Albert Fish

El apacible abuelo

  • Clasificación: Asesino en serie
  • Características: Canibalismo - Sadomasoquismo
  • Número de víctimas: 3 - 10 +
  • Periodo de actividad: 1910 - 1934
  • Fecha de detención: 13 de diciembre de 1934
  • Fecha de nacimiento: 1870
  • Perfil de las víctimas: Niños y niñas
  • Método de matar: Arma blanca
  • Localización: Varios lugares, Estados Unidos (Nueva York)
  • Estado: Ejecutado en la silla eléctrica el 16 de enero de 1936
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Albert Fish

Brian Lane – Los carniceros

«Si por lo menos el dolor no fuese tan doloroso…»

Cada día, en algún lugar, una persona llega al último día de su existencia. En el caso de Grace Budd, de diez años de edad, parecía haber poquísimas posibilidades de que el domingo 3 de junio de 1928 fuera su último día sobre la faz de la tierra. Aunque papá y mamá Budd, su hijo Edward, de dieciocho años, y la pequeña Grace distaban mucho de nadar en la abundancia, formaban una familia unida y feliz. Además, Edward acababa de insertar un anuncio en el periódico solicitando algún empleo; parecía que todo iba a mejorar.

El optimismo de Ed se vio confirmado el 3 de junio. Un hombre de edad avanzada y aspecto respetable que decía llamarse Frank Howard llamó a la puerta del apartamento de los Budd con un ejemplar del periódico en la mano. Howard les explicó que tenía una granja en Farmingdale, Long Island, y que si al joven Edward no le importaba pasar la vida al aire libre en el campo, estaba dispuesto a darle una oportunidad.

Puede que fuera por la gratitud que sintieron o quizá confiaron demasiado en aquel hombre bajito de cabellos grises. Sea cual sea la razón, el caso es que Albert y Delia Budd permitieron que Frank Howard llevara a su hija Grace a la fiesta infantil que la hermana de Howard iba a dar aquella misma tarde. Nunca volvieron a verla con vida.

Naturalmente, no había ninguna fiesta. La pobre Grace fue llevada a Wisteria Cottage, una casa deshabitada de Greenburgh donde Albert Fish -el hombre que se hacía llamar «Howard»- la estranguló.

Pasaron seis años antes de que alguien volviera a tener noticias de Grace Budd. El 11 de noviembre de 1934 el correo matinal de los Budd contenía una carta que, entre otras cosas, decía lo siguiente:

Querida señora Budd:

Hace algunos años mi amigo, el capitán John Davis, zarpó de California con destino a Hong Kong, China, que por aquel entonces estaba sufriendo los efectos del hambre. Las calles se habían vuelto muy peligrosas para los niños menores de doce años, pues existía la costumbre de matarlos, cortarlos en pedazos y vender la carne como alimento. Antes de partir para Nueva York mi amigo capturó a dos niños -uno tenía seis años y el otro once-, los mató, guisó su carne y se la comió.

Ésa es la razón de que acudiera a su casa el 3 de junio de 1928 y, con el pretexto de acompañarla a una fiesta infantil que iba a dar mi hermana, me llevara a su hija Grace hasta una casa abandonada de Westchester County, Worthington, donde la estrangulé, la corté en pedazos y comí parte de su carne. No me la tiré. Murió siendo virgen.

La carta tuvo un efecto terrible sobre la señora Budd, como es fácil de comprender, y la impulsó a ponerse en contacto con el detective Smith, quien se había encargado de investigar la desaparición de Grace. Una dirección semiborrada en el dorso del sobre permitió que Smith siguiera la pista de Albert Fish, de 66 años de edad, hasta una mísera pensión en la calle Cincuenta y dos de Nueva York, donde fue arrestado el 13 de diciembre. Que tuviera en su poder una colección de recortes de periódico donde se narraban los crímenes de Fritz Haarmann, el ogro de Hannover, acabaría demostrando ser más significativo de lo que parecía a primera vista.

Una vez detenido, Fish firmó seis confesiones referentes al asesinato de Grace Budd. Sus declaraciones no sólo admitían el asesinato. Después de haber estrangulado a la niña le quitó la ropa, le cortó la cabeza con un trinchante y partió su cuerpo en dos con una sierra a la altura del ombligo. Escondió la mayor parte del cadáver en el lugar del crimen y se llevó consigo una cierta cantidad de carne que cocinó de varias formas distintas -«con zanahorias, cebollas y tiras de bacon»-, y que consumió durante el curso de las semanas siguientes.

En el intervalo de tiempo que transcurrió desde su arresto hasta que fue juzgado en el tribunal de White Plains el 12 de marzo de 1935, Albert Fish fue sometido a largos y concienzudos exámenes por el doctor Fredric Wertham, uno de los psiquiatras más eminentes de Norteamérica. El doctor Wertham resumió la personalidad de Fish diciendo que era «uno de los casos de perversión sexual más desarrollados existentes en toda la literatura de la psicología anormal».

Fish le confesó que se sentía obligado a torturar y matar niños, y que solía actuar siguiendo órdenes directas de Dios, cuya voz oía frecuentemente. En cuanto al asesinato de Grace Budd y la posterior canibalización de su carne, Fish afirmó que ese tipo de actos le provocaban un estado de éxtasis sexual muy prolongado. Años después Wertham recordó la estremecedora despreocupación con que Fish describió este proceso: «Era como oír a un ama de casa explicando las recetas de sus platos favoritos. Tenías que recordarte continuamente que estaba hablando de una niña… Acabé convencido de que, fuera cual fuese la definición legal y médica de la cordura, Fish se encontraba más allá de sus límites.»

En el juicio de Fish el doctor Wertham afirmó que «no existe ninguna perversión conocida que no practicara y con frecuencia.» Fish admitió haber cometido actos obscenos con casi un centenar de niños, casi todos habitantes de los ghettos negros de 23 estados desde Nueva York a Montana…. y admitió haber asesinado a quince. Sus perversiones no se limitaban a los daños infligidos en otras personas y abarcaban el causarse dolor a sí mismo. Uno de sus sistemas preferidos era clavarse agujas alrededor de los genitales. Una radiografía tomada en la prisión reveló que tenía 29 agujas en el cuerpo; algunas llevaban tanto tiempo allí que ya habían empezado a oxidarse. En algunas ocasiones había intentado introducirse agujas debajo de las uñas, pero no tardó en tener que renunciar a ello cuando el dolor se hizo insoportable. «Si por lo menos el dolor no fuese tan doloroso … », se lamentó ante Wertham. Fish también describió las emociones que experimentaba al comer sus propios excrementos, y el obsceno placer que le producía introducirse trozos de algodón empapado en alcohol dentro del recto y prenderles fuego. Estaba claro que Albert Fish se hallaba tan desquiciado como el Sombrerero Loco de Alicia, y tampoco cabía duda de que era un chapelier terriblemente peligroso.

Parecía obvio que la defensa de Fish durante el juicio se basaría en alegar locura, y así fue. Pero, pese al testimonio del doctor Wertham y el de los hijos de Fish, quienes contaron haber visto cómo su padre se golpeaba el cuerpo desnudo con tablones claveteados hasta hacer brotar la sangre mientras gritaba «Soy Jesucristo», el jurado opinó que Fish era culpable de «asesinato en primer grado».

Después de su apelación se volvió a discutir si Fish podía ser considerado legalmente loco y el diagnóstico de «psicosis paranoide» presentado por Fredric Wertham fue nuevamente rechazado. Uno de los cuatro psiquiatras llamados para declarar cuerdo a Fish llegó hasta el extremo de emitir la siguiente opinión: «Un hombre podría comer carne humana durante nueve días y, aun así, no padecer psicosis. Los gustos personales son inexplicables…. se trata de algo relacionado con el apetito y la intensidad de su satisfacción, y el individuo puede cometer actos muy repulsivos y, pese a ello, seguir siendo capaz de comprender las cosas y ver lo que le rodea.»

La única esperanza era una apelación directa al gobernador del estado. El doctor Wertham hizo su última y apasionada súplica mientras Albert Fish esperaba en su celda del pasillo de la muerte de Sing Sing: «Este hombre no sólo es incurable e imposible de reformar, sino que no puede ser castigado. Su mente trastornada anhela conocer la silla eléctrica porque la considera como la experiencia definitiva del dolor supremo.»

Nunca sabremos el placer que Albert Fish sacó de su propia ejecución. Lo que sí sabemos es que la gélida mañana del martes 16 de enero de 1936 la perspectiva de ser ejecutado parecía alegrarle bastante: incluso ayudó a ajustar las correas con que le ataron a la silla eléctrica.

Posdata

Posteriormente un miembro del jurado reveló que la mayoría de ellos habían aceptado el hecho de que el prisionero estaba legalmente loco, pero el catálogo de sus crímenes contra la infancia les impresionó de tal forma que acabaron llegando al convencimiento de que Fish merecía ser ejecutado. El doctor Wertham siguió estudiando el telón de fondo de la inestabilidad mental de Albert Fish, y en 1949 publicó sus descubrimientos en el libro titulado The Show of Violence.


Albert Fish

Última actualización: 13 de marzo de 2015

1926. Nueva York. El joven Edward Wood, hijo mayor de una humilde familia, publica un anuncio buscando trabajo, preferiblemente en el campo. Al día siguiente, un tal Frank Howard se presenta en el apartamento de los Wood, en el 406, calle 15 Oeste. Afirma poseer una granja en Farmingdale, Long Island. Está casado, tiene seis hijos y necesita ayuda. Paga un buen adelanto al joven Edward y cuando parece que está todo arreglado, se dirige a los padres del muchacho para preguntarles si puede invitar a Grace, su hija pequeña, a la fiesta de cumpleaños de uno de sus hijos. Asegura a los Wood que traerá de vuelta a la niña antes del anochecer y les deja la dirección (falsa) de su hermana, donde se supone que va a celebrarse la fiesta. Ésa será la última vez que sus padres o nadie, aparte del siniestro Frank Howard, vuelvan a ver con vida a la pequeña Grace Wood.

