El envenenamiento de Comesaña

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El envenenamiento de Comesaña

El crimen de Comesaña

  • Clasificación: ¿Parricidio?
  • Características: Móvil económico/pasional
  • Número de víctimas: 1
  • Periodo de actividad: 18 de noviembre de 1903
  • Perfil de las víctimas: Agustín Alonso Acuña, padre y esposo de las acusadas
  • Método de matar: Envenenamiento con arsénico
  • Localización: Comesaña, Pontevedra, España
  • Estado: Teresa Álvarez Hermida (esposa de la víctima), Dolores Alonso Álvarez (hija) y Belarmino Pérez López (amante de laprimera y después esposo de la segunda), fueron juzgados en Vigo el 8 de noviembre de 1905 y absueltos.
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El envenamiento de Comesaña: Triángulo amoroso y asesinato en Comesaña

Carlos Fernández

Actualizado 31 de julio de 2017

El arsénico es un elemento químico de la familia del fósforo, sólido, de color gris metálico, peso específico 5,73 y peso atómico 74,93. Se volatiliza sin fundirse a 3000 grados centígrados. Se emplea en aleaciones, particularmente con el plomo en la fabricación de perdigones. El arsénico, en dosis terapéuticas, sirve para combatir enfermedades de la piel. También aumenta la producción celular y estimula el crecimiento. Se usan combinaciones arseniales contra las anemias, como bactericida con la espiroqueta de la sífilis, las fiebres recurrentes y el paludismo, contra los tumores de la piel y en odontología para provocar la necrobiosis del nervio.

En regiones como la Estiria austríaca, los campesinos lo toman en dosis crecientes, pues se produce la habituación del organismo.

Aunque el metal puro no es tóxico, el arsénico produce en contacto con el aire una sustancia altamente venenosa: el ácido arsénico, cuerpo sólido, blanco o transparente, fácilmente pulverizable y que puede confundirse con la sal, el azúcar o la harina. Tomado en poca cantidad no tiene ningún sabor, se puede mezclar con los alimentos y pasa desapercibido. De ahí que sea una de las soluciones preferidas por los criminales para el envenenamiento de sus víctimas.

Pero hay más motivos para esta utilización, pues el arsénico y sus derivados son fáciles de encontrar en el comercio, ya que se fabrican con ellos numerosos productos de uso corriente, como colorantes, insecticidas, jabones.

El envenenamiento por arsénico no siempre produce síntomas claros para que el diagnóstico sea seguro. Muchos médicos prestigiosos se han engañado al respecto. Si se ha tomado de una sola vez gran cantidad de ácido arsenioso se pueden producir violentos trastornos digestivos, renales, cardíacos y nerviosos, aunque ello dependa siempre de la constitución del paciente. La intoxicación crónica, bien de tipo profesional –pintores, ebanistas…– o bien criminal, puede conducir a la muerte de la víctima, pero a través de un cuadro clínico más difícil de interpretar.

Entre los casos históricos más célebres de envenenamiento por arsénico figura el de un joven panadero de Saint Dennis (Francia) en 1881, el cual, para vengarse de su dueño, que le había humillado, echó arsénico en la levadura y el pan resultante llevó a la muerte a cerca de 300 personas.

También en Lewannik, afueras de Lanceston (Inglaterra), falleció el 4 de noviembre de 1930 Alice Thomas, después de haber tomado un bocadillo de salmón que supuestamente contenía arsénico.

