El cuadruple crimen de Valle de Oro

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El cuadruple crimen de Valle de Oro

El crimen de Santa Cruz do Valadouro

  • Clasificación: Asesinato en masa
  • Características: Móvil económico
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 22 de noviembre de 1888
  • Fecha de detención: Unos días después del asesinato
  • Perfil de las víctimas: Don Manuel Neira, 78 años, párroco de Santa Cruz del Valle de Oro, y sus criados: Luisa García, 66 años; su hermano, Jesús García López, 48 años, y la sobrina de estos, María Josefa Gasalla García, 22 años
  • Método de matar: Asfixia mecánica
  • Localización: Valle de Oro, Lugo, España
  • Estado: El 1 de abril de 1889 son condenados a muerte Manuel Logilde, Ramón Seivane, José García, Ramón Seco, Antonio Fernández y José Lindín. pena confirmada por el Tribunal Supremo. Manuel Logilde fue agarrotado en Mondoñedo unos días más tarde; el resto de condenados vio su pena conmutada por cadena perpetua (30 años) por la reina regente María Cristina, que cumplieron en el penal de Ceuta
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Carlos Fernández

15 de julio de 2017

El cuadruple crimen de Valle de Oro: Un cura y sus tres criados, brutalmente asesinados en Valle de Oro

Santa Cruz pertenece al ayuntamiento de Ferreira en Valle de Oro. «¿Se llamó el risueño Valle de Oro, “Vega de Louro” en lo antiguo, como afirman algunos escritores?», se pregunta Amor Meilán en su Geografía General del Reino de Galicia. «Si así fue -añade- hay que convenir en que no exageraron los que tal nombre le dieron.»

«Esplendorosamente feraz, mágicamente risueño, dulcemente amoroso como bálsamo divino para los espíritus atormentados en la lucha cotidiana, el Valle de Oro, más extenso que el de Lorenzana, pues tiene unas tres leguas de ancho por una de largo, acabó por dar nombre al municipio que confina al norte con los de Vivero, Cervo, Jove y Foz; al este, con los de Foz y Alfoz; al sur, con el de Abadín, y al oeste, con los de Muras y Orol en el partido de Vivero.»

El lugar de nuestra historia, Santa Cruz, es una de las sedes de las ocho parroquias que forman el término municipal y que pertenecen al arciprestazgo de Mondoñedo. Santa Cruz pertenece al ayuntamiento de Ferreira, que dista 22 kilómetros de Mondoñedo y 88 de Lugo. Está unida con Mondoñedo y Vivero por la carretera que enlaza estos dos pueblos y con Foz y Ribadeo por la de Ferreira a Foz y la de Barreiros a Ribadeo. Las restantes vías de comunicación no pasaban de ser a finales del siglo XIX típicas corredoiras, senderos impracticables para todo aquello que no sean carros de bueyes, caballos, y, por supuesto, sus rústicos paisanos.

Rica por su suelo y subsuelo, hay indicios de que los romanos explotaron aquí algunos yacimientos. En la jefatura del distrito minero se encuentran muestras de gneis grafitoso con granate recogidos en el valle de Oro. Su importancia orográfica no deriva de su altura, unos 100 metros sobre el nivel del mar, sino por los cierres que lo circundan: la de Gistral, por el oeste, con 1.037 metros; el Cuadrañán, al sur, con 1.019, y los montes de Buyó, al norte, en Villacanipa, Buldián, Alaje y Moncide.

Ya en 1804, decía Lucas Labrada que era el valle de Oro abundante en trigo, centeno, maíz, vino y frutas, las cuales se solían despachar en Vivero y Mondoñedo. El terreno llano es regado en su parte oriental por el río de Oro, habiendo luego unos arroyos de menor importancia, como el Areal, el Frajope y el Alvariño.

La población del valle de Oro era, a finales del siglo XIX, de unos 3.700 habitantes. Unas cuantas fondas, menos escuelas públicas, una notaría, un puesto de la Guardia Civil y una cartería, aparte las ocho parroquias citadas. También una feria mensual de ganado en Ferreira.

El clima de valle de Oro -señala Amor Meilán- es excelente, templado de continuo, aunque húmedo en el invierno y sin bruscos cambios que hagan sentir de un modo extraordinario el tránsito de una a otra estación.