Casi diez años más tarde, el 11 de noviembre de 1934, la madre de Grace, Delia Wood, recibe una carta que, por decir algo, resulta escalofriante:

«Estimada señora Budd:

»En 1894, un amigo mío servía como marinero de puente en el buque Tacoma con el capitán John Davis. Salieron de San Francisco con destino a Hong Kong. Una vez llegados a puerto, él y dos compañeros bajaron a tierra a emborracharse. A su regreso, el buque había salido ya sin ellos. En esa época, el hambre reinaba en la China. Cualquier clase de carne se vendía entre uno y tres dólares la libra. Los más pobres sufrían tanto que vendían a los carniceros a sus hijos de menos de 12 años para que los despedazaran y revendieran. En cualquier carnicería se podían obtener, así, bistés, costillas y filetes. A la vista del comprador, los cortaban del cuerpo desnudo de una niña o un niño. Las nalgas, que es la parte más tierna, se vendían como ternera y eran el pedazo más caro.

»John se quedó tanto tiempo en Hong Kong que se aficionó a la carne humana. A su regreso a Nueva York, secuestró a dos niños, de 7 y 11 años, que llevó a su casa. Los desnudó, los ató dentro de un armario y quemó sus trajes. Muchas veces, de día y de noche, los apaleaba y torturaba para hacer más tierna su carne. Mató primero al mayor, pues su culo era el más carnoso. Coció y devoró cada parte de su cuerpo excepto la cabeza, los huesos y los intestinos. El niño fue asado en el horno (su culo), cocido, hervido, frito y guisado. El niño menor pasó a su vez por lo mismo. En esa época, yo vivía en el 409 de la calle 100 Este, cerca del lado derecho. John me hablaba tan a menudo de la delicadeza de la carne humana que me decidí a probarla. El domingo 3 de junio de 1928 fui a casa de usted, en el 406 de la calle 15 Oeste. Llevé queso y fresas. Comimos juntos. Grace se sentó sobre mis rodillas para darme un abrazo. Decidí comérmela. Me inventé un cumpleaños y ustedes le dieron permiso para que me acompañara. La llevé a una casa abandonada de Westchester en la que me había fijado. Al llegar, le dije que se quedara fuera. Cogió flores silvestres. En el primer piso, me desvestí completamente para evitar las manchas de sangre. Cuando lo tuve todo listo, me acerqué a la ventana para decirle a Grace que subiera. Me oculté en un armario hasta que llegó. Cuando me vio desnudo se echó a llorar y quiso huir. La alcancé y me amenazó con decírselo todo a su mamá. La desnudé. Se defendió mucho, me mordió y me hizo algunos rasguños. La estrangulé antes de cortarla en pedacitos para llevarme a casa su carne, cocinaría y comérmela. No pueden imaginar cuán tierno y sabroso estaba su culito asado. Tardé nueve días en comérmela por completo. No me la tiré, aunque hubiese podido hacerlo, de haberlo querido. Murió virgen.»

Gracias a esta monstruosa misiva, el detective William King, de la policía de Nueva York, pudo dar los primeros pasos para atrapar a Frank Howard, Cuando lo consiguió, el 13 de diciembre de ese mismo año de 1934, fue para descubrir que el tal Howard se llamaba realmente Albert Fish y era ya un anciano de 64 años de aspecto respetable. Pero tras la fachada de abuelito inofensivo se escondía uno de los más grandes monstruos humanos de todos los tiempos. Un extraño personaje del que se dijo que no existía perversión sexual alguna que no hubiera practicado o probado alguna vez: sadismo, masoquismo, exhibicionismo, voyeurismo, pedofilia, homosexualidad, coprofagia, fetichismo, canibalismo…

A pesar de que en el momento de su detención residía en Nueva York, junto a sus seis hijos de aspecto desnutrido, era un genuino ejemplar del gótico americano más profundo, cuyas siniestras actividades se habían extendido a todo lo largo y ancho del norte y el este de Estados Unidos. Según él mismo confesó: «desde Nueva York a Montana. Y he tenido niños en cada uno de esos Estados».

Imposible saber con exactitud el número de víctimas. El detective King calcula que, sólo en el estado de Nueva York, aparte de la pequeña Grace, había dado muerte al menos a otras cinco niñas: Florence McDonnell, Barbara Wiles, Sadie Burroughs, Yetta Abramowitz y Helen Sterler. De la muerte de esta última sería acusado un vagabundo de color que, a pesar de insistir en su inocencia hasta el último instante, fue ejecutado por el crimen.

Tras la detención de Albert Fish comienza uno de los juicios más largos, complejos y escalofriantes en la historia del estado de Nueva York. A lo largo de las sesiones, Fish, quien tiene sin duda un cierto talento dramático y literario, va desvelando, en gran medida gracias a sus charlas con el psiquiatra de la defensa, el doctor Fredric Wertham, detalles sobre su vida íntima cada vez más y más terribles y escabrosos. Además de sus constantes violaciones y asesinatos, que comienzan en 1890, ha practicado solo o en compañía los actos más repulsivos y prohibidos que puedan imaginarse.

Ante el expectante público del juicio desfilan perversiones y prácticas eróticas y sexuales que muchos de los miembros del jurado ni siquiera hubieran podido imaginar, y que les deben ser explicadas por los psiquiatras durante sus extensas declaraciones. A pesar de haberse casado al menos cuatro veces, sin formalizar nunca el divorcio de su primera esposa, Fish es un homosexual lleno de extraños complejos represivos a causa de su condición. En 1882, a los doce años (y siempre según sus propias declaraciones. Por lo que conviene recordar que Fish, como la mayoría de los psychokillers, es también un mentiroso patológico al que no hay que creer a pies juntillas), mantiene relaciones con un joven telegrafista, que le inicia en los dudosos placeres de la coprofagia y la lluvia dorada.

Entre los juegos que enseña a su numerosa prole durante sus primeros años se incluyen adivinanzas que han de preguntarle: si falla, deben golpearle con un bastón en la espalda. Siempre falla. Otras veces pretende que sus hijos se introduzcan agujas debajo de las uñas, aunque el dolor es tan excesivo que desiste de ello. Siempre juega desnudo o vestido sólo con unos calzoncillos.

Usando numerosos pseudónimos se dedica a enviar cartas obscenas a extraños y conocidos. Son cartas explícitamente pornográficas en las que da salida a su perversa imaginación, o en las que simplemente cuenta anécdotas de su vida diaria que harían temblar a cualquiera. Sus prácticas masoquistas incluyen golpearse el escroto con manojos de rosas llenos de espinas y hundir agujas de marinero en sus órganos sexuales.

El examen médico que realizan en el detenido el 28 de diciembre de 1934, muestra que tiene unas veintisiete agujas introducidas en el escroto y la base del pene, algunas cerca del colon, del recto o de la vejiga, y varias ya herrumbrosas y en proceso de infección. Maníaco religioso, se castiga con latigazos y golpes hasta ensangrentar su rostro y espalda, mientras grita frases de la Biblia o delirios místicos sobre Cristo, el sacrificio de Abraham y el Infierno. Durante las noches de luna llena sufre crisis que sólo calma devorando pedazos de carne cruda y ensangrentada. Su vida es un constante entrar y salir de cárceles e instituciones psiquiátricas, a causa de sus cartas obscenas y de pequeños delitos de robo y estafa. Sin embargo, su historial clínico indica irónicamente que «No está loco ni es peligroso».

Naturalmente, el argumento de la defensa se centra en la locura. Pero ni siquiera todo el empeño de su abogado James Dempsey, ayudado por el doctor Wertham, consigue librarle de la pena de muerte. El propio Fish se niega a que se le califique de loco. Según dice sólo es «un homosexual que no entiende lo que le pasa». Cuando se le notifica que será ejecutado en la silla eléctrica, su comentario inmediato es: «Qué alegría, morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío. El único que todavía no he experimentado.»

Un miembro del jurado confiesa que está convencido de la enfermedad mental del acusado, pero que aun así la monstruosidad de sus actos merece la muerte. Sentado en la silla el 16 de enero de 1936, en la célebre prisión de Sing Sing, todavía queda una última y macabra anécdota para cerrar la vida y obra de Albert Fish: cuando se le aplica la primera corriente el metal de las numerosas agujas introducidas en su cuerpo provoca un cortocircuito. Sólo morirá con una segunda y más potente descarga. He ahí una utilidad para el piercing que a la mayoría no se nos hubiera ocurrido nunca.

La muerte de Albert Fish termina con uno de los casos más extremos de psicopatía sexual conocidos. Y unos años después, termina también con la era dorada del cómic americano. Sí, lo han leído bien. Pero es que en el juicio contra Fish hubo también otro maníaco obsesivo implicado. El psiquiatra de la defensa, doctor Fredric Wertham.

Antes de trazar un breve retrato de este personaje, conviene advertir que no sólo los asesinos locos han sufrido una mutación en el Nuevo Mundo. También los psiquiatras han mutado. Cuando el psicoanálisis llega a los Estados Unidos se convierte en una pseudorreligión, una cura para todo o casi todo, comparable a la Christian Science o a la Dianética. Hollywood, Nueva York, Chicago… las grandes ciudades se llenan de consultorios psiquiátricos y gabinetes de psicoanálisis de visita obligada para todo el que quiera estar a la última. Tener psiquiatra es lo más chic. El cine se hace eco y durante unas décadas abundan las películas de tema psiquiátrico: Marnie, la ladrona de Hitchcock, Freud, pasión secreta de John Huston, De repente el último verano de Joseph Mankiewicz, Niebla en el pasado de Mervyn Le Roy, Secreto tras la puerta de Fritz Lang…

Pero las modalidades de la psiquiatría que más gustan en Norteamérica no son precisamente las de los freudianos ortodoxos. Freud era demasiado complicado. Un judío ateo y acomplejado, que utiliza términos incomprensibles, referencias a otros tipos igualmente complicados (Kant, Schopenhauer…), que duda hasta de la Biblia. Por ello serán algunos de los más díscolos y rebeldes alumnos del maestro quienes triunfen en América.