Todo había comenzado unos días antes cuando el matrimonio Thomas, con la señora Hearn y la hermana de esta, entraron en el Little John’s Café, de Bole, para tomar el té. La señora Hearn llevaba una bolsa con unos «deliciosos» bocadillos de salmón –era, además, su especialidad– y una tarta de chocolate. Durante el retorno a casa, Alice enfermó con violentos vómitos. La metieron en cama y llamaron a los médicos. Mejoró algo, pero días después, tras penosa agonía, fallecía. En la autopsia efectuada en el hospital de Plymouth dictaminaron muerte por envenenamiento con arsénico. Días después, apareció muerta Betsie, hermana de la señora Heam, también envenenada por arsénico. Detenida aquélla, se celebró el juicio en junio de 1931. Pero el abogado defensor demostró que con los 14,3 granos de arsénico que tenía el cuerpo de la víctima, tanto el pan como el salmón se hubiesen coloreado inmediatamente, siendo fácilmente detectables, y ello no ocurrió, según los testigos del caso, por lo cual el arsénico no había sido puesto en los bocadillos y la señora Hearn fue absuelta.

Última mujer ejecutada

Un crimen por envenenamiento que alcanzó gran notoriedad en la España de los años cincuenta tuvo por marco Valencia y por protagonista a la criada Pilar Prades Expósito, quien en febrero de 1957 envenenó a una compañera suya y a dos señoras a las que servía, una de las cuales falleció. Pilar Prades sería la última mujer ejecutada en España. Tuvo que llevarla a rastras la Guardia Civil hasta el garrote, pues se resistió enormemente, tanto que el propio verdugo no quería ejecutarla.

Más célebre que estos envenenamientos, pero en grado de hipótesis, es la muerte de Napoleón en la isla de Santa Helena. En 1962, el médico sueco Sten Forshtvod expuso su teoría de que el militar francés había fallecido a causa de una ingestión lenta y continuada de sales de arsénico y antimonio, siendo la hemorragia que causó su muerte producida por la corrosión de la mucosa gástrica a consecuencia de los tóxicos en vez de por la úlcera de estómago. El veneno le había sido suministrado por su ayudante Montholon, agente secreto de Luis XVIII.

Uno de los más famosos crímenes por arsénico de la historia de Galicia, aunque la ley acabase no reconociendo a los culpables, tuvo lugar a principios del siglo XX en Comesaña, inmediaciones de Vigo. Sus protagonistas formaban inicialmente un triángulo amoroso: marido-esposa-amante, que al final se convirtió en cuadrado, pues entró en la historia la hija del matrimonio que se casó con el amante y principal sospechoso del envenenamiento.

Teresa Álvarez Hermida, vecina de Comesaña, tenía cuarenta y muchos años, de carnes enjutas, morena, de gran belleza en su juventud y que fiel al «quien tuvo retuvo», estaba todavía de «buen ver». Emigrante su marido en la Argentina, se había quedado en el pueblo con su hija Dolores. Tanto la madre como la hija habían sido seducidas por un joven amante, Belarmino Pérez López, de 28 años, bajo de estatura, delgado, moreno, de gestos vivos y carácter simpático. A decir de la policía que lo detendría, era «un aldeano muy avispado».

Todavía más simpática era Dolores Alonso Álvarez, la hija de doña Teresa, de 23 años, aspecto dulce, pálida de tez y no por enfermedad sino por su vida casera. De grandes ojos y voz muy apagada, era muy querida en el pueblo.

Agustín Alonso Acuña, vecino también de Comesaña, se había casado en 1880 con Teresa y, deseoso de hacer fortuna, emigró años después a Argentina, radicándose en Buenos Aires y trabajando con bueno suerte económica empezó de sacristán y acabó de administrativo en una casa de negocios. Se escribía regularmente con su familia y su deseo, como el de casi todos los emigrantes, era ahorrar lo suficiente para poder retornar a sus lares.

Y como dicen los fatalistas, lo que tenía que pasar pasó. Durante la ausencia de Agustín de Comesaña, Teresa entró en relaciones con Belarmino, prolongando aquellas a su hija Lolita.

Las relaciones no sólo fueron amorosas, sino comerciales, pues Teresa vendió a Belarmino, según escritura pública de fecha 4 de mayo de 1902, unas fincas de su propiedad, entre ellas una casa de planta baja y piso alto, por el precio total de 500 pesetas, cantidad que Teresa confesó haber recibido antes del comprador, contrayendo además deudas para el sostenimiento de varios pleitos.