Entre los hechos negativos del valle de Oro están los estragos que hizo una epidemia de cólera en 1885. No hubo muchas, ciertamente, en este Valle apacible de vida laboriosa y callada. Sin embargo, en la noche del 22 al 23 de noviembre de 1888, el valle de Oro iba a teñirse de sangre.

El párroco, su casa y los criados

Don Manuel Neira, de 78 años, era el párroco de Santa Cruz del Valle de Oro. Su casa se encontraba rodeada, a una distancia de sesenta metros, de otras casas. Una de sus fachadas, la del norte, confina con un estrecho camino de los que se llaman de carro en el país; en la fachada del este contiene una de las puertas que da entrada por la era a la casa; en la fachada del este tiene otra puerta y corral que confina con el camino antes citado, y la fachada del sur linda con tierras de labradío.

La cocina de la casa linda con la era y se halla situada a la derecha, entrando por la parte este de la casa y a la izquierda de dicha puerta se hallan las cuadras.

Se decía en la Galicia de aquel tiempo que criado que no quisiese pasar hambre que entrase a servir en casa de un cura. Ocurría muchas veces que más que el cura fuese adinerado, eran los fieles los que se preocupaban de que estuviese bien alimentado. Quizás pensando en ello, Luisa García (66 años), María Josefa Gasalla García (22 años), Jesús García López (48 años), todos del ayuntamiento de Pastoriza, estaban de criados de don Manuel. Jesús y Luisa eran hermanos y, María, sobrina de los dos últimos.

Cuadruple crimen de Santa Cruz del Valle de Oro.

La casa parroquial de Santa Cruz del Valle de Oro, la escena del crimen de los cuatro asesinatos.

 

Don Manuel estaba muy contento con sus criados. Eran buenos, serviciales, amables y, faltaría más, católicos fervientes. Aunque la situación de la zona era tranquila, el párroco tenía la norma de no abrir la puerta de su casa desde que anochecía y el último trabajo que efectuaban los criados era dar de comer al ganado y echar paja a las cuadras, servicio que finalizaban aproximadamente a las ocho y media de la noche.

En la noche del 22 al 23 de noviembre, próximas las ocho y media, pasaron algunos vecinos por la era de la casa del párroco, tocando casi a la pared de la cocina, y no sintieron ruido alguno, viendo cerrada la puerta de la casa. La criada joven, María Josefa, había salido a la era poco antes de las ocho de la noche, con objeto de que Josefa Neira, sobrina de don Manuel y que visitaba la casa, se quedara a dormir con ellos, lo que no consiguió pues aquella dijo que quería marchar a Santa Cecilia del Valle de Oro para asistir a la fiesta de la patrona.

La criada no había notado en dichos momentos la presencia de persona extraña alguna en las cercanías de la casa.

A las siete de la mañana fue, como de costumbre, a casa del señor cura un rapaz de unos diez años que le ayudaba a misa y observó que mientras la puerta de la era estaba cerrada, la del corral, que era por donde entraba regularmente, estaba entreabierta. Llamó el rapaz al señor cura y a los criados y no obtuvo contestación. Entró en el pasillo y al ver un hacha arrimada a la columna del pasamanos de la escalera del piso principal, la cual se halla enfrente de la puerta de la cocina, salió corriendo de la casa dando gritos de que algo grave había ocurrido, pues nadie respondía a sus llamadas.

Al poco tiempo llegó el coadjutor de la parroquia, subió al piso, no encontrando a nadie, bajando después a la cocina, presentándose ante él un espectáculo horrible: el párroco y los tres criados brutalmente asesinados.

Don Manuel Neira estaba tendido en uno de los bancos colocado al lado de la piedra del hogar, cubierto en parte con una capa y con el pañuelo que usaba la criada joven. Tenía el brazo izquierdo tendido, tocando con una mano la piedra del hogar. Tenía algunos arañazos a uno y otro lado de la cara, ocasionados seguramente al sujetarlo para meterle el pañuelo en la boca. El alzacuello lo tenía fuera del chaleco. Ni el botón del alzacuello, ni el del cuello de la camisa aparecían arrancados, solamente rasgados los ojales de los tirantes con que sujetaba el pantalón.

Sacado el pañuelo de la boca de don Manuel, el coadjutor vio que tenía la lengua estrujada hacia adentro, denotando ello la fuerza empleada por’ los asesinos para ahogar al sacerdote enfermo y septuagenario.