Alfred Adler basa sus teorías en el complejo de inferioridad como motor de la mayoría (o de todas) las disfunciones del individuo mentalmente enfermo. Socialista, bien pensante y preocupado ante todo por la reinserción del enfermo en la vida laboral, familiar y social «normal», se convierte en uno de los favoritos. Wilhelm Reich, alumno también de Freud, decide que todos los problemas radican en la represión sexual que practica la sociedad tradicional. El sexo es bueno (como el hombre) y sólo se producen perversiones, desviaciones y enfermedades porque se le reprime. En los años sesenta, buena parte de la ideología de la libertad sexual se basará en las obras de Reich, pero para ese entonces, el psiquiatra se halla completamente inmerso en la mística búsqueda, captura y domesticación del «orgón», la misteriosa partícula sexual cuyo nombre proviene del espasmo de placer que provoca el orgasmo, y que se convertirá en el Grial de los reichianos, cura de todas las enfermedades.

Las teorías de Jung, convenientemente simplificadas, serán también de las favoritas entre los americanos. Jung se sentirá durante toda su vida fascinado por los fenómenos paranormales, desarrollando una visión del mundo que, desde el punto de vista psicológico, le permitirá explicar racionalmente estos fenómenos y todo lo relacionado con la experiencia religiosa. De esta manera, se convertiría también en vaca sagrada del movimiento New Age y de los hippies con tendencias esotéricas. El crecimiento frondoso de estas y otras escuelas de psicoanálisis nuevas en el fértil terreno espiritual y social de los Estados Unidos dará también por resultado que los psiquiatras mismos se conviertan en estrellas de su propio Olimpo. Algo que unido a que se les consulte y presente como especialistas y testigos, tanto de la defensa como de la acusación, en todo juicio importante, significa para muchos de ellos la posibilidad de aumentar su prestigio científico en universidades e instituciones, además de aumentar de paso el número de sus pacientes. Y todos sabemos gracias a Woody Allen que sus minutas no son pequeñas.

El juicio contra Albert Fish acabó por convertir al psiquiatra de la defensa, el doctor Fredric Wertham, en toda una superestrella americana. Nacido como Frederick Ignace Wertheimer en 1895 en Austria, el habitual cambio de nombre al más breve y manejable Fredric Wertham indica ya algo de la influencia mutante que ejerce el adoptar la nacionalidad norteamericana (¿habría tenido más predicamento en USA Freud si se hubiera llamado algo así como Ziggy Freud, en vez del áspero Sigmund?). Wertham pasó por muchas de las mejores instituciones universitarias europeas (Wurtsberger, Erlangen y el Kings College de Londres), fue durante veinte años director psiquiátrico del Departamento de Hospitales de Nueva York y fundador de diversas instituciones psiquiátricas, que prestaban especial atención a los enfermos sin dinero y de clase baja, como la Clínica La Fargue de Harlem. Wertham era también divulgador de la psiquiatría y autor de varios best sellers en los que, con un lenguaje sencillo y al alcance de los lectores de clase media, exponía su particular visión de las enfermedades mentales, especialmente de las desviaciones sexuales y del problema de la violencia. Obras como The Show Of Violence, A Sign for Cain: An Explanation of Human Violence y, sobre todo, Dark Legend: A Study in Murder, que fue adaptada al teatro, fueron verdaderos éxitos que contribuyeron a la popularidad de las ideas de Wertham, decidido partidario de la influencia social y ambiental sobre el comportamiento criminal.

Su defensa de Albert Fish durante el juicio aumentó más, si cabe, su predicamento como especialista en el tema. Fue él quien consiguió sacar a Fish sus confesiones más íntimas, que incluían el canibalismo que durante un tiempo se negó a reconocer, y fueron sus declaraciones a la prensa, incluyendo los más macabros detalles, las que dieron al caso su más infame resonancia. Wertham defendió apasionadamente la locura del acusado y, aunque resultara inútil, siempre se mostró convencido de que el lugar para Albert Fish no era ni el corredor de la muerte ni la cárcel, sino una institución psiquiátrica de alta seguridad, en la que pudiera estudiarse su enfermedad. No cabe duda de que durante el fenómeno de transferencia que se da siempre entre psicoanalista y paciente, Wertham acabó por desarrollar un cierto aprecio y respeto por Fish, personalidad compleja y rica para cualquier psiquiatra, capaz de tener rasgos de inteligencia superior junto a ingenuidades claramente infantiloides.

Para Wertham estaba fuera de toda cuestión el hecho de que Fish, como todo enfermo violento de carácter sexual, era una víctima de su entorno, de su infancia y de las influencias externas, incluidas sus aficiones literarias. Por regla general, el psicoanálisis freudiano niega que la personalidad esté programada genéticamente. Pero los freudianos ortodoxos no son tampoco optimistas: para ellos el carácter humano se forma durante los primeros cinco años, en los que atraviesa las diversas formas de erotismo infantil descritas por Freud, durante los que se conformarán sus principales líneas de carácter, consciente e inconscientemente. Sin embargo, para muchas escuelas psicoanalíticas nacidas ya en los Estados Unidos el recurso al complejo de Edipo y, sobre todo, la sexualidad infantil y el predomino de la libido propuestos por Freud resultaban demasiado incómodos, pesimistas y restrictivos.

De esta manera se fue dando preponderancia a la influencia ambiental en el niño, el adolescente y el adulto. Fredric Wertham era uno de los partidarios más encarnizados de esta influencia, especialmente la procedente no sólo del entorno familiar y social, sino de los medios de comunicación: el cine, la prensa, la televisión, el cómic… Lo que hoy llamaríamos los media. En el mismo caso de Albert Fish, junto a una detallada biografía del personaje que recogía todas sus tremendas vivencias familiares y personales, Wertham señalaba la influencia maligna que también habían tenido sobre su personalidad sus gustos literarios: «Uno de los más notorios criminales sexuales de la historia americana -escribiría-, Albert Fish, quien durante años asesinó a unos quince niños y violó o mutiló a cientos otros, coleccionaba literatura sádica y recortes. Eso no le ayudaba, como se suele decir tontamente, a desahogar su agresividad, sino que aumentaba su ímpetu y le proporcionaba ideas.» En efecto, cuando fue detenido, Fish tenía en su habitación, cosa que Wertham no dejaría de notar, varios recortes de prensa sobre el caso de Fritz Haarmann, el ogro de Hannover, y un volumen de Edgar Allan Poe, con el relato El pozo y el péndulo señalado.

La tesis sostenida por Wertham, evidentemente tan simplista o más como aquella que combatía con sus declaraciones, da la sensación de que el hecho de que Albert Fish perdiera a su padre a los cinco años, que tuviera nada menos que once hermanos y se le ingresara en un orfanato en el que la directora del mismo, al parecer, se dedicaba a golpear las nalgas de los niños desnudos, no tiene más relevancia que el de coleccionar recortes sobre asesinos en serie o tener todos los premios de la Sonrisa Vertical en una estantería. El propio Wertham informa de que dos generaciones de la familia Fish habían sufrido serios problemas mentales. Dos de sus tíos mueren internados, uno de ellos víctima de una «psicosis religiosa». Su madre sufre de alucinaciones visuales y auditivas. Es decir, oye voces. De sus hermanos, uno muere de hidrocefalia, otro es alcohólico crónico y una tercera se vuelve loca… Nada de esto sirve -ni servirá nunca, es de temer- para que un psiquiatra partidario del conductismo o de la influencia medioambiental admita la posibilidad de que haya un origen genético en el comportamiento enfermo del asesino en serie, aun cuando sepa que ciertas clases de enfermedad mental son claramente hereditarias.

En 1967 Wertham deja bien clara su posición sobre el tema de la violencia en las películas: «Mis estudios sobre la violencia me han llevado a la conclusión de que la violencia humana no es inevitable; no es un instinto biológico como el sexo o el deseo de bienestar; no es imposible de erradicar de la naturaleza humana o de la sociedad; y puede ser reducido en gran medida e incluso eventualmente abolido. Esto no es una esperanza; es una prognosis.» Vamos a dar al doctor Wertham el beneficio de la duda, y a creer en sus buenas intenciones. Concedámosle -como se le presupone el valor al soldado- que no es consciente del hecho de que sus libros de psicología popular se han convertido en best sellers, entre otras cosas, porque describen perversiones sexuales interminables, casos llenos de detalles escabrosos y crímenes espantosos. Supongamos que su autor cree estar haciendo algo por la sociedad, aportando soluciones prácticas contra las perversiones sexuales, describiéndoselas con todo detalle a sus lectores.

Naturalmente, todo el que haya ojeado libros de divulgación científica, sexual o criminológica en su adolescencia, sabe por qué lo hacía… y sospecha por qué los han comprado sus padres: para ver imágenes prohibidas (miembros sexuales, operaciones médicas, órganos internos, etc.) y leer descripciones de actos no menos prohibidos. Un caso como el de Albert Fish hubiera despertado mucha menos expectación si las declaraciones de Wertham no hubieran contenido cientos de palabras dudosas y sugestivas, además de gráficas descripciones de los crímenes del psicópata. Desafió a muchos autores de novela de horror a que superen las casi pornográficas declaraciones de Fish, recogidas con todo detalle por su psiquiatra durante el juicio. Pero, una vez más, seamos buenos con el doctor Wertham. Porque probablemente fuera un hombre sincero. Y nada más temible que la sinceridad. Sincero era Albert Fish al confesar que era «un homosexual que no entiende lo que le pasa», en lugar de aceptar que era un peligroso demente, cuyos vicios habían costado la vida a quince criaturas inocentes. Murió, como la mayoría de los psychokillers, sin expresar o sentir el más mínimo remordimiento. Ahora veremos cómo su psiquiatra (al que yo diagnosticaría una paranoia, bastante parecida a la que sufren los maníacos de las conspiraciones), un hombre capaz de simpatizar con el diablo, se convirtió en azote de los tebeos. Y cómo, en cierto modo, Albert Fish tuvo la culpa de que terminara la era dorada del cómic americano.