No se sabe si el marido de Teresa sospechaba algo, bien por advertencia de vecinos de Comesaña o por intuición, pero el caso es que Agustín llamó a su mujer y a su hija a la Argentina, tomando en Vigo un vapor de pasaje y en tercera clase llegaron a Buenos Aires, en donde pasarían año y medio.

Agustín deseaba volver a Comesaña y comenzó a liquidar su fortuna que, aun no siendo importante, era digna de consideración en aquel tiempo, pues llegaba a 25.000 pesetas en oro. Todo liquidado, embarcaron para España.

El matrimonio Alonso y su hija llegan a Vigo el 4 de noviembre de 1903. La primera sorpresa, para el marido naturalmente, es que les está esperando en el muelle el joven Belarmino, «un chico muy servicial», dijo doña Teresa a su marido.

Vuelta la familia a Comesaña, Teresa, Belarmino y Lolita deciden eliminar a Agustín, pero no con violencia física, sino envenenándole lentamente con arsénico, que han oído no deja huellas –o muy pocas– en el cuerpo, muerte que atribuirían a la úlcera de estómago que Agustín contrajo en Argentina y que «no supo curar a tiempo».

La muerte de Agustín

Dicho y hecho. El triángulo criminal comenzó a actuar. Día a día suministraban arsénico a Agustín, principalmente en la leche, pues el hombre tenía una laringitis crónica que le impedía tragar bien y tomaba mayormente alimentos líquidos. Agustín comenzó a sentirse mal, con trastornos gástricos y molestias en la garganta. Su esposa le decía que eso era debido a una enfermedad que había contraído en Argentina cuando estuvo en el Hospital Alemán, a causa de medicinas en mal estado.

Llamaron a un médico, que, junto con D. Manuel Borrajo, le asistió durante los últimos días. Diagnosticaron úlcera de estómago, agravada por las dolencias de laringe, que la tenía tan llagada y le impedía casi tragar. «Mucha leche le hace falta, es lo mejor», le dijeron. Y Teresa asentía, pues era la leche la mejor acompañante del arsénico. Agustín fallece en medio de grandes dolores el 18 de noviembre, tan sólo dos semanas después de haber desembarcado en Vigo.

Teresa y Lola se ponen, como era habitual, de luto riguroso e intentan distraer la atención del pueblo con grandes muestras de dolor, así como apercibiendo a Belarmino que no se deje ver mucho por casa. Sin embargo, la gente comienza a acusar: «O Agustín morreu envenenado». Y, ya se sabe, vox populi, vox Dei. La Guardia Civil informa y el juez de instrucción se persona en Comesaña y manda practicar la autopsia al cadáver.

El informe de los médicos que la efectúan no parece muy claro acerca de la causa determinante de la gastritis con congestión observada en el cadáver, y el juez decide remitir las vísceras al Laboratorio Central de Medicina de Madrid.

Transcurrido cierto tiempo, el jefe del laboratorio emite el informe. En él se expresa con seguridad que de las operaciones practicadas resulta comprobado que en las vísceras había arsénico, pudiéndose atribuir la muerte a la ingestión de dicha sustancia. En vista de ello, el juez decreta auto de procesamiento contra Teresa Álvarez, Belarmino Pérez y Dolores Alonso Álvarez. Estos dos últimos, en una original maniobra, habían contraído matrimonio y pronto dio sus frutos, encontrándose Lolita en estado de gestación.

El juez consideraba que los hechos eran constitutivos de un delito de parricidio y otro de asesinato, castigado el primero en el artículo 417 y el segundo en el 17, número 3, del Código Penal y que en ellos habían tenido parte los tres procesados, concurriendo asimismo la agravante de premeditación.

En las conclusiones provisionales, el ministerio fiscal pedía la pena de muerte para los tres procesados. Se encarga de la defensa de estos el conocido abogado Sr. Landín.