Poca fuerza tenían que haber empleado con un hombre al lado del cual no se podía fumar sin exponerse a que se asfixiara.

Jesús García apareció tendido boca arriba en la piedra del hogar, con la boca entreabierta y trozos de lienzo pegados en el lado izquierdo de la cara. Al practicarle la autopsia le encontrarían un trapo dentro de la garganta, suponiéndose que los asesinos utilizaron para tal operación dos palos puntiagudos de un carro de bueyes -funqueiros- que, algo manchados de sangre, se encontraron en la cocina. Tenía Jesús grandes y profundos arañazos a uno y otro lado del cuello y profundas puñaladas en el mismo.

Luisa García fue encontrada boca abajo en el suelo de la cocina y a lo largo del pavimento del hogar, con la cabeza cerca de la puerta de entrada. Tenía metido, casi por entero en la boca un pañuelo, que parece que era el del cura, pero tan violentamente introducido que uno de los caninos se encontró en el suelo. La lengua de la joven estaba -como la del cura- empujada hacia dentro y roto el frenillo; la cara renegrida y en el cuello se podían apreciar muchas señales de las uñas de los asesinos.

María Josefa apareció en el suelo de la cocina con los pies junto a los de Luisa. Dado que era mujer de fuerza, los asesinos no le pudieron introducir nada en la boca, teniéndola cerrada, aunque asomaba un poco la lengua por entre los dientes. A uno y otro lado del cuello se le veían grandes heridas causadas por las uñas y también algunas en los labios, debiendo suponer que las segundas fueron causadas al taparle la boca para que no gritara cuando era estrangulada. Tenía el brazo izquierdo extendido y el derecho encorvado y algo levantado.

La cocina de la casa del párroco ocupaba una superficie de 24 metros cuadrados, teniendo una altura de 2,70 metros. Se encuentra en la parte alta de la vivienda. Por el sur tenía la entrada y al oeste se encuentra el hogar. Restado el espacio que ocupaban los muebles, leña y enseres de la casa, la superficie restante es muy reducida y en donde se hacía imposible toda defensa.

Finalmente decir que al lado de la cama del criado se encontró un cuchillo de monte.

Ninguna puerta o cajón de la casa aparecía rota o forzada, de lo que se deduce que los asaltantes sabían dónde se encontraban las llaves y dónde estaba el dinero, dándole muerte después y no sin que antes presenciara el asesinato de la servidumbre.

Encima de una silla, envueltos en una toalla, aparecieron una docena de cubiertos de plata, encontrándose también un cáliz, objetos que los asaltantes pudieran haber dejado olvidados o, también, porque pudieran parecerles comprometedores para su posterior venta.

Aunque en las primeras averiguaciones no se pudo asegurar a cuánto ascendía el dinero robado, posteriormente se llegaría a calcular una cifra próxima a las 15.000 pesetas. No obstante, conocidos de las víctimas aseguran que días antes del crimen, el párroco había dicho que «si venían a robarle que lo matarían por no tener ni siete mil reales en la casa».

Sin embargo, la versión que circuló en las primeras horas por el Valle de Oro era que el párroco y sus criados fueron asesinados no por no haber encontrado dinero los asesinos sino por ser muy conocidos de éstos.

La tumba de las víctimas del cuadruple crimen de Valle de Oro.

La tumba de Manuel Neira, 78 años, párroco de Santa Cruz del Valle de Oro; Luisa García, 66 años; María Josefa Gasalla García, 22 años; Jesús García López, 48 años.

 

Autopsia y primeras diligencias

El Juzgado Municipal de Ferreira que practicó las primeras diligencias fue acusado de estar desacertado en las mismas. Aparte de no poner los hechos de inmediato en conocimiento del Juzgado de Instrucción, permitió el levantamiento de los cadáveres.

No obstante, el juez de Instrucción, D. Edelmiro Trillo, informado particularmente del grave suceso, partió para Ferreira a las siete de la tarde del día 23, acompañado del actuario, Sr. Leiras, y del alguacil, Sr. González. A pesar de ello, Trillo no podía empezar a trabajar en el caso hasta haber transcurrido 36 horas del crimen.

Trabajó el juez sin descanso hasta la tarde del lunes 26, en que regresaría a Mondoñedo. Nada más llegar a esta ciudad a medianoche, se fue directamente a la cárcel acompañado del teniente fiscal, Sr. Naveira, permaneciendo en la misma casi toda la noche del martes.