En 1948, Fredric Wertham fue invitado a moderar un simposio sobre la psicopatología de los cómics. Su conclusión como doctor en psiquiatría fue que, después de un estudio de dos años, estaba convencido de que los cómics carecían de sentido moral, glorificaban la violencia y eran sexualmente anormales y agresivos. Literalmente «la lectura de cómics ha sido un factor de influencia distinguible en el caso de todo niño delincuente o perturbado que hayamos estudiado». Uno podría añadir que también era un factor distinguible en todo niño no delincuente ni perturbado que, lógicamente, un doctor no tiene por qué estudiar. Pero no estaba el horno para bollos. Durante meses el peligro que representaban los cómics para la juventud fue explotado al máximo por la prensa general y especializada, citándose constantemente las opiniones de Wertham… cuando no era él mismo el autor del artículo en cuestión. Noticias como «El sheriff del condado de Los Ángeles tiene bajo custodia a un niño de catorce años que ha envenenado a una mujer de cincuenta. La idea de hacerlo y de usar veneno se la dio, según dice, un cómic»; «Unos padres encuentran a su hijo ahorcado en el garaje. A sus pies tenía un cómic cuya portada mostraba a un niño ahorcándose» o «Dos niños, de catorce y quince años, fueron atrapados cometiendo un robo. Los cómics que llevaban les habían inspirado el crimen y enseñado cómo hacerlo», se hicieron habituales. El lector puede hacer el experimento de cambiar el término cómic por el de disco de heavy metal, juego de rol o videojuego de Nintendo y sacar sus propias conclusiones.

Por supuesto, no todo el mundo estaba de acuerdo con las tesis de moda. Frederic M. Thrasher, profesor de educación en la Universidad de Nueva York y miembro del Consejo del fiscal del Estado sobre delincuencia juvenil, contestaría a las tesis de Wertham aduciendo que muchos expertos en criminología «son culpables de una larga serie de erróneos intentos de atribuir el crimen y la delincuencia a algún rasgo humano determinado o alguna condición ambiental. (… ) El error de este tipo más reciente es el del psiquiatra Fredric Wertham, quien proclama en efecto que los cómics son un importante factor causante de la delincuencia juvenil. Esta posición extrema, que no se halla sostenida por ninguna investigación válida, no es sólo contraria a buena parte del pensamiento psiquiátrico corriente, sino que además pasa por alto procedimientos de investigación probados que han desacreditado numerosas teorías monísticas anteriores sobre el origen de la delincuencia. El oscuro retrato que da Wertham de la influencia de los cómics es más forense que científico e ilustra el hábito peligroso de proyectar nuestras frustraciones sociales sobre un rasgo específico de nuestra cultura, que se convierte en una suerte de “cabeza de turco” para nuestra incapacidad de controlar toda la gama de la descomposición social». No se puede decir mejor. Años después, Wertham diría que «nunca dije, ni pienso, que un niño lea un cómic y entonces salga y golpee a su hermana o cometa un atraco». Sin embargo, eso es lo que la mayoría de la gente sacó en conclusión.

En 1954, el doctor Wertham publicaría un nuevo best-seller: Seduction of the Innocent, cuyo título ya lo dice todo. En él, explicaba todas las conclusiones de sus años de investigación sobre «la influencia de los cómics en la juventud actual», arremetía en particular contra los cómics de temática criminal (entre los que incluía a Superman), y más concretamente con los que editaba la E. C. Cómics, fundada por el editor William Gaines.

Susurrarle al oído a un buen aficionado al cómic las siglas E. C. supone despertar una verdadera explosión de entusiasmo. Títulos como Tales from the Crypt, The Haunt of Fear, The Vault of Horror, Weird Fantasy, Crime SuspenStories o Shock SuspenStories están entre lo mejor del arte de la historieta de todos los tiempos y fueron también lo mejor del cómic de los años cincuenta. Referirse a ellos significa hablar de artistas como Jack Davis, Graham Ingels, John Craig, Wallace Wood, Reed Crandall, Joe Orlando, Frank Frazetta o Bernard Krigstein, y de guiones, bien originales de Al Feldstein, bien basados en relatos de Ray Bradbury, Robert Bloch y otros maestros del género. Los primeros números de estos comic-books se cotizan hoy día a precio de coleccionista. Wertham los hizo el blanco perfecto de sus teorías: incluyó en su libro portadas de números concretos de estas y otras publicaciones, a las que no sólo descalificaba por su mal gusto y falta de sentido moral, sino en las que encontraba elementos de terrible influencia desde una interpretación psicoanalítico (cuchillos, hachas, sangre, mujeres semidesnudas, pistolas … ). Miles de lectores, fascinados por las ilustraciones del libro de Wertham, se indignaron. Hasta el Congreso se indignó. El pobre William Gaines se enfrentó a todos… y perdió. Alarmados, los responsables de la industria del cómic se reunieron y crearon el Comics Code, tras fundar la Comics Magazine Association of America en 1954.

El Code se convirtió en un severo mecanismo de autocensura que se concedía el privilegio de excluir de la Asociación y, por tanto, prohibir en la práctica, aquellas revistas que no se atuvieran a sus normas. En lugar de luchar por sus derechos a una libre expresión, la mayoría de los magnates del cómic se acobardaron y cedieron hasta extremos vergonzosos. El Code «sugería» que «ningún cómic puede presentar explícitamente los detalles y métodos por los que se comete un crimen. Las escenas de violencia excesiva deben prohibirse. Las escenas de tortura brutal, un exceso innecesario de cuchillos o pistolas, la agonía física, la sangre y el crimen truculento deben ser eliminados. Ninguna revista de cómic debe utilizar la palabra horror o terror en su título… Las escenas de horror, derramamiento excesivo de sangre y crimen truculento o sangriento, depravación, lujuria, sadismo, masoquismo, no serán permitidas… Escenas que tengan que ver con, o instrumentos asociados a, los muertos vivientes o la tortura no deberán ser usadas». Para Gaines fue la ruina, y también en parte para el resto de los comic-books no estrictamente infantiles o de humor. Un montón de artistas fueron a parar a las filas del paro. Entre 1953 y 1958 las ventas de cómics bajaron en más del cincuenta por ciento.

Como veremos, a pesar de la eficaz labor del doctor Wertham y su cruzada contra la historieta, los asesinos en serie siguieron proliferando alegremente. Algunos leían cómics, otros no. William M. Gaines, prematuramente envejecido, apenas si vivió para recibir el sentido homenaje de todos los aficionados al cómic y al género de terror, cuando sus viejos títulos se convirtieron en una nueva y exitosa serie de televisión, Tales from the Crypt. Pero siempre se le recordará por su apostura cuando el senador Kefauver le preguntó, mostrándole la portada particularmente truculenta del número 22 de Crime SuspenStories, «¿Cree usted que esto es de buen gusto?» y contestó: «Sí, señoría, lo creo. Para la portada de un cómic de terror.» Lo más temible del caso Wertham es que a nivel verdaderamente oficial nunca fue refrendado por nadie. El Comité del Senado que investigó la influencia de los cómics en la delincuencia no llegó a una conclusión claramente condenatoria. Los editoriales de algunas de las publicaciones en las que escribía el propio Wertham contradecían a veces las opiniones de éste, dando las dos versiones del asunto. Pero el deseo del público por encontrar alguien o algo a lo que achacar todo lo que no funcionaba bien, el miedo de los propios editores (como ocurriría con la comunidad cinematográfica en los negros días del maccarthismo), acabaría por conducir a medidas sensoriales, contrarias a la propia Constitución americana y a la libertad de expresión. Wertham no había conseguido librar a Albert Fish de la silla eléctrica, pero su convencimiento de que los crímenes de éste se debían tanto a su colección de literatura sádica y a Edgar Allan Poe como a sus traumas infantiles, hundieron durante años la industria y el arte del cómic en América.


Albert Fish

Última actualización: 13 de marzo de 2015

El lunes día 11 de marzo de 1935, cuando se inicia en Westchester la vista de la causa contra Albert Fish, los espectadores quedan asombrados ante la apariencia apacible de ese anciano al que la prensa llama el Ogro. Rostro demacrado, cabello gris ralo, bigote fino también gris, con lacrimosos ojos azules que rehuyen el contacto con la gente. Su cuerpo, encogido y fatigado, no corresponde a un hombre de 65 años. Es un tipo gris, apagado, banal, que lleva un traje mal cortado color ceniza y una corbata a rayas con el nudo mal hecho alrededor de un cuello descarnado. Todo esto contrasta de manera sobrecogedora con la atrocidad de los crímenes de que le acusa el fiscal en su discurso al comienzo de la vista.

La familia Budd, pobre pero unida, vive en un apartamento de Nueva York. Tiene dos hijos: Grace, de 10 años, y Edward, que está buscando trabajo para el verano, con cuyo fin publica un anuncio el 27 de mayo de 1926: «Joven de 18 años desea trabajar en el campo. Ofertas a Edward Budd, 406, calle 15 Oeste.»

Wisteria Cottage: la casa del horror

Al día siguiente de la publicación del anuncio, se presenta en el domicilio de los Budd un tal Frank Howard. Posee una granja en Farmingdale, en Long Island, está casado y es padre de seis hijos. Cultiva sobre todo hortalizas y conduce él mismo su tractor. Howard contrata a Edward y le entrega un adelanto sobre su salario. Explica a los padres que su hermana organiza una fiesta para el cumpleaños de uno de sus hijos y pide permiso para invitar a la pequeña Grace. «Adoro a los niños», les dice, «y les devolveré a la chiquilla antes de la noche». Los Budd vacilan pero finalmente aceptan, pues Grace tiene pocas ocasiones de divertirse. Para tranquilizarlos, Frank Howard les da la dirección de su hermana, en un edificio de la Columbus Avenue, cerca de la calle 137. Los Budd ignoran que la Columbus Avenue no va más allá de la calle 110.

Cogidos de la mano, Howard y la niña se dirigen a la estación del metro de la calle 14. De camino, el supuesto granjero se detiene en un quiosco de periódicos para recoger un pesado paquete de color marrón atado con cordel. Da las gracias al quiosquero por habérselo guardado y le desliza en la mano una moneda. En la estación Grand Central, el hombre y la niña toman un tren en dirección a Irvington, en el condado de Westchester. Una vez han llegado, y ya en el andén, Grace vuelve a subir al tren a toda prisa y reaparece unos segundos después: «¡Tu paquete! Te habías olvidado el paquete.»