Antes de celebrarse el juicio, Dolores Alonso Álvarez daría a luz dos hermosos gemelos, lo cual, en reflejo muy tradicional, comenzó a motivar compasión en la gente, sobre todo si se pensaba que la joven madre podía acabar agarrotada. La ley siguió su curso inexorable y el juicio se fija en Vigo para el 8 de noviembre de 1905.

Es presidente del Tribunal de la Audiencia Provincial de Pontevedra, José Bermúdez de Castro, al que acompañan los magistrados Antonio de Nicolás y Alfredo Souto. Representa al ministerio fiscal Adolfo Riaza y ejerce la defensa el Sr. Landín.

La expectación es grande y la sala está abarrotada de público. Como motivo de color, los dos niños gemelos de la joven procesada, que esta mantiene en brazos, comienzan a llorar desaforadamente. Parte del público aconseja: «Quieren que se les dé de mamar»; otra parte del público señala: «Tienen hambre». El presidente de la Sala, muy nervioso ante el griterío originado, decide que una mujer se encargue del mantenimiento de las criaturitas mientras duren las sesiones. La mujer, aunque de aspecto fiero, no consigue que los gemelos dejen de llorar. Tras la lectura de las conclusiones provisionales comienza el desfile de los acusados para el consiguiente interrogatorio.

Dice Teresa Álvarez que se había casado con Agustín Alonso Acuña siete años antes de que éste se hubiese marchado a América, donde estaría catorce años desempeñando diversos oficios: sacristán, operario de una fábrica en donde perdió tres dedos de una mano, repartidor y empleado administrativo de una casa de negocios.

Añade Teresa que entre ella y el Belarmino nunca existieron relaciones amorosas, sino solamente las normales «entre dos buenos vecinos» –murmullo entre el público que tiene que acallar el presidente a campanillazos–, relaciones que se estrecharon al cortejar aquél a su hija Dolores.

Enfermedades secretas

Llamada por su marido, se fue a la Argentina con su hija y allí los médicos aconsejarían al hombre la vuelta a España, por lo que vendieron todos los bienes y se vinieron, llegando a Vigo el 4 de noviembre de 1903. Dice Teresa que cuando llegaron a Vigo, hacía ya cuatro años que Agustín venía padeciendo «enfermedades secretas», que le tenían la garganta negra y llagada, no permitiéndole casi tragar y así continuó enfermo y grave hasta el día 18 de noviembre en que ocurrió su fallecimiento.

Manifiesta que dos días después de llegar a Comesaña mandó aviso al médico, quien le asistió hasta el día de su muerte, lo mismo que D. Manuel Borrajo. Niega que se pusiese a observar lo que hacían ni decían los médicos en presencia de su marido, ni que hubiese huido al ver que aquellos reparaban en ella. Desmiente el rumor de haber comisionado a nadie para ofrecer 500 pesetas a cambio de que no se practicase la autopsia del cadáver de Agustín.

«Eso –dice Teresa– lo hablamos yo y mi cuñado. ¡Después de haber sufrido tantos martirios aún iba a causárselos a su muerte!»

Afirma Teresa que cuando oyó decir que su marido había muerto envenenado sospechó de todo el mundo, incluso de un tal Eduardo, empleado en el Hospital Alemán de Buenos Aires, quien había dado a Agustín una medicina con la cual empeoró notablemente. Desmiente que pueda atribuírsela las especies lanzadas por el público respecto del fallecimiento de su padre y de un tal Costa, quienes, según dice, fallecieron de muerte natural. También niega que haya maltratado a su madre, la cual «era una santa».

Habla de la «leyenda negra» que le han echado encima algunas cotillas de Comesaña, especialmente su cuñada, Generosa Carreira, quien siempre la odió a muerte.