A mediodía del 24, salieron de la casa rectoral de Santa Cruz los cuatro ataúdes conduciendo los cadáveres de las víctimas hacia el atrio de la iglesia, en donde se practicaron las autopsias.

Ala una comenzó la autopsia del párroco, siguiéndole el de Luisa, la criada mayor; María Josefa y finalmente Jesús, terminando la de este último a las dos de la madrugada del día siguiente.

Los médicos encargados de la autopsia fueron los doctores Cillero y Seijas, quienes señalaron que los asesinos habían empleado el mismo procedimiento con todas las víctimas, asfixia, o sea, matar sin ruido impidiendo a los asesinados que pudiesen gritar.

Como de la disección resultó que las víctimas tenían el estómago vacío, el crimen debió de verificarse entre las nueve y diez de la noche.

Pocos días después, y gracias a la diligencia del juez, fueron detenidos e ingresados en la cárcel de Mondoñedo diez individuos, todos ellos de Bretoña, uno de ellos, apellidado Logilde, concejal del ayuntamiento de Pastoriza.

Tras los interrogatorios, se dedujo que Logilde y otros tres detenidos habían intervenido en el crimen. Faltaban otros dos, a los que comenzó a buscar la Guardia Civil.

Parecía indudable que el crimen, cuidadosamente organizado, había necesitado de un director, que bien podía ser uno de los ya presos o alguno de los buscados. Los rumores señalaban a Ramón Seivane, pues, según declaró la madre de una de las criadas, María Josefa, pasaban ya de tres meses que estaban planeando el robo.

Logilde había sido visto el jueves en el Valle de Oro y como parece debía al párroco algún dinero, se deduce habría ido a hablar con él para rogarle demora en el pago. Dado que Logilde conocía a los moradores, pudiera ser él quien les abrió la puerta.

Poco después se conoce que los otros dos sospechosos a los que busca la Benemérita son José Méndez y el hijo mayor de Saco el de Bretoña.

Los rumores apuntan a Ramón Seivane como el asesino del cura y al conocido por el Rojo como el asesino de María Josefa, la criada más joven que, además, era prima suya.

La conmoción producida en Mondoñedo y en toda la zona es grande, notándose un consuelo al saberse la rápida detención de los supuestos asesinos.

Entre los comentarios surgidos, aparte el celo demostrado por el Sr. juez, está la arrogancia de algunos de los criminales que no vacilaron en cruzar la villa mindoniense el mismo jueves día del crimen y al día siguiente pagasen las deudas que tenían contraídas con algunas personas.

También se rumoreó que lo robado podía ascender a 70.000 pesetas, ignorándose lo que de esa suma era en dinero contante, lo cual estaría en contradicción con lo manifestado por el párroco.

Se comentaba que don Manuel era muy ahorrador y que recibía muchos donativos de los feligreses, y también de algunos emigrantes a Cuba del Valle de Oro. Algunos mal pensados señalaban que luego dedicaba parte de ese dinero a la usura y que Logilde, uno de sus deudores, al verse impotente para pagarle se decidió a asesinarle.

Las investigaciones del juez de instrucción van permitiendo conocer nuevos datos, o confirmar otros, sobre el crimen. Así se conoce que el 6 de noviembre había llegado a casa del párroco asesinado un vecino de Bretoña, el que se vio obligado a dormir al sereno a causa de haberle sido negada la entrada en la casa. Al día siguiente, habló este «sereno» sui géneris con el párroco y le pidió dinero, que no le fue facilitado y al abandonar la casa amenazó a la criada, María Josefa, diciéndola: «Te voy a matar con mis manos por no haberme abierto la puerta».

El miércoles anterior a la noche del crimen estuvo en casa del infortunado párroco otro individuo de Bretoña, apellidado Braña, al que el criado asesinado, Jesús García, acompañó hasta más arriba de Ferreira. El objeto que había llevado a Braña al Valle de Oro parecía ser la recogida de la capa, que en Gontán le habían cambiado.

Braña sería puesto en libertad el viernes posterior al crimen al no probarse nada en contra de él. Es más, parece que al encontrarse Braña con los presuntos asesinos les dijo «que no fuesen a donde iban, que mirasen lo que se proponían hacer».