Van a pie por Mountain Road hacia Greenburgh. Al final de la calle, hay una casa apartada de las demás, cercana al bosque. La llaman Wisteria Cottage. El interior huele a moho y Howard ordena a Grace que vaya a jugar afuera mientras él busca a su hermana.

En el primer piso, desde un cuarto con el papel de las paredes medio despegado, mal amueblado con una mesa y dos sillas cojas, «Frank Howard», asomado a una de las ventanas que dan sobre el bosque, observa cómo Grace coge flores. Se desnuda por completo, deshace el paquete marrón y saca de él lo que en su confesión llamará «los instrumentos del infierno». Una pequeña sierra, una cuchilla y un gran cuchillo de carnicero. Desde la ventana, Howard pide a Grace que suba. Más tarde, contará lo que siguió:

Cerré la puerta del cuarto hasta que ella llegara arriba de la escalera. Entonces, abrí la puerta. Al verme completamente desnudo, trató de huir. Quiso bajar la escalera, pero la alcancé. Me dijo que se lo contaría a su madre. Una vez la hube metido en el cuarto, la tendí en el suelo, encima de un pedazo de tela que había preparado. Luego, la estrangulé con las manos. Puse una rodilla sobre su pecho para matarla más de prisa. Le quité la ropa. Entonces, tomé el cuchillo y le corté el cuello. Mientras tanto, había colocado un bote vacío de pintura debajo de su cabeza. Tenía cabellos largos, que absorbieron la sangre. La que quedaba, cayó en el bote, del que me deshice más tarde. Después, corté el cuerpo en tres pedazos, primero la cabeza y luego el tronco, por encima del ombligo.

En el bosque hay lavabos. Estaban limpios y oculté en ellos el par de zapatos blancos y la cabeza cortada. Me aseguré de que si alguien ocupaba el lavabo no pudiera verlos. El tronco y las piernas los metí detrás de la puerta del cuarto del primer piso antes de cerrarla. Hecho esto, me lavé las manos en el jardín (…) Volví allí cuatro días después. El cuerpo comenzaba ya a oler muy mal. Por la ventana, arrojé los dos pedazos que se encontraban todavía en el piso y bajé al jardín para recogerlos y colocarlos cerca de un muro de piedras, detrás de la casa. Pero no los oculté, como tampoco oculté la cabeza, que tenía los cabellos tiesos a causa de la sangre seca, y que coloqué en el mismo lugar. El cuerpo estaba prácticamente reconstruido. Entonces, regresé a mi casa.

La descripción del asesinato de Grace Budd tal como aparece en el informe de la policía firmado por Albert Fish omite ciertos detalles macabros que el anciano contaría luego a su psiquiatra, el doctor Fredric Wertham. Tras desmembrar el cadáver, Fish corta una parte del antebrazo y otros pedazos diversos, envolviéndolos en un pañuelo. Saca del bolsillo algodón, que impregna en gasolina contenida en un frasco, de la que se usa para los encendedores. Y, de inmediato, inclinándose hacia adelante, se hunde el algodón en el ano antes de prenderle fuego con una cerilla.

Bajo los efectos del dolor, «Frank Howard» se pone a bailar y a bramar de modo incoherente mientras el olor de carne quemada se mezcla al olor dulzón de la sangre derramada. Y entonces tiene un orgasmo y eyacula.

A la mañana siguiente, de regreso a Nueva York, se dirige a una tienda para comprar un kilo de cebollas, perejil, zanahorias y un kilo y medio de patatas. En su cocina, vacía sobre una mesa el contenido del pañuelo y corta en cuatro partes el pedazo de antebrazo, echándolas a una cazuela con agua en la que coloca las verduras sazonadas con un cubito.

Durante nueve días, devora diversas partes del cuerpo de Grace Budd. A veces, corta nuevos pedazos de carne. Para variar el menú, cuece en el horno, con tocino, tiras de piel arrancadas de las nalgas. Confesará a su psiquiatra que estas comidas le ponen en un estado de orgasmo permanente, hasta el punto de que sueña con ellas por la noche. Revive el momento del crimen, cuando se quemó el ano: «¡El dolor es magnífico! ¡Ojalá no hiciera daño!»

La investigación se atasca

Pese a la tenacidad del detective William King, la investigación no da resultado alguno durante años. Nadie comprende por qué secuestraron a Grace Budd, pues su familia tiene ingresos demasiado modestos para obtener de ella un rescate y, además, no se ha pedido ninguno. De vez en cuando, la prensa remueve el caso debido a la oleada de secuestros que sumerge al país. La indignación de los ciudadanos alcanza su punto culminante con el secuestro del bebé de Charles Lindbergh el 1 de marzo de 1932.

La policía interroga a sospechosos y se pierde en innumerables pistas falsas. El 11 de noviembre de 1934, más de seis años después del secuestro de Grace, el caso reaparece. La madre de la niña, Delia Budd, recibe esta carta:

Estimada señora Budd:

En 1894, un amigo mío servía como marinero de puente en el buque Tacoma con el capitán John Davis. Salieron de San Francisco con destino a Hong Kong. Una vez llegados a puerto, él y dos compañeros bajaron a tierra a emborracharse. A su regreso, el buque había salido ya, sin ellos. En esa época, el hambre reinaba en la China. Cualquier clase de carne se vendía entre uno y tres dólares la libra. Los más pobres sufrían tanto que vendían a los carniceros a sus hijos de menos de 12 años para que los despedazaran y revendieran. En cualquier carnicería se podían obtener, así, bistés, costillitas y filetes. A la vista del comprador, los cortaban del cuerpo desnudo de una niña o un niño. Las nalgas, que es la parte más tierna, se vendían como ternera y eran el pedazo más caro.

John se quedó tanto tiempo en Hong Kong que se aficionó a la carne humana. A su regreso a Nueva York, secuestró a dos niños, de 7 y 11 años, que llevó a su casa. Los desnudó, los ató dentro de un armario y quemó sus trajes. Muchas veces, de día y de noche, los apaleaba y torturaba para hacer más tierna su carne. Mató primero al mayor, pues su culo era el más carnoso. Coció y devoró cada parte de su cuerpo excepto la cabeza, los huesos y los intestinos. El niño fue asado en el horno (su culo), cocido, hervido, frito y guisado. El niño menor pasó a su vez por lo mismo. En esa época, yo vivía en el 409 de la calle 100 Este, cerca del lado derecho. John me hablaba tan a menudo de la delicadeza de la carne humana que me decidí a probarla.

El domingo 3 de junio de 1928 fui a casa de usted, en el 406 de la calle 15 Oeste. Llevé queso y fresas. Comimos juntos. Grace se sentó sobre mis rodillas para darme un abrazo. Decidí comérmela. Me inventé un cumpleaños y ustedes le dieron permiso para que me acompañara. La llevé a una casa abandonada de Westchester en la que me había fijado. Al llegar, le dije que se quedara fuera. Cogió flores silvestres. En el primer piso, me desvestí completamente para evitar las manchas de sangre. Cuando lo tuve todo listo, me acerqué a la ventana para decirle a Grace que subiera. Me oculté en un armario hasta que llegó. Cuando me vio desnudo se echó a llorar y quiso huir. La alcancé y me amenazó con decírselo todo a su mamá. La desnudé. Se defendió mucho, me mordió y me hizo algunos rasguños. La estrangulé antes de cortarla en pedacitos para llevarme a casa su carne, cocinarla y comérmela. No pueden imaginar cuán tierno y sabroso estaba su culito asado. Tardé nueve días en comérmela por completo. No me la tiré, aunque hubiese podido hacerlo, de haberlo querido. Murió virgen.

Esta carta, o, mejor dicho, su sobre, dio una pista. El membrete estaba tachado burdamente y el detective William King pudo descifrar la dirección de la Asociación Benévola de Chóferes Privados de Nueva York, en el 627 de la Lexington Avenue. Desgraciadamente, ninguno de los miembros de la Asociación conocía a un tal Frank Howard ni a nadie que se pareciera a su descripción física.

«Siempre tuve el deseo de infligir dolor»

El detective William King convoca a todos los miembros de la asociación. Un joven, Sicowski, portero voluntario, reconoce haber sustraído, seis meses antes, algunos sobres y papel membretado para llevárselos a su casa, en el 622 de la Lexington Avenue. En esta dirección, nadie conoce a «Frank Howard». King interroga otra vez al joven: cuando el robo de sobres vivía en un cuarto amueblado del 200 de la calle 52 Este. Sicowski se acuerda de otro detalle: al mudarse, dejó los sobres en un estante. Examinando el registro de los inquilinos, la policía constata que la habitación fue alquilada a un anciano cuya descripción corresponde a la de «Frank Howard», pero que firmó con el nombre de Albert H. Fish. Mas Fish se ha mudado hace poco, el 11 de noviembre, fecha en la cual la señora Delia Budd recibió la carta. Pese a todo, King conserva un destello de esperanza, pues Fish ha dicho a la propietaria del inmueble que esperaba de su hijo un cheque de 25 dólares y que pasaría a recogerlo. Al detective King sólo le queda esperar. Ayudado por varios colegas, monta la vigilancia en una habitación del 200 de la calle 52 Este. El 4 de diciembre, un inspector del servicio de correos les avisa que ha llegado al centro de distribución postal una carta dirigida a Albert Fish.

El 13 de diciembre de 1934, un anciano se presenta a recoger su cheque. William King lo detiene. Al ver al detective, Fish le amenaza con una hoja de afeitar, pero King desdeña con un gesto esta arma risible. La detención pone término a más de seis años de investigaciones, pero el policía se contenta con decirle: «Por fin te he cogido. »

Casi inmediatamente, Albert Fish reconoce que es «Frank Howard», autor del asesinato de Grace Budd. Pero su confesión no se limita a esto, pues el caso Budd revela una existencia consagrada al asesinato y a las perversiones más insensatas.