–A pesar de todo cuanto declara –le pregunta el fiscal–, ¿es cierto que usted mantuvo relaciones ilícitas con Belarmino durante cuatro o cinco años, que le enajenó fincas y bienes y que al regresar a España, para que su marido no se enterase concibió usted el propósito de deshacerse de él, dándole arsénico en pequeñas dosis?

–Si yo quisiese hacer una de esas cosas –replicó ella– no precisaba de eso. Donde estaba, en América, no había ni cura ni justicia, y allí podía haberle matado. Mi marido estaba enterado de esas ventas porque en América se sabe todo lo que pasa en España. ¡Buenos parientes tenía mi marido para que no se lo escribiesen!

–El público de Comesaña –añade Teresa– me acusó por indicios de Generosa de haber envenenado a Juan Álvarez y al padre de la declarante; pero reconocidos los vómitos resultó falso.

Afirma Teresa que antes de llegar las vísceras de Madrid estuvo en libertad con los demás procesados siete meses, consultándose con abogados y procuradores y esperando tranquilos el día del juicio. Dijo que el cura de Comesaña, Generosa y otros fueron en comisión a Pontevedra a pedir que se trasladase el juicio a Vigo por haber allí una opinión desfavorable.

Comparece a continuación Belarmino Pérez, en quien se observan muestras de haber estado llorando profusamente. Manifiesta muy convencido:

–Dios sabe bien que soy inocente.

Añade que sostuvo durante tres o cuatro años relaciones con Dolores.

–¿Quién le avisó –pregunta el fiscal– de que habían llegado a Vigo?

–Me llegó una carta antes y después me avisaron.

Dice que después del regreso de Agustín no estaba siempre en casa, sino que fue a ella de visita y que se quedó tres noches sentado en una silla, arrimado a una mesa.

–¿Participó de la empanada?

–Sí, y el que la trajo.

–¿Estaba usted cuando el desayuno?

–No.

Manifiesta Belarmino que Agustín vino enfermo, pero que le daba vergüenza decirlo a sus amigos. Niega que sostuviese relaciones con Teresa y que se pusiese de acuerdo con ella para envenenar a Agustín y deshacerse de él. Dice que Teresa, no satisfecha con que un solo médico tratase a su marido, llamó enseguida a otro. Confirma que Teresa le había pedido dinero y que al marchar a la Argentina ella le ofreció la venta en 500 pesetas para ahorrar derechos reales. Dice Belarmino, con semblante triste, que todo cuanto se le imputa es una burda calumnia de las cotillas de Comesaña.

Seguidamente, y en medio de una gran expectación, comparece Dolores Alonso Álvarez.

Dice que su difunto padre fue quien inició el pensamiento de volver a España por consecuencia de la enfermedad que le aquejaba la garganta. Añade que esta misma enfermedad le retuvo bastante tiempo en el Hospital Alemán de Buenos Aires y luego en su casa. Sostiene Dolores que es completamente infundado que entre su madre y Belarmino existiesen relaciones amorosas ilícitas.

Su padre se alimentaba únicamente de leche desde que regresó de la Argentina, siendo ella quien se la servía cuando no estaba su madre en casa. Niega, también, que tuviese la menor noticia de que entre esta y Belarmino se hubiese fraguado el proyecto de envenenar a Agustín, poniéndolo en su conocimiento para los efectos de propinarle el veneno en la leche.

Coincide con los demás procesados en que todo este proceso es fruto de la maledicencia de algunos vecinos de Comesaña, empezando por sus propios familiares que siempre les tuvieron envidia.

La declaración del cura de Comesaña

Era esperada con gran expectación la declaración del cura de Comesaña. Dijo que cuando llegó Agustín Alonso al pueblo le manifestó que se había sentido mal hasta después de entrar en su casa. Le preguntó entonces qué había tomado desde su desembarco en Vigo para sentirse tan mal y pronto sospechó el sacerdote que Agustín estaba siendo envenenado.

–¿Y en qué fundaba usted sus sospechas? –le pregunta el fiscal.