Se asegura que fueron muchos los invitados a tomar parte en el crimen, proyectado, como ya se dijo, desde hacía tres meses, no perpetrándose ya uno de los días de la feria de San Locas por haberse embriagado uno de los comprometidos y haber sido conducido a la cárcel otro de los implicados, Seivane.

Se da también como cierto que los asesinos del párroco de Santa Cruz tenían pensado robar al párroco de Santa María de Meilán (Riotorto) y parece que no eran desconocidas por este sacerdote las intenciones de los malhechores, por cuanto ya tenían preparado el dinero para pagar el «nuevo tributo».

Tampoco ofrece duda de que los autores del crimen de Santa Cruz hicieron el viaje dispuestos a matar a los que acudían asiduamente a casa del párroco, ni tampoco la ofrece que las pisadas de caballería que se sintieron en Correlos, Adelán, San Carlos y Montadal, fueran las de los animales que los asesinos montaban cuando cometieron el crimen.

Colaborando estrechamente con el juzgado de Instrucción, los periódicos destacan el trabajo de los efectivos de la Guardia Civil de la zona. «Sufrieron -dice La Voz– penalidades sin cuento, viajando día y noche, durante una semana, con tiempo borrascoso por montes y caminos.»

Del puesto de Mondoñedo, se destaca el cabo primero Indalecio Coada y los guardias segundos Génaro Alvarez Fernández, David García, Victoriano Alvarez y Romualdo García.

Del puesto de Ferreira está el cabo segundo, Juan López, y el guardia José Maneiro.

Dirigiéndoles estaba el teniente Vicente Blesa, de Mondoñedo, que circunstancialmente se hallaba en Vega de Ribadeo, y que partió para valle de Oro nada más conocerse los hechos.

Los personajes

José García Braña, (a) «Rojo», natural de Bretoña, tiene 33 años, es soltero y labrador. Ojos pequeños, estatura regular, barba poco poblada, pelo rubio muy espeso y rizado que le hace la cabeza muy grande.

«El Rojo», de mirada torva y andar indolente, evidencia un gran cinismo en sus declaraciones. A decir de algunos de sus compañeros antes de ser presos, fue el que mató a su prima, la joven criada María Josefa, apoderándose de su dinero (cien duros).

«El Rojo», que ingresó en prisión lleno de arañazos, parece que amenazó durante el crimen a uno de sus compañeros con matarlo si no le ayudaba en las operaciones de estrangulamiento.

Manuel Logilde, 39 años, casado y con hijos, semblante triste, baja estatura, de oficio labrador, era también en el momento de los hechos concejal de Pastoriza.

El viernes, muy de madrugada, le vieron llegar varias personas cerca de Bretoña, pagando a mediodía una deuda, por la que estaba ejecutado, al prestamista conocido como «Descuidos». Fue Logilde a casa del procurador, Sr. Olalde, para entregarle el importe de la deuda, y al no encontrarle, se metió en la cuadra de dicha vivienda, quedándose dormido hasta las siete de la noche.

Ya en la cárcel, Logilde se negó a ver a su esposa e hijos, pero ante la insistencia de ésta acabó entrevistándose con ellos. Los abrazó muy emocionado, rogándoles que no le maldijesen por esta acción tan deshonrosa, que va a pagar muy cara.

Antonio Fernández Alonso, de 30 años, natural de Bretoña, soltero, labrador, regular estatura, ademanes rudos, una pequeña cicatriz a la altura del lóbulo de la oreja derecha.

Ramón Seco García, 23 años -es el más joven del grupo-, soltero, de oficio labrador, ingresó en prisión con numerosos arañazos en cara y cuello.

Ramón Seivane, 28 años, soltero, natural de Bretoña, de oficio labrador, cara sonriente (una de las veces que salió de la celda a declarar dijo que «iba para una fiesta»), natural de Bretoña, también ingresó en prisión muy arañado.

José Lindín Rigueiro, más conocido por «O Méndez», soltero, de 26 años de edad, natural de Bretoña de oficio carpintero.

Según se comentaba en el pueblo, fue engañado por el Logilde, a quien le debía 25 duros, para que participe en el asalto y conseguir dinero para arreglar la deuda.