Nacido en 1870, Albert Howard Fish pierde a su padre de una crisis cardíaca sufrida en la estación de Pennsylvania. El niño tiene cinco años. Su madre se pone a trabajar para sostener a sus doce hijos. Albert ingresa en el orfelinato St. John’s Refuge, donde pronto se convierte en un niño inestable y nervioso. Se orina en la cama, devora sin cesar y se fuga a menudo. Según informa el doctor Fredric Wertham, en dos generaciones siete miembros de la familia Fish han sufrido perturbaciones mentales. Dos de sus tíos mueren en hospitales psiquiátricos, uno de ellos aquejado de una «psicosis religiosa». La madre de Albert oye voces por la calle y tiene alucinaciones visuales. Uno de sus hermanos menores, considerado «pobre de espíritu», muere de hidrocefalia. Otro hermano es alcohólico y una de sus hermanas se hunde en la demencia. Terminada su escolaridad difícil, Albert no logra ningún empleo cualificado. Todavía adolescente, es mozo de una droguería y aprendiz de pintor de brocha gorda. Este oficio de pintor o decorador le servirá de pretexto para satisfacer sus perversiones con impunidad, pues el «disfraz», agregado a su apariencia tan banal, le hace casi invisible a los ojos de los posibles testigos.

A los cinco años, Albert recibe numerosas nalgadas de la directora del orfelinato, que para darlas hace desnudar a los niños. Esto causa tanto placer a Albert que se las arregla para que lo castiguen lo más frecuentemente posible. Le encanta también asistir a los castigos de los demás. Los otros huérfanos se burlan de él, pues las flagelaciones le provocan siempre una erección. Como la institución es coeducacional, las conversaciones se refieren a menudo al sexo, y Albert se inicia rápidamente en la masturbación y otros juegos sexuales más perversos. Sus camaradas y él tienen un día la idea de prender fuego a la cola de un caballo, que habían embebido antes de gasolina. Este incidente marca mucho al niño, que al salir del orfelinato a la edad de siete años se siente ya atraído por el sadomasoquismo: «Siempre tuve el deseo de infligir dolor a los demás y que los demás me hagan sufrir. Toda mi vida he adorado lo que causa dolor.»

De regreso a casa de su madre, que ha obtenido un empleo del gobierno, Albert Fish sufre una grave caída al trepar a un árbol. Le quedan vértigos, jaquecas y un tenaz tartamudeo. Continúa orinándose en la cama y sus camaradas de clase se mofan de él. Es en esa época cuando cambia de nombre y Hamilton se convierte en Albert para evitar el apodo burlón de Ham and Eggs (jamón con huevos). Uno de sus hermanos mayores, Walter, enrolado en la marina, enseña a Albert dibujos de desnudos de hombres y mujeres y le cuenta sus aventuras con los caníbales. Subyugado, Albert obliga a su hermano mitómano a repetirle constantemente estos relatos, en los que sueña de noche. Sigue en los periódicos la sección de crímenes y recorta los artículos con más detalles. Cuando William King lo detiene por el asesinato de Grace Budd encuentra en su casa una colección de recortes de prensa sobre Fritz Haarmann, el carnicero de Hannover, un asesino en serie caníbal. Descubre también las Historias extraordinarias de Edgar Allan Poe, con las páginas del cuento El pozo y el péndulo muy gastadas a fuerza de leídas: son el largo relato de un suplicio…

En 1882, Albert conoce a un joven telegrafista que le excita contándole sus aventuras sexuales en los burdeles. Mantienen una relación homosexual. Su amante inicia a Albert en otras prácticas, haciéndole beber su orina o comer sus excrementos. Cuando se instala en Nueva York, en 1890, Albert se convierte en un prostituto varón y pasa los fines de semana frecuentando los baños públicos o las piscinas para mirar a los niños. Es en esta época cuando viola a su primer muchachito, mientras que su primer asesinato data de 1910, en Wilmington, donde mata a un homosexual. En 1898, al acompañar a uno de sus amantes a un museo de cera, le fascina un cuadro médico que muestra la bisección de un pene. Vuelve varias veces y se queda largas horas contemplando ese pene «cortado en dos».

Correspondencia obscena

En su informe psiquiátrico, el doctor Wertham da la lista de las perversiones sexuales de Albert Fish: sadismo, masoquismo, flagelación activa y pasiva, autocastración y castración de los demás, exhibicionismo, «voyeurismo», pinchazos, pedofilia, homosexualidad, coprofagia, fetichismo, canibalismo e hiperhedonismo. En 1898, Fish se casa con una muchacha de diecinueve años, que le da seis hijos y lo abandona al cabo de veinte años de matrimonio. No se toma la molestia de divorciarse y vuelve a casarse ilegalmente tres veces. Fish se ocupa siempre de sus hijos, a los que educa solo, aunque a veces pasa por períodos de penuria financiera. En el momento de su detención no tiene empleo y el detective William King se apiada de los hijos de Fish de poca edad, visiblemente desnutridos, y les da un dólar para que vayan a comprarse algo de comida. Fish adora también a sus cinco nietos, pero este amor está marcado, como siempre en él, por un aspecto perverso, como lo atestigua una carta dirigida a la pequeña Mary Nichols:

Mi muy querida y adorada Mary, la muy amada de Papá:

He recibido tu adorable carta. Quise contestarte hace tiempo, pero entre las radios, mi abogado y el médico, he estado muy ocupado. Además, ya sabes que tengo 65 años y que mi vista no es tan buena como antes. ¡De modo que mi pequeña adorada tendrá 18 años el día 28! Me gustaría estar presente, pues sabes muy bien lo que te daría. Esperaría a que estuvieras acostada en tu cama para ir a darte dieciocho nalgadas en tu culo desnudo (… ) Mary querida, dentro de unos días recibiré un cheque del gobierno. En cuanto lo tenga, te enviaré 20 dólares. No puedo comprarte un reloj, pero de este modo lo escogerás tú misma. Espero que tu querida madre, a la que adoro y a la que sigo queriendo, vaya bien.

Me cuentas que asistes a grandes partidos. Aquí, en Nueva York, los hay constantemente. En los institutos y en la YMCA tienen grandes piscinas. Si un hombre o un joven quiere echarse en una de ellas ha de desvestirse completamente para nadar desnudo. Una de las más grandes de los Estados Unidos se encuentra en la YMCA de la Octava Avenida y la calle 57 Oeste. A veces, hay más de doscientos hombres y muchachos, todos completamente desnudos. Cualquiera puede ir a verlos por 25 centavos. Y tú sabes muy bien, mi querida adorada, que a la mayoría de las muchachas les gusta mirar a un chico desnudo. Sobre todo, a los chicos mayores. ¿Sabes, querida Mary, lo que hacen las chicas para asistir al espectáculo? Pues muchas de ellas se peinan como hombres, se visten con trajes de sus hermanos y se ponen una gorra. Muy a menudo, un muchacho sale del agua para acercarse a una chica disfrazada de hombre. Está tan cerca que ella puede tocar su cuerpo desnudo. La mayoría de los hombres y los muchachos saben que las chicas los miran, pero no les importa.

Ándate con mucho cuidado cuando salgas, sobre todo si hay nieve. No te olvides de ponerte tus botas de goma. Me enojaré, mi pequeña querida, si no me escribes pronto otra de tus adorables cartas. Si me haces esperar demasiado, iré a verte para darte una buena nalgada, y ya adivinas dónde.

La defensa cita a Mary Nichols como testigo. Durante el juicio, cuenta los juegos a los que su padre adoptivo sometía a sus hermanos y hermanas y a ella misma:

«Yo tenía entonces doce años y nos hacía jugar a adivinar números. Se desvestía completamente, dejándose sólo unos calzoncillos marrones. Luego, se ponía a cuatro patas en el centro de la habitación. Nos daba un bastón y debíamos sentarnos sobre su espalda. Con los dedos, debíamos enseñar una cifra entre uno y diez, y si él no la adivinaba, como ocurría siempre, le golpeábamos con el bastón tantas veces como la cifra que no adivinó. (…) Mamá estaba casi siempre presente en estos juegos. Duraban cosa de una hora, todas las noches (…) A otro juego lo llamábamos El saco de Patatas. Él llevaba también únicamente calzoncillos. Nos hacía encaramamos hasta sus hombros y luego deslizamos por la espalda arañándole con las uñas. Cuando terminaba el juego, tenía la espalda completamente roja. Una vez quiso que jugáramos a lo mismo pero metiéndonos agujas debajo de las uñas; nos dolía demasiado y lo dejamos. (…) Llegada la noche y terminados los juegos, iba al lavabo a recoger el rollo de papel higiénico. Luego, le prendía fuego en el centro de una habitación. Y esto lo hacía todas las noches.»

Otro miembro de la familia precisó que el viejo durmió varias noches seguidas enrollado en una alfombra del salón. Cuando le preguntaron por qué lo hacía les contestó que el apóstol san Juan se lo había ordenado.

