio mediante el seguro -no ofrece ninguna duda-, aunque las dos restantes pruebas, los intentos de atentado contra el Rhein y el Celtic, no proporcionaran pruebas suficientes. Que deseaba asegurar sólo puede suponerse. No poseía ninguna mercancía ni tenía cómplices. ¿Por qué el hombre que había planeado personalmente todos los pormenores de sus atentados, llevado a cabo cada encargo, que incluso había efectuado todos los trabajos, excepto algunos en los cuales sus ayudantes no pudieran sospechar lo más mínimo, iba a confiarse en el último instante a una tercera persona? ¿Hubiera querido acaso partirse las ganancias de su último intento con otro?

¿Tenían que ser forzosamente mercancías lo que quisiera asegurar?

En una cervecería, poco antes de partir, expuso a un transeúnte con el que trabó conversación sobre seguros, que negociaba con greenbacks [argot: dólares] en papel-moneda americano. Compraba los billetes a bajo precio en Alemania y los volvía a vender en Nueva York a precios mucho más elevados. Momentáneamente, tenía en su poder greenbacks por valor de 15.000 táleros.

Cuando subió a bordo del Mosel, llevaba una maleta y una caja atada. Puede suponerse que el contenido de la caja durante el viaje a Southampton, quizá en el mismo dique del Weser, habría sido entregado al capitán del Mosel o al tesorero de barco, para ser guardado contra recibo. Posiblemente no hubiera encontrado resistencia la petición del pasajero inglés por parte de los oficiales alemanes, confiados y poco maliciosos, como ya le pasó a bordo del Celtic. Una vez el recibo en su poder, no hubiera habido obstáculo para lograr una buena póliza de seguro. No tenía que hacer otra cosa que bajar en Southampton y asegurar las cajas de dinero depositadas en el barco, cuyo valor estaba confirmado en el recibo.

También es de suponer que si un hombre como Thomas Keith no hubiera logrado realizar aquel seguro, habría sacrificado al Mosel por los 3.000 marcos en que estaba asegurado el barril para poder disponer de momento de algún dinero. Lo había expuesto todo en aquella empresa. Incluso se había asegurado en caso de que volviera a fallarle el reloj. A principios de diciembre, se hizo enviar nuevamente, bajo el nombre de W. J. García, ocho metros de mecha de Colonia. Su pedido decía:

«Señores, tengan la bondad de enviarme ocho metros de mecha a vuelta de correo a mi hotel, StadtBremen, de Bremerhayen. No mecha engomada, sino de otra clase. Remítanme la factura y les enviaré el dinero. Afectuosamente, W. J. García».

Es factible que empaquetara el cordel, del que se hizo cargo el hotel en nombre de su amigo García, junto con el barril. Pero también es posible que una de las cajas a bordo del Mosel, que después de su muerte se encontraron vacías, contuvieran parte del explosivo y la mecha. Es también posible que después de la explosión, aprovechando la confusión reinante, lo hubiera echado todo al agua.

Con la explosión del barril quedaron destruidos todos sus planes. Debió temer que iba a ser descubierto como causante de tan horrible acción y llevado a los tribunales. Le era imposible huir. Tres veces durante aquel año le había abandonado la suerte en sus empresas. Su mujer y sus hijos dependían de las pocas monedas de oro que llevaba encima. Su crédito y sus medios estaban más que agotados en todas partes. Un nuevo intento de provocar una catástrofe, si osaba pensar en él sin poseer capital para realizarlo, era casi imposible a causa del actual descubrimiento y a la mayor atención que desarrollarían sobre su persona, además de que se sospecharía inmediatamente al intentar la contratación de una póliza de seguros de elevado valor.

Dandy Keith estaba acabado. Su frialdad para los negocios, con los que ejecutaba su terrorífica acción, se había convertido en desesperación a la vista de lo ocurrido. Estos pensamientos y el miedo de ser descubierto su delito le pusieron el revólver en la mano.

Con su infernal y última máquina Alexander Keith «robó» en Bremerhaven, el día 11 de diciembre de 1875, a cuarenta mujeres y a ciento trece niños.

En el muelle murieron 88 [en realidad, 81, n. de los ed.]. Otros muchos se convirtieron en lisiados para toda la vida. Inmediatamente se realizó una sólida ayuda. En pocas semanas llegaron donativos de varios países, reuniéndose la cantidad de 400.000 marcos.

En los diarios siguió todavía durante mucho tiempo la discusión sobre los delitos por los que hubiera tenido que ser castigado Thomas Keith, si se le hubiera podido conducir ante el tribunal. Esta pregunta obsesionaba lo mismo a los profanos que a los juristas en sumo grado. Las opiniones eran muy distintas. Unos aseguraban que Thomas Keith era culpable de asesinato por ser el responsable de su máquina infernal, aunque hubiera explotado por mediación de manos extrañas. Otros opinaban que podría tratarse de una prueba delictiva, ya que Keith no había sabido calcular la potencia del artefacto, habiendo logrado un resultado no deseado por el criminal. Una tercera opinión se inclinaba hacia la muerte por accidente. Pero la mayoría declaró: «Es un asesinato inconfundible».

Thomas Keith estaba decidido a matar seres humanos. Y logró esta intención con sus preparativos y por el hecho del desprendimiento del barril, posibilidad que debía haber tenido en cuenta al hacer sus cálculos. Por lo tanto, formaba parte de su voluntad.

Entretanto, a través de los tiempos, ha sido sobrepasada aquella explosión por otras mucho más potentes; como su promotor, pasó al olvido. Hace cuarenta años nos recordó Baenkelsaenger la máquina infernal, dibujando en grandes paneles varias escenas de aquella acción criminal. En ellas, tuvo especialmente gran relieve la mucha sangre de las víctimas, esparcida sobre la nieve. Estas inspiraron a un organillero. Cantaba las siguientes estrofas, relativas a aquel horripilante suceso:

«An die Wesser grüenen Strande
Lag die Mosel fertig da,
Abzusteuern nach dem Lande,
Welsches heisst América.»

(«En las verdes orillas del Wesser
estaba listo el Mosel
para zarpar hacia el país
que se llama América.»)

Y el bastón del «Moritator» dio fuerte en su último cuadro. Nos muestra al suicida Keith con la cabeza destrozada por un disparo. Se cantaba la siguiente estrofa final:

«Hier der Unholt liegt im blute
tot mit Bleichem Angesicht
Doch das allerlezte Urteil
Sprich des Himmels Strafgericht.»

(«Aquí yace el monstruo en su sangre
muerto con la faz muy pálida.
Pero la última sentencia
la dirá el Tribunal Celestial.»)

 


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