Dijo Lindín en sus declaraciones ante el juez que marchó al Valle de Oro con Ramón Seivane, llegando a casa del cura ya de noche, sintiendo entonces ruidos y algunos lamentos, entrando a continuación en la casa y viendo un cuadro espantoso. «El Rojo» le amenazó con matarle si no le ayudaba, quedando entonces a oscuras, sujetando por miedo un brazo a la criada vieja, saliendo de la casa escapado. Logilde salió a buscarle y le dio una escopeta para que vigilase por los alrededores y avisase si venía alguien.

La versión parece ser cierta, al menos en su parte principal, pues se notó la falta de una escopeta en casa del señor cura, siendo más tarde encontrada en una robleda a poca distancia de la vivienda.

Mientras unos dicen que el Lindín se presentó voluntariamente a la Guardia Civil, otros señalan que la Benemérita lo prendió en Seselle, teniendo una despedida muy emotiva de sus familiares, diciéndoles que se había dejado engañar villanamente por Logilde.

Los asesinos del cuadruple crimen de Valle de Oro

Los seis autores del crimen. De izquierda a derecha: José García, Ramón Seivane, Manuel Logilde, José Lindín, Antonio Fernández, Ramón Seco. En la imagen posan con los efectos que utilizaron para el crimen y cada uno de ellos lleva un papel con su sentencia de muerte visibles en la parte derecha del pecho.

 

El jueves de la semana siguiente al crimen comenzaron los careos, primero entre reos y testigos, sabiéndose por éstos que los primeros incurrieron en muchas contradicciones. «El Rojo», por ejemplo, sostuvo que no había comido en la taberna Matilde, mientras la dueña de la misma aseguraba que sí.

Posteriormente tuvo lugar el careo entre los reos, negando en principio todos que habían matado. Sin embargo, en el interrogatorio primero hecho en el juzgado municipal, Lindín confesó que Seivane había matado al cura, «El Rojo» a su prima María Josefa y los otros dos al criado y a la criada vieja.

En lo que todos coincidieron era en que estaba todo a oscuras y que se produjo una gran excitación en las víctimas. Sin embargo, a pesar de la oscuridad, los asesinos metieron con gran tino los trapos por la garganta de las víctimas para estrangularlos.

El 26 de marzo de 1889, a las once de la mañana, dieron comienzo las sesiones del juicio oral de la causa del crimen de Santa Cruz. La sala estaba abarrotada de público, ávido de presenciar los debates. Curiosamente este juicio se iba a celebrar al mismo tiempo que en Madrid comenzaba el de la calle de Fuencarral, perpetrado en la noche el 1 de julio de 1888 y en el que estaban involucrados dos gallegos, José Vázquez Varela y José Millán Astray. La escasa fuerza pública reclamada por el presidente de la Audiencia era insuficiente para contener al público que pugnaba por entrar en el local.

Finalmente, y tras establecer el orden en la sala, los seis procesados entraron en el recinto entre varios números de la Guardia Civil. Al ver el fiscal D. Raimundo Naveira, que no se mandaba quitar las esposas que tenían sujetos a aquellos, rogó que se las liberasen, diciendo:

-El templo de la ley no debe ser una sala de tortura.

El presidente accede a la petición del fiscal, lo que motiva un murmullo de aprobación del público.

Poco después se da lectura al proceso y a la prueba documental propuesta por la acusación pública y los defensores, pasándose a continuación al interrogatorio de los procesados. Todos confiesan su participación en el caso, pero se atribuyen los unos a los otros los asesinatos del párroco y sus criados.

El día 27 a las doce de la mañana comienza la segunda sesión. La concurrencia es igualmente numerosa, pero hay más orden debido al aumento de su fuerza pública.

Los procesados insisten en el sistema iniciado el día anterior de reputarse los asesinatos unos a otros. Dos de ellos amplían declaración, manifestando que José García «El Rojo» les había dicho que había matado a su prima, la criada más joven.

Declararon a continuación los médicos de Leiras y Cillero, confirmando las conclusiones del informe prestado en el sumario. En éste afirman que la muerte de D. Manuel y sus sirvientas fue producida por estrangulamiento y sofocación, determinada por obstrucciones de las vías respiratorias.

La madre de María Josefa Gasalla niega la certeza de la declaración que prestó en el sumario, pero después de serle leída, y a citación del fiscal, la confirma.

Prueba de descargo

Después, se reciben las declaraciones de varios testigos que se ratifican en la declaración que prestaron cuando se incoó el proceso, tras lo que termina la sesión.