–En que Agustín, cuando marchó, dio poder a su esposa y tenía un capital muy mal repartido. Por eso le pregunté qué tomaba.

Añade el sacerdote que la creencia de que Agustín había muerto envenenado era unánime no sólo en Comesaña sino en las parroquias limítrofes.

–¿A qué obedecía esa opinión?

–Porque se decía que Teresa Álvarez había hecho lo mismo con su padre.

Dice el párroco que el padre de Teresa era un hombre excelente que gozaba además de buena salud. Días antes de morir fue a verle a su casa y le dijo que se moría de unos vómitos y que le parecía que le estaban sacando las entrañas con unas tenazas. Recuerda, además, los rumores que circularon en cuanto a la muerte de Domingo Costa, anciano tullido que vivía con Teresa, en favor de la cual hizo testamento. No le consta, sin embargo, al sacerdote, que existiesen relaciones ilícitas entre Teresa y Belarmino.

Comparecieron también a declarar Benito Alonso y Generosa Carreira, hermano el primero y hermanastro la segunda del fallecido Agustín. Sostienen ambos los cargos contra Teresa, que los mira con ojos de ira. Dicen, asimismo, que no es la primera muerte por envenenamiento en la que anda liada, pues, como ya dijo el párroco, está la de su propio padre y la del anciano Domingo Costa. Teresa no se puede contener más y grita: «¡Mentira! ¡Mentira!», lo que motiva el apercibimiento del presidente de la Sala.

Las declaraciones importantes después fueron las prestadas por el médico Manuel Borrajo, que asistió en consulta al fallecido, y la del coadjutor de la parroquia de Comesaña, José Alonso, quien aportó algunos datos que no constaban en el sumario.

La declaración del coadjutor fue contraria totalmente a Teresa Álvarez, quien, al ser careada con dicho sacerdote, le increpó duramente diciéndole: «No es Dios quien está con usted, sino el Diablo».

A continuación, tiene lugar la prueba pericial. Comparecen los facultativos Tomás González y Juan Domínguez Femández, que habían practicado la autopsia al cadáver de Agustín. El Sr. González dice que se observó la existencia de una mancha que puede presentarse en varias gastritis y que por olvido involuntario dejaron de consignar en su primer informe. El defensor, Sr. Landín, solicita que se dé lectura al informe del Laboratorio Central de Madrid. Resulta que aquel centro comprobó la existencia de arsénico en las vísceras de Agustín en cantidad suficiente para producir la muerte.

–Después de oír la lectura de ese informe –dice el defensor–, ¿siguen ustedes afirmando que el veneno fue lo que produjo la muerte?

El fiscal preguntó a continuación al doctor Fernández si además de la gastritis había encontrado en el enfermo vestigios sifilíticos.

El médico dijo que no apreció síntomas ni de esa ni de otra dolencia. Recuerda sólo que el paciente le dijo que la había sufrido, pero que estaba totalmente curado, como era verdad. Añade que sospechando que la dolencia de Agustín fuese producida por intoxicación, le recetó algunos evacuantes.

Basó sus sospechas en que había asistido en la misma casa a otro enfermo, Domingo Costas, que presentaba los mismos síntomas. No asistió el doctor al padre de Teresa, pero oyó decir que había muerto envenenado y que antes mostrara deseos de modificar el testamento en que dejaba mejorada a su hija. Señal de que al salir de ver al enfermo, al pie de la ventana del primer piso, comunicó sus sospechas a su colega, Sr. Borrajo.

Dice que este levantó entonces la cabeza y vio que Teresa se retiraba rápidamente de la ventana en donde había estado escuchando todo lo que hablaban.

–¿Fueron muy acentuadas las sospechas de ustedes acerca del envenenamiento?

–Sí lo fueron.

–¿Y cómo no corrieron ustedes entonces a decírselo al juez que encontrasen?

Añade el doctor que no compareció al ser citado para declarar ante la Audiencia en Pontevedra por hallarse enfermo de gripe.