Recorriendo los anuncios por palabras de los periódicos o de las agencias matrimoniales, Fish escribe un número considerable de cartas obscenas empleando diversos seudónimos; los más frecuentes son Frank Howard, Robert Hayden, Thomas A. Sprage y John W. Pell. Se presenta a menudo como productor de películas de Hollywood. Algunas de estas cartas se conservan en los archivos del condado de Westchester. He aquí algunos fragmentos, entre muchos otros:

Me gustaría que pudiera verme en este momento. Estoy sentado en una silla, desnudo. El dolor se sitúa en mi espalda, justo encima de mis posaderas. Cuando usted me desnude podrá admirar una forma perfecta. Querida miel de mi corazón, estoy saboreando ya su deliciosa orina, su deliciosa caca. Tendrá que hacer pipí en un vaso, que beberé delante de usted hasta la última gota. Dígame cuándo querrá pasar a mayores. La tenderé sobre mis rodillas para levantarle las faldas, bajar sus bragas y colocar mi boca contra su grueso y delicioso culo de miel, a fin de tragar su manteca de cacahuete tan pronto como surja, fresca y caliente a la vez. Así es como lo hacen, allí, en Hollywood. (1929)

*****

Mi hijo único, Bobby, quedó inválido a la edad de nueve años a causa de un ataque de parálisis infantil. Es necesario darle latigazos regularmente por su propio bien, con un látigo de cuero de nueve tiras. Pero le aseguro que no hace pipí ni caca en la cama ni se lo hace encima. Le dirá cuándo ha de ir al lavabo, ya sea para el número 1, ya para el número 2. Para el número 1 hay que desabrocharle el pantalón y sacar su pequeño mono. Para el culo, basta con desabrochar tres botones en el fondo de su pantalón. Así se gana tiempo y se evita tener que desvestirlo por completo. Es cómodo cuando hay que darle nalgadas (…) El doctor afirma que tres o cuatro nalgadas muy firmes en su culo desnudo le convienen, pues es bien entrado en carnes en ese lugar. Esto le ayudará mucho. Contésteme que no vacilará en utilizar un bastón o un látigo cuando sea necesario. (1930)

*****

Mi muy querida y deliciosa hijita Grace:

Acabo de recibir tu carta, en la que me llamas querido Robert. Querida miel de mi corazón, me has capturado. Soy tu esclavo y todo cuanto poseo es tuyo. Polla, huevos, culo y todo el dinero que quieras. Si fueras mi deliciosa esposa no tendrías miedo de mí. Oh, hija de mi corazón, cómo te adoraría, y de qué manera. Abrazos-besos-nalgadas, y luego BESARTE allí donde te he dado nalgadas. Tu delicioso-grueso-culo-magnífico (…) ¡Ya no necesitarás papel higiénico para limpiarte tu delicioso culo tan espléndido, pues lo tragaré todo y luego lameré tu delicioso culo hasta que lo haya limpiado con mi lengua!

ROBERT HAYDEN (9 de noviembre de 1934)

*****

Estimada señora:

Soy viudo, con tres hijos varones de 13, 15 y 19 años, que deseo poner a pensión hasta que los dos más jóvenes hayan acabado la escuela. Quiero buena alimentación, camas limpias y que les laven la ropa. Prefiero una viuda que tenga una hija bastante mayor para que la ayude. Henry y John me han causado bastantes problemas por hacer novillos. Su directora, la señorita Bruce, me ha dicho que si hubiesen sido sus propios hijos les habría dado ella misma tres buenas nalgadas a cada uno todos los días durante un mes, con un suplemento para John con el látigo de nueve tiras antes de acostarse. Él es el peor. No tengo tiempo para hacerlo yo mismo y, además, creo que dar latigazos a los niños es un trabajo para mujeres. Deseo una mujer maternal, que pueda y quiera asumir toda la responsabilidad con esos muchachos. Que se haga obedecer y, cuando no quieran bajarse los pantalones, los castigue en consecuencia con una buena nalgada. Que no vacile en dejar marcas sobre su piel y, cuando crea que es necesario, no dude en utilizar el látigo.

Robert es retrasado mental a causa de una caída. Aunque se acerca a los 20 años y es fuerte y robusto resulta más fácil darle latigazos o nalgadas que a Henry, quien da patadas de mulo cuando lo castigan así. Quiero una mujer que pueda dar latigazos a uno o a los tres a la vez, si es necesario. Nuestro propio médico afirma que si a Robert no le dan de latigazos cuando se pone caprichoso podría muy bien perder la cabeza. Por esto también hay que darle nalgadas.

En este momento, Bobby se encuentra en Filadelfia, y una mujer negra, a la que conozco desde hace veinticinco años, se ocupa de él. Tiene una hija de 17 años, y las dos mujeres lo castigan enormemente. Henry y John están en Upper Darby, en Pennsylvania, y dos hermanas, todavía jóvenes, se ocupan de ellos. Dirigen entre las dos una pensión para chicas y chicos de menos de 17 años. Son muy severas y cualquier chico o chica que no obedece recibe una nalgada de castigo delante de toda la clase. John es un muchacho muy desarrollado para su edad y le avergüenza tener que bajarse los pantalones y recibir una nalgada delante de todas las chicas. Quiero un lugar donde puedan estar juntos. Estoy dispuesto a pagar 35 dólares para los tres y por semana, con un suplemento de 15 dólares cuando yo esté presente. Pero si los toma usted a su cargo, deberá asegurarme que empleará el bastón y el látigo. Deseo una mujer que no se sienta avergonzada cuando desnude a Robert, a Henry o a John. De modo que, si le interesa a usted, indíqueme cómo se llega por carretera a su establecimiento.

A. H. FISH (21 de noviembre de 1934)

Veintisiete agujas en el cuerpo

Como masoquista que es, Fish se inflige diversos castigos. Se restrega en el escroto rosas con sus espinas y luego se come los pétalos de las flores. El más espectacular de estos actos de «picador» consiste en hundir agujas de marinero en diversos lugares de su cuerpo y en particular alrededor de la pelvis y de los órganos genitales. Después de su detención, un examen con rayos X efectuado el 28 de diciembre de 1934 hizo aparecer veintisiete de esas agujas, algunas de las cuales estaban enterradas en su carne desde hacía años. Varias se hallan en zonas muy peligrosas para la salud de Fish, cerca del corazón, del recto o de la vejiga. Uno de sus hijos indicó, durante la vista de la causa, que descubrió agujas ocultas entre las páginas de un volumen de cuentos de Edgar Allan Poe, al comienzo de Las aventuras de Arturo Gordon Pym.

En 1922, contando ya 52 años, Albert Fish sufre alucinaciones religiosas. A veces, se pasea gritando: «Soy Cristo», y trata de purgarse de sus pecados automutilándose o practicando sacrificios humanos.

«Feliz quien toma a sus hijitos para romperles el cráneo con piedras», grita. Y explica: «Escuchaba voces que me decían estas cosas y, cuando no las comprendía todas, trataba de interpretarlas con mis lecturas de la Biblia. Bendito sea el hombre que corrige a su hijo a latigazos, pues será recompensado. Tenía esa idea del sacrificio humano, que me venía de Abraham ofreciendo su hijo Isaac. Siempre supe que debería ofrecer uno de mis hijos en sacrificio para purificarme a los ojos de Dios de las abominaciones y los pecados que he cometido. Tenía visiones de cuerpos torturados en cualquier lugar del Infierno.»

La familia Fish adivinaba algunas de las perversiones sexuales del anciano. Su hijo mayor, Albert junior, de 30 años, testificó al respecto durante el proceso. En 1929, al volver al apartamento que compartía con su padre en la calle 74, hizo un extraño descubrimiento debajo del fregadero de la cocina. Su pie dio con una pagaya o remo corto, burdamente tallado, de unos sesenta centímetros de largo, que termina en clavos cuyas puntas sobresalen. Examinando el objeto más de cerca, descubre que está manchado de sangre, y habla de ello con su padre. Éste se niega a contestarle, pero ante la insistencia de su hijo acaba confesando: «Lo empleo en mí mismo. De vez en cuando siento un impulso irresistible y, cada vez, tengo que deshacerme de él torturándome con esta pagaya. »

Los dos hombres no vuelven a tratar nunca más del tema, pero un día de 1934, Albert junior sorprende a su padre en plena acción. Completamente desnudo, el anciano está de pie en el centro de su cuarto, con los porticones de las ventanas cerrados. Con una mano se masturba y con la otra se golpea la espalda con esa pagaya con clavos. A cada golpe, grita de dolor, con el rostro cubierto de sudor, y la sangre se desliza por sus nalgas.

Otra parte del testimonio de Albert Fish junior causa tal sensación que los periodistas dan al anciano el apodo de Maníaco de la Luna (Moon Maniac). A veces, en noches de luna llena, Albert padre siente un deseo irresistible de comer carne cruda y, según su hijo, entonces «su cara enrojece terriblemente, lo cual es muy extraño, pues no ha salido en todo el día. La expresión de sus ojos da la impresión de que ha visto algo que le causa miedo. Como si alguien lo persiguiera».

Albert Fish fue oficialmente detenido ocho veces, entre 1902 y 1933. La primera vez por una tentativa de estafa. Otra vez, por haber metido la mano en la caja del almacén donde trabajaba. Por dar cheques sin fondos lo condenan algunas veces, pero dejan siempre la sentencia en suspenso. Sus cartas obscenas le valen una sentencia de noventa días de cárcel. Lo internan tres veces en hospitales psiquiátricos, en uno de los cuales entra en 1930, más de dos años después del asesinato de Grace Budd. Lo dejan salir al cabo de un mes, con la indicación en su historial clínico de que: «No está loco ni es peligroso; personalidad psicopática, de carácter sexual.» Seis meses después de salir del hospital de Bellevue, la policía lo vuelve a detener por haber enviado cartas obscenas a la directora de una escuela privada. Cuando la policía registra su apartamento descubre ocultas debajo de su colchón, otras cartas, un látigo de nueve tiras, una zanahoria y una salchicha de Frankfurt podrida que desprende un hedor nauseabundo acentuado por el calor de ese día de verano de 1931. Al observar de cerca la salchicha y la zanahoria, uno de los policías constata que están cubiertas de materia fecal. Asqueado, interroga a Fish. «Me las meto en el culo», contesta, burlón, el anciano. Todo esto le vale diez días de hospital psiquiátrico.

«Por lo menos, cien víctimas»

Cuando el doctor Wertham le pregunta a cuántos niños atacó. Albert Fish contesta: «Por lo menos, cien.» Como en el caso de Jeffrey Dahmer, el caníbal de Milwaukee, la mayoría de las víctimas de Fish proceden de las capas más pobres de la población, sobre todo de entre los niños negros, pues, según él, las autoridades se preocupan poco por su desaparición. Varias veces paga los servicios de una niña negra a la que da cinco dólares cada vez que le lleva un niño. Según dice, ha estado en veintitrés Estados diferentes, «desde Nueva York a Montana. Y he tenido a niños en cada uno de esos Estados». A veces, debe salir precipitadamente de un lugar, «porque comenzaban a circular rumores sobre la desaparición de niños». Le interrogan, incluso, varias veces, pero nunca sospechan realmente de él debido a su «aspecto tan inofensivo».