La tercera sesión, celebrada el día 28, se dedica a practicar la prueba de descargo propuesta por los procesados, que resulta contraria a lo que ellos esperaban.

Las respuestas que dan los testigos a las numerosas preguntas formuladas por el fiscal, Sr. Naveira, confirman plenamente las investigaciones practicadas en el sumario.

«El Rojo», tenido por el inspirador, pretendió atenuar su responsabilidad alegando que la noche en que se cometió el crimen estaba completamente borracho y que, consiguientemente, ignora lo que pasó.

Seivane niega tajantemente su participación en los hechos y para corroborar sus manifestaciones dice que el 22 y el 23 de noviembre estuvo en la feria que en dichos días se celebró en la localidad de Villacampa.

José Lindín hace una extensa relación de las penalidades que sufría por su precario estado de fortuna, manifestando que la mayor parte de los días tenía por único alimento un pedazo de pan y un trozo de unto.

En cuanto a Logilde, se prueba que estaba demandado por juicio ejecutivo por varias deudas, habiendo hecho promesas de que iba a pagar todas el 24 de noviembre, el día siguiente al asesinato, pues iba a tener «un golpe de suerte».

El resultado desfavorable que arroja la prueba de descargo produce un abatimiento visible entre los procesados.

Se promueven, asimismo, diversos incidentes, algunos muy vivos, entre la presidencia y abogados defensores sobre la pertinencia de las preguntas que aquellos dirigieron a los testigos.

La agitación del público daría lugar a que la presidencia amenazase con desalojar el local si no se guardaba la debida compostura. Momentos culminantes de la excitación popular fue cuando Seivane dijo estar el día del crimen en una feria próxima, o cuando «El Rojo» contestó al público que había dicho «no» a su exculpación de que estaba borracho la noche del crimen. «El Rojo» hizo ademán de escupirles, por lo que recibió un abucheo. Esta tercera sesión terminó a las tres y media de la tarde.

El día 29 se celebra la cuarta y última sesión, igualmente concurrida.

En medio de un gran silencio, el fiscal Sr. Naveira comienza haciendo la exposición de los hechos y reconstruyendo la historia del crimen.

Califica los hechos como «delito completo de robo con homicidio» en cuya comisión concurrieron las circunstancias agravantes de premeditación con la de haber buscado la nocturnidad para perpetrarlo, la de haberse cometido el delito en la habitación de los ofendidos, sin que hubiera mediado provocación, y la de haber sido ejecutado el hecho con ofensa y desprecio de la dignidad que el sacerdote, por su sagrado ministerio, merecía.

Tanto al hacer la relación de los hechos como el análisis de ellos y las apreciaciones legales del delito, estuvo el Sr. Naveira muy elocuente, conmoviendo en algunos períodos a los concurrentes.

Hizo, entre otras cosas, una encendida defensa de la llamada ahora «justicia histórica».

«Esa justicia -señaló- abandonada a sus propias fuerzas, ante un horrendo crimen, sin vestigio alguno por el cual pudiera ni vislumbrarse siquiera quienes fuesen los delincuentes, lucha con el misterio y logra reconstituir los elementos del horrible drama, consiguiendo a los cuatro días capturar a los autores y obligarlos, ante la irresistible fuerza del resultado obtenido con las pesquisas hechas, a declararse culpables del delito cuya penalidad aterra.»

Examinando la prueba de descargo presentada en el juicio por los procesados, el fiscal hace palpable el resultado negativo que éstos consiguieron, momento en el que el público inicia unos tímidos aplausos que el presidente de la sala acalla.

Concluye el Sr. Naveira pidiendo al Tribunal que se impusiese a los seis procesados la pena de muerte en garrote.

Termina el fiscal su elocuente oración con estas palabras:

«Plegue al cielo que esta primera vez, en que yo me veo obligado a pedir la pena de muerte, sea la última; y pléguela también que la luz del deber, oscurecida en la conciencia de esos desgraciados, reaparezca antes de traspasar los umbrales de la eternidad, a impulso de la consolidación de los remordimientos.»

Al terminar el Sr. Naveira su alocución, se podía percibir unánimemente la emoción del público y de los propios jueces. Los acusados, permanecen abatidos.

Los abogados, señores Rego, Portas, Alonso y Basanta, hicieron también supremos esfuerzos a fin de probar la no participación de sus defendidos en el crimen.

Los acusados, al ser preguntados por el presidente del tribunal que si tenían algo que añadir, contestaron negativamente, excepto Logilde que, con rostro apesadumbrado, excitó la clemencia de la sala.

Se destacó también el acierto del ponente Sr. Vidal. Asimismo, uno de los procuradores, el Sr. Verdeal, se sintió indispuesto y tuvo que abandonar la sala.

La causa queda vista para sentencia.

La sentencia

El 1 de abril se publica en Mondoñedo la esperada sentencia. Conforme el fallo con las conclusiones propuestas por el fiscal, se condena a la pena de muerte en garrote a los acusados Manuel Logilde, Ramón Seivane, José García, Ramón Seco, Antonio Fernández y José Lindín.

Aun cuando la opinión del pueblo era manifiestamente hostil a los reos, por lo horrible del delito y la forma de su ejecución, la sentencia, condenando a los seis a muerte causó honda sensación en la comarca, dibujándose pronto el deseo de aunar los esfuerzos para gestionar con eficacia el indulto de tales desdichados, si el Tribunal Supremo confirmaba la sentencia de la Audiencia, como, en efecto, así se hizo.

Eran tiempos en que la gente comenzaba a sensibilizarse ante la aplicación de la pena de muerte. Reciente estaba la intercesión de doña Emilia Pardo Bazán ante la propia reina regente pidiendo el indulto de dos condenados a muerte por un Tribunal de Matanzas (Cuba), uno de ellos gallego.

Comentaba en La Voz de Galicia un escritor bajo el seudónimo V. en la sección «Pensamentos de un labrego»:

«Esta es señores, la cantinela de todos los días. Comete el hombre un delito que le hace acreedor, según la ley, a que se le imponga la última pena, y en el mismo instante casi todos los ciudadanos que del crimen tienen noticias quisieran verle expiar su pecado en el patíbulo. Pero el primer arrebato pasa; el tiempo modifica la primera impresión; la calma renace, todos desean que el criminal sea indultado; todos piden que se conceda el perdón.»

Por contra, los mantenedores de la pena de muerte señalan que procederá a abolirse cuando los asesinos se pongan de acuerdo para no poner por obra sus instintos. Este modo de argüir parece a muchos más sentimental que razonable, pues no se da cuenta de que el homicida obra siempre a sangre caliente e impulsado por algo que a cometer un asesinato le induce; mientras que los representantes o mandatarios de la sociedad obran siempre a sangre fría.

La sentencia también reconoce el celo con que procedieron a los esclarecimientos de los hechos el juez, Sr. Trillo Señoráns y el fiscal, Sr. Naveira de Ibero, al tenerse noticia del crimen y la actividad que desplegaron. Tras los elogios de tan probos funcionarios, la sentencia recomendaba su veredicto al Ministerio de Gracia y Justicia.

A pesar del sentimiento general de consternación en el pueblo, los acusados recibieron la comunicación de su sentencia de muerte con grandes risas, armando a continuación un alboroto que motivó la amonestación del oficial de la Sala.

El Eco de Vivero diría en su edición del día 3 de abril de 1889:

«Posible será que llegue el día de la ejecución sin que estos desdichados den pruebas de su arrepentimiento.»

Como fatal preludio, el procurador Sr. Bernal, que se había sentido indispuesto en la última sesión del juicio, falleció el día 2 víctima de una pulmonía.

Otro de los procuradores, Díaz Varela, fue nombrado ese mismo día para desempeñar un destino de Hacienda en Filipinas con sueldo de 6.000 pesetas anuales.

Indulto y garrote

Finalmente, y tras laboriosas gestiones y mediaciones, entre ellas la del obispo de Mondoñedo y el general Sánchez Bregua, la reina regente María Cristina indultaría a cinco de los seis condenados en el crimen de Santa Cruz del Valle de Oro, siendo Manuel Logilde el único reo agarrotado sobre un tablado días más tarde en Mondoñedo, en la plaza publica y ante una muchedumbre tan aterrorizada como curiosa.

 

Manuel Logilde

Manuel Logilde fue el único ejecutado en el garrote vil, el resto de sus compañeros fueron indultados por la reina María Cristina.

 


VÍDEO: O CRIME DE SANTA CRUZ DO VALADOURO


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