Intervenciones del fiscal y de la defensa

Los informes presentados por los señores Riaza y Landín son muy elocuentes, en el estilo retórico habitual de la época, y seguidos con gran expectación por el público, que, ya en tercera sesión, sigue abarrotando la Sala.

Dice el fiscal que es un caso claro, no sólo de envenenamiento, sino de perversidad.

–Es una conducta, diríamos que diabólica, de las dos mujeres que acuden a Buenos Aires, ayudan a la víctima a la venta de sus bienes y la traen cuan manso cordero al matadero. La muerte lenta, en medio de atroces dolores, revuelve al espectador más templado. Y detrás de estas dos mujeres, el espíritu perverso de Belarmino, a quien le da igual el amor de la madre que el de la hija, que ve, además, como a su pasión carnal se añade la pasión económica.

–Señores del jurado –continúa diciendo–, los informes del prestigioso Laboratorio Central de Medicina de Madrid lo prueban. La víctima murió envenenada por arsénico. Aquí no hay el in dubio pro reo. Aquí hay tres culpables bien claros y definidos sobre los que debe caer todo el peso de la ley.

Por el contrario, el abogado defensor, Sr. Landín, dice que no hay pruebas, tan solo indicios.

–Si es cierto, aunque discutible, el informe del Laboratorio Central de Madrid en el que se detectó arsénico en las vísceras de la víctima, nada indica que quien se lo haya suministrado hayan sido los acusados y sobre todo que fuese intencionadamente.

–El fiscal –remarca el Sr. Landín– dice que en este juicio no se produce el in dubio pro reo. Yo creo que sí y le voy a responder, además, con otra máxima jurídica, no menos importante sobre todo cuando está en juego la vida de tres personas, que son cinco si contamos a las dos infelices criaturas hijas de una de aquellas. Y esta máxima, señores, es: el que acusa debe de presentar las pruebas, y no al revés como pretende el Sr. fiscal.

–La vida, señores del jurado, es un bien preciado, demasiado para que nos arriesguemos a jugarlo cual si fuese una tómbola de feria. Y no se puede condenar a muerte a varias personas si no hay pruebas concluyentes de que aquellas han cometido el hecho del que se les acusa. Y aquí, repito, no hay pruebas concluyentes, pues frente a las del Laboratorio Central hay las de otros, como los médicos que realizaron la autopsia, que no han logrado descubrir restos suficientes de arsénico en las vísceras de la víctima. Y mientras esta duda subsista, sí que existe el in dubio pro reo y el «quien acusa, presenta las pruebas». Yo, por lo tanto, pido la libre absolución de mis patrocinados.

En medio de una gran expectación, el fiscal acaba retirando la acusación contra Belarmino y su esposa Dolores, aunque la mantiene contra Teresa Álvarez, acusándola de parricidio. Se someten al veredicto del Jurado Popular cinco preguntas, siendo dos de ellas diferenciadas respecto a la culpabilidad o no del matrimonio y otra individualizando el crimen en la persona de la madre.

Tras retirarse el Jurado a deliberar, acto que efectúa en sólo cuarenta y cinco minutos, se da lectura al resultado siendo las cinco respuestas de absoluta inculpabilidad.

En consecuencia, el Tribunal de Derecho dicta sentencia absolutoria a favor de los tres acusados, que se abrazan efusivamente. Buen síntoma es también el que los dos hijos gemelos de Dolores, que se habían pasado berreando la mayor parte de las sesiones, dejasen de hacerlo tras la lectura del fallo.

El público, que en su mayoría había temido que se aplicase la pena de muerte contra alguno de los procesados, acogió la sentencia con muestras de aprobación. No así el sector de familiares de la víctima, que increpa a Teresa Álvarez, llamándola «bruja» y otras cosas peores.

A pesar del veredicto absolutorio, la duda seguiría planeando sobre la familia y el suceso siempre fue considerado como «el crimen de Comesaña» o «el envenenamiento de Comesaña».

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