Después de su detención y de su confesión sobre el asesinato de Grace Budd, reconoce que ha cometido otros crímenes, pero no da datos sobre su naturaleza ni los nombres de las víctimas. El detective William King sospecha que, sólo en el Estado de Nueva York, ha cometido el asesinato de cinco niñas en Brooklyn y en el Bronx: Florence McDonnell, Barbara Wiles, Sadie Burroughs y Helen Sterler. La quinta, Yetta Abramowitz, de once años de edad, fue violada, estrangulada y apuñalada en el tejado de un inmueble. El presunto asesino de Helen Sterler, un vagabundo negro llamado Lloyd Price, había sido detenido, condenado a muerte y ejecutado pese a sus afirmaciones de inocencia. La policía comienza a creer que Fish fue el verdadero autor de este crimen. El juez que instruye su proceso estima que Fish mató entre dieciséis y cien víctimas, aproximación que aprueba el detective King. El doctor Wertham, por su parte, piensa que el número de niños asesinados por su paciente debe cifrarse en varios centenares, tal vez hasta cuatrocientos, lo cual le convertiría en el criminal más prolífico de todos los tiempos.

Mientras se prepara su juicio, Fish escribe una carta a su abogado, James Dempsey, en la cual confiesa que el 11 de febrero de 1917 mató a Billy Gaffney, de 4 años de edad:

Hay un basurero público en Astoria, en la avenida Riker, en el cual se arrojan muchas cosas desde hace años. Éste era mi plan. Entonces, hace ya años, vivía yo en el 228 de la calle 81 Este, en el último piso. Supongamos que le confieso que (aquí falta un verbo en la carta) al pequeño Gaffney. Del mismo modo que a la niña B. Esto no cambiaría nada, puesto que ya me acusan de este crimen. Debo reconocer, sin embargo, que el conductor de tranvía que me identificó en compañía de un niño, tiene razón. Puedo decirle que en aquel momento iba en busca de un lugar satisfactorio para llevar a cabo mi trabajo.

Me dirigí, pues, al basurero de la avenida Riker. No lejos del lugar a donde lo llevé se distingue una casa aislada. Había pintado esta casa, por encargo de su propietario, algunos años antes. Es chatarrero. He olvidado su nombre, pero puede preguntárselo a mi hijo Henry, que le compró un coche. El padre de ese hombre vive en la casa. Gene, John y Henry me ayudaron a pintar la vivienda. En aquella época estaban aparcados a lo largo de la carretera unos cuantos viejos automóviles.

Allí llevé al niño y lo desnudé antes de reducirlo a la impotencia, atándolo de pies y manos y amordazándole con un trapo viejo que encontré por allá. Luego quemé sus ropas, arrojé sus zapatos a un contenedor de basura y regresé a mi casa en tranvía hasta la calle 59. Eran las dos de la madrugada e hice a pie el resto del camino.

Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, me llevé mis instrumentos y un látigo. Hecho en casa. Con un mango corto. Había cortado en dos uno de mis cinturones y, luego, cada mitad en seis tiras de unos veinte centímetros de largo.

Di latigazos a su culo desnudo hasta que la sangre le resbaló por las piernas. Le corté las orejas y la nariz, ensanché la boca de una oreja a la otra y le saqué los ojos de las órbitas. Para entonces, ya estaba muerto. Hundí el cuchillo en su vientre y acerqué la boca para beber su sangre.

Recogí cuatro sacos viejos y unas piedras. Luego, lo desmembré. Me había llevado unas tenazas que me sirvieron para cortarle la nariz, las orejas y algunos pedazos del vientre. A continuación le corté el tronco por encima del ombligo. Después, las piernas, a unos cinco centímetros por debajo de su trasero. Le corté la cabeza, los pies, los brazos, las manos y otra vez las piernas pero por debajo de las rodillas.

Lo puse todo en los sacos, con las piedras, cerrándolos con cuerdas antes de arrojarlos a los estanques que se ven a lo largo del camino que va a North Beach. El agua tiene allí una profundidad de un metro y medio. Se hundieron en seguida.

Volví a casa llevándome la carne. Tenía la parte delantera del cuerpo, con mis pedazos preferidos. Su pajarito, sus riñones y un delicioso culito bien redondo para asarlo en el horno y devorarlo. Preparé un estofado con sus orejas, la nariz, pedazos de la cara y del vientre. Puse cebollas, zanahorias, nabos, apio, sal y pimienta. Estaba bueno.

Luego, corté las nalgas en dos, lo mismo que su pajarito y su escroto, y los lavé. Los puse en el horno y encendí. Sobre cada nalga puse tiras de tocino, así como cuatro cebollas que pelé. Al cabo de un cuarto de hora añadí medio litro de agua para la salsa, antes de meter las cebollas. Con frecuencia vertí la salsa sobre las nalgas con una cuchara de madera para que la carne fuera mejor y más tierna.

Al cabo de unas dos horas, las nalgas estaban bien cocidas, bien asadas. Nunca comí un pavo asado que estuviera ni la mitad de bueno que aquel delicioso culito. Acabé de comérmelo todo en cuatro días. Su pajarito estaba excelente, pero su escroto era demasiado duro, no conseguí masticarlo y lo arrojé al retrete.

Puede entregar esta carta a mis hijos y, si es necesario, hacerme declarar sobre ella.

Podría contar los detalles como si hablara del tiempo que hace.

El lugar que he descrito es ideal para un acto de esta naturaleza. Si habla de esto con algunos periodistas, digales que Dios me ha ordenado que me purgue de este pecado y que me entregue a su Misericordia. Llévelos a ese basurero. Se pondrán como locos. ¡Qué noticia sensacional! Gene, John y Henry, que trabajaron conmigo en esa casa, pueden confirmar lo que le digo. ¿O bien cree usted que debería llamar al padre Mallet de Iglesia de Gracia Pentecostal, de White Plains, y confesarme con él? Después, puede usted decirlo todo.

Escríbame para indicarme lo que usted quiere que yo haga. Si eso puede ayudarle a usted, pida por el director de la prisión, Casey, o por el doctor (síntomas de envenenamiento debidos al plomo), Celda 1-B-14, llamada de urgencia, a las siete de la tarde.

Mientras me encontraba en la Comisaría de policía, los días 13-14 de diciembre, todavía no había confesado nada a nadie. Cuando el detective F. W. King salió de la sala de interrogatorios, el sargento Fitzgerald me golpeó duramente en el vientre mientras estaba sentado. Puedo enseñárselo durante el juicio. Me dijo: aunque seas un viejo, si no confiesas te llevo abajo conmigo y probaras la porra. Quisiera que usted le atacase por mí.

Pida al policía King que le dé mi pagaya de tortura. Él la tiene. Demostrará mi estado de ánimo. Una tabla con clavos que sobresalen.

«Me gustaba oírles gritar de dolor»

Fish explica en detalle al doctor Wertham cómo se las arregla para atraer a sus pequeñas víctimas a los sótanos de las casas en las que pinta, ofreciéndoles golosinas o calderilla. Las reduce a la impotencia atándolas antes de violarlas y golpearlas. Algunas veces, las tortura varios días seguidos antes de matarlas y desmembrar sus cadáveres. A veces las amordaza, pero prefiere no hacerlo, pues «me gustaba oírles gritar de dolor». Una de las peores atrocidades cometidas por Fish tiene lugar en Saint Louis. Allí conoce a Kedden, un vagabundo de 19 años, guapo pero algo retrasado mental.

Viajaba a bordo de un tren de mercancías procedente del Sur que transportaba plátanos. En su vagón había cinco negros con él, y pasaron todo el tiempo divirtiéndose con toda clase de actividades sexuales, sobre todo la felación y la homosexualidad.

Lo conocí y me lo llevé a casa. Estaba cubierto de mugre. Le afeité todos los pelos del cuerpo, hasta los del pubis. Durante dos o tres semanas, hicimos toda clase de actos sádicos y masoquistas. Me daba latigazos y hacíamos juegos eróticos: el padre y el hijo, el profesor y su discípulo. Se me orinaba encima y yo bebía sus orines o comía sus excrementos, y luego le obligaba a que él también me lo hiciera.

Nuestros juegos se volvieron más sádicos. Le corté varias veces las nalgas para beber su sangre. Un día, lo até a una silla y lo puse en erección antes de empezar a cortarle el pene con unas tijeras, pero cambié de opinión. El muchacho parecía sufrir tanto que no pude soportar su mirada de dolor. Le vendé el miembro herido y, después de dejar diez dólares sobre la cama, huí a otra ciudad.

Condenado a muerte

El 22 de marzo, el jurado, tras cuatro horas de deliberación, dio su veredicto: pese a las evidentes pruebas de su locura, condenó a muerte a Albert Fish. La reacción de Fish estuvo a la altura de su personaje:

Qué alegría, morir en la silla eléctrica. Será el último escalofrío. El único que todavía no he experimentado. (Después, tras un momento de vacilación.) Pero no ha sido un buen veredicto. Ya sabe usted que no estoy realmente bien de la cabeza. Y mis pobres hijos ¿qué harán sin que yo pueda guiarles?

Pese a una última tentativa del doctor Fredric Wertham y del abogado James Dempsey, se confirma como fecha de la ejecución el 16 de enero de 1936 en la prisión de Sing Sing. Fish pide, como última comida, pollo asado, que le sirven sin huesos para evitar que intente suicidarse. En efecto, unos meses antes, Fish se había cortado las muñecas con el hueso de una costilla de res. A las once de la noche, Fish se sienta en la silla eléctrica. Ayuda a los guardias a colocarle los electrodos en las piernas afeitadas. Entrega a uno de sus abogados unos papeles. El abogado se negará a comunicar a la prensa el contenido de los mismos: «Nunca enseñaré a nadie ese texto. Es el más increíble montón de obscenidades que haya leído en mi vida.»

A las once y nueve minutos se conecta la corriente para el condenado a muerte más viejo de Sing Sing. La primera descarga no funciona. Un periodista neoyorkino, que está presente, cuenta que nubes de humo rodean la cabeza de Fish. Al parecer, las veintisiete agujas contenidas en su cuerpo han causado un ligero cortocircuito. La segunda descarga manda a Fish al otro mundo.

Ha muerto uno de los mayores pervertidos de la historia del crimen. Se lleva con él su secreto: realmente, ¿a cuántas personas había asesinado?

